La monstruosidad en la literatura

Literatura de ficción. Monstruo y víctima. Frankenstein o el moderno Prometeo. Nuestra Señora de París. Quasimodo. La metamorfosis

  • Enviado por: Marina
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 8 páginas
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LECTURAS

A continuación, y después del análisis de las obras literarias referidas a la monstruosidad y la perversión del hombre, se hace necesario el estudio de las que giran entorno a la figura del monstruo puramente físico. Éstos tres relatos, situados entre el siglo XIX y XX, guardan una estrecha relación con dos figuras míticas destacadas, como son el rebelde y el incomunicado o marginal.

Si bien en “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Wollestonecraft Shelley se pone de manifiesto el cuestionamiento de la ambiciosa naturaleza humana, a través del mito del creador de vida artificial y de la figura del rebelde, en el caso de “Nuestra Señora de París” de Víctor Hugo es la figura del monstruo caótico la que toma relieve y se contrasta con diferentes esferas de la sociedad. En realidad también, de algún modo, encarna la rebeldía hasta límites extremos. En cambio, la fábula de Franz Kafka, “La Metamorfosis”, nos muestra la cara más deshumanizada del entorno familiar y el drama de la incomunicación.

La injusticia, la incomprensión, la marginación y el ensañamiento, son motivos que se irán repitiendo a lo largo de este apartado de análisis, en el que ya podemos aseverar que, si bien los monstruos tratados son considerados como tales por su forma y físico, también debemos considerarlos víctimas de la monstruosidad de la sociedad, entendida ésta como carente de sentimientos de tolerancia y comprensión, del mismo modo que excedida en dosis de cobardía y frialdad .

FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO (1816)

Esta fascinante novela ahonda sobre la problemática de la ambición humana y del conocimiento trasgresor, además de poner de manifiesto el arquetipo del rebelde, que podemos entender de forma dual. Por una parte, la rebeldía de Víctor Frankenstein por su papel de demiurgo, por intentar ponerse a la altura de la divinidad o de la naturaleza, las únicas capaces y lícitas de generar vida. Por otra, la actitud de insubordinación que toma su criatura como respuesta a su abandono y su desprecio, la cual le lleva a sumir en un infierno la vida de su creador, asesinando a todos sus seres queridos y conduciéndolo a una exhaustiva persecución que acabaría con muerte de Frankenstein y el suicidio, posteriormente, de su criatura.

Escrita en la época romántica, advertimos los rasgos que definen el marco espaciotemporal que condicionan su contenido y forma. En primer lugar, debemos señalar el modo en que la historia se desarrolló en la mente de la autora, Mary Wollestonecraft Shelley. Según se dice, fue a través de una pesadilla que perfiló el rostro empalidecido de un joven que contempla una terrorífica figura. Es importante destacar, entonces, como la idea de la narración surge desde la vía del subconsciente hacia la realidad, según la terminología freudiana.

NUESTRA SEÑORA DE PARÍS (1830)

En la historia que nos relata Víctor Hugo, al contrario de lo que pudiese parecer, no hay un personaje protagonista, sino que es un todo. Se trata de un retrato del París del siglo XV, sus edificios, sus habitantes, sus costumbres… Los verdaderos personajes del relato son secundarios para la finalidad de la narración, que se centra en la de darnos una imagen general de la ciudad durante la Edad Media.

No obstante, sí debemos hacer referencia a sus personajes principales, de los cuales destacamos tres: Esmeralda, Quasimodo y Claude Frollo que simbolizan la belleza, la monstruosidad física y la perversidad moral, respectivamente. Este hecho guarda relación con uno de los caracteres recurrentes del autor, esto es el contraste. Éste se lleva hasta límites extremos.

En primer lugar, Esmeralda es la belleza en estado salvaje, recordemos que se crió con zíngaros, detalle que marcó de forma definitiva su vida y su destino. Se dedicaba al espectáculo popular con su cabritilla Djali y, además era igualmente querida entre los bajos fondos de la ciudad como entre la gente corriente, por lo que era conocida y respetada. Sin embargo, esta circunstancia facilitaría que malvados como Claude Frollo -archidiácono de la Catedral de Nuestra Señora- se fijasen en ella. La bondad y buena reputación de Esmeralda se contrapone con la perversidad del sacerdote, del mismo modo que es antagónica su belleza a la de Quasimodo. Por una parte, el archidiácono es esquivo, frío, misterioso y popularmente relacionado con las artes negras. Además no se trata de una persona con buen corazón, al menos, si lo fue en su adolescencia, fue desvaneciéndose esa virtud a medida que fue madurando. La frustración del personaje viene dada por su tormento emocional: se siente sexualmente atraído por una gitana, por lo que la castiga con improperios, intentando secuestrarla, chantajeándola, etc. Su perversidad no tiene límites y no se libera de sus culpas -por sentirse atraído- hasta ver su cuerpo inerte colgar de la horca.

Por otra parte, podemos contraponer la apariencia de Esmeralda con la de Quasimodo de forma totalmente polarizada. Si bien la zíngara encarna la belleza y la gracia, el campanero será el símbolo del caos. Aquí debemos hacer referencia a la concepción del autor sobre lo monstruoso. Según Hugo,

“LA METAMORFOSIS” (1915)

C

uando Gregor Samsa despertó una mañana, tras agitados sueños, se halló en su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado sobre la espalda, dura como una coraza, y, cuando levantaba un poco la cabeza, veía, abombado, pardo, dividido por partes duras en forma de arco, el vientre, a cuya altura la colcha, a punto de resbalar del todo hacia abajo, apenas podía mantenerse. Sus muchas patas, deplorablemente flacas en comparación con el resto de su volumen, le vibraban desvalidas ante los ojos”.

Así es como se inicia el famoso relato de Franz Kafka que analizaremos en estas líneas. El tema que nos acerca el autor en esta insólita fábula gira entorno a la angustia vital de un devenir monótono y gris. Se perfila el retrato del individuo como un sujeto privado de su libertad y de su individualidad.

Tras este comienzo, se nos da a conocer como la vida de Gregor Samsa se ve interrumpida por un acontecimiento increíble que sume al protagonista en un verdadero calvario de perplejidad e incomprensión que no finalizará hasta su despedida del mundo. Su muerte, lo llenará de paz y lo liberará, por fin, de innumerables culpas para con su familia.

Cabe destacar, antes de retomar el análisis interpretativo del relato, como el marco espaciotemporal que rodeaba la vida del autor tuvo una gran influencia en su actividad literaria, hecho acentuado por el carácter introvertido y problemático de Kafka. En efecto, a lo largo de los cuarenta y un años de vida de nuestro autor tuvieron lugar acontecimientos de enorme trascendencia en Europa. En el orden político, la revolución rusa y el posterior establecimiento del estado totalitario comunista, la Primera Guerra Mundial, la marcha de Mussolini sobre Roma, la irrupción y consolidación de los fascismos. En el campo científico-técnico, el descubrimiento de la telefonía sin hilos, del automóvil y la aviación, las primeras investigaciones sobre el átomo, la teoría de la relatividad. En el terrero del arte toman relevancia movimientos como el impresionismo, el expresionismo, el cubismo y surrealismo.

Además, es importante señalar las coincidencias autobiográficas entre el personaje del relato y su autor. Entre estas, destacan las que conciernen a la familia, en especial, la relación con un padre autoritario y frío que siempre despreció la faceta artística del escritor.

Este es un punto importante para la figura que simboliza “La Metamorfosis”, hablamos del Incomunicado. acabarlo

Mientras el mundo de su alrededor sigue firme en sus detalles cotidianos, él se ha convertido en un escarabajo: en el marco de la monótona rutina descrita con todo detalle (objetos, mobiliario, disposición de la casa, veladas, problemas laborales de la familia...) sorprende este episodio monstruoso que irrumpe en un universo regulado por las leyes de la monotonía más previsible.

Hasta el momento Gregor había sido un viajante modelo, respetuoso con sus jefes, sometido a la disciplina aburrida del trabajo y a la autoridad paterna. La transformación quiebra esta línea recta y marca el antes y el después de la vida de Gregor: expulsado del trabajo y de la familia, arrojado en la inmundicia acumulada de su cuarto, aislado y atacado, víctima de la incomprensión y el desprecio, muere asumiendo su misteriosa culpabilidad, derrotado, “firmemente convencido de que tenía que desaparecer”.

Tras su muerte la familia sale alegremente a la calle con nuevas esperanzas de un futuro mejor, liberada de un gran peso que les atormentaba: el padre había tenido que trabajar de nuevo, la hermana no soportaba la presencia del que seguía siendo su hermano y la madre estaba sufriendo más ataques de asma que nunca...

El fragmento que exponemos a continuación ilustra este sentimiento de la familia de nuestro protagonista, hecho que ciertamente hiela la sangre del lector... “El tranvía hallábase inundado de la luz cálida del sol. Fueron cambiando impresiones acerca del porvenir y vieron que bien pensadas las cosas, este no se presentaba con tonos oscuros, pues sus tres colocaciones eran muy buenas y permitían abrigar para más adelante grandes esperanzas”.pg 66

Tras este insólito final nos preguntamos qué es lo que ha ocurrido, qué clase de familia permite este comportamiento para con uno de sus miembros... y nos lleva a la búsqueda de la interpretación latente de la fábula kafkiana en cuestión. Es posible que la metamorfosis del protagonista en escarabajo simbolice la desaprobación familiar de ese miembro que constituye alguna irregularidad que lo perfila como inadmisible, quizás un enfermo terminal del que la familia quiere deshacerse, o un inadaptado del que se sienten avergonzados y les molesta en su poderosa ambición de una vida sin secretos que ocultar, de una vida, en definitiva, mejor...De todos modos algo que queda manifiesto es el desasosiego doméstico de la familia y el culpable de esta ruptura de la tranquilidad: Gregor.

Lo cierto, es que el “La Metamorfosis” se perfila como una obra de argumento abierto, con la consecuente capacidad de interpretar muchas lecturas posibles. Pero una resulta quizá, la más acertada. La transformación de Gregor no es, como pudiera parecer a simple vista, una desgracia para él. Es, por el contrario, el efecto simbólico de su propia vida cotidiana. Todo lo que sabemos de Samsa revela una vida mezquina, pobre, sin ilusión ni libertad, sin humanidad. Explotado por su familia (que le engaña respecto a su situación económica), humillado por sus jefes, sin tiempo ni sosiego para comer ni dormir decentemente, Gregorio no tiene asidero humano. No conoce la amistad, ni el amor ni la esperanza. Apenas puede recordar a la cajera de una sombrerería, a quien había pretendido formalmente «pero sin bastante apremio». El escarabajo Gregorio «no se hacía comprender de nadie», pero el hombre Gregorio tampoco. No tiene a nadie a quien comprender, nadie que le comprenda. Su vida transcurre monótona en fondas provincianas o entre las paredes de su cuarto, siempre cerrado y cuya ventana da a un paisaje de eterna lluvia y niebla, a un «desierto en el cual fundíanse indistintamente el cielo y la tierra por igual grises».

En verdad, Gregor es un insecto (un excluido de la relación humana) antes de su metamorfosis. En el absurdo suceso emerge, al fin, la conciencia de esa inhumanidad. Y sin embargo, de todos los personajes que asoman en la novela, es el único que muestra alguna añoranza de afectos humanos, el único que intenta comprender... Los demás son caricaturas no menos monstruosas: la madre egoísta e histérica, la hermana extravagante, el padre perezoso y autoritario, toda la familia vencida por una vaga desgracia mercantil «que los sumiera a todos en la más completa desesperación», los tres inquilinos como muñecos de guiñol, que se mueven al unísono, o la brutal criada, todos cansados, silenciosos, sin energía vital, protagonistas de una vida «monótona y triste».

Las esperanzas de la familia con las que termina el relato se manifiestan como una ilusión falsa, pues no dependen como ellos creen de la muerte de Gregorio, el indeseable odiado. Mientras persista ese mundo de soledad y de incomunicación, de inhumanidad y brutal egoísmo, el breve sol del final y las «sanas intenciones» de los padres, o el matrimonio de la hermana, correrán el peligro de truncarse por una serie de nuevas posibles metamorfosis. Como Gregor, más aún que el desdichado Gregor, -y esta es la lección moral más profunda de la fábula- todos los demás pueden (podemos) despertar una mañana, después de un sueño intranquilo, y abrir con asombro los ojos, convertidos en monstruosos insectos, escarabajos de crepitante caparazón, enormes grillotalpas o repulsivas escolopendras...

Un mito moderno: Frankenstein, la creación de la vida artificial y la rebeldía

A diferencia de otros mitos, el del humanoide se configura de forma clave en el imaginario occidental a partir de la novela de M.W. Shelley Frankenstein o el moderno Prometeo.

No obstante, también pueden encontrarse muestras del mito en campos como el religioso o el folklórico. Criaturas como el Golem (figura de origen hebreo, hecha de arcilla cuyo objetivo era el de proteger al pueblo israelita/judío de los cristianos) y el humanoide creado por Alejandro Magno (1193-1280) o el de Paracelso (1493- 1541) corresponderían a tradiciones religiosas, mientras que momias, muertos vivientes o zombis, etc. al folklore de diversos pueblos (especialmente, en regiones de la África negra y en parte de los países de América Latina). Todas estas manifestaciones pueden considerarse como parte de la tradición cultural del mito puesto que: 1/ representan formas de vida artificial (nueva o “reactivada”), 2/ tienen en común un modo de cobrar vida misterioso (normalmente a través de un ritual mágico) y, 3/ comparten una forma de actuar propia de máquinas (acostumbran a obedecer las órdenes de un sujeto en concreto, dependiendo del caso puede tratarse del creador, del amo o del responsable de su “reactivación”).

Otro de los rasgos que alimenta la vinculación entre dichas figuras y el mito del humanoide guarda relación con una de las fases que suelen compartir todos los relatos. Se trata de la más que probable insubordinación de las criaturas hacia el sujeto que ejerce control sobre ellas. Es por ello que el mito que tratamos en estas páginas, además de basarse en la creación de vida artificial también tiene un alto componente referido a actitudes rebeldes. Estas, a su vez, suelen seguir una misma trayectoria: si bien en un principio parecen acertadas suelen terminar de forma condenatoria, tanto para el creador como para su criatura, ya se trate de un científico y su criatura experimental, como de un señor feudal y su muerto viviente -utilizado como siervo-, como de un alquimista y su homúnculo, etc.

No obstante, pese a las analogías que se dan en las diferentes expresiones del mito anteriores a la obra de Mary Shelley, no es hasta su publicación que la figura del humanoide adquiere una mayor profundundidad. Cabe decir que son muchas las interpretaciones que se han hecho sobre la novela de Frankenstein, pero la aportación más importante de la autora sobre la cual todas las interpretaciones son unánimes reside en el hecho de que la criatura a la cual se da vida en la novela es un ser humano como cualquiera, pese a las diferencias físicas que nos separan de ella: su envergadura (mide más de dos metros) y su aspecto en general (deformado). El proceso que lleva a cabo desde su “nacimiento” es el propio de una persona: siente las carencias básicas tras el abandono de su creador (puesto que se aleja a vivir en el bosque, permanece en la intemperie, por lo que pasa frío, hambre, miedo al llegar la noche, etc.), aprende a hablar y a leer a través de conversaciones y clases que imparten a una joven extranjera, a entender sus emociones mediante la lectura de clásicos de la literatura, entre otras fuentes de observación, etc. En definitiva, aunque fue creado de forma contra natura -entendiendo el término como “de forma artificial”, es decir, sin la intervención de un hombre y una mujer- y abandonado en el momento mismo en que hubo abierto los ojos y respirado, experimenta un proceso de maduración mental propio de los humanos.

Es en este punto donde radica el drama del relato: debido a su aspecto, los humanos no son capaces de reconocer en la criatura un otro yo, un semejante. Se resisten a aceptar a alguien diferente, aunque presente muestras de buena conducta y bondad. Es por este único motivo de la alteridad diferencial que los hombres condenan a la criatura a una vida desprovista de afecto y comprensión, con la grave consecuencia de hacer creer al “monstruo” -visto así al menos por su creador y el resto de la sociedad en general- que la opción más acertada era la del crimen. De este modo y tras haberle sido denegada una compañera, la criatura de Frankenstein pasa de una monstruosidad puramente estética (la primera impresión impacta por su deformidad y fealdad) a una asocialidad criminal (la ira hacia su creador lo lleva a asesinar a parte de su familia y amigos más allegados como venganza de su conducta irresponsable, por la que su existencia queda confinada a la más absoluta soledad).

Desde su juventud, Claude Frollo se había entregado por completo a los conocimientos que le proporcionaba la ciencia y las letras. De aquí su fama de sabio, pero hay que señalar que a medida que va creciendo va acercándose a temas oscuros, como la búsqueda de la piedra filosofal, la alquimia, etc. De aquí su fama de brujo, sin embargo pese a que en un principio “estaba convencido que el único objetivo de la vida era el saber” (Hugo, 1830:181), sin embargo, pronto se daría cuenta de su error.

El sacerdote perdió a sus padres cuando aún era muy joven y tuvo que hacerse cargo de su hermano menor, Jehan. Le procuró los mejores cuidados -que serían en vano- y en poco tiempo también adoptó a Quasimodo por compasión, al que proporcionó conocimientos humanísticos básicos e incluso un oficio, el de campanero.

Kafka, Franz. “La metamorfosis y otros relatos”. Edic. Eustaquio Barjau. Ed. Vicens Vives, Barcelona: 1998. Pg. 60.

Ibídem. Pg. 66.

especificar

ídem

Tanto el primero, del que se dice era parlante, como el segundo, creado sobre el 1530 a partir de una semilla y alimentado a base de estiércol, se asociarían a lo diabólico, a la magia y la alquimia, puesto que ambos experimentos intentarían, según el juicio religioso, imitar la obra de Dios.

Aquí cabe abrir un paréntesis sobre quién sería el mostruo, si la sociedad o la criatura, si ambos lo son, debemos especificar la tipología de la monstruosidad dentro de la cual los incluímos uno pertenecería a una monst. física o estética en un principio... la otra permanecería siempre como monstruo moral, puesto que no concede ni una oportunidad a la criatura.

Además, la criatura es víctima de la experimentación y del abandono de su creador primero, y luego de la actitud hostill de la sociedad, rasgo que confirma que tanto en la Antigüedad como en los tiempos actuales la alteridad diferencial era y es penalizada con la marginación...criatura es al mismo tiempo VÍCTIMA Y MONSTRUO.