La mansión del pájaro serpiente; Virgilio Rodríguez Macal

Literatura hispanoamericana contemporánea. Narrativa y novela guatemalteca. Belleza natural de Guatemala. Mitología azteca

  • Enviado por: Dkpius@
  • Idioma: castellano
  • País: Guatemala Guatemala
  • 29 páginas
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INTRODUCCION

Que estas historias sean para mis hijos!

Que las lean primeramente con su mente infantil. Que vuelvan a leerlas más tarde y que traten de comprender o sobrepasen entendiendo lo que yo escribí con toda sencillez en la mañana de mi vida.

No les cuento sino lo que me contó Pedro Culán, el viejo cazador de animales y visiones en nuestro mundo tropical, tan cruel, tan bello y tan complejo. Que se agraden que se acostumbren al estilo repetidor y sencillo de Pedro Culán, el cazador cakchiquel, que fué también de nuestros primeros y verdaderos padres. Que se acostumbren a conocer los nombres de las cosas y de los seres que los rodean y que han de rodearlos en ese mundo en que han de vivir, pensar y morir. Que lo desprecie aquel que desprecie a los indios y que no tarde en convivir con ellos, huyendo así de la Gran verdad.

Que sepan que el nombre de Tix significa pizote, así como el de tu, paloma. Que vean lo que no son capaces de ver aquellos ojos que se ciegan ante la amalgama misteriosa de la selva... Que sepan que la vida es una inmensa selva donde abundan Sochoj, la cascabel; Rchab-Quih, el coral, Cux la comadreja y también Ixoquej la venada y la paloma espumuy... Que no olviden nunca que un (anda solo), un Itzul, nace entre cada mil y es el que sabe alejarse para siempre del plano de la vida de los pizotes vulgares... Que no olviden que ni siquiera Lamyá, el manatí, pudo saber toda la verdad... Que traten de esquivar a Balam, el poderoso de las selvas... Que no olviden la estéril carrera de Quej, el Gran señor de los cuernos. Que se rían de las grandezas de Coy, el mico... Que no olviden que en la selva de la vida hay alguien que acecha en cada matorral... Que sepan que tan sólo en la soledad se oye el dulce canto de Chajalcigüan, el guardabarranco...

Que no olviden el vuelo indiferente de Gug, el quetzal, sobre las miserias donde la sombra de sus plumajes tornasoles se perfila, porque aquel que está en la luz nunca comprende a los que están en la sombra.

La selva vertió sobre mí el enorme coco de sus secretos... Muchos resbalaron y cayeron, pero muchos fueron tragados, absorbidos...

Los que así entraron en mi ser, pronto germinaron al pie de mi corazón y pronto lo cubrieron totalmente con un matapalo agobiante de deseos...

Luego nacieron los grandes bejucos que debían aprisionar mi alma a sus entrañas eternamente...

Porque así es la selva... ¡Aquel que de ella sale no puede nunca arrancarse los mozotes de su recuerdo!

Muy pronto se van cayendo las visiones de lo terrible que existe en ella; muy pronto fué olvidada la telaraña de zancudos!

Muy pronto fué olvidado el aguacero de sudor que el sol filtra por los árboles.

Muy pronto se olvidó la tarántula peluda que adorna los objetos como broche del infierno...

Ya no va quedando sino el recuerdo de su música que revienta por los cielos en la marimba de sus pájaros, en el repiqueteo dulce, monótono de sus chiquirines y sus chicharras...

Ya se olvido el vaho pestilente de los suampos, para recordar tan sólo el aroma de los lirios tristes que crecen en su orilla, o el de la flor del zuquinai, o el incienso incomparable de la tierra húmeda, llorosa y fecunda.

¡Ya se olvidó el roce del quemante chichicaste, pero aun persiste la dulce caricia de la orquídea blanca!

¡Ya se olvidó el obsesionante sobresalto del cuerpo de las víboras, pero aun persiste la visión del fuego del venado!

Ya se olvidó todo lo que es cruel, lo que es martirio aplastante...

¡Ya sólo queda la urgencia de volver a la selva!

PEDRO CULÁN

LA MANSION DEL PAJARO SERPIENTE

EL ANDA SOLO.....

I

Cuando nació, su madre se sintió muy feliz. La joven madrecita no había tenido hijos, y eso que habían ya pasado dos inviernos desde que se apartó de su familia, en el bosque de la Poza redonda, para seguir al ser que el destino puso ante su faz.

Desde entonces, había procurado ser una esposa modelo, y su señor y dueño estaba muy agradecido. Muy felices habían sido los dos durante su primero verano. Ambularon solitarios por los parajes más hermosos. Atravesaron una gran selva, de árboles tan altos y tupidos que el sol apenas si lograba filtrarse como a través de un enorme cristal verde... Todo estaba silencioso, y el rumor del airecillo meciendo las ramas, con el cantar de los pájaros, era lo único que se escuchaba calladamente.

Tan hermoso encontraron el lugar que ella quiso quedarse para siempre y, para darle gusto, él se puso inmediatamente a buscar una casa cómoda.

Pronto la encontraron. Husmeando aquí y allá, llegaron los dos al pie del Inup, la vieja ceiba, cuyo altísimo tronco estaba totalmente cubierto por el matapalo. Él dirigió los ojos hacia lo alto y sus hermosos bigotes blanquecinos se agitaron cuando la sabiduría de su nariz exploró el ambiente. Todo debió parecerlo sin novedad porque miró a la compañera pidiendo su aprobación.

Aquélla contemplaba la hermosa red verde del matapalo salpicada profusamente de quiebracajetes morados, blancos y rojizos... ¡Qué lindo sería tener esa hermosa escala para su casa!

Juntos recorrieron la mansión , que se les figuraba un palacio. Algo obscura estaba, pero pronto descorrieron la verde persiana del patapalo y entró la claridad a borbotones... ¡Qué hermosa! Ella estaba feliz. Se acariciaron largamente. ¿Quién habría construido aquel palacio? ¿Quién sería el que hizo tanta maravilla en la solidísima pared de la gran ceiba? ¡Algo obscuras estaban las paredes, como ahumadas agrietadas!... Probablemente fue Víbora del cielo, que se lanza sobre la selva en la época de las grandes lluvias y los grandes ruidos. Pero, fuera quien fuese, él y ella habían encontrado lo que buscaban: un lugar seguro donde poder ser felices y donde esperar tranquilamente la llegada de los herederos.

Un día estaba él a una hora desusada frente a la puerta de su casa, se hallaba tendido cómodamente en el piso del agujero que el sol calentaba con sus flechitas perpendiculares, alisándose con la lengua la hermosa piel café y plata de su dorso, cuando sintió un ruido en la mismísima pared de su morada.

Al instante, sus facultades previsoras funcionaron. Con lentitud se levantó. La lengua asomó limpiando el hocico y por un momento brillaron los largos colmillos. Con la cabeza pegada al suelo asomó al exterior la punta de la nariz... ¡Nada! No sentía nada y el ruido continuaba con insistencia. Toc, toc, toc, toc, gritaba la madera del Inup, la ceiba. Entonces aventuró los ojos, tratando de ocultar la cabeza entre el mapalo. Pero, el culpable del ruido había también tomado sus precauciones y estaba oculto bajo una hoja grande. Entonces él tuvo que estirar más el cuello y aventurar otra audaz mirada.

Entonces el copete rojizo con rapidez imposible de imaginar y con menos ruido que el que hace el aire cuando murmura, se desliza por entre la enredadera... ¡Ya está! Frente a él ve al cheje muy distraído, al parecer... No ha oído nada. Llegó... Lanza como el rayo la dentellada mortífera y... ¡clac!... ¡Se cierra la mandíbula!

Giró su vista tan sólo para ver al cheje que trepaba, que saltaba con ágiles, graciosos brincos por la alta rama del Inup, la ceiba con el copete muy tieso, con la vista muy tiesa, muy firmemente clavada en él muy burlonamente... ¡Muy verdad era que su copete relumbraba al sol con el mismo tono de aquel quiebracajete que tenía entre los dientes!

II

Desde el día del accidente -o incidente-- con el cheje, cambió el carácter de él. No podía estar más tiempo sin carne. Por otra parte, ella estaba desconsolada. Había pasado ya muchísimo tiempo, el tiempo suficiente en ese su paraíso. Había sido muy feliz pero... todavía no había la menor esperanza de que viniera algún pequeñuelo y ya la época de las grandes aguas venía a toda prisa.

Ya comenzaban a haber manchas amarillentas en el más blanco de los cushines y ya en alguna de sus vainas había ella encontrado algún miembro de la familia de Amalló, el gusano.

Llegaron al suelo. Ella se volvió y disparó una postrer mirada hacia lo alto... Muy lejos vió la obscura ventanita de su hogar.

Y dió principio la larga caminata. Allí comenzaron sus penas. El haba dispuesto reunirse a su familia, a la cual había abandonado para lanzarse en busca de compañera. Volvería con ella y pasaría con sus compañeros de infancia el largo invierno. Tal vez todavía existieran ante la faz de la familia sus viejos padres, en caso de que no hubieran sido ya llamados por Destino para dormir el Invierno eterno.

Cuando lo consideraban prudente caminaban por las ramas. Por lo general iban siempre juntos y silenciosos. Pero, otras veces, andaban por el suelo, ligeramente separados, buscando alimento.

En una de esa ocasiones él logró sorprender a Bay, la taltusa.

Bay, la taltusa, había amanecido tonta esa mañana, cosa inmensamente extraña en ella.

Salió de una de las innumerables puertas de su vivienda subterránea. Subió Bay con sus agilísimos movimientos, rechinándole los diminutos deintecillos. Se sentó cómodamente sobre la colita y recogió a Tux. Cuando Bay quiso tirarse de espaldas al túnel de su vivienda ya era tarde. Bay se comió a Tux y él se comió a Bay.

El maravilloso instinto del macho lo llevaba en línea recta hacia su familia. Pero el camino era largo y pesado pues tenían que procurarse el alimento en terrenos desconocidos y evitar, al mismo tiempo, servir ellos de alimento.

A mediodía no habían cruzado aun aquel inmenso desierto y ambos avanzaban con gran calor y doblemente torturados por el hambre y le sed. Nada aguzaran el olfato y husmearán ávidamente en cada rincón donde el pajonal se añudaba.

Con pequeños saltos y gritos del tamaño de los brincos se unió a su compañero que había seguido su rumbo con un menear de su cola que dedica mucho escepticismo o mucho conocimiento. Avanzaban muy lenta, muy lentamente. La sed y el hambre así lo exigían. Pero avanzaba, perforando el pajonal con sus cabezas gachas de resignación. Repentinamente el salto de costado con rapidez increíble y ella se quedo quieta, muy quieta, viendo como, de milagro, habiase salvado su dueño de morir...

El y ella se miraron. Con que placer clavarían sus colmillos en es cuerpo gris-amarillento con adornos negruzcos... Pero no se atrevan. Sabían que el tamaño de la dentadura de su enemiga desmentida su poder. Que Sochoj moriría en la batalla, ellos lo sabian ... Pero tampoco ignoraban la clase de muerte que a ellos les esperaba en caso de atacar...

Por lo tanto, comenzaron ambos a gruñir sordamente y a caminar de un lado a otro, simulando a cada instante que iban a lanzarse, pero cuidando siempre de guardar buena distancia entre sus cuerpos y la terrible zoga del cuello de la víbora. Esto lo hacían solamente para exasperarla, par molestarla, par no alejarse como cobardes.

Ya bien caída la tarde lograron salir del potrero, casi a rastras, y dieron con Akanyá, el río, que brincaba entre las piedras bajo un bosque de mangos. Allí se sintieron felices. Bebieron hasta reventar y, aunque a ninguno de los dos les fascinaba un baño, el comenzó a caminar con las patas dentro del agua, husmeando bajo las piedras. Pronto vio sus esfuerzos coronados porque logro matar a Tap, el cangrejo, no sin que este lo atenaceara dolorosamente en una pata. Cojeando ligeramente y moviendo los bigotes en su eterno gesto de alegría, llego donde ella descansaba y le mostró el cuerpo inerte de Tap que colgaba de su hocico.

El también contemplaba al pequeñuelo con su orgullo, y sus ojos observaban con atención el obscuro color del pelaje, aun tan ralo, de su heredero, así como el tamaño de su cuerpo regordete que, a pesar de haber pasado Gij, el sol, tan solo tres veces sobre su cabeza desde que llegara al mundo, ya era mucho mayor que el de cualquiera de los diez y ocho hijos de sus compañeros que nacieron el mismo dia.

Cuando el hacia la tertulia entre el grupo de adultos, algún pizote anciano le hacia notar las características de su hijo. Entonces el también movía varias veces la cabeza de un lado a otro, como tambaleándose, en señal de seria preocupaciones.

Juntos el y ella, en el tibio nido de paxte, observaban en silencio a Itzul, que jugueteaba y que, cada vez que algún jovenzuelo de su edad se acercaba en busca de retozo, era alejado inmediatamente con un sordo gruñido.

Iztul era diferente a todos.

III

Algún tiempo después, una mañana, descendió Itzul de Cakchee y se mezclo entre la gente que andaba en busca de alimento. El olfato de Itzul era poderosisimo, tanto que, cuando salieran busca de comida padre e hija, siempre era este el que la encontraba. El se admiraba sobremanera y trataba de aguzar sus receptores. Inútil. Su hijo los tenia inmensamente desarrollados.

Así pues que, la mañana en que Itzul buscaba el alimento con la familia, varios adultos pasaron al lado del nido de tu, la paloma espumuy, sin sentir los cinco huevos que en el estaban a la vista. Paso Itzul y en el cato comenzó a comer en el nido de tu.

Las hojas comenzaron a volar de un lado al otro en el lugar del combate. Varios machos llegaban con lento andar y se plantaban cerca, contemplando. Las hembras dejaron de husmear entre la hojarasca.

La otra parte de la pelota, el macho hambriento, no se levanto mas. Por un boquete enorme bajo el cuello habiasele escapado la vida con el ultimo gruñido.

Por toda esta belleza, Itzul, que era otro hijo de la soledad, venia alegre, bajando rápidamente por el monte del barranco. Había salido a divertirse, a conocer un poco de su gran Mundo Verde. No le gustaba caminar como el resto de sus congéneres, en grupo y armando gran barullo por los arboles. A el le gustaba caminar solitario y callado, viendo y sintiendo las cosas antes que nadie, sin compartir sus emociones. Por ello había salido esa mañana, bajo las protestas de su madre que aun seguía cuidándolo.

De pronto se oyó un ruido sobre el y una sombra negra le paso por encima... Guz, guz, guz hizo la sombra cuando paso y cuando Itzul levanto la cabeza para mirarla.

Sobre una rama estaba Cuch, el zopilote, con las alas abiertas amenazadoramente. Guz, guz, guz,--le decía a Itzul con rabia y saltaba de un lado a otro mientras las criaturas de pelusa blanquecina gritaban a voz en buche, y aquello parecía ya un campo de batalla de tanto ruido y tanto alboroto.

Cuch se elevo al seguro de una rama, pero un instante antes vomito con fuerza hacia Itzul... Por suerte, el proyectil paso a un lado, pero fue suficiente... Al instante sintió Itzul la mas espantosa de las torturas en sus largas narices.

Por fin llego al fondo de Cigüan y se detuvo en la arena de la margen del rio. Se levanto tambaleando y comenzó a lamerse los costados doloridos y a arrancarse con los dientes los mozotes que tenia enredados en la pelambre. Luego miro para arriba y le pareció imposible haber rodado de tan alto. Ni siquiera se veía el rojo Cakchee de su hogar. En cambio, desde el si veía alla abajo, alla a lo lejos, el fondo de Cigüan.

Su primer pensamiento fue para Cuch.

Buscando entre las piedras metió la mano en un agujero que había debajo de una muy grande y muy reluciente. Al instante la retiro con brusco tirón y, prendido fuertemente de su mano saco a Chom, el camarón, que al sentirse en el aire soltó su presa y cayo al agua.

Itzul sintió un gran dolor y una gran colera. Cayo Chom, y aun no se había hundido del todo cuando aquel se lanzo al agua.

Nado, pues, hacia abajo con rapidez. Nadie le había enseñado, pero lo hacia casi con la soltura de Jucu, el pez.

Con tal fuerza lanzo Itzul la dentellada que al abrir la boca el agua le entro a borbotones, y fue verdaderamente un milagro que no se ahogara; pero las mandíbulas se cerraron por la mitad del cuerpo de Chom. Movió este desesperadamente sus defensas; pero había quedado muy adelante, y tan solo cortaban el agua azulina... Entretanto, la vida lo iba abandonando, por donde el cuerpo le dolía.

Cuando ambos salieron a la superficie y a la playita de piedras, Uo, la rana, que tomaba el sol tranquilamente, se zambullo con gran susto al ver la cosa negra y peluda que salía del fondo.

Itzul y Chom salieron juntos del agua. Itzul estaba sacudiéndose y vomitando lo que se había tragado. Chom estaba sobre la arena, con el cuerpo quebrado, muriéndose.

Cuando la tarde caía, un Itzul muy cansado subía por la rama del hermoso Cakchee hacia su casa. Antes de entrar en el tibio agujero lanzo una mirada hacia abajo, el fondo lejano de Cigüan donde vivían Chom, el de la carne blanca, tierna deliciosa.

Sin embargo, un dia en que husmeaba y exploraba los alrededores, que ya pocos secretos guardaban para el, dio con un árbol seco. Esto no tenia nada de particular. Pero el caso es que, al acercarse, oyó un ruido muy extraño que parecía salirle del fondo.

Muy intrigado se acerco olfateando y aguzando los oídos. El ruido, fuera lo que fuera, venia de muy adentro del árbol. Parecía como el zumbido que hace Us, la mosca verde, cuando vuela... Pero este tronco parecía como si estuviera habitado por una legión entera de ellas. Esto fue lo que llamo la atención de Itzul.

Ahora se lo explicaba todo. Esa gran Us que había salido del corazón del Chee, el árbol, era la que vivía con Cab, la miel. Sin discutir mas dio un manoton a la tripa, la cual se rompió. Entonces quedo al descubierto un agujero en el tronco. Itzul comenzó a morder sus bordes. Como la madera estaba seca y semipodrida, la tarea fue muy fácil. En poco tiempo había abierto un hoyo tan grande que ya casi podía meter la cabeza por el. Y cada vez le llegaba mas fuerte y acariciador el olor de la miel silvestre. Itzul trabajo con verdadero frenesí y, de pronto, con el ultimo esfuerzo, la cabeza entro por el agujero.

Si este hubiera caído al fondo del árbol, sobre el panal de avispas que los hombres llamamos guitarrones, nunca mas se hubiera visto su negra figura ante la faz de la tierra, ante la faz de los montes. Probablemente habría muerto en dos momentos sobre Akaj, el panal, sin haber probado siquiera la miel y sin que nadie hubiera sabido su fin, creyendo que había desaparecido del seno de la gran familia como desaparecen todos los de su especie que nacen con la pelambre negra.

Sus garras se negaron a sostenerlo y su cabeza salió del agujero con rapidez increíble. Cuando cayo al suelo todavía seguían sobre su nariz las dos mensajeras de Akaj; y cuando llego en medio de la tribu alborotando a todos con sus chillidos, todavía seguían ambas ahí afianzando mas su aguijon ...

Ella, su madre, llego a aplastarle a las dos enemigas pero no por ello terminaron los sufrimientos de Itzul que paso muchas horas en un frenesí de dolor y Gij, el sol, se paseo tres y mas veces por la cresta de los arboles sin que el rostro del hermoso Itzul adquiriera su forma primitiva.

IV

Muchas, como digo, fueron, en verdad, las aventuras del Itzul en su infancia.

Cuando la madurez comenzaba a endurecer sus carnes; cuando su tamaño era vez y media mas grande que el resto de los machos de la gran familia; cuando estos pasaban cerca de el con cautela, miedosos de encender su colera; cuando las mas hermosas hembras lo miraban anhelantes al verlo pasar junto a ellas con su andar bamboleante, arrastrando su pobladisima cola; cuando ya no había secreto para el en la Montaña que mira de frente a Cigüan, el barranco, Itzul desapareció de la tribu para siempre.

Sin embargo, cuando Ic la luna, brillaba con su faz de maíz tierno sobre las grandes y pequeñas copas de los arboles y alumbraba la fauce obscura de Cigüan con sus cerbatanazos de nácar, ella salía muy despacio por la rama del viejo Cakchee que se extendía sobre el barranco. Cuando llegaba a su extremo se sentaba sobre la cola y dirigía sus ojos a lo lejos en la dirección en que Itzul desapareció. Podía entonces verse su silueta contra la inmensa luciérnaga del cielo, así como las formas de las barbas de paxte del rojo Cakchee, mecidas por la brisa tibia de la noche.

Un dia llego, después de mucho caminar, a la orilla de Akanya, el rio que corría ancho y caudaloso por un túnel de arboles y maraña. A Itzul no le importaba el rio ni pretendía curzarlo. ¿Para que? Seguiría por su margen indefinidamente. Por lo tanto, caminaba escurriéndose entre los húmedos helechos que bordeaban el rio buscando algo que comer...

Tal vez tuviera la suerte de dar con Chom, el camarón.

Llego al limite del monte y asomo la cabeza. Allí, en una playita de arena y piedras estaba lo que Itzul sintiera. Un ser grande, mas o menos su misma talla, inclinado sobre Tap, devorándolo. Y ese tenía dos Tap mas, tendidos a su lado sobre la arena.

Itzul tenia hambre, mas hambre que otra cosa, así que fue saliendo lentamente de entre los helechos y comenzó a caminar por la playita. La cola iba muy baja, arrastrada, los brazuelos abiertos y curveados y la cabeza gacha...

Cas era luchador empedernido. Cas había tenido muchísimas batallas en su azarosa vida, de manera que espero la llegada de Itzul con el cuerpo encorvado y la cabeza encogida.

Cas mordía con furia y ambos rodaron en la eterna pelota de la muerte.

Había un tristísimo espectador de esta batalla, un espectador que tenia sus ojos saltones ya velados por la muerte. Este espectador era Tap, el cangrejo. Momentos antes contemplaba el horrible espectáculo de Cas devorando a su padre... Tap estaba con el cuerpo quebrado por las mandíbulas del mapache, que cayeron sobre el cuando su madre trataba de ocultarlo; luego la dentella mortal cayo también sobre ella. Tap estaba tendido al lado de esta, que ya no se movía.

Mucho fue lo que Itzul vio y sintió en su trayecto por la margen de Akanya, el rio. Cuando estuvo fuerte, completamente repuesto de la herida de Cas, comprendió que el era un luchador peligroso y caminaba despreocupado, sin ocultarse mayormente pues consideraba que el era temible y que los seres del Mundo Verde se apartarían sabiamente de su camino.

Al principio Itzul no vio quien era el causante del espanto de Tziquin, por mas que aguzo el olfato y la vista... Pero pronto se movió una rama próxima a Sok, el nido. Entonces vio aparecer una cosa extraña, una cosa que comenzó por asustarlo a el también. Era un ser repugnante, con una gran cresta que le corría por la espalda, desde la cabeza a la cola...

Inmediatamente salto a la rama inferior, la misma donde estaba Sok, el nido de Tziquin. Pero Itzul se acerco por el lado contrario por donde avanzaba Ojin, o sea que el nido quedo en medio de ambos.

Itzul cayo en el cuerpo de Ojin precisamente sobre la roja cresta. Antes que el garrobo pudiera morder, ya las mandíbulas de su enemigo se habían cerrado sobre su cuello.

Esta vez Ojin lo recibió de frente para usar sus garras mejor. Cuando llego Itzul se alzo el garrobo sobre sus patas traseras afianzándose en la cola, de modo que el anda solo cayo sobre el por la superioridad de peso.

Así fue como de milagro, se salvaron los hijos de Tziquin, el cucharón, tan solo porque a Ojin se le ocurrió caer desde lo alto del árbol que Pedro Culán llamo Chee-Xiquin-Coy, que quiere decir árbol de oreja de micho.

V

La vida de Itzul se deslizo con tranquilidad, como se desliza la corriente profunda de Akanya, el rio. Estaba muy satisfecho de si mismo y de su mundo. Que habiale dado fuerza y alegria. Encontraba comida en abundancia. La carne se la procuraba con los pájaros y los huevos o con la gente de Bay, la taltusa, que habitaba por doquiera; y Vuach, la fruta, vivía en todos los rincones. Esta fue la época en que, caminando muy lentamente, sin llevar ninguna prisa, dio con gente de su propia raza, una familia de pizotes costeños que merodeaban por la orilla del rio.

Itzul levanto la cabeza de donde estaba olfateando y lanzo un golpe con su garra a la cara del pizote. Tiz se quedo perplejo pues la mano de Itzul tan solo le dio en hocico y esto basto para mandarlo rodando por el suelo. Se sintió, con ello satisfecho y cambio de opinión. Aquella gran talla y aquel pelaje obscuro no le anunciaban nada bueno. Por lo tanto, dejo de gruñir y se acerco donde Itzul estaba en actitud pacifica. Itzul le volvió la espalda e introdujo su largo hocico bajo el tronco podrido. No había lucha porque ninguno la quería.

Así hicieron varios de los miembros masculinos de la familia hasta que Itzul se quedo tranquilo.

Pasaron los días e Itzul volvió a la vida comun. Cazaba con todos aunque con nadie jugueteaba ni hacia amistad. Pero los machos comprendían que no debía enojársele porque, en caso de que así sucediera morirían todos los que con el luchaban, a no ser que lo atacaran en grupo, para lo cual no había razon.

Muchos eran jóvenes que rodeaban a Tixixoc y ella no sabia entre quien escoger pues siempre cambiaba dulces miradas con varios, y fue esto motivo de no pocas luchas y hasta muerte entre el elemento masculino de la familia.

De pronto se produjo un movimiento de intranquilidad entre los machos. Itzul, el extranjero, venia con lento andar, con ese andar majestuoso que lo caracterizaba, al parecer en linea recta hacia donde estaba el grupo congregado alrededor de Tixixoc. Esta noto el revuelo entre los machos y vio cual era el motivo. Sin saber porque, su corazoncito comenzó a golpearle, así como lo golpeo el dia que logro sorprender a un delicioso hijito de Zakcoroguach, la perdiz. Porque, Tixixoc también admiraba a Itzul. Todas las hembras lo admiraban; admiraban su gran talla, su pelambre negra y sedosa y el valor e indiferencia que mostraba siempre ante todos, fuera de que Itzul, aq no dudarlo, era un pizote muy hermoso.

No tuvo mas remedio que plantarse frente a Itzul, aunque en actitud mas sumisa; y este, que andaba malhumorado, lanzo su mano con sus grandes garras contra la cara de Tix. La uñas se estrellaron en la frente del pizote y la sangre corrió.

Tix nunca había tenido una lucha. Era, ademas, demasiado joven. El sabia que la muerte estaba frente a el en forma de una figura negruzca. Por lo tanto, no es de extrañarse que saliera corriendo en busca del seguro de un arbola.

Entonces se acerco Itzul al grupo de machos que estaban acurrucados frente a la hembra, silenciosos en actitud sumisa. Llego y, sin vacilar un instante, comenzó a lamer sus orejas.

Tixixoc se sintió loca de felicidad. Esta es, podemos decirlo así, la forma que tienen los pizotes para solicitar compañía.

Algún macho gruño y entonces Itzul comenzó a responder con unos gruñidos tan feroces que verdaderamente se asustaron los corazones de todos los Tix y pronto fueronse dispersando.

Entonces tixixoc principio a lamerle las orejas, sintiéndose la hembra mas feliz del inmenso Mundo Verde.

Fueron dos las hembras que nunca lo olvidaron: una, muy anciana ya, seguía mirando desde la alta rama de un rojo Cakchee en dirección a las tierras bajas. Otra, a pesar de los galanes que no cesaron de importunarla, siguió siempre olfateando en su busca y esperando que la pelambre de su hijo cambiara de color.

VI

Todos los panoramas de las selvas guatemaltecas son muy bellos... aquí y alla crecen los enormes arboles, los pequeños arboles elevando sus brazos has Caj, el cielo, y cambiando de dia señales con Gij, el sol, y de noche con Ic, la luna, o tratando de alcanzar desde la oscuridad de Uleu, la tierra, la gran luciérnaga de los reinos de Chumil, la estrella...

Es por eso que una tarde, ambulando despreocupado por la falta de un altísimo cerro, vino a comprender de golpe todo su error.

El golpe vino en forma Uti, el coyote, que estaba agazapado en un matorral esperando que el confiado Itzul se pusiera al alcance de su haber.

Cuando Itzul oyó el ruido que hizo Uti al saltar se volvió con rapidez para presentar combate... vio el enorme ser que se le echaba encima entonces fue cuando comprendió su error...

Antes de llegar el tronco de un árbol fue alcanzado Itzul nuevamente. No pudo verse mas que las hojas del suelo que volaban como espantagas y mucha pelambre negar que salió como las hojas. Luego como la figura de Itzul subiendo por el tronco como una flecha y la de Uti saltando en vano tras el.

Itzul se detuvo en la primera rama a lamerse los costados, las patas, el estomago, gruñiendo de dolor mostrando los dientes hacia abajo.

Desde aquel dia Itzul se torno mas precavido y por lo tanto, mas sabe. Ahora era mas difícil que alguien lo sorprendiera... En una ocasión oyó el ruido garrasposo de Can, la culebra mazacuata que esta enrollada, como gran yugual, sobre un tronco podrido...

Can respiraba muy hondo; muy hondo y su cuerpo se iba inflando hasta adquirir casi el grosor de una rama joven de Inup, la ceiba. Inmediatamente comenzaba soplar, con un soplido garrasposo, largo, largo, y su cuerpo iba volviendo al tamaña natural. Esto lo hacia Can con el cuello estirado hasta Itzul. Porque Can había estado al acecho... su hermosisima piel, de un café brillante con lindos dibujos, era nuevecita... se acostó a dormir largamente, muy largamente, tal vez por varias lunas; cuando despertó con gran apetito se encontró con que destino, el sabio y eterno destino, habiale dejado de regalo una piel nuevecita.

Nunca se supo si Itzul tuvo algún amigo... solo se sabe que Cuc, la ardilla, jugueteaba cerca de el, cuando jugueteaba, Cuc era divertida y saltaba con gran ligereza de una rama a otra. Hasta la mas débil resistía su peso, luego se sentaba con la probladisima cola en forma de s hablando a una jerigonza endiablada con el rechinar de sus dientes. Itzul la miraba con ojos distraídos y sus bigotes se movieran como si se estuviera riendo.

Itzul no le agrada Cuc, seria porque estaba pensando en la lejana Tixixoc o en la lejanisima montaña que mira de frente a Cigüan, el barranco. Nadie lo sabría decir, lo cierto es que Cuc jugueteaba cerca de el y que a Cuc nunca le molesto el silencio de aquel compañero grande obscuro y tranquilo.

VII

Paso el verano, paso el invierno, paso de nuevo el verano y de nuevo el invierno... la vida de Itzul seguía como siempre.

La experiencia le habían enseñado muchas y savias lecciones. Ya no caminaba como antaño despreocupado, con la vista en alto y haciendo ruidos en el matorral.

También tuvo momentos de victoria, momentos de lucha en que triunfo... entonces comía bien. Otros momentos fueron amargos, cuando vivora del cielo partía a Caj en dos pedazos y se precipitaba sobre la selva, sobre Uleu, la tierra ensartado de su terrible colmillo en los grandes arboles, los pequeños arboles, que morían inmediatamente, convertidos en ceniza por la acción del veneno brillante y ardiente mucho vio y aprendió Itzul pero nunca se cansaba deambular, de vagar por los grandes montes, hasta un dia, una tarde en Gij, el sol, escondía su faz en una montaña de nubes bermellón.

En ese momento oyó un ruido y sintió el olor con mas fuerza. Se movió uno de los arboles extraños y apareció el ser, la cosa mas increíble. era una cosa que caminaba erguida sobre dos patas con una piel de diferentes colores... y los mas extraño de todo que a su lado caminaba otro ser nunca visto, que se parecía mucho a Utiu, el coyote, de pronto el que se parecía a Utio alzo la cabeza y lo vio... inmediatamente comenzó a gritar a hacer un ruido espantoso que los pelos del cuerpo de Itzul re erizaron de miedo, bajo la cabeza y sus encontraron con los de Utiu que hacia ruido tan espantoso. Allí se quedo como fascinado. Entonces oyó otro ruido y vio que el ser de las dos patas le apuntaba con un palo negruzco... cuando miro la cara de este ser vio que lo miraba a el muy fijamente... Itzul sintió verdadero frío en su corazón, como si Job, la lluvia hubiera caído de improviso dentro de su ser. Sintió que su cuerpo se helaba, que sus propias patas, sus fuertes garras temblaban... nunca había experimentado Itzul cosa tan terrible.

Pedro Culán se quedo largo rato contemplando los cuerpos y el pizote y el perro que estaba uno al lado de otro sobre la tierra pringada de sangre, Pedro Culán sentía una cosa atragantada en su garganta, como si fuera a llorar... Aquel chucho tan viejo y tan noble lo había seguido por todos lados, por todos los caminos, por todas las selvas... por todas las rancherías. aquel chucho flaco que salía con el a la siembra, que salía con el a chapear, a cazar... aquel su chuchito que corría delante por los eternos caminos polvorientos. Quien lo había matado, como fue que murió el que había peleado tantísimas veces con los tacuacines, con muchos pizotes, con muchos coyotes, con la comadreja.

Tanta impresión hizo a Culán la muerte de su perro que paro admirando a Itzul. Por lo tanto, cuando regreso a su rancho abrió un oyó grande bajo un jocotaly los enterró a los dos juntos sin quitar la piel del pizote.

EL ARMADO

I

Pedro Culán decidió marcharse al norte. Trocar el fácil corte de maíz, recogimiento de alimento rubio, abundante y sencillo, por el corte de maderas preciosas, por la sangría del chicle, ardua tarea de titanes, de héroes anónimos que luchan como gusanos arrastrando su existencia por las inmensas, interminables soledades verdes; destruyendo los místicos, cavernosos silencios, con estrépitos de caídas de cedros, caobas, matilishuates... Prendiéndose como sanguijuelas en cada árbol de chicozapote...

Muchas y largas fueron, en verdad, las horas que pase junto al fogaron que dormitaba a la sombra de comal, en el limpísimo rancho de mi amigo indio, escuchando con avidez las historias que por su boca destilaba su corazón, de las cosas que vio en sus andanzas por las tierras del norte, de los animales y las flores y las plantas y las vidas extrañas que conoció por los crics, los suampos y las selvas húmedas.

Este es el mundo de Iboy, el armado, e Ixociboy, su hembra.

Caminaban uno junto al otro, haciendo un ruidito como de ronquido, suave y prologado, que era como se manifestaban su cariño.

Cuando el enemigo llegaba, no podía verlo... Se admiraba de no poder descubrir a Iboy, ni siquiera de ver donde se había metido. Pero esto solo lo hacían cuando el peligro era muy grande. La mayoría de las veces esperaban al enemigo en actitud sumisa. Si pasaba a su lado sin prestarles atención, ellos lo celebraban grandemente; si los atacaba, se replegaban en sus corazas.

Por lo tanto, pues, se dirigió casi con despreocupación hacia la piedra donde resaltaba la linea rojiblanquinegra del coral. Ixociboy no se movió de su escondite, entre unas hojas ni le advirtió nada a Iboy.

Ambos comieron con deleite la sabrosa carne y sus mandíbulas trituraron el cuerpo de Rchab-Quih con todo y las espinas dorsales. Solo dejaron la cabeza. Ambos la despreciaban casi siempre porque Destino les había enseñado, cuando nacieron, por medio de su hermano menor, el Instinto, que si por casualidad, al masticar la cabeza llegaban a herirse con uno de los colmios morirían como si hubiesen sido mordidos. Sin embargo, cuando era mucha su hambre, se la comían. Pero esto sucedía muy de vez en cuando.

Cuando comenzaron a posarse sobre las ramas para dormir las manadas de Cuch, el zopilote las bandadas de Cahix el guacamayo, las bandadas de Tiuj-tiuj, el quebrantahuesos semejaron hojas que venían a caer sobre los arboles desde los Cuatro, ángulos del cielo, unas encendidas, otras obscuras, otras tornasoles... cuando esas hermosas hojas vivientes se posaron sobre las ramas de los arboles, para dormir de esas mismas ramas fueron saliendo otras grandes hojas secas por los aires y en todas direcciones; estas hojas apagadas eran las bandadas de Tucuruy el Búho la bandadas de Puhuy, el tapacaminos...

Comenzaron, pues, a devorar y pronto habían saciado su hambre. Sin embargo, siguieron caminando despacio viendo y husmeando y sobre todo olfateando el aire con precaución para así compile con la ley universal de la selva: la respiración esta en la nariz inmediatamente partieron los armados por su lado. No comentaron nada porque en la Mansión Verde de nada se comenta. Todo se olvida tam pronto como ha sucedido, menos lo que se experimenta por el propio pellejo.

Cansado de vagar fueronse buscando el tronco bajo cuyo cobijo venían durmiendo desde vario gijs.

Un poco antes de llegar sintieron el fuerte olor de Sochooj, la víbora cascabel y Ixociboy se adelanto con gran imprudencia porque Sochoj ya estaba prevenida. Cuando la hembra se puso a tiro, la cabeza de la víbora salió disparada... Ixociboy solo de dio tiempo para esconder el cuello y los colmillos de Sochoj se estrellaron en su caparazón. Tan fuerte fue el golpe que uno de estos callo al suelo, quebrado. Al instante se retrajo la cabeza de la víbora, lista para un nuevo ataque,pero ya Ixociboy andaba fuera de su alcance.

En vista de que todo estaba ya quieto Sochoj bajo la cabeza y dejo de agitar la cola.... pero inmediatamente recomenzó su furioso batir. Poco a poco, el tableteo de la cascabel fue debilitándose hasta llegar a ser nada mas un susurro tembloroso.

En el Inmenso Mundo Verde la crueldad no existe entre sus habitantes. Por lo tanto, la boca de Iboy se abrió y se cerro tras el cuello de Rchab-Quih cuyos ojos se apagaron al momento.

Iboy y su hembra, con las poderosas barretas y palas de sus garras, esas garras que les fueron dadas precisamente para acabar, habían abierto en dos momentos un hoyo profundo en la entrada del tronco bajo el cual dormían y habían arrastrado a su fondo los cuerpos de las víboras repletos de blanca y exquisita carne. Luego los cubrieron con tierra y hojarasca.

II

Muchos fueron, en verdad los gijs que pasaron ambos, tranquilos, comiendo la deliciosa carne que tenían enterrada en el agujero frente al tronco sin preocuparse en cazar. Eran muy6 pocas veces que Destino los mimaba de tal forma; ella comprendía que todo se debía a la inmensa astucia de Iboy, a quien consideraba el mas grande y poderoso de los armados.

Pero por fin la carne se termino y vino de nuevo el único expectro que ambula por las inmensas mansiones verdes: el Hambre.

Timbo no lo alcanzo pero se quedo con la cabeza erguido listo para otro ataque. Ahora bien. El cuerpo de Timbo es muy corto y muy grueso; demasiado grueso para el tamaño de su cuerpo. Timbo, pues, se repliega y luego se endereza súbitamente, tan súbitamente que da un pequeño salto hacia adelante y entonces muerde con increíble rapidez... Timbo es horriblemente peligroso, ademas, es muy voraz y cuando llega a inchar sus colmillos lo hace con tanta saña que es difícil que suelte su presa.

Pero, para su sorpresa no vino ningún ataque ni por detrás ni por delante Iboy se guía con el cuerpo ladeado, sin presentarle el frente. Lo único que Timbo veía era su cuerpo cercano pero no tanto aun como para poder alcanzarlo. Ignoraba que aquel cuerpo era inmune al taladro de sus mandíbulas... la hembra no se movía Timbo tenia la esperanza de que estuviera únicamente a la expectativa.

Muchos eran los días en que Iboy e Ixociboy se alimentaban de Ocos el hongo, o de Amallò, el gusano o de Xè la raíz dulce. Pero nada había que les agradara tanto como la carne blanca de las serpientes.

Inmediatamente la víbora azoto violentamente con la cola y salió al descubierto, comenzando a revolverse sobre la tierra como en conbulciones y tratando de enrollar lo que tenia encima.

Cuando estuvieron muy cerca, AM se escurrió al suelo y trepo a la piedra. Desde ahí contemplo enloquecida de ira el banquete que se dieron a su salud Iboy e Ixociboy... Cuando se hubieron marchado satisfechos los dos armados bajo AM de su atalaya y se abalanzo sobre lo que quedaba de su tesoro: la Cabeza. Y comenzó su comida, rociada con el veneno de Rchab-Quih y con el suyo propio que de tanta colera se había tragado.

Pero, he aquí , el hombre perseguía a Iboy para comer su carne y lo acosaba con Tzii, el perro. Iboy corría, corría, pues los gritos de Tzii el pero, verdaderamente encendían miedo en su corazón y por ultimo, se metió en una cueva, se encuebaba.

LA COMADREJA

I

Hablaremos, contaremos ahora el relato breve,la historia de Cux la comadreja. Cux, el bandido terrible de las mansiones verdes. Dentro de los habitantes de las cañadas, las montañas, las selvas y los caminos Cux era el mas bandido el mas perverso de todos los que nacieron... desde Balan el tigre hasta Kan Kun ka la masacuata, todos los animales grandes y pequeños huían de este arbusto, pues en verdad parecía que sus hojas, aunque verdes y engañosas eran hijas de Kak, el fuego. Cuando alguien osaba tocarlas con su cuerpo, con su piel, esta comenzaba a quemarse con un fuego sin humo, como un fuego apagado.

Sin embargo, los mismos vientos murmuraban que Cux, la comadreja, el bandido, el asesino, no solo era amigo de este Chee despreciable sino que hasta se limpiaba los blancos bigotes y alisaba su lindisima piel en sus hojas. Porque, a pesar de que Cux era un gran bandido, Cux era muy Hermosa. Tenia una piel acanelada el pecho blanco, y blancas también eran las manchas de su cara .... Kan, la enorme masacuata, quizo una vez matarla para si poder contar con el mundo de abajo que ella había terminado con Cux. Para ello la espero pacientemente sobre la rama de Chee, el árbol lista para caer sobre ella cuando pasara y estrujarla hasta el fin con su formidable abrazo y gozarse con el temblor de sus bigotes blancos que nunca habían temblado, con el llanto de su boca que nunca había llorado...

Kan se sintió encantada y rabiosa al mismo tiempo. Ya no le importaba que Cux la descubriera. Al contrario; lo helaría de espanto con ese soplido terrible que ella sabia hacer, ese ronquido que en el Mundo de abajo se llama de la Muerte. Por lo tanto, comenzó a soplar el aire que de tanta rabia se había tragado y un ronquido garrasposo comenzó a salirle desde el fondo de su ser. Al mismo tiempo avanzo con la cabeza encogida sobre el robusto cuello, colocada ya sobre la catapulta que habría de lanzarle hacia delante... Kan no tiene veneno, pero su bocaza es tan terrible que puede matar a Cux de la primer dentellada...

Inmediatamente su cuerpo se hincho horrorosamente y un ronquido espantoso, largo y prolongado, comenzó a salir de su entreabierta boca... ¡Horror! De los veintiséis huevecitos dulces y adorados solo quedaban las cascaras en el suelo y cuatro o cinco que estaban solamente mordidos, solamente muertos sus hijos...

Varias fueron las noche que Kan paso roncando entre el caulotal en busca de Cux, el gran bandido, el asesino.

II

Como se ha dicho, nadie conocía la madriguera de Cux con exactitud. La tenia pero... ¿donde? ¡Muchos eran los habitantes de la selva que hubieran querido saberlo!... Todos reconocían que Cux era muy astuta e inteligente, superior en esto a la gran mayoría de sus conciudadanos. Cux era muy pequeña, uno de los mas pequeños habitantes del Munde Verde y, sin embargo, se las arreglaba para subsistir de entre tanta acechanza. ¡Pero, no hay duda que Cux era muy mala!

A los pocos momentos apareció Ixoquej, la hembra de Quej, el venado. Venia con gran gracia. Movía uno de sus remos y levantaba la linda cabeza. El hocico negro temblaba cuando se dilataban sus narices para explotar el ambiente.

Por fin salió la hembra al claro donde estaba el pequeño suampo llamado Balamya. Dos veces y mas exploro los alrededores con sus bellos ojos... Cux se apresto al ataque en el momento en que Ixoquej bajo la cabeza para beber... Pero, he aquí que al acercar su hocico al agua, llego al olfato de Ixoquej el olor de Cux, el enemigo mas temible de las hembras de Quej que han sido madres. Sin esperar futuro aviso dio un enorme salto y se interno en la selva a gran velocidad.

Horrible fue, en verdad, la noche par Ixoquej. Seguía avanzando, aunque ya lentamente y olfateando antes de aventurarse entre las cerrazones. En una ocasión sintió muy cercano el espantoso olor de Balam, el tigre; y en otra casi se estrella en las gruesas fauces de Coj, el león.

De vez en cuando se detenía frente a Chee, el árbol y contra la corteza restregaba las chachos para quitarles lo ultimo que en ellos quedaba de la funda de pelo. Pero Cux, el gran bandido, era muy astuto. Ixoquej llevaba delantera así que decidió dar un rodeo, describir un circulo para que su olor, su yo no llegara mas a las narices temblorosas de la hembra.

Cuando pasaba su cuerpo, el medio de su ser sobre el viejo Lam derribado, lanzo un bufido de dolor y espanto. Se encabrito cien y mas veces, comenzó a debatirse, a patear en todas direcciones sin dejar de mugir de dolor. Corrió enloquecida por muchos espacios del monte, por muchos chiribiscales, estrellándose con este Chee, en este otro, así de árbol en árbol estrellándose, ciega de dolor y llenando la selva de quejidos espantosos.

De bajo su esbelto cuerpo salió Cux, apareció Cux, la comadreja. Tenia hocico y uñas cubiertas de sangre y pelo... Cux había saltado desde Lam, el tronco y había apresado con dientes y garras las ubres hermosas de Ixoquej... Allí comenzó a destrozar, a desmenuzar, a triturar con sus dientes filudos, sintiendo el néctar de la sangre y de la leche fundidos...

Mientras Cux, la comadreja, dormía su pesada siesta enrollada en medio de las hojas caídas del chichicaste, alla lejos, en el echadero del pajonal, morían de hambre y de abandono dos lindos hijitos de Quej, de cuerpecillos rojizos, moderados de blanco, iguales al color que tuvo la sangre de su madrecita cuando murio.

III

Los vientos de la selva seguían pregonando la maldad de Cux, la comadreja... Los vientos de la selva seguían llevando su mala fama de oreja en oreja, de hocico hocico, de belfo en belfo. ¡Y lo peor de todo era que nadie podía contradecirlos!

Varios fueron los días que Cux paso, que Cux gasto frente a los ranchos, las viviendas, obsevandolo todo y alisándose la piel en señal de contentamiento... Nada comprendía Cux de cuanto veía, de cuanto escuchaba. Veía ciertos seres altos, altísimos, que caminaban en dos patas, como las aves, como Tziquin, el pájaro. Pero estos seres, estas aves, ni volaban ni tenían plumas; y por mas que Cux busco y rebusco no pudo encontrar ni sus nidos de sus huevos... Y lo mas extraño de todo cuanto Cux experimentaba era que no sentía, como siempre, la intención de hacerles daño directa o indirectamente. Antes al contrario, aquellos seres le merecían un profundísimo y desconocido respeto.

Desde ese momento aumento el respeto de Cux por Achi, el hombre. No podía soportar su voz sin echar a correr. Merodeaba durante el dia por los alrededores tratando de observar, de comprender lo mas posible, hasta que... tópese de pronto con un gallinero!

Con la maestría que la caracterizaba lanzo la dentellada mortífera al cuello de su víctima, que solo alcanzo a lanzar un cacareo ahogado... Pero ese cacareo fue suficiente para alborotar una legión entera de ellos... Las gallinas volaron de un lado a otro llenando la quietud del aire nocturno con gran barullo, plumas y aletazos. Los gallos, clavados en tierra, le daban importancia a su miedo con los pescuezos extendidos y los picos listos para entrar a colaborar con los espolones.

El dia siguiente lo paso escondida en su matorral cercano, dormitando y bostezando su mal humor. Por la noche volvió al gallinero. Hizo un hoyo mucho mayor y se robo una gallina hermosisima... Cuando los gallos dieron la voz de alarma, ya Cux estaba lejos, saboreando el banquete mas delicado de su vida.

Muchas fueron las noches en que Achi, el hombre, salió con su escopeta y su lampara de carburo a la intemperie... Pero nunca pudo encontrar a Cux.

Entonces fue cuando Achi y su familia decidieron seriamente la muerte de Cux, la comadreja.

IV

Entretanto, Cux se había dado cuenta de que Achi la perseguía. Por eso se vio obligada a retornar a la selva, aunque solo para dormir durante el dia. Por la noche volvía indefectiblemente al gallinero. Y era tan astuta que no se aproximaba hasta que su finísimo olfato le mostraba el ambiente mas puro y limpio de peligros. No había forma para Achi, por lo tanto, de tratar de velarla. Ya lo había intentado pero siempre Cux lo sintió a el y no se acerco.

Principio a dar vueltas alrededor del pequeño gallinero, haciendo que Atiac se quedara muda y paralizada de horror. Por fin encontró una abertura capaz de dar cabida a su cuerpo. No podría sacar a Atiac pero la comería dentro, con toda tranquilidad.

Y en oyendo esto, Atiac fuese envalentonando. Atiac que tiene fama de cobarde, se fue levantando, se fue enderezando, sacudiendo sus plumas y su pijillo y con su voz de cocleo comenzó a hablarle a Cux...

Estaba agazapada en su ángulo, los blancos bigotes caídos, entristecidos... Su corazón salvaje pateabale de susto en las paredes del cuerpo y se moría de miedo, de rabia y de impotencia. ¡Hasta Atiac, la gallina, se burlaba de ella! Estaba atrapada, indefensa y sus víctimas de antaño, sus víctimas mas de otrora llegaban a reclamarle, a burlarse de su miseria, de su cuerpo, de su faz... La faz mas temida de las selvas.

Ahora Cux verdaderamente temblaba, verdaderamente se sacudía. Aquel cuerpecito tan ágil se estremecía con las embestidas que el miedo daba dentro de ella. Estaba hecha una pelota, hecha un mísero yagual en el rincón de la jaula. Y Atiac, la gallina, seguía picándola, seguía clavando su venganza en las carnes, las espaldas de Cux.

Cuando Kan se fue, vino Quej, el Gran señor de los cuernos. Llego alegre y bullicioso, levantando a su paso un chisporroteo de grillos.

Ladraban y rugían merodeando por la jaula de Cux. Solo Atiac, la gallina estaba contenta. Batía sus alas con ese batir suave que hace cuando se despierta tranquila en el gallinero. Veía cerca de Tzii, el perro, y se sentía segura.

Cux había muerto y todos se alegraban. Cux había muerto y todos festejaban, saltaban, se regocijaban. Tan solo el chichicaste estaba triste, sonando sus hojas secas con ruido de queja, con ruido de llanto.

Los vientos de la selva tenían razon. Cux la comadreja, era una malvada; y por vez primera los habitantes del Mundo Verde, tuvieron un buen pensamiento para Achi, el hombre, su matador, su vencedor.

EL TEPEIZCUINTE

I

Alau, el tepeizcuinte, es otro de los habitantes, otro de los moradores de la mansión, el Mundo Verde. Su vida y su historia, es bella y sencilla, tan bella tal vez como su cuerpo, como su faz.

Cuando esta historia principia, Alau el tepeizcuinte y su hembra Ixocalau hallabanse muy tranquilos, uno al lado del otro, comiendo s Sakul, el plátano, que un fuerte viento había botado de lo alto del árbol llamado platanar.

Verdaderamente apurada se vio la hembra de Alau, que ya sentía que sus carnes entraban a formar parte del placer de las mandíbulas de Mez, el gato de monte... Mez corría mucho mas rápidamente, mucho mas raudamente que ella, así que pronto la alcanzo...

En cambio la hembra de Mez, que es muy ágil y ligera de peso, saltaba tras el cómodamente, muy concienzudamente. Alau, el tepeizcuinte, es el mejor nadador y buceador de cuantos animales habitan en las grandes extensiones a excepción, tal vez, de Yatiu, el perro de agua.

Una gran mole, de cuerpo obscuro hallabase tendido entre los manglares, precisamente en el sitio que Alau eligió para salir del agua... Este gran cuerpo, esta gran mole eran Ain, el lagarto, de escamas viejísimas, enlodadas y duras como Suy, el tecomate. Tendido a la luz de la luna estaba Ain esperando que algún habitante de la selva llegara a beber. Cuando esto sucediera, Ain trataría de comer.

Por fin Alau sintió bajo sus patas la arena del rio. Sin detenerse un instante comenzó a correr y se interno entre las selva. Su cuerpo temblaba de espanto y de frió. Después de sacudirse dos y mas veces se agazapo en el interior de un tupido arbusto y allí paso el resto de la noche. No se atrevió a lanzarse nuevamente al agua y retornar a la otra margen donde tenia su vivienda donde Ixcalau, su hembra, estaba esperándolo con gran intranquilidad, olfateando el aire tibio de la noche en todas direcciones.

II

Cuando brillo Gij, el sol, que es el padre bueno de los pájaros, los insectos y las flores, Alau salió de entre las húmedas hojas de su escondrijo. Olfateo por varios instantes el aire fresco de la mañana, aspirando el aroma de los helechos y las flores.

Mucho y muy grande fue el susto de Alau, que ya se aprestaba a romper las hojas y los bejucos en su carrera de miedo, imaginándose ver aparecer la horrenda faz de Ain, el lagarto.

Únicamente de hierbas se alimentaba Lamya, que era viejísimo y sabio. Todo lo Veía a través del velo azulino del rio u oculto entre los manglares o las hojas de la flor de Nap. Tenia muchos amigos. Pero había dos a quienes mas estimaba, con quienes le gustaba conversar y cambiar impresiones: uno era Alau, que le refería cosas del mundo verde: y la otra era Tizoc, la tortuga acorazada, que le refería cosas e historias de Palauj, el mar, y que ella llamaba “el otro cielo”. En esa ocasión Alau le refirió su aventura con Ain en la ultima noche.

Ahora Alau estaba verdaderamente encantado, verdaderamente maravillado de cuanto escuchaba por boca del sabio Lamya. Sentado sobre su insignificante colita, con las patas enterradas entre el fango de tagaj, la playa, se hallaba inmóvil como piedra.

Ahora que fue Lamya quien se asusto. Un temblor sacudió su enorme cuerpo haciendo chapotear el agua. Olfateo un instante y miro en varias direcciones. Verdaderamente maravillado estaba Alau del efecto que su pregunta produjo en el animo del amigo.

Otra vez vi a Jucu, el pez, debatirse al extremo de una cosa larga y que su cuerpo subía a la superficie donde la estaba esperando Achi,que era el que manejaba la cosa larga, por mas que Jucu lucho por escaparse, por defenderse. Escondido entre los tules pude ver que Achi, sobre el tronco que flotaba sobre Akanya, sacaba la cosa larga y flexible donde venia prisionero Jucu y le daba muerte y lo guardaba en el seno del tronco. Y lo vi repetir la misma operación dos y mas veces sobre dos y mas Jucu, que murieron.

Otra vez vi llevando a Quej, el venado, muerto sobre su espalda y siempre seguido por Tzii, el perro.

La gente de Cuch estuvo merodeando alrededor de los que estaba muertos y muy pronto toda la gente de Cuch devoraba los cuerpos de Achi... Ya tu sabes que Cuch se alimenta de lo que ya esta muerto, de lo que ya no alienta, de la pobredumbre!

Poco aprendió Alau de lo mucho que su amigo, el viejo sabio Lamya, le conto... No sabemos cuanto pudo comprender, cuanto pudo quedar pintado, grabado en su pensamiento... Solo se sabe que temió desde entonces a Achi con todos los latidos de su tierno corazón, así como al eterno compañero de este, a Tzii, el perro, el Gran renegado, y que desde entonces el y su compañera devorancon gran avidez y precisión a Sakul, el plátano, durante el reino de Aga, la noche, probablemente porque temen que de un momento a otro no quede ni uno mas para embadurnar de placer sus bigotes.

LA MANSION DEL PAJARO SERPIENTE

Distintas en verdad, eran estas inmensas montañas que habían logrado llegar a enterrar las puntas de sus arboles en la entraña misma de Caj, el cielo.

Allí no existía suampo traidor, de aguas negras y muertas. Allí no había el calor agobiante de la selva costeña, ni el horro de la maraña exuberante, devoradora, terrible... Allí Gij, el sol, manda sus rayos de manera acariciante, como el suspiro de un niño, débil a través del llanto de las nubes...

Sin embargo estos grandes bosques eran, como digo, distintos a las selvas costeñas. Allí no hay tanto y tan variado bejuco, ni existe el cerrado guamilar, ni el infranqueable caulotal, ni la mancha del verde camalote. Allí puede verse todo a la distancia que lo permite lo cerrado de la arboleda, lo cerrado de los pinos, pero sin maraña, sin chiribiscos; y tampoco reverbera el ambiente con la mancha del zancudo, ni se ensordece con la necedad del chiquilín o la chicharra.

Este altísimo paraíso tiene asimismo sus moradores, sus habitantes de sangre roja, que lo recorren y viven en el sus existencias.

Coj habiala probado varias veces, pero Batz, el mono, era muy ágil y astuto...

La gente de Batz, el mono, eran los habitantes mas peculiares de estas montañas. Mucha hablabase de este Batz, y, entre otras cosas, se decía que no servia para nada, que no hacia mas que comer, dormir y gritar.

Divino en verdad, era el pájaro serpiente, pues estas serpiente que lo seguían no eran sino la cola de Gug, una cola con tres y mas larguísimas plumas, que parecían cada una de ellas un arco iris delgado...

Una vez, Gug voló silenciosamente y se poso en la comba de un altísimo bejuco. Al instante llegaron sus hembras y comenzaron a murmurarle su cariño. Pero Gug permaneció indiferente, con la vista fija hacia el suelo.

Y en realidad, abajo estaba la gente de Batz, había treinta y mas de ellos. Se movían de un lado a otro jugueteando y enroscándose con sus colas.

Batz, el mono mas fuerte y que era el jefe de la familia, estaba muy quieto sobre una rama baja, observándolo todo con la espalda encorvada y los ojillos brillantes girándole de un lado a otro bajo la maraña de su cabeza... Verdaderamente eran estas Batz de esas altísimas montañas. Su pelambre negra era tan larga que algunos casi la arrastraban... Muy buenos abrigos tenia la gente de Batz para librarse de Joron, el frió.

Esta vez, Batz, el mono, se dirigió al extremo del claro donde jugueteaban y volvió a subirse al tronco de Chaj, al pinabete, que aquí crecía en todo su poder y altitud... Batz trepaba con gran rapidez y muy pronto estuvo muy alto, muy alto sobre el suelo de la montaña.

Ixocbatz se alarmo grandemente y salió a su vez a hacerle encuentro a su hijo con los brazos levantados y haciendo gran apaviento.

Un dia estaba Coy en una rama altísima, jugueteando y molestando a Cuc, la ardilla, que trabajaba construyendo su nido en otra rama.

Desde un altísimo bejuco Gug, el pájaro serpiente y sus hembras observaban la escena... Gug hizo un gesto de gran sorpresa y una de sus hembras que era muy tierna y buena, dijo: “¿Ves?... Batz no es tan malo, tan inútil cuando ha sido capaz de hacer eso por el pequeño Coy”... Pero Gug no contesto. Tan solo se limito a mover su divina cabeza de un lado a otro. Luego dijo: “Batz, es siempre Batz...”

Pero la vida de la familia de Batz siguió como siempre, y este mismo, pronto se olvido de su aventura y volvió a corretear por sobre la alfombra de helechos, persiguiendo a sus compañeros o a Ixocbatz, su hembra.

Con sus fuertes garras comenzó Coj a subir por la corteza de Chaj, arrancándola y destrozando no pocas orquídeas, no pocos pie de gallo... Coj subía rápidamente, y sobre su cabeza, trepaba la gente de Batz lanzando chillidos que penetraban los silencios de las montañas.

Y Coj Seguía trepando a toda prisa, pues aun Veía frente a el, subiendo rápidamente una figurita negra...

La niebla fue cayendo sobre el corazón de la montaña, tratando de ocultar la escena. Pero pronto, no tan pronto como aquí se cuenta, fueron descendiendo, fueron perforando la sombra de la neblina, otras sombras mas obscuras, las sombras peludas de la gente de Batz, que fueron cayendo al lado del cuerpo de Coj, con el silencio de las gotas de Job, la lluvia.

Los primeros que llegaron al lado del cuerpo de Coj, que estaba quebrado sobre la rama de Cahj, el pino, comenzaban al olfatearlo, con sus cuerpos encorvados y las colas extendidas, arrastradas por el suelo.

Desde el dia en que murio Coj por aventurarse a perseguir a Coy hasta lo mas delgado y débil de Chaj, el pino, desde ese instante la faz de Coy creció en importancia a los ojos de sus compañeros...

Cuando Achi lo sorprendió, Cooy tuvo miedo, tuvo gran espanto y pataleo, chillo y trato de morder... Todo en vano. Este Achi lo ato como paquete y se lo llevo metido en un costal obscuro...

Si Gug hubiera podido verlo; seguramente habría dicho: “Batz, es siempre Batz”...