La institución literaria

Teoría de la literatura. Objeto literario. Texto. Estilística. Retórica. Narración. Estructura del relato. Novela

  • Enviado por: Themoocher
  • Idioma: castellano
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LA INSTITUCIÓN LITERARIA.

EL OBJETO LITERARIO.

Es difícil definir, de forma no intuitiva, el significado del término literatura y su función como aglutinadora de textos. Sin embargo, parece que un considerable número de textos (“libros”) han sido incluidos dentro del mismo y que gozan de un valor universal e intemporal. De este modo, y sabiendo que el propio término puede despreciar a cierto tipo de escritos en su inclusión, se puede afirmar que al igual que la ciencia queda constituida como un conjunto de teorías que se dividen en formulas, teoremas primarios y comprobaciones científicas, la literatura es un conjunto (“corpus”) de textos. Dentro de este “corpus” existen obras de dudosa inclusión, pero también existen objetos que, por su valor y aceptación (“uso repetido”) constituyen piezas clave en el proceso y definición del término (“Divina Comedia”, “El Quijote”), que al verse destruidos, privarían a la literatura de una parte de sí misma. Su importancia y valor no solo sirven para formar parte de la definición de “literatura” sino que estas obras en sí mismas aportan con sus características posibles modos de definición, siendo al igual que otros textos el principal predicado de “literatura”.

El mejor modo para distinguir la naturaleza literaria de los textos es el de definir y separar los rasgos comunes que los caracterizan, estableciendo así criterios de distinción basados en ciertas normas. Las principales condiciones que permiten considerar al texto como objeto literario son de dos tipos: simbólicas (análisis de la ejemplificación y denotación de las palabras) y pragmáticas. La primera aporta, con el plano de la ejemplificación, un carácter insustituible de la obra, motivando así la conservación de la identidad de un texto. La segunda, ofrece un mayor número de criterios para la consecución de la definición, aislando el concepto obra a partir de los siguientes factores: asimetría entre interlocutores, uso repetido por una comunidad, y dominio equivalente en el texto a la experiencia a la que aquél da forma a nuestra lectura.

Aunque estos parámetros sirven para establecer un prototipo de obra literaria, no se debe olvidar que es la historia y la sociedad quienes sirven como verdadero modulador a la hora de incluir ciertas obras en el vasto campo de la literatura, ya que, aunque podemos dividir hasta el infinito las partes constituyentes de la obra literaria y sus posibles consideraciones, son lector y escritor quienes han dado sentido a este suceso histórico.

EL AUTOR.

Es pieza fundamental en el proceso literario. Es a él a quien se confía el papel de la creación, quien produce las obras que leeremos y quien crea los “paradigmas” de estilo y sensibilidad que toman, de un modo u otro, cuerpo en la historia. También es, en una primera instancia, quien decide el destino literario y las modalidades de lectura, en su bautizo con la locución “novela”, “poesía” o “tragedia”. Por supuesto, el es quien, intencionadamente, ha hilvanado y trazado el texto a su voluntad, pero influido por factores importantes, como el contexto histórico que ha vivido, las influencias que ha recogido con la lectura de otros autores etc., por lo que se deben tener en cuenta este tipo de hechos a la hora de estructurar un análisis pormenorizado de una obra, sin olvidarnos de que un autor es persona, y como tal, esta sujeto a cambios e influido de un modo u otro por su entorno (crítica psicológica y antropológica).

Por lo que respecta a la figura profesional del escritor, existe una tipología bastante variada. Con el paso del tiempo, el escritor ha visto como su reconocimiento sufría altibajos, se consideraba su obra dentro de las artes liberales o el oficio de escribir le reportaba precarios beneficios. La figura de la imprenta supuso, sin duda, un nuevo alborear en la transmisión literaria y el abandono del anonimato del autor, una consideración hasta el momento prácticamente inexistente. La creación de editoriales y la crítica de obras han sido los últimos pasos hasta la constitución de una verdadera institución literaria. Actualmente, la existencia de un gran número de editoriales y de un amplio abanico de receptores garantizan al escritor la posibilidad de ver como sus obras no se convierten en objetos minoritarios, dando paso a un nuevo modo de recepción y consideración del escritor.

EL TEXTO EN EL TIEMPO.

“Un texto es todo mensaje verbal que se transmite a través de la escritura”.

Uno de los grandes problemas (de improbable solución) a los que se enfrenta la literatura es el de la transmisión de sus textos. A lo largo del proceso de copia de un texto, es prácticamente imposible que el copista no cometa errores, derivados de su competencia o condiciones materiales. En la actualidad, la imprenta permite que este problema quede paliado, pero existen otros casos de difícil solución. En el caso de la traducción de un texto, por ejemplo, es imposible que las ejemplificaciones a las que el autor se refiere en su idioma mantengan el mismo significado al pasar a otra lengua, lo que hace que el texto comience a perder partes de su naturaleza propia.

El otro gran problema es el de la recuperación de textos antiguos. Las diferentes ediciones de poemas épicos, o de lírica castellana, por ejemplo, ofrecen distintas versiones de un mismo texto, y el original puede no encontrarse en ninguna de las mismas. Diversos factores, como la posible copia errónea de un copista de la época, o la utilización de fuentes inadecuadas pueden restar grandes dosis de fidelidad al texto “restaurado” respecto al original. Aunque existen métodos para relacionar fuentes y dotar de una mayor verosimilitud a testimonios, es imposible acabar con el problema. Nunca sabremos si el nuevo texto coincide con el original y, aún en el caso de encontrarlo, nunca sería comprobable en su totalidad.

Otro de los problemas, orientado a los receptores de los textos, es el de su propia competencia. La aceptación de un texto en una sociedad obedece, además de al contexto social en general, al nivel cultural de los individuos en concreto, en especial a su dominio sobre la lengua. En este dominio no solo se incluye el conocimiento del código sobre el que la obra esta escrita, sino también la capacidad de análisis de un texto en cada uno de los componentes que lo forman (componentes retóricos, narrativos, genéricos...).

De este modo, es inherente considerar que es imposible leer un texto original de Virgilio si no se conoce el latín, o traducir una obra medieval en castellano antiguo si éste no se conoce, y menos superar cada una de las competencias que un texto exige sin una herramienta que las regule y las acerque del mejor modo posible al lector. Este es el cometido de la filología.

El objetivo de la filología, por tanto, es el de conseguir acercar, mediante la reconstrucción de los factores culturales y lingüísticos, al texto hacia nuestro tiempo del mejor modo posible, satisfaciendo cada una de las competencias que el texto requiere.

EL ESTUDIO DE LA LITERATURA.

Dos son los principales componentes que se ocupan de su estudio: Crítica e Historia y Teoría de la literatura.

A pesar de que los dos términos comparten rasgos comunes y de que la crítica fundamenta parte de su trabajo en cometidos de la segunda (el autor en su tiempo), queda justificada su separación, al haber adquirido la “historia y teoría de la literatura” una función específica en sí misma. Mucho mas lejana, en su nacimiento, se encuentra la crítica. Su evolución se ha producido a la par de la obra literaria y su aceptación ha adquirido su grado máximo en la actualidad, superando en número críticos a escritores. Su función, por otra parte, consiste en facilitar la labor del lector, orientando su lectura o añadiendo nuevas informaciones, que ha fundamentado con su propio estudio (métodos intrínsecos, que analizan el texto como objeto, y extrínsecos, que estudian los factores externos al texto).

La historia de la literatura, por otra parte, amplía la visión circunstancial de procesos literarios enmarcados en contextos histórico-sociales. Su estudio se basa en el seguimiento de corrientes literarias, evolución literaria de un país, etc.

La labor del historiador de este campo, por otra parte, pone desde el plano descriptivo, una barrera separatoria entre la actitud analítica y el seguimiento de hechos de un modo objetivo. Finalmente, la recurrencia del crítico a estudios de este campo, o la visión global que puede aportar el estudio de las obras en su conjunto, abre gracias a esta nuevo disciplina, un vasto camino de posible comprensión de la evolución de cada uno de los componentes literarios.

ESTILÍSTICA Y RETÓRICA.

LENGUA Y LITERATURA.

La inherente relación entre lengua y literatura ha producido una continua evolución compartida en la que todos los cambios producidos en la primera (espaciales y sociales) han afectado de un modo muy especial en la segunda.

Teniendo esto en cuenta y al margen de la inevitable variabilidad lingüística dentro de una zona por su evolución histórica y su ubicación (dialectos, idiomas), existen otros factores que condicionan el uso de la lengua por parte de un individuo: entorno, estudios, condición social, etc. Además de estos elementos generales de condicionamiento del lenguaje existen otros más concretos, en función de la situación en la que el hablante se encuentre (diálogo con una persona de diferente edad, sexo etc.), que confirma la selección de un registro verbal por parte del hablante, en función de las circunstancias a las que se exponga. De este modo, el individuo crea un registro propio, al que se denominará estilo, que puede variar en función de las circunstancias o puede formar parte de una voluntad premeditada (en la escritura, por ejemplo).

El uso de un determinado estilo u otro, junto con otros factores, influirá en la obra literaria, dando lugar a los géneros o a una aproximación hacia estos.

Es difícil, determinar la inclusión de ciertos textos en “géneros”, a pesar del conocimiento de las variables que afectan a unos y a otros.

En casos como el de la poesía, por ejemplo, el uso necesario de unos códigos estrictamente concretos y la disposición “encabalgada” de los versos, facilita su distinción lírica. No ocurre sin embargo, lo mismo con el uso narrativo, de estilo mucho más libre.

Para demostrar que existen una serie de propiedades “intrínsecas” del objeto literario, o lo que es lo mismo, “definir” la literatura, se han de encontrar los rasgos específicamente literarios dentro de los textos y ver cuáles de aquellos los comparten. Según Jakobson, la literalidad “consistiría en el lenguaje que se refleja en sí mismo, poniéndose el mensaje en evidencia mediante la repetición variada de una misma figura fónica”. Al margen de esta u otras teorías, la dotación de un carácter literario a un texto es responsabilidad del lector, que es con su visión del texto, quien establece su naturaleza. Un texto toma únicamente una visión estética cuando somos nosotros quienes se la atribuimos, en la toma de contacto lector-texto.

Llegados a este punto, el problema no estriba en distinguir lo que hace a un texto literario, ya que esto es imposible por el carácter intuitivo que adquiere la definición, y las teorías contemporáneas no han hecho al respecto mas que amontonar contradicción sobre contradicción. El verdadero estudio ha de establecerse desde otro punto de vista, comprendiendo como funciona el texto literario y los factores que en ello inciden. Para esto, se ha de tener en cuenta que:

- Es el lector quien coloca el mensaje en un primer plano, no el mensaje en sí mismo.

- Por géneros no habrá que entender aquellos que estén institucionalizados, sino toda clase de géneros y subgéneros literarios individualizados por medio de las mismas técnicas empleadas para analizar el discurso extraliterario (visión de contenidos, estilo, situación).

- Ante textos indiscutiblemente literarios, pero juzgados por consenso por la comunidad de los lectores como poco o nada atractivos estéticamente, no tendemos a plantearnos este tipo de problemas, si constituyen documentos, por una u otra razón, venerables.

En suma, y teniendo en cuenta tanto los factores anteriores como muchos otros, el objetivo principal es el de ver los textos literarios en relación con unos anteriores y otros posteriores, esto es, insertos en una tradición y relacionados con un contexto histórico, social y cultural, para establecer de este modo las semejanzas que los unen y las diferencias que los separan, y acercarnos de este modo a la verdadera esencia literaria.

LA RETÓRICA.

Sus orígenes se remontan hacia el siglo V, cuando nace en Grecia como una disciplina teórica. Se consideraba un arte o ciencia de la persuasión, que hallaba sus aplicaciones principales en el ámbito judicial y político. Con el paso del tiempo, el término ha perdido fuerza, excepto en el ámbito literario. Centrándonos ya en este campo, la retórica distingue y examina:

- Géneros del discurso

- Fases o partes de su elaboración

- Virtudes del discurso

Sus partes, por otro lado, corresponden a las cinco fases de elaboración del discurso:

- Inventio (ideas procedentes de la memoria, donde se alojan las ideas).

- Dispositio (ordenación de esas ideas).

- Elocutio (expresión apropiada de esas ideas).

- Memoria* (técnica de aprendizaje del discurso).

- Acto o Pronunciatao* (ejecución gestual y oral del discurso).

*(no usadas en la comunicación escrita)

Por medio del empleo de figuras y embellecimiento o propiedad del discurso, la retórica ha ampliado sus campos político-legislativos (persuasión) hasta formar parte clave en el discurso literario. Como claro ejemplo, la retórica, aunque queda históricamente separada de la poesía, juega en éste y en otros géneros un importante papel, sirviendo como instrumento regulador de estilos en sus discursos o renovando su variedad, y ofreciendo distintas posibilidades en la creación y adorno de sus contenidos.

GÉNEROS LITERARIOS.

“El género literario se puede definir como una serie de relaciones establecidas por convención entre el plano de la expresión y el contenido, y además entre los varios componentes que forman cada plano”.

La noción de género, actualmente, conserva toda su utilidad para el estudio y teoría de la literatura. Sin embargo, el encasillamiento general de obras en las categorías actuales (cuento, poesía, novela o teatro) resta propiedad a la obra, ya que no define de un modo completo todas las características genéricas que contempla el texto, a menos que se trate de una obra que mantenga la uniformidad de su género, cosa que no suele ocurrir.

Además de la clasificación de obras en un género u otro, existen “categorías” que aluden al objeto textual de un modo mas concreto y “subgéneros” que amplían las posibilidades de clasificación. De un modo u otro, la labor final será siempre del lector. Su visión aportará al texto una nueva categoría subjetiva, desdeñará significados o valorará la obra en un mayor plano categórico-genérico o en otro, volviendo su figura a reincidir, como en casos anteriores, en el verdadero juez de la naturaleza literaria de un texto y de su estética.

LA RECEPCIÓN LITERARIA.

En la actualidad, la pluralidad de lectores, y la relativa competencia adquirida por receptores en general es fruto de un proceso evolutivo que ha dado cabida a distintos tipos de receptores, en función del periodo cronológico en el que nos situemos. El paso por la Edad Media, de lectura casi exclusivamente clerical, la aparición de subgéneros encaminados a clases bajas o el papel propagandístico de folletines y obras ilustradas son ejemplos de la inclusión o exclusión de un determinado público. Aunque la lista o el estudio sociolingüístico de este hecho podría constituir un nuevo e interesante trabajo, con esta breve simplificación queda patente la idea de un receptor “tipo” ligado a una obra “tipo”.

En la actualidad, punto álgido en la equiparación lector-escritor, cabe destacar el triunfo novelesco, especialmente con los “best-sellers” y la escalada del lector hacia la anteriormente considerada “literatura de elite”. Este ascenso supone, a su vez, la escalada hacia el valor literario y hacia su estudio, y abre puertas hacia la comprensión de este vasto campo, que únicamente puede ser cruzado por el camino de la argumentación.

MODOS DE LA NARRACIÓN

LA ESTRUCTURA DEL RELATO.

“Toda narración postula un mundo cognoscible, regulado por leyes que le hacen ser lo que es”.

El acto de relatar es un hecho espontáneo, presente en toda conversación oral, en la que interviene cualquier individuo sin importar su condición cultural o su edad. Por lo general, esta “narrativa natural” incluye un esquema común, tanto para el relato oral como escrito:

a) Introducción (mediante el epílogo)

b) orientación (hacia el plano imaginativo)

c)acción envolvente (para la captación del oyente)

d)valoración subjetiva del autor (respecto al hecho)

e)resolución (en la que puede tomar parte el sujeto)

f) coda o epílogo.

En este proceso se construye un suceso comunicativo que, centrado ya en el campo de la narración textual, puede adquirir distintas formas, pudiendo llegar a incluirse, con la toma de pasos necesarios, en un género narrativo.

Fábula e intriga

Se remonta a los formalistas rusos la distinción entre fábula e intriga (o trama), fundamental para el análisis del relato. Se entiende por fábula los elementos constitutivos del relato, esto es, los materiales fundamentales para la construcción de la intriga. Ésta, a su vez consiste en la ordenación del texto en los elementos de la fábula. En suma, la fábula constituye la serie de eventos desarrollada cronológicamente y conectada casualmente; en la intriga, por otra parte, el contenido no sigue por fuerza una lógica causal-temporal, que resulta excepcional en los textos narrativos de cualquier época y tradición literaria.

La intriga, además, se incluye dentro del fenómeno más general del desajuste que se da entre unidades formales y unidades de contenido (ejemplo del encabalgamiento).

Para el mantenimiento del orden y la naturaleza de las conexiones literarias en la narración, Segre incluye un tercer elemento, al que denomina “modelo narrativo”. La importancia de este último término radica en que, junto a la fábula, permite la comparación a distintos niveles de diferentes textos narrativos.

La comparación y la tipología han de servir, tomando como referencias estos elementos anteriormente descritos, para enfocar todo lo que los textos particulares poseen de específico y característico y confirmar la validez de estos distintos niveles en la comprensión y el estudio textual.

Tipologías del personaje

“Homo Fictus” es el término con que denomina Forster a aquella especie que habita en novelas y cuentos en general. Su papel es fundamental en la construcción del relato y constituye una verdadera “humanización” dentro del mismo. En su visión de conjunto, el personaje narrativo se origina en el interior del texto, en las “funciones” y en los papeles arquetípicos del relato; cobra forma concreta en el texto mediante las palabras que pronuncia y que lo describen, y puede servir como vehículo de identificación para el lector.

En todo relato, el “homo fictus” sigue un esquema repetido, especialmente cuando posee el protagonismo de la obra. Se distinguen, según Propp, tres “temas” constantes que constituyen la “esfera de acción” del personaje:

- Un “sujeto” desea un objeto.

- Un “destinador” ha destinado un objeto a un “destinatario”.

- El sujeto es ayudado por unos “adyuvantes” y obstaculizado por unos “oponentes”.

Implícito en todo relato, este modelo actancial se encarna en actores que eventualmente acumulan varios papeles (con frecuencia el destinador coincide con el sujeto); o bien un mismo papel se desdobla entre varios actores. Los diferentes papeles, finalmente, pueden ser asumidos por entidades abstractas más que seres animados, estableciendo así un abanico de posibilidades infinitas en la creación de la obra.

Las técnicas narrativas

Cuatro son los métodos de narración por los que puede optar un autor para la creación de su obra:

-Autodiagético (El héroe cuenta su historia)

-Alodiagético (Un testigo cuenta la historia del héroe)

-Heterodiegético (El autor analista u omnisciente cuenta la historia o, en el otro caso, el autor cuenta la historia desde el exterior).

La elección en el texto de una u otra función depende, por lo general, del matiz narrativo que el autor desee dar al texto, y de su grado de intencionalidad a la hora de aparecer, implícitamente, en el relato.

LA NOVELA.

La novela es un género complejo que acoge dentro de sí las formas de otros géneros, haciéndolos reaccionar entre sí: alterna la prosa lírica y la descriptiva, la reflexión analítica y la narración explicada, la verdad documental y la verosimilitud fantástica. Lenguajes y visiones de la vida se influyen mutuamente, se enfrentan y se relativizan recíprocamente, con el trasfondo de un mundo que se vive como “historia”, ya no como sucesión de acontecimientos que repiten un molde inmutable. Su singularización queda patente con su dinamismo, su continua deformación y su parodia de sí misma. A pesar de su juventud, sólo ella esta adaptada a las nuevas formas de recepción muda (lectura), y su libertad creativa plantea grandes posibilidades de expresión.

En la actualidad, la novela ha supuesto una nueva visión comercial del ámbito literario. Su desarrollo y aceptación ha supuesto la creación de una nueva industria literaria que corre el peligro de convertir las obras en “productos”, dada la amplia recepción del público en la actualidad. De un modo u otro, este “boom” de la novela no se produce únicamente por el nuevo desarrollo moderno (económico y social), sino por su propia naturaleza, que atrae, con su variabilidad, a la gran mayoría de sus lectores.

ARTE Y LITERATURA

EL VALOR.

Si resulta difícil el acercamiento a la verdadera esencia de la literatura desde el plano argumentativo, más difícil será llegar al axioma que permita evaluar la obra artística en general. Para evitar un vacío en la consideración de este hecho y poder establecer una separación cognoscible entre una “probable” obra de arte y una “improbable” obra de arte, hablamos de la legitimidad de la misma, en nuestro intento de separación y delimitación. De este modo, se considerará que una obra carece de legitimidad cuando se aleje de la concepción intuitiva de arte en general, o cuando no se acerque en modo alguno con sus características a la tradición de obras que vienen siendo consideradas artísticas hasta el momento.

Esta primera evaluación artística, que se inicia con la creación de las “siete artes” supone el punto de partida para la diferenciación del valor de una obra respecto a otra, pero no mantiene actualmente la consideración que tiempo atrás recibió. Aunque esto no descubra nada nuevo, indica que el verdadero factor de cambio en la inclusión de una obra como artística o no artística es el tiempo, y las circunstancias que en él se producen y alternan. En la Grecia Antigua, por ejemplo, la concepción artística no abarcaba el campo de la pintura ni de la escultura, tan consideradas en la actualidad, sino que éstas constituían parte de un oficio, de consideración mucho más tardía. Velázquez no fue inscrito en la orden de Santiago hasta su muerte por ejecutar el oficio de la pintura, que distaba de encontrarse entre las siete artes, por ser aquélla un trabajo manual, no una creación artística. Muchos pintores no fueron reconocidos en vida, y ahora su obra constituye un “legado artístico” insustituible (Van Gogh), y actualmente nuevas corrientes artísticas desechan importantes elementos constitutivos de obras precedentes (abstracción).

Con este pequeño repaso histórico, queda patente la inherencia circunstancial a la hora de englobar obras en categorías artísticas o no artísticas. Resulta paradójica, por lo tanto, la espontánea valoración que a veces se lleva a cabo en el arte, por lo menos si no incluye los condicionantes anteriormente citados, o muchos otros que, inevitablemente, permanecen ligados a la relatividad propia de muchos otros fenómenos existenciales. La respuesta, como siempre, sólo tiene cabida en un individuo propio, aunque esto no quiere decir que su actitud, en la consideración de una obra como artística o no artística, deje de seguir ciertas pautas que facilitan su acercamiento a la realidad del objeto. Existen por ejemplo, actitudes que colaboran en la consideración de una obra como artística o no artística, como la visión estética. Existen también valores que, conocidos y aún guiados por una tradición de consideraciones subjetivas, aportarán nuevamente un añadido plano de visión, que abrirá nuevas consideraciones y posibilidades de reflexión para el sujeto, lo que dará lugar, además, a la adquisición de una competencia por parte de éste.

Centrando la tarea de la legitimación de una obra respecto a otra en un nuevo punto de análisis, se puede afirmar que, ciertamente, algunas obras distan en la actualidad de considerarse como “legítimas” obras. Sin olvidar que todo punto de vista referido ante esta situación no deja de centrarse en la valoración y consideración que ha transcurrido ligada al tiempo, cabe incluir a ciertas obras, por sus especiales características, en el terreno de la legitimidad. Se puede decir que la legitimación es “un proceso a través del cual se decide leer un texto, o contemplar un objeto artístico, transmitirlo y atribuirle un valor que justifique su uso repetido”. Por lo tanto, la labor no se enfocará hacia el análisis que automáticamente valore el objeto, sino hacia la justificación, por su valor estético, innovador o técnico, que complete los peldaños evolutivos que van desde la creación artística hasta nuestros días para poder comprender sus cambios y el valor que comprenden inmersos en un contexto histórico. Con esta resolución y aportación, se abrirán nuevos caminos para la evaluación personal de los objetos artísticos, y se ampliará el campo de visión del receptor, para que éste se acerque, del mejor modo posible, a la verdadera esencia de los objetos artísticos y literarios.

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