La identidad: yo y superyo

Psicología clínica. Acumulación de identidades: múltiples yoes. Ajuste psicológico. Sieber. Fragmentación. Autoconcepto. Linville. Extremismo afectivo

  • Enviado por: Mari Cruz Cantalapiedra Jiménez marisa
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 24 páginas
publicidad
cursos destacados
Iníciate en LOGIC PRO 9
Iníciate en LOGIC PRO 9
Vamos a ver de manera muy sencilla y en un breve paseo de poco más de una hora como funciona uno de los...
Ver más información

Curso de reparación de teléfonos móviles / celulares
Curso de reparación de teléfonos móviles / celulares
El curso de Reparación de Telefonía Celular o Móvil está orientado a todas aquellas...
Ver más información

publicidad

La identidad: yo y superyo
MÚLTIPLES YOES: IMPLICACIONES PARA LA PSICOLOGÍA CLÍNICA

INTRODUCCIÓN

Una de las convicciones más sólidas de los seres humanos es la que se refiere a su existencia como individuos que poseen un único conjunto de sentimientos, ideas, deseos y formas de comportamiento apreciables subjetivamente mediante la introspección. Esta convicción implica, por un lado, el sentimiento de ser uno mismo y, por otro, de serlo a lo largo del tiempo y en distintas situaciones. Se trata de las ideas de unidad y continuidad que subyacen al concepto de personalidad, que justifica quiénes y cómo somos, y que parece asentarse en una parte de nosotros mismos que recibe indistintamente los nombres de “yo”, “sí mismo”, “identidad”.

Asimismo, se suele reconocer que las personas podemos mostrar distintas facetas de nuestro yo; no somos estrictamente los mismos cuando estamos con los compañeros de trabajo, que cuando estamos con nuestros jefes, con la familia, ejerciendo como abogados, etc. Un ejercicio un poco más profundo nos llevaría también ha admitir que junto a eso que llamamos nuestro “yo”, existen una serie de sentimientos, ideas, valores, deseos y comportamientos, que desearíamos tener, es decir, una identidad o identidades que quisiéramos ser, otras que creemos que tenemos que ser e incluso aún otras que tememos llegar a ser.

Se cuenta que una vez le preguntaron a Oscar Wilde cuál de los tres personajes de su novela El retrato de Dorian Gray era él. Para sorpresa de todos, su respuesta fue: “Yo soy los tres. Dorian es tal como yo soy; el noble cínico y mundano soy yo como me ven los demás, y el pintor honesto soy yo como me

gustaría ser”. Es probable que a Wilde le inquietaran sus distintos yoes y dejara constancia en su obra de su preocupación sobre si las personas tenemos un único yo o varios, y las consecuencias derivadas de las diferencias entre aquello que consideramos nuestro yo y esos otros “yoes” que ven las demás personas ó a los que aspiramos. Esta preocupación también ha sido constante a lo largo de la historia de la Psicología, manteniéndose ese doble acercamiento a la identidad que implica su carácter unitario y a la vez múltiple. Un doble acercamiento que procede de la herencia de William James y que ha encontrado expresión en un interesante debate entre la Psicología de la Personalidad y la Psicología Social.

MÚLTIPLES YOES Y AJUSTE PSICOLÓGICO

Desde la Psicología Social se afirma que el yo tiene diferentes componentes ó identidades de rol que emergen de la propia interacción social. Según las diferentes posiciones que se van ocupando en los distintos sistemas de relaciones sociales en los que se interactúa (por ejemplo, estudiante, novia, trabajadora), cada persona suscita en los otros una serie de expectativas de conducta (roles sociales).

Las identidades de rol surgen de la interiorización por parte del sujeto de esas expectativas o roles sociales. Por tanto para llevar a cabo éstos, las personas deben conocer las reglas y expectativas asociadas a ellos y deben ser capaces de modificar su comportamiento en función de esas expectativas, es decir, deben interiorizarlas creando sus propias identidades. Estas reglas y expectativas pueden ser muy diferentes, e incluso contradictorias, de tal manera que cuantas más identidades o “yoes” tenga una persona, mejor se adaptará a los diferentes requisitos que imponen los distintos roles sociales.

En cambio, la unicidad del yo, la ausencia de identidades diferentes, supondría cierta rigidez e inflexibilidad conductual que impedirían al individuo dar

respuestas complejas a los estímulos sociales, entorpeciendo, pues, su adaptación a los múltiples y a menudo conflictivos requisitos de la vida social.

Desde esta perspectiva social, también se sustenta la relación directa entre multiplicidad de yoes y ajuste psicológico apelando a que una existencia con propósito, con significado, es un elemento crucial de bienestar psicológico. Puesto que los requerimientos de los roles sociales dan propósito, significado y dirección a la vida, en cuanto que si uno sabe quién es (en el sentido social), entonces sabe cómo comportarse, un mayor número de identidades conllevaría un sentimiento más fuerte de tener una existencia con significado. Es más, según Sieber (1974), el número de identidades incidiría sobre el bienestar psicológico de la persona en la medida en que múltiples identidades pueden producir ego-gratificación, es decir, el sentimiento de ser apreciado o necesitado por distintos compañeros de rol.

Mientras que la Psicología Social ha visto en la multiplicidad de yoes o acumulación de identidades un requisito fundamental para la adaptación, la Psicología de la Personalidad ha cambiado históricamente en la línea contraria al afirmar que la multiplicidad de yoes, normalmente considerada como fragmentación del yo, es una fuente de malestar y desadaptación. La perspectiva clínica dentro de la Psicología de la Personalidad ha favorecido la idea de la fragmentación como falta de un núcleo central y/o integrado.

La Psicología Social y la Psicología de la Personalidad parecen plantear dos hipótesis distintas: desde la perspectiva social, la que podríamos llamar “hipótesis de la acumulación de identidades” y, desde la perspectiva de la personalidad, la “hipótesis de la fragmentación”. La primera surgiere una relación positiva de la multiplicidad de yoes con la satisfacción, el bienestar y el ajuste social y emocional,

la segunda, en cambio, una relación negativa basada en que los individuos con múltiples yoes tendrían dificultades para integrar los diversos aspectos de su yo en una visión unificada, lo que les haría sentirse mal.

Ambas posiciones serían reconciliables apelando a una relación curvilínea entre la multiplicidad de yoes y ajuste.

ACUMULACIÓN DE IDENTIDADES FRENTE A FRAGMENTACIÓN DEL YO

Cuando desde la Psicología Social se habla de la acumulación de identidades, se alude al número de identidades de rol que la persona posee y, de hecho, una operativización muy frecuente de esta variable ha sido simplemente la suma de posiciones sociales que mantiene un individuo.

Por ejemplo, desde esta perspectiva y pasando por alto otro tipo de consideraciones, una mujer casada, con hijos, que estudie en la universidad mientras trabaja de intérprete para una empresa, tendría un número mayor de identidades (esposa, madre, estudiante, trabajadora) y, por ende, una menor tendencia al desajuste emocional, que una compañera suya del trabajo, soltera y sin hijos, que actualmente no estudiara y que, por lo tanto, tendría un menor número de identidades (trabajadora).

Sin embargo, cuando la Psicología de la Personalidad habla de fragmentación del yo, hace referencia a la falta de integración entre las diversas identidades de una persona, sean éstas identidades de rol o bien identidades basadas en otros aspectos de la persona, como por ejemplo, sus aspiraciones (Yo

Ideal) o sus obligaciones (Yo que Debería). Aunque el concepto de integración carece de una definición consensuada e inequívoca, y coexiste en la literatura con

otros conceptos parecidos (diferenciación del autoconcepto, congruencia del yo, autoconsciencia), su acepción más usual tiene que ver con la falta de correspondencia entre los rasgos de personalidad que definen las distintas identidades de un individuo.

Por ejemplo, una mujer que se viera a sí misma como una persona divertida y animada con sus amigos, pero seria y responsable con sus compañeros de trabajo mostraría un yo menos integrado o una mayor diferenciación del autoconcepto, que otra mujer que se viera a sí misma divertida y animada tanto con sus amigos como con sus compañeros de trabajo. Desde la perspectiva de la Psicología de la Personalidad, ésta mostraría un mayor ajuste psicológico.

Desde este prisma de la fragmentación parece poco relevante el número de identidades que la persona posee, sino que lo más importante es si éstas son semejantes, coherentes entre sí.

Por lo tanto, teniendo en cuenta que la fragmentación y el número de identidades mantienen relaciones opuestas con el ajuste psicológico y que se centran en parámetros distintos de la multiplicidad del yo (su coherencia y su número, respectivamente), se podría concluir que ambos conceptos son independientes.

En consecuencia, un mayor número de identidades sociales no implica necesariamente una alto grado de diferenciación entre las mismas, es decir, no implica que la persona se vea a sí mismo teniendo diferentes características de personalidad en cada una de ellas. De igual manera, un menor número de

identidades sociales no implicaría necesariamente que una persona se vea en todas ellas de la misma manera, es decir, que estén integradas en un yo unitario.

A pesar de que existen razones para sospechar que acumulación de identidades y fragmentación son conceptos independientes.

La hipótesis de la acumulación de identidades puede estar confundiendo el número de identidades de rol con el grado de apoyo social, ya que la ausencia de determinadas identidades sociales (por ejemplo, esposa, madre, vecina, compañera de mus, compañera de juergas) puede reflejar la ausencia de determinadas fuentes de apoyo social (por ejemplo, marido, vecinos, amigas). Se ha demostrado que el apoyo social favorece la salud física y psíquica (Turner 1983), la relación entre acumulación de identidades de rol y ajuste psicológico podría ser fruto simplemente de la asociación que estas dos variables tienen con el apoyo social. En cualquier caso, la hipótesis de la acumulación de identidades no hace explícita cuál es la relación entre número de identidades de rol y apoyo social, como tampoco cuál es su relación con otras variables relevantes en la aparición de desajustes psicológicos como, por ejemplo, la ocurrencia de sucesos estresantes.

En los últimos años han ido apareciendo en la literatura una serie de modelos que, beneficiándose de acercamientos convergentes y fertilizaciones más elaboradas sobre la asociación entre ajuste psicológico y multiplicidad de yoes.

A continuación nos centraremos en los dos modelos que mayor impacto han tenido en Psicología de la personalidad y más investigaciones clínicas han generado:

  • El modelo de la autocomplejidad de Linville (1985-87),

  • y la teoría de las autodiscrepancias de Higgins (1987-89).

Ambas teorías comparten un origen común en la convergencia de intereses, métodos y teorías entre la psicología social, la Psicología de la personalidad y la Psicología cognitiva. Con la perspectiva cognitiva del procesamiento de la información como paradigma de referencia, las dos teorías coinciden en concebir el yo como las representaciones mentales que una persona tiene de sí misma, y en utilizar modelos y conceptos prestados de la Psicología cognitiva para entender cuál es el formato de esas representaciones en el sistema cognitivo, es decir, cómo se encuentra la información relevante del yo representada y almacenada en nuestra mente (procesamiento de la información).

EL MODELO DE AUTOCOMPLEJIDAD: MÚLTIPLES YOES COMO AMORTIGUADORES DEL ESTRÉS

Linville (1985-87) ha formulado un modelo que relaciona la multiplicidad del yo o autocomplejidad con la variabilidad afectiva, y que consta de cuatro supuestos. El primero asume que “el yo está representado cognitivamente en términos de múltiples aspectos”. Estos aspectos dependen en parte del número de roles sociales que tiene una persona en su vida (por ejemplo, esposa, madre, abogada), pero también del tipo de relaciones interpersonales que establece ( de colegas, de rivalidad, de apoyo, maternal), de las actividades que realiza (jugar al mus, nadar, escribir), o de rasgos de personalidad supraordenados (ambiciosa, creadora). Cada uno de esos aspectos del yo organiza un conjunto de proposiciones y características sobre uno mismo (rasgos de personalidad, características físicas, habilidades, preferencias, objetivos, recuerdos autobiográficos), de forma que los aspectos del yo difieren entre ellos en la medida en que engloban conjuntos distintos de características y proposiciones. Por ejemplo, una escritora puede verse en su profesión como una persona sensible, atractiva, imaginativa, analítica, moderna, inteligente, y, en cambio, como madre, puede verse una persona sencilla, sensible, moderna, afectuosa y ordenada, mientras que como jugadora de mus se ve astuta, arriesgada y tramposa. En este caso, escritora y madre comparten algunas características (sensible, moderna) y, aunque difieren en muchas otras, serían en cierto modo aspectos interdependientes; por el contrario, jugadora de mus sería un aspecto totalmente independiente de los anteriores, ya que no compartiría ninguna característica con ellos. Teniendo en cuenta, pues, los diferentes aspectos del yo que una persona usa para organizar cognitivamente la información que tiene sobre si misma y las características y proposiciones que esos aspectos engloban, Linville define la autocomplejidad en función de dos elementos: el número de aspectos del yo y el grado de diferenciación entre dichos aspectos. Los dos elementos que forman parte de la definición de autocomplejidad son justamente, aquellos que, de forma separada, eran el centro de atención de las hipótesis de la fragmentación y de la acumulación de identidades. Así, la autocomplejidad integra en un único concepto y medida ambas líneas de investigación teniendo en cuenta tanto la relación entre aspectos del yo como su número.

La segunda suposición del modelo asume que existen diferencias individuales en el grado de autocomplejidad, de forma que aquellas personas altas en autocomplejidad organizan su conocimiento de sí mismas en términos de un mayor número de aspectos del yo y mantienen mayores distinciones entre ellos (lo que significa una menor redundancia de características) que aquellas personas bajas en autocomplejidad.

El modelo hace dos suposiciones más. La tercera es que los aspectos del yo varían en el afecto asociado a ellos. Normalmente las personas nos sentimos bien sobre algunos aspectos de nosotros mismos pero no sobre otros. Por ejemplo, una persona puede sentirse orgullosa de sí misma como madre, pero sentirse avergonzada de cómo es como jugadora de tenis, y finalmente, en sus relaciones con sus amigas, sentirse triste por ser tan cotilla y a la vez sentirse contenta por ser tan generosa con ellas. Así, algunos aspectos del yo tienen asociadas emociones positivas, otros emociones negativas, pero la mayoría probablemente una mezcla de ambos tipos de emociones. En consecuencia, el estado afectivo de una persona en un momento dado estará en función del afecto asociado con los diferentes aspectos del yo, teniendo más peso el afecto asociado con los aspectos del yo más importantes o relevantes.

LA HIPÓTESIS DE LA AUTOCOMPLEJIDAD Y EL EXTREMISMO AFECTIVO

Este modelo no hace ninguna predicción sobre si existe o no alguna relación directa entre la autocomplejidad y el desajuste psicológico, sino que moderaría el impacto de los acontecimientos positivos y negativos sobre el afecto, siendo una variable amortiguadora de los efectos negativos o positivos derivados de la aparición de sucesos vitales. Según ésto las personas bajas en autocomplejidad experimentarán mayores fluctuaciones en su estado afectivo en respuesta a los acontecimientos vitales.

Supongamos una persona que organiza la información sobre sí mismo en relación a tres únicos aspectos (estudiante, deportista y relaciones con las mujeres) que además guardan entre sí una gran interdependencia ya que comparten gran cantidad de características (en los tres aspectos el sujeto se ve como inteligente, astuto y valiente). Según la definición de Linville, esta persona sería un caso de baja autocomplejidad. Cuando esta persona experimentara un acontecimiento vital como, por ejemplo, un suspenso, relevante para alguno de sus aspectos de sí mismo (su yo como estudiante) la emoción resultante de ese acontecimiento (probablemente una mezcla de tristeza y decepción) no sólo quedaría asociada a su yo como estudiante, sino que debido a la alta interdependencia entre sus aspectos del yo, se propagaría también a los otros aspectos. Efectivamente, si el suspenso pusiera en entre dicho la visión que el sujeto tiene de si mismo como estudiante, pondría en entredicho su visión como persona inteligente, astuta y valiente, características que también forman parte de sus otros aspectos y que, por tanto, también quedarían cuestionados. Además, puesto que el aspecto directamente afectado por el acontecimiento, el yo como estudiante, representaría en una persona baja en autocomplejidad una gran proporción del total de sus aspectos del yo, en nuestro caso un tercio, el estado afectivo final del individuo se vería en mayor medida afectado por la tristeza y decepción asociadas, como resultado del suspenso, a su yo como estudiante.

Debido al que el yo de una persona de baja autocomplejidad está caracterizado por un número pequeño de aspectos y por una baja diferenciación entre los mismos, cualquier acontecimiento vital tiene una gran impacto en su estado afectivo y, por tanto, el individuo muestra una reacción afectiva más extrema.

Por el contrario, el impacto de un suceso vital en el estado afectivo de una persona alta en autocomplejidad es menor. Si la persona de nuestro ejemplo anterior organizara la información sobre sí mismo en más aspectos (estudiante, jugador de baloncesto, jugador de fútbol, relaciones con los amigos, relaciones con la novia) y éstos fueran totalmente independientes (cada uno tendría características distintas y, por lo tanto, inteligente, astuto y valiente sólo serían características del yo como estudiante), es decir, si esa persona fuera alta en autocomplejidad, entonces la tristeza y decepción, asociadas al yo como estudiante como resultado del suspenso, no se propagarían a los otros aspectos. Además, puesto que el yo como estudiante supondría una proporción más pequeña del número total de aspectos del yo (un quinto), la tristeza y decepción asociadas a él tendrían un menor peso en el estado afectivo final de ese individuo y las emociones positivas que pudieran estar asociadas a él tendrían un menor peso en el estado afectivo final de ese individuo y las emociones positivas que pudieran estar asociadas a otros aspectos de su yo podrían amortiguar el impacto de los acontecimientos y emociones negativas.

Las personas altas en autocomplejidad se verían menos afectadas por los altibajos de la vida. Parecerían seguir la máxima, para lo bueno o para lo malo, de “no poner toda la carne en el asador”, o mejor dicho, de no ponerla en un único aspecto del yo. De esta forma, ante cualquier suceso vital, ya sea negativo o positivo, siempre habrá otros aspectos del yo que queden intactos y que atenúen sus consecuencias sobre el estado de ánimo, la autoestima o la salud. La alta autocomplejidad te protege en los malos tiempos pero también te mantiene los pies en el suelo en los buenos tiempos.

Por el contrario, para las personas bajas en autocomplejidad, una experiencia positiva o negativa en un dominio de su vida es probable que tenga un mayor impacto en su ajuste emocional o en su autoestima.

Desde el modelo de la autocomplejidad, los típicos círculos viciosos o espirales de pensamientos negativos que presentan los pacientes negativos, en los cuales todo se tiende a interpretar de una manera negativa, podrían ser el resultado del proceso de propagación característicos de las personas bajas en autocomplejidad, en el cual los pensamientos negativos sobre un aspecto del yo activarían los pensamientos negativos asociados a otros aspectos del yo relacionados con el primero.

¿ES SIEMPRE ADAPTATIVA LA AUTOCOMPLEJIDAD?

Cuando las personas experimentaban muy pocos acontecimientos estresantes, aquellos individuos con una baja autocomplejidad mostraban menos síntomas físicos y psicológicos que los que tenían alta autocomplejidad. En niveles bajos de acontecimientos estresantes, los individuos bajos en autocomplejidad mostraban menos malestar psicológico.

Es poco probable que los efectos amortiguadores de la autocomplejidad sean los mismos cuando la mayoría de los aspectos del yo de una persona incluyen nada más que características negativas que cuando, por el contrario, la mayoría incluyen características positivas. Es mucho más probable que la persona cuente con un buen número de aspectos de su yo asociados a emociones positivas que contrarrestarían los efectos negativos de un acontecimiento estresante. Las personas que han sufrido alguna experiencia traumática que tienen niveles bajos de autocomplejidad positiva, manifiestan un mayor desajuste psicológico. Mientras que aquellas que tienen niveles altos de autocomplejidad positiva presentan un ajuste psicológico similar al de las personas que no han experimentado trauma alguno.

LA TEORÍA DE LA AUTODISCREPANCIA: YOES ACTUALES FRENTE A YOES POSIBLES.

La teoría de Higgins (1987/89) parte también parte la idea de que los conceptos o aspectos que uno tiene sobre sí mismo son múltiples, se distingue de las hipótesis y modelos anteriores en que tiene en cuenta no sólo que los individuos piensan que son actualmente (sus yoes actuales), sino también lo que piensan que podrían ser (sus yoes posibles), bien porque les gustaría ser de una determinada manera, bien porque creen que deberían ser así, o bien porque esperan ser de alguna otra forma en el futuro. Al introducir este parámetro temporal (actual/posible; presente/futuro) en la distinción entre dos aspectos del yo, Higgins adscribe significación motivacional al yo, estableciendo los posibles yoes como guías o criterios para alcanzar y asociando a las diferencias o discrepancias entre los yoes actuales y los posibles, distintas predisposiciones motivacionales o emocionales.

Esta distinción entre yoes actuales y posibles no es nueva en Psicología de la Personalidad. Rogers (1961) ya distinguía entre lo que una persona cree que es (yo real) y lo que idealmente le gustaría ser (yo ideal). Sin embargo, la novedad de la teoría de Higgins es proponer un marco integrador de los distintos aspectos del yo que permite examinar las interrelaciones entre ellos.

Entre todos los yoes actuales y posibles que una persona puede tener, éstos pueden agruparse según Higgins en función de dos parámetros: dominios del yo y puntos de vista del yo.

  • El Yo Real o “Yo tal como soy”. Es la representación que un sujeto tiene sobre los atributos o características que alguien (él mismo u otra persona) considera propias de él.

  • El Yo Ideal o “Yo como me gustaría ser”. Es la representación que un sujeto tiene de los atributos que alguien (él mismo u otra persona) cree que al propio sujeto le gustaría poseer y, por tanto, contiene información relativa a aspiraciones, metas, expectativas o deseos.

  • El Yo Debería o “Yo como debería ser”. Es la representación que un sujeto tiene sobre las características que alguien (él mismo u otra persona) cree que el propio sujeto debería de tener y, por tanto, contiene información relacionada con reglas, normas, obligaciones y deberes.

  • El Yo Potencial o “Yo como puedo ser”. Es la representación que un sujeto tiene sobre los atributos que alguien (él mismo u otra persona) cree que el sujeto puede poseer y, por tanto, contiene información sobre las capacidades o el potencial del sujeto.

  • El Futuro Yo (Yo Esperado) o “Yo como seré en el futuro”. Es la representación que un sujeto tiene sobre los atributos que alguien (él mismo u otra persona) cree que el propio sujeto probablemente poseerá en el futuro.

Además, Higgins distingue dos tipos de puntos de vista del yo:

  • El propio punto de vista del sujeto.

  • El punto de vista de una persona significativa para el sujeto (por ejemplo, la madre, el padre, el esposo, un amigo íntimo), es decir, lo que cree el sujeto que algún otro significativo piensa sobre él.

Combinando cada uno de los dominios del yo con cada una de los puntos de vista del yo, Higgins distinguiría los diez (10) yoes o diez aspectos del yo que aparecen recogidos en la siguiente tabla.

Los aspectos que tienen que ver con el Yo Real, especialmente el yo real/propio, constituyen básicamente lo que se denomina “autoconcepto”. Los restantes aspectos o representaciones del yo constituyen criterios o modelos, esto es, guías del yo. Las guías del yo son en realidad los yoes posibles a los que nos referíamos al principio de la presentación de esta teoría.. En consecuencia las guías del yo tienen dos papeles fundamentales:

  • Funcionan como incentivos para la conducta futura, ésto es, como elementos a los que aproximarse o evitar, animan, por tanto a las personas a perseverar en la consecución de sus objetivos o, por el contrario, a retirarse y abandonar.

  • Sirven como contexto evaluativo e interpretativo del autoconcepto, esto es, operan como criterios de contrastación o evaluación frente a los cuales se compara el estado actual del individuo.

Para algunos autores, tanto los criterios del yo como el propio autoconcepto, son elementos permanentes almacenados en la memoria a largo plazo de las personas que pueden ser activados en un momento dado y quedar disponibles en la memoria a corto plazo. Como elementos de la memoria, cuando se usan, son procesados por el sistema cognitivo y sometidos a los mismos avatares y transformaciones que cualquier otro tipo de información y, por supuesto, a los sesgos que se tratan en el presente trabajo.

El hecho de que estén almacenados en la memoria a largo plazo podría estar relacionado con la estabilidad y permanencia del yo, o al menos con el sentimiento de consistencia que la gente tiene; por el contrario, los aspectos del yo que se recuperan en la memoria a corto plazo (el yo operativo) tendrían, por ese motivo, una naturaleza temporal y, por tanto, rastrearían aspectos más ligados a la variación y, por ello, más afines al concepto de variabilidad y cambio del yo. Desde esta perspectiva, se podría explicar por qué reconociéndonos como los mismos de siempre, aceptamos no obstante que cambiamos en distintas situaciones.

SUPUESTOS DE LA TEORÍA DE LA AUTODISCREPANCIA

Básicamente son cuatro, los dos primeros relacionados con el funcionamiento motivacional de los distintos aspectos de uno mismo y los dos segundos relacionados con el procesamiento de la información:

  • “Las personas están motivadas para lograr una condición en la que su autoconcepto iguale a sus guías del yo personalmente relevantes”. Esto es, las personas tienden a reducir las discrepancias de sus yoes actuales con sus yoes posibles, especialmente con su Yo Ideal y su Yo Debería. De hecho, existe la idea de que deseos, aspiraciones, deberes y obligaciones son fuente de motivación. Existen diferencias individuales en los criterios que las personas están motivadas a lograr, diferencias que se derivan del proceso de socialización.

  • “Las discrepancias entre dos ó entre mas de dos tipos diferentes de aspectos del yo representan clases diferentes de situaciones psicológicas, las cuales a su vez están asociadas con estados emocionales-motivacionales distintos”.

  • “Una autodiscrepancia es una estructura cognitiva que interrelaciona distintos aspectos del yo”. Puesto que una autodiscrepancia se define como la interrelación entre los atributos de un aspecto del yo y los aspectos del otro, se supone que las autodiscrepancias son estructuras cognitivas y que se rigen según el principio de accesibilidad (facilidad con la que una estructura cognitiva es usada o activada en el procesamiento de información).

  • “La probabilidad de que una autodiscrepancia produzca malestar psicológico depende de su nivel de accesibilidad”. Depende de que la autodiscrepancia se active o no. Por accesibilidad se entiende la facilidad con la que una estructura cognitiva es usada o activada en el procesamiento de la información. Una auto discrepancia puede tener efectos automáticamente y sin que el individuo tenga consciencia de ello.

  • “Cuanto mayor es la magnitud y la accesibilidad de un tipo en particular de autodiscrepancias que posea un individuo, más sufrirá el individuo la clase de malestar asociado con ese tipo de autodiscrepancia”.

DISCREPANCIAS ENTRE YOES

Un principio fundamental de la teoría de la autodiscrepancia es que el sujeto evalúa los atributos que posee, su autoconcepto, en relación con algunos de los criterios del yo que aparecen en la tabla 2. La teoría propone que existe cierta variación entre los individuos en cuanto a la naturaleza y tipo de criterios que emplean para la evaluación, dependeindo de su historia personal o del contexto, pero, sin embargo, la teoría también acepta una motivación universal para seleccionar criterios que aseguren un adecuado nivel de autoestima.

La coincidencia del autoconcepto con los criterios del yo, incluyendo aquí tanto los criterios relacionados con el punto de vista del propio sujeto, como los relacionados con el punto de vista de las personas significativas del entorno, define una situación psicológica sin conflicto que, por lo tanto, debería dar lugar a consecuencias bien positivas, bien neutras. Los resultados del estudio de Moretti y Higgins (1990) señalan precisamente que los individuos que manifiestan una autoestima más alta son aquellos que muestran un emparejamiento entre su yo real/ propio y su yo ideal/ propio en términos de una coincidencia en los atributos positivos que ambos yoes incluyen, es decir, aquellas personas que, por ejemplo, se ven simpáticas y cariñosas y que, justamente, les gustaría ser simpáticas y cariñosas. Es más, también, cuando un individuo se ve a sí mismo como traicionero y mentiroso, precisamente, define su ideal como ser una persona traicionera y mentirosa, es decir, incluso cuando el emparejamiento entre el yo real/ propio y el yo ideal/ propio es en términos de atributos negativos, la autoestima suele ser alta.

Los estados de emparejamiento entre yoes son interesantes por derecho propio, nos conducen a los estados emocionales positivos********

  • Discrepancias entre el autoconcepto y las guías del yo

  • ¿Qué pasa cuando lo que uno piensa sobre sí mismo no corresponde con los deseos, metas o aspiraciones que uno tiene?, o ¿Qué pasa cuando la forma en que uno se ve a sí mismo dista mucho de sus responsabilidades y obligaciones?. Es decir, ¿qué pasa cuando una persona presenta una discrepancia entre su yo real y su yo ideal, o entre su yo real y su yo debería?. Las discrepancias relacionadas con cómo se ve y cómo le gustaría ser (yo real/ propio vs. yo ideal/ propio; yo real/ propio vs. yo ideal/ otro) representan, según Higgins, la ausencia de resultados positivos ya que el individuo es incapaz de lograr bien sus ropios deseos y aspiraciones, o bien aquellos que cree que los demás han puesto en él. Cuando dicha discrepancia se hace accesible, la gente experimenta tristeza, abatimiento y desánimo. Si el sujeto cree que sus deseos y esperanzas personales no se han cumplido (discrepancia yo real/propio vs. yo ideal/propio), además de los sentimientos anteriores, experimenta sentimientos de insatisfacción y decepción; si el sujeto cree que no ha cumplido los deseos y esperanzas que otros tenían en él (discrepancia yo real/propio vs. yo ideal/ otro), aparte de tristeza y desánimo, es vulnerable a experimentar verguenza y consternación. En conclusión, las discrepancias entre el Yo Real y el Yo Ideal estarían relecionadas con síntomas depresivos.

    Por otro lado, las discrepancias que se producen entre cómo una persona se ve y cómo se cree que debería ser (yo real/propio vs yo debería/propio; yo real/propio vs. yo debería/otro) representan la expectativa de presncia de resultados negativos, de castigos, por el hecho de haber violado los deberes ó responsabilidades que uno se había impuesto ó creía que los otros le habían impuesto. Cuando tales discrepancias se hacen accesibles, la gente experimenta estados de agitación, nerviosismo y miedo, es decir, estados de ansiedad. En caso de que la persona crea que no ha cumplido una obligación personalmente aceptada (discrepancia yo real/propio vs. yo que debería/propio), la teoría predice que tendrá más sentimientos de culpabilidad.

    En resumen, las discrepancias entre el Yo Real y el Yo Ideal guardarían relación con la depresión, mientras que las discrepancias entre Yo Real y el Yo que Debería lo harían con la ansiedad. Dado que se asume que la gente busca estados finales deseables, las guías Yo Ideal y Yo que Debería señalan dos orientaciones de autorrregulación que pueden variar en las personas y que darían lugar a tácticas conductuales diferentes. Aunque todo el mundo dispone de los dos sistemas, determinadas prácticas de socialización favorecen que uno predomine sobre el otro; así una historia de recibir o perder cariño ó afecto de los padres contingente a los actos de uno fortalecerá el sistema centrado en obtener resultados positivos (Yo Ideal), y pondrá en marcha, por tanto, estrategias conductuales de aproximación; mientras que una historia de recibir o tener que escapar del castigo y la crítica de los padres fortalecerá el sistema centrado en los resultados negativos (Yo que Debería) y, por lo tanto, pondrá en marcha estrategias conductuales de evitación.

    Además de esclarecer las causas de la ansiedad y la depresión, las hipótesis de la teoría de Higgins sobre la discrepancia entre el Yo Real y el Yo Ideal han esclarecido el área de estudio de la autoestima. Puesto que una alta discrepancia Yo Real- Yo Ideal está relacionada con síntomas depresivos, parece lógico suponer que también lo estaría con una baja autoestima, dado que ésta es una característica clave de la depresión.

    DISCREPANCIAS ENTRE GUÍAS DEL YO

    Las discrepancias entre guías del yo representan situaciones en las que las personas experimentan aspiracones, deseos, que se contraponen a su sentido del deber y a sus obligaciones. En estos casos se produce un conflicto de aproximación-evitación. Por ejemplo, supongamos una chica a la que idealmente le gustaría llegar a ser más asertiva (yo idela/propio) mientras que piensa que su padre espera de ella que sea pasiva y se ajuste al tradicional papel femenino (yo ideal/otro). Esta chica estaría motivada a conseguir ambas guías, a que su yo real coincida tanto con su yo ideal/propio como con su yo ideal/otro (aproximación), pero también a evitar un mal emparejamiento entre su yo real y cualquiera de sus dos guías (evitación), pero ni uno ni lo otro se puede lograr simultáneamente porque las guías representan caracteríticas opuestas. Un mismo atributo de su yo real (obedecer sin rechistar) puede considerarse un éxito ó un fracaso dependiendo de la guía del yo con la que se compare; a la larga, mo está claro cuáles pueden ser las consecuencias de esta situación para el autoconcepto de esa persona. Por eso, en tales situaciones que suponen un conflicto de aproximación-evitación, las personas son vulnerables a experimentar sentimientos de confusión, a sentirse inseguras de sí mismas, a distraerse con facilidad y a mostrar conductas de rebeldía.

    En resumen, la teoría de Higgins, las discrepancias, tanto aquellas que se dan entre el autoconcepto y las guías del yo, como aquellas que se dan entre las propias guías, funcionan como señal de alarma para el sujeto, alertándole sobre la presencia de cierto desajuste. Si la reducción de la discrepancia no se produce, el bienestar psicológico implicaría, pues, la ausencia de diferencias entre cómo uno se ve a sí mismo, cómo le gustaría verse y qué exigencias del entorno debería satisfacer.

    BIBLIOGRAFIA

    EL INCONSCIENTE PSICOLÓGICO: HALLADO, PERDIDO Y REENCONTRADO.

    Después de cien años de olvido, sospecha y frustración, los procesos inconscientes se han afianzado ahora en la mente colectiva de los psicólogos. La llamada percepción subliminal ha cobrado una nueva vida, y los neuropsicólogos cognitivos ofrecen un enfoque convincente de la memoria inconsciente. Los psicólogos sociales y no sociales han documentado el papel de los procesos no conscientes en el aprendizaje y el juicio, y las exploraciones de la intuición y de la comprensión intuitiva plantean de nuevo la idea del pensamiento inconsciente.

    Estos avances dentro del inconsciente cognitivo, término utilizado por Paul Rozin (1976), han preparado el escenario para que renazca el interés por los procesos inconscientes emocionales y motivacionales.

    En un sentido muy real, el interés reside en la vida mental inconsciente ó procesamiento de la información fuera del conocimiento consciente. Debe su resurgimiento al trabajo de los neuropsicólogos cognitivos con pacientes que sufren formas diversas del síndrome amnésico. El reconocimiento de que esos pacientes muestran efectos persistentes de acontecimientos anteriores que no pueden recordar, lo que Schacter ha llamado memoria implícita, ha hecho posible utilizar sin sonrojo conceptos como conocimiento consciente y conciencia, y aceptar la idea misma de la influencia inconsciente en la experiencia, el pensamiento y la acción.

    EL INCONSCIENTE NO FREUDIANO

    La idea de la vida mental inconsciente tenía una larga y distinguida historia antes de Freud. Por ejemplo, Janet, precursor y rival de Freud, promovió un concepto de disociación como alternativa a la represión. Sus ideas, que tuvieron tanta influencia sobre Williams James, fueron reavivadas por Hilgard (1986) en su teoría neodisociativa de la conciencia dividida.

    Existe una larga tradición de interés por el concepto de procesamiento automático frente al controlado. En algunos aspectos, esta tradición tiene sus orígenes en el concepto de Helmholtz de la inferencia inconsciente en percepción. La idea de que algunos aspectos de la percepción, el lenguaje, el pensamiento y el control motor están mediados por procedimientos que ponen inevitablemente.

    La identidad: yo y superyo

    La identidad: yo y superyo

    La identidad: yo y superyo