La Eneida; Virgilio

Historia antigua. Literatura Universal clásica. Mitología. Lírica y Épica latino romana. Argumento

  • Enviado por: Vagalicantina
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Libro I

Juno, paredro de Júpiter, es la diosa protectora de Cartago, pero por los hilos de las Parcas sabe que un troyano acabará siendo la desgracia de los tirios, y al saber que los teucros, a los que ya odiaba desde la guerra de Troya, se dirigen a Italia por mar en busca del reino prometido por Júpiter, le ruega a Eolo, dios de los vientos, que se lo impida por medio de todos los vientos, que los elimine de la faz de la tierra, a cambio de ninfas hermosas y otros regalos. Éste acepta, y los vientos azotan a Eneas y su flota, pero Neptuno, dios del mar, se ofende profundamente ante tamaña injerencia en su soberanía, y no sólo hace cesar la tormenta, sino que conduce las naves a buen puerto.

Aparecen en las costas de Libia, y después de desembarcar, esconden las naves en una cueva, y empiezan a preparar algo de comida con lo que cazan algunos de ellos. Mientras, lamentan la pérdida de muchos compañeros en el viaje. Venus, diosa del amor y madre de Eneas, protesta ante Júpiter por lo injusto del trato que el destino le está dando a su hijo, recordándole la promesa de que Eneas no sólo sobreviviría a la derrota de Troya, sino que sería el fundador de la estirpe romana, y sin embargo no sufre más que contratiempos. Júpiter le promete que se fundará Lavinio, que Eneas dominará los territorios del Lacio después de largas luchas, y posteriormente, a manos de Ascanio, hijo de Eneas, se fundará Alba Longa, y la estirpe de Héctor reinará durante trescientos años. Será en ese momento cuando nacerán, de una reina sacerdotisa fecundada por Marte, dios de la guerra, los gemelos Rómulo y Remo, a los que amamantará una loba, y Rómulo y su descendencia reinarán sin fin, siendo incluso ayudados por la ahora colérica Juno. También le vaticina que la Fe, Vesta, Remo y Quirino, serán objeto de culto, y que se cerrarán las puertas de la Guerra. Para garantizarlo, favorece la acogida de los troyanos en Cartago, especialmente por parte de la reina Dido.

Mientras, Venus, tomando la forma de una cazadora, informa a Eneas de que se encuentra en territorio púnico gobernado por la reina Dido, huida de Tiro, viuda del rey Siqueo, al que había matado el hermano de Dido por dinero, y que en forma de fantasma la había alertado del peligro y ayudado a huir de su hermano. Después de tranquilizar a su hijo, éste sin saber que es su madre, le relata sus penas. Ella le consuela, le franquea el paso a la ciudad y se desvanece. Eneas, oculto por la niebla, y algunos de sus hombres entran en la ciudad, para presentarse ante la reina, admirando la riqueza y organización de la urbe, pero antes de llegar ante ella, ven con sorpresa como un grupo de troyanos al que creían muerto estaba ante ella en audiencia. Se saludan emocionados, y todos relatan a Dido sus avatares para llegar hasta sus tierras, garantizándole que vienen en son de paz, y que se dirigen a Italia en busca de las tierras prometidas por los dioses. Ésta, conmovida los acepta de buen grado en su reino, siempre que no se produzcan enfrentamientos entre tirios y troyanos. Al ser aceptados, Eneas se descubre, y rinde pleitesía a Dido, loando su buen hacer, y admirando su belleza. Después, manda mensaje a Ascanio, que había quedado encargado de las naves, para que él y su grupo sepan que pueden acudir sin peligro a la ciudad, y traigan ricos presentes, rescatados de la guerra, para la reina.

Entretanto, Venus, temerosa de Juno, decide que Dido debe enamorarse de Eneas, ya que ese amor impedirá que nadie dañe a su hijo. Para ello, encarga a Cupido que se disfrace de Julo, el hijo de Eneas, durante el banquete que la reina sidonia dará en honor de los valientes teucros, ya que de ese modo podrá sentarse impunemente en su regazo y así insuflarle el amor que Venus desea que sienta, haciéndole olvidar a su esposo Siqueo. La artimaña surte el efecto deseado, y la reina, cautiva del héroe troyano, le pide a Eneas que relate ante los comensales su triste historia, cosa a la que éste accede.

Libro II

Eneas vacila, pero acaba por comenzar su triste crónica. Los griegos, después de infinitos combates, urden una estratagema, construyen un enorme caballo de madera, dentro del cual esconden a los mejores soldados, mientras otros se esconden en la costa, y afirman que es un presente para sellar la paz. Los troyanos desconfían, pero Sinón, un griego supuestamente huido de sus compañeros hallado por los soldados, afirma que los griegos efectivamente construyeron el caballo como ofrenda para poder volver a casa, pero que además se requería su muerte, y por ello había huido; también dice que se le dieron tan grandes dimensiones para que no pudiera atravesar las murallas troyanas y, por tanto, proteger a los teucros, y que no se puede tocar a riesgo de acarrear más guerras. Mientras, Laocoonte, que había tocado el caballo con la lanza, muere a manos de serpientes marinas, y los troyanos lo consideran una prueba de que el griego no miente. Abren una brecha en las murallas y el artefacto entra en la ciudad. Casandra les avisa del peligro, pero la ignoran. Se hace de noche, y Troya festeja la paz, pero Sinón abre los cerrojos a sus compañeros y comienza la masacre. Héctor avisa a Eneas de la catástrofe y le ordena que salve los penates de Troya y huya con su familia. Pantoo le entrega los penates, y le relata los crueles detalles de la incursión. Reúne a unos cuantos hombres fieles para emprender la marcha. Tienen distintos enfrentamientos con grupos de griegos, y de camino hacia su casa, intentan salvar a Casandra, apresada por los dánaos, pero sin éxito. Van hacia el palacio de Príamo, para salvarle a él, y a su familia, pero no logran nada, los griegos dominan la fortaleza, y a pesar de que luchan al límite, todos los miembros de la familia real y los hombres que acompañaban a Eneas mueren, entre horrendos sufrimientos.

Ante tal situación, Eneas está a punto de perder la cabeza, pero Venus le retiene, y le muestra que son los dioses quienes fomentan la batalla, y que es inútil que trate de luchar contra ellos. Logra que recupere el sentido y le ayuda a volver a casa, protegiéndolo de cualquier ataque. Cuando llega, Anquises, su padre, se niega a acompañarle en la huida, porque se considera demasiado viejo y prefiere morir en Troya. Todos, hasta la servidumbre, tratan que cambie de opinión, entre lágrimas. Eneas, le exhorta, le habla de la horrenda muerte de Príamo después de ver la de su propio hijo, pero no consigue nada, y fuera de sí, pretende morir luchando contra los griegos. En ese momento, la cabeza de Ascanio se ilumina como si ardiera, y todos lo reconocen como voluntad divina. El padre de Eneas le pide a los dioses una confirmación de ese signo, y de repente una estrella señala la ruta que deben seguir para huir; sólo entonces Anquises acepta el designio de los dioses, y consiente en acompañar a su hijo en la huida. Eneas carga a su padre sobre los hombros, y ordena que Julo vaya a su lado, y su mujer a cierta distancia. Quedan con la servidumbre y los que quieran unirse al exilio en un templo abandonado de Ceres, encima de una colina, al que se dirigirán por distintos sitios. Confía los Penates a su padre porque considera que no debe llevarlos con las manos llenas de sangre, que sería un sacrilegio. Salen corriendo en dirección al lugar convenido tras encomendarse a los dioses, sin embargo, al llegar al templo abandonado, se dan cuenta de que Creúsa no está, ha debido separarse del grupo en un momento indeterminado del camino. Eneas vuelve a casa sobre sus pasos para buscarla, loco de dolor, pero no la encuentra. De repente se le aparece su espíritu, que trata de calmar su dolor, y que le revela que debe dirigirse a Hesperia, al Tíber, donde encontrará una mujer y un reino; después, se desvanece ante Eneas. Éste llega al punto convenido, y se encuentra con hombres y mujeres que quieren partir con él, a donde sea. Carga a su padre sobre sus hombros y emprenden la huida hacia las montañas.

Libro III

Eneas prosigue con su relato. Construyen una flota con la que se hacen a la mar. Llegan a Tracia, a cuyos habitantes les da el nombre de enéadas. Ofrece un sacrificio a su madre para favorecer la creación de una ciudad, y ve un montículo con arbustos. Intenta arrancarlos para usarlos, pero la planta exuda sangre negra y gime. Eneas aterrado, escucha una voz; es un troyano, Polidoro, el enterrado debajo de las matas, muerto a manos del rey de Tracia. Éste había prometido educarlo a cambio de una sustanciosa suma, pero se alió con los griegos y lo mató, quedándose con el dinero. Los troyanos celebran como es debido los funerales de Polidoro, y deciden partir rápidamente de tierras tan peligrosas. Llegan a Micono, donde los acoge el rey Anio. Una vez allí, Eneas ruega al oráculo una señal para saber qué debe hacer, y éste les dice que encontrarán un nuevo reino allí donde nació la estirpe troyana. Anquises afirma que ese lugar es Creta, Cnosos, y se comenta Creta tiene vacío de poder por desaparición del rey Idomeneo, así que parten felices. Sin embargo, en Creta hay una peste generalizada, y huyen. En sueños, los penates de Troya le revelan a Eneas que la tierra de donde salieron sus antepasados no es Creta, sino Hesperia, y que deberá dirigirse a Corinto y Ausonia. Eneas despierta y comunica la revelación a su padre, que se da cuenta de su error. Así pues, ponen rumbo a Italia, dejando en la región a algunos de sus hombres.

Tienen un viaje muy malo, con tormentas continuas, y llegan a las Estrófades, morada de las harpías. Atracan y cazan unas reses, pero al ser de propiedad de las harpías, éstas impiden la comida, y la peor de ellas, Celeno, les vaticina que no amurallarán la tierra prometida por los dioses hasta que pasen un hambre tan atroz que les haga devorar las mesas. Los troyanos hacen sacrificios para contrarrestar esta maldición y parten de nuevo. Llegan a Butrotis, y se enteran de que el rey no es otro que Héleno, hijo de Príamo, y de que está casado con Andrómaca, viuda de Héctor. Eneas va a la corte, y se le recibe como a un héroe. Eneas le pide a Héleno, que es adivino, que le diga que debe hacer para continuar bien el viaje. Éste le vaticina que podrá obedecer la orden de fundar una ciudad que le dieron los dioses cuando, junto a un río y bajo encinas, encuentre a una cerda blanca con treinta lechones, pero que para lograrlo de ninguna manera debe navegar por el estrecho, porque supondría la muerte de toda la expedición a manos de Escila y Caribdis, las diosas que lo habitan, sino rodear Sicilia por el Paquino, no sin antes hacer ofrendas a Juno para que se apacigüe. Al llegar a tierra italiana, tendrá que visitar a la sibila de Cumas, que le hablará de otros quehaceres. Tras esto, Héleno y Andrómaca vuelven a equipar a la expedición, les hacen innumerables regalos y les despiden emocionados, rogando por que en un futuro la tierra que conquiste Eneas y la suya sean una sola. Pronto llegan a Italia, y sin tocar tierra comienzan el rodeo de Sicilia, donde tienen que atracar por culpa de la tormenta. Allí encuentran a un griego desarrapado, que les suplica que lo maten o que lo saquen de allí. Ellos le perdonan la vida y le preguntan por qué está tan desesperado. Éste les revela que las costas están pobladas por cíclopes, y Ulises ha herido a uno de ellos, Polifemo, en su ojo, por lo que todos los cíclopes están furiosos. Ante esta situación, los troyanos deciden salir de allí lo más rápido posible. De pronto se acerca Polifemo, e intentan soltar amarras sin hacer ruido, pero el cíclope les oye y sale detrás de ellos. La prisa por huir del monstruo hace peligrar la navegación, dirigiéndoles peligrosamente hacia el estrecho, pero el viento los impulsa lejos de allí. Una vez han escapado, ponen rumbo para rodear el Paquino, pero al llegar a Drépano muere Anquises, sumiendo en el dolor a su hijo. Sin más que contar, Eneas termina así su relato ante Dido.

Libro IV

La reina ya está locamente enamorada de Eneas por culpa de Venus y de su historia. Al día siguiente, Dido habla con su hermana de la posibilidad de volver a amar y de casarse, algo que había desechado desde la muerte de su esposo, y que a pesar de amar a Eneas, no quiere revivir. Ana le aconseja que no se oponga al amor, que ya que rechazó a aquellos pretendientes que le fueron indiferentes bien puede aceptar ahora un amor que, además, le puede aportar ventajas políticas. Estos consejos terminan de inflamar el alma de Dido. Empieza a hacer sacrificios para obtener el amor de Eneas, no se separa de su lado, y mientras, Cartago se paraliza. Juno se percata del amor de Dido, y corre a hablar con Venus, porque se imagina que esa pasión es obra suya. Le propone la unión entre Eneas y Dido, pero Venus sabe que lo hace sólo para alejar a su hijo de Italia. De todas formas, la madre de Eneas acepta, y acuerdan que Eneas y Dido se convertirán en amantes durante una cacería, en la que el mal tiempo les obligará a refugiarse en una cueva. Al día siguiente salen de caza la reina y su corte junto a Eneas y los suyos, Ascanio revolotea a su alrededor. De repente, empieza a granizar, y la gente se dispersa. Dido y Eneas obran según el designio de Juno, y en poco tiempo la noticia de su amor se esparce por todos lados, llegando hasta el rey Yarbas, ex-pretendiente de Dido, que clama a Júpiter por la injusticia. Éste le escucha, y se da cuenta de que Eneas se está olvidando de su misión italiana, así que manda a Mercurio para que le recuerde su destino al hijo de Venus. Éste llega a Cartago, y le dice a Eneas que si no ya no quiere ir a Italia, que por lo menos lo haga por su hijo Ascanio, que está destinado a mandar sobre Roma e Italia. Eneas recapacita, y ordena a sus hombres que preparen en secreto las naves para zarpar, mientras busca el momento adecuado para hablar con Dido. Sin embargo, la reina ya ha descubierto sus intenciones, y le implora que no le abandone. Eneas le dice que no es por propia voluntad, que es mandato de los dioses, pero Dido no le cree, y se va sin que Eneas pueda explicarse. Así, los teucros siguen preparando sus naves, y al verlo, Dido habla con su hermana para que le pida a Eneas que espere al buen tiempo para zarpar, y que a cambio de eso, ella morirá. Ana lleva el recado, pero él hace oídos sordos, no puede desobedecer a los dioses. Ante su indiferencia y las pesadillas y alucinaciones que sufre por culpa del amor no correspondido, Dido decide morir, y sin desvelarle sus intenciones, le pide a su hermana que prepare una pira con todo lo que tenga que ver con Eneas, para liberarse de su amor, y que traiga a la sacerdotisa guardiana del templo de las Hespérides para que celebre los ritos necesarios. Sin embargo, Ana no imagina ni por un momento que su hermana Dido vaya a suicidarse. Mientras se hacen los preparativos, todo es cubierto de guirnaldas fúnebres, la misma Dido invoca a todas las deidades que tienen algo que ver con la muerte, realiza sacrificios y rituales para propiciar su muerte y la venganza contra el ingrato troyano. Alarmado, Mercurio vuelve a imprecar a Eneas para que zarpe, le avisa de los horrendos ceremoniales que está preparando la reina para invocar su desgracia y la de toda la expedición, y éste moviliza a sus hombres, que en poco tiempo ya han levado amarras. Al ver esto, Dido se lamenta por no haber podido hacer pagar al teucro todo el daño que le había hecho, y clama venganza al cielo. Llama a la antigua nodriza de Siqueo para que Ana traiga lo necesario para los rituales. Se queda sola, y al ver las ropas de Eneas, llora amargamente, y se da muerte con la espada del troyano, cayendo en la pira. Su hermana llega, la encuentra agonizante, intenta evitar su muerte, y Juno, apiadándose del sufrimiento de Dido, manda a Iris para que la ayude a terminar de morir.

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Libro V

Eneas y sus hombres ya han partido, divisan un gran fuego en Cartago, y a pesar de no saber la causa, el hecho de haber abandonado a la reina en tan tristes circunstancias apena a Eneas. Se cierne una tormenta, el piloto Palinuro le advierte que no será fácil navegar, y le propone fondear en Erix, ya que allí gobierna su compatriota Acestes. Llegan a tierra y son felizmente recibidos. Eneas, dado que hace un año que murió su padre Anquises, pide a Acestes celebrar sacrificios y juegos en su honor.

El primero de los juegos es una competición de embarcaciones, que gana Cloanto. Después van a la campiña, y organizan una carrera, que gana Euríalo, pero en la que Salio es compensado por una zancadilla. A continuación, deciden hacer lucha, y en principio sólo se presenta un voluntario, Dares, pero al final se levanta un viejo pero fuerte soldado, Entelo. Luchan ferozmente, y gana Entelo, dejando maltrecho a Dares. Entelo le brinda su premio a los dioses. Después, juegan al tiro al blanco con una paloma que atan a un mástil, y la flecha que tira Acestes se incendia, lo que consideran un prodigio, por lo que declaran a éste vencedor. Tras esto, organizan una lucha simulada con caballos en la que participa Ascanio. (Algún tiempo más tarde, el hijo de Eneas instaurará la costumbre de los juegos en Alba Longa, y dicha tradición llegará hasta los romanos).

Por desgracia, Juno también está contemplando estos juegos, y furiosa por la felicidad que están disfrutando los troyanos, manda a su fiel Iris a la tierra. Ésta se dirige hasta donde se hallan las mujeres, que comentan todo lo que han pasado y se preguntan cuánto quedará aún para poder vivir en paz. Toma la forma de Beroe y empieza a soliviantar a las mujeres, les pregunta por qué deben seguir navegando en busca de lejanas tierras cuando acaban de fondear en una donde podrían vivir en paz todos los troyanos. Una vez enardecidas, les propone quemar las naves, ya que así no podrán salir de allí, y afirma que la profetisa Casandra se le ha aparecido y le ha propuesto la idea de incendiarlas. Una de las mujeres se da cuenta de que la que habla no es Beroe, sino una diosa disfrazada, y la delata. Iris se muestra y asciende rápidamente a los cielos, pero el mal que buscaba ya está hecho. Las mujeres corren hacia los hogares y traen consigo teas encendidas para prenderle fuego a las naves troyanas. Eumelo observa el desastre, y corre a dar parte a los hombres. Éstos, con Ascanio a la cabeza, salen rápidamente en dirección a las naves, y al llegar imprecan a las mujeres, que salen huyendo, y más tarde vuelven en sí y maldicen a Juno. Eneas implora a Júpiter que, o bien apague el fuego que consume sus naves, o bien lance un rayo que las destruya completamente. Júpiter escucha sus súplicas, y hace caer una inmensa tromba de agua que apaga el fuego, y que permite que sólo se pierdan cuatro de las naves troyanas.

Sin embargo, Eneas empieza a plantearse la opción de quedarse en Sicilia y olvidar el reino prometido, pero el viejo Nautes le aconseja que deje en tierra a los que no quepan en las naves o no quieran seguir viaje. Además, por la noche, se le aparece Anquises, que le reitera en el consejo del anciano. Le indica que coja a los mejores para dirigirse al Lacio, y que una vez allí deberá ir a las regiones de Plutón para encontrarse con él, lo que conseguirá gracias a las instrucciones de la sibila de Cumas. Una vez allí, Anquises podrá hablarle de su destino. Eneas, agradecido, organiza la partida.

Mientras, Venus se queja ante Júpiter de la actitud de Juno, y éste le garantiza que Eneas llegará bien a su destino, aunque morirá un hombre en el camino. Los troyanos levan anclas y emprenden viaje, aunque por la noche el piloto Palinuro se duerme y cae al agua.

Libro VI

Llegan a Cumas, después de llorar la desaparición de Palinuro. Los teucros se dispersan en busca de provisiones y descanso. Mientras, Eneas emprende camino a la acrópolis de Apolo para hablar con Deífobe, la sibila. Ésta les recibe, y les guía al interior del templo.

Allí, la sacerdotisa entra en trance, y después de que Eneas prometa erigir un templo en honor de Apolo, habla el dios. Se le anuncia que llegará a Lavinio, pero que tendrá que luchar largamente, a causa de su matrimonio con una extranjera, antes de reinar sobre esas tierras, y que recibirá ayuda de una ciudad griega. Cuando la sibila termina de hablar, Eneas le pregunta cómo entrar al Averno para encontrar a su padre, que le ha rogado que se vean. Ésta le indica que deberá arrancar una rama dorada de un árbol que se halla poco antes de la entrada al Averno como ofrenda para Proserpina, pero que no podrá seguir su camino sin antes honrar la muerte de uno de sus compañeros. Eneas no sabe a quien se refiere, pero al llegar ve tendido y muerto a su amigo Miseno. Cortan troncos para una pira, y Eneas ruega por encontrar la rama dorada. Venus le oye, y con unas palomas le indica el lugar. Coge la rama y termina de celebrar el funeral de Miseno. A continuación realiza los sacrificios exigidos para entrar en el Averno. Con el amanecer, el suelo comienza a temblar, y la sacerdotisa ordena que sólo Eneas entrará con ella en los dominios de Plutón. Pasan por al lado de multitud de monstruos, y llegan al río Aqueronte, donde hallan al barquero Caronte, custodio de las aguas, y donde multitud de almas esperan cruzar el río. En principio no les deja pasar, pero al ver la rama sagrada, Caronte cede y les deja subir en su barca.

Llegan a la otra orilla, y al acercarse al can Cerbero le lanzan una torta somnífera para pasar. Lo rebasan y se alejan del río. Pasan por zonas divididas según la causa de la muerte de sus pobladores, y de repente encuentra a Dido. Intenta disculparse y explicarle las causas de su partida, pero ella hace oídos sordos y vuelve con Siqueo, que por fin la acompaña.

Siguen Eneas y la sibila su camino, ven a muchos de los muertos en la guerra de Troya, entre ellos Deífobo, hijo de Príamo, con quien Eneas se para a hablar. La sacerdotisa le avisa de que van mal de tiempo, y siguen andando hacia el Elíseo. Al llegar a las murallas de Plutón, clavan la rama dorada en la puerta, Eneas se rocía con agua fresca y avanzan, entrando en una región mucho más agradable que las anteriores, donde viven los bienaventurados. Preguntan por Anquises y les indican el camino. Al encontrarle, el padre de Eneas se emociona, y saluda cálidamente a su hijo. Le muestra como su descendencia de Lavinia, la mujer con la que se habrá de casar, dará origen a Silvio, Procas, Numitor a Rómulo, que fundará Roma, y al resto de gobernantes romanos, con sus triunfos y desgracias. Eneas se asombre ante la magnitud del poder que alcanzará Roma.

Después, Anquises le muestra a su hijo todo aquello que deberá llevar a cabo si quiere ganar las guerras que más tarde tendrá forzosamente que ganar en el Lacio, mostrándoles detenidamente a sus futuros adversarios, los laurentes, y la ciudad de Latino, de donde procede su mujer, Lavinia. Una vez explicados todos los detalles, Anquises los conduce hasta las puertas del sueño, por donde podrán salir, y se despide de su hijo definitivamente. Eneas, una vez fuera del reino de Plutón, se dirige por el camino más corto hacia el lugar donde habían quedado las naves y sus hombres, y levan anclas. Pegados a la costa, navegan y llegan hasta el puerto de Cayeta. Atracan y bajan a tierra.

Libro VII

Tras celebrar en tierra funerales por la muerte de la nodriza de Eneas, reemprenden la navegación. Rodean, con ayuda de Neptuno, la tierra de Circe, y pronto divisan el reino de los laurentes.

El rey Latino, descendiente de Saturno, sólo tiene una hija, Lavinia, a la que los hados le revelan que deberá casar con un pretendiente extranjero, rechazando incluso a Turno, el mejor de los pretendientes.

Eneas y sus hombres bajan a tierra, preparan la comida y libaciones para los dioses, pero faltan víveres, y se comen parte de las ofrendas, lo que Ascanio compara con comerse las mesas. Estas palabras hacen recordar a Eneas la profecía de la arpía Celeno, y emocionado anuncia a sus compañeros que por fin han hallado la tierra prometida por los dioses, lo cual es confirmado por una nube dorada que aparece en el cielo.

Al día siguiente, mandan cien embajadores a la corte del rey Latino, y el resto de los hombres empiezan a formar y amurallar un campamento. Una vez en el palacio, son recibidos por Latino, que les pregunta acerca de sus propósitos al haber llegado a sus tierras, a lo que éstos responden que han venido, tras prolongadas desgracias, en busca de tierras donde establecerse pacíficamente por designio de los dioses, y ofrecen ricos presentes al rey. Ante estas palabras, Latino recuerda el deber de casar a su hija con un extranjero, y acepta las propuestas troyanas, ofreciendo a su hija a Eneas. Los embajadores vuelven para llevar las noticias al campamento.

Mientras, Juno descubre a los troyanos, y aunque no puede remediar que reinen sobre los latinos, tratará de ponerle los mayores obstáculos, para lo que pide ayuda a Alecto, diosa infernal, sembradora de pesares. Ésta se dirige en primer lugar hasta la mujer del rey. Le arroja una serpiente, con la que se hace dueña de sus actos, y hace que ruegue a Latino que renuncie a Eneas a favor de Turno. Al no poder convencerle, sale corriendo al bosque, donde esconde a Lavinia.

Después vuela hasta el palacio de Turno, y presentándose ante él en forma de anciana, le exhorta a la lucha. Tras conseguirlo, va en busca de Julo, y altera a sus perros para que devoren a unos cervatillos, propiedad de unos campesinos. Esto enfurece a los pastores y campesinos, que cargan contra los troyanos. Entablan lucha, y son observados por Juno y Alecto desde el cielo, pero Juno teme represalias de Júpiter y envía a la diosa infernal de vuelta a sus dominios.

Mientras, los latinos parten hacia el castillo de Latino para pedirle que case a su hija con Turno, y así impedir que se comparta el reino con los troyanos. Latino se niega a hacer nada, pero Juno abre las puertas de la guerra, y toda Ausonia se levanta en armas contra los troyanos.

Intervienen en el combate Mecencio y su hijo Lauso al mando de mil guerreros, Aventino con tropas y vestido a la manera hercúlea, los gemelos Catilo y Coras, el rey Céculo junto con una legión aldeana, Mesapo con varios ejércitos, Clauso con un gran ejercito, Haleso con mil pueblos, Ebalo, Fuente al mando de los Ecuicolas, Umbrón, Virbio con caballería e infantería.

Al frente de todos ellos marcha Turno, al que le sigue una nube de hombres llegados de todas partes. Además de los guerreros de la zona, llega para intervenir en la lucha Camila la guerrera, diestra en el arte de la guerra.

Libro VIII

Cuando Turno da la señal para que empiece la guerra, todos prestan juramento, y Mesapo, Fuente y Mecencio reclutan tropas de todos lados.

Mientras, Eneas cavila sobre cómo resolver el conflicto, y al irse a dormir, se le presenta el dios Tíber, y le anuncia la pronta aparición de la ya predicha cerda blanca con sus treinta lechones que indicará dónde su hijo Ascanio debe fundar la ciudad de Alba Longa. Además le revela que para vencer en la guerra debe dirigirse a Palanteo, ciudad fundada por arcadios y gobernada por Evandro, ya que éstos se hallan en permanente enfrentamiento con los latinos, con quienes establecerá un tratado, ofreciéndose el propio Tíber a remontarles río arriba. Al llegar la Aurora, Tíber se despide, no sin antes recomendar a Eneas que haga libaciones en honor suyo, y en el de Juno para aplacarla.

Con el día, Eneas despierta, y tras reiterar sus promesas de sacrificios al Tíber, halla por fin la cerda blanca con sus lechones, la cual inmolan como sacrificio a Juno. Al llegar la noche, milagrosamente las aguas del río quedan totalmente quietas, de modo que los teucros cogen dos birremes y remontan el río para llegar a la región de los arcadios. Casualmente, cuando llegan, los arcadios estaban celebrando sacrificios en honor de Hércules, por lo que contemplan la llegada de los teucros. Palante, hijo de Evandro, pregunta a los troyanos cuáles son sus propósitos, y Eneas le explica su intención de formar una alianza con Evandro para combatir a los latinos. Palante, impresionado, le lleva hasta su padre. Una vez ante él, Eneas, apelando a antepasados comunes y al odio mutuo contra los latinos, reitera al rey su deseo de una alianza guerrera para hacerles frente. Evandro, que había conocido al padre de Eneas cuando era joven, acepta de buen grado la propuesta de Eneas, y le invitan a un banquete. Después de saciarse, el rey relata a Eneas el paso de Hércules por aquellas tierras, motivo por el que se le festejaba en el altar máximo.

Después de las celebraciones, Eneas, Evandro y Palante se dirigen a la ciudad, y por el camino el rey le muestra los bosques en los que Saturno civilizó a ninfas y faunos, la puerta dedicada a la Nina Carmenta, el bosque donde se esconde la gruta lupercal, también llamada del Liceo Pan, la foresta de Argileto, Tarpeya y el Capitolio. Llegan al palacio, y Eneas duerme allí.

Entretanto, Venus va a ver a su esposo Vulcano, y lo seduce a fin de que fabrique armas para su hijo Eneas que le permitan ganar la guerra. Éste acepta, y después de hacer el amor con ella, marcha contento hacia la fragua para llevar a cabo el encargo de su esposa.

Amanece, y Evandro habla de nuevo con Eneas, planteándole la situación en que se encuentra, es decir, que el ejército arcadio no es grande, pero que Etruria se uniría a ellos, ya que sólo esperaba un jefe extranjero para luchar, por lo que seguramente. Además, le ofrece a su hijo Palante como jefe de las tropas arcadias. Para que su hijo se decida a aceptar, Venus le manda una señal desde el cielo para que recoja sus armas. Eneas confirma su adhesión, y sale hacia sus naves, ordenando a parte de sus hombres que avisen a Ascanio de la buena nueva, y a los mejores que se queden con él y le sigan.

Mientras, Evandro se despide de su hijo con gran emoción, y ruega a los dioses que protejan a su hijo, y que si muere lo maten a él también.

Eneas y Palante, junto con sus hombres, salen a caballo de la ciudad, vitoreados por la multitud. Tras un trecho, se paran a descansar, y Venus le lleva las armas prometidas, decoradas con hechos pasados, presentes y futuros de la historia, que por supuesto Eneas no puede reconocer.

Libro IX

Mientras, Juno envía a Iris con Turno para que le avise de los planes de Eneas. Éste, agradecido a la diosa, moviliza su ejército, no sin antes rezar a los dioses, y comienzan a cruzar la campiña en dirección al campamento de los teucros. Éstos, al ver a los latinos, y siguiendo las órdenes de Eneas, no atacan, sino que defienden la fortificación a pesar de querer entablar batalla.

Turno arroja la jabalina para iniciar el combate, pero se da cuenta de que los troyanos no van a pelear. Furioso por no poderse enfrentar a sus enemigos, busca algún punto flaco en la muralla sin éxito, así que intentan quemar las naves. La madre de Júpiter ruega a su hijo que las convierta en inmortales por estar hechas de madera sagrada, pero Júpiter sólo consiente en que desaparezcan en forma de doncellas, a cambio de que las naves de Eneas sí se conviertan en inmortales al llegar a Ausonia. Tras desaparecer las naves, los rútulos se animan, aunque paran a fin de reponer fuerzas y encender hogueras en torno a la muralla. Los teucros, al mando de Mnesteo y Seresto, revisan la fortificación y montan guardia. Niso, guardián de una de las puertas, y su amigo Euríalo se proponen ir hasta Palanteo para informar a Eneas de la situación, aprovechando la confianza y la embriaguez de los rútulos. Se discute en asamblea, y se aprueba la propuesta. Ascanio dice adiós a los dos jóvenes, y les promete riquezas y honores cuando vuelvan de su misión. Euríalo le pide que le despida de su madre, y que cuide de ella si él muere.

Los dos salen de la fortaleza, y al encontrar a varios latinos durmiendo, los matan inmediatamente, hasta que ven aproximarse a otro grupo de daunios. Salen corriendo, pero son perseguidos en el bosque por una avanzadilla latina de caballería. Se defienden, matando a varios soldados, pero finalmente son muertos por los latinos.

Con la Aurora, los daunios se reagrupan, y después de clavar las cabezas de Euríalo y Niso en sendas lanzas, emprenden la marcha. Los troyanos se disponen a defender la fortaleza. Mientras, la madre de Euríalo se entera de la desgracia, y ruega a los dioses su muerte.

Todos los latinos tratan de hacer caer la fortaleza troyana, pero sus defensores son más avezados y bombardean al enemigo con rocas y demás proyectiles desde lo alto de la muralla. Los latinos cambian de táctica, y le prenden fuego a una de las torres de la fortaleza. Los troyanos se ven perdidos, y ambos bandos luchan encarnizadamente. Rémulo se burla de los teucros, y Ascanio lo mata de un flechazo con ayuda de Júpiter.

Apolo observa el comportamiento de Ascanio, y mutando en la forma de Butes, le felicita, pero aconseja que no luche más, desvelando su verdadera identidad al marcharse. Los troyanos retienen al hijo de Eneas, pero mientras, Pándaro y Bitias abren imprudentemente las puertas para poder luchar mejor con el enemigo. Éste no se hace esperar, y avisando a Turno del error troyano, entran en masa. Cuando se percatan de lo que han hecho, los teucros cierran las puertas, pero al hacerlo dejan dentro de las murallas a un grupo de latinos, entre ellos al propio Turno. Comienzan a luchar latinos y teucros, aunque milagrosamente la tensión del combate hace que los primeros no caigan en abrir la fortaleza al resto de sus compañeros.

El terror empieza a extenderse entre los teucros, pero Mnesteo y Seresto les obligan a reaccionar, haciéndoles ver que Turno es sólo uno. Le cercan, y éste empieza a retirarse del combate, dirigiéndose al río. Dos veces trata de atacar, pero son demasiados, y Juno no se atreve a ayudarle tanto por temor a Júpiter. Acorralado, Turno salta al río y huye.

Libro X

Júpiter convoca una reunión de todos los dioses, en la que obliga a los dioses a que lleguen a un acuerdo que ponga fin a la guerra. Venus protesta de cómo los latinos se burlan de los teucros, de la insuficiencia de la muralla troyana para contener un ataque tan desigual, y sobre todo de como, a pesar de que se les haya prometido esas tierras, los troyanos sufren todo tipo de obstáculos y ninguna ayuda para conseguirlas; temiendo la total indiferencia de Júpiter, también suplica que si los troyanos son vencidos, se le permita esconder a su nieto Ascanio en uno de sus dominios.

Juno responde encolerizada a estas acusaciones. Afirma que los troyanos tienen buena parte de culpa en su desgracia, que nadie les ha obligado a empezar la guerra, nadie ha movido a Eneas a abandonar el campamento y a dejarlo a cargo de un niño. Todos los dioses comentan afectados los discursos de ambas. Júpiter pide silencio, y ante la imposibilidad de la reconciliación entre teucros y rútulos, Júpiter ordena tajantemente la no intervención de ninguno de los dioses, y lo jura por el Aqueronte.

Mientras, los rútulos siguen atacando a los teucros, que van debilitándose, a la espera de la ayuda de Eneas. Éste se halla en camino, después de haber logrado reclutar a etruscos enemigos de Mecencio; atento a las evoluciones de las naves durante la noche, aparecen ante él las ninfas huidas del fuego rútulo, que le informan de la situación de sus compañeros en el campamento. Eneas se queda sorprendido, y ordena que las naves vayan lo más rápido posible. Pronto se ponen a la vista de sus compañeros y de los latinos, pero éstos no se arredran, salen a buscarlos a la playa y ambos bandos luchan duramente.

Entretanto el ejército arcadio intenta retroceder ante el horror de la batalla, pero Palante les anima a seguir adelante. Consiguen avanzar, pero la hermana de Turno avisa a su hermano para que vaya a combatir con Palante. Éste acude raudo, y el hijo de Evandro le hace frente, pero vence Turno, dando muerte al príncipe de los arcadios.

Mientras, Eneas gana terreno, matando a todo aquel que se cruza en su camino: Terón, el mayor de los guerreros, a Licas, a Ciseo, Gías, Cidón, Meón, Alcanor, Numitor, Clauso, Haleso, Mesapo... todos ellos se enfrentan al jefe de los teucros y son muertos por su mano.

Entretanto, en el campamento, Ascanio y sus hombres consiguen salir de las murallas para combatir en campo abierto.

Juno, temiendo por la vida de su protegido, suplica a Júpiter que le permita rescatar a Turno, y éste consiente a cambio de que no intervenga en nada más. La diosa crea una sombra de Eneas con la que, incitándole, aleja a Turno del campo de batalla hasta hacerle saltar en un barco; Juno rompe las amarras, y el rútulo se resiste, prefiere la muerte a vivir sin enfrentarse a Eneas, pero la diosa hace oídos sordos y aleja la nave de la costa.

Por su parte, el hijo de Anquises busca también a Turno, y se enfrenta con Mecencio, que había causado un gran número de bajas entre las tropas troyanas, hiriéndole. Mecencio se aleja, pero su hijo Lauso intenta vengarle enfrentándose a Eneas, que le mata. Al contemplar la juventud de Lauso, Eneas se apiada y permite que los latinos retiren el cadáver para que se le pueda dar correcta sepultura. Al contemplar a su hijo muerto, Mecencio monta en su caballo para matar a Eneas. Cuando es alcanzado, sólo le ruega al teucro que cuide de que sea enterrado junto a su hijo, y muere.

Libro XI

Amanece, y después de completar los ritos obligados, Eneas habla con sus hombres, mostrándoles que lo que queda por hacer, muerto Mecencio, es llegar hasta las murallas latinas y vencer a su rey. Ordena que primero se entierre a todos los teucros, a fin de que puedan cruzar el Aqueronte, y que se lleve al rey Evandro el cuerpo de su hijo Palante. Eneas se despide emocionado de Palante, y los troyanos lavan y adecentan el cadáver, acompañándolo de ricas vestiduras y de las armas de sus enemigos. Su transporte será custodiado por mil hombres escogidos.

En esos momentos llegan mensajeros latinos para solicitar a Eneas que se permita a su pueblo enterrar a los muertos. Eneas les recrimina el no haber consentido en una alianza pacífica, pero pactan una tregua de doce días para que ambos bandos puedan honrar a sus muertos.

El cuerpo de Palante llega a la ciudad arcadia, y Evandro queda destrozado, pero promete vivir hasta que Turno muera. Mientras, latinos y troyanos celebran sus ritos funerarios, con sacrificios, piras y oraciones, y una parte de la población latina se une en una idea: que Turno sea el único que luche contra Eneas, impidiendo así que mueran más inocentes de ambos bandos, pero no todo el mundo comparte esa opinión.

Al mismo tiempo, Latino, que esperaba la vuelta de unos legados enviados a Diomedes en busca de ayuda militar, recibe respuesta. Diomedes, que luchó en Troya, se niega a participar en la guerra, recordando los sufrimientos de diez años antes de poder rendir Troya. Siendo así, Latino comunica a la asamblea su intención de dar tierras a los teucros, pero Drances, enemigo de Turno, propone que vuelva al pacto primigenio, es decir, entregar a Lavinia, ya que Turno no tiene derecho a causar tanto sufrimiento al pueblo latino. Mientras se discute qué hacer, los vigías avisan del ataque troyano a la ciudad, y sin perder tiempo, todos corren a sus puestos para defender la ciudad.

Camila le propone a Turno marchar en cabeza con su ejército, pero éste le muestra que será mejor que, mientras él le tiende una emboscada a Eneas, ella haga frente a la caballería teucra. Desde el cielo, Diana, diosa protectora de Camila, observa el combate, y ordena a una de sus ninfas que baje a la tierra, con una flecha de oro, para matar a aquel que hiera a la guerrera y para que si muere, se lleve rápidamente su cadáver al Olimpo.

Camila lucha fieramente, y hace grandes estragos entre las filas de los troyanos, pero Arrunte eleva plegarias a los dioses y consigue herirla de muerte, huyendo después. Pero Opis, siguiendo los mandatos de Diana, persigue a Arrunte hasta darle muerte.

La muerte de la guerrera es el golpe de gracia, los latinos y sus aliados huyen, facilitando así el avance de los teucros.

Se cierran las puertas de las murallas, y muchos de los que pretendían refugiarse en ellas mueren a mano de sus enemigos y ante sus padres, que los contemplan desde lo alto del muro. Las propias madres corren a tomar armas por sí así pudieran vengar la muerte de sus hijos, o al menos no tener que sobrevivirles.

Recibe Turno de boca de Aca, la fiel compañera de Camila, todas las funestas noticias, y enfurecido, sale del bosque, en dirección a la ciudad. También Eneas guía sus pasos hacia allí, para ayudar a sus hombres, y en poco tiempo los dos enemigos se encuentran y se reconocen, pero no luchan inmediatamente porque anochece. Ambos bandos se parapetan en sus posiciones y esperan a que pase la noche.

Libro XII

Turno, ante el decaimiento de los latinos, que le imploran que mantenga sus promesas, se enfurece, y vuelve a ofrecerse para el combate. Propone matar al dardanio, y sólo si no lo consigue, entregar entonces a Lavinia. Latino intenta calmarle, recordándole que si muere abandona sus territorios, que hay otras mujeres con las que casarse, ya que Lavinia había sido prometida a Eneas en un principio. También le plantea como quedará su reinado ante Italia si permite que vaya a la muerte. Las palabras del rey no surten efecto alguno en Turno, que sigue empeñado, incluso hace oídos sordos a las súplicas de Amata, y manda a un mensajero a Eneas para citarlo a una lucha entre los dos, sin intervención de los ejércitos. A continuación, se dirige a su campamento con el propósito de prepararse para la batalla. Al igual que su adversario, Eneas se prepara para el combate, contento de las condiciones propuestas por Turno.

Llega el nuevo día, y los dos ejércitos acuden a ver la lucha, con sus jefes al frente. Se traen al campo de batalla distintas ofrendas de ambos bandos para que los dioses sean favorables, y hasta las madres acuden a ver la lucha. Mientras, Juno, que contempla todo desde el futuro monte Albano, llama a la hermana de Turno, la ninfa Yuturna, para que arranque a su hermano de la muerte. Ésta parte rápidamente.

Llegan por fin Latino con Turno, y Eneas con Ascanio. Eneas estipula solemnemente que si pierde, Julo podrá salir libremente de Ausonia y los enéadas jamás se levantarán en armas contra los latinos, y que si gana, los dos pueblos se aliarán, Eneas aportará los dioses troyanos, Latino conservará el poder militar y religioso, los teucros levantarán una muralla y Lavinia dará nombre a la ciudad. Latino confirma el juramento de Eneas, se realizan los sacrificios pertinentes.

Mientras, los rútulos, al observar la seriedad de Turno, empiezan a temer la derrota, pero Yuturna, tomando la forma de Camertes les recrimina por su poca fe, y les recuerda que si pierden tendrán que someterse al yugo troyano. Esto subleva al ejército de Turno, hasta el punto de que se levantan y deciden romper el pacto entre Eneas y Latino, comenzando a luchar con el ejército troyano. La respuesta de los teucros no se hace esperar, y en poco tiempo ambos se hallan luchando de nuevo.

Eneas, aturdido ante el desarrollo de los acontecimientos, intenta que cese la lucha, pero alguien le dispara una flecha y cae herido. Aprovechando la confusión, Turno se lanza en busca del Teucro para matarle, acabando en su marcha con la vida de muchos troyanos. Eneas es llevado a su tienda para restañar su herida. Yápige, siervo de Apolo y conocedor de las artes de curar, intenta extraer la punta, sin éxito. Venus, al ver sufrir a su hijo, vierte un jugo mágico en las pócimas del anciano, y Eneas se recupera rápidamente. Sale con sus hombres en busca de Turno, lo encuentran y todos se enfrentan. Eneas perdona la vida a aquellos que huyen, en busca de enfrentarse con Turno.

Mientras, Yuturna toma el puesto del auriga de su hermano, y le aleja de Eneas. Al no encontrar a su enemigo, Eneas decide atacar la ciudad. Al verles junto a los muros, la reina se suicida. Turno, que oye los gritos de los latinos, se da cuenta de la artimaña de su hermana, y corre hacia la ciudad para enfrentarse a Eneas. Ambos se encuentran y luchan. Júpiter, harto de la intervención de Juno, manda a dos furias para que hagan desistir a Yuturna y favorezcan a Eneas. También habla con Juno, y la convence de que cese su odio a los troyanos, mostrándole el futuro de Roma, y Juno consiente. Turno se ve vencido e implora piedad a Eneas, que vacila, pero al ver las insignias de Palante en sus hombros recuerda su crueldad y le mata.

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