La democracia exigente; Gianfranco Pasquino

Política italiana. Ética democrática. Desafíos globales. Perfectibilidad de democracias

  • Enviado por: Alfonso Alcolea Martínez
  • Idioma: castellano
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Comentario: “La democracia exigente”

Gianfranco Pasquino

Alfonso Alcolea Martínez

Teoría política - Universidad de Murcia

1. Una propuesta de contextualización.

Gianfranco Pasquino nos propone una interesante reflexión en el seno de una tradición a la que el pensamiento político moderno presta una atención relativamente escasa, como es la cuestión de la autonomía ética de la política y dentro de ella la cuestión de un ética dentro de la democracia. Más allá, llega a sugerir un fin último de la democracia dentro de la más pura tradición aristotélica. Pasquino es un teórico y como tal se encuadra dentro del análisis político de la realidad de su país, Italia, elevando sus consideraciones a una generalización teórica eminentemente normativa.

No es casual que la reflexión teórica de esta autor se remonte directamente a Maquiavelo. De hecho el florentino fue el primer pensador moderno que planteó la autonomía de la ética en la política, así como la diferenciación entre ética privada (entonces era la religiosa) y ética pública, dada por la razón de Estado. Las malas interpretaciones de Maquiavelo le citan como un amoral, cuando en realidad el florentino fue un gran moralista y predicó una vertú cívica que luego recogerían otros autores como el mismo Rousseau. Es significativa la manera en que Pasquino diferencia el maquiavelismo del jesuitismo, que en aras del fin santo sí que justifica cualquier medio, cosa que hace pensar que sin duda el pensamiento político de la Iglesia se adelantó en siglos al pensamiento político secular. Sin extendernos más en esta digresión, Pasquino puede encuadrar perfectamente su tesis, siendo consciente o no, en la tradición llamada republicana del norteamericano J.G.A. Pacock. Este importante autor, en su obra “El momento maquiavélico” (EE.UU. 1975, en trad. francesa P.U.F., 1997) demuestra que hay dos tradiciones que vertebran las concepciones teórico-políticas modernas: Por una parte está la indiscutible tradición política liberal, con exponentes como Locke, caracterizado por el individualismo propietario burgués y la concepción escéptica y crítica del poder político. A ésta Pacock le contrapone una segunda tradición, quizá más desconocida, a la que llama republicana, y cuyo máximo exponente es Maquiavelo. Sus características con: a) Valora la participación política de los individuos, b) Antepone las virtudes cívicas indispensables para el mantenimiento del vínculo social, c) Insiste en que el poder político no puede convertirse en autónomo respecto de su base social so pena de volverse tiranía, d) Es crítica de la modernidad entendida ésta como época de declive de la virtud en beneficio del individualismo y de la penetración corruptora de las referencias mercantiles en el tejido social. Esta teoría nació en Italia, se desarrolló en Inglaterra y penetró las teorías de la independencia norteamericana confiriéndoles un carácter multívoco y genuinamente ambiguo dentro de este eje.

Dentro de esta contextualización, según avancemos en el comentario de este texto veremos que “La democracia exigente” de Pasquino puede ser incluso un referente trascendental, un segundo Príncipe al final del siglo XX, quizá alumbrado en una Italia dominada por los magnates de la industria y de la televisión, fracturada entre el Norte y el Sur y en plena renovación de un sistema de partidos esclerotizado desde la Guerra Fría. Esta Italia precisa de una regeneración ético-política bastante análoga a la de aquella Italia que conociera Maquiavelo, fraccionada entre los Médici, los mercaderes venecianos y genoveses, los españoles, y el Papa. Es más, el autor parece dejar entrever que no hace sino un aggiornamento de Maquiavelo, adaptándolo a la democracia y trasponiendo su método pseudohistórico al método científico de la teoría política normativa.

2. Las oportunidades de la democracia.

En la década de 1990 la democracia, que parece haberse impuesto y haber triunfado como sistema político, es pasto de numerosas críticas por parte de muchos autores, de entre las que destacaríamos por sistemática la de N. Bobbio con su batería de “promesas no cumplidas”. Si hubiera que extraer un factor común de entre estas carencias llegaríamos a la existencia de un déficit democrático general en todas las esferas de la vida pública, no sólo de las instituciones sino también de las organizaciones políticas empezando por partidos y sindicatos. Se impone la necesidad de un proceso de democratización. Cuando sea imposible la igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos para ocupar cargos públicos, debido a que se exija una cualificación especial, ésta se suplirá con una completa batería de frenos, contrapesos y medidas de control.

Hay dos posiciones de partida en este capítulo: una es la igualdad, que hay que señalar que el autor la entiende como igualdad de oportunidades, esto es, igualdad de los ciudadanos en origen, y la otra es la perspectiva pluralista, la concepción de la democracia como pluralismo competitivo. Pasquino es decididamente pluralista y cita aquí a R. DAhl (aunque en un momento aluda a las “elites y contraelites” no deja de serlo), y cree que la democracia sólo funcionará de manera óptima cuando se maximicen las variables de responsabilidad y libre competencia. La colusión y el falseamiento en ambos mecanismos vienen dados por las grandes empresas y por los medios de comunicación, y uno de los síntomas por el que ciudadanos manifiestan su desacuerdo es el desencanto.

3. La ética en la política democrática.

A continuación nos preguntamos si la democracia está o no informada de unas reglas éticas que la trasciendan como mera arquitectura de mecanismos políticos. En este punto hay que remontarse a Ortega y Gasset para encontrar una reflexión similar respecto de la democracia en el pensamiento español. En “La rebelión de las masas”, el profesor de la Complutense nos advierte de la pérdida de perspectiva del hombre de su época que encontraba natural una civilización que “sólo con grandes esfuerzos y cautelas se puede sostener”, cosa que comprende también el sostenimiento de una cierta salud democrática.

El primer paso es argumentar la existencia de una ética en la política, sea o no democrática. Esta fue la tarea de Nicolás Maquiavelo: el florentino argumenta que la política tiene unas pautas de obrar propias, distintas de las de la esfera privada. A este punto de partida se le añaden dos premisas:

  • La política tiene su propia moralidad y sus criterios éticos, que la misma sociedad establece y según los cuales la sociedad mide y juzga el comportamiento de sus políticos.

  • En democracia “ningún actor tiene jamás en sus manos todo el poder por un período de tiempo indefinido ni tiene nunca la oportunidad de ejercerlo sin control ni contrapesos”, se podría llamar premisa pluralista de Pasquino.

  • El autor prosigue su argumentación haciendo referencia a tres extremos que hay que distinguir:

  • Diferencia entre los regímenes políticos democráticos y no democráticos. En los primeros se invoca la autonomía de las reglas de la política para cometer atropellos en nombre de una razón de Estado monopolizada por el detentador del poder. Esta legitimación no es válida pues “nunca se pueden absolver los crímenes de la política”.

  • En los regímenes políticos democráticos, el ámbito de las reglas se puede rebasar en los llamados “estados de excepción”, la defensa de la constitución de Carl Schmitt en teoría constitucional, donde precisamente la existencia de discrecionalidad del gobernante demuestra la existencia de una ética.

  • La capacidad de los políticos de actuar éticamente o no se mide en función de su capacidad de influir o no en la vida de toda la comunidad política. Es en los políticos-estadistas en los que se aprecia con más intensidad su capacidad de actuar conforme a una ética en política.

  • Llegados a este punto, el indicador del comportamiento ético en política viene dado por el mantenimiento del pluralismo: Todo comportamiento tendente a reducir la potencialidad de los demás actores para acceder al gobierno en libre competencia, es decir, a marginar o excluir a los demás actores, es un comportamiento antidemocrático y éticamente censurable.

    Así Pasquino examina el problema de la influencia de la capacidad económica de cada actor en la democracia, centrándose en la cuestión de la financiación de los partidos políticos. El autor llega a la conclusión de que la financiación ilegal de un partido político es mucho peor que la corrupción de un político individual en provecho propio, porque el robo para un partido atenta directamente contra los fundamentos mismos del sistema democrático en cuanto que rompe el principio fundamental de la igualdad de oportunidades y obliga a todos los demás partidos a subirse al carro de la corrupción. Es, por tanto, más perjudicial para el conjunto de la sociedad, aunque no se tienda a ver así. J. Vidal-Beneyto destacaba cómo los aparatos de los partidos llegan incluso a elevar al rango de héroes o mártires sacrificados por la causa a aquellos políticos que pagan con su carrera la responsabilidad de una financiación ilegal. Esta es para Pasquino una mala interpretación de la autonomía de la política.

    Por último Pasquino concluye con la necesidad de una política completamente autónoma e independiente del poder económico, informada en nuestras sociedades de una ética pública que se aplicará tanto a los políticos como a los medios de comunicación.

    4. La ética pública: entre la convicción y la responsabilidad.

    Estamos de acuerdo en que es necesaria una ética pública. Dicho esto, ¿a quién corresponde la tarea de formularla? Pasquino piensa que esta es una biga tirada por dos caballos con idéntica responsabilidad. Uno es la clase política y la elite intelectual, y el otro es el público, los gobernados. Cuando una de estas dos partes se relaja, inevitablemente se da el advenimiento de la corrupción y de la decadencia.

    De esta forma, en la esfera de la elite se debe dar una confrontación constante entre los políticos y los pensadores políticos. Una colusión famosa fue la que denunciara N. Chomsky en “La responsabilidad de los intelectuales”(1967), donde se demostraba cómo los académicos daban soporte teórico a los atropellos que el política exterior cometía el Gobierno de los EE.UU. Pero no es menos cierto que un pueblo formado, participativo, exigente e informado es el mejor contrapeso y la mejor prevención contra un poder corrupto. Pasquino llega a decir que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece” y que “la ética pública refleja frecuentemente la ética (...) privada de los ciudadanos privados”.

    Nos remitimos a la formulación de M. Weber para distinguir la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción como términos a primera vista contrapuestos pero en realidad complementarios y, lo más importante, ambos comprendidos y delimitados por la ética pública. La ética de la responsabilidad implica actuar de forma realista, atendiendo a las exigencias de la situación política, mientras que la ética de la convicción implica actuar de forma lo más acorde posible con la propia ideología. Lo que Pasquino quiere decirnos es que la ética de la responsabilidad, la del político, no implica necesariamente mancharse las manos, acostumbrarse a extraños compañeros de cama o desayunar tragándose un sapo todas las mañanas, y que la ética de la convicción, atribuida al intelectual, tampoco implica llegar a la intransigencia, al dogmatismo ni al sectarismo cerrando los ojos ante la realidad. Antes bien ambos, intelectual y político, deben combinar dosis de ambas atendiendo a las demandas de la ética pública.

    Entramos de lleno en la tarea de los intelectuales, definida por M. Walzer, que están llamados no sólo a vigilar estrechamente la tarea del político sino también a formular construcciones éticas válidas para la política, fijando ellos mismos la agenda de la reflexión. El intelectual está llamado a ser el último referentae de la opinión pública, y de ahí su gran responsabilidad como hemos señalado anteriormente.

    ¿Cuáles son las salidas para el político, para el intelectual y para el ciudadano desengañado por la corrupción de una democracia? Si hay que elegir entre la lealtad a unos principios o la lealtad a un partido político, queda la protesta o la retirada. Pasquino no ve este fenómeno como intrínsecamente negativo, ya que el que se retira no desaparece sino que queda en reserva para poder regresar a la vida pública en el momento en que ésta sea inevitablemente llamada a la regeneración. El político queda en reserve de la République, pocos casos tan claros como el que fue de Konrad Adenauer tras la caida del III Reich, llamado a ocupar la alcaldía de Berlín primero y la Cancillería Federal alemana después. El intelectual volverá a su vida académica, ganando incluso en respeto y reconocimiento por parte de la opinión pública para preparar esta regeneración, y el ciudadano privado que abandona la participación política por desencanto es una persona preparada para apoyar movimientos de reforma y al mismo tiempo para desrrollar la crítica. Se trata de una tesis atrevida a la que cabría objetar si acaso no ha sido este desencanto el que hizo que se tambalearan las democracias europeas de entreguerras, entre las cuales no todas salieron airosas. Es esta y no otra la denuncia de Ortega.

    Pasquino abunda en la idea de la calidad de esa población y esa elite que es crítica con el sistema y que permanece retirada de la participación política de forma más o menos voluntaria. Centrándose en el movimiento político-cultural del azionismo italiano, demuestra que su bagaje se ha revelado de trascendental importancia a partir de la crisis de las instituciones y del sistema de partidos italiano que estalló a principios de los 90. Es necesario, para que una comunidad política pueda afrontar con éxito los desfíos de un cambio, que todo su capital humano permanezca despierto, criticando y proponiendo, aun a costa de que parte de él sufra una travesía del desierto. Llegará el momento en que la república necesite echar mano de este acervo.

    5. La perfectibilidad de las democracias.

    En este último capítulo, Pasquino cierra su argumentación defendiendo la fortaleza del sistema democrático, fundamentada en el hecho clave de la perfectibilidad constante del mismo. La democracia es el sistema político que admite la revisión permanente y la adaptación a todas las circunstancias sin perder su esencia. Como el bambú es elástica, puede doblarse ante grandes vendavales, soportar crisis de gran envergadura, y luego volver a sostenerse enhiesta, frente a otros sistemas más rígidos que no pueden soportar su propia reforma sin quebrarse.

    Claro que toda construcción elástica necesita de tensores que la enerven, y estos son los ciudadanos y grupos políticos lato sensu: es necesario el pluralismo. Es por ello que la democracia es el más exigente de los sistemas, exige la participación constante de acuerdo a los valores que esa sociedad se propone realizar, y exige la discusión constante abierta a todos, de ahí la importancia de los medios de comunicación y la necesidad de que los intelectuales elaboren propuestas constantes, aun cuando estas sean osadas y cuestionen las bases mismas del sistema. Vemos que el autor no se contradice puesto que el comportamiento del gobernante es tanto más ético cuanto mayor es la capacidad de decisión que este tiene, así que las propuestas de los ciudadanos y de los intelectuales no hacen sino ampliar el posible espectro del agere político, esto es, permiten esclarecer más qué es lo bueno para la sociedad. En consecuencia, “las críticas son un homenaje a la democracia”.

    El autor se detiene, pues, a examinar cuáles son las grandes críticas que actualmente se vierten sobre la democracia. Nos detenemos en tres:

  • El pluralismo. En las democracias existe por definición, pero podría ocurrir que éste desapareciese por el advenimiento de un grupo (religioso, económico) que lo falseara o suprimiera. El autor sostiene que la amenaza de Berlusconi y su poder económico-mediático ha sido superada con éxito por la democracia italiana.

  • La dinámica de los gobiernos democráticos. En este aspecto se critica tanto la alternancia, que impide el desarrollo de políticas públicas eficaces y continuadas, y la no alternancia, que da pie al clientelismo y a la corrupción. Además la elite política se centra en sí misma y no da respuestas a las exigencias de los gobernados. No obstante esta es una crítica que se produce dentro de la democracia, de forma que los ciudadanos lo que hacen es exigir mejoras y perfeccionamientos sin salirse del marco básico democrático. La capacidad de la democracia para ttransformarse, exigirse y mejorar es consustancial a ésta. Es lo que llama flexibilidad institucional.

  • La renuncia deliberada de la democracia a desarrollarse en toda su potencialidad. Esta es la crítica más importante y más trascendental. Pasquino afirma que la democracia se considera como el sistema político óptimo para conseguir el desarrollo y la realización más amplia posible de las potencialidades de cada individuo. Esta aseveración (aristotélica) es sorprendente y trascendental, pero no deja de ser cierto que una comunidad alcanza sus cotas humanas más elevadas cuando el sistema político por el que se organiza, incluso por el ambiente que se crea, permite la participación de las personas y de los grupos en libertad y en igualdad. Esta posibilidad de participación acompañada del respeto a los derechos y a las libertades permite no sólo el progreso político sino también el desarrollo de las personas que integran esa comunidad, un desarrollo que trasciende lo meramente político. Incluso parece coincidir con el concepto que da el PNUD sobre desarrollo humano.

  • Así pues, la democracia es un sistema político que va más allá de la mera articulación constitucional de procedimientos de gobierno. Es mucho más que eso, pues conlleva en el comportamiento político una serie de valores que han de ser asumidos por la sociedad. Más aún, la democracia, para mantenerse sana, exige a los ciudadanos y a los gobernantes una aportación activa en forma de participación política. La ética democrática no sólo existe, sino que antes que agotarse en una batería de prohibiciones de comportamientos antidemocráticos va mucho más allá y marca unas exigencias de comportamientos positivos por parte de todos y cada uno de los ciudadanos, gobernantes y gobernados. Las normas democráticas no son límites, sino indicadores de camino. Estas exigencias positivas hacen que el mantenimiento de la democracia sea como una bicicleta, en la que si se deja de pedalear inevitablemente se acaba cayendo al suelo.

    Más lejos aún: la ultimidad de la democracia es cristalización de la naturaleza social de la persona y proyección colectiva de la eticidad humana. La democracia es cultura, identidad y ethos.

    6. La democracia en la posmodernidad.

    Enunciada la tesis de la democracia exigente, el autor plantea su validez en la situación política actual. La democracia es una construcción del Occidente moderno, que ha ido desarrollando el Estado nacional en los últimos quinientos años y lo ha venido dotando de unas reglas de funcionamiento racionales y pretendidamente perfectas. Una vez que han desaparecido intentos alternativos -totalitarios- de construcción del Estado y la democracia se alza como sistema político universal, lo que entra en crisis es el Estado nacional en sí. A. Touraine (“Crítica de la modernidad”, 1993), como U. Beck (“¿Qué es la globalización?”, 1997) y otros han descrito la posmodernidad, y todos sin excepción se plantean cuál será el sino de la democracia en lo que ya es incluso un cambio de civilización. J. Vidal-Beneyto dijo en Murcia (noviembre de 1999) que “cuando aún no se ha acabado de implantar la democracia, ya hay que hablar de la post-democracia”. Es la época de conseptos nuevos: inmediatez y desintermediación, pretendido fin de las ideologías, post-materialismo, choque de civilizaciones, fin de la historia, redes, transnacionalismo, globalización, mundialización.

    En suma, crisis. Incluso crisis permanente. ¿Qué cabe esperar de la democracia en este contexto? El profesor Pasquino parece tener pocas dudas y aboga por la misma exigencia, si cabe más aún. En realidad los ciudadanos ya tejen redes de alcance global y buscan constantemente nuevas fórmulas de participación polítca para hacer frente a problemas globales que sólo podrán afrontarse con la aportación de todos. “Extender la calidad”, dice Pasquino, parece ser que en la posmodernidad la democracia no nos deja otra salida. No podemos retirarnos de los desafíos globales.