La antigualla de Sevilla; Duque de Rivas

Literatura española del Romanticismo. Siglo XIX. Ángel Saavedra. Romance primero: el candil. Romance segundo: el juez. Romance tercero: la cabeza. Biografía

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DUQUE DE RIVAS
(1791 - 1865)

El Duque de Rivas ¡Ángel Saavedra! Nació en Córdoba. Perteneció al partido liberal, lo que lo coloca en oposición a Fernando VII. Por esto, tiene que irse al exilio, como otros de su época. Recorrió Malta, Francia, Inglaterra e Italia. En todos estos lugares se puso en contacto con escritores que cultivaron el romanticismo.

Al regresar a España tras la amnistía a los exiliados, en Madrid Don Álvaro o la fuerza del sino. El éxito fue rotundo. Además de sus obras dramáticas, el Duque de Rivas escribe poesía. Sobresale por sus Romances históricos, destacando entre ellos Un castellano leal y La antigualla de Sevilla. También escribe Leyendas, como hacen y harán sus coetáneos románticos, entre ellos Zorrilla. Muere en Madrid, siendo Director de la Real Academia de la Lengua.

En cuanto a las cualidades de su poesía, sin tocar las de dramaturgo, podrían resumirse diciendo que, aunque sus romances no gozan de la sobriedad encantadora de los romances llamados viejos, gozan de una brillantez descriptiva y plástica incalculable. Tanto los Romances como las Leyendas, un tanto fantásticas, tienen una fuerza, intriga y exotismo que absorben la atención del lector. El colorido local del medioevo y los valores caballerescos, unidos a una versificación e imaginería geniales, hacen del Duque de Rivas uno de los más gloriosos e influyentes autores del Romanticismo español.


UNA ANTIGUALLA DE SEVILLA

Romance I

- El candil

Más ha de quinientos años,
en una torcida calle,
que de Sevilla, en el centro,
da paso a otras principales;

Cerca de la media noche,
cuando la ciudad más grande
es de un grande cementerio
en silencio y paz imagen;

De dos desnudas espadas
que trababan un combate,
turbó el repentino encuentro
las tinieblas impalpables.

El crujir de los aceros
sonó por breves instantes,
lanzando azules centellas,
meteoro de desastres.

Y al gemido, ¡Dios me valga!
¡Muerto soy! Y al golpe grave
de un cuerpo que a tierra vino,
el silencio y paz renacen.

Al punto una ventanilla
de un pobre casuco abren;
y, de tendones y, huesos,
sin jugo, como sin carne,

Una mano y brazo asoman,
que sostienen por el aire
un candil, cuyos destellos
dan luz súbita a la calle.

En pos un rostro aparece
de gomia o bruja espantable
a que otra marchita mano
o cubre o da sombra en parte.

Ser dijérase la muerte
que salía a apoderarse
de aquella víctima humana
que acababan de inmolarle;

O de la eterna justicia,
de cuyas miradas nadie
consigue ocultar un crimen,
el testigo formidable.

Pues a la llama mezquina,
con el ambiente ondeante,
que dando luz roja al muro
dibujaba desiguales.

Los tejados y azoteas
sobre el oscuro celaje,
dando fantásticas formas
a esquinas y bocacalles.

Se vio en medio del arroyo,
cubierto de lodo y sangre,
el negro bulto tendido
de un traspasado cadáver.

Y de pie a su frente un hombre,
vestido negro ropaje,
con una espada en la mano,
roja hasta los gavilanes.

El cual, en el mismo punto,
sorprendido de encontrarse
bañado de luz, esconde
la faz en su embozo, y parte.

Aunque no como el culpado
que se fuga por salvarse,
sino como el que inocente,
mueve tranquilo el pie y grave.

Al andar, sus choquezuelas
formaban ruido notable,
como el que forman los dados
al confundirse y mezclarse.

Rumor de poca importancia
en la escena lamentable,
mas de tan mágico efecto,
y de un influjo tan grande.

En la vieja, que asomaba
el rostro y luz a la calle,
que, cual si oyera el silbido
de venenosa ceraste,

O crujir las negras alas
del precipitado Arcángel,
grita en espantoso aullido,
¡Virgen de los Reyes, valme!

Suelta el candil, que en las piedras
se apaga y aceite esparce,
y cerrando la ventana
de un golpe, que la deshace,

Bajo su mísero lecho
corre a tientas a ocultarse,
tan acongojada y yerta,
que apenas sus pulsos laten.

Por sorda y ciega haber sido
aquellos breves instantes,
la mitad diera gustosa
de sus días miserables:

Y hubiera dado los días
de amor y dulces afanes
de su juventud, y dado
las caricias de sus padres,

Los encantos de la cuna,
y... en fin, hasta lo que nadie
enajena, la esperanza,
bien solo de los mortales:

Pues lo que ha visto la abruma,
y la aterra lo que sabe,
que hay vistas, que son peligros,
y aciertos que muerte valen.


Romance II

- El juez

¡Las cuatro esferas doradas,
que ensartadas en un perno,
obra colosal de moros
con resaltos y letreros.

De la torre de Sevilla
eran remate soberbio,
do el gallardo Giraldillo
hoy marca el mudable viento,

¡Esferas, que pocos años
después derrumbó en el suelo
un terremoto¿ brillaban
del sol matutino al fuego:

Cuando en una sala estrecha
del antiguo alcázar regio,
que entonces reedificaban
tal cual hoy mismo le vemos.

En un sillón de respaldo
sentado está el rey don Pedro,
joven de gallardo talle,
mas de semblante severo.

A reverente distancia,
una rodilla en el suelo,
vestido de negra toga,
blanca barba, albo cabello,

Y con la vara de alcalde
rendida al poder supremo,
Martín Fernández Cerón
era emblema del respeto.

Y estas palabras de entrambos
recogió el dorado techo,
y la tradición guardólas
para que hoy suenen de nuevo.

R.- ¿Conque en medio de Sevilla
amaneció un hombre muerto,
y no venís a decirme
que está ya el matador preso?

A.- Señor, desde antes del alba,
en que el cadáver sangriento
recogí, varias pesquisas
inútilmente se han hecho.

R.- Más pronta justicia, alcalde,
ha de haber donde yo reino,
y a sus vigilantes ojos
nada ha de estar encubierto.

A.- Tal vez, señor, los judíos,
tal vez los moros sospecho...
R.- ¿Y os vais tras de las sospechas
cuando hay un testigo, y bueno?

¿No me habéis, alcalde, dicho,
que un candil se halló en el suelo
cerca del cadáver?... Basta
que el candil os diga el reo.

A.- Un candil no tiene lengua.
R.- Pero tiénela su dueño,
y a moverla se le obliga
con las cuerdas del tormento.

Y ¡vive Dios! que esta noche
ha de estar en aquel puesto,
o vuestra cabeza, alcalde
o la cabeza del reo.

El rey, temblando de ira,
del sillón se alzó de presto,
y el juez alzóse de tierra
temblando también de miedo.

Y haciendo una reverencia,
y otra después, y otra luego,
salióse a ahorcar a Sevilla
para salvarse, resuelto.

Síguele el rey con los ojos,
que estuvieran en su puesto
de un basilisco en la frente,
según eran de siniestros,

Y de satánica risa
dando la expresión al gesto,
salió detrás del alcalde
a pasos largos y lentos.

Por el corredor estuvo
en las alcándaras viendo
azores y jerifaltes,
y dándoles agua y cebo.

Y con uno sobre el puño
salió a dirigir él mesmo
las obras de aquel palacio
en que muestra gran empeño.

Y vio poner las portadas
de cincelados maderos,
y él mismo dictó las letras
que aun hoy notamos en ellos.

Después habló largo rato,
a solas y con secreto,
a un su privado, Juan Diente,
diestrísimo ballestero.

Señalándole un retrato,
busto de piedra mal hecho,
que con corta semejanza
labró un peregrino griego.

Fue a Triana, vio las naves
y marítimos aprestos;
de Santa Ana entró en la iglesia
y oró brevísimo tiempo.

Comió en la torre del Oro,
a las tablas jugó luego
con Martín Gil de Alburquerque;
a caballo dio un paseo:

Y cuando el sol descendía,
dejando esmaltado el cielo
de rosa, morado y oro,
con nubes de grana y fuego,

Tornó al alcázar, vistióse
sayo pardo, manto negro,
tomó un birrete sin plumas
y un estoque de Toledo,

Y bajando a los jardines
por un postigo secreto,
do Juan Diente le esperaba
entre murtas encubierto,

Salió solo, y esto dijo
con recato al ballestero:
"Antes de la media noche
todo esté cual dicho tengo."

Cerró el postigo por fuera,
y en el laberinto ciego
de las calles de Sevilla
desapareció entre el pueblo.



Romance III

- La cabeza

Al tiempo que en el ocaso
su eterna llama sepulta
el sol, y tierras y cielos
con negras sombras se enlutan.

De la cárcel de Sevilla,
en una bóveda oscura,
que una lámpara de cobre
más bien asombra que alumbra,

Pasaba una extraña escena,
de aquellas que nos angustian,
si en horrenda pesadilla
el sueño nos las dibuja.

Pues no semejaba cosa
de este mundo, aunque se usan
en él cosas harto horrendas,
de que he presenciado muchas;

Sino cosa del infierno,
funesta y maligna junta
de espectros y de vampiros,
festín horrible de furias.

En un sillón, sobre gradas,
se ve en negras vestiduras
al buen alcalde Cerón,
ceño grave, faz adusta.

A su lado en un bufete,
que más parece una tumba,
prepara un viejo notario
sus pergaminos y plumas.

Y de aquella estancia en medio,
de tablas con sangre sucias
se ve un lecho, y sus cortinas
son cuerdas, garfios, garruchas.

En torno de él dos verdugos
de imbécil facha y robusta,
de un saco de cuero aprestan
hierros de infaustas figuras.

Sepulcral silencio reina,
pues solamente se escucha
el chispeo de la llama
en la lámpara que ahúma

La bóveda, y de los hierros
que los verdugos rebuscan,
el metálico sonido
con que se apartan y juntan.

Pronto del severo alcalde
la voz sepulcral retumba
diciendo: "Venga el testigo
que ha de sufrir la tortura."

Se abrió al instante una puerta
por la que sale confusa
algazara, ayes profundos
y gemidos que espeluznan.

Y luego entre los sayones,
esbirros y vil gentuza,
de ademanes descompuestos
y de feroz catadura.

Una vieja miserable,
de ropa y carne desnuda,
como un cuerpo que las hienas
sacan de la sepultura;

Pues, sólo se ve que vive
porque flacamente lucha
con desmayados esfuerzos,
porque gime y porque suda.

Arrástranla los sayones;
la confortan y la ayudan
dos religiosos franciscos
caladas sendas capuchas;

Y la algazara y estruendo,
con que satánica turba,
lleva un precito a las llamas
por la bóveda retumba.

Un negro bulto en silencio
también entra en la confusa
escena, y sin ser notado
tras de un pilarón se oculta.

"Ven ¡grita un tosco verdugo
con una risada aguda¿
ven a casarte conmigo;
hecha está la cama, bruja."

Otro, asiéndolo los brazos
con una mano más dura
que unas tenazas, le dice.
"No volarás hoy a oscuras."

Y otro, atándola las piernas:
"¿Y el bote con que te untas?
Sobre la escoba a caballo
no has de hacer más de las tuyas."

Estos chistes semejaban
los aullidos con que aguzan
la hambre los lobos, al grito
de los cuervos que barruntan;

Los ya corrompidos restos
de una víctima insepulta,
la mofa con que los cafres
a su prisionero insultan.

Tienden en el triste lecho,
ya casi casi difunta
a la infelice, la enlazan
con ásperas ligaduras,

Y de hierro un aparato
a su diestra mano ajustan,
que al impulso más pequeño
martirio espantoso anuncia,

Dice un sayón al alcalde.
"Ya está en jaula la lechuza,
y si aun a cantar se niega,
yo haré que cante o que cruja."

Silencio el alcalde impone,
quédase todo en profunda
quietud, y sólo gemidos
casi apagados se escuchan.

"Mujer, prorrumpe Cerón,
mujer, si vivir procuras,
declárame cuanto viste
y te dará Dios ayuda."

- "Nada vi, nada -responde
la infeliz-, por Santa Justa
juro que estaba durmiendo;
ni vi, ni oí cosa alguna."

- Replicó el juez: "Desdichada,
piensa, piensa lo que juras."
Y tomando de las manos
del notario que le ayuda,

Un candil: "Mira -prosigue-
esta prenda que te acusa.
Di quién la tiró a la calle
pues confesaste ser tuya."

La mísera se estremece
trémula toda y convulsa,
y respondió desmayada:
"El demonio fue sin duda."

Y tras de una breve pausa:
"Soy ciega, soy sorda y muda.
Matadme, pues, lo repito:
ni vi, ni oí cosa alguna."

El juez entonces, de mármol,
con la vara al techo apunta,
ase una cuerda un verdugo,
rechina allá una garrucha,

La mano de la infelice
se disloca y descoyunta,
y al chasquido de los huesos
un alarido se junta.

- "Piedad, que voy a decirlo",
grita con voz moribunda
la víctima, y al momento
suspéndese la tortura.

- "Declara", el juez dice, y ella
cobrando un vigor que asusta,
prorrumpe... "El rey fue..." y su lengua
en la garganta se anuda.

Juez, escribano, verdugos,
todos con la faz difunta
oyen tal nombre, temblando,
y queda la estancia muda.

En esto el desconocido,
que tras del pilar se oculta,
hacia el potro del tormento
el firme paso apresura;

Haciendo sus choquezuelas,
canillas y coyunturas,
el ruido que los dados
cuando se chocan y juntan.

Rumor que al punto conoce
la infeliz, y se espeluza,
y repite: "El rey, sus huesos
así sonaron, no hay duda."

Al punto se desemboza
y la faz descubre adusta,
y los ojos como brasas
aquel personaje, a cuya

Presencia hincan la rodilla
cuantos la bóveda ocupan,
pues al rey don Pedro todos
conocen y se atribulan.

Éste saca de su seno
una bolsa do relumbran
cien monedas de oro y dice:
"Toma y socórrete, bruja.

Has dicho verdad, y sabe
que el que a la justicia oculta
la verdad, es reo de muerte,
y cómplice de la culpa.

Pero pues tú la dijiste,
ve en paz, el cielo te escuda.
Yo soy, sí, quien mató al hombre,
mas Dios sólo a mí me juzga.

Pero porque satisfecha
quede la justicia augusta,
ya la cabeza del reo
allí escarmientos pronuncia."

Y era así; ya colocada
estaba la imagen suya
en la esquina do la muerte
dio a un hombre su espada aguda.

Del Candilejo la calle
desde entonces se intitula,
y el busto del rey Don Pedro
aún allí está y nos asusta.