Karl Marx

Economista y filósofo alemán. Filosofía moderna. Marxismo. Materialismo dialéctico e histórico. Teoría económica. Socialismo científico. Obras

  • Enviado por: Atenea^
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 32 páginas
publicidad
cursos destacados
Cómo montar un Ordenador
Cómo montar un Ordenador
En este curso te guiamos de una forma muy práctica y gráfica, para que puedas realizar el montaje de tu...
Ver más información

Curso completo de piano - Nivel básico
Curso completo de piano - Nivel básico
Este curso de piano está pensado para todos aquellos principiantes que deseen comenzar a tocar el piano o el...
Ver más información

publicidad

BIOGRAFIA

movimientos obreros y revolucionarios anteriores a la Primera Guerra Mundial. En 1917 su adaptación leninista se impuso en la Revolución rusa y llevaría a la constitución de la Unión Soviética. La doctrina marxista se integra en tres concepciones fundamentales: el materialismo dialéctico e histórico, la teoría económica y la elaboración del socialismo científico.

El paulatino y ya casi evidente fracaso de supuestas aplicaciones prácticas de sus ideas políticas y económicas, no debe ensombrecer la talla de Karl Marx como pensador revolucionario, cuya obra significó en las ciencias socioeconómicas un vuelco similar al producido por Freud en la psicología o Einstein en la física. La cristalización y dogmatización de su brillante propuesta intelectual ha tenido un precio que la historia juzgará y él no hubiera alabado. Con Marx, la ética política deja de ser una ciencia infusa y la doctrina económica una velada defensa de intereses particulares. Después de él, la comunidad internacional ya no tiene excusas racionales para no avanzar hacia la justicia y la igualdad desde el análisis científico de los hechos, sus relaciones, causas y consecuencias.

Karl Marx nación en la Renania prusiana, actual Alemania Federal, en la ciudad de Trier (antes Trèves, en español Tréveris), el 5 de mayo de 1818. Fue uno de los siete hijos del abogado judío Heinrich Marx y de su esposa holandesa Henrietta Pressburg. El padre era un hombre inclinado a la Ilustración y las ideas modernamente liberales, devoto de Kant y de Voltaire. Por tanto, Karl tuvo una infancia habitual en la burguesía culta de su tiempo, y asistió a la escuela y cursó el bachillerato en su ciudad natal. En octubre de 1835, con diecisiete años, se inscribe en los cursos de humanidades de la Universidad de Bonn. Pasó allí sólo un año, en el que estudió griego e historia y llevó una agitada vida estudiantil, incluyendo un duelo y un día de calabozo por alcoholismo y desórdenes (fue la única vez que el fundador del comunismo científico estuvo en prisión). El ambiente universitario de Bonn era rebelde y politizado, por lo que Karl se hizo miembro de un círculo en el que se discutía de política y poesía, y llegó a presidir el Club de las Tabernas, que tenía otros fines. Pese a tantas actividades, de pronto resuelve pasarse a la Universidad de Berlín, en la que ingresa al año siguiente, también en el mes de octubre.

En Berlín se apunta para estudiar leyes y filosofía, sin abandonar su inclinación por la historia. Encuentra muchos amigos y una novia, Jenny von Westhalen, joven inteligente y atractiva de veintidós años (cuatro más que Karl Marx), perteneciente a una familia de funcionarios de reciente nobleza, que jamás tragarán al “noviecito” judío e intelectual de Jenny.

Georg W.F.Hegel acaba de morir y el ambiente universitario berlinés era fervorosamente hegeliano, aunque cada grupo o cenáculo estudiantil interpretaba las ideas del creador de la dialéctica a su manera. El joven Marx se ve inmerso en esas discusiones, que lo llevaron a una profunda depresión y al primer descalabro de su frágil salud. En prenda a su rigor intelectual, acepta incorporarse a “una concepción que odiaba” (según cara a su padre de noviembre de 1837) y se une al grupo de seguidores del joven profesor Bruno Bauer, que sostenía las ideas más progresistas y democráticas de la obra de Hegel y el cuestionamiento del pensamiento matemático y formal. Bauer es expulsado de la universidad por “radical” en 1839, pero los jóvenes hegelianos ya son republicanos de izquierdas que utilizan la filosofía y la dialéctica como instrumento crítico de la rígida sociedad prusiana en la que viven. No obstante, Marx y sus compañeros eran todavía idealistas y bastante románticos, al confiar en que la sociedad cambiaría gracias al desarrollo de la cultura y la educación. Esta posición no era compartida por el periodista Adolph Rutemberg, el más íntimo amigo de Karl en esa época, que lo impulsaba a conocer la lóbrega realidad de los obreros y los menesterosos.

A instancias de sus amigos y de Jenny, en abril de 1841 presenta una brillante tesis doctoral que contrasta la filosofía de Demócrito y la de Epicuro, incluyendo la después famosa frase: “La crítica es también teoría”, con lo que se doctora en filosofía cuando aún no ha cumplido veintitrés años. No irían mucho más allá sus logros académicos. A principios del año siguiente se incorpora a una publicación fundada por las fuerzas más progresistas de Colonia, entonces capital industrial de Prusia. Como redactor de la Rheinische Zeitung (Gaceta de Renania), Marx toma contacto con las realidades sociales y la naturaleza crudamente clasista de la legislación prusiana. Nombrado otra vez director de la revista en octubre de 1842, sus crónicas parlamentarias desde la Dieta renana denuncian al Estado como guardián y valedor de los intereses de los empresarios y expresan su interpretación radical del pensamiento hegeliano, en tanto que el Estado no cumple su función esencial como realización ética de la especificidad humana.

Su labor como periodista político lo lleva a tomar conocimiento de los movimientos obreros en Francia e Inglaterra, especialmente por las crónicas de Heine desde París y Lyon, y de las ideas de socialismo utópico mantenidas por Fourier, Owen, Saint-Simon y Weitlig. Desde hace un tiempo está fuertemente influido por el pensamiento de Ludwig von Feuerbach, discípulo de Hegel que elaboró lo que suele resumirse como un “humanismo ateo”. Marx comienza a intentar casar ese materialismo con la dialéctica hegeliana, sin llegar a plantearse todavía nada que pueda llamarse lucha de clases. Justifica en sus artículos las reivindicaciones proletarias europeas como rebelión de “la clase que hasta ahora no ha poseído nada”, un fenómeno natural y circunstancial motivado por la insensibilidad del estamento dominante, que no cumple adecuadamente su papel rector. Incluso crítica abiertamente las ideas del comunismo utópico por su parcialidad clasista, que deja de lado las “comprensiones objetivas” de la realidad. En última instancia sigue defendiendo el estado integral humanista de Hegel, frente al “estado de artesanos” que, en su opinión, propician los protocomunistas.

La censura prusiana presiona seriamente contra los editores de la Rheinische Zeitung y Marx se ve obligado a dimitir. No desea regresar a la carrera académica a causa del rígido control ideológico implantado por el gobierno en la universidad. Tras siete años de noviazgo, se casa con Jenny en junio de 1843 y ambos se suman a la emigración política alemana que se dirige a París. Allí conocerá a la crema de la juventud revolucionaria europea, como Heine, Borne, Proudhon y, sobre todo. Friedrich Engels.

Marx sigue trabajando sobre la base del humanismo abstracto de Feuerbach, que critica a la religión y a la filosofía especulativa. Por su parte, Engels lo convence de la importancia de profundizar los estudios económicos. Junto al hegeliano Arnold Ruge editan en 1844 el Deutsch-Franzosische Jahrbucher (Anuario Alemán-Francés), que incluye dos extensos artículos de Marx: “La cuestión judía” y “La filosofía hegeliana del derecho”, en el que escribe el célebre aserto: “La religión es el opio de los pueblos” (metáfora de gran actualidad, pues Inglaterra acababa de invadir China en la llamada “guerra del opio”). También trabaja en esa época en unos Manuscritos económicos - filosóficos, que dejó en borrador y no publicó durante su vida. En ellos se refleja especialmente el momento de transición que atraviesa su pensamiento, y el proceso de elaboración de lo que él mimo llamaría la “mezcla” entre el análisis crítico de las ideas y el estudio e interpretación de los datos reales.

La presión de Prusia sobre el gobierno de Guizot hace que Karl Marx deba abandonar París. El 5 de febrero de 1845 se instala en Bruselas, donde transcurrirían dos años de fecundo trabajo en colaboración con Engels. Es en este período cuando efectúan la primera formulación del materialismo dialéctico y escriben La sagrada familia, La ideología alemana y Miseria de la filosofía, este último cuestionando el libro de Proudhon Filosofía de la miseria. En 1847 Marx llega a Londres y toma contacto con una sociedad secreta en formación, la Liga de los Justos, integrada principalmente por artesanos alemanes emigrados, que le piden que escriba sus estatutos. Engels los relaciona con los obreros izquierdistas ingleses, y ambos trabajan desde diciembre hasta enero de 1848 en la carta fundacional de la Liga, que se publica como manifiesto del Partido Comunista. La declaración comienza con una frase que se hará famosa: “La historia de toda sociedad que haya existido hasta hoy, es la historia de una lucha de clases”. Y entre sus consideraciones afirma que las fuerzas productivas están en tensión constante con “las relaciones de producción, con las relaciones de propiedad, que son las condiciones de vida de la burguesía y de su dominio”.

Según escribiría más tarde Engels, es en este período cuando se produce el punto de inflexión conceptual que rebasa a Feuerbach, pasando “del culto del hombre abstracto a la ciencia del hombre real y su evolución histórica”. Aparece entonces también la idea de la “sobreestructura” compuesta por las instituciones y formaciones ideológicas, frente a la Verhaltnisse (palabra alemana que significa tanto “condiciones” como “relaciones”) de producción y apropiación del producto social.

En ese momento estallan en Europa una serie de revoluciones populares en cadena que afectan a Francia, Italia y Austria, con repercusiones sociales en Alemania e Inglaterra. Marx es invitado a París por el gobierno provisional y se opone con vehemencia a la expedición “liberadora” sobre Alemania que propone el poeta Georg Herwegh. Esto le granjea una gran impopularidad entre los revolucionarios, pese a que él y Engels pasan en abril de 1848 a Alemania para colaborar con las fuerzas democráticas. La propuesta de Marx es una alianza de los trabajadores con la burguesía progresista, que lo lleva a enfrentamientos frontales con los líderes obreros. Marx resucita en Colonia la Neue Rheinische Zeitung, que tendrá corta vida debido al contraataque represivo del gobierno prusiano. En su último número, espectacularmente impreso en tinta roja, la revista convoca tardíamente a la resistencia armada. En 1849, ante el fracaso de la revolución, Marx vuelve a París, de donde es nuevamente expulsado. Pasa a Londres, ciudad en la que vivirá el resto de sus días. El desencanto circunstancial respecto al activismo político y su rechazo al radicalismo utópico de algunos compañeros, lo lleva a disolver en 1850 la Liga de los Comunistas.

La primera época en Londres es bastante dura para Karl Marx, sumido en la pobreza, aquejado por su mala salud y acechado por los acreedores. La familia sobrevive seis lagos años en dos míseros cuartos del Soho, gracias a las ayudas que envía Engels desde la factoría de su padre en Manchester, donde trabaja como contable. También colaboran a su sustento Wilhelm Wolff, amigo de Karl, y esporádicos envíos de los parientes de Jenny. Dos de los cuatro niños de los Marx mueren en esos años de privaciones y sufrimientos. A fines de 1851 el New York Tribune lo designa corresponsal, lo que alivia en parte su situación económica y mucho su dignidad. En esa etapa de su labor intelectual comienza a preparar datos y materiales para el primer volumen de El Capital (Das Kapital). Trabajos como la Contribución a la crítica de la economía política, Teorías sobre la plusvalía o un nuevo Esbozo para una crítica de la economía política suelen ser considerados como escritos preparatorios de su monumental obra teórica. Mientras tanto, no deja de mantener nuevos enfrentamientos con los que llama “aventureros” y “alquimistas” de la revolución.

No obstante, cuando en 1864 se funda en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores (conocida popularmente como la Internacional), sus dirigentes llaman a Karl Marx a participar y colaborar en la redacción de sus primeros documentos. Si Marx es considerado el creador del comunismo moderno, y la Internacional su primera formación concreta para los trabajadores de todo el mundo, lo cierto es que aquél no fue fundador ni líder de ésta, sino sólo el guía intelectual de un sector de la misma. Como miembro del consejo general, trabaja activamente en la redacción de la memoria inicial y los estatutos de la asociación, al tiempo que completa la elaboración del primer volumen de El capital, que se edita en Londres en 1867. Será el único volumen publicado en vida de su autor (los volúmenes II y III los dará a conocer Engels, respectivamente, en 1885 y 1894), y el conjunto de esta obra tendrá una influencia decisiva a lo largo del siguiente siglo. Sólo bastante más tarde se comenzará a dar importancia al estudio y conocimiento de los trabajos anteriores y juveniles de Karl Marx. El núcleo ideológico de El capital parte de la negación de la especulación filosófica como fundamento de la acción política revolucionaria, que debe basarse en el conocimiento positivo de la realidad histórica social y económica. En este último aspecto, introduce el concepto de la “plusvalía” como valor del trabajo humano del que se apropia el dueño de los medios de producción.

La Internacional ha nacido en un momento propicio, como propuesta de unión y organización concreta del movimiento obrero, en tanto expresión de la clase trabajadora más allá de las fronteras nacionales. En 1869 alcanza la cifra de 800.000 asociados, con un consejo general integrado por representantes de las “secciones” de los distintos países. En 1870 Engels consigue trasladarse a Londres. Curiosamente, son los italianos quienes le piden que se incorpore al consejo como delegado de su sección. La entrada de su estrecho colaborador alivia a Marx de la intensa tarea como “cerebro” de la asociación y le permite dedicar más tiempo a sus estudios en el Museo Británico y a sus escritos teóricos.

Pese a ser quien era, Karl Marx no era un nombre muy conocido en el resto de Europa: en parte porque escribía en alemán (pero sus obras no se publicaban todavía en Alemania) y en parte porque sus elaboraciones conceptuales y su estilo no estaban precisamente al alcance de las masas. Será el levantamiento popular de París en 1871, conocido como la Comuna, el que adoptará El capital como fundamento teórico, se proclamará la primera experiencia histórica de “dictadura del proletariado” y difundirá el nombre de Karl Marx por todo el mundo. La mayor parte de los revolucionarios y líderes obreros adoptan sus ideas (aunque no todos las beban en su fuente original) y se inicia la veneración de su persona y su obra como quintaesencia del pensamiento revolucionario.

Mientras tanto, el Marx de carne y hueso está enredado en una furiosa disputa de facciones en el seno del consejo general de la Internacional. Su adversario es Mijaíl Bakunin, y el tema de enfrentamiento es el camino a seguir en la lucha revolucionaria. El líder anarquista ruso, que había levantado la Comuna de Lyon en 1870, propiciaba la destrucción de los estados nacionales y disentía del papel que otorgaba su rival al partido y a los obreros industriales como vanguardia revolucionaria. El enfrentamiento se alimentaba también de las fuertes y tozudas individualidades de ambos adversarios y de su inocultable encono personal. Marx, que no estaba libre de prejuicios, llegó a afirmar: “No me fío de los rusos”. Hay quien, no sin ironía, vio en esa frase una cierta intuición profética. En el congreso celebrado en 1872 en La Haya, los partidarios de Marx consiguen la expulsión de Bakunin y sus seguidores de la Asociación Internacional de Trabajadores. En el mismo encuentro, Engels anuncia que la sede del consejo se trasladará a Londres a Nueva York, noticia que es recibida con justificada preocupación por los asistentes. En efecto, la que pasará a la historia como la I Internacional languidecerá en su sede americana hasta desaparecer. Luego vendrán la II, III y IV Internacional, de diverso signo ideológico y sin vinculación con la persona de Marx. Éste decide retirarse del activismo político en 1873, para dedicarse al estudio y el trabajo teórico.

Varios autores consideran que la capacidad intelectual de Karl Marx se debilitó notablemente en la última década de su vida. Lo cierto es que era un hombre enfermo, casi sexagenario y profundamente desengañado por la incomprensión o la trivialización de su pensamiento por muchos de los que deberían desarrrollarlo y llevarlo a la práctica. En sus obras de madurez recupera buena parte del estilo y la terminología del lenguaje filosófico de Hegel, según el propio Marx, por “coqueteo intelectual” con la obra de su antiguo maestro y como respuesta a la “vulgarización” que mostraba la cultura de izquierdas desde hacía varios años. Por otra parte, busca también expresar su reconocimiento al fundador de la dialéctica, pese a no haber compartido sus “mixtificaciones idealistas”.

Pese a ese semirretiro y a la declinación de sus energías creativas, Marx recibe en esta etapa final visitas y correspondencia de líderes obreros y políticos. Nunca descuidó y siempre mantuvo un magnetismo personal sobre los círculos revolucionarios - incluso los que no compartían sus puntos de vista -, que no podían sustraerse a lo que Engels denomina su “peculiar influencia”. Hacia 1877, con la salud muy quebrantada, se refugia definitivamente en la vida hogareña. Y es precisamente en el círculo familiar donde se producirán dos desgracias consecutivas que probablemente precipitaron su muerte. El 2 de diciembre de 1881 fallece su esposa, y apenas un año después, el 11 de enero de 1883, su hija mayor, Jenny Longuet. Solo, abatido, con la mente debilitada y los pulmones seriamente afectados, Karl Marx muere o se deja morir el 14 de marzo de 1883. Su tumba en un cementerio londinense es hasta hoy meta de peregrinación de marxistas y no marxistas que veneran la importancia de su obra y la profunda apertura intelectual de su pensamiento.

Entrevista con Carlos Marx,

cabeza de la Internacional

Por R. Landor

Londres, 3 de julio.- Me encargaron averiguar algo acerca de la Internacional Association, y he tratado de hacerlo. La empresa resulta particularmente difícil en este momento. Indiscutiblemente, Londres es el cuartel general de la asociación, pero los ingleses están asustados, y en todas partes huelen algo internacional, igual como el Rey Jaime creía sentir por doquier olor a pólvora después del famoso complot. Como era de suponerse, la conciencia de la Sociedad se ha incrementado a causa de las suspicacias del público, y si es que los que la dirigen tienen algún secreto que guardar bien un secreto.

He visitado a dos de sus más importantes miembros, he hablado con uno de ellos libremente, y aquí les doy a ustedes lo esencial de mi conversación. He corroborado que es una sociedad de auténticos trabajadores, pero que estos trabajadores están dirigidos por teóricos sociales y políticos de otra clase.

Uno de los hombres que entrevisté, miembro prominente del consejo, estaba sentado en su banca de trabajo durante nuestra entrevista, y de vez en vez interrumpía nuestra conversación para recibir una queja, presentada en tono nada cortés, de uno de los muchos clientes de la vecindad que lo empleaban. Escuché a este mismo hombre pronunciar elocuentes discursos en público inspirados en cada frase con la energía del odio a las clases que se autodenominan sus amos.

Entendí los discursos después de este vistazo echado a la vida doméstica del orador. Seguramente él sentía que tenia cerebro de sobra para organizar un gobierno obrero, y sin embargo se veía obligado a dedicar su vida a las tareas más repulsivas de una profesión mecánica. Era orgulloso y sensible y sin embargo a cada paso tenia que responder con una inclinación a un gruñido y con una sonrisa a una orden que en la escala de las nuevas maneras se hallaba al mismo nivel que el llamado de un cazador a su perro.

Este hombre me ayudó a vislumbrar uno de los aspectos de la naturaleza de la Internacional, el resultado del trabajo contra el capital, del obrero que produce contra el intermediario que disfruta. Aquí estaba la mano que golpeará duro cuando llegue el momento, y por lo que toca a la cabeza que proyecta, creo que también la vi, en mi entrevista con el Dr. Karl Marx.

El Dr. Karl Marx es un doctor en filosofía alemán, con una amplitud alemana de conocimientos derivada tanto de la observación del mundo viviente como de los libros. Debo pensar que nunca ha sido un obrero en el sentido ordinario del término. Su casa y su aspecto son los de un miembro acomodado de la clase media.

La sala a la que fui introducido la noche de mi entrevista habría resultado muy confortable para un próspero agente de bolsa que ya hubiera hecho carrera y estuviese empezando a hacer fortuna. Representaba el confort personificado, el apartamento de un hombre de gusto y de posibilidades, pero sin nada en él peculiarmente característico de su propietario.

Un hermoso álbum de vista del Rin sobre la mesa, sin embargo, daba un indicio de su nacionalidad. Atisbé cautamente en el florero sobre una mesita buscando una bomba. Olfateé tratando de descubrir petróleo, pero el aroma era el aroma de las rosas. Me arrellané cautelosamente en mi asiento, y aguardé melancólicamente lo peor.

El ha entrado y me ha saludado cordialmente, y estamos sentados frente a frente. Sí, estoy tete-a-tete con la revolución encarnada, con el verdadero fundador y espíritu guía de la sociedad Internacional, con el autor del aviso en el que se le advirtió al capital que si se oponía al trabajo debía esperar ver su casa quemada hasta el tejado, en una palabra, con el apologista de la Comuna de París.

¿Recuerdan ustedes el busto de Sócrates, el hombre que prefiere morir antes de profesarles fe a los dioses de la época, el hombre con aquella fina línea de perfil para la frente que acaba ruinmente al final en un rasgo respingado y curvado como un gancho dividido en dos que forma la nariz? Visualicen mentalmente este busto, coloreen la barba de negro, salpicándola aquí y allá con algunos mechones grises; coloquen esta cabeza sobre su cuerpo corpulento de mediana altura, y el doctor está ante ustedes.

Pongan un velo sobre la parte superior del rostro y podrían estar en compañía de un miembro de la junta parroquial. Descubran el rasgo esencial, la inmensa frente, y al momento sabrán que tienen que vérselas con la más formidable de todas las fuerzas compuestas: un soñador que piensa, un pensador que sueña.

Otro caballero acompañaba al Dr. Marx, un alemán también, creo, aunque por su gran familiaridad con nuestro idioma no puedo estar completamente seguro. ¿Era un testigo del lado del doctor? Eso creo. El Consejo, al tener noticia de la entrevista, pudiera pedir al doctor un informe sobre la misma, porque la revolución es ante todo desconfiada de sus agentes. Aquí, pues, estaba su evidencia como corroboración.

Yo fui derecho a mi asunto. El mundo, dije, parecía estar a oscuras acerca de la Internacional, odiándola mucho, pero incapaz de decir claramente qué es lo que odia. Algunos, que afirman haber atisbado en la penumbra algo más que sus vecinos, declaran haber descubierto una especie de busto de Jano con una limpia y honrada sonrisa de trabajador en una de sus caras y en la otra una mueca criminal de conspirador. ¿Quería él aclarar el misterio que encubre la teoría?

El profesor rió, un poco halagado según sospeché, ante el pensamiento de que estuviésemos asustados de él. "No hay ningún misterio que aclarar, querido señor", comenzó, en una forma muy pulida del dialecto de Hans Breitmann, "excepto tal vez el misterio de la estupidez humana en aquellos que perpetuamente ignoran el hecho de que nuestra asociación es pública y que los más completos informes de sus actividades se publican para todos los que quieren molestarse en leerlos. Usted puede comprar nuestros reglamentos por un penique, y un chelín invertido en folletos le enseñará acerca de nosotros casi tanto como nosotros mismos sabemos.

Landor: Casi...Sí, quizá sí; ¿pero no será acaso lo poco que no llegue a conocer lo que constituya el misterio más importante? Para ser muy franco con usted, y para poner el asunto tal como lo ve un observador ajeno a él, este general clamor de desprecio contra ustedes debe significar algo más que la ignorante mala voluntad de la multitud. Y todavía es pertinente preguntar, incluso después de lo que usted me ha dicho, ¿qué es la Sociedad Internacional?

Marx.: Sólo tiene usted que mirar a los individuos que la componen: trabajadores.

Landor: Sí, pero el soldado tiene que ser exponente del sistema político que lo pone en movimiento. Conozco a algunos de sus miembros, y creo que no son de la misma pasta de que se hacen los conspiradores. Además un secreto compartido por un millón de hombres no sería de ninguna manera un secreto. Pero ¿qué pasaría si éstos fuesen únicamente instrumentos en manos de, y espero que me perdone usted por lo que sigue, un cónclave audaz y no muy escrupuloso?

Marx: No hay nada que pruebe eso

Landor: ¿La última insurrección de París?.

Marx: Yo exijo primero la prueba de que existió algún complot, de que sucedió algo que no fuese el efecto legítimo de las circunstancias en aquel momento; o si se prueba el complot, exijo pruebas de la participación el en mismo de la Asociación Internacional.

Landor: La presencia en el organismo comunal de tantos miembros de la Asociación.

Marx: Entonces ése fue un complot de los masones, también, porque su participación en la tarea como individuos no fue ciertamente pequeña. No me sorprendería, en realidad, descubrir al Papa organizando toda la insurrección para su beneficio. Pero intente otra explicación. La insurrección de París fue hecha por los trabajadores de París. Los más capaces entre los obreros tuvieron necesariamente que ser sus líderes y administradores; pero los más capaces entre los obreros resulta que son también miembros de la Asociación Internacional. Pero la Asociación como tal no tiene que ser en modo alguno responsable de su acción.

Landor: No obstante, al mundo le parece de otra manera. La gente habla de instrucciones secretas desde Londres, e incluso de aportaciones de dinero. ¿Puede afirmarse que el carácter supuestamente abierto de los procedimientos de la Asociación impide todo secreto en las comunicaciones?

Marx: ¿Cuándo ha habido una asociación que realice su tarea sin agencias tanto públicas como privadas? Pero hablar de instrucciones secretas desde Londres, como si se tratase de decretos sobre cuestiones de fe y moral desde algún centro de intriga y dominación papal, es confundir completamente la naturaleza de la Internacional. Esto implicaría una forma centralizada de gobierno de la Internacional, mientras que la forma real es precisamente la que da mayores oportunidades a la energía e independencia locales. De hecho la Internacional no es en absoluto un gobierno para la clase trabajadora. Es un lazo de unión más que una fuerza de control.

Landor: ¿Y de unión para qué fin?

Marx: Para la emancipación económica de la clase trabajadora mediante la conquista del poder político. El uso de ese poder político para el logro de fines sociales. Es necesario que nuestros objetivos sean así de generales para incluir toda forma de actividad obrera. El haberlos hecho de un carácter especial hubiera sido adaptarlos a las necesidades de duna sección: una nación de trabajadores solamente. Pero ¿cómo sería posible pedir a todos los hombres que se unan para obtener los objetivos de unos pocos? Si hubiera hecho eso la Asociación habría perdido el derecho a su título de Internacional.

La Asociación no dicta las formas de los movimientos políticos: solamente requiere una garantía de su finalidad. Es una red de sociedades afiliadas que se extienden por todo el mundo del trabajo. En cada parte del mundo se presenta algún aspecto especial del problema, y los trabajadores lo toman en consideración a su manera propia.

Las combinaciones entre trabajadores no pueden ser absolutamente idénticas en detalle en Newcastle y en Barcelona, en Londres y en Berlín. En Inglaterra, por ejemplo, la vía de tomar el poder político está abierta para la clase trabajadora. La insurrección sería una locura allí donde la agitación pacífica puede encargarse de ello más rápida y seguramente.

En Francia, un centenar de leyes represivas y el antagonismo moral entre las clases parecen necesitar la solución violenta de una guerra social. La elección de tal solución es asunto de las clases trabajadoras en cada país. La Internacional no pretende dictaminar en la cuestión y apenas si aconsejar. Pero a cada movimiento le otorga su simpatía y su ayuda dentro de los límites marcados por sus propias leyes.

Landor: ¿Y cuál es la naturaleza de esa ayuda?

Marx: Para dar un ejemplo, una de las formas más comunes del movimiento por la emancipación es la de las huelgas. Antes, cuando una huelga tenía lugar en un país, era derrotada mediante la importación de trabajadores desde otro. La Internacional casi ha acabado con todo eso. Recibe información de la huelga que se proyecta, difunde esa información entre sus miembros, quienes inmediatamente ven que para ellos la sede de la huelga debe ser territorio prohibido. Así, los patronos son dejados solos para que discutan con sus hombres.

En muchos casos, los hombres no necesitan más ayuda que ésa. Sus propias aportaciones o las de las sociedades a las que están afiliados más inmediatamente les suministran fondos, pero si la presión ejercida sobre ellos se hace demasiado pesada y si la huelga es de las que la Asociación aprueba, entonces sus necesidades son cubiertas por el fondo común. Así fue como el otro día logró triunfar una huelga de cigarreros de Barcelona.

Pero la Sociedad no tiene interés en las huelgas, aunque las apoya bajo ciertas condiciones. No hay manera de que con ellas gane desde un punto de vista pecuniario, pero sí puede perder fácilmente. Podemos resumir todo esto en una palabra. Las clases trabajadoras siguen siendo pobres en medio del aumento de la riqueza, miserables en medio del aumento del lujo. Sus privaciones materiales rebajan su moral así como su estatura física. No pueden esperar ayuda de los demás.

Así, para ellas ha venido a convertirse en una necesidad imperiosa el tomar su caso en sus propias manos. Deben revisar las relaciones entre ellas mismas y los capitalistas y propietarios, y eso significa que tienen que transformar la sociedad. Este es el objetivo general de todas las organizaciones obreras conocidas; las ligas obreras y campesinas, las sociedades comerciales y de ayuda, las tiendas y talleres cooperativos no son sino medios hacia tal objetivo.

Establecer una perfecta solidaridad entre estas organizaciones es la tarea de la Asociación Internacional. Su influencia está empezando a hacerse sentir en todas partes. Dos periódicos difunden sus puntos de vista en España, tres en Alemania, el mismo número en Austria y en Holanda, seis en Bélgica y seis en Suiza. Y ahora que ya le he dicho lo que es la Internacional, quizá esté usted en condiciones de formar su propia opinión con respecto a sus pretendidos complots.

Landor: No le entiendo muy bien.

Marx: ¿No ve usted que la vieja sociedad, falta de fuerzas para defenderse con sus propias armas de discusión y combinación, se ve obligada a recurrir al fraude de imputarnos una conspiración?

Landor: Pero la policía francesa declaró que están en condiciones de probar su complicidad en el último caso, para no hablar de los intentos anteriores.

Marx: Pero nosotros sí diremos algo de esos intentos, si usted lo permite, porque sirven perfectamente para probar la gravedad de todos los cargos de conspiración levantados contra la Internacional. Usted recuerda el penúltimo complot. Se había anunciado un plebiscito. Se sabía que muchos de los electores se halaban irresolutos. Ya no tenían una idea clara del valor del gobierno imperial, habiendo acabado por perder la fe en los amenazantes peligros de la Sociedad de los que supuestamente el gobierno los había salvado.

Se necesitaba un espantajo nuevo. La policía se encargó de encontrar uno. Como odiaban a todas las organizaciones de trabajadores, naturalmente deseaban hacer pasar un mal rato a la Internacional. Recibieron inspiración de una feliz idea. ¿Qué tal si elegían a la Internacional como su espantajo, y así al mismo tiempo desacreditaban a la sociedad y lograban favor para la causa imperial? De esa feliz idea es que surgió el ridículo complot contra la vida del Emperador, como si nosotros quisiéramos matar al condenado viejo. Arrestaron a los miembros dirigentes de la Internacional. Fabricaron evidencias. Prepararon su caso para juicio y mientras tanto tuvieron su plebiscito. Pero la pretendida comedia no era, obviamente, sino una grande y burda farsa. La Europa inteligente, que era testigo del espectáculo, no se engañó ni por un momento acerca de su carácter, y sólo el elector campesino francés fue embaucado. Los periódicos ingleses informaron del inicio del miserable asunto; olvidaron informar de su conclusión.

Los jueces franceses, admitiendo la existencia del complot por cortesía oficial, se vieron obligados a declarar que no había nada que demostrara la complicidad de la Internacional. Créame, el segundo complot es igual que el primero. El funcionario francés está nuevamente activo. Debe dar cuenta del mayor movimiento civil que el mundo haya visto jamás.

Hay cien signos de los tiempos que sugieren la explicación correcta: el aumento de conocimientos entre los trabajadores, del lujo y la incompetencia entre sus dirigentes, el proceso histórico, ahora en desarrollo, de transferencia final de poder de una clase al pueblo, la aparente adecuación de tiempo, lugar y circunstancia para el gran movimiento de emancipación. Pero para haber visto todo esto el funcionario tendría que haber sido un filósofo, y él es solamente un mouchard. Por la ley de su propio ser, por lo tanto, sólo ha sido capaz de dar la explicación del mouchard: una conspiración. Su viejo archivo de documentos falsificados le proporcionará las pruebas y esta vez Europa, en su pánico, se tragará el cuento.

Landor: Europa difícilmente puede evitarlo, viendo que todos los periódicos franceses difunden la noticia.

Marx: ¡Todos los periódicos franceses! Vea, aquí está uno de ellos (tomando La Situación), y juzgue por usted mismo el valor de su evidencia en cuanto hechos. (Lee) "El Dr. Karl Marx, de la Internacional, ha sido arrestado en Bélgica, cuando trataba de escapar a Francia. La policía de Londres vigilaba desde hace tiempo la sociedad a la que aquél está vinculado, y ahora está adoptando activas medidas para su supresión". Dos frases y dos mentiras.

Usted ve que en vez de estar en prisión en Bélgica estoy en mi casa en Inglaterra. Usted debe saber también que la policía en Inglaterra es tan impotente para interferir con la Sociedad Internacional, como la Sociedad con ella. Sin embargo, lo más probable en todo esto es que la noticia circulará por toda la prensa continental sin una contradicción, y seguirá haciéndolo aunque yo enviara circulares a cada periódico de Europa desde aquí.

Landor: ¿Ha intentado usted rebatir muchas de estas falsas informaciones?

Marx: Lo hice hasta que me aburrí de la tarea. para demostrar el enorme descuido con que están elaboradas, puedo mencionar que en una de ellas vi a Félix Pyat señalado como miembro de la Internacional.

Landor: ¿Y no lo es?

Marx: La Asociación difícilmente podría haber hallado cabida para un hombre tan loco. Una vez fue lo bastante presuntuoso como para lanzar una temeraria proclama en nuestro nombre, pero fue instantáneamente desautorizado, aunque, para hacerle justicia, por supuesto que la prensa ignoró la desautorización.

Landor: Y Mazzini ¿es miembro de su organismo?.

Dr. M. (riendo): Ah, no. Habríamos avanzado muy poco si no hubiéramos llegado más allá del límite de sus ideas.

Landor: Me sorprende usted. Ciertamente hubiera creído que él representaba las posiciones más avanzadas.

Marx: El no representa más que la vieja idea de una república de clase media. El se ha quedado muy atrás en el movimiento moderno, como los profesores alemanes quienes, no obstante son todavía considerados en Europa como los apóstoles del democratismo cultivado del futuro. Lo fueron en otros tiempos; antes del 48, quizá, cuando la clase media alemana, en el sentido inglés, apenas había alcanzado su justo desarrollo. Pero ahora se han pasado en masa a la reacción, y el proletariado ya no los reconoce.

Landor: Algunas personas han creído ver signos de un elemento positivista en su organización.

Marx: Nada de eso. Tenemos positivistas entre nosotros, y otros que no son de nuestra organización que trabajan también. Pero esto no es por virtud de su filosofía, que no tendrá nada que ver con el gobierno popular, tal como nosotros lo entendemos, y que solamente busca poner una nueva jerarquía en lugar de la vieja.

Landor: Me parece a mí, entonces que los líderes del nuevo movimiento internacional han tenido que formar una filosofía así como una asociación para sí mismos.

Marx: Precisamente. Es difícilmente posible, por ejemplo, que podamos esperar prosperar en nuestra guerra contra el capital si derivamos nuestras tácticas, digamos, de la economía política de Mill. El evidenció un tipo de relación entre el trabajo y el capital. Nosotros esperamos demostrar que es posible establecer otra distinta.

Landor: ¿Y con respecto a la religión?

Marx: en ese punto yo no puedo hablar en nombre de la Sociedad. Yo personalmente soy ateo. Es sorprendente, sin duda, escuchar semejante declaración en Inglaterra, pero hay cierto consuelo en el pensamiento de que no tiene que hacerse un susurro ni en Alemania ni en Francia.

Landor: ¿Y sin embargo usted ha establecido su cuartel general en este país?

Marx: Por razones obvias; el derecho de asociación es aquí algo establecido. Existe ciertamente, en Alemania, pero es obstaculizado con innumerables dificultades; en Francia, durante muchos años no ha existido en absoluto.

Landor: ¿Y los Estados Unidos?

Marx: Los principales centros de nuestra actividad se encuentran actualmente entre las viejas sociedades de Europa. Muchas circunstancias han tendido a impedir hasta ahora que el problema laboral asuma una importancia predominante en los Estados Unidos. Pero están desapareciendo rápidamente, y se está poniendo en primera fila con el crecimiento, como en Europa, de una clase trabajadora distinta del resto de la comunidad y divorciada del capital.

Landor: Parecería que en este país la esperada solución, cualquiera que ella sea, podrá alcanzarse sin los medios violentos de una revolución. El sistema inglés de agitar mediante los discursos y la prensa hasta que las minorías se conviertan en mayorías es un signo esperanzador.

Marx: En este punto no soy tan optimista como usted. La clase media inglesa se ha mostrado siempre bastante deseosa de aceptar el veredicto de la mayoría con tal de seguir disfrutando del monopolio del poder de voto. Pero créame, tan pronto como se encuentre superada en las votaciones por lo que considera cuestiones vitales, veremos aquí una nueva guerra de esclavos contra amos.

Aquí les he dado, tan bien como puedo recordarlos, los puntos principales de mi conversación con este hombre notable. Dejaré que ustedes saquen sus propias conclusiones. Cualquier cosa que pueda decirse a favor o en contra de la probabilidad de su complicidad con el movimiento de la Comuna, podemos estar seguros de que en la Asociación Internacional el mundo civilizado tiene un nuevo poder en su seno con el que pronto tendrá que ajustar cuentas para bien o para mal.

BIBLIOGRAFIA DE KARL MARX

  • 1845: Tesis sobre Feuerbach.

  • 1845: Fragmento de su carta a Joseph WEYDEMEYER.

  • 1845: La Ideología Alemana. Marx y Engels, escrito entre noviembre 1845 y agosto de 1846.
    · Capítulo I: Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialistas e idealistas.

  • 1848: Manifiesto del Partido Comunista. Marx y Engels, publicado en febrero de 1848.

  • 1848: Manifiesto Comunista, otra versión.

  • 1848: Manifiesto del Partido Comunista, otra versión.

  • 1849: Trabajo asalariado y capital. Marx, escrito en diciembre de 1847 y publicado en abril de 1849.

  • 1848/1849: Artículos en la Neue Rheinische Zeitung (Nueva Gaceta Renana). Marx, publicado entre 1848 y 1849.
    · La burguesía y la contrarrevolución (segundo artículo). Marx, publicado en diciembre de 1848.

  • 1850: Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas. Marx y Engels, escrito en marzo de 1850.

  • 1850: Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Marx, publicado en 1850.

  • 1852: EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE.

  • 1852: El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Marx, publicado en 1852.

  • 1851/1862: Artículos en The New York Daily Tribune. Marx y Engels, publicado entre 1851 y 1862.
    · La dominación británica en la India. Marx, publicado en junio de 1853.
    · Futuros resultados de la dominación británica de la India. Marx, publicado en agosto de 1853.

  • 1856: Discurso pronunciado en la fiesta del aniversario del People's Paper. Marx, publicado en abril de 1856.

  • 1859: Contribución a la crítica de la Economía Política. Marx, publicado en enero de 1859.
    · Prólogo.

  • 1864: Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Marx, publicado en octubre de 1864.

  • 1864: A Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos de América, en The Bee-Hive Newspaper. Marx, publicado en noviembre de 1864.

  • 1865: Sobre Proudhon (carta a J. B. Schweitzer), en Social-Demokrat. Marx, publicado en enero de 1865.

  • 1865: Salario, precio y ganancia. Marx, escrito en junio de 1865

  • 1866: Instrucción sobre diversos problemas a los delegados del Consejo Central Provisional en The International Courier. Marx, publicado en agosto de 1866

  • 1867: El Capital. Crítica de la Economía Política. Libro Primero: El proceso de producción del Capital

Prólogos

Sección 1: Mercancía y Dinero
. Capitulo1: La Mercancía
. Capítulo 2: El Proceso del Intercambio
. Capítulo 3: El Dinero, o la Circulación de Mercancías

Sección 2: La Transformación de Dinero en Capital
. Capítulo 4: La Transformación de Dinero en Capital

Sección 3: Producción del Plusvalor Absoluto
. Capítulo 5: Proceso de Trabajo y Proceso de Valorización
. Capitulo6: Capital Constante y Capital Variable
. Capítulo 7: La Tasa del Plusvalor
. Capítulo 8: La Jornada Laboral
. Capítulo 9: Tasa y Masa del Plusvalor

Sección 4: La Producción del Plusvalor relativo
. Capítulo 10: Concepto del Plusvalor Relativo
. Capítulo 11: Cooperación
. Capítulo 12: División del Trabajo y Manufactura
. Capítulo 13: Maquinaria y Gran Industria

Sección 5: La Producción del Plusvalor Absoluto y del Relativo
. Capítulo 14: Plusvalor Absoluto y Relativo
. Capítulo 15: Cambio de Magnitudes en el Precio de la Fuerza de Trabajo y en elPlusvalor
. Capítulo 16: Diversas Fórmulas para la Tasa del Plusvalor

Sección 6: El Salario
. Capítulo 17: Transformación del Valor (o, en su caso, del precio) de la Fuerza de Trabajo en Salario
. Capítulo 18: El Salario por Tiempo
. Capitulo19: El Pago a Destajo
. Capítulo 20: Diversidad Nacional de los Salarios

Sección 7: El Proceso de Acumulación del Capital
. Capítulo 21: Reproducción Simple
. Capítulo 22: Transformación de Plusvalor en Capital
. Capítulo 23: La Ley General de Acumulación Capitalista
. Capítulo 24: La Llamada Acumulación Originaria
. Capítulo 25: La Teoría Moderna de la Colonización

  • 1867: El capítulo XXV del Libro Primero de El Capital:
    La teoría moderna de la colonización..

  • 1869: Mensaje a la Unión Obrera Nacional de los Estados Unidos. Marx, publicado en mayo de 1869.

  • 1870: El Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores a los miembros del Comité de la sección rusa en Ginebra, en Naródnoe Delo. Marx, publicado en abril de 1870.

  • 1870: Extracto de una comunicación confidencial. Marx, escrito en marzo de 1870.

  • 1871: La guerra civil en Francia. Marx, publicado en mayo de 1871.

  • Otra versión de La guerra civil en Francia.

  • 1871: Estatutos generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Marx, publicado en octubre de 1871.

  • 1872: Las pretendidas escisiones de la Internacional. Marx y Engels, publicado en marzo de 1872.

  • 1872: Resoluciones del mitin convocado para conmemorar el aniversario de la Comuna de París, en La Liberté. Marx, publicado en marzo de 1872.

  • 1872: La nacionalización de la tierra, en The International Herald. Marx, en junio de 1872.

  • 1872: De las resoluciones del Congreso General celebrado en La Haya. Marx y Engels, publicado en septiembre de 1872.

  • 1872: El Congreso de La Haya, en La Liberté. Marx, publicado en septiembre de 1872.

  • 1873: Palabras finales a la segunda edición alemana del primer tomo de El Capital. Marx, publicado en enero de 1873.

  • 1874: Acotaciones al libro de Bakunin El Estado y la Anarquía. Marx, escrito entre 1874 y 1875.

  • 1875: Glosas marginales al programa del Partido Obrero Alemán (Crítica del Programa de Gotha), en Die Neue Zeit. Marx, escrito entre abril y mayo de 1875, publicado en enero de 1891.

  • Otra versión de Crítica del Programa de Gotha

  • 1879: De la carta circular a A. Bebel, W. Liebknecht, W. Bracke y otros. Marx y Engels, escrito en septiembre de 1879.

  • 1885: El Capital, tomo II. El proceso de circulación del capital (en construcción). Marx, escrito entre 1863 y 1877; corregido y publicado por Engels, en mayo de 1885.

  • 1894: El Capital, tomo III. El proceso global de la producción capitalista (en construcción). Marx, escrito en 1864; corregido y publicado por Engels en 1894.

Lectura del 'Manifiesto Comunista'

"Así, el desarrollo de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre las que ésta produce y se apropia lo producido. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables."

C. Marx - F. Engels

Prefacio a la Edición alemana de 1872


La 'Liga de los Comunistas', asociación obrera internacional que, naturalmente, dadas las condiciones de la época, no podía existir sino en secreto, encargó a los que suscriben, en el Congreso celebrado en Londres en Noviembre de 1847, que redactaran un programa detallado del partido, a la vez teórico y práctico, destinado a la publicación. Tal vez es el origen de este 'Manifiesto', cuyo manuscrito fue enviado a Londres, para ser impreso, algunas semanas antes de la revolución de febrero. Publicado primero en alemán, se han hecho en este idioma, como mínimo, doce ediciones diferentes en Alemania, Inglaterra y Norteamérica. En inglés apareció primeramente en Londres, en 1850, en el 'Red Republican', traducido por Miss Helen Macfarlane, y más tarde, en 1871, se han publicado, por lo menos, tres traducciones diferentes en Norteamérica. Apareció en francés por primera vez en París, en vísperas de la insurrección de junio de 1848, y recientemente en 'Le Socialiste' de Nueva York. En la actualidad, se prepara una nueva traducción. Hízose en Londres una edición en polaco, poco tiempo después de la primera edición alemana. En Ginebra apareció en ruso, en la década del 60. Ha sido traducido también al danés, a poco de su publicación original.
Aunque las condiciones hayan cambiado mucho en los últimos veinticinco años, los principios generales expuestos en este 'Manifiesto' siguen siendo hoy, en grandes rasgos, enteramente acertados, algunos puntos deberían ser retocados. El mismo 'Manifiesto' explica que la aplicación práctica de estos principios dependerá siempre y en todas partes de las circunstancias históricas existentes, y que, por tanto, no se concede importancia excepcional a las medidas revolucionarias enumeradas al final del capitulo II. Este pasaje tendría que se redactado hoy de distinta manera, en más de un aspecto. Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los últimos veinticinco años, y con éste, el de la organización del partido de la clase obrera; dadas las experiencias prácticas, primero, de la revolución de Febrero, y después, en mayor grado aún, de la Comuna de París, que eleva por primera vez al proletariado, durante dos meses, al poder político, este programa ha envejecido en algunos de sus puntos. La Comuna ha demostrado, sobre todo, que 'la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios. Además, evidentemente, la crítica de la literatura socialista es incompleta para estos momentos, pues sólo llega a 1847; y al propio tiempo, si las observaciones que se hacen sobre la actitud de los comunistas ante los diferentes partidos de oposición son exactas todavía en sus trazos fundamentales, han quedado anticuadas para su aplicación práctica, ya que la situación política ha cambiado completamente y el desarrollo histórico ha borrado de la faz de la tierra a la mayoría de los partidos que allí se enumeran.
Sin embargo, el 'Manifiesto' es un documento histórico que ya no tenemos derecho a modificar. Una edición posterior quizá vaya precedida de un prefacio que pueda llenar la laguna existente entre 1847 y nuestros días; la actual reimpresión ha sido tan inesperada para nosotros, que no hemos tenido tiempo de escribirlo.

Carlos Marx
Federico Engels


Londres, 24 de junio de 1872.


¿Qué nos queda a los cristianos de Karl Marx?

El derrumbamiento generalizado de los regímenes políticos de filiación marxista-leninista, magnificado por la orquestación anticomunista de la mayoría de los medios de información, ha provocado en las conciencias el sentimiento de la inviabilidad de una alternativa al sistema capitalista que tenga referencia a Karl Marx. Para muchos es hoy evidente que la figura y el pensamiento del revolucionario de Tréveris han sido superados para siempre. El aparato propagandístico de obediencia al Capital se esfuerza y con éxito por introyectar en las mentes la convicción de que solamente un sistema social y político fundamentado en la economía de mercado goza ya de racionalidad y viabilidad. Karl Marx y todo lo que este nombre significa bien pueden ser arrojados al basurero de la historia. Más aún, surgen de nuevo lo mismo que en los días de Karl Marx legitimaciones de tipo naturalista y religioso del sistema capitalista.

Opino, sin embargo, que un mínimo de ilustración y de sentido crítico exige trascender cualquier generalización y manipulación mental y afrontar con lucidez y frialdad emotiva uno de los acontecimientos más importantes de la época contemporánea: el comunismo que conquista el poder al comienzo del siglo y que lo pierde en sus postrimerías. El hecho de cierto fracaso parece evidente. Pero, ¿quién y qué ha fracasado? ¿Lo han hecho sólo unas concreciones políticas y económicas supuestamente referidas a Marx? ¿O es también Marx el sujeto del fracaso? Si es así, ¿qué es lo que en Marx se ha revelado falso o inviable?

No quiero abarcar en estas líneas el análisis y discernimiento de los marxismos históricos, hayan tenido o no concreción política. Ello excede mi capacidad y los límites de un artículo. No entran, pues en mi consideración ni los marxismos de rostros inhumanos como, por ejemplo, los de Stalin, Polpot o Ceaucescu, ni aquellos de signo humanista como fueron los de Dubcec, Allende o el régimen sandinista. Quiero centrar exclusivamente mi atención en la persona y pensamiento de Marx y contribuir así mínimamente al esclarecimiento de los acontecimientos de los que hemos sido testigos en los últimos tiempos. Al poner mis ojos en Marx doy por supuesto que no siempre es fácil deslindar su pensamiento del de F. Engels. También reconozco que es difícil desconectar a veces a Marx del marxismo histórico, lo mismo que lo es el hablar de Jesús de Nazaret de forma pura al margen del cristianismo. También me interesa precisar que es el llamado joven Marx en el que se centra perfectamente mi atención, es decir, en el Marx humanista, silenciado por el aparato político comunista, en el Marx analista y crítico profundo de la cultura burguesa en su conjunto. Al intentar el discernimiento de la figura y pensamiento de Marx deseo hacerlo desde un punto de vista, no solamente filosófico, sino también religioso y cristiano. Pero desde una forma de entender lo cristiano alejada de cualquier connotación que contribuya al mantenimiento de situaciones de inhumanidad. Tampoco pretendo ocultar que mi crítica viene marcada por la simpatía por la figura y empresa marxianas. Cierta dosis de simpatía es condición de empatía y penetración histórica.

I. Evocación de la figura histórica de Karl Marx

Creo que es un presupuesto importante en el tratamiento del problema sobre el legado de Marx hacer presente en líneas generales su figura histórica. Esta evocación tiene por objeto asentar bien desde un principio que el revolucionario judeo-alemán nacido en Tréveris, en el extremo occidental germano, en 1818, y fallecido en Londres, en 1883, no fue el personaje exaltado hasta lo mítico en la simbología política del comunismo, el hombre que dividió el tiempo en una prehistoria y un historia que nos suministró para siempre las claves de la inteligencia de la realidad. Pero que tampoco fue el personaje infame y satánico que estaría en el origen de casi todos los males contemporáneos, como lo proclama cierto anticomunismo primitivo y visceral.

Si no se considera hoy viable científicamente el acercamiento a ningún personaje de relevancia histórica sin que se tenga en cuenta su circunstancia de todo tipo, esto vale de modo especial para la aproximación a Marx. El tiempo de la Restauración del llamado Ancien Regime, las revoluciones de 1848, la incipiente industrialización con base en un capitalismo salvaje son claves muy importantes para la inteligencia de la aventura vital y del pensamiento de nuestro personaje. Asimismo sus raíces judías y germánicas nos pueden ayudar a entender su mesianismo encarnado en una venida inminente del socialismo y su afán por poner racionalidad en el que hacer revolucionario.

Marx fue el hombre de la radicalidad y de la consecuencia en sus convicciones democráticas y socialistas. Ello le acarreó la persecución y el destierro repetido. Ello estuvo en el origen de sus sucesivas rupturas, primero con la izquierda hegeliana burguesa, después con el apellidado comunismo grosero y primitivo, más tarde con el reformismo y nacionalismo lasalliano y al final con los comunistas libertarios de M. Bakunín. Si el humor era uno de los rasgos de carácter de carácter de Marx también lo era la inclemencia con el adversario y el sarcasmo de los que fueron víctimas los Bauer, el mencionado Bakunín, Proudhon y el socialista cristiano Weitling, uno de los pocos creyentes lúcidas en tiempos tan oscuros de la Iglesia. En lo concerniente a su vida privada fue Marx el buen amigo de sus amigos, el padre cariñoso para sus hijos y el buen esposo a pesar de todo. Llevó una vida de agobio y penuria constantes, de trabajo intenso hasta el agotamiento que acabaría con su vida.

2. Lo que nos queda de Karl Marx

¿Qué es aquello en Marx que ya no nos queda, aquello que podemos dar por superado ya que, podemos considerar, que como pensamiento y teoría, conforme a la metodología aristotélica, no ha sido avalado por la práctica?. Y al margen de este aval aristotélico, ¿cuáles serían otros puntos de disenso en el campo de las creencias filosóficas? Lo superado en Marx tiene que ver con la teología, la antropología y la teoría de la ciencia.

2.1. Lo inaceptable de su filosofía de la religión

No podemos estar de acuerdo como filósofos y como creyentes con una concepción de lo religioso que lo convierte en algo carente de entidad en su referencia esencial y última, algo reducido a pura y antihumana proyección de la subjetividad que anhela lo infinito (Feuerbach) y/o a puro calmante y protesta de un sujeto social alienado. No podemos estar de acuerdo con un ateísmo en el fondo opcional que piensa que ha de morir Dios para que viva el hombre y dé un sentido propio a su vida, con una idea de Dios como competidor del hombre tal como se opinaba en los círculos de la izquierda hegeliana capitaneada por Feuerbach y a la que se adhirió el muy joven Marx. Hay que decir que aquí los hechos confirman nuestro desacuerdo. Lo religioso no se ha revelado como el epifenómeno o la superestructura que necesariamente brota y acompaña a la base sin alma de la sociedad capitalista. La cultura neocapitalista es hoy una cultura laica en la que lo religioso va perdiendo relevancia. Para muchos creyentes, por otra parte, su fe no les lleva a consolarse del sistema, sino a rebelarse y luchar contra él hasta sufrir la persecución y el martirio.

Sin embargo es preciso reconocer que, aunque es verdad que la fe hoy mueve a muchos creyentes a la lucha por una sociedad justa e igualitaria, la religión manifiesta cierta proclividad a convertirse en narcótico que acalla el sentimiento de rebelión contra situaciones de inhumanidad. Todo lo que se mueve en torno a la teología del neoconservadurismo mencionada antes, las sectas evangelistas promocionadas por las instancias centrales del poder financiero, industrial y político de los vecinos del norte para contrarrestar la labor concientizadora de la Teología de la liberación confirma esta proposición. Por eso la crítica marxiana a la función narcotizadora de lo religioso debe permanecer para nosotros como prevención contra un peligro real.

2.2. Deficiencias en la antropología marxiana

Si ya la negación del homo religiosus constituye una seria deficiencia en la concepción marxiana del hombre a ella viene a sumarse otra no menos importante. Hay en Marx una ausencia casi total de la que se llama problemática existencial vinculada al mero hecho del existir como ser humano en independencia de su circunstancia concreta. Si es importante destacar, como lo ha hecho él, la función que desempeña lo circunstancial en la gestión del ser humano, no lo es menos al afirmar que ello no es todo ni mucho menos. Es verdad que la situación social da un color especial a lo existencial pero la problemática existencial tiene sus raíces más en la hondura. La existencia en la temporalidad con el paso inexorable de los días y de las horas, la angustia concomitante al tener que optar, la vida amenazada y acosada por el tedio, la soledad, el envejecimiento, el sufrimiento y la muerte apenas afloran en la literatura marxiana.

No es por eso extraño que los epígonos de Marx hayan emprendido en los últimos tiempos el tratamiento de los problemas existenciales desde bases marxianas. Toda filosofía tiene sus peculiares vacíos y es éste uno de los principales en el pensamiento de Marx.

Quiero aludir ahora a un disenso de la manera de pensar al ser humano. A lo largo de la historia, el hombre se ha preguntado si él es en realidad lobo o cordero. Las respuestas pesimistas y optimistas se han ido sucediendo en la historia de la antropología. Sabemos que Rousseau fue una de las lecturas predilectas del joven Marx. Este pensador marcó sin duda la antropología marxiana con el sello de un optimismo excesivo. Así Marx parece desconocer el mal que anida en el corazón mismo del hombre, sus tendencias negativas en forma de envidia, rencor, dominación, insolidaridad, etc. Es excesivo pensar que la maldad del hombre sea el producto puro de una sociedad clasista, si bien es innegable la influencia de un entorno humano en orden a la creación de seres humanos realizados. Si Marx ha hecho de la propiedad privada de bienes productivos una especie de pecado original secularizado comienzo de todos los males de la humanidad, su pretensión me parece excesiva a todas luces.

Para terminar esta visión crítica de la antropología marxiana me pregunto, a la vista de una sociedad nueva en occidente en la que el trabajo va siendo cada vez más un bien escaso en el mercado, si no habrá contribuido también Marx con su fuerte acento en el homo faber a la radicalización psicológica de la crisis, es decir, al desamparo de sentido de miles de hombres y mujeres afectados por el desempleo. Asimismo, me planteo la interrogación de si no habrá incidido tal insistencia en el hombre como transformador de la naturaleza acompañada del olvido del homo contemplativus en el desastre ecológico del tiempo presente. Aunque no se me escapa que tal insistencia en el homo faber es legado común de la modernidad y que Marx insiste en la hermandad de hombre y naturaleza y en la importancia del ocio "para poder crear y gozar espiritualmente".

2.3. La precaria cientificidad del materialismo dialéctico e histórico

Abordaremos más tarde lo valioso de cierta concepción marxiana del fenómeno histórico opuesta a cualquier fatalismo. Asimismo lo que viene a continuación no quiere desconocer ni mucho menos la contribución marxiana a la moderna escritura de la historia con su insistencia en la importancia fundamental de lo económico. Poco historiadores hoy pasarán por alto este factor a la hora de estudiar una época determinada. Tan sólo deseo censurar la pretensión de Marx de revestir su socialismo con el carácter de científico. Aunque los términos materialismo dialéctico y materialismo histórico se deban a Plejanov (1856-1918) y Labriola (1843-1904) no hay duda de que una concepción materialista de la realidad y de la historia revestida de carácter "científico", es decir, de penetración y no de encubrimiento (ideología) de la auténticamente real, forman parte del ideario de Marx y de Engels. Otra cosa es la cuestión de si aquilataron y hasta qué grado el significado y alcance de lo que se llama materialismo. Volviendo al término científico creo que es claro que con él pretendían Marx y Engels contra distinguir su socialismo fundado en la racionalidad de los falsos socialismos basados en el voluntarismo puro y las apelaciones a la moral.

Me parece que serán hoy pocos aquellos estudiosos que sigan viendo en el materialismo dialéctico e histórico una auténtica ciencia sujeta al principio de la verificabilidad. Más bien vemos hoy en ambos materialismos creencias filosóficas si es que las tomamos como visiones holoizantes de lo real. Y no faltará aquel que siguiendo la filosofía de la sospecha vea en la tesis marxianas enunciados o postulados teoréticos nacidos de un wishfull thinking. Volviendo al principio de la verificabilidad, sabemos que fue Bernstein el primero en poner sistemáticamente en tela de juicio las "previsiones científicas" sobre el final próximo del capitalismo y en iniciar decididamente el camino revisionista. El socialismo habría de ser ante todo un postulado ético.

3. Lo que nos queda de Karl Marx

3.1. Su apuesta por el proletariado

Viniendo ya al legado positivo que nos proporciona Marx quiero dar la primacía en él a lo vivido sobre lo pensado, a aquello que dio sentido a su vida sobre los análisis y esquemas de pensamiento. Me parece muy importante por ello destacar en Marx su apuesta decidida por aquellos a los que llamamos pobres en el lenguaje cristiano y él denominó proletariado. Ya en su primerísima época como periodista mostró su imperativo ético en pro de la justicia abogando por aquellos indigentes a quienes una ley injusta prohibía recoger los restos de la tala en el bosque. Pero fue sobre todo en la emigración de París en los grupos clandestinos de la resistencia obrera contra el sistema donde Marx fue ganado para siempre para la causa del proletariado. Desde este punto de vista y a pesar de todo, la vida y obra de Marx no fue en el fondo otra cosa sino un clamor de justicia indignada contra la criminalidad de un establishment que hacía descender al fondo de las minas niños de corta edad, imponía jornadas de trabajo exhaustivas y la ley de bronce del salario, oponiéndose frontalmente a cualquier regulación laboral. La verdad es que si hoy existe en la mayor parte de los países industrializados un código de derechos del trabajo se debe no al buen corazón del empresariado, sino a la lucha constante de los trabajadores y a aquellos que como Marx pusieron su talento y su tiempo al servicio de su causa. Una vieja y nada confortante experiencia histórica nos enseña que los derechos humanos casi nunca se conceden, casi siempre se arrancan. La insistencia marxiana por otra parte de que son ahora los trabajadores la vanguardia de la historia humana ha contribuido no poco a devolver al obrero la conciencia de su dignidad. Por fin, considerando que es la mujer uno de los grandes grupos de marginación y opresión a lo largo de la historia hay que poner a Marx entre los precursores de la liberación feminista al asentar como principio en los Manuscritos de París que la relación hombre-mujer nos da la medida del humanismo de una sociedad concreta.

3.2. La dignidad recuperada del trabajo

No es ninguna simplificación histórica afirmar que la atmósfera cultural de los siglos XVIII y XIX, en lo que a la valoración del trabajo manual se refiere, tenía más que ver con actitudes elitistas de Platón y Aristóteles que con la tradición de la Biblia. Fue primero Tomás Borge con su Utopía, más tarde Hegel con el famoso análisis del amo y del esclavo y sobre todo el izquierdista hegeliano Moisés Hess los que más contribuyeron antes que Marx a hacer regresar la cultura a una valoración positiva del trabajo manual. La influencia de Hegel y sobre todo de Hess sobre Marx fue muy importante. Para Marx, el trabajo como transformación de la naturaleza es decisivo para de venir un ser humano. Por eso, el capitalista es un ser alienado. Por ello esta obra transformadora debe ser ejecutada dentro de las condiciones óptimas. El proletariado es un ser alienado porque trabaja en condiciones pésimas. Verse obligado a alquilar su fuerza de trabajo es la máxima negatividad. Es condición, en consecuencia, indispensable de liberación humana el que el ser humano, además de trabajar, sea dueño y señor de su fuerza y producto de trabajo.

El siglo en la Europa y América del paleocapitalismo ha recibido el nombre de siglo del martirio obrero. Es a la vez el siglo del silencio de la Iglesia. Y el siglo de su vergüenza. Tan sólo al final se produce el tímido pronunciamiento de la encíclica Rerum Novarum. Creo que tenemos que reconocer que ha sido el movimiento obrero nacido extramuros de las iglesias cristianas e impulsado vigorosamente entre otros por Marx lo que nos ha ido haciendo recuperar poco a poco la tradición bíblica en lo que a la dignidad del trabajador y del trabajo se refiere. Un documento tan positivo en este sentido como es el titulado Laborem Exercens sería impensable al margen de estos presupuestos. Para concluir con este tema diría que la utopía marxiana de una humanidad dueña solidariamente de su productividad -no el Estado erigido en patrón totalitario- habría de permanecer como horizonte cristiano de la llegada del reino.

3.3 La visión vectorial positiva y activa de la historia

Si no como ciencia, conforme a lo expuesto antes, sí en cambio como creencia y apuesta, debe permanecer como valioso legado marxiano un materialismo histórico bien entendido. Es decir, una concepción vectorial de lo histórico a modo de magnitud orientada alejada de cualquier eterno retorno. Una vectorialidad orientada hacia un futuro más humano. Una visión activa de la historia. Queremos leer con Bloch, el materialismo como historia para el hombre y en manos del ser humano. Marx se enfrenta a todo naturalismo y fatalismo históricos. Los hechos deplorables que presenciamos no están en la naturaleza de las cosas y no tienen que ser así necesariamente. Es la obra del hombre la que ha engendrado un estado de cosas concreto y es esa misma mano del hombre la que puede dar otro giro. Quiero reproducir las mismas palabras de Marx. "El comunismo -dice- se diferencia de todos los movimientos pasados porque trastorna la base de todas las antiguas condiciones de producción y de comercio, y, por primera vez, trata conscientemente todas las presuposiciones naturales como creaciones de los hombres pasados, las despoja de su carácter natural y las somete al poder de los individuos unidos. Seguramente que en todo lo que precede Marx no ha hecho otra cosa que impostar y aplicarla al movimiento obrero y socialista una visión histórica muy cara a la modernidad en su fase ilustrada. Por otro lado creo que no haríamos justicia los cristianos a Marx no sólo si no reconociéramos su contribución a que recuperáramos la tradición bíblica respecto del trabajo y así nos aproximáramos a Jesús de Nazaret, sino, también, si cerráramos los ojos al hecho de que detrás de la insistencia en la referencia escatológica que ha de tener toda afirmación teológica cristiana y en la esperanza activa que debe iniciar el reino de Dios ya en este mundo, está su inspiración e impulso. De la mano de un moderno Virgilio nos hemos acercado a las puertas del paraíso.

3.4. La crítica del Estado liberal

Marx fue plenamente consciente de la importancia única que había supuesto para el progreso de la historia universal la revolución de 1789. Se identificó plenamente con los ideales de igualdad, libertad y fraternidad proclamados por ella. Las ideas liberales familiares, la proximidad de Francia y el conocimiento del idioma francés contribuyeron a esta sintonía. Sin embargo, cada vez se fue convenciendo más de que la revolución se había quedado corta. Había arrimado excesivamente el ascua a la sardina burguesa y nada o casi nada a la del proletariado. En esta apreciación va a coincidir Marx con el líder socialista Baboeuf. Los derechos del hombre y del ciudadano habían adoptado claramente una coloración burguesa. Sólo el burgués es de hecho el auténtico citoyen. Para el proletariado los derechos son una abstracción. Por eso va a negar Marx al Estado nacido de la revolución el carácter de auténtica democracia. Marx se enfrenta directamente con Hegel y con su pretensión de legitimar y hasta sacralizar la política liberal presentando al Estado como padre y armonizador de diferencias sociales. Este Estado no es en realidad otra cosa sino el legitimador y legalizador de las diferencias ciudadanas, no es el Estado de todos, sino el Estado de la clase dominante en contra del proletariado.

Sin querer trasladar de forma mecánica la crítica marxiana del Estado liberal de su tiempo al ente político de finales del siglo XX y sin pretender negar su evolución hacia un Estado más o menos social, creo que su visión de la llamada democracia sin más, sobre todo mirando a la forma que adopta hoy en América Latina, conserva grande actualidad. El aparato estatal sigue estando en función de la infraestructura económica y social. Son los poderes fácticos sociales y económicos (terratenientes, industriales y banqueros) los que hacen y deshacen, dirigen y manipulan gobiernos, parlamentos y tribunales y tienen a su servicio la fuerza armada y policial. Los políticos se convierten en realidad, consciente o inconscientemente en gestores y marionetas del gran capital agrario, industrial y financiero. Y si no se acomodan debidamente a las direcciones de los que en realidad mandan, son sustituidos o quitados violentamente de en medio. Sigue siendo una gran verdad el principio marxiano de que no existe democracia auténtica mientras no se dé un principio de democracia económica. Los derechos cívicos son reales en la medida en que exista un reparto equitativo, un control y gestión cívico de la riqueza del país. Recuerdo haber leído alguna vez la observación de que la que se presenta como la gran democracia mundial, Estados Unidos de América, erigió un día un monumento a la libertad, jamás levantó otro a la igualdad.

3.5. La crítica del sistema económico y la lucha de clases

Marx no elaboró ciertamente un sistema alternativo claro y acabado frente al capitalismo. Ello puede ser una de las causas de la disfunción de los sistemas del socialismo real. Tan sólo nos legó esquemas generales contenidos en su mayor parte en el Manifiesto, el Capital y la Crítica al programa de Gotha. El lado fuerte de Marx es la crítica del sistema capitalista. Su radiografía es hasta hoy la más completa y conserva su fundamental validez.

Cuando Marx analiza pros y contras de la revolución burguesa insiste con razón en la capacidad revolucionaria enorme que acompaña a la burguesía. esa potencia burguesa de transformación se traduce en su vertiente negativa en convertir y degradar todo lo que toca, a modo de una nueva Circe, en objeto de cambio, en mercancía. "La burguesía ha destruido... para no dejar subsistir entre los hombres otra cosa que el frío interés, el cruel pago al contado. He hecho de la dignidad personal un puro valor de cambio. La burguesía... las relaciones familiares las ha reducido a puras relaciones de dinero". La mercantilización operada por la burguesía no conoce fronteras, pues, no se detiene ante lo más sagrado y sublime. De ahí la importancia suprema que cobra el dinero. Mercancía y dinero son auténticos fetiches en el cielo de la cultura del capital, transposiciones a un cielo vacío de la auténtica realidad consistente en el trabajo y el producto del trabajo. El mecanismo feuerbachiano de la Umfunktionierung o transfuncionalización tiene ahora lugar, según Marx, en el terreno de las relaciones económicas.

Una mirada crítica al panorama de nuestra cultura occidental capitalista en este final de siglo y de milenio en que se va demoliendo día tras día el estado del bienestar y la llamada economía social de mercado (Erhard) y surge de nuevo un capitalismo de rostro salvaje nos hace comprender cuán acertado sigue estando Marx en su análisis. Vivimos la furia desatada de conversión de todo en valor de cambio. El dinero y la rentabilidad se erigen en valores supremos. Se vive una nueva religión del culto al becerro de oro. En el mundo empresarial, la fuerza de trabajo recibe el nombre significativo de human resources. El mundo de la política es cosa de marketing publicitario y juega más a vender una imagen que a convencer con un programa. Fromm ha analizado muy bien cómo tiene lugar en el terreno de la pareja humana la degradación de las relaciones amorosas a "puras relaciones de dinero". En el mundo deportivo y en su manifestación suprema de los juegos olímpicos han entrado de saco las grandes empresas multinacionales. En pocas épocas de la historia se ha adorado tanto al dinero, al hacer mucho dinero pronto y sea como sea.

Marx creyó en la disfuncionalidad inherente al sistema y creyó poder prever las etapas de su inevitable desmoronamiento. Estamos en el primer libro de El Capital. Ciertamente el sistema goza de salud a pesar de la crisis del momento. Pero también un caimán o una piraña están en posesión de un excelente estado de salud. Pero, si el final pronosticado por Marx no ha sobrevenido ciertamente, sí en cambio algunas de las etapas en la evolución del sistema. En concreto, las de la acumulación y concentración del capital y en cierto aspecto la de la depauperación progresiva. Los países ricos acumulan y concentran la riqueza mundial en las superempresas y los superbancos. La pequeña industria, los pequeños bancos y los pequeños comercios son fagocitados por ellos. Los países llamados del sur se hacen cada vez más pobres. Y dentro de las sociedades ricas se va implantando la estamentación ternaria del grupo pequeño que detenta la propiedad de la riqueza de todo tipo, del segundo estamento que es aquel que sirve a este primero y goza de trabajo y salario alto y estable y, por fin, del tercero progresivamente grande constituido por una nueva forma de proletariado de aquellos que sólo tienen un empleo provisional o ningún empleo, de los emigrantes, de los marginados sociales de todo tipo. La sociedad presenta así unos mercados caracteres darwinistas donde sólo sobreviven los fuertes y duros y sucumben los débiles. Así emerge una forma nueva de la lucha de clases. Marx concibió esta modalidad de combate social como algo que tiene su origen en la guerra de agresión declarada por el capital al proletariado. La lucha del proletariado es una gran defensiva. Existen una clase dominadora y otra dominada que se rebela. Lucha de clase no tiene que ver de suyo con odio y agresividad por parte del proletariado, como lo hace ver la ideología y propaganda al servicio del sistema que se obstina en no querer reconocer que es él el que ha iniciado las hostilidades. La teología de la liberación ha recogido la visión marxiana y acostumbra a hablar más bien de empobrecidos por el capital que de pobres a secas. La lucha de clases, sobre todo en su versión de agresión de los acumuladores de riqueza contra los pueblos y capas sociales empobrecidas es una cruda realidad en nuestro mundo y por eso también aquí Marx es dolorosamente actual.

Subiendo ya a un punto de mira más alto desde el cual realizó Marx la crítica del sistema capitalista tengo que insistir en que ese punto no fue otro que la utopía de una sociedad igualitaria, libre y fraterna frente a una sociedad que hacía de la desigualdad, la dominación y la insolidaridad sus claves y funcionamientos. Quizás ahora la caída de los regímenes del socialismo estatal y burocrático ayude a comprender mejor que Marx no está muerto. Por sus ideales sociales y políticos también debe apostar un cristiano que no quiere mutilar el evangelio. El elitista y discriminador F. Nietzsche, enemigo obseso del hombre cristiano pero no mal conocedor del mismo, no veía en el movimiento socialista otra cosa que el legado funesto de la utopía evangélica de la igualdad y la fraternidad. Nietzsche dice textualmente que "el movimiento democrático constituye la herencia del movimiento cristiano". Insulta a los que él cree continuadores de su ideal: "Los perros anarquistas que ahora rondan por las calles de la cultura europea... los filosofastros cretinos y los ilusos de la fraternidad que se llaman a si mismos socialistas".

Conclusión

He tratado de responder a la interrogante en torno al legado de Marx y de satisfacer en concreto a la pregunta de qué nos queda, sobre todo a los creyentes en Jesús de Nazaret, de Marx. No ciertamente su ateísmo opcional, su reducción de lo religioso a fantasmagoría y proyección, como refugio y protesta, de una conciencia asfixiada en una sociedad inhumana. Tampoco su concepción antropológica excesivamente optimista, su mitificación de proletariado, su poca o casi nula atención a nuestra problemática existencial. No cabría tampoco aceptar como científicas las concepciones del materialismo dialéctico e histórico. Pero sí nos queda como herencia a no dilapidar su crítica a formas de proclamarse cristiano que olvidan "al hijo del carpintero a quien mataron los ricos".

La severa admonición marxiana de lo religioso convertido en opio del pueblo cobra hoy una triste actualidad cuando contemplamos cómo va resucitando lo peor del catolicismo en la Iglesia y cómo se ve invadida América Latina por las sectas fundamentalistas que mutilan las consecuencias sociopolíticas del evangelio de Jesús de Nazaret. Nos queda asimismo de Marx su positiva valoración del trabajo, su visión activa y esperanzada de la historia humana, su radiografía perspicaz de un sistema y cultura que hacen imposible una existencia humana auténtica y su invitación "a derrocar toda situación en la que el hombre yace como un ser envilecido, esclavizado, abandonado, despreciado". Tal opción decidida por los pobres y proletarios constituye sin duda para un creyente fiel al evangelio de Jesús la herencia más preciosa de Marx. Su vida fue -dentro de no pocas limitaciones- un servicio a la causa de los empobrecidos y apartados del banquete social. Una vida de abrumador trabajo intelectual y político que le llevó a la ruina de su salud. Una vida de perseguido y exiliado perpetuo bajo aquellos que no querían se moviera un solo dedo de aquel monumento a la más cruel desigualdad como era el capitalismo paleoindustrial.

Ese Marx es el que más queda y nos debe quedar, como permanecen vivos siempre para nosotros todos aquellos que hicieron de su vida entrega a los hombres y mujeres "envilecidos, esclavizados, abandonados, desaparecidos". Desde Espartaco a Nelson Mandela y Rigoberta Menchú, pasando por Tomás Münzer, Mijail Bakunin, Rosa Luxemburg, Farabundo Martí, Augusto César Sandino, Luther King, Oscar Romero, Ignacio Ellacuría y sus compañeros de martirio. Son todos ellos hombres y mujeres que quisieron dar carne política y social al ideal de fraternidad expresado en la fórmula paulina de que "ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, pues todos vosotros sois una sola cosa en Cristo Jesús".

INDICE GENERAL

Biografía

1

Entrevista con Karl Marx

9

Bibliografía de Karl Marx

16

Lectura de “Manifiesto Comunista”

19

Prefacio a la edición alemana de 1872

19

¿Qué nos queda a los cristianos de Karl Marx?

21

1

31

Economista y pensador alemán del siglo XIX, cuyos trabajos, en colaboración con Friedrich Engels, darían nacimiento al marxismo, que es a la vez el mejor heredero y el mayor crítico de la filosofía clásica alemana, la economía política británica y el socialismo utópico francés e ingles. El marxismo tuvo una influencia decisiva en los