Julio Verne

Escritores franceses del siglo XIX. Novelistas de literatura fantástica y de aventuras. Biografía. Obras. Visión del futuro

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Julio Verne

El escritor que quiso vivir en el futuro

Julio Verne nació en Nantes, Francia, el 8 de febrero de 1828, en el seno de una familia burguesa que se disponía a ofrecer a sus hijos una vida agradable y un porvenir asegurado si aceptaban las directrices generales que se les establecerían.

Su padre, abogado de gran reputación, esperaba que el muchacho cursara los estudios de leyes, pero aquel niño distraído y revoltoso no daba muestras de ser un gran estudiante. Pasaba muchas horas contemplando los barcos que llegaban al puerto de Nantes. Llenaba los cuadernos escolares de mapas y de máquinas extrañas, de aparatos voladores y de paisajes submarinos. Le encantaba oír las historias que le contaba un tío abuelo que tenía la costumbre de “convertirse” en protagonista real de unas aventuras fantásticas en Europa y en América.

La imaginación del pequeño Julio corría así más deprisa que la idea de meterse en un despacho de abogado.

Esta inquietud por el mar, por los viajes y por las aventuras se manifestó de pronto durante el verano de 1839 de una manera aguda y sorprendente: aquel chico de once años se escapó del cómodo hogar paterno, para embarcarse rumbo a las Antillas en una nave correo que partía del puerto de Nantes. Avisado a tiempo su padre, logró atrapar al muchacho, aunque de regreso a casa fue castigado sin demasiada severidad e hizo una promesa a su madre que en muchos sentidos sería un adelanto de su vida: “A partir de hoy no viajaré más que en sueños”.

A los veinte años se trasladó a París para empezar la carrera de abogado. Cursó Derecho y llegó a ocupar un cargo de futuro prometedor en cuanto a su economía. Pero aquella manera de vivir le aburría mucho y busco la manera de poner su imaginación en obras literarias. Publicó una serie de relatos fantásticos de viajes que fueron la anticipación de lo que luego le haría verdaderamente famoso.

El triunfo sin embargo no llegaría con demasiada facilidad. Escribió una novela de aventuras y de viajes prodigiosos que tituló: “Cinco semanas en globo”. Visitó hasta quince editores pero a ninguno consiguió interesarlo por su novela. Como él era muy terco al final consiguió que un editor le publicase su obra por fascículos en una revista de educación y recreo. El éxito de esta primera novela fue tan importante que el editor le propuso un contrato extraordinario: veinte mil francos por dos novelas al año durante veinte años. Su carrera definitiva había comenzado. Bastaba ya con ponerse a escribir y dar rienda suelta a la fantasía.

En seguida aparecieron nuevos relatos de aventuras que ahora sucedían en impresionantes paisajes polares: “El desierto de hielo” y “ “Las aventuras del capitán Aterras” y en 1865 se publicaba la segunda producción sensacional de Julio Verne que superaba con mucha diferencia todo lo anterior: “De la Tierra a la Luna”, una obra inmortal dentro de la historia de la literatura juvenil y de aventuras.

Mientras tanto Julio Verne ya se había casado y tenido un hijo: Michel , y la formación de esta familia contribuyó en gran medida para que el escritor pudiera trabajar con calma y regularidad. La felicidad de su hogar favoreció su total dedicación a viajar en sueños, como había prometido a su madre, y pasar a sus escritos todo lo que su desbordante imaginación le dictaba.

Se instaló para vivir en un pequeño pueblo de pescadores y allí escribió “Viaje al centro de la Tierra” y “Los hijos del capitán Grant”, que tuvieron muchísimo éxito entre toda clase de lectores, niños, jóvenes, adultos.... Se publicaban por entregas o capítulos en revistas de la época porque así era la costumbre en el siglo XIX y a todos mantenía en vilo con sus historias. Se cuenta que el hijo de un amigo suyo se agarró a sus barbas y le dijo: “No te soltaré hasta que me digas si Mary Grant y su hermano encontrarán a su padre”.

Julio Verne ya no triunfaba sólo en Francia sino que había traspasado las fronteras de su país para llegar igual que sus personajes, a todos los lugares del mundo.. Sus obras se traducían incluso al árabe y al japonés.

Gracias al dinero obtenido con tantos triunfos literarios pudo cumplir su ilusión de viajar a varios países. De vuelta a Francia escribió “La vuelta al mundo en ochenta días”, punto culminante de su creación literaria, adaptada al teatro y al cine ( Mario Moreno “Cantinflas” hacía el papel del personaje cómico Passepartout).

Se compró varios barcos con los que recorrió los mares: el mar Mediterráneo, los mares del Norte. En 1878 pasó por Vigo y otras ciudades, inspirándose en este recorrido escribió: “Héctor Servadac”.. Mientras escribía la novela “Veinte mil leguas de viaje submarino”, el buque en el que él viajaba embarrancó en un banco de arena.

El mar no sólo inspiraba al gran escritor sino que favorecía su salud porque desde joven sufría dolores y fiebres que llegaron a producirle una parálisis en la cara. Pero aquellos viajes apacibles que además de beneficiar su salud le inspiraban para escribir sus obras de fantasía se vieron interrumpidos de repente por un suceso lamentable y desgraciado: Una noche de 1886, cuando el escritor regresaba a su casa en la oscuridad, fue atacado por un adolescente con un revólver que le disparó varios tiros. Los disparos hirieron gravemente al escritor, que sólo pudo recuperarse después de mucho tiempo. El que disparó era un asiduo lector de sus novelas al que le dio un ataque de locura. Julio Verne se quedó cojo hasta su muerte, y los últimos años de su vida perdió la alegría de vivir y sufrió depresiones continuas, que también eran porque en su época no veía que la ciencia avanzase como a él le gustaría. Encerrado en su estudio de Amiens, trabajando, su carácter se fue agriando poco a poco hasta convertirse en un hombre de muy mal humor con los que le rodeaban. Empezó a sufrir más enfermedades hasta quedar paralítico casi de todo. A pesar de eso su mente seguía funcionando muy bien y él seguía soñando con el mundo futuro y deseando vivir en una época en la que se hiciera realidad todo lo que él había imaginado. Su muerte el 24 de marzo de 1905 conmovió al mundo entero, y su casa se llenó ese día de sabios, científicos, embajadores, militares y aristócratas amigos suyos del mundo entero.

“De la Tierra a la Luna” y otras novelas de viajes:

Lo que llama más la atención en las ciento cuatro novelas de Julio Verne es que usando sólo su imaginación y unos cálculos cuidadosos pero modestos adelantó en el tiempo máquinas reales de la ciencia moderna. En su época nadie creía que eso pudiera existir algún día y consideraban que todo aquello era una ficción para los niños, como una especie de país imaginario de maravillas mecánicas destinado al recreo infantil. Pero ahora sabemos que sus fantasías eran auténticas anticipaciones de lo que después ocurrió.

Entre las numerosas predicciones y detalles de la ciencia del futuro que aparecen en su obra hay que destacar doce anticipaciones que aún nos asombran por su novedad y por su realización. En “Los quinientos millones de La Begum” nos encontramos con dos predicciones sorprendentes. La primera se refiere al cañón de largo alcance y la segunda a los satélites artificiales. Estos últimos empezaron a funcionar en 1957 (el Sputnik ruso).

En “Robur el conquistador” del año 1886 (cuando le pegaron los tiros y él ya era pesimista) aparece un personaje que no lucha por el bien de la humanidad sino que trata de dominar el mundo, aquí tres inventos se anticipan: El avión, el helicóptero y el plástico.

En la novela “El castillo de los Cárpatos” se predice la aparición del cine sonoro, en “La jornada de un periodista” la aparición de la televisión.

En”Cara a la bandera” se predice el terrible invento de la bomba atómica, que hasta 1945 no demostraría sus espantosos efectos en Hiroshima y Nagasaki, mientras que en “La sorprendente aventura de la misión Barsac” anunciaba la fabricación de aparatos teledirigidos.

Por otra parte hay que resaltar que lo planteado en “La vuelta al mundo en ochenta días”era una verdadera anticipación porque en la época en que se escribió los medios de locomoción eran todavía muy precarios y nadie podía afirmar con certeza que el vertiginoso viaje era posible. Se había progresado mucho en el transporte con la industria del vapor. Pero para llevar a cabo el intento los problemas aparecían con seguridad ya que no existían muchas vías ferroviarias en el siglo XIX.

En“Veinte mil leguas de viaje submarino” nos anuncia la creación del submarino , únicamente llevado a la práctica de forma experimental en el puerto de Barcelona por su real inventor Narciso Monturiol. Pero este aparato aún estaba lejos de poder competir con la perfección y los adelantos imaginados en el submarino de Julio Verne.

Sólo el avance extraordinario de la técnica y, más tarde, la aplicación de la energía nuclear consiguieron que de hecho surcasen por el fondo de los mares aparatos semejantes al Nautilus. Precisamente el primer submarino atómico que navegó por debajo del casquete polar y que podría dar varias vueltas al mundo sin salir nunca a la superficie fue bautizado, en honor al novelista francés, con el mismo nombre que ostentaba el fabuloso imponente ingenio del capitán Nemo.

A este respecto, resulta importante y aleccionador el testimonio aportado por un laborioso y concienzudo hombre de ciencia, llamado Gerge Claude, que reivindicó y confirmó para Julio Verne el enorme mérito de haber sido el precursor inteligente de tantos adelantos científicos: “Julio Verne fue algo más que el entrenador de la juventud, tal como algunos se obstinan en ver únicamente en él”.

No hay duda que es necesario incluir al autor de Veinte mil leguas de viaje submarino entre los más potentes obreros de la evolución científico-industrial, que construirá una de las características de nuestra época.

Finalmente en las dos sensacionales novelas De la Tierra a la Luna y Entorno a la Luna, que completan la formación de este volumen, aparece la anticipación más asombrosa e increíble de cuantas surgieron de la poderosa fantasía de Julio Verne: la predicción de los viajes Inter. Planetarios.

En efecto, para la ciencia de la segunda mitad del siglo XIX el viaje a la luna era probablemente la más absurda e incomprensible de las creaciones imaginativas del gran escritor de Nantes y, de hecho, su relato De la Tierra a la Luna es el que causó más escándalo en el mundo serio y comedido de los científicos. No se aceptaba ni siquiera como probable en teoría que un aparato semejante al ocupado por el alegre Michel Ardan, el impetuoso capitán Nichols y el solemne Barbicane pudiera traspasar la atmósfera terrestre con destino a la Luna. Para muchos se trataba de una aberrante fantasía que no podía más que embaucar a mentes poco sabias y fundamentadas.

A lo largo de un siglo, sin embargo, desde la publicación en 1865 de De la Tierra a la Luna hasta el prodigioso viaje de Amstrong, Aldrin y Collins en julio de 1969 a bordo del Apolo XI los científicos que no creían en Verne quedaron por completo desautorizados ya que la verdadera ciencia le daría la razón, haciendo posible lo narrado en la novela de la forma más perfecta e indiscutiblemente real. Todo el mundo pudo contemplar, a través de las cámaras de televisión como el hombre llegaba a la luna.

La realización concreta de esta portentosa empresa no coincidió, por supuesto, con todas las condiciones y todos los medios ideados por Julio Verne. Pero la predicción exacta de algunos detalles todavía asombra hoy en día. En primer lugar, es curioso observar que el escritor acertó en el número de astronautas. En todos los vuelos espaciales a la luna se ha repetido el número tres siempre, como una copia exacta de Ardan, Nichols y Barbicane. Por otra parte existen varias coincidencias entre el proyectil imaginado por Verne y la nave Apolo VIII, la que tripulada por Borman, Lovell y Anders fue la primera en llevar en 1968 a unos seres humanos fuera del campo gravitacional de la Tierra, rodear la Luna y regresar a nuestro planeta. El peso de ambos vehículos, la velocidad empleada y el lugar de amerizaje resultaron increíblemente iguales o aproximados.

Han sido numerosos los investigadores y exploradores famosos que han reconocido solemnemente la influencia positiva y espoleadora que ha ejercido en ellos la obra de Julio Verne. Además del testimonio valioso de George Claude, que ya hemos citado anteriormente, podría aducirse una larga lista de declaraciones semejantes. Simon Lake, constructor de un submarino que exploró el fondo del mar, concluía su libro de investigación con estas palabras: “La fantasía de Julio Verne se ha hecho hoy realidad”. Belin confesó que la invención del belinógrafo se debía asu entusiasmo de lector de Verne y el almirante Byrd, en el momento de iniciar su vuelo hacia el Polo, no tuvo reparo alguno en manifestar con orgullo y satisfacción: “Es Julio Verne quien me lleva a esta exploración”.

En este sentido, el autor de “Veinte mil leguas de viaje submarino” y “La vuelta al mundo en ochenta días” no sólo ha sido considerado como un notable escritor y un gran precursor de la ciencia moderna, sino también como un excelente pedagogo. Tenía la virtud de saber incitar la búsqueda y de promover las ansias de investigación y de nuevos conocimientos. Fue un hombre meticuloso en sus cálculos y pasó muchas horas en la biblioteca de la Sociedad Industrial de Amiens, estudiando y preparando el ingente material que luego formaría la base y el fundamento científico de sus novelas. Por esto logró transmitir en sus creaciones el mismo punto de exactitud y los deseos de abrir nuevos cauces en el saber humano y en la exploración científica. De ahí que con toda razón Néstor Luján le haya dedicado muy recientemente estas elogiosas palabras:” Julio Verne ha salido triunfante de todo. Sus intentos eran anticipaciones de lo que luego hemos visto. Su estilo humano ha permanecido. Como un gran novelista que es, Julio Verne ha marcado profundamente a los hombres de su época y a los que más tarde han venido”. Fue por tanto, un auténtico pedagogo y un verdadero maestro de la modernidad. Con todo, es necesario precisar que no puede tomarse a nuestro autor como a un estricto profesor de física, de astronáutica o de ciencias naturales. Evidentemente a pesar de la sorprendente exactitud de numerosos datos y detalles, Julio Verne trabajabe tan sólo con los medios y los conocimientos científicos de su época y no era un genio capaz de avanzar con plena exactitud todo lo realizado más tarde por la ciencia.

Era un escritor dotado de una maravillosa fantasía, visionario de una realidad posible, pero no un científico en el estricto sentido de la palabra.

Notemos, por ejemplo, que el proyectil de aluminio lanzado en De la Tierra a la Luna mediante un cañón de 270 metros de longitud sería incapaz de salvar esta distancia, tal como se finge en el relato. Solo un cohete podría llevar a cabo esta empresa , como ya lo demostró en 1924 el profesor Robert H. Goddard en sus trabajos preparatorios de la larga aventura espacial.

Por otra parte existen otros detalles en la misma novela que no resisten las comprobaciones de la veracidad.

Según Verne, el cadáver de un perro arrojado al espacio por sus protagonistas puede seguir al proyectil en su ruta hacia la Luna. Hoy en día ya es sabido que el vacío exterior causaría terribles efectos en el cuerpo del animal y que llegaría a desintegrarlo prácticamente.

Pero al abordar las fascinantes narraciones de Julio Verne, el lector ya ha de ser consciente de que no se halla ante un tratado de aeronáutica, sino de una obra que quiere deleitar con una fantasía basada lo más posible en la realidad. A este respecto son magníficamente puntualizadoras estas palabras de Miguel Masriera, escrtas en Marzo de este mismo año para conmemorar el ciento cincuenta aniversario del nacimiento del escritor: “No hay que ver en sus novelas tratados de física, química o historia natural.

Si queremos una formación básica en estas ciencias, todavía tenemos que continuar buscándola en los tratados sistemáticos.”

Ni los habitantes de la bala disparada para ir a la Luna podrían sobrevivir al disparo, ni es posible la obtención de la electricidad con pilas como se hace en el Nautilus, ni con un soplete se puede graduar la temperatura del globo de las “Cinco semanas en globo”, ni tantas cosas que hacen los héroes de Julio Verne se hubieran podido hacer en realidad, al menos en aquella época. Eran de tener en cuenta tan sólo en teoría, lo cual ya es mucho.

Cuando Verne llega a prever el submarino o el vehículo estratosférico, estos intentarán ser tales como se hubieran podido construir y entonces aquí radica precisamente otro de los secretos del encanto de Verne: en esta sensación de cosa vivida que tienen hasta sus más fantásticas aventuras y aquí está también su mérito principal, porque no es lo mismo encajar la fantasía dentro de los límites de los recursos de una técnica actual, que poder fantasear gratuitamente sobre hipotéticos progresos del futuro.

Aquí está el verdadero Verne: el Verne pedagogo, no el pedagogo sistemático, ni muchísimo menos el rutinario, sino el que sabe hacer la ciencia simpática, la exploración y la aventura tentadora, el que sabe mostrar el lado fascinante de ambas.

La pedagogía en el siglo pasado dio un salto de gigante al pasar de “la letra con sangre entra” a la de “instruir deleitando”. El hombre más representativo de esta transición se llama Julio Verne. Tenía un ejemplar dominio del artificio, ya sea explorando el cielo o las profundidades de la Tierra,y consigue que “De la Tierra a la Luna” se lea de un tirón y sin mayores esfuerzos; los héroes se ganan nuestra confianza desde la primera página y sus aventuras entretienen. Al fin y al cabo, ése fue el objetivo que, al parecer, el autor sde propuso. Poco importa que George Sand se apasionara por la lectura de “Los viajes extraordinarios” o que Aldous Huxley haya abominado de ellos juzgándolos como literatura inferior, de escasa calidad. En el universo de Julio Verne, su mundo imaginario es, casi siempre, más verdadero que el real, lo que le ha permitido urdir una formidable telaraña de obras que parecen condenadas, a deleitarnos a pesar del paso del tiempo.

Hoy, después de Gagarín, la perrita Laika y los viajes mensuales del Columbia, “De la Tierra a la Luna” puede parecer una ingenuidad . Ocurre que el tiempo ha hecho más evidentes sus defectos, que son también los de su autor. Julio Verne poseía una gran imaginación, pero solía adaptarla a las posibilidades que las diversas novedades científicas le permitían; de ahí que por momentos el relato parezca rígido, demasiado ceñido a las exigencias de un plan meticulosamente elaborado, que incluye el inevitable final feliz.

Conviene señalar al respecto, que Régis Messac ha contabilizado desde 1502 a 1863 la friolera de 227 obras de anticipación. Algunas como “El siglo XX”, “Carta a un mono” o “Mar adentro” deslumbraron por su alcance imaginativo y de hecho son modelo en su género.

Sin cuestionar el alcance narrativo de Verne, es evidente que, a pesar de todos los datos científicos que el texto aporta y que hoy ya han quedado caducos, su mayor debilidad proviene de la envergadura natural de los personajes. Ardan, Nichols y Barbicane no suelen ver en sus giros a la luna, más de lo que los sabios de 1880 ya sabían. Son pioneros pero con cierto dandysmo intelectual que hace poco creíbles sus escasas y bastante poco atentas observaciones; sus razonamientos sólo nos ayudan a desconfiar. La ciencia les ha permitido llegar hasta la Luna pero a veces el lector tiene la impresión de que no han ido más allá de la Cibeles, que se limitan a reflejar lo que ven con cierto aire turístico que le quita nobleza a la narración. No hay, en sus caracteres, rasgos de los personajes ya clásicos que concibieron los autores favoritos de Verne: Poe, Stenndhal, Nietzsche o Victor Hugo.