Juan Valera y Alcalá-Galiano

Literatura española del siglo XIX. Real Academia Española. Realismo. Naturalismo. Pepita Jiménez. Cartas de mi sobrino. Paralipómenos. Cartas de mi hermano. Matrimonios de conveniencia. Biografía

  • Enviado por: Sararogo
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 13 páginas
publicidad
publicidad

Biografía del autor

Valera, Juan y Alcalá Galiano (1824-1905), Escritor, diplomático y político español. Nació en Cabra en 1824, en el seno de una familia aristocrática venida a menos.

Estudió leyes en el Colegio del Sacro Monte de Granada y en la Universidad de Madrid.

Como diplomático, desempeñó cargos importantes en las legaciones de Roma, Nápoles, Lisboa, Río de Janeiro, Dresde y San Petersburgo -lo que le permitió conocer el ancho mundo y completar su sólida formación humanística con el dominio de las principales lenguas extranjeras- y representó a España en París como ministro plenipotenciario (1865-67) y como embajador en Lisboa, Washington, Bruselas y Viena.

Como político, militó en el Partido Moderado, ocupó la subsecretaría de Estado con el duque de la Torre y, paladín de la candidatura de don Amadeo de Saboya, pasó a Italia a ofrecerle la corona de España. Toda una vida brillante, que, sin embargo, quedó oscurecida por su fama de escritor.

En 1861 ingresó en la Real Academia Española. Escribió artículos periodísticos y ensayos, tales como Sobre el Quijote (1861) y Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días (1864). Su talento de novelista, visible en la gracia del estilo, hecho de formas sencillas y de frases cortas, se revela en Pepita Jiménez (1873), Las ilusiones del doctor Faustino (1875), Doña Luz (1879), Juanita la larga (1895).

Valera es un escritor de difícil clasificación; atacó tanto el romanticismo como el realismo y el naturalismo. Consideró que el arte no tiene ningún objetivo, excepto servir a la belleza, crear arte, pero tampoco se adscribió a los movimientos claramente esteticistas de final de siglo como el arte por el arte o el simbolismo; elogió la obra de Rubén Darío pero tampoco se le puede considerar modernista. Murió en Madrid en 1905.

Es importante conocer la situación histórica y cultural de España en la segunda mitad del siglo XIX.

Situación de España

Situación histórica

Situación socio-cultural

- La burguesía, formada por grandes empresarios y terratenientes, es la clase dominante del país. Se instalan en el poder y se vuelven conservadores y moderados.

- Los progresistas, integrados por pequeños empresarios, artesanos y militares de baja graduación, se enfrentan al conservadurismo y a los privilegios de los ricos.

- El proletariado, clase a la que pertenecen los obreros y campesinos, intenta defender sus intereses; socialismo y anarquismo se enfrentan al sistema político dominante. La caída de Isabel II en 1868 abre el camino hacia un gobierno republicano.

- El positivismo, corriente filosófica que surge tras los avances técnicos y científicos, propone la observación rigurosa y la experimentación como únicos métodos para llegar al conocimiento de la realidad. Se desechan las corrientes románticas en las que predominaba el sentimiento y la imaginación. Surge el realismo literario que pretende reflejar la realidad tal y como es.

- El evolucionismo es un nuevo método experimental sobre las leyes de la herencia y la evolución de las especies. Este método pretende explicar el comportamiento del hombre. Los escritores naturalistas reflejan estas corrientes en sus obras.

Situación literaria

Los cambios sociales y las nuevas corrientes ideológicas que surgen en esta segunda mitad del siglo XIX influyen en la producción literaria. La fantasía y la subjetividad del Romanticismo, así como la expresión libre de sus sentimientos más íntimos son sustituidos por todo aquello que rodea al hombre. El Realismo y el Naturalismo sustituyen al Romanticismo.

El Realismo

Este movimiento literario aparece en la segunda mitad del siglo XIX, como consecuencia de las circunstancias sociales de la época: la consolidación de la burguesía como clase dominante, la industrialización, el crecimiento urbano y la aparición del proletariado.

Las características básicas del Realismo literario son:

  • Eliminación de todo aspecto subjetivo, hechos fantásticos o sentimientos que se alejen de lo real.

  • Análisis riguroso de la realidad. El escritor nos ofrece un retrato riguroso de lo que observa.

  • Los problemas de la existencia humana, componen el tema fundamental de la novela realista; ésa es la consecuencia del sumo interés por la descripción del carácter, temperamento y conducta de los personajes.

  • Surge un tipo de novela en la que se analizan minuciosamente las motivaciones de los personajes y las costumbres.

  • El novelista denuncia los defectos y males que afectan a la sociedad y ofrece al lector soluciones para detenerlos. Cada autor, según sus ideas, muestra lo que para él es un mal de la sociedad.

El Naturalismo

El Naturalismo surge como una derivación del Realismo, que tenía como objetivo explicar los comportamientos del ser humano. El novelista del Naturalismo pretende interpretar la vida mediante la descripción del entorno social y descubrir las leyes que rigen la conducta humana.

PEPITA JIMÉNEZ

La mejor obra de Valera es, sin duda, Pepita Jiménez (1874). Su originalidad reside, en primer lugar, en el tono epistolar inicial (con un epílogo de narración directa). Los puntos de vista se entrecruzan; la estructura está muy bien cuidada.
La obra está escrita en tres partes: "Cartas de mi sobrino", "Paralipómenos" y "Epílogo: cartas de mi hermano".

El autor nos presenta la obra como si fuese un manuscrito que él encontró entre los papeles de un deán de una catedral andaluza. Nos explica que cambiará los nombres de los protagonistas, algunos aún vivos. Esta técnica (llamada "del manuscrito encontrado") tiene su origen en El Quijote: el autor, para dar verosimilitud a su obra, dice no ser el inventor de la misma, sino que la encontró ya escrita. Así, la trama adquiere visos de ser auténtica.

La obra posee multitud de puntos de vista; se consigue así crear un relato rico y variado; al principio, sólo conocemos lo que el protagonista desea, pero poco a poco (en las dos últimas partes) se nos completa la visión de los hechos, aclarando ciertas "lagunas" que, por verosimilitud, no podían ser cubiertas en la parte epistolar. A partir de la segunda parte, domina la omnisciencia de Valera, que selecciona los acontecimientos y maneja a la perfección su mundo creado.

 

 

  1) Cartas de mi sobrino.

Es una colección de cartas que el sobrino del deán, el seminarista Luis de Vargas, manda a su tío durante su estancia en la casa de su padre, en un pueblo andaluz. Su padre, el cincuentón Pedro de Vargas, es el cacique del pueblo, muy respetado, pero que llevó una vida poco recomendable. Por esta razón envió a su hijo a los doce años a estudiar y ser educado con su tío el deán. La madre de Luis (muy querida por este), al parecer, no fue muy bien tratada por don Pedro, aunque este se arrepintió al final.
Luis ha decidido ser sacerdote; posee una vehemente vocación, pero poco profunda, según se comprobará. Ya ha tomado los votos menores y, a su vuelta a la ciudad, se ordenará, momento que espera con gran fruición. Por su juventud (22 años), ha debido conseguir una dispensa papal para ordenarse antes de la edad normal.
Al llegar al pueblo Luis descubre que su padre pretende a la joven viuda de 20 años Pepita Jiménez, que parece desdeñarlo, como ya ha hecho con muchos otros pretendientes. Pepita es una mujer de extraordinaria belleza, rubia y refinada, de piel blanca y que cautiva desde un momento al joven Luis. Estuvo casada con un viejo de ochenta años, muy rico, don Gumersindo, con el que vivió tres años hasta su muerte. Después murió su madre y quedó sola con una gran fortuna, soportando algunas habladurías. Su matrimonio, piensa Luis, fue, ante todo, un acto de compasión para con el viejo Gumersindo. Es una mujer elegante (mucho para ser de pueblo-en esto Valera muestra una actitud un poco desconsiderada hacia las gentes de pueblo). Se codea con lo mejor del pueblo: el médico, el cacique, el viejo vicario... todos acuden a la tertulia que ella organiza en las tardes primaverales. Allí comienza a ir el joven Luis.
Luis empieza a fijarse en Pepita como su posible futura madrastra. Pero poco a poco, a tenor de las descripciones que de ella hace al deán, se va enamorando. El deán se lo advierte a Luis en una carta al que este hace mención (sólo conocemos las cartas de Luis al deán, no las respuestas), pero este se defiende, diciendo que sólo ve en ella un reflejo de la belleza divina. Pretende, así, despejar las dudas del deán. Además, y para contento de su padre, decide aprender a montar a caballo, para evitar las burlas de su primo, Currito. Intenta justificarlo por la vía religiosa (quizás, de misionero, le hiciese falta. Es muy habitual que Luis lo explique todo "a lo divino").

Pero, en efecto, Luis se va enamorando de Pepita, y así lo reconoce (19 de mayo: "Es cierto: ya no puedo negárselo a usted"). Luis se mortifica, hace penitencia, siempre intentando olvidar a Pepita, pero parece imposible. Descubre en ella miradas ardientes de amor (aunque a veces le parece que es presunción suya, que ella no lo mira así). Se convence de que esas miradas son verdaderas. Un día se dieron la mano al saludarse (por primera vez), y a partir de entonces lo hacen siempre al llegar y al despedirse, sintiendo en este acto un gran placer, mezclado con turbación. Cada vez más, Luis declara que "siento que me resbalo y me hundo", y por eso decide huir, aunque no lo hace, desea no ir más a casa de Pepita, pero no puede dejar de hacerlo. Consigue estar una semana sin ir, y se aplacan un poco sus pensamientos. Pero su padre y Antoñona (criada de Pepita) le insisten para que vuelva a la tertulia. Va muy temprano (6 de junio) y se encuentra a Pepita sola. Se dan la mano largamente. Él la mira con severidad. Ella comienza a llorar. Luis se enternece y la besa. El vicario llega (no los ve) y todo queda ahí.
Luis sigue pensando que aún se puede remediar todo: decide marcharse el 25 de junio. Pide a Dios que haga que Pepita lo olvide. Aquí, con un tono desesperado ("¡Qué herida y qué lastimada mi alma!"), concluye la primera parte.

Observamos en esta parte la habilidad de Valera para ir mostrando la lenta evolución psicológica del protagonista: la pasión amorosa se abre paso, luchando contra los propósitos religiosos del joven. Debemos entender que la vocación de Luis está, a estas alturas, seriamente debilitada; por ello es esperable lo que sucederá a continuación.

2) Paralipómenos.

     Parece ser que esta segunda parte (narrativa, en tercera persona, y de la que Valera ha suprimido algunas partes) está escrita por el deán (así opina el editor) que, sabedor de lo que pasa, decide completar el relato a partir del día 23 de junio, seis días después de la última carta. Esta ambigüedad en cuanto al autor "real" del relato vuelve a añadir verosimilitud a la obra (nada más real que incluso el editor desconozca datos, ya que así aparenta no ser él el auténtico creador). En esta parte se nos cuenta que Pepita descubrió su amor a Antoñona y que esta, sin que su ama lo supiese, decide ayudarla; de ahí las visitas que hace a don Luis.

Pepita recibe al vicario y le cuenta lo que pasó entre ella y el seminarista. Confiesa todo lo que ha hecho por él: abandonar el luto, organizar las tertulias, ponerse hermosa, mirarle provocativamente...) El vicario la convence, aparentemente, para que se sacrifique y lo olvide, y se va contento. Ella, al momento, se desploma llorando.
Mientras tanto, Luis sigue decidido a olvidar, pero sobre todo por razones sociales: ¿qué pensarán de él el obispo, el deán -incluso el papa, que firmó la licencia para que se ordenase tan joven-? ¿qué pensarán las gentes del pueblo? Él, el "santo", enamorado de la misma mujer que ama su padre. Eso sería un escándalo inadmisible. Y Luis vuelve a disfrazar su renuncia con motivos religiosos.

Currito invita a su primo Luis al casino y van los dos. Allí conoce al conde de Genazahar, calavera y jugador que insulta en público a Pepita (a la que debe dinero y que lo rechazó como pretendiente). Luis intenta defenderla, pero nadie hace caso del "sermón" del "curita". Abochornado, se va. Vuelve a su casa y llega Antoñona, que lo cita a las diez con Pepita, para que no se marche sin hablar con ella. Acepta. Se va y da un paseo por los alrededores del pueblo. Es víspera de san Juan; hay fiesta. A las 10:30 llega y habla con Pepita (ésta había pedido a una figura del niño Jesús que tenía que no se llevase a Luis). Discuten acaloradamente. Hablan de su amor y lo difícil que es. Ella dice que "amo en usted no ya sólo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre, y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal don Luis de Vargas: el metal de la voz, el gesto, el modo de andar, y no sé qué más diga". Luis sigue decidido a renunciar, pero cuando ella se aleja de la habitación llorando, Luis la sigue a la alcoba. Al cabo de un largo rato, Luis sale cabizbajo. Pepita sale tras él y acaban de nuevo besándose, y deciden unirse para siempre.

A las dos de la mañana Luis abandona la casa de Pepita y va al casino para vengar el honor de su recién prometida. Gana todo el dinero del conde de Genazahar a las cartas y este le pide fiado. Luis le acusa de mal pagador y se baten en duelo. Luis es herido en un brazo pero hiere de gravedad al conde en la cabeza y vence.
Tras varios días de reposo por la herida, Luis se lo cuenta todo a su padre, que ya, por las habladurías del pueblo, lo sabía. Además, había logrado la ayuda de Antoñona, y, según confiesa en una carta a su hermano el deán, él mismo favoreció los encuentros de los jóvenes, y era el primero en desear la boda de ambos, que se celebró en el plazo de un mes.
El deán reconoce que la vocación de  Luis no era tan fuerte como se pensaba y que gracias a Dios se había descubierto a tiempo.

3) Epílogo. Cartas de mi hermano.

El editor recoge fragmentos de cartas que don Pedro manda al deán en los cuatro años siguientes a la boda. Se cuenta el fin de otros personajes de la obra: el conde pagó parte del débito y prometió pagar el resto. Económicamente, todo favorece a los Vargas. El joven matrimonio tiene un hijo y hacen viajes por Europa.

La obra es como un cuento popular, con final (…y vivieron felices y comieron perdices).

“…se celebraron las bodas de don Luis de Vargas y de Pepita Jiménez…

… Aquella noche dio Don Pedro un baile estupendo en el patio de su casa y salones contiguos. Criados y señores, hidalgos y jornaleros, las señoras y señoritas y las mozas del lugar asistieron y se mezclaron en él como en la soñada primera edad del mundo…”

(Pág. 204)

No comieron perdices pero,

"…Hubo hojuelas, pestiños, gajorros, rosquillas, mostachones, bizcotelas y mucho vino para la gente menuda. El señorío se regaló con almíbares, chocolate, miel de azahar y miel de prima, y varios rosolis y mistelas aromáticas y refinadísimas."

(Pág.205)

Aunque si que vivieron muchos años y fueron felices:

"…A nadie debe quedar la menor duda en que don Luis y Pepita, enlazados por un amor irresistible, casi de la misma edad, hermosa ella, él gallardo y agraciado, y discretos y llenos de bondad los dos, vivieron largos años, gozando de cuanta felicidad y paz caben en la tierra…"

(Pág. 206)

El contexto histórico de Pepita Jiménez no es sólo el del año 1874, sino el del entero Sexenio revolucionario, en el que Juan Valera, apartado de la política activa desde la proclamación de la República, desplegó una apasionada etapa creativa. El contexto histórico, en su conjunto, es el que en síntesis traza el novelista para los lectores norteamericanos de 1886:

"Yo la escribí cuando todo en España estaba movido y fuera de su asiento por una revolución radical, que arrancó de cuajo el trono secular y la unidad religiosa . Yo la escribí cuando más brava ardía la lucha entre los antiguos y los nuevos ideales"

(Pág. 218)

Un rasgo que me parece muy peculiar de Valera, de su saber avenirse con las cosas, sin dramatizarlas es su insistencia en el carácter de deleite, de juego intrascendente, de poesía bonita, que debe tener la novela. Valera lo afirma en el prólogo de 1888:

"…Mi propósito se limitó a escribir una obra de entretenimiento. Si la gente se ha entretenido un rato leyendo mi novela, lo he conseguido y no aspiro a más".

(Pág. 214)

E insiste en calificar lo que debe ser "una novela bonita", como se supone la suya.

Antecedentes.

Introducción Andrés Amorós:

“Como toda gran obra, PEPITA JIMÉNEZ nace, a la vez, de la vida de los libros. Don Manuel Azaña, que preparó durante años una biografía de Valera, ha aclarado suficientemente lo primero.

Traslada literariamente la novela, ante todo, un lance de la familia del autor: la relación de doña Dolores Valera y don Felipe Ulloa, que se querían pero eran pobres. Ella se casó con un viudo rico y, cuando enviudó, con su enamorado. Embellece Valera esta historia suprimiendo el primer noviazgo, roto por interés. Y pone en don Luis algunos de sus sentimientos personales: el placer del campo, la ambición…”

(Pág. 19)

Con la técnica epistolar Valera dispone toda su novela para subrayar lo que podría ser y no es.

En PEPITA JIMÉNEZ, el cura no era cura, la mujer no estaba casada sino viuda, el seductor estaba arrepentido, el pueblo no quería la caída de su heroína sino su felicidad.

“…El juego del narrador, el personaje y el lector se refractan en varios espejos. Por ejemplo:

  • Don Luis no se conoce a sí mismo -pero el lector sí lo va conociendo.

  • Tampoco conoce don Luis los verdaderos sentimientos de su padre ni de Pepita -el lector, sí, igual que antes.

  • Desecha los temores de su corresponsal -que el lector sabe fundados…”

  • (Pág. 23)

    MATRIMONIOS DE CONVENIENCIA en PEPITA JIMÉNEZ

    Después de leer Pepita Jiménez, he encontrado un matrimonio de conveniencia, el de don Gumersindo con Pepita Jiménez.

    D. Luis de Vargas (seminarista) nos presenta a Pepita Jiménez:

    CARTAS DE MI SOBRINO. (22de marzo)

    “… mañana como en casa de la famosa Pepita Jiménez, de quien usted habrá oído hablar, sin duda alguna. Nadie ignora aquí que mi padre la pretende. Mi padre a pesar de sus cincuenta y cinco años, está tan bien, que puede poner envidia a los más gallardos mozos del lugar… No conozco aún a Pepita Jiménez. Todos dicen que es linda. Yo sospecho que será una beldad lugareña y algo rústica. Por lo que de ella se cuenta, no acierto a decir si es de buena o mala moralmente, pero sí que es de gran despejo natural. Pepita tendrá veinte años; es viuda; sólo tres años estuvo casada. Era hija de doña Francisca Gálvez, viuda , como usted sabe, de un capitán retirado…

    …Hasta la edad de dieciséis vivió Pepita con su madre en la mayor estrechez, casi en la miseria…”

    (Pág. 47)

    Siguiendo el relato de su carta al padre Deán conocemos a D. Gumersindo, marido de Pepita Jiménez:

    “…Tenía un tío llamado don Gumersindo, poseedor de un mezquinismo mayorazgo, de aquellos que en tiempos antiguos una vanidad absurda fundaba. Cualquiera persona regular hubiera vivido con las rentas de este mayorazgo en continuos apuros, llena tal vez de trampas, y sin acertar a darse el lustre y decoro propios de su clase; pero don Gumersindo era un ser extraordinario; el genio de la economía… No sé sabe como vivió; pero el caso es que vivió hasta la edad de ochenta años, ahorrando sus rentas íntegras y haciendo crecer su capital por medio de préstamos muy sobre seguro…”

    (Pág. 47-48)

    “…Don Gumersindo, muy aseado y cuidadoso de su persona, era viejo que no inspiraba repugnancia… tenía excelentes cualidades: era afable, servicial, compasivo, y de desvivía por complacer y ser útil a todo el mundo, aunque le costase trabajos, desvelos y fatigas, con tal que no le costase un real…”

    (Pág. 48-49)

    Sigue D. Luis de Vargas con su carta del 22 de marzo, nos describe la familia de Pepita Jiménez y su situación económica:

    “…La madre de ella era una mujer vulgar, de cortas luces y de instintos groseros. Adoraba a su hija, pero continuamente y con toda honda amargura se lamentaba de los sacrificios que por ella hacía, de las privaciones que sufría y de la desconsolada vejez y triste muerte iba a tener en medio de la pobreza. Tenía, además un hijo mayor que Pepita, que había sido gran calavera en el lugar, jugador y pendenciero, y a quien después de muchos disgustos había logrado a colocar en La Habana en un empleíllo de mala muerte, viéndose así libre de él y con el charco de por medio. Sin embargo, a los pocos años de estar en La Habana el muchacho, su mala conducta hizo que le dejaran cesante, y asaeteaba con cartas a su madre pidiéndole dinero. La madre, que apenas tenía para sí y para Pepita, se desesperaba, rabiaba, maldecía de sí y de su destino con paciencia poco evangélica, y cifraba toda esperanza en una buena colocación para su hija que la sacase de apuro.

    En tan angustiosa situación empezó don Gumersindo a frecuentar la casa de Pepita Jiménez y su madre a requebrar a Pepita co más ahínco y persistencia que solía requebrar a otras…Así es, que un día ambas se quedaron atónitas y pasmadas cuando, después de varios requiebros, entre burlas y veras, don Gumersindo soltó con la mayor formalidad, y a boca de jarro, la siguiente categórica pregunta:

    - Muchacha, ¿quieres casarte conmigo?..

    La made contestó por ella.

    • Niña no seas mal criada; contesta a tu tío lo que desde contestar: Tío, con mucho gusto; cuando usted quiera. Este Tío, con mucho gusto; cuando usted quiera, entonces y varias veces después, dicen que salió casi mecánicamente de entre los trémulos labios de Pepita, cediendo a las amonestaciones, a los discursos, a las quejas, y hasta al mandato imperioso de su madre…”

    (Pág. 49-50)

    “…Ya he dicho que era tío de la Pepita. Cuando frisaba en los ochenta años, iba ella a cumplir dieciséis. Él era poderoso; ella pobre y desvalida.”

    (Pág. 49)

    Pepita Jiménez se casó con don Gumersindo. Un matrimonio de conveniencia.

    “…En efecto, el valor moral de este matrimonio es harto discutible; ms para la muchacha, si se atiende a los ruegos de su madre, a sus quejar, hasta a su mandato; si se atiende a que ella creía por este medio proporcionar a su madre una vejez descansada y libertar a su hermano de la deshonra y de la infamia, siendo su ángel tutelar y su providencia, fuerza es confesar que merece atenuación la censura…”

    (Pág. 51)

    D. Luis de Vargas nos relata en su carta una realidad que también impera en nuestros tiempos:

    “…Aquí, como en todas partes, la gente es muy aficionada al dinero. Y digo mal como en todas partes: en las ciudades populosas, en los grandes centros de civilización, hay otras distinciones que se ambicionan tanto o más que el dinero, porque abren camino y dan crédito y consideración en el mundo; pero el los pueblos pequeños, donde ni la gloria literario o científica, ni tal vez la distinción en los modales, ni la elegancia, ni la discreción y amenidad en el trato, suelen estimarse ni comprenderse, no hay otros grados que marquen la jerarquía social sino el tener más o menos dinero o cosa que valga…”

    (Pág. 52)

    “…Pepita, pues, con dinero y siendo además hermosa, y haciendo, como dicen todos, buen uso de su riqueza, se ve en el día considerada y respetada extraordinariamente…”

    (Pág. 52)

    MATRIMONIO DE CONVENIENCIA

    El matrimonio de conveniencia es una práctica a la que se recurre con cierta regularidad en determinados círculos y el interés sustituye generalmente al auténtico amor que, en la teoría, debiera ser la inspiración natural para ese tipo de uniones entre parejas. Hay que decir que no es del todo mal visto un matrimonio de conveniencia porque se dan por sentado que cuando hay elevados intereses en juego y pueden multiplicarse mediante hábiles decisiones para combinarlos a partir de un acta matrimonial, se entiende que el "sacrificio" vale la pena.


    Pues si ello ocurre en las relaciones sentimentales, diseñadas teóricamente para perdurar toda una vida, cuánto más en las relaciones políticas diseñadas para durar apenas un breve período electoral. Por ello es que vemos que si en algo abundan las relaciones de conveniencia para ambas partes es en la actividad política que termina uniendo a seres que jamás hubieran podido unirse salvo si lo hacen bajo el alero común de las ambiciones compartidas. Algunos han dicho que en política, como en la guerra y en el amor, todo se vale y de esa cuenta el pragmatismo se impone por sobre los valores fundamentales de las personas, no digamos sobre los cada vez más devaluados principios.


    La política, llamada a ser una actividad en la que por excelencia debiera prevalecer la ética y el compromiso, termina siendo la más acomodaticia de las actividades humanas, sobre todo en un ambiente en el que se saluda con entusiasmo el fin de las ideologías y que facilita la ubicación de las personas de acuerdo con lo que momentáneamente pueda ser conveniente e interesante. Pero por ello es que también ha adquirido textura de aforismo la idea de que en política los pactos están hechos para romperse, puesto que no hay compromisos perdurables sobre la base de que si las condiciones cambian o los intereses varían, es natural que se puedan producir corrimientos en uno u otro sentido.


    La política termina siendo, entonces, un verdadero arte de acomodamiento de acuerdo con las circunstancias y por ello los odios generados por la política nunca son definitivos ni separan de manera radical a las personas, sino simplemente en la medida en que no surja un interés capaz de hacer olvidar viejos agravios. Pero tampoco los amores y las lunas de miel entre políticos son eternos, porque basta con que aparezca en el horizonte una alternativa mejor, algo más atractivo y estimulante, para que se den por cancelados viejos compromisos.


    El matrimonio de conveniencia, como su nombre lo dice, perdura mientras conviene mantenerlo, pero el vínculo desaparece cuando desaparecen las razones que lo hacen conveniente. Y así es nuestra vida política y por ello vemos tanto corrimiento, tanto tránsfuga y tal carencia de apego a ideas y principios.

    En siglos pasados y menos en nuestros tiempos, la mayoría de los matrimonios eran de conveniencia, nadie se casaba por amor, las familias aristocráticas concertaban los matrimonios de sus hijos e hijas con otros niños de noble cuna. Los sacerdotes bendecían el acuerdo en una ceremonia de compromiso desde que el niño tenía cuatro aunque era más común a los once.

    Cuándo las familias se unían por estos matrimonios juntaban sus armas en el escudo, al nacer los niños se dividían de nuevo y así sucesivamente. A esto se le llamaba cuartear el escudo.

    Entre las clases privilegiadas era considerado un error casarse por amor, y es que en la época amor y matrimonio eran conceptos separados. El matrimonio era un contrato en el que no intervenían los protagonistas. Eran los padres los que lo concertaban. La meta de la mujer era conseguir un buen matrimonio.

    2