Juan Goytisolo

Literatura española contemporánea del siglo XX. Narrativa y novela de posguerra. Años 50 y 60. Vida y obras. Estilo

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Biografía

Juan Goytisolo nació en Barcelona el 5 de enero de 1931, y cursó el Bachillerato en un colegio de jesuitas. Se inscribió luego en la facultad de Derecho de su ciudad natal, donde formó tertulia con otros escritores, para trasladarse luego a Madrid y finalizar allí sus estudios. En 1953 visitó París y en 1957 decidió instalarse en la capital francesa. Durante su exilio voluntario trabajó como asesor en una editorial.

Ganó el premio Joven Literatura con El mundo de los espejos(1952).

Actualmente el autor reside en París, pero pasa largas temporadas en Barcelona y en Marrakech.

Análisis de la época

En España, a partir de los años 50, todavía con la dictadura de Franco, se inicia un nuevo periodo en la vida española caracterizado por:

·La firma de acuerdos de cooperación con los EE.UU., y el ingreso de España en la ONU.

·El restablecimiento de relaciones diplomáticas con la mayoría de los países occidentales.

En la década de los 60 se produjeron cambios notables, sobre todo en lo económico y en lo intelectual:

·Acceso a la sociedad de consumo, gracias a diversos aspectos económicos relacionados con otros países europeos

·Aumentó la oposición al régimen, a consecuencia de una serie de protestas y manifestaciones a cargo de estudiantes y obreros.

·El régimen de Franco pretendió su permanencia nombrando a Juan Carlos como sucesor, pero éste no accedió.

·Aumentaron las libertades intelectuales, favorecida por una nueva ley de prensa y aumentaron las relaciones culturales con otros países.

En 1975 muere Franco y se estableció la monarquía, basado en un sistema democrático constitucional.

·En 1978 se convocaron las primeras elecciones libres desde la guerra. Esto dio lugar la normalización democrática y España entra a formar parte de la Unión Europea y de la OTAN.

Movimiento literario

Juan Goytisolo entra a formar parte de la generación de escritores de los años 50:

A partir de los años 50 se inicia una leve liberalización cultural. La inquietud de intelectuales y estudiantes favoreció la publicación en España de las obras más representativas de la literatura universal y la difusión de estos libros por las editoriales. El cine obtiene éxitos importantes Berlanga con Bienvenido Mr. Marshall y Bardem con Muerte de un ciclista.

Dos temas predominan entre los nuevos narradores: el de la guerra civil enfocada desde distintos puntos de vista y el de la descripción de la vida española actual en sus diversos sectores sociales.

El realismo, iniciado con la obra de Camilo José Cela La familia de Pascual Duarte, se desarrolló en la década de los 50. A este tipo de técnica se le dio el nombre de realismo social, a través de cual se refleja el mundo de los suburbios, las fábricas, etc, expresado en un lenguaje sencillo y coloquial. En la poesía a esta misma técnica se denomina poesía social, que se caracteriza por su carácter testimonial y por su intenso compromiso social y político: denunciar injusticias sociales, y analizar los problemas de España.

Géneros

Juan Goytisolo cultiva, sobre todo, el género de la novela, aunque después en algunas de sus novelas incluya alguna poesía

Obras

Primera etapa: Obras de carácter testimonial y crítico. Rompe con España y con los valores de occidente. Defiende a la cultura árabe.

Juegos de manos, Barcelona, Destino, 1954 (4.a ed. 1969),373 pp.

Duelo en el Paraíso, Barcelona, Destino, 1955 (7.ª ed. 1979), 282pp.

El circo (Trilogía El mañana efímero). Barcelona, Destino, 1957 (3.ª ed. 1972), 246 pp.

Fiestas (Trilogía El mañana efímero). Buenos Aires, Emecé, 1958, 224 pp.

La resaca (Trilogía El mañana efímero), París, Librairie Espagnole, 1958 (2.ª ed. 1961), 268 pp.

La guardia («Un cuento cada mes ») , en Ínsula, n.° 141, Madrid, agosto de 1958, p.12.

Campos de Níjar, Barcelona, Seix Barral, 1960 (5.ª ed. 1970),140 pp.,

Para vivir aquí, Buenos Aires, Sur, 1960 (2.a ed. 1963), 198 pp.

La isla, Barcelona, Seix Barral, 1961, 171 pp.

La Chanca, París, Librairie Espagnole, 1962, 186pp.

Fin de Fiesta. Barcelona, Seix Barral, 1962 (2.ª ed. 1965), 202 pp.

Señas de identidad, 1966 (2.ª ed. 1969), 485 pp.

Reivindicación del conde don Julián (Trilogía Álvaro Mendiola), México, Joaquín Mortiz, 1970 (3.ª ed. 1976), 242 pp.

Juan sin Tierra (Trilogía Álvaro Mendiola), Barcelona, Seix Barral, 1975 (3.ª ed. 1982), 321 pp.

Segunda etapa: En esta etapa escribe libros ambientados en lugares árabes. Reivindico el triunfo de lo natural frente al consumismo.

Makbara Barcelona, Seix Barral, 1980

Paisajes después de la batalla, 1982, Barcelona, Montesinos, 220 pp.

Coto vedado, Barcelona, Seix Barral, 1985, 280 pp.

En los reinos de taifa, Barcelona, Seix Barral, 1986, 309 pp., Bibl. Breve.

Las virtudes del pájaro solitano, Barcelona, Seix Barral, 1988, 171 pp., Bibl. Breve.

Estambul otomano, Barcelona, Planeta, 1989, 150 pp., Col. Ciudades en la Historia.

La cuarentena, Madrid, Mondadori, 1991, 111 pp., Col. Narrativa Mondadori

Tercera etapa: Preocupado por los conflictos de la última década en el este de Europa y en algunos países árabes, escribe sobre estos temas. También escribe sobre la vida cotidiana de diversos países árabes.

La saga de los Marx, Madrid, 1993, Mondadori, 227 pp.

Cuaderno de Sarajevo, Madrid, 1993, El País /Aguilar, 136 pp.

Argelia en el vendaval, Madrid, 1994, El País /Aguilar, 134 pp.

El sitio de los sitios, Madrid, 1995, Alfaguara, 182 pp.

Paisajes de guerra con Chechenia al fondo, Madrid, 1996, El País /Aguilar , 117 pp.

Las semanas del jardín. Madrid, Alfaguara, 1997.

Valoración del autor

Juan Goytisolo es un escritor crítico, mordaz, lúcido y polémico. Está muy comprometido con temas sociales actuales, como el conflicto en los Balcanes o la inmigración. Critica a la Iglesia por su forma de tratar al sexo.

El escritor lamenta que la cultura occidental esté olvidando su espíritu curioso, que fue lo que le dio brío e importancia en el pasado, y que ahora se autocomplazca en su propia pequeña existencia.

Manifiesta su ruptura con España y su heterodoxia total con respecto a los valores de occidente, postura que no sólo no ha modificado sino que se ha radicalizado, ya que acusa a la cultura española de no haber aceptado su enriquecedor pasado árabe.

Textos

A continuación añado dos artículos donde se podrá comprobar la visión crítica y mordaz de Goytisolo, y sus inquietudes sobre algunas temas.

Vamos a menos

La decisión del jurado del Premio Cervantes el pasado mes de diciembre prueba de

modo concluyente (por si hubiera aún necesidad de ello) la putrefacción de la

vida literaria española, el triunfo del amiguismo pringoso y tribal, la

existencia de fratrías, compinches y alhóndigas, la apoteosis grotesca del

esperpento. Sí, Spain is different, y lo es sin remedio. Las vehementes

declaraciones de amor del laureado, de un amor que, a diferencia del de Wilde y

Gide, sí se atreve a decir su nombre, al secretario de Estado de Cultura ("¡Ay,

mi amor, cuántas cosas te debo! Me has hecho un hombre. De verdad que estoy con

vosotros. Cuenta conmigo para lo que quieras"); sus expresiones chulas e

insultantes respecto a los otros candidatos, entre los que por fortuna no me

hallaba yo ("ahora sí que les hemos jodido bien", "¡esto es la polla!"); sus muy

rendidas gracias a quienes "se lo han trabajado [el premio] a muerte" (su

padrino, José Hierro, y el crítico estrella de este periódico), resultarían

inconcebibles en otro país que el nuestro. En la flamante España que va a más,

la ignorancia, desfachatez y venalidad reinantes permiten galardonar no a

Valente, sino a don José García Nieto, pues en razón de la ausencia casi general

de criterios de valor, todo vale. En corto, la cultura ha sido sustituida por su

simulacro mediático y nadie o muy pocos elevan la voz contra ese estado de

cosas. La resignación y el conformismo con los poderes fácticos reinan en el

campo literario como en los felices tiempos del franquismo.

Lo más extraordinario de este inefable festival de burlas y vanidades es la

insistencia del galardonado en la índole "política" de su premio y su recompensa

a "la España progresista" que él encarna. ¡El autoproclamado escritor de

izquierdas, e incluso rojo, publicaba sin duda en Cuadernos de Ruedo Ibérico o

Nuestras Ideas, y no en la La Gaceta Literaria! Para un memorialista de su

pedigrí, la desmemoria que afecta a la vida española es una baza única. ¡Del

patrocinio de don Juan Aparicio al de Luis Alberto de Cuenca, qué impecable

trayectoria de izquierdas!

Mas lo ocurrido con el cervantes -empleemos la minúscula para evitar el ultraje

a la memoria de nuestro primer escritor- no puede considerarse con todo un hecho

aislado: se inscribe en un cuadro genérico de premios, recompensas, medallas,

galardones, ditirambos y propaganda desaforada destinados a transformar en obras

de arte unos partos de mediocridad escasamente áurea cuando no atentados

mortales a la inteligencia y buen gusto. La distinción fundamental entre el

texto literario y el producto editorial ha sido cuidadosamente borrada y, para

emplear los términos acuñados por Antonio Saura, el "hipo de la moda" se

confunde con "la moderna intensidad". No tengo nada en contra de los buenos

"productos" que sirven de soporte material a la publicación de obras

minoritarias y de mayor enjundia. Una gran editorial como Gallimard -a la que se

tributó un merecido homenaje en la Feria del Libro de Guadalajara- ha sabido

combinar unos y otras durante casi un siglo hasta componer un catálogo digno de

admiración. Pero en España, en donde la cultura es escasa y superficial, víctima

de nuestra trágica discontinuidad histórica -¿puede considerarse "normal" un

país en el que el lector no pudo acceder al disfrute de una obra como La Regenta

durante más de cuarenta años?-, el empeño de algunos en sostener la obra de

calidad lucha quijotescamente contra la ignorancia de los más y la demostrada

incompetencia de los dómines de la cultura. Si a ello añadimos el hecho de que

la educación se ha convertido en una nueva forma de calamidad pública -como

señaló recientemente Juan Pablo Fusi, el nivel de conocimientos de los

universitarios de hoy en las disciplinas de humanidades es tal vez inferior al

de los colegios de enseñanza media de la Institución Libre de Enseñanza en

tiempos de Cánovas-, obtendremos un cuadro completo de la desertificación ética

y literaria de nuestra España de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos.

No hay que extrañarse así de que en este clima triunfalista y deletéreo de

sometimiento a lo inane, pero mediático -o por mejor decir, de mediático por lo

inane-, asistamos a la reproducción clónica de premios y obras premiadas, en los

que el contenido del libro viene determinado de antemano por estrategias e

imperativos de su promoción. Una buena promoción suple con creces la baratija

impresa y atenúa el hedor de lo manido y rancio con un buen empaquetado de

regalo de Nina Ricci o Dior. Todo ello no sería posible sin la complicidad

activa o pasiva de las páginas culturales de los grandes periódicos,

dependientes, como nadie ignora, de intereses políticos o empresariales más o

menos confesables. Cualquier crítico o escritor de escaso fuste pero de muchas

campanillas puede pontificar sobre la "retórica hueca" de Valente o perdonar la

vida a Borges mientras proclama al inefable cervantes de las botas negras

brillantes y pañuelo rosa o de bufanda blanca y pantalón rojo eléctrico, lo

mismo da, el mejor escritor de todas las Españas. Cualquier avispado columnista

de cartón piedra puede establecer, con ayuda o sin ayuda del ministerio, su

canon literario y forjarse de ese modo, a costa de omisiones mezquinas y

flagrantes desafueros, una pequeña celebridad. Los amores y desamores de los

pretendientes a Bloom mas de integridad condigna de un cabecilla de taifa,

reflejan fielmente lo que escribió Cernuda -a quien no se lee y se cita con

desparpajo- en uno de sus ensayos: "Lo lamento, pero la crítica no consiste como

creen ahí, en administrar un compuesto de azúcar, melaza, sacarina y jarabe a

aquellos escritores admirados y palo tras palo a aquellos detestados por el

crítico, sino otra cosa". Para desdicha nuestra, esta "otra cosa" sigue

brillando por su ausencia. Recuerdo la reseña de una novela de difícil

repercusión fuera de España en la que el crítico prodigó 16 adjetivos de elogio

(cinco de ellos terminados en ante). El mismo crítico se despachó a gusto con

otra -ésta sí traducida posteriormente a varias lenguas no obstante su índole

minoritaria- con un número apenas inferior de frases o términos demoledores y

despectivos.

Pero en un caldo de cultivo como el de nuestra villa y corte, en el que la

tontería y falsedades de las que habla Cernuda pasan por valores contantes y

sonantes, nada significa ya nada. Igual da Gala que martingala y Verdi que

Monteverdi ("basta quitarle el Monte", como dijo un musicólogo de tertulia). Los

opiniónomos y sabios disciernen títulos de gloria o de infamia sin tomarse la

molestia de leer a quienes trituran o ensalzan. (Hace años incurrí en la

ingenuidad de presentarme a una plática radiofónica sobre la novela que acababa

de publicar. Al llegar con unos minutos de antelación al estudio sorprendí a los

contertulios mientras leían apresuradamente la contracubierta del libro para

saber de qué iba. Los ejemplares a su disposición lucían una virginidad ajena a

todo manoseo zafio. A pesar de ello, al empezar la charla, tres de ellos

alabaron la obra y uno la criticó con dureza. Pero se trataba de una iluminación

directa del Espíritu Santo, ya que ninguno la había leído).

Es una desdicha que el Paráclito no alumbre casi nunca las mentes de nuestros

responsables culturales. Sus intervenciones salvíficas son más bien raras.

¡Ojalá tuviésemos con nosotros a este camarero de un restaurante popular de

Monterrey que me habló de unas semanas de Disciplina Clericalis y de don Sem

Tob! De depender de mí, le habría nombrado inmediatamente ministro de Educación.

La amenaza más grave que hoy pesa sobre el escritor y el futuro mismo de la

literatura es su rendición sin combate a los halagos del poder mediático y a las

crudas leyes de la compraventa: el tanto vendes tanto vales que levanta hasta

los cuernos de la luna a los fabricantes de best- sellers y margina a quienes

escriben sin anhelo de recompensa y permanecen fieles a la ética del lenguaje.

Como escribía en su bello discurso de recepción del Nobel el novelista chino Gao

Xingjian, "si el juicio estético del escritor debiera seguir las tendencias del

mercado, ello equivaldría al suicidio de la literatura".

Para no suicidarse, el escritor tiene que aceptar en efecto la soledad creadora,

mucho menos dramática por fortuna que la de quienes, como Osip Mandelstam o

Bulgakov, no pudieron ver impresa su obra o perecieron a causa de su exigencia

moral y estética insobornable. Evocar el destino de éstos o de algunos grandes

creadores de nuestra lengua (de los que tan poco sabemos) resultaría una ayuda

preciosa en el momento de afrontar la alternativa. No pienso aquí en las plumas

serviles o zafias que existen tan sólo a la sombra del poder o gracias a su

continua presencia mediática sino en aquellas que, dotadas de la sensibilidad

innata del escritor capaz de plasmar su visión del mundo, sacrifican su precioso

don al afán barato de hacer carrera.

Una prensa atenta a la educación ciudadana debería cuidar de la defensa de los

valores literarios y artísticos más allá de las modas y combinaciones

mercantiles. Dicha labor no es cómoda en un medio habituado a la confección y

venta de productos de asimilación instantánea conforme a las normas de las

sociedades configuradas por el mercado global (productos consumidos a su vez por

éstas con la misma facilidad y rapidez que las hamburguesas zampadas, digeridas

y evacuadas de sus hamburgueserías). Pero los críticos que aceptan sin pestañear

dicho orden de cosas y ensalzan regularmente las obras plastificadas y

fabricadas en serie deberían comparecer ante un tribunal de deontología. Que los

órganos de prensa venales o al servicio del poder -para el que la cultura es

sólo un motivo de decoración o alarde vano- participen en tal almoneda no puede

sorprender a nadie. En otros casos dicha conducta resulta más difícil de

encajar.

EL PAÍS es "algo más que un periódico". Es también, como sabemos, la matriz o

pieza clave de un poderoso grupo empresarial con ramificaciones en el ámbito

editorial y en diversos medios de comunicación de España e Iberoamérica. Su

credibilidad informativa le ha permitido conquistar de buena ley una audiencia

internacional y alzarse al nivel de los cuatro o cinco mejores periódicos del

mundo. Merced a ello podemos disfrutar de la lectura de algunas de las mejores

plumas españolas y extranjeras tocante a los problemas y realidades acuciantes

con las que debemos lidiar. En mis viajes a diversas zonas conflictivas a lo

largo de la última década he podido comprobar igualmente la excepcional seriedad

y competencia de sus corresponsales en los Balcanes, Rusia, Oriente Próximo y el

Magreb. Pero advierto con creciente inquietud -y esto es la otra cara de la

moneda, visible no obstante, a todo observador sin anteojeras- la incidencia de

una serie de presiones internas y externas, ligadas a su dimensión empresarial y

a la imbricación que conlleva, que ponen a dura prueba en una de sus secciones

sus designios de imparcialidad.

Si al cabo de los años leo siempre con el mismo incentivo las páginas de Opinión

y las informaciones y crónicas internacionales (las de España me interesan menos

con excepción de las que tocan al País Vasco, el racismo y la inmigración), en

el campo cultural verifico a menudo la fuerza de estas presiones y la existencia

de un lo nuestro y lo ajeno de un nosotros y ellos que justifican un muy

diferente trato a autores y obras según pertenezcan o no al grupo multimedia o,

lo que es peor, sean amigos o no de quienes a la sombra pinchan y cortan.

No descubro el Mediterráneo si señalo que algunas informaciones sobre el número

de premios acumulados y ejemplares vendidos de un autor de la casa, reiterados

con machaconería, corresponden más bien a las funciones de un buen agente

literario que a las de un periódico serio cuya fiabilidad nadie debería poner en

duda. Tampoco descubro el Atlántico si apunto al hecho de que el nombre de

ciertos autores es escamoteado por causas que los interesados ignoran y que ese

ninguneo llega a tales extremos que se puede informar sobre la presentación de

un libro y omitir el nombre del presentador (esto acaeció la pasada primavera

con la del bello poemario póstumo de Carlos Fuentes Lemus; su presentador,

Julián Ríos, desapareció de la reseña del acto). Se me dirá que esto puede

ocurrir en todos los diarios. Mas la índole sistemática de las promociones y

ninguneos no debería sobrepasar ciertos límites so pena de afectar la confianza

que deposita en ellos el lector.

Algunas omisiones, por minúsculas que sean, pueden acarrear consecuencias

dañinas y citaré un ejemplo que me atañe. Cuando el imam Jomeini decretó su

célebre fatwua contra Salman Rushdie, recibí en Marraquech una llamada

telefónica de Londres para solicitar mi firma en una carta cuyo texto fue

publicado el día siguiente en The Times. Por más señas, fui el único firmante

español y el único que suscribió la protesta contra el desafuero en un país

musulmán. Poco después, la misma carta, con sus signatarios, apareció en este

periódico. Sólo faltaba mi firma: detalle insignificante y al que no presté

mayor atención. Pero he aquí que al cabo de unos años un colega me reprochó, de

buena fe sin duda, haber negado mi apoyo moral al escritor perseguido. Entonces

comprobé, con retraso, las secuelas de ciertas omisiones para mí tan misteriosas

como las que existían en tiempos de la censura franquista, y lamenté no haber

indicado públicamente el escamoteo de mi nombre en la lista reproducida en EL

PAÍS en forma de comunicado o anuncio.

Más allá de estas anécdotas de escaso interés para el lector, percibo en las

páginas de Cultura los corolarios de una endogamia que, por acentuarse de año en

año, corre el riesgo de convertirse en autismo. La existencia de unos

intelectuales orgánicos, no ya al servicio de un partido político o grupo

social, sino de la empresa, tiene a la corta o a la larga efectos negativos si

no se toma conciencia de ello y no se adoptan medidas para circunscribir el mal.

Todos conocemos a estos escritores (buenos o mediocres, igual da) que están

siempre en la brecha, allí donde deben estar y que si critican lo divino y lo

humano se guardan muy mucho de emitir el menor reparo al funcionamiento del

sector cultural y a unos favoritismos de los que son los primeros beneficiarios.

Tal vez eso sea inevitable y difícil de erradicar. Pero si desaparecen las voces

críticas o son ahogadas por un discurso satisfecho y eufórico -como sucedía en

otra escala, mucho más nociva, en las antiguas Uniones de Escritores de los

países del "socialismo real"- se corre el riesgo de hablar y aplaudir a quien

habla de forma "autorizada"; en otras palabras, de confundir la voz propia con

la voz de la sociedad.

Junto a la figura del Defensor del Lector a secas, habría que crear la de un

Defensor del Lector Literario, con el encargo expreso de señalar los usos y

abusos de nuestro peculiar Parnaso con la ironía de un Larra o un Clarín; el

elogio en el que no cree ni el que lo da ni el que lo lee ni a veces, si

conserva una pizca de lucidez, el que lo recibe; los compadreos, aborrecimientos

y exclusiones ajenos a toda ética y sentido común; la censura comercial mucho

más solapada y mortífera que la antigua censura religiosa, ideológica o

política. Hoy, como hace cuarenta años, lo que entiendo por crítica literaria

-extraño quizás a la mentalidad española, según creía Cernuda- se refugia de

ordinario en unas pocas revistas independientes de toda subvención estatal y

autonómica, como es el caso heroico de Quimera o Archipiélago, o recurre al

libelo provocador pero saludable del samizdat. Quién sabe si los foros

espontáneos de internautas serán en el futuro la única alternativa viable a la

tiranía de la trivialidad.

Las cosas no han cambiado mucho desde el día en el que el último cervantes llegó

al café Gijón. En mi novela Don Julián -prohibida por los servicios del entonces

padrino de aquél-, hablaba de "esas estatuas todavía sin pedestal, pero ya con

la mímica y el desplante taurómacos" de los escaladores del "laurífico

escalafón, que vierten a raudales su simpático don de gentes: si me citas te

cito, si me alabas te alabo, si me lees te leo: ¡original y castizo sistema

crítico fundado en la tribal, primitiva economía de trueque! ¡Poetas,

narradores, dramaturgos, al acecho de planetario premio, de alcaponesca beca!:

trenzándose, entretanto, unos a otros, floridas guirnaldas, prodigándose

henchidos elogios, redactando sonoros panegíricos: fuera de tono, inauténticos

siempre excepto cuando airada, recíprocamente se combaten", etcétera.

Cualquier parecido con el Parnaso de hoy sería desde luego simple coincidencia.

En este campo, si tenemos en cuenta los estragos de la seudocultura mediática y

la ignorancia general de nuestro pasado, incluso el más próximo, no cabe sino

concluir que vamos a menos.

Juan Goytisolo

Medievalismo y modernidad

Al omitir el análisis de las realidades creadas por el

intercambio de lenguas, costumbres, modelos literarios y

artísticos y formas civiles de convivencia, el anacrónico

encasillamiento de saberes entre latinistas, arabistas y

hebraístas obstaculiza el conocimiento cabal de la sociedad y

cultura españolas de la Edad Media. Esta nociva deficiencia

metodológica abarca y alza muros ficticios en otros ámbitos: vaya

de ejemplo la ignorancia recíproca de medievalistas y profesores de

literatura contemporánea del área de investigación de sus colegas,

laguna o, por mejor decir, gran lago que, de ser subsanados,

permitirían a aquellos reivindicar la modernidad, tal como la

percibimos hoy, de elementos y obras juzgados remotos

aproximándolos así a quienes se interesan en ellos y evitaría a

los segundos el presunto descubrimiento de novedades que se

remontan a veces a más de seis siglos.

Los escasos y mal subvencionados departamentos de literatura

comparada son no obstante esenciales a la correcta apreciación de

la española en la medida en que su cotejo con otras puede

modificar e invertir escalas de valores crustáceas y rígidas. Sólo

quien domina distintas culturas alcanza a distinguir la imitación

más o menos feliz de obras y corrientes de fuera de lo que brilla

con luz propia en virtud de un ars combinatoris de elementos de

irrepetible singularidad. Este compartimiento de especialidades,

sumiso además a cánones anticuados, es responsable entre otros

entuertos del menosprecio y desdén que mantuvieron en la gehena

del saber erudito a un "mamotreto" de la importancia y enjundia

del de Delicado.

Un intercambio fructífero de conocimientos intemporal y

plurilinguístico contribuiría a derribar fronteras artificiales y

ayudaría a los jóvenes reacios al estudio de obras de otras

épocas a arrimarse a ellas con menor dificultad.

Recuerdo que a comienzos de los setenta tuve la feliz

oportunidad de alternar mis cursos para estudiantes graduados en

la New York University con otros de un escalón muy inferior en el

departamento de literatura de una de las universidades más

huérfanas del Bronx, cuyo alumnado se componía casi exclusivamente

de puertorriqueños. La decana del departamento me advirtió de

entrada que debería limitarme al estudio de autores y obras de la

isla pues los estudiantes, me aseguró, no se interesaban por los

del resto de Iberoamérica y, menos aún, España. Cuando le dije que

consagraría mis clases a La Celestina rompió a reír con risa

reventona: "El primer día del curso tendrá usted los veinte y pico

inscritos; el segundo, la mitad y el tercero, ninguno." "Vamos a

ver", repuse. Compré por mi cuenta dos docenas de ejemplares de

una edición barata de la tragicomedia y en la fecha inaugural del

curso los distribuí entre las alumnas Y alumnos. "El autor de esta

obra, les dije, tenía la edad de ustedes cuando la compuso. Como

ustedes, era súbdito de la mayor potencia imperial de la época y

pertenecía igualmente como ustedes a una minoría discriminada como

la de los puertorriqueños en Estados Unidos. El libro es la

tragedia de un amor enfrentado a las normas y valores de una

sociedad tradicional rígida."

El cursillo, a su manera, fue un éxito. Ningún estudiante

desertó del aula y todos leyeron a Fernando de Rojas con seriedad

e incluso apasionamiento. Los lances de la obra les evocaban

episodios similares acaecidos en Puerto Rico: la vecina de una

joven se había inmolado por amor como Melibea;

un día cogí un taxi en Manhattan cuyo chófer, casualmente un estudiante

inscrito en el curso, permanecía al volante en la parada enfrascado en la

lectura de La Celestina. Las composiciones de fin de semestre pecaban

desde luego de ingenuas, pero nadie se substrajo a ellas. "En las

relaciones entre el hombre y la mujer el papel de la mujer es muy

importante", escribió un melibeo apuesto de bigotico y perilla. La frase

- y la risa irresistible que desencadenó - recompensaron con largueza mi

empeño.

¡Los puertorriqueños marginados del gueto podían leer con provecho

la obra de Rojas! Esta prueba maciza de su universalidad apuntaba a los

culpables de su lejanía y distanciamiento: a los profesores incapaces de

adaptarse a las condiciones sociales y culturales del alumnado y de tener

en cuenta su inestable condición de emigrados a horcajadas de dos mundos

ni su mediocre nivel educativo.

¡Calixto y Melibea o los amantes de Mayaguey! Alguien me expuso la

idea de musicalizar la tragicomedia y convertirla en otra West Side Story.

Lamento que su ilusión no cuajara: habría sido el mejor homenaje popular,

a cuatrocientos setenta años de distancia, al bachiller de La Puebla de

Montalbán cuyo "cuento de horror", según palabras de Gilman, fue la

respuesta al horror que le cupo vivir desde el desabrigo y vulnerabilidad

de la infancia.

Juan Goytisolo