Jóvenes actuales

Realidad social. Aprendizaje. Autonomía. Problemas. Drogas. Alcohol. Botellón. Tribus urbanas. Violencia

  • Enviado por: Lena 25
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REFLEXIONES GENERALES

La evolución demográfica

Nuestras sociedades están envejeciendo debido al efecto conjugado de una menor tasa de natalidad y de una mayor longevidad. Este desequilibrio cuantitativo entre los jóvenes y las personas de mayor edad provoca un cambio cualitativo de las relaciones entre las generaciones. La juventud ha experimentado una gran evolución en sus características sociológicas, económicas y culturales, como consecuencia de los cambios demográficos, pero también de las modificaciones del entorno social, de los comportamientos individuales y colectivos, de las relaciones familiares y de las condiciones del mercado de trabajo. La situación de dependencia esperada, y real, de la posición de la juventud va estrechamente unida a su subordinación. En todas las sociedades conocidas, la juventud ocupa una posición de subordinación frente a los grupos de edad superior.

La subordinación se inicia desde los primeros aprendizajes, desde las primeras adaptaciones del niño/a a los sistemas de recompensas y castigos de sus mayores. Prosigue en la infancia y adolescencia, tanto en el contexto familiar como en el de otras instancias socializadoras en que el niño/a o joven interactúa con adultos. Pero tanto como consecuencia de la dinámica del desarrollo de la personalidad, como por su participación en grupos de iguales, simultáneamente con sus roles subordinados aparecen ya impulsos, tendencias y conductas autoafirmativas.

Ahora bien, los cambios que se han operado en las sociedades contemporáneas han repercutido en la posición del joven en el sentido de exigir conductas con una orientación más igualitaria, menos de estricta subordinación. En la medida en que la sociedad evoluciona hacia formas más universalistas y más modernas, la competencia y el logro, la capacidad de realización, son factores más importantes para determinar las relaciones de status que los factores tales como la clase, la edad o el sexo. Los jóvenes desean tener derecho a expresarse sobre todos los aspectos de su vida cotidiana, como la familia, la escuela, el trabajo, las actividades de grupo, el barrio, etc. Pero, al hacerlo, se interesan por temas económicos, sociales y políticos más amplios.

Su interés no se limita a las cuestiones locales, sino que también se extiende a su región, a su país, a Europa y al mundo. Dicho de otro modo, el derecho a participar no se debe limitar y se ha de poder ejercer sin limitaciones. Así creemos que, cuando se movilizan para que algunos jóvenes, desfavorecidos o marginados, de minorías étnicas..., puedan participar más, es en nombre de una lucha más amplia a favor de una participación universal y sin discriminaciones.

La participación de los jóvenes, un aprendizaje

La participación exige que los jóvenes adquieran unas competencias o consoliden las que tienen. Ello supone un proceso gradual de aprendizaje. La primera etapa, desarrollada generalmente en el propio entorno (escuela, barrio, población, centro juvenil, asociación, etc.) es de una importancia capital. Permite adquirir la confianza en uno mismo y la experiencia necesarias para pasar a las etapas siguientes. Además, es en la vida local donde la participación permite que se produzcan cambios concretos, visibles y controlables por los jóvenes.

En una segunda etapa, los jóvenes toman conciencia de que toda una serie de decisiones que afectan al ámbito local se adoptan en niveles de decisión más globales, en particular en el nivel del propio pais. A este respecto, aunque la escuela es un lugar privilegiado para el aprendizaje y para las prácticas participativas, aún presenta, a los ojos de los jóvenes, el inconveniente de que no les tome en consideración como ciudadanos activos.

En efecto, la ciudadanía activa se aprende sobre el terreno, donde los jóvenes pueden juzgar en concreto los resultados de su compromiso personal. Los jóvenes, con la participación en la vida de la escuela, del barrio, del municipio o de una asociación, adquieren la experiencia y la confianza necesarias para implicarse en mayor medida, ahora o más tarde, en la vida pública, incluido a escala europea, mundial. Los jóvenes contribuyen a una sociedad más solidaria y asumen plenamente su ciudadanía comprometiéndose en actividades sociales abiertas a todos, sin ningún tipo de discriminación.

Por norma general, y en contra de lo que muchos creen, los jóvenes queremos promover la democracia y, en especial, participar en ella. Pero ha aparecido una desconfianza con respecto a las estructuras institucionales. Los jóvenes participan menos que en el pasado en las estructuras tradicionales de la acción política y social (partidos y sindicatos) y su participación en las consultas democráticas es baja. Las organizaciones juveniles también sufren esta situación y sienten la necesidad de renovarse. Esto no significa en ningún caso que los jóvenes se desinteresen de la vida pública. La mayoría de ellos se declara dispuesto a participar y a influir en las decisiones que tome la sociedad, pero según fórmulas de compromiso más individuales y concretas, fuera de las estructuras y los mecanismos participativos del pasado. Corresponde a las autoridades públicas cubrir la distancia que separa la voluntad de expresión de los jóvenes y las modalidades y estructuras que nuestras sociedades ofrecen con este fin, si no se quiere incrementar el déficit de ciudadanía, o incluso alentar la contestación.

La participación es indisociable de la información de los jóvenes. La responsabilidad de informar a los jóvenes, corresponde precisamente a las “cabezas pensantes” de la sociedad.

Desarrollar la autonomía de los jóvenes

La autonomía es una de las principales reivindicaciones de los jóvenes. Esta autonomía se basa en los medios que se les conceden, y en especial los medios materiales. A este respecto, es de capital importancia la cuestión de los ingresos. La juventud se ve afectada por las

políticas de empleo, protección social y ayuda a la inserción, así como por las políticas de vivienda y transporte. Estas políticas son necesarias para permitir que los jóvenes consigan más rápidamente la autonomía, y deberían desarrollarse teniendo en cuenta sus puntos de vista y sus intereses, así como aprovechando los logros y las experiencias propias de las políticas de la juventud. Los jóvenes quieren ser una parte activa de la sociedad y se sienten afectados por las políticas relacionadas con las diferentes facetas de sus condiciones de vida.

Mayores dificultades de acceso a la vivienda, debido a la espectacular alza del precio de éstas y a la escasa oferta del mercado de alquiler es uno de los problemas fundamentales.

La baja calidad del empleo entre los jóvenes, donde cabe hablar, en términos generales, de temporalidad y baja remuneración, es otro de los problemas a los que debemos enfrentarnos. Desarrollar un mercado de trabajo favorable a la inclusión de los jóvenes, garantizar unos recursos e ingresos adecuados para éstos, luchar contra las desigualdades ante la educación, favorecer el acceso a servicios de calidad (vivienda, salud, cultura, derecho y justicia) y regenerar las zonas que sufren desventajas múltiples, son algunas de las soluciones más inmediatas para paliar el problema.

Problemática

En sociedades forzosamente imperfectas, siempre habrá espacio para el sufrimiento, el miedo, los conflictos, las dificultades, las angustias, por lo que no es extraño que se recurra a unos productos que, más o menos, de una u otra forma, aportan una fantasía de paraísos artificiales, permiten algunos alivios ilusorios o, más sencillamente, son vistos como ayudas o desahogos a la hora de vivir los problemas. Los problemas protagonizados fundamentalmente por los jóvenes, algunos de ellos de difícil solución, y ante los que se encuentra la sociedad actual, son entre otros:

BOTELLÓN: DROGAS Y ALCOHOL

El consumo de tabaco y alcohol, así como el abuso de medicamentos legales, se consideran problemas de primer orden. Nos preocupan las dimensiones y suciedad del botellón, pero ¿qué hacer? ¿Puede la policía disolver una reunión de, a veces, más de 300 jóvenes apiñados en una plaza con alcohol de garrafón, calimocho, cerveza en litrona y vasos y bolsas de plástico, que luego se quedan por allí, entre meadas y a veces vomitonas? No.

El botellón es fruto de la economía y de una insatisfacción honda que muchos chicos y chicas ni siquiera sabrían expresar con nitidez. Las copas en los bares son bastante caras y el mal alcohol comprado en el supermercado mucho más barato. Por lo demás, la masificación en las plazas parece servir de defensa contra el enemigo exterior, pero también como factor degradante: aumentan la suciedad y el ruido, y esa sensación triste de lo masivo: la moda obtusa, estar ahí como quien está por imitación, siguiendo una consigna. Pero la desproporción del fenómeno exige soluciones.

Los chicos beben y beben y vuelven a beber mientras los vecinos acumulan ojeras, la industria engorda y los políticos se rascan la cabeza. Botellón, dícese de la mezcla de calle, noche y alcohol, con acepciones de cristales rotos, ruidos de más, orines urbanos, luchas de libertades y conflicto social.

A ésto hay que añadir la venta y consumo de drogas. Al margen del consabido porro, algunos grupos de la movida sobre todo a altas horas de la noche, se incrementa el consumo de drogas de síntesis, las conocidas pastillas.

Como jóvenes nos gustaría aportar nuestra propia visión del problema.

Está claras cuáles son las principales causas para su celebración (falta de espacios donde reunirse, precios excesivos en las copas, menor control en el consumo de alcohol por menores...) así como conocemos las consecuencias tanto de orden público como de salud.

Lo que nos parece bastante triste y escandaloso es que surjan polémicas del consumo de alcohol en la calle sólo porque, y esto es así, los grupos de jóvenes que se reúnen los fines de semana en la calle MOLESTAN a los vecinos. Sólo porque molestan.
Lo que nos estamos cuestionando aquí no es el hecho de que los jóvenes consuman alcohol sin ningún tipo de control, sin que se les eduque para la prevención y la convivencia social, empezando por los propios padres, que no saben o no se quieren enterar muchas veces de cómo hacerlo, siendo más fácil delegar la responsabilidad en otros (administración, educadores..). No es la principal discusión el que no exista otra alternativa para el tiempo de ocio....; lo que en este caso preocupa principalmente es que ocasionan molestias.

Sólo cuando ese grupo de vecinos cabreado decide salir a la calle (protestando pero sin realizar el esfuerzo de proponer ninguna solución, sólo necesitan poder dormir por la noches) es cuando se empieza a hablar de posibles soluciones. Tan patéticas, desde nuestro punto de visto, como la de aplicar la prohibición tajante al consumo de alcohol en la calle. Tan absurda, a nuestro juicio, como que no hay nada como prohibir a un joven que no haga determinada cosa para que se busque la manera de burlar la ley. ¡Pero si los jóvenes están deseando encontrar retos que poder combatir, y tener causas contra las que rebelarse!. La prohibición sólo generaría guetos en las afueras de la ciudad, en zonas sujetas a menor control, con el consiguiente peligro de que bajo los efectos del alcohol se realicen desplazamientos. Pero eso parece que no importa a aquellos que nos quieren prohibir que nos reunamos en la calle, que por otra parte es de todos. ¿o acaso es que no interesa que los jóvenes puedan tener espacios donde reunirse, aunque sea en la calle? ¿Se trata de solucionar el problema, o de arrinconarlo donde no moleste? No somos los jóvenes los que hemos inventado nada. Es el mundo adulto y sus intereses los que saben que la “movida”, el consumo, es un negocio contra el que no interesa que se actúe. Se enmascaran la diversión en forma de borrachera como si fuera nuestro estilo.

El problema es que no nos queda otra forma de entenderlo. Aquí es donde los jóvenes deberíamos de tener la rebeldía para gritar que queremos otra cosa: Espacios abiertos los fines de semanas, centros socioculturales, bibliotecas, polideportivos.... Los jóvenes necesitamos reivindicar nuestro espacio, relacionarnos, identificarnos con un grupo. Y claro que no nos parece correcto que ni los jóvenes ni ningún ciudadano se dediquen a molestar al resto o a en

suciar las calles. Claro que nos parece un grave problema que chavales más o menos jóvenes se pillen unas buenas “cogorzas” los fines de semana porque sí, sin más finalidad.

EL FENÓMENO DE LAS TRIBUS URBANAS

El mundo, aunque del mismo tamaño que en el principio de los tiempos, a través de los siglos ha visto crecer y diversificarse a la población humana. En las sociedades que constituyen los distintos países del planeta existe, generalmente, una forma de ver el mundo que determina el deber ser para los individuos y es ante esa forma establecida como surgen los movimientos contraculturales que se oponen a lo existente.

Las tribus urbanas, que se manifiestan a través de movimientos y expresiones juveniles que adquieren distintos sentidos y significados, con el fin de enfrentar y trascender lo establecido y ser parte de un grupo, son parte de esas contraculturas.

La etiqueta “tribus urbanas” despierta implícitamente la idea de violencia en cualquiera que la escucha. Pero nosotros nos planteamos hasta qué punto esta reacción es lógica, o es la expresión de un miedo irracional, basado en el desconocimiento de estos grupos.

Según datos de la policía, casi el 70% de las denuncias por agresiones que se ponen en nuestro país es atribuible a las tribus urbanas. Las peleas y los altercados entre grupos de jóvenes los fines de semana ya se han convertido en algo habitual. Skins o cabezas rapadas, bakaladeros... su sola mención pone los pelos de punta. Y no es para menos. Una simple mirada, un gesto que no les agrade, ser negro, árabe o tener el pelo rojo puede ser motivo suficiente para que te propinen una paliza o para ser objeto de insultos o humillaciones de todo tipo. Le puede pasar a cualquiera. En nuestros días, la expresión “tribus urbanas” va asociada a conflictividad. De entre todas, las más agresivas son los skins, que se distribuyen en tres grupos: los nazis (generalmente unidos a organizaciones de extrema derecha), los racistas y un tercer conjunto de tendencia izquierdista o libertaria.

Sin embargo, el aluvión de agresiones por parte de grupos radicales ha logrado etiquetar a todas las tribus urbanas bajo el rótulo de “violentas”. Pero existen muchas matizaciones a esta afirmación. En primer lugar, cada tribu se rige por unos ideales diferentes. Es cierto que pueden surgir puntos en común entre los heavies, punkies o skins, pero afortunadamente son más las características que los convierten en agrupaciones singulares.

Si algo ha caracterizado a los jóvenes desde siempre es su tendencia a agruparse según sus aficiones, gustos, ídolos, ideas... Ello tiene su parte positiva: la existencia de tribus urbanas como signo de diversidad y pluralidad en una sociedad plural, abierta y tolerante., y eso es precisamente lo que radica en la esencia de casi todas las tribus urbanas.

Pero no hay que engañarse: todos los aspectos positivos que implica el pertenecer a una tribu urbana han quedado ensombrecidos por actos irracionales que parecen haberse adueñado de muchos de estos grupos, especialmente los skins, que han hecho de la violencia el fin de todos sus actos.

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