José Martínez Ruíz, Azorín

Literatura española contemporánea del siglo XIX y XX. Narrativa. Novela de la Generación del 98. Estética noventayochista

  • Enviado por: Sergio Luhia
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas

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INTRODUCCIÓN:

1905 fue un año importante en la historia de nuestras letras que estaban conociendo el nacimiento de la modernidad, ciertamente no sin esfuerzo ya que tendencias y generaciones harto diversas -en suma, gente vieja y gente nueva, como solía decirse- coexistían enfrentadas. Del mismo modo que los llamados con el tiempo noventayochistas iban abriéndose camino e imponiéndose, los modernistas, sus compañeros y amigos, venciendo obstáculos y hostilidades abundantes, se batían victoriosos contra los últimos supervivientes de la poesía post-romántica y acaso 1905 sea decisivo a este respecto. Disiento de Guillermo Diaz-Plaja cuando señala a 1902 como año capital en la historia de nuestro Modernismo y creo que fue tres años mas tarde cuando se produjo el triunfo de la innovadora tendencia; así lo acreditan hechos como los siguientes: en 1905 muere Gabriel y Galán y se produce la protesta de la joven literatura contra el medio premio Nobel de 1904 concedido a Echegaray. Rubén Dario publica en Madrid su importante libro Cantos de vida y Esperanza y lee poemas en el Ateneo. (Velada del tricentenario de la primera parte del Quijote). En la misma tribuna, y en noviembre del mismo año, lee Chocano, a la sazón residente en España, versos suyos que al auditorio le extrañan pero que terminará aceptándolos y aplaudiéndolos. En 1905 se publican varios libros modernistas, entre otros: Rapsodias, Francisco Villaespesa; Teatro de ensueño, Gregorio Martínez Sierra; Edad dorada, Mariano Miguel de Val; Flor pagana, Enrique de Mesa. De todos los hechos relacionados acaso el mas detonante y significativo sea la actitud ante el anunciado tonante y significativo sea la actitud ante el anunciado homenaje nacional a Echegaray de la juventud literaria, que publicó un breve escrito-manifiesto (¿Fue Azorín su redactor?), explicando su discrepancia; fue esta la única voz discordante en el coro unánime y, por lo mismo, silenciada en buena parte de la prensa que, por el contrario, llenaba sus páginas de noticias de los preparativos y de las adhesiones recibidas, o de los actos celebrados el domingo 19 de marzo. Noventayochistas y modernistas militantes junto a escritores independientes, todos ellos jóvenes en edad y en estética, suscribían esa protesta cuyo sentido último era prestar apoyo al teatro de Jacinto Benavente.

Pero conviene no reducir las efemeridades literarias de 1905 al por lo demás normal enfrentamiento de generaciones. Lo cierto es que la generación que tuvo espacio literario propio mas o menos coincidente con el tiempo histórico de la restauración canovista, había cumplido su misión, brillantemente en ciertos casos y géneros, y a la altura cronológica en que ahora nos encontramos algunos de sus miembros habían desaparecido físicamente, otros permanecían silenciosos y decaídos en su capacidad creadora, y solo unos muy contados se mantenían, además de vivos, activos. No para todos los que eran por imperio de la edad gente vieja tuvo la gente vieja olvido o menosprecio pues si resultaba cierta la existencia de un ambiente poco propicio a don Benito, ambiente percibido por Ramón Pérez de Avala en su llegada a Madrid, no fue menor el interes que por su Electora mostraron en 1901 los jóvenes Maeztu y Martínez Ruiz como, asimismo, el hecho de que para lanzar en 1905 una revista literaria informativa y crítica, no enfeudada a capillas o banderías, se pensara en Galdós como en el mas eficaz aglutinador de personas y tendencias, y por eso figura al frente de su comité de redacción y firma en el número primero de “La República de las Letras” el artículo de presentación.

Por lo que se refiere a Azorín hemos de admitir que, aunque buen conocedor del Quijote y también de algunas vicisitudes eruditas en torno al libro y al autor, su intención es bien distinta a la de los profesionales del cervantismo y su deseo no fue otro que salir de la especulación abstracta y establecer contacto directo con la realidad física y humana de una comarca inmortalizada literariamente: Castilla.

  • Datos biográficos:

    • Vida: José Martínez Ruiz nació en Monóbar, Alicante, en 1873. Sus primeros estudios los realizó en Yecla, ciudad recordada en su obra. Cursó Derecho en Valencia, Granada y Madrid, pero se dedicaría durante toda su vida al periodismo. En 1896 conoce a Unamuno en Madrid y colabora con el periódico “El País”. En 1897 sale de “El País”. Se une al republicanismo federal de Pi Margall. Es redactor de “El Progreso”, dirigido por Lemoux. Desde 1904 utilizó como seudónimo el nombre del protagonista de sus primeras novelas, Azorín. En 1907 es elegido diputado del partido conservador en Purchena, Almería. En 1908 se casa con Dilia Guinde Urzangi. En 1924 es elegido académico. En 1930 deja el “ABC” y pasa a “El Sol”. Intenta resucitar su republicanismo. En 1933 pasa a “La Libertad”, dirigido por Lerroux. Comienza su oposición a la república. En 1936 marcha a París, desde donde escribe para “La nación de Buenos Aires” sin aludir a la guerra civil. En 1939 regresa a España desde donde envía crónicas a “Buenos Aires” adhiriéndose al régimen. En 1941 publica en “Escorial” y luego en “ABC”. En 1955 recibe un premio por voluntad de Serrano Súñez. Muere en Madrid en 1967.

    • Amistades: Azorín perteneció a la Generación del 98, que adoptó este nombre del año en que España pierde sus últimas colonias (Cuba, Filipinas y Puerto Rico), lo cual se refleja en sus obras.

Los dos miembros que bautizaron a esta generación así fueron Azorín y Gabriel Maura en 1913. Otros miembros de la Generación del 98 fueron: Antonio Machado, Unamuno, Ganivet, Maeztu, Baroja, Valle Inclán, Benavente y Juan Ramón Jiménez.

A pesar de su coincidencia en los puntos de vista en el afán de lograr una España distinta y mejor (“la realidad no importa, lo que importa es nuestro ensueño”, diría Azorín), todos los hombres del 98 tuvieron una personalidad muy acusada; y no sólo en su obra, sino también en el cultivo externo de su singularidad: Unamuno se vestía como un pastor protestante, Baroja tenia un aspecto intencionadamente descuidado, Valle-Inclan llevaba una larga barba de chivo y a veces se disfrazaba de oficial carlista, Azorín usaba monóculo y llevaba siempre un paraguas rojo, etc.

Pero lo importante de este grupo, cuyo tiempo ha sido llamado el “medio siglo de oro”, es su actitud antiburguesa, cada cual en su estilo, y el común anhelo por una existencia social más justa y sincera.

La Generación del 98 fue seguida por otro grupo de extraordinarios escritores que, en parte, eran discípulos de aquélla. Este grupo fue llamado “Grupo de 1914”,entre los que figuran los escritores: José Ortega y Gasset, Gabriel Miró, Ramón Pérez de Ayala, Salvador de Madariaga y Gregorio Marañón.

  • Trayectoria literaria:

En su juventud profesó ideas revolucionarias y publicó librillos de inspiración anarquista. Sin embargo, pronto derivó hacia el conservadurismo. En lo religioso pasó de su anticlericalismo inicial a un escepticismo sereno, para llegar en su vejez a un "catolicismo firme, limpio, tranquilo". En su obra, de formación eminentemente gala, se deja notar la influencia de Montaigne, pero también Nietzsche y Schopenhauer dejaron huellas en él. A Azorín es posible identificarlo con muchos de sus personajes, que en sus obras pasan del joven disconforme y soñador al señor opaco y gris, con tendencia a engordar, cortés y amable, que mantiene buenas relaciones con sus coetáneos. Él mismo fue en muchas ocasiones el nexo de una generación a la que separaban casi tantas cosas como las que les unían. Los rasgos que le definen son su obsesión por el tiempo, por la fugacidad de la vida, por ese fluir de todo y todos hacia la muerte.

Su obra nos muestra dos temas claramente diferenciados: por un lado, sus recuerdos de infancia y juventud, y por otro, sus evocaciones de tierras y hombres de España, principalmente sus descripciones de Castilla. En palabras de Azorín: "El Paisaje somos nosotros; el paisaje es nuestro espíritu, sus melancolías, sus placideces, sus anhelos". Coincide con Unamuno en su interés por esos aspectos cotidianos, escondidos y profundos del pasado. Su estilo es preciso y claro. Emplea la palabra justa y la frase breve. El punto y seguido fue casi su único signo ortográfico. Buscó y utilizó, como otros escritores de su generación, palabras olvidadas. Azorín cultivó diversos géneros. Su peso como ensayista ha hecho subestimar su aportación a la novela. La trama argumental de la novela azoriniana carece de hilo narrativo. Se han comparado sus novelas con una exposición de estampas que nos presentan a los personajes en situaciones cruciales de sus vidas o de sus acciones.

Una de las constantes principales de su obra es el paisaje, sobre todo el de Castilla. Se encuentran magnificas descripciones de sus tierras y gentes en Los pueblos (1905), La ruta de Don Quijote (1905), Castilla (1912) y Un pueblecito, Riofrio de Avila (1916). Tiene importancia su labor de crítica literaria, que ejerce con fina sensibilidad en Lecturas españolas (1912), Al margen de los clásicos (1915), Rivas y Larra (1916), Los dos Luises y otros ensayos (1921) y De Granada a Castelar (1922). A pesar de que el vehículo característico de expresión de Azorín es el ensayo, se le deben novelas y obras dramáticas, en las que pesa más el lirismo y las expresiones personales que la trama. Entre las primeras hay que mencionar La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903), Don Juan (1922) y Felix Vargas (1928); las piezas teatrales más interesantes, aunque de escaso éxito, son Lo invisible (1928) y La guerrilla (1936).

¿Cabría aceptar a la altura de 1905 la caracterización que Azorín ofrece a sí mismo en el primer capitulo de la ruta de don Quijote, valiéndose de un plural enfático: “nosotros, modestos periodistas”? Su actividad literaria cuyo comienzo data de la estancia en Valencia como estudiante universitario (1888 a 1896), se abre con las colaboraciones periodísticas en El Mercantil Valenciano, la revista Las Bellas Artes (de breve existencia) y El Pueblo, de Blasco Ibañez, y versaban primordialmente acerca de asuntos literarios - critica de estrenos, comentario de libros y autores; alterna esas colaboraciones con sus folletos. Trasladado nuestro escritor a Madrid, para concluir la carrera de leyes y afirmar en más vasto ámbito su vocación literaria, continuará semejante alternancia y nuevos folletos, algunos de ellos tan explosivos como Charivari (de 1897), verían la luz al tiempo que su autor, metido de lleno en le ambiente de redacciones y tertulias, amigo de Baroja y de Maeztu (formando con ellos el grupo de los tres), hacia periodismo en El progreso y El País, y colaboraba (al igual que otros jóvenes escritores) en Revista Nueva. Es por entonces -un lapso de tiempo que concluye aproximadamente con la publicación de La Voluntad y de Antonio Azorín (1902 y 1903)- cuando se declara anarquista (en una sesión del Ateneo: “¡yo soy hombre de acción, no de palabras!”) cuando “Clarín” que elogia el articulo Mi crítico, desiste de prologar Pasión, un libro de cuentos que Martínez Ruiz no llegó a publicar; cuando, finalmente, la después denominada generación del 98 da sus primeros pasos y Martínez Ruiz figura entre sus miembros más activos. Hombre de pensamiento mas que de acción (aunque otra cosa pudieran haber creído entonces), literatura comprometida la suya de ese momento ( casi casi sus primicias), todo lo muy significativa que se desee pero de muy tasado valor artístico, si con ella hubiera concluido su actividad como escritores, ¿les cederíamos ahora la consideración crítica que les concedemos en nuestra historia literaria?. Luego de su tan peculiar acción política, de su irremediable fracaso -¿cabria esperar otro resultado?-, vino para los llamados noventayochistas el abandono de un terreno extraño para ellos y el consiguiente refugio en el ensueño -“el hoy es malo pero el mañana... es mío”, que diría Antonio Machado-; posteriormente, más de una vez, en Azorín como en otros compañeros de generación, despertaría aquel talante de ruptura y protesta frente a determinadas situaciones históricas españolas y, asimismo, a favor de estímulos diversos: ahí esta su abundante literatura viajera, que cae por lo general dentro de las dos primeras décadas del siglo, como nueva muestra de una siempre mantenida pasión española.

Nuestro escritor que ha trabajado sin desmayo, impone su nombre en la república de las letras con los libros narrativos de 1902 y 1903 (La voluntad y Antonio Azorín), sus primeras obras importantes con las que contribuye, desde su modo de entender y hacer novela, al nuevo, joven y revolucionario sesgo del género entre nosotros que tiene en el año 1902 un hito decisivo. Ocurre igualmente que a aquellos periódicos finiseculares tan de combate y aquellos artículos en bastantes ocasiones demoledores, suceden otros periódicos más conservadores como España, que diría Manuel Troyano y donde empezó Martínez Ruiz a emplear el seudónimo “Azoran” o, al año siguiente, ABC, y unas colaboraciones cuyo acento expresivo se distingue por la levedad y la melancolía, a las que se añaden un amable escepticismo y una cierta carga irónica; no se trata de escapismo sino mas bien de marcar distancias del hiriente tráfago cotidiano y, también, de adelantar en el cultivo de una manera o estilo muy distintivo y, al fin, encontrado. ¿Ha llegado la hora de que fuese revelado sin ambages aquel su “corazón de oro” y aquella inteligencia suya “clara y noble” que “Clarín” adivinaba como existentes en le autor de Charivari?, ¿Está ya en el final del camino, llegando acaso a la cima de “lo puro”, “sencillo e intenso” (como calificaría su arte Rubén Dario) aquel Martínez Ruiz que había comenzado “violento y de combate”.

Pese a tanta actividad le faltaba a nuestro periodista-escritor escalar lo que él mismo llama (y entonces así era considerada) “la cumbre”, esto es: el diario El Imparcial, en donde tiempo atrás había intentado entrar sin éxito a pesar de la ayuda de Leopoldo Alas. Será este año de gracia de 1905 cuando el deseo se haga realidad con la invitación de Ortega Munilla para que Azorín viaje por y escriba sobre la mancha de don Quijote. A pulso fue Martínez Ruiz situándose en nuestras letras de principios de siglo, en unos años no poco conflictivos por la presencia y el choque de tendencias muy diversas. A los títulos ya invocados siguieron otros (Las confesiones de un pequeño filosofo, 1904) hasta llegar a 1905 que fue el año movido para nuestro escritor pues en su transcurso coincidieron algunos viajes por España - La Mancha, Andalucía, algunos balnearios de las provincias del norte y otro a París, enviando la publicación por ABC como cronista del viaje de Alfonso XIII, mas la publicación de dos nuevos libros -Los pueblos y La ruta de don Quijote- de gentes, costumbres y paisajes españoles en los cuales queda bien dibujada y asentada la imagen azoriniana, tan distintiva, de la provincia e igualmente, su practica de lo que Unamuno llamaría la intrahistora, al tiempo que se acendra y afirma (ya que ambos volúmenes ofrecen cumplida muestra del mismo) un estilo expresivo.

  • Selección y comentario de texto:

Yo me acerco a la puerta y grito:

  • ¡Doña Isabel!, ¡Doña Isabel!

Luego vuelvo a entrar en la estancia y me siento con un gesto de cansancio, de tristeza y de resignación. La vida, ¿es una repetición monótona, inexorable, de las mismas cosas con distintas apariencias? Yo estoy en mi cuarto; el cuarto es diminuto; tiene tres o cuatro pasos en cuadro; hay en él una mesa pequeña, un lavabo, una cómoda, una cama. Yo estoy sentado junto a un ancho balcón que da a un patio; el patio es blanco, limpio, silencioso. Y una luz suave, sedante, cae a través de unos tenues visillos y bañan las blancas cuartillas que destacan sobre la mesa.

En este fragmento de libro se connota la existencia primordial de los signos de puntuación: coma y punto y coma. Aunque en el resto del libro destaque el punto y seguido. Este autor también se caracteriza por emplear siempre la palabra perfecta y exacta en cada contexto.

En este libro, Azorín trata de recorrer todos los lugares nombrados en la obra de Cervantes El hidalgo don Quijote de la Mancha y conocer a todas las personas o descendientes de ellas y visitar todas las casa nombradas en la susodicha obra.