Jerusalén en tiempos de Jesús

Religiones. Política. Herodes. Pilato. Sublevación del 66. Sanedrín. Saduceos. Escribas. Ancianos. Fariseos. Esenios. Zelotes. Samaritanos. Diáspora

  • Enviado por: Daniel Diaz
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 19 páginas
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JERUSALÉN EN TIEMPOS DE JESÚS

I. Situación política

La primera provincia romana fue Sicilia (241 y 211 a.C). En el siglo siguiente, Roma fue conquistando progresivamente Macedonia, el Asia Menor, y el norte de África, organizándolas en provincias (133 a.C). El año 63, le tocó la vez a la provincia de Siria, conquistada por Pompeyo; el año 31, fue conquistado Egipto. Con las largas guerras de conquista de la Galia, de España y de Oriente, se fue creando progresivamente un ejército, compuesto de militares que hacían de la milicia una profesión. El poder pasó así lentamente de la aristocracia a manos de la creciente clase media y de los militares, que defendían las fronteras del imperio y competían por adquirir cada vez mayor poder en el centro.

Ciertos países, ligados a Roma por un tratado de amistad, gozaban de una relativa autonomía interna; tal era el reino de Herodes el Grande y de sus herederos. Egipto era considerado como propiedad personal del emperador. Los otros territorios eran bienes del pueblo romano, conquistados con las armas. Por eso sus habitantes tenían que pagar tributo.

Las provincias se dividían en dos categorías:

1) las conquistadas antiguamente, en tiempos de la república, eran llamadas "provincias senatoriales"; dependían oficialmente del senado; su gobernador, llamado "procónsul", era de rango senatorial; las provincias senatoriales eran los territorios más tranquilos y por eso no se solían estacionar en ellas las legiones romanas;

2) las otras provincias eran "provincias imperiales"; se estacionaban en ellas las legiones romanas y dependían directamente del emperador, que como tal estaba al frente del ejército; de más reciente conquista, estaban situadas en los confines del imperio; estaban gobernadas por senadores, nombrados por el emperador y destituidos a su antojo; los gobernadores estaban asistidos por generales y por diversos procuradores; algunas provincias imperiales secundarias estaban gobernadas por prefectos y por procuradores, que disponían de tropas auxiliares y tenían un poder limitado; se les privó del derecho de juzgar a los ciudadanos romanos hasta la época de los Severos. El desarrollo inicial del cristianismo tuvo lugar en la provincia imperial de Siria, a la que pertenecía también la prefectura de Judea.

En oriente, el rey era considerado como la encarnación de la divinidad y se le tributaban por consiguiente honores divinos. El culto imperial, que se difundió cada vez más en el imperio romano, tenía también intenciones políticas; intentaba dar una mayor unidad ideológica-religiosa al imperio. Solamente los judíos estaban dispensados del culto imperial, sustituido por el sacrificio en honor del emperador en el templo de Jerusalén. Los cristianos, cuando empezaron a distinguirse de los judíos de la sinagoga, perdieron los privilegios políticos, entre ellos el de la exención del culto imperial.

Los habitantes del imperio se dividían en tres categorías: los ciudadanos romanos, los hombres libres de las provincias y los esclavos. Al principio, sólo los hombres libres residentes en Roma gozaban de los privilegios de los ciudadanos romanos: participaban de la elección de los magistrados, estaban libres de impuestos, no estaban sometidos a los tribunales romanos, no podían ser torturados ni condenados a penas infamantes, como la de la cruz.

La ciudadanía romana se extendió a toda Italia y a algunas ciudades de las provincias. Pero hay que distinguir entre el derecho de ciudadanía con que se pertenecía a una ciudad, del derecho de ciudadanía romana, que suponía privilegios económicos y jurídicos.

Los ciudadanos romanos se dividían a su vez en tres categorías o estados:

1) En primer lugar estaba la clase senatorial, compuesta de las familias más ricas; de ella procedían los miembros del senado, que tenía la función de garantizar la continuidad de las tradiciones romanas. Bajo el imperio, fue poco a poco disminuyendo su papel, mientras que aumentaban los privilegios y los títulos honoríficos de los senadores. Con la llegada del imperio, empezaron a entrar en el senado también los caballeros y los provinciales; pero el título para pertenecer a él siguió siendo la propiedad de fincas.

2) En segundo lugar estaba la clase ecuestre, que en su origen estaba constituida por aquellos que, en caso de guerra, podían proporcionar un caballo, lo cual significaba gozar de una discreta riqueza. En el siglo I, esta clase de "nuevos ricos" estaba en auge. Los grandes funcionarios imperiales se reclutaban del orden ecuestre, y se aprovechaban a menudo de su cargo oficial para enriquecerse todavía más; Poncio Pilato pertenecía a esta clase.

3) El resto de los ciudadanos romanos, la inmensa mayoría, pertenecía a la plebe: profesores, médicos, artesanos, comerciantes, amanuenses, etc.

En el cuarto puesto de la escala social estaban los hombres libres de las provincias, fuera de Italia. Y finalmente, los esclavos: una masa enorme, considerados como propiedad de un amo. En Roma, una persona rica tenía que tener por lo menos 12 esclavos. En teoría, los esclavos no tenían ningún estatuto jurídico propio y verdadero. Por eso podían quedar libres mediante una cantidad llevada al templo de un dios, que en realidad se le pagaba al amo. A veces era el propio amo el que los dejaba en libertad. Si él era ciudadano romano, también lo era el liberto. Especialmente en Roma, donde era mayor el número de los esclavos de guerra, muchos de ellos consiguieron liberarse y ocupar puestos importantes. Pero la masa general seguía viviendo en condiciones lamentables, sobre todo en el campo. Los que huían, si eran apresados, eran devueltos a su amo y les esperaban severos castigos.

El año 6 d.C., Idumea y Samaría pasaron bajo el control directo de Roma, con un procurador dependiente de la provincia Siria. La administración romana se amplió además a Galilea y Perea. Como gobernador era nombrado un noble del orden ecuestre, que duraba normalmente en su cargo un par de años. El gobernador tenía poder militar, judicial, y financiero, aunque limitado. Su residencia estaba en Cesarea. Disponía de una fuerza militar modesta: tropas auxiliares reclutadas en Siria-Palestina. Una cohorte residía habitualmente en Jerusalén, en la fortaleza Antonia, mientras que había otras pequeñas guarniciones ocupando las diversas fortalezas dispersas por el territorio. Durante las fiestas, el gobernador acudía a Jerusalén con una escolta para prevenir motines.

El ejercicio de la justicia se regulaba según la ley judía, reconocida como ley de estado para todos los judíos del imperio romano. Por consiguiente, le correspondía al sanedrín, no sólo para los judíos de Palestina, sino también para los de la diáspora. Los tribunales locales juzgaban las causas comunes, pero en los casos de sentencia de muerte, sólo el gobernador podía hacerlo.

El pago de los tributos y de los impuestos destinados a tesoro imperial se realizaba por medio de funcionarios, a veces locales, mientras que las aduanas se arrendaban a personas privadas, que los cobraban por medio de los publicanos.

La única injerencia en el culto era el nombramiento del sumo sacerdote, que dependía del capricho del gobernador.

1. Herodes el Grande

Conquistando el reino con las armas, a Hircano le sucedió Herodes, el hijo de su poderoso ministro, Antípatro.

Herodes (37-4 a. C), fue un personaje fuera de los común cuya violenta y cínica personalidad ha sido objeto de juicios muy duros. En realidad, respondía al tipo de los príncipes indígenas Helenizados del período helenístico romano: aventureros sin escrúpulos, no exento de valor y ambición; constructor entusiasta y munífico mecenas. Ávido de poder, por el cual estaba dispuesto a recurrir a cualquier compromiso.

Engrandeció progresivamente el reino, llegando a tener bajo su dominio toda Palestina y Transjordania, desde las fuentes del Jordán hasta el Mar Muerto al sur, excluida la decápolis; abasteció las cajas del erario con tasas y sobre todo con el comercio, para lo cual fundó el puerto de Cesarea Marítima en el Mediterráneo y mantuvo buenas relaciones con los nabateos que tenían el monopolio de transportes de mercancías que llegaban por el mar Rojo. Sin embargo, en comparación con otras regiones del Imperio Romano, Palestina era un reino relativamente pobre: los ingresos anuales eran de unos mil talentos en proporción de uno a doce respecto a Egipto, al mismo nivel de lo que pagaba la provincia de Asia (Éfeso) con el diezmo.

1.1 Construcciones

Infatigable constructor reconstruyó según el modelo Helenístico Cesarea Marítima y Sebaste (Samaría), a fin de repoblar la región, en la que asentó a seis mil colonos. Restauró Jerusalén, embelleciéndola con calles pavimentadas y dotándola de agua con importantes acueductos; sobre todo decidió reconstruir suntuosamente el Templo, duplicando la explanada y erigiendo al sur el pórtico real. También mandó restaurar la tumba de los Patriarcas en Hebrón.

Con finalidad de defensa, y también de residencia, construyó la fortaleza Antonia (dedicada a Antonio) en el ángulo noroeste de la explanada del Templo; las de Masadá, Herodión y Maqueronte en las que estableció espléndidos y refinados palacios; en Jericó tenía una suntuosa casa de invierno con piscinas y jardines cerrados con peristilos, mientras que en la parte oeste de Jerusalén había mandado construir un nuevo palacio real, fortificado con tres torres. No es necesario decir que las fundaciones no carecían de las infraestructuras características del helenismo: teatros, estadios, hipódromos como en Jerusalén.

Con buen mecenas helenista, tampoco se olvidó de hacer ricas donaciones en beneficio de ciudades griegas para sus edificios públicos: gimnasios, templos y mercados; en Antioquía financió la pavimentación de la columnata de la calle principal.

1.2 Rechazo judío

Aunque todo esto le valió el apelativo de grande, los judíos, sin embargo, le detestaban por varios motivos:

- era Idumeo; por tanto no de raza judía pura; los Idumeos habían sido circuncidados por la fuerza en 126 a. C por Juan Hircano; después de haber sido de los peores enemigos de Israel;

- estaba muy ligado a Roma, el Imperio pagano opresor; había introducido el culto al Emperador con templos en Cesarea, Sebaste, Panión (Banias);

- gobernaba despóticamente, desautorizando al Sanedrín, humillando a los fariseos y saduceos, pisoteando las leyes tradicionales y fijando las águilas romanas en la fachada del templo.

- se aseguraba el trono exterminando cruelmente, incluso a sus parientes más íntimos: sus hijos Alejandro y Aristóbulo, su mujer Mariamme, mereciendo también por ello la fama de sanguinario que aparece en el Evangelio; incluso dispuso que a su muerte su hermana Salomé hiciese ejecutar en el estadio a un cierto número de nobles para que la gente le llorase.

1.3 Pilato

De los procuradores, los Evangelios recuerdan a Pilato figura mezquina de político. También lo conoce Flavio Josefo. Su nombre aparece en una inscripción encontrada por una misión italiana en una piedra del teatro de Cesarea. Su mandato se caracterizó por continuas provocaciones. entrada del ejército romano en Jerusalén con las enseñas descubiertas y la efigie del emperador; construcción del acueducto con el dinero de Korbán (ofrenda sagrada), del que se había apoderado por la fuerza, provocando un motín duramente reprimido. Muy pronto cayó en desgracia; por sus reiteradas provocaciones de las susceptibilidad judía y los graves incidentes ocurridos con los samaritanos fue depuesto en el 36 por Vitelio, legado de Siria y enviado a Roma a defenderse; Calígula le condenó al destierro o al suicidio.

El fue quien decidió en última instancia la condena a muerte de Jesús, que pudo ser precisamente la crucifixión por estar dictada por un tribunal romano.

1.4 La sublevación del 66

La sublevación estalló como reacción a la deliberadas provocaciones de los romanos: gestos obscenos en público, rollos de la Torá quemados, saqueo del tesoro del Templo, tensiones en Cesarea entre judíos (minoría) y greco-sirios (mayoría). Comenzó en el 66 con la toma de la fortaleza de Masada, en la que fue diezmada la guarnición romana, y con la suspensión en el templo del sacrificio cotidiano por el emperador; se extendió a Galilea, Perea, Judea e Idumea. En ella participaron los esenios, mientras que los notables y el alto clero se hallaban divididos y eran contrarios a los fariseos. Los cristianos no participaron sino que huyeron a Pella, al otro lado del Jordán.

El año 67 Vespasiano derrotó la resistencia de Galilea, haciendo prisionero a uno de los comandantes: el futuro historiador e intérprete Flavio Josefo. Después puso sitio a Jerusalén. Elegido emperador en el 69, dejó el mando a su hijo Tito, que, en una lucha encarnizada, barrio por barrio, consiguió en el 70 conquistar toda la ciudad duramente probada por el hambre y las luchas entre las facciones adversas que la habían desgarrado hasta poco antes; la ciudad fue devastada y pasto de la llamas.

Uno tras otro se fueron rindiendo también los últimos reductos de resistencia: las fortalezas de Herodión, Maqueronte y la de Masada, cuyos ocupantes, afín de no caer en manos de los romanos se dieron muerte, excepto dos mujeres y cinco niños (73 d. C).

Las consecuencias fueron tremendas se ejecutó a los revoltosos más importantes; la población de más de diecisiete años fue deportada a trabajos forzados a Egipto o destinada a los espectáculos del circo; 700 jóvenes fueron reservados para el desfile triunfal de Tito en Roma, en donde se llevaron también preciosos utensilios del Templo: el candelabro de los siete brazos, la mesa de oro de los panes (cf. el arco de Tito en el foro romano). Los pequeños fueron vendidos como esclavos. Se suprimió la liturgia del templo y quedó abolido el sanedrín. Los fariseos abandonaron Jerusalén retirándose a Yamnia, donde asentaron las bases futuras del judaísmo sin el templo.

II. El mundo judío

Dentro del imperio romano, la sociedad judía tuvo un aspecto característico según se ve en cada página del evangelio. Las múltiples relaciones entre religión y política y el dinamismo de los movimientos religiosos y de los grupos políticos la hacen rica en aspectos y matices particulares.

1. El Sanedrín

Sociedad teocrática, rigurosamente jerarquizada con criterios religiosos, la sociedad judía tiene su vértice en clero, casta restringida, cerrada, y muy organizada. Por encima de todos se encontraba el Sumo Sacerdote.

El gran sanedrín de Jerusalén (palabra griega que significa "sentarse juntos"), estaba compuesto por 71 miembros: ancianos, sumos sacerdotes (saduceos) y algunos escribas (fariseos).

En el año 70 con la destrucción del Templo dejó de existir como poder político. Como poder religioso nació en Yamnia después del año 70.

1.1 El sumo sacerdote

El Sumo Sacerdote es la autoridad suprema de Palestina y la diáspora, clave de bóveda de la sociedad judía, representante ante los romanos. Pertenecía a las cuatro familias sacerdotales más influyentes, siendo nombrado y eventualmente depuesto por el procurador romano, que conservaba también las vestiduras solemnes necesarias para la investidura y las liturgias en la fortaleza Antonia. Gozaba de gran veneración.

La situación directora del Sumo Sacerdote se debía al carácter cultual de su cargo, a la "eterna santidad" que le confería su función y le capacitaba para realizar la expiación por la comunidad en calidad de representante de Dios.

Un indicio claro del carácter cultual que tenía el cargo de Sumo Sacerdote lo constituye este hecho; su muerte poseía virtud expiatoria. Cuando moría un Sumo Sacerdote, ese mismo día todos los homicidas que por miedo a la venganza de la sangre, habían huido a las ciudades refugio quedaban libres y podían volver a sus casas.

El privilegio más importante consistía en que era él el único mortal que podía entrar en el Sancta Sanctorum un día del año. La menor falta en las normas litúrgicas habría acarreado un juicio de Dios, por eso el Sumo Sacerdote realizaba con temblor sus obligaciones en el sacrosanto lugar, oscuro, vacío y silencioso, que se encontraba detrás del doble velo.

En segundo lugar hay que mencionar la prerrogativas del Sumo Sacerdote en el terreno cultual. Sobre todo la prerrogativa de participar, siempre que lo deseaba, en la ofrenda de un sacrificio. Hay que destacar también la presidencia del Gran consejo (Sanedrín), que era la suprema autoridad administrativa y judicial de los judíos, y el principio jurídico de que el Sumo Sacerdote, en caso de crimen, únicamente tenía que someterse al Gran Consejo. La ley no prescribía expresamente al Sumo Sacerdote más que el deber de oficiar el día de la expiación; pero la costumbre había añadido otras obligaciones litúrgicas

Formaba también parte de las obligaciones financieras del Sumo Sacerdote el pago del novillo que se inmolaba en sacrificio expiatorio en la fiesta de expiación, y los gastos de construcción del puente sobre el torrente Cedrón.

Otras obligaciones del Sumo Sacerdote se encaminaban a preservar su aptitud para los oficios cultuales; se trata de las prescripciones acerca de la pureza ritual. El contacto con un cadáver causaba impureza. No le estaba permitido tocar un cadáver ni entrar en una casa mortuoria; le estaba asimismo prohibido llevar despeinados los cabellos y rasgarse las vestiduras en señal de duelo.

Estas prescripciones acerca de la pureza tenían por objeto salvaguardar la aptitud cultual del Sumo Sacerdote; pero había que asegurar también a su descendencia la pureza de origen, pues, según la ley, su cargo era hereditario. Se esperaba del Sumo Sacerdote un especial cuidado del aspecto externo.

El Sumo Sacerdote conservaba su título y mantenía su prestigio aun después de su deposición. Después de su destitución, no sólo conservaba gran parte de su prestigio, sino también el carácter conferido por su cargo. Seguían vigentes para él las prescripciones que limitaban la elección de mujer, lo mismo que la prohibición de contaminarse con los muertos.

Hay que recordar una serie de hechos capaces de hacer disminuir la importancia del Sumo Sacerdote. Las intromisiones del poder político eran totales. Era tradición antigua que el ungido Sumo Sacerdote desempeñase su cargo vitaliciamente y que éste pasase por herencia a sus descendientes. En la época herodiana y romana, la unción prescrita en la Ley ya no se realizaba; la consagración del Sumo Sacerdote se hacía por investidura. Además, el creciente influjo de los fariseos se hacía notar, especialmente en el sanedrín, pero también en el culto. Los sumos sacerdotes de tendencia saducea, tuvieron que acostumbrarse a posponer sus propias opiniones en el Consejo y, en el templo, a realizar el culto según los ritos de la tradición farisea.

Por ser presidente del Sanedrín y primer representante del pueblo, en una época en que no había rey, el Sumo Sacerdote representaba al pueblo judío ante los romanos. El carácter cultual del cargo, que hacía que el Sumo Sacerdote fuese el único mortal que entraba en el Sancta Sanctorum, le ponía tan por encima de los demás hombres, que, ante eso, el influjo de la situación histórica apenas pesaba en su posición.

2. La nobleza laica

1 Los ancianos

Al lado de la aristocracia sacerdotal había una nobleza laica. Bien es verdad que su importancia fue infinitamente menor, como indica la misma escasez de datos que sobre ella nos han llegado.

Conviene empezar por el examen de la composición del Sanedrín. Según los testimonios del N.T, esta suprema asamblea judía, compuesta de 71 miembros, comprendía tres grupos: los sacerdotes jefes, quienes proporcionaban la presidencia en la persona del Sumo sacerdote; los escribas y los ancianos.

¿Quiénes formaban parte del grupo de los ancianos? Tenemos la respuesta en la historia de la suprema asamblea judía. Después del destierro los reorganizadores del pueblo, que desde entonces estuvo sin rey, tuvieron la mira puesta, en su organización, en la antigua composición en familias, que procedía de la división del pueblo en tribus y que jamás había caído totalmente en olvido, incluso después del asiento en Canaán. Tal vez ya en el exilio, es decir, con la desaparición de la monarquía, los jefes de las estirpes y familias más importantes se pusieron al frente del pueblo, dirigiendo individualmente el establecimiento de las familias en Babilonia y gobernándolas en calidad de guías y jueces. Después del destierro estos jefes de las familias, los "ancianos de los judíos", aparecen los representantes del pueblo con los que trata el gobernador persa y quienes, en unión "del gobernador de los judíos", dirigen la reconstrucción del templo. Así, pues, el Sanedrín, asamblea suprema del judaísmo posexílico, se formó de la reunión de estos jefes no sacerdotes, representantes de la "nobleza laica", con la aristocracia sacerdotal.

En el Sanedrín, el grupo de los ancianos se componía de jefes de familias patricias de Jerusalén. Estas familias eran primitivamente, familias de terratenientes. El procurador romano escogía entre los "ancianos" del Sanedrín y los otros ancianos de las familias, los funcionarios de los impuestos. Estos, encargados de distribuir entre los ciudadanos sometidos a impuestos el tributo exigido a Judea por los romanos, respondían con el propio dinero de su exacta entrega. Los miembros de la nobleza laica eran en gran parte saduceos.

2 Los saduceos

El partido de los saduceos está formado por sacerdotes jefes y ancianos, nobleza sacerdotal y nobleza laica. Las familias patricias se hallan, pues, frente a la nobleza sacerdotal, en la misma relación que los fariseos con los escribas. Los laicos forman, en los dos casos, la gran masa de los partidarios; los hombres de la religión (clérigos entre los saduceos, teólogos entre los fariseos) proporcionaban los jefes.

Los saduceos formaban un grupo organizado; lo cual es instructivo en orden a conocer la idea que las familias patricias tenían de sí mismas en cuanto conservadoras de la tradición.

La "teología" saducea es también instructiva para conocer la posición conservadora de la nobleza laica. Se atenía estrictamente al texto de la Torá, particularmente en lo tocante a las prescripciones relativas al culto y al sacerdocio; estaba por tanto, en abierta oposición a los fariseos y a su halaká oral, la cual declaraba obligatorias, incluso para los círculos de laicos piadosos, las prescripciones sobre la pureza relativas a los sacerdotes. Los saduceos habían consignado esta teología en una halaká plenamente elaborada y exegéticamente fundada. Poseían además su propio penal.

Debido a sus relaciones con la poderosa nobleza sacerdotal, las ricas familias patricias representaban un factor muy influyente en la vida de la nación. El declive de la importancia política de los sumos sacerdotes en la primera mitad del siglo I de nuestra Era tuvo como consecuencia el declive de la nobleza laica, y los fariseos, apoyándose en el gran número de sus partidarios entre el pueblo, supieron imponer cada vez más fuertemente su voluntad en el Sanedrín.

A partir del 67 d. C se apoderaron los zelotes del mando; el declive del Estado marcó el declive de la nobleza laica y de la corriente saducea surgida de la unión entre la nobleza sacerdotal y la nobleza laica. La nueva y poderosa clase superior, la de los escribas, había aventajado en todos los aspectos a la antigua clase de la nobleza sacerdotal y laica fundada sobre el privilegio del nacimiento.

3. Los escribas

Al lado de la antigua clase superior constituida por la nobleza hereditaria del clero y del laicado se había formado, durante los últimos siglos antes de nuestra Era, una nueva clase superior: la de los escribas. Durante el siglo I de nuestra Era hasta la destrucción del templo, la lucha por la superioridad, entre la clase y la nueva, había alcanzado su paroxismo, inclinándose poco a poco el platillo de la balanza hacia la nueva clase.

Hasta el 70 d. C., podemos constatar la existencia en Jerusalén de un gran número de sacerdotes provistos de formación de escribas. Junto a miembros de la aristocracia sacerdotal se encuentran también sacerdotes que llevan la túnica de los escribas. Entre los escribas que vivieron en Jerusalén antes de la destrucción del templo encontramos también miembros del clero bajo.

Vienen después, constituyendo la gran masa de los escribas, gentes de todos los estratos del pueblo; estos otros escribas de Jerusalén constituyen, por sus profesiones, un cuadro variado y multicolor. La mayor parte, y con mucho, de estos pequeños plebeyos pertenecía a los estratos pobres de la población. Si todos estos escribas desempeñan un relevante papel, no era razón de su origen, sino a pesar de su origen, a pesar de su oscuro nacimiento, a pesar de su pobreza, a pesar de su profesión de pequeños plebeyos.

El único factor del poder de los escribas estriba sólo en el saber. Quien deseaba ser admitido en la corporación de los escribas por la ordenación debía recorrer un regular ciclo de estudios de varios años.

Tenía derecho a ser llamado Rabbí, pues este título estaba ya ciertamente en uso entre los escribas del tiempo de Jesús.

Sólo los doctores ordenados creaban y transmitían la tradición derivada de la Torá, la cual, según la doctrina farisea aceptada por la generalidad del pueblo, se encontraba en pie de igualdad con la propia Torá, incluso por encima de ella. A quien había estudiado, a quien había hecho los estudios académicos, se les abrían, por consiguiente, en cuanto poseedor de ese saber y de ese poder omnímodo, los puestos claves del derecho, de la administración y de la enseñanza.

Fuera de los sacerdotes jefes y de los miembros de las familias patricias, sólo los escribas pudieron entrar en la asamblea suprema, el Sanedrín; el partido fariseo del Sanedrín estaba compuesto íntegramente por escribas. El Sanedrín no era sólo una asamblea gubernativa; era en primer término una corte de justicia. Ahora bien, el conocimiento de la exégesis de la Escritura era decisivo en las sentencias judiciales. Añadamos a eso la gran influencia que el grupo fariseo del Sanedrín había logrado alcanzar en su actividad administrativa. Un gran número de puestos importantes, ocupados antes por sacerdotes o laicos de elevado rango, habían pasado totalmente o en su mayor parte, en el siglo I de nuestra Era, a manos de los escribas.

4. Los fariseos

Sin duda alguna, a los fariseos (su nombre quiere decir los "separados", es decir, los santos, la verdadera comunidad de Israel), no hay que contarlos, sociológicamente, entre la clase superior. Eran en su mayoría gentes del pueblo sin formación de escribas. Pero sus relaciones con los escribas eran tan estrechas, que no se les puede separar con seguridad de ellos.

Los fariseos no son simplemente gentes que viven según las prescripciones religiosas de los escribas fariseos, especialmente según las prescripciones relativas al diezmo y a la pureza; son miembros de asociaciones religiosas que persiguen este fin.

En el siglo II de nuestra Era se constituye el grupo de los esenios. Cualesquiera que sean las influencias extrañas que hayan podido pesar sobre su formación, proceden del mismo tronco que los fariseos; lo indican las severas prescripciones rituales de los esenios y sus esfuerzos por la separación. Se puede, pues, partiendo de la estricta vida comunitaria de los esenios, llegar a la conclusión del carácter comunitario de los fariseos.

Las comunidades fariseas de Jerusalén, muchas de las cuales tenían reglas concretas para la admisión de los miembros, lo cual muestra su carácter de comunidades particulares. Antes de la admisión había un período de prueba de un mes o un año de duración. Una vez terminado el período de prueba, el candidato se comprometía a observar los reglamentos de la comunidad.

El movimiento fariseo se desarrolló por oposición al movimiento saduceo. En el clero se formó esta oposición en el siglo II antes de nuestra Era, a saber: bajo la dominación seléucida antes del comienzo de las luchas macabeas, cuando un grupo de sacerdotes, el grupo fariseo, realizó una gran transformación: para los sacerdotes de servicio, la Torá había promulgado prescripciones sobre la pureza y normas sobre la alimentación; el grupo fariseo las elevó a rango de normas válidas también para la vida diaria de los sacerdotes y del conjunto del pueblo

El conflicto entre fariseos y saduceos surgió de esta oposición. Este conflicto dominó la profunda evolución religiosa del judaísmo desde las luchas macabeas hasta la destrucción de Jerusalén. Los representantes de la antigua teología y de la antigua tradición ortodoxas, que era los defensores inflexibles de la letra del texto bíblico, lucharon por dominar a los representantes de la nueva tradición, de la ley no escrita. La lucha tomó una acritud especial debido a que se añadió a la oposición religiosa una oposición social: la vieja nobleza hereditaria y conservadora, es decir, la nobleza clerical y laica, se oponía a la nueva clase predominante de los intérpretes de la Escritura y de las gentes de las comunidades.

Esto por consiguiente, significa ya que los fariseos, religiosa y socialmente, constituían el partido del pueblo; representaban a la masa frente a la aristocracia tanto desde el punto de vista religioso como el social

La forma incondicional en que la masa seguía a los fariseos tiene algo de sorprendente. Pues los fariseos tenían un doble frente; se oponían a los saduceos, y por otra parte, en cuanto se consideraban el verdadero Israel, trazaban una neta separación entre ellos y la gran masa, quienes no observaban como ellos las prescripciones de los escribas fariseos sobre el diezmo y la pureza. Esta oposición entre los miembros de las comunidades fariseas y el resto del pueblo se basaba claramente en el abandono, por parte de la gran masa, de las obligaciones del diezmo.

Sin embargo, el pueblo consideraba a los fariseos, quienes se obligaban voluntariamente a practicar obras superrogatorias, como los modelos de la piedad y los realizadores de ese ideal de vida que habían concebido los escribas, los hombres de la ciencia divina y de la ciencia esotérica.

5. Los esenios

Los esenios estaban en muchos aspectos cerca de los saduceos. Procedían del mismo grupo original y practicaban el rigorismo tanto en la observancia del sábado como en la pureza cultual. También ellos ponían en el centro de su religión el templo y la Torá, aunque paradójicamente rechazaban el culto en el templo actual, por estar profanado por unos sacerdotes ilegítimos, de linaje no sadocita. Por eso no tenían más remedio que practicar un culto espiritual. Su preocupación por la pureza cultual los llevaba a practicar el celibato, cosa singular en el ambiente judío.

El sumo sacerdote sadocita, con un grupo minoritario, abandonó Jerusalén y el templo y se retiró al desierto, adoptando una visión apocalíptica de la historia, según la cual el poder que acababan de perder les sería restituido, a su debido tiempo, por una intervención extraordinaria de Dios.

6. Los zelotes

Frente a los ocupantes romanos, los judíos se dividen entre colaboradores y resistentes. Para conservar su poder, los ricos, el alto clero, colaboran gustosamente con los romanos.

El celo por la ley, por el contrario, provoca a los más religiosos a una resistencia, pacífica por parte de los fariseos y violenta por parte de aquellos a los que a partir del año 66 se llamarán zelotes. Ellos fueron los principales responsables de la rebelión que condujo al desastre del año 70.

7. Los samaritanos

Descendiendo al último estrato llegamos a los samaritanos. Durante el período posbíblico, la actitud de los judíos frente a sus vecinos los samaritanos, pueblo mestizo judeo-pagano, ha conocido grandes variaciones, mostrándose a veces poco comedida.

Desde que los samaritanos se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el Garizín debieron de existir fuertes tensiones entre judíos y samaritanos.

Los Samaritanos concedían una gran importancia al hecho de descender de los patriarcas judíos. Se les negó esa pretensión: eran descendientes de colonos medo-persas extraños al pueblo. Tal era la concepción judía existente en el siglo I de nuestra Era, la cual negaba a los samaritanos todo lazo de sangre con el judaísmo. El hecho de reconocer la Ley mosaica y el observar sus prescripciones con escrupulosidad tampoco cambiaba nada su exclusión de la comunidad de Israel, pues eran sospechosos de culto idolátrico a causa de su veneración del Garizín como montaña sagrada. La razón fundamental de excluir a los samaritanos era, sin embargo, su origen y no el culto del Garizín; con la comunidad judía de Egipto no hubo ruptura a pesar de la existencia del templo de Leontópolis, ya que no había en este caso análogos obstáculos.

Este juicio fundamental sobre los samaritanos trajo una primera consecuencia: desde el comienzo del siglo I de nuestra Era fueron equiparados a los paganos desde el punto de vista cultual y ritual.

Antes del 70 d. C., la actitud de los judíos respecto a los samaritanos no difería fundamentalmente de la actitud respecto a los paganos.

EL JUDAÍSMO RABÍNICO DESPUÉS DEL 70 d.C

I. El Judaísmo después de la destrucción del Templo

La mayor parte de los rabinos fariseos habían desaconsejado, con su grano de realismo, la rebelión contra Roma. Cuando en el año 70, Jerusalén fue sitiada por Tito y vigilada cuidadosamente por dentro por los zelotes para que nadie saliera, Johanan ben Zakai inventó una famosa estratagema para poder salir de la ciudad antes de su destrucción. Hizo que lo colocaran sobre unas parihuelas como un difunto y se hizo acompañar por sus discípulos hasta las puertas de la ciudad. Los guardias al principio dudaron un poco en permitirles la salida para que fueran a enterrarlo, pero luego dejaron salir el féretro. Así logró entrar en el campamento romano y se entregó al general Tito, pidiéndole que le permitiera retirarse a Yamnia con sus discípulos para erigir allí un centro espiritual. Tito se lo concedió. Así es como instituyó en Yamnia el Gran Consejo que sustituía al sanedrín, más tarde la academia. En este nuevo centro, que habría de ser la guía espiritual del pueblo de Israel, desaparecieron los sacerdotes y los ancianos y sólo permaneció el elemento fariseo.

La academia se encargó de fijar el canon de la Escritura. Se revisó la versión griega de la Biblia llamada de los LXX y se fijaron las traducciones arameas o targumes. Se comenzó además la fijación de la tradición oral, que se proseguiría durante más de un siglo y que acabaría por el año 200 en la Misná.

II. El Judaísmo en la diáspora

Los judíos que vivían en el mundo helenista tuvieron que adaptarse a un ambiente distinto del de su tierra, a una lengua distinta del arameo. Por eso se construían sinagogas de estilo griego con frisos y mosaicos, se asumían costumbres y formas de vivir griegas, como el acudir al teatro o participar en las pruebas deportivas. Se aspiraba a la ciudadanía de las ciudades helenistas y se utilizaba la lengua griega, que era en el siglo I una especie de lengua internacional para el comercio, la cultura y también en parte para la política, algo así como el inglés en nuestros días. Por eso los judíos helenizaban también sus nombres: Josué se convirtió en Jasón, Saulo en Pablo. También en su manera de pensar, los judíos de la diáspora tenían realmente una mentalidad más abierta que sus paisanos de Palestina; apreciaban mucho más los aspectos éticos de su religión que los cultuales; ponían además en segundo plano el mesianismo, mientras que exaltaban la doctrina helenista de la inmortalidad del alma.

EL PROYECTO DE JESÚS

I. Un predicador concreto del reino de Dios

1. El Reino de Dios en el A.T

La designación de Dios como rey aparece a partir de la monarquía y presenta varias dimensiones, según libros y épocas. Tiene, ante todo, una dimensión mesiánica. El reino, tal como aparece en el A.T, es una realidad social, y se anuncia como un cambio que se producirá en el mundo y que tendrá lugar con la llegada del Mesías, un rey que por fin iba a implantar en la tierra el ideal de la verdadera justicia. La realeza de Dios se haría entonces patente en la tierra con un nuevo orden basado en la justicia. La función del rey consistiría en defender eficazmente a los que por sí mismos no podían defenderse, protegiendo a los débiles, a los pobres y a las viudas y los huérfanos. Este programa no llegó a hacerse realidad con los reyes de Judá e Israel. Por eso, la esperanza de su cumplimiento es proyectada por los profetas sobre el futuro rey mesiánico, descendiente de David. En estrecha relación con la dimensión mesiánica está la perspectiva escatológica del reino de Dios. Después de la experiencia del exilio el tema de la realeza de Yahvé va adquiriendo una relevancia cada vez mayor. Se prevé una extensión progresiva de este reinado a toda la tierra: se trata del reino escatológico de Yahvé, un reino universal, proclamado y reconocido en todas la naciones, manifestado por el juicio divino. Se anuncia de este modo la salvación definitiva, que consistirá en un cambio histórico realizado por Yahvé, que concedería a su pueblo, al final de los tiempos, el cumplimiento pleno y definitivo de sus promesas de salvación. En el período de la crisis macabea, el apocalipsis de Daniel viene a renovar esta esperanza escatológica. El reinado trascendente de Dios viene a instaurarse sobre las ruinas de los imperios humanos. El símbolo de una figura humana, que viene en las nubes del cielo, sirve para evocarlo, por contraste con las bestias que representan a los poderes políticos del acá abajo. Su venida será acompañada de un juicio, después de lo cual su realeza será dada para siempre al pueblo de los santos del Altísimo.

2. La llegada del reino

Jesús es heredero de toda esta tradición del A.T. Lo nuevo en él es que anuncia el reino de Dios presente en su persona. Jesús contaba no sólo con un juicio cercano con la inmediata irrupción del reino, sino también con una próxima llegada del Hijo del hombre. Jesús esperó que el fin había de llegar pronto. La expectación del fin como inmediato, dentro de su generación, es sin duda, una dimensión del mensaje de Jesús. Después de la experiencia pascual la comunidad primitiva, tal como se refleja en los diferentes estratos del N.T, identifica a Jesús con el Hijo del hombre, entendido éste como el intermediario de la salvación y juez escatológico. El tiempo de la Iglesia, animada por el espíritu, llevará adelante el proyecto del reino durante este período intermedio. Con ello, el retorno de Jesús en su gloria y la consumación del reino quedan aplazados indefinidamente hasta el momento que sólo el Padre conoce.

3. Precisando el concepto de Reino de Dios

Los autores del N.T ponen de relieve la doble dimensión del reino, presente y escatológica. Por una parte, el reino es ya una realidad en la actuación de Jesús: Dios ha comenzado a ejercer su soberanía mediante los gestos y las palabras de Jesús. Pero al mismo tiempo el señorío real de Dios será instaurado de modo pleno y perfecto al final de los tiempos con la parusía, cuando el Hijo haga entrega del reino al Padre. El mensaje del reino de Dios, predicado por Jesús, es ya desde ahora consuelo, porque efectivamente Dios se acerca a vendar las heridas. Las dimensiones del cambio afectivo (conversión) y de novedad real (esperanza) son integrantes de la acogida del reino. Desde ahora estamos llamados a vivir vueltos al reino, es decir, entrando en la inversión que opera, y al mismo tiempo esperando y pidiendo su venida. Entre estos dos extremos, presente y futuro, el reino se nos muestra como una realidad dinámica, siempre en crecimiento. Se trata del "ya, pero todavía no", o sea de una escatología que se va realizando. La crucifixión fue el desenlace desgraciado para Jesús de un conflicto que había surgido entre él y la religión judía desde el comienzo mismo de su predicación en público. Los Sinópticos expresan el progresivo dramatismo del conflicto mediante un procedimiento narrativo sencillo, que consiste en que Jesús se desplace, durante un solo año, desde Galilea a Jerusalén, lugar trágico desenlace de Jesús. Juan expresa con otra técnica narrativa el aumento de tensión entre el Sanedrín y Jesús: Juan hace pasar constantemente a Jesús por la ciudad de Jerusalén, no tanto como capital de Judea, cuanto por la Jerusalén centro clave de la religión judía. El clímax de la tensión Sanedrín-Jesús sucede después de la resurrección de Lázaro: "Decidieron darle muerte..." (Jn 11, 53). Los cuatro evangelistas están plenamente de acuerdo en sostener que la causa de la oposición Sanedrín-Jesús fue el modo concreto de predicar de Jesús sobre el reino de Dios.

II. Vinculación única de Jesús con el Reino de Dios

1. Jesús y el Templo de Jerusalén

El templo era el lugar de la presencia de Dios. Y era, por eso también, el lugar del encuentro con Yahvé. De ahí su inviolabilidad y su sacralidad absolutas. Un corazón que ame a Dios y al prójimo "vale más que todos los sacrificios y holocaustos". (Mc 12,33). Con este modo de predicar Jesús continúa la predicación de los profetas. Da más importancia a la práctica de la justicia con el pobre que a la calidad y cantidad de los sacrificios en el Templo. Jesús a diferencia de los profetas, relativizó el Templo de Jerusalén como lugar privilegiado de encuentro del hombre con Dios. Jesús inauguró un culto donde el auxilio al prójimo constituye el culto que más agrada a Dios. Jesús atentó contra los intereses de los sacerdotes del Sanedrín:

- Mediante el rito del bautismo, por el cual los pobres tenían acceso gratis a la obtención del perdón de los pecados, sin tener que pagar por ello nada en animales o en alimentos a los rectores del Templo.

- Y mediante el gesto de expulsar a los mercaderes del Templo, declarándose con ello contrario al estilo de culto impuesto por los sacerdotes en beneficio de la clase sacerdotal.

Jesús no se contentó con relativizar la importancia del Templo, sino que anunció que el Templo de Jerusalén sería sustituido por un santuario vivo y definitivo que era él mismo, cuando saliera resucitado de la muerte.

2. Jesús y la ley

Sabemos que la ley religiosa era la institución fundamental del pueblo judío. Este pueblo era, en efecto, el pueblo de la ley. Y su religión, la religión de la ley. De tal manera que la observancia de dicha ley se consideraba como la mediación esencial en la relación del hombre con Dios. Por eso violar la ley era la cosa más grave que podía hacer un judío. Hasta el punto de que una violación importante de la ley llevaba consigo la pena de muerte.

En la religión judía del tiempo de Jesús había dos clases de ley: por una parte estaba la torá, que era la ley escrita, es decir, la ley que propiamente había sido dada por Dios; por otra parte, estaba la hallaká, que era la interpretación oral que los letrados daban de la torá. Jesús no sólo quebrantó la hallaká, sino incluso la misma torá, es decir, la ley religiosa en su sentido más fuerte, la ley dada por Dios. Jesús, en su predicación sobre el reino de Dios, relativizó también la importancia salvadora de la ley. Según los fariseos, la salvación no llega a los pecadores, a aquellos que ignoran la ley o a aquellos que no la practican. Jesús, sin embargo, asegura que el reino de Dios que él anuncia está dirigido justamente a los pobres. Jesús arremete contra la confianza total que los fariseos ponían en la ley:

- Mediante la crítica personal a los fariseos por su legalismo a la hora de interpretar la ley.

- Mediante el trato de vida con los pecadores, sentándose a la mesa con ellos.

- Mediante la realización de milagros de curación el día del sábado, día en que los fariseos prohibían cualquier esfuerzo.

Jesús interpretó con una autoridad impresionante la ley:

- Unas veces respetando las prescripciones mandadas por Moisés y los Profetas.

- Otras veces devolviéndola a su sentido primero. (Mt 19: sobre el Matrimonio).

- Y otras veces, elevando la ley a la perfección misma del amor del Padre.

LA MUERTE DE JESÚS

I. Jesús anuncia su muerte

Los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) dicen que Jesús anunció por tres veces lo que le iba a pasar al final de su vida. Por lo tanto, según los evangelios, Jesús sabía de antemano lo que le iba a suceder. Leyendo los evangelios, se advierte una cosa que en ellos queda muy clara: el curso exterior de su ministerio tuvo que obligar a Jesús a contar con una muerte violenta. Es decir, tal como fueron ocurriendo las cosas, Jesús se tuvo que dar cuenta de que su vida terminaba mal. Hubiera sido un ingenuo si no advierte que esto, más que una probabilidad, era un final irremediable. Como se ha dicho muy bien, no hacía falta que Jesús fuera el Hijo de Dios para que pudiera tener conciencia de la inevitabilidad de su muerte. En realidad, si Cristo era un hombre medianamente inteligente y sensible, podía prever con bastante seguridad la posibilidad de su muerte violenta. Todos los datos coincidían en la predicción: por un lado, el testimonio de los profetas del Antiguo Testamento, la misma muerte de Juan Bautista, la creciente violencia de las autoridades con las que se enfrenta y que en repetidas ocasiones quieren agredirle y capturarle. Todo esto eran datos coincidente que venían a confirmar el destino de muerte que le aguardaba a Jesús.

Jesús había perdido por muchos conceptos, el derecho a la vida; se veía constantemente amenazado, de tal manera que sin cesar debía tener presente que su muerte habría de ser una muerte violenta. Hasta eso llegó la conducta de Jesús. De ahí el riesgo en que puso su vida. La libertad de Jesús fue provocadora. Y así terminó. Como tenía que terminar un hombre que se comportaba de aquella manera.

II. ¿Por qué lo mataron?

a. El fracaso de Jesús

En contra de lo que algunos se imaginan, la predicación y la actividad de Jesús en Galilea no terminaron en un éxito, sino más bien en un fracaso, por lo menos en el sentido de que su mensaje no fue aceptado. Es verdad que al principio del ministerio en Galilea los evangelios hablan con frecuencia de un gran éxito de la predicación de Jesús, pero también es cierto que a partir del capítulo 7 de Marcos estas alusiones a la gran afluencia de gente empieza a disminuir. Se nota que la popularidad de Jesús va decreciendo. De tal manera que se tiene la impresión de que él se centra cada vez más no en la atención a las masas, sino en la formación de su comunidad de discípulos. Por eso les insiste en que se retiren a descansar, lejos de la multitud.

Durante el ministerio público de Jesús no todo fueron éxitos populares. Más bien hay que decir que allí se produjeron conflictos y enfrentamientos, de manera que paulatinamente las grandes masas fueron abandonando a Jesús, hasta el punto de que incluso sus discípulos más íntimos llegaron a tener la tentación de abandonar el camino emprendido junto al maestro. La pasión y la muerte de Jesús fueron el resultado del conflicto que provocó su vida. Este conflicto se apunta ya en su relación con la gente en general. Pero, sobre todo, se puso se manifiesto en su enfrentamiento con los dirigentes y autoridades.

b. El enfrentamiento con los dirigentes

La vida de Jesús se veía cada día más amenazada, en mayor peligro. Y si no lo mataron antes es porque todavía una parte del pueblo estaba con él y los dirigentes no querían provocar un levantamiento popular.

Ahora bien, estando así las cosas, lo más impresionante, en todo este asunto, es que Jesús se dirige a la capital, Jerusalén, muy consciente de lo que le iba a pasar, y allí se pone a hacer las denuncias más fuertes que uno pueda imaginarse contra las autoridades centrales. Les dice que el templo es una cueva de bandidos, les echa en cara que sólo buscan su propio provecho y que se comen los bienes de los pobres con el cuento de que rezan mucho. Les llama en público asesinos y malvados y les anuncia que Dios les va a quitar todos sus privilegios. Jesús no pudo estar más duro con aquella gente. Por eso aquello terminó como tenía que terminar: la condena y la muerte de Jesús fueron el resultado de su vida. Es decir, Jesús se comportó de tal manera que acabó como tenía que acabar una persona que adoptaba semejante comportamiento.

c. La razón de la condena

A Jesús le hicieron un doble juicio: el religioso y el civil. Y en cada uno de ellos se dio una razón distinta de la condena a muerte.

En cuanto al juicio religioso, está claro que la condena se produjo desde el momento en que Jesús afirmó que él era el mesías, el Hijo de Dios bendito. Los dirigentes religiosos interpretaron esas palabras de Jesús como una auténtica blasfemia. Pero el fondo de la cuestión estaba en otra cosa. Al decir esas palabras, Jesús estaba afirmando que Dios estaba de su parte y que le daba la razón a él. Y, por tanto, estaba afirmando que les quitaba la razón a los dirigentes. Ahora bien, eso es lo que aquellos dirigentes no pudieron soportar. El verse descalificados como representantes de Dios fue lo que les impulsó a condenar a Jesús.

Después vino el juicio político. Pero ahí la cosa está más clara. Por lo que pusieron en el letrero de la cruz, sabemos que a Jesús lo condenaron por una causa política: por haberse proclamado rey de los judíos. Pero aquí es importante tener en cuenta que el gobernador militar confesó que no veía motivo para matar a Jesús y además declaró que era inocente. Por otra parte, Jesús explicó ante el gobernador que su reinado no era como los reinos de este mundo. En realidad, el gobernador militar dio la sentencia de muerte porque los dirigentes religiosos lo amenazaron con denunciarlo al emperador.

III. Significado teológico

a. El profeta mártir

En el Nuevo Testamento (N.T) hay tres corrientes de pensamiento cuando se trata de interpretar teológicamente la muerte de Jesús. La primera de esas corrientes es la que se refiere al profeta mártir.

Jesús fue considerado como profeta durante su ministerio público. Es más, él fue tenido como el profeta definitivo, el que tenía que venir para poner las cosas en orden. Pero, por otra parte, se tenía también el convencimiento de que "Israel mata a sus profetas". Por consiguiente, desde este punto de vista, Jesús fue considerado por las primeras comunidades cristianas como el último y definitivo profeta que Dios había enviado al mundo, y que, al igual que los demás, fue asesinado por la maldad de Israel.

Pero, en realidad, la cosa resultó más problemática porque también es cierto que Jesús fue considerado como el "gran adversario", el falso profeta, que engañaba a la gente. Había quienes decían que Jesús era un seductor, que además "blasfemaba contra Dios". Lo cual quiere decir que la vida de Jesús tuvo un sentido ambivalente, positivo y negativo al mismo tiempo. Por eso a partir de la resurrección Jesús fue presentado como el verdadero profeta, el auténtico enviado por Dios, el mensajero fidedigno.

b. El plan divino de salvación

Una segunda corriente de pensamiento en el N.T, interpreta la muerte de Jesús desde el punto de vista de la historia de la salvación de Dios. Aquí no se trata ya de una descripción de los hechos, tal como ocurrieron, sino de una reflexión de los primeros cristianos sobre lo que había ocurrido para dar una explicación de ello.

En el A.T se dice que "ser crucificado es una maldición divina". Por consiguiente, los primeros cristianos tuvieron que demostrar que Jesús, a pesar de ser un crucificado, no era un maldito. Ahora bien, para llegar a esa demostración echaron mano del siguiente argumento: la muerte de Jesús en la cruz responde a la historia de la salvación de Dios: es decir, se trata de que Dios mismo ha sido quien ha querido y quien ha dispuesto que las cosas sucedieran como de hecho sucedieron.

Para aquellas gentes, un crucificado era un maldito, un condenado, un desautorizado total por parte de Dios y de sus representantes en este mundo. Y Jesús murió así. Para los hombres de aquella época representaba el fracaso y la reprobación más absoluta. Por eso se imponía la necesidad urgente de demostrar que tal fracaso y tal reprobación significaban paradójicamente para los cristianos un "acontecimiento querido por Dios". Y acontecimiento, además, que los creyentes tenían que imitar.

c. La muerte expiatoria

La tercera corriente de pensamiento que hay en el N.T sobre la muerte de Jesús interpreta este hecho como una muerte expiatoria en favor de los hombres; es decir, como un sacrificio que Jesús sufrió en lugar de los demás, para salvarlos y redimirlos a todos.

Esta interpretación supone que el hombre se encuentra, de una manera inevitable, en una situación de desgracia y de perdición, que se debe a la propia condición humana y al pecado personal, en cuanto que es ruptura con Dios. Ahora bien, esta situación sólo puede ser remediada por Dios mismo, que en Jesucristo se hace como uno de nosotros, y mediante su entrega total a Dios en la muerte hace posible lo que para el solo hombre era imposible: el acercamiento a Dios, la participación de su vida, la superación de la muerte y el destino feliz para siempre.

LA RESURRECCIóN DE JESúS

I. Jesús es Dios

Los Apóstoles se vieron sorprendidos por el hecho de la resurrección única de Jesús. Sólo él había sido resucitado por Dios. ¿Por qué había realizado en el crucificado Jesús de Nazaret la acción resucitadora y en nadie más? Intentando dar respuesta a esta pregunta, los primeros cristianos concluyeron que en el propio Jesús tenía que haber algo que le había impedido quedar en la muerte: ese algo era la vida que como Dios llevaba dentro de sí. Por ser la Vida, podía morir libremente por amor, pero a diferencia de cualquier otro ser humano. Los primeros cristianos fueron testigos excepcionales de que el poder de Jesús resucitado era el poder propio de Dios.

Jesús resucitado era superior al poder creador de Dios y al poder de las más extraordinarias intervenciones de Dios en la marcha de la historia. El N.T. atribuye indistintamente el envío del Espíritu ya sea a Dios Padre, ya sea a Jesús resucitado, con lo que hace iguales el poder de Dios Padre y el poder de Jesús resucitado. Los primeros cristianos, con la ayuda iluminadora del Espíritu del Resucitado, descubrieron en el hecho de la resurrección que Jesús es tan Dios como el Padre. Pero los primeros cristianos no limitaron su fe en Jesús como en Dios al momento de la resurrección, sino que lo extendieron a toda su existencia histórica.

II. La resurrección de Jesús en el N.T

a. confesiones de fe e himnos

Los TESTIMONIOS más antiguos que nos conserva el N.T. del hecho de la resurrección de Jesús son profesiones de fe e himnos. La primera reacción de los discípulos ante el hecho inesperado de la resurrección de Jesús fue el estupor y el asombro. Los discípulos empiezan cantando y profesando, más que contando y relatando en detalle, su experiencia de la resurrección. Surgen así los primeros himnos y confesiones de fe en torno a la resurrección del Crucificado.

Una primera característica de estas antiguas confesiones de fe e himnos es la repetida contraposición entre la muerte infligida y la vida otorgada: "vosotros le disteis muerte, pero Dios lo resucitó". La muerte de Jesús aparece como fruto de la maldad humana frente a la resurrección y vivificación como obra del Dios Padre.

Otra característica de estas antiguas fórmulas de fe es la ausencia de toda mención del "tercer día", mientras predomina la expresión "lo resucitó de entre los muertos" o sea del "SHEOL" (el reino de la muerte). Con ello se trata de resaltar especialmente la potencia del Dios liberador y vivificador, capaz de "quebrantar las ataduras de la muerte". En este período la comunidad destaca así el surgir de Jesús del Sheol o de la muerte (y su exaltación por Dios a su derecha) por encima del surgir de Jesús del sepulcro, al que se presta una menor atención.

La tradición de la tumba vacía, aunque muy antigua, será una tradición independiente en un principio que más tarde se irá integrando en el acervo común del mensaje.

Por último, nos encontramos en estos textos más antiguos con un doble lenguaje: "exaltación y resurrección". El verbo resucitar evoca originalmente la idea de levantarse o ponerse en pie alguien que yace acostado, mientras que el verbo exaltar significa elevar a un determinado estado o situación. Resucitar, por tanto, mira más hacia el pasado de la muerte de donde Jesús proviene, siendo despertado del sueño del sepulcro en que yace. Exaltar, así como glorificar, miran en cambio, hacia el futuro de Dios al que Jesús se encamina o hacia el que va.

Finalmente, una derivación tardía de la clave "exaltación" será la "ascensión", donde se acentúa un mayor sentido espacial de traslación local de la tierra al cielo, que tampoco destacó en un primer momento.

b. El pasaje de 1Cor 15, 1-8

Globalmente considerado, el texto de 1Cor 15, 1-8, relativo a la resurrección de Jesús, es el más antiguo si atendemos a su redacción y fijación por escrito, ya que la epístola se escribe hacia el año 56, mientras que los relatos evangélicos empiezan a ponerse por escrito en torno a los años setenta.

La mención del tercer día, que aparece con entera claridad por primera vez en 1Cor 15, 4; tiene un sentido más teológico que puramente cronológico. Esto se deduce porque Pablo pone en relación los tres días con la resurrección y con las Escrituras, remitiendo así a éstas como raíz y origen de dicha expresión, aunque resulte difícil encontrar en el A.T. referencias al "tercer día". Únicamente Os 6,2 habla de una liberación y restauración del pueblo de Israel por Dios al tercer día: "Él nos dará la vida en dos días y al tercero nos resucitará y viviremos ante Él". En cambio, aparecen numerosas referencias en diversos escritos del judaísmo de tiempos de Jesús, donde se identifica el tercer día por el tiempo de la consolación y la liberación final, así como con la plenitud última y con la resurrección universal escatológica. A partir de estos textos, que consideran el día tercero como "el día de la consolación futura, cuando Dios hará revivir a los muertos", se comprende que Jesús pudiese haber hablado de su resurrección al tercer día, aunque se trataba menos de un dato cronológico que de la expresión, en términos de las Escrituras, de su propia certeza del triunfo final. En cuanto a las apariciones de Jesús a los discípulos, nos encontramos en 1Cor 15 con meras referencias escuetas, todavía no con relatos detallados.

c. Los relatos de la resurrección de Jesús en los Evangelios

Todas las narraciones evangélicas sobre la resurrección de Jesús coinciden en una doble temática fundamental: El descubrimiento de la tumba vacía y las apariciones del Señor a los discípulos.

1) Los relatos del sepulcro vacío

Aunque es verdad que por haber sido condenado al infamante suplicio de la cruz Jesús estaba en principio privado del derecho a una sepultura honrosa, debiendo ser sepultado en una fosa común, hay una serie de datos que prueban que de hecho no fue así. La historicidad del descubrimiento de la tumba vacía está respaldada por diversas razones. La más importante es la intervención, en este hecho, de un grupo de mujeres. Dado el menosprecio que sentían por la mujer muchas culturas antiguas hasta impedir el que fuese admitida como testigo válido en un juicio, es impensable que estos relatos que presentan a mujeres como únicas testigos puedan ser un invento de una comunidad de aquel tiempo.

Otra razón en pro del hecho del sepulcro vacío estriba en que es algo admitido no sólo por los cristianos, sino también por los judíos de la época, aun cuando haya discrepancias en la interpretación del hecho mismo: los judíos atribuyen el vaciamiento del sepulcro al robo del cadáver por parte de los discípulos; los cristianos a la resurrección de Jesús. Ambas posturas se enfrentaban todavía en los años setenta, tal como se refleja en Mt 28,15 donde se pretende excluir el robo del sepulcro a través de un piquete de soldados romanos que guardan la tumba. Este relato de la guardia, que no aparece en ninguna de las otras narraciones, encierra, sin duda, un intento apologético.

2) Las apariciones del Resucitado

Las apariciones del Señor resucitado constituyen el único núcleo central de la experiencia de la resurrección, por encima del descubrimiento del sepulcro vacío. Los Evangelistas coinciden en que el Resucitado se hizo presente a sus discípulos. ¿Pero cómo entender las apariciones del Señor? Las apariciones se conciben como mero encuentro objetivo entre Jesús y sus discípulos en que él se les presenta de una forma accesible plenamente al ojo humano. De esta forma cualquiera que estuviese presente en el momento de la aparición del Señor, aun sin tener fe podría percibir su presencia. Pero esto es algo que queda expresamente excluido por el mismo N.T.: no puede contemplar al Resucitado aquel que carezca de un mínimo de fe y de actitud religiosa, pues el verlo no radica más que en la iniciativa del ojo humano. Pero si no cabe entender las apariciones desde la materialidad, tampoco pueden quedar reducidas a una mera experiencia interior que brota de la fe o del recuerdo de los discípulos en la palabra o la actuación del Jesús terreno. ¿Entonces en qué exactamente el fenómeno de la aparición?. La aparición del Resucitado participa, por una parte, del dinamismo de la revelación o manifestación del misterio de Dios, que desborda la pura realidad material. Esto viene expresado en el N.T. por el uso de la forma verbal "hacerse ver", en vez de "ver o ser visto". No ve al Resucitado aquel que quiere, sino aquel a quien Él se le muestra. La aparición debe ser considerada como algo dinámico y no estático. Es sobre todo un proceso de manifestación del Señor a la vez que de concienciación e interiorización por parte de los discípulos en un dinamismo en el que, inicialmente pudo predominar una presencia visible de Jesús. Pero es muy probable que el dinamismo de las apariciones implique un sucesivo despojamiento de lo visible y la progresiva superación de unos signos sensibles particularizados, para ir aprendiendo poco a poco a reconocer la presencia y la acción del Resucitado tras signos cada vez más amplios y más universales.

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