Trabajo del Islam
Este trabajo consiste en la religión del Islam su cultura, sus tradiciones, fiestas, etc. En el se relata todo lo que nosotros (Juan Martitegui y Xavi Herranz) hemos encontrado en librerías, bibliotecas, libros de texto, etc. Durante tres meses hemos recopilado toda la información que hemos reflejado aquí.
1.-¿Por que el «Islam» se llama así?
Todas las religiones del mundo sacan su nombre de su fundador o del pueblo donde han nacido. Por ejemplo, el cristianismo se llama así por el nombre del que lo ha predicado, Cristo; el budismo por su fundador, Buda; el zoroastrismo por Zaratustra; el judaísmo, la religión de los judíos, por el nombre de la tribu de Judá (de la región de Judea), donde nació. Así sucesivamente. Pero ocurre todo lo contrario con el Islam que goza de la particularidad única de no estar asociado a ningún hombre o pueblo particular.
La palabra «Islam» no implica relación de este género porque no es propiedad de ninguna persona, ni de ningún pueblo o país particulares. No es producto de un espíritu humano, y no se limita a una comunidad particular. Es una religión universal que tiene por fin suscitar y cultivar en el hombre la cualidad y la actitud del Islam.
El Islam es, en efecto, un atributo. El que lo posea es musulmán, sea de cualquier raza, comunidad, clan o país del que venga. Según el Sagrado Corán (el libro sagrado de los musulmanes), se han encontrado a través de los tiempos y entre todos los pueblos, hombres buenos y virtuosos que poseían este atributo; ellos eran y son buenos musulmanes.
Esto nos lleva naturalmente a hacer esta pregunta ¿Qué significa la palabra «Islam»-? ¿Qué es un musulmán?
Islam es una palabra árabe que significa sumisión, obediencia. En cuanto a religión, el Islam, predica la sumisión y la obediencia totales a Dios. Es por esto por lo que se llama Islam.
La Naturaleza del Islam
Todo el mundo puede darse cuenta de que nuestro Universo es un Universo ordenado, donde todas las cosas están regidas por leyes y reglas. Todo tiene su sitio fijado en un conjunto grandioso que funciona admirablemente. El sol, la luna, las estrellas todos los cuerpos celestes pertenecen a un mismo sistema que siguen una trayectoria invariable en virtud de leyes inmutables. La tierra gira alrededor de su eje y sus revoluciones alrededor del Sol siguen una trayectoria determinada. Desde el ínfimo electrón a la impresionante nebulosa, todo el Universo obedece a sus leyes propias en virtud de las cuales la materia, la energía, y la vida aparecen, se modifican o desaparecen. El nacimiento, el crecimiento, la vida, la subsistencia del hombre en la Naturaleza están todas regidas por un sistema de leyes biológicas que son las que gobiernan el funcionamiento de todos sus órganos, desde las células más pequeñas al corazón y al cerebro. En resumen nuestro Universo es un Universo sometido a una ley, y todo lo que en él forma parte sigue el camino que le ha sido prescrito.
Este orden cósmico que gobierna el Universo, desde las partículas a las galaxias, es la ley de Dios, el Creador y el Señor del Universo. Ya que la creación entera obedece a las leyes divinas, se puede decir que todo el Universo sigue literalmente la religión del Islam, porque el Islam no significa más que la sumisión y la obediencia a Dios, el Señor del Universo. El Sol, la Luna, la tierra y todos los demás cuerpos celestes son pues «musulmanes», todo como el aire, el agua, el calor, los minerales, la vegetación, los animales. Todo en el Universo es musulmán porque todo obedece a las leyes que le han sido asignadas por Dios. Su lengua incluso que, por ignorancia niega la existencia de Dios, o adora numerosas divinidades, es por naturaleza musulmana. Su cabeza, que se inclina ante otros que no son Dios, es instintivamente musulmana, Su corazón, que por falta de conocimiento real quiere y reverencia a otros dioses, es instintivamente musulmán, porque todos están sometidos a la ley divina, sus funciones y sus movimientos están gobernados por esta ley única.
He aquí pues, en resumen, la verdadera posición del hombre y del Universo. Examinemos ahora el problema bajo un ángulo diferente. El hombre posee una doble naturaleza, su vida se desarrolla en dos planos diferentes. Por una parte, como todas las demás criaturas, está completamente dependiente de las leyes naturales y no puede librarse de ellas. Pero por otro lado, el hombre está provisto de razón y de inteligencia. tiene el poder de pensar y de juzgar, de elegir o rechazar, de aprobar o desaprobar. Es libre de elegir su religión, su género de vida y de orientar su existencia en función de las ideologías de su elección. Puede trazar su propio código de conducta, o aceptar uno formulado por otros. Ha sido dotado del libre arbitrio y puede decidir su propio comportamiento. Sobre este segundo plano, al contrario que las demás criaturas, ha recibido la libertad de pensamiento, de opinión y de acción. Estos dos aspectos coexisten claramente en la vida del hombre.
En el primer caso, como todas las demás criaturas, el hombre nace y quedará musulmán y sigue automáticamente los mandatos de Dios. En el segundo, tiene la libertad de elegir, de ser o no ser musulmán, y la manera de ejercer esta libertad es la que divide a la Humanidad en dos grupos: los creyentes y los incrédulos. El que elige reconocer a su creador, aceptarle como soberano único, se somete escrupulosamente a sus mandatos, sigue la ley que le ha revelado al hombre para su vida individual y social, llega a ser así un perfecto musulmán. Ha logrado llegar a un Islam completo, decidiendo voluntariamente obedecer a Dios en el plano donde se le había dado la libertad de elegir. Ahora su vida entera es una vida de sumisión a Dios y no tiene conflicto en su personalidad. Es un perfecto musulmán y su Islam es total porque la sumisión de su ser entero a la voluntad de Dios es Islam, puramente Islam.
Se ha sometido ahora voluntariamente a El, al cual obedece ya inconscientemente. Su conocimiento es ahora real, porque ha reconocido al Ser que le ha dado la facultad de entender y conocer: Su razón y su juicio están armoniosamente equilibrados porque ha decidido justamente obedecer al Ser que le ha conferido la facultad de pensar y juzgar. Su lengua también expresa la verdad, porque alaba al Señor que le ha dado la facultad de hablar. Ahora su existencia entera es la encarnación de la verdad, porque sus dos naturalezas, su instinto y su voluntad, obedecen a las leyes del mismo Dios único -el Señor del Universo-. Está en armonía con el Universo entero porque adora a Quien todo el Universo adora. Tal hombre es el representante de Dios en la tierra. El mundo le pertenece y él pertenece a Dios.
La naturaleza del «kufr»
Al contrario del hombre que venimos describiendo, está el hombre que aunque por naturaleza es musulmán, vive inconscientemente toda su vida, no ejerce sus facultades de razón, inteligencia e intuición para reconocer a su Señor y Creador y no utiliza su libertad de elección más que para negar su existencia. Tal hombre es un incrédulo -en la lengua del Islam, un kafir.
kufr significa literalmente «encubrir», «disimular». El hombre que niega a Dios es llamado kafir (disimulador), porque, por su incredulidad, oculta lo que es inherente a su naturaleza y a su alma, ya que su naturaleza está instintivamente orientada hacia el Islam. Su cuerpo entero, cada miembro, cada fibra de este cuerpo, está sometido a este instinto. Toda partícula de existencia -animada o inanimada- cumple su función de acuerdo con la ley del Islam y desempeña el papel que le ha sido adjudicado. Pero la vida de este hombre ha sido oscurecida, su espíritu se extravié y es incapaz de ver la evidencia. No puede discernir su propia naturaleza, y sus actos y sus pensamientos están en desacuerdo total con ella. La realidad le es extraña y tantea en las tinieblas. He aquí la naturaleza del kufr.
El kufr es una forma de ignorancia, o más bien, es la ignorancia por excelencia. ¿Hay acaso ignorancia más grande que ignorar a Dios, el Creador, el Señor del Universo? Es un hombre que observa el vasto panorama de la Naturaleza, su mecanismo soberbio e inmutable, el concepto grandioso que resplandece en todos los aspectos de la Creación; observa esta gigantesca máquina, pero ignora quién la ha hecho y la dirige. Examina su propio cuerpo, este organismo maravilloso que funciona de una manera tan estupefacta que sirve para conseguir sus propios fines, pero es incapaz de discernir la Fuerza que lo ha suscitado, el Ingeniero que ha concebido y producido esta máquina, el Creador que ha hecho este ser único: el hombre, a partir de materias Inanimadas: carbono, calcio, sodio... Reconoce el concepto sublime del Universo, pero no puede distinguir al que lo ha concebido, Admira el funcionamiento armonioso sin ver en él al Creador. Puede ver en el universo que le rodea las más brillantes demostraciones de maestría en la ciencia, la filosofía, las matemáticas o la técnica, pero queda ciego al Ser que dio origen a este Universo Infinito y nunca se lo explica totalmente. ¿Cómo un hombre incapaz de distinguir esta realidad determinada podría alcanzar las verdaderas perspectivas del conocimiento? ¿Cómo un hombre que se ha puesto en el mal camino podría conseguir el buen destino? No podrá explicar nunca la Realidad, el Verdadero Camino le será siempre cerrado, y cuando emprenda algo en el dominio de la ciencia o del pensamiento, no podrá gozar nunca de las luces de la verdad y de la sabiduría. Continuará andando a ciegas y balbuceando en las tinieblas de la ignorancia.
Mucho peor; el kufr es un tirano e incluso el peor que existe. ¿Qué es una tiranía?, sino una utilización injusta y cruel de una fuerza o un poder. Si alguna cosa o alguien se trata a la fuerza contrariamente a la justicia o a su naturaleza y su voluntad propias, esto se llama tiranía.
Acabamos de ver que todo el Universo está sometido a Dios su Creador. Lo que es natural, es obedecer, vivir en conformidad con su voluntad y su ley (más exactamente, ser musulmán). Dios ha dado al hombre un poder sobre todo la Creación cuya naturaleza misma exige que sea utilizada por el único cumplimiento de su voluntad y exclusivamente por esto. El que desobedece a Dios, el que es kafir, se hace culpable de la injusticia más grave, utilizando todas las facultades de su cuerpo y de su espíritu en contra de las tendencias de la Naturaleza, y llega a ser así el instrumento involuntario del drama de la desobediencia. Obliga a su cabeza a inclinarse ante otros dioses que no son el verdadero Dios, alimenta a su corazón del amor, respeto y temor a otra Autoridad, esto está en contradicción total con los instintos naturales de estos órganos. Utiliza el poder del que dispone contra la voluntad explícita de Dios, haciendo así reinar la tiranía. ¿Puede existir tiranía de más crueldad e injusticia que la de este hombre que explota la Creación y la obliga desvergonzadamente a seguir un camino contrario a la Naturaleza y la justicia?
El kufr no es simplemente tiranía, es algo peor, pura rebelión, ingratitud, infidelidad. Después de todo, ¿qué es el hombre en realidad?, ¿de qué poder y de qué autoridad dispone?, ¿quién ha creado su cerebro, su corazón, su alma, su propio cuerpo?, ¿él mismo o Dios? -altísimo sea-, ¿ha sido él, o Dios quien ha creado el Universo? ¿Quién ha sometido todas las fuerzas de la Naturaleza al servicio del hombre, él o Dios? Si todas las cosas han sido creadas por Dios, y sélo por El únicamente, ¿a quién, pues, pertenecen? ¿Quién es el justo soberano? Dios, y sélo Dios. Si Dios es el Creador, el Señor, el Soberano, ¿hay alguien más rebelde que el hombre que utiliza la Creación de Dios contra sus decretos, que vuelve su espíritu y su corazón contra Dios, y utiliza todas sus facultades contra la voluntad del Señor? El servidor que traiciona a su señor, el oficial que se vuelve contra su país, el que engaña a su bienhechor, son todos traidores. ¿Pero qué decir de la traición, de la ingratitud y de la incredulidad del kafir? Después de todo, ¿cuál es la fuente verdadera de toda autoridad? ¿Quién ha levantado al hombre a una posición elevada? Todo lo que el hombre posee y de todo lo que se sirve o beneficia de los demás, le ha sido dado por Dios. Con respecto a sus padres el hombre tiene en la tierra las obligaciones más grandes, ¿pero quién ha puesto en el corazón de los padres este amor a sus hijos, y quién le inspira a hacer todo lo que está en su poder para el bienestar del ellos? ¿De dónde viene el deseo innato y la posibilidad que la madre tiene para alimentar a sus hijos? Es evidente, que es Dios el más grande bienhechor del hombre. Es su Creador, el que le alimenta y le hace vivir, así como su Señor y Soberano. Tal es la posición de Dios frente al hombre, y no hay traición ni ingratitud más grande que la del kufr, que lleva al hombre a rechazar a su verdadero Señor.
Sería ridículo pensar que al adoptar la actitud del kufr, el hombre hace daño a Dios todopoderoso. De ningún modo. ¿Qué daño podría hacer el hombre, que es una pizca de polvo insignificante en la superficie de un planeta minúsculo girando en este universo infinito, al Soberano del mundo, cuyo reino es tan vasto que con la ayuda de los más potentes telescopios no nos permite adivinar sus limites?; cuyo poder ordena la trayectoria celeste de la Tierra, la Luna, el Sol, y las miríadas de estrellas. Que provee todas las necesidades, pero no tiene necesidad de nadie para proveer las suyas. La rebelión del hombre contra Dios no puede hacerle ningún daño, al contrario, esta desobediencia no hace más que precipitar al hombre al camino de la ruina y de la desgracia.
La consecuencia inevitable de esta sublevación y de esta negación de la Realidad, es el descalabro en los ideales últimos de la vida. Un rebelde no encontrará jamás el camino del verdadero conocimiento. Porque al saber que es incapaz de descubrir a su propio Creador, no puede descubrir ninguna verdad. El espíritu y la razón de tal hombre se extraviarán siempre. ¿Cómo la razón que no puede reconocer a su Creador, podría dilucidar los misterios de la vida? Tal hombre no sufrirá más que fracasos en todos los dominios. Su vida moral, cívica, social, familiar, su lucha por asegurar su subsistencia, todo estará afectado. No difundirá más que confusión y desorden en la tierra. Sin el menor remordimiento, derramará la sangre, violará los derechos de sus semejantes, será cruel con ellos, suscitará el desorden y la destrucción en el mundo. Sus pensamientos y sus ambiciones perversas, su ausencia de discernimiento, su sentido de los valores falseado, sus actividades malignas, serán nefastas tanto para él como para sus allegados. Tal hombre puede arruinar la paz y el equilibrio de la vida en la tierra. En la vida ulterior, será tenido por culpable de los crímenes que haya cometido contra él mismo. Su cuerpo entero, su cerebro, sus ojos, su nariz, sus manos, sus pies se lamentarán del mal uso que hubiera hecho. Cada célula de su cuerpo le reprenderá ante Dios que, es la verdadera fuente de la justicia, y se le aplicará la sentencia que merece. Tal es la infamante consecuencia del kufr. Va al fracaso total, tanto en esta vida como en la vida posterior.
Los beneficios del Islam
Después de haber examinado las terribles consecuencias del kufr, veamos ahora lo que podemos ganar adoptando la actitud del Islam.
En el mundo que os rodea, como en vosotros mismos, podéis ver innumerables manifestaciones del poder devino. Este Universo grandioso, que funciona desde toda la eternidad en un orden incomparable según una ley inmutable, testimonia por él mismo que el que lo ha concebido es un ser todopoderoso, dotado de poder, de conocimientos infinitos, de recursos ilimitados cuya sabiduría es perfecta y a la cual nadie osa desobedecer. Está en la naturaleza misma del hombre, como en todas las cosas en el Universo, que le obedecen. En efecto, el hombre obedece Inconscientemente a su ley, día tras día, porque desobedeciendo se expone a la muerte y al aniquilamiento. Es la ley de la Naturaleza que debemos observar constantemente.
Dios ha dado al hombre la posibilidad de instruiste, pensar, y meditar, y el conocimiento del bien y del mal; pero le ha conferido, por otra parte, una relativa libertad de voluntad y acción. Es en el ejercicio de esta libertad como el hombre es puesto a prueba: su saber, su intelecto, su discernimiento, su libertad de voluntad y acción son todos probados. En esto, el hombre no ha sido obligado a adoptar un camino particular, porque esta obligación falsificaría el sentido mismo de esta puesta a prueba. Si durante un examen, estáis obligados a dar una respuesta determinada a una pregunta determinada, el examen sería Inútil. Vuestro mérito no puede ser convenientemente juzgado, más que cuando podáis responder libremente a las preguntas, según vuestro conocimiento y vuestra comprensión personales. Si vuestra respuesta es correcta, habréis salido bien y podréis continuar progresando. Si vuestra respuesta es mala, vuestro fracaso os Impedirá progresar; del mismo modo ocurre en lo que concierne a la situación del hombre en el mundo. Dios le ha dado la libertad de voluntad, y acción, de manera que puede elegir libremente el modo de vida que estime ser el bueno: el Islam o el kufr.
Se encuentra, pues, por un lado al hombre que no comprende ni su propia naturaleza, ni la del Universo. Ignora quién es su Soberano verdadero, y cuáles son sus atributos, y utiliza mal su libertad tomando el camino de la desobediencia y de la rebelión. Tal hombre ha fracasado en el examen de su conocimiento, de su inteligencia y de su sentido del deber, y no merece una suerte mejor que la discutida anteriormente.
Por otro lado se puede encontrar al que sale victorioso de esta puesta a prueba. Utilizando correctamente su saber y su espíritu, reconoce a su Creador, tiene fe en El, y sin estar de ningún modo forzado, elige obedecerle. Sabe distinguir el bien del mal, y aunque sea enteramente libre de no hacerlo, elige el bien. Comprende su propia naturaleza, se conforma con sus leyes y sus realidades y aunque tenga toda latitud de caminos para seguir, no Importa cuáles, adopta el de la obediencia y lealtad a Dios, su Creador. Ha superado la prueba, porque ha utilizado convenientemente su espíritu y todas sus facultades: sus ojos para discernir la realidad, sus oídos para escuchar la Verdad, su espíritu para concebir sanas opiniones, y pone todo su corazón y toda su alma en seguir la justa vía que ha elegido también.
Elige la verdad, ve la realidad, se somete con toda gratitud a su Señor y Soberano. Es un hombre inteligente, sincero, que tiene el sentido del deber, que ha optado por la luz antes que por las tinieblas, y después de haber distinguido la realidad, ha respondido a su llamamiento con entusiasmo. Su conducta prueba así, que no solamente busca la verdad, sino que sabe reconocerla y quererla. Este hombre triunfará en esta vida como en la otra, porque ha cogido el camino recto y no dejará de seguirlo en todos los dominios del conocimiento y de la acción. El que conoce a Dios y sus atributos, conoce el alfa y el omega de la realidad. No podrá desviarse porque su primer paso está sobre el buen camino y está seguro del destino del viaje de la vida.
En el campo de la Filosofía, meditará sobro los secretos del Universo y tratará de sondear sus misterios, pero al contrario de la filosofa infiel kafir, no se extraviará en el laberinto de la duda y del escepticismo. La visión divina aclarará su camino y dirigirá sus pasos en buena dirección.
En el campo de la ciencia, Intentará conocer las leyes de la Naturaleza, descubrir los tesoros ocultos en la tierra, dirigir todas las fuerzas hasta las Ignoradas por el espíritu y la materia, todo esto para el bienestar de la Humanidad. tratará de explorar todas las fuentes del saber y del poder, y de someterse a todo lo que existe en la tierra y en los cielos para el provecho del hombre.
En cada estadio de su búsqueda, su conciencia de Dios le impedirá hacer un destructivo y mal uso de la ciencia y de los métodos científicos.
No soñará nunca con alabarse de ser el señor de estas fuerzas, el conquistador de la Naturaleza, atribuyéndose así las prerrogativas divinas; ni sostener ambiciones subversivas sobre el Universo, sometiendo al género humano y estableciendo su supremacía sobre todos, sin retroceder ante los medios más viles. Tal actitud de rebelión y desafío no podría ser la de un musulmán. Sélo un sabio kafir puede ser la presa de tales ilusiones y sucumbir exponiendo a todo el género humano a los peligros de la destrucción total y del aniquilamiento. Un sabio musulmán, por el contrario, se comportaría de una manera deferente. Cuanto más claro viera en el campo de la ciencia, más seria reforzada su fe en Dios. Inclinaría su cabeza ante El con gratitud; ya que su Soberano le ha bendecido concediéndole un poder y una ciencia muy grandes, deberá obrar por su propio bien y el de la Humanidad. En vez de ser orgulloso, será humilde, en vez de exaltarse de su propio poder, realizará grandes cosas para el bien común. No se entregará a una libertad desenfrenada. Será guiado por los principios de la moralidad y de la revelación Divina. De este modo la ciencia entre sus manos, en lugar de ser un instrumento de destrucción, llegará a ser un medio de bienestar de los hombres y de la regeneración moral. Es de este modo, como expresará su gratitud a su Soberano por los dones y las bendiciones que ha derramado sobre el hombre.
Del mismo modo, en el campo de la historia, de la economía, de la política, del derecho, y de todas las demás ramas del arte y de las ciencias: un musulmán no sélo no se dejará adelantar por un kafir en la búsqueda, sino que sus puntos de vista y por consiguiente, sus «modus operandis», diferirán mucho. Un musulmán estudiará cada rama del conocimiento en su justa perspectiva, se esforzará en alcanzar un justo objetivo y llegará a justas y sanas conclusiones. En la historia sacará lecciones correctas de las experiencias pasadas y descubrirá las causas verdaderas de las grandezas y decadencias de las civilizaciones. tratará de sacar provecho de todo lo que fue bueno y justo en el pasado, y evitará cuidadosamente todo lo que hubiera conducido al declive y aniquilamiento de las naciones. En política, su único objetivo será la instauración de un régimen de paz, de justicia, de fraternidad y de bien, en la que el hombre sea un hermano para el hombre y respete su cualidad de hombre, donde no reine ninguna forma de explotación o esclavitud, donde los derechos del individuo son respetados y donde el poder del Estado es considerado como un depósito sagrado de Dios, que debe ser utilizado para el bienestar común. En lo que concierne al derecho, el musulmán tratará de hacer de él, el instrumento real de la justicia, para la protección de los derechos de todos -particularmente, de los débiles-. Velará para que cada uno reciba la parte que se merece y que ninguna injusticia u opresión sea Infligida sobre cualquiera. Respetará la ley, la hará respetar y velará para que la justicia sea repartida equitativamente.
La vida moral de un musulmán estará siempre llena de piedad, devoción y rectitud. Vivirá en el mundo con la convicción de que Dios sélo es nuestro Soberano, que todo lo que él y los demás puedan poseer les ha sido dado por Dios, que los poderes de los que dispone no son más que un depósito de Dios, que la libertad que le ha sido conferida debe ser utilizada con discernimiento y que es para su propio beneficio el servirse de ella según la voluntad divina. tendrá siempre presente en el espíritu que debe un día volver a su Señor y le dará cuentas de toda su vida. El sentimiento de responsabilidad quedará siempre firmemente implantado en su espíritu y no se portará nunca irresponsable ni Indiferente.
Pensad en la excelencia moral del hombre que vive con tales disposiciones. Su vida será una vida de pureza, de piedad, de amor, de altruismo. Será una bendición para la Humanidad, su espíritu no será turbado por malos pensamientos y ambiciones perversas. Se abstendrá de ver, de entender y de hacer el mal. Dominará su lengua y no proferirá jamás mentira. Mantendrá su vida de una manera justa y honesta y preferirá el hambre a una alimentación adquirida por la explotación o la Injusticia. No será nunca cómplice de la opresión o de la violación de la vida humana y del honor, sea cual fuere la forma. No cederá jamás ante el mal, sea cual fuere el precio que tenga que pagar por esto. Será la bondad y la nobleza misma, y defenderá el derecho y la verdad, incluso al precio de su propia vida. Aborrecerá todas las formas de injusticia, se erigirá defensor de la verdad que las adversidades no pudieron derribar. Tal hombre tendrá un poder con el que es preciso contar. Él solo puede triunfar porque nada en el mundo podrá detenerlo o entorpecer su camino.
Será el hombre más honrado y más respetado y nadie le podrá superar en este campo. ¿Cómo podría alcanzar la humillación a un hombre que para solicitar un favor no tiende la mano, ni inclina la cabeza ante cualquiera, excepto ante Dios todopoderoso, el Soberano del mundo?
Será el hombre más poderoso y más eficaz. Nadie puede ser más poderoso que él -porque no teme a nadie salvo a Dios, y no busca bendiciones de nadie más que de Él -. ¿Qué poder podría apartarle del camino recto? ¿Qué riqueza podría comprar su fe? ¿Qué fuerza podría atormentar su conciencia? ¿Qué poder podría influenciar su actitud?
Será el hombre más rico. Nadie en el mundo podría ser más rico o más independiente que él- porque vivirá una vida de austeridad y contemplación. No será sensual, ni débil, ni avaricioso. Se contentará con lo que gane honestamente, e incluso si montones de riquezas mal adquiridas se ponen ante él, las rechazará con menosprecio. tendrá la paz y la satisfacción del corazón-. ¿Hay riqueza más grande que ésta?
Será el hombre más reverenciado, más querido y más popular. Nadie puede ser más digno de amor que él -porque vive una vida de caridad y bondad-. tendrá justicia con todos, cumplirá sus funciones honestamente y trabajará sinceramente para el bien de todos. Atraerá naturalmente a todos los corazones de las gentes, su amor y su estima. Todo el mundo le honrará y le tendrá confianza. Nadie es más digno que él -porque no es perjuro, sino todo lo contrario: un modelo de rectitud, fidelidad a su palabra y honradez en sus acciones-. Será bueno y justo en todos sus hechos, porque sabe que Dios es Ubicuo, siempre vigilante. No hay palabras para describir todo el mérito de tal hombre. ¿Cómo alguien podría no tener en él confianza? Tal es la vida de un verdadero musulmán.
Si habéis comprendido la verdad natural de un musulmán, estaréis convencidos de que no puede vivir en la humillación, esclavitud o sumisión. Está destinado a ser el dueño, y ningún poder de la tierra puede dominarlo o subyugarlo. Porque el Islam le inculca las cualidades que no están eclipsadas por ningún encanto ni ninguna ilusión.
Después de haber vivido una vida respetable y honorable en la tierra, volverá a su Creador, que derramará sobre él sus bendiciones, porque ha cumplido su deber honradamente, y ha cumplido su misión con triunfo en la puesta a prueba. Ha salido bien de la vida terrestre y conocerá en la ulterior la paz, la alegría y la felicidad eternas.
Este es el Islam, la religión natural del hombre, la religión que no está asociada a ninguna persona, pueblo, período o lugar. Es la vía de la Naturaleza, la religión del hombre. Desde todo los tiempos, en todos los lugares y en todos los pueblos, todos los que reconocieron a Dios y amaron la verdad han creído en esta religión y estuvieron conformes en ella. Aunque hubieran llamado a este modo de vida Islam o de otra forma. Cualquiera que fuese su nombre, significaba Islam, e Islam únicamente.
2.-La fe y la obediencia
Islam significa obediencia a Dios. Ni que decir tiene que la obediencia no puede ser total más que si el hombre conoce ciertos hechos esenciales y esta firmemente convencido de ellos. ¿Cuáles son los principios que un hombre debe conocer para dirigir su vida según las directivas divinas? Eso es lo que nos proponemos discutir en este capítulo.
Primeramente hace falta tener una fe inquebrantable en la existencia de Dios. ¿Podría el hombre obedecerle, si no está íntimamente persuadido de su existencia?
Luego, es preciso conocer los atributos de Dios. Es el conocimiento de estos atributos lo que permiten al hombre cultivar en él mismo las cualidades más nobles y llevar una vida de virtud y bondad. Si se ignora que Dios existe, que es el único Creador y Señor del Universo, y que no comparte con ninguna otra divinidad la más ínfima partícula de su poder y de su autoridad, entonces se puede llegar a ser víctima de los falsos dioses, y rendirle culto para obtener sus gracias. Pero si se conoce el atributo devino «Tawhid». (unidad de Dios), no se arriesgará a sucumbir por esta ilusión. Del mismo modo, si el hombre sabe que Dios es Ubicuo y Omnisapiente, que ve, oye y sabe todo lo que hacemos en público y privado - hasta nuestros pensamientos más ocultos -. Entonces, ¿cómo podría permitirse desobedecer a Dios? Se dará cuenta de que es observado continuamente y se comportará correctamente. Pero el que ignora estos atributos de Dios puede desviarse en la vía de la desobediencia.
Esto ocurre del mismo modo para todos los atributos de Dios. El hecho es que las cualidades y los atributos que un hombre debe poseer, si quiere seguir el camino del Islam, no pueden ser cultivados y desarrollados más que gracias a un profundo conocimiento de los atributos de Dios. Es el conocimiento de estos atributos el que purifica el espíritu y el alma del hombre, sus ciencias, su moral, sus acciones. Un conocimiento superficial o puramente teórico de estos atributos no basta para la tarea que le aguarda - debe poseer un conocimiento, Inquebrantable, firmemente enraizado en el corazón y en el espíritu, para estar al cubierto de dudas insidiosas y desviaciones.
Además hace falta conocer detalladamente el género de vida que puede agradar a Dios. Si el hombre Ignora lo que a Dios le complace o no le complace, ¿cómo puede elegir lo uno y renunciar lo otro? Si no tiene ningún conocimiento de la ley divina, ¿cómo puede seguiría? Pues, el conocimiento de la ley divina y del código revelado es Igualmente esencial a este respecto.
Pero no basta, el simple conocimiento no es suficiente. El hombre debe tener una confianza, un convencimiento pleno y completo de lo que es la ley divina y que su salvación depende únicamente de la observación de este código. Porque el conocimiento sin la convicción, no llevará a estimular al hombre hacia el recto camino y se arriesgará a perderse en el camino de la desobediencia.
Finalmente, es necesario conocer las consecuencias de la obediencia y de la fe, y las de la incredulidad y desobediencia. El hombre debe saber qué bendiciones serán derramadas sobre él si elige el camino de Dios y lleva una vida pura, virtuosa y sumisa. Debe también conocer cuáles serán las consecuencias nefastas de un camino de desobediencia y rebelión. De este modo el conocimiento de la vida ulterior, que nos aguarda después de la muerte, es absolutamente esencial. El hombre debe tener una fe Inquebrantable en el hecho de que la muerte no significa el fin de la vida; que habrá resurrección, que pasará ante el tribunal supremo presidido por Dios mismo; que en el día del juicio, la justicia prevalecerá; que las buenas acciones serán recompensadas y las malas castigadas. Cada uno de ellos tendrá lo que merece y no tendrá medios de escapar de ello. Esto debe llegar obligatoriamente. Este sentimiento de responsabilidad es enteramente esencial para una obediencia incondicional a la ley de Dios.
Un hombre que no tiene ninguna idea de la otra vida puede considerar que su obediencia y desobediencia no tienen importancia. Puede creer que lo que obedece como lo que desobedece tendrá el mismo fin: después de la muerte volverán todos al polvo. Con tal mentalidad, ¿cómo se puede esperar a que éste se someta a todas las dificultades y restricciones que derivan inevitablemente de una vida de obediencia activa, y evita estos pecados, cuya realización no le lleva aparentemente a ninguna pérdida moral o material en este mundo? Con esta mentalidad un hombre no puede aceptar someterse a la ley de Dios. Aún más, un hombre que no está firmemente convencido de la existencia de la vida ulterior y del tribunal divino no quedará seguro y resuelto en las aguas agitadas de la vida, en medio de todas las seducciones del pecado, del crimen y del mal, porque la duda y la vacilación privan al hombre de su voluntad de obrar. No se puede quedar seguro en su conducta más que si está seguro de sus convicciones, no puede seguir este camino de todo corazón más que si está seguro de tener interés en hacerlo y si sabe qué desventajas se seguirán en caso de desobediencia. Así, para llevar su vida en el camino de la obediencia a Dios, hace falta un convencimiento profundo de las consecuencias de la fe o de la Incredulidad, así como de la vida ulterior.
Tales son, por consiguiente, los hechos esenciales que se deben conocer si se quiere vivir la vida de obediencia, es decir el Islam.
La fe: ¿Qué significa esto?
La fe es lo que hemos llamado en la discusión anterior «conocimiento», «convicción». La palabra árabe imán que traducimos por fe, quiere decir literalmente «conocer, creer, estar convencido sin duda alguna». La fe es, pues, una segura convicción nacida del conocimiento. El hombre que sabe, y está firmemente convencido de la unidad de Dios, de sus atributos, de su ley revelada, del código divino, de la recompensa y del castigo, este hombre, es pues llamado mumin («fiel»). Esta fe lleva Invariablemente al hombre a una vida de obediencia y de sumisión a la voluntad de Dios. El que lleva esta vida de sumisión es llamado musulmán.
Esto debería demostrar claramente que sin la fe (imán), nadie puede ser un verdadero musulmán; es un punto esencial; o más bien, es el punto de partida. La relación entre el Islam y el imán es la de un árbol con su semilla. Lo mismo que un árbol no puede crecer sin una semilla, del mismo modo, no es posible al hombre que no tiene fe llegar a ser musulmán. Sin embargo, alguna vez se encuentra un árbol que a pesar de la semilla sembrada no brota, y esto puede ser por cantidades de razones, o incluso si -brota, su crecimiento es arriesgado o retardado. Del mismo modo se puede encontrar un hombre que tiene fe, pero debido a determinadas debilidades, puede no llegar a ser un musulmán seguro y verdadero. Vemos pues que la fe es el punto de partida y conduce al hombre a la vida de sumisión a Dios, y que nadie puede llegar a ser musulmán sin la fe. Al contrario, un hombre puede tener fe, pero por la debilidad de su voluntad, de una mala educación, o de malas compañías, puede no llevar la vida de un verdadero musulmán. Desde el punto de vista del Islam y del imán, todos los hombres pueden ser clasificados en cuatro categorías:
Los que tienen fe inquebrantable, una fe que los hace someterse a Dios de todo corazón y sin restricciones. Siguen el camino del bien y consagran todo su corazón, toda su alma en agradar a Dios, haciendo todo lo que a Sí le gusta y evitando todo lo que no le gusta. En su devoción, son aún más fervientes, y no es como el hombre ordinario en la persecución de la riqueza y de la gloria. Tales hombres son verdaderos musulmanes.
Los que tienen fe, creen en Dios, en su ley, en el juicio final, pero sin embargo, la fe no es lo bastante fuerte y profunda para ponerla totalmente sometida a Dios. Están por debajo del rango de verdaderos musulmanes. Son falibles de ser culpables, pero no rebeldes. Reconocen a Dios y su ley y aunque la quebrantan, no se rebelan contra sí. Admiten su supremacía y su propia culpabilidad. Por lo tanto, son culpables y merecen un castigo, pero siguen musulmanes.
Los que no tienen ninguna fe. Estos hombres niegan reconocer la soberanía de Dios y son rebeldes. Aunque su conducta no sea mala y no extiendan la corrupción y la violencia, quedan rebeldes y sus acciones, en apariencia buena, tienen poco valor. Tales hombres son como los fuera de la ley. Aunque un fuera de la ley comete determinados actos que están en conformidad con la ley del país, no llegando a ser por esto un ciudadano leal y obediente, del mismo modo, el bien aparente de los que se rebelan contra Dios no puede compensar la gravedad del mal real, la rebelión y la desobediencia.
Los que no tienen fe y no hacen ningunas buenas acciones. Extienden el desorden en el mundo y perpetran toda clase de violencias y de opresiones. Son las criaturas más abominables porque son rebeldes, perversos y criminales.
Esta clasificación de la Humanidad enseña claramente que el verdadero triunfo y la salvación del hombre dependen del imán (la fe). La vida de obediencia (Islam) nace de la semilla del imán. Este Islam puede ser perfecto o imperfecto. Pero sin imán no hay Islam. De donde, si no hay Islam hay kufr. Su forma y su naturaleza pueden variar, pero de todas formas, esto será el kufr y no otra cosa.
Esto señala la Importancia del imán frente a la vida de sumisión total y verdadera a Dios.
¿Como adquirir el conocimiento de Dios?
La pregunta que surge ahora es: ¿Cómo adquirir el conocimiento y la fe en Dios, en sus atributos, su ley, y el juicio final?
Hemos hecho ya alusión en las innumerables manifestaciones de Dios en torno a nosotros y en nosotros mismos testifican que hay un Creador, y un Creador único, que es el que controla y dirige este Universo. Estos testimonios reflejan los divinos atributos del Creador: su gran sabiduría, su ciencia universal, su omnipotencia, su misericordia, su fuerza, en una palabra, todos sus atributos están en todas partes visibles en sus obras. Pero el espíritu y las facultades del hombre se han extraviado a fuerza de observar y asimilar estas cosas, que son a pesar de todo, claras y manifiestas, aunque sus ojos estuviesen abiertos para leer lo que fue escrito en la Creación. Por eso los hombres se han desviado. Algunos han dicho que existen dos dioses, otros han empezado a creer en la trinidad, y otros todavía se encuentran en el politeísmo. Algunos se han -puesto a adorar a las fuerzas de la Naturaleza, otros han dividido la persona divina en múltiples unidades: dios de la lluvia, del aire, del fuego, de la vida, de la muerte... Aunque - las manifestaciones de Dios fuesen perfectamente evidentes, la razón humana ha dudado muchas veces y no ha rehusado ver la r calidad en su verdadera perspectiva. Ha encontrado decepción sobre decepción y no ha venido a parar más que a una confusión espiritual. Debemos denunciar aquí y duramente estos errores del juicio humano.
Del mismo modo en lo que concierne a la vida después de la muerte, los hombres han anticipado teorías erróneas, por ejemplo, que después de la muerte el hombre vuelve a polvo y no volverá jamás a la vida, o que el hombre está sometido a todo un proceso de regeneración continua en este mundo y que es castigado o recompensado en los ciclos de la vida venidera.
La dificultad es todavía más grande cuando llega a la pregunta del modo de vida. Formular un código completo y equilibrado, que pueda agradar a Dios únicamente con nuestra razón humana, es una tarea ex tremendamente difícil. Incluso si un hombre estuviera provisto de las más elevadas facultades de razón y espíritu y si tuviera una sabiduría incomparable y la experiencia de numerosos años de reflexión, sus probabilidades de formular intentos perfectamente justos en la vida son muy reducidos. Incluso si después de años de reflexión lo consiguiera, no estará nunca seguro de haber descubierto realmente la verdad y haber adoptado el buen camino.
Aunque la prueba más justa y más perfecta de la sabiduría humana, de su razón, y de su conocimiento hubiera sido la de abandonar el hombre sus propios recursos sin ninguna directriz exterior, a fin de que descubra sélo el justo modo de vida que le conviene adoptar en la Tierra, y que los que por sus pruebas y experiencias personales hubieran podido descubrir la verdad y la virtud hubiesen ganado su salvación mientras que los otros se hubieran perdido; Dios ha evitado, sin embargo, a sus criaturas humanas una prueba tan difícil. Por su gracia y su benevolencia, ha suscitado para la Humanidad hombres elegidos de entre los hombres a los cuales ha revelado sus atributos, su ley, y el justo código de vida, les ha hecho conocer el significado y el fin de esta vida, asió como el de la vida ulterior, y les ha mostrado también el camino que lleva al triunfo y a la felicidad eternos. Estos hombres elegidos son los Mensajeros de Dios -sus profetas-. Dios les ha comunicado el conocimiento y la sabiduría por medios del wahi («la revelación») y el libro que contiene las revelaciones divinas es llamado el Libro de Dios o la Palabra de Dios. La prueba de la sabiduría y del espíritu del hombre reside, pues, en esto: después de haber observado cuidadosamente su vida pura y piadosa y sus enseñanzas llenas de nobleza, ¿sabría reconocer al Mensajero de Dios? El que tenga buen sentido y una sana sabiduría reconocerá la veracidad de las instrucciones dictadas por el Mensajero; si rechaza al Mensajero de Dios y sus enseñanzas, esta negación indicará que es completamente incapaz de descubrir la verdad y la justicia, y que ha fracasado en esta prueba. Tal hombre no será nunca capaz de descubrir la verdad sobre Dios y sobre su ley o sobre la vida ulterior.
Fe en lo desconocido
Es una experiencia cotidiana que cuando no conocéis alguna cosa, buscáis a alguno que la conoce, os fiáis de su consejo y os lo creéis. Si caéis enfermos y no podéis curaras vosotros mismos, buscáis a un médico, aceptáis y seguís sus instrucciones sin discutir. ¿Por qué? Porque está cualificado para dar un consejo médico, tiene experiencia y ha cuidado y curado a un determinado número de enfermos. Por consiguiente, os conformáis con su consejo, hacéis todo lo que os aconseja hacer, y evitáis todo lo que os prohíbe. Del mismo modo, en materia de pleitos confiáis en vuestro abogado, y actuáis según sus mandatos. Lo mismo en materia de educación con vuestro profesor. Cuando decidís dirigirás a un lugar, y no conocéis el camino, preguntáis a alguien que lo sabe y seguís la dirección que os indica. En resumen, la actitud razonable que adoptáis todos a lo largo de vuestra vida, a propósito de las cosas que ignoráis, es que consultáis con alguien que está al corriente. aceptáis su consejo y actuáis en consecuencia. Como vuestro propio conocimiento es insuficiente, buscáis cuidadosamente a alguien mejor informado y aceptáis sus opiniones. tenéis gran cuidado para elegir a la persona competente, pero una vez que la habéis elegido, aceptáis sus consejos sin discutir. Esto se llama «la fe en lo desconocido» pues aquí habéis puesto confianza en alguien que sabe sobre materias que desconocéis. Esto es precisamente el imán u bil ghaib.
El imán u bil ghaib significa que podéis llegar al conocimiento de lo que ignoráis por medio de alguien que sabe. No conocéis a Dios y sus verdaderos atributos. Ignoráis que sus ángeles dirigen el mecanismo del Universo según sus órdenes y que os rodean por todas partes. No sabéis exactamente qué modo de vida es susceptible de agradar a vuestro Creador; estáis en la ignorancia de lo que concierne a la vida ulterior. El conocimiento sobre todas estas materias, os será dado por los profetas que están en contacto directo con el Ser divino y han recibido el conocimiento correcto. Son sinceros, íntegros, dignos de confianza, piadosos, y su vida de pureza absoluta es un testimonio irrevocable de la vivacidad de sus consejos y sobre todo, la sabiduría y la fuerza de su mensaje os obligan a admitir que dicen la verdad y que todo lo que predican merece ser creído y seguido. Esta convicción, que es la vuestra, es el imán u bil ghaib la! actitud capaz de discernir la verdad y de reconocerla (es decir, «imán u bil ghaib») es esencial para la obediencia a Dios, y para actuar de acuerdo con su voluntad, porque no tenéis otro intermediario más que el Mensajero de Dios para alcanzar el verdadero conocimiento, y sin conocimiento verdadero no podréis avanzar seguros en el camino del Islam.
3.-El apostolado
Nuestra discusión ha puesto en evidencia los puntos siguientes:
Es justo que el hombre viva una vida de obediencia a Dios, y por esto, el conocimiento y la fe son absolutamente necesarios; conocimiento de Dios y sus atributos, de lo que le gusta y no le gusta, de su camino y del día del juicio final; y una fe Inquebrantable en la veracidad de este conocimiento -esto es imán.
Dios ha querido evitar al hombre tener que conquistar este conocimiento al precio de un esfuerzo personal. No ha puesto al hombre ante esta prueba difícil, pero ha revelado este conocimiento a los profetas elegidos entre los hombres, ordenándoles transmitir su voluntad a las otras criaturas humanas y enseñarles el camino recto. Esto ha evitado al hombre terribles calamidades.
Por último el deber de todos los hombres y mujeres, es reconocer un profeta, y después asegurarse que es verdaderamente el enviado de Dios, tener fe en él y en su enseñanza, y obedecerle escrupulosamente y seguir sus pasos. Este es el camino de la Salvación.
En este capítulo discutiremos la naturaleza, de la historia y los demás aspectos del apostolado.
Su naturaleza y su necesidad
Podéis ver que Dios ha provisto al hombre muy graciosamente de todo lo que tiene necesidad en este universo. El recién nacido viene al mundo con ojos para ver, oídos para oír, nariz para sentir y respirar, manos para tocar, pies para caminar, y un espíritu para pensar y reflexionar. todas las facultades y poderes que pueda necesitar cuando sea un hombre, han sido maravillosamente colocados en su pequeño cuerpo. Las menores necesidades han sido previstas, nada ha sido olvidado.
Del mismo modo ocurre al universo donde vive. Todo lo que es esencial a su existencia está dotado de ello en abundancia - aire, luz, calor, agua, etc. Desde el día en que abre los ojos, el niño encuentra su alimento en el seno de su madre. Sus padres lo quieren instintivamente, y en su corazón ha sido implantado el instinto protector que les incita a levantar y sacrificar su bienestar por el suyo propio. Así, afectuosamente protegido, el niño alcanza la madurez y en cada etapa de su vida encuentra en la Naturaleza de todo de lo que tiene necesidad. todas las condiciones materiales de supervivencia y de crecimiento le son dadas y puede darse cuenta que el Universo entero está a su servicio y le sirve en cada instante.
Mucho más, el hombre tiene la suerte de disponer de todos los poderes y facultades - físicas, mentales y morales - de las cuales tiene necesidad en su lucha por la vida. Con este propósito Dios ha puesto disposiciones maravillosas: no ha repartido los dones estrictamente igual entre los hombres. Si lo hubiera hecho, esto habría vuelto a los hombres - totalmente independientes los unos de los otros y habría, así, perjudicado el concepto de cooperación y ayuda mutua. Por lo tanto, aunque la Humanidad en su conjunto disponga de esto que tiene necesidad, entre los hombres sin embargo, las facultades están distribuidas desigualmente y con parsimonia. Algunos tienen una gran fuerza física, otros se distinguen por sus capacidades intelectuales. Algunos nacen con una gran aptitud para las artes, la poesía, la filología, otros tienen talentos de oradores o sentido de la estrategia, aptitud para el comercio, espíritu matemático, curiosidad científica, observación literaria, inclinación por la filosofía... Estas aptitudes particulares distinguen a cada hombre, permitiéndole interpretar las sutilezas que escapan al común de los mortales. Estas instituciones, éstas aptitudes y estos talentos son dones de Dios. Están en la naturaleza de los que Dios ha destinado que sean así distinguidos. Estos dones son innatos y no pueden adquirirse por el entrenamiento o la educación.
Si se piensa en esta repartición de los dones divinos, se descubre que ha sido maravillosamente hecha. Las capacidad es que son esencia les para la supervivencia de la cultura humana han sido dadas al hombre medio, mientras que los talentos extraordinarios que no son necesarios más que en una menor medida, han sido dados solamente a un pequeño grupo de personas. Hay un gran numero de soldados, labradores, artesanos, obreros; pero los jefes militares, los sabios, los hombres de estado, y los intelectuales son relativamente poco numerosos. Ocurre lo mismo en todos los dominios. La regla general parece ser la siguiente: Cuanto más desarrollada es una facultad, cuanto más grande es un genio, menos gente hay que lo posean. Los grandes genios que dejan una huella imborrable en la historia humana y cuyas hazañas abren el camino a la Humanidad duran- te siglos, son todavía menos numerosos.
Aquí llegamos a otra pregunta: ¿La Humanidad tiene necesidad de expertos y de especialistas únicamente en el dominio del derecho, de la política, la ciencia, las matemáticas, la técnica, la mecánica, las finanzas, la economía, o bien tiene Igualmente necesidad de hombres que puedan indicarle el recto camino -el camino de Dios y de la Salvación-? Otros expertos hacen conocer al hombre todo lo que existe en el Universo, así como los medios y los métodos para utilizarlos. Sin duda, hace falta de alguno para que pueda explicar al hombre cuál es el fin supremo de esta creación y el significado de la vida, qué es el hombre mismo, por qué ha sido creado, quién le ha dado los poderes y los recursos de los que dispone, y por qué, cuál es el ideal final de la vida y cómo lo consigue, cuáles son los valores reales y cómo los alcanza. He ahí cuál es la necesidad primordial del hombre y si Ignora esto, no encontrará jamás bases sólidas ni tendrá éxito en esta vida ni en la futura.
Nuestra razón se niega a creer que Dios, que ha previsto para el hombre hasta la más banal de sus necesidades, haya podido omitir poder a esta necesidad, la más grande y la más vital de entre todas. No puede ser así. Y no es as a Dios ha dado hombres eminentes en las artes y en las ciencias, pero ha suscitado Igualmente hombres con Intuición profunda, clarividentes y aptos en conocer y asimilar. Es a éstos a los que le ha revelado el camino de la piedad y de la virtud. Les ha explicado los fines de la vida y los valores morales y les ha confiado la misión de comunicar la divina Revelación a los demás seres humanos y de enseñarles el recto camino. Estos hombres son los profetas, los mensajeros de Dios.
Los profetas se distinguen en la sociedad humana por sus aptitudes especiales, sus extraordinarias capacidades y sus aptitudes natural es. El genio no se exige más que de él mismo y convence automáticamente a los demás. Por ejemplo, cuando se oye a un verdadero poeta, se reconoce en seguida su genio extraordinario, los que no poseen naturalmente este talento no llegarán nunca a alcanzar esta excelencia incluso procurándolo con todas sus fuerzas. Del mismo modo para los oradores, escritores, jefes, inventores de nacimiento. Cada uno de estos talentos se distingue por su aptitud y sus resultados extraordinarios. Los demás no pueden compararse a ellos. Del mismo modo con el profeta. Su espíritu comprende problemas que se escapan a los demás talentos; explica los asuntos que nadie puede abordar: su intuición aclara cuestiones tan sutiles y tan complicadas que nadie llegaría a comprender, incluso después de años de reflexión y meditaciones profundas. Su razón aprueba todo lo que dice; el corazón siente que esto es verdad; la experiencia y las observaciones de los fenómenos del mundo atestiguan toda la veracidad de sus palabras. Pero si intentamos nosotros mismos hacer lo mismo, sería un fracaso. La naturaleza y las aptitudes del profeta son tan buenas y tan puras que su actitud es siempre digna de confianza, honesta y notable. No hace mal, ni profiere malas palabras. Inculca siempre la virtud y practica él mismo lo que predica a los demás. En ningún caso su vida está en desacuerdo con sus ideales. Ni sus palabras, ni sus actos son dictados por el Interés personal Sufre por el bien de los demás sin esperar recompensa. Su vida entera es un ejemplo de verdad, nobleza, pureza de naturaleza, pensamiento elevado, la forma más exaltada de la humanidad. Su carácter es irreprochable y su vida está exenta de debilidades. Todos estos hechos, todos estos atributos prueban que es el profeta de Dios y que se puede tener fe en él.
Cuando queda evidente que tal persona es el verdadero profeta enviado de Dios, es lógico escuchar sus palabras, seguir sus instrucciones, ejecutar sus órdenes. Sería ilógico reconocer a un hombre como verdadero profeta de Dios y después no creer en lo que dice, o no seguir lo que ordena. Porque la aceptación misma de este hombre, como un profeta enviado de Dios, significa que se admite que sus palabras vienen de Dios y que todas sus acciones están en conformidad con la voluntad y el placer de Dios. Desobedecerle es desobedecer a Dios y desobedecer a Dios no lleva más que a la ruina y desolación. Es por esto por lo que el reconocimiento mismo del profeta os obliga a inclinaros ante sus instrucciones y aceptarlas sin murmurar, sean cuales fueren. Tal vez no podréis comprender su sabiduría o la utilidad de tal o cual orden, pero el hecho mismo de que una instrucción venga del profeta es una garantía suficiente de su veracidad y no podría haber lugar para la duda o la sospecha. Si no lo comprendéis esto, no quiere decir que haya error, porque la comprensión del hombre ordinario no es perfecta. tiene sus limitaciones que no pueden ser ignoradas. Es evidente que el que no conoce un arte a fondo, no puede comprender las sutilezas, pero ¡sería estúpido rechazar lo que dice un experto simplemente porque no se comprende perfectamente su juicio! Es preciso anotar que en todas las ocupaciones de este mundo, se tiene necesidad de consejos de un experto, y cuando os dirigís a él, lo hacéis con confianza. Preferís no juzgar por vosotros mismos sino seguir sus consejos. Todo el mundo no puede sobresalir en todas las artes y materias. La gente corriente hace cuanto puede y para las cosas que ignora, emplea toda su sabiduría y su sagacidad en encontrar al hombre cualificado que podrá guiarla y ayudarla; una vez que lo encuentra, acepta y sigue sus consejos. Cuando estáis convencidos de que tal persona es el hombre más cualificado para el problema que os ocupa, solicitáis, sus consejos y mandatos y le dais confianza. La interrupción a cada instante para decir: «Explíqueme esto antes de ir más lejos», sería evidentemente ridículo. Cuando contratáis a un hombre de leyes para un pleito, no os metéis en lo que hace en cada noticia nueva del procedimiento. Es mejor darle confianza y seguir sus consejos. Para un tratamiento medio, vais a consultar al médico, y os conformáis con sus instrucciones. No os interpoléis en las cuestiones médicas y no practicáis vuestros dones de lógica en argumentar con el médico. Es la conducta que conviene adoptar en la vida. Lo mismo debe ocurrir en materia de religión. tenéis necesidad de conocer a Dios, y de encontrar el modo de vida que puede agradarle; y no tenéis medios de adquirir este conocimiento. Os incumbe, por consiguiente, buscar un verdadero profeta de Dios; os hará falta usar un cuidado infinito de discernimiento y de sagacidad en esta búsqueda, porque si escogéis a alguno que no sea un verdadero profeta, os llevará al mal camino. Sin embargo, si después de haber meditado, pensado y reflexionado, acabaseis por decir que tal persona es realmente el profeta enviado de Dios, entonces debéis darle enteramente confianza y obedecer fielmente en todas sus instrucciones.
Ahora está claro que el camino recto es aquel y sélo aquel que el profeta declare venir de Dios. Se comprenderá fácilmente que la fe y la obediencia al profeta son absolutamente vitales para todo el mundo, y que un hombre que rechaza las instrucciones del profeta y trata de abrirse él mismo una ruta, se desvía del recto camino y es seguro su extravío.
En esta materia, los hombres se han sentido culpables de extraños errores. Algunos han admitido que el profeta era íntegro y digno de confianza, pero no tienen el imán (la fe en él) ni siguen sus consejos para dirigir su vida. Son no solamente kafir sino que también se comportan de una manera muy imprudente e ilógica: pues no escuchar al profeta después de haberlo reconocido como tal, significa que se comprometen voluntariamente en el error.
Habéis estudiado probablemente la geometría, y sabéis que entre dos puntos no puede pasar más que una sola línea recta, y que todas las demás líneas son curvas o no tocan los dos puntos a la vez. Lo mismo ocurre para el camino de la verdad, que en el lenguaje del Islam se llama as cirata l mustaquim («el camino recto»). Este camino parte del hombre y va derecho a Dios, y no existe más que uno solo y único; todos los demás caminos son aberraciones. Este camino recto ha sido trazado por el profeta y no puede haber otro. El hombre que desdeña este camino y busca otra vías, es víctima de su propia imaginación. Elige una vida y se imagina que es la buena, pero se pierde pronto en los meandros y el laberinto de su imaginación. ¿Qué pensaríais si cuando alguien se extravía y una persona caritativa le enseña el camino a seguir, Ignora completamente el consejo y declara: «Yo no tengo que cumplir vuestros mandatos y no tomaré el camino que me habéis indicado, pues yo mismo voy a salir al azar en esta región desconocida y trataré de alcanzar mi destino a mi manera»? Este modo de actuar sería verdaderamente estúpido cuando se dispone de las directivas luminosas de los profetas. Si todo el, mundo tratase de partir de cero, esto sería una enorme pérdida de tiempo y de energía. Si no hacemos nunca esto en el dominio de la ciencia o de las artes; ¿por qué hacerlo en el dominio de la religión?
Es una aptitud bastante común y reflexionando un poco, se ve cuán errónea y defectuosa es. Pero si se piensa en el la un poco más profundamente se advierte que el que niega tener confianza en el verdadero profeta no descubrirá el camino recto, directo o no, que lleva a Dios Esto, porque el que niega seguir los consejos de un hombre apasionado de la verdad, adopta por lo mismo una actitud tan perversa que las perspectivas de la verdad le serán extrañas y llega a ser la víctima de su propia obstinación, de su arrogancia, de sus prevenciones y de su perversidad. Esta negación viene a menudo de un amor propio mal situado, de una conservación ciega, -y de una adhesión obstinada a las tradiciones ancestrales, o de un abandono en los bajos instintos cuya satisfacción se hacen imposibles si se somete a la enseñanza de los profetas. Si un hombre se encuentra en tal estado de espíritu, el camino de la verdad le será cerrado. Tal enfermedad no puede ver las cosas con los colores de la realidad. No descubrirá ningún camino hacia la salvación. Pero por otra parte, si un hombre es sincero, ama la verdad, y no es esclavo de ninguno de los complejos que venimos citando, el camino de la realidad se abrirá ante él, y no tiene ninguna razón de rechazar las palabras del profeta. Al contrario, descubre en las enseñanzas del profeta el eco mismo de su propio alma, y se descubre, descubriendo al profeta.
Por encima de todo, el verdadero Profeta es suscitado por Dios mismo. Es si quien le ha enviado a la Humanidad para transmitir su mensaje a su pueblo. Dios mismo nos ordena tener fe en el profeta y escucharle. Pues el que niega creer en él, niega, de hecho, seguir los mandamientos de Dios y llega a ser un rebelde. Es indiscutible que el que niega reconocer la autoridad del representante del Soberano, niega, en efecto, la del Soberano mismo Esta de obediencia hace de él un rebelde. Dios es el Señor del Universo, el verdadero Soberano, el Rey de reyes, y es el deber más estricto de todo hombre, reconocer la autoridad de sus mensajeros y de sus apóstoles, y de obedecerles como a sus profetas acreditados. El que se aparte del profeta de Dios es seguramente un kafir, ya sea creyente en Dios o in l crédulo.
El apostolado de Muhammad
Echemos una mirada al mapa del mundo. Nos daremos cuenta que no había país más apropiado que Arabia para esta religión universal que llegó a ser tan necesaria. Arabia está situada entre Asia y ¡frica, no demasiado lejos de Europa. En la época de Muhammad, la parte meridional de Europa estaba habitada por naciones civilizadas y culturalmente desarrolladas: y así, estos pueblos se encontraban a casi igual distancia de Arabia que los pueblos de la India. Esto daba a Arabia una posición central.
Si estudiáis la historia de esta época, veréis Igual mente que ningún otro pueblo era más apropiado para recibir el apostolado que los árabes.
Las grandes naciones del mundo habían combatido sin suerte por la supremacía mundial, y en esta larga e incesante lucha, habían agotado todos sus recursos y su vitalidad. Los árabes eran un pueblo nuevo y viril. EI pretendido progreso social habla producido malas costumbres entre las naciones desarrolladas mientras que entre los árabes no existía tal organización social, estaban por consiguiente desprovistos de la pereza, del envilecimiento, y de los vicios nacidos del lujo y de la sociedad sensual. Los árabes paganos del siglo VII no habían sido afectados por las malas influencias de los sistemas sociales y de la civilización artificial de las grandes naciones del mundo. Poseían todas las cualidades humanas sanas de un pueblo no alcanzado por el «progreso social» del tiempo. Eran valerosos, generosos, fieles a la palabra dada, espíritu de libertad, políticamente independientes, libres de toda hegemonía. Vivían una vida frugal, sin conocer el lujo o la licencia. Sin duda, tenían también aspectos reprensibles en su vida Igualmente, como veremos más tarde; pero la razón de ello era que desde milenios ningún profeta se había manifestado entre ellos, ningún reformador para civilizarlos y espulgar su vida moral de todas sus impurezas. Siglos de vida libre e independiente en desiertos de arena, los habían vuelto extremadamente Ignorantes. Estaban por consiguiente tan endurecidos y arraigados en sus tradiciones de ignorancia que humanizarles no era la tarea de un hombre ordinario. Pero, por otro lado, si alguno dotado de poderes extraordinarios iba a invitarles a reformarse, y darles un noble ideal y un programa completo, estaban dispuestos a escuchar su llamamiento y obrar con buena voluntad hacia tal fin, sin retroceder ante ningún sacrificio por esta causa. Estaban dispuestos a hacer frente, sin el menor sentimiento, a la hostilidad del mundo entero por la causa de su misión. Sinceramente, tal pueblo era, joven, lleno de fuerza viril, que era necesario para extender las enseñanzas del profeta universal: Muhammad -la paz sea con él-.
Considerad luego la lengua árabe; si la estudiáis, si habéis estudiado la literatura árabe, os habréis convencido de que no hay lengua más apropiada para expresar ideales elevados, para explicar los problemas más sutiles y más delicados del conocimiento divino, para tocar el corazón del hombre e inclinarlo a la sumisión de Dios. Frases cortas son suficientes para expresar todo un mundo de Ideas y al mismo tiempo grabar tal señal en el corazón que fácilmente lleva a las lágrimas y al éxtasis. Son dulces como la miel, tan armoniosas que hacen vibrar, con su música, todas las fibras del cuerpo humano. Es una lengua tan rica y tan poderosa que era necesario para el Corán, la Sagrada Palabra de Dios.
Es pues una manifestación suplementaria de la gran sabiduría divina haber elegido la tierra de Arabia como lugar de nacimiento del profeta universal. Veamos ahora cuán única y extraordinaria era la personalidad bendita que Dios eligió para esta misión del profeta universal.
Si se pudieran cerrar los ojos y trasladarse al mundo de hace mil cuatrocientos años, se vería que era un mundo completamente diferente del nuestro, que no ofrece el menor parecido con el caos que nos rodea. Las ocasiones de cambiar de ideas eran raras; los medios de comunicación, primitivos e insuficientes; el conocimiento humano, reducido y estrecho en su concepto, bañado en una atmósfera de superstición y de ideas locas y pervertidas.
Las tinieblas reinaban. Los conocimientos de la época no eran suficientes para iluminar el horizonte del espíritu humano. No había ni radio, ni teléfono, ni televisión, ni cine. Los trenes, los coches y los aviones no eran incluso concebibles y se ignoraba completamente la imprenta y la edición. Manuscritos, obras de los copistas, abastecían solos el ramo material literario para ser transmitido de una generación a otra. La instrucción era un lujo, reservado a los más afortunados, y las escuelas eran extremadamente raras. La Idea de los conocimientos humanos era poco Importante . El hombre tenga la un concepto estrecho y sus ideas sobre él mismo y sobre la Creación se limitaban a su horizonte limitado. Incluso un sabio de ésta época estaba desprovisto de algunos conceptos del saber poseído por la mayoría de los mortales hoy día. Las gentes no cultivadas eran menos refinadas que el hombre de la calle de ahora.
Verdaderamente la Humanidad estaba sumergida en la ignorancia y la superstición. El débil reflejo de conocimiento que existía, entonces, parecía librar un combate perdido de antemano contra las tinieblas que triunfaban alrededor. Lo que es hoy considerado como un nivel medio de instrucción, podía difícilmente ser alcanzado en aquellos tiempos, incluso después de años de búsqueda y de reflexión pacientes. Las gentes emprendían viajes arriesgados y pasaban toda su vida en adquirir la poca instrucción que es hoy patrimonio de todos. Las cosas que se llaman ahora mitos y supersticiones eran, en esta época, verdades indiscutibles. Los actos considerados hoy como aborrecibles y bárbaros eran entonces hechos normales. Métodos odiosos en nuestro actual sentido de la moral, constituían la base misma de la moralidad, y no se podía imaginar, en este tiempo, que pudiera existir otro género de vida. La incredulidad había tomado tales proporciones y se había extendido de tal modo que las gentes no consideraban como elevado y sublime más que lo sobrenatural, lo extraordinario, lo misterioso e incluso lo insensato. Habían adquirido tal complejo de inferioridad que no podían imaginar que un ser humano pudiera poseer un alma - divina o que un santo fuese hecho hombre.
Arabia -Abismo de tinieblas-
En esta era de incultura había un país donde las tinieblas eran aún más espesas que en cualquier parte. Los países vecinos, Persia, Bizancio, Egipto, eran más civilizados y cultivados, pero, Arabia no estaba de ningún modo influenciada por su cultura. Estaba aislada por vastos océanos de arena. Los mercaderes árabes que emprendían largos periplos de varios meses, comerciaban con estos países, pero no podían adquirir el saber durante estos viajes. En su país no había ni escuelas, ni bibliotecas, nadie parecía interesarse por el desarrollo de la ciencia. Las raras personas que sabían leer y escribir no estaban bastante instruidas como para interesarse en las artes y en las ciencias existentes. Tenían un lenguaje muy desarrollado, capaces de expresar los más sutiles matices del pensamiento humano, y un gusto literario refinado, pero el estudio de vestigios de su literatura, indica en cambio que su saber era limitado, su nivel de civilización bajo y estaban impregnados de supersticiones, sus pensamientos y costumbres eran bárbaros y feroces, sus conceptos morales rudos y envilecidos.
Era un país sin gobierno. Cada tribu reclamaba la soberanía y se consideraba como independiente. No había otra ley que la de la rudeza. El botín, el incendio, el homicidio del débil y del inocente estaban a la orden del día. La vida humana, la propiedad, y el honor estaban constantemente amenazados. Las diferentes tribus guerreaban entre ellas. El más banal Incidente era suficiente para suscitar una querella que degeneraba en combate furioso o a veces incluso en conflicto a escala de un país, que duraba decenios de años. Un beduino no veía la necesidad de perdonar a un miembro de otra tribu, que pensaba él tenía perfectamente el derecho de matar y saquear.
Todas las nociones de moral, cultura, civilización que podían tener, eran primitivas y toscas. Distinguían difícilmente lo puro de lo impuro, lo legal de lo ideal, lo civil de lo incivil. Tenían una vida ruda, costumbres bárbaras, se complacían en el adulterio, el juego y la bebida. El botín y el pillaje eran su divisa, el asesinato y la rapiña cosas cotidianas y banales. Se presentaban desnudos en público sin el menor pudor. Incluso las mujeres iban desnudas a la procesión al rededor de la kaba. Por estúpidas nociones de prestigio, enterraban vivas a sus hijas. Se casaban con sus madrastras después de la muerte de su padre. Ignoraban hasta los rudimentos de la rutina cotidiana de la alimentación, del vestido y de la higiene.
En lo que concierne a sus creencias religiosas sufrían de los mismos males que atacaban al resto del mundo. Adoraban a las piedras, los árboles, los ídolos, los espíritus, en resumen, todo lo que se puede imaginar, salvo a Dios. Recordaban vagamente que Abraham e Ismael eran sus antepasados, pero no sabían prácticamente nada de lo que habían predicado, ni del Dios que habían adorado. Las historias de Aad y de Thamud se encontraban en sus tradiciones populares, pero no contenían ningún rasgo de las enseñanzas de los profetas Hud y Salih. Los judíos y los cristianos les habían transmitido algunas leyendas tradicionales, refiriéndose a los profetas israelitas que daban una imagen lamentable de estas nobles almas. La ficción de su propia imaginación había adulterado sus enseñanzas y borrado la noble postura de sus vidas. Hoy, aún, se puede tener una idea de los conceptos religiosos de estas gentes echando un vistazo a las tradiciones Israelitas que los comentaristas islámicos del Corán nos han transmitido. El cuadro que se ha hecho del apostolado y del carácter de los profetas israelitas es la antítesis de todo lo que estos nobles defensores de la verdad habían creído.
El Salvador nacido
Es en esta época y en este país tan inculto donde nació un hombre. Sus padres mueren cuando él era todavía un niño, y algunos años más tarde, su abuelo muere. Con este hecho es privado de la poca Instrucción y educación que podía recibir un niño árabe de esta época. Durante su infancia guardé rebaños de carneros y cabras con otros pequeños beduinos. Cuando llegó a adulto, entré en el comercio. No tenía relaciones más que con árabes, de los que acabamos de describir su situación. No es instruido en absoluto y es completamente analfabeto. Nunca tuvo la posibilidad de estar en compañía de gente Instruida, porque tales hombres no existían en Arabia. Tuvo algunas ocasiones de salir de su país, pero estos viajes se limitaban a Siria, y no son más que ordinarios viajes comerciales emprendidos por las caravanas árabes. Si encontré gentes instruidas allí, o si tuvo ocasión de observar diversos aspectos de la civilización, estos encuentros y estas observaciones fortuitas no juegan ciertamente, ningún papel en la formación de su personalidad, pues tales incidentes tan fragmentarios no habrían jamás podido tener sobre cualquiera una influencia profunda hasta el punto de hacerle abandonar su medio ambiente, transformarlo completamente y elevarlo a tales alturas de originalidad y de gloria sin que quede ninguna afinidad entre él y la sociedad de la que salió. Estas observaciones no pueden nunca ser la base del inmenso conocimiento suficiente para transformar un beduino analfabeto en un jefe, no solamente de su propio país, sino del mundo entero y para todos los tiempos futuros. Sea cual fuere la influencia cultural e intelectual que se le pueda atribuir a estos viajes, no podían en ningún caso sugerirle estos conceptos y estos principios de moral religiosa, de cultura y de civilización totalmente inexistentes en el mundo de esta época, ni crear este modelo sublime y perfecto de carácter humano, que no se podía encontrar entonces.
Una revolución se produce
Después de haber vivido durante mucho tiempo una vida tan casta, tan pura y elevada, su existencia es repentinamente trastornada. Se siente cansado do las tinieblas y de la ignorancia que le rodea. Quiere escapar de estos abismos de corrupción, inmoralidad, idolatría, y desorden, que le rodean por todas partes. Todo, alrededor de él, hiere su alma. Se retira a las colinas, lejos del tumulto de la sociedad. Pasa días y noches meditando en la más completa soledad. Ayuna para que su alma y su corazón lleguen a ser aún más puros y más nobles. Anduvo errante y medité profundamente. Busca una luz que pueda disipar las tinieblas que le rodean. Quiere captarlas para mentalizar al mundo corrompido de su tiempo, y poner los cimientos de un mundo mejor.
He aquí que una notable revolución se produce en él. De pronto su corazón es iluminado por la luz divina, que le da el poder que había soñado poseer. Deja la soledad de su gente, vuelve hacia el pueblo, y se dirige a ellos en estos términos:
«Los ídolos que adoráis son una pura superchería, dejad de adorarlos. Ningún ser humano, ninguna estrella, ningún árbol, ninguna piedra, ningún espíritu, merece recibir culto. No inclinéis vuestras cabezas ante ellos. El Universo entero, y todo lo que contiene, pertenece al único Dios todopoderoso. El solo es vuestro creador, vuestro mantenedor, y por consiguiente vuestro verdadero Soberano. Es ante Él donde debéis inclinaros, rezad, y haced acto de obediencia. Así pues, no adoréis más que a si, y no obedezcáis más que a sus únicos mandatos. El botín, el pillaje, el asesinato, el robo, la injusticia y la crueldad, todos los vicios que practicáis son crímenes a los ojos de Dios. Abandonad vuestros modales inicuos. Dios los aborrece. Decid la verdad, sed justos, no robéis, tomad solamente la parte que os corresponde. Dad lo que es debido a los demás con justicia, sois seres humanos y todos los seres humanos son iguales a los ojos de Dios. Nadie ha nacido señalado con el sello de la Infamia o de la nobleza. Sólo es noble y honorable el que cree en Dios, es piadoso, y sincero tanto en sus palabras como en sus actos. Las distinciones de nobleza, gloria y raza no son criterios de grandeza y honor. El que cree en Dios y hace justas acciones es el más noble de los hombres. El que está desprovisto de amor por Dios, que se ha habituado a malos modales, es maldecido. Hay un día fijado después de vuestra muerte en que tendréis que comparecer ante vuestro Señor. Seréis llamados a rendir cuentas de todas vuestras acciones, buenas y malas, y no podréis ocultar nada. Toda la historia de vuestra vida será como un libro abierto ante Él. Vuestra suerte dependerá de vuestras acciones, buenas o malas. Ante el tribunal del verdadero juez -Dios Omnipotente- no habrá recomendaciones ni favoritismos. No podéis pagarle. No se os tendrá en cuenta vuestro y tendréis el de vuestros antepasados. Sélo la fe verdadera y las buenas acciones serán consideradas en este momento. El que esté bien dotado de ellas tendrá en el cielo la felicidad eterna, mientras el que esté desprovisto será precipitado en las llamas del infierno».
Tal fue el mensaje que llevé. La nación se volvió contra él, los insultos y las piedras volaban hacia su augusta persona. Soporté toda clase de torturas y crueldades, y no durante un día o dos solamente, sino durante trece largos años. Finalmente fue exiliado. Pero incluso allí no se le concedió tregua. Fue atormentado de múltiples maneras en su refugio. Toda Arabia se levanté contra él. Es perseguido y acosado sin descanso durante ocho años enteros. Soporté todo eso sin que su posición variase ni una pulgada. Es atrevido, cerrado e inflexible en su convicción.
Un hombre transformado a los cuarenta años. ¿Por qué?
Durante cuarenta años, él vivió como un árabe entre los árabes. Durante este período, no se distinguió ni como jefe de estado, ni como predicador, ni como orador. Nadie le había oído proferir gestos de sabiduría y de conocimiento como comenzó a hacerlo más tarde. No se le había visto jamás discurriendo sobre los principios de metafísica, ética, derecho, economía y sociología. No solo lamente no era un gran general, sino que no era incluso un simple soldado. No había dicho jamás una palabra sobre Dios, los ángeles, los libros revelados, los profetas antiguos, las naciones desaparecidas, el día del juicio, la vida después de la muerte, el cielo y el infierno. Es verdad que poseía un excelente carácter y modales encantadores, estaba altamente cultivado, sin embargo no había en él nada notable que hubiera podido dejar presagiar alguna cosa grande y revolucionaria, de su parte, en el futuro. Era conocido entre sus amistades como un ciudadano sabio, tranquilo, amable, respetuoso de las leyes y bien preparado. Cuando volvió de la cueva con un nuevo mensaje, estaba completamente transformado.
Cuando se puso a predicar su mensaje, toda Arabia quedé estupefacta, asombrada por su maravillosa elocuencia y sus talentos de orador. Era tan impresionante y cautivante que sus peores enemigos tenían miedo de oírle, miedo que no impresionara profundamente su corazón, y les hizo abandonar sus viejas religiones y sus viejos conceptos. Era tan incomparable que nadie, entre los poetas, los predicadores y los oradores árabes de la más alta categoría llegó a producir alguna cosa aproximándose a la belleza de su lenguaje y al esplendor de su dicción cuando desafié a sus adversarios de producir, incluso en grupo, el menor versículo comparable a lo que él recitaba.
Su mensaje universal
Además de eso, apareció entonces ante su pueblo como un filósofo único, un reformador notable que imprimió su sello en la cultura y la civilización, un político ilustre, un gran jefe, un juez de la más alta eminencia, y un incomparable general. Este beduino ilustre, este habitante del desierto, hablaba con un conocimiento y una sabiduría como no se había visto jamás antes, y que no se debía igualar más tarde. Expuso delicados problemas de metafísica y de teología, pronuncié discursos sobre los principios de la caída y del declive de las naciones y de los imperios, citando en apoyo de sus tesis los datos histéricos del pasado. Examiné las obras de los antiguos reformadores, juzgó las diversas religiones del mundo, dio juicios sobre las diferencias y las querellas entre las naciones. Decreté cánones éticos y culturales. Formulé leyes sociales, económicas sobre la conducta de grupo, las relaciones internacionales, tan sabias, que incluso los pensadores y sabios eminentes no pueden apreciarlas a su justo valor más que después de haber hecho largas búsquedas y adquirido una vastas experiencias de los hombres y de las cosas. Las bellezas de este mensaje no aparecen más que progresivamente a medida que el buscador avanza en el conocimiento teórico y la experiencia práctica.
Este mercader silencioso y amante de la paz, que antes no había manejado jamás la espada, que no tenía ninguna formación militar, que no había participado más que una vez en una batalla y solamente de espectador, se transformé repentinamente en un soldado tan valeroso que no retrocedió nunca incluso en el mismo corazón de las batallas más encarnizadas; llegó a ser un gran general que conquisté Arabia entera en nueve años en una época en que las armas eran primitivas y los medios de comunicación de lo más restringidos. Su perspicacia, su eficacia, el espíritu combativo que infundía a sus hombres, y la formación militar que dio a un grupo abigarrado de árabes (sin dotación digna de este nombre), realizaron tales prodigios que en algunos años derriba ron los más formidables poderíos militares de la época; y llegaron a ser los dueños de la mayor parte del mundo entonces conocido.
Este hombre tranquilo y reservado que durante cuarenta anos no mostré jamás señal de ningún interés o actividad política, apareció repentinamente en la escena mundial como un reformador político y un hombre de estado notable; sin la ayuda de la radio o de la prensa, unió todos los habitantes esparcidos de un desierto de dos millones de kilómetros cuadrados -un pueblo que era batallador, ignorante indisciplinado, inculto y sumergido en un estado permanentemente de guerra interna- bajo una misma bandera, una misma ley, una misma religión una cultura, una civilización y una forma de gobierno única.
Cambió sus modos de pensamiento, sus costumbres e incluso su moral. Transformé bárbaros en gente civilizada, pecadores en gente piadosa, rectas y creyentes en Dios. Su naturaleza indisciplinada y fiera aprendió la obediencia y la sumisión a la ley y el orden.
Una nación que no había visto un solo gran hombre digno de este nombre desde siglos, vio aparecer gracias a la influencia de Muhammad -la paz sea con él- millones de nobles almas que partieron a los lugares más apartados del mundo a predicar y enseñar los principios de la religión, de la moral y de la civilización.
Muhammad cumplió todo esto sin emplear ni astucia, ni violencia, ni crueldad, sino gracias a sus modales cautivantes, su personalidad y moral interesantes, y la convicción de su enseñanza. Su conducta noble y digna le atrajo incluso la amistad de sus enemigos.
Atraía todos los corazones por su simpatía infinita, y por su entrega y ternura humana. Goberné con justicia, no se aparté jamás de la verdad ni de la rectitud. No oprimió a nadie, incluso a sus enemigos mortales que habían atentado contra su vida, que le hablan lapidado, echado de su país natal, habían provocado contra él a toda Arabia -incluso a los que habían masticado el hígado de su tío muerto en un delirio de venganza-.
Perdoné a todos cuando venció. No se vengó de ninguna de sus desgracias personales o de los daños que le habían sido causados.
Aunque fuera cabeza de sus país, era tan desinteresado y tan modesto que quedé siempre muy sencillo y económico en sus costumbres. Vivía sobriamente como antes, en su humilde casa de barro. Dormía en una estera, llevaba vestidos rugosos, comía alimentos muy simples, de los pobres, y a veces los repartía sin haber comido nada. Pasaba con frecuencia noches enteras rezando ante Dios. Ayudaba a los pobres y a los necesitados.
Los trabajos manuales difíciles no le desanimaban. Hasta sus últimos instantes, no tuvo el menor indicio de orgullo o de altivez como ocurre a menudo entre los que tiene la fortuna de ocupar una posición elevada. No importaba con qué hombre, él anduvo y trataba con el pueblo, y compartía lo mismo sus alegrías que sus penas. Se mezclaba de tal forma entre la muchedumbre, que un extranjero habría distinguido difícilmente al jefe del país entre su pueblo.
A pesar de su grandeza, su comportamiento con respecto a los más humildes, era el de un ser humano ordinario. En todas las luchas, y frases de su vida, no buscó ningún provecho ni recompensa personal y no transmitió ninguna fortuna a sus herederos. Consagré todos sus bienes a su pueblo. Ordené a sus discípulos no asignarle fondos ni para él ni para sus descendientes y prohibió incluso a sus descendientes percibir beneficios del azaque (la tasa de los pobres) por temor de que más tarde sus discípulos no distribuyeran la totalidad del azaque por ellos.
Su contribución al pensamiento humano
Los grandes hechos de este hombre excepcional no quedaron ahí. Para apreciarlos en su verdadero valor es preciso considerar su obra en su conjunto en el contexto de la historia del mundo. Aparece entonces aún más claramente, que este habitante analfabeto de un desierto de Arabia, nacido en una época de incultura, hace más de mil cuatrocientos años fue un verdadero pionero de la época moderna, y uno de los «faros» de la Humanidad. Es un guía no solamente para los que aceptan su autoridad, sino también para los que le niegan la autoridad de un profeta. La única diferencia es que estos últimos no se dan cuentan que sus mandatos siguen influenciando a su pensamiento y son los principios directivos de sus vidas, el espíritu incluso de los tiempos modernos.
Arthur Leonard escribe: «El Islam ha realizado en efecto, una tarea inmensa. Ha dejado una huella indeleble en las páginas de la historia humana, y no podrá ser plenamente valorado más que a medida del desarrollo del mundo».
El sabio John Davenport anota: «Es preciso reconocer que todo el conocimiento en materia de física, astronomía, filosofía y matemáticas que se extiende en Europa a partir del siglo X, proviene de las escuelas árabes, y los sarracenos de España podían ser considerados como los padres de la filosofía europea». Citado por A. Karim en «Islam's contribution to Sciencie and Civilization».
El famoso filósofo inglés Bertrand Russel escribe: «La supremacía del Oriente no era solamente militar. La ciencia, la filosofía, la poesía y las artes se extendieron todas... en el mundo musulmán, en una época en que Europa estaba sumergida en la barbarie. Los europeos con una insularidad imperdonable llaman a esta época era de las tinieblas . Pero sélo Europa estaba en las tinieblas. Sélo la Europa cristiana, porque España, que era musulmana, poseía cultura brillante». Pakistan Quarterly, vol. IV, n.° 3.
El historiador Robert Briffolt reconoce en su libro «The Making of Humanity»: «...Es muy probable que sin los árabes, la civilización europea no habría adquirido jamás este carácter que le ha permitido trascender todas las fases anteriores de evolución. Porque aunque no haya un solo aspecto del desarrollo humano en el cual la influencia decisiva de la cultura del Islam no sea evidente, ninguna parte es más clara e importante que en la génesis de este poderío que constituía la fuerza suprema característica del mundo moderno y la fuente suprema de su victoria -las ciencias naturales y el espíritu científico-... Lo que podemos llamar ciencia ha resultado en Europa de un nuevo espíritu de búsqueda, nuevos métodos de investigación, experimentación, observación y de la medida, del desarrollo de las matemáticas bajo una forma desconocida de los griegos. Este espíritu y este método fueron introducidos en el mundo europeo por los árabes». Stanwood Cobb, fundador de Progresiva Educación Asociación escribe: «El Islam fue el creador virtual del Renacimiento en Europa». Citado por Robert L. Gullick Jr. en «Muhammad the Educator».
Este fue Muhammad quien aparté el pensamiento humano de su pecado por la superstición, lo sobrenatural y lo inexplicable, y lo orienté hacia una aproximación racional de la realidad, y hacia una vida terrestre piadosa y equilibrada. Este fue él, que en un mundo en que los acontecimientos sobrenaturales eran milagros necesarios para dar testimonio de la veracidad de una misión religiosa, inspiré el deseo de prueba racional y la fe en ella como el único criterio válido de verdad. El fue el que abrió los ojos, de los que se habían acostumbrado hasta entonces, a buscar señales divinas en los fenómenos naturales. El fue quien en lugar de especulaciones sin funda momentos conducía a los hombres a la vía de la comprensión racional y del razonamiento sano en la base de la observación, de la experiencia y de la búsqueda. El fue quien definió claramente los límites de las funciones de la perfección sensorial, de la razón y de la intuición. El fue el que subrayé las relaciones entre los valores morales y espirituales, quien armonizó la fe con el saber y la acción, quien creé el espíritu científico con la ayuda de la religión y quien elaboré un verdadero sentimiento religioso sobre la base del espíritu científico.
El fue el que combatió la idolatría, el politeísmo bajo todas sus formas y creé una fe tan cerrada en la unidad de Dios, que incluso las religiones que estaban enteramente basadas en la superstición y la idolatría estuvieron obligadas a adoptar un tema monoteísta. El fue el que cambié los conceptos fundamentales de la moral y de la espiritualidad. A los que creían que sélo el ascetismo y mortificación constituían el criterio de la pureza moral y espiritual -que la pureza no puede ser alcanzada más que por la renuncia a la vida mundanal, sin tener en cuenta las necesidades físicas y someter al cuerpo a toda clase de torturas- éste fue el que enseñé el camino de la evolución espiritual, de la liberación moral y de la salvación por una participación activa en los hechos prácticos del mundo circundante.
El fue el que mostré al hombre su verdadero valor y su posición; a los que reconocían solamente un Dios encarnado o un hijo de Dios como su preceptor moral o guía espiritual, dice que seres humanos como éstos, que no aspiraban a ser divinizados, podrían llegar a ser los representantes de Dios en la tierra. A los que consideraban como sus dioses personajes poderosos y les adoraban como tales, les hizo comprender que estos falsos señores eran simples seres humanos, y nada más. El fue el que subrayé que nadie podía reclamar la santidad, la autoridad y la soberanía como derecho merecido por su nacimiento. Y que nadie nacía intachable, esclavo o siervo. Este fue él y su enseñanza que inspiraran las nociones de la unidad, de la humanidad, de la igualdad de los seres humanos, de la democracia verdadera, y de la libertad real en el mundo.
Si se deja este dominio del pensamiento, se puede encontrar en el dominio práctico innumerables señales del gobierno de este analfabeto, en las leyes y las costumbres del mundo. Buen número de principios de buena conducta, de cultura y civilización, de pureza de pensamiento y de acción, que prevalecen en el mundo hoy, le deben su origen. Las leyes sociales que dio se han infiltrado profundamente en las estructuras humanas, y este proceso se sigue hasta nuestros días. Los principios fundamentales de economía que enseñé, están presentes en más de un movimiento histérico, y ocurrirá probablemente lo mismo en el futuro. Las leyes que fomenté han traído confusiones en las teorías políticas del mundo y continúan ejerciendo su influencia en nuestros días. Los principios fundamentales del derecho y de justicia que llevan la huella de su género han influenciado en un grado notable en la administración de la justicia en las diversas naciones, y forman una orientación siempre valedera para todos los futuros legistas. Este árabe analfabeto fue el primero en poner en pie, prácticamente, todo el cuadro de relaciones internacionales y en regular las leyes de la guerra y de la paz. Porque antes nadie tuvo la más remota idea de que pudiera existir un código de ética militar y que las relaciones internacionales pudieran ser reguladas en la base de la simple humanidad.
El testimonio final
Se puede meditar en eso, y preguntarse cómo en este período de tinieblas de hace mil cuatrocientos años, en una región tan oscura como Arabia, un comerciante y un pastor árabe analfabeto llegó a poseer tal luz, saber, poderío, capacidades y virtudes morales tan desarrolladas.
Se puede decir que no hay nada de particular en su mensaje. Es el producto de su propio espíritu. Si hubiera sido así, entonces hubiera podido proclamarse Dios. Y si hubiera hecho tal afirmación en esta época, los pueblos de la tierra, que no vacilaban en llamar Dios a Krishna y Buddha y a Jesús Hijo de Dios, por pura imaginación, y que podían sin escrúpulos adorar las fuerzas de la Naturaleza, el fuego, el agua, el viento, habrían voluntariamente reconocido en una personalidad tan asombrosa como Muhammad como el Señor mismo.
Pero he ahí que él afirmé precisamente lo contrario. Porque proclamaba: «Yo soy un ser humano como vosotros mismos. Yo no os he aportado nada de mi propia iniciativa. Todo esto me ha sido revelado por Dios. Todo lo que yo pueda poseer le pertenece. Este mensaje que la Humanidad entera no es capaz de producir el equivalente, es el mensaje de Dios, no es producto de mi propio espíritu. Todas sus palabras me han sido inspirada por El, y toda la gloria viene de El. Todos los actos maravillosos que hablan en mi favor a vuestros ojos, todas las leyes que yo he dado, todos los principios que he anunciado y enseñado, ninguno viene de mí. Yo sería, en efecto, incapaz de producir tales cosas con el único poder de mis capacidades personales. Yo busco los mandatos divinos en todas las cosas. Todo lo que ordeno, yo lo he hecho, todo lo que El dicta, lo proclamo.»
¡Qué maravilloso y viviente ejemplo de franqueza, de integridad, de verdad y de honor! Un mentiroso o un hipócrita trataría generalmente de atribuirse todo el crédito de las acciones de los demás, incluso cuando la falsedad de lo que dice puede ser fácilmente probado. Pero este gran hombre no se apropié el crédito de estas hazañas, incluso cuando nadie podía contradecirle, pues no era posible descubrir la fuente de su inspiración.
¡Puede haber prueba más clara de la perfecta honestidad de sus principios, de su rectitud de carácter y de su grandeza de alma! ¡Puede haber persona más sincera que el que ha recibido dones tan únicos por un medio secreto, y que por tanto revela la fuente de toda su inspiración! Todas estas razones nos hacen inevitablemente deducir que tal hombre era el verdadero mensajero de Dios.
Tal era nuestro santo profeta Muhammad -la paz sea con él-. Fue un prodigio de méritos extraordinarios, un parangón de virtud y de bondad, un símbolo de verdad, un gran apóstol de Dios, Su Mensajero en la tierra. Su vida y su pensamiento, su sinceridad, su piedad, su bondad, su carácter, su moral, su ideología, y sus hazañas -todas estas cosas- son pruebas irrefutables de la legitimidad de su apostolado. Cualquiera que estudie su vida y sus enseñanzas, sin prejuzgar, atestiguará que en realidad, él fue el verdadero profeta de Dios, y del Corán -el libro que ha dado a la Humanidad- la verdadera palabra de Dios. Cualquier investigador imparcial y serio llegaría a esta conclusión.
Por otra parte, es preciso comprender que es solamente gracias a Muhammad -la paz sea con él- como conocemos nosotros ahora el recto camino del Islam. El Corán y la vida ejemplar de Muhammad -la paz sea con él- son las únicas fuentes dignas de confianza de las cuales dispone la Humanidad para aprender la voluntad de Dios en su totalidad. Muhammad -la paz sea con él- es el Mensajero de Dios para toda la Humanidad y la larga cadena de profetas se acaba con él. El fue el último de los profetas y todas las instrucciones que Dios desea transmitir a la Humanidad por revelación directa, fueron enviadas por medio de Muhammad -la paz sea con él-, y están inscritas en el Corán y la sunnah. Ahora, cualquiera que busque la verdad y desee llegar a ser un musulmán honrado y un discípulo sincero, debe tener fe en el último de los profetas divinos, aceptar sus enseñanzas y seguir la vía que ha enseñado al hombre. Este es el verdadero camino del triunfo y de la salvación.
La finalidad del apostolado
Esto nos lleva a la cuestión de la finalidad del apostolado que vamos ahora a considerar.
Hemos discutido ya la naturaleza del apostolado, y esta discusión pone en evidencia el hecho de que la llegada de un profeta no es un acontecimiento cotidiano. No es tampoco su presencia personal la cual es esencial para cada país, cada pueblo y cada época. La vida y las enseñanzas de los profetas son los faros que guían al pueblo en el Recto Camino, y también que sus enseñanzas y sus mandatos estén vivos durante mucho tiempo, y esté él también de alguna forma vivo. La muerte verdadera de un profeta consiste, no en su muerte física, sino en la mitigación de sus enseñanzas y la interpolación en sus mandatos.
Los profetas antiguos han muerto porque sus discípulos adulteraron sus enseñanzas, interpolaron sus instrucciones y apagaron su vida ejemplar atribuyéndole acontecimientos ficticios.
Ninguno de los antiguos libros -El Torá, Salmos de David, Evangelios de Jesús, existen hoy día en su texto original, e incluso sus discípulos confiesan que no poseían los originales. Las biografías de los antiguos profetas están totalmente mezcladas de ficción hasta el punto que un informe preciso y auténtico de sus vidas es un hecho imposible. Sus vidas han llegado a ser cuentos y leyendas y no se puede encontrar en ninguna parte un informe digno de fe. No solamente porque los relatos han sido perdidos y sus preceptos olvidados, sino porque no se puede incluso decir con certeza cuándo y dónde tal o tal profeta nació y fue educado, cómo vivió y qué código dio a la Humanidad. En efecto, la muerte real de un profeta consiste en la muerte de sus enseñanzas.
juzgando los hechos sobre estos criterios, nadie puede negar que Muhammad -la paz sea con él- y sus enseñanzas no están vivos. Sus enseñanzas están inalteradas e inalterables. El Corán -el libro que ha dado a la Humanidad- existe en su texto original sin que falte ni una jota.
El relato completo de su vida (sus palabras, sus instrucciones, sus acciones), es conservado con una exactitud total, y aunque hayan transcurrido catorce siglos, su delineación en la historia es tan clara que nos parece verla con nuestros propios ojos.
Ninguna biografía ha sido tan bien conservada como la de Muhammad, el profeta del Islam -la paz sea con él-. En todas las fases de nuestra vida, podemos buscar los mandatos de Muhammad -la paz sea con él- y tomar ejemplo de su vida. Por esto no hay necesidad de otro profeta después de Muhammad, el último de los profetas -la paz sea con él-.
Existen tres razones por las cuales los profetas fueron suscitados. No es solamente para sustituir a un profeta fallecido. Estas razones pueden resumirse como siguen:
La doctrina de los profetas anteriores ha sido interpolada o corrompida, o bien han muerto y una renovación se impone. En tal caso, un nuevo profeta suscita para espulgar las vidas impuras de las gentes y restituir a la religión su forma y su pureza primitivas.
La doctrina del profeta desaparecido era incompleta, es necesario enmendarla, mejorarla o completarla. Es entonces cuando un nuevo profeta es enviado para efectuar estas enmiendas.
El profeta precedente fue suscitado especialmente para tal o tal nación o territorio, y un profeta es necesario para otro pueblo u otro país.
Estas son las tres razones fundamentales que hacen que un nuevo profeta sea suscitado. Un examen atento de los hechos muestra que ninguna de estas condiciones existen hoy. La doctrina del último de los profetas, Muhammad -la paz sea con él- es siempre viva, ha sido perfectamente conservada, y llegado a ser inmortal. Los mandatos que ha dado a la Humanidad son completos, sin fallos y están inscritos en el Sagrado Corán. Todas las fuentes del Islam están intactas y cada una de las acciones y de las instrucciones del Sagrado Profeta pueden ser verificadas sin duda alguna. Luego como su doctrina es intacta, no hay ninguna necesidad de un nuevo profeta.
Segundo, los mandatos que Dios ha revelado por medio del profeta Muhammad -la paz sea con él- están bajo un forma archivada, y el Islam es una religión universal completa. Dios ha dicho: «Hoy he completado vuestra fe -vuestra religión- y mi munificencia hacia vosotros». Un estudio profundo del Islam en tanto como un género de vida completo prueba la veracidad de estas palabras del Corán. El Islam ha dado una guía para la vida en este mundo y para la otra vida, y nada de lo que es esencial para guiar al hombre ha sido omitido. La religión ha sido ahora perfeccionada y no hay ninguna necesidad de un nuevo apóstol bajo pretextos de imperfección.
Por último, el mensaje de Muhammad -la paz sea con él- no estaba destinado a un pueblo, un país o un período particular. Fue suscitado como Profeta Universal, el mensajero de la Verdad para la Humanidad entera. El Corán ha encargado a Muhammad -la paz sea con él- de aclarar «¡Oh, Humanidad!, yo soy el Mensajero enviado por Dios para todos», ha sido descrito, «una bendición para todos los pueblos del mundo», y su mensaje ha sido universal. Por esto, después de él, no hay necesidad de un nuevo apóstol, muchas veces ha sido llamado en el Corán khatam u nabiyyin («el último de la cadena de los verdaderos profetas»).
Por lo tanto, la única fuente de conocimiento de Dios y del Camino de la Salvación es Muhammad -la paz sea con él-. No podemos conocer el Islam más que por medio de sus enseñanzas, que son tan completas y universales que pueden guiar a los hombres de todos los tiempos venideros. Ahora el mundo no tiene necesidad de gentes que tengan una fe total en Muhammad -la paz sea con él- que lleguen a ser los portaestandartes de su mensaje, lo propaguen por toda la tierra, y traten de instaurar la cultura que Muhammad -la paz sea con él- dio al hombre. El mundo tiene necesidad de hombres de carácter que puedan poner en práctica su doctrina y establecer una sociedad regida por la ley divina, en la que Muhammad -la paz sea con él- ha llegado a ser la supremacía. Tal ha sido la misión de Muhammad -la paz sea con él-, y de su éxito depende el triunfo del hombre.
4.-Los artículos de la fe
El Islam es la sumisión y obediencia a Dios, el Señor del Universo. Sin embargo, como el único medio seguro y auténtico de conocerlo y de aprender cuáles son sus voluntades y su ley se encuentra en las enseñanzas del verdadero Profeta, se puede definir el Islam como una religión que exige una fe total en las enseñanzas del Profeta, la aceptación y la puesta en práctica de sus preceptos de vida. Por consiguiente, el que rechaza al intermediario, que es el profeta, y pretende seguir a Dios directamente no es un musulmán.
En el pasado, diferentes profetas han aparecido los unos después de los otros. En esta época, el Islam tenía el nombre de esta religión enseñada en una nación por su o sus profetas. Aunque el Islam no haya variado en su naturaleza ni en su sustancia, cualquiera que fuese la época o el país, los modos de adoración, los códigos de leyes, y otras reglas de pormenores de la vida difieren ligeramente según las condiciones particulares en cada pueblo. No era por consiguiente necesario para una nación, seguir al profeta de otra nación y su deber se limitaba solamente a seguir los mandatos de su propio profeta.
Este período de coexistencia de múltiples profetas acabé con la aparición de Muhammad -la paz sea con él-. El concluyó las enseñanzas del Islam. Una ley fundamental y única fue formulada para todo el Universo y él llegó a ser el profeta de toda la Humanidad. Su apostolado no estaba destinado a un pueblo, un país, o una época particular, su mensaje era universal y eterno. Los códigos anteriores fueron abrogados con la aparición de Muhammad -la paz sea con él- que, ha dado al mundo un código de vida completo. Ahora no habrá otro profeta en el futuro, ni más códigos religiosos hasta el fin del mundo. Las enseñanzas de Muhammad -la paz sea con él- son destinadas a todos los hijos de Adán. a toda la raza humana. Ahora, el Islam consiste en seguir a Muhammad, es decir, en reconocer su calidad de profeta, creer en su palabra, seguir su letra como en su espíritu y someterse a todos los mandatos y mandamientos, que son los de Dios mismo. He ahí lo que es el Islam.
Esto nos lleva automáticamente a preguntar: ¿En qué, Muhammad -la paz sea con él- nos manda creer? ¿Cuáles son los artículos de la fe islámica? Vamos a tratar de examinar estos artículos, ver cómo son simples, verídicos, interesantes y válidos, y cómo pueden elevar los estatutos del hombre en este mundo como en el mundo futuro.
«tawhid» - La fe en Dios único
La enseñanza más fundamental y más importante del profeta Muhammad -la paz sea con él- es la fe en la unidad de Dios. Esto está expresado en la kalima, primordial en el Islam: la ilaha illa Allah «No hay más Dios que Dios». Esta bella expresión es el fundamento del Islam y su esencia misma. Es la expresión de esta creencia la que distingue a un verdadero musulmán de un kafir (infiel), de un muchrik (el que asocia otras divinidades a Dios) o de un dahriya (ateo). El hecho de aceptar o negar esta frase crea una enorme diferencia entre los hombres. Los que crean en ello forman una comunidad única, y los que lo rechazan forman el grupo adverso. Los creyentes progresarán en el camino del triunfo tanto en este mundo como en el otro, mientras que el fracaso y la ignominia serán el destino final de los que rechazan creer en ello.
Pero es evidente que el único hecho de pronunciar una o dos frases no sería en sí la única causa para una diferencia tan capital. Esta diferencia no puede provenir más que de la aceptación consciente de esta doctrina y de una adhesión total a sus estipulaciones en la práctica. A menos que no conozcáis la significación real de la frase «No hay más dios que Dios» y el alcance y la fuerza que su aceptación puede tener en la vida humana, no podéis realizar la Importancia real de esta doctrina. No puede ser eficaz sino en la medida en que estos principios de base son aplicados. La repetición pura y simple de la palabra «comida» no puede calmar el estímulo del hambre, nunca el diagnóstico de una receta médica, puede curar una enfermedad. Del mismo modo, si una persona respeta la kalima sin comprender su sentido ni sus consecuencias, esta Kalima no podrá lograr la revolución que se pretende. La revolución en la mentalidad y en la vida de un ser no se realiza más que si la persona coge el sentido completo de la doctrina, realiza lo que ella significa, y cree sinceramente, lo acepta y lo sigue tanto en su letra como en su espíritu. Si esta aprehensión de la Kalima no es realizada no habrá ninguna eficacia real. Tenemos cuidado con el fuego porque sabemos que quema, evitamos el veneno porque sabemos que es mortal. Del mismo modo, si hemos asimilado plenamente el sentido del Tawhid, debemos necesariamente procurar de evitar, en nuestros pensamientos, así como en nuestra conducta, toda forma o rasgo de incredulidad, ateísmo y politeísmo. Todo esto deduce naturalmente la creencia en la unidad de Dios.
La significación de la «kalima»
En árabe, la palabra ilaha, significa «al que se adora», es decir, un ser que por razón de su grandeza y de su poder es considerado como digno de ser adorado, digno de inclinarse ante El en señal de humildad y de sumisión. Cualquier criatura o ser que esté dotado de un poder demasiado grande con respecto a los demás hombres es igualmente llamado ilah. El concepto de ilah implica posesión de poderes infinitos, de poderes estupefactos y prodigiosos. Implica también que se depende del ilah, pero que él no depende de nadie. La palabra ilah posee también una idea de secreto y de misterio; el ilah serla un ser invisible, que se escapa a nuestros sentidos. La palabra khuda en persa, deva en indio, dios en español, dieu en francés, god en inglés, gott en alemán, está muy cerca del mismo sentido. Otras lenguas del mundo tienen también una palabra con un sentido similar.
La palabra Allah por el contrario, es el nombre propio de Dios. la ilaha illa Allah significa literalmente «No hay más ilah que el ser Supremo conocido bajo el nombre de Dios». Esto significa que en todo el Universo no hay ningún ser digno de ser adorado más que Dios, que es ante el único que las cabezas deberían inclinarse en señal de adoración y de sumisión. Que es el único ser que posee todos los poderes, que todos los hombres tienen necesidad de su benevolencia y que todos están obligados a solicitar su ayuda. Queda oculto en nuestros sentidos, y nuestro espíritu no consigue descubrir su realidad.
Después de haber explicado el sentido de estas palabras, descubriremos ahora su alcance real.
Según lo que se puede conocer de la historia humana desde los tiempos más remotos, así como los vestigios más lejanos de la Antigüedad que nos han llegado podemos comprobar que en cada época el hombre ha reconocido y adorado a uno o varios dioses. Incluso en la época actual, cada nación de la tierra, desde las más primitivas a la más civilizadas, cree en una divinidad y la adora. Esto prueba que el concepto de Dios y de su culto es profundamente arraigado en la naturaleza humana. Hay algo en el alma del hombre que le conduce a ello irresistiblemente.
Se puede entonces preguntar: ¿Qué es esta idea y por qué el hombre ha llegado a concebirla? Podemos tal vez responder a esta pregunta estudiando la posición del hombre en el seno del inmenso Universo. Un examen del hombre y de su naturaleza desde este punto de vista, enseña que no es todopoderoso. No puede tampoco proveer sélo sus necesidades, ni existir espontáneamente y sus poderes no son infinitos. En efecto, es una criatura débil, frágil y vulnerable. Su existencia depende de un número incalculable de fuerzas, sin ayuda de las cuales no puede progresar pero que no están todas totalmente en su poder. A veces, llegan a su posesión de una manera simple y natural, y otras veces se encuentra desprovisto de ellas. Hay muchas cosas importantes que trata de obtener, sin conseguirlo siempre, porque no está completamente en su poder adquirirlas. Hay muchas cosas que le son perjudiciales: Los accidentes pueden aniquilar en un instante una vida de trabajo o todas sus esperanzas; la enfermedad, las preocupaciones y las calamidades le amenazan continuamente, obstaculizando su marcha hacia la felicidad. Trata de evitarlas pero no está nunca seguro de librarse de ellas. Existen muchas cosas cuya grandeza y majestad le hacen respetar: las montañas y los ríos, los animales gigantescos y las fieras. Sufre los temblores de tierra, las tempestades y otras calamidades naturales. Observa las nubes por encima de su cabeza y las ve juntarse y obscurecerse con grandes truenos, relámpagos y torrentes de lluvia diluviana. Ve el sol, la luna y las estrellas en su continuo movimiento. Se da cuenta hasta qué punto estos cuerpos celestes son poderosos y majestuosos, y por contraste, hasta qué punto él mismo es frágil e insignificante. ¡Los fenómenos naturales por un lado, y la conciencia de su propia fragilidad por otro, le hacen comprender su debilidad, su humilde estado y su impotencia! La idea primaria de la divinidad coincide que este sentimiento. Piensa en el que domina estas grandes fuerzas. La idea de su grandeza le hace inclinar la cabeza humildemente, el sentimiento de su poder le hace buscar su ayuda; le teme mucho y trata de evitar su cólera a fin de no ser destruido.
En el estado primitivo de ignorancia, el hombre piensa que los elementos naturales cuya grandeza y gloria son visibles, y que parecen serle ora tan benévolos, ora tan hostiles, poseen en ellos mismos un poder y una autoridad real y que por consiguiente, son de esencia divina. Es así como adoran a los árboles, animales, ríos, montañas, fuego, lluvia, viento, astros y muchas otras cosas. Esta es la peor forma de ignorancia.
Cuando su ignorancia empieza a disiparse, y acaban por darse cuenta de que estos elementos grandiosos e impresionantes son en ellos mismos completamente impotentes, no ocupan una posición privilegiada con respecto al hombre, sino más bien inferior. El animal, el más grande y más fuerte, muere también como el ser más minúsculo, a pesar de todo su poder; el nivel de los grandes ríos puede subir o bajar, e incluso secarse. El hombre mismo puede atravesar las altas montañas por túneles o bajar su cumbre. La productividad de la tierra no depende únicamente de ella misma, el agua la hace fértil, la sequía estéril. El agua misma no es independiente; depende del viento que la lleva a las nubes. El viento mismo está sin poder propio y su acción depende de otras causas.
La Luna, el Sol, las estrellas igualmente están sometidas a leyes inflexibles en los límites de los cuales no tienen ninguna autonomía. Después de haber considerado esto, su espíritu tiene presente entonces la posibilidad de algún gran poder misterioso de naturaleza divina que controla los objetos que ven y que será el depositario de toda autoridad. Estas reflexiones provocan el nacimiento de una creencia en poderes misteriosos por encima de los fenómenos naturales, de los dioses innumerables que se han supuesto que gobernaban los diferentes dominios de la Naturaleza, tales como el viento, la luz, el agua... El hombre construye formas materiales evocadoras o símbolos que les representan y comienza a adorar estas formas y estos símbolos. Esto es igualmente una forma de ignorancia incluso en esta época intelectual y cultural, la realidad queda aún oculta en el espíritu humano.
A medida que el hombre progresa y medita cada vez más profundamente en los problemas fundamentales de la vida y de la existencia, descubre una ley poderosa y un control general sobre el Universo ¡Qué regularidad perfecta puede ser observada en el salir y ocultarse el sol, en los vientos y en las lluvias, en el movimiento de las estrellas y la sucesión de las estaciones! ¡Con qué armonía innumerables y diversas fuerzas trabajan en común y según que ley altamente eficaz y supremamente sabía son coordinadas para proceder en conjunto en un tiempo fijado, para un resultado fijado! Observando esta uniformidad, esta regularidad y esta obediencia total a una ley inmutable en todos los dominios de la Naturaleza, un politeísta mismo está obligado a creer que debe existir una divinidad más grande que todas las demás, ejerciendo la autoridad suprema. Porque, si hubiera divinidades independientes y distintas, toda la maquinaria del Universo sería trastornada. El hombre llama a esta divinidad principal con diferentes nombres, «Allah», «Permeshvas», «God», «Dieu», «Dios», «Khuda-i-Khudaigan». Pero mientras que las tinieblas de la ignorancia persistan, continuará adorando a divinidades menores al mismo tiempo que a la divinidad suprema. Imaginan que la realeza de Dios no debe ser diferente de las realezas terrestres. Lo mismo que un rey de la tierra tiene ministros, hombres de confianza, gobernadores, y oficiales responsables, del mismo modo, las divinidades menores son los mismos oficiales responsables bajo la autoridad de Dios todopoderoso al que no se puede aproximar más que después de atraerse la estima de los oficiales bajo sus órdenes. Se les debe igualmente rendirles un culto, implorarles ayuda y tener cuidado de no ofenderles jamás. Así son considerados como agentes por medio de los cuales se puede llegar a Dios todopoderoso.
Conforme el hombre adquiere el conocimiento, menos le satisface la idea de multitud de dioses. El número de estas divinidades menores comienza también a disminuir. Hombres más ilustrados examinan estas divinidades más sistemáticamente y descubren que ninguna de estas divinidades inventadas por el espíritu humano tienen carácter divino; ellos mismos son criaturas, como el hombre, y también impotentes. Son pues abandonadas y rechazadas las unas tras las otras hasta que no subsista más que un Dios único. Pero el concepto de un Dios Único contiene aún rasgos de elementos de ignorancia. Algunos imaginan que tiene un cuerpo carnal como el hombre y vive en un sitio determinado. Otros creen que Dios descendió a la tierra bajo una forma humana; otros que Dios, después de haber regalado el proceso del Universo se retiré y descansa ahora. Algunos creen que es necesario aproximarse a Dios por medio de los santos y de los espíritus y que no se puede dar ningún paso sin la intercesión de ellos. Algunos Imaginan a Dios bajo una determinada apariencia y tienen la necesidad de crearse imágenes que adorar. Estos falsos conceptos de la idea de la divinidad han subsistido hasta nuestros días y buen número de ellos son todavía aceptados en nuestros días por diversos pueblos.
El Tawhid es el concepto más elevado que puede hacerse de la divinidad. Este concepto ha sido enviado por Dios a la Humanidad en todas las épocas por medio de sus profetas. Fue este concepto el que se le Inculcó a Adán al principio, cuando fue enviado a la tierra. Fue el mismo concepto que se le revelé a Noé, Abraham, Moisés y Jesús (que las bendiciones de Dios sean sobre ellos) este fue el mismo concepto que Muhammad (las bendiciones de Dios sean con él) llevé a la Humanidad. Es un conocimiento puro y absoluto, sin la menor sombra de ignorancia. El hombre se hace culpable de chirk, idolatría y de kufr únicamente porque se desvía de las enseñanzas de los profetas y se fía de sus propios razonamientos deficientes, en percepciones o interpretaciones erróneas. El Tawhid dispersa todas las nubes de ignorancia e ilumina el horizonte con la luz de la realidad. Veamos qué realidades significativas aporta este concepto de tawhid-esta pequeña frase-: la ilaha illa Allah. Comprenderemos esto meditando en los puntos siguientes:
Primeramente vamos a examinar la cuestión del Universo. Estamos confrontando a un Universo grandioso e infinito. El espíritu humano no llega a discernir su origen y a concebir su fin. Se mueve según una trayectoria determinada desde tiempos inmemoriales, y continúa su viaje en las vastas perspectivas del futuro. Innumerables criaturas han aparecido en él y continuarán apareciendo cada día. Los fenómenos naturales son tan asombrosos que el espíritu humano está confundido e impresionado de su grandeza. El hombre es incapaz de comprender y de tratar la realidad con su sola visión tan limitada. No puede creer que todo esto haya aparecido simplemente por azar. El Universo no es una masa de materia surgida por accidente, un conglomerado de objetos caóticos y desprovistos de sentido. Todo esto no puede existir sin el impulso de un Creador, un Arquitecto, un Gobernador. ¿Pero quién ha podido crear y controlar este Universo majestuoso? Aquél que todo lo puede que es Maestro de todo; que es Infinito y Eterno; que es todopoderoso, Omnisciente, Omnipotente, que posee una sabiduría ilimitada, que lo sabe todo, que lo ve todo. Debe tener la autoridad suprema sobre todo lo que existe en el Universo, poseer poderes infinitos, ser el Señor del Universo y de todo lo que en él se encuentra, estar desprovisto de todo defecto o imperfección. Nadie tiene el poder de interferir en su obra. Únicamente tal ser puede ser el Creador, el Controlador y el Gobernador del Universo.
Segundamente, aparece como esencial que todos estos atributos y poderes divinos sean concentrados en un solo Ser. Es imposible imaginar la coexistencia de varias personal