Intervención con menores en riesgo y conflicto social

Sociología. Trabajo Social. Cambio social. Conflicto social. Menores en riesgo. Infancia en riesgo. Niños en riesgo. TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación). Comportamiento juvenil. Adolescencia

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EXPERTO EN INTERVENCIÓN CON MENORES EN RIESGO Y CONFLICTO SOCIAL

2.1. SOCIEDAD Y CAMBIO

Cambios económicos y laborales

Una pequeña introducción

Los cambios culturales y económicos de las últimas décadas se manifiestan en múltiples esferas de la vida social mediante la influencia sobre los procesos productivos, culturales, relacionales y en todo aquello que afecte a las fórmulas de organización social; estos cambios no apuntan sólo a los sistemas funcionales sino que dan cuenta de transformaciones sustanciales en los modelos de vida y modos de convivencia, lo que para algunos autores revela un proceso surgimiento de nuevos formas de socialización.

En general, se apunta a que estos cambios, cuyo comienzo se establece alrededor de los años 70, dan lugar a lo que se conoce comúnmente como “posmodernidad”; frente a la concepción del mundo “moderno” que llevaba imperando apenas un siglo, desde que a finales del siglo XIX y principios del XX surgen, especialmente en Europa occidental, las transformaciones económicas y sociales que darán lugar al nacimiento de los estados modernos.

Desde nuestra perspectiva, la visión más convincente sobre estos cambios de las últimas décadas es aquella que interpreta los mismos como parte o fruto de la denominada “crisis de modernidad tardía”, en la cual muchos de los presupuestos culturales y normativos de la modernidad se ponen en cuestión, como se suele enfatizar al hablar de “posmodernidad”. Sin embargo, paradójicamente, la sociedad occidental muestra una intensificación de las características de la modernidad, entendida ya no sólo en relación a una forma de racionalidad y valores, sino como un tipo de sociedad particular y a un conjunto de procesos fácticos de transformación histórica.

En los términos anteriores, la denominación de “crisis de modernidad tardía” se elabora para distinguirla de la primera gran crisis de la modernidad, acontecida en los países occidentales entre finales del S.XIX y las primeras décadas del XX, cuyo elemento central fue el cuestionamiento de la idea de un progreso continuo de nuestras sociedades y la capacidad de regulación social por parte del mercado. Esta crisis inicial motivó la conformación de los Estados de Bienestar, para el caso europeo. En contraste, la crisis de modernidad tardía corresponde, siguiendo esta lectura, a un proceso refundacional del capitalismo, caracterizado por:

1.-Una expansión de los ámbitos de influencia del mercado en la vida social; por una intensificación del fenómeno de la globalización económica, propia de la modernidad, y de otras formas de globalización derivada de ella (cultural, tecnológica, etc); de sociedades basadas en la producción se pasa a sociedades basadas en el consumo.

2.-Reducción del papel del Estado, especialmente en cuanto a sus responsabilidades más tardías (derechos sociales) y por una individualización de la sociedad, esta vez mucho más profunda que la que marcó el tránsito de las sociedades tradicionales a las modernas. Crisis del estado del bienestar.

Procesos relevantes del cambio económico y social

Muchas veces, al hacer referencia a los cambios socioculturales de las últimas décadas, se tiende a enumerar una gran cantidad de aspectos, siendo difícil encontrar criterios organizadores ante su multiplicidad. Estos criterios organizadores dependen, en buena medida, de los aspectos que las distintas interpretaciones releven al respecto. En este texto, intentaremos combinar algunos de ellos, intentando un ordenamiento al menos provisional.

El primero de los cambios centrales de las últimas décadas tiene que ver con la intensificación de los procesos de globalización económica, y su consecuente globalización cultural y tecnológica. La consecuencia de ellos es que actividades estratégicas y dominantes de todos los ámbitos del quehacer humano pasan a funcionar como redes de flujos interconectadas. La economía global constituye el núcleo dinámico y dominante de todo el sistema económico capitalista internacional y global que emerge. Por lo mismo, este sistema globalizado y globalizante, de sistemas de producción transnacionales, de redes comunicacionales, financieras, informáticas y de transporte, se desarrolla sobre la base de una dinámica desigual, puesto que el centro lo constituye fundamentalmente Europa Occidental y Estados Unidos, quedando el resto del mundo en una posición residual y secundaria frente a estos cambios.

Un segundo proceso esencial es la “tercera revolución científico-tecnológica” (informática y audiovisual) que ha acompañado a la globalización tardía y que ha modificado de manera drástica los modos de producción, que pasan a basarse, cada vez más, en el conocimiento y la información. Los pronósticos optimistas respecto a sus posibilidades democratizadoras se han visto contrarrestados por la constatación de los efectos sociales de los nuevos patrones de organización social derivados de ello. Las visiones más complejas al respecto, están mostrando que, al mismo tiempo, se genera más igualdad y desigualdad, mayor homogeneización y diferenciación. Por ejemplo, el acceso a Internet entre los países desarrollados y del tercer mundo muestra dramáticas diferencias, mientras que entre los que acceden a la red se establecen grandes semejanzas en cuanto a actitudes, comportamientos, etc.

En tercer lugar, observamos importantes cambios en las relaciones entre economía y sociedad, que están implicando una creciente subordinación de la política a la economía, en lo referente a la toma de decisiones y a los mecanismos de integración de las personas. Ello se acompaña de una fuerte "crisis del trabajo", que ha generado un desempleo creciente, así como una precarización del empleo, en el caso de los trabajadores contratados. La integración social parece fundarse principalmente en la posibilidad de acceso al consumo, lo cual tiene como consecuencia la exclusión de importantes sectores de la sociedad cuyo capital cultural y material resulta escaso. La exclusión respecto al trabajo y los medios simbólicos de la denominada "sociedad del conocimiento" está implicando una “ruptura”, en el sentido que Robert Castel le da a este término, y ya no de un conflicto social propiamente tal-capaz de movilizar grupos contestarios y reinvidicaciones- lo que hace que los sujetos experimenten sus dificultades de inserción a partir de carencias individuales y biográficas. La lucha de clases ha desparecido y ha trasmutado en conflictos de lucha del individuo por la integración en el sistema.

En cuarto lugar, asistimos a una crisis de las instancias responsables de la cohesión social, en particular de los estados nación-modernos, restringiéndose su papel regulador respecto al mercado y perdiendo peso relativo la idea de nación a favor de los ámbitos subnacionales (regionales) o multinacionales. El Estado se ve debilitado en su acción integradora y unificadora respecto a las diferencias sociales y a las características culturales de los distintos grupos. Consecuentemente, las responsabilidades respecto a la resolución de problemas y la delimitación de una trayectoria vital coherente parecen recaer casi exclusivamente en las personas, lo cual ha sido entendido, por algunos autores, como una modalidad de “individualización” de la vida social (para destacar los fenómenos de fragmentación social que le acompañan y la retracción de lo “público”, en contraste con las dimensiones privadas) y, por otros, como una forma de “individuación” (para recalcar la ampliación de la autonomía individual respecto a las limitaciones dadas por las costumbres y normas sociales más tradicionales).

La política, por su parte, ha dejado de ser un referente público, para convertirse un “espacio de juego ce­rrado" dando lugar a una fuerte “crisis de representación”. La distancia cultural entre re­presentantes y representados esta aumentando las tasas de abstención electoral; en España, por ejemplo, una elección con una participación considerada alta roza el 65-70%, lo que significa que, normalmente, un 30%-35% de la población queda fuera del juego democrático. En otros países, las tasas de abstención son incluso más altas. Los partidos políticos, por su parte, han dejado de ser organizaciones de militantes, convirtiéndose más bien en aparatos burocráticos, con una mínima participación de los militantes, como lo ha señalado Touraine.

En quinto lugar, junto a la internacionalización y la globalización, se produce un debilitamiento de las formas previas de construcción de identidades culturales (políticas, de clase, gremiales, sindicales, etc.). A la vez, se genera un reforzamiento de modalidades emergentes de conformación de identidades, entendidas éstas como “el proceso de construcción de sentido atendiendo a un atributo cultural, o un conjunto relacionado de atributos culturales, al que se da prioridad sobre el resto de las fuentes de sentido”. En el plano de los individuos, los proyectos de construcción personal se ven reafirmados frente al debilitamiento de identidades colectivas cuyos principios parecen cada vez más abstractos. En el plano de los grupos sociales, se ven fortalecidas las identidades étnicas y de género , además de aquellas que se derivan de estilos de vida, estéticas y consumos culturales diferenciados.

En sexto lugar, los medios comunicativos están teniendo un rol cada vez más relevante en los procesos de transformación sociocultural siendo, a la vez, receptores y productores de tales cambios. La televisión y, en especial, el aumento de Internet como herramienta de comunicación, divulgación y creación de referentes marcan la tendencia de los medios

La influencia de los medios es compleja. Por una parte, han contribuido a una importante aculturación, sostenida por un acostumbramiento al consumo masivo de la industria cultural, casi exclusivamente de origen norteamericano, que ha llevado, a varios autores, a hablar de una verdadera “norteamericanización de la cultura”. Por otra parte, a través de la publicidad, contribuyen a un fuerte incremento y homogeneización de las expectativas de consumo material y cultural, que no se condice con las posibilidades reales de acceso a tal consumo, por parte de importantes sectores la población nacional y que se encuentra a la base de un creciente endeudamiento personal y familiar. Así también, los medios influyen en el aumento de la desconfianza entre las personas y el temor a la delincuencia. Sin embargo, los medios también han tenido un papel relevante en la formación de nuevos valores, tales como el respeto a los derechos humanos (en el plano político y en lo relativo a los derechos de las mujeres, los niños y las minorías étnicas, por ejemplo); la valoración de la democracia como modalidad privilegiada de organización social, la conciencia respecto a los problemas medioambientales y la responsabilidad social que compete al respecto, la transparencia de la gestión empresarial y estatal, etc.

Como hemos venido señalando, los cambios aparejados a la modernidad tardía y la modernización neoliberal de nuestras sociedades, han significado un replanteamiento de nuestros sistemas de convivencia, viéndose estos la mayor parte de las veces tensionados por un conjunto de fenómenos sociales emergentes que plantean nuevos desafíos en tanto cuestionan y sobrepasan las pautas normativas que regulan lo social. Ellos exigen tanto del Estado como de la sociedad civil la creación y disposición de un conjunto de herramientas conceptuales y pragmáticas, fruto de la reflexión, que faciliten su interpretación e intervención.

Consecuencias de los cambios

¿Y que consecuencias tienen para los individuos y la sociedad tales cambios? Podemos señalar algunos, tanto de índole social y grupal como individual; en todo caso, son manifestaciones de los nuevos paradigmas sociales y organizacionales; resumimos aquí unos cuantos

1.-Aparición del fenómeno del presentismo: Los individuos sólo quieren vivir el momento actual, a veces hasta las últimas consecuencias; futuro y pasado pierden importancia.

2.-Pérdida de la ambición personal de autosuperación y desaparición de la valoración del esfuerzo.

3.-Pérdida de fe en el poder público. Instituciones, partidos y cualesquiera formas de construcción grupal y social clásicas pierden credibilidad y peso como aglutinantes de movimientos y corrientes de acción o pensamiento; aparición de grupos “al margen de la oficialidad”, capaces de vertebrar y recoger demandas expresas frente al sistema tradicional.

4.-Desaparición de los idealismos y de las grandes corrientes de pensamiento utópico transformadoras del mundo; el fin de las ideologías y la exaltación del pragmatismo como única posibilidad real y eficiente de acción y pensamiento.

5.-Aparición de nuevas formulas de espiritualidad frente a las fuentes de religiosidad clásica, que no han sabido dar respuesta a la demanda de producción de sentido vital para el hombre.

6.-Materialismo a ultranza; sociedad que se define por el consumo, individuos cuyo estatus solo viene dado por su capacidad de adquisición de bienes y servicios.

7.-Nuevas formas sociales de relación y organización propiciadas por la revolución tecnológica: Las personas aprenden a compartir la diversión, opinión, imágenes, creencias vía internet, aparición de nuevas formulas de “familia” , etc.

Las transformaciones laborales

En los últimos treinta años se han producido, al hilo de los cambios económicos, culturales y sociales una gran transformación de las relaciones laborales y de la misma concepción de la organización del trabajo; en definitiva, puede hablarse de que existen tres causas generadoras de este cambio ; en primer lugar, la revolución tecnológica, que ha posibilitado la aparición de nuevas formas de organización del trabajo; la segunda es que el modelo económico ha pasado de estar básicamente sustentado en un modelo de producción a un modelo de servicios; el sector terciario acoge gran número de trabajadores y en muchas zonas es la principal fuente de empleo. La última causa, pero no por ello la menos importante, es la tras nacionalización de la economía, significada en la aparición de grandes corporaciones multinacionales de ámbito de acción supranacional que diversifican sus actividades en distintos países según intereses económicos o productivos. (deslocalización)

En cuanto a los procesos de transformación de las relaciones laborales, podemos hablar de dos elementos especialmente relevantes:

1) La transformación de los actores de las relaciones laborales, especialmente de los sindicatos, pero también de las organizaciones empresariales. Esta crisis de los actores tiene múltiples causas, pero sin duda, una importante es la propia transformación de la tecnología y la organización del trabajo, además de la transformación en las formas de intervención del Estado. Los sindicatos, que hasta los años 80 conformaban una estructura capaz de influir decisivamente en las políticas gubernamentales han perdido parte importante de su fuerza y capacidad de estructuración de las demandas y reclamaciones de la masa laboral, principalmente porque su estructura está anclada en los antiguos sistemas de producción industrial y no a las nuevas formas productivas.

2) La crisis de los sistemas de relaciones industriales, asociada al proceso de globalización de las economías, que ha desbordado el papel de las instituciones reguladoras en el espacio del estado-nación. Sin embargo, al mismo tiempo, la globalización ha acarreado un cierto proceso de convergencia entre los sistemas de relaciones laborales, y una discusión sobre los distintos modelos por contraste entre unos y otros.

En cuanto a los modos y maneras de organización del trabajo, también han existido fuertes cambios y transformaciones en un doble nivel. En el nivel micro, de empresa, las nuevas formas de organización del trabajo han propiciado nuevas formas de gestión de los recursos humanos y la irrupción de nuevos colectivos como interlocutores sujetos de negociación. En el nivel macro, las transformaciones en la norma social del empleo cuestionan los derechos de ciudadanía social, alcanzados antes por medio del modelo de empleo keynesiano-fordista.

Los trabajadores, por su parte, están sumamente afectados por todos los procesos que están aconteciendo; la revolución de la información está cambiando el proceso de producción y del trabajo en la sociedad capitalista actual. En efecto, según pone de relieve M. Castells, la productividad y competitividad son los procesos esenciales de la economía informacional / global. La productividad proviene esencialmente de la innovación; la competitividad de la flexibilidad. La consecuencia de ello es que empresas, regiones, países y unidades de producción orienten sus relaciones de producción a maximizar la innovación y la flexibilidad, generando, a través de este proceso, una nueva forma de organización y gestión que aspira a la adaptabilidad y la coordinación simultáneamente, dando paso a lo que se denomina la empresa red.

Por otro lado, la informática permite procesos de producción mucho más descentralizados, donde la agregación de las diversas partes resulta mucho más flexible que la época de producción en masa, creando una multitud de subcontratistas de todo tipo (desde diseñadores-programadores... hasta fabricantes de piezas). O sea, un proceso de segmentación de los mercados, de los productos y de las personas. De ahí que cada unidad de producción se convierta en un subconjunto homogéneo de un proceso mucho más amplio.

Este nuevo sistema de producción redefine el papel del trabajo como productor y se diferencia marcadamente según las características de los trabajadores. Una diferencia importante es la que distingue el trabajador educado, con capacidad de autoprogramación, y el llamado trabajador genérico. El primero puede adaptarse constantemente al entorno cambiante, ajustándose a los nuevos procesos y a la nueva organización de la empresa-red, mientras que el trabajador genérico lleva a cabo tareas que se le asignan sin capacidad de reprogramación. Estos últimos pueden ser sustituidos por máquinas, o por cualquier otra persona de la región, el país o el mundo, según las decisiones empresariales. Este grupo de trabajadores autoprogramables, en constante adaptación aglutina a un grupo muy grande de ejecutivos profesionales, técnicos y trabajadores cualificados. Se calcula que en los países de la OCDE suponen alrededor de un tercio de la población activa. La mayor parte del resto de los trabajadores pueden pertenecer a lo que hemos denominado trabajadores genéricos. En poco tiempo hemos pasado de la sociedad de los dos tercios de que se hablaba en la segunda mitad de la década de los ochenta -dos tercios que trabajan establemente y un tercio que malvive, es pobre o no trabaja- a la sociedad de un tercio de finales de los noventa, donde los dos tercios restantes trabajan, los que lo hacen, en una situación que calificaríamos precaria, temporal o están en el paro.

Por otra parte, la introducción de tecnología avanzada en la actividad productiva está repercutiendo no sólo en la fabricación de productos, y en su diseño, sino también en el proceso de producción, con la sustitución de la mano de obra y el esfuerzo físico por la automatización, lo que conlleva a un aumento de calidad y eficiencia y la reducción de la intensidad necesaria en la contratación de mano de obra. Y ello significa que abundan los trabajadores en situación de desempleo o con trabajos temporales y precarios. El que una parte relativamente significativa de la población (entre un 5%-10% en países de la OCDE) se encuentre sin empleo es algo habitual y forma parte del actual sistema productivo.

Además, la tecnología ha supuesto no sólo la reducción de puestos de trabajo sino también la desaparición de multitud de oficios y profesiones, muchos de los cuales procedían de viejas ocupaciones artesanales que se ejercían en los pueblos, cuya actividad es realizada ahora, con mayor precisión y menor coste, por máquinas y robots.

Pero junto al declive de las viejas ocupaciones, estables y socialmente definidas, están apareciendo otras nuevas como respuesta a las necesidades socioeconómicas del momento, y relacionadas con los nuevos productos, servicios y áreas de producción. Muchas de estas nuevas cualificaciones se valoran en función de su flexibilidad, capacidad de cambio y adaptación a diversidad de tareas. La industria del descanso, ocio y tiempo libre, que se desarrolla en gran parte en áreas rurales que han experimentado una transformación en su morfología espacial y en su actividad económica, ha originado cambios significativos en su sistema de estratificación social y familiar.

También es fundamental reseñar que la reorientación de los procesos productivos sobre la base de la revolución tecnológica esta creando nuevas formas de trabajo -ya es lugar común hablar sobre el teletrabajo, por ejemplo- y afectando a la cohesión e integración social, ya que estas tecnologías pueden llegar a producir un nuevo sistema de estratificación social, a causa de la desigualdad de oportunidades que se está produciendo entre aquellos que disponen de información y saben utilizarla, y los que no pueden acceder a ella, o aun pudiendo no saben cómo hacerlo. En palabras de Castells, "la nueva tecnología de la información está redefiniendo los procesos laborales y a los trabajadores y, por lo tanto, el empleo y la estructura ocupacional. Mientras está mejorando la preparación para una cantidad considerable de puestos de trabajo y a veces los salarios y las condiciones laborales en los sectores más dinámicos, otra gran cantidad está desapareciendo por la automatización tanto en la fabricación como en los servicios... El aumento de preparación educativa, ya sea general o especializada, requerido en los puestos recualificados de la estructura ocupacional segrega aún más a la mano de obra en virtud de la educación... El trabajo degradado... se concentra en actividades poco cualificadas y mal remuneradas, así como en el trabajo temporal o los servicios diversos". Esta diferenciación social, en función de los conocimientos tecnológicos, afecta no sólo a colectivos de personas, sino a comunidades, regiones y países.

En los próximos años se va a ir produciendo el auge de aquellas nuevas ocupaciones que están en consonancia con el desarrollo económico y tecnológico: profesionales de la informática y de las telecomunicaciones, comerciales especializados en áreas expansivas, técnicos en gestión de recursos humanos, especialistas en diseño de sistemas electrónicos y de circuitos integrados, de programación e inteligencia artificial.., y los dedicados al sector electrónico. Ocupaciones que requieren unos conocimientos específicos, que generalmente se adquieren en el medio urbano. Son profesiones consideradas socialmente con futuro, y que habitualmente se van a ejercer en complejos productivos especializados, localizados en parques tecnológicos, centros financieros y económicos situados en las áreas de expansión urbana de las grandes ciudades .

Resumiendo, podemos hablar que la repercusión de estos cambios en la estructura ocupacional se traduce, en primer lugar, en un trasvase de activos del sector secundario hacia el de servicios especializados, que ha pasado a convertirse en dinamizador de la economía, ocupando el puesto que anteriormente tenía aquél en la sociedad industrial. En segundo lugar, en el incremento del desempleo entre aquellos activos cuya calificación profesional no es demandada en el sistema productivo, y sus conocimientos y habilidades han quedado desfasados como resultado de los procesos de reconversión y adecuación tecnológica del mundo empresarial. En tercer lugar, en la dificultad para acceder a un primer empleo por parte de los jóvenes que no han conseguido una especialización durante el período de educación formal. En cuarto lugar, en las dificultades de consecución de empleo, a corto y largo plazo, de colectivos de población que no asumen la necesidad de formación polivalente y de actualización de conocimientos de una manera permanente, o no disponen de medios o de posibilidades para hacerlo, lo que ocurre de una manera más generalizada entre la población del medio rural, y concretamente entre la población joven que tiene mayores dificultades para incorporarse a las nuevas ramas de productividad, por carecer de conocimientos específicos, y tienen que dirigirse a sectores productivos tradicionales, algunos de los cuales se encuentran en proceso de regresión y reconversión: agricultura tradicional, minería, pesca...

La relación entre empresa y trabajo también está experimentando cambios significativos. Se está pasando de trabajadores de plantilla fijos y estables a otras formas de relación laboral, por medio de las cuales las empresas cubren sus necesidades: subcontratas con empresas subsidiarias, contrataciones de servicios con personal autónomo independiente, empleo temporal o estacional, etc

Ahora bien todas estas transformaciones están generando nuevas diferenciaciones sociales o desigualdades sociales, que ya no son sólo las clásicas diferencias interclases, sino, por el contrario, intraclase. Así, según Cohen, en los Estados Unidos, más del 70% del fenómeno de las desigualdades se explican por las diferencias salariales existentes entre los propios trabajadores, entre los trabajadores titulados o los propios trabajadores de la industria. O sea, la nueva miseria del capitalismo

Novedades tecnológicas y nuevas formas de organización social

Hemos hablado en el capítulo anterior de cómo los cambios tecnológicos y económicos de la globalización están afectando a las redes sociales y a las relaciones laborales, creando nuevas formas de estructuración y comportamiento social.

En este capítulo analizaremos las consecuencias que tiene para la estructura social y las relaciones la revolución que suponen las Tecnologías de Comunicación e Información (TIC), porque básicamente es este tipo de tecnología la que más ha influido en la trasformación de los procesos sociales, aún considerando que otro tipo de tecnologías (de producción, por ejemplo) tienen una influencia no desdeñable en los cambios percibidos.

El paso de la sociedad industrial de mediados- fines del pasado siglo a la sociedad de la información que en estos momentos está firmemente asentada quedó claro con la publicación, en 1981, del libro La Sociedad de la Información como Sociedad Postindustria,l de Yonesi Masuda. Este nuevo tipo de sociedad se empezó a llamar “la nueva sociedad de la información” y destaca por contar con una forma específica de organización social en la que las nuevas tecnologías propician que las fuentes fundamentales de la productividad y el poder estén en la generación, el procesamiento y la transmisión de la información (Castells, 1997, p. 47). El manejo de la información y del conocimiento supone, pues, la posibilidad de control.

Ordenadores, teléfonos celulares (móviles), fibra óptica, redes de comunicación, digitalización de la información,…representan las nuevas tecnologías de la información. En España ha habido una fuerte implantación de los ordenadores pues, según un informe realizado por la Fundación BBVA, la mitad de los hogares españoles tiene ordenador (el 49 por ciento) y un tercio lleva utilizándolo desde 1995 y más del 50 por ciento antes del 2000 (BBVA, 2005).

Respecto de Internet tenemos que decir que esta nueva realidad que empezó a finales de los años 60 en Estados Unidos empieza a alcanzar, en los años 90, a millones de usuarios en todo el mundo y deja de ser una red para convertirse en una red de redes. Hace poco tiempo, la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) publicó su informe anual donde se señala que España cuenta con 15,12 millones de usuarios. Y el 35, 1 por ciento de la población española navega por Internet, lo que supone una tasa de penetración que duplica la media mundial, pero sin llegar a los porcentaje de los países desarrollados de Europa (UNCTAD, 2006).

Estos datos, lejos de reflejar el buen estado de la cuestión, son el indicativo de que nos encontramos en los últimos lugares en el ranking de utilización de Internet entre los países desarrollados. Y, todo ello, a pesar de que, después de un período de ralentización en el crecimiento del número de usuarios de Internet (no sólo en España, sino en todo el mundo), la penetración de esta red de redes y la de los ordenadores en los hogares -en España- ha vuelto a aumentar desde el 2003 según los datos facilitados por la Asociación de Investigación en Medios de Comunicación, AIMC.(EGM 2006)

Además, hay que decir que, a pesar de la mayor o menor penetración de estas nuevas tecnologías, el impacto de las mismas no ha tenido la fuerza de lugares como Norteamérica donde, incluso, han sido tomados como referencia para definir a una especie que se mueve al ritmo de las nuevas tecnologías y que no puede vivir sin el ordenador: “hiperconectado día y noche, incapaz de distinguir entre el trabajo y la vida, casado con su stock options y empeñado en buscarle a todo un valor añadido” (Fresneda, 2000).

Pero, lo que parece bastante evidente es que Internet, como el mayor exponente de las TIC, es toda una revolución, no sólo en el plano tecnológico, sino en relación a las derivaciones que tiene en los diferentes ámbitos que definen o estructuran una sociedad. Nos estamos refiriendo al tema de las relaciones entre los ciudadanos, entre estos y sus gobernantes y a la comunicación que se establece (entiéndase relaciones horizontales, verticales y de comunicación política).

En cuanto a los teléfonos móviles, aunque se ha considerado al año 2006 como el de la telefonía móvil en España por la venta de 14,2 millones de terminales. Y ni más ni menos que 19,7 millones de móviles son los que la consultora Gartner prevé que serán vendidos este año 2007 en España. De este modo, en nuestro país se queda un 12% del mercado de la telefonía móvil de Europa Occidental. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en España el uso de móviles entre niños y adolescentes está muy extendido. Baste decir que, en el año 2003, el 34,3% de los niños entre 10 y 14 años tenían móvil, en 2004 ese porcentaje se elevó al 45,7% y en 2005 al 54,3%. (Rueda, 2006). Las ventas de teléfonos continúan con su progresiva positiva, al venderse 14,2 millones de terminales, según datos recopilados por la Asociación Nacional de Industrias Electrónicas y de Telecomunicaciones (ANIEL). A nivel global, (ahora que se habla y se escribe tanto de la globalización) podemos decir que un tercio de los habitantes del planeta usa teléfono móvil o celular (UNCTAD, 2006). Lo anterior no hace sino demostrar que el teléfono móvil es un medio de comunicación al que nadie está dispuesto a renunciar gracias al mundo multimedia.

Desde la perspectiva de la economía globalizada contemporánea, la sociedad de la información concede a las TIC, el poder de convertirse en los nuevos motores de desarrollo y progreso. Si en la segunda mitad del siglo XX los procesos de industrialización fabriles marcaron la pauta en el desarrollo económico de las sociedades occidentales que operaban bajo una economía de mercado, a principios del siglo XXI, se habla más bien de las "industrias sin chimenea"; es decir, el sector de los servicios, y de manera especial, las industrias de la informática.

Uno de los cambios más importantes que experimenta nuestro sistema de comunicaciones como consecuencia de las innovaciones tecnológicas -especialmente como consecuencia de la digitalización- es la posibilidad de interacción entre los receptores y productores de la información a través de nuevos lenguajes y medios informáticos. Estas innovaciones tecnológicas han de afectar a dos características hasta ahora básicas del sistema de los «mass media»: la difusión (broadcasting) de la televisión generalista y las formas más convencionales de«mediación» periodística. En sustitución de estas prácticas ya puede observarse la aparición de nuevas formas de selección de programas de televisión en los sistemas (la televisión por cable o en las nuevas ofertas de televisión digital vía satélite). Por otra parte la evolución del uso de Internet y los progresos espectaculares de los sistemas de búsqueda automática de información (Infoseek, Yahoo, Altavista, Olé, etc.) han abierto las puertas a una nueva forma de selección de la información (selfmedia) en la que destaca la importancia de la producción y del almacenamiento de la información.

No podemos extendernos en las múltiples dimensiones y etapas de esos procesos, pero sí que debemos destacar la importancia que puede llegar a tener la pérdida de centralidad de los procesos de comunicación generalista en nuestra sociedad. Y no sólo porque ello puede debilitar los lazos sociales, sino porque también puede abrir las puertas a nuevas formas de discriminación y de desequilibrio en la comunicación.

Otra importante consecuencia de las transformaciones tecnológicas sobre el sistema de comunicaciones es el que afecta a los espacios de comunicación. Las nuevas tecnologías abren, en efecto, una nueva era para la ecología de las comunicaciones en la que convivirán de una forma que todavía no podemos identificar plenamente los procesos de comunicación local y los procesos de comunicación global. Las consecuencias de estas transformaciones serán especialmente importantes para las políticas de comunicación del futuro, porque estos cambios afectarán -y de hecho ya afectan a los espacios políticos, culturales y lingüísticos de nuestras sociedades. Y todo ello, a veces, incluso a favor de las minorías culturales y lingüísticas. Un ejemplo significativo de esos cambios lo encontramos en la influencia de las nuevas tecnologías de la comunicación en la reconstrucción de las fronteras modernas. En nuestros días -con la influencia de las telecomunicaciones- las fronteras ya no vienen únicamente definidas por las condiciones geográficas o las decisiones históricas y políticas, sino que ahora vienen definidas también, por las disponibilidades de los sistemas de comunicación. Nuevas fronteras regionales, nacionales, internacionales, la creación de grupos especializados, todos estos factores están ahora condicionados por las nuevas potencialidades de la comunicación transnacional o sin fronteras.

Parece muy importante señalar que en la comunicación moderna no sólo se multiplican los espacios globales, sino también se multiplican los espacios locales. Algunas investigaciones sobre la televisión y las regiones en Europa han puesto de relieve que ante la proliferación de ofertas televisivas internacionales, nuevos canales temáticos, no sólo se mantiene sino que aumenta la demanda de lo que podríamos denominar televisión de proximidad, muy especialmente por lo que respecta a la demanda de algunos programas y géneros televisivos, como la información, el humor o el deporte. Más aún, gracias a los satélites y a las nuevas formas de comunicación interactiva, los espacios de comunicación local superan ahora su propia limitación local (geográfica) y se convierten en procesos, que aun siendo «de origen local» tienen una capacidad de difusión a escala mundial. Lo «local» ahora puede ser al mismo tiempo «mundial». Piénsese, por ejemplo, en cómo las comunidades en la diáspora o los estudiantes en el extranjero pueden seguir en contacto con sus culturas de origen. Una información periodística destacaba que una de las formas de identificar las viviendas de las familias de origen árabe en Suiza era por la existencia de antenas parabólicas de televisión. El satélite, en éste y en otros casos semejantes, actúa como creador de espacios locales en la geografía mundial.

Aquí encontramos precisamente, una de las principales aportaciones de Internet a la «ecología de la comunicación de nuestro tiempo». A esfera planetaria tenemos acceso a cualquier punto de información de origen local, al precio de la comunicación local. Lo que define a la comunicación local ya no es el área de destino, sino el origen de su producción.

La valoración de la información en nuestra sociedad podrá hacerse, cada vez más en función de la utilidad de la información disponible. Es tiempo de una nueva opulencia y de una nueva miseria en la información. La opulencia se medirá en relación con la utilidad. la rentabilidad y el valor de aplicación de la información disponible. La máxima miseria es previa a la información y corresponde a quienes no tienen nada que buscar en las nuevas fuentes de información, porque sus necesidades prácticas de información son inexistentes .La información abierta, disponible, irá perdiendo protagonismo, centralidad, en el conjunto de la nueva producción, circulación y usos de la información del futuro. Por el contrario, pay-per-view, «pass word», código de la tarjeta de crédito, suscripción, serán los conceptos clave de la información en el futuro.

En la actualidad existe un alto nivel de conciencia sobre el impacto de la innovación tecnológica en la organización social de las sociedades modernas. En las últimas dos décadas se ha insistido desde diferentes ámbitos, académicos, políticos, técnicos y socioculturales, en la necesidad de analizar y valorar de un modo global e integrado las innovaciones tecnocientíficas y las respectivas transformaciones culturales, actitudinales y sociales que conllevan.

Las TIC son vistas, a menudo, como palancas importantes para conseguir nuevas formas de actividad económica, social o cultural (comercio electrónico, educación a distancia, saber democratizado, etc.), así como nuevas formas de organización social (por ejemplo, en ámbitos laborales, institucionales, educativos o incluso por lo que respecta a nuevas formas de relación social, como es el caso de las comunidades virtuales).

Como decíamos, el creciente auge de las comunicaciones asistidas por ordenador (CMC) ha abierto un importante interés por parte de los científicos sociales y ha acrecentado los debates sobre sus posibles efectos en las organizaciones sociales contemporáneas (Castells, 2001; Sieber, 2001). La adquisición de nuevos medios, así como de nuevos símbolos, es algo cada vez más habitual entre actores políticos diferentes. Es lo que de algún modo caracteriza lo que muchos denominan "nueva política", que da lugar a nuevas formas de comunicación política y ciudadana, así como a nuevas formas de participación y acción política. Esto ha llevado a algunos autores a proclamar un "giro cultural" (Chaney, 1994) en esta modernización postrera o reflexiva que vivimos (Beck, 1998), que ha dado lugar a nuevas "culturas políticas" (Clarke y Hoffman-Martinot, 1998). Estos cambios hunden sus raíces, en parte, en los que se produjeron con las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. Cambios que no sólo suponen un nuevo modo de instrumentalizar las razones, los modos de hacer política o de persuadir, sino que en buena medida modifican lo que entendemos como política. Constituyen unas mediaciones imprescindibles para comprender las mutaciones contemporáneas (Fisher y Kling, 1993). Más que herramientas manipuladoras, que pueden serlo, devienen máquinas expresivas (de devenir) completamente nuevas (Jordan, 1999). La movilización de este tipo de material cultural no sólo transforma la práctica política, sino que hace mella también en las teorías postradas y redundantes que invaden la explicación de la organización social y política. A continuación repasaremos los aspectos que hasta el momento han sido estudiados de un modo más sistemático.

La comunicación asistida por ordenador (CMC) supone una modificación importante de los modos de comunicar. La popularización del correo electrónico facilita la comunicación entre ramas locales y nacionales de una misma organización, así como con otros grupos o coaliciones, ya sean locales, nacionales o transnacionales. Permite, también, estrechar ciertos vínculos entre individuos y organizaciones. Permite, además, reunir, juntar, grupos, discusiones entre individuos que comparten unos mismos intereses, alimentar formas de interacción multimodales, que combinan espacios y tiempos diferentes, y que permiten difundir y recoger información en sistemas de registro flexibles y disponibles en distintos momentos y desde diferentes localizaciones (caso de una web); permite generar órganos de coordinación o de encauzamiento globales, e incluso independientes. Los efectos potenciales de estas tecnologías son por todos conocidos: bajo coste, rapidez y potencialidad para comunicar actores distantes. Sin duda, dichas tecnologías muestran que permiten transformar espacios repletos de individuos social y geográficamente dispersos en poblaciones y grupos densos en relaciones y conexiones.

Las TIC han modificado con fuerza dimensiones temporales, geográficas, de proximidad que han afectado profundamente a las formas de acción colectiva. Tanto en su infraestructura como en nuevas formas de protesta, configuración de comunidades e identidades sociales.

Tal y como hemos visto antes, recientemente los movimientos sociales han pasado de ser interpretados como organizaciones estables en torno a identidades claras y fijas, apegados a situaciones estructurales o emergentes de ellas, a ser vistos como movimientos en red, articulados sobre la base de coaliciones que se constituyen en torno a valores y proyectos que pueden ser, incluso, muy rápidamente perecederos.

Internet, sin duda alguna, ha contribuido a modificar algunas de las mentadas nociones sobre los movimientos sociales. La mayor parte de movimientos sociales y políticos utilizan Internet y otras tecnologías de la comunicación (móvil, SMS, MMS) como una forma privilegiada de acción y de organización. Es, de hecho, el medio que últimamente viene siendo más privilegiado. ¿Qué confiere este medio a la movilización social? Ante la crisis de las organizaciones tradicionales, estructuradas, consolidadas, sólidas, como por ejemplo los partidos políticos, Internet permite, es condición de posibilidad (Castells, 2001), la emergencia de nuevos actores sociales, a partir, sobre todo, de coaliciones específicas sobre objetivos concretos.

Podemos decir, pues, que actualmente Internet es la estructura organitzativa, el medio, el instrumento de comunicación, la tecnología suficiente que permite nuevos desarrollos para la acción colectiva (Scott y Street, 2000). En un mundo cambiante como el actual, cada vez más globalizado, Internet se convierte en el medio que permite la flexibilidad necesaria a la movilización, que permite esta redefinición espacial y temporal de la movilización, manteniendo al mismo tiempo el componente colectivo, de afirmación, coordinación y focalización, que caracteriza la acción de los movimientos sociales (Routledge, 2000).

Actualmente los movimientos dependen en gran parte de la capacidad, disposición y composición de la comunicación, de la capacidad, así pues, de aglutinar apoyos, de difundir y transmitir sus ideas, acciones, movilizaciones, etc., e Internet constituye un eje fundamental para la consolidación y posibilidad de este tipo de acciones y organizaciones. La transmisión instantánea de ideas en un marco muy amplio permite la coalición y la agregación en torno a estos códigos (Waterman, 1998).

Así pues, podemos decir que las TIC, en relación con la política y con la participación social, operan como potentes facilitadores en el mantenimiento y extensión de contactos e interacciones entre redes heterogéneas, cosiendo entramados híbridos constantemente, cosiendo enclaves socioculturales nuevos e incluso aportando una inestimable colaboración técnica para el enrolamiento y la organización de la acción colectiva.

En la denominada sociedad de la información, en la que las tecnologías de la comunicación tienen un papel decisivo, vemos que cada día aumentan los espacios de control, invasión y redefinición de aspectos como la vida privada o el espacio político. Vemos que se esfuman ciertas fronteras, que se globalizan organizaciones, instituciones e informaciones, y que se acrecentan, al mismo tiempo, diferencias y desigualdades. Lo que caracteriza a los nuevos movimientos sociales es precisamente que sus prácticas de resistencia, de redefinición de la vida política, pública o cotidiana, se estructuran en torno a las condiciones y cartografías por las que el poder actual se vehicula. Vemos que las condiciones para el control y la uniformidad sirven también para constituir nuevas prácticas de libertad, organización y alternativa. Como vemos, o veremos, estas redefiniciones nutren la capilaridad y las transformaciones que experimenta el control y el poder dominante, pero nutren también las formas y posibilidades de la acción colectiva destinada a transformar la vida social.

Pero las TIC estan creando otro tipo de situaciones diversas y, en algún sentido, negativas respeto al constructo social y relacional.

1.-Las TIC permiten trabajar desde cualquier sitio (oficina móvil, oficina portátil, conexión ubicua...), pero no se está desarrollando el trabajo en casa.

2.-Las personas que no tienen acceso a las TIC tienen una debilidad cada vez mayor en el mercado de trabajo. Los territorios no conectados pierden competitividad económica. Además aparece un segundo elemento de división social más importante que la conectividad técnica: la capacidad educativa y cultural de utilizar Internet. Saber buscar la información, procesarla convertirla en conocimiento útil para lo que se quiera hacer, saber aprender a aprender...

3.- Las TIC y la nueva economía. Las TIC han permitido el desarrollo de las transacciones financieras electrónicas y de los mercados bursátiles virtuales, no obstante la nueva economía no es la de las empresas que producen o diseñan Internet, es la de las empresas que funcionan con y a través de INternet. En el comercio electrónico, un 80% son transacciones entre empresas, solamente un 20% es comercio a consumidores finales.

4.- La sociabilidad en Internet. Internet desarrolla, pero no cambia, los comportamientos sociales. En general cuanto mayor es la red física de una persona, mayor es su red virtual (aunque en casos de débil sociabilidad real, Internet puede tener efectos compensatorios). Las comunidades virtuales tienen otro tipo de lógica y de relaciones. Son comunidades de personas basadas en unos mismos intereses, afinidades y valores. Internet permite saltar las limitaciones físicas del espacio (el barrio, el entorno laboral...) para buscar personas afines con las que establecer relación. Son tanto más exitosas cuanto más están ligadas a tareas o intereses comunes (más allá de los jóvenes, es minoritario su uso para juntarse y contar tonterías... la gente no tiene tiempo para ello).

5.-Aparición de las vidas virtuales; es notorio comprobar como existen individuos que desarrollan una doble vertiente de socialización; por una parte, la real, física y por otra, la “virtual”; ambas personalidades no tienen por que ser idénticas, es más, suelen ser notoriamente diferentes.

6.- Los movimientos sociales en Internet. Actualmente hay una crisis de las organizaciones tradicionales (partidos, asociaciones políticas...) en favor de los movimientos sociales en torno a valores y proyectos (medio ambiente, derechos humanos...). La mayor parte de estos movimientos sociales utilizan Internet como una forma privilegiada de acción y organización en red (cualquier persona puede lanzar un manifiesto en Internet y ver de aglutinar personas en torno a un proyecto). En ellos el poder funciona en redes locales que permiten organizar por ejemplo protestas globales.

7.- Relación directa de Internet con la actividad política. Internet podría ser un instrumento de participación ciudadana extraordinario, un ágora política de información de la case política y los gobiernos a los ciudadanos, y de relación interactiva. Pero gobiernos y políticos solamente lo usan como tablón de anuncios (y como mucho para recibir opiniones sin más). La sociedad modela Internet y no al contrario. Allí donde hay movilización social, Internet actúa como instrumento de cambio social; allí donde hay burocratización política y política estrictamente mediática de presnetación ciudadana, Internet es simplemente un tablón de anuncios.,

8.- La privacidad en Internet. Los gobiernos no pueden controlar Internet, pero en Internet no hay privacidad, todo puede ser rastreado (hay programas como Carnivore, USA)

9.- Internet constituye la infraestructura tecnológica y el medio organizativo que permite el desarrollo de una serie de formas de relación social que no tienen su origen en Internet, que son fruto de una serie de cambios históricos... pero que no podrían realizarse sin Internet.

Pero las TIC tienen un lado especialmente negativo; mientras que por una parte permiten ampliar las relaciones, los contactos, el acceso a la información y el establecimiento, incluso, de nuevos movimientos sociales (recuérdese que en los últimos años es frecuente la convocatoria de actos reivindicativos por medio del SMS), el uso extendido de las TIC puede dar lugar a una disminución de la participación ciudadana. La imagen que surge de este punto de vista es la de usuarios (sobre todo los jóvenes enganchados al ordenador) que cada vez interactúan más con los ordenadores, pero que tienen poco o ningún contacto con el mundo físico que los rodea. La consecuencia, según esta forma de ver las cosas, es que las TIC pueden ser el origen de un empobrecimiento generalizado de las relaciones sociales y de la cohesión social, como sugirió la idea de personas 'jugando a los bolos solas' propuesta por Putnam. Además, esta situación podría contribuir a crear una sociedad civil cada vez más fragmentada e individualizada, caracterizada por una menor participación en las elecciones y en los asuntos públicos. Es decir, es la pérdida de “capital social”, entendido este como la capacidad de los individuos de relacionarse y organizarse.

Sin embargo, esta idea pesimista puede fácilmente ponerse en duda. Investigaciones recientes sugieren que las TIC actúan como catalizador de formas alternativas de relación entre las personas, y por tanto favorecen la aparición de 'nuevas' formas de sociedad civil y, por tanto, de “capital social”. La importancia de las instituciones tradicionales va disminuyendo mientras que la colaboración social informal va adquiriendo cada vez mayor importancia. Esta observación da lugar a dos formas diferentes de entender el impacto de las TIC en el capital social. Una perspectiva ve a las TIC como transformadoras del capital social y la otra las ve como suplemento del mismo (Quan Haase y Wellman, 2004).

Esta idea permite discutir, respecto al capital social, las implicaciones de vivir en una sociedad cada vez más interconectada. En general, se puede afirmar que la confianza en las TIC solamente irá aumentando con el tiempo, con lo que el concepto de capital social interconectado será más relevante en el futuro.

Este “capital social interconectado” destaca las interconexiones entre personas que comparten intereses. Pero, a medida que los intereses se extienden a nivel mundial y se hacen independientes de la proximidad física, las interconexiones entre las personas del entorno (físico) próximo, como los vecinos, pueden irse descuidando. Este cambio se hace eco del actual debate en las ciencias sociales, que comenzó en el siglo XIX, respecto a los cambios en la vida social debidos a los avances económicos y tecnológicos. Hay quien opina que la vida social se ha 'perdido' a causa de la aparición de la sociedad industrial, mientras que otros, mirando más allá de la localidad como característica que define a la comunidad, apuntan a transformaciones en la vida social y a la aparición de una comunidad 'liberada' (Quan Haase y Wellman, 2004).

Uno de los temores es que al liberarse las conexiones sociales de las limitaciones de tiempo y espacio, las TIC podrían crear una sociedad dominada por grupos de interés encerrados en sí mismos, lo que daría lugar a la denominada 'balkanización del interés público' Además, se piensa que las nuevas formas de participación son diferentes de las tradicionales, donde los participantes tienen que aceptar compromisos y necesitan aceptar ideas o proyectos con los que pueden no estar enteramente de acuerdo. De hecho, la democracia representativa tradicional, donde los votantes deben plegarse a la voluntad de la mayoría, es un ejemplo destacado. Las nuevas formas de participación ciudadana a través de las TIC pueden exigir menos compromiso (es decir, permiten una participación menos 'pegajosa') y, para algunos autores, tal tendencia puede también ser motivo de preocupación.

Desde otra perspectiva, las TIC ofrecen un medio de fortalecer la sociedad civil, impulsando los intentos de construir una comunidad conectada simultáneamente a nivel mundial y local Frissen (2003) proporciona pruebas del papel activo de las TIC para estimular la participación cívica, como por ejemplo, un proyecto de comunidad en línea en respuesta a las tragedias locales (Jongeren.volendam.nl), una página web que se enfrenta a los estereotipos étnicos y que promueve la integración social entre los ciudadanos nacionales y los inmigrantes (Maghreb.nl), y organizaciones mundiales basadas en la web que se oponen a la globalización (Indymedia.org). En un marco político tradicional, Howard Dean, en su campaña para las elecciones presidenciales en EE.UU, utilizó Internet para reclutar cientos de miles de simpatizantes en solo unos meses, dándoles la posibilidad de dejar oír su voz en la fijación de la agenda política (Jett and Välikangas, 2004). Más recientemente, Internet y los teléfonos móviles han posibilitado la coordinación de las protestas de última hora, la noche anterior a las elecciones, contra el gobierno español, tras el ataque terrorista en Madrid en marzo de 2004.

La creciente omnipresencia de las TIC invita a examinar su impacto sobre las estructuras sociales. En lo que respecta a la participación ciudadana, las TIC parecen tanto transformar como complementar el capital social. En cuanto a contacto social, las TIC pueden desempeñar un papel vital a la hora de crear y mantener una comunidad de prácticas o relaciones y facilitar el intercambio de conocimiento dentro de ella. Sin embargo, las TIC se enfrentan al reto de relacionar varias comunidades y transferir el conocimiento que está incorporado y creado en la práctica social.

El fenómeno de la inmigración

Una parte de la historia de la humanidad en los últimos siglos se explica y tiene como origen los movimientos trasnacionales y fronterizos y, al menos en cierta medida voluntarios, por causas políticas, sociales y económicas, cuando no por la obligatoriedad de realizarlos, como lo fue la esclavitud.

En lo que respecta a España, la inmigración ha cambiado radicalmente el panorama laboral y social de nuestro país. Atrás queda el reflejo de la España emigrante como fenómeno que afectó a una parte significativa de la población desde los años 50 hasta mediados de los 70.

Las crisis económicas de los años 70 tornarán el saldo migratorio nacional, no solo por el corte del flujo de inmigrantes, el retorno obligado de muchos de ellos, sino, también, por un creciente factor de atracción de población que encontrará su cenit en la década de los 90. El trasiego laboral de españoles en busca de nuevas oportunidades económicas y sociales hacia países como Francia o Alemania será sustituido con creces con la presencia de extranjeros de procedencia muy diversa (América, Europa y África), con distinta magnitud, dependiendo del momento histórico y de las condiciones internas de cada país.

En algo coinciden todos los estudiosos del fenómeno migratorio: la inmigración ha adquirido recientemente en España una relevancia política y social mayor que en cualquier otro momento de su historia. En un intervalo de muy pocos años, ha pasado de ser un país de emigración a ser un país de inmigración. Este acelerado crecimiento del fenómeno migratorio se hace aún más patente si lo situamos en el contexto de la Unión Europea (UE): si en 1998 España era uno de los países de la UE con menor porcentaje de inmigrantes -algo menos del 2% de su población total- en 2005 se había convertido ya en el cuarto con mayor porcentaje -el 8,5%, con un total de casi cuatro millones de extranjeros residentes. En la actualidad, se habla de alrededor del 9,4% de la población.

La importancia de la inmigración en el conjunto demográfico español se refleja en el gráfico anterior, donde la mayor variación de las cifras de población se da en el periodo 2001-2006, quinquenio que ha supuesto la mayor entrada de población inmigrante al país registrada.

La inmigración en España no es sólo mucho más reciente sino, sobre todo, mucho más intensa que en otros países de la UE: por séptimo año (en 2006) consecutivo es el principal país de destino de inmigrantes. En términos planetarios, únicamente la inmigración hispana hacia los Estados Unidos superaría el intenso flujo que en los últimos años arriba al territorio español. En la frontera sur de España se da la singularidad -compartida también con la frontera sur de los Estados Unidos- de que no se trata de una línea divisoria más entre países, sino de una auténtica sima de riquezas entre bloques de países. Así, si el diferencial de riqueza entre Estados Unidos y México es de 3,9 veces, el que separa España de Marruecos es de 5,5 veces, y es aún mucho mayor si lo comparamos con países del área subsahariana.

Este efecto de “pobreza de origen” explica, en parte, que la gran mayoría de los nuevos puestos creados sean bastante precarios, tanto en nivel salarial, tipo de contratación -temporales, tiempo parcial- como en condiciones de trabajo. Como señalan Carlota Solé y colaboradores (2000), la posición de los inmigrantes en la estructura ocupacional viene condicionada por los factores generales que produce la segmentación del mercado de trabajo y, además, por los factores institucionales o legales que definen el campo de posibilidades de la inserción de los inmigrantes. Fuera de las barreras legales la situación de los inmigrantes es irregular, quedando relegados a un segmento concreto del mercado de trabajo: la economía sumergida. No obstante, hallarse en situación de regularidad tampoco determina necesariamente una situación más favorable, pues actuarían otros factores.

Como es sabido, la Teoría de la Segmentación Laboral considera que en el mercado de trabajo existe una división en dos segmentos, primario y secundario, con estructura y características bien diferenciadas. En el segmento secundario se incluyen los empleos con peores condiciones: inestabilidad, bajos salarios y escasa nula cualificación. Mientras que en el segmento primario los empleos serían cualificados, estables y mejor remunerados. En ambos segmentos es posible la inserción laboral de los inmigrantes. La Teoría de la Segmentación o dualización permite clasificar a los trabajadores inmigrantes en uno u otro grupo atendiendo fundamentalmente a su estatus de legalidad y a los canales formales o informales de encontrar empleo (Herranz, 2000). No obstante, varios estudios realizados en EE.UU. desde la década de los 80 por Portes y Rumbaut (1990) demuestran la existencia de una tercera vía, el denominado enclave étnico o inmigrante; se trata de grupos de inmigrantes concentrados espacialmente que organizan una variedad de empresas donde, no solo los propietarios son inmigrantes, sino también todos los empleados. Como señala Yolanda Herranz, esta iniciativa contradice la clásica teoría de la asimilación, por la que la segregación retrasa el éxito económico de los inmigrantes en el país de recepción.

 

 En la inserción laboral de los inmigrantes va a desempeñar un importante papel el aumento del nivel de aceptabilidad de los autóctonos. Este nivel se define en base a las expectativas de logro o aspiraciones laborales de los españoles. El nivel de aceptabilidad se ha ido elevando en nuestro país progresivamente por múltiples factores, si bien, muy ligados a las medidas llevadas a cabo por el Estado del Bienestar y a nuestra incorporación a la Unión Europea en 1986, que han conllevado un aumento del nivel de vida, mejoras del nivel educativo; sin olvidar el importante papel “protector” que vienen desempeñando las redes familiares en España. Estos hechos han desencadenado cierto rechazo de los puestos de trabajo de escasa valoración social y con baja remuneración, quedando libres determinados empleos del segmento secundario o periférico. De esta forma se instaura en nuestro país una nueva clase trabajadora (Arango, 2004: 176) que, entre otros efectos, ha permitido el acceso al mercado de trabajo a muchas mujeres españolas que ahora cuentan con apoyo para realizar las tareas domésticas o familiares que venían realizando en exclusividad.

Como indica Cachón (2002: 121) los inmigrantes ocuparían los denominados empleos de las “tres p”: precarios, penosos y peligrosos. En opinión de Cachón se está produciendo un trasvase del segmento primario al secundario, se están generando nuevos nichos laborales. La ubicación de los inmigrantes en un segmento u otro va a depender de la capacidad de negociación y de las aspiraciones personales, entre otros factores.

Para hablar de cifras concretas en lo referido a la actividad laboral de los inmigrantes, analizaremos cifras entre el año 1999 y 2003, fecha de la últimos datos estadísticos analizados del estudio sobre migraciones realizado por el INE.

Respecto a la actividad laboral de los inmigrantes, entre 1999 y 2003 ha mejorado notablemente la proporción de ocupados, pasando de un 55,6% de los mayores de 16 años a un 63,9%. Todos los colectivos mejoran su tasa de empleo salvo los marroquíes, por el contrario los que más la incrementan son los extracomunitarios. También durante el periodo se incrementa la proporción de parados sobre los mayores de 16 años, salvo en el caso del Resto de África; y se reduce la proporción de inactivos, salvo en el caso de los marroquíes.

Estos datos estarían indicando que la integración en el mercado laboral español, reflejado en la proporción de ocupados y parados sobre el total de la población en edad de trabajar, ha mejorado notablemente a lo largo del quinquenio, con la excepción de los marroquíes. Los más de ocho puntos porcentuales que ha ganado la proporción de ocupados y los más de nueve que ha perdido la de inactivos durante los cinco años, son prueba elocuente del alto grado de integración de los inmigrantes en el mercado de trabajo español, lo cual no indica que la integración laboral se esté produciendo en las condiciones en que debería hacerlo, dado el nivel de formación de los inmigrantes, que es alto y totalmente comparable a la media nacional

En cuanto a estos niveles de formación ya en 1999, el 70% tenían un nivel de estudios terminados de enseñanza secundaria o superior, y en 2003 los que se ubican en este tramo educativo suponen el 73% del total, habiéndose producido notables reajustes en los distintos colectivos analizados. Los marroquíes y el resto de los africanos, que eran el colectivo con mayor peso de estudios primarios o inferiores, han mejorado notablemente su posición en 2003, si bien siguen siendo el grupo de inmigrantes con un nivel promedio de estudios terminados más abajo, si se les compara con el resto de inmigrantes. En 2003, el 83,8% de los extracomunitarios y el 77,1% de los latinoamericanos tenían estudios secundarios o superiores, lo que les situaría en condiciones de acceder a puestos de trabajo para los que se exija una cualificación media o alta.

A lo largo de estos cuatro años desde el 2003 se observa que han perdido peso los niveles educativos extremos, esto es, los primarios o inferiores y los universitarios, en beneficio de los secundarios y los técnico- profesionales, por lo que habría mejorado el grado de correspondencia entre la mano de obra extranjera y los puestos de trabajo vacantes, disponibles o existentes en la economía española.

Aunque, como es sabido, el nivel de estudios acabado no es el único requisito que debe cumplir alguien que pretende acceder a un puesto de trabajo. En el caso de una buena parte de los inmigrantes (los de origen no iberoamericano), el dominio del idioma se convierte, durante algún tiempo, en el factor limitativo fundamental para acceder a toda una amplia gama de puestos de trabajo.

Una implicación que cabría esperar de tal perfil socio-demográfico es una tasa de actividad económica agregada elevada entre los inmigrantes; y los datos disponibles confirman la expectativa. La proporción que los laboralmente activos suponen en la población inmigrada supera en quince o veinte puntos la de los españoles —72,2 frente a 52,9 por 100 según la EPA, 68 frente a 53 según una estimación más afinada (Cachón, 2003: 251). Esta diferencia no se explica sólo por la mayor juventud de la población inmigrada y por su más temprana incorporación al trabajo, sino también porque su tasa de participación es más elevada en todos los grupos de edad, exceptuando el último. Además, la disposición de los inmigrantes que residen en España a acceder a un puesto de trabajo es muy superior a la que muestran los autóctonos, según datos recogidos en un reciente Boletín Económico del Banco de España (El País, 7-6-2004). Y lo mismo puede decirse de su movilidad: Joaquín Recaño ha calculado que la propensión de los inmigrantes a cambiar de provincia de residencia es cuatro veces superior a la de los autóctonos Recaño, 2002). Puede aducirse que ello no es muy difícil, habida cuenta de la acendrada inmovilidad de estos últimos, pero ello no reduce el atractivo que la movilidad de los trabajadores extranjeros supone objetivamente para la economía. Otra posible implicación, conexa y no menos relevante, del perfil socio-demográfico de la población inmigrada podría ser un balance fiscal extremadamente ventajoso para la sociedad receptora. Varios estudiosos la suponen, aunque por lo general sin sustentar su opinión en los necesarios cálculos. En efecto, una proporción elevada de los inmigrantes —aparte de contribuir directamente a la creación de riqueza— paga impuestos y cotiza a la Seguridad Social, mientras que el consumo de servicios públicos que realiza una población con la estructura socio-demográfica descrita es aún reducido: apenas perciben pensiones, usan los servicios sanitarios—y no digamos los geriátricos—, en menor medida que la población nativa; frecuentan los establecimientos educativos en una medida reducida, aunque creciente y con considerables impactos (Carabaña, 2004), y son infrecuentes receptores de otras prestaciones de nuestro Estado del Bienestar. La afiliación de trabajadores extranjeros a la Seguridad Social está experimentando un ritmo de incremento muy notable. Hay que añadir que el cálculo del balance fiscal resulta particularmente difícil, por razones de especial opacidad en el caso de un importante segmento de la población venida de fuera: el constituido por ciudadanos de la Unión Europea y otros países altamente desarrollados establecidos preferentemente en nuestras costas, y a los que les cuadra más la denominación de turistas residenciales que la de inmigrantes, aunque técnicamente lo sean. Nuestra ignorancia acerca de este importante grupo es muy extensa; en todo caso, la combinación de la alta tasa de actividad agregada que exhiben los inmigrantes con el rápido aumento de su número y con una tasa de desempleo presumiblemente no muy elevada apunta a una vigorosa contribución al aumento del empleo. Y éste, como se ha dicho, viene constituyendo desde hace años otro de los motores del crecimiento de la economía española.

Y a la vez que crea empleo, este contribuye directamente al del producto interior bruto. Algunos economistas son de la opinión de que sin inmigrantes sería imposible mantener tasas de crecimiento del PIB del orden del 2,5 ó 3 por 100, como las registradas en los últimos años (Melguizo y Sebastián, 2004: 29; Aranda, 2003). Ello ha debido contribuir a elevar los beneficios empresariales, al menos en los sectores más propensos al empleo de inmigrantes. Y es posible que esté afectando negativamente a los niveles salariales, al menos en los escalones inferiores de la pirámide ocupacional (Barciela,2004)

Más allá de sus considerables impactos demográficos o económicos, la llegada sostenida de inmigrantes y su instalación en la sociedad española ha supuesto, está suponiendo y va a suponer en los próximos decenios una transformación social que puede competir en profundidad e implicaciones con cualquier otra que se haya producido en nuestra historia contemporánea. Una reciente publicación del Instituto Nacional de Estadística sobre los veinticinco años transcurridos desde la aprobación de la Constitución de 1978 la ve como uno de los dos cambios más importantes operados en el último cuarto de siglo (INE,2006b). Y no sería descabellado formular un pronóstico semejante para los próximos veinticinco años.

Para empezar, cabe distinguir entre los efectos derivados del incremento de la población inmigrada y los derivados de las características que diferencian a ésta de la autóctona. Entre los primeros destacan, obviamente, los impactos sobre el empleo y el consumo. Como razonablemente se repite hasta la saciedad, los inmigrantes son productores y consumidores de bienes y servicios y, por lo que hace a los efectos de la inmigración sobre el consumo, no hay noticia de estudios que hayan intentado cuantificarlos, pero parece evidente que deben haber sido considerables, por la simple razón de que ha supuesto la adición de cerca de cuatro millones de consumidores.

Algunos de los principales impactos derivan del perfil sociodemográfico persistentemente joven de la población inmigrada, que todavía se corresponde, en medida considerable, con el que suele ser propio del primer estadio del ciclo migratorio. En éste suelen pesar desproporcionadamente los denominados primo-inmigrantes, esto es, los que inician una cadena migratoria que, en un elevado número de casos, será continuada por otros inmigrantes derivados—familiares, amigos, paisanos, conocidos—. Los primo- inmigrantes tienden a ser, muy frecuentemente, jóvenes adultos, frecuentemente solteros o no acompañados por sus cónyuges, parejas u otros miembros de la familia (Arango, 2002)

Pues bien, el tipo de estructura por edad aludida es aún la que prevalece entre nuestra población inmigrada. Cerca de dos tercios de los inmigrantes tienen entre 20 y 44 años, una proporción que es aproximadamente el doble de la correspondiente entre los españoles. Consiguientemente, la proporción que suponen los menores de 16 años y los mayores de 65 es notablemente inferior a las correspondientes en la población española. La pirámide poblacional del país se ha rejuvenecido notoriamente.

A su vez, ese tipo de inserción tiene importantes consecuencias sociales, en especial si se tiene en cuenta que una elevada proporción de los inmigrantes en España se encuentran en situación irregular Seguramente ningún rasgo es tan relevante y definitorio del panorama de la inmigración en España como la elevada proporción que en ella suponen los que se encuentran en situación irregular, indocumentados o «sin papeles». Se trata de un rasgo estructural y crónico, persistente a pesar de frecuentes procesos extraordinarios y masivos de regularización.

Es muy probable que ello resulte en considerables déficit de integración. Las condiciones de vida de los inmigrantes establecidos en España han sido aún poco estudiadas, en buena parte por la opacidad derivada de la reciente llegada de una elevada proporción de ellos, y en parte también porque en las fuentes estadísticas que mejor reflejan las condiciones de vida (encuestas de Presupuestos Familiares, de población activa, Panel de Hogares Europeos, etcétera) la población inmigrada está subestimada y representada en forma sesgada (Alcaide, 2004). Por tanto, cualquier generalización al respecto sería aventurada. Pero hay razones para sospechar, no obstante, que el número de los que sufren grados relevantes de pobreza y condiciones de vida deplorables no debe ser pequeño. Como muestra pueden aducirse los frecuentes testimonios aparecidos en los medios de comunicación acerca de condiciones de vida y habitación auténticamente afrentosas, analizados y documentados en algunos estudios (Martínez Veiga,2003). Las condiciones de vida parecen ser especialmente deficientes en el medio rural, donde la exigua disponibilidad de vivienda condena a muchos inmigrantes al hacinamiento en barracones o «cortijos». Menos conocidas son las condiciones de vida en el ámbito urbano, aunque también abundan las evidencias de hacinamiento habitacional, llegando al extremo de la práctica conocida como «camas calientes».

Aunque, para el conjunto de España, los testimonios existentes son más impresionistas que exhaustivos, la existencia de grados de exclusión social incompatibles con cualquier sensibilidad moral civilizada parece superar con mucho la dimensión de los casos aislados. El hecho de que los inmigrantes nutran las filas de la exclusión social en mayor medida que los autóctonos no es privativo, ciertamente, de la sociedad española. Pero la probabilidad de que en el sur de Europa (Schierup, 1998), incluida España, ese fenómeno esté más extendido que en los países europeos de inmigración más antigua merecería ser explorada.

Finalmente, los impactos de la diversidad cultural, previsiblemente mayores dentro de algunos años que en el presente, son de imposible síntesis en esta reducida nota, aparte de que todavía no han sido estudiados sistemáticamente para el caso de España. Al efecto conviene llamar la atención sobre el elevado grado de diversidad de la población inmigrada en España, en particular en términos de procedencias nacionales. Ello no es de extrañar en un país que se ha convertido en receptor de inmigración en los últimos lustros del siglo XX, en un tiempo presidido por la globalización y caracterizado por la circulación multidireccional de las personas. En la población inmigrada en España están significativamente representadas no menos de treinta nacionalidades, originarias de todos los continentes a excepción de Oceanía. Es difícil determinar si un elevado grado de diversidad nacional entraña más o menos dificultades para el acomodo de la misma. Podrían aducirse argumentos en ambas direcciones.

En todo caso, los impactos de todo orden que derivan del incremento de la heterogeneidad social, cultural, lingüística y política que, más que en cualquier época anterior, conlleva la inmigración masiva se encuentran en la sociedad española en sus albores. Cualquier intento de evaluarlos sería tan prematuro como ocioso. Quien esté interesado en escudriñar lo que el futuro puede deparar hará bien en buscar pistas en sociedades más veteranas que la española en el acomodo de la diversidad. Pero, ante la abundancia de éstas, lo más probable es que su evaluación esté fuertemente influida por sus simpatías o antipatías previas.

Cambios en la familia y en la escuela

Abordamos a continuación la realidad, los cambios y la relación entre los dos agentes protagonistas de la educación y la socialización formal de los menores: familia y escuela.

La familia como principal agente socializador

La familia tiene una función clave en la socialización del individuo y contribuye especialmente a su desarrollo social, emocional y cognoscitivo. Si este desarrollo resulta deficitario puede llegar a condicionar graves consecuencias en la vida del sujeto. Es una institución en constante interacción con el sistema social más amplio y, por todo ello, resulta imprescindible estudiar los cambios en su estructura y organización, así como las relaciones intrafamiliares y los procesos de socialización que origina.

La composición de la estructura familiar ha ido variando en el tiempo hasta llegar a la diversidad de tipos de familia que se presentan en la actualidad. La familia nuclear (padres e hijos exclusivamente) es el tipo de estructura familiar que hoy predomina entre nosotros, algo que ha provocado el retroceso en España de las familias extensas (convivencia de varias generaciones y parientes de distinto grado en el mismo hogar). Con estos dos modelos conviven desde hace tiempo las familias monoparentales (un solo progenitor con sus hijos) y las de núcleo estricto (unión de una pareja sin descendencia), ya legitimadas como unidades familiares completas. Nuevos tipos de familias son la reconstruida (progenitores que provienen de familias rotas y que se unen formando una nueva y más grande), las de pareja de hecho (formadas por personas del mismo sexo, que en España ya pueden contraer matrimonio legalmente, con la legitimación que ello implica), y las de acogida (padres que acogen temporalmente a hijos cuyos padres biológicos no pueden hacerse cargo de ellos).

En cualquier caso, con independencia del modelo familiar, nadie niega lo esencial del papel de la familia, y lo trascendente de la labor de los padres. Ser padre o madre se afronta como una situación plagada de sacrificios y renuncias. En lo que a las familias “tradicionales” respecta (valga la expresión cuando nos referimos a las nucleares y extensas, fundamentalmente) esto adquiere especial relevancia respecto a las mujeres, que en ocasiones siguen representando el papel de madres abnegadas, dispuestas a renunciar a carreras profesionales o un tiempo dedicado a la formación y al ocio, para ocuparse de sus hijos el mayor tiempo posible, en base a la idea de que su labor es intransferible. Evidentemente, la progresiva incorporación de las mujeres al mercado laboral ha propiciado que estas renuncias sean menores, o que se realicen de otra manea.

Existen dos posturas que probablemente llevan al extremo las posiciones que pretenden escapar de algún estereotipo referido a la mujer: por un lado, aquellas que defienden el “regreso” al hogar en base a la convicción respecto a lo esencial de su papel (dando por hecho que los hombres no pueden hacerlo), además de por asumir los discursos que atribuyen a la “salida de casa” de la mujer el que los hijos estén menos atendidos y peor educados; por otro lado, quienes defienden a ultranza, como seña de identidad de la mujer contemporánea, una parcela de intimidad y tiempo dedicado a sí mismas al margen de la familia; aunque, en la práctica, esta postura pueda traducirse en que su esfuerzo ha de multiplicarse (trabajar fuera de casa para después trabajar en casa).

Padres y madres aún desarrollan roles muy marcados por su género: padres como figura autoritaria, más distante (quizás menos implicada) y centrada en temas escolares (que los hijos vayan bien en el colegio) y de intendencia (que no les falta de nada); madres como presencia constante, que tiene que lidiar con el día a día y los problemas cotidianos de los hijos. Estos roles (que suelen justificarse en base a la diferente “naturaleza” de hombres y mujeres) responden a una visión tradicional y clásica del matrimonio con hijos, pero todavía resultan muy recurrentes cuando de familia se habla.

Aceptando que la familia es donde se aprenden y se dicen “las cosas más importantes” y, por ello, el principal agente a partir del cual los niños aprenden a socializarse (relacionarse, integrarse en la sociedad), existirán otros que también contribuyan de manera esencial, constituyéndose en modelos de referencia muy importantes: por un lado, escuelas y profesores; por otro lado, medios de comunicación. Ambos formarán el espejo en el cual los niños verán reflejada a la sociedad, y a ellos mismos dentro de ella. En la adecuada conjunción de todos estos agentes descansará el secreto de la adecuada transmisión de valores.

Toda vez que existe unanimidad respecto a que los padres son quienes han de comportarse como el principal ejemplo de sus hijos (el punto de partida ese: la familia es quien tiene que educar), el siguiente paso es determinar cómo debe ser la relación con los niños para que esa labor ejemplificadora y educativa se desarrolle de la mejor manera posible. Y la exposición sobre el modelo ideal, el que “debe ser”, está basada en la experiencia de padres que fueron niños y niñas y vivieron la educación que recibieron de sus padres. Así, la relación ideal (según el discurso general) habrá de estar asentada en la “confianza” y el “cariño”, pero con la autoridad necesaria para establecer una “disciplina” y unos “límites”. En líneas generales, toman como referencia una evolución sobre el modelo de la educación “rígida” de antaño, en la que los padres eran figuras autoritarias y distantes, hacia una relación de mayor cercanía con los hijos, que habrá de procurar mejores canales de comunicación con ellos pero sin descuidar que “no son amigos”, sino padres.

El problema viene cuando la práctica de ese modelo educativo deseado plantea problemas que dificultan la labor. Principalmente, porque la mayor cercanía con los hijos parece haberse logrado en base a flexibilizar notablemente los “límites”, dando lugar a un clima en el que los hijos parecen campar a sus anchas como consecuencia de la ausencia de unos referentes disciplinarios claros. Clima, por tanto, de cierta anomia (ausencia de “normas” que determinen el comportamiento), que limita al máximo las “armas” con las que cuentan los padres para “enfrentarse” a sus hijos.

En este sentido, sin minusvalorar los “avances” que supone la posibilidad de poder hablar y relacionarse con sus hijos con mayor cercanía y confianza, los adultos añoran las dosis de autoridad que sí tenían generaciones anteriores de padres, a partir de las cuales procurar la obediencia de los más pequeños: se hace lo que dicen los padres, “y punto”. Además, la vuelta atrás no parece posible: en primer lugar, porque asumen que lo niños han ganado esa “batalla”; en segundo lugar, porque actualmente está “mal visto” defender los valores de autoridad y férrea disciplina.

A la luz de esta situación, es interesante destacar dos aspectos.

Por un lado, que el tipo de valores que parecen echar de menos los padres y madres que actualmente tienen niños pequeños responden a modelos educativos que, probablemente y en buena parte de los casos, sean anteriores a los que sus propios padres adoptaron. En este sentido, las quejas y añoranzas de esta generación de padres y madres son perfectamente equiparables a las que manifiestan padres y madres de generaciones anteriores. Probablemente porque la confusión que provoca una labor de responsabilidad, pero sin referentes claros sobre “lo correcto”, deriva en la referencia automática a modelos que, mejor o peor, “sacaron adelante” a sus hijos.

Por otro lado, porque esas mismas dudas provocan que los padres se remitan a los “valores de siempre”, como constante imperecedera y guía de lo que deben hacer. Y esos “valores de siempre” parecen constituirse en una amalgama de principios poco concretos, abstractos o escasamente operativos (valores bienintencionados pero no aplicables en nuestra sociedad) que, en cualquier caso, contribuyen a dar forma a algo que sí se asume como concreto: la familia como valor en sí mismo.

El papel de la escuela y su relación con las familias

Se parte de la base de que la labor de padres y madres es difícil, y carece de unos referentes claros sobre qué es lo que se debe hacer y cuáles son las decisiones correctas. Por ello, por sentirse un tanto “perdidos”, pero también porque dan por descontado que educar es una labor del conjunto de la sociedad (esfuerzos aislados no valdrán para nada), padres y madres reclaman ayuda o apoyo en su labor. Es ahí donde entra en juego la escuela y los profesores. Es constante la demanda por parte de los padres de la ayuda y el apoyo de agentes educativos externos a la familia. Tanto, que automáticamente se produce una significativa equiparación: hablar de educación es hablar de la escuela, de los colegios, del sistema educativo, de los profesores...

A partir de este momento, los discursos de padres y profesores comienzan a enfrentarse de manera clara. Ello, a pesar de que adoptan un mismo punto de partida: aunque el “clima educativo” debe estar instalado en el conjunto de la sociedad”, los padres han de ser quienes lleven el principal peso en la educación de sus hijos, y es en casa, en familia, donde se dicen y aprenden las cosas que más marcarán el crecimiento de los niños. Existiendo acuerdo respecto a tal idea, la manera de desarrollarla es bien distinta.

Ante la constatación del hecho de que los hijos pasan más tiempo en los centros educativos que en casa, padres y madres multiplican la responsabilidad de los profesores respecto a que sus hijos sean y se comporten de la manera en que lo hacen. Por tanto, desde las familias se reclama mayor implicación de los profesores y mejor planificación de unos planes de estudio que convierten las aulas en lo que se observa, desde fuera, como un lugar sin ley ni orden.

Por su parte, el planteamiento de los profesores y maestros es radicalmente contrario: padres y madres que se desentienden y delegan buena parte de sus responsabilidades educativas, “aparcando” a sus hijos en los colegios y pretendiendo que vuelvan a casa “educados”. Más allá de poder comprender la necesidad de que ambas partes de la pareja trabajen, los argumentos de los docentes pasan más por la manera en que los adultos priorizan sus intereses y tienden a acomodarse en la solución más fácil para despejar sus quebraderos de cabeza: delegar buena parte de su responsabilidad en los profesores, y pretender que éstos hagan una labor que no les corresponde.

La situación también se define a partir de las exigencias y expectativas que se expresan respecto a la labor del colegio y su papel dentro del “clima educativo” general. Y estas exigencias suelen descansar sobre dos pilares: preparación académica (que se vayan completando las etapas formativas de manera adecuada, para que el niño “no se quede atrás”) y conducta (que sepa comportarse, tenga “modales”). Mientras, los profesores suelen señalar que buena parte de los padres sólo se preocupan por “las notas” de sus hijos, sin mayores consideraciones sobre sus procesos formativos, sus relaciones con el entorno o posibles problemas detectados. Es decir, que mientras “vaya bien”, todo “irá bien”. Por su parte, los padres, que tampoco ocultan su preocupación por las calificaciones, adoptan como punto de referencia del correcto funcionamiento del colegio la forma en que sus hijos se comportan en casa, algo que encaja perfectamente con la idea de que los valores se transforman en normas de conducta.

Ambas partes (padres y profesores) son conscientes de los reproches de la otra, y ello agudiza las diferencias y endurece los discursos, mostrando de manera muy cruda un panorama en el que la necesidad de complementariedad da paso a la formalización de estereotipos muy negativos: padres despreocupados y maestros desimplicados. Al tiempo que desde la familia se proyectan buena parte de responsabilidades sobre la escuela, esta tiene aún dificultades y reparos en integrar a las familias como un eslabón más (por imprescindible) de la cadena educativa. En ambos casos, la postura sería “que no se metan en mi terreno”, precisamente cuando el ideal de colaboración supone que ambos “terrenos” sean el mismo.

Es evidente que una labor que requiere de la coordinación de todos los agentes implicados, verá mermadas sus capacidades cuando esos mismos agentes educativos no se entienden. La descoordinación resta potencialidades: en la maraña que se forma entre órdenes y contraórdenes, autoridad y permisividad, indicaciones de unos y otros, etc., los niños crecen sin referentes claros sobre los que ir edificando su identidad y socialización (no escuchan lo mismo en casa que en la escuela, entre sus amigos que en los medios...).

En esa descoordinación entre padres y maestros, ocupa un papel muy destacado la manera en que se pone en práctica el valor autoridad. Principalmente porque se asume (ambas partes lo hacen) que los profesores han ido perdiendo autoridad en las aulas. Ello no quiere decir que haya quien defienda el retorno a la clásica figura del maestro que atemorizaba a sus alumnos. Pero lo cierto es que los actuales profesores afirman carecer de las dosis de autoridad necesarias para conducir una aula repleta de niños. Y la atribución de responsabilidad es clara e inmediata: los padres, con su actitud sobreprotectora con los hijos y desconfiada con los profesores, han provocado niños desobedientes, contestones y, lo que parece aún más grave, sin conciencia de que su actitud sea inadecuada.

El tema es abordado por parte de los padres de forma muy interesante. Principalmente, porque aceptan por completo la realidad de ese proceso de progresiva pérdida de autoridad por parte de los profesores, y su responsabilidad al respecto. Pero aceptar esa responsabilidad no supone asumir que las cosas puedan o deban ser de otro modo, ni que hayan de sentirse excesivamente culpables por ello. Por un lado, porque observan que la evolución de las formas de entablar la relación con los hijos , más cercana y centrada más en la confianza que en la autoridad, ha de implicar a todos: si nosotros, como padres que somos, hemos perdido buena parte de la capacidad de reñir y sancionar a nuestros propios hijos, por qué van a poder hacerlo los profesores. En definitiva, no aceptan figuras de autoridad por encima de la propia.

Por otro lado, porque asumen que la capacidad de sancionar y reñir se constituye en una de las máximas pruebas de legitimidad educadora, recurso último que habrán de emplear quienes tienen la responsabilidad máxima respecto a la persona sancionada. Por tanto, sólo yo, como padre o madre, tendré la legitimidad para reprender a mis hijos, pues sé cómo son, cómo se comportan, y por qué hacen lo que hacen. Discurso que, por otra parte, reproducen los hijos: sólo mis padres pueden sancionarme.

Mientras tanto, los docentes se sienten “desautorizados” y no valorados por la sociedad. Asumiendo lo esencial de su labor como educadores (más aún por cuanto los niños pasan más tiempo con ellos que con los padres), desarrollan su discurso en tono de lamento, ante lo que consideran que es un ejercicio social de proyección de responsabilidades que extralimitan su labor: los profesores han de asumir todas las brechas y problemas generados por las nuevas realidades sociales (inmigración, nuevas tecnologías, crecimiento de las conductas asociales y la violencia, convivencia ciudadana...), pero además desde una posición de debilidad generada por los mismos agentes que reclaman resultados, que les despojan de la autoridad y las herramientas necesarias para afrontar tales retos.

Todos los reproches entre padres y docentes se realizan en el marco de una discusión más amplia, muy recurrente cuando los adultos hablan de educación: el funcionamiento de la enseñanza pública y la privada, ventajas y desventajas de una y otra, e implicaciones de ambas.

Se parte de la necesidad de que exista un sistema de enseñanza público universal y de calidad, pues este será uno de los principales pilares sobre el que asentar la sociedad. A partir de la existencia de tal sistema educativo público, la opción de decantarse por la enseñanza privada correspondería a quienes, o bien pretenden aportar un “plus” determinado a la educación y formación de sus hijos (especializaciones concretas, mejores condiciones para el estudio, trato más individualizado, profesores que estén “más encima” de los alumnos...), o bien intentan mantener y perpetuar un cierto estatus social (centros con prestigio, al alcance de pocos y que aportan condición de clase social). Pero la tendencia es a que esa opción de enseñanza privada (o concertada) deje de responder a la búsqueda de tal “plus”, para entrar a formar parte de lo que consideran que es un nivel “mínimo” de la educación imprescindible, que en ocasiones sitúan fuera del sistema educativo público. Evidentemente, tales argumentos desatan un apasionado debate entre defensores de la enseñanza pública frente a la privada, pero son un claro síntoma de que la sociedad cuenta con nuevos elementos de análisis, que son los que ocasionan las posiciones encontradas. Nuevos elementos que podemos separar en dos bloques.

Por un lado, porque en paralelo a la convicción de que la sociedad está inmersa en un proceso de progresiva pérdida de valores, se considera que la escuela, como parte esencial de la sociedad, experimenta esa misma pérdida de valores. Es más, la escuela tiende a ser interpretada como la “guardería” donde se crían las personas que progresivamente van dando forma y transformando esa sociedad. En este sentido, la escuela pública sería un reflejo, en sí misma, del conjunto social, mostrando, a los ojos de los adultos, los problemas, comportamientos, actitudes y valores, que caracterizan la vida en comunidad. En función de este planteamiento, la visión sobre la enseñanza pública ha entrado a formar parte del discurso sobre la pérdida de valores. Lo que resulta más significativo es que tal enseñanza parece salir derrotada en la comparación con el tipo de educación que los ahora adultos tuvieron durante su infancia, tantas veces rechazada y ahora situada como el espejo de valores y buenas conductas en el que ha de mirarse la “devaluada” enseñanza pública actual. Es decir, si bien se considera excesiva la manera en que antes se aplicaban valores como la “autoridad”, la “obediencia”, la “disciplina” e incluso un “respeto” que tenía mucho de “miedo”, la pérdida de esos mismos valores sirve para justificar que se haya llegado a la actual situación de pérdida de “orden” en las aulas.

Es entonces cuando surge la inevitable referencia a la enseñanza religiosa, gran protagonista de los recuerdos de infancia de quienes ahora son padres (se formaran en ella o no). Enseñanza religiosa como modelo de esa enseñanza de “orden”, “autoridad” y “respeto”, que son justamente los principios que creen que se han perdido por el camino y han conducido a la “caótica” situación de la enseñanza pública. Al mismo tiempo, se equipara esa enseñanza religiosa con la privada, y con un tipo de enseñanza que podríamos denominar “elitista”. Esas son las dos claves fundamentales del debate: religiosa en tanto que se atribuye a la formación religiosa la capacidad para poner en marcha recursos educativos rígidos y autoritarios (que los propios padres no aplican, porque tampoco parecen compartirlos del todo); elitista porque pone a cada uno en un determinado lugar.

El retorno se asume lógico y consecuente, y se asimila con cierto retorno a una serie de valores formalmente “buenos” y que no deben olvidarse. Muchos padres asumen el principio de que “si educas como te educaron tus padres, no te equivocarás”. Por todo ello, no es tan extraño escuchar a padres que, pese a no ser cristianos ni religiosos, prefieren apuntar a sus hijos a colegios de estas características porque les ofrecen más confianza.

El otro elemento que marca la discusión entre la enseñanza pública y privada, y que adquiere gran importancia en las discusiones y debates al respecto, es el que se refiere a la inmigración y sus implicaciones. Así, el progresivo incremento de población inmigrante en España, y la política de cupos de la enseñanza pública, ha provocado en los últimos años un significativo aumento del alumnado de otras nacionalidades, ocasionando una nueva situación que tiende a asociarse con determinados problemas.

Conviene señalar que, en líneas generales, la referencia a la inmigración suele actuar como un argumento recurrente para justificar la percepción de caos en la escuela pública (y su contraposición a la privada), algo que sirve de excusa para justificar a su vez la aspiración de los padres a que sus hijos se eduquen en otros entornos. En base a tal planteamiento, pretenderán, fundamentalmente, propiciar que sus hijos estén en entornos “apropiados”, sin malas “influencias”, y en los que están los que deben ser sus iguales. Ello permitirá que se labren su futuro como miembros “normales” de un estatus determinado (entre “iguales”). Parece claro que un discurso como este, complejo por su profundo calado social, contradice gran parte de los tópicos sobre la integración, pues en ningún caso parece aceptar que tal integración sea efectiva (ni recomendable), al menos entre los suyos. Es decir, que se integren, pero que se integren con otros. Por otro lado, sí pretenden la integración de sus hijos en los contextos que consideran adecuados, a través de la demostración pública de que se tiene la capacidad de aportar ese “extra” especial en la educación de los hijos, que se interpreta como lo máximo para su buen futuro.

Siguiendo estos argumentos, en lo que se refiere a la enseñanza pública, los problemas que se argumentan no sólo tiene que ver con aulas masificadas en la cuales es difícil que los alumnos reciban la adecuada atención, pues suelen atribuirse más a cuestiones relacionadas con las “costumbres” y los “valores”. Así, existe la idea generalizada de que los alumnos extranjeros importan unas costumbres propias (desde hábitos alimenticios hasta comportamientos rebeldes y violentos) que no encajan con la nuestras y que, en vez de adaptarse ellos a las normas del país que les acoge, es el sistema educativo de nuestro país el que hace el esfuerzo por integrar a los inmigrantes. La crítica de los padres se centra en el hecho, que consideran cierto, de que esa integración de los inmigrantes se realiza a costa de que su hijos pierdan una serie de derechos para los que creen que deberían tener cierta prioridad.

Por otro lado, asumen que el creciente alumnado inmigrante no sólo extiende sus costumbres por los centros educativos, sino que también contribuye a acrecentar problemas relacionados con la precariedad, la pobreza y el choque de culturas, todos multiplicados por la masificación de alumnado en la que tienen lugar. Problemas que tendrían que ver con situaciones de violencia dentro de los propios colegios, pero también con aspectos académicos: el grupo, la clase, se retrasará como consecuencia de que cierta parte del alumnado no ponga interés, cree desorden o, simplemente, no pueda seguir el ritmo general por no expresarse ni entender adecuadamente el castellano.

Toda esta serie de argumentos parece justificar la elección de muchos padres de la enseñanza privada, o su aspiración a la misma, alimentando el debate y la polémica. Fundamentalmente, porque el discurso parece situar a tal enseñanza en mejor disposición para “adaptarse” al ritmo social, por un lado obviando algunas de sus realidades (la capacidad de decidir quien se matricula y quien no “evita” el “problema” de aulas multiculturales), y por otro acomodando buena parte de su ideario a las lógicas mercantilistas que sí encajan con los valores consumistas de la sociedad (gestión empresarial de los centros educativos, padres como clientes que hay que mantener contentos para fidelizar...).

Existe una idea que podemos encontrar tras discursos como éste, aunque no se suela reflejar explícitamente en los argumentos de padres y madres: la educación entre “iguales” o con los “iguales” (según clase social, religión, costumbres...), como manera adecuada de adquirir un sistema educativo “equilibrado” y “sin problemas”, pero indudablemente tendente a la estratificación social y a la perpetuación de nichos o brechas poblacionales.

Relaciones entre adultos y jóvenes

Una primera mirada a estas relaciones nos remite a la asimilación en el discurso adulto de “justificaciones” o explicaciones relacionadas con una cierta “mala conciencia social” o en todo caso un “desajuste de expectativas” respecto a los roles a desarrollar entre los diferentes agentes sociales, entre ellos los jóvenes. En esa justificación se traslucen, entre otros, elementos de carácter estructural, que abordamos en la primera parte de este bloque.

Posteriormente, en la segunda parte, afrontaremos las cuestiones concretas en torno a las cuales se escenifican los conflictos entre padres e hijos, adultos y jóvenes.

Transformación en la “categoría” social joven y crisis del pacto social

El término “Juventud” hace referencia a una etapa vital basada en la transición y adaptación progresiva de los sujetos a una serie de características definitorias del “ser adulto”. El horizonte de este período de transición se sitúa en la consecución de una serie de objetivos, que incluyen tanto los elementos relacionados con el desarrollo de la autonomía personal (capacidad de toma de decisiones sobre sí mismo) como aquellos otros que tienen que ver con el manejo autónomo de los recursos de subsistencia (independencia económica, constitución de un hogar ).

Esta definición de juventud, implica un proceso (teóricamente coherente) en el que el desarrollo de los aspectos biólogicos, psíquicos y sociales van parejos, en un itinerario que conjunta la capacidad de asumir responsabilidades con las oportunidades formales para que dicha asunción sea efectiva, especialmente en el ámbito laboral y familiar. De alguna manera esta concepción se asienta en los procesos seguidos por las generaciones precedentes; de tal manera que, por ejemplo, tras un proceso de formación orientado en base a elecciones sucesivas, se perfila un proyecto vital sostenido en un empleo-oficio; el oficio (en el nivel que sea) refiere a la puesta en práctica de los aprendizajes recibidos y, en la medida que permite el sostenimiento material de la persona y se concibe como un hito de permanencia, implica en gran medida lo que será el desarrollo del proyecto de vida a largo plazo (de alguna manera el propio “ser” social).

A pesar de la simplificación evidente del proceso, se puede retomar en este planteamiento un perfil de acuerdo o pacto social básico que delimita las expectativas en las que se manejan los distintos actores sociales, especialmente unas generaciones frente a otras: la sociedad adulta ofrece unas estructuras de integración que requieren de los jóvenes aspirantes esfuerzo, fundamentalmente formativo; es decir, esfuerzo como inversión de futuro, que “garantizaría” un espacio social que, desde la ocupación de un puesto de trabajo, permite el paso a la emancipación como adultos y remite a la participación total en el conjunto de estructuras socio-culturales.

Sin embargo a partir de un cierto momento, todavía difuso, esta conceptualización del pacto social se rompe, en la medida que el modelo del mercado de trabajo evoluciona hacia formas que no permiten garantizar el cumplimiento de esos pasos ordenados, al menos en los siguientes aspectos: eventualidad de un mercado laboral que dificulta los “contratos fijos”; redefinición del concepto de empresa tradicional hacia una idea de “nada a largo plazo”; trabajos definidos por la multiactividad, la inestabilidad y la versatilidad (sin coherencia para ese supuesto proceso de definición personal-profesional); transformación de la idea de “oficio” en la de “actividad puntual” (sin experiencia ni aprendizaje), y asunción del empleo como una fuente asequible de ingresos sin proyección

De alguna manera, todos estos elementos plantean una situación radicalmente diferente en la conceptualización del pacto social implícito. Y es así en la medida que la ruptura se traduce en la imposibilidad de que existan garantías previas para la acomodación previsible de un proceso de emancipación, que tenga su base en la estabilización de los pilares del mantenimiento y la definición del largo plazo personal.

Desde un punto de vista general la panorámica descrita remite a una serie de aspectos que, desde distintas perspectivas, ayudan a seguir perfilando la situación:

  • Una de las más inmediatas manifestaciones es la prolongación de la permanencia en el hogar de la familia de origen, o lo que es lo mismo la ampliación del período de transición. La adolescencia y la juventud se manifiestan como un continuo de incierta resolución en el tiempo: no se sabe cuándo se producirán las condiciones para la emancipación. En términos de Fernando Conde (2000), el rito de paso se convierte en rito de estancia.

  • La prolongación de este período de transición lleva implícita la consideración de que no existe capacidad para asumir responsabilidades, asignadas a la maduración. El requisito de “ser responsable de las propias decisiones” se consolida mucho antes que la perspectiva de ser responsable de la gestión material de la propia vida.

  • Junto a ello, se institucionaliza la vivencia de la eventualidad como estado vital permanente. Frente a la indeterminación de las perspectivas a largo plazo, la opción es el vivir al día sin pensar en el mañana: el presentismo.

  • Aún dentro del hogar familiar, el nivel de ingresos de los jóvenes se ha incrementado de forma considerable mediante la incorporación de aquellos que provienen de las múltiples actividades remuneradas. Esta disponibilidad monetaria al alza se destina de forma exclusiva al consumo, que se resuelve de forma inmediata. Ingresos para gasto y consumo que no parecen permitir, a pesar de su cuantía, el establecimiento de una vida independiente, ya que su origen es de trabajos inestables y rotatorios que mantienen en la incertidumbre. Esta disponibilidad monetaria permite, por otra parte, que sea posible el gasto y el consumo aún dependiendo de la familia para el resto del mantenimiento, a modo de pacto para la permanencia y la reivindicación del derecho a disfrutar (“yo me lo pago”).

  • La organización del fin de semana y los espacios-tiempos de ocio se configuran, desde un cierto sentimiento de “culpa” por parte de los padres-adultos, en un ritual de rebelión consentido, en el que, frente a las molestias objetivas, opera una permanente justificación basada en la percepción de incapacidad particular para dar respuesta a un problema que se considera global.

  • Desde el punto de vista de los valores sociales, no extrañará por tanto que la familia y la seguridad, en íntima relación, se configuren como los aspectos vitales de mayor importancia para el conjunto de la población.

La naturaleza de los conflictos entre hijos y padres

Tras abordar los aspectos estructurales que definen el escenario en el que se ponen en juego las relaciones, expectativas y valoraciones entre adultos y jóvenes, abordamos las cuestiones concretas en torno a las cuales tienen lugar los principales conflictos.

A primera vista, cabe destacar dos cosas. En primer lugar, la mayoría de los teóricos temas de controversia no suponen grandes o frecuentes conflictos en la familia. En segundo lugar, tanto padres y madres como hijos coinciden, en líneas generales, en la valoración de tales posibles conflictos.

Para los padres, sólo los conflictos relacionados con la ausencia de colaboración en el trabajo doméstico superan el 30%; a éstos les siguen los relacionados con los estudios (26%), la hora de llegada a casa por la noche (19%), el hecho de que los hijos se levanten de la cama cuando les apetece (17%) y el dinero (14%). El resto (relación con los hermanos, consumo de alcohol, amistades, consumo de otras drogas, relaciones sexuales, diferencias políticas o religiosas) no alcanzan, en ningún caso, el 10% de presencia frecuente o habitual.

Ante estos resultados, no cabe más que reconocer un panorama de familias en las que sus miembros se muestran de acuerdo (cuando menos, no en desacuerdo que suponga problema) respecto a la gran mayoría de las cuestiones planteadas. Destaca que prácticamente el 70% de padres e hijos se muestran conformes con la manera como se produce la colaboración en el trabajo doméstico en la casa. También es interesante observar cómo, a pesar de la convicción existente a nivel social sobre el problema que supone el tipo de actividades que los jóvenes realizan durante su tiempo de ocio de fin de semana, así como respecto al alargamiento de la noche de esos jóvenes, la traducción de esas cuestiones en conflictos a nivel familiar es muy pequeña.

La visión del conjunto de hijos e hijas es prácticamente idéntica a la de los padres. El sentido de las respuestas es el mismo (la escasa existencia de conflictos en su familia) y sólo presentan matices referidos al orden en que se consideran tales conflictos. Así, para los hijos son los estudios el asunto que más problemas suscita, seguidos por porcentajes muy similares de enfrentamientos generados por las cuestiones relativas a la colaboración en las labores domésticas. A continuación se sitúan la hora de llegada a casa, la hora de levantarse de la cama, el dinero y las relaciones con los hermanos y el resto de la familia.

Quizás convenga subrayar que la enfatización que hacen los padres de los problemas “domésticos”, fácilmente observables, en contraposición al subrayado de los hijos de los conflictos más situados en la esfera de lo personal (relaciones fraternas, sexo, drogas…), tanto pueden ser interpretados como producto de diferentes percepciones que como derivadas de un cierto problema de comunicación (los padres serían ajenos a los conflictos ”íntimos” de los hijos). Otra nota a añadir sería lo exiguo del porcentaje de conflictos derivados de discrepancias ideológicas (políticas o religiosas). Quizás haya que entender que existe una comunidad plena entre padres e hijos en estas cuestiones; más bien, nos tememos, de lo que se trata es desinterés de todos por estos asuntos (dato ya apuntado en otras investigaciones).

A partir de estos resultados, podemos establecer tres grandes grupos entre los principales conflictos que se producen en el seno de las familias. Cabe destacar que las coincidencias entre las valoraciones de padres e hijos provocan que estos grupos sean idénticos en ambos casos.

  • En primer lugar tenemos los relacionados con relaciones y comportamientos externos, que incluyen los consumos de alcohol y otras drogas, las relaciones sexuales y las amistades de los hijos. Es decir, conflictos relativos a cuestiones relacionales y de comportamiento que se producen fuera del núcleo familiar (aunque, de uno u otro modo, incidan en él).

  • En segundo lugar, encontramos los conflictos relativos a la organización y las relaciones domésticas: cuestiones de relación y comportamiento dentro del seno de la familia, así como de cumplimiento de las normas establecidas en la misma; cuestiones como la colaboración en las tareas del hogar, la hora de levantarse de la cama, el dinero, los estudios, la hora de llegar a casa por la noche y la relación con los hermanos u otros miembros de la familia.

  • Finalmente está el grupo de conflictos relativos a las ideas y creencias, que incluye discrepancias relativas a ideas políticas o creencias religiosas.

Sólo los relativos a cuestiones de organización y relaciones domésticas alcanzarían porcentajes verdaderamente significativos: casi un 40%. Por su parte, los relacionados con comportamientos externos se situarían en torno al 9% y los referidos a ideas y creencias no llegarían al 4%. La coincidencia entre los porcentajes de padres e hijos es casi absoluta.

Para acercarnos a los conflictos desde otro punto de vista, parece apropiado acercarse a aquellas situaciones en las que la unidad familiar discrepa. Es decir, cuando los padres (padre y madre) y sus propios hijos o hijas muestran desacuerdo respecto a algún tema en concreto.

En las cuestiones relativas a la organización y las funciones de la familia, los asuntos respecto a los que se produce un mayor nivel de discrepancia entre los padres y sus hijos son los relativos a las consideraciones de ser una familia en la que todos están muy unidos y participan, y en la que las opiniones de los hijos son tenidas en cuenta en todo momento. Así, los hijos no están de acuerdo con la visión excesivamente optimista o benévola de sus padres, ni con los aspectos más endogámicos de esa visión (familia que tiene todo en sí misma y no necesita nada que no encuentre en ella). El promedio de desacuerdos en estas cuestiones entre los padres y sus hijos es de un 39%.

Destaca en las discrepancias referidas a aspectos relacionados con la comunicación en el seno de la familia, que éstas son mayores respecto al padre que respecto a la madre. Los aspectos en que inciden estas discrepancias hacen referencia a la incomunicación, la ausencia de confianza y las malas relaciones explícitas entre padres e hijos, en el siguiente sentido: los padres suelen ser más pesimistas frente a todas las cuestiones derivadas de los tres elementos mencionados, adoptando una cierta situación de queja continua.

En la propia percepción de los conflictos también existen discrepancias dentro de las propias familias: un 26% de promedio. Las más destacadas hacen referencia a la convivencia familiar, los estudios, el dinero, las tareas domésticas y los horarios de llegada a casa. Consecuentemente con lo ya expresado anteriormente, los padres enfatizan los conflictos domésticos, mientras los hijos hacen lo propio con los externos a la familia (drogas, alcohol, sexo...).

En función de los tipos de familias que planteamos en el capítulo correspondiente, la Familia conflictiva será la que presente mayor grado de discrepancias, seguida de la nominal, la adaptativa y, por último, de la Familia familista/endogámica. Esta ordenación en la gradación de las discrepancias se cumple tanto para los asuntos relacionados con la organización y funciones de la familia como para los relativos a la comunicación en el seno de la misma. Pero en la percepción de los conflictos observamos una alteración del orden que conviene señalar: en este caso es la Familia adaptativa la que presenta menores proporciones de discrepancias. La explicación podría residir en el hecho de que la manera en que se buscan y acuerdan las soluciones en las familias adaptativas pueda aproximar la forma en que unos y otros (padres e hijos) perciban los problemas, algo que reducirá la posibilidad de que se originen discrepancias en torno a esa visión.

Conviene señalar que no todas las discrepancias resultan igualmente arriesgadas. Respecto a las discrepancias relativas a la organización y comunicación de la familia, la posibilidad de que se produzcan conflictos será mayor cuando son los hijos los que se muestran de acuerdo con las valoraciones que reflejan el lado más negativo de la forma en que se produce esa organización familiar, o de la manera en que se establece la comunicación en el seno de su familia (o cuando se muestran en desacuerdo con las valoraciones más positivas). En relación con la percepción de los conflictos familiares, existirá mayor probabilidad de presentación de problemas cuando los hijos perciban dificultades que sus padres no ven (problemas externos: alcohol, drogas, sexo...), o cuando los padres señalen problemas que sus hijos no mencionan (problemas domésticos).

En definitiva, es la visión de los hijos la que, en la mayoría de los casos, determina el sentido de la discrepancia y la probabilidad de que ésta derive en un conflicto familiar. Así, no será tan malo el no estar de acuerdo como que el no estar de acuerdo se produzca porque los hijos nieguen una posición positiva de sus padres, o apunten una opinión negativa que sus padres no consideran. De igual forma, no resulta tan malo no estar de acuerdo en las soluciones a adoptar ante un conflicto, cuando las diferencias están determinadas por las vacilaciones y la indeterminación de cualquier búsqueda, como el hecho de que las diferencias se establezcan desde la rigidez y los posicionamientos inamovibles. Unos criterios paternos claros y evidentes al tiempo que críticos y flexibles, aunque supongan un desacuerdo de los hijos, no implican mayor potencialidad de conflictos en éstos. Por el contrario, la falta de propuestas de los padres parece ser vivida por los hijos como la máxima prueba de abandono del rol educativo que les corresponde y deben desempeñar.

Valores y sociedad de consumo

Cuando hablamos de valores nos referimos a lo que, individual o socialmente, entendemos como las definiciones de lo que se identifica como bueno o como malo, aceptable o rechazable, admitido o prohibido, así como el tipo de cosas que hay que hacer o hay que evitar; por las que vale la pena esforzarse, luchar y arriesgarse; los objetivos que perseguimos en la vida y la manera de ordenarlos y priorizarlos. Tales concepciones de lo bueno y de lo malo se incorporan a la manera en que se muestran las actitudes y conductas individuales, en el contexto de las relaciones sociales.

En estudios bastante cercanos en el tiempo ya pudimos comprobar como la jerarquía de valores sociales resultaba casi equivalente para la población joven y la adulta, con matices más derivados de cuestiones de diferenciación simbólica (cómo “debe ser” un joven o un adulto frente al resto para ser considerado como tal), que de diferencias operativas en lo que se refiere al significado último de los valores. Abordamos pues los principales elementos que definen la imagen y los valores de los jóvenes, algo que nos dará una imagen muy aproximada de la sociedad que los acoge.

Rasgos representativos

Analizamos la manera en que los y las jóvenes se observan como colectivo, a través de la valoración de una serie de calificativos como elementos reconocibles en la juventud actual.

VALORACIÓN DE LOS RASGOS QUE DEFINEN A LA JUVENTUD ESPAÑOLA

Hasta qué punto estos rasgos caracterizan a los chicos y chicas de hoy,

ordenados en orden descendente de la importancia concedida

(Escala: 1, nada importante; 10, muy importante)

MARCHOSOS

8.10

CONSUMISTAS

7.87

CON MUCHO ÉXITO SEXUAL

6.92

REBELDES

6.87

EN BUSCA DE LA FAMA

6.86

CONTENTOS CON SU SITUACIÓN, SIN QUERER SALIR DE SU CONDICIÓN DE JOVEN

6.82

PENSANDO SÓLO EN EL PRESENTE

6.80

DEPENDIENTES DE LA FAMILIA

6.79

SEDUCTORES

6.45

EGOÍSTAS

6.31

TRABAJADORES

6.26

INDEPENDIENTES

6.19

BIEN INTEGRADOS EN LA FAMILIA

6.10

HONRADOS

6.07

GENEROSOS

5.96

LEALES

5.95

CON POCO SENTIDO DEL DEBER

5.81

PARTICIPATIVOS

5.80

TOLERANTES

5.77

RESPONSABLES

5.73

SOLIDARIOS

5.72

CON POCO SENTIDO DEL SACRIFICIO

5.66

COMPROMETIDOS

5.42

MADUROS

5.30

En conjunto, podríamos decir que los jóvenes tienen una visión un tanto crítica de sí mismos, pues la mayoría de los rasgos que se podrían denominar como “positivos” reciben puntuaciones por debajo del 6 (generosos, leales, participativos, tolerantes, responsables, solidarios, comprometidos), mientras buena parte de los calificativos que están por encima responden a las características en torno a las cuales se tiende a definir a una sociedad “que ha perdido los valores” (consumistas, en busca de la fama, egoístas). También encontramos alguna excepción, como las puntuaciones (por debajo del 6) que reciben los rasgos con poco sentido del deber y con poco sentido del sacrificio, así como las recibidas (por encima del 6) por trabajadores y honrados.

Que marchosos ocupe el primer (y destacado) puesto, encaja perfectamente con el tipo de elementos que forman buena parte de lo que socialmente se entiende como característico de los jóvenes, fundamentalmente en torno a modelos concretos de ocio. Argumento reforzado por el hecho de que ocupen también puestos destacados valores como pensando en el presente (referencia al presentismo y al hedonismo) o contentos con su situación, sin querer salir de su condición de joven (referencia al conformismo, que también remite a situaciones de estabilidad, presentismo, incluso sobreprotección). La asignación de rebeldes, o con mucho éxito sexual, también compone lo que suele sobreentenderse como “juventud”.

Sí sorprende la escasa diferencia existente entre el valor dependientes de la familia (además reforzado por bien integrados en la familia, e incluso contentos con su situación), y el valor independientes, aparentemente contrapuestos y cuya distancia es de poco más de medio punto. Parece que estamos ante un doble concepto de dependencia/independencia, y no hay que descartar que haga referencia a unos chicos y chicas que viven con sus padres (“dependiendo” de ellos), pero haciendo lo que les parece (siendo por tanto “independiente”).

Es muy interesante comprobar como el último de todos, con bastante diferencia, es maduros. Parece indudable que el hecho de que la madurez sea lo que menos se atribuyen como jóvenes, supone la aceptación de una visión tópica de la juventud, desde la autocrítica y alrededor de lo que interpretan como un estado de general inmadurez: presentistas, hedonistas, conformistas, dependientes de la familia, etc.

En función de la edad podríamos decir que existe una tendencia general en los más jóvenes, en los adolescentes, a asumir en mayor medida los tópicos vigentes para la juventud. A medida que se crece, por un lado se va matizando y observando de forma más crítica la visión estereotipada.

Los valores

Nos detendremos en el análisis de los valores de los jóvenes: cuáles son las cosas que priorizan en la vida, cuáles son los valores asociados a la justificación de comportamientos, y cuáles los asociados a la asignación de recursos públicos a necesidades o colectivos concretos.

LAS COSAS QUE PRIORIZAN EN LA VIDA (valores finalistas)

Cosas que priorizan en la vida los jóvenes españoles,

ordenados en orden descendente de la importancia concedida

(Escala: 1, nada importante; 10, muy importante)

2006

Tener unas buenas relaciones familiares

8,64

Tener éxito en el trabajo

8,49

Tener muchos amigos y conocidos

8,36

Ganar dinero

8,29

Tener una vida sexual satisfactoria

8,21

Obtener un buen nivel de capacitación cultural y profesional

7,90

Disponer de mucho tiempo libre / ocio

7,85

Llevar una vida moral y digna

7,72

Cuidar el medio ambiente

7,47

Vivir como a cada uno le gusta sin pensar en el qué dirán

7,23

Respetar la autoridad

6,92

Respetar las normas

6,80

Preocuparse por lo que ocurre en otros lugares del mundo

6,26

Arriesgarse ante cosas nuevas e inciertas

6,24

Vivir al día sin pensar en el mañana

6,07

Hacer cosas para mejorar mi barrio o mi comunidad

5,92

Interesarse por temas políticos

4,37

Preocuparse por cuestiones religiosas o espirituales

3,70

Número de efectivos N =

1.200

En primer lugar, de forma algo destacada respecto a los demás ítems, está la importancia que se da a la familia o a "tener unas buenas relaciones familiares", y esta respuesta resulta unitaria y mayoritaria con independencia de la variable considerada (sexo, edad, inclinación política o religiosa, etc.). A continuación se sitúan objetivos que encajan en la idea de la “búsqueda de bienestar”, en los ámbitos laboral (tener éxito en el trabajo), social (tener muchos amigos y conocidos) y sexual (tener una vida sexual satisfactoria); todo ello, con el requisito de “ganar dinero”.

Respecto a años anteriores (op. cit; 2001), pese a que las tendencias generales se mantienen cuando la comparación la realizamos solamente entre los jóvenes, podemos señalar algunas variaciones reseñables:

  • Claro aumento en la importancia que los jóvenes dan a los valores más cercanos (familia, amigos, tiempo libre, vivir al día, vida sexual), pero también al éxito en el trabajo y la aspiración a una vida moral y digna.

  • Por el contrario, aunque en menor proporción, los valores altruistas y de acatamiento de las normas pierden algunos enteros en las prioridades de los jóvenes.

  • Mientras la dimensión religiosa sigue su descenso en la importancia de los jóvenes españoles, el interés por los temas políticos aumenta poco a poco.

Los datos apuntarían a una juventud que se siente más segura en el trabajo, respecto al que ya no preocupa tanto la dificultad para encontrarlo, como la calidad y precariedad del mismo. Pero, al mismo tiempo, estos datos denotan una juventud que se siente más insegura en el plano emocional y de las relaciones personales. De ahí la importancia de la familia y el grupo de amigos y el valor amistad.

Todos estos valores que priorizan los y las jóvenes pueden ser agrupados, en función también de sus propias respuestas:

  • Primero tendríamos un grupo de valores que encuadran a los que se interesan por los temas políticos, por lo que ocurre en otros lugares del mundo, y por hacer cosas por mejorar su barrio o comunidad; también destacan por preocuparse por cuestiones religiosas o espirituales. Globalmente son aspectos que se asocian al mayor interés por la cosa pública. En este grupo se sitúan con mayor peso los y las jóvenes de mayor edad, quienes viven solos, los estudiantes en licenciatura y diplomatura, y quienes viven en grandes ciudades.

  • El segundo bloque nos muestra a los jóvenes que priorizan la integración social, pues destacan en mayor medida que el resto la importancia de tener muchos amigos y conocidos, éxito en el trabajo y unas buenas relaciones familiares. Destacan jóvenes de menor edad, estudiantes de ESO, y habitantes de localidades más pequeñas.

  • El tercer grupo está formado por valores que priorizan el respeto a las normas y a la autoridad, así como el hecho de llevar una vida moral y diga. Mayor presencia en él de jóvenes que ya no están estudiando, y que son hijos e hijas de padres de clase media-media y media-baja.

  • El cuarto destaca por priorizar el “vivir al día sin pensar en el mañana” y “arriesgarse ante las cosas nuevas e inciertas”. Valores que están más presentes en las grandes ciudades, entre los quinceañeros, por tanto también en los que estudian la ESO. Es más sostenido por los chicos que por las chicas.

  • La última de las agrupaciones engloba las respuestas de los jóvenes que priorizan en sus vidas la vida sexual satisfactoria y vivir como les guste sin pensar en lo que dirán los demás. Destaca entre jóvenes de grandes ciudades, algo más entre los chicos y en familias de clase alta.

LA JUSTIFICACIÓN DE COMPORTAMIENTOS (dimensión ética de los valores)

Valores asociados a la justificación de comportamientos,

en orden descendente de justificación

(Escala: 1, totalmente inadmisible; 10, absolutamente admisible)

2006

Comprar discos, películas o videojuegos “pirateados”

6,68

Aplicar la eutanasia a aquel que lo pida

6,62

Que exista libertad total para abortar

6,41

Adopción de hijos por homosexuales/lesbianas

6,15

Hacer trampa en exámenes u oposiciones

4,40

Emborracharse en lugares públicos

4,25

Aplicar la pena de muerte por delitos muy graves

4,18

Que una persona se suicide

4,08

Fumar marihuana o hachís en lugares públicos

3,97

Hacer ruido las noches de los fines de semana impidiendo el descanso de los vecinos

3,60

Clonación de personas

3,37

Robar artículos en grandes almacenes o hipermercados

3,01

El exceso de velocidad en núcleos urbanos

2,26

Enfrentarse violentamente a agentes de la policía

2,24

Contratar en peores condiciones a un extranjero

2,12

Conducir bajo la influencia del alcohol

1,87

Romper señales de tráfico, farolas, etc.

1,82

N =

1.200

En primer lugar, entre los comportamientos claramente admisibles, justificables y aceptables, tenemos el comprar discos, películas o videojuegos pirateados, la libertad para la eutanasia y el aborto sin restricciones, así como la adopción de hijos por parejas de homosexuales o lesbianas. Estos tres últimos supuestos tienen que ver con la vida personal y privada de las personas, con la forma de gestionar el inicio y el final de la vida, así como con la decisión de una pareja (en este caso de homosexuales o lesbianas) de adoptar un niño o una niña.

En el otro extremo, de forma muy clara y rotunda, encontramos cinco comportamientos que son muy escasamente admitidos: el exceso de velocidad en núcleos urbanos, enfrentarse violentamente a agentes de la policía, contratar en peores condiciones a un extranjero por el hecho de serlo, conducir bajo la influencia del alcohol y, el menos justificado de todos, romper señales de tráfico, farolas, cabinas telefónicas etc. Son comportamientos incívicos y de carácter público que, en relación con los comportamientos que en mayor grado son admitidos por los jóvenes, apuntan una especie de ley general de los sistemas de valores éticos en la juventud española: permisividad, tolerancia, clara admisión y justificación ante la libre decisión libre de las personas en los comportamientos privados, a la par que rechazo ante los de rango público, aquellos cuyas decisiones trasciendan del ámbito de lo privado.

Observando la evolución entre 2001 y 2006 (aunque las tendencias generales son similares), podemos señalar algunas cosas:

  • La libertad total para abortar y, sobre todo, aplicar la eutanasia a quien lo pida, son los dos comportamientos de rango privado que, en mayor grado, han aumentado su justificación entre los jóvenes españoles. También los jóvenes justifican en ligero mayor grado, emborracharse en lugares públicos, al tiempo que se incrementa mucho más nítidamente la admisibilidad de fumar marihuana o hachís, siempre en referencia a hacerlo en lugares públicos.

  • Existe un pequeño pero reseñable deslizamiento hacia actitudes más permisivas, sobre todo en los comportamientos personales que no entrañen, directamente, un daño a la colectividad. La excepción a esta norma sería la menor justificación del suicidio.

  • La tendencia general a un aumento en la justificación de los comportamientos privados se ve reforzada por una mayor exigencia hacia los comportamientos que, directamente, tienen una incidencia colectiva. Aunque ligeramente, las actitudes de los y las jóvenes son menos permisivas respecto a actitudes como el exceso de velocidad en núcleos urbanos, conducir bajo los efectos del alcohol, hacer trampa en exámenes u oposiciones, o el ruido que causan las noches de fiesta impidiendo el descanso de los vecinos.

  • El aumento en la justificación de la pena de muerte por delitos muy graves es cuestión aparte, que muy probablemente hay que contextualizar en un momento en que España, además del terrorismo doméstico de ETA, tiene viva en la memoria la matanza de Atocha por el terrorismo islámico.

Cabe señalar que los más jóvenes de todos, los adolescentes, destacan por cierto “egoísmo” en algunas cuestiones que, quizás, vayan con la edad, como hacer trampas en exámenes y oposiciones o la algarabía en las noches de fiesta sin pensar en los vecinos.

LOS VALORES ASOCIADOS A LA PRIORIZACIÓN DE RECURSOS ECONÓMICOS

Existe un indicador que nos ayuda a conocer, desde otro punto de vista, cuáles son las prioridades vitales de las personas, que es lo mismo que decir los valores: el uso que hacen de su dinero. Lo que es prioritario en el ámbito privado puede serlo también en la priorización que se hace en la utilización del dinero público, y así se pregunta en las encuestas realizadas con este fin. Se propone a los y las jóvenes que escojan entre varias opciones o necesidades. Por un lado que señalen, de la lista propuesta, hasta 3 sectores en los que "reduciría gastos, si fuera absolutamente necesario"; por otro lado, de la misma lista, que indiquen otros 3 sectores, en los que "no reducirían gastos en ningún caso".

En caso de penuria en qué sectores se reducirían (si fuera absolutamente necesario), y en cuáles no se reducirían (en ningún caso) las ayudas

(máximo de cuatro respuestas).

SECTORES O COLECTIVOS

%

reducirían

%

no reducirían

Mejorar las alternativas de ocio

49,8

6,2

Mejorar los servicios locales: jardines, alumbrado, asfalto..

43,8

4,9

Las obras públicas: carreteras, embalses..

36,3

5,8

Ayudar a los presos y ex-presos para que se rehabiliten

35,3

7,4

La promoción cultural y deportiva: más teatros, bibliotecas, polideportivos..

32,8

7,7

Más y mejor policía para luchar contra la delincuencia

22,1

16,2

La mejora de la justicia: más jueces, más juzgados

21,3

11,4

La atención a los alcohólicos y toxicómanos

20,1

12,6

Ayudar a los inmigrantes sin trabajo, sin papeles, etc.

19,1

10,1

Impulsar la investigación científica en medicina, biotecnología, etc.

17,1

20,8

Ayudar a países pobres

14,0

15,8

Promoción y creación de empleo de mejor calidad

9,0

31,5

Ayudar a mejorar el acceso a la vivienda (compra/alquiler)

6,8

25,9

Mejorar la sanidad: más médicos, más hospitales

5,3

50,3

Ayudar a los pobres

5,2

20,2

La ayuda a los ancianos, minusválidos y niños abandonados que lo necesiten

4,6

54,2

Ayudar a las mujeres maltratadas

4,0

37,0

La mejora de la enseñanza: más escuelas, más maestros

-

39,3

NS/NC

3,9

1,5

Media de respuestas dadas: 3,70

Media de respuestas dadas: 3,83

Respecto a la reducción de ayudas se obtienen dos bloques perfectamente diferenciados. En el primer bloque, con la excepción de ayuda a presos y ex-presos, los jóvenes sitúan los ámbitos de carácter general: ocio, servicios locales, obras publicas, teatros y polideportivos. Exactamente lo contrario de lo que sucede en el segundo bloque, los sectores menos mencionados: aquí estamos ante colectivos personales con carencias o necesidades, mujeres maltratadas, ancianos, minusválidos, niños abandonados y gente pobre, así como enfermos (bajo la fórmula de ayuda a la sanidad), y a los propios jóvenes (bajo la fórmula de ayuda en la compra o alquiler de una vivienda, sin duda un problema de primer orden para la emancipación de los jóvenes). Se podría resaltar que, limitándonos a los colectivos concretos propuestos, los jóvenes empezarían por reducir sus ayudas a los presos y ex-presos, después a los alcohólicos y toxicómanos, inmigrantes sin trabajo ni papeles, a ellos mismos en tanto que jóvenes, a los enfermos, a los pobres, a los ancianos, minusválidos y niños abandonados y, a las mujeres maltratadas, último colectivo en el que reducirían ayudas públicas.

Esta clasificación queda confirmada si observamos los datos a partir de la segunda manea de preguntar: sectores en los que, en ningún caso, se reducirían las ayudas. Los ámbitos, necesidades o colectivos a los que en primer lugar se les reduciría las ayudas son ahora los últimos cuando se pregunta a qué colectivos o necesidades no se reduciría las ayudas, y al revés ocurre igual: los colectivos en los que, en último caso, reducirían nuestros jóvenes las ayudas públicas si no quedara más remedio, coinciden con los primeros en los que, en ningún caso, recortarían las ayudas.

A partir de la observación conjunta de ambas tablas podemos destacar, en líneas generales, algunas tendencias:

  • Se da prioridad a las personas con necesidades concretas (ancianos, minusválidos, niños abandonados, enfermos, mujeres maltratadas, etc...) sobre las necesidades genéricas (el ocio, los servicios locales, las obras públicas, etc...). También prioridad de los pobres (más que de los países pobres), la enseñanza y la promoción de empleo de calidad, así como las ayudas para el acceso a la vivienda.

  • Entre los colectivos concretos, las prioridades parecen dirigirse a las personas que están social y culturalmente próximas, como los ancianos, enfermos, minusválidos, niños abandonados…, dejando en un segundo plano a las personas socialmente “desviadas” (los presos y ex-presos, alcohólicos y toxicómanos, inmigrantes sin trabajo y sin papeles). Es decir, solidaridad enfocada primordialmente a los propios y similares.

El ranking de solidaridad diferencial según necesidades y colectivos concretos es similar en el conjunto de la juventud, con independencia de su edad. Sólo existirán excepciones cuando nos encontremos ante diferentes perspectivas y expectativas de los y las jóvenes atendiendo su edad: es lógico que sean los de más edad los más preocupados por la promoción y creación de empleo de calidad, así como por las ayudas para mejorar el acceso a una vivienda; en sentido contrario, los adolescentes son más sensibles a la reducción de ayudas en la mejora del ocio.

Una clasificación de los y las jóvenes en función de sus valores

No hay juventud sino jóvenes. Hay que partir de esa idea, y sabiendo que estamos hablando de colectivos muy diferentes cuando se analizan con rigor los comportamientos, actitudes y valores, y que si abordamos la realidad social desde la perspectiva de esos valores, encontraremos mayores diferencias entre los propios jóvenes que entre éstos y sus padres. Por ello parece necesario intentar acercarnos a esas diferencias, que es lo que pretendemos a continuación: intentamos distinguir una serie de grupos lo más distintos posibles los unos de los otros, al par que homogéneos internamente. Conviene señalar que esta tipología no es la única que se puede hacer de los y las jóvenes españoles, sino “una” de las posibles, elaborada a partir de nuestras variables y nuestros datos.

Una tipología de los jóvenes españoles (15-24 años), de 2006,

atendiendo a sus valores

Denominaciones

%

Ventajista/Disfrutador

19,75

Incívico/Desadaptado

10.91

Integrado/Normativo

32,67

Alternativo

15,25

Retraído

21,42

Total

100%

Grupo “Ventajista/Disfrutador” (19,75% de chicos y chicas)

Se trata de un colectivo que refleja lo que, para no pocos, suele representar a la juventud española en conjunto: el joven que sólo piensa en la juerga, en el disfrute, en pasárselo bien los fines de semana, bebiendo sin descanso, consumiendo drogas, sin preocuparle el ruido que pueda ocasionar, molestando a los vecinos e impidiéndoles el descanso nocturno; un joven que no tiene reparos a la hora de hacer trampas en los exámenes u oposiciones, robar en los grandes almacenes, conducir con temeridad en la ciudad etc. Pero, lo repetimos, estas notas no caracterizan a la juventud española sino solamente a uno de cada cinco jóvenes.

Son los de menos edad de los cinco grupos de nuestra Tipología, con muchos adolescentes entre ellos. Casi dos de cada tres son chicos. Provienen de una clase social más alta que la de la media poblacional, con una importante presencia de jóvenes de clase social media alta, con padres empresarios o altos directivos de empresas o de la administración.

A la hora de señalar las cualidades o rasgos que, a su juicio, mejor reflejan a la juventud, subrayan en mayor grado que los demás el calificativo de “marchosos”, pensando sólo en el presente, seductores, con mucho éxito sexual y en busca de la fama; por el contrario, describen a sus coetáneos como solidarios, comprometidos, responsables y tolerantes, en menor grado que el resto de los tipos.

Si en caso de penuria hubiera que reducir ayudas a diferentes colectivos o a determinadas necesidades concretas, estos jóvenes destacarían por solicitar que se reduzcan las ayudas a la mejora de la enseñanza, a los presos y ex presos, así como a los inmigrantes sin trabajo y sin papeles.

Las relaciones con sus padres son peores que las del conjunto poblacional pero son los que, en mayor grado, manifiestan estar satisfechos con sus amigos. Comparativamente a los demás, se aburren más que la media, curioso en un grupo definido por los rasgos de la diversión.

Grupo “Incívico/Desadaptado” (10,91% de chicos y chicas)

Es el grupo menos numeroso de los cinco. Destacan del resto al afirmar que no tienen importancia en sus vidas las buenas relaciones familiares, ni el éxito en el trabajo; tampoco ganar dinero o tener amigos y conocidos; ni llevar un vida moral y digna, respetar la autoridad o las normas sociales. También destacan por justificar, en mayor grado que los demás jóvenes, comportamientos como romper señales de tráfico, farolas, cabinas telefónicas, conducir bajo los efectos del alcohol o con exceso de velocidad en núcleos urbanos, así como enfrentarse violentamente a los policías; también emborracharse en público y, en otro orden de cosas, explotar laboralmente al inmigrante. Se sitúan consciente y voluntariamente fuera de la sociedad, en actitud de rechazo, incluso violento si se tercia, teniendo a gala no cumplir las normas sociales.

Tienen una edad algo superior a la de la media poblacional, con menos quinceañeros. Son unos pocos hombres más que mujeres. Un tercio de sus componentes vive ya fuera de casa, más del 20% con amigos y compañeros. Apenas se diferencian por su extracción social de la media poblacional. Hay claramente más estudiantes entre ellos, especialmente de diplomatura y licenciatura.

Son estos jóvenes quienes peor dicen llevarse con sus padres y con sus amigos o compañeros. Son también los que resultan ser los que en menor grado dicen divertirse y en mayor grado aburrirse. Destacan particularmente por señalar a la baja el reconocimiento de los jóvenes como independientes, rebeldes, consumistas, contentos con su situación y bien integrados en la familia.

De tener que reducir ayudas destacan por señalar que tal reducción se efectué en las ayudas a los países pobres y a las mujeres maltratadas.

Grupo “Integrado/Normativo” (32,67% de chicos y chicas)

Es el grupo más numeroso de los cinco, pues casi uno de cada tres jóvenes españoles está representado en él. Son los jóvenes que más integrados están en la sociedad en la que viven, quienes en mayor grado aceptan las normas, y que en menor grado que los demás aceptan incivilidades en la vía pública, algo que se refuerza con su consideración de que no debe hacerse ruido las noches de fiesta, impidiendo el descanso de los vecinos. Jóvenes integrados y normativos (al menos en la vida pública).

La composición sociodemográfica de los componentes de este grupo sigue la misma distribución de la del conjunto poblacional juvenil. Su edad es conforme a la del conjunto, así como lo es su ocupación. Respecto a la distribución socio profesional de sus padres hay una acentuación de la clase social media-media. Son el grupo donde la presencia de mujeres es mayor; y el único donde las mujeres son mayoría.

A la hora de valorar los rasgos de los jóvenes, en general, puntúan más que la media a casi todas las cualidades, destacando al alza determinadas cualidades positivas como la de ser honrados, participativos y solidarios (también “buscando la fama” y dependientes de la familia). Sólo identifican por debajo del promedio algunas cualidades claramente negativas: estar instalados en una adolescencia perpetua, y tener poco sentido del deber y del sacrificio.

En caso de penuria económica, este grupo destaca por su solidaridad con los países pobres y con los inmigrantes sin papeles y sin trabajo, y también por aceptar que se reduzcan las ayudas en la mejora de los servicios locales de jardines, alumbrado etc., así como en la promoción de teatros, bibliotecas y polideportivos.

Son los que mejores relaciones mantienen con su familia; así mismo tienen unas relaciones con sus amigos mejores que la resultante del conjunto juvenil. Se aburren en su tiempo libre claramente menos que la media poblacional.

Grupo “Alternativo” (15,25% de chicos y chicas)

Son, con diferencia, los jóvenes más implicados y que señalan en mayor grado la importancia de los temas políticos, y la necesidad de hacer cosas para mejorar el barrio o comunidad. Pero no al modo convencional (no a partir de la política “de partidos”). Son permisivos tanto con la moral privada (aplicar la eutanasia a todo el que la solicite, libertad total para abortar y para que una persona se suicide) como frente a determinados comportamientos relacionados con la moral cívica o pública (robar en grandes almacenes o hipermercados y, aunque en mucho menor grado, pero más que la media poblacional, romper señales de tráfico, hacer ruido las noches de fiesta molestando a los vecinos, etc.). Al tiempo son los más estrictos de todos los colectivos con la aplicación de la pena de muerte. Rechazan en mayor grado que la media juvenil la conducción temeraria de vehículos, sea conduciendo con exceso de alcohol en el cuerpo, sea haciéndolo a mucha velocidad en los núcleos urbanos. Destacan también por valorar más positivamente que la media “vivir como a uno le gusta” y “arriesgarse ante cosas nuevas e inciertas”. Justifican nítidamente la adopción de hijos por homosexuales y lesbianas.

Son los de mayor edad media de todos los grupos de nuestra tipología, con apenas un 5% de adolescentes de 15 y 16 años (son 17% en el conjunto poblacional). La distribución según el sexo y la clase social de origen es similar a la del conjunto. Cerca del 25% ya no viven con sus padres, y el 15% lo hace con amigos.

Subrayan en los jóvenes los rasgos de personas “con poco sentido del deber y del sacrificio”. Al proyectarse en el futuro laboral destacan al situarse como técnicos de una ONG, pintores, escultores, pianistas, etc., así como con profesionales de las ciencias humanas, sociólogos, psiquiatras, trabajadores sociales etc.; dejan en un muy segundo plano, en sus preferencias, ser directores de banco y tampoco se proyectan como esteticistas o peluqueros, militares de carrera o deportistas de élite.

En circunstancias de dificultades financieras reducirían prioritariamente la ayuda a la policía, a la promoción y creación de empleo de mejor calidad, a la mejora de la justicia, a la mejora de las alternativas de ocio y al impulso a la investigación científica; pero no reducirían la ayuda a los presos y ex presos, la atención a los alcohólicos y toxicómanos, la ayuda a los inmigrantes sin trabajo y sin papeles, ni la mejora de la enseñanza.

Mantienen unas relaciones con sus padres algo peores que los de la media poblacional aunque mejores que la de los componentes de los grupos primero (Ventajista/Disfrutador) y, sobre todo, segundo (Incívico/Desadaptado). Con sus compañeros, por el contrario las relaciones son algo mejores que las de esa misma media. Además, estos jóvenes son los que menos dicen aburrirse de todos.

Grupo “Retraído” ( 21,42% de chicos y chicas)

Este colectivo se define más por lo que no le caracteriza que por lo que le caracteriza, se define negando en vez de afirmando: “No” tienen importancia en sus vidas los temas políticos, tampoco los religiosos, “no” justifican fumar marihuana ni emborracharse en lugares públicos, “no” justifican robar en grandes almacenes ni enfrentarse a la policía, etcétera. De ahí la primera idea de denominarlos “retraídos”.

Además, frente a las cuestiones políticas y religiosas manifiestan su distanciamiento, no simplemente una benevolente neutralidad o indiferencia, lo que refleja a un joven que ciertamente no está interesado por la cosa publica y al que, menos aún, cabe denominar como comprometido. Tampoco se ve en este grupo ningún matiz contestatario o de rebeldía ante la sociedad, bien al contrario, se posiciona en contra de los consumos en público de marihuana, y de los excesos, también en público, con el alcohol, así como del robo en grandes almacenes, el exceso de velocidad en los núcleos urbanos, enfrentarse con violencia a agentes de policía, etc. Estamos, en consecuencia, ante un joven socialmente retraído, que deja que los demás se ocupen del protagonismo social; un joven bastante apocado, que vive retirado y relativamente encerrado en su propio mundo. Joven socialmente desimplicado pero integrado, lo que significa que no representa, en absoluto, un riesgo social aunque no se pueda contar con él prácticamente para nada. Simplemente se deja llevar por la corriente social.

La distribución de los componentes de este grupo, atendiendo a su edad, sexo y clase social, es la misma que encontramos en el conjunto poblacional. Muy hogareños, son los menos dados a la emancipación familiar; el dato es un tanto llamativo cuando constatamos por otro lado que en este colectivo encontramos la mayor proporción de jóvenes que han abandonado los estudios y se encuentran ya trabajando o buscando trabajo. Muy probablemente esto signifique que sean jóvenes que han decidido entrar pronto en el ámbito laboral, buscando rápidamente algún dinero suplementario al del estudiante y, sobre todo, manifestando un escaso interés por un futuro profesional exigente. Dicho sea esto con ciertas precauciones y sin generalizar al conjunto de componentes jóvenes del grupo, pues hay muchos que siguen los estudios.

En caso de penuria financiera destacan por apoyar la reducción en la ayuda a los presos y expresos y en la atención a los alcohólicos y toxicómanos, pero no a las mujeres maltratadas. Tampoco apoyarían la reducción en la ayuda a la policía en su lucha contra la delincuencia, ni a la promoción y creación de empleo de mejor calidad. Vemos aquí también dos de las notas de este colectivo: lejos del altruismo pero apostando por lo normativo.

Mantienen con sus padres unas relaciones que califican de satisfactorias, más satisfactorias que las que resultan del cómputo global; si bien las relaciones con los amigos sean menos satisfactorias. Dicen aburrirse más que la media juvenil en su tiempo libre.

Algunas reflexiones al hilo de la clasificación por grupos

Podemos clasificar a los cinco grupos de dos maneras: por un lado, según el mayor o menor grado de inserción en la sociedad de los jóvenes que componen cada uno de los tipos. Por otro, según su mayor o menor nivel, si no de compromiso sí, al menos, de implicación social.

Mapa de los cinco grupos de la tipología

El primer eje interpretativo situaría a los jóvenes según su mayor o menor integración y acomodo con la sociedad de la que forman parte. En este eje situaríamos, en un polo, a los jóvenes que, aún con ciertas dosis críticas, están razonablemente integrados en la sociedad española, o al menos no se manifiestan con actitudes y comportamientos de rechazo de sus instituciones. En el polo opuesto situaríamos a los que, indudablemente, no están contentos con la sociedad en la que viven.

En el polo de la integración situaríamos, en primer y preferente lugar, a los jóvenes que componen el grupo que hemos denominado Integrado/Normativo. También cabe situar en este polo de la integración social a los jóvenes del grupo que hemos llamado Retraído; aunque su retraimiento haga menos visible su inserción, no estamos ante jóvenes que se posicionen contra las instituciones, valores y modos de ser y estar de la sociedad española de hoy, aunque guardan frente a ella una cierta distancia, más de carácter personal que de signo ideológico. También situamos en este polo de la integración a los componentes del grupo Ventajista/Disfrutador, básicamente porque nada hacen que contravenga a lo que esa misma sociedad espera que haga un joven: juerguista de fin de semana, ventajista en lo suyo, etc. Nadie diría que es un joven que no forma parte integral de la sociedad. Bien al contrario forma parte, diría mucha gente, del paisaje social español, aunque representando lo joven. Obviamente es una exageración, pues hay otras formas de ser joven en la sociedad, pero es precisamente esa exageración la que confirma que estamos ante un joven socialmente integrado.

Si sumamos los jóvenes que componen los tres grupos del polo de la integración social, llegamos al total de 73,84% de jóvenes, tres de cada cuatro, de los que cabe decir que están razonablemente insertos e integrados en la sociedad española. Unos más que otros, unos más críticos que otros, pero todos acomodados en la sociedad.

En el extremo opuesto, en consecuencia, llegamos a uno de cada cuatro jóvenes de los que, lo menos que cabe decir es que no están cómodos en la sociedad y que son muy críticos con ella. En primer lugar situamos aquí a los jóvenes del grupo que hemos denominado Incívico/Desadaptado. En segundo lugar, aunque con un perfil muy distinto, cabe incluir en el este polo a los jóvenes del grupo Alternativo. Sumando ambos grupos obtendremos un 26,16% de jóvenes en nada integrados y claramente incómodos con la sociedad actual.

El segundo eje interpretativo sería el eje vertical, que sitúa en su parte superior a los jóvenes que se caracterizan por su activismo social, mientras en la parte inferior localiza a los jóvenes que se caracterizan por su pasividad social y su indiferencia ante lo público.

En razón de ese eje colocaríamos, muy claramente, en la parte superior a los jóvenes que conforma el Alternativo, que son los más activos de los cinco colectivos de nuestra tipología; jóvenes que, en mayo grado, manifiestan interés por los temas políticos y por lo que sucede tanto en otras partes del mundo como en su entorno cotidiano. También hay que situar en la parte superior de este eje, aunque no con tanta contundencia, a los jóvenes integrados y normativos. La suma de los jóvenes de ambos grupos nos da la cifra de 47,92% de jóvenes que, en grados diversos, cabe denominar activos frente a la estructura y a la dinámica sociales.

En sentido contrario, y posicionados en la parte baja del eje, encontraríamos al 52,08% de los jóvenes. Con total claridad, los de los grupos Incívico/Desadaptad y Ventajista/Disfrutador, y con total claridad también, aunque en menor grado, a los jóvenes que constituyen el colectivo que hemos etiquetado como Retraído.

Si atendemos a los dos ejes al mismo tiempo, la clasificación sería la siguiente:

  • Un 33% de jóvenes bien integrados en la sociedad aunque no demasiado comprometidos en el quehacer público. Son los que hemos denominado integrados y normativos.

  • Más del 40% estarían también bastante integrados en la sociedad y manifiestamente poco implicados en el quehacer público. En su fórmula más suave, en ambas características, tendríamos a los jóvenes retraídos, y a los ventajistas y disfrutadores (quienes “pasan” de lo que no sea su diversión).

  • El 15% de los jóvenes, los que conforman el colectivo Alternativo, son muy críticos con la sociedad en la que viven, y postulan activamente otro modelo de sociedad

  • El 11% del grupo Incívico/Desadaptado manifiesta también su disconformidad con la sociedad actual pero solamente de forma negativa, incluso violenta.

A medida que los jóvenes avanzan en edad, la dimensión crítica con la sociedad avanza también. Pero no son los más jóvenes, los del tipo Ventajista/Disfrutador, los más integrados socialmente puesto que sólo piensan en la diversión. La mayor o menor integración, y el sentido que adopte, es una opción que se va decantando en el tránsito de la adolescencia a la juventud.

De la variable género hay que decir que la feminidad casa más con la integración ligeramente más participativa, y que la masculinidad lo hace con una integración primaria y desenfadada, desinteresada por lo que suceda en su propio ámbito.

Los jóvenes socialmente comprometidos son los que, según sus propias estimaciones, acaban resultando ser los que más disfrutan de la vida, quienes menos se aburren; al mismo tiempo, parece cierto que quienes sólo piensan en sí mismos, incluso poniendo el disfrute como objetivo último, resultan ser, según sus propias palabras, quienes más se aburren. Así, los dos colectivos de nuestra tipología que más dicen disfrutar de la vida coinciden, y en el mismo orden, con los dos colectivos socialmente más comprometidos, los alternativos, seguidos por los integrados y normativos. En el extremo opuesto, los dos colectivos que más dicen aburrirse, son los dos más descomprometidos de los cinco: los jóvenes del grupo Incívico/Desadaptado resultan ser quienes en mayor grado dicen aburrirse, y los del grupo Ventajista/Disfrutador les siguen, situándose los retraídos entre esas dos posiciones.

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Capítulo 2.1. SOCIEDAD Y CAMBIO

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Podemos profundizar sobre la manera en que la familia aglutina los valores que la sitúan en lo más alto de la jerarquía social de valores acudiendo a Valores sociales y drogas (FAD, 2001), y a Hijos y padres: comunicación y conflictos (FAD, 2002). En ambas investigaciones se profundiza, entre oras cosas, en la manera en que la familia se sitúa, en lo más profundo de la conciencia colectiva, como el elemento que garantiza la seguridad y estabilidad necesarias para vivir en sociedad, siempre en lo más alto de las preferencias valorativas de los españoles.

Este primer bloque está basado en el artículo de Fernando Conde y Elena Rodríguez, “Crisis del modelo de pacto social” (La noche: un conflicto de poder, Revista de estudios de juventud, nº 54, Injuve, 2001).

Datos obtenidos de la investigación Hijos y padres: comunicación y conflictos (op. cit.)

Aunque, según el estereotipo social, las sensibilidades más bien deberían ir en el sentido contrario: se supone a los padres especialmente alertados por los problemas relativos al sexo, al alcohol o a las drogas.

Valores sociales y drogas, Megías, E. y otros, FAD, 2002.

Valores sociales y drogas (op. cit.)

Todos los datos de este capítulo están obtenido a partir de la investigación Jóvenes, valores, drogas (Megías, E; Elzo, J. -coordinadores-, FAD, 2006). Si bien los datos son recogidos entre jóvenes de 15 a 24 años, lo cierto es que no existen diferencias significativas entre los menores respecto al resto. De existir, serán señaladas en cada caso concreto. Conviene señalar también que la investigación de origen considera bastantes más variables que las que se recogen en este módulo. Para un análisis más detallado se recomienda acudir al citado estudio.

46

ACTIVISMO / COMPROMISO

Curso 2007-08

ALTERNATIVO

(15,25%)

INTEGRADO / NORMATIVO

(32,67%)

INTEGRACIÓN

NO INTEGRACIÓN

RETRAIDO

(21,42%)

INCÍVICO / DESADAPTADO

(10,91%)

VENTAJISTA DISFRUTADOR

(19,75%)

PASIVIDAD / INDIFERENCIA