Interpretación de los sueños; Sigmund Freud

Psicoanálisis. Deseo. Rebelión. Arrepentimiento. Premonitorios. Necesidad universal: Comprensión. Método interpretativo. Ello, superyo y yo

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Introducción.

Todos alguna vez en nuestra vida hemos oído hablar de las ciencias ocultas.

¿Quién no ha leído nunca su horóscopo en el periódico? ¿Quién no sabe lo que es el vudú, la magia negra, el tarot, la brujería, la cábala, la quiromancia? ¿Quién no se ha sentido nunca tentado de hacer la Uija o la ha hecho? El que esté libre de culpa que tire la primera piedra.

Todos, unos en mayor y otros en menor medida, nos sentimos atraídos por estas llamadas ciencias que nos hablan de cosas que no podemos explicar por nosotros mismos con pruebas refutables. E intentamos encontrar soluciones en estas ciencias que supuestamente pueden ayudarnos, conocen nuestro futuro y tienen las respuestas a todas nuestras preguntas.

Queremos hoy estudiar una de estas “ciencias”. La interpretación de los sueños. Esos sueños que nos abordan y que nos hacen despertarnos sobresaltados, emocionados, contentos, tristes, preocupados, y un sin fin de sensaciones que nos achacan al despertar de nuestro letargo.

Muchas personas se preocupan por estos sueños, por conocer qué significan, si hablan de su pasado, de su presente o, en el mejor de los casos, de su futuro.

De estas interpretaciones, de su origen y de los autores que han estudiado este tema hablaremos a continuación.

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Los sueños.

El sueño es uno de los muchos fenómenos que, bajo muchos aspectos, puede demostrar que el ser humano posee también un componente espiritual, que actúa por iniciativa propia y de una forma autónoma, y que se manifiesta cuando el sujeto duerme.

Mientras el cuerpo permanece insensible, no ve, no oye y ni siquiera tiene una percepción definida de que se encuentre vivo o muerto, su componente espiritual se despierta y empieza a llevar una existencia propia, autónoma que no se halla condicionada a la voluntad del protagonista.

Por el fenómeno del sueño se han interesado no sólo filósofos y pensadores, sino también médicos y hombres de ciencia, y todos se han esforzado en comprender por qué se sueña y qué pretende expresar el sueño.

Se haría excesivamente largo hablar detalladamente de este tema, por lo que en los párrafos siguientes nos ocuparemos sólo de lo esencial.

El sueño como deseo.

Una de las muchas motivaciones que se pueden dar al sueño podría ser buscada en la personalidad de quien sueña que, con el sueño, hace realidad deseos que no ha podido alcanzar en la vida diaria. El ser humano es, en su íntima conformación, una persona ambigua, por que posee dos personalidades. Y posee dos personalidades no sólo la persona equívoca, incorrecta y marginada, sino también aquella digna del máximo respeto, bien considerada y querida por todos. La nuestra podría parecer una afirmación atrevida pero no lo es porque, de hecho, todos tenemos dos personalidades (se refleja bien en nuestro pensamiento y en nuestra actuación en la vida cotidiana) y difícilmente se podrá refutar lo que estamos afirmando. La primera personalidad es la que podemos definir como externa, la que se manifiesta en nuestras relaciones con la sociedad y, en algunas ocasiones, incluso ante nosotros mismos.

La segunda personalidad es la que podemos calificar como interna, y jamás se manifiesta al exterior y, si lo hace, es de una forma muy rara y furtiva, porque nuestra moral nos obliga a mantenerla oculta.

Pues bien: el sueño entendido como deseo, tiene el poder de realizar la personalidad interna del individuo, esa personalidad que él mismo, en la vida de cada día y en sus relaciones con el mundo externo mantiene escondida y no quiere que nadie conozca, ni siquiera él mismo.

Por lo tanto, con el sueño el ser humano desarrolla un aspecto de su personalidad que no puede realizar en sus relaciones externas, es decir, cuando se encuentra despierto.

No puede poner al descubierto esta segunda personalidad, porque son muchas las razones que se lo impiden, siendo la primera, como ya hemos dicho, la moral, después, tal vez, el miedo, el remordimiento, el temor a un castigo. Pero, por encima de todo, existe una incapacidad subjetiva o un impedimento objetivo que obligan al ser humano a ocultar su segunda personalidad.

Con un ejemplo práctico aclararemos mejor este razonamiento.

Supongamos que un hombre es una persona íntegra que ocupa una posición relevante en el ámbito social y a quien, sin embargo, le gustan las chicas atractivas. Hasta aquí no hay nada incorrecto.

Supongamos a continuación, que este hombre es un respetado y temido dirigente que en su despacho recibe a personas que han de acudir a él; pero precisamente por el cargo que ocupa tiene que resolver cada situación con la máxima objetividad y ha de mantener la máxima seriedad y distanciamiento ante quien se le presente.

Supongamos que este directivo recibe la visita de una exuberante y atractiva muchacha, que reclama un derecho que no le corresponde y que el directivo, en forma intransigente, debe negarle de una manera rotunda. Bien: aquí se manifiesta una situación típica de la doble personalidad. El dirigente, en el fondo de su alma, querría satisfacer la demanda de la muchacha y, a ella, tal vez confidencial e íntimamente. Pero no puede; su cargo, la moral, su posición social se lo impiden. Por eso, durante el coloquio se muestra distante y desinteresado por el físico de la muchacha, como si se tratara de una descolorida solterona. Pero no acaba allí porque este directivo, como todos los seres humanos, puede soñar. Y el sueño más probable que tendrá tras este sucedido podría ser que mantiene relaciones amorosas con aquella muchacha, a la que en realidad, ha tratado con desapego.

En otras palabras este hombre realiza en sueños aquello que, por un cúmulo de circunstancias no ha podido llevar a cabo en la realidad.

El sueño como rebelión.

Veamos un segundo motivo, que en muchos aspectos coincide con los descritos en el párrafo anterior, por los que se puede soñar.

Cada uno de nosotros puede sufrir agravios o ser víctima de alguna injusticia y no poseer la fuerza necesaria, la capacidad o la oportunidad de rebelarse o de tomarnos la justicia por nuestra mano.

En estas circunstancias, es posible que la reacción que no se ha podido llevar a cabo en la realidad se efectúe en el sueño.

El sueño como arrepentimiento.

¿No le ha sucedido jamás haber provocado un perjuicio a alguien y no haberlo podido reparar, porque ha sido objetivamente imposible o porque su orgullo se lo ha impedido?

En este caso, son frecuentes los sueños en los que se verá en actitud de arrepentimiento o de sumisión.

El sueño como futuro.

Pero no todos los sueños son consecuencia de un hecho acaecido o que se desea que tenga lugar. Hay sueños que son la consecuencia de un hecho que aún tiene que suceder, un hecho que se diferencia, sin embargo, de los hechos comunes de nuestra existencia.

Con este tipo de sueños, el protagonista realiza lo que desea o lo que teme; en otras palabras, anticipa al presente lo que presume que sucederá en el futuro.

El sueño premonitorio.

También hay sueños que no tienen ninguna explicación lógica; no existe el menor nexo entre la realidad y la visión del sueño que le ha visto o le verá como protagonista. Muchas veces, estos sueños son anuncio de una cosa inesperada que puede suceder realmente. Este tipo de sueños son los que, mayormente, inducen a la reflexión.

Cómo pueden producirse este tipo de sueños, no puede explicarse mediante la razón. Cuando nos hallamos en ese mundo que forma parte del misterio, de lo oculto, de lo ignoto, ninguna mente humana, hasta el momento, ha sido capaz de encontrar una explicación.

Este tipo de sueño, inexplicable bajo el punto de vista racional, de hecho advierte a la persona de lo que le puede ocurrir.

Repercusiones del sueño

Hasta aquí hemos analizado los distintos motivos por los que sueña el hombre.

Entremos ahora en la consideración de los efectos que pueden tener los sueños en el ánimo humano. Las repercusiones posibles son dos: la primera negativa y la segunda positiva.

La repercusión negativa se produce cuando la visión del sueño no es agradable; el sueño produce turbación en el espíritu humano, lo sacude e, incluso, lo puede aterrorizar, procurando a quien lo sufre un imprevisto y brusco despertar. Este efecto, la mayor parte de las veces se produce en los adolescentes y en los jóvenes. Suelen tener los sueños más inusitados y horribles. Sueñan que se caen por un acantilado, que los persigue un monstruo que los quiere coger con sus zarpas, que se queman en un incendio, ven esqueletos, seres deformes y otras pesadillas por el estilo.

Estas visiones horribles dejan siempre su marca en el sujeto. Éste, al despertar, se siente aún presa del miedo y, muchas veces, lleva a la mente lo que ha vivido en sueños, como si quisiera revivirlo de nuevo, con la intención de vivirlo más a fondo.

En contraposición también hay sueños que tienen repercusiones positivas porque se trata de visiones agradables. Las visiones oníricas, en este caso, fascinan, relajan, apasionan, alegran; en resumen, complacen, y el individuo, en su subconsciente, siente deseo de repetir lo que ha hecho o visto en el sueño.

También este tipo de sueño, que muchos definen como maravilloso, permanece grabado en la mente humana. Al despertar, el sujeto puede encontrarse como en éxtasis, porque la fantasía quiere recordar los mínimos detalles de los episodios vividos en el sueño, con el intento de volver a sentir el mismo goce que lo invadió durmiendo.

Las razones de los dos tipos de sueño no se conocen en su aspecto científico, aunque sobre este tema existen numerosas teorías que, aun siendo discordantes, merecen cierta fiabilidad.

Las razones deberían atribuirse al estado de salud física y psíquica de la persona.

Si hay alguna cosa que no funciona bien en el aspecto físico o en la psique humana, generalmente tendrá pesadillas. Esto sucede cuando se está enfermo y se sufre, si se ha comido o bebido en exceso la noche antes, si se está agotado psíquicamente, si existen problemas familiares, si no se está tranquilo, etc. La mayor parte de las veces, este malestar o estas situaciones ingratas repercuten en los sueños y las visiones resultarán horribles.

Por el contrario, si la salud física y Psíquica del individuo es óptima, los sueños serán siempre felices.

La interpretación de los sueños.

Si hay una necesidad universal en el ser humano, ésta es la de comprender el mundo que le rodea. Comprensión que puede estar más o menos cercana a la realidad, en función del momento histórico y de las herramientas que para la investigación se tuviesen al alcance.

En tiempos históricamente lejanos, precientíficos, cuando se tenían que explicar los fenómenos naturales, se recurría a los dioses, espíritus o fuerzas incomprensibles, que pudiesen dar cuenta de ellos. La forma de pensamiento dominante era, pues, de tipo mágico. Lo que no quiere decir que fuese simple o poco estructurada, ya que su complejidad era considerable.

Al tener que abordar los sueños se hizo, como no, desde esa misma perspectiva. Y la explicación que se les dio, mágica, persistió a lo largo del tiempo. Incluso hoy día, época considerada como científica y tecnológica, hay amplios grupos que siguen sosteniendo este tipo de interpretación, en los que a mi parecer podríamos incluir, sin reparo alguno, a los psicoanalistas.

A lo largo de la historia, el hombre se ha preocupado de este extraño, gratuito y absurdo teatro nocturno que constituye el sueño. Desde siempre ha intentado hallar el sentido oculto que supuestamente esconden estos sucesos, en los cuales puede uno encontrarse con un muerto, una cosa resulta ser otra distinta y, de vez en cuando, es posible sorprenderse con la solución a un problema que, pese a haber hecho mil reflexiones en torno a él, parecía indisoluble. Y le ha dado a los sueños dos tipos de interpretación, en absoluto incompatibles entre sí, con lo que el sueño podría ser bien un consejo venido de algún espacio sobrenatural, o bien un aviso sobre el futuro, es decir, una profecía. Ya en el Antiguo Egipto se consultaba a los intérpretes de sueños. Pero en aquella época también había unos pocos que desconfiaban del mensaje contenido en los sueños, al igual que hoy día. Ésta es una polémica antigua, que continúa vigente.

Interpretaciones psicoanalíticas.

A pesar de que, generalmente, se habla de “psicoanálisis”, en singular, no existe un cuerpo de doctrina como tal, sino varios, por lo cual lo correcto sería hablar de “los psicoanálisis”. Hay muchas tendencias diferenciadas dentro del movimiento psicoanalítico, si buen todas tienen su origen, y por tanto algo en común, en la obra de Freud. Igualmente, hay diferentes formas de abordar la interpretación de los sueños, cada una de las cuales ha tomado algo del freudianismo, ha deformado otras partes, y ha añadido cosas ajenas a la obra original del creador del psicoanálisis. Por ello, primero realizaré un pequeño esbozo de lo que es el psicoanálisis para pasar posteriormente a reseñar tres de los métodos más relevantes de todo el psicoanálisis, aunque no son los únicos.

Qué es el psicoanálisis:

El psicoanálisis es un conjunto de hipótesis, coherentes entre sí, formulado en sus inicios por Sigmund Freud, que trata de explicar toda la realidad psíquica humana.

Sigmund Freud nació en 1856 en Moravia. Vivió en Viena y en Inglaterra. Estudió medicina desde 1873 a 1881, periodo en el que recibió fuertes influencias de Darwin, por un lado y de Helmhotz, por otro.

Freud colaboró con Josef Breuer en el tratamiento de “Anna O.”, una chica joven que había desarrollado un amplio abanico de síntomas histéricos. El interés que a partir de ahí desarrolló Freud por la histeria, constituye el origen de todo el psicoanálisis. Por eso, empezó a tratar histéricas en su consulta intentando averiguar todo lo que los síntomas histéricos ocultaban para lo cual utilizó la hipnosis, otro pilar del psicoanálisis: todo se debe a recuerdos traumáticos, olvidados y lejanos en el tiempo.

En el primer caso que tuvo de este tipo, apareció en él la sospecha, que luego convirtió en piedra angular de sus teorías, de que la sexualidad reprimida estaba en la raíz de toda la alteración. Pero los efectos beneficiosos de este tratamiento eran transitorios, duraban sólo mientras el paciente estaba en contacto con el médico. Por esto, Freud se convenció de que dependían de la relación personal, lo que se confirmó un día que, al despertar del sueño hipnótico, su paciente le echó los brazos al cuello. Intentó explorar el significado de este comportamiento y esta explicación y la inutilidad de la hipnosis como tratamiento, le llevaron a desarrollar un nuevo método, la asociación libre, y una nueva teoría, el psicoanálisis, basada en la existencia de recuerdos traumáticos de carácter sexual, de la infancia de sus pacientes.

Fue entonces cuando desarrolló lo que se conoce como su primer tópico: la mente humana estaría formada por el consciente, el preconsciente y el inconsciente a donde van a parar los recuerdos, impulsos y deseos reprimidos. Según él, los contenidos inconscientes pueden manifestarse de diferentes maneras, eso sí, disfrazados para que el consciente no los pueda reconocer y para que puedan pasar la barrera censuradora del preconsciente. Estas manifestaciones las encontró en los actos fallidos, en los chistes, en la mitología, en la literatura, la pintura, las alteraciones mentales y sobretodo en los sueños.

Posteriormente cuando comprobó que esta teorización era insuficiente, desarrolló el segundo tópico psicoanalítico: la mente se dividiría en “Ello”, donde residen los impulsos y los deseos, “Super - Yo”, formado por los códigos morales y censuradores, y el “Yo”, encargado de armonizar a los otros dos con la realidad; Pasando los conceptos de consciente e inconsciente a ser adjetivos, cualidades del material psíquico, que podría estar en cualquiera de las tres instancias anteriores.

En resumen Freud intentó buscar el mecanismo de formación de las histerias, tropezó con el parentesco entre éstas y las vivencias oníricas y desarrolló una teoría de las neurosis, de los sueños y de la mente humana. Todo a partir de un par de casos de histeria que trató. Así, su doctrina acerca de los sueños se cimienta en sus escasas experiencias con pacientes histéricas, y su teoría sobre la mente la concibió a partir de su doctrina acerca de los sueños. Tanto una como otra le condujeron a inventar el inconsciente, y a otorgarle un papel de agente causal en casi todas las actividades del hombre y a considerar los sueños como la vía regia de acceso a sus reprimidos contenidos.

El método interpretativo de Freud.

Freud opinaba que la idea popular que se tenía de los sueños, o sea, que quieren decir algo, estaba más próxima a la realidad que la opinión de la ciencia de su época. Para ello, tomó dos de las acepciones del término sueño. La que se utiliza como sinónimo de imposible y la que equivale a la expresión de un deseo uniéndolos en un solo significado: los sueños rebelan deseos imposibles, prohibidos y, por lo tanto, reprimidos. La misma razón que determinó su represión (su carácter sexual) impide que accedan a la conciencia, y si lo hacen en el sueño, es porque han sido disfrazados.

Así, diferenció el sueño tal y como aparece, disfrazado, al que llamó “contenido manifiesto”, del material inconsciente que en realidad lo provoca lo reprimido que denominó como “contenido latente”, y que sería el que el análisis permitiría poner al descubierto. Con ello, presupone que lo que hace el análisis es invertir el camino que lleva al contenido latente. La transforman en contenido manifiesto. Es decir, su método interpretativo, según él, es igual, pero a la inversa, al mecanismo disfrazador, y, por tanto, lo que el análisis descubre es, realmente, la causa del sueño.

Para Freud habría tres tipos de sueños. Por un lado, aquellos que son comprensibles y poseen sentido, que no sería preciso analizar. En éstos, no se diferencia el contenido latente del contenido manifiesto, puesto que son francas realizaciones de deseos. Serían los sueños típicos infantiles, y si se dan en los adultos, suceden como sueños de comodidad. Por otro lado, están los sueños que presentan coherencia y poseen sentido, pero causan extrañeza. Éstos sí que tienen un contenido latente y uno manifiesto. En consecuencia deben ser sometidos al análisis, si bien éste no será especialmente difícil. Y, finalmente, los sueños que carecen de sentido y son totalmente incomprensibles. La interpretación, en este caso, resultará mucho más difícil y laboriosa.

También postuló el mecanismo por el cual el contenido latente pasaría a transformarse en contenido manifiesto. Lo llamó “elaboración onírica”, y lo describió como formado por tres procesos. El primero era la condensación, que posibilitaría que varios elementos del contenido latente se fundieran en un solo elemento del contenido manifiesto. Aunque, a veces, un elemento latente podría manifestarse también en varios elementos manifiestos. Para que esta condensación pudiese llevarse a cabo, sería condición indispensable que los elementos a unir tuviesen alguna característica en común, que se aprovecharía para provocar una fusión en la cual los detalles contrarios, no comunes, serían destruidos. Aunque posteriormente también aceptó que se podían condensar elementos que no compartieran ninguna característica. Para que ello fuese posible, la misma elaboración podía crear esos detalles compartidos, aprovechando cualquier truco posible, como podía ser, por ejemplo, el doble sentido de las palabras, con lo que se facilitaría la condensación de cualesquiera elementos latentes. Al segundo mecanismo de disfraz lo llamó “desplazamiento”. Lo que esto permitiría es que la intensidad psíquica, la carga emocional, el acento afectivo, pasara de un elemento a otro injustificado, al que no le corresponde, con lo que se despistaría a la censura. Y, finalmente, la tercera forma de elaboración onírica sería la “represión”. Ésta es la responsable de la deformación del sueño, de que aparezcan contenidos falsos, que efecto de la mencionada censura que impide al material inconsciente pasar a la conciencia. Censura que, al dormirnos, se relajaría y permitiría que la conciencia acceda a material inconsciente. Pero no se relaja tanto como para dejar pasar lo inconsciente sin más, sino que es preciso que se dé el proceso de deformación, de disfraz, para que la censura no lo reconozca y le deje vía libre. Y al despertarnos, olvidaríamos los sueños porque la censura, al recuperar toda su fuerza, se daría cuenta del engaño, y los borraría de la memoria. Así, la censura sería responsable tanto de la elaboración onírica como del olvido de los sueños.

Si en un principio, todos los contenidos latentes eran deseos sexuales infantiles, cuando Freud desarrolló su segundo tópico complicó un poco más las cosas. Entonces, los sueños, además de manifestar deseos eróticos inconscientes, también expresaban pulsiones agresivas reprimidas. Y tanto unos como otros provenían del Ello, mientras que el responsable de su represión era el Super - Yo. Así, habría dos mecanismos represivos: el del Super - Yo y el de la censura.

El Super - Yo relegaría a la categoría de inconscientes los deseos prohibidos, peligrosos y amenazadores; y la censura se encargaría de impedir que se hicieran conscientes. Además de permitir la descarga, la catarsis, mediante la liberación momentánea de las pulsiones inconscientes, el sueño tendría, según Freud, una segunda finalidad: proteger el acto de dormir. Para ello, supone que el sueño impide la irrupción en la conciencia de estímulos, orgánicos o ambientales, que en lugar de despertar al sujeto, serían asimilados e incluidos en el sueño como un elemento más.

Las ideas (deseos) inconscientes pasan a convertirse en imágenes y éstas son las que conforman los sueños. Parte de este contenido visual estaría formado por símbolos, es decir, la idea se representaría, se simbolizaría en una imagen. Freud distingue dos tipos de símbolos. Los universales, que tendrían el mismo significado para todo el mundo, y por tanto no precisarían de análisis, ya que bastaría con conocerlos para efectuar una simple traducción. Con esto, Freud se convierte en el continuador de las ideas de Artemidoro de Daldis y otros adivinos pero con pretensiones de ciencia. Además, añade Freud que estos símbolos formarían los mitos, las fábulas, las leyendas, los chistes y el folklore; y darían cuenta de los “sueños típicos”, con el mismo significado, independientemente de quien fuera el soñador.

Y los símbolos individuales, con un significado diferente para cada sujeto, ya que serían el producto de la elaboración onírica, y por lo tanto sería el durmiente mismo quien los construye. Éstos sí que precisan de análisis, aunque lo mejor, dice Freud, es analizar todos los sueños con todos sus símbolos, puesto que a priori no se puede saber si un símbolo es usado por el sujeto como universal o como individual.

La teoría de los símbolos es el capítulo de la teoría de los sueños que más popularidad ha proporcionado a su creador. La simbología psicoanalítica se ha ganado a pulso mucho más que cualquier otro componente del psicoanálisis, un puesto de honor entre las fantasías contemporáneas. Es fácil entender cómo se articula la teoría de los símbolos dentro de la teoría general freudiana de los sueños. Hemos dicho que los sueños eran producto de la elaboración onírica, y que sobre ésta recae la tarea de disfrazar los deseos prohibidos, previamente excluidos de la conciencia, y que este disfraz, impuesto por la censura, consistiría en proporcionar una apariencia inofensiva a los “objetos insidiosos” de los deseos inconscientes. Esta configuración, aparentemente inofensiva, se convertiría así en símbolo del contenido insidioso, es decir, lo significaría. Dado que la mayoría de los deseos reprimidos son sexuales, casi todos harían referencia a los genitales, tanto masculinos como femeninos. Puesto que la conciencia no admite ningún argumento en el que éstos desempeñen un papel, la elaboración onírica los traduce, o sea, los simboliza, mediante objetos inofensivos. Bastaría con que recordaran remota y superficialmente a los elementos representados, como por ejemplo una pluma y un tintero. Es indudable que la simbología fálica freudiana ha tenido enorme éxito; a pesar de su escasa consistencia, ha devenido extensamente popular.

Los símbolos son para los freudianos objetos reales, con existencia propia, y constituyen representaciones de acontecimientos, inconscientes, que ocultan tras de sí. Esta simbología parece ser el núcleo central de la teoría de la “Interpretación de los sueños”, publicado en 1900, no incluyera ni una sola palabra acerca de los símbolos del psicoanálisis. El capítulo sobre símbolos fue escrito, poco a poco, en los veinticinco años siguientes. De todas formas, la exposición más detallada del simbolismo onírico no se halla en La Interpretación de los Sueños, sino en uno de los capítulos de la “Introducción al Psicoanálisis”.

Sólo unas cuantas cosas, decretó Freud se traducen en símbolos: el cuerpo humano, los padres, los hijos, los hermanos, el nacimiento, la muerte, la desnudez y sobre todo, los órganos sexuales, los cuales abarcarían la gran mayoría de los símbolos oníricos.

Freud estaba convencido de la validez y universalidad de sus símbolos, y siempre dispuesto a traducir directamente casa sueño en función de ellos aunque, paradójicamente, no recomendaba esta forma de proceder. Le era indiferente que al soñante le parecieran convincentes o no sus interpretaciones, él “sabía” que no se pueden poner peros a los símbolos. Incluso iba más lejos: si el paciente consideraba abusiva una tal interpretación, para Freud, esta postura contribuía a confirmarla. En la dialéctica psicoanalítica, rechazo es igual a oposición y ésta es la prueba de que hay algo que esconder. Lo oculto es precisamente aquello que ha sacado a la luz la interpretación que, como reprimido, es rechazado por el sujeto, en una manifestación más de la censura. Así, si el sujeto aprobaba la interpretación, la confirmaba, y si la rechazaba, también, con lo que cualquier reacción posible del soñador daba la razón a Freud y a sus interpretaciones.

Al final de su vida, en su obra inacabada “Esquema del psicoanálisis y otros escritos de doctrina psicoanalítica”, Freud le atribuyó al sueño la capacidad de reestructurar al Yo, de hacerle recuperar el equilibrio que mantiene con el Ello, el Super- Yo y la realidad.