Interpretación biológica de la moral

Moralidad. Animalidad. Instintos sociales. Hábitos. Presión social. Darwinismo. Darwin

  • Enviado por: Lucia Saieg
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 5 páginas
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Trabajo Práctico de

Filosofía

Profesora: Ana María Talak

Alumna: Lucía Saieg

Curso: 4° 2ª

Tema: Problemas de una interpretación biológica de la moral

-2002-

Darwin percibe el gradual mejoramiento de la humanidad en la esfera de la moral. Considera a la moral como un producto de la naturaleza humana.

La moral no está determinada por la razón, sino que surge de nuestros deseos, de los sentimientos morales, que son parte de nuestra naturaleza.

Darwin acepta que nuestros “instintos sociales” a veces entran en conflicto con los impulsos “inferiores”, y dice que “no hay motivos para temer que los instintos sociales se debiliten, y podemos esperar que se fortalezcan los hábitos virtuosos, que quizás quedarán fijados por la herencia. En ese caso, la lucha entre nuestros impulsos superiores e inferiores no será tan dura, y la virtud acabará por imponerse”

El hombre es un ser social por naturaleza, y la influencia de los hábitos y de la presión social es muy importante. Darwin considera un error sostener que las características adquiridas se pueden transmitir genéticamente. Esos son rasgos que no pueden aprenderse, surgen de mutaciones aleatorias y después son objeto de la selección natural. Pero sí reconoce que hay algunos instintos básicos heredados, tales como el deseo sexual, o el amor de una madre a un hijo.

Compartimos estos instintos con los animales, pero la moral nos separa de ellos; nuestro sentido moral es la diferencia más grande que hay entre

nosotros y los “otros” animales.

El cuestionamiento evolucionista y naturalista de la diferencia tajante entre lo humano y lo animal tiene un impacto potencialmente revolucionario en el alcance de nuestros sentimientos y actitudes éticas y políticas. Los etólogos y filósofos que defienden el concepto de inteligencia animal se han atrevido a llegar hasta las últimas consecuencias, que pueden sonar a extravagancias. Ellos pretenden hacer valer para los animales la calidad de sujeto moral o sujeto de derechos. Tienen el proyecto político de lograr que la humanidad reconozca derechos a especies cercanamente emparentadas con nosotros: los denominados grandes simios. El filósofo australiano Peter Singer, quizá el más conocido defensor de los derechos de los animales, ha firmado y publicado con profesores de diversas disciplinas un manifiesto y declaración de los derechos de los grandes simios. Allí exige que se les reconozcan derechos básicos como el derecho a la vida, a la libertad individual y a la integridad física (prohibición de tortura).

Una crítica obvia a este proyecto es que es por lo menos inoportuno ponerse a luchar por los derechos de los animales en un mundo donde tantos humanos, incluso niños, sufren la violación de sus derechos fundamentales y mueren, por ejemplo, de hambre. Esta objeción es legítima, si lo que quiere es introducir una discusión sobre prioridades. Pero ello implicaría reconocer a los animales sus derechos y reconocer que estos no pueden postergarse indefinidamente. Muchos científicos opinan que es hora de reconocer que en el orden moral sufrimos de un prejuicio en favor del Homo Sapiens. Damos por sentado que los humanos tenemos derecho a un tratamiento especial y prioritario sobre otras especies. La defensa de los derechos de los animales tiene al menos la virtud de invitarnos a reflexionar sobre este presupuesto.

Hay buenas razones para cuestionar las ideas de Darwin desde el punto de vista de la biología evolucionista. Dado que todos los seres vivos somos frutos del mismo árbol de la vida, es natural suponer que la inteligencia y la personalidad se manifiestan en grados diferentes a lo largo de la historia evolutiva. Siendo esto así, no puede ser una diferencia absoluta, sino una diferencia de grado, la que nos separa, por ejemplo, de los grandes simios, entre los que se cuentan los chimpancés, los gorilas y los orangutanes. Los humanos y los chimpancés compartimos más del 98% de nuestros genes y nuestro ancestro común vivió hace unos seis o siete millones de años. La idea de que nos separa una diferencia cualitativa absoluta, idea en la que se basan nuestras prácticas éticas y jurídicas actuales, se revela inadecuada en el momento en que pensamos en la cadena evolutiva que nos une.

Darwin, al igual que Hume, subraya la importancia que los seres humanos le damos a la opinión que los demás tienen de nosotros, y cree que la humanidad ejerció una gran influencia sobre la conducta de cada uno de sus miembros, desde los primeros tiempos de la historia del hombre.

Considera que los instintos sociales habrían sido adquiridos “tanto por el hombre como por los animales inferiores para el bien de la comunidad”.

El sentido de la moral está basado en los instintos sociales y al principio el hombre sólo se interesaba por el bienestar de su tribu.

Darwin se refiere a el amor desinteresado por todos los seres vivos como “el atributo más noble del hombre”, pero reconoce que los instintos sociales, junto a la simpatía, tuvieron que extenderse con “ayuda de la razón, la instrucción, y el amor o el temor a Dios”

Concuerda con la idea de la mejora progresiva de la especie humana, y recalca que las teorías del perfeccionamiento y el progreso están cargadas de supuestos morales. En la base de los instintos sociales, según Darwin, se encuentran los afectos “paterno-filiales”, que fueron adquiridos por medio de la selección natural.

Al oír hablar de la selección natural, rápidamente asociamos el significado del término con la idea de evolución biológica. La selección natural, es el concepto más importante de la biología evolutiva. Es más, su importancia trasciende el ámbito puramente biológico hasta el punto de constituir una de las ideas más fecundas del pensamiento humano. La idea de la selección natural es engañosamente sencilla, y decimos engañosamente, puesto que son muchos los que pensando que la entienden, la han malinterpretado o no la han captado en toda su profundidad. Darwin comentaba de su amigo T.H. Huxley, entusiasta seguidor y divulgador de la idea evolutiva, que él, Huxley, no tenía una idea exacta de la selección natural. Aún en la actualidad podemos decir que la selección natural sigue siendo malentendida por un gran número de biólogos. Puesto que la selección natural es el concepto nuclear de la teoría de la evolución biológica y como, por otra parte, es un proceso tan poco comprendido, se precisa de una exposición clara y exacta acerca de su significado y del papel que juega dentro de la biología evolutiva en particular y del conocimiento humano en general.

La evolución, a través de la selección natural, opera por medio de individuos. Darwin piensa que en las sociedades primitivas los más inteligentes y capaces de defenderse a sí mismos eran los que más descendencia tenían. Son los individuos los que compiten por recursos escasos, y la moral podría suponer un obstáculo. Si sólo sobreviven los más adaptados, y a veces la moral obstaculiza la supervivencia, es posible que la selección natural tenga incluso una predisposición contra la moral, pero Darwin prefiere creer que aunque la moral no sea una ventaja para el individuo, sí lo es para la comunidad.

La moral constituye a la cohesión de la sociedad. El sentimiento moral no puede formar parte de la naturaleza humana. Darwin no tiene ninguna teoría sobre los mecanismos de la herencia. No conoce los genes, las mínimas porciones de ADN que pueden replicarse y transmitirse. Todo ello le inhibe en su intento de explicar los orígenes de la moral.

Las variaciones genéticas que influyen en la conducta pueden extenderse con rapidez cuando se dan las circunstancias adecuadas. Por ejemplo, un anima que tiene el impulso de cuidar a sus crías tendrá más descendientes que otro que no se ocupe de ellas. Es más probable que sobreviva un niño que busca el cariño de sus padres que otro al que le es indiferente. El cariño de los padres y el amor del niño por ellos podría llegar entonces a formar parte de la naturaleza humana por medio de la selección natural.

Ninguna conducta que fuera claramente una desventaja para el agente podría estar bajo control genético. El altruismo no podría ser un rasgo heredado.

No está claro hasta qué punto podría estar controlado genéticamente un “sentido moral” muy desarrollado, para ello, Darwin, reconoce las limitaciones de recurrir a la biología en estos temas.

Podemos llegar a la conclusión que puntualmente los problemas son:

  • A pesar que la influencia de los hábitos y la presión social es enorme Darwin no puede sostener que las características adquiridas se transmiten por herencia.

  • La moral puede ser un obstáculo para la supervivencia individual.

  • No es posible que las virtudes se transmitan hereditariamente (y no mediante el aprendizaje). Si la moral no se hereda, entonces no pertenece a la naturaleza humana.

  • La moral (el altruismo, las virtudes) puede no ser una ventaja para la supervivencia del individuo, pero sí lo es para la comunidad.

Pero la teoría de Darwin explica la selección natural de diferencias individuales no de grupos.