Integrismo

Problemas sociopolíticos. Radicalización religiosa y política. Integrimos islámicos y en occidente. Relaciones con el tercer mundo. Represión

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¿ Qué es el integrismo?

La definición de integrismo consiste en identificar una fe religiosa o política con la forma cultural o institucional que pudo revestir en una época anterior de su historia. Creer que se posee una verdad absoluta e imponerla.

Esto supone un gran peligro para el desarrollo de las sociedades, pues si todas las comunidades se encerraran en sus verdades, tan sólo les quedaría la alternativa de la destrucción de la comunidad que no posee la verdad.

Es la intolerancia hacia otra cultura, pensamiento ideológico, político o religión. El principio es el dogma, algo contra lo que no se puede luchar dialogando o argumentando, una barrera difícil de franquear. Y si diálogo es lo contrario de integrismo, podemos hacernos una idea de la dificultad que existe para dialogar en el mismo plano de igualdad entre países del Tercer mundo y países desarrollados. Pues no nos engañemos, el integrismo surge a partir del abismo que crece cada día en los planos político, cultural, social, etc entre los distintos países del mundo. Son razones de desigualdades las que fomentan el integrismo. Por ello no se trata de luchar contra el integrismo en sí, sino contra las duras situaciones en las que se encuentran los países donde germina y crece como única esperanza para el porvenir.

El rechazo del integrismo islámico, no se realiza a partir de un Occidente cuya decadencia está anunciada, sino desde el interior mismo del Islam; desde las escrituras sagradas del Corán, donde se identifica el islamismo con la corrupción de la fe musulmana, bajo el signo de integrismo islámico.

Como dice el autor, el integrismo plantea un problema que tiene sus raíces en la economía y en la política. Pero también es un cáncer espiritual que amenaza a toda la civilización. El integrismo nació de la pretensión de Occidente de imponer su modelo de desarrollo y de cultura. Los principales componentes de este integrismo son : el inmovilismo, el regreso al pasado y la intolerancia.

PRIMERA PARTE: LOS INTEGRISMOS OCCIDENTALES.

1. El integrismo cientifista.

Tras el clericalismo ateo de Napoleón, aparecieron teóricos preocupados por dar fundamento ideológico al poder de los industriales y los ingenieros. Nacía una nueva religión, basada en el progreso y el desarrollo tecnológico. La ciencia se transforma en dogma. Las nuevas consignas son: orden y progreso con los que dar libre curso al nuevo orden industrial contra el Antiguo Régimen, e impedir nuevos cuestionamientos.

El totalitarismo científico no sólo ayuda a afianzar el poder sino que al tiempo impide el resurgimiento de la Iglesia. Se ingresa en la llamada era positiva, donde prima lo racional, lo científico y técnico.

La era positiva constituye el fin de la historia caracterizada por una religión definida, demostrada. Es el principio de la religión positivista, nueva y última religión de la humanidad. El positivismo de Comte no dejó de ser el postulado implícito de la enseñanza republicana.

La colonización ya no se justificaba por la difusión del Evangelio sino de la civilización científica y laica entre los pueblos primitivos, estantados en el estadio teológico. Esta política colonial descansaba sobre tres fundamentos:

Argumento económico: las colonias representan para los países ricos una ventajosa colocación de capitales. Abren nuevos mercados.

Argumento político: poseer bases en el mundo entero. No sólo se trata de estar presente en todos los continentes sino en aquellos lugares estratégicos.

Argumento humanitario: aportamos la civilización.

Jules Ferry define el postulado de todo colonialismo como la superioridad del occidente sobre los pueblos atrasados para los cuales no se pueden invocar los derechos del hombre. El integrismo occidental inconsciente y homicida, que desde hace cinco siglos sirve como justificación ideológica para todas las exacciones del colonialismo, desempeña una vez más su papel maléfico en la última aventura colonial hasta la fecha: la presencia americana en el Golfo.

Ella se presenta como la defensa de un pueblo soberano, víctima de una invasión, en nombre de un digno respeto por el derecho internacional. Cuando la inflación es obra de una gran potencia provoca una reacción muy distinta que cuando es obra de una país del Tercer Mundo. Las invasiones de los EEUU en Granada y Panamá o de Israel en Jerusalem se han inscrito en la tradición del bandidaje colonial de occidente, mientras que en el caso de Irak en Kuwait se trata de romper con los dictados del colonialismo occidental.

El final del dictado colonial instigó la intervención militar de los Estados Unidos, no para proteger a un pueblo o a un derecho sino para controlar la riqueza del Golfo, base de todo crecimiento occidental.

La política colonial del presidente Busch suscitó un vago integrismo en todo el mundo árabe, como reacción contra esta nueva agresión colonial. Condujo deliberadamente a una guerra de los ricos contra los pobres, una guerra que amenaza a todo el Tercer Mundo con la preservación de las relaciones coloniales y a todo occidente con la preservación de sus lazos de dependencia respecto a los Estados Unidos. Hecho que podemos seguir comprobando día a día en que, pese al encrudecimiento de la situación de la ocupación israelí en Palestina, la intervención de EEUU en Afganistán recientemente o aún más reciente las últimas amenazas al gobierno irakí una vez más con el mismo propósito velado por distintos argumentos, se comprueba como la comunidad internacional cierra reiteradamente los ojos, optando por un servilismo hacia el amo de occidente.

Esta situación a la que asistimos es la forma más insidiosa de integrismo: la creencia inviolable en la superioridad del Occidente científico y técnico sobre todos los demás modos de vida .Esta concepción positivista de una jerarquía de culturas y civilizaciones de la era teológica ha servido como fundamento ideológico para todas las políticas colonialistas llamadas de asimilación, que consistían en integrar una élite aborigen. El dogma de una evolución histórica lineal, cuyo objetivo sería la modernidad occidental, ha conducido no sólo a negar o destruir todas las demás civilizaciones, sino a empobrecer la civilización occidental misma, al permitir que se atrofie, en nombre del individualismo, la dimensión de la comunidad y en nombre del positivismo, la dimensión trascendental del hombre.

Como todos los integrismos, los dogmas de este cientificismo totalitario son arcaicos. El positivismo científico se basa en una concepción de la ciencia que ha pervivido hace más de un siglo: la concepción mecanicista de Comte, según la cual el mundo está constituido por conjuntos determinados que actúan entre sí según fuerzas, en un espacio inmutable y en un tiempo lineal, todo lo cual existe al margen del hombre y sus interrogantes.

En la primera mitad de este siglo, el desarrollo de las ciencias nos han hecho comprender, mediante el descubrimiento de la Teoría de la Relatividad y de la Física Cuántica, que no estamos ante el mundo como ante algo dado sino como una obra a crear, que nace constantemente.

El científico se ha transformado en una especie de superstición, de integrismo totalitario, fundado sobre el postulado de que la ciencia puede resolver todos los problemas. Lo que la ciencia no puede medir, analizar o predecir no existe, excluyendo dimensiones de la vida como el amor, el arte, la fe o los sentimientos, dimensiones que la nueva sociedad occidental comienza a echar en falta pues la mentalidad tecnocrática conduce a la destrucción del hombre y del planeta.

2. El Integrismo Stalinista

Los integristas falsos herederos de Marx, comenzaron con un contrasentido en la definición misma del socialismo científico. El término científico se tomó en el sentido positivista, es decir, la pretensión de alcanzar una verdad definitiva reduciendo el conocimiento al conocimiento de datos y leyes para extraer de allí una moral y una política.

Marx no contrapone el socialismo científico a la utopía. Marx jamás pretendió que el socialismo fuera la conclusión de un teorema. Marx enunció los principales temas del socialismo antes de abordar el análisis científico de la economía. El pensamiento de Marx es una filosofía crítica del conocimiento, teniendo conciencia de que lo dicho sobre naturaleza, hombre o dios está dicho por un hombre, con la influencia subjetiva de su bagaje y conocimientos mientras que el dogmatismo integrista se basa en la ilusión de instalarse en el ser y decir la verdad absoluta sobre él.

Para hacer del socialismo una ciencia era preciso situarlo en un terreno real. No se trataba de elaborar un sistema social perfecto sino de estudiar el resultado del desarrollo histórico económico y descubrir en la situación socioeconómica creada resultante los medios para resolver el problema, conflicto entre medios de producción y clases. Esta concepción del socialismo científico se distingue radicalmente del integrismo positivista de muchos epígonos de Marx.

Marx escribe: “el comunismo, abolición de la propiedad privada de los medios de producción, que es alienación del hombre, es, por ello mismo, apropiación real de la esencia humana por el hombre y para el hombre...”

A diferencia de Inglaterra, la Rusia de 1917 estaba tan poco industrializada que la clase obrera no era significativa. Una revolución en tales condiciones, no puede engendrar por la simple maduración de las contradicciones del capitalismo. No fue tampoco una revolución gestada mediante un largo proceso de maduración sino mediante un acto fulgurante en un momento coyuntural de contradicciones heterogéneas. Lenin fue en todo momento consciente del distanciamiento del esquema marxista. Lenin invierte el esquema revolucionario de Marx. Su propósito es tomar el poder político y bajo la dirección del partido crear a continuación las condiciones económicas del socialismo. La paradoja era hacer una revolución proletaria sin el proletariado (prácticamente inexistente).

Lenin era consciente de esta paradoja y de sus peligros, estaba convencido desde un principio de que, en un ámbito europeo ferozmente hostil que se proponía sitiar a Rusia, esta revolución no tendría tiempo ni posibilidades de ser fiel a su misión de liberación.

También tiene la misma preocupación por la democracia en lo concerniente a la educación y la cultura. Ello suponía que la revolución se podía desarrollar a un ritmo lento, en un ámbito favorable, y con la ayuda y el ejemplo de pueblos mejor preparados. Comprende entonces que su obra está condenada al fracaso.

Desde fines de 1921 a causa de su enfermedad, la situación se le escapa por completo. La revolución contra el capital de Marx, según la expresión del dirigente del Partido Comunista Italiano siguió la senda que tenía Lenin. Los sueños de democracia socialista se transformaron en condiciones análogas de contrarrevolución armada y de invasión extranjera, una forma de integrismo político exacerbada.

La necesidad de resistir ante la presión externa y de crear un poder igual al de los rivales condujo a dar prioridad absoluta a la industrialización en un país que aún la desconocía. El coste humano fue tan espantoso como el de industrialización del siglo XIX en Francia e Inglaterra.

La obsesión soviética de superar el retraso respecto de occidente y de transformar la URSS en una gran potencia industrial y militar dio por tierra con la finalidad humana del socialismo. La exportación de este integrismo que consideraba el sistema soviético como modelo único del socialismo, condujo a los partidos comunistas de Europa y del Tercer Mundo a un fracaso generalizado.

En Europa, el socialismo no podía ser la superación de un capitalismo subdesarrollado como el de Rusia de 1917. Y menos aún de la destrucción completa de un economía de mercado para imponer, desde arriba y por la fuerza una planificación voluntarista que no tenía en cuenta la realidad de las estructuras económicas y sociales. Encontramos allí el rasgo fundamental de todo integrismo: reducir un método, una fe, una política, a la forma que pudo cobrar en una época anterior de la historia. Este integrismo positivista suscita necesariamente reacciones de rechazo.

Si separamos la noción de integrismo de sus polémicas inmediatas su campo de aplicación se extiende a todo movimiento, religioso o político, que pretenda: esgrimir una verdad definitiva, imponer esta visión. Integrista es pues casi sinónimo de totalitario. El integrismo es una enfermedad que infecta a todos los movimientos políticos y religiosos de nuestro siglo.

3. El Integrismo Romano

  • EL INTEGRISMO ROMANO

  • El Concilio Vaticano II fue convocado por el Papa Juan XXIII para efectuar una modernización de la Iglesia, para que se abriera al mundo y respondiera a sus problemas y necesidades. Sin embargo, la jerarquía eclesiástica actual parece presentar los rasgos típicos de todo integrismo: retorno al pasado y voluntad de imponer su ley autoritariamente.

    En el plano social, con un retorno al conservadurismo impulsado mediante un lenguaje populista. Y contra la opción prioritaria a favor de los pobres.

    En el plano político, con un retorno al centralismo autoritario, más próximo al concilio de Trento o al Vaticano I que al Vaticano II

    En el plano cultural, con una concepción puramente occidental de la expresión de la fe.

    El mensaje sobre la misión liberadora de la Iglesia, que se desprendía del concilio Vaticano II, tuvo sus mayores ecos en América Latina. La teología de la liberación nació en los años 70 a partir de una situación histórica de miseria y opresión, y de las prácticas de las comunidades eclesiásticas de base.

    Esta ideología fue perseguida desde Roma, imponiendo al presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano y al secretario general de la Confederación Latinoamericana de Religiosos. También acabó con la independencia en la enseñanza de la teología en las universidades, vetando el nombramiento de determinados profesores, e imponiendo el de otros.

    La Iglesia propaga un mensaje universalista y centralizador, expresado en el lenguaje cultural de Occidente; y todo mensaje opositor, surgido desde el mismo seno de la Iglesia, es inmediatamente desautorizado por los sectores oficialistas, fundamentalmente el propio Papa, o más frecuentemente por el Cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (anteriormente llamada Congregación de la Santa Inquisición).

    Una teología atenta a la situación de dominación y a las prácticas comunitarias de las comunidades eclesiásticas de base que han resuelto tomar su destino en sus manos exige una inversión radical del enfoque tradicional de la teología. En vez de deducir una doctrina política a partir de los versículos bíblicos o una doctrina social de la Iglesia que invariablemente servía para sustentar el orden establecido.

    El retorno al constantinismo, es decir a la solidaridad de hecho entre la jerarquía eclesiástica y el poder, aunque se disimule, como los integrismos políticos, con un lenguaje populista destinado a las grandes manifestaciones masivas, va acompañado por una política romana centralista y autoritaria.

    El retorno al pasado es un retorno al centralismo romano.

    En su segundo capítulo, la constitución del concilio, luz de las naciones, definía la Iglesia como un pueblo, el pueblo de Dios, dejando en segunda posición, si fueran estrictamente necesarias, las funciones jerárquicas. No solo el nombramiento de obispos rebela esta corriente romana de centralismo autoritario, sino que todas las estructuras son recuperadas.

    La segunda manifestación de este centralismo autoritario subrayado por la Declaración de Colonia es la tutela ejercida sobre los estudios y las investigaciones teológicas. El retorno al pasado, en el plano de la cultura, es el resurgimiento del etnocentrismo occidental en la Iglesia, la expresión de la fe cristiana sólo en su forma occidental.

    Las directivas para la nueva evangelización, a la cual se invoca a los religiosos y religiosas, y que el Papa denomina una inculturación del Evangelio, siguen los lineamientos del pasado: no se trata de ver en el cristianismo una fe arraigada en las culturas y espiritualidades autóctonas para fecundarlas, llevarlas a una floración más elevada, y menos aún aprender algo de ellas. No, a los religiosos de Latinoamérica no se les asigna otra tarea que la de ser un apéndice en la historia tradicional de las misiones.

    En dicho contexto, la condena de la Teoría de la Liberación cobra toda su significación integrista. Este ataque injurioso contra los teólogos de la liberación manifiesta el sentido político de esta confrontación. Este desdén por los modelos occidentales testimonia que no se trata de una crisis de la fe, sino de una crisis de la cultura en que se expresa.

    Para comprender las formas no occidentales del integrismo, cabe preguntarse cómo las reacciones de rechazo ante un modelo integrista en decadencia, que se presenta como progreso, o como dotado de valor universal han cobrado la forma de una regresión y no de una superación.

    El colonialismo y el neocolonialismo eran una negación integrista de las

    culturas autóctonas. El integrismo de la identidad es una negación de esta negación: cobra así la forma de un rechazo total. La lucha contra el integrismo no se puede llevar a cabo a partir de nuestro propio integrismo, de esta certeza de superioridad de una cultura presuntamente excepcional y universal, a

    partir de la cual se medirían todas las demás. Su integrismo no se puede definir sino a partir de las coordenadas de su propia fe.

    La crítica del integrismo no puede ser eficaz si no se fundamenta en el conocimiento de la cultura y de la fe de los demás. Solo podemos ayudar al otro a comprender que aquello que denomina defensa integral de su fe y de su cultura es integrismo porque él identificó su fe con la forma cultural o institucional que ya cobró en etapas anteriores de su historia.

    Para nosotros occidentales la lucha contra el integrismo debe comenzar por nuestra autocrítica, por la toma de conciencia de nuestro propio integrismo y nuestra pretensión colonialista de creernos los amos del mundo.

    SEGUNDA PARTE: LAS CAUSAS DEL INTEGRISMO ISLÁMICO.

    4.- Las secuelas del colonialismo: el islamismo argelino

    Para el autor, en la actualidad, la fuente principal de todo integrismo es la opresión y represión de la identidad de una comunidad, de su cultura o su religión.

    Pone como ejemplo el nacimiento del integrismo en Argelia. El colonialismo francés, negó y destruyó los valores propios de los argelinos, fomentando la integración y asimilación de aquellos que aceptaban perder su identidad alentándolos y respaldándolos sistemáticamente; eran los elementos más retrógrados e integristas, los morabitos, colaboradores con el régimen.

    Cuando Argelia se liberó de los asimilacionistas coloniales, surgieron dos corrientes. La primera, en su variante soviética para la producción, llevó al gigantísimo industrial y despobló la campiña. La segunda, en su variante capitalista para la modalidad de consumo de los ciudadanos privilegiados, les llevó al endeudamiento.

    El doble fracaso de esta doble imitación se tradujo en un desempleo creciente para la juventud en un país con una alta demografía, lo que suponía una masa de desesperados presa fácil de demagogos.

    Con este trasfondo surgió el integrismo en Argelia.

    El segundo aspecto de este nacionalismo integrista disfrazado de renacimientos religiosos es el repliegue sobre el pasado. Ello significa, remontarse a un punto anterior a la ocupación francesa, y aún a la ocupación turca. No es tanto un retorno a los orígenes como un retorno a las formas, como expresión simbólica de pureza y puritanismo formalista, como es el ejemplo de las prohibiciones en la vestimenta o los rituales.

    Sin embargo, los grandes problemas quedan sin resolver, el desempleo, la desertificación, la servidumbre impuesta por las multinacionales, etc

    En lo concerniente al desempleo, la solución propuesta por los islamistas consiste en excluir a las mujeres del mercado laboral para entregar sus empleos a los hombres. Es algo parecido a lo que hace en la actualidad Le Pen en Francia, sólo que esta vez pretende acabar con el desempleo excluyendo a los inmigrantes en vez de a las mujeres. La proposición es igual de aberrante.

    Estos movimientos son presa fácil de potencias externas que los financian generosamente, siendo una forma fácil de tener controlada a la presa.

    5. La decadencia de occidente: el islamismo iraní

    La segunda fuente de integrismo es la decadencia moral de occidente, la cual brinda un pretexto para rechazar todo lo que no está en el pasado, y que permite oponer el rumbo espiritual del movimiento a la descomposición occidental.

    El modelo de occidente se basa en el desenfreno sin ley ni fe, que impone al resto del mundo bajo etiquetas de mundo libre, liberalismo, democracia, modernidad, etc. Es esta degradación moral de occidente la que impulsa a Irán a llevar a cabo la primera revolución no dirigida contra un régimen político, una estructura económica y social, sino, contra una civilización, la de occidente.

    A través de los años, este país de gran civilización, había visto, en el régimen del Shah, la negación y el rechazo de lo que había de más grande en su pasado islámico. El Shah, tuvo el respaldo de un ejército sostenido militar, técnica y financieramente por los Estados Unidos. Mantenía la inmensa mayoría de la población en una situación digna de hace un milenio, para provecho de algunos magnates vinculados con algunas empresas de occidente.

    La oposición sólo podía manifestarse en las mezquitas donde sólo los ayatollahs, los hodjtleslams o los simples mullahs denunciaban la corrupción del sistema. En estas prédicas morales se formaban los cuadros del movimiento revolucionario. Aquellos que el régimen había encarcelado, torturado y asesinado se transformaron en mártires de un Islam militante. La palabra mártir tiene una resonancia popular y religiosa profunda en Irán.

    Era una lucha contra el tirano y sus amigos extranjeros, mezcla de política y religión.

    La revolución iraní en su justo rechazo del modo de vida americano que le había impuesto el Shah, la emprendió primero con sus símbolos. Se trataba de eliminar las imágenes de exhibición de un mundo dominado por el dinero, se cerraron cines, se prohibieron revistas, se cerraron clubes nocturnos, etc, etc. Así nació la primera revolución dirigida contra la civilización occidental, combatida no sólo en sus perversiones o decadencias, sino también en su principio mismo.

    En cuanto a las respuestas de cómo pudo tal orientación moral generar el integrismo hay que señalar dos factores históricos: la tradición del imanato shiíta, que indujo a personalizar el poder; la guerra Irak-Irán, en cuyo curso el mundo entero se unió contra Irán, lo cual indujo a radicalizar el régimen.

    La principal novedad que aparece con la revolución islámica en Irán es que la sacralización de la política servía hasta entonces al despotismo de los príncipes y las clases privilegiadas, mientras que el movimiento islámico contemporáneo ha librado al Islam del imperio de la clase gobernante.

    Este aspecto revolucionario despertó el temor y el odio de todos los poderes constituidos del mundo. Lanzaron a Irak a la guerra y constituyeron una coalición general contra la revolución iraní. En esta guerra total lanzada por Saddam Husseim, a instancias de los Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia proveyeron las armas al agresor. Arabia Saudí y los países del Golfo pagaron las deudas de Irak y la Liga Árabe llegó a designar a Irán como enemigo principal.

    Se satanizó el fanatismo y el integrismo iraní, dando gran difusión a actos como las manos cortadas y otras torturas mientras se acallaban los mismos actos realizados bajo orden constituída en lugares como Arabia Saudí, diferenciando así quienes denuncian la decadencia de occidente y quienes se asocian a ella.

    6. El integrismo israelí y los integrismos del cercano oriente

    El tercer factor que contribuyó al desarrollo del integrismo fue la política de los dirigentes israelíes, que continuó el nacionalismo y colonialismo de occidente. Se crea un Estado basado en los principios más arcaicos, donde fundamentan su política de permanente agresión , expansión y colonización de territorios ocupados. Se organiza a partir de una concepción confesional y racista del Estado.

    El estado de Israel brinda un típico ejemplo de integrismo, pues reivindica Palestina en nombre de una concepción regresiva y tribal de la religión: los dioses que ceden las tierras a las tribus que las honran.

    Blandiendo la Thora como un título de propiedad cuyo signatario es Dios, los rabinos integristas brindan el pretexto ideológico para la expulsión y matanza de los palestinos, musulmanes o cristianos autóctonos. Este terrorismo de estado que actúa impunemente con el respaldo de los Estados Unidos, y a la complicidad y últimamente ojos y oídos vendados de la comunidad internacional.

    Por último, el Estado de Israel cuenta con la participación de todos los judíos y todas las organizaciones judías en la edificación del Estado. Es un clara politización de la religión y la sacralización de la política, dos características claves como hemos visto anteriormente del integrismo.

    El resultado es que en los pueblos musulmanes se ha originado la sensación de un complot mundial y de un cercamiento, hospiciado por los EEUU y con una campaña periodística sistemática a favor del espíritu de cruzada contra el Islam, lo que favorece paradójicamente una atmósfera de sectarismo integrista en los países musulmanes.

    7. El integrismo saudí y los hermanos musulmanes

    La cuarta y, desde hace quince años, la principal fuente de integrismo es la preponderancia de Arabia Saudí en el mundo musulmán gracias a sus recursos petroleros. Los dirigentes saudíes pueden, gracias a sus inmensas riquezas, financiar en el mundo entero movimientos islámicos para servir a sus designios. La preocupación esencial de los dirigentes saudíes consiste en camuflar su total sumisión a occidente.

    En realidad, lo que teme el rey Fahd no es la invasión sino el contagio. Porque su monarquía es la viva imagen de la monarquía kuwaití. Todos los ministros son miembros de la familia. Pero aquí ni el pueblo ni la nación desempeña papel alguno en el estado. Ni siquiera una ficción parlamentaria o electoral, o al menos una constitución. Este régimen sin raíces populares y sin sostén político sólo se mantiene gracias a la protección inglesa y, en la actualidad americana, a cambio de ejercer un papel fundamental como agente de la CIA en Oriente Medio.

    La dinastía de los Saud enmascara este vasallaje hacia los Estados Unidos mediante una ostentosa defensa de lo que ellos denominan Islam: la observación puntillosa de los ritos despojados de toda interioridad, una lectura literalista y reaccionaria del Corán y respeto ciego por tradiciones que implican la veneración incondicional del poder y de sus doctores de la ley. Envían al mundo gran cantidad de imanes para dirigir las mezquitas. Los principios son: dogmatismo, literalismo y oscurantismo. Financian mezquitas lujosas y gransiosas que lejos de acercar el Islam a los no musulmanes, los encierran en guetos donde se cultiva la diferencia, donde se fomenta el aislamiento y la desconfianza, en un ritualismo sin alma calcado al modelo saudí.

    El ejemplo más típico de la degradación de todo lo que podría preparar la renovación de un Islam viviente es la historia y la evolución de los hermanos musulmanes. El egipcio Hassan El-Banna funda en 1928 la organización para devolver al Islam su primitivo dinamismo, más allá de los siglos en que se aplicaron al Islam imágenes y definiciones que fueron utilizadas de manera nociva.

    Lejos de todo sectarismo, Hassan El-Banna hace entrar cristianos en sus organismos dirigentes, sin confundir modernización con occidentalización. Se trata de crear un estado basado en la justicia social.

    En 1948 se alía con los comunistas y con el movimiento socializante “Egipto Joven”, para combatir la dominación inglesa y al gobierno colaboracionista.

    Cuando Hassan El-Banna fue asesinado toma el poder Nasser, constituyendo dentro de los hermanos musulmanes la base popular necesaria para su éxito. Nasser, futuro campeón del no alineamiento, busca en 1952 aproximarse a occidente. En julio de 1954 firma un tratado con Inglaterra, concentrando en sus manos todos los poderes. Los hermanos musulmanes son duramente reprimidos. En los años 60 hay una reorientación hacia los Hermanos que han vuelto del exilio e ingresan en la política, el comercio o como consultores de los bancos islámicos. Los integristas dan del Islam la imagen que desean darle sus peores enemigos.

    Difundida por Arabia Saudí, la obra del paquistaní Mawdudi, uno de los teóricos más influyentes del islamismo integrista, definió la política islámica según cuatro principios: poder fuerte a los doctores de la ley, sumisión del pueblo a este poder, sistemas de pensamiento moral impuestos por ese poder, retribución y recompensa a quien a plica sus reglas.

    Como termina el autor, no hay mejor modo de definir el integrismo.

    TERCERA PARTE: EL DENOMINADOR COMÚN DEL INTEGRISMO ISLÁMICO

    8. La shari´a confundida con el figh

    El denominador de las variantes actuales del integrismo se inspiran en tres modelos: los hermanos musulmanes, la comunidad islámica de Mawdudi y la revolución islámica de Irán. Todas exigen el respeto por la tradición: la sunna.

    Todas ellas exigen el respeto de la tradición: la sunna del profeta, o modo de actuar de Dios. Dice el profeta: “Cuando os doy una orden concerniente a la religión, aceptadla. Pero cuando os dé una orden concerniente a los asuntos mundanos, no soy más que un hombre.” La noción de sunna del Profeta, que otorga sistemáticamente un valor normativo a los comentarios -hadiths- que se le atribuyen, se introdujo fuera del Corán y después de la muerte del profeta ubo una inflación de haiths. El integrismo reposa sobre una confusión permanente entre la libertad responsable del hombre y la necesidad del orden general querido por Dios, entre la ley moral de Dios, la Shari´a, y la jurisdicción de los poderes, fiqh, entre la palabra de Dios y la palabra humana.

    El Corán es una convocatoria religiosa y moral y no un código jurídico. Subraya, que la moral está por encima del derecho, y el amor por encima de la ley. La palabra shari´a aparece una sola vez en el Corán, significa camino. Designa pues una orientación moral universal y no una serie de prescripciones jurídicas vinculadas con situaciones históricas que no cesan de cambiar. En todas sus variantes, los términos shari´a tienen por raíz el verbo shara´a: dirigirse hacia un manantial. Esto es muy distinto de las prescripciones jurídicas elaboradas por los hombres a partir de estos principios, en cada época y dentro de cada pueblo, para organizar la vida en sociedad, y que constituyen aquello que los juristas musulmanes denominan fiqh.

    El Corán brinda, según las circunstancias, múltiples ejemplos de respuesta sucesiva y diferentes a un mismo problema, pero siempre inspirado por el mismo designio divino. Estas abrogaciones de versículos implican nuevas directivas en función de las nuevas estructuras. La abrogaciones tienen por objeto alcanzar el mismo fin cada vez que una realidad nueva impone un cambio de los medios. El hecho mismo de la abrogaciones implica una verdadera ley de evolución de las normas jurídicas a partir del principio moral inmutable.

    En síntesis, cada versículo del Corán es una respuesta divina a un problema concreto, y ello no implica cuestionar el carácter divino de esta revelación, sino situarla en un momento de la historia, de una cultura, de la vida de un pueblo.

    El integrismo, pretendiéndose propietario del Islam, reserva a los ulemas y fuqahas la interpretación del Corán y de la tradición, negando a los pueblos que ellos manipulan una participación real en la construcción del futuro. El Islam no es un recetario de soluciones prefabricadas. Es una fuente. Sus principios pueden orientar la reflexión y la búsqueda empeñosa de nuevos caminos para salir de las decadencias impuestas.

    9. ¿Renacimiento del Islam?

    Todo renacimiento del mundo islámico sólo puede comenzar mediante un cambio radical en la enseñanza de la religión: los ulemas, los doctores de la ley y su perversión de la Shari´a, transformada en formalismo legalista, son, junto con los príncipes a quienes sirven, totalmente responsables de la marginación del islán a través del integrismo.

    Nada se hará mientras que no se le arranque a esta oligarquía el monopolio de la interpretación, el derecho a manipular a millones de creyentes y de crear, en tierras del Islam un desierto intelectual. El mensaje fundamental del Corán consiste en convocar a cada musulmán a reflexionar personalmente y sin la mediación de un clero.

    CUARTA PARTE: ¿CÓMO COMBATIR EL INTEGRISMO?

    a) Lo que no se debe hacer:

    Quizá primero debamos reflexionar sobre lo que no se debe hacer: ni concesiones, ni distracciones, ni represión.

    10. Las concesiones.

    Las concesiones nacen del error que consiste en creer que, al tomar prestada al integrista alguna de las tesis que los han llevado al éxito, será posible reducirle la clientela. Ante el integrismo político de Le Pen, todos los partidos franceses han seguido esta senda que consiste en aceptar sus reglas de juego y situarse en su terreno.

    Le Pen presenta malas respuestas para auténticos problemas. La pregunta fundamental de Le Pen es la siguiente: ¿Podremos resolver el problema de desempleo en Francia expulsando a los trabajadores inmigrantes? Lo mentiroso y perverso de la pregunta consiste en asociar el problema de desempleo con el de inmigración. Por otra parte, es una realidad económica en el mundo entero que el desempleo no está en función de la superpoblación. La verdadera cuestión es cómo revitalizar una economía que responda a las necesidades reales del pueblo francés, sin dedicar la cuarta parte del presupuesto de Francia a armamentos inútiles.

    Vemos las mismas concesiones y confusiones en Jacques Chirac.

    Semejante discriminación solo puede alimentar los fanatismos de ambos extremos: si la integración exige la destrucción de la identidad cultural, obligamos a los inmigrantes a optar entre integración o un integrismo cercado por la intolerancia.

    11. Las distracciones

    Las distracciones no desvían de los problemas reales: los planteos políticos tienden a escamotear los verdaderos problemas, haciendo creer que el racismo el criterio político que permite situar a los franceses a la derecha o a la izquierda. El racismo no afecta a un francés de cada mil. Casi la misma proporción que el integrismo entre los inmigrantes. Esta polarización artificial es muy provechosa para Le Pen. Es significativo el crecimiento paralelo de Le Pen y de S.O.S. Racismo.

    Hitler y el nazismo, expresión suprema del integrismo, no nacieron sólo del hecho de que un hombre especulara sobre las humillaciones y miserias impuestas al pueblo alemán, como hoy las revueltas e integrismos del tercer mundo nacen de las humillaciones y las miserias impuestas por las políticas de ajuste del FMI y del Banco Mundial.

    Para Hitler el racismo era sólo un pretexto para alcanzar sacando partido de las crisis económicas. Era una revolución de nihilismo que podía darse en la descomposición de todos los valores y atraer a millones de desesperados convertidos en tales por la ausencia de perspectivas. El nacionalismo y el racismo no eran para Hitler sino el ropaje de su designio de dominación. El judío era identificado por las altas finanzas pero también con el bolchevismo.

    12. La represión.

    Un ejemplo típico de la perversión del método represivo: tomando como pretexto un crimen cometido contra tumbas judías, para defender a los inmigrantes y pretendiendo atacar sólo a Le Pen, se asesina la libertad de prensa y de investigación histórica.

    b) Las verdaderas soluciones:

    13. El problema de los inmigrantes: integrismo e integración.

    El periodo de inmigración más masivo va desde fines de la II G.M., en 1945, hasta comienzos de la crisis económica de 1974.

    Tratar de inventar un nuevo porvenir en vez de sufrir los arrastres del pasado es admitir que el problema de la inmigración es sólo un caso particular del problema central de nuestro tiempo: el de las relaciones con el Tercer Mundo. Para abordar seriamente los problemas del porvenir, es preciso evocar las causas de la inmigración, que han conducido a la situación actual, y hacer balance de la situación.

    Tres razones principales condujeron a Francia, con el propósito de asegurar su reconstrucción, a recurrir a miles de extranjeros. En primer lugar, las pérdidas de la guerra y la endeble tasa de natalidad. En segundo lugar, los empleos más ingratos no hallaban más candidatos franceses. En tercer lugar, la desintegración de los países colonizados y la miseria que resultó de ello imponía la emigración de las masas sin empleo.

    En 1973 la coyuntura económica se invirtió. Por lo demás, con la natalidad en fuerte aumento, en Francia se presentaron en un mercado laboral en plana recesión. Abordando los problemas de manera unilateral, sólo en función de sus propias necesidades, el gobierno decidió suspender la inmigración, procurando rechazar los trabajos de los inmigrantes.

    En su inmensa mayoría, los franceses no han recibido ninguna educación que les permita comprender estos problemas, ni por la enseñanza de los manuales escolares, ni a través de los medios, cuya labor tiende más a la manipulación que a la información. Se trata de crear un reflejo condicionado de rechazo para hacer creer a los franceses que la expulsión de los trabajadores inmigrantes resolverían los problemas de desempleo.

    El gobierno adoptó en 1967 una política llamada de ayuda al retorno. Consistía en dar una suma de 10 francos a cada trabajador inmigrante, a condición de que abandonaran Francia a los 2 meses. En la mayoría de los casos, los resultados fueron reprobables.

    14. El cambio necesario en nuestras relaciones con el tercer mundo.

    Estos problemas de cultura y de diálogo entre cultura implican un cambio radical de nuestras relaciones económicas y políticas con el tercer mundo, cambio que sólo será posible mediante un verdadero diálogo.

    Para establecer relaciones con el tercer mundo que no generen reacciones de repudio e integrismo, conviene adoptar una actitud opuesta a la de FMI, cuya lógica es hoy dominante.

    La política del FMI es la de un colonialismo colectivo de los países ricos, en reemplazo del colonialismo antiguo. Sus medios de dominación son esencialmente económicos. Es una política suicida para nosotros: para el tercer mundo conduce a la maquinación. Pero también para los países ricos que, crean las condiciones para una crisis económica sin precedentes.

    La solución no consiste en anular simplemente la deuda. Consiste en practicar una política de préstamos inversa a la del FMI. Es una palabra, crear las condiciones para permitir que estos países rompan con su dependencia respecto del mercado internacional, creadas por los monocultivos, la exportación de materias primas a precios cada vez más bajos y las monoproducciones.

    Para impedir que los créditos sean acaparados por camarilla que contribuyen a la sangría de sus países, los préstamos sólo se acordarían a organizaciones basadas en la participación de los usuarios. La misma orientación para invertir en la salud, el alojamiento, la educación y la formación de cuadros autóctonos en todas áreas.

    En cambio, el saneamiento de las economías del tercer mundo y su equipamiento para responder a las necesidades de sus poblaciones abriría perspectivas, dando prioridad a la producción y agrícola en occidente mismo.

    Esa es la gran inversión que se impone en este mundo, para poner fin al desprecio y al caos. Es el único remedio de fondo ante el ascenso de los integrismos de todo orden, nacidos de las frustraciones, los rechazos, la negación de las verdaderas necesidades y la identidad personal de la mayoría.

    Es inútil hablar de diálogo si no creamos las condiciones que lo vuelven posible: no hay diálogo verdadero entre el amo y el esclavo, entre el hambriento y el que desea conservar el poder.

    Conclusiones.

    A partir de la lectura de este libro puede observarse que el problema de los fundamentalismos viene dado por una serie de aspectos entre los que destacan la falta de diálogo.

    El dialogo tiene por finalidad descubrir los valores absolutos que son los únicos que pueden librarnos de la jungla sucia de los individualismos y los nacionalismos, los fanatismos de creencias o de partidos.

    Pero no hay verdadero dialogo a menos que cada cual esté convencido de que tiene algo que aprender del otro y, que esté dispuesto a cuestionar sus propias certidumbres.

    Este diálogo exige precaverse contra algunas tentativas como la de excluir todo aquello que no sea nuestra verdad. La fecundación recíproca no se puede hacer en el eclecticismo y la confusión: ella exige una clara distinción entre la creencia y la fe. La creencia y la fe. La creencia es la expresión de la fe a través de una cultura, una tradición, una ideología. La fe es una manera de vivir. Ninguna fe, ninguna comunidad puede agotar la experiencia del absoluto ni hacer triunfar la unidad planetaria contra las rebeliones particularistas y los integrismos de los individuos, las naciones, las iglesia o los partidos.

    Los obstáculos más fuertes se encuentran en nosotros y en el poder integrista de los medios. Hay que decir no al mundo de la sinrazón, a su triunfante economía de mercado ciego, a la impostura de sus ejércitos.

    El integrismo religioso o político nace siempre de una frustración ante la soledad y la sinrazón de un mundo sin objetos. Los hombres desesperados y sin porvenir son presos de todos los nihilismos ante presuntos valores que ya no dan coherencia ni significación a la vida. No podemos escapar a las falsas respuestas de los integrismos salvo despertando a los hombres ante el sentido de las verdaderas preguntas.

    Para concluir me gustaría destacar el análisis profundo que se ha realizado en el libro acerca de los integrismos, como la representación de la principal amenaza del futuro. Haciéndonos ver, que cuando se alude a integrismo no se reduce al integrismo islámico.

    Roger Garaudy define como primer integrismo la pretensión occidental de imponer su modelo de desarrollo y cultura frente a todos los otros integrismos, que no son más que una reacción defensiva.

    La razón por la que, cada vez que se nos nombra integrismo automáticamente pensamos en el integrismo islámico nos viene dado por nuestra mentalidad occidental de superioridad y por la manipulación de la información que realizan los medios de comunicación. Acaso, en los informativos se refieren al mundo islámico si no es para referirse a alguna revuelta o algún atentado.

    Lo que hay que hacer es llegara las raíces del problema y en el caso del integrismo islámico el problema viene dado por las relaciones con el Tercer Mundo y la cultura occidental capitalista. Hay que diferenciar por tanto lo que es el mensaje del Corán y lo que es efecto de la situación económica y política del Tercer Mundo.

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