Imposturas intelectuales; Alan Sokal y Jean Bricmont

Filósofos posmodernos. Abuso de términos científicos. Crítica al relativismo epistémico radical. Posmodernidad

  • Enviado por: Vladimir
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IMPOSTURAS INTELECTUALES

Pero, ¿por qué lo hice? Confieso que soy un viejo

izquierdista impenitente que

nunca ha entendido cómo la desconstrucción

va a ayudar a la clase obrera.

Alan Sokal, Imposturas intelectuales, pg. 284.

En el libro de Sokal y Bricmont podemos distinguir, más o menos, tres intenciones que, para los autores, se hayan estrechamente conectadas: la primera es mostrar la tendencia de los filósofos posmodernos a abusar del uso de términos científicos que, como mínimo, no dominan a la perfección; la segunda es criticar el relativismo epistémico radical y la tercera mostrar que la asociación, muy fuerte en los Estados Unidos, de Posmodernidad e izquierda política está llevando a esta última al desastre.

El primer objetivo no hay duda de que lo alcanzan en muy gran medida. Es obvio que no acometen el análisis de todos los pensadores posmodernos (y no estaría de más que alguien lo hiciera), pero sí de unos cuantos lo suficientemente relevantes como para sembrar la duda, para hacernos pensar si no habremos asumido acríticamente una buena cantidad de ideas, no ya insuficientemente fundamentadas, sino, incluso, fundamentadas en la mera verborrea. Y cuando digo “hacernos” no es que está usando plural mayestático, sino que me estoy refiriendo a mí y a mi generación de “filósofos”. A mi alrededor constato que, desgraciadamente, existe una deliberada preferencia por la crítica (cuando se da) de temas que se sitúan en un nivel de abstracción muy elevado pero que, al mismo tiempo, tienen la pretensión de estar relacionados con la realidad circundante. El objetivo de las críticas “filosóficas” suele ser algo lo suficientemente real como para que no podamos ser acusados de filósofos abstractos (y, en cierto sentido, conservadores) pero lo suficientemente lejano como para que nadie pueda tener la desfachatez de exigirnos que apliquemos nuestras ideas a la vida cotidiana o (horror de horrores) a la práctica política.

A lo que quiero llegar es a que ese Zeitgeist posmoderno que perciben los autores en el entorno académico estadounidense, también lo percibo yo en el mío, aunque con muchos matices. Por ello, resulta gratificante ver cómo desmontan e incluso ridiculizan algunas de las teorías posmodernas que alimentan ese escepticismo fácil y acrítico que, al mismo tiempo, pretende concebirse a sí mismo como “radical” (en el peor sentido del término) e, incluso, de izquierdas.

Por otro lado, como estudiante de filosofía que soy, he de reconocer que me siento aliviado al saber que existe la posibilidad de que los textos más oscuros y con mayor cantidad de vocabulario supuestamente técnico -algunos de los cuáles, no puedo negarlo, he intentado desentrañar sin éxito- no sean los más interesantes ni los más profundos.

En cualquier caso, no voy a comentar todos y cada uno de los análisis que hacen, porque esa parte es la más sólida y la más sencilla del libro: muestran con claridad que se hace un mal uso generalizado de ciertos términos y que, incluso, algunos autores lo hacen deliberadamente con el fin de confundir y engañar al lector con una avalancha de términos pseudo-científicos, aunque quizá pequen de ultracorrección en algunas ocasiones.

Ahora bien, lo que ya no me parece tan sólidamente justificado es la crítica al escepticismo radical. Mi objeción no va propiamente contra la crítica, con la que estoy en general de acuerdo (con matices), sino contra los presupuestos de esa crítica y también contra su tendencia a fabricarse el enemigo a su medida.

Con respecto a lo primero, creo que se exceden al afirmar “...la continuidad metodológica entre el conocimiento científico y el conocimiento ordinario.”. Para empezar, creo que esta afirmación es, cuando menos, arriesgada y además innecesario: no es preciso parapetarse en tal concepción para criticar el relativismo epistémico.

Por un lado, el relativismo epistémico radical, que ya lo planteó Hume, queda refutado precisamente por su irrefutabilidad, a la que ellos aluden. Utilizan un argumento que podría resumirse más o menos así: “la realidad es incognoscible, bien, y ahora ¿qué?”. Es decir, que el escepticismo radical demuestra lógicamente que no podemos estar seguros de nuestros conocimientos, pero resulta que la supervivencia nos exige actuar como si esos conocimientos fueran ciertos. Todo esto me parece tan obvio que no puedo creer que los autores se tomen la molestia de refutar algo que ya ha sido desacreditado ampliamente desde Hume.

Ahora bien, la conclusión que se deriva de aquí no es, a mi entender, que la ciencia (y sólo la ciencia) nos proporcione un conocimiento objetivo de la realidad, sino más bien que nos ofrece un conocimiento efectivo de ella: logra describir la realidad con la suficiente precisión y, tal vez, en este sentido, con la suficiente dosis de “verdad” como para que la luz se encienda al accionar el interruptor. Quiero decir que, desde mi punto de vista, plantearse la verdad o falsedad de la ciencia como tal es algo un poco irrelevante: ciertamente, lo importante es que nos permita vivir mejor, conocer la naturaleza en un sentido concreto, aquel que nos permite dominarla, o por lo menos controlarla.

Este punto de vista, creo, permite considerar como muy positivos los logros de la ciencia y de la técnica sin tener que adjudicarles metafísicamente un “acceso privilegiado a la verdad”, como suelen decir los posmodernos. Tal vez, si la magia o la homeopatía lograran los mismos éxitos, no creo que nadie se negara a considerarlas “conocimiento objetivo”.

No quiero decir con todo esto que la aceptación de un determinado método por parte de la ciencia no sea, precisamente, lo que le ha llevado a tales éxitos, sino simplemente que este método no puede ser extrapolado al resto de los ámbito de la realidad (humana, sobre todo)y que se puede llegar a verdades por otros caminos.

Por eso me resulta engañoso relacionar el método científico, que tiene evidente validez en su ámbito, con la idea de racionalidad referida a la conducta cotidiana. Es obvio que en las relaciones interpersonales, por ejemplo, no siempre se puede proceder mediante el método de “ensayo y error” y que el concepto de objetividad se hace muy difuso. Suponer, por tanto, que para todo problema hay una única solución y un solo camino para llegar a ella es, como mínimo, ineficaz a la hora de comprender la realidad humana, mucho más compleja.

Con respecto a las críticas que la filosofía de la ciencia ha vertido sobre la ciencia, creo que los autores adoptan una postura excesivamente defensivas. Estas críticas, sobre todo las de Kuhn y Feyerabend, pretenden hacer hincapié en el condicionamiento histórico de las teorías científicas. En lo que se refiere al pasado, creo que podemos constatar que existió ese tal condicionamiento, e incluso que fue recíproco entre la sociedad y la ciencia: las ideas de Copérnico y de Galileo tuvieron que superar, mediante un proceso bastante largo, la oposición del relato bíblico antes de ser aceptadas por completo; por otro lado, la confirmación empírica de la teoría contribuyó (junto con otros factores)a socavar el modelo teocéntrico y feudal de su época. Si hablamos del desarrollo actual de la ciencia, también podemos establecer canales de influencia entre la sociedad y la ciencia. Por ejemplo, pese a que las tesis de Irigaray acerca de la relación entre el sexo de los científicos y las teorías desarrolladas es sencillamente descabellada e ingenua, sí parece lógico suponer que de el hecho de que la actividad científica (así como otras muchas actividades) esté dominada en todos los campos por hombres, podemos deducir algunas consecuencias prácticas. El problema es cómo establecer ese vínculo y cómo explicarlo, cosa en la que Irigaray no se empeña excesivamente.

No obstante, el objetivo fundamental de Sokal y Bricmont no parece que sea atacar a determinados filósofos de la ciencia, sino más bien a los usos desproporcionados que de sus afirmaciones hacen los posmodernos. Creo que tras ese uso erróneo se halla una profunda incomprensión del término marxiano de ideología, que parece inspirar estos planteamientos: lo que Marx vino a decir, aproximadamente, es que las condiciones sociales en que se desenvuelve un individuo (y, por tanto, su actividad) conforman una serie de presupuestos del conocimiento, que son con los que el individuo se enfrenta a la realidad. Lo que Marx no dijo fue que no se pudieran evitar, en cierta medida, las consecuencias perniciosas de tales presupuestos (ser conscientes de que existen puede ser ya un paso); ni tampoco dijo que afectaran siempre y de igual manera a todos los individuos, ni, por supuesto, que pudiéramos establecer una analogía perfecta entre las condiciones sociales y el pensamiento o actividad condicionados por ellas. Y esto último es, precisamente, lo que parece que pretenden hacer algunos posmodernos: si la sociedad ha dejado de creer en los metarrelatos (por ejemplo), en las narraciones lineales, esto ha de tener una consecuencia directa en las ciencias, que sería la proliferación de las teorías indeterministas, del caos, etc.; si predominan los científicos varones, entonces las teorías del sólido rígido (relacionadas por Irigaray con lo masculino) estarán más desarrolladas que las de los fluidos (relacionadas con lo femenino), etc. Lo fundamentalmente erróneo en estos planteamientos posmodernos no me parece que esté en el intento de relacionar los fenómenos sociales con las posibilidades de desarrollo de determinadas ramas de la ciencia, intento que puede ser legítimo, sino en que este intento no se justifica de ningún modo.

Sin embargo, los autores van mucho más allá de esto y prácticamente niegan la posibilidad de influencia mutua entre la sociedad y las prácticas científicas, sobre todo de las últimas sobre la primera. Pero, aunque haya que evitar las generalizaciones vagas y los saltos lógicos injustificados de los posmodernos, no sería descabellado admitir que el prestigio que ostenta la ciencia como método de conocimiento desemboca en una presión que ejerce sobre el resto de los saberes y sobre la vida misma, imponiéndole su modo de aprehender la realidad. Y tampoco sería absurdo suponer que una variación importante en el modo de entender la ciencia afectaría al modo de entender el mundo por parte de la sociedad. Por ejemplo, en el hipotético y posmoderno caso de que la ciencia tendiera hacia el indeterminismo, eso tendría inevitables consecuencias en los conceptos comunes.

Pero lo verdaderamente pernicioso de todas estas extrapolaciones de términos científicos (y con esto ya entro en el tercer punto, en el de la relación entre posmodernidad y política)y de las analogías entre teorías científicas y sociedad llega cuando, además, se vinculan estos intentos a una determinada visión política, especialmente sie es de izquierdas. Así, por ejemplo, Latour critica la teoría de la relatividad con el fin de criticar los privilegios no solo en la sociedad, sino también en las teorías físicas, ya que ambos privilegios son literalmente los mismos, según él. En concreto, lo que ocurre en la izquierda norteamericana que Sokal y Bricmont critican es que se vincula una determinada actitud filosófica y epsitemológica (posmodernidad y relativismo) con una determinada posición política. Lo que se confunde, a mi entender y al de los autores (creo), es la crítica de la función social que cumple la ciencia (y, especialmente la tecnología) con la crítica del método científico. Así, el militarismo se atribuye a una actitud propiamente científica y no, por ejemplo, a la dependencia de las investigaciones científicas del presupuesto militar de los estados; o se critica la falta de democracia entre los electrones de un átomo, o la supuesta jerarquía entre los sistemas de referencia de la teoría de la relatividad. Este tipo de críticas se justifican con mucha dificultad desde un punto de vista filosófico, pero desde un punto de vista político de izquierdas, sencillamente no tienen sentido y son, para mí, mucho más conservadoras que todo el discurso oficial acerca de la ciencia. Dudo, como Sokal, de la posible influencia que pueda tener sobre la realidad social el hecho de que la raíz cuadrada de menos uno se identifique con el miembro viril. Además este tipo de prácticas alejan por completo la teoría de los problemas de la gente, y una teoría que se pretenda de izquierdas no puede permitirse ese lujo.

Afortunadamente, la situación de la izquierda en nuestro país no llega al extremo de la de la norteamericana, pese a que también tenga cierta a tendencia a teorizar excesivamente lejos de los problemas cotidianos. No obstante, en el ámbito académico sí que se aprecia cierta tendencia posmoderna que temo que pueda contagiar las prácticas políticas en un futuro no muy lejano.

Utilizaré el término “posmoderno” en el mismo sentido que lo hacen los autores, es decir, para referirme a un conjunto de estudiosos de las humanidades cuyos presupuestos comunes serían el relativismo epistémico y la comprensión de la ciencia como un relato, como una construcción totalmente histórica. Por otra parte, aunque sin ánimo de simplificar, creo que para personas cercanas al ámbito filosófico resulta relativamente fácil identificar el tipo de obras al que podría aplicarse el apelativo de posmodernas.

Lo que me sorprende es que si es cierto, tal y como sugieren los autores, que los errores son tan flagrantes ¿por qué no se han denunciado antes?

Como en el caso de Virilio, pg. 174. Aun en el caso de que el fragmento estuviera totalmente descontextualizado, no se me ocurre en qué tipo de argumentación podría cobrar algún sentido.

Pg. 69, nota 8.

Pgs. 62-68.

Lo cierto es que se hace mucho más difuso de lo que en realidad pudiera ser. Considero que llegar a verdades objetivas para toda la humanidad es, obviamente, muy difícil, pero flota en el ambiente un cierto relativismo que pretende convencernos de la imposibilidad de llegar siquiera a verdades comunes para un determinado grupo e incluso de la imposibilidad de modificar racionalmente la opinión de otro individuo.

Pgs. 113-129.

Marx pudo decir que una sociedad burguesa haría ciencia burguesa, tendría un derecho burgués, una concepción burguesa de la persona, etc. Pero esto no equivale a decir, por ejemplo, que podemos hallar en las teorías científicas todas las características del modelo económico burgués-capitalista, tales como el libre juego de las fuerzas económicas, la ley de la oferta y la demanda, etc.

La idea de una naturaleza esencialmente indeterminista y la consiguiente necesidad de una ciencia indeterminista que nos ayude a comprenderla, no la han postulado sólo filósofos especulativos, sino también científicos, entre los que está Prigogine quien, después de todo, es premio Nobel. Sin embargo, Sokal y Bricmont despachan la custión del indeterminismo com algo que la ciencia ni siquiera se plantea.

Pg.134.

Esto se parece mucho a cierta tendencia que he observado en muchas ocasiones y que consiste en considerar la democracia-mejor dicho, nuestra democracia representativa- como un valor absoluto e incuestionable y aplicable sin restricciones a todos los ámbitos de la vida. De este modo, por ejemplo, se considera legítimo que un curso decida por mayoría que no se van a impartir clases durante una semana: con esto se violenta de manera antidemocrática los derechos de la minoría de estudiantes que sí que quieren recibir clases y que están legitimadas por instancias democráticas superiores. Con todo esto no pretendo excluir la democracia de las instituciones universitarias, ni siquiera de las aulas, pero está claro que la democratización ha de seguir un proceso reglado democráticamente. Además, puede ser que en ciertas ocasiones no sea necesaria, ni conveniente, ni siquiera justa la democratización de cierta toma de decisiones (por ejemplo, con respecto al temario que imparte un profesor).

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