Imposturas intelectuales; Alan Sokal y Jean Bricmont

Filosofía de la ciencia. Teoría del caos. Relativismo epistémico. Solipsismo. Escepticismo radical. Veracidad y falsedad de teorías científicas

  • Enviado por: David Saw
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 4 páginas
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RECENSIÓN CRÍTICA:

Imposturas intelectuales capítulo 3: Intermezzo el relativismo epistémico en la filosofia de la ciencia

NOTA DE EVALUACIÓN: 8,2

En este tercer capítulo, el autor del mismo propone una discusión epistemológica ante el hecho de la atracción que gran cantidad de autores posmodernos sienten hacia el relativismo cognitivo, ya sea directamente o mediante argumentos que lo podrían fomentar.

Seguidamente nos dice que lo que interesa es un conjunto de ideas a las cuales se podría considerar genéricamente relativistas. En la actualidad, estas ideas influyen considerablemente en determinados sectores de los estudios humanísticos y de las ciencias sociales.

Se entiende por "relativismo" a toda filosofía que pretende que la veracidad o falsedad de una afirmación es relativa a un individuo o a un grupo social y que dependiendo del origen del enunciado se distinguen diversos tipos de relativismo: cognitivo o epistémico, cuando se trata de una afirmación de hecho (de lo que existe o se considera existente); ético o moral, cuando se trata de un juicio de valor (lo bueno o lo malo, lo deseable o lo censurable); y estético, cuando se trata de un juicio artístico (lo bello o lo feo, lo agradable o lo desagradable). Con todo, el autor nos advierte de que en el texto que nos ocupa va a tratar sólo del relativismo epistémico.

A continuación comienza a disertar sobre el solipsismo (doctrina según la cual lo único que existe es la propia conciencia y sus contenidos) y el escepticismo radical. Lo hace planteando las siguientes cuestiones: ¿Cómo es posible llegar a conseguir un conocimiento objetivo del mundo, aunque sólo sea aproximado y parcial? y, en relación a nuestras sensaciones, ¿Cómo sabemos que existe algo fuera de ellas?.

La respuesta, según el autor, es simple: no hay nada que pueda probarlo, sólo se trata de una hipótesis perfectamente razonable. La explicación que damos sobre la permanencia de nuestras sensaciones, especialmente las que nos resultan desagradables, es que no proceden de nuestra conciencia sinó del exterior.

También se subraya que "el simple hecho de que una opinión sea irrefutable no implica en absoluto que exista la menor razón para creer que sea verdadera".

Hay veces que en lugar del solipsismo se manifiesta el escepticismo radical: desde luego que existe un mundo externo, pero nunca podré llegar a tener conocimiento fidedigno del mismo. Esencialmente se trata del mismo argumento solipsista, esto es, a lo único que se accede de modo inmediato es a las sensaciones. A partir de esto último se plantea cómo puede saberse si las sensaciones reflejan enteramente la realidad y para ello recurre al argumento a priori.

Después de ver qué decía David Hume al respecto, el autor plantea qué actitud hay que adoptar ante el escéptico radical y también que la mejor manera de explicar la coherencia de nuestra experiencia consiste en suponer que el mundo exterior corresponde, por lo menos de manera aproximada, a la imagen que nos dan de él nuestros sentidos.

Dejando ya los problemas generales del solipsismo y del escepticismo radical, el autor se dispone a empezar a reflexionar. Admitiendo que pudiésemos obtener cierto conocimiento fidedigno del mundo, al responder a la pregunta de hasta qué punto son fiables nuestros sentidos mediante la comparación de impresiones sensoriales entre sí y variando algunos parámetros de nuestra experiencia diaria, construiríamos lentamente una racionalidad práctica que podría hacer surgir la ciencia.

La principal razón para creer en la veracidad de las teorías científicas es que explican la coherencia de nuestra experiencia (entendiendo por “experiencia” a todas nuestras observaciones). Para aclararlo, el autor nos lo ejemplifica con la electrodinámica cuántica. Después, se nos dice que las confirmaciones experimentales de las teorías científicas más probadas, tomadas conjuntamente, dan fe de que realmente se ha adquirido un conocimiento objetivo de la naturaleza, aunque sólo sea incompleto y aproximado.

Para diferenciar la ciencia de otros tipos de discursos sobre la realidad (religiones o mitos, o pseudociencias como la astrología), cosa que, según el autor, pedirían en este punto de la discusión los relativistas o los escépticos radicales, ante todo hay que tener en cuenta ciertos principios epistemológicos generales, básicamente negativos que como mínimo se remontan trescientos años atrás: desconfiar de los argumentos a priori, de los textos sagrados y de los argumentos de autoridad. Además, durante el tiempo que ha transcurrido desde entonces, la experiencia acumulada de práctica científica ha proporcionado una serie de principios metodológicos de mayor o menor generalidad que pueden justificarse con argumentos racionales. Pero hay que contar con que no existe ninguna codificación completa de la realidad científica, y además se duda de que nunca la haya. Con todo, ahí radica la diferencia con los escépticos radicales, quienes no pueden creer que las teorías científicas bien desarrolladas se funden generalmente en buenos argumentos.

Para mejorar la comprensión de estas ideas, se considera en este punto un ejemplo entre conocimiento científico y ordinario: las investigaciones policiales.

El texto sigue adelante diciéndonos que lo que realmente conduce a la aceptación de una teoría científica son, sobre todo, sus éxitos. Aún con eso, en cierto sentido se vuelve al problema de Hume: nunca se podrá demostrar literalmente ninguna información sobre el mundo real.

En el siguiente apartado el autor recoge el hecho de la crisis en que se encuentra actualmente la epistemología, apoyándose en la filosofía de Popper para comprender el origen y la naturaleza de aquella. Popper busca, ante todo, un criterio para la distinción entre las teorías científicas y las no científicas, y cree poderlo encontrar en la noción de falsabilidad: para que una teoría sea científica tiene que hacer predicciones que, en principio, puedan ser falsas en el mundo real. S i una teoría es falsable y, consecuentemente, científica, se puede someter a pruebas de falsación. Es decir, que se pueden comparar las predicciones empíricas de la teoría con observaciones o experimentos, y si estos últimos contradicen a aquéllas, se puede concluir que la teoría es falsa y debe ser descartada. La enfatización de la falsación -por oposición a la verificación- según Popper, manifiesta lo siguiente: nunca se puede probar una teoría que es verdadera, puesto que formula una infinidad de predicciones empíricas de las que sólo se pueden someter a prueba un subconjunto limitado; no obstante, sí es posible demostrar que una teoría es falsa, ya que basta una sola observación confiable que la contradiga.

Después de concluir con la epistemología popperiana, el autor pasa a tratar la tesis de Duhem-Quine, la cual enuncia que las teorías están subdeterminadas por los hechos. Nos dice que hay dos maneras de reaccionar ante este tipo de tesis tan general. La primera consiste en aplicarla a todas nuestras creencias y la segunda consiste en examinar las diferentes situaciones concretas que se pueden presentar al confrontar la teoría con los hechos: 1. Se pueden tener argumentos tan contundentes a favor de una teoría determinada que se podría considerar irracional ponerla en duda (como por ejemplo el que la sangre circula). 2. Se pueden tener varias teorías concurrentes pero que ninguna de ellas parezca del todo convincente (como por ejemplo el origen de la vida). 3. Existe la posibilidad, por último, de que no se disponga de ninguna teoría capaz de explicar todos los datos disponibles (problemas científicos complejos, como la unificación de la relatividad general con la física de las partículas elementales).

En el apartado titulado “Kuhn y la inconmensurabilidad de los paradigmas” el autor nos llama la atención hacia la aportación que algunos análisis históricos han hecho al relativismo contemporáneo, en especial el libro de Kuhn La estructura de las revoluciones científicas en su apartado epistemológico. Según Kuhn, lo que él llama “ciencia normal”, se desarrolla en el interior de “paradigmas”, que definen el tipo de problemas que hay que estudiar, los criterios con los que se debe evaluar una situación y los procedimientos experimentales que se consideran aceptables. La experiencia que tenemos del mundo está condicionada, de forma radical, por nuestras teorías, que, a su vez, dependen del paradigma. De ahí su inconmensurabilidad.

En “Feyerabend: <<Todo vale>>” el autor nos habla sobre el filósofo Paul Feyerabend adviertiéndonos de lo complicada que puede ser su obra debido a sus actitudes personales y políticas. En este apartado, el autor repasa lo que para el debate que nos ocupa a lo largo de todo este capítulo le resulta de interés y utilidad, de lo cual destaca que Feyerabend niega explícitamente la validez de la distinción entre descubrimiento y justificación y también que su relativismo metodológico es tan radical que, tomado literalmente, se autorrefuta.

En el siguiente apartado, el autor nos habla de que hubo investigadores que en los años setenta se agruparon en una nueva escuela de la sociología de la ciencia intentando explicar, en términos sociológicos, el contenido de las teorías científicas. Seguidamente cita la obra de autores como David Bloor o Barry Barnes respecto a la sociología del conocimiento, para la que proponen un relativismo metodológico en lugar de un escepticismo o un relativismo filosófico general.

Después pasa a tratar sobre “Bruno Latour y sus Reglas del Método”. La obra de éste llega a la conclusión de que una afirmación es, o verdadera, pero banal, o sorprendente, pero manifiestamente falsa.

Posteriormente al extenso trato que da a Latour, se llega finalmente a las “Consecuencias prácticas”. Aquí, el autor nos cuenta que no ha querido dar la impresión de atacar exclusivamente algunas doctrinas filosóficas esotéricas o a la metodología seguida por una corriente en concreto de la sociología de la ciencia. En realidad lo hace hacia algo mucho más amplio. El relativismo, así como otras ideas posmodernas, afecta a la cultura y a la forma de pensar de los individuos. A continuación, el autor da algunos ejemplos extraídos de sus observaciones, los cuales son:

El relativismo y las investigaciones policiales, donde se pueden apreciar las confusiones en que hace caer el uso de un vocabulario relativista a algunos sectores de las ciencias sociales

El relativismo y la enseñanza, donde se muestra mediante la observación de un fragmento de un libro dirigido al personal docente de institutos y que tiene por objeto definir algunas nociones de epistemología, que se confunden los hechos con las afirmaciones de los mismos.

El relativismo en el Tercer Mundo, ejemplo en el que el autor dice que allí es donde más daño hacen las ideas posmodernas, ya que los intelectuales caen en la hipocresía de emplear la ciencia “occidental” si es indispensable (por ejemplo, cuando están gravemente enfermos), mientras recomiendan al pueblo que se confíe a las supersticiones.

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