Imperialismo

Historia universal. Causas. Imperio británico. Indígenas

  • Enviado por: Edu Ebite León
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  • País: España España
  • 17 páginas

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El origen del imperialismo

El origen del Imperialismo, en verdad, se remonta a la antigüedad. Un ejemplo de imperios son el Romano o el de Alejandro Magno. Estos imperios se caracterizaban por un pueblo que crecía desmesuradamente porque dominaba a otros pueblos creando un sistema de control unificado.

Pero el Imperialismo europeo de la era moderna (1400-1750) se caracterizaba por ser una expansión colonial en territorios de ultramar. Ya no era un pueblo que dominaba a los demás, sino varias potencias que competían entre sí para establecer su control sobre el sur y sudeste de Asia y el continente americano.

A partir de 1870 hubo una extraordinaria aceleración del proceso de expansión colonial por parte de las grandes potencias europeas. Esto tuvo como resultado el reparto casi completo, entre estas potencias, del territorio africano y de las zonas de influencia sobre los estados asiáticos.

Hasta 1870, la mayoría de las colonias europeas en el mundo eran estratégicas (con una función militar, como Gibraltar o Chipre), de mercado (con una función comercial, como la mayoría de establecimientos en Africa) o de población (lugares de emigración hacia una metrópolis, como Canadá, Australia o Algeria). En 1870 se creó un tipo diferente de colonia que estaba caracterizada por el control político: Un territorio habitado por nativos, pero gobernado y dirigido económicamente por una gran potencia europea, y claro, en beneficio propio.

Razones del imperialismo

La razón que justifica el Imperialismo era, básicamente, el afán de conquistar grandes extensiones. Pero las razones por las cuales los estados han aspirado a crear imperios a lo largo de la historia son de diversa índole, y podrían clasificarse, en términos generales, dentro de tres grupos: económicas, políticas e ideológicas. Asimismo, pueden distinguirse diversas teorías en razón del elemento al que se dé más relevancia:

  • Los móviles económicos

Los intereses económicos son los más habituales cuando se trata de explicar este fenómeno. Los defensores de esta concepción sostienen que las naciones se ven impelidas a dominar a otras para expandir su economía, adquirir materias primas y mano de obra, o para dar salida a los excedentes del capital y producción. La teoría más notable que vincula el imperialismo con el capitalismo es la de Karl Marx. Lenin, por ejemplo, consideraba que la expansión europea del siglo XIX era la consecuencia inevitable de la necesidad de las economías capitalistas europeas de exportar su excedente de capital. Del mismo modo, los marxistas contemporáneos explican la expansión de Estados Unidos en el Tercer Mundo basándose en imperativos económicos.

  • Los móviles políticos

Otros autores hacen hincapié en los condicionantes políticos y alegan que la razón principal por la que los estados tienden a expandirse es el deseo de poder, prestigio, seguridad y ventajas diplomáticas con respecto a otros estados. Según esta corriente, el objetivo del imperialismo francés del siglo XIX era recuperar el prestigio internacional de Francia después de la humillación que supuso la derrota en la Guerra Franco - prusiana. En este mismo sentido, la expansión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en la Europa del Este a partir de 1945 puede explicarse como una medida de seguridad: la necesidad de protegerse ante otra posible invasión desde la frontera occidental.

  • Los móviles ideológicos

La tercera explicación se centra en los móviles ideológicos o morales. De acuerdo con esta perspectiva, algunos países se ven impulsados a extender su influencia para difundir sus valores políticos, culturales o religiosos. Uno de los factores que propiciaron la constitución del Imperio Británico fue la idea de que era responsabilidad del `hombre blanco' civilizar a los pueblos `atrasados'. La expansión alemana que tuvo lugar durante el gobierno de Adolf Hitler se basaba en gran medida en la creencia en la superioridad inherente a la cultura alemana. El deseo de Estados Unidos de “proteger al mundo libre” y el interés de la antigua Unión Soviética por “liberar” a los pueblos de la Europa del Este y del Tercer Mundo son también un ejemplo de este tipo de imperialismo.

  • El imperialismo como respuesta a condicionantes externos

Por último, otras teorías explican el imperialismo basándose en las circunstancias políticas de las naciones más débiles, en lugar de enfatizar los móviles de las naciones poderosas. La interpretación que ofrecen señala que es posible que las potencias más fuertes no tengan intención de expandirse, pero que se ven obligadas a hacerlo debido a la inestabilidad de otras naciones; los compromisos con los imperios del pasado son la causa de nuevas acciones imperialistas. La conquista de la India emprendida por Gran Bretaña y la colonización rusa de Asia central en el siglo XIX son ejemplos clásicos de este tipo de imperialismo.

Africa se encontraba estaba aquel momento con gobierno pobre, o mejor dicho, casi no tenían gobierno. No había grandes formaciones políticas, excepto a los pueblos negros que habían sido esclavizados. Esto fue la facilidad que tuvo Europa para invadir Africa. Y aunque India y China se opusieron firmemente a las potencias europeas no tuvieron éxito y acabaron sucumbiendo.

El imperio británico

El foco del crecimiento colonial se encontraba en el este del Caribe, alejado de la zona central española: Saint Christopher (más tarde Saint Kitts) fue la primera plaza inglesa de las Indias Occidentales (actuales Antillas) en 1624. La mano de obra estaba compuesta por trabajadores blancos contratados procedentes de Inglaterra. Una segunda forma de colonización fue la realizada a través de los asentamientos religiosos de Norteamérica. El primero y más famoso fue el de los padres peregrinos que embarcaron en el Mayflower en el puerto de Plymouth y desembarcaron en la bahía de Massachusetts en 1620. Rhode Island (1636) fue fundada bajo el principio de la tolerancia religiosa; en Connecticut (1639) predominaban los practicantes del congregacionalismo, mientras que Baltimore (1634) era el reducto de los católicos. Los vínculos que mantenían con la metrópoli eran más fuertes que los que establecieron entre sí. En tales circunstancias, no era posible someterlas a una estrecha vigilancia, de manera que se permitió a los gobernadores crear asambleas formadas por los colonos que realizaban las funciones de una cámara legislativa y asesoraban al representante del poder ejecutivo.

Aunque pueda resultar sorprendente, la Guerra Civil inglesa, que tuvo lugar en la década de 1640, y el subsiguiente régimen del Protectorado alentaron este proceso en lugar de refrenarlo. El Parlamento se benefició del apoyo de la Marina, cuyos recursos se habían mejorado y desarrollado. Oliver Cromwell llevó a cabo una política exterior antiespañola y Jamaica fue conquistada en 1655 (fue la primera colonia inglesa tomada por la fuerza). El apogeo del comercio de tabaco de las Indias Occidentales estaba tocando a su fin y fue reemplazado por la producción de azúcar, que requería una mayor mano de obra, proporcionada por los esclavos de África. De este modo, las islas comenzaron a transformarse en colonias cuya economía se basaba en la mano de obra esclava. La República inglesa también aprobó el Acta de Navegación de 1651, en la que se establecía que las importaciones en puertos nacionales o colonias sólo podían transportarse en naves inglesas o de los países productores. El naciente Imperio inglés fue gobernado con más firmeza y coherencia durante la restauración de los Estuardo (1660).

La política colonial aplicada desde 1660 transcurrió por los mismos derroteros. Se produjeron nuevos asaltos en el Caribe, donde los corsarios ingleses atacaban los negocios y asentamientos españoles; esta situación llevó a la firma del Tratado de Madrid (1670), por el que España accedió finalmente a reconocer las posesiones inglesas. Pese a este acuerdo los siguientes 50 años fueron la edad dorada de la piratería en las Indias Occidentales inglesas. La economía del azúcar se fue expandiendo, y la Royal Africa Company (constituida en 1672) organizó el denominado "pasaje medio", en el que numerosos africanos fueron transportados al Caribe para trabajar como esclavos. De este modo, los dueños de las plantaciones consiguieron mano de obra, aunque a costa de una gran preocupación por su propia seguridad (en la década de 1670, los esclavos eran la comunidad más numerosa de las colonias inglesas). La presencia inglesa en Norteamérica se extendió más allá de la zona costera. Nueva Amsterdam fue arrebatada a las Provincias Unidas (actuales Países Bajos) en 1664 y recibió el nombre de Nueva York. Los pobladores holandeses formaron la primera gran comunidad establecida fuera de las islas a la que se impuso por la fuerza el dominio inglés. William Penn fundó la colonia de Pennsylvania (1681); durante el mandato de Jacobo II (1685-1688), Inglaterra ejerció un estricto control sobre las posesiones y privilegios originales de las colonias norteamericanas. La situación de los dominios ingleses en la India no era comparable aún a la de Norteamérica. La Compañía de las Indias Orientales dirigía sus factorías en Surat y Madrás bajo la autoridad del emperador mogol. Sin embargo, en 1690 se fundó un nuevo puesto comercial donde más tarde se extendería Calcuta. Hacia 1700, la Compañía comenzó a realizar actividades comerciales en Bengala y desempeñó un papel importante, aunque secundario aún, en la política india. Así como las guerras contra España habían favorecido las primeras conquistas del Imperio inglés, los sucesivos enfrentamientos con Francia después de la Revolución Gloriosa de 1688 facilitaron la adquisición de nuevos territorios. La expansión de Nueva Inglaterra y los nuevos asentamientos dedicados al comercio de pieles establecidos en la bahía del Hudson intensificaron los conflictos con Nueva Francia, situada en el valle de Saint Lawrence, a partir de la última década del siglo XVII. Las fuerzas inglesas tomaron Port Royal (península de Nueva Escocia) en 1710 y se anexionaron Terranova. Durante la guerra de Sucesión española, Inglaterra se apoderó de Gibraltar (1704) y Menorca (1708), consiguiendo así su primera posesión en el mar Mediterráneo. Después de afianzar sus conquistas y ampliar sus derechos para suministrar esclavos y otras mercancías a las colonias españolas de América, la categoría de Inglaterra como potencia colonial era prácticamente similar a la de sus principales competidoras europeas.

Una vez que la breve agitación que provocó la South Sea Bubble (Burbuja del mar del Sur) —nombre que recibió la especulación que ocasionaron los nuevos privilegios comerciales con las colonias españolas de América— se hubo calmado (1720), el interés público por los asuntos coloniales disminuyó por algún tiempo. Sir Robert Walpole no alteró la situación ni en el exterior ni el interior durante su prolongado mandato como primer ministro (1721-1742). Georgia, concebida como un refugio de deudores, se convirtió en la decimotercera colonia norteamericana (1732), mientras que los habitantes de la zona litoral de Nueva Inglaterra comenzaron a instalarse en el interior, donde podían surgir conflictos con la colonia francesa. El azúcar pasó a ser la importación principal de Gran Bretaña, favoreciendo así la economía de plantación de las Indias Occidentales y, con ello, el flujo anual de 70.000 esclavos a través del Atlántico. El Caribe inglés se reveló como el eje del sistema colonial, dado que mantenía más vínculos a través del comercio y las inversiones, y más contacto social con la metrópoli que las colonias de Norteamérica. Durante este tiempo, el Imperio mogol de la India había entrado en un periodo de inestabilidad tras la muerte de Aurangzeb (1707), y la Compañía de las Indias Orientales, aunque era principalmente una organización comercial, tuvo que actuar con astucia para conservar su posición, por lo que participó más directamente en la política.

Cuando a partir de 1739 se reanudó el periodo de guerras en Europa, Inglaterra se encontraba en situación de realizar conquistas territoriales a expensas de Francia, especialmente durante el liderazgo de William Pitt el Viejo. El general Braddock capturó las fortalezas francesas de Louisburg en 1759, abriendo así una vía de acceso al valle de Saint Lawrence; en ese mismo año, el general Wolfe conquistó Quebec en una batalla en la que tanto él como el general francés Montcalm perdieron la vida. El destino de Nueva Francia estaba decidido. Las fuerzas británicas del Caribe tomaron muchas de las islas azucareras francesas. El Imperio británico de la India se formó durante estos años. La Compañía de las Indias Orientales envió a un joven encargado, Robert Clive, para combatir los ataques franceses en Carnatic (en el interior de Madrás). Tras la satisfactoria defensa que organizó en Arcot (1751), se produjeron una serie de enfrentamientos que culminaron con la batalla de Plassey (junio de 1757), en la que Clive derrotó a sus rivales indios y franceses y consiguió que la Compañía se convirtiera en la fuerza dominante en Bengala. Gran Bretaña devolvió a Francia las grandes islas azucareras de Guadalupe y Martinica por el Tratado de París de 1763, pero conservó Canadá, una región de gran importancia estratégica para garantizar la seguridad de las colonias de Nueva Inglaterra. La guerra de los Siete Años despertó el entusiasmo popular por el Imperio en Gran Bretaña y fue la primera ocasión en que los británicos sometieron a numerosas poblaciones indígenas.

La expansión triunfante del Imperio acarreó nuevas responsabilidades y nuevos costes. El gobierno británico y el Parlamento deseaban emplear los ingresos recaudados en Norteamérica para pagar los artículos de primera necesidad de estas colonias, de manera que se elaboró un nuevo sistema tributario local, plasmado en la Stamp Act (1765); las autoridades británicas lo consideraban absolutamente justo mientras que los colonos norteamericanos opinaban que atentaba contra sus derechos constitucionales. La Stamp Act fue revocada después de que se produjeran varias revueltas de protesta, pero no tardó en ser reemplazada con otros impuestos: este fue el origen de la guerra de la Independencia estadounidense. Las pérdidas de Gran Bretaña quedaron limitadas a las colonias de Norteamérica debido a que los franceses no fueron capaces de desafiar la supremacía naval británica. Posteriormente los británicos fundaron New Brunswick y reforzaron su presencia en Canadá.

La política desplegada en los años siguientes se caracterizó por la consolidación y el aumento del control imperial. Las enormes fortunas personales que Clive y Warren Hastings (gobernador general de Bengala, 1772-1784) consiguieron en la India, decidieron a las autoridades británicas a regular más estrictamente los negocios de la Compañía de las Indias Orientales. De acuerdo con lo establecido en la Ley de la India de 1785, esta entidad debía someterse a un examen realizado por la Board of Control (Oficina de Control). Durante el periodo en que lord Cornwallis sirvió como gobernador general (1786-1793), la administración británica en la India quedó en manos de funcionarios públicos, aunque la Compañía continuó siendo una entidad comercial. La Ley de Canadá de 1791 tenía por objeto poner orden en los asuntos de la región de Norteamérica que se extendía al norte del paralelo 49, para lo cual se dividió esta zona en Alto Canadá y Bajo Canadá, y se reconoció la situación especial de los habitantes franceses de esta última. Después de las expediciones realizadas en el Pacífico por el capitán Cook en la década de 1770, el capitán Philip recibió el mando de una flota que fue enviada a bahía de Botany (Australia) en 1788 y fundó una colonia en la ensenada de Sydney. Aunque este asentamiento se estableció inicialmente para poder enviar allí a los convictos —ahora que Nueva Inglaterra ya no estaba bajo el dominio británico—, algunos historiadores consideran que esta acción formaba parte de una política imperial más ambiciosa, un giro hacia el Este, gracias al cual el comercio británico podría seguir la ruta de los mares del Este, partiendo del continente americano, en su búsqueda de especias para la reexportación y de mercados en los que vender los productos manufacturados británicos. Así pues, la Revolución Industrial y la expansión imperial se desarrollaron al unísono y dieron lugar al segundo Imperio Británico.

La implicación de Gran Bretaña en las Guerras Napoleónicas estimuló la expansión del Imperio. Su ejército y su flota no siempre obtuvieron espectaculares triunfos fuera de Europa. La intervención en La Española (1796) y el intento de arrebatar Buenos Aires a España (1807) no tuvieron éxito. No obstante, las islas azucareras francesas fueron reconquistadas y el exceso de oferta que se generó en el mercado de azúcar contribuyó a la elaboración de la legislación de 1807, en la que se abolía el comercio de esclavos; esta medida también estaba relacionada hasta cierto punto con el surgimiento de un fervor moral en Gran Bretaña, que se reflejó en la creación de sociedades misioneras tales como la Sociedad Extranjera y Británica de la Biblia (1804). El fracaso de la invasión de Egipto emprendida por Napoleón y los triunfos de Horatio Nelson proporcionaron a los británicos una importante ruta hacia el Este. Lord Wellesley, el gobernador general de la India (1798-1805) se había embarcado en nuevas conquistas, y hacia 1805 era Gran Bretaña quien gobernaba realmente en Delhi, mientras que el emperador mogol desempeñaba un papel meramente representativo. No se produjeron enfrentamientos bélicos en Norteamérica hasta que los conflictos motivados por los derechos y fronteras comerciales neutrales desembocaron en la Guerra Anglo-estadounidense de 1812, un breve enfrentamiento durante el cual los estadounidenses incendiaron York (Alto Canadá) y los británicos saquearon Washington. La participación de los Países Bajos en apoyo del bando francés permitió a Gran Bretaña conquistar posesiones como el cabo de Buena Esperanza, Ceilán y algunas áreas de la Guayana. La mayoría de estos territorios, aunque no todos ellos, fueron conservados gracias al acuerdo alcanzado en el Congreso de Viena en 1815. Lo más importante para Gran Bretaña no fueron las áreas conquistadas sino el surgimiento de una identidad y una vocación inequívocas por las cuales la elite dirigente británica consideraba que su administración imperial era más inteligente y beneficiosa que la de las demás potencias europeas.

El tiempo de paz fue inicialmente una época de consolidación. La excepción se produjo en la India, donde una serie de campañas aumentó la preeminencia británica (aunque ésta no fue total hasta que el Punjab y Sind fueron conquistados en la década de 1840). Gran Bretaña comenzó a ejercer una influencia más directa sobre la sociedad india. El inglés reemplazó al persa como idioma oficial del Estado (1828), y las misiones cristianas incrementaron su actividad. Sin embargo, después de la Rebelión de los cipayos (1857), toda ambición de transformar la India quedó reducida a mantener la convivencia entre un sistema de gobierno eficaz y los elementos tradicionales de la sociedad. A partir de 1858, la India dejó de ser administrada por la Compañía de las Indias Orientales y pasó a depender directamente del gobierno británico: disponía de un virrey y un secretario de Estado independientes en Londres que formaban parte del gabinete gubernamental. La campaña en contra de la esclavitud en las Indias Occidentales perdió fuerza después de 1815, pero el resurgimiento de la política reformista en Gran Bretaña a partir de 1830 y la rebelión de esclavos que tuvo lugar en Jamaica en 1831 llevaron a la abolición de esta institución en 1834 (la emancipación se llevó a cabo en 1838). No se produjeron más tensiones en esta zona posteriormente. El fin de la esclavitud fue seguido mucho después de la desaparición del antiguo sistema colonial, superado por el ascenso del librecambio; el Acta de Navegación fue revocada en 1851. Un imperio adherido al sistema de librecambio no necesitaba controlar de forma estricta —y a menudo costosa— a las comunidades de colonos, de manera que se aplicó el principio del gobierno responsable en las colonias británicas de América del Norte durante la década de 1840. Como consecuencia de este principio, Canadá pasó a ser una confederación en 1867, lo que permitió a Gran Bretaña retirar sus guarniciones a la vez que conservaba el control sobre su política y defensa exterior. El Imperio concedió a las colonias australianas un gobierno responsable en la década de 1850 (aunque la fragmentación de esta zona demoró la constitución de una federación hasta 1901). La situación en Suráfrica, especialmente en lo referente a las relaciones entre los colonizadores y los nativos, no hacía recomendable la desaparición del control imperial, aunque los británicos retiraron la vigilancia de las repúblicas bóer del interior, creadas por el Gran Trek. Si bien es cierto que el auténtico aumento de la influencia británica en el exterior de Europa se realizó a través de un Imperio de productos manufacturados —como puso de manifiesto el bombardeo de Cantón motivado por la frustración de las expectativas comerciales—, la primera mitad del reinado de Victoria I fue una etapa de relativa estabilidad en lo referente a los asuntos imperiales y poco dada a precipitadas expansiones en el extranjero.

El florecimiento del Imperio durante el mandato del gobierno conservador de Benjamin Disraeli (1874-1880) ha sido considerado como el heraldo de una política imperial más activa. El nuevo imperialismo, de carácter más agresivo, que siguió a esta fase, también fue motivado por la inestabilidad local; por ejemplo, el gobierno liberal de William Gladstone ordenó la ocupación de Egipto (1882) para mantener el control sobre el canal de Suez. Se produjo a continuación una lucha por el poder en África, en la que Gran Bretaña, que rivalizaba principalmente con Francia y Alemania, reclamó diversos territorios de África occidental —sobre todo los situados a lo largo del valle del Níger— durante la década de 1880, y en el sur del continente, donde las actividades de Cecil Rhodes llevaron a la anexión de Bechuanaland en 1888 y a la constitución de Rhodesia en 1894. Los más firmes oponentes de la expansión británica fueron los bóers del Transvaal y del Estado Libre de Orange, que finalmente fueron derrotados en la Guerra Bóer (1899-1902). Los exploradores británicos recorrieron el África oriental a partir de la década de 1850 en busca del nacimiento del Nilo, y sir Samuel Baker descubrió el lago Nyanza en 1864. Finalmente, Gran Bretaña se aseguró el control político de la región tras la adquisición de Uganda (1894). A su vez, comenzaron a crearse asentamientos británicos en Kenia, aunque tuvieron un carácter provisional hasta 1914. La reina Victoria asumió el título de emperatriz de la India en 1876. Los dirigentes británicos estaban más alarmados por la amenaza de la expansión rusa que por los conflictos internos, aunque la fragilidad de las relaciones raciales y la formación del Congreso Nacional Indio en 1885 permitieron prever una época de conflictos. El gobierno liberal elegido en 1906 decidió retomar un estilo imperial menos espectacular; concedió la independencia al Transvaal y al Estado Libre de Orange, lo que abrió el camino para la formación de la Unión Surafricana en 1910, acordada por las comunidades blancas. La Conferencia Colonial de 1907 fue el primer evento de estas características, precursor de lo que posteriormente serían las instituciones de la Commonwealth. El Imperio Británico se mantuvo unido durante la I Guerra Mundial. En los Dominios autónomos predominó un ferviente entusiasmo en los primeros momentos, a excepción de una rebelión bóer de escasa importancia que en 1915 fue fácilmente reprimida.

Las tropas de los Dominios realizaron importantes acciones en Francia (los canadienses en la sierra de Vimy en abril de 1917) y los australianos y neocelandeses en Gallípoli durante 1915. No hubo nuevas manifestaciones de protesta en la India; sus tropas lucharon en Francia, África oriental y Oriente Próximo. Sin embargo, a medida que se incrementaron los sacrificios que exigía la guerra a partir de 1916, fue disminuyendo la lealtad hacia el Imperio. Los australianos rechazaron el reclutamiento (1917), y éste provocó una fuerte oposición en la zona francesa de Quebec. El líder nacionalista, Gandhi, causó un fuerte impacto en la opinión pública de la India tras su regreso de Suráfrica en 1915, e incluso consiguió reunir durante un tiempo a los hindúes y musulmanes en el Congreso. Después de la guerra, el Imperio Británico alcanzó su máxima extensión: Gran Bretaña adquirió la mayor parte de los territorios alemanes en África de acuerdo con el Tratado de Versalles (1919); a su vez, se abría la posibilidad de un nuevo Imperio en el mundo árabe. Sin embargo, también aumentaron los sentimientos nacionalistas y separatistas.

Lo cierto es que después de 1919 Gran Bretaña no sólo se encontraba agotada internamente, sino que su Imperio estaba disperso desde el punto de vista estratégico. Las décadas de 1920 y 1930 se caracterizaron por la búsqueda de nuevos medios para hacer funcionar al Imperio con menos gastos y disminuir el riesgo de su fragmentación. Egipto e Irak obtuvieron la independencia en 1922 y 1930 respectivamente. Las peticiones realizadas por los Dominios reclamando el pleno reconocimiento de su autonomía constitucional fueron satisfechas en el Estatuto de Westminster de 1931, aunque la Corona continuó siendo el nexo de unión. Irlanda del Sur recibió la condición de Dominio y se constituyó el Estado Libre de Irlanda (1922), que pasó a ser una república en 1937. El recuerdo de la matanza de Amritsar (1919), en la que el ejército británico abrió fuego indiscriminadamente contra los manifestantes y asesinó a más de 400 personas, repercutió en la situación de la India durante todo este periodo. Posteriormente, el gobierno británico de la India aprobó reformas constitucionales (1919, 1935) para hacer compatible el progreso de esta nación con las necesidades del Imperio, pero su disputa con el Partido del Congreso continuó sin resolverse. Gran Bretaña no tuvo que hacer frente aún al nacionalismo en las colonias africanas, y su gestión consistió en gobernar a los pueblos indirectamente y de forma económica a través de instituciones locales basadas en jefes rurales. No obstante, pudieron apreciarse indicadores ocasionales de la reacción de África al control colonial, especialmente en aquellos lugares en los que se recaudaron nuevos impuestos o se interfirió en las costumbres tradicionales.

Si el Imperio Británico aún se aferraba a su frágil equilibrio en 1939, la II Guerra Mundial puso fin a esta situación. Algunas posesiones británicas (Hong Kong, Malaysia, Birmania, Singapur) fueron conquistadas por Japón. Se produjo una rebelión en la India en agosto de 1942 y algunas acciones disidentes en el ejército indio. Aunque este país prestó una gran colaboración a los aliados durante la guerra, las fuerzas del Imperio estaban agotadas hacia 1945. Los Dominios intervinieron en el conflicto en 1939 apoyando a Gran Bretaña, pero posteriormente expresaron su deseo de decidir la naturaleza y los límites de su participación (Eire permaneció neutral). Por lo que respecta a la dependencia del Imperio —especialmente en África y el Caribe— el gobierno británico intentó promover una imagen progresista, coherente con una guerra que se había librado en nombre de la libertad. Se aprobaron las Leyes de Bienestar y Desarrollo Colonial (1940, 1945), y el primer ministro Churchill se unió al presidente Roosevelt en la firma de la Carta del Atlántico (1941), en la que se declaraba el derecho universal a la autodeterminación; no obstante, matizó posteriormente su aprobación de este documento. En resumen, Gran Bretaña consiguió movilizar a su Imperio para la guerra de forma bastante satisfactoria, pero para ello tuvo que aceptar compromisos y adoptar medidas que a la larga perjudicaron su supervivencia.

Estas repercusiones no tardaron en apreciarse en el sur de Asia, donde obtuvieron la independencia India y Pakistán (1947), Ceilán (1948) y Birmania (1949), y sólo esta última permaneció en la Commonwealth. Gran Bretaña renunció a su mandato sobre Palestina en 1948. En África sólo se previeron pequeñas concesiones con respecto al autogobierno, pero las rebeliones de Accra (febrero de 1948) inauguraron una transición relativamente rápida en la Costa de Oro (más tarde Ghana), que en 1957 pasó a ser la primera colonia británica al sur del Sahara que obtuvo la independencia (en el norte, Sudán había conseguido la independencia en 1956). La presencia de colonos blancos en el África central y oriental ocasionó situaciones más complejas y conflictivas en ocasiones (éste fue el caso de la rebelión Mau-mau en Kenia después de 1952). Sin embargo, el gobierno conservador de Harold Macmillan reconoció ciertos aires de cambio en África después de 1959, que culminaron con la independencia de Nigeria (1960), Sierra Leona (1961), Tanganica (1961), Uganda (1962), Kenia (1963), Zambia (1964), Malawi (1964), Gambia (1965), Botswana (1966) y Swazilandia (1968). Tanto éstas como otras transferencias de poder se realizaron de forma pacífica, a excepción de Rhodesia, donde la rebelión iniciada por la población blanca provocó dos años de guerra de guerrillas antes de que se constituyera legalmente Zimbabwe en 1981. No se produjeron conflictos de este tipo en las Indias Occidentales, aunque la disolución de la Federación de las Indias Occidentales, que había sido fundada en 1958, supuso la consecución de la independencia para varias islas que carecían de viabilidad como unidades independientes: Jamaica y Trinidad se independizaron en 1962 y las demás islas siguieron su camino posteriormente. A lo largo de todo este proceso, los gobiernos británicos no opusieron resistencia a la descolonización, a condición de que fuera posible transferir el poder a regímenes amistosos. Cuando el prestigio británico se vio dañado, como en el caso de la guerra de las Malvinas (1982), la respuesta fue agresiva. El desarrollo de una Commonwealth multirracial, igualitaria, de escasa utilidad aunque con afán de cooperación transcurrió paralelo al fin del Imperio. Esta organización consta de 51 miembros en la actualidad, e incluso aquellos estados que la abandonaron por algún motivo (por ejemplo Suráfrica y Pakistán) han encontrado razones para volver a ingresar.

El imperio francés

A su vez, el imperio francés llegó a ser el segundo del mundo después del británico. Tras la derrota de Francia frente a Prusia en la guerra de 1870-1871 y la posterior unificación de Alemania, parecía que Francia debería convertirse en potencia colonial, como había hecho Gran Bretaña, para mantener su prestigio. Se sostenía la idea de que las colonias podían ser fuentes de riqueza, ya que ofrecían materias primas nuevas y estaban abiertas a la inversión francesa, lo que podría suponer importantes beneficios. Cuando se empezaron a explorar territorios como China y África, lo más probable era que si Francia no intervenía, otras potencias lo hicieran, y Francia se quedaría fuera, con el consiguiente deterioro de su posición en el ámbito internacional. Francia intentó entonces dotar a su colonización de un carácter misionero y civilizador, como ya habían hecho los británicos. Tal y como lo expuso el principal político a favor del desarrollo de un imperio colonial, Jules Ferry: "Las razas superiores tienen la obligación de civilizar a las razas inferiores". En dos grandes exposiciones internacionales celebradas en París en 1889 y en 1900, fueron expuestas estas ideas junto con la representación del exotismo de los pueblos coloniales. Además, Jules Ferry intentó que las colonias se integraran en la estructura económica francesa, como potenciales áreas de inversión de capital y de salidas para la industria, finalizando el anterior proyecto de colonias de repoblación.

Pero estas ideas no eran universalmente aceptadas. Para muchos, el futuro de Francia venía determinado por las relaciones con Alemania, y consideraban que las expediciones coloniales eran una diversión que podía debilitar el poder francés. Los nacionalistas exigían que se fijara la atención sobre las provincias perdidas, a consecuencia de la Guerra Franco-prusiana, de Alsacia y Lorena, sobre "la estrecha franja azul de los Vosgos", en palabras de Clemenceau. Ninguna colonia podría reemplazar a Alsacia y Lorena.

No obstante, se adquirieron territorios en ultramar. En 1871 ya había unos 300.000 colonos en Argelia y a éstos hay que añadir los que huyeron de la ocupación alemana en Alsacia y Lorena, así como los inmigrantes procedentes de España, México e Italia que querían participar en lo que parecía ser una economía en alza. De este modo, las relaciones con los países vecinos de Argelia, Túnez y Marruecos se convirtieron en un tema importante. En 1881 Francia obligó al bey de Túnez a aceptar un protectorado francés sobre su territorio, debido en gran parte al creciente interés italiano por Túnez. También había una razón estratégica, ya que si los italianos controlaban el puerto tunicio de Bizerta, tendrían (al menos en teoría) la facultad de bloquear el mar Mediterráneo, lo cual resultaba inaceptable para Francia como potencia mediterránea. En Marruecos sólo era cuestión de tiempo que los franceses impusieran su predominio económico. En la Conferencia de Algeciras (1906), se reconoció el sur de Marruecos como área de influencia francesa, mientras España ocupaba la zona norte del Rif. Cuando se produjeron las primeras crisis internacionales, se estableció el protectorado francés, en 1912, en la Convención de Fez (que mantuvo las posesiones españolas en el Rif y en Ifni, en el sur).

El África ecuatorial fue explorado por Pierre Sarvorgnan de Brazza entre 1875 y 1880, y en 1910 los territorios en los que ondeaba la bandera francesa (Gabón, el Congo francés o medio, Ubangui-Chari y Chad) fueron agrupados bajo la denominación de Federación del África Ecuatorial Francesa. Algo parecido había ocurrido en África occidental, donde, tras la ocupación de Costa de Marfil (1883), Guinea (1896) y Benín (1892), Senegal y Chad se unieron a estos países para formar la Federación del África Occidental en 1895. Exploradores y soldados franceses trataron de unir todos estos territorios internándose en el Sahara, pero no fue del todo posible, tanto por motivos físicos como por la hostilidad de los pueblos nómadas que vivían allí. No obstante, las tropas francesas ocuparon en 1899 y 1900 los grandes oasis.

La rivalidad franco-británica era especialmente fuerte en Madagascar, y los habitantes de Reunión solían incitar a los franceses para que tomaran medidas. En 1885 se estableció allí un protectorado, pero se produjeron numerosos levantamientos contra los franceses, que emprendieron una encarnizada guerra que desembocó en la anexión de la isla en 1896.

La opinión pública francesa estaba más preocupada por la situación en Indochina, porque afectaba a la prudente política del gobierno encabezado por Jules Ferry, y porque suponía la intervención del ejército francés. Allí los franceses concentraron sus esfuerzos en Tonkín, lugar que querían convertir en zona de acceso hacia China; pero tropezaron con la oposición del emperador de Annam que les obligó a abandonar Hanoi, ciudad que habían ocupado en 1873. Volvieron a intentarlo en 1881 y aunque tropezaron con algunas dificultades, establecieron un protectorado francés sobre Tonkín en 1884. En 1885 se firmó en Tien-Tsin un acuerdo con China, en el que se reconocía la posición francesa. Entre 1887 y 1893 Auguste Pavie penetró de forma pacífica en la zona septentrional de Laos. En 1893 se proclamó la Unión Indochina, formada por la colonia de Cochinchina y el protectorado de Annam, Tonkín, Camboya y Laos.

En 1914 el Imperio Francés constaba de unos 50 millones de personas, que vivían en unos 10 millones de kilómetros cuadrados de extensión. Se desarrolló una administración y una cultura colonial, intentando establecer una mayor unidad entre las colonias. Pero no se llegó a un acuerdo sobre la relación que estos territorios debían mantener con la Francia metropolitana. Para algunos significaba garantizar una explotación económica que reportara beneficios para Francia, como era el caso del vino de Argelia; para otros suponía mantener el prestigio nacional de Francia; otros hablaban de asimilación de los habitantes de las colonias a la superior cultura francesa; para muchos se trataba de una simple asociación coyuntural que permitía a empresas francesas invertir en vías férreas, puentes o embalses para estos territorios. La situación de numerosos colonos (en especial en Argelia) franceses que habían abandonado la metrópoli para facilitar el control colonial, y en especial de sus descendientes, educados en la cultura francesa, pero que no gozaban de los mismos derechos que los ciudadanos franceses, obligaba a tomar una determinación. La opinión de los partidos políticos de izquierda en Francia, contrarios al colonialismo, permitió la aparición de una opinión que exigía cambios dentro del Imperio francés.

En la época de entreguerras (1919-1939) ya se habían previsto algunos cambios en el sistema colonial. En 1936, año en que estaba en el poder el socialista Léon Blum a la cabeza de una coalición izquierdista (Frente Popular), se llevó a cabo un intento de facilitar el acceso a la nacionalidad francesa a los ciudadanos de las colonias, de modo que aquellos que se habían destacado intelectual o militarmente, podían obtenerla sin tener que renunciar a su religión o a su cultura originaria. Durante la II Guerra Mundial, el general Charles de Gaulle, que había utilizado las colonias de África ecuatorial para atraer la atención de los aliados sobre su pequeño ejército, convocó una conferencia sobre los territorios africanos en Brazzaville. Aunque se reconoció la necesidad de cambios, De Gaulle recalcó que serían largos, y que no culminaría en la proclamación de independencia, sino en nuevas formas de administración que permitirían a los pueblos africanos tomar parte en la gestión de temas de competencia francesa. La Constitución de 1946 (que estableció la IV República en Francia) hizo que el Imperio francés pasara a denominarse Unión Francesa, y se recalcaba que, cualquiera que fuera el régimen jurídico de cada territorio (departamento, colonia, protectorado), y cualesquiera que fueran los objetivos para el desarrollo económico y cultural, siempre prevalecería un principio, el de la unión entre los territorios de ultramar y la Francia metropolitana. Suponía por tanto rechazar cualquier pretensión, no sólo de independencia, sino de autogobierno en los territorios de ultramar.

El rechazo a la Unión Francesa provocó varias guerras, que acabarían por enterrarla. La primera se produjo en Indochina. En 1945, con la confusión producida por la rendición de las fuerzas japonesas ante los chinos en el norte y ante los británicos en el sur, las fuerzas de resistencia indochinas, a las órdenes de Ho Chi Minh, proclamaron su independencia de Francia, y el partido comunista (el Vietminh) proclamó las repúblicas independientes de Tonkín, Annan y Cochinchina. En octubre, llegó una fuerza expedicionaria francesa con la misión de restablecer la autoridad francesa en el sur del país. En 1947 y 1948 los sucesivos gobiernos franceses trataron de solucionar el problema admitiendo estas repúblicas, junto con Camboya y Laos, dentro de la Unión Francesa. Pero fue imposible llegar a un acuerdo. Por tanto, se produjo una guerra colonial.

El 7 de mayo de 1954, el ejército francés sufrió una gran derrota en Dien Bien Phu, en Tonkín. El 17 de junio, Pierre Mendès-France, al frente de una poderosa alianza de partidos de izquierdas, se convirtió en jefe del gobierno. Siempre había estado en contra de la guerra, y después de un mes de negociaciones, los acuerdos de Ginebra pusieron fin a la presencia francesa en Indochina. Para Francia la guerra había acabado, pero en noviembre de 1954 comenzó la guerra en Argelia.

Esta guerra fue diferente pues estaba próxima a Francia y afectaba a un territorio donde vivían más de un millón de europeos que tenían la nacionalidad francesa. Jóvenes franceses que cumplían el servicio militar fueron enviados a la guerra. Al principio, las operaciones militares tuvieron éxito. Argel fue pacificado durante 1957, y las fronteras entre Argelia, Marruecos y Túnez fueron cerradas, de modo que los rebeldes no pudieran recibir ayuda de estos países. Pero los colonos acusaban a los gobiernos de París de debilidad y de no acabar rápidamente con una guerra que parecía interminable. El 13 de mayo de 1958 organizaron una rebelión y tomaron Argel. En Francia se vivía un clima de crispación y fracaso, que provocó el desconcierto y la división entre las fuerzas de la izquierda. El resultado —a fin de evitar un conflicto tanto en Argelia, como en Francia— fue el regreso al poder del general Charles de Gaulle. Nadie sabía en verdad cuál iba a ser su política. Parecía que estaba decidido a conceder la independencia a Argelia y que, posteriormente, mantuviera una estrecha relación con Francia. Pero, una vez que Argelia obtuvo la independencia en 1962, eso no fue lo que sucedió.

De Gaulle había tratado de afianzar el control sobre las colonias africanas, para lo que creó la Comunidad Francesa (1958), pero los líderes africanos sólo buscaban la independencia y rechazaron formar parte de la Comunidad Francesa. Al igual que Túnez en 1954 y Marruecos en 1958, en la década de 1960 se independizaron la práctica totalidad de las colonias francesas del África negra, a excepción de las islas Comores (que lo hicieron en 1975) y en 1977 Djibuti (la antigua Somolia francesa).

Los únicos restos del antiguo Imperio francés que aún perduran son Guayana, y las islas de Guadalupe, Martinica y Reunión.

Imperios menores

Luego estaban los pequeños imperios de otros países:

  • Alemania ocupó Togo, el Camerún, Namibia y Tanzania.

  • Bélgica se apropió del gran territorio del Congo en África.

  • Portugal amplió sus bases del sur del continente africano y ocupó Angola y Mozambique.

  • Italia y España fueron menores: Eritrea y Somalia para Italia, y Guinea y pequeños territorios del Sahara para España.

Los indigenas y los tratados

Pero, ¿de qué forma se conquistaban los territorios? Fácil, engañando a los nativos:

Las extensiones de territorio eran conseguidas gracias a unos llamados tratados, que se conseguían de una manera algo “teatral”. Un europeo, todo sucio y malvestido, aparece en un poblado indígena. Los indios huían despavoridos al ver a semejante personaje, pero este les invita a volver hacia él y les enseña unas cuantas baratijas que no valen nada. Al final, los inocentes, aceptan los regalos. El interprete hacía en aquel momento como si explicase el tratado al jefe de la tribu. Este no entendía nada, pero firma el tratado creyéndose que sería otro regalo. En fin, de esta manera tan absurda, se conquistaban los territorios y a sus gentes.

Como ya se ha dicho, África y gran parte de Oceanía fueron las zonas objetivo. ¿Por qué? Pues por que los recursos minerales de África son los más importantes del mundo. Además, hacían trabajar a los indígenas para poder explotar estas riquezas. Aunque los misioneros estaban en contra de la esclavitud, no tuvieron mucho éxito y el tráfico de negros fue algo casi normal por aquel entonces. Se despreciaba a las tribus porque se creía que eran inferiores y que no sabían organizarse como tribu. Decían que todo aquello no era nada más que barbarie. Pero esto no acababa aquí, para ellos los negros no eran más que animales que eran dotados con la palabra. Solo por el hecho de vivir en una civilización diferente a la suya eran considerados “no-humanos”, o mejor dicho “sub-humanos”. Un ejemplo era que había lavabos para negros y para blancos.

El Congreso Socialista Internacional y el fin del Imperialismo

El Congreso Socialista Internacional en París (1900) consideró que el Imperialismo provocaba sentimiento de enfrentamiento entre gobiernos y que gastaban demasiado en el militarismo, y que el único propósito de esto era ampliar los beneficios de la clase capitalista y el mantenimiento del sistema. Y, sobretodo, que se cometían crímenes contra las razas indígenas, las cuales las esclavizaban por la fuerza de las armas.

Siete años después (1907) en Stuttgart, el Congreso declaró que los diputados socialistas tenían el derecho de oponerse a este régimen de explotación y esclavitud de las colonias, y de exigir reformas en la vida de los indígenas y poner todo en lo que estuviese en su disposición para educar a estos pueblos para su independencia.

Conclusión

En fin, ya en nuestros días aun ven las secuelas del Imperialismo. Este fenómeno ha demostrado ser destructivo y creativo a la vez: ha destruido instituciones tradicionales y formas de pensar, y las ha sustituido por las costumbres y mentalidad del mundo occidental, ya se considere esto un beneficio o un perjuicio.

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