Iliada; Homero

Literatura griega clásica. Poemas homéricos. Épica. Guerra griegos y troyanos. Aquiles. Dioses

  • Enviado por: Iliodi
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 18 páginas
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-Ilíada:

En esta obra se cuentan tres días de los diez años de la guerra de Troya (en ella se enfrentaban aqueos y troyanos).

Helena, esposa del rey de Esparta (Menelao), fue la infausta causa de la guerra y la ruina para la ciudad de Troya cuando fue raptada por el troyano Paris a causa de su belleza y llevada a la ciudad de Troya (fue hospedado por Menelao y no se comportó como debiera). Helena era hija de Zeus y de Leda (esposa de Tíndaro), hermana de los gemelos Cástor y Pólux y gemela de Clitemnestra (esposa de Agamenón).

En la obra están del todo presentes los dioses, como algo totalmente natural (se da un antropomorfismo de las divinidades, que lloran o ríen, sufren... , como se observa en el pesar de la diosa Tetis porque sabe que su hijo Aquiles va a morir, y ahí quizás estuviese la causa de que no fueran temidos los dioses). Hay una mezcla entre el plano de los dioses y el de los hombres (por ejemplo, personajes como Helena son, en realidad, dioses). El destino ya está establecido por los dioses y no se puede cambiar, aunque parece que existe una pequeña parcela de libertad cuando, por ejemplo, Aquiles sabe que si mata a Héctor, él morirá y, aun así, decide acabar con él. Es mejor hacer caso a los dioses: “el que a los dioses hace caso, mucho le escuchan ellos”. Pero, aunque los dioses son la causa de cada cambio de situación y de cada decisión, son más importantes en la Ilíada los humanos (o “semi humanos”, puesto que los héroes están en el plano de los seres humanos, pero tienen ascendencia divina). Sin embargo, se cumple todo según los deseos de Zeus. "Homero" mezcla realidad y ficción (en la época de la guerra de Troya no existía el hierro, que tanto emplea en sus comparaciones recordándonos su mundo más moderno), inventa ciertas cosas y otras las toma de la historia o de la tradición mitológica.

Canto I:

La primera palabra de la obra es “cólera”, en torno a la que gira todo el poema. Es la ððððs de Aquiles. Han transcurrido diez años de la guerra de Troya y, sin embargo, no se va a comenzar a narrar el poema hasta que no estalle la cólera de Aquiles. Esta cólera está motivada porque se valora mucho la honra y un botín de guerra (una posesión), como podía ser la cautiva Briseida (tomada al conquistar la ciudad de Tebas), arrebatado por otra persona (en este caso, Agamenón) era considerado un gran ultraje. Además, aparece un vocativo (“Canta, diosa, la cólera de Aquiles). Es la diosa la que canta a través del poeta, que queda en un segundo plano.

Crises, sacerdote de Apolo, se acerca al campamento aqueo para recuperar a su hija Criseida, a cambio de rescate, de manos de Agamenón. Crises no recibe un buen trato por parte del rey de reyes (Agamenón), aunque los aqueos pretendían respetar al sacerdote de Apolo que los trató con tan buenos modales y les deseó lo mejor. Apolo envía una peste a los aqueos. El adivino Calcante (los vates tenían gran importancia) revela el motivo por el que ha venido la peste, cumpliendo los deseos de Aquiles (joven rey tesalio), pero temiendo la ira de Agamenón, que, en efecto, se enfada, reprochándole que solamente le haya adivinado males. Decide devolver a Criseida a su padre solo si a cambio obtiene la cautiva de Aquiles: Briseida. Así se la arrebata al joven “rebelde” (según Agamenón), que se encoleriza e invoca a su madre Tetis -una diosa. Esta habla con Zeus, dios supremo, para que ayude a los troyanos y Zeus accede (de fondo se halla el hecho de que Zeus había amado a Tetis). La cólera llevó a los aqueos a sufrir mil padecimientos. Aquiles no va a poner fin a la cólera haga Agamenón lo que haga. El canto comienza con la peste enviada por Apolo, es decir, in media res, para después contar lo anterior.

La presencia de los dioses se observa, por ejemplo en: ”¿Quién fue de entre los dioses el que (...) los enzarzó en reyerta?” Fue Apolo el que llevó a Agamenón y a Aquiles a su discordia. Están muy presentes los rituales de la religión griega (por ejemplo, se habla constantemente de los sacrificios a los dioses, como se observa en la invocación de Crises a Apolo, al que le pide que le ayude puesto que siempre le ha hecho sacrificios en su honor). Destaca el sacrificio de la hecatombe (cien bueyes, literalmente, aunque podía ser de menos, o de toros, machos cabríos, carneros o moruecos). Los dioses siempre son “augustos” y lo saben todo, así Tetis pregunta a su hijo Aquiles por qué se lamenta y este le dice que para qué lo pregunta si ya sabe que es a causa de Briseida. Muchas veces los dioses pueden enviar adversidad incluso contra quienes son sus devotos y les brindan sacrificios. Los dioses, además, pueden engañar a los hombres y hacerles creer algo falso (por ejemplo, en el canto II, Zeus envía un sueño a Agamenón en el que le hace ver que debe intentar tomar Troya porque va a vencer, aunque, en realidad, Zeus desea perjudicarle). Cuando hay que tomar una decisión importante, los dioses se presentan ante el humano de su patrocinio y le hacen tomar una decisión: “Hera (...) en las mientes de Aquiles lo inculcara”. Cuando Zeus favorece a un mortal o dios se dice que ese es “caro a Zeus”. En ocasiones se dice de alguien “a los dioses parecido”, como fórmula de respeto. Los dioses tienen sus preferencias y, así, Hera, Atenea y Posidón son “del bando aqueo”. Tetis pone en un compromiso a Zeus al pedirle que ayude a los troyanos porque Hera, esposa de Zeus, es partidaria de los aqueos. Pero todos los dioses temen las amenazas de Zeus, que es quien pone fin a las discordias por ser el más poderoso. Ciertamente Zeus abusa de su poder y amenaza a los dioses.

En la Ilíada es constante la alusión a sonidos, por ejemplo “(...) y las flechas sonaron a su espalda (...) y de su arco de plata terrible fue el chasquido (...)” o “el purpúreo oleaje con estruendo sonaba”. Además, hay una serie de términos relacionados con la vista (y las distintas formas de ver): “con los ojos abiertos la luz vea”, “de ojos giradores”, “sus ojos un fuego parecían que estuviera destellos despidiendo”, “dirigiendo (...) una mirada anunciadora de calamidades”, “versátiles ojos” o “tremendos brillaron sus dos ojos”. Otro de los recursos literarios (no apreciable en las traducciones) es la aliteración. Se emplean nombres parlantes, por ejemplo, si se habla de un adivino, su nombre estará ligado a “ver” o, si se trata de un heraldo, a sus “pies veloces”. En este canto, por ejemplo, tenemos para un gigante el nombre Briareo (“pujante”, “vigoroso”). También se encuentran frecuentes juegos de palabras que no se pueden traducir. Habitualmente se alude al perro en sentido negativo: “desgracias perrunas”, “cara de perro” o “¡perra!”

Hay una serie de epítetos atribuidos a las divinidades, por ejemplo, en este canto, “Hera, la de blancos brazos”, “Hera la de ojos de novilla”, “Hera la del áureo trono” “Aurora la de dedos rosados” por el color del amanecer, “Zeus Cronida” porque es hijo de Cronos, “Atenea la de ojos de lechuza”, “Tetis la de argénteos pies”, “los dioses sempiternos” o “Febo Apolo” (“Febo” hace referencia al Sol). Estos epítetos eran algo prefijado para completar la métrica (aparecían siempre en la misma posición) y, además, para facilitar la memorización del poema por parte del rapsoda. Quizás podían hacer alusión al origen animal de los dioses, a una fórmula relacionada con la época en la que la magia estaba presente -que sirviera para invocar al numen- o a la función del dios. Existen otros epítetos aplicados a los héroes o humanos, que podrían haber tenido función similar: “Aquiles, el de los pies ligeros”, “Odiseo el de muchos ardides”, “Briseida/Criseida la de hermosas mejillas”, “mujer de bien marcado talle” o “los aqueos de larga cabellera”. Otros epítetos son del estilo de “negra/curva/rápida nave” o “larga espada”. Los epítetos dan estabilidad y dejan este mundo homérico estático, sirviendo además al aedo para saber seguir si olvidaba algo. Son epítetos muy plásticos.

Hay, además, una serie de fórmulas que tienen la misma función que el epíteto (en los poemas homéricos es frecuente la repetición y la redundancia), como, por ejemplo, “y todos estuvieron reunidos” (se reunían los aqueos junto a la nave de Ulises), en las amenazas: “para que sepas bien cumplidamente” o “le dirigió aladas palabras” porque se cree que estas vuelan para llegar al receptor. Es frecuente la expresión “de esta guisa” o “y tú métetelo dentro de tus mientes”. A menudo se presta juramento, generalmente por los dioses.

Se observa la arrogancia de los héroes: “Agamenón (...) ahora de ser se jacta con mucho el mejor de los aqueos”. Son, además, egoístas, pues, sin ir más lejos, Aquiles se retira de combate cuando cree oportuno sin preocuparse de si sus compañeros, al borde de la muerte, le necesitan o no. Se lucha por la gloria personal, la valentía en combate es una gran virtud. No se lucha por la patria o por la familia.

Se tiene un gran respeto por los ancianos, que son preceptores de los muchachos (por ejemplo, Néstor o Fénix) y dan consejo muy valorado: “sí que, por cierto, anciano (Néstor), todo eso has dicho en la medida conveniente”.

En la Ilíada aparecen alusiones a cosas de la vida cotidiana, como, por ejemplo, el vino, que se emplea para comparar (“el ponto rojo como el vino”) o en expresiones, por ejemplo, en este canto: “cargado por el vino” (el alcoholismo estaba mal visto). También aparece alusión a la comida (celebración de un banquete tras un sacrificio). El saciar el hambre y la sed (comían fundamentalmente carne y bebían vino con agua) es una de las escenas típicas. Incluso los dioses, que se alimentan de néctar y ambrosía porque no pueden comer y beber lo que los mortales, celebran banquetes en el Olimpo.

El mar tiene gran importancia: constantemente se alude a las naves, por ejemplo. Es muy valorado, puesto que incluso se cita como “purificador”, aunque se considere en esta época que el mar y el cielo, contrariamente a la tierra (a pesar de que realmente en Grecia esta no es nada fértil), no producen nada. Hay varias palabras en griego referidas al mar y cada una de ellas tiene sus matices.

Aquiles, aunque cruel y despiadado, también llora cuando le arrebatan a Briseida o matan a su amigo Patroclo. En este canto también aparece la piedad y el respeto al suplicante, por ejemplo cuando Tetis se abraza a las rodillas de Zeus para pedirle que ayude a los troyanos. El que recibía al suplicante estaba obligado por Zeus a obedecerle.

El poeta introduce anticipos, por ejemplo, que Aquiles va a morir en breve (lo saben incluso él y su madre).

Canto VI:

Los dioses ya no intervienen en combate porque así lo ha ordenado Zeus. Por una parte se cuenta cómo prosigue la lucha entre ambos bandos, por otra, se ofrece la escena entre Glauco y Diomedes y, finalmente, Héctor en Troya se despide de su madre Hécaba, de su cuñada Helena, que tanto dolor a causado a la ciudad, y de su esposa Andrómaca. Se compara al héroe Héctor, más humano, con Paris, que solo piensa en sí mismo. Héctor es el intermedio entre Aquiles, el menos humano, y Odiseo. Héctor se preocupa por su familia e incluso se dice que lucha por ella además de por su honra.

Continuando en la línea del canto analizado anteriormente, seguimos con las referencias a la vista: “hizo brillar la luz” o “y la tiniebla le cubrió los ojos”.

Se observan de nuevo nombres parlantes: “el noble y gigantesco hijo de Eusoro”, que significa “que tiene buenos montones de trigo”, “opulento” pues. Otros nombres parlantes son “Calesio”, “que llama”, “que invita” (escudero que llama a los caballos).

Aparecen más epítetos: “Diomedes por el grito de guerra destacado”, “Téano la de hermosas mejillas”, “Atenea de hermosa cabellera”, “las mujeres de bellos peplos”, “troyanas de hermosos tirabuzones”, “Zeus portador de la égida” (la égida es una piel de cabra que llevan los dioses alrededor de los hombros para protegerse; con ella Zeus asusta a los enemigos y da vigor a los amigos), “los aqueos de grebas hermosas”, “nodriza de fina cintura”, “los troyanos domadores de potros” o “Héctor el del yelmo refulgente”.

Se observa en este canto la costumbre de los griegos de ser hospitalarios, pues se habla de un tal Áxilo que era conocido por esta virtud considerada casi deber religioso.

La redundancia homérica se observa, por ejemplo, en “opulento de bienes y recursos”. Hay repetición en “le asió por las rodillas/y así le suplicaba: /”captúrame con vida, hijo de Atreo, /y acepta tú por mí justo rescate; /muchos tesoros hay depositados (...)””, que aparece en otras partes de la obra, en “lo ponga en las rodillas de Atenea”, en “añales y hasta entonces no aguijadas”, en “al hijo de Tideo”, en “que sois ilustres por lejanas tierras”, en “vuestro arrojo impetuoso”, en “los dos, ansiosos por entrar en liza”, ”en gran medida, ya que tú mi lanza”, en “porque uno eres de los inmortales” o en “de Ilio hasta haber en ella entrado, /domados por sus propias cobardías”, entre muchos otros.

Se observan fórmulas como “y de sus hijos que son tiernos niños”, “así dijo, y Héctor/en nada desoyó/de su hermano el consejo/y al instante saltó a Tierra del carro”, “cuando ya la décima aurora”, “y Héctor a los troyanos”, “le llamó por su propio nombre: ” (aunque se haya perdido tal nombre) o “inspirador vehemente de la fuga”, entre muchas otras.

Además, tenemos la concepción antigua del cuerpo no como un todo, sino como “miembros” independientes casi: “los brillantes miembros”.

Versos como “que en tablilla plegable él escribiera” nos recuerdan a las tablillas micénicas del “Lineal B”, silábico, descubriéndonos aspectos de la vida cotidiana griega de esta época.

Hay que hacer notar la referencia a las amazonas, pueblo de mujeres guerreras que se valían sin los hombres y honraban a la diosa de la caza (Ártemis): “mató a las varoniles amazonas”.

En la escena de Glauco y Diomedes, este último pregunta a Glauco cuál es su ascendencia ya que tanto ardor muestra en combate y Diomedes le recibe favorablemente porque tienen relación sus familias (se consideran “huéspedes desde tiempos ancestrales”), clava la lanza en tierra (acción típica de quien no desea luchar) y no se enfrentan. Con este lento diálogo “Homero” logra una “retardación”. Se espera la lucha entre aqueos y troyanos y se deja para después, entreteniendo al oyente con el linaje de Glauco.

En paralelo sucede el encuentro de Héctor con Hécaba (Héctor se marcha a ver a su madre, se deja ahí, se nos cuenta el encuentro entre Glauco y Diomedes, y Héctor vuelve a aparecer), pero el poeta nos lo cuenta no como simultáneo, sino como posterior porque aún no se han desarrollado las técnicas narrativas para ofrecernos ambas escenas al mismo tiempo. Además, el tiempo es circular en “Homero”. Hay composición en forma de anillo, es decir, por ejemplo antes de este canto hay combate, se abandona unos momentos aunque sigue estando ahí y el comienzo del canto siguiente continúa lo que el poeta ha dejado.

Se cita de nuevo el vino: “que vino dulce cual la miel (símil) te traiga/(...)y, a la postre, también tú te aproveches/si tú mismo lo bebes. /Porque cuando un varón está cansado, /(...) el vino grandemente/aumenta su ardor”, o “vino chispeante”.

También se hace referencia a la escena cotidiana de perfumarse: “y ella en persona a la estancia bajóse perfumada”, Otra referencia a la vida cotidiana se encuentra en estas palabras de Héctor a Andrómaca: “o, tal vez, con frecuencia regular, / acarrees el agua de la fuente”.

Se alude al carácter guerrero de Héctor al decir que era capaz de empuñar una larga y pesada lanza de bronce, mientras que Paris es un arquero y, a fin de cuentas, un cobarde que no puede manejar una lanza así. Héctor le reprocha que sea causa de tantos males y que no combata y, en cambio, se permita reñir a quien no lo hace. Paris (o Alejandro) dice que no combate porque está dolido por la derrota que ha sufrido a manos de Menelao, pero esto es poco cierto porque se había entregado al amor de Helena. Esta se lamenta ante su cuñado de vivir para causar tanto mal y de tener un esposo tan poco valiente. Alejandro decide ir después a la batalla y Héctor le dice a Helena que no le entretenga (a él: Héctor), aunque le aprecie, porque desea luchar por los troyanos (es un héroe menos egoísta). Además, dice que irá a ver a su “hijito” pequeño, diminutivo con el que demuestra su amor de padre. Es un héroe más humano. Llama a su hijo cariñosamente “Escamandrio” (diminutivo de un río) y se dice en el mismo poema que el niño es amado y se lo compara con una estrella hermosa.

Héctor sonríe a su hijo. Andrómaca, que permanecía desde hacía tiempo llorando y había bajado de la torre con el niño para ver a su marido, le dice que se quedará viuda y que tampoco tiene padre ni madre (ni hermanos, puesto que a los siete los mató Aquiles) y que Astianacte (su hijo) será huérfano desde pequeño. Es una típica escena triangular donde se aprecia la mano del “poeta A” de la obra. Andrómaca le pide a su esposo que se quede. Pero Héctor le dice que ha de ser valiente como siempre lo ha sido y que lucha por su gloria y la de su padre (se preocupa por la familia) y por los troyanos y troyanas (se acuerda de la patria). El amor que le tiene Héctor a su esposa se observa en: “Mas ¡que yo quede muerto/y tierra amontonada me sepulte/antes, sí, de que oiga/tus gritos o contemple/la forma en que te arrastran!” Héctor incluso le acaricia la mano.

Héctor le ofrece los brazos a su hijo para tomarle, pero el niño, asustado ante el brillo de su casco y en este ambiente tenso de casi oscuridad con sombras producidas por la hoguera, llora y se agarra a su nodriza. La tensión se rompe con la risa de los padres ante el pequeño incidente y Héctor se quita el casco para dejar de ser guerrero y convertirse en padre. El niño ya no tiene miedo y Héctor le besa y le acuna en sus brazos. Héctor suplica a Zeus que su hijo sea mejor que él (sigue sin ser un héroe del todo modesto) y que se distinga entre los troyanos.

Aún se observa la diferenciación entre hombres y mujeres: “(...)vete a casa/y atiende tus labores, /el telar y la rueca, /y ordena a tus criadas que al trabajo se entreguen, /pues a cuenta ha de correr la guerra/de los varones todos/que en Ilión han nacido, /y de mí especialmente.”

Todas las sirvientas lloran con Andrómaca y dicen que su marido ya no regresará del combate.

Encontramos un típico símil en: “Y al igual que un corcel en el establo, /cebado en el pesebre con cebada, /destroza de un tirón sus ataduras/y al galope recorre la llanura, /el suelo con sus cascos golpeando, /a bañarse habituado en las corrientes/de las aguas hermosas de algún río, /y orgulloso de sí yergue su cuello/y de uno y otro lado de sus lomos/vanle al compás las crines oscilando, /y a él, bien seguro de su lozanía, /muy ligeras sus patas le conducen/hacia donde se encuentra su querencia, /hasta el prado en que pastan las yeguas”. Este símil quiere, como todos, explicar una realidad profunda de un modo sencillo. Además, el aedo utilizaba los símiles para pensar qué colocar en la composición a continuación. Lo que quiere decirnos el poeta con este símil es que Alejandro con valentía y seguro de sí mismo avanza hacia la batalla. Nada puede detenerle. Este símil fue imitado por el poeta latino Virgilio en la Eneida.

Con esto se cierra la composición anular y Alejandro y Héctor van a combatir, aunque el segundo le sigue reprochando al primero su retraso para incorporarse a la lucha y los males que ha causado a los troyanos. Sin embargo, le dice que ya lo arreglarán más tarde, que en ese momento es preciso luchar.

Canto XXIV:

Este canto es la magistral culminación de la obra, puesto que acerca la Ilíada a una tragedia con final fatal. La “moraleja” es que la guerra solo produce dolor y al final vencedor y vencido acaban lamentándose de igual modo por las pérdidas de la guerra cruel. En este canto se nos muestra la compasión y la piedad de Aquiles. Ciertamente, el poema nos cuenta que la vida no es más que sufrimiento (“pues las Moiras hicieron/sufrido el corazón de los humanos”: las Moiras son la personificación del destino). Es la concepción pesimista típicamente griega. Este canto está unido con el analizado anteriormente. Se ha cumplido el hado y Héctor ha muerto a manos de Aquiles (Héctor y su familia ya sabían lo que iba a suceder y, sin embargo, Héctor decide acudir valerosamente a combatir). Entretanto, en el canto XIX ya le había profetizado a Aquiles su caballo Janto que moriría después de matar a Héctor, pero aun así, no quiere admitirlo. Pero sabe que morirá y no podrá regresar a su patria. Es la tragedia griega: dos héroes se enfrentan al funesto destino sin poder evitarlo. Los héroes han de realizar hazañas y destacar, pero, al mismo tiempo, ser compasivos, y aquí, Aquiles, pese a su indomable carácter, llega incluso a alentar con dulces palabras al padre de Héctor. Y con ello se ganará la gloria y ninguno de los dos héroes será mejor que el otro.

Al final de la obra se otorga igual importancia a ambos héroes (Aquiles no tardará en morir). Está predestinado que debe caer Troya y así fue. Aquiles muestra sus sentimientos llorando porque Héctor le ha matado a su fiel amigo y escudero Patroclo (de ahí que le prometiera a este la muerte de Héctor en venganza). Según una leyenda posterior, Apolo causó la muerte de Aquiles guiando la flecha del cobarde arquero Paris hacia el talón, el único punto vulnerable del héroe porque su madre, la diosa Tetis, lo bañó en aguas sagradas haciendo su cuerpo invulnerable por todas partes excepto por el talón, por donde le sujetó para bañarle.

Se hace referencia a los rituales de entierro a los difuntos, donde tiene importancia el número tres (los aqueos dan tres vueltas alrededor de la pira de Patroclo). Aquiles ultraja el cadáver de Héctor: “y después que tres veces/en torno de la tumba/del difunto Patroclo el Menetíada/a rastras lo llevara, /en la tienda de nuevo descansaba, /y el cadáver dejaba/ extendido en el polvo boca abajo”. Y Héctor es un héroe que no merece ese trato. Apolo se apiada de él y cubre su cadáver. Los difuntos debían ser respetados. Se tiene un concepto muy peculiar de los difuntos, que, según las creencias de esta época, estarían compuestos por tierra y agua.

En este canto se hace alusión al juicio de Paris, que debía entregar una manzana a la diosa de las tres (Hera, Atenea o Afrodita) que considerase más bella. Afrodita es la elegida y a cambio, cumpliendo su promesa, le concede a la mortal más bella: la argiva Helena. Paris aparece como hombre lujurioso y egoísta (que concede la manzana a Afrodita que, como diosa del amor, le había prometido a Helena). En cambio, su hermano Héctor es generoso, valiente y moderado, amante de su familia: es el gran héroe. Afrodita, a causa del juicio de Paris, defiende a los troyanos.

Apolo les dice a los otros dioses que deberían apiadarse de Héctor y no defender la testarudez de Aquiles. Héctor no había recibido un buen trato y lo mejor hubiera sido entregárselo a su familia, pero se le había quemado rápidamente en una pira y los funerales habían sido breves.

Iris, la mensajera de los dioses, va a hablar con Tetis, madre de Aquiles, por si ella puede interceder. La encuentra llorando muy humanamente de nuevo el destino mortal de su hijo. Incluso guarda luto. Acude junto a Zeus y los otros dioses y el padre de las divinidades le valora que haya venido a pesar de estar apenada. Le dice que su hijo Aquiles tendrá gloria, pero que ha de dar mejor trato al cadáver de Héctor. Zeus envía a Iris a pedirle a Príamo, padre de Héctor, que se acerque a Aquiles con regalos, para ver si cede y le devuelve a su hijo. A Zeus siempre le obedecen los otros dioses porque está por encima de todos ellos, de ahí que sea frecuente la expresión: ”Así dijo, y no desobedeció”.

El cariño de Tetis por su hijo se advierte en que le acaricia la mano y le llama “por su nombre”. Le aconseja como madre, y no como diosa, que deje de sufrir porque ya le queda poca vida y que debe pensar en comer y en una mujer. Tetis le transmite el mensaje de Zeus y Aquiles dice que obedecerá a este dios y le devolverá el cadáver a Príamo cuando venga a pedírselo con regalos. Se observa el gran respeto que le tiene a Zeus y el cariño hacia su madre, con la que conversa amistosamente casi como si fuera una amiga y de la que acepta el consejo y a la que obedece. Zeus manda a Iris junto a Príamo para que le diga que vaya solo al campamento aqueo, sin sus hombres, que le acompañará el heraldo Argifonte (el dios Hermes) y que no tenga miedo porque Aquiles debe aceptar al suplicante con respeto. Iris lo encuentra llorando y untado con barro en señal de luto (como era tradición), rodeado de su familia que se lamenta. Cuando Príamo ve a Iris se nos cuenta el asombro que le produce la divinidad: “mientras que de los miembros del anciano/apoderóse un estremecimiento”. El mortal ante una divinidad tiembla, pero Iris le dice que no se asuste porque no le va a anunciar una mala noticia, sino que Zeus tiene piedad de él. Se observa la visión del cuerpo humano como miembros en lo analizado anteriormente y también en: ”habiéndolo troceado miembro a miembro” cuando Príamo cree que realmente eso es lo que ha hecho Aquiles con su hijo, o en “y ya de sus entrañas y sus miembros”. Cuando Príamo habla con su esposa Hécaba, esta teme que vaya solo ante el rey aqueo que tantos hijos le ha matado (no solo se había quedado sin Héctor, sino que había dado muerte a dos de los hermanos de Héctor) y le dice que es un insensato, pero el anciano está dispuesto a ir. Hécaba dice que ojalá pudiera comerse el hígado del asesino de sus hijos, algo que dijo Aquiles de Héctor porque le había matado a Patroclo. Alaba a su hijo por su valentía, con palabras llenas de rabia y ensalza sus cualidades (dice que nunca huyó, aunque sí lo hizo, a pesar de que esperó a Aquiles aun sabiendo que iba a matarle), como haría cualquier madre. Incluso frecuentemente visita a su hijo.

Encontramos un símil en “(...)como un león, /en su alma alberga/feroces sentimientos, /como el león que a impulso de su fuerza/enorme, y al coraje/altanero cediendo, /salta y se lanza sobre las ovejas/de los hombres mortales/para darse con ellas un banquete; ” Aquiles no tiene piedad, sus sentimientos se comparan con la frialdad de un león que ataca el rebaño de los hombres sin tener piedad de las ovejas ni de los amos. Otra metáfora es: “de igual modo que el plomo/sobre el cuerno montado/de un agreste toro, /a modo de plomada, /que, según va llegando, /lleva la muerte a los voraces peces.” Significa que Iris, la mensajera de los dioses se zambulle en el agua con rapidez (como corresponde a un dios), pesadamente. Parece que el poeta gusta de las comparaciones referidas al mar. Se establece una semejanza en: “(...), semejante a un príncipe muchacho a quien el bozo/por primera vez apunta/y cuya juventud es toda gracia/en el máximo grado”. Compara al divino Hermes con un adolescente lleno de fuerza, belleza y vigor mientras se apresura a guiar a Príamo ante Aquiles. Príamo admirará la presencia de Hermes en: “como eres tú, admirable/por tu talla y por tu aspecto”. “Homero” emplea otra comparación en: “Y al igual que se mira/a aquel varón al que ceguera espesa/un día arrebatara, /y él entonces hubiera dado muerte/a un hombre en los confines de su patria/y luego a territorio se llegara/de extraños, a la casa/de un varón opulento, y el estupor se adueña, en este caso, /de quienes le dirigen la mirada”. Aquiles se sorprende al ver a Príamo, padre de su víctima. Queda estupefacto como si contemplara un espectáculo terrible. Encontramos otra metáfora en: “(...) nuestro dolor se asiente en nuestro pecho”, pues Aquiles, reconociendo la valentía de Príamo, que ha ido hasta él, le ofrece asiento, mostrándose amable. Se compara a Aquiles con un león en: “Y el Pelida, cual si un león fuera”. Es ágil como héroe que es y da un salto como un felino fuerte. Es frecuente comparar a un héroe con un león, desde el símil más sencillo al más complejo. Se dice de los pesares que se digieren como la comida, también. Se compara a la más hermosa de las hijas de Príamo con Afrodita, la diosa del amor: “Casandra a la áurea Afrodita semejante”.

Sigue habiendo alusiones al sentido del oído: “y, al chocar, resonó con un gemido/la tersa superficie de las aguas”.

Hay recursos literarios: sinécdoque en Argos para decir Grecia (la parte por el todo) y pleonasmo y repetición en “y le besó las manos/las espantosas y asesinas manos”. Príamo besa al asesino de sus tres hijos. Hay una repetición también en: “por su cabeza cana y por su cana barba”. Hay juegos de palabras que no se pueden traducir. Aparece una fórmula frecuente en los poemas: “como es de ley propio” y eufemismos: “(...) es posible que sufriera/dilación el rescate del cadáver”.

Aparecen otros epítetos como “raudas naves”, “Iris la de los pies huracanados/de viento”, “Polites por su grito de guerra distinguido” o “el carro de hermosas ruedas”. “Homero” también hace un subuso de epítetos, como por ejemplo, exagerando en: “y de piezas de lino relucientes”. La tela puede estar nueva y limpia, pero nunca podrá brillar el lino, que además es una tela “mate”, sin brillo.

En cuanto a redundancias, tenemos: “a verte con sus ojos”, “y la veas con tus ojos”. Es un pleonasmo. Sigue repitiendo la comparación “vino dulce cual la miel”. El vino era muy importante y valorado en esta época, aunque el alcoholismo no estaba bien visto. Príamo y el heraldo realizan libaciones antes de partir de viaje, como era costumbre. Hécaba les dice que supliquen a Zeus y le pidan un presagio: que vuele un ave por la derecha. Se pedía a los dioses que mostraran que eran favorables de manera sencilla (no como en el cristianismo, por ejemplo, en el que se pide a Dios que muestre un milagro “contra naturam” o una paradoja): un relámpago, un estornudo (tomado por presagio favorable)... Son cosas que podrían suceder por casualidad en ese preciso momento. Las libaciones se hacen al emprender un viaje para pedir un feliz regreso. Hécaba, aunque no desea que su marido se vaya, le ayuda a realizar las libaciones para tenerle de vuelta sano y salvo con la ayuda de los dioses. Las plegarias a Zeus se hacían levantando las manos hacia el cielo: “que es cosa saludable/hacia Zeus suplicantes/levantar nuestras manos/por si se compadece de nosotros.” Antes de libar vino, lavan con agua (purificadora) la copa y las manos del que suplica. Zeus envía un águila real al anciano para que confíe en él, que es su ave más querida.

Otro recurso literario en “Homero” es la personificación o prosopopeya, que se encuentra en los dioses, los fenómenos de la naturaleza y hasta en los animales (el caballo Janto habla en el canto XIX).

Se observa la costumbre griega de los sacrificios, augurios y auspicios en: “(...) no me seas tú misma/ave de mal agüero” y en “ya fueran adivinos o arúspices/o sacrificadores”. Príamo le dice a su esposa que no le retenga, que ha de ver a Aquiles para recuperar el cadáver de Héctor, que no le traiga ella misma mala suerte y que no sea pesimista porque Iris le ha dicho que no hay peligro en su partida. A otros troyanos que intentan que no vaya al campamento de Aquiles les dice más o menos las mismas palabras y que ahora que ha muerto Héctor, les será más fácil a los aqueos matar a los troyanos, pero antes que ver él mismo Troya destruida y saqueada, prefiere irse al Hades. Aquí se observa que el anciano quiere mucho a su hijo, puesto que es capaz de arriesgar su vida para conseguir su cadáver y lo defiende ante los demás sea como sea. Incluso amenaza a los troyanos con injurias y con su bastón en la mano, a pesar de que es uno solo contra muchos y más jóvenes troyanos. Increpa a los hijos que le quedan diciendo que a sus hijos valientes (Méstor, Troilo y Héctor) ya los ha matado Aquiles, que los que tiene son unos cobardes que ojalá hubieran muerto en vez de Héctor, y les ordena que se pongan en marcha. Dice de Héctor que parecía un dios en vez de mortal y se aprecia la influencia de los dioses, ya que Príamo dice que ha sido Ares, el dios de la guerra, quien ha dado muerte a sus hijos: no son otros mortales. De los hijos que le quedan dice que son unos glotones, que solo se dedican al ocio... Los hijos le hacen caso solamente por temor a una riña de su padre. Cuando sale de la ciudad, los troyanos siguen lamentándose como si se encaminara a la muerte, pero se dan la vuelta finalmente y el Cronida, que se compadece del padre de Héctor, le envía al mensajero Hermes (Argifonte) para que le escolte hasta el campamento aqueo y le cubre para que no le vean los compañeros de Aquiles hasta que no llegue a este. Es muy frecuente que un dios, para dar protección, envuelva a un mortal en una neblina para que no le vean y no corra peligro. Hermes toma de la mano en señal de respeto al anciano y le pregunta cómo es que marcha siendo tan anciano de noche llevando tantos tesoros en el carro. Y le dice que le va a proteger. Le pregunta si es que va a dejar los tesoros intactos fuera de su patria o es que huyen los troyanos porque ha muerto Héctor. El anciano pregunta si ya Aquiles ha dado a comer el cadáver a los perros como había prometido. No es así porque, aunque lleva siendo maltratado doce días, los dioses lo protegen estando agradecidos por su comportamiento en vida ante los dioses (las divinidades no siempre son agradecidas, pero aquí parece que lo son). Conservan su cadáver. Príamo no sabe que está hablando con un dios y le ofrece una copa para dedicársela a los dioses. Hermes no la desea porque ha de ser para Aquiles y le respeta y teme y puede enojarse si no recibe todo el rescate. Y rápidamente (pues así actúan siempre los dioses) le conduce hasta Aquiles. Posteriormente le dice que es Hermes, hijo de Zeus, para que vea Príamo cómo le ayuda el padre de los dioses. Se retira y deja al anciano ante Aquiles, diciéndole que le suplique por su padre, por su madre y por su hijo a ver si consigue que se apiade viéndole en postura de suplicante.

Príamo le dice que recuerde a su padre, que tiene la misma edad que él, aunque es más dichoso porque su hijo vive y un día piensa que lo verá regresar a casa. Trata al asesino de su hijo con exquisitos modales y le dice, incluso, que es parecido a los dioses. Le dice que ha matado a sus valientes hijos y que se apiade porque le besa la mano siendo el asesino de Héctor. Aquiles le toma las manos (inspirándole confianza) y lloran, Aquiles a veces por su padre y otras, por Patroclo, compartiendo su dolor. Tiene piedad de él por su edad: “pues le compadecía/por su cabeza cana/y por su cana barba”. Le dice: “Ay, infeliz!”, mostrando cuánta pena le da y le dice que cómo se ha atrevido a ir a campamento enemigo junto al asesino de sus hijos (Príamo decía que los había matado Ares y Aquiles reconoce primero que ha sido él). Le sorprende, a pesar de que ya sabía por su madre que iba a ir Príamo a verle para pedirle el cadáver de Héctor. Le dice que de nada sirve llorar y que los males los sufre toda la humanidad. Es típico decir esto cuando se consuela a otra persona. Dice que Zeus puede concedernos males o bienes y, otro argumento típico, que hay males peores, como tener hambre y no tener qué comer (encontramos la expresión “hambre como para comer cien bueyes”, equivalente a la nuestra: “hambre canina”). Compara al mortal Peleo (su propio padre), con el suplicante, ambos ricos y dichosos antaño. Peleo solo tiene un hijo y sabe que su destino es que muera Aquiles lejos de su patria. Y le dice que soporte (cerrando una composición en anillo que comenzó cuando se compadecía por su pelo cano y su cana barba), que lamentarse no sirve y que puede sufrir más aún (dando a entender que Troya va a caer). Se abre otra composición anular en la que dice que no le insista más, que le dará a Héctor, que su madre se lo ha pedido y cree que le acompañaba un dios porque ni un joven fuerte se hubiera atrevido a ir al campamento ni hubiera abierto el cerrojo de la puerta que necesitaba a tres mortales para ser movido, pero que no le irrite, no vaya a ser que no cumpla lo que Zeus manda (Aquiles sigue siendo insolente). El anciano le teme. Manda a los dos sirvientes que le acompañaban coger el rescate y envuelven cuidadosamente al difunto en tela. Aquiles manda a unas sirvientas a lavar y ungir con aceite el cadáver aparte del anciano para que no se impresione (Aquiles es cuidadoso) y Aquiles, con su mal genio incontrolable, lo mate, no obedeciendo a Zeus como debiera. El mismo Aquiles envuelve a Héctor y lo deposita en el féretro. Gime y habla con Patroclo porque teme que se entere (los muertos, según la creencia griega, oyen y ven) de que no ha echado el cadáver a los perros como le prometió para vengarse. Le dice que parte de los lujosos bienes del rescate son suyos. Le dice a Príamo que se lleve el cadáver y que lo vea al amanecer, que es hora de cenar (costumbre de quien recibe; por ejemplo, en la Odisea, el rey Alcínoo recibe a Ulises con un banquete. Es una escena típica). Se dice además que Príamo admira la altura y el aspecto de Aquiles. Este, al mismo tiempo, admira el rostro de buena persona que posee Príamo. El anciano le pide una cama porque hace mucho que no duerme; tampoco se lavaba (se untaba de barro guardando luto según la costumbre) ni comía ni bebía, como hacía Aquiles cuando perdió a Patroclo. Aquiles le dice que se eche, no sea que vengan aqueos a consultar cosas con él (es el rey y habitualmente le piden consejo) y le vean. Le dice que cuántos días desea estar de luto. Le responde que nueve; al undécimo le levantarán un tumulto y, al día siguiente, continuarán en combate. Le toma la mano como gesto de ofrecerle su confianza y le dice que se lo concede. El anciano duerme con el heraldo, que está en vela pensando en cómo sacarle sano y salvo del campamento aqueo. Lo despierta y le infunde miedo (dormía Príamo feliz entre enemigos) y se marchan rápidamente sin ser vistos (la rapidez es propia de los dioses).

Cuando Casandra ve el cadáver de su hermano, lo comunica a toda la ciudad doliente y la madre y la esposa, como era costumbre en el rito funerario, le toman la cabeza. Vienen los aedos a la ceremonia y Andrómaca se lamenta y se dirige a su hijito, diciendo que quizá él un día muera a manos de un aqueo (en la épica posterior a "Homero", Ulises quita la vida a Astianacte). Dice que Héctor siempre la defendió ante todos. Lloran su cadáver sin miedo porque Príamo dice que hasta el duodécimo día, gracias a la compasión de Aquiles, los aqueos no les harán daño. Lo queman al cabo de unos días e introducen los huesos de Héctor (como se hizo con los de Patroclo) en una urna de oro. Entierran la urna y, conforme a lo establecido en el ritual, celebran un banquete en casa del padre.

Aquiles es tratado como rey y es el centro del campamento aqueo, estructurado en forma de casa prácticamente. Aparece el simbólico número tres alrededor de Aquiles: “que echaban tres aqueos/(...) y otros tres retiraban para abrirla”. Se trata de un cerrojo movido por tres hombres que Aquiles puede manipular él solo porque es un héroe fuerte (hijo de diosa).

Otra de las cosas típicas de esta época en Grecia son los carros que siempre se citan, como medios de transporte, tirados normalmente por mulas. Príamo emplea un carro para ir hasta en campamento de los aqueos con Argifonte, el heraldo. En el carro los hijos y él suben muchos tesoros para que sirvan como rescate. Se puede apreciar que los hijos del anciano no obedecen fácilmente, como debieran, a su padre. Cabría esperar que fueran los primeros en querer rescatar el cuerpo de su hermano, pero quizás en vida le tuvieran envidia por ser el más querido por los padres y por Troya entera. Son los padres el que soportan el sufrimiento (incluso la madre ha llegado junto al cadáver) y los hijos ni siquiera consuelan a los progenitores.

En dos ocasiones se dice “negra y veloz noche”, de lo que se deduce que es verano y la noche es breve, o que se les hace la noche corta porque están viajando.

En la épica, muchas veces se dice de personas, animales o cosas que son sagrados: “sagrados guardianes”, por ejemplo.

-Odisea:

Esta obra trata del regreso del héroe aqueo Ulises a su patria (la isla de Ítaca) tras la guerra de Troya. En su viaje sufrirá grandes padecimientos y perderá a todos sus compañeros. En Ítaca le espera su esposa Penélope, rodeada de múltiples pretendientes (nobles de la corte del rey Ulises) a los que “va dando largas” y que consumen su hacienda para desesperación del hijo, Telémaco. A su regreso, Ulises mata a los pretendientes.

Es un poema escrito en hexámetros dactílicos de nuevo, épico por la forma, pero muy diferente al anterior, puesto que está más bien en la línea de una “tragicomedia con final feliz” (tragedia por el sufrimiento de Ulises).

Aquí también hay epítetos y subusos de estos, como cuando se dice que la madre del mendigo Iro es “venerable” o de los pretendientes, que son “irreprochables”.

El héroe Ulises es completamente diferente a Aquiles, que representa el orgullo del combatiente. A menudo sorprendemos a Ulises meditando y se caracteriza por su gran astucia, de ahí que su epíteto más conocido sea ðððððρðððs, es decir, “el de muchas vueltas, trazas o ardides”. Incluso puede decirse que ha heredado esta cualidad de su abuelo paterno (Autólico, hijo del dios mensajero Hermes: aquí encontramos la ascendencia divina del héroe), que era ladrón (los héroes no tienen ascendencia negativa, pero Ulises es más real). Esta astucia se puede encauzar hacia el mal o hacia el bien y Ulises, con el patrocinio de Atenea, diosa de la sabiduría (en consonancia con la astucia de Ulises), que también ayudará a su hijo Telémaco, la irá utilizando para el bien común. Atenea es también la diosa de la guerra, de manera que no podemos pensar que Ulises fuera un cobarde, puesto que incluso instó a Agamenón a luchar cuando deseaba retirarse de combate. En cuanto a su apariencia, es un héroe más “mediterráneo”: más moreno (Aquiles o Agamenón son rubios y se dice “el rubio Menelao”), de espalda y pecho más anchos y de menor estatura. También se le caracteriza como ðððððððs, “el de muchos padecimientos”, puesto que el destino le ha impuesto que deberá sufrir y perder a todos sus compañeros para regresar a su patria. Ulises es un héroe más realista, como se puede ver en su preocupación por que los soldados estén saciados de comida y bebida para poder luchar. Piensa en cosas cotidianas, de ahí que sus detractores reprocharan al héroe que fuera “glotón”. Es un héroe de buenos modales, especialmente con las mujeres, y prudente (no como sus compañeros, que piensan que Ulises lleva oro y plata en el odre regalo del dios de los vientos, Eolo, desatando las brisas que los hacen naufragar o que no hacen caso cuando Ulises les dice que no toquen las vacas del dios Helios, siendo arrastrados hasta su propia muerte) ( pero Ulises piensa muy bien las cosas antes de hacerlas). Se le dan bien los trabajos manuales (construye hasta su cama o naves para la guerra) y agrícolas. Esto no era común entre los héroes. Además, Ulises tiene el don de la palabra.

La obra tiene tres partes: el regreso de Ulises (no es la única vez que aparece el tema del regreso de un héroe aqueo: "Nostoi"), la "Telemaquia" (que se centra en cómo Telémaco busca a su padre) y la "Mnesterofonía" o matanza de los pretendientes. Se ensalzan las cualidades negativas de los pretendientes y se habla de que piensan en un plan para matar a Telémaco para así justificar que un héroe civilizado los mate.

El marco del poema coincide aproximadamente con la caída de la civilización micénica.

En esta obra, frente a la Ilíada, mucho más pesimista, el hombre sobrevive. Tiene gran importancia el mar en esta obra, ya que Ulises ha de regresar a su isla por mar. Es un mar con seres mitológicos: Escila y Caribdis, las sirenas... El mar era muy importante en la época, puesto que en Grecia, como tierra más bien infértil, se tenía que comerciar. No era extraño encontrarse a piratas y tampoco era considerado delito.

En esta obra se concibe a los dioses de diferente manera, aunque en ambas obras los dioses son responsables de lo que sucede de extraordinario. Aquí los dioses no son los que se encargan de los cambios de situación, sino que se comportan casi como meros “acompañantes” de los mortales, representando la Justicia, el Bien o cualquier otra virtud. Eso no quiere decir que no intervengan, ya que Posidón es el causante de que Ulises sufra en el regreso.

Hay una doble motivación en esta obra, la de los dioses y la de los humanos, es decir, por ejemplo, cuando Calipso deja ir a Ulises creemos que es porque ella lo ha creído mejor así, pero ya había sido decretado por Zeus en una asamblea.

Parece que hay dos poetas en esta obra. “A” es más tradicional y para él la causa de todo está en los dioses. Corrige incoherencias que detecta (por ejemplo, repite la asamblea para que el oyente no la olvide) y disminuye sorpresas (por ejemplo, Ulises se da un baño embellecedor antes de aparecer ante Alcínoo, de manera que no se asuste ante el salitre y la suciedad marina de su cuerpo, ya que había estado durante días vagando por el mar, náufrago). “B” se preocupa más por la moral y quizá sea quien introduzca la valoración negativa de los pretendientes para justificar la matanza.

El viaje de Ulises de regreso y la búsqueda de su padre por parte de Telémaco son simultáneos, pero el poeta no es capaz de narrarlas al mismo tiempo y parece que lo uno es anterior a lo otro.

La Ilíada y la Odisea son, pues, dos obras muy diferentes, ya que, aunque tienen fórmulas comunes y héroes comunes, los protagonistas no son los mismos e incluso en la Odisea parece que han quedado olvidados los acontecimientos de la Ilíada.

Canto I:

El poema comienza con “Cuéntame, Musa”. Ha habido un cambio sustancial en la concepción del poeta. Ya no es la diosa quien canta a través de él, sino que la diosa inspira al poeta.

Los diez primeros versos son un resumen del regreso de Ulises (u Odiseo), en composición en forma de anillo. Esto no es así en la Ilíada, donde se comienza, después de invocar a la diosa, inmediatamente con el relato. No hay un resumen. Ya en el mismo verso nueve, se invoca a la hija de Zeus (Atenea), que será la protagonista de entre las divinidades en esta historia. Es una escena frecuente la invocación a Zeus, Apolo o Atenea.

La ninfa Calipso, aunque los aqueos que sobrevivieron ya están en su hogar, no deja marchar a Ulises porque se ha enamorado de él. Así lo retiene durante diez años, tantos como la guerra de Troya había durado.

En una asamblea de los dioses Atenea dice a su padre Zeus que Odiseo sufre con Calipso, que anhela regresar a Ítaca. Le dice que tenga en cuenta que siempre le ha ofrecido sacrificios. El Cronida dice que no olvida que Odiseo le ha rendido culto y que todos los dioses desean su vuelta a casa, excepto Posidón porque ha matado a su hijo, el gigante Polifemo, el más famoso de los Cíclopes. Por eso le hace padecer de vuelta a casa, aunque finalmente remitirá su ira y Ulises volverá. Atenea dice que irá a ver a Telémaco para decirle que debe reunir una asamblea de ciudadanos para hablarles del mal comportamiento de los pretendientes y que debe embarcarse para preguntar por su padre. Se transforma en un mortal y se aparece ante Telémaco, mientras los pretendientes devoran la carne de un banquete (escena típica) a costa de los bienes de Telémaco. Este andaba pensando que deseaba el regreso de su padre para que administrara los bienes de la casa y pusiera fin al derroche de los pretendientes y, cuando advirtió que alguien esperaba fuera, se irritó consigo mismo por haber dejado al forastero durante tanto tiempo fuera. Toma la mano de Atenea sin saberlo en señal de inspirar confianza y la acoge según las leyes de la hospitalidad (deber religioso). La invita al banquete y toma su lanza. Le da lo mejor que tiene para comer y beber y sus siervos la atienden apartada de los pretendientes para que no se sienta molesta por el alboroto del banquete.

Los pretendientes cantan y bailan mientras Telémaco le pregunta a Atenea por su padre, al que ya da por muerto. Atenea le dice que es un comerciante de hierro (aquí se aprecia la época posterior de la Odisea, en la que el hierro está extendido), que se reunía con Odiseo antes de que embarcara hacia Troya, le dice que parece ser el hijo por su cabeza y sus lindos ojos y que su padre no está muerto y que es suficientemente astuto para saber cómo volver, porque desea llegar a Ítaca y dice que vendrá aunque no es adivino ni entiende de aves (adelanto del poeta, junto con el resumen del comienzo: ya sabe el oyente que Ulises se va a salvar aunque pierda a los compañeros). Telémaco dice que no conoce a su padre y que dicen que es hijo de él y desea serlo por ser su padre como es.

El huésped le pregunta si el banquete es una boda o algo similar y dice que se devora la comida insensatamente. Telémaco le cuenta el motivo y lamenta que los pretendientes le vayan dejando su rica hacienda, pobre mientras su madre se niega a contraer matrimonio con ninguno de ellos. Atenea le dice que le hace falta el padre y que ojalá llegara este armado para acabar con los pretendientes. Le transmite su mensaje y le dice que si Penélope quiere casarse, vaya junto a su padre y se prepare la boda con dote como corresponde mientras él, después de convocar asamblea para informar al pueblo de lo que sucede con los pretendientes, marcha por si escucha algo de su padre (se dice “la Voz que viene de Zeus”, pero en realidad se trata de los rumores que se atribuyen al Cronida). Si cuando visite a los aqueos Néstor y Menelao escucha que su padre vive, ha de estar un año más sin regresar a la patria, aunque sufra. Si oye que ha muerto, debe regresar y enterrar y realizar los rituales convenientes para su padre y ha de ver cómo se casa su madre. Aquí Atenea adopta un tono imperativo que no es propio de un huésped. Le exhorta a ser valiente al igual que el joven Orestes, que mató al asesino de su padre Agamenón y se ganó la gloria. Así, los descendientes deben tener un buen concepto de Telémaco, que ha de ser un hombre y no un adolescente. Y Atenea dice que regresa a la nave con sus compañeros, que deben de estar aburridos de tanto esperarle. Le insta Telémaco a quedarse aunque desee marcharse para que tome un baño (escena típica) y le ofrezca algún presente (deber religioso de la hospitalidad) porque le ha dado buen consejo como un padre a un hijo. Ella le dice que quiere partir y que, cuando vuelva, le dé el mejor regalo que tenga, que recibirá otro por el mismo valor. Se marcha en forma de ave (la diosa de la sabiduría siempre es identificada con un ave) y Telémaco piensa que el huésped era un dios. Atenea le ha dado valor (de hecho, cuando sepa que los pretendientes preparan una emboscada contra él, ni siquiera pedirá ayuda a Néstor Gerenio o a Menelao para volver a su casa vivo).

Un aedo (muy presentes en los poemas homéricos porque el auntor es un rapsoda que se mueve en este ambiente) canta los "Nostoi", adecuados a la obra, de los aqueos, que introducen la figura de Penélope adelantando cómo se presentará a esta las veces siguientes. La esposa de Ulises, acompañada de dos siervas, le dice al aedo que cante otra cosa mientras lo pretendientes beben vino en silencio (ella, en el piso de arriba, como siempre, está molesta por el alboroto), que ese canto le hiere el corazón (se acuerda de su amado esposo). Sin embargo, no trata con desprecio al aedo (hay que recordar la profesión de "Homero"), sino que le dice suavemente que cante otra cosa. Aun así, su hijo le reprocha que culpe al aedo porque es el canto más reciente y muchos otros aqueos han muerto en el regreso. En un acto de hombría (ya no es el adolescente que no se ocupa de nada: Atenea le ha infundido valor), le dice a su madre que vuelva al telar y la rueca y ordene a sus esclavas hacer sus trabajos como mujer que es, que la “oratoria” es cosa de hombres y, sobre todo, de él. Esto nos recuerda a la despedida de Héctor y Andrómaca, en la que Héctor le dice a su esposa que la guerra es de los troyanos y, sobre todo, de él, y que ella ha de ocuparse como mujer de la casa y de ordenar a las siervas. Telémaco le dice a su madre que soporte el canto. Y ella se sorprende ante la actitud decidida de su hijo. Se va a la habitación, donde siempre llora a su esposo hasta que Atenea hace que se duerma (se dice siempre “hasta que Atenea, de ojos brillantes, echó dulce sueño sobre sus párpados”). Telémaco dice a los pretendientes que no alboroten (quizás por respeto a su madre), que es mejor escuchar al aedo. Les dice que a la mañana siguiente se reunirán en la plaza y dirá que no se aprovechen más de su hacienda y que hagan banquetes a costa de otros o, si siguen con la misma actitud, suplicará a Zeus que sean asesinados sin que nadie los vengue. Los pretendientes callan porque Telémaco ha hablado como hombre prudente (se parece cada vez más a su padre). Se dice la expresión “y todos clavaron los dientes en sus labios”, que será repetida, y equivale a la frase castellana: “morderse la lengua”.

Pero habla el pretendiente Antínoo, el más insolente de todos, el primero en pensar la muerte de Telémaco y el último que muere, sin saber que lo ha matado Odiseo. Le dice que no sea arrogante (le acusa de lo que precisamente son los pretendientes) y que ojalá Zeus no le otorgue el ser rey de la isla como le corresponde por ser hijo del rey Ulises. Telémaco lo trata con bastante más respeto (ahí se demuestra la educación de uno y de otro), aunque no debiera: “Antínoo, aunque te enfades conmigo por lo que voy a decir (...)” Realmente ya está harto de aguantar sin decirles nada a los pretendientes (aunque, si nos parece decisión suya, es un nuevo ejemplo de la doble motivación, pues es la diosa Atenea quien le ha infundido valor y le ha hecho un hombre). Telémaco dice que no hay nada malo en ser soberano de Ítaca, que así se enriquecerá y le respetarán más (aquí tenemos una “indirecta”: los pretendientes no le respetan y arruinan su hacienda. El resto de los ciudadanos no le respetan porque se deja “robar” por los pretendientes. Es hora de cambiar eso: quiere ser rey del palacio y de los esclavos que trajo Ulises como botín de guerra).

Eurímaco le dice que él debe ser el rey y le pregunta por el forastero que tan pronto marchó (los dioses realizan las acciones velozmente), si es mensajero de Ulises o viene por otra cosa que solamente le atañe a él. Dice que no le parecía hombre de campo.

Telémaco, como siempre, habla con discreción, y, aunque ha reconocido en el forastero la figura de Atenea, dice que se trata de un huésped de su padre (sigue con la mentira que ella usara para ocultar su identidad aun a sabiendas de que él la iba a reconocer). Dice que no hace caso de rumores u oráculos de los que le intenta convencerle su madre, pero en su actitud refleja que confía en la palabra del “forastero”.

Se dan al baile y se cierra el canto anularmente con la noche y el acto de ir a dormir (como otros cantos). Cada pretendiente va a su propia casa y Telámaco, a su dormitorio. Se describe ahora a la nodriza Euriclea, que aparece de repente para acompañar con las antorchas en la oscuridad a Telémaco. Se la describe fielmente porque tendrá mucha importancia cuando, más adelante, descubra a Ulises cuando le baña y ve la cicatriz que un jabalí le hiciera de niño y Odiseo le haga callar tapando su boca para que no lo descubra aún Penélope. Euriclea fue comprada por el héroe Laertes (padre de Ulises), que la honró y jamás se acostó con ella por respeto a su mujer. Euriclea crió a Telémaco y lo quería como a un hijo. Incluso le dobla la ropa y lo atiende fielmente.

Se describe el dormitorio como “suntuoso”, demostrando la riqueza de Ulises. Telémaco duerme (cierre de la composición en anillo) pensando en el plan que le aconsejó Atenea (se siente responsable y emocionado al mismo tiempo porque va a correr aventuras).

Es frecuente la expresión, en ambas obras: “¡Qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes!”

Aparece un juego de etimologías: “Las Harpías (“las que arrebatan”) se lo han llevado”. Hay sinécdoque (el todo por la parte) en Argos como toda Grecia.

A Atenea se la identifica con el epíteto “la de ojos brillantes”, si bien en la Ilíada se decía “la de ojos de lechuza”. Aunque el epíteto es el mismo, se ha de traducir de distinta manera porque el poeta en la Odisea hace convertirse a Atenea en golondrina o buitre, no en lechuza. Otros epítetos son “Calipso la de lindas trenzas” o “bueyes de rotátiles patas”.

De nuevo tenemos la comparación “ponto rojo como el vino”.

“Homero” habla con cariño en esta obra de los aedos, a los que les aplica los epítetos que usaba para los héroes: “divinos”, “honrados por el pueblo”, además de decir de ellos que son “deseables”. Evidentemente, este cariño y respeto viene motivado porque “Homero” era un rapsoda como ellos.

Aparece la expresión “está en las rodillas de los dioses”, como “está en la voluntad o en los deseos de los dioses”. Posiblemente hemos de relacionarlo con la postura de suplicante.

De nuevo se emplea la fórmula: “y le dirigió aladas palabras”. Otra de las fórmulas es la utilizada para preguntar a los forasteros: “¿Quién de dónde eres entre los hombres?, ¿dónde están tu ciudad y tus padres?, ¿en qué nave has llegado?, etc.

Se dice de Telémaco que es semejante a un dios. A lo largo de la obra irá madurando para dejar de ser un infantil adolescente para convertirse en un valiente y prudente joven (con la ayuda de Atenea) que colabora con su padre en la matanza de los pretendientes y se encarga de la casa.

De los pretendientes se dice que son “desvergonzados” e “insolentes” (son la representación colectiva de la “hybris” griega). No desean más que entregarse al ocio y acostarse con la prudente Penélope, que nunca olvida a su marido.

Encontramos un pequeño fallo en este canto, ya que Atenea bajó con una lanza que estaba en el portalanzas cuando ella se había elevado hacia el cielo (cuando va hacia Telémaco después de hablar con Zeus).

El canto nos ofrece información acerca de la época, por ejemplo, se nos habla del “mégaron”, construcción micénica (palacio) de la época.

Canto VI:

El canto comienza con un contraste entre Ulises, náufrago tras haber perdido a todos sus compañeros, que está en la orilla, cansado y sin fuerzas, y la espléndida princesa Nausícaa. Las mismas sirvientas de Nausícaa son bellas y suntuosa es su habitación. Atenea se dirige a ella tomando la apariencia de una joven de su edad para decirle que le pida a su padre (el rey feacio Alcínoo) un carro porque tiene descuidados sus bonitos vestidos y tiene que lavarlos en el río y que lleve, como es costumbre, vestimenta a los amigos y amigas que la acompañarán en el día de la boda a casa del novio. Buenos pretendientes tiene y en breve va a casarse. La Aurora despierta a Nausícaa, que se asombra por el sueño que ha tenido y va a su padre a contarle que debe lavar los vestidos porque así todos los verán con mejor apariencia. No le niega el carro ni esclavos que se lo preparen e incluso la madre le da comida, golosinas y vino para que marche (los padres tienen muy buen comportamiento con la hija). Le da aceite para que se unja el cuerpo con sus sirvientas (escena típica). Lavan la ropa, se bañan, se dan el aceite (para cuidar la piel), almuerzan (escena típica) y “juegan” a la pelota (podía tratarse de un ritual para la diosa de la caza: Ártemis).

Cuando ya están listas para marcharse (ya han preparado el carro, las mulas y han doblado los vestidos que ya se han secado al sol), Atenea quiere que se despierte Odiseo con los gritos de las doncellas jugando a la pelota (tenían que darse unas a otras).

Odiseo lo primero que hace es meditar en su mente y en su corazón (es un hombre pensativo), de donde se deduce que no estaba muy clara la diferenciación entre mente y corazón (nosotros pensamos con la mente, no con el corazón, aunque se puede decir de un hombre que tiene el pensamiento de su amada en el corazón, puesto que es un pensamiento de amor). Y no sabe de quién son las voces ni si va a encontrarse a alguien que lo trate bien en esa isla. Dice la misma fórmula que cuando estaba en tierra de los Cíclopes: “¡Ay de mí! ¿De qué clase de hombres es la tierra a la que he llegado? ¿Son soberbios, salvajes y carentes de justicia o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad hacia los dioses (que son los que ordenan que hay que ser hospitalario)?” Ulises piensa que o son mujeres o ninfas u hombres con voz extraña. Pero, valiente, decide ir a verlo. Sale de los matorrales (se habla de una selva que pudo existir en la época, con leones incluso, que tan utilizados son en las comparaciones de héroes) y cubre su desnudez prudentemente. Se dice que corta una rama con su “robusta mano”. Efectivamente, es un héroe que tiene fuerza en la mano porque, además, maneja el arco como ninguno. Sale al encuentro de las bellas doncellas (se nos dice que Nausícaa es una joven bonita y que sus doncellas son bellas como las tres Gracias), en un gran contraste. Él, lleno de salitre, casi desnudo y desgastado por el naufragio, ante una bella joven ataviada con lindos vestidos como corresponde a su rango de princesa. A pesar de que sabe Ulises que no procede presentarse así, no puede hacer otra cosa y necesita ayuda, náufrago como está, en tierra extranjera. Se arriesga a no conseguirla (algo casi imposible porque Zeus ordena que hay que ser hospitalario), pero, si no lo intenta, sabe que es probable que muera. Aquí va a haber un enamoramiento “a primera vista” por parte de la muchacha, a pesar de la edad de Ulises (unos cincuenta) y su aspecto poco agraciado. Se trata más bien de que ella tiene en cuenta sus modales, sus palabras, su manera de actuar. Él se va a valer de ello y le va a dar ciertas esperanzas (como se observa en sus alusiones al matrimonio) porque necesita que ella le ayude.

Las sirvientas huyen ante la apariencia del extranjero, pero Nausícaa (porque Atenea le da valor) se queda. Odiseo duda (es muy humano y piensa todo muy bien, con pros y contras, antes de tomar una decisión) si adoptar postura de suplicante o pedirle que le enseñe la ciudad y que le traiga ropas desde lejos, con “dulces y astutas” palabras. Aquí el narrador “testigo” (será “protagonista” cuando Ulises cuente sus aventuras en el banquete, escena típica, del padre de Nausícaa) cuenta que la muchacha tenía lindos ojos y que Ulises consideró que sería mejor suplicarle desde lejos (no podía haberse enfadado si hubiera abrazado sus rodillas porque así lo decía Zeus, pero el héroe, con delicadeza, cree que no procede). Ahora va a halagarla llamándola soberana en vez de princesa y diciéndole que duda si es diosa o mortal, aunque lo tiene claro (luego se “delata”). Trata de ganársela y de ser amable. Le dice que seguro que son felices en su familia al verla así de hermosa si es mortal y, si es diosa, la compara a la bella Ártemis, diosa de la caza. Dice que siente asombro ante ella (como si fuera una diosa, a causa de su belleza). La compara con un retoño de palmera (de ahí la expresión “tener buen palmito”), con el que quedó sorprendido al ver su belleza. Después, le cuenta que hace veinte días que ha naufragado (sin duda es un héroe, pues sobrevive tanto tiempo) y dice que seguro que los dioses le preparan aún más padecimientos (Posidón sigue molesto). Comenta que tiene miedo de abrazar sus rodillas. Termina la súplica con los mejores deseos para ella, como es tradición, y le dice que ojalá tenga un buen marido. Ella dice que Zeus reparte a los hombres, sean de la condición que sean, felicidad y que ha de sufrir, pero que, sin duda, se la concederá. Le dice que no le parece ni plebeyo ni insensato (se ha enamorado de él) y le explica que está en tierra de feacios y que es la princesa. Se refiere a su padre con respeto: “el magnánimo Alcínoo, en quien descansa el poder y la fuerza de los feacios”.

Ella dice a las siervas que lo atiendan, que no deben huir pensando que es enemigo porque los feacios (pueblo imaginario, dicho sea de paso) son queridos por los dioses y ningún hombre los odia porque ni siquiera están cerca de otros hombres (es la isla más alejada). Les dice que lo atiendan, que es un náufrago, que para Zeus huéspedes y mendigos son dignos de atención. Les dice que le den de comer y de beber y que lo bañen y le den ropa y aceite. Per él tiene vergüenza de bañarse desnudo ante bellas doncellas (sigue siendo prudente) y les dice que se alejen y esto se lo cuentan ellas a su ama. Después de lavarse, se da aceite porque tenía la piel deteriorada por el salitre y Atenea le hace parecer más fuerte, apuesto y con más pelo (el poeta “A” minimiza sorpresas).

Hay epítetos como: “Eo la de hermoso trono” (es la diosa de la aurora, hija de la Mañana y de Hiperión, dios del Sol, hermana de Helios, dios del Sol también, y de Selene, la Luna), “Nausícaa la de blancos brazos”, “siervas de blancos brazos” o “las doncellas de lindas trenzas”. Se aplica el adjetivo “húmedo” a los líquidos: al aceite o al mar (“de húmedos senderos”), generalmente. Tenemos el epíteto “Atritona” referido a Atenea (a la que normalmente se la llama Tritogenia: nacida del mar. En la Odisea, Anfítrite es sinónimo de mar: “entre las olas de Anfítrite”; es una metonimia, es decir, se relacionan elementos que tienen que ver pero no son lo mismo. Anfítrite es una de las 50 hijas de Nereo y Dóride, según la mitología, y esposa de Posidón, que sacude mar y tierra) en una invocación al final del canto a la diosa (Odiseo estaba en su bosque), como escena típica. Le dice que le conceda, ya que en el naufragio se mantuvo “al margen”, llegar como amigo y digno de lástima a los feacios. Ella le hace caso, pero no se muestra ante él porque Posidón (su epíteto es “el que sacude la tierra”), hermano de su padre Zeus, está enfadado aún con él por la muerte de Polifemo, hasta que llegue a Ítaca, y ella lo respeta mucho.

Aparece la comparación “fresca hierba dulce como la miel”, que suele aplicarse al vino, pero que aquí se emplea porque la hierba es “manjar” para las mulas. Tenemos un símil en “Y se puso en camino como un león montaraz que confiado en su fuerza, marcha empapado de lluvia y contra el viento y le arden los ojos; entonces persigue a bueyes o a ovejas o anda tras los salvajes ciervos; pues su vientre lo apremia a entrar en un recinto bien cerrado para atacar a los ganados”. Se resalta de nuevo la vista (a Odiseo, valiente porque no sabe qué va a encontrarse, le brillan los ojos ante la aventura). Se nos dice que es fuerte y por ello no teme. El detalle de la lluvia nos puede recordar a un espeso bosque en el que las precipitaciones eran abundantes. Tenemos el símil: “Así como derrama oro sobre plata un diestro orfebre a quien Hefesto y Palas Atenea han enseñado toda clase de artes y termina graciosos trabajos, así Atenea vertió su gracia sobre la cabeza y hombros de Odiseo”. Hefesto es “el ilustre Cojo”, el dios del fuego. Es hijo de Zeus y Hera. Esta, como nació feo y deforme, lo precipitó desde lo alto del Olimpo y quedó cojo. Aún así, tiene por esposa a Afrodita, la diosa del amor, la más bella, pero que le engaña con el dios de la guerra, Ares, acostándose con él en la propia cama de Hefesto. Este realiza unos trabajos magníficos (como, por ejemplo, las armas de Aquiles en la Ilíada) pero los dioses se ríen de su cojera por el ruido que hace al andar por el Olimpo. Fabrica bajo un subterráneo los rayos de su padre. La orfebrería en esta época era considerada arte (no hay más que remitirse a las máscaras de oro de los difuntos en Micenas, que expresaban los rasgos, como, por ejemplo, la de Agamenón). Así que Atenea realiza toda una obra de arte al embellecer al héroe.

Embellecido, el héroe se sienta junto a la orilla (uno de sus pasatiempos favoritos) y Nausícaa dice a las siervas que, si bien en un principio, le pareció desagradable, ahora es semejante a los dioses y le gustaría casarse con un hombre así. Dice que ha ido a tierra feacia porque ha sido la voluntad de los dioses. A petición del ama, las siervas dan al huésped comida y bebida se dice: “y verdad es que comía y bebía con voracidad el sufridor, el divino Odiseo, pues durante largo tiempo estuvo ayuno de comida”. Es otra escena típica: saciar el hambre y la sed. Efectivamente, veinte días sin comida hacen que el héroe coma de esta forma. Se le llama “divino”, por ser héroe de ascendencia divina, y “sufridor”.

Nausícaa cambia de opinión y ella sube a un carro y dice a Odiseo que él vaya detrás con las siervas, que ella le guiará enseñándole la ciudad y le llevará al palacio de su padre, pues no quiere que los vean juntos en el pueblo por no desatar rumores (ella es prudente y le dice a Ulises que cree que también él lo es), porque dice que en el pueblo hay “soberbia” (típica “hybris” griega, vista muy negativamente). Le describe la ciudad. Es un pueblo muy vinculado al mar y a la construcción de naves (de hecho, la etimología de los nombres tiene que ver con las “naves”, como, por ejemplo, Nausícaa, de ð ðððs, la nave), no son arqueros (como Odiseo). Indirectamente, le dice a Ulises que cree que es hermoso y apuesto cuando explica que alguien del pueblo puede pensar en quién será el hermoso y apuesto forastero. Pueden pensar que lo han traído los dioses, que es un navegante al que dio hospitalidad la princesa, puesto que es una tierra muy alejada de otras, que será su esposo y que sería mejor así porque no quiere a ninguno de los numerosos y nobles pretendientes feacios. Dice Nausícaa que no le gustaría oir esos comentarios, pero que ella ve mal que una doncella antes del matrimonio se entregue a un hombre.

Le dice que espere en un bosque (de nuevo, datos de la pérdida de vegetación en Europa) hasta que suponga que hayan llegado ellas a palacio y que luego pregunte, que hasta un niño sabe dónde está la morada del rey, tan bonita y lujosa que es. Se refiere a su padre con respeto: “héroe Alcínoo” y “se sienta a beber su vino como un dios inmortal”. Le dice que en palacio pase de largo ante Alcínoo y vaya a suplicar a la madre, la reina Arete (posiblemente porque ella, que tiene buena relación con la madre, puede prepararla para que le sea favorable y le ayude a regresar a casa si ella gusta de sus exquisitos modales con las mujeres, personajes tan abundantes en la Odisea y con carácter tan marcado). Es una sala oscura la del palacio, con luz del fuego de la chimenea. Se crea la tensión que ya encontrábamos en la despedida de Héctor y Andrómaca. Ella seguramente querría casarse con él y que se quedara, pero, por el bien de él (a quien ama), le va a ayudar a partir.

De nuevo aparece la idea del cuerpo como miembros: “arrojó el miedo de sus miembros” y la expresión “ponto rojo como el vino”.

Es frecuente en “Homero” la expresión “cuando hubo dicho así” para enlazar.

Es curioso que se refiera el poeta a la doncella Nausícaa como “no sometida” refiriéndose a que no tiene marido. Al parecer, era la esposa quien estaba por debajo del hombre, como si este fuera su amo.

Se describe aquí el Olimpo, donde moran los dioses, como un sitio de diversión (se parece al Paraíso cristiano), un lugar ideal en el que nunca nieva, ni llueve ni hay viento.

Canto XXIII:

La nodriza Euriclea acude a decirle a Penélope que ha venido su marido casa después de veinte años y ella no la cree. Dice que los dioses la han vuelto loca, que vuelven cuerdo al loco y viceversa (los dioses tienen mucho poder), pero que, por su vejez, la perdona, que si otra mujer la hubiera despertado así (hacía mucho que no dormía así de bien desde que estaba sin su marido y Atenea está detrás de ello), la hubiera reprendido con malas palabras (Euriclea es muy querida por ella). Ha pasado tanto tiempo y tanto ha llorado Penélope por su marido que cree que ya está muerto y no hace caso de quien le dice que aún vive. Ella ha ido retrasando el matrimonio con uno de los pretendientes diciendo que tenía que hacer un manto para Laertes, no fuera a ser que alguna mujer le recriminara que no hubiera hecho un manto a su suegro, Por la noche destejía y, así, jamás lo terminaba y no llegaba el matrimonio, para impaciencia de los pretendientes. Penélope es muy astuta y virtuosa como su marido. Es el polo opuesto de Clitemnestra, que induce a su amante Egisto a matar a su marido Agamenón (esto aparece relatado por el propio Agamenón cuando Ulises lleva a cabo la “Katábasis”, o descenso a los infiernos, en el Renacimiento interpretado por Dante Alighieri en su divina Commedia. Pero para bajar al Hades, al parecer, no se podía llevar compañía, pero Ulises “desciende” con sus compañeros, y tenía que ser enterrado bajo tierra).

Euriclea le cuenta a Penélope que no la engaña, que Telémaco ya sabía que su padre estaba de vuelta y lo había ocultado como ella y le había ayudado a su padre a realizar la matanza de los pretendientes. Penélope se emociona, llora y la abraza y le dice que se lo cuente, pero ella no lo vio porque estaba escondida hasta que Telémaco la llamó. Ulises había empleado el arco para matar a los pretendientes (es un hábil arquero, aunque en la otra obra, ni se menciona y, es más, se dice de Paris que es un cobarde porque usa el arco y no la lanza como su hermano: el arco es considerado arma bárbara). Y todo gira en torno al arco aquí. Se había realizado un certamen en el que quien manejase el arco, había de casarse con la reina (ella misma así lo dispuso). Ninguno más que Odiseo (disfrazado de mendigo) lo consiguió. Los pretendientes planeaban la muerte de Telémaco y las armas de Ulises estaban dispersas por el palacio, pero Ulises le dice a su hijo que retire todas menos las que usarán ellos y diga que se estaban deteriorando así expuestas cuando les extrañara a los pretendientes la acción. Finalmente parece que retiran todas las armas, cambiando de opinión.

Euriclea le dice a Penélope que tendría que haber visto la matanza. La reina cree que otra persona ha matado a los pretendientes porque no respetaban a nadie, sigue pensando que su esposo no está en casa. Euriclea le dice que es una desconfiada, que ella ha visto la cicatriz de Odiseo y este la mandó callar. Penélope decide que deben ir a ver al hijo y a los pretendientes muertos y al autor. Sigue pensando que es mentira lo que le dice Euriclea de que la ha mandado a llamar a ella Ulises.

Penélope duda si preguntar a su marido desde lejos o acercarse para cogerle las manos y la cabeza (esto nos recuerda a la escena de la duda de Ulises ante Nausícaa: los esposos son muy parecidos). Él ni se atreve a mirarla y agacha la cabeza. Ella, a veces cree reconocerle, pero tiene vestidos tan lamentables, que cree que no es él (se echa de menos que Atenea le hubiera dado a Ulises un “baño embellecedor” para que lo hubiera reconocido su esposa). Ella no podía articular palabra de la emoción.

Nos parece que están los dos solos, pero se trata de otra escena triangular del poeta “A”, que nos presenta ahora a Telémaco (recordándonos la escena Héctor-Andrómaca-Astianacte), riñendo (en demasía quizás) a su madre porque no reconoce a su marido. Le dice que tiene el corazón de piedra. La llama mala madre aunque a él no le ha hecho nada y dice que cualquier otra mujer estaría inquiriéndole al marido las penas sufridas en el viaje, junto a él. Le responde la prudente Penélope que está pasmada, que no puede ni preguntarle ni mirarle a la cara, pero que, si es Odiseo, tienen señales “comunes” (Ulises sonríe porque ha captado el “guiño de complicidad”). Odiseo interviene diciendo que la deje, que está sucio y harapiento y que, por eso, no le reconoce. Le dice a su hijo que tienen que deliberar (algo propio del héroe aqueo) porque han matado a los mejores nobles de la ciudad (si alguien mata a una persona que no tenga muchos que le puedan vengar, puede salir de la ciudad sin que pase nada, pero se trata de que ahora han matado a los pretendientes queridos por el pueblo, que ni en la asamblea que convocó Telémaco se puso en contra de los pretendientes). El hijo le dice al padre que delibere él, que fama tiene de pensador. Odiseo dice que es mejor hacer como si fuera a celebrarse la boda, haciendo venir a los aedos y vistiéndose, para evitar que se sepa tan pronto lo de la matanza. Los que pasan junto al palacio dicen que ya se casa la reina, que infeliz de ella, que no pudo guardar la hacienda hasta el regreso de su marido. Pero tampoco están seguros de lo que ocurre realmente.

La nodriza da un baño al héroe y Palas Atenea le embellece como a un dios (se repite exactamente lo mismo que ante Nausícaa). Él reprocha a su esposa que no lo reconozca y que sea tan fría. El poeta retrasa el reconocimiento (anagnórisis). Ella cree haberlo reconocido al verlo bañado y se lo dice, pero le manda a la nodriza que traiga y prepare la cama (poniendo una trampa a su marido astutamente) y Odiseo se irrita y le dice a la fiel Penélope que si alguien ha cortado la base del olivo centenario con la que construyó la cama, pues solo un dios hubiera podido moverla. Ella lo reconoce (solamente sabían esta señal ellos dos y una sierva que le dio su padre y que vigilaba el dormitorio), se echa a sus brazos y le toma la cabeza. Le pide que la disculpe por su frialdad inicial, ya que es prudente y no quería que nadie la engañara. Casi atribuye la “ceguera” a los dioses para que Odiseo no se enoje. Dice que fueron los dioses los que los separaron porque tenían envidia de su próspero y feliz matrimonio y no querían que disfrutaran de la juventud y que llegaran a la vejez siempre juntos. Él tiene ganas de llorar mientras su esposa se abraza a su cuello.

Ya casi era de día, pero Atenea no lo quiso y alargó la noche. Él le dice que aún ha de correr más aventuras, pero esto parece un añadido de otro poeta que quería que continuasen las aventuras de Ulises. Este, cuando su esposa le pregunta y, aunque no quiere que sufra por él, le dice que, al bajar al Hades para preguntar por su destino y el de sus compañeros (donde hubo una anticipación de lo que les sucedería), le dijeron que cuando un caminante al encontrarse con él le dijera que llevaba un bieldo al hombro, tenía que honrar a Posidón y partir fuera, para morir lejos del mar, siendo el pueblo feliz a su alrededor (anticipación). Ella le dice que si los dioses les conceden una vejez feliz, quizás huyan de la desgracia. Se van a la cama (fin de la composición en anillo y del canto) y se cuentan todo: ella, su sufrimiento en palacio; él, lo que hizo sufrir a los troyanos en la guerra y lo que padeció él mismo. Ahora viene un resumen (quizá sirviera a los aedos para recapitular todas las aventuras de Ulises) en el que hay pequeños olvidos: Los Lestrígones no mataron a todos los hombres: quedaron los de la nave de Odiseo; en el Hades no vio a todos sus compañeros muertos como dice y realmente evitó las Rocas Errantes, alternativa a Escila y Caribdis, que no habían dejado pasar a ninguna nave sana y salva.

Cuando se duermen y Atenea cree que ya es suficiente, hace que llegue la mañana (el amanecer y la puesta de sol, la acción de armarse y el ruido de caída de los combatientes en la Ilíada, la vestimenta, etc. son escenas típicas). Odiseo le dice a su esposa que robará las propias ovejas de los pretendientes que le habían quitado para hacerle sacrificios a su mujer o se las pediría al pueblo. Le dice a ella que cuide sus posesiones y no mire ni pregunte a nadie y que permanezca arriba cuando se sepa lo de la matanza. Él va a ver a su entristecido padre a su finca. Se lleva al boyero, al porquero y a Telémaco (los primeros en descubrirle junto a la nodriza y los que más le ayudaron, los únicos fieles, ya que incluso entre las sirvientas algunas que le dijo Euriclea eran perjudiciales: una de ellas descubrió y delató el engaño de Penélope) armados para que le siguieran. Atenea hace que termine el día y llegue la noche (lo manipula a su antojo según convenga a sus protegidos Ulises, Telémaco y Penélope).

Por último, hay una diferenciación entre lo que se nos dice en el primer canto del héroe Laertes (Atena disfrazada de huésped): que tiene una vieja sierva y sufre penalidades en el campo, cansado de pasear por los fértiles viñedos, y lo que aparece en el último canto (ambas obras se estructuraron posteriormente en veinticuatro cantos), donde se dice que tenía una mansión en su finca y esclavos forzosos. Aquí se puede decir que han intervenido dos poetas o que el rapsoda olvidó lo dicho anteriormente al llegar al final.

Aparece el símil “rodeado de sangre y polvo como un león”, de nuevo aplicado al héroe, pero esta vez se trata de un símil más sencillo. Otro símil más complejo es: “Como cuando la tierra aparece deseable a los ojos de los que nadan (a los que Posidón ha destruido la bien construida nave en el ponto, impulsada por el viento y el recio oleaje; pocos han conseguido escapar del canoso mar nadando hacia el litoral y -cuajada su piel de costras de sal- consiguen llegar a tierra bienvenidos, después de huir de la desgracia), así de bienvenido era el esposo para Penélope”. En realidad lo dicho en el símil es lo padecido por Odiseo, contra el que está enojado Posidón.

Tenemos otro epíteto en “mujeres de lindos ceñidores”. Hay nombres parlantes en Lampo y Faetonte, “el que brilla” y “el que alumbra”, potros que guían a Aurora.

Hay nuevas alusiones a la vista: “para que veas con tus propios ojos” (pleonasmo).

Otra vez tenemos la idea del cuerpo en partes (“se le aflojaron las rodillas”, “el dulce sueño, el que afloja los miembros”).

Si bien la Ilíada ha sido más valorada a lo largo de los siglos, la Odisea se acerca más a la vida moderna y Ulises, sin duda alguna, es como cualquiera de nosotros: reflexiona, piensa acerca de la vida real, soluciona sus problemas por sí mismo por medio de la inteligencia y no de la fuerza y, como nosotros, constantemente duda. La Odisea es, en efecto, una de las grandes obras de la literatura.