Historia del mundo clásico

Grecia clásica. Autoctonía. Periodo helenístico. Helenización. Cultura griega. Roma

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LCH. 1º Humanidades. Historia del Mundo Clásico

GRECIA Y LOS OTROS

La idea que se ha mantenido acerca de Grecia a lo largo de la historia, es una visión idealizada. Muchos han calificado como el “milagro griego” esta idea de pureza y superioridad cultural que ha mantenido la tradición. La posibilidad de que el mundo griego se hubiese relacionado con otras culturas contemporáneas y hubiesen recibido influencia de éstas ha sido un tema ignorado hasta el pasado siglo XX, debido fundamentalmente a este concepto idealizado de la “pureza” de la civilización griega.

La polémica se desató con la publicación de la obra de M. Bernal, Atenea Negra, en la que defiende que la civilización oriental, en sus diferentes manifestaciones culturales, influyó decisivamente en el pueblo griego. Criticó que los occidentales, llevados por una ideología racista y de superioridad cultural de occidente, hubiese querido ignorar la influencia que ejercieron los pueblos orientales sobre Grecia. El mérito de Bernal fue precisamente abrir el camino a este polémico debate. A pesar de todo, Bernal cometió muchos errores que evidencian que no trabaja sobre su especialidad; en muchas ocasiones no supo interpretar a historiadores griegos como Heródoto pues no tuvo en cuenta su situación, destinatarios o intencionalidad.

Hoy en día, se puede afirmar con seguridad que la civilización griega en sus orígenes estuvo muy influida por el mundo oriental, hasta el punto de poder designar aquel tipo de encuentros como “koiné” o unión cultural, fundamentalmente en la segunda mitad del segundo milenio a. C. El origen del mundo griego se encuentra a mediados de este segundo milenio a. C. en la civilización Micénica. Estos pueblos, caracterizados por sus fuertes murallas eran griegos puesto que ya hablaban algún tipo de lengua griega primitiva, que se ha encontrado escrita en tablillas de barro en la ciudad de Micenas. Para comprender la civilización Micénica hay que situarla en este contexto de “koiné” cultural, pues sus rasgos se aproximan más a los de sus vecinos orientales que a los de los griegos de época clásica. Durante esta época florecieron los intercambios culturales, como demuestran las ruinas de complejos palaciegos al estilo del de Mari (Mesopotamia) o los textos hititas en que son nombrados los ahhiyaura, posiblemente los Aqueos (griegos) de Homero. Sin embargo, en el siglo XII a. C. este sistema entra en crisis. A lo largo del siglo se suceden catástrofes e incendios, que supusieron la quiebra de este mundo. Comienza entonces lo que se ha llamado la “Época Oscura” de la historia de Grecia, más oscura por la falta de información que por la falta de desarrollo cultural como se pensó durante mucho tiempo. Aunque es cierto que estas destrucciones supusieron cierto retroceso, hoy se sabe que el contacto cultural se mantuvo y, aunque en menor medida, el pueblo griego continuó su desarrollo. Descubrimientos de las últimas décadas del siglo XX demuestran este intercambio cultural, que debió tener un importante núcleo en la isla de Eubea.

La influencia de oriente también se deja sentir en la literatura griega. La Teogonía de Hesíodo (s. VI a. C.) por ejemplo, sólo se explica desde una perspectiva oriental, pues hunde sus raíces en el próximo oriente. Los héroes homéricos también tienen su precedente en el mundo oriental, pues responden al estereotipo del Gilgamés, héroe de tradición sumerio-babilónica. Éste representa al viajero por antonomasia (como Ulises) Los excesos violentos de Aquiles también son herencia del Gilgamés. A pesar de todo, hay que tener en cuenta que Homero (o quien quiera que fuese) no copia los modelos orientales únicamente, sino que aporta novedades de su genio artístico. Igualmente, parece que el metro usado en las obras homéricas, el Hexámetro dactílico, puede proceder de oriente, pues pocas palabras griegas se adaptan sin dificultada a este metro.

El reflejo de este mundo intercultural se puede encontrar en Homero, especialmente en la Ilíada, si aceptamos la teoría de que vivió en el s. VIII a. C. En ningún momento los troyanos aparecen descalificados ni se dirigen a ellos como bárbaros; hablan su misma lengua y adoran a los mismos dioses. Sin embargo, ya en el siglo VIII comienza la expansión de los griegos hacia occidente, una apertura de horizontes donde van a encontrar pueblos diferentes a los que ya conocía, unas veces hostiles, otras peligrosos, y la mayoría considerados culturalmente inferiores. En La Odisea, obra de madurez de Homero, ya es posible apreciarlo: Ulises encuentra en sus viajes pueblos exóticos, como los lotófagos, individuos incivilizados como los Cíclopes…que podrían tener paralelo con las nuevas culturas que están descubriendo. Así, llegado el s. V a. C. confluyen dos tradiciones que recoge entre otros Heródoto. Por una parte, se mantiene la admiración por las ancestrales culturas de Oriente, pero por otra cristaliza el sentimiento de identidad cultural griega respecto a otros pueblos diferentes. Así, este sentimiento encuentra sus raíces en el siglo VIII, cuando comienza la expansión griega, y alcanza su apogeo en el siglo V, en plena época clásica

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EL SIGNIFICADO DE LA AUTOCTONÍA

El siglo V a. C es una época clave en la configuración de la identidad del pueblo griego, en especial el ateniense. Esta identidad diferenciadora, cuya máxima expresión es el sentimiento de autoctonía, va a suponer una brusca división entre Oriente y Occidente; bárbaros y griegos, además de la división de los propios griegos en atenienses y no atenienses. La visión que se conserva en la actualidad sobre el mundo griego es fundamentalmente la de Atenas del siglo V a. C. que en estos momentos ocupaba un lugar predominante ideológica y políticamente.

Un acontecimiento clave en la toma de esta identidad fueron las Guerras Medicas o guerras contra Persia, durante el primer tercio del siglo V a.C. Los griegos, que estaban en continuas luchas entre sí, se unen ante un enemigo exterior que amenaza con someterles. Persia pasa a convertirse en la representación de Oriente, de modo que el mundo oriental desde este momento queda identificado con Persia. La victoria inesperada sobre éstos va a ser clave en la toma de identidad de los griegos, reforzando sus sentimientos e ideas. Los griegos configuran su identidad oponiéndola a la de Oriente, que se barbariza; se convierte en lo extranjero, lo diferente… y lo inferior. Ante esta victoria, Atenas se crece. Y lo hace políticamente gracias a un fundamento ideológico. Se sitúa a la cabeza de la Liga de Delos (unión de pueblos griegos para custodiar el tesoro de las guerras médicas y hacer frente a un posible ataque exterior) pues Atenas se considera a sí misma la culminación de la civilización. Pronto esta Liga de Delos se convierte en un imperio que es el soporte de su democracia.

La máxima expresión de esta exaltación de la identidad ateniense, diferente y cúspide de la civilización, es el sentimiento de autoctonía, que legitima y justifica la hegemonía de los de los atenienses sobre los demás griegos, y su superioridad sobre el resto del mundo. Éstos se consideran a sí mismos los únicos que proceden de su tierra; no han venido de otro lugar sino que su tierra es su propio origen. Ya otros pueblos como los arcadios o los argivos se decían autóctonos. Pero mientras estos pueblos eran más “primitivos” los grigos, al considerarse la culminación de la civilización, convierten este sentimiento en algo glorioso

La identidad griega siempre se ha forjado a través del mito. Esto se puede apreciar en el terreno literario e iconográfico. Por ejemplo, en muchos textos trágicos puede apreciarse el estereotipo de “griego” (ateniense), así como la exaltación de la autoctonía. De este modo, es muy significativo que ya en el propio siglo V a. C., la guerra contra Persia se hubiese mitificado, hubiese pasado al terreno de la leyenda. Los atenienses del siglo V ya tenían una visión deformada e interesada de esta guerra, en la que habían ganado los “valerosos”, los que “luchaban por defender su patria, su tierra y su cultura” y los que habían vencido a los “invasores” y a los “cobardes”. Pronto, este tema histórico pasa a equipararse a otros temas míticos en el terreno literario (fundamentalmente en los epitafios) y en el iconográfico. Igualmente sucede con la guerra de Troya; si hasta la fecha éstos nunca habían sido considerados bárbaros, ahora -por identificación con Persia, por pertenecer a Oriente- los troyanos frente a los griegos, se convierten en Bárbaros.

En definitiva, en el siglo V a.C. está el origen de la concepción actual del mundo griego, que se identifica popularmente y por lo general, con la democracia ateniense del siglo V. Éstos toman una nueva identidad basada en el sentimiento de autoctonía que legitima y justifica su hegemonía sobre los griegos. Los atenienses no sólo llegan a considerarse la cabeza del mundo griego, sino que también pretenden representar la máxima realización posible a la que puede llegar un pueblo; llegando a considerar “bárbaro” a todo lo extranjero (que es en origen el pueblo Persa y por extensión, todo Oriente) dando a esta palabra un significado que con el tiempo se irá haciendo progresivamente más despectivo.

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Las dos caras de la helenización en el período helenístico

Se denomina período helenístico a la época que abarca entre el 323 y el 31 a. C. es decir, desde la muerte de Alejandro hasta la caída del imperio tolemaico en manos de Roma. Alejandro logró con sus conquistas formar un inmenso imperio que, sin embargo, se descompuso a su muerte: la zona greco-macedonia quedó en poder de los Antigónidas, Egipto en manos de los Tolomeos y el resto (casi hasta la India) de los Seleúcidas.

Como indica el propio título de esta reflexión, la visión que se ha mantenido acerca de este período ha variado con el tiempo. Hasta avanzada la segunda mitad del siglo XX imperaba, gracias a la obra de Tarn, una visión idealizada de la helenización según la cual Alejandro habría proyectado la expansión de la cultura griega por amor a ésta. Igualmente, supuso que a la muerte de éste se produjo una fusión cultural que incluía la helenización de todo el imperio conquistado por Alejandro. Hoy en día, aunque aún se perciban los ecos de la visión idealista de Tarn, los estudiosos coinciden en que la helenización no fue tan completa como parecía, que sólo llegó a reducidos núcleos de la sociedad y que muchos pueblos conservaron con fuerza muchas de sus costumbres y su cultura.

De esta forma, el proyecto de Alejandro no era otro que legitimar su poder sobre el Imperio Persa y convertirse en el sucesor legítimo de la dinastía Aqueménida. Como hombre aficionado a la simbología y los rituales, llevó a cabo una política de “orientalización” que, bien la sintiera profundamente o no, le sirvió de acercamiento a las clases dirigentes persas, entendiendo que ésta era la única manera de dar continuidad a su imperio: debía mantener la estructura de la dinastía Aqueménida y contentas a éstas clases dirigentes.

Sus continuadores, Tolomeos y Seleúcidas (entendemos que los Antigónidas no se iban a helenizar a sí mismos) continuaron, en cierto modo, la política de Alejandro de acercamiento a las clases dirigentes, aunque no la “orientalización” a la que parecía inclinarse éste. Las dinastías helenísticas nunca vieron con buenos ojos las costumbres que no fueran propiamente helénicas; la lengua oficial de estos imperios fue el griego, circunstancia que contribuyó al alejamiento de los núcleos de poder respecto al grueso del pueblo(que continuaba hablando su lengua indígena) La proliferación de sectas y religiones en esta época es una prueba de ello; la religión ha perdido el carácter unificador que poseía en época clásica. Tras la época helenística, muchas de las costumbres indígenas, así como estas sectas y religiones continuarán teniendo gran peso en la sociedad, por lo que se deduce que debían tener gran vigencia en esta época.

En el caso de los Seleúcidas, auténtico mosaico de pueblos y culturas, del único pueblo del que se poseen testimonios de esta época son los judíos. De éstos se sabe que fueron “helenizadas” las clases dirigentes, pero se mantuvo un crudo enfrentamiento entre éstos y los más ortodoxos. No faltaron las rebeliones contra el imperio en época de Atíoco IV, lo que prueba que la resistencia indígena era más que notable. Aunque no tenemos testimonios de otros pueblos, es de suponer que la situación debía ser similar. Los Seleúcidas mantuvieron, además, la estructura burocrática y administrativa de los Aqueménidas (lo cual dice mucho a favor de su competencia y eficacia).

En el imperio de los Tolomeos sucedió algo semejante; Los sacerdotes egipcios, el sector más cuidado y mimado por esta dinastía fueron, sin embargo, el vehículo a través del cual se canalizaron las revoluciones contra el Imperio. Por otra parte estaban las revoluciones en el interior de ciudades como Alejandría, cuyos habitantes, que vivían en gran parte a costa de la beneficencia pública, no se enfrentaban nunca directamente el rey, sino siempre contra la corte que le rodeaba. Fuera de las ciudades no hubo apenas helenización y la del interior de las ciudades, como decíamos, sólo alcanzó a las clases dirigentes.

La fusión helenica-indígena dentro de las ciudades tampoco se produjo, como revelan las ruinas de la ciudad de Dura-Europos, que apuntan prácticamente a la existencia de dos ciudades yuxtapuestas: la helénica y la indígena. La excepción de todo esto sería, sin duda, la ciudad de Alejandría. Aunque en los primeros años estuvo poblada básicamente por greco-macedonios y los que no lo eran tenían prohibido habitarla, pronto emigraron allá gentes de todos los lugares. Se trató de una fusión más ocasionada por las circunstancias históricas que por una política encaminada a ello; su propio nombre “Alejandría junto a Egipto” dice mucho acerca del “deseo de integración” que reinaba ente los pobladores de esta ciudad.

En resumen, la helenización durante el período helenístico no llegó a todos. Podemos hablar, por tanto, de dos caras de la helenización: por una parte la dualidad campo-ciudad y por otra la diferencia entre la helenización de las clases dirigentes y el pueblo llano.

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LOS ROMANOS Y LA CULTURA GRIEGA

Grecia y Roma son dos pueblos y culturas de la antigüedad en los que, por haber compartido un período histórico, se pueden apreciar numerosas influencias del uno al otro. Roma entró en contacto con Grecia desde sus primeros años; sin embargo, la helenización durará a lo largo de toda su historia. De este modo, a medida que Roma entra en contacto con Grecia, va forjando su propia identidad oponiéndose a lo griego. Por ejemplo, frente a la “levitas” griega (levedad, trivialidad) los romanos se van a caracterizar por la “gravitas” (austeridad, seriedad, firmeza) Se trata, además, de una sociedad basada en el culto a los antepasados, un rasgo que unía al pueblo romano (una unidad que no poseían los griegos)

Las primeras relaciones entre ambos fueron tensas y difíciles, precisamente por esta forma tan diferente de entender el mundo y las relaciones entre los pueblos. Los romanos fueron vistos por los griegos como gente bárbara y beligerante que atacaba la libertad griega. Hubo, sin embargo, personajes griegos que se interesaron por el pueblo romano desde su interior. Es el caso de Polibio, historiador griego llevado a Roma como rehén. Decidió describir a Roma, el pueblo que había conquistado gran parte del mundo en muy poco tiempo, y explicar al pueblo griego cuál había sido el motivo de éste triunfo. Polibio alaba entonces el sistema de gobierno (politeia) de Roma así como su situación interna, firme y cohesionada en comparación con la griega, al estar basada en el culto a los antepasados. Igualmente alaba la eficacia y estrategia de la legión romana.

Con la guerra y conquista de territorios griegos, comienza a entrar en Roma abundante material griego (objetos y personas, la mayoría esclavos) de tal modo que lo griego comienza a ser símbolo de distinción social. Frente a esto, muchos romanos se mostraron reacios. Lo paradójico es que la mayoría de los opositores eran filihelenos, conocedores y admiradores de la cultura griega. Defienden, en general, que no se deben olvidar las verdaderas costumbres y tradiciones romanas conservadas desde sus antepasados, pues son el pilar sobre el que se ha forjado su civilización. Dos figuras importantes son Catón “el Censor” y Cicerón. Catón denuncia que la helenización se extienda entre la población joven pues considera que conduce irremediablemente a la decadencia. Cicerón, por su parte, aunque en su correspondencia privada alabe todo lo griego, defiende que la helenización debe quedar recluida a la vida privada. Lo romano debe regir la vida pública sin que se entrometa lo griego.

Ya en el siglo I a. C. la presencia de roma en el Oriente era notable. Es la época de Mitrídates VI, rey del Ponto, que va a luchar contra la expansión romana. Conocedor y admirador de lo griego, entre sus estrategias contra la expansión romana buscó resucitar el espíritu panhelénico publicando un agresivo alegato antirromano. Hizo un llamamiento a la resistencia contra Roma que se tradujo en el asesinato de la mayoría de los itálicos que se encontraban en las costas de Asia Menor. Esta masacre es, sin embargo, indicio de dos realidades: la presencia de romanos en Asia menor era muy alta y los griegos de la zona parecían estar descontentos con ello. Esto puede ser debido, en parte, a que gran parte de estos romanos eran publicanos: recaudaban impuestos para Roma y cometían numerosos abusos.

Más adelante, en época imperial, y con la entrada masiva de griegos en Roma, se dan las condiciones perfectas para que los griegos conozcan al pueblo romano desde su interior. Apiano, escritor alejandrino del siglo II d. C escribió una historia de las conquistas romanas. A la vez que se observa cómo alaba la tenacidad y espíritu de sacrificio romano, se puede percibir una reflexión más profunda: o bien critica indirectamente el imperialismo romano o se trata de un recuerdo nostálgico del espíritu de libertad griego. Pausanias, por su parte, escribirá un libro sobre Grecia en el que parece reclamar la importancia del legado griego en la cultura romana, una recuperación del orgullo griego frente al pueblo conquistador.

En definitiva, Roma estuvo muy influenciada por la cultura griega, a pesar de los numerosos detractores que hubo a tal helenización. Como dijo Horacio:

<<Graecia capta ferum victorem cepit et artis intulit agresti latio>>

Gracias al legado romano ha llegado hasta nosotros gran parte del conocimiento sobre el mundo griego.

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