Historia del Arte


Historia del Arte en la España Romana


Historia del arte de la España romana

1- La conquista y el inicio de la romanización en España: la etapa republicana (finales del siglo III a.J.C.-finales del siglo I a.J.C.)

Durante el siglo III a.J.C., coincidiendo con el primer desarrollo de los reinos y de la cultura helenística en Oriente, el control del Mediterráneo occidental era disputado por dos grandes potencias: Roma y Cartago. A finales de siglo, la Península Ibérica será uno de los escenarios principales de esta confrontación. Los bárquidas cartagineses habían logrado asentarse en algunos enclaves del Levante español (Carthago Nova) desde los que conseguían abastecerse de las riquezas mineras del interior. La conquista por su parte de Gades y de Sagunto supuso el inicio de una política agresiva que se aceleró con la campaña militar de Aníbal Barca cuyo objetivo era atacar Roma desde el Norte, cruzando la Península ibérica y los Alpes. La respuesta de Roma fue rápida y contundente. En el año 218 a.J.C.desembarcaron las tropas romanas al mando de Gneo Cornelio Escipión en la ciudad griega aliada de Emporion y, poco después se erigió en Tarraco, la antigua Cessis ibérica, una fortaleza militar que será, a partir de este momento, el puerto de entrada y abastecimiento de los sucesivos contingentes de tropas. Roma toma el control militar de la Península Ibérica a partir de su rápida victoria (205) hasta finales del siglo I a.J.C., ya en época del principado de Augusto, momento en que se alcanza la completa pacificación tras constantes campañas militares de castigo y de nueva ocupación. No en vano se ha afirmado que el ejército romano republicano tuvo su mejor campo de pruebas en España.

El aspecto más destacable de la realidad con la que debieron enfrentarse los romanos en el largo proceso de conquista y control político fue la diversidad de situaciones y pueblos que habitaban el país. Las regiones con una cultura más desarrollada, con amplios y profundos contactos desde antiguo con otras surgidas en el Mediterráneo, se localizan en la zona de Levante y Mediodía. A partir especialmente de las colonias griegas y de los enclaves fenicios y púnicos, la cultura ibérica había desarrollado, desde antiguo, formas cultas de nivel artístico notable en paralelo a lo sucedido en la misma Península itálica y en las islas centrales del Mediterráneo. Los territorios del interior y la franja norte y noroeste, en cambio, ajenos a estos movimientos mediterráneos, cultivaban unas formas artísticas rudimentarias, aunque, por supuesto, no carentes de interés.

Roma impondrá su presencia, no relevante demográficamente en un primer momento, a partir de una política de organización primera de las ciudades preexistentes, en la región levantina y meridional y, progresivamente, de urbanización del conjunto del territorio. Buena parte de la Hispania interior y de la vertiente atlántica desconocían la civilización entendida en el sentido romano, es decir, a partir de la ciudad (civitas) como centro y núcleo de organización de la vida. No era el caso, por el contrario, de la zona levantina y meridional donde existía una tradición que arrancando de Tartesos, había desarrollado ya centros urbanos, a partir de los contactos y de la presencia de fenicios, griegos y cartagineses.

Es por ello que los romanos aprovecharon la red urbana existente, manteniendo y transformando las ciudades antiguas (Gades (Cádiz), Carthago Nova (Cartagena) o Saguntum (Sagunto), o bien procedieron a la concentración en una nueva ciudad de varios núcleos preexistentes y, por supuesto, se fundaron ciudades de nueva planta, a partir frecuentemente de praesidia, es decir, fortalezas romanas estables, como en Emporion (Ampurias) o Tarraco (Tarragona).

La presencia romana, limitada en un primer momento a los enclaves militares o praesidia distribuidos esencialmente en la costa, va aumentando con el tiempo y en función del mismo proceso de conquista. A raíz de la reforma del ejército en época de Mario (principios del siglo I a.J.C.), se procedió de forma sistemática a la distribución de tierras entre los veteranos y, por tanto, a la colonización del territorio en las provincias. Hispania no fue ajena a ello. La centuriación, la distribución en lotes regulares de terreno cultivable a partir de la ciudad, es el testimonio más evidente y perdurable de este hecho. Su consecuencia fue el asentamiento de pobladores, preferentemente itálicos, el reparto de tierras, la colonización urbano-agrícola en definitiva, y el inicio del sistema de explotación agraria a partir de las villae, unidades de producción esclavista, en la que se introdujeron los nuevos cultivos intensivos de la viña, el olivo y la huerta. Estos nuevos habitantes tuvieron un papel fundamental en el proceso de aculturación que denominamos “romanización”. Paralelamente los centros y oppida indígenas se irán despoblando, sus habitantes se trasladan a la llanura, a las nuevas ciudades o a las villae, adaptándose, por tanto, paulatinamente, a las nuevas formas de vida.

Urbanismo y arquitectura

La escasa importancia de la arquitectura indígena anterior, salvo el caso de la ciudad de Carthago Nova, o las defensas de Carmona, reflejos de la arquitectura púnica helenística, hace que el fenómeno de la romanización tenga su mejor expresión en la monumentalización de las ciudades y del territorio.

Es bien conocida la trascendencia de la estructura de los campamentos romanos en la de las ciudades de nueva planta en época republicana, según el famoso comentario del historiador Polibio. Heredan de ellos una estructura regular, preferentemente rectangular, aunque adaptada a las condiciones del terreno, delimitada y fortificada físicamente con un circuito de murallas, en cuyo interior dos arterias principales, el llamado cardo y el decumanus, a partir de las vías principalis y praetoria de los campamentos, se cruzaban perpendicularmente, liberando en el centro un espacio que, en las ciudades será habitualmente el de la plaza pública o foro, el lugar que en los campamentos ocupaba el edificio principal o praetorium además de las construcciones que albergaban a las tropas y otros servicios. En todo caso, la aplicación de esquemas ortogonales es generalizada, aún en el caso de ciudades construidas en pendiente o con terrazas naturales. Tarraco sería un ejemplo de ello. El espacio de la ciudad, entendido como templum, como lugar consagrado, se delimitaba y consagraba siguiendo un ritual heredado de la cultura etrusca.

Además de las ya citadas, Tarraco y Emporion, otras ciudades fundadas a lo largo del siglo II son las de Italica, Corduba, y Carteia en la Bética, Gracchurris junto a Alfaro, el oppidum civium romanorum o fortaleza de los ciudadanos romanos, llamada más tarde Baetulo en la costa catalana y las mallorquinas de Palma y Pollentia.

Pese a las dificultades para identificar los vestigios de esta primera fase de su existencia, algunas, las que no tuvieron continuidad hasta tiempos recientes, han permitido un estudio y un conocimiento detallado que, no obstante, no podemos generalizar al resto. El caso más interesante es el de Ampurias, fundada en torno al 100 a.J.C. a partir del praesidium situado junto a la polis griega de Emporion, a la que absorbió o con la que se unió ya en época de Augusto, y cuya vida no se prolongó más allá del siglo III d.J.C. En el cruce del cardo y el decumanus se localiza el forum ordenado de forma regular en uno de sus lados, con un gran pórtico de tres naves y orden jónico sobre criptopórtico, que abraza en forma de U la plaza presidida por un templo corintio dedicado a la Tríada capitolina. La orientación de su fachada hacia la puerta principal de la ciudad, así como el fondo y marco columnado del pórtico, remiten sin duda a las escenografías urbanas de raíz helenística que podemos estudiar en el foro de la ciudad de Pompeya. En el cardo máximo, una calle porticada, se abrían tabernae que, al norte del forum se organizan en una plaza que era el macellum o mercado. Es en esta zona donde se han identificado las cisternas públicas y el sistema de pozos para la extracción del agua. La arquitectura doméstica es conocida solamente a partir de una de las formas habituales en las ciudades romanas, la domus o casa unifamiliar, aunque sin duda existieron también las insulae o casas de pisos, comunitarias. Tres espectaculares mansiones datadas a finales del siglo II y en el I a.J.C., con modificaciones y ampliaciones posteriores, permiten constatar la aclimatación del tipo de casa itálica con atrio tetrástilo, tablinum y cubicula alrededor del primero, con pavimentos en signinum. Las nuevas modas, como son la introducción del jardín porticado o peristilo, los baños y los sistemas de pavimentación en opus tessellatum, mosaico, pueden seguirse en la evolución de alguna de estas casas hasta el siglo I d.J.C. Poco es lo que se conserva de sus murallas fundacionales, amortizadas en parte en el momento en que la ciudad romana se funde con la Neápolis griega.

El recinto amurallado mejor conservado de época republicana es el que delimitaba el praesidium de Tarraco, situado en la parte alta de la ciudad. Los restos de las murallas datados a fines del III o inicios del II a.J.C., a las que pertenece la torre denominada de Minerva por un relieve dispuesto en la parte superior en el que se representa a esta diosa, muestran un alto basamento ciclópeo y lienzos superiores resueltos con un preciso y regular opus quadratum. Coincidiendo con la época de graves conflictos militares que finalizan con la toma de Numancia en el tercer cuarto del siglo II a.J.C. se reforma el recinto adquiriendo más solidez y altura, reduciendo a dos las hiladas megalíticas del basamento y prescindiendo de las torres.

El paisaje monumental romano, sin duda alguna, se constituye esencialmente a partir de las ciudades. Pero su funcionamiento implicaba la necesidad de unas infraestructuras que modifican y a la vez ordenan y monumentalizan el territorio. La primera y principal era la comunicación entre ellas, es decir, la red viaria que las unía, y que eran, sobre todo, esenciales para el movimiento de los ejércitos y para el comercio. En su decurso, los puentes adquieren un valor esencial, hasta el punto que algunas de las ciudades de nueva fundación (Emerita) son verdaderas ciudades-puente, como la misma Roma. Al respecto cabe recordar el valor otorgado a los pasos sobre el Tíber, bien ejemplificado por el hecho de que los funcionarios que se ocupaban de ellos, los pontífices, elevados pronto a categoría religiosa, dan nombre al sumo sacerdote de la religión de estado (Pontifex Maximus). Junto a ello la ingeniería hidráulica ocupa un capítulo fundamental puesto que el abastecimiento de aguas a las ciudades y a las zonas mineras y agrícolas mereció una atención muy especial y adquirieron inmediatamente un valor propagandístico como símbolo del modelo de civilización que Roma otorgaba o imponía. Las presas o embalses, los acueductos, las cisternas y el sistema de alcantarillado de las ciudades se cuentan entre los monumentos más relevantes según observara Plinio al hacer referencia a las maravillas de la ciudad de Roma, en cuya relación ocupa el primer lugar la Cloaca Máxima. Poco es, con todo, lo que podemos datar en época republicana dadas las transformaciones que pudieron sufrir y la dificultad de datación de estas obras en general. El sistema de acumulación del agua en cisternas de la ciudad de Empuries de las que se alimentaba la ciudad ya desde su fundación es una excepción.

El arte hispano-romano o el arte romano en España

El estudio del complejo proceso de aculturación que supuso la romanización de la Península Ibérica y sus consecuencias en las manifestaciones artísticas, al margen de las ya comentadas, debe partir del conocimiento de la situación inmediatamente previa al control, progresivo, por los romanos, de los distintos pueblos y culturas artísticas preexistentes. Los esfuerzos realizados por los investigadores, especialmente durante los últimos decenios, para precisar el carácter de estas culturas, han puesto las bases imprescindibles para la comprensión de un fenómeno complejo que, durante un tiempo, se presentaba como el resultado automático de la presencia romana, como si de una simple sustitución e imposición se tratara. Bien al contrario, la capacidad de comprender la pluralidad de realidades ante las que se encontraron o que buscaron, de aprovechar hasta el límite las ventajas de los sistemas preexistentes, la flexibilidad en aceptar, filtrar y apropiarse de las propuestas y realizaciones ajenas es, tal vez, el valor más relevante de Roma, su aportación más decisiva a la formación de la todavía vigente cultura mediterránea de raíz clásica. Es por ello que resulta simplificador plantear en términos de aportaciones romanas o indígenas la comprensión de los fenómenos que tuvieron lugar en cualesquiera de los territorios que Roma conquistó. Y es así, tanto si nos referimos a los antiguos reinos helenísticos o a las viejas poleis griegas, como si lo hacemos en relación a culturas mucho más precarias en los niveles de desarrollo, como fueron las peninsulares.

En una lectura rápida, de síntesis, no podemos definir con los debidos matices en qué medida la confluencia de las tradiciones artísticas no romanas, o indígenas, muy diversas en los distintos territorios en los que se asienta el poder de Roma, con los modelos que ésta impone o sugiere, llevan a definir una realidad artística con acento propio, hispano-romano. La homogeneización que Roma intenta y consigue aplicar, debe confrontarse con estos acentos que no son fáciles de interpretar en detalle todavía. Paralelamente merece atención la continuidad de las formas artísticas indígenas, una continuidad que deberíamos también matizar al contrastarse con la romanidad dominante que las modificó de manera evidente o que, incluso en algunos casos, impulsó el momento de su máximo desarrollo, cual es el caso de la cultura castreña, o los verracos en piedra de los pueblos celtibéricos, pero también en algunas formas de la cultura ibérica, como es la producción de la cerámica, en buena parte debidos a la reactivación económica que la presencia de Roma favoreció, así como la facilidad de conocimiento y de intercambio que la red viaria romana impulsó.

Las prácticas religiosas y los rituales funerarios indígenas no fueron, en modo alguno, anulados por los romanos, por lo que pudo mantenerse, aunque no sin fenómenos de hibridación, un arte vinculado a ellas, fruto de los encargos de una determinada clientela y según la tradición artesanal anterior. Es por ello que algunos de estos monumentos constituyen el mejor punto de mira para poder comprender estos fenómenos. La presencia de los palliati, figuras vestidas a la romana ejecutadas por artesanos locales en el santuario ibérico de Montealegre (Albacete), el Cerro de los Santos, son un buen ejemplo de la fusión cultural y artística. La necrópolis de Carmona permite también observar la manera como los modelos romanos se superponen a una importante base púnica. El análisis iconográfico resulta también a veces esclarecedor, como en el caso de la representación de Tanit, la diosa principal entre los cartagineses, que se manifiesta en algún relieve romano, o bien en la iconografía de Hércules, que incorpora los atributos propios del Melkart fenicio. Ambos casos obedecen al sincretismo religioso romano que hizo perdurar estas divinidades sin renunciar a sus caracteres propios. También es significativa la pervivencia y respeto hacia el aniconismo dominante en la tradición feniciopúnica, en el uso de los betilos como “imágenes” de los dioses. Incluso algunos detalles en esculturas romanas de la más pura raigambre griega pueden presentar peculiaridades iconográficas que solamente se explican por las asociaciones con las divinidades locales, como es el caso de la bellísima estatua de Afrodita-Venus de Itálica realizada en mármol de Paros que, no obstante, por la gran hoja de colocasia que porta en su mano izquierda, nos remite a la asimilación de Astarté-Tanit indígena a la Venus marina romana.

El arte oficial, de corte o basado en los modelos cultos, impuesto en tantas ocasiones por Roma y con una patente intención propagandística, muestra, por ello mismo, una unidad indudable en el conjunto de los territorios bajo su dominio. Una parte muy considerable de estas obras fueron realizadas in situ por artesanos procedentes de Italia o de la misma Roma o bien se importaron directamente. El arte romano provincial, por el contrario, no puede entenderse como una imitación burda e inmediata de aquel, sino como el resultado de fenómenos de hibridación complejos, aunque en su base responda a la necesidad de ofrecer trasuntos o versiones de ellos. Las técnicas, los materiales, la tradición en cada lugar, llevan a soluciones expresivas que se distancian de los presuntos modelos, adquiriendo en ocasiones un interés, una calidad y un valor propio considerables.

El proceso de aprendizaje por parte de los artesanos indígenas en el uso de otros materiales, como el mármol, o bien la familiaridad con modelos y formas expresivas foráneas, extrañas a la propia tradición, o ambos a la vez, fue lento y no siempre es fácil seguirlo en su decurso a partir de las obras conservadas. En los primeros años del siglo II a.J.C. uno de ellos hizo máximos esfuerzos en representar en un relieve la figura de Minerva en la torre que lleva el mismo nombre en la fortaleza de Tarraco, un encargo oficial romano, sin duda. Algunos relieves de Osuna (Sevilla) o el grupo funerario de un matrimonio de Orippo (Dos Hermanas, Sevilla), obras también de factura local, son eslabones de un proceso de asimilación que, a finales del siglo I a.J.C. otros, sobre la base del conocimiento de modelos o del aprendizaje junto a artesanos foráneos, interpretan ya con una considerable pericia. Los mejores ejemplos son obras que pertenecen al género escultórico más emblemático de la romanidad, el retrato, como demuestran algunos ejemplares béticos, emeritenses o de Barcino, que remiten a la más pura tradición del retrato realista tardo-republicano. Este género, ya conocido o intuido a partir de las relaciones con el mundo helenístico en la Hispania pre-romana entre los reyezuelos ibéricos y a partir de la presencia cartaginesa es, en efecto, adoptado de forma decidida como consecuencia de la romanización.

2- De Julio César a los antoninos (s. I a.J.C.-s. II d.J.C)

Las campañas de Julio César supusieron el inicio de la pacificación, ultimada por Augusto con sus campañas contra los cántabros (27-19 a.J.C.), y la organización de los nuevos territorios que comprendían ya el conjunto de la Península Ibérica. La antigua provincia Ulterior que, con la Citerior dividían el territorio hispánico, se subdivide en dos a partir del límite fijado en el decurso del rio Anas (Guadiana): la Baetica y la Lusitania. Tarraco seguirá siendo la capital de la provincia Citerior o Tarraconense y Corduba de la Baetica. La capital de la nueva provincia, Lusitania será Emerita Augusta. A esta organización provincial se une la vertebración del territorio a partir de una intensa política de urbanización. Las zonas de nueva conquista, como el Noroeste de la Península fueron objeto de especial atención puesto que debían crearse allí las infraestructuras necesarias para su vertebración. Es así que se fundan en este momento las ciudades de Asturica Augusta, Lucus Augusti y Bracara Augusta. Agripa, yerno y previsto sucesor de Augusto, aplica la experiencia adquirida en las Galias en su intensa labor en Hispania y, de manera muy especial, en la nueva capital de la Lusitania, Emerita de la que fue patrono.

Consolidar la estructura urbana implicaba, además de la fundación de ciudades, su desarrollo jurídico, el cambio de status que afectaba también a las preexistentes, que alcanzaron en estos momentos la categoría de colonias (Tarraco) o municipos (Emporion) con lo que se favoreció su definitiva integración en las estructuras del Imperio. En todas ellas, las antiguas y las de nueva planta, como son las de Barcino (Barcelona) o Caesaraugusta (Zaragoza), se promueven programas de monumentalización específicos en los que se manifiesta la voluntad de jerarquizarlas a través de la tipología y del significado de los edificios que les correspondían de acuerdo con la categoría respectiva. En todas se percibe el modelo de la ciudad de Roma en la forma y en las estructuras arquitectónicas que adquirió en época de Augusto, pero de manera más significativa en las “pequeñas Romas”, las sedes del poder del Imperio: las tres capitales de las provincias.

Emerita, como nueva fundación, permite apreciar mejor que otros casos cual era la imagen que la Urbs por antonomasia proyectaba en las provincias. Su enorme recinto, definido por una línea de murallas y un potente dique de contención frente al río, preveía un aumento demográfico notable, fruto del asentamiento de los veteranos de las guerras cántabras en su territorio como colonos. Se unían a ello espectaculares estructuras hidráulicas (el embalse de Cornalvo y el acueducto Aqua Augusta) así como el puente doble sobre el Anas que convertía Emerita en un nudo de comunicaciones en la vía de la Plata, la calzada que conectaba la Baetica con el Noroeste peninsular. No faltaron los grandes edificios de espectáculos como eran el circo, situado extramuros y el anfiteatro.

El centro neurálgico de la ciudad, el foro, se ordenó, siguiendo el modelo de la arquitectura romana augustea, como en otras ciudades hispánicas y, de manera especial en las capitales. Con mayor o menor detalle, se puede identificar en ellas la organización de este espacio como una gran plaza con pórticos decorados con un programa escultórico monumental que remite al Foro de Augusto de Roma (Emerita). Iniciado en época julio-claudia será modificado durante la dinastía flavia a finales del siglo I d.J.C. En él, además de los clípeos con cabezas de Júpiter Ammón y Medusa alternados con cariátides en el friso, se organizó, en el interior, un programa iconográfico con estatuas de emperadores, miembros de la casa imperial, genios de la colonia y sacerdotes en parte obra del escultor local Gaius Aulus. A un lado de la plaza del foro se situaba la basílica civil, cuyo ejemplar más relevante es el de Tarraco, de tres naves y pórticos corintios, además de otros edificios, diversos en cada caso, entre los que no faltaba la Curia o sede del consejo ciudadano. Presidía el conjunto un templo que, a partir de estos momentos, se dedicará al culto imperial (el llamado “templo de Diana” en Emerita). La introducción del culto a Augusto como numen o genius asociado a la diosa Roma, ya en su momento y sobre todo a partir de Tiberio, es bien conocido en Hispania, donde la tradición de la devotio al caudillo o reyezuelo facilitó su pronta aclimatación. Este culto que, en función de la política dinástica augustea implicará a los miembros de su propia familia según el modelo que impone en la ciudad de Roma, se extiende a otros espacios urbanos. De manera muy especial en el teatro. A partir del modelo tipológico del teatro augusteo dedicado a Marcello en Roma, las ciudades contarán con esta estructura de espectáculos que, no obstante, se entiende cada vez más, de manera preferente, como uno de los escenarios de la liturgia imperial. El teatro, que podemos considerar como el edificio simbólico de la romanidad lo será también de la presencia del poder de Roma, por tanto, a través de su gobernante divinizado. Los edificios escénicos, en efecto, albergarán sus estatuas y, en ocasiones, capillas específicamente dedicadas a su culto, como es el caso del aedes Augusti de Tarraco decorado con un conjunto de estatuas de divinidades, príncipes y miembros de la familia imperial, o el de Emerita, donde se encontró el famoso retrato de Augusto como sumo sacerdote.

Los templos, el principal ornato de la ciudad antigua, fueron dedicados a diversas divinidades, aunque las advocaciones son generalmente mal conocidas, pero el principal, situado en el foro, se dedicará a partir de estos momentos, al culto estatal. Ejemplos bien conocidos son los augusteos de Barcino y el llamado de Diana en Emerita o el de Corduba, que, a pesar de datarse en época flavia sigue modelos anteriores, como puede constatarse por sus semejanzas con la Maison Carrée de Nîmes.

Buenos ejemplos que nos permiten verificar las remodelaciones de ciudades son las ciudades de Emporion y de Carthago Nova. En la primera, su ascenso al status de municipium supuso la ordenación del extremo opuesto al antiguo templo en el foro, incorporando un pórtico con tabernae abiertas al exterior y dos edificios singulares a levante y poniente: una basílica foral y la curia. Junto a la basílica, en la misma ubicación que el de Tarraco o, más tarde, el de Clunia Sulpicia (Burgos) un espacio, un aedes augusti, era dedicado al culto imperial. Dos pequeños templos eran dedicados a Roma y a Augusto o a sus hijos adoptivos.

La promoción de estas obras no estuvo exclusivamente en manos del emperador o de sus enviados, sino que obedeció a iniciativas también particulares. Cabe tener presente que el evergetismo era un derecho, un deber y además una forma de garantizarse la popularidad y el éxito político. La arquitectura y las obras públicas fueron ya comprendidas como un medio propagandístico esencial por parte de los nobles republicanos y aumentada por los emperadores, pero también por los cargos municipales y los particulares. El nuevo foro de Sagunto, sin ir más lejos, fue costeado gracias a la donación testamentaria de un particular (Gneo Baebio Gemino).

El territorio, que era controlado y vertebrado a partir de las ciudades, fue también objeto de atención preferente a partir de Augusto. Así, se transforman y mejoran las calzadas, como la antigua vía Heraclea que unía Roma con Gades y que se denomina a partir de estos momentos con su título, Via Augusta, y se levantan, como puentes simbólicos sobre ellas, los arcos honoríficos que servían para jalonar sus particiones, como son los augusteos de Bará (junto a Tarraco) o el de Medinacelli (Soria). Otras obras, de carácter utilitario eminente, también se convierten en vehículos preferentes de propaganda política e imagen de la presencia romana. Los más espectaculares, sin duda, son los tramos elevados sobre arcuaciones de los acueductos.

Fuera del recinto sacro de la ciudad y contribuyendo también a la monumentalización de su entorno, quedaban las necrópolis y los monumentos funerarios singulares, de los que España ofrece una notable riqueza tipológica. Entre ellos merecen resaltarse los monumentos turriformes, como son la Torre Ciega de Cartagena, el de Villajoyosa y la llamada Torre de los Escipiones de Tarragona y los naomorfos como el de Sádaba en Zaragoza. Excepcionales son las monumentales estructuras como el llamado dístilo sepulcral de Zalamea de la Serena en Badajoz, rematado en columnas corintias. Los relieves y las estatuas funerarias completaban estos monumentos en origen.

Esta intensa actividad edilicia, incluso la fundación de ciudades de nueva planta, iniciada en época de Augusto continúa en época de los julio-claudios y tiene episodios memorables a partir de los flavios y en tiempos de los dos emperadores hispánicos, Trajano y Adriano. Así, la adquisición del rango de municipio de Baelo Claudia (Bolonia, Cádiz) en época de Claudio supuso la aplicación de un programa monumental que se prolongó durante medio siglo y que las excavaciones han podido determinar con mucha precisión. Especialmente significativo es el foro en el cual, como ya era canónico en estos momentos, se delimita un sector religioso y una basílica en el extremo opuesto en una plaza enlosada determinada en sus costados por pórticos. En el sector religioso se edificaron tres templos que dominan visualmente el espacio. Las tabernae de uno de los pórticos del foro se abandonaron al construirse un macellum en el ángulo suroeste del foro.

Vespasiano, después de la crisis que supuso la época de Nerón, instauró un nuevo orden económico y social en el estado y promocionó las provincias. Otorgó el derecho latino a toda Hispania y en su tiempo se emprende la reordenación monumental o la restauración de edificios en diversas ciudades peninsulares. El decidido impulso que se da en estos momentos al culto imperial, ralentizado desde época de Augusto, y que tenía como objetivo cohesionar a los habitantes de las provincias en torno al gobernante y a los símbolos del poder de Roma, conlleva la construcción en las capitales de las provincias, sede de los concilios provinciales, de espectaculares conjuntos arquitectónicos reservados a sus funciones. Estas eran, básicamente, la elección anual del flamen o sumo sacerdote del culto imperial, es decir, dedicado a Roma y a todos los emperadores divinizados, sus familias e incluso el emperador viviente. Era el órgano de representación de la élite urbana frente a la administración del estado y en el recinto que ocupaban solamente tenían autoridad los notables de las ciudades de la provincia.

El mejor conocido de ellos es el que se ha analizado en las últimas décadas en Tarraco. En sus 11 Hectáreas se organizó un complejo estructurado en tres niveles o terrazas. La superior es una plaza rodeada de tres pórticos con una sala dispuesta en el eje, en el pórtico de fondo, que debía estar presidido por un templo y que debió ser substituido por la primera catedral cristiana, manteniéndose esta ubicación hasta la actualidad. La segunda terraza era una plaza de representación con doble porticado, sobre criptopórticos, dispuesta transversalmente en relación a la superior. La terraza inferior era ocupada por el circo, construido años más tarde pero previsto en el proyecto inicial. Escaleras dispuestas en el eje comunicaban las distintas terrazas. Los numerosos testimonios de inscripciones en los pedestales de las estatuas hacen alusión explícita al sacerdocio del culto provincial y, por tanto, confirman la función del conjunto. Los elementos ornamentales monumentales, como las clípeos con Júpiter Ammon y Medusa procedentes del pórtico superior, remiten a los modelos romanos, concretamente al foro de Augusto en Roma y, por tanto, a la carga simbólica que este conjunto ostentaba.

También en Emerita y en Corduba, hay testimonios claros en el mismo momento del desarrollo del culto imperial provincial. El llamado Arco de Trajano de Mérida era la entrada al recinto identificado como foro provincial en el que se han descubierto vestigios de un gran templo de mármol. La actividad edilicia en Emerita en época flavia, no obstante, afecta a otros muchos monumentos ciudadanos, desde el foro colonial hasta los edificios de espectáculos. En Corduba se ha identificado el foro provincial construido en un sector de la ciudad en expansión que obligó a derribar parte de la muralla. Era una gran plaza presidida por el imponente templo marmóreo de la actual calle de Claudio Marcelo.

La vitalidad de las ciudades hispánicas en época flavia se puede constatar en otros muchos casos, como son los de Valentia, o especialmente en Munigua, donde se ordena el conjunto de la ciudad, presidida por un espectacular santuario en terrazas que repite los modelos de los tardo-republicanos del Lacio, como el santuario de Fortuna en Praeneste. La concesión de la ciudadanía romana y de otros derechos a los pobladores y a las ciudades es lo que explica algunas de las más relevantes intervenciones monumentales, en ocasiones, promovidas y costeadas por los magistrados locales.

La más tardía de estas grandes obras de fundación, ex novo, es la de Italica. La patria chica de Trajano y Adriano fue indudablemente favorecida por ellos y se le concedió la categoría de colonia. A raíz de ello se transformaron algunos edificios de la antigua ciudad republicana, como el teatro, pero especialmente se creó una Nova Urbs, una ciudad de nueva planta, ejemplo de aplicación de los plantemientos urbanísticos, sin condicionamientos previos, en el siglo II d.J.C. Destacan en ella el esquema ortogonal, la amplitud de las calles porticadas y la regularidad de las manzanas. Entre los edificios públicos destacan las termas, un anfiteatro y un gran recinto monumental, una plaza porticada con una estructura movida en la que alternan las exedras cuadrangulares y semicirculares, presidido por un templo majestuoso dedicado al emperador Trajano, que repite el modelo de la Biblioteca de Adriano de Atenas. Italica nos permite conocer el desarrollo de la arquitectura doméstica urbana . Las manzanas eran ocupadas por dos casas, domus unifamililares amplias, organizadas a partir de un patio porticado con fuentes y aljibe, con baños privados en ocasiones, y con espléndidos pavimentos en mosaico blanco y negro y policromo, a través de los cuales podemos constatar la pronta aclimatación en España de las modas itálicas en la musivaria.

Las necesidades de abastecimiento de agua, dado el crecimiento demográfico de las ciudades, pero especialmente a raíz de la construcción de grandes edificios termales, mal conocidos salvo excepciones (Clunia Sulpicia), llevan a la construcción de grandes estructuras hidráulicas que constituyen en sí mismas, monumentos de la romanidad y su símbolo. Es así especialmente en los tramos elevados sobre arcuaciones de los acueductos. Los más espectaculares son los tramos conservados del que alimentaba desde el Francolí a Tarraco (les Ferreres) de mediados del siglo I y, especialmente el de Segovia, de época de Nerva, el mejor ejemplo del valor propagandístico que los romanos otorgaban a estas obras. Trajaneo es el complejo emeritense constituido por el embalse llamado de Proserpina y el acueducto que alimentaba desde él la ciudad. El tramo elevado de éste, conocido como de los Milagros, no obstante, es obra tardía de estructura más compleja y más sólida que los anteriores, de época de Diocleciano o Constantino. En época del hispánico Trajano se fecha el más espectacular de los puentes: el de Alcántara (Cáceres) sobre el Tajo. De su valor simbólico y del orgullo de su arquitecto da fe el texto de la inscripción conservada en el templete situado sobre él: “El puente, destinado a durar por siempre en los siglos del mundo, lo hizo Lácer, famoso por su divino arte. El mismo levantó este templo a los divinos Romúleos y a César. Tanto por lo uno como por lo otro su obra es acreedora del favor celestial. Quien ha erigido este enorme puente, con su vasta mole, rindió honor y satisfacción a los dioses”. A su momento puede también vincularse la construcción del único faro que conservamos en buen estado, el de Brigantium (Torre de Hércules en A Coruña).

Los procedimientos constructivos que podemos analizar en la arquitectura hispano-romana presentan características propias, debidas esencialmente a la naturaleza geológica peninsular. Así, el uso de piedras de gran dureza explica tal vez el carácter muy sobrio, poco decorado, de sus estructuras. Los materiales, usuales en la construcción romana, como es el opus caementitium, mal llamado hormigón romano, para el núcleo de los muros y las cubiertas, se reviste con paramentos de piedras regulares bien escuadradas (opus quadratum) o bien irregulares y pequeñas (opus incertum) y con más frecuencia la mamposteria de piedras menudas de forma prismática (opus vittatum). Es muy escaso y tardío el uso de los ladrillos. El modo de organización del trabajo constructivo, como en el resto del Imperio, permitía no solamente abaratar costes sino también optimizar el tiempo de construcción. Una particularidad también notable en la concepción arquitectónica, es la tendencia al gigantismo, a la desproporción. Es el caso de los foros provinciales de Tarraco o de los edificios de Clunia Sulpicia (Burgos) o de ciudades más modestas como Valeria (Cuenca) en la que se construyeron imponentes obras de aterrazamiento y donde se localiza uno de los ninfeos monumentales más grande del Imperio.

Las abundantes estatuas y retazos escultóricos que enriquecen nuestros museos poblaban y constituían elementos esenciales del paisaje urbano hispano-romano. Restituirlas a su contexto original preciso y a su integridad primigenia no ha sido y no es, con todo, una tarea fácil. En ocasiones es solamente a partir de las inscripciones de los pedestales, los únicos vestigios conservados, que podemos llegar a determinar la naturaleza de las estatuas que los coronaban y los programas del conjunto monumental en el que se integraban. Los contextos preferentes de la escultura romana eran las plazas, esencialmente los foros, con las ornamentaciones monumentales de los pórticos, basílicas y templos a los que nos hemos referido en algún caso, así como las estatuas honoríficas dedicadas a los emperadores, patronos, benefactores y a los miembros de la élite urbana. Junto a ello, el edificio escénico de los teatros constituía otro marco esencial para la estatuaria. Los de Emerita, Tarraco e Italica entre otros, permiten, a raíz de los últimos estudios, una correcta, aunque incompleta, restitución de sus programas iconográficos. En todos estos conjuntos puede observarse la voluntad clara de emular los modelos que ofrecía la ciudad de Roma y sus monumentos más insignes. Los santuarios y templos abrigaban la estatuaria ideal o de divinidades, las del panteón tradicional o las de cultos exóticos (el Mitreo de Emerita o el de Cabra en Corduba), generalmente, como es común en el arte romano, a partir generalmente de tipologías y modelos de raigambre griega o helenística.

En el ámbito de la privacidad, en la casa y en los contextos funerarios, se despliegan otras tipologías que suponen un volumen muy considerable de la producción escultórica. De una parte el capítulo de la escultura decorativa, fundamentalmente los relieves ornamentales y la pequeña estatuaria destinada a decorar los espacios nobles de la vivienda o bien a los cultos domésticos. De otra, el retrato privado, funerario y, a partir de la difusión de la inhumación, a mediados del siglo II d.J.C., los sarcófagos esculturados.

Mención muy especial merece también en el ámbito doméstico, la decoración en mosaico o en pintura de las habitaciones nobles de las domus urbanas, como se ha mencionado en el caso de Italica, o en las villae rurales. Entre estas últimas, generalmente transformadas en la Antigüedad Tardía, merece destacarse la lujosa vivienda, tal vez de un alto funcionario provincial tarraconense, de Els Munts en Altafulla. A sus lujosas instalaciones se aplicó un programa ornamental en pintura y mosaico, pero también con conjuntos escultóricos de enorme interés.

Los niveles de homogeneidad que la escultura romana manifiesta son perceptibles en las obras conservadas en España. La ingente demanda por parte de las instituciones oficiales y de los particulares generó un flujo de importaciones desde los principales centros productores, la misma Roma o los talleres establecidos en otros lugares del Imperio, esencialmente en el Oriente Mediterráneo, y por los artesanos locales. Unos y otros partían de unos modelos esencialmente comunes y de ahí la dificultad, en tantos casos, de reconocer su procedencia, al margen del análisis de los materiales utilizados.

El estudio y la caracterización de la escultura elaborada en los centros provinciales hispánicos, abordada con intensidad en los últimos años, permite adentrarse en la formación y evolución de los talleres establecidos en algunas ciudades españolas, especialmente en Emerita, Barcino, Tarraco, o Italica a partir de los últimos años del siglo I a.J.C. Es especialmente en la producción retratística privada, en esas galerías de hispano-romanos donde podemos apreciar mejor la aclimatación y los acentos propios a partir del conocimiento de las tendencias expresivas de la retratística y de las modas conocidas desde Roma. La difusión del culto imperial es la razón que explica la ingente producción de retratos oficiales, especialmente en la época julio-claudia, que se constituyen a su vez en modelo para la retratística privada, aunque en algunas obras emeritenses esencialmente (“El panadero”, “la gitana”...), podamos constatar algunos distanciamientos respecto de aquellos. En época flavia, las transformaciones en el retrato romano se recogen y reinterpretan con altas dosis de originalidad y barroquismo en los talleres hispánicos, como denota el popular retrato en bronce ampuritano.

La producción artística italicense constituye, sin duda, un capítulo relevante, por el notable nivel cualitativo y la ausencia total de provincialismo, fruto de las exigencias cosmopolitas de la clientela, a partir de Trajano y Adriano. El alto nivel alcanzado por los artesanos locales en el trabajo del mármol, de las canteras cercanas de Almadén e incluso importado, se manifiesta, tanto en la escultura ideal (Artemisa y Afrodita Anadyomene), como en el retrato (estatua colosal de Trajano).

3-La Antigüedad Tardía

La crisis del modelo de romanidad vigente, en paralelo a los conflictos, de todo orden, que padece la estructura política y militar del Imperio, abren, a partir del siglo III y hasta su disolución definitiva, un prolongado período de transformaciones que denominamos Antigüedad Tardía. Estas afectan a todos los campos de la existencia y, naturalmente, a la actividad edilicia y a la producción artística.

La trama urbana establecida en los siglos precedentes así como los edificios y monumentos que servían a unas determinadas funciones, prácticas y simbólicas, y que les daban carácter, se irán modificando de forma no homogénea en el conjunto del Imperio a lo largo de los siglos III al V d.J.C. Algunas ciudades antiguas irán perdiendo peso e incluso llegaran a despoblarse y a abandonarse (Emporion, Carthago Nova), aunque en algunos casos simplemente deberán ceder su papel a otras vecinas (Baetulo en relación a Barcino) y, en general, es manifiesta la pérdida demográfica en la mayoría de ellas y la ausencia de iniciativas constructivas relevantes, al margen del mantenimiento y restauración de los edificios e infraestructuras fundamentales. No deben, no obstante, minimizarse los esfuerzos y la potencia económica que supone la construcción a finales del siglo III, de nuevos recintos amurallados como los de Barcino, Lucus y Gerunda. La pérdida de vigencia de sus funciones es lo que explica la amortización de algunos edificios o conjuntos en las ciudades. Es el caso del abandono progresivo del espectacular foro provincial de Tarraco o, ya en los siglos V o VI, de algunos de los edificios de espectáculos, singularmente los anfiteatros. La población tiende a concentrarse en zonas de las ciudades, incluso ocupando antiguos lugares públicos, modificando de esta manera, sustancialmente, el paisaje monumental.

La cristianización de la topografía es, por último, un fenómeno relevante a partir de los años finales del siglo IV y durante el V y el VI. La imposición estatal del cristianismo y la prohibición de los demás cultos, especialmente el dedicado a los emperadores, en época de Teodosio I, lleva al abandono progresivo de los templos, recintos y santuarios a ellos dedicados y a su parcial substitución por edificios consagrados a la nueva divinidad. No nos ha de extrañar, por tanto que, en muchos casos, la primera catedral cristiana se construyera en el mismo lugar en el que se localizaba el templo de culto imperial, el más importante de las ciudades y que, por tanto, éste haya desaparecido.

La desatención por el mantenimiento y cuidado del patrimonio monumental y por las infraestructuras urbanas es progresivo aunque no sin excepciones que deben ser puestas de relieve. Así, Emerita, posiblemente la capital del vicariato de las Hispanias a partir de la reorganización administrativa de Diocleciano a fines del siglo III, vive un momento de especial esplendor en la Antigüedad Tardía. Dan fe de ello las reformas de algunos de sus monumentos, como el acueducto de los Milagros, la suntuosidad de algunas de las casas unifamiliares, decoradas con mosaicos de pavimento y con pinturas de enorme categoría (el mosaico cosmogónico de la casa del Mitreo, domus de la calle Masona, casa del Anfiteatro, casa de la calle Holguín) y el conjunto de las villae de su ager o territorio (El Pumar, El Hinojal).

La atención por lo privado frente a la cosa pública es un signo característico de los nuevos tiempos y tal vez una de las razones que explica la importancia que adquieren las iniciativas constructivas que se centran en las viviendas particulares, especialmente en las grandes villae de los latifundios. Es en estos ambientes, en efecto, así como en el arte funerario, donde encontramos las mejores muestras de la vitalidad de la producción artística tardo-romana. Las viviendas de los propietarios dentro de las explotaciones agrarias que conocemos como villae, adquieren, en este período y de manera especial en las provincias hispánicas, un auge extraordinario. En la mayoría de ocasiones se trata de villae con vestigios muy anteriores, que se remodelan y reconstruyen totalmente con construcciones en las que el lujo, la originalidad, la voluntad de distinción, son perceptibles. Conocemos de forma insuficiente la mayoría de estos complejos edificios y, en ocasiones, solamente sus pavimentos musivos nos pueden ayudar a interpretar la estructura y función de sus salas y ambientes. Destacan, en la mayoría, los baños (Villa Fortunatus de Fraga, villa de Dueñas en Palencia) y los salones que pueden alcanzar dimensiones extraordinarias (“oecus” de la villa de La Olmeda, Palencia; villa de Carranque, Toledo). Los pavimentos musivos que las decoran, despliegan un universo ornamental e iconográfico de extraordinaria riqueza, resuelto con una policromía exuberante, que pretende reflejar, sin lugar a dudas en tantas ocasiones un ideario preciso, una pertenencia a los valores de la romanidad y, a la vez, la riqueza y poder de los propietarios. Los artesanos ambulantes que se ocuparon de su realización seguían utilizando los repertorios y modelos al uso en el conjunto del Imperio y en especial las modas norteafricanas, pero con propuestas y soluciones características que no encuentran paralelos.

Precisamente las tendencias a una cierta particularización en las provincias romanas, un acento regional acusado, es un fenómeno que caracteriza la Antigüedad Tardía, frente a la homogeneización impuesta desde Roma desde la época de Augusto y vigente hasta ese momento. Afloran en este contexto, y se desarrollan paralelamente, las formas expresivas más enraizadas en la tradición pre-romana, aunque no ajenas a su influencia.

En algunas de estas viviendas se han podido recuperar y analizar conjuntos heterogéneos de estatuas, de distintas épocas, que se re-ordenan, como si de un museo particular se tratara, en espacios y con una intención, renovados (villa de El Ruedo, Almedinilla, Córdoba; villa de Valdetorres del Jarama, Madrid).

Algunas de estas villae se transforman a su vez y admiten la incorporación, siguiendo con ello los modelos sugeridos por las viviendas de los emperadores tardo-antiguos, el mausoleo del propietario. El edificio de planta central de la villa de Centcelles (Tarragona), con una cúpula decorada con pinturas y mosaicos en los que en una peculiar síntesis, se reúnen los valores de la nobleza romana con la adscripción a la nueva religión, es el mejor ejemplo de ello.

21




Descargar
Enviado por:Jana
Idioma: catalán
País: España

Te va a interesar