Historia de Grecia

Esparta. Atenas. Macedonia. Polis. Guerra del Peloponeso. Corinto. Tebas. Filipo. Alejandro Magno. Stásis. Democracia

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La Crisis de la Polis y el Cambio de Hegemonías Índice

1. Introducción

La larga Guerra del Peloponeso produjo en el mundo griego cambios tan profundos que sin ella resulta imposible imaginar cuál habría sido el rumbo de la historia de la Hélade. Todos estos años de dificultades económicas y discordia social hicieron que muchos empezaran a poner en cuestión su relación con el mundo que los rodeaba. Aunque muchas de estas cuestiones ya fueron tratadas por los pensadores del siglo V, las generaciones de posguerra se mostraron más propensas a plantearse este tipo de cuestiones y empezaron a sentirse menos seguras de vivir en el mejor de los mundos posibles.

Mientras que muchos griegos sometían a prueba sus valores tradicionales, otro siguieron enzarzados en las disputas del siglo V. la Guerra del Peloponeso no resolvió nada. En muchas polis los problemas económicos provocados por la guerra agravaron los conflictos de clase ya existentes y desencadenaron sangrientos civiles, aunque la democracia ateniense se vio curiosamente libre de la stásis. Las guerras entre las polis siguieron estando a la orden del día, y la discordia civil -a veces muy sangrienta- se convirtió en algo más habitual. La celosa intervención de Persia contribuyó a agravar una situación ya caótica. Cuando en el norte surgió una individualidad extraordinaria en la persona de Filipo de Macedonia, la incapacidad de trabajar unidos con eficacia en pos de un mismo objetivo característica de los griegos tendría unas repercusiones dramáticas, y la polis autónoma dejo de ser la institución política definitoria del mundo helénico. Tras esta crisis entra en la historia de Grecia el reino de Macedonia, con el que la Hélade se extenderá en un vasto imperio que permanecerá prácticamente hasta la llegada de Roma. Sin embargo no se puede reducir todo esto a un mero periodo de transición. La crisis y el declive de los grandes estados griegos no significan su total extinción cultural y artística. El siglo IV es, a fin de cuentas, el de Platón y Aristóteles. La serenidad y el equilibrio de la época clásica son sustituidos ahora por la inquietud y la tensión. El universo individualista acabo por imponerse del todo al mundo en declive de la polis. Sin embargo, a través de todos estos desequilibrios y contrastes, de estas luchas por la hegemonía y por la apertura de nuevos horizontes geográficos, surge un nuevo mundo dotado de personalidad propia, cuya civilización sostiene perfectamente la comparación con el gran siglo de Pericles.

2. Fuentes para el estudio de Grecia en el siglo IV a. C.

En casi todos los terrenos, las fuentes para la historia política del sigo IV son más ricas que las del siglo anterior. Poseemos numerosas inscripciones que arrojan cierta luz sobre las relaciones internacionales y la política interior. Es la época de Aristófanes, cuyas comedias nos aportan una información valiosa en torno a los disturbios que se produjeron en Atenas durante la generación inmediatamente posterior a la batalla de Egospótamos. Conservamos también biografías de grandes personajes espartanos, elaboradas por Plutarco. La oratoria ática también nos proporciona una importante ventana desde la que asomarnos a la vida y los modelos de pensamiento de los atenienses de la época. Desgraciadamente no se han conservado textos análogos procedentes de otras polis. Se conservan discursos atribuidos a Demóstenes, Lisias o Isócrates que nos aportan una visión mas clara de cómo se vivió en Atenas la larga guerra contra Esparta. Pero estos discursos fueron redactados con el fin de persuadir a la asamblea, no para narrar los hechos históricos, por lo que no son del todo fiables.

No se conserva ninguna historia del siglo IV como la de Heródoto o la de Tucídides por lo laborioso de sus investigaciones ni por la profundidad de su análisis. A esta centuria pertenece un historiador de bastante talento, pero su obra se ha perdido casi por completo; todo lo que ha llegado a nuestras manos del autor conocido como Historiador de Oxirrinco, llamado así por los fragmentos de su obra descubiertos entre los papiros de la aldea egipcia de este nombre, son algunas paginas acerca de la Guerra del Peloponeso y del período comprendido entre el 397 y el 395. De Éforo, Teopompo y del historiador siciliano Filisto solo poseemos unos cuantos fragmentos, aunque parece que Éforo fue la principal fuente del relato de Diodoro correspondiente a esta época, y gran parte de la obra de Filisto (muy admirada en la Antigüedad) fue incluida en la descripción que hace Diodoro de los asuntos de su Sicilia natal. Por consiguiente, a falta de otras fuentes más completas pertenecientes a la época, debemos recurrir principalmente a Jenofonte, un autor de genio vivo en innovador, que mostró siempre una gran simpatía por Esparta. En su obra no solo se cuentan los hechos más relevantes de la Historia de Grecia, sino que también nos muestra un panorama valiosísimo de las dificultades económicas en Atenas durante el siglo IV (Ingresos Públicos), o un testimonio ocular de las relaciones entre griegos y persas en la Anábasis. La Ciropedia, especie de novela histórica basada en la vida de Ciro el Grande, nos suministra muchos detalles relativos a la visión que tenían de Persia los griegos. Por último, diversos diálogos en los que aparece el personaje de Sócrates nos ofrecen bastante información acerca de los valores de la clase social a la que pertenecía el propio Jenofonte, y quizá también acerca de Sócrates.

3. La Grecia de posguerra y la lucha por la hegemonía

La victoria de Esparta en la Guerra del Peloponeso no fue algo inevitable. También podrían haberla ganado los atenienses, si las cosas hubieran ido de otro modo. Por consiguiente, las polis griegas empezaron a mirar con aprensión los aires de grandeza que enseguida empezó a darse Esparta. La situación económica de las ciudades griegas, aunque variara de una polis a otra, parecía favorecer a la guerra. Por otro lado, los largos años de lucha de finales del siglo V habían perjudicado a la economía de numerosos estados griegos hasta el punto de que muchos empezaron a sentir una sed insaciable de botín y venganza. Sin embargo, durante la posguerra las polis hicieron gala de una capacidad de aguante notable, y en menos de diez años desde la conclusión de la guerra, la economía se había recuperado lo suficiente como para que algunos contemplaran la posibilidad de iniciar nuevas guerras. En resumidas cuentas, la economía era para muchos bastante mala como para desear la guerra y lo bastante buena como para tenerla en consideración. Al terminar la guerra, la hostilidad de los estados griegos encontró un nuevo blanco: Esparta.

3.1. Los nuevos imperialistas de Esparta

Tras conseguir que los atenienses se rindieran en el 404, entre los espartanos aparecieron importantes facciones imperialistas que apoyaban la política agresiva de Lisandro y el rey Agesilao. En 395, los antiguos aliados de Esparta se unieron en su contra. La consiguiente guerra acabó en 387, pero la continuación del comportamiento de Esparta provocó que los resentimientos ya existentes se radicalizaran. En 377 la política provocativa de Agesilao desemboco en la formación de una nueva confederación naval ateniense y en la alianza de Atenas y Tebas. En 371, Tebas era lo bastante fuerte como para derrotar a Esparta por sí sola, y los en los años siguientes los tebanos consiguieron la liberación de Mesenia. Pero la supremacía tebana termino cuando su líder, Epaminondas, murió en combate, y la sucesión de sublevaciones durante las décadas de 360 y 350 fue debilitando poco a poco la confederación ateniense. Este vacío de poder fue llenado de nuevo por Filipo II de Macedonia.

Aunque no disponemos de los detalles relacionados con su caída, las sangrientas decarquías establecidas por Lisandro después de Egospótamos fueron, al parecer, muy efímeras. Del mismo modo que el imperialismo ateniense había preferido la existencia de regimenes democráticos en los estados aliados, también los espartanos de posguerra intentaron establecer oligarquías en los estados en los que les fue posible, recurriendo a la intervención militar en caso necesario. Los tebanos se negaron a ayudar a sus aliados espartanos cuando el rey Agis II atacó Elide alrededor del año 400 con la intención de obligar al gobierno de esta polis a conceder la independencia a varias ciudades vecinas que dominaba. Al morir Agis, Lisandro consiguió que le sucediera Agesilao, hermano del rey difunto. Cuando Agesilao intentaba lanzarse a la conquista de Asia, y mientras realizaba un sacrificio en Áulide, las tropas beocias le cortaron el paso. El rey espartano nunca olvidará este hecho, y por ello, las guerras entre Tebas y Esparta fueron frecuentes en décadas posteriores.

Mientras Agesilao se encontraba en Asia Menor, los espartanos continuaron perdiendo aliados en el continente debido a sus injerencias en los asuntos internos de muchos de ellos, o a causa de los ataques lanzados, por ejemplo, contra los mesenios de Naupacto y Heraclea Traquinia, cerca de las Termópilas. Cuando ya habían pasado casi diez años de la conclusión de la Guerra del Peloponeso y las economías de los estados de la Grecia Continental habían experimentado una recuperación parcial, las antiguas aliadas de Esparta, Tebas y Corinto, se mostraron dispuestas a entablar relaciones de amistad con su vieja enemiga, Atenas, en contra de Esparta. En esta coyuntura apareció en Grecia un tal Timócrates de Rodas con gran cantidad de oro suministrado por el rey de Persia: deseoso de quitarse a Agesilao de encima, Artajerjes estaba dispuesto a entregar ese dinero a quien declarara la guerra a Esparta.

3.2. La Guerra de Corinto

Esta guerra en cuestión se llamo Guerra de Corinto, pues la mayor parte de las actividades bélicas se desarrollaron en la zona del Istmo. Supuso el enfrentamiento entre Esparta y una coalición formada por Atenas, Tebas, Corinto y Argos. La principal consecuencia de esta guerra inútil fue la muerte de Lisandro, que pereció combatiendo en los primeros momentos del enfrentamiento. Los persas consiguieron lo que pretendían: Esparta ordenó a Agesilao regresar de Asia. Mientras tanto, la escuadra persa comandada por el sátrapa Farnabazo y el ateniense Conón obtenía una victoria decisiva sobre Esparta en Cnido (394 a. C.), al sudoeste de Asia Menor. Sintiéndose al fin libre del odio que habían atraído sobre sus personas todos los que habían asistido al desastre de Egospótamos, Conón regresó a Atenas y desempeñó un papel importante en la reconstrucción de los Muros Largos. Para ello contó con la ayuda de navíos y dinero persa.

Las perdidas humanas por la Guerra de Corinto fueron numerosas. Casi cuatro mil hombres murieron luchando junto al río Nemea, al nordeste del Peloponeso, en 394, en la batalla hoplítica mas grande en la que habían participado los griegos hasta entonces. Al final, los espartanos persuadieron a los persas para que se unieran a ellos tras ofrecerles una vez más el abandonar a los griegos de Asia Menor a la dominación de Persia. Pero las negociaciones de paz comenzadas en 392 fracasaron y la lucha continuó. A los combates de hoplitas se añadió un nuevo elemento importantísimo, las tropas de infantería ligera, provistas de un armamento muy heterogéneo, en las que había arqueros, honderos y lanceros. Un tipo particularmente útil de lanzador de jabalina era el ððððð, hecho de mimbre y de origen tracio. Al gozar de una movilidad impensable en los hoplitas, con su armadura y su escudo mucho más pesados, los peltastas y demás soldados de infantería ligera aportaron nuevas posibilidades a la actividad bélica. Podían ser desplegados en escaramuzas para obtener víveres, para tomar y defender desfiladeros, para realizar emboscadas, y para asolar el territorio del enemigo. Desempeñaron también un papel fundamental en las confrontaciones protagonizadas básicamente por los hoplitas, pues el acoso a distancia a que los sometían los lanzadores de jabalina estorbaba la retirada de los hoplitas enemigos, cargados con sus pesadas armaduras. Un puñado de peltastas audaces que respaldara a los escuadrones de hoplitas podía perfectamente cambiar el resultado de la batalla.

Debido acaso al largo historial de triunfos de sus hoplitas, los espartanos no aprendieron nunca en realidad a utilizar las tropas de infantería ligera, y eso a pesar de la dura lección que tuvieron que aprender en 390, cuando el acoso de los peltastas al mando de Ifícrates permitió a los atenienses destruir casi por completo todo un regimiento espartano en el puerto corintio de Lequeo. Así lo narra Jenofonte en su obra Helénicas:

El polemarchos (espartano) ordenó a diez clases de jóvenes rechazar a los atacantes. Como perseguían a peltastas, no cogían a nadie dentro del alcance de la jabalina, ya que eran hoplitas; pues Ifícrates les ordenaba retirarse siempre antes de que los hoplitas llegaran junto a ellos; cada vez que se retiraban se dispersaban, pues se lanzaban a la velocidad que cada uno podía y volviéndose de nuevo los de Ifícrates, unos volvían a lanzar sus jabalinas de frente y otros, colocándose rápidamente de costado, disparaban al lado sin protección…Como eran atacados, el polemarchos ordenó de nuevo a las quince clases más jóvenes que los persiguieran y al retroceder por segunda vez cayeron incluso mas que la primera(…)Los espartanos que estaban ya muy apurados y morían por los ataques, no pudieron hacer nada y, al ver además de los peltastas también a los hoplitas que venían en contra, se retiraron. (Jenofonte, Helénicas IV, 5.15-18)

Esta notable hazaña sorprendió a todo el mundo griego. Y además reportó mucha fama a Ifícrates. Elegido a partir de ese momento en numerosas ocasiones para organizar las estrategias militares, Ifícrates se convirtió en uno de los generales atenienses más celebres. Más adelante introduciría el uso de espadas largas y de unas botas ligeras y cómodas que recibieron el nombre de ificrátides.

El servicio de los mercenarios y la popularidad de las tropas de infantería ligera a menudo fueron unidos: el bajo coste del escudo ligero de mimbre hacia que el servicio como peltasta resultara muy atractivo para los hombres que no poseían tierras y que decidían ganarse la vida como soldados de fortuna. Durante las últimas décadas del siglo V ya habían empezado a utilizarse soldados mercenarios de infantería ligera. Tras darse cuenta de su potencial a raíz de sus dolorosas experiencias con los etolios, Demóstenes no dudó en desplegarlos en Pilos y Esfacteria, donde desempeñaron un papel crucial en el éxito de los atenienses. Como en muchos otros campos, numerosos elementos que parecen característicos del siglo IV hunden sus raíces en la Guerra del Peloponeso.

En 387 los griegos, agotados, acordaron firmar una paz que se negoció en Persia. Ese acuerdo fue el primero de los diversos intentos realizados durante el siglo IV de obtener lo que Diodoro, siguiendo a Éforo, llama una ððððð ððρððð (paz común), una paz aplicable a todas las polis y cuyo principio fundamental era la autonomía. A lo largo de todo el siglo IV, intelectuales y políticos expresarían su deseo de alcanzar una paz de ese estilo. No obstante, la forma que adoptó esta paz en particular tenía por objeto obligar a los griegos a reconocer la autoridad del soberano de Persia sobre los asuntos de la Hélade. Se nos ha conservado el texto correspondiente a este hecho en las Helénicas de Jenofonte:

Artajerjes, el rey, considera justo que sean suyas las ciudades de Asia y las islas Clazómenas y Chipre, que quedan libres de las otras ciudades griegas, pequeñas o grandes, exceptuando Lemnos, Imbros y Esciros: que estas sean de los atenienses como antaño. A cuantos no acepten esta paz, a esos yo les declararé la guerra, junto con quienes la acepten, por tierra y por mar con naves y con dinero (Jenofonte, Helénicas V, 1.31)

Las negociaciones estuvieron a punto de romperse cuando se abordó el espinoso tema de la Liga Beocia. Como los tebanos quisieron ratificar el tratado en nombre de toda Beocia, Agesilao exigió que juraran que estaban dispuestos a permitir la autonomía de todas las ciudades de la región. Al chocar con la resistencia de los tebanos, empezó a movilizar las tropas para invadir Beocia. Ante la perspectiva del ataque de Esparta, los tebanos se avinieron, aunque a regañadientes, a acatar los términos planteados por Agesilao. Los acontecimientos posteriores, sin embargo, demostrarían que sus ambiciones no habían sido doblegadas.

3.3. Grecia después de la Paz del Rey

El principio que regía la Paz del Rey era la autonomía. Irónicamente, en su calidad de aliada de Persia, Esparta fue nombrada garante de la paz pese a que había sido el desprecio por la autonomía de los demás estados griegos demostrado por Esparta lo que había desencadenado la guerra. Para llevar a cabo su misión, Esparta no dudó en imponer la fuerza para eliminar algunas de los acuerdos existentes en Grecia. Como la Liga Beocia llevaba mucho tiempo dominada por Tebas, su desintegración causó un enorme placer a Agesilao. Durante la guerra, Corinto y Argos habían puesto en vigor un curioso modelo de isopoliteía en virtud del cual la ciudadanía y los privilegios que comportaba eran compartidos por los habitantes de ambos estados en una forma completamente nueva de unión. Esparta exigió su disolución. Cuando Fliunte se negó a cambiar su gobierno a instancias de los lacedemonios, la ciudad fue asediada y al final obligada a sustituir su gobierno por el de los desterramientos, de tendencias pro-espartanas. La polis de Mantinea, compuesta de cinco aldeas, se vio obligada a desmantelar sus fortificaciones y disolverse en las cinco comunidades originarias.

Pero aquello no fue nada comparado con la ocupación de Tebas por los espartanos. Durante la década de 380 los ciudadanos de Tebas estaban divididos en dos facciones, una pro-espartana liderada por Leontíades, y otra pro-ateniense capitaneada por Ismenias, y en 382 Leontíades persuadió al general lacedemonio Fébidas de que ocupara la acrópolis de Tebas, llamada la Cadmea, e instalara un gobierno pro-espartano. La intervención de Fébidas fue sentida como una bofetada en toda Grecia. Aunque los lacedemonios procesaron a Fébidas, Agesilao defendió su absolución alegando que el único criterio para juzgar el comportamiento del general debía ser la medida en que resultara útil para Esparta. Fébidas fue castigado a pagar una pequeña multa y la guarnición lacedemonia permaneció en la Cadmea. Igualmente chocante para los griegos fue el juicio al que fue sometido Ismenias en Tebas; el gobierno pro-espartano de la ciudad lo ejecutó tras acusarlo de conspirar con los persas y de aceptar dinero de ellos. El historial de colaboración con Persia que tenía Esparta hizo que la medida resultara aun más escandalosa.

En 379 siete partidarios de Ismenias que se habían refugiado en Atenas entraron en secreto en Beocia y, en complicidad con los conspiradores que aun quedaban en Tebas, fueron conducidos disfrazados de mujer ante los oligarcas, a los que habían prometido la compañía de ciertas heteras. Sacaron entonces sus armas y mataron así fácilmente a los magistrados; a continuación se trasladaron a casa de Leontíades y también lo mataron. Por si fuera poco, al día siguiente, aparecieron dos generales atenienses al mando de sus tropas, probablemente voluntarias, y ayudaron a los patriotas tebanos a expulsar a la guarnición espartana de la Cadmea.

Los lacedemonios enviaron rápidamente a su joven rey Cleómbroto al frente de una expedición. Aunque no consiguió cambiar la situación en Tebas, la campaña tuvo unas consecuencias importantes. Alarmados ante la presencia militar espartana, los atenienses procesaron a los dos generales que habían ayudado a los tebanos a recuperar su ciudad, ejecutaron a uno, que acudió a escuchar la sentencia, y desterraron al otro. Aunque la ayuda prestada a los tebanos por estos generales fuera de carácter extraoficial, no dejaba de ser reprochable que los atenienses los castigaran de esa forma por poner en práctica una medida que el estado ateniense seguramente aprobaba.

El proceso de los estrategas chocó no sólo con el leve castigo impuesto en Tebas a Fébidas pocos años antes, sino también con la parodia del juicio que se produjo meses más tarde. En 378, Esfrodias, el gobernador que dejó Cléombroto en Beocia, pensó que si invadía el Ática por la noche podría tomar El Pireo antes del amanecer, y decidió apoderarse del puerto de Atenas para Esparta. Pero se equivocó en sus cálculos: el día lo sorprendió en la llanura de Trías, cerca de Eleusis. Lo único que consiguió con esto fue irritar aun más a los atenienses. Inmediatamente fueron detenidos unos legados lacedemonios que casualmente se hallaban en la ciudad, pero fueron puestos en libertad cuando aseguraron que Esfodrias había actuado sin autorización, y que sin duda alguna sería ejecutado en Esparta. Sin embrago no hubo nada de eso, ya que el hijo de Esfodrias y el de Agesilao eran amantes, y el rey se las arregló para conseguir su absolución.

3.4. Esparta, Atenas y Tebas. La Segunda Confederación Ateniense

Irritados al ver que los lacedemonios no castigaban a Esfodrias y arrepentidos de haber dejado marchar a los legados de Esparta, los atenienses se aliaron con los tebanos apelando al principio de mutua protección frente a Esparta. Además siguieron adelante con su proyecto de establecer una nueva liga naval que los historiadores denominan Segunda Confederación Ateniense, proyecto que probablemente comenzara a tomar forma incluso antes del fiasco de Esfodrias. Los atenienses aprendieron la lección de la historia y concibieron una liga basada en unos principios muy distintos a los de la primera. La propuesta de decreto de creación de la confederación presentada por Aristóteles incluía en su preámbulo la afirmación de que la asamblea tomaba esta iniciativa “a fin de que los lacedemonios dejen vivir en paz a los griegos, libres e independientes, con la seguridad de que su territorio permanecerá intacto”, y para que la paz de 387 “pueda seguir en vigor siempre”. Todos los aliados, afirmaba el decreto, seguirán siendo independientes y autónomos, pudiendo disfrutar de la forma de gobierno que deseen, sin admitir en su Estado magistrados ajenos y sin tener que pagar ningún tributo. A los atenienses se les prohibía la adquisición de tierras en territorios aliados. El número total de polis que formaba la alianza giraba en torno los sesenta y setenta, esparcidos por todos los rincones del Egeo y de la Grecia occidental. Entre ellos, treinta y cinco habían integrado la Liga de Delos, circunstancia curiosa que debe ser tenida en cuenta junto a otros testimonios de la popularidad alcanzada por el primer experimento ateniense de encabezar una liga. La política de la confederación debía ser controlada por dos organismos con el mismo peso, la ekklesía ateniense y la asamblea de los aliados (synédrion). Todas las propuestas debían ser aprobadas por ambos organismos. De este modo, un organismo tenía la facultad de vetar las medidas aprobadas exclusivamente por el otro. Sin embargo, cada aliado solo podía enviar un delegado al sinedrio, de modo que Atenas tenía la posibilidad de acumular varios votos en apoyo de su política intimidando a las polis más pequeñas. Los atenienses retenían además el control sobre las acciones militares. Por ultimo, aunque el decreto de Aristóteles no menciona especialmente el pago de algún tributo, se estableció un sistema de syntáxeis (contribuciones) para financiar las operaciones de la liga. Esas “sintaxis” no provocaron los mismos resentimientos que la fijación del tributo de la Liga de Delos, pero los aliados no siempre cumplían con sus obligaciones, causando así numerosos problemas financieros a la confederación, y poniendo de manifiesto la ambigüedad de muchos de sus miembros.

Al mando del general ateniense Cabrias, la confederación no tardó en obtener una importante victoria naval sobre los lacedemonios en Naxos. En el curso de una serie de operaciones en el Egeo y en Tracia dirigidas por Cabrias, y de otras en el oeste bajo la dirección de Timoteo, la flota consiguió que nuevos estados se integraran en la alianza. Los espartanos, a quienes estos acontecimientos pusieron bastante nerviosos, se alarmaron todavía más al ver que empezaba a desarrollarse un estado poderoso al norte, donde Jasón de Feras vio coronados por el éxito de sus esfuerzos por unificar Tesalia y resucitar el viejo título de Tagós (dictador de toda Tesalia), uniendo a todos los habitantes de la región bajo un solo caudillo por primera vez desde el siglo VI. Atenas, por otra parte, pese a obtener varias victorias por mar, encontró las operaciones navales demasiado costosas y decidió que ya era hora de poner fin a la lucha. En 375, Esparta, Atenas y Tebas formaron la “Paz Común”, que reconocía la existencia de la nueva liga ateniense. Sin embargo, las hostilidades no tardaron en romperse de nuevo y continuaron hasta que en 371 se realizó un nuevo intento de conseguir una paz común. Esta vez las ambiciones de Tebas hicieron fracasar las negociaciones de paz. La situación de la ciudad dentro de la Liga Beocia habia variado con el paso de los años, y los tebanos eran en aquel momento más fuertes que nunca. Durante la década de 370 tuvieron la suerte de contar con Epaminodas y Pelópidas, dos caudillos muy emprendedores además de amantes. Ambos habian participado en la liberación de la Cadmea en 379, y uno y otro fueron elegidos con frecuencia para el colegio de los once “beotarcas”, que gobernaban la región. Pelópidas destacó sobre todo como general, mientras que Epaminodas fue un carismático líder. En calidad de beotarca por Tebas en 371, Epaminodas abandonó la conferencia de paz que se celebraba en Esparta cuando Agesilao no permitió que firmara el tratado en nombre de toda Beocia.

Aquel juego de poder no sentó nada bien a los espartanos. El rey Cleómbroto invadió Beocia con diez mil hombres. Epaminodas y Pelópidas se enfrentaron a él en la llanura de Leuctra con un ejército de seis mil hoplitas y mil soldados de caballería. La táctica innovadora de los tebanos resultó decisiva, pese a que los lacedemonios eran superiores numéricamente. Tradicionalmente los tebanos combatían en formaciones muy compactas, por ejemplo, en Delio en 424, lucharon en filas de veinticinco hombres en fondo. Epaminodas puso en su ala izquierda, normalmente la más débil de la formación griega, filas cerradas de cincuenta escudos de fondo. Además avanzó en una línea oblicua reservando el centreo y el ala derecha y superando las fuerzas del enemigo por la izquierda hasta llegar al punto en el que suponía que se encontraría Cleómbroto. La fuerza de choque de la formación tebana estaba compuesta por un cuerpo de élite llamado Escuadrón Sagrado, con 150 parejas de hoplitas escogidos. El combate se resolvió de una forma favorable hacia los tebanos. De los setecientos espartanos presentes perecieron unos cuatrocientos, entre ellos el propio Cleómbroto. El resto del ejército se retiro hecha añicos la leyenda de la supremacía del ejército hoplita espartano. La pérdida de vidas humanas en Leuctra fue decisiva para el futuro de las relaciones entre las polis griegas, pues después de esta batalla prácticamente no quedaron más que mil hoplitas espartanos. Cuando sus aliados se dieron cuenta de la debilidad de los lacedemonios, el deseo de sedición se adueñó del Peloponeso. En muchas ciudades se produjeron revoluciones democráticas que dieron lugar a destierros y ejecuciones, y se formó una nueva liga integrada por Mantinea, Tegea y las comunidades del sur y el centro de Arcadia. Como es natural, Esparta se opuso a la nueva federación que, sin embargo, recibió la aprobación no solo de Tebas, sino también de los diversos estados que había conseguido unir bajo su liderazgo; cuando Epaminodas regresó al Peloponeso, su ejército estaba compuesto al menos por cuarenta mil hombres. Aunque estas tropas no fueran capaces de tomar la ciudad de Esparta, asolaron Laconia, algo que no había ocurrido nunca. Pero lo más importante es que consiguieron la liberación de Mesenia. De ese modo los ilotas se convirtieron en ciudadanos de un nuevo Estado, con capital en Mesene, en la cima del monte Itome. Epaminodas fundó además una nueva capital de la Liga Arcadia, Megalópolis. Esta nueva fundación se convirtió en sede de las reuniones del Consejo de los Cincuenta, en el que estaban representadas proporcionalmente las comunidades de la liga en razón de su población, y la Asamblea de los Diez Mil, en la que podían participar todos los miembros de la Liga. Esta innovación es una muestra del interés cada vez mayor por la experimentación de federaciones de estados.

Al cabo de pocos años y con unas perdidas humanas relativamente escasas, Tebas consiguió con Epaminodas y Pelópidas lo que generaciones y generaciones de atenienses no lograron, independientemente de cuántos lucharan y cómo murieran: Esparta estaba acabada como potencia internacional. Jasón de Feras, un aliado peligroso que tenía sus propias aspiraciones, fue asesinado en 370. La única amenaza a la expansión tebana que quedaba era la marina ateniense. Epaminodas construyó una flota y aprovechó el descontento generalizado que reinaba en la Confederación Ateniense para convencer a varios aliados de Atenas de que se pasaran a su bando, pero los costes y el trabajo que comportaba sostener una escuadra resultaron el ultimo término insoportables, y los tebanos se dieron cuenta de que habían ido demasiado lejos. Pelópidas pereció combatiendo en Tesalia. Temerosos de que la Liga Beocia acabara hundiéndose, los tebanos atacaron Orcómenos, ciudad levantisca, y la destruyeron, matando a los varones y vendiendo como esclavos a mujeres y niños.

A pesar de su magnetismo personal, da la impresión de que los planes de Epaminodas en Grecia no eran más que sustituir el imperialismo ateniense por el tebano. En apoyo con el que contaba en el Peloponeso empezó a decaer: varias comunidades de Arcadia se aliaron con Acaya, Élide, Atenas y Esparta contra Tebas. Epaminodas se dirigió hacia el sur y decidió tomar Esparta por sorpresa realizando marchas forzadas incluso por la noche, pero no lo consiguió. Finalmente se enfrentó a la coalición en la llanura de Mantinea en el año 362. Utilizando la misma estrategia que en Leuctra, los tebanos, que superaban al enemigo en más de diez mil hombres, se alzaron con la victoria, pero Epaminodas murió y al exhalar el último suspiro aconsejó a sus conciudadanos que firmaran la paz. Al final Tebas no consiguió nada con sus diez años de hegemonía militar. No supo atraerse la lealtad de Grecia ni unificarla de manera productiva. Aunque la liberación de Mesenia dejo muy satisfecha a la población de la región y a todos los enemigos de la esclavitud de todas las épocas y lugares, al derrotar definitivamente a Esparta como potencia militar Epaminodas prestó un servicio impagable a Filipo de Macedonia, el futuro conquistador de Grecia, algo que en último término los griegos no le agradecerían.

En el curso de sus operaciones navales, Epaminodas aprovechó el descontento cada vez mayor existente en el seno de la alianza ateniense. Las ambigüedades de los testimonios existentes han dado lugar a la división de opiniones entre los historiadores respecto al grado de sinceridad de la adhesión de los atenienses a los altisonantes principios formulados en el decreto de Aristóteles. Es probable que como mínimo el paso del tiempo fomentara la erosión de la Confederación. Parece que fueron creadas algunas cleruquias en flagrante violación del principio que prohibía a los atenienses la posesión de bienes inmuebles en el territorio de la alianza. Sobre todo al mando del estrategós Cares, cuyo carácter violento e indómito les causó numerosos disgustos, los atenienses intervinieron a veces en los asuntos internos de sus aliados. Teopompo, un historiador del siglo IV, comenta sarcásticamente que tras el uso del término syntáxeis se ocultaba el antiguo tributo, y era un eufemismo que no engañaba a nadie. Los resentimientos aumentaron cuando los atenienses empezaron a utilizar los fondos de la liga en operaciones llevadas a cabo en la zona de Anfípolis, donde seguía viva la lucha por el control de sus valiosos recursos naturales.

Sin embargo, las sublevaciones de la liga tuvieron que ver a menudo con agitadores externos, ante todo con Epaminodas, que infligió a los atenienses un serio golpe provocando el abandono de Bizancio, y luego con Mausolo, un sátrapa persa que de hecho actuaba como soberano independiente de Caria, región montañosa situada al sudoeste de Asia Menor, al sur del río Meandro. Los carios afirmaban que eran indígenas, pero en tiempos de Mausolo estaban muy helenizados, pues en la región se encontraban las ciudades griegas de Cnido y Halicarnaso. La decisión que tomó Mausolo de trasladar su capital de la ciudad caria de Milasa a Halicarnaso probablemente sea un indicio de su identificación con el helenismo; diversos escultores griegos trabajaron en la gigantesca tumba que mando construir para él mismo: el Mausoleo, y que, a su muerte, se encargó de acabar su esposa Artemisia. Deseosos de desarrollar la capacidad marítima de Caria, Mausolo vio en la liga ateniense un serio obstáculo a sus ambiciones. La isla de Cos, que bloqueaba el puerto de Halicarnaso, era miembro de la confederación. Además, en la cercana Samos había una cleruquia ateniense. La solución que ideó Mausolo fue la de fomentar el descontento que, según había podido comprobar, existía entre los oligarcas de los estados aliados que tenían gobiernos democráticos. En 357, tras obtener la promesa de ayuda por parte de Caria, Rodas, Cos y Quíos se sublevaron contra Atenas. Al parecer lo mismo hizo Bizancio, aunque se discute si los bizantinos se habían reintegrado o no a la alianza ateniense después de que se pasaran al bando de Epaminodas hacia el año 360. Los generales más destacados de Atenas fueron enviados a Oriente para sofocar la revuelta, llamada Guerra Social, nombre derivado del término latino socius (“Aliado”). Primero fueron enviados a Cares y Cabrias, pero este perdió la vida muy pronto cuando intentaba penetrar a la fuerza en el puerto de Quíos. Al año siguiente fueron enviados Ifícrates y Timoteo, y junto con Cares se dispusieron a plantar cara a la flota rebelde frente a las costas de la pequeña isla de Émbata, situada entre Quíos y el continente. Aunque Timoteo e Ifícrates se negaron a entablar combate debido al mal tiempo, Cares no dudó en lanzarse al ataque. Al carecer del apoyo de sus colegas, sufrió graves pérdidas, y posteriormente acusaría de traición a Timoteo e Ifícrates en el acto de redención de cuentas llamado ððððððð al que debían someterse todos los magistrados atenienses al abandonar su cargo. Ifícrates fue absuelto, pero a Timoteo le impusieron una multa tan grande que se vio obligado a marchar al destierro por no tener dinero para pagarla, y murió al poco tiempo.

A finales del año 335 o comienzos del 334 Atenas firmó la paz, en parte debido a las amenazas del nuevo rey de Persia, Artajerjes III, que sucedió a Artajerjes II en 358. Cares recibió la orden de regresar y los atenienses reconocieron la independencia de Bizancio, Quíos, Rodas y Cos. Poco tiempo después Lesbos y algunos otros Estados abandonaron también la confederación. La Liga de Delos renovada no duró más de una generación. Aunque la confederación ateniense siguió existiendo, vio severamente mermados sus efectivos. Al final, el beneficiario de la agitación promovida por Mausolo fue Filipo, al igual que lo fue del intento fallido del imperialismo tebano que acabó con el prestigio y el poder de Esparta.

4. El ascenso de Macedonia

4.1. Macedonia antes de Filipo

Macedonia se encuentra en la parte septentrional de la Península Balcánica, abarcando las cuencas de los ríos Estrimón, Haliacmón y Axios, limitando al oeste con Iliria, al este con Tracia y al sur con Tesalia. Las condiciones geográficas de la región propiciaban la fragmentación política.

Los datos arqueológicos sugieren que fue durante la Edad del Hierro cuando los llamados macedonios comenzaron a ocupar el país, comenzando por el valle medio del Haliacmón, para ir, posteriormente paso a paso, ocupando el resto. Los griegos tenían dudas acerca si los macedonios eran griegos o bárbaros durante mucho tiempo, dando lugar a posiciones opuestas, así Heródoto afirmaba “Estos reyes macedonios descendientes de Pérdicas, pretenden ser griegos, y yo conozco muy bien que ciertamente lo son”, opinión totalmente diferente a la de Demóstenes que los consideraba bárbaros y a Filipo el Grande como enemigo de los griegos.

Ciertamente los macedonios eran griegos como lo demuestra las inscripciones de los siglos V y IV a.C. que enmarca la lengua hablada por los macedonios en el grupo noroccidental. Sin embargo este dialecto estaba culturalmente poco evolucionado, exponente de una sociedad alejada política, económica y culturalmente atrasada respecto a la griega. Ello no significaba por contra el aislamiento total de Macedonia respecto a Grecia, ya que la proximidad de los Estados griegos a Macedonia exigían la aproximación por razones geopolíticas. Por eso la elevación cultural que numerosos reyes macedonios llevaron a cabo se hizo con la cultura griega.

En un primer momento el territorio posteriormente llamado Macedonia estuvo ocupado por tribus independientes entre sí. Fue hacia la primera mitad del siglo VII a.C. cuando se produjo el asentamiento de la tribu de los argéadas que acabó por obtener el dominio sobre una parte del territorio y de la población macedónicas.

En estos momentos estaban gobernado por reyes semejantes a los homéricos, el monarca era en realidad el miembro más destacado de los nobles del reino, el “primum inter pares”, los nobles le seguían como compañeros a las guerras y se constituían en el grupo más importante de “la asamblea en armas”. Las relaciones eran de estilo feudal, lo que hacía que incluso en época avanzada, en los tratados con otras potencias griegas el nombre o título del rey pudiese ser incluso intercambiado por el de “macedonios” o que además de la del rey se exigiera la firma de otros dignatarios del reino.

Dentro de la dinastía Argéada, destaca Alejandro I (494-454 a.C.), inició la ampliación de los componentes del ejército macedonio como instrumento útil para conseguir y consolidar las conquistas territoriales. Incorporó “los compañeros de a pie” con lo cual otro sector de la sociedad macedonia, aparte de la nobleza, comenzó a tener vínculos más estrechos con la realeza macedonia.

Alejandro I intentó no verse comprometido con el sentimiento anti-persa sustentada por algunos estados griegos, sentimiento que mantuvo en el enfrentamiento greco-persa de las Guerras Médicas. Los griegos triunfantes castigaron a los estados griegos favorables a los persas, sin embargo, a Macedonia no le impusieron ninguno. En ello también influyó el aspecto anteriormente comentado de que algunos no les consideraban griegos, por ello muchos se oponían a su participación en los juegos olímpicos, en los que finalmente fueron aceptados reconociendo así su condición de griegos.

Alejandro I fue un monarca cauteloso en las relaciones con Atenas y Esparta, política que tras su muerte continuó siendo empleada por algunos de sus descendientes en el trono real de Macedonia. Alejandro I conquisto para su reino el distrito de Bisaltia, rico en plata y el lugar de los “Nueve Caminos”, en el Egeo Norte, el cual sin embargo perdió pronto por la presión de los edones.

A la muerte de Alejandro I, sus hijos Filipo, Alcetas y Pérdicas se disputaron el trono, y mantuvieron el mando en sus áreas de influencia. El primero en desaparecer fue Alcetas, que fue depuesto por sus hermanos. Estos difíciles momentos de Macedonia coinciden con la expansión ateniense por el Egeo Norte, donde fundaron nuevas colonias como Anfípolis, en la desembocadura del río Estrimón, y lograron que Metone ingresara en la liga ático-délica. En vista de ello, y aun antes de que estallara la Guerra del Peloponeso, Pérdicas demostró su habilidad política al propiciar que las ciudades próximas a Olinto se unieran en una confederación para frenar la presencia ateniense.

Cuando estalló la guerra del Peloponeso, Pérdicas vio el momento oportuno para deshacerse de su hermano Filipo y unificar el reino, y continuó con la política de equilibrio entre Atenas y Esparta como anteriormente había hecho su padre.

Pérdicas murió en el año 413 a.C. dejando un reino consolidado que había de pasar por la prueba de la sucesión. Pérdicas tuvo dos hijos, uno de siete años que era el sucesor legítimo, y Arquelao, fruto de la relación con una concubina, mayor de edad que fue quien finalmente se hizo con el trono. Arquelao creó una eficiente red de caminos en función del ejército, construyó fortalezas, y amplió y modernizó él ejército. Traslado la capital desde Egas en el interior, a Pella, más próxima al mar y situada en un punto geoestratégico, de la cual hizo un centro cultural.

Las medidas adoptadas por Arquelao hicieron posible que Macedonia ya no dependiera de ningún otro estado griego, Macedonia se había convertido en una potencia que podía seguir el camino que mejor le conviniera. Atenas le nombró “amigo y benefactor” y le ayudó durante el asedio a Pidna. Arquelao al final de sus días y viéndose en poder de un reino consolidado, decidió intervenir en los problemas internos de la federación de Tesalia. A petición de los oligarcas de Larisa y su entorno restableció la oligarquía en la ciudad ocupándola, lo que motivo las airadas protestas de Atenas, que hacia prever una guerra inminente, la cual no se llevo a cabo por el asesinato de Arquelao en el 399 a.C. Tras la muerte de Arquelao, Macedonia se vio envuelta en la anarquía y la confusión, renació la lucha por el poder y las tendencias separatistas, a la vez que la presión de los reinos exteriores. Este es el panorama que se encontró Amintas III cuando accedió al trono en el 393-392 a.C. Los ilirios atacaron Macedonia, expulsaron a Amintas III y ocuparon parte del país. El rey estableció una alianza con la Liga calcídica y recuperó los territorios. Pero los olintios que dirigían la Liga, deseaban incorporarse ciudades macedónicas del litoral. Amintas III reaccionó buscando el apoyo de Esparta, que se había convertido en guardián de las conclusiones adoptadas en la Paz de Antálcidas. La intervención de Esparta acabó con la derrota de Olinto, y la alianza de Esparta con varias ciudades de la Liga calcídica, lo que asustó a Amintas III que busco entonces el acercamiento a Atenas, con la que firmo una alianza, volviendo así a la política de equilibrios que había desarrollado sus predecesores. Amintas III murió en el año 370 dejando tres hijos legítimos Alejandro, Pérdicas y Filipo. Alejandro II ocupó el trono y continuo la política intervencionista de Macedonia en los asuntos de Tesalia, donde con la excusa de ayudar a los tesalios contra la presión de los tiranos de Feras, sin embargo los ejércitos macedonios se aseguraron la sumisión de Larisa y Cronón, lo que obligo a intervenir a Tebas, cuyas tropas comandadas por Pelópidas liberaron Larisa y penetraron en Macedonia para dar apoyo a Alejandro y frenar las aspiraciones reales de Ptolomeo de Aloro, Alejandro consiguió este apoyo a cambio de enviar rehenes, entre ellos su hermano Filipo. Cuando los ejércitos tebanos abandonaron Macedonia Alejandro fue asesinado y Ptolomeo se convirtió en regente de los otros dos hijos de Amintas III. La regencia estuvo llena de vicisitudes ya que hubo otros pretendientes.

Pérdicas llegó a ser rey en el año 365 y duro sólo seis años, reinó como Pérdicas III. Tuvo una gran habilidad para la política tanto interna como externa, elimino la autonomía de la que gozaba la región macedonia de Lincéstide, desterrando a su monarca, Menelao, y reorganizó los derechos portuarios, colaboró con Atenas, para debilitar a los calcídicos, en la conquista de Torone y Potidea, pero no cedió a las pretensiones de Atenas sobre Anfípolis, que se encontraba bajo su poder. Pérdicas III murió cuando luchaba contra los ilirios del rey Bárdilis, junto con buena parte de su ejército. Su muerte llevó a la regencia a Filipo, el padre de Alejandro.

4.2. Filipo y los albores del imperio

El hijo más pequeño del rey Amnitas III, fue nombrado en primera instancia como regente bajo el reinado de su hermano mayor Perdiccas. Entre los quince y los dieciocho años estuvo en Tebas como rehén, pero allí fue instruido por los generales tebanos Pelópidas y Epaminondas, de quienes aprendió mucho en el terreno de la diplomacia y el arte militar.

En cuanto se hizo cargo de la regencia macedonia, a los veintidós años, comenzó a solventar de manera sobresaliente la situación en la que se encontraba el estado, al borde del desastre.

Macedonia, con capital en Pella (Pela), se recuperó durante ese periodo de regencia (360/357; de los veintidós a los veinticinco años de Filipo) lo suficiente como para que Pérdicas fuese depuesto y Filipo coronado rey.

Cuando Filipo inició su cargo se dedicó en primer lugar a deshacerse de sus adversarios más significativos: Archelaos, Arrideo, Menelao y Pausanias. Los tres primeros eran medio hermanos de Filipo y el último un pariente. Se ocupó de sobornar a Berisades, rey tracio que apoyaba a Pausanias. Seguidamente éste fue asesinado. Del mismo modo Archelaos desaparece de escena.

En ese mismo momento sus otros dos contrincantes se adhieren a la Liga Calcídica y el conflicto que Macedonia sostenía con los paiones sobre una posible invasión de éstos queda solucionado a través de un subsidio ofrecido por Filipo.

Mientras tanto, retiró sus tropas de Anfípolis, que era su aliada, en una impecable maniobra estratégica, ya que poco más tarde la asediaría. Una vez reorganizadas sus tropas se decide a hacer frente al contingente ático, al que vence demostrándole que cuenta con el respaldo de su país. Corría el año 358 y Filipo se decide a invadir Paionia. A continuación hace lo mismo con Lyncus, derrota a los ilirios liberando así a Epiro de la influencia iliria. En agradecimiento el rey moloso Neoptolomeo le envió a su hija Olimpia (también llamada Olimpíade), que se convertiría en reina de Macedonia.

Ese año Filipo es nombrado rey, y es en este periodo recién inaugurado cuando el monarca comienza a cumplir verdaderamente sus ambiciosos proyectos. En un lapso de tiempo de unos cuatro años pone en funcionamiento su engranaje político y militar. Asedia Anfípolis y Pydna en el 357. También Methone, otra de las ciudades que se había independizado bajo el reinado de Perdiccas. Se alía con la Liga Calcídica, enfrentada con Atenas, la cual estaba ya suficientemente molesta por no haber impedido la toma de Anfípolis y Pydna, debido a estar sumida en enfrentamientos sociales internos. Filipo apoya a Krenides contra las pretensiones de los tracios y esta ciudad pasa a llamarse Philippi. Simultáneamente los reyes Cetríporis (Tracia Occidental), Lyppeus (Paeonia), y Grabus (Iliria) se alían con Atenas para hacer frente a Filipo en el año 356. Por estas fechas el monarca es ya padre del recién nacido Alejandro. En el 355 aísla Neapolis, y un año más tarde toda la costa tracia está bajo su control. Tesalia y Tracia habían caído bajo su poder en un tiempo ínfimo. Grecia, por su parte, no ocultaba la antipatía dirigida la país macedonio y a su monarca, pero Filipo pese a esto respetó siempre a tan emblemático estado, buscando en su capital al mejor preceptor para Alejandro: Aristóteles.

Filipo, de carácter temperamental, desenfrenado y falto de moderación tenía en la caza, la comida y la bebida sus grandes pasiones, era sin embargo un espléndido político y estratega. El monarca fue un militar incansable, posiblemente introductor de la falange macedonia y del arma conocida como sarissa, se encargó de someter a su ejército a un entrenamiento continuo y eficaz.

Pero las campañas no habían terminado para el macedonio que en el 356 debe intervenir a favor de Tesalia Y Tebas, enfrentadas a Atenas y a los focidios, en lo que hoy conocemos como la Tercera Guerra Sagrada.

La Paz de Filócrates del 346 pone fin al conflicto a favor de los macedonios y sus aliados. Atenas, exasperada, prepara bajo la dirección de Demóstenes (opositor reconocido de Filipo en Atenas) al

Ejército para un enfrentamiento naval en Bizancio, ciudad que llegado el momento le será arrebatada a Filipo. Pero en el 338 y con la ayuda de Alejandro derrotan a los atenienses en la conocida batalla de Queronea. Tras esto el rey macedonio reúne en Corinto a los griegos independientes para votar la koiné eirené o paz general. Queda nombrado strategós autokrátor, cargo que ejerció poco tiempo, ya que tan sólo dos años después, a la edad de cuarenta y seis años, fue asesinado por su eterno rival Pausanias. Sobre la popularidad de la que gozó Filipo en Grecia cabe decir que existían dos bandos: el de aquellos que lo veían como la salvación de la Hélade y el de los que lo aborrecían. Esquines y Demóstenes eran los dos exponentes de estas consideraciones, respectivamente.

4.3. Alejandro: carácter y posición en Grecia

La subida al poder de Alejandro no fue menos polémica que la de su padre. Alejandro contaba con veinte años de edad cuando Filipo pierde la vida, pero aún con tan corta edad había participado en relevantes campañas militares como la de Bizancio del 340 en la que él quedó como regente mientras su padre viajaba a la capital oriental, o la de Queronea a del 338, en la que Alejandro ya despuntó como entrenado militar.

Ciertamente la preparación física e intelectual del joven monarca debe tenerse muy en cuenta. Primero fue educado por un pariente de su madre, Leónidas, que le inculcó muy sobrias costumbres. Cansado de esto, Filipo decide depositar el futuro de su hijo (que entonces tenía catorce) en manos de Aristóteles. Este suscitó en Alejandro un insaciable afán por el cultivo del espíritu. El joven se convirtió en un amante de las letras, del que dicen que portaba siempre consigo un ejemplar de “La Iliada”. Gustaba de rodearse de filósofos y literatos. El entrenamiento físico también hizo mella en él y pronto sobresalió como jinete. Pero a todo ello debe sumársele que Filipo no escatimó esfuerzos en transmitirle toda la experiencia que como estratega y militar tenía.

En cuanto al carácter Alejandro Magno era tan impulsivo como lo fuera su padre, pero también heredó el apasionamiento de su madre. Olimpia contó siempre con el apoyo incondicional de su hijo que llegó a romper temporalmente relaciones con su padre debido a que éste contrajo matrimonio con Cleopatra, rechazando de ese modo a su madre. El dolor de Alejandro llevó a que ambos, su madre y él, se marcharan a Epiro. Parece ser que más tarde se reconciliaron. Y es que la generosa promiscuidad del padre de Alejandro condujo a más de un problema, como el que el futuro monarca encontró a la muerte de Filipo cuando sus hermanastros pretendieron arrebatarle el trono. Alejandro sofocó cualquier intento de usurpación con un baño de sangre.

Alejandro tuvo siempre claros sus objetivos, fue perseverante y buen estratega, hasta el extremo de que entre sus maniobras más destacadas que han llegado a atribuírsele se encuentra el asesinato de su padre. Se barajaron, ya entonces, distintas posibilidades, por ejemplo recelos de generales al servicio de Filipo, como Átalo y Parmenión, intentos por parte los persas de librarse de semejante contrincante e incluso se expuso la posibilidad de que alguna ciudad griega sometida hubiese encargado el crimen.

Tan lejos llegaron las especulaciones que salpicaron al joven Alejandro. Pero en definitiva lo más probable es que Pausanias lo hiciese por sus propios motivos y no por encomendación.

Retornando a cómo tomó el poder el nuevo rey sabemos que estrenó su reinado con un afianzamiento político que le sostendría en la cúspide de todo el imperio hasta su temprana muerte.

En primer lugar vengó la muerte de su padre y ejecutó a los demás posibles aspirantes al trono, acusados de complicidad. Más tarde su madre también se vengaría, pero esta vez las víctimas iban a ser Cleopatra y su hijo recién nacido. No contó con el consentimiento de su hijo. Varios nobles macedonios huyeron a Asia para mantenerse al margen de la mano justiciera del macedonio.

Alejandro contaba con el apoyo militar del ejército macedonio y más exactamente, de los generales que también secundaron a su padre: Antípatros y Parmenión. Todavía no asegurada su posición en Macedonia, en el 336 posee los honores de los que gozara su padre en la liga de Corinto y pasa a ser strategós autokrátor, echando a perder la tentativa de Tebas y otras ciudades griegas de anular el juramento federal prestado a Filipo. Antes, a fines del 336 marcha hacia Tesalia y vence su resistencia. Luego pasa a Beocia, mientras que Atenas se apresuraba a defenderse y envía una embajada con Demóstenes, que no osa a presentarse, al frente. El proyecto ateniense fracasó, y pese a ello Alejandro no tomo medidas represoras contra la capital griega. Tampoco lo hizo contra Tebas y otros estados sublevados. Queda nombrado hegemón. De seguido se encarga de castigar a Átalo, general de su padre acusándolo de traición.

Cabe destacar que pese a las dotes de mando y decisión de Alejandro su subida al poder no fue un camino nada fácil y claro ejemplo de ello es la revuelta de Tabas, muestra de que el futuro monarca no era del gusto de todos.

El evento se inicia cuando el descendiente de Filipo estaba asestando duros golpes a los tribalos, que habían atacado a Filipo en el 339, y getas, asentados en la orilla Norte del Danubio, donde dejó una alianza establecida con los celtas. Antes de marchar había dejado a Antípatros al frente de Macedonia y Parmenión en Asia. Durante el viaje de vuelta sofoca también insurrecciones en el valle del Axius, donde ilirios, taulantii y autariatae planeaban unir sus fuerzas. En Pelium vence Alejandro y restablece la situación en la frontera occidental del reino.

Mientras realizaba estas campañas, en Tebas se produce la sublevación: atenienses, tebanos e incluso etolios están dispuestos a enfrentarse al poderoso macedonio. Además se había propagado el rumor de que Alejandro había muerto en combate. El rey persa colabora en las iniciativas de rebelión aportando importantes sumas de dinero para las arcas del tesoro ateniense.

En pocos días Alejandro se presenta en la ciudad, informado del suceso, y poco después logra tomarla. La aliada Liga de Corinto le propone destruir la ciudad y el monarca accede a ello con agrado, respetando tan solo los templos. Atenas esperaba el misma castigo que su vecina pero el militar se muestra condescendiente con ella, demostrándole de nuevo la admiración que siente hacia ella, el mismo que su padre sintiese.

Solamente pide que le sean entregados los diez rivales atenienses que Alejandro deseaba eliminar, cinco generales y cinco políticos, entre ellos Demóstenes. Ni tan siquiera esto llegó a suceder, ya que a petición de los tribunales atenienses fueron puestos a disposición de la justicia griega, y el que más grave castigo recibió fue Caridemo, con un destierro.

Tras pacificar su reino y someter de nuevo a Grecia, Alejandro pretende embarcarse hacia Asia con treinta y dos mil infantes y cinco mil caballos, un ejército organizado al más puro estilo macedonio, y con unas tropas auxiliares compuestas de griegos y bárbaros Balcánicos. Llevaba consigo un historiador que recopilaría todos los acontecimientos que ocurrieran en las campañas y varios geógrafos especializados con los lugares que habría de recorrer. Con tan solo dos años de preludio, Alejandro se disponía a hacer realidad el sueño de su padre y el de todo Occidente: someter a los persas.

En realidad el proyecto de invadir Asia no era genuino de Alejandro, pero es con él cuan do realmente se plasma. Tras la guerra del Peloponeso Grecia había quedado muy removida, sumida en constantes luchas internas. Necesitaba afianzarse a costa de alguien y ese iba a ser el Imperio Persa. Los sectores desposeídos podían hallar allí tierras que cultivar y así paliar su miseria.

Entre Filipo y Alejandro se había producido el primer paso para alcanzar la consecución de esta empresa: unificar Grecia. Sólo unida la Hélade podía pretender salir con éxito de tan arriesgada propuesta. Además Alejandro encontró a Persia en una situación muy favorable para el cumplimiento de sus propósitos, ya que esta se desgajaba poco a poco por dentro: divergencias religiosas, falta de unificación económica y social, etcétera.

A pesar de todo tampoco conviene exagerar y concebir las campañas de Macedonia como un pasatiempo ya que los persas contaban con ingentes recursos. El dominio persa del mar unido ala actitud inestable de Grecia fueron muros que al monarca de Occidente le costaron mucho echar abajo. Es por ello que el primer objetivo será Asia Menor, dado que allí se procedió a efectuar construcciones navales para el ejército macedonio, interrumpiendo a su vez el suministro de la flota persa.

5. La polis del siglo IV

Durante el siglo IV, como en el V, unas polis griegas fueron gobernadas por democracias, y otras por oligarquías cuyo grado de apertura podía ser mayor o menor. Como ocurrió siempre en Grecia, el reparto desigual de la riqueza fomentaba las tensiones que amenazaban constantemente con estallar y destruir la frágil concordia que unía a los ciudadanos, y los cambios constitucionales eran frecuentes. Aunque la guerra siguiera siendo una realidad de la vida, eran muchos los que estaban hartos de ella y habían empezado a poner en tela de juicio su eficacia como medio de mejorar sus vidas. Aunque algunos ciudadanos pobres seguían viendo la guerra con buenos ojos por la paga que les reportaba trabajando como remeros en la armada, los que poseían tierras o comercios que defender se mostraban más reacios ante ella. La guerra ya no parecía prometes ni recompensar con premios tangibles en forma de botín ni con premios intangibles en forma de prestigio y gloria. El ideal del soldado-ciudadano tenía cada vez menos consistencia, al tiempo que ganaba en importancia el papel de los mercenarios extranjeros en el campo de batalla. La agricultura siguió siendo la base de la economía, pero la devastación a la que fue sometida la tierra durante la Guerra del Peloponeso impulsó la emigración a las ciudades. Al provocar grandes aglomeraciones de gente, esta circunstancia intensificó la conciencia de las desigualdades económicas y se exacerbaron los resentimientos de clase. Platón y su discípulo Aristóteles daban por supuesto que una polis estaba formada en realidad por dos ciudades, una la de la mayoría de los pobres y otra la de la minoría de los ricos. La división de los ciudadanos entre propietarios y desposeídos que siembre había caracterizado a los estados griegos se agudizó durante le siglo IV debido a la pobreza cada vez mayor de los últimos, haciendo que salieran a la superficie las tensiones latentes sin que fuera posible seguir ignorándolas.

5.1. La stásis

Allí donde la economía era mas próspera y las familias de clase baja tenían más posibilidades de permanecer por encima de la pobreza, logro evitarse la stásis, como ocurrió en la Atenas democrática. La polis más estable del siglo IV. En cambio, muchos estados en los que había grandes concentraciones de pobres fueron consumidos por la discordia civil. El derramamiento de sangre era habitual y la piedad religiosa a menudo era despreciada. En 392, los demócratas de corinto violaron la santidad de los templos asesinando a los oligarcas que habían buscado refugio en ellos. La discordia interna se vio agudizada por las tensiones existentes entre las polis. Así, por ejemplo, cierto Eufrón se hizo con el poder en Sición aprovechando los sentimientos antiespartanos que había en todo el Peloponeso. La ayuda exterior era muy valiosa en la stásis. En Élide, según dice Jenofonte, mientras los eleos estaban en guerra con los arcadios, los demócratas consiguieron la ayuda de éstos para apoderarse de la Acrópolis. La ayuda podía provenir también de la importante reserva de mercenarios disponibles, como los que ayudaron a Eufrón a recuperar el poder en Sición.

Atenas y Esparta utilizaron la discordia y la desmoralización generalizadas con fines retóricos para defender respectivamente su hegemonía.

Desde finales del siglo V, los intelectuales griegos habían empezado a apelar a la homónoia (“concordia”) de los ciudadanos, pero la frecuencia de esas llamadas revela la realidad de la discordia que los rodeaba: de hecho, el lema se popularizó durante el sangriento período de la Guerra del Peloponeso. Al alabar el imperio de la ley, Sócrates subraya una y otra vez en las páginas de los memorables de Jenofonte que quienes defendían la homonoia en toda Grecia eran los mejores (aristoi).

No todas las ciudades eran desgarradas por la stásis ni fueron debilitadas por las guerras. Como el principal motivo de debilidad y vulnerabilidad ante los ataques externos era la frustración de los pobres, la prosperidad podía actuar como un freno poderoso. Mégara, por ejemplo, floreció a lo largo de todo el siglo IV gracias a su próspero comercio de lana, y la discordia civil apenas afectó a la ciudad.

5.2. Los trabajadores marginados en la economía

La economía de cada ciudad era distinta, pero en toda Grecia el prestigio iba asociado más unos tipos determinados de trabajo que a otros. Como los prejuicios sociales favorecían la autarquía alcanzada a través de la agricultura, o el enriquecimiento a través de la venta de los productos de la propia tierra, los ciudadanos libres solían evitar intervenir en el comercio y en la banca, dejando estas actividades en manos de metecos y esclavos. Este tipo de trabajos adquirieron cada vez mayor importancia a lo largo del siglo IV y a menudo quienes los tercian acumularon grandes fortunas, pues uno de los fenómenos que caracterizaban a la polis del siglo IV frente a la del V es la aparición de la banca.

Los propietarios de los bancos confiaban a sus esclavos la administración de las operaciones más cotidianas con total independencia, e incluso les permitían realizar viajes con grandes sumas de dinero. Esos esclavos eran individuos dotados de gran talento, que generalmente sabían leer y escribir, y por lo tanto resultaban muy valiosos. El esclavo que administraba un banco podía ser responsable de los bienes de su amo, por lo que este podía redactar un testamento por el que se concedía la libertad al gerente de su empresa con la condición de que se casara con su viuda y siguiera administrando el negocio en nombre de sus hijos menores de edad. Los esclavos manumitidos se convertían en libertos. Algunos de esos metecos llegaron a ser unos de los hombres más ricos de la Atenas del siglo IV. En agradecimiento por los generosos beneficios al estado que realizaron, Atenas los recompensó con la ciudadanía. De ese modo los esclavos que se dedicaban a la banca podían disfrutar de una rápida movilidad social.

La marca asociada con el trabajo por cuenta ajena era mayor en el caso de las mujeres que en el de los hombres; pocas mujeres decidían trabajar fuera de casa, a menos que se vieran obligadas a hacerlo por necesidad. No obstante, tanto en el siglo IV como en el V, hubo mujeres que realizaron labores de tipo servil. A veces un propietario alquilaba a sus esclavas, y libertas, metecas e incluso ciudadanas que pasaban por apuros económicos trabajaban en oficios de todas clases. Unas se colocaban como niñeras de los hijos de otra, muchas vendían diversos tipos de productos en el mercado, y las ancianas eran contratadas a menudo como plañideras en los funerales. Aunque inaceptable para las ciudadanas, la prostitución probablemente fuera el oficio realizado con más frecuencia por las mujeres que trabajaban fuera de casa. A algunas las ponían a trabajar incluso de niñas.

5.3. La democracia ateniense en el siglo IV

El gran número de discursos e inscripciones del siglo IV que se nos han conservado nos permiten contemplar la democracia ateniense en acción de un modo más vivo que en el siglo V. la democracia cambió en muchos terrenos tras la restauración del año 403, sobre todo por lo que se refiere a la constitución de diversos colegios de nomothétai, es decir, creadores de leyes, creados para aprobar y revisar la nueva legislación. No obstante, los principios fundamentales siguieron siendo los mismos. Todos los adultos varones de condición libre tenían teóricamente el mismo derecho a participar en el gobierno independientemente de su condición social y su prestigio. Las mujeres y los esclavos estaban excluidos, y para los metecos resultaba muy difícil llegar a convertirse en ciudadanos. Solo tenían derecho a voto los hijos de padre y madre ciudadanos. La riqueza y el linaje ilustre eran ventajas indiscutibles a la hora de presentarse a candidato a un cargo público. Alardear de los beneficios prestados al gobierno constituía una buena estrategia si uno tenia que defenderse en un tribunal, cosa nada infrecuente en una sociedad como la ateniense. Aunque las clases de Solón nunca fueron abolidas formalmente, es evidente que cuando menos hacia mediados del siglo IV los cargos públicos eran accesibles a todo el mundo. Muchos Thetes y Zeugitas fueron seleccionados para ocupar cargos elegidos por sorteo, como por ejemplo, la pertenencia u la bulé. De este modo, la participación en el gobierno estaba muy repartida entre toda la comunidad de ciudadanos varones. En lo que a la Asamblea se refiere, esta estaba mucho más concurrida que en el siglo V, ya que se instituyó el pago por la asistencia, por lo que la actividad democrática también se vio beneficiada. Al igual que en los tribunales, donde incluso la vista de los crímenes más graves dependía de que se presentara un acusador voluntario, el principio de voluntariedad desempeñaba un papel decisivo en la Asamblea. A falta de unos partidos políticos organizados, los ciudadanos mas comprometidos eran los encargados de tomar la iniciativa y presentar las mociones de ley. No había un grupo de magistrados bien definido que se encontrara claramente separado del pueblo. Se llamaba “políticos” a aquellos a los que mas les gustaba presentar propuestas en la asamblea y pronunciar discursos al respecto. La importancia de la oratoria y del debate para el funcionamiento del sistema democrático queda atestiguada en el término rhetor. Como los rétores tenían intereses y hábitos comunes, es indudable que a la gente le resultaba fácil clasificar a cualquier ciudadano al que veía pasar por las calles de rétor. Las frustraciones del imperialismo ateniense, la agudización de los conflictos de clase y el desarrollo del individualismo desempeñaron un papel importante en la aparición de un nuevo fenómeno en Atenas: la existencia de una clase muy numerosa de hombres acaudalados que preferían no intervenir en política. Aunque bastante corriente en la actualidad, donde la participación en los asuntos de la nación suele limitarse incluso entre las elites a una pequeña minoría, este fenómeno resulta curioso en la Atenas del siglo IV, porque durante el siglo anterior los hombres de familia acaudalada solían presentarse a los altos cargos que consideraban acordes con su rango. Tras la ruinosa Guerra del Peloponeso, el quietismo que siempre había sido del gusto de algunos se extendió mucho más. No obstante, el sistema ateniense seguía garantizando que la responsabilidad cívica fuera compartida por un gran número de ciudadanos: los centenares de individuos que formaban la bulé, los miles de ciudadanos que desempeñaban el cargo de dicastas y que asistían a las reuniones de la asamblea, y los centenares de ellos que participaban cada día en un nuevo organismo que se constituía periódicamente para estudiar y dar su aprobación a las leyes, los nomothetái.

6. Los otros griegos y su aparición en la historia

El siglo IV significó también, entre otras cosas, la aparición en la historia de la Hélade de esos otras estados que habían permanecido a la sombra de las grandes ciudades-estado dando la impresión de que sus gentes hubieran estado asistiendo impasibles al espectáculo ajeno del drama histórico en los estados mas importantes viendo pasar por delante el computo inexorable de los años. Ciertamente la historia de lo que llamamos Grecia con un exceso de generosidad y en el ejercicio de una inadecuada perspectiva histórica es en realidad el reato hecho desde la perspectiva ateniense que de forma indirecta alumbra también otros escenarios y personajes que fueron afectados en algún momento por la acción de las gentes del Ática. Poco es lo que sabemos de Esparta si no fuera porque se enfrentó a Atenas en una larga guerra, y mucho menos de ciudades tan importantes y prósperas como Corinto, Argos o Mégara, que estaban muy próximas al territorio ateniense.

Sin embargo no nos referimos a esos estados que se regían también por el sistema de las polis y poseían una estructura muy similar, con independencia de las variaciones locales o regionales, a la que imperaba en el Ática. Nuestra atención se dirige mas bien hacia aquellas regiones del centro y el norte de Grecia que a lo largo del periodo clásico ocuparon una posición marginal, con una escasa o nula participación en los grandes asuntos de la historia helena, que contribuyeron de forma muy reducida al proceso de renacimiento cultural iniciado en la época arcaica, en los que apenas se habían desarrollado la urbanización y que seguían manteniendo una forma de hábitat a base de aldeas fortificadas; en definitiva, a todos aquellos estados cuya forma de organización era el ethnos y no la polis.

Se trataba de estados de carácter tribal regidos por monarcas, una forma de gobierno que apenas había dejado vestigios en el mundo griego más avanzado, que contaban con una potencia militar considerables que se traducía a veces en el envío de mercenarios y en otras en la realización de acciones de piratería y saqueo y que, por lo general, tenían un santuario como centro político. Entre sus habitantes imperaban unas costumbres primitivas, como el uso constante de las armas, unas maneras de alimentación y de vestir peculiares y el predominio de determinados códigos sociales.

El esquema se adecua bien a la confederación etolia, que ocupaba una de las regiones más montañosas y agrestes de las costas noroccidentales del continente griego. Los escasos testimonios que tenemos sobre los etolios a los largo de la época clásica coinciden en calificarlos como semibárbaros que hablaban incluso un dialecto difícil de comprender. Curiosamente su aparición en escena coincide con la ruptura de una tregua sagrada, un acto injustificado e infame que cualquier griego de ley condenaría de forma inmediata. Sus formas de comportamiento no se adecuaban por tanto a los patrones helénicos más habituales y practicaban de forma sistemática el saqueo de las regiones vecinas y el ejercicio de la piratería por las costas adyacentes.

Esta situación resulta explicable a partir de diferentes factores tales como la propia configuración del territorio etolio, que no favorecía la práctica de la agricultura, su abundante población, que requería ser alimentada y no se encontraba mejor salida que el uso de las armas, y los sistemas arcaicos de comportamiento que una vida en estas condiciones propiciaba y estimulaba. Sin embargo, no lo entendieron así el resto de los griegos, que hicieron de los etolios el blanco perfecto de su desprecio. Esta actitud se traducía en numerosas anécdotas y dichos de carácter popular que reflejaban la incomprensión total de esos “parientes lejanos” y su rechazo completo de los foros de la vida pública internacional griega. Baste como ejemplo la noticia que transmite Plutarco acerca del recinto de Leucotea en Queronea, su ciudad natal, donde el guardián con un látigo en la mano proclamaba en voz alta: “no entre esclavo ni esclava, ni etolio ni etolia”. Esta significativa equiparación con los esclavos pone de manifiesto la valoración que los griegos habitantes de polis tenían de esta clase de comunidades más atrasadas.

Sin embargo, las circunstancias cambiantes de los nuevos tiempos tenían reservado a esos estados un lugar mucho más destacado que el de las viejas polis tradicionales, que tras el triunfo de Macedonia en Queronea iban a pasar a un segundo plano. La potencia militar de la confederación etolia le hizo desempeñar un papel decisivo en toda la historia posterior, siendo incluso decisiva su intervención contra la invasión de los galos que llegó hasta el mismo santuario de Delfos en el siglo III. La percepción de las cosas y la propia realidad de los hechos iban como vemos por caminos separados.

7. Bibliografía

Gómez Espelosín, F. J. Introducción a la Grecia Antigua, Alianza, Madrid, 1998

Pomeroy, S. B. La Antigua Grecia. Historia política, social y cultural, Oxford University Press, 1999

Jenofonte. Helénicas, Gredos, Madrid, 1985

Pascual González, J. Grecia en el siglo IV a. C. Del imperialismo espartano a la muerte de Filipo de Macedonia. Síntesis, Madrid, 1997.

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