Historia de Grecia

Grecia continental. Terreno. Mar. Clima. Pueblo. Orígenes. Leyendas. Política. Ideales. Ciudad. Democracia. Imperialismo. Sociedad. Comercio. Cultura. Religión. Mitología. Arte. Literatura. Ciencia. Educación

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Introducción

Estudiar la historia de los griegos -que se llamaban helenos- es estudiar los orígenes de nuestra civilización, pues de ellos hemos heredado muchas de nuestras maneras de sentir y de pensar. Sus obras maestras son los modelos en que se han inspirado durante muchos siglos y se inspiran aún los artistas, los escritores y los oradores del mundo entero. Ellos nos han enseñado la fe en la razón humana y el amor a la patria y a la libertad. La favorable situación de su país, en la extremidad del Mediterráneo, les ha permitido cumplir en la humanidad una como misión providencial. En efecto, por el mismo mar tocaban al Asia, donde se instruyeron, y por el mismo mar trajeron a Europa las civilizaciones de Asia y las invenciones de su propio genio.

Los griegos habitaban las orillas y las islas del mar Egeo o mar del Archipiélago, verdadero lago griego. Hubo, pues, una Grecia continental y una Grecia marítima.

Grecia Continental

Grecia continental, Hélade, comprendía la parte inferior de la península de los Balcanes, la más oriental y montuosa de las tres penínsulas mediterráneas de Europa. A la extremidad de la península, especie de tronco continental, se unía, por el istmo de Corinto, una península más, pequeña que tiene la forma de una mano abierta u hoja de plátano, según la comparación de un antiguo; esa peninsulita era el Peloponeso, hoy Morea. Grecia está bañada al este por el mar Egeo, que la separa de Asia, y al oeste por el mar Jónico que la separa de Sicilia y del sur de Italia. Al norte no existe frontera natural. Según Estrabón, geógrafo griego, el límite antiguo de Grecia podía marcarse con una línea que, partiendo al oeste del golfo de Arta -antiguamente golfo de Ambracia- llega, al este, en el golfo de Salónica, a la región montuosa del Olimpo y a la desembocadura del Salambria, antes el Peneo. Esta es poco más o menos la frontera actual del Reino de Grecia.

La mayor longitud, de norte a sudeste, es de 410 kilómetros, y su mayor anchura es de 210 kilómetros. La superficie es de 55.500 kilómetros cuadrados.

'Historia de Grecia'

Montañas y Llanuras

El país está como erizado de montañas, con pendientes ásperas, que es difícil subir, formadas por lo general de rocas calcáreas y frecuentemente desnudas, las cuales, en un cielo muy vivo y un aire límpido, brillan de blancura. Las alturas se entrecruzan, separadas unas veces por valles estrechos y profundos, en los cuales, orillando los ríos, sus árboles ofrecen corredores cerrados de follaje; otras veces, sus contrafuertes están ceñidos por cortas llanuras, verdaderas cuencas, de antiguos lagos cuyo suelo, que sombrean los olivares, está presto a ser cultivado. Tales son la llanura de Tesalia, las de Tebas, Atenas y Argos, y la de Esparta. Las montañas más célebres son el Pindo y el Olimpo, residencia de los dioses; el Osa y el Pelión; el Parnaso y el Helicón, residencia de Apolo y de las musas; el Himeto, famoso por sus abejas, y el Pentélico, reputado por sus mármoles. En el Peloponeso, llamado Auvernia helénica, se alza la alta planicie de Arcadia terminada hacia el sur por la poderosa cadena del Taigeto.

La disposición del relieve ha tenido una importancia capital en la historia de los helenos. Dividido el país en un gran número de cantones aislados, cada uno de éstos resulta el centro de un pequeño estado cuyo apego a la independencia siempre ha sido constante y apasionado. De aquí que hubiera repúblicas de Atenas, de Esparta, de Tebas, etc., pero que no haya habido nunca un estado griego, ni se pudiera realizar jamás la unidad.

Grecia Marítima

Otro hecho ha dominado en la historia de los griegos. Mientras que por todas partes las montañas les cerraban el paso, no dejándoles espacio para extenderse, el mar por dondequiera les ofrecía camino. Aquel pequeño país podía decirse que era uno de los mejor situados del mundo. Entre sus golfos tenía los de Corinto y Egina, que apenas separados por una lengua de tierra de cinco kilómetros, penetran en la península en toda su extensión. En ninguna parte los golfos se meten tanto tierra adentro, ni en ninguna existen cabos mejor configurados. Así, Grecia poseía más de 2.000 kilómetros de costa. No existía cantón o republica que no tuviese sus bahías y promontorios bañados por las olas del Mediterráneo.

Además, Grecia estaba y está como envuelta por las islas, algunas de ellas tan próximas del continente, que parecen su prolongación, cual sucede con la Eubea, separada por un canal sumamente estrecho.
Las otras, tales como Cícladas, esparcidas por mar Egeo como piedras en el vado de un río, señalan el paso entre Europa y la costa de Asia, donde otros griegos poblaban las grandes islas de Lesbos, Quío, Samos y Rodas. El mar Egeo, no era sino un lago griego en el que el navegante no perdía un solo momento la tierra de vista. De aquí que los más tímidos tuviesen confianza y se atrevieran a surcado, pues tenían la certeza de encontrar un cercano abrigo en caso de peligro, fuera éste una ráfaga o un huracán. La montaña formó hombres ansiosos de libertad; el mar formó marinos y comerciantes, y puso a los griegos en contacto con todos los pueblos de oriente, a quienes tomó los primeros elementos de civilización. El mar fué el que les dio las riquezas e hizo que, estados de muy corta extensión, reducidos casi a una ciudad, fueran centro de verdaderos imperios mediterráneos. El mar explica la grandeza que tuvo Atenas y el papel que ésta ha representado en la historia de la humanidad.

El clima

A la influencia de las montañas y del mar es preciso añadir la del clima. En la región del norte se encuentran los cereales y los productos de Europa central; en los valles del sur y en las islas, la vid, la higuera, el olivo, el naranjo, el limonero y hasta la palmera. En ninguna parte el clima es bastante cálido ni bastante frío para paralizar la energía y la actividad del hombre. El aire límpido y el cielo luminoso, tuvieron también una feliz influencia sobre el griego, cuya inteligencia era tan viva y clara.

El pueblo

Por último, si se quiere explicar el papel que ha representado la raza griega en la antigüedad, es preciso conceder una gran parte a su genio, naturalmente industrioso, sutil y emprendedor.

Los griegos se decían y creían ser autóctonos, es decir, originarios del mismo país. En realidad procedían de Asia. Eran parientes de los medos y de los persas, y como ellos, pertenecían a la raza aria o indoeuropea. Las estatuas, los dibujos y las pinturas que adornan los vasos, los representan bastante corpulentos y musculosos, con miembros admirablemente proporcionados. La cara, rodeada en general de barba, era regular; la frente parecía estrecha a causa de una abundante cabellera generalmente rubia; unas veces corta y rizada, otras larga y en forma de espesos bucles que caían sobre los hombros; los ojos eran grandes y brillantes, y los labios finos; por último, signo característico de la raza griega, la nariz era recta y continuaba directamente la frente.

Este era el tipo griego en toda su perfección, verdadero modelo de belleza: hoy es bastante raro que se le encuentre entre los descendientes de los antiguos helenos; quizá fuese excepcional aun en la antigüedad.

Los griegos daban el nombre de pelasgos a los primeros habitantes de su país. Los pelasgos labraron la tierra, y se les atribuyó la fundación de las más antiguas poblaciones. Se relacionaron con los fenicios, dueños del comercio mediterráneo y organizadores de numerosas factorías en las costas, con los cuales aprendieron la navegación. Lanzándose a su vez por el mar, los pelasgos habían llegado hasta Egipto, donde se han encontrado inscripciones del tiempo de la XX dinastía, que los mencionan con el nombre de Danaens o pueblos del mar.

Después de los pelasgos llegaron los helenos, que eran sin duda una tribu pelásgica. Entre los helenos se distinguían cuatro tribus principales, diferentes por los usos y por los giros del lenguaje. Estas razas eran los aqueos y los eolios, y después los dorios, pueblo de montañeses y rudos campesinos, y por último los jonios, pueblo de marinos y comerciantes. Los dorios dominaron en el Peloponeso y en Grecia continental; los jonios, en las costas del mar Egeo y en Grecia marítima.

Las leyendas de los orígenes

Los griegos ignoraban la historia de sus orígenes, ir para explicársela se valieron de leyendas.

El primer hombre fué hijo de Prometeo, uno de los titanes, quien lo hizo de barro y le dio vida gracias al rayo divino que robó a Zeus. Éste, en castigo, hizo encadenar al titán en la cima del Cáucaso, donde un buitre debía devorarle eternamente las entrañas. Zeus castigó al mismo tiempo a los hombres con el diluvio en que perecieron. Deucalión, hijo de Prometeo, fué el único que pudo escapar, encerrándose en una embarcación que estuvo flotando mientras duró el diluvio; al bajar las aguas, encalló en el monte Parnaso. Uno de los hijos de Deucalión, llamado Heleno y que fué el antepasado de los helenos o sean los griegos, tuvo a su vez dos hijos, Doro y Eolo, y dos nietos, Ión y Aqueo o Acayo. De estos cuatro descendientes de Heleno, nacieron las cuatro grandes familias helénicas, a saber: los dorios, los eolios, los jonios y los aqueos o acayos.

Otras leyendas son recordativas del establecimiento de los colonos extranjeros en Grecia, en particular de la influencia civilizadora de los fenicios y los egipcios. Tebas honraba como fundador al fenicio Cadmo, que habiendo partido en busca de su hermana Europa, robada por Zeus metamorfoseado en toro, se fijó en Grecia para obedecer órdenes del oráculo de Delfos.

Atenas había sido fundada por el egipcio Cécrope; el egipcio Danao había fundado a Argos. El Peloponeso -isla de Pélope- debía su nombre a Pélope, hijo de Tántalo, rey de Lidia, antepasado de Agamenón, rey de los micenos.

IDEAL Y REALIDADES POLÍTICAS

En la base de esta civilización, dándole no sólo su escenario, sino también sus principales caracteres, hay que señalar la importancia de la polis, la “ciudad”. La civilización griega clásica, en su esencia, es una civilización de la polis y su fuerza quedó agotada cuando la ciudad, incapaz de superar las dificultades políticas internas y externas que la acosaban, demostró su impotencia para satisfacer las aspiraciones de sus ciudadanos.

La soberanía de la ciudad

La ciudad

La ciudad es necesariamente un Estado de pequeñas dimensiones; por lo demás, para definirla, el territorio cuenta poco. Lo esencial son los ciudadanos, el pueblo, el demos. La lengua oficial no dijo nunca “Atenas” o “Lacedemonia”, la “república ateniense” o “lacedemonia”, sino únicamente “los atenienses”, “los lacedemonios”,”la ciudad” o “el pueblo de los atenienses”, “de los lacedemonios”. La concepción griega hace de la ciudad un grupo de ciudadanos moviéndose en unos límites bastante estrechos. Una decena de millares como máximo es aún el ideal de los filósofos del siglo IV (5.040 para Platón) que, de manera expresa o no, reprochan a Atenas por tener más: “No se puede hacer una ciudad con 10 hombres, escribe Aristóteles, pero con 100.000 tampoco hay ciudad.” Esta limitación no tiene, evidentemente, otra razón de ser que el deseo de permitir a cada ciudadano el conocer en persona a cada uno de los demás, no sólo en lo físico, sino también en lo moral, en su manera y en sus medios de vida, en sus intereses familiares y en su actividad casi cotidiana.

Este grupo de ciudadanos tiene un centro: la ciudad propiamente dicha. Sus murallas ofrecen en caso de peligro una defensa en la que la ciudadela (acrópolis) es el último reducto. En la ciudad se establecen los contactos de todo orden, políticos, económicos e intelectuales; en ella residen las autoridades de la vida colectiva; en ella se encuentran el mercado, las escuelas, los gimnasios, el teatro y los principales templos. Teóricamente la ciudad es indispensable, pero existen pueblos griegos que no la tienen. En ciertas regiones montañosas y atrasadas de Grecia central u occidental, los hombres viven dispersos en viviendas aisladas o en pequeñas aldeas y no tienen más que santuarios campestres alrededor de los cuales se reúnen en ocasión de fiestas que son también ferias. Por este motivo se las considera atrasadas y lo son indiscutiblemente: hacia fines del período clásico apenas algunas empiezan a tener un papel político y militar, sin poder pretender todavía, por pequeña que fuese, una influencia económica o moral.

Pero, incluso en las ciudades más evolucionadas, normalmente y aparte de raras excepciones que se justifican todas por una necesidad de defensa contra la sublevación eventual de poblaciones sometidas, Esparta, por ejemplo, o ciertas ciudades de ultramar, esta aglomeración urbana no es la residencia de todos los ciudadanos: una gran parte de éstos se esparce por el territorio circundante. Lo importante es que, de derecho, la ciudad trata por igual a los ciudadanos que habitan la ciudad y a los que habitan el campo. No sólo deja a las aldeas administrarse de manera autónoma, interviniendo nada más que en los casos de grave dificultad, sino que también hace que cuiden de los cultos locales, excepto si su importancia justifica su elevación a la categoría de cultos del Estado. En este plan de igualdad, los habitantes del campo participan, con el mismo título que los de la ciudad, en el gobierno estatal, disfrutando de derechos políticos y civiles exactamente iguales los unos que los otros. En la práctica se podían hacer sentir algunas diferencias desventajosas para los rurales que no tienen otra causa que su dispersión y alejamiento del centro común, pero no afectaron nunca a la igualdad teórica.

Ciudad e individuo

La ciudad es también soberana, en el interior de su territorio, tanto sobre las cosas como sobre los seres. En teoría lo fue siempre desde los orígenes y en todas partes. De hecho, gracias al progreso de la democracia, fue extendiendo sin cesar el campo de acción práctico de su soberanía, pues democracia no significa relajamiento de la autoridad del Estado. Pensar lo contrario, evocando el ejemplo de Esparta, sería un error. En los siglos V y IV, Esparta tiene por aliadas las ciudades oligárquicas y los oligarcas, en general, admiran sus instituciones; simple oportunismo, o si se quiere, mal menor. Considerando los principios de su organización, Esparta, socialmente y hasta políticamente, es la más perfecta de las democracias griegas: el mismo nombre de homoioi, “iguales”, con que se califica a sus ciudadanos, lo prueba. La auténtica oligarquía se edificaba sobre otras bases; no hacía depender directamente al ciudadano del Estado, sino que interponía entre ellos cuerpos intermediarios, cuadros sociales jerarquizados, en el interior de los cuales el individuo no era más que un elemento de grupos basados en el nacimiento, sostenidos por la observancia de cultos de filiación real o legendaria y mantenedores vigilantes de las tradiciones ancestrales. Cuando el Estado pretende actuar se encuentra con estos cuerpos intermediarios que con frecuencia son lo bastante fuertes para sojuzgar lo. También la evolución democrática debe hacerse a sus costas. Es cierto que libera al ciudadano, rompiendo las ataduras que lo retienen, pero por su lado la ciudad gana en ello, haciéndose más poderosa y libre para ejercer una soberanía directa e inmediata sobre los individuos aislados. Entonces, pero sólo entonces, acentuando una simpatía nacida anteriormente de la hostilidad que había mostrado a las tiranías, los oligarcas se vuelven hacia Esparta, que nunca conoció estos cuerpos intermediarios y donde el Estado, no habiendo tenido que llevar la lucha contra ellos, puso su poder al servicio del mantenimiento de las tradiciones morales que en otras partes hubiera sido necesario combatir. Pero el apoyo de Esparta se reveló al final como incapaz de parar la evolución general.

La ciudad exige en nombre de los nomoi, a la vez “leyes” y “costumbres”, escritas u orales, poco importa, principios superiores a las voluntades individuales o a los casos concretos. Las decisiones concernientes a estos últimos no tienen derecho más que a la calificación de “decretos” (psèphismata) y se toman precauciones para que no sean contrarios a las leyes.

La soberanía interior de la polis está hecha del prestigio de los nomoi y del respeto que inspiran, sin el cual no hay vida colectiva posible.

Es verdad que las “leyes”, si bien autorizan las exigencias de la ciudad, las limitan al propio tiempo, pues le obligan a observar ciertas normas, o al menos ciertos procedimientos.

En Esparta, por ejemplo, se llega al límite haciendo que el ciudadano sirva al Estado de los siete a los sesenta años. En otros lugares es más discreta y los atenienses se enorgullecen de ello. Pero hasta los nomoi de Atenas se refieren a mil aspectos tanto de la vida privada como de la colectiva. Fijan los deberes religiosos, fiscales y militares para con la comunidad y las condiciones de matrimonio legítimo, los contratos comerciales y la educación de los niños. Su intervención se hubiera podido extender a todos los terrenos que respetó sin chocar con ningún principio fundamental.

Los poderes de la ciudad no tenían otra razón de ser que la protección del ciudadano contra la opresión interna o externa; la ciudad imponía al ciudadano los servicios necesarios a la defensa de su independencia exterior, a cambio de lo cual se esforzaba en permitir y favorecer el pleno desarrollo de su personalidad individual; se fin era el asegurarle a la vez la libertad y la justicia. Tal era, en suma, el ideal del helenismo clásico.

Rasgos generales de la organización política

Ciudad y poder personal

La organización política de las ciudades es muy variable: su soberanía, sumada a la flexibilidad del espíritu griego así como a la diversidad de condiciones históricas, no podía tener otro resultado. No obstante, existían algunos principios comunes a todas, dictados por la experiencia o salidos de las tradiciones del período arcaico.

En principio, la ciudad griega era una república, aunque seguramente la monarquía había existido en todas partes en tiempos remotos. Se la encuentra de nombre en la Grecia estricta bajo la forma de una magistratura, cuyas atribuciones y duración son muy limitadas y cuyo titular es escogido sin tener en cuenta sus orígenes familiares. Atenas ofrece el ejemplo más claro: el rey (basileus), simple miembro del colegio anual de diez arcontes, no tiene más que un papel religioso y judicial de poca importancia; como los otros arcontes, era designado por sorteo, según un procedimiento muchas veces modificado a lo largo del siglo V, con el fin de conjurar de manera más eficaz las posibilidades de fraude o de coacción. Una vez más, con sus originalidades, Esparta es una excepción, pues conserva dos reyes viajeros, que se transmitían la herencia dentro de dos familias, los Agíadas y los Euripóntidas, y uno de los cuales tenía necesariamente que ejercer el mando del ejército. Pero también en Esparta la monarquía se debilita. Las normas de la sucesión hereditaria son lo bastante complicadas para que en ocasiones la ciudad sea llamada a escoger entre varios candidatos. Asimismo está establecido el principio de la responsabilidad de los reyes, incluso como jefes del ejército; durante las campañas está organizada una supervisión de sus actos, y temibles precedentes les incitan a someterse prudentemente a las instrucciones de las autoridades ordinarias. Aún en Esparta se está muy lejos, como puede verse, de la monarquía de otros tiempos.

Esta solo se mantiene en regiones excéntricas del mundo griego, en contacto con el Oriente monárquico, como Chipre, o en el norte de la península griega, en contacto con las tribus balcánicas bárbaras, como en Epiro, en Macedonia o en Tracia.

La monarquía en el mundo griego del siglo V y de la primera mitad del IV, era sólo el régimen de las marcas, de las regiones fronterizas del helenismo. Además hay que hacer notar que, al menos en el norte de la península, estos reyes no reciben ni toman en sus relaciones con los griegos, el título de basileas, que les corresponde y que en los poemas homéricos estaba rodeado de tanto prestigio. Es evidente que por acuerdo unánime la noción de realeza era considerada como extraña al helenismo y como una señal de barbarie.

Más aún que la realeza, la ciudad griega clásica desconocía totalmente la institución de la monarquía.

En todos los lugares donde por la situación interna se había impuesto la tiranía, su desaparición era total a fines del siglo VI.

Durante el siglo IV la tiranía va ganando terreno, gracias en especial al peligro militar y accesoriamente a las dificultades internas. Precisamente su reaparición y su extensión son uno de los síntomas de la crisis que sufre entonces la ciudad griega: la concepción clásica de ésta era incompatible con la tiranía.

La polis clásica, en efecto, teme al individuo superior, cuyos servicios, cuando existen, se corre el riesgo de pagar finalmente demasiado caros. Le inquieta toda preeminencia individual, pues no posee un sistema para fijarle unos limites.

Ante ese peligro ninguna precaución parece bastante grande ni ninguna sospecha injuriosa. No se inscribe el nombre del general en los exvotos y otros monumentos conmemorativos de las victorias, sino sólo el de la ciudad. Ningún hombre público, en ningún caso está seguro del mañana ni escapa a la inspección cuidadosa de sus actividades.

Sin duda los progresos de la técnica militar, la frecuencia y las dificultades crecientes causadas por las guerras aumentaron la popularidad de los generales vencedores. Pero cuanto más el entusiasmo popular se desencadena sin freno, más aplastante y más furiosa también se abate sobre el ídolo de la víspera la desgracia provocada por un fracaso o simplemente por una decepción. En Atenas la vida de cualquiera que actuase en política no era más que una serie de procesos en los que intervenía como acusador o codo defensor: entre los hombres de estado más famosos, fueron raros los que no conocieron la multa o el exilio e incluso la condena capital.

Esto se ha interpretado, en general, como envidia de la masa con respecto al que se distingue.

Hay que hacer notar, de todas maneras, que este comportamiento no era entonces un monopolio de las ciudades democráticas; se observa también en las ciudades oligárquicas, donde las clases dirigentes recelan fácilmente de aquel de sus miembros que se destaca demasiado. Se ha hablado con frecuencia de la invidia democrática, del odio natural de las masas hacia el que sobresale de lo común; esta invidia se puede decir que es un sentimiento griego y que se integra en la psicología de la polis. En realidad su verdadero origen se debe buscar en la experiencia de las tiranías: servía para poner en guardia contra las popularidades excesivas cuyo beneficiario podía llevar al poder personal y sustituir con su voluntad el reino de los nomoi.

La reaparición del poder monárquico y su reintegración en el helenismo auténtico coinciden con le fin de la civilización clásica y ofrecen uno de los más claros criterios de su decadencia y de su abandono.

La asamblea

Estos principios generales en los que coinciden oligarquías y democracias, lleva u necesariamente consigo ciertos parecidos en la organización de los poderes públicos. No existe una verdadera ciudad sin tres órganos políticos: asamblea, consejo y magistraturas. Su importancia práctica relativa puede variar, menos a consecuencia de una distribución diferente de las competencias que por razón del espíritu y de las costumbres que dirigen su funcionamiento. En todo caso existen en todas partes. Esta comunidad tenía antecedentes muy remotos: ya en el Estado homérico, el rey (por sí mismo equivalente a los magistrados) no tomaba normalmente ninguna decisión sin recoger el parecer de sus consejeros y, para los asuntos más graves, el de la asamblea. La ulterior evolución hizo aún más sólidas estas viejas instituciones, pues el mejor medio de evitar los excesos de poder personal era el colocar el gobierno bajo la dependencia de órganos colectivos. Las condiciones generales de sus relaciones recíprocas se impusieron por todas partes.

En la base existía la asamblea de ciudadanos que, teóricamente, era soberana. Un detalle ínfimo, pero significativo, deberá llamar la atención de los romanos que tenían otras costumbres: los miembros de una asamblea griega tenían sus sesiones sentados sobre bancos de madera o en una gradería construida en una pendiente del terreno. Cicerón afirmará que frente a la mesa presidencial, la asamblea afirmaba así, simbólicamente, su autoridad superior. Sólo en Esparta se puede imaginar la posibilidad jurídica concedida al consejo y a los reyes de levantar la sesión si la asamblea “decidía en contra”. Pero, en esta época, no se hizo nunca uso de ella: en Esparta, como en las ciudades oligárquicas, más que hacer frente a la dificultad se prefería orillada. En efecto, según el tipo de régimen la Asamblea era más o menos amplia, se reunía con mayor o menor frecuencia y sufría o no las influencias que hacían de su soberanía de derecho otra más o menos efectiva.

Las diferencias más sensibles se refieren al acceso a la asamblea, al que se ponían condiciones restrictivas variables en las ciudades oligárquicas. Estas ciudades retrasan de manera expresa la edad legal, que las otras fijan por término medio a los veinte años; recurren a discriminaciones censitarias y algunas, incluso, excluyen a los ciudadanos que ejercen, o que hayan ejercido, ciertas profesiones como el artesanado o el comercio detallista. Se deduce que la psicología de la misma asamblea y el comportamiento de sus miembros varían considerablemente según las ciudades. En principio y en todas partes todos los asistentes poseían en el interior de la asamblea derechos iguales y, en especial, el derecho de hablar. Pero, en las ciudades oligárquicas, el respeto de las jerarquías sociales hizo de este principio una cosa vana, lo que hace legítimo el orgullo con que los atenienses afirman que su democracia está fundada en la isegoria, la “igualdad del derecho de palabra”, que entre ellos es una realidad.

El derecho a participar en la vida política de la ciudad es un derecho personal que no se delega: la Grecia clásica ignoraba el sistema representativo y no concebía más que el ejercicio directo de la soberanía.

Es verdad que en esto la Grecia clásica se parece a muchas sociedades antiguas y en especial a Roma, donde la ausencia de sistema representativo ofrecerá resultados más paradójicos aún. Pero el procedimiento de voto, por diferente que fuese según las ciudades y hasta en una misma ciudad, señala una particularidad característica de los griegos. En las asambleas griegas el voto se hacía siempre por cabezas, basándose en la constante preocupación por la igualdad entre los ciudadanos aislados, en la misma voluntad de salvaguardar su autonomía individual, en el mismo temor a interponer, entre el ciudadano y el Estado, un engranaje capaz de frenar el contacto directo que deben tener recíprocamente el uno sobre el otro.

El consejo

El segundo órgano político común a todas las ciudades griegas, el consejo puede aparecer aún como más fundamental que la asamblea. Pues esta última, en ciertas oligarquías, no era prácticamente más que un órgano de pura fórmula. Al contrario, el consejo, se reúne en todas partes con frecuencia y si su papel es considerable en las ciudades democráticas, desempeña en las oligarquías una función capital tanto de derecho como de hecho.

Su misión es vigilar de cerca la actividad de los magistrados, cuidar de la administración corriente y de la ejecución de las decisiones de la asamblea, preparar las reuniones de ésta y, en consecuencia, guiar la política de la ciudad. En los regímenes oligárquicos se le confían, además, amplias atribuciones judiciales, en lo civil y en lo criminal, y la salvaguardia de la moralidad pública y privada. En ocasiones sus miembros eran designados de manera vitalicia y para formar parte del consejo se debía reunir unas ciertas condiciones, referentes a la edad, a la riqueza y al nacimiento, De esta forma las influencias sociales y la fuerza de las tradiciones actuaban más fácilmente.

Aunque las democracias rompen estas barreras y se esfuerzan por diversos medios en obtener un consejo que fuese una imagen reducida de la asamblea de ciudadanos, es curioso que sienten la necesidad de corregir, por la existencia y las atribuciones de este cuerpo restringido, los principales riesgos prácticos de la soberanía del demos expresándose por una asamblea efímera e improvisadora. Quedando en funciones un año, el consejo asegura la continuidad de un programa, al mismo tiempo que examina con anticipación las cuestiones a discutir y a solucionar.

Las magistraturas

Por último, toda ciudad griega tiene sus magistrados. Su número, su nombre, la forma y las condiciones de su designación variaban infinitamente, así como la repartición, entre ellos, de sus atribuciones. Algunas de sus características son comunes a todos los lugares: todos concuerdan para hacer pensar que la magistratura, como tal, era sistemáticamente tenida como sospechosa, y contra ella se acumulaban las precauciones.

En general, los magistrados son sólo anuales y salvo los jefes militares -excepción bien atestiguada en Atenas- no reelegibles, al menos inmediatamente. Incluso para una misma misión su número era múltiple, con una organización colegiada que reparte la autoridad entre muchos titulares. Estos principios prudentes también existieron en Roma, aunque los griegos se mostraron más desconfiados. Los magistrados no podían tomar por su iniciativa más que decisiones de importancia mínima; únicamente las necesidades militares obligan a aumentar la libertad de acción cuando dirigen el ejército; pero para la diplomacia o los asuntos interiores, su papel práctico es el de meros ejecutantes. En todas las ciudades estaban sometidos a una vigilancia, al menos por parte del consejo, cuando no de toda la asamblea. Son siempre responsables de sus actos a veces dentro del mismo año del desempeño de su cargo y siempre una vez transcurrido éste, no faltando ejemplos, aún en las ciudades oligárquicas, de las severas penas que se les infligían.

En todo ello hay que ver, más que detalles fortuitos de las instituciones, los claros síntomas de una concepción lógica propia de las ciudades griegas. La plena noción de “magistrado”, implicando un poder independiente e inmanente, es romana, no griega, así como el nombre que tenemos que utilizar a falta de otro mejor. Como toda agrupación humana que desee actuar, las ciudades no podían prescindir de los “primeros”; la guerra y el poder ejecutivo tenían sus exigencias. Pero la ciudad no aceptaba de ninguna manera que estos “primeros” fuesen o se convirtiesen en tiranos y procuraba precaverse contra este riesgo.

Oligarquías y Democracias: ciudadanos activos y pasivos

Limitándonos a sus grandes líneas, las analogías entre oligarquías y democracias no van más lejos. La mayor parte, se explican por la comunidad de un ideal de independencia y de libertad que es, según parece, la principal preocupación de los griegos del período clásico. Independencia y libertad de la ciudad y del ciudadano y, para asegurar a éste y a aquélla la posesión de estos bienes supremos, se procura la unión y apoyo recíproco de la colectividad y del individuo. Para preservar su independencia, la ciudad tiene necesidad de la abnegación total de sus ciudadanos, tanto más eficaz por haberla ofrecido libremente; en compensación, la ciudad se ingenia en favorecer y en salvaguardar su independencia individual.

Las analogías dejan paso a los contrastes y un abismo se abre entre oligarquías y democracias cuando se trata de definir el auténtico ciudadano, aquel cuya moderación, experiencia e intereses parecen suficientes para que no se juzgue imprudente el concederle en su plenitud los derechos políticos. En realidad, es en este punto por donde pasa la línea divisoria entre los dos sistemas.

Democracia

La democracia rechaza la distinción entre ciudadanos activos y ciudadanos pasivos, basándose en la isonomía, la igualdad ante el nomos. Naturalmente, Atenas da el ejemplo con un rigor lógico que sufre solamente un mínimo de concesiones a las necesidades de orden especialmente práctico. Era suficiente ser ciudadano para tener acceso y derecho de palabra en la asamblea, para poder formar parte del consejo y ejercer la inmensa mayoría de las magistraturas. Para algunas, las más importantes, subsisten en principio las condiciones de censo; pero desde la mitad del siglo V, caen en desuso para la designación de arcontes. Únicamente los tesoreros debían pertenecer a la clase más rica, con el fin de ofrecer garantías para el caso de una mala gestión, En cuanto a los estrategas, jefes del ejército y de la flota, que manejaban los asuntos militares y diplomáticos, les era suficiente ser propietarios de bienes raíces en el Ática al propio tiempo que tener un hijo legítimo. Esta última condición prueba que se trata menos de una hipoteca con vistas a un eventual proceso que de asegurar candidatos interesados en la salvaguardia del territorio nacional por la preocupación de una familia y de bienes inmuebles, unos y otros especialmente expuestos en caso de catástrofe militar. Se quieren jefes dispuestos a todo y se evita caer en manos de aventureros sin familia y sin hogar. Tales son algunas importantes excepciones consentidas a la igualdad teórica de todos los ciudadanos. Añadamos que la elección por sorteo es obligada para la designación de los consejeros, de los jueces y de todos los magistrados, excepto los que, por ejemplo los estrategas, tenían una misión que llevaba aparejada la necesidad de unos conocimientos técnicos. Para comprender la aparición de este procedimiento hay que pensar en su justificación religiosa. Para comprender su generalización hay que tener en cuenta el temor a las influencias de dinero o de nacimiento, a la intriga normal y al fraude, que destruirían la igualdad, piedra de toque de la democracia, la conquista más preciosa del demos.

Oligarquía

Al contrario, las oligarquías distinguen entre los ciudadanos, haciendo intervenir la edad, la propiedad rústica, la riqueza global y el nacimiento, según sistemas extremadamente variados, actuando uno u otro de estos factores o varios a la vez. No existió una oligarquía-tipo, sino oligarquías más o menos cerradas, entre las que algunos pudieron pasar, a los ojos de clasificadores antiguos el principal de los cuales fue Aristóteles, por democracias moderadas. No obstante, todas tendían a restringir, en relación con la suma total de ciudadanos, el número de ellos que pueden participar, de hecho, en el gobierno de la ciudad. En el fondo todas sienten la nostalgia de los regímenes arcaicos, en los que los nobles, siendo a la vez los más ricos y los “mejores”, ejercían a su alrededor, en virtud de las tradiciones y de las costumbres, una influencia dominante. Las oligarquías se limitaban a hacer las concesiones indispensables a la evolución general. En todos los lugares donde la vida económica se transformó o amplió, debieron reconocer ciertos derechos a la riqueza, incluso mobiliaria. Sólo la pobreza, más o menos extrema, era una tara irremediable, que excluía no sólo de las funciones públicas sino también, con frecuencia, de la asamblea, cuyo papel eficaz era muy reducido. Así se fue formando la equivalencia práctica oligarcas-ricos que, a partir de fines del siglo V, transforma las luchas políticas en rivalidades sociales.

La democracia griega

Los progresos de la democracia

Sería un grave error imaginar, en razón de la preeminencia, que la democracia de la domina en el mundo griego a partir del siglo V.

Sus progresos son constantes en el siglo IV, que es el siglo del hundimiento de Esparta, vencida en Leuctres en 371 y al propio tiempo el siglo en que la democracia penetra y se extiende por la Grecia continental.

En cierto modo prefigura el largo rosario de las guerras del siglo IV que, después de ella y a causa de ella, acaban de asolar, sin exceptuar ninguna, todas las regiones del mundo griego. Estas guerras fueron la causa de la ruptura del equilibrio anterior y de los nuevos trastornos internos de todos los Estados. Liberaron fuerzas latentes que, en tiempos de menos tensión, se ignoraban entre sí y que toman en lo sucesivo conciencia de los servicios rendidos a la ciudad. Dichas guerras arruinaron a la clase media rural cuyo número y solidez se apoyaba en las viejas tradiciones. Hicieron aparecer o agravaron el antagonismo entre ricos y pobres que hasta entonces no había sido más que uno de los aspectos del antagonismo de los dos sistemas opuestos y que a partir de este momento constituye su aspecto principal. Planteado el problema así con toda su agudeza, con sus términos simplificados y despojado de sus elementos morales tradicionales, la solución democrática tenía que triunfar, pues se acomodaba mejor que su rival a las tendencias profundas de la civilización griega clásica. La libertad y la expansión de la personalidad humana postulan la idea de igualdad; la concepción corriente de ciudad, como la de ciudadanos, recomiendan las instituciones políticas que conceden los mismos derechos a todos los miembros del cuerpo cívico. Para evitar eficazmente el triunfo democrático habría sido necesario modificar el mismo ideal de la polis, que es lo que, a pesar de la vivacidad de sus ataques, los filósofos del siglo V, en su mayor parte poco afectos a la democracia, no consiguieron al menos por lo que concierne a la gran mayoría de sus contemporáneos.

Limites del ideal democrático griego

Pero las democracias griegas no Llevaron más allá su lógica y es posible acusarlas de inconsecuencia porque reservaron únicamente para sus ciudadanos unos derechos que se esperaría verles conceder de manera más generosa. Su doctrina parece tener acentos de universalismo. No obstante, su aplicación fue mezquina, pues ni tan sólo se extendió a los hombres que, instalados en el país a veces desde varias generaciones, llevaban en la práctica la vida cotidiana de los ciudadanos.

Es exacto que Atenas, modelo de las democracias griegas, no soñó nunca en suprimir la esclavitud. Se limitó a introducir algunas innovaciones jurídicas que, juntándose a una dulcificación de las costumbres -incluso la palabra “filantropía” sería ahora excesiva-, hicieron que la suerte de sus esclavos fuese menos penosa que en otras partes.

También es exacto que con respecto a los extranjeros Atenas manifestó un exclusivismo jurídico cuyos progresos fueron paralelos a los de la democracia.

Democracia e imperialismo

Pericles fue el principal creador del imperio ateniense del siglo V.

Imperialismo

Su dominación despiadada, teñida de hipocresía, sus usurpaciones constantes de las libertades elementales de los que, incluso bajo el nombre de “aliados”, fueron siempre tratados como “súbditos”, la cuantía de sus exigencias de todo orden, etc., forman una serie de rasgos que no pueden ser ni son negados por nadie. Más numerosos son los historiadores que invocan, a favor de Atenas, los magníficos modelos, intelectuales y artísticos, que dio a la civilización helénica: Atenas “escuela de Grecia”. Aunque siempre queda que el maestro se hacía pagar muy caro por sus alumnos. Es evidente que si una ciudad griega, en razón de su fuerza, de su prestigio, de los mismos principios que aplicaba en su organización interna, estaba en situación de romper las barreras que fragmentaban en múltiples ciudades el mundo griego y elevar a éste a una unidad política superior, ésta era Atenas.

La democracia griega, hija de su tiempo

Por definición el ciudadano debe disfrutar de su libertad personal y no le es posible imaginar al esclavo haciéndose políticamente igual al que continuaría siendo su amo, pensando que una tal monstruosidad trastornaría toda la organización social.

En cuanto a su actitud con los extranjeros, tenemos que resignarnos a tomar a la democracia griega tal como es, con sus mezquindades y su egoísmo. No puede sorprender que las oligarquías pudiesen fácilmente mostrarse más acogedoras: la ciudadanía pasiva contaba poco a sus ojos. Por otra parte, la alta nobleza no quería encerrar en los estrechos límites de la polis ni su sed de acción y de gloria, ni sus ambiciones matrimoniales, ni sus parentescos. Cuando la democracia triunfante escapó a la influencia de las grandes familias aristocráticas, cuando la prosperidad económica bien establecida fue suficiente para provocar el aflujo de los metecos, era natural que el comportamiento ateniense se modificase.

Además, y por encima de las consideraciones oportunistas, interviene el ideal mismo de la ciudad, La ciudad griega, hay que recordado, no es el territorio, sino la colectividad de los ciudadanos: la integridad de sus fronteras humanas es más importante, por tanto, que la de sus fronteras territoriales. Igualmente la ciudad griega no considera su independencia asegurada más que si se apoya en la dominación: es el egoísmo normal de la ciudad en el plano internacional que, traspuesto en el plano nacional, toma la forma del egoísmo de los ciudadanos. Cuanto más apreciables son las ventajas materiales y morales de la ciudadanía, más hay que velar celosamente sobre el derecho de beneficiarse de ella. La fusión en un vasto Estado, del que todos los griegos serían ciudadanos y las ciudades antes soberanas sus aldeas, era un sueño. Si esto, hubiese surgido en el espíritu de un griego de entonces, se habría tomado por una cosa monstruosa, pues la polis era para ellos la base primigenia, el cuadro natural de toda vida civilizada.

Lejos de contradecirse a sí misma, la democracia griega, que realizaba el ideal clásico extendiendo la igualdad a todos los ciudadanos, se conformaba con él todavía más al limitarla y protegerse contra infiltraciones humanas extranjeras.

LA VIDA MATERIAL Y SOCIAL

Las sociedades rurales

Fragmentada políticamente en múltiples ciudades, la vida económica y social de Crecía ofrece aspectos muy variados. A falta de caminos la circulación se hace sobre todo por mar; pero más de una ciudad está alejada de los puertos, a los que, como a las otras ciudades del interior, le unen malos senderos. Aparte de algunos puntos privilegiados, los hombres y las ideas no se mezclan y los productos no se intercambian más que de una manera muy limitada. El solo elemento de unidad, si a toda costa queremos encontrar uno, sería la preponderancia casi total de la vida rural. La inmensa mayoría de la población griega vive en el campo y de los frutos de la tierra: el desarrollo y la utilidad marítima de algunas ciudades no pueden engañamos.

Pero esta misma vida rural, a pesar de la identidad de las condiciones generales de suelo y clima, no toma en todos los lugares las mismas formas.

Los grandes propietarios

Existen regiones donde predomina la gran propiedad. Son aquellas en que la tierra es más fértil, al menos para el cultivo de los cereales, o propicia a los pastos que permiten la cría del ganado mayor, en particular de los caballos: en su conjunto son las llanuras recorridas por un curso de agua casi permanente. Los privilegiados que poseen el suelo son lo bastante ricos para intentar experiencias y aplicar nuevos métodos de cultivo.

Estos grandes propietarios no trabajan y constituyen la clase superior en el campo e incluso en las ciudades, pues los nobles, en general, tienen sus tierras heredadas de lejanos antepasados. Una vez pasadas en la ciudad las veleidades de la juventud, lo mejor de su existencia se pasa en la vieja casa familiar situada en el centro de sus fincas. El ideal de la aristocracia arcaica continua siendo suyo: el gusto por lo ejercicios físicos, por la caza, la equitación y la buena comida no les impiden apreciar las poesías de Píndaro ni, hasta en la ruda Macedonia, las tragedias de Eurípides.

Los más ilustres por su nacimiento, los más ricos, los más atrevidos, o los mejor dotados, juegan además un papel en la vida de la ciudad. Por lo menos su influencia es decisiva en un círculo más cerrado. Los obreros agrícolas que dependen de ellos forman una clientela que les es necesariamente adicta. Pero los campesinos libres de la vecindad, aunque con frecuencia desligados de toda relación jurídica con ellos, también sienten su ascendiente.

La servidumbre

A veces hay algo más que una dependencia económica o la servidumbre una adhesión fiel. En ninguna parte se practica en gran escala la explotación por esclavos agrupados en equipos bajo la vigilancia de un capataz: la utilización de este procedimiento quedará reservada a los capitalistas romanos. Pero, un poco en todas partes, existe la servidumbre, la explotación de hombres ligados a la tierra que no les está permitido abandonar.

El caso mejor conocido es el de los ilotas espartanos, que son siervos estatales. Sólo el Estado puede manumitir a los ilotas y es él quien, estableciendo su estatuto, los ha fijado a los “lotes” cuyo disfrute, en teoría, sólo concede a sus ciudadanos. Los ilotas forman libremente sus familias y cultivan a su guisa la parte de la finca en que están instalados. No deben al ciudadano que es titular de la misma más que un censo anual pagado en especie, fijado de antemano, y conservan la plena propiedad y la libre disposición del resto de las cosechas.

Pero aún pesan sobre ellos otras obligaciones: prestar servicios domésticos, cuya naturaleza exacta ignoramos, proporcionar un escudero e incluso infantes con armas ligeras que acompañen al ciudadano en expedición. Sin embargo, parece que su condición está sobre todo agravada por las medidas de policía que Esparta toma contra ellos. La libertad concedida a los jóvenes espartanos, en el momento de la “cryptia”, de matar a todo ilota que circule de noche, es una de ellas; otra es la de absoluta prohibición de poseer armas.

Más aun que el cultivador obligado a pagar un censo que no tenía nada de gravoso en el ilota debía sufrir el hombre que tomaba conciencia de su dignidad en un mundo en el que progresaba el individualismo.

Los pequeños propietarios

Pero aquellas regiones de grandes propiedades, donde la tierra es cultivada por obreros agrícolas o por siervos, no cubren más que una pequeña parte del territorio griego. Otro régimen agrario predomina netamente: el de la pequeña propiedad explotada por su propietario. La conocemos es especialmente en el Ática, predomina en otras partes y constituye el ideal de la gran mayoría de griegos.

En Atenas la restauración y la salvaguardia de la pequeña propiedad campesina fueron la gran obra del siglo VI. El siglo V es su edad de oro. No se desean extranjeros en el campo porque, como en todas partes, un principio fundamental reserva a los ciudadanos el derecho a la propiedad inmobiliaria. La repartición de la herencia entre los hijos llevó a una gran fragmentación de las fincas. Más de la mitad de los ciudadanos son propietarios, aunque a veces sólo de parcelas ínfimas, dispersas y alejadas de su domicilio verdadero. Esta misma fragmentación y esta misma dispersión se encuentran con frecuencia en los bienes del Estado, de las colectividades y de los templos. Fácilmente, pues, el campesino conseguía redondear su propia finca tomando en arriendo las tierras contiguas a la suya que, sin él, quedarían baldías.

Sin embargo, a pesar de su encarnizado trabajo, el campesino no se hace rico. En las regiones montañosas viven pobremente leñadores y carboneros, o pastores que llevan sus rebaños de cabras y ovejas en busca de la escasa hierba. Existen pocas praderas buenas. Incluso en el suelo cultivable, la precocidad de la sequía y del calor estival, la falta de capitales y la rutina, no permiten obtener mas que un flojo rendimiento en cereales; el utillaje rudimentario impide las labores profundas; la penuria de abonos, debida a la escasez de ganado, y la imperfección de la técnica, obligan a dejar el suelo en barbecho un año de cada dos, labrando el campo tres veces (primavera, verano y otoño) con el fin de conservar mejor la humedad. Prácticamente el pequeño agricultor no puede vender granos. Lo que le procura un excedente de producción, y por consiguiente algo de dinero en metálico son los árboles frutales, higuera, viña y olivo.

Su ambición es producir todo lo que le es indispensable y le cuesta mucho renunciar al cultivo de los cereales. Su tarea es ruda y penosa y en ella se ayuda de su familia, que las condiciones mismas de la vida obligan a restringir: pocos hijos y uno o dos esclavos, puesto que la organización del trabajo no exige más.

De todos modos es amo de sí mismo y saca de su independencia un legítimo orgullo. El régimen democrático le añade la satisfacción de poder contribuir a la gestión de los asuntos de la comunidad, como miembro de la asamblea popular, como jurado o como pequeño magistrado. Estas funciones le tientan, en particular cuando la edad le hace inútil para los trabajos agrícolas: entonces le place, muy de madrugada, guiado por un niño, a la luz de una linterna, seguir los caminos que, atravesando barrancos, llevan a la ciudad, donde las sesiones de la asamblea y del tribunal empiezan en hora temprana.

En tiempo de guerra, reviste sin protestar, porque se trata de defender a los suyos, su casa, sus árboles y sus cosechas, el armamento de hoplita que ha recibido con la herencia paterna. No obstante y como es natural, su aspiración es la paz, durante la cual lleva una existencia simple y sobria, comiendo la papilla de su cebada, las cebollas de su huerto, la miel dé sus colmenas, los higos y las aceitunas de sus árboles; enriqueciendo el menú sólo en los días festivos, en que, en compañía de algunos vecinos amigos, solazándose con una conversación que a veces desciende hasta la grosería, consume un lechón de su corral y un ánfora de vino de sus viñas. Éstas son sus modestas aspiraciones, sus alegrías triviales y sus penas, que Aristófanes rodeó de una poesía fresca como el rocío mañanero y rumorosa como el vuelo de las abejas.

El comercio

La economía compleja: compras y ventas

Aún en los momentos más felices del período clásico, cuando esta vida rural no sufre ni las miserias de la guerra ni de los disturbios civiles, no proporcionó más que una .base demasiado estrecha a la economía griega. Por grande que fuese la frugalidad de su población, Grecia no podía alimentada con sólo sus cosechas, excepción hecha de algunas regiones favorecidas por la naturaleza o de débil densidad humana. De ahí la imperiosa necesidad de importar productos alimenticios: Sicilia, Italia del Sur, Egipto y las orillas septentrionales del Mar Negro son sus abastecedores. Pero con el fin de saldar lo que les compra, Grecia, debe venderles. Sus exportaciones son el vino y el aceite, únicos productos agrícolas que proporcionan excedentes disponibles. También les vende los productos de su industria. Este comercio es para ella una necesidad fundamental, impuesta por la “pobreza, su hermana de leche”, según la expresión de Heródoto, y produce el desarrollo de una economía muy compleja.

En efecto, el crecimiento de la actividad industrial crea necesidades en materias primas que sólo la importación puede cubrir. Compras y ventas en el exterior exigen una marina que, desde que alcanza una cierta importancia, no encuentra en la vieja Grecia, en cantidad suficiente, los materiales indispensables para su construcción y reparación; pero también esta marina es fuente de provechos, porque permite a los armadores llevar a cabo un papel de intermediarios y de agentes comerciales extendido por todas las orillas del Mediterráneo. En último término, el tráfico multiplicado multiplica a su vez las operaciones de cambio y tras ellas las transferencias de fondos dando así esplendor al comercio del dinero que se convierte en actividad bancaria.

Los grandes centros económicos: Atenas

Esta economía diversificada no sustituye a la economía rural más que en puntos muy determinados del mundo griego, en ciertas ciudades y puertos con posiciones geográficas propicias, con los habitantes más emprendedores o más amenazados por la escasez y ayudados asimismo por unas circunstancias políticas favorables.

Pero la concentración aprovecha especialmente a Atenas, cuyos progresos son casi continuos y que desempeña, sin disputa, el papel de capital económica del mundo egeo.

La capital del Ática debe sus progresos a su fuerza, a la hegemonía marítima que se le reconoce o que impone después de la segunda guerra médica, al “imperio” que domina hasta su derrota de 405 y después a la “confederación” que funda en 377 y que oficialmente subsiste hasta 338. De sus aliados o súbditos saca subsidios que, directamente o no, con el nombre de “tributo” o “contribución”, alimentan su tesoro. En todos los puertos de mar que de ella dependen, recluta marineros para sus navíos y obtiene facilidades comerciales y ventajas jurídicas para sus ciudadanos. El prestigio que le rodea sirve para la difusión de sus gustos y, por tanto, de los productos que fabrica; la flota de guerra constituye un poderoso medio publicitario. Pero si el poder político extiende y favorece el desarrollo de su poder económico, la recíproca no es dudosa. Atenas debe a su prosperidad los medios materiales y humanos que le permiten construir y mantener la flota que hace su fuerza; su preponderancia comercial le pone en situación de ejercer presiones, cortar ciertas fuentes de aprovisionamiento de 8US enemigos y aun el practicar con ellos un severo bloqueo. La relación estrecha de lo político y lo económico se ejerce, pues, en ambos sentidos.

Gran importadora de productos alimenticios y de primeras materias, Atenas exporta el vino y el aceite de las tierras del Ática, sus productos fabricados y, sobre todo, sus cerámicas, de las que hoy se encuentran fragmentos desde las costas levan tinas de España hasta la Rusia meridional. Con una numerosa flota mercante, que sus escuadras protegen contra los enemigos y contra los piratas, su puerto del Pireo es, como dice Isócrates, “un mercado en medio de Grecia..., donde la superabundancia es tal que los objetos que en otras partes son difíciles de encontrar, aquí se pueden comprar fácilmente”. Por último -para limitarnos a lo esencial-, Atenas exporta sus monedas.

Las sociedades urbanas

Debido a su concentración, el desarrollo de la economía comercial no llegó a hacer disminuir en el conjunto de Grecia la importancia de la economía rural. La vida urbana no se intensificó más que en algunos lugares y en los demás continuó siendo muy modesta.

En efecto, las ciudades en Grecia son innumerables, pero con frecuencia su importancia es ínfima. En caso de invasión proporcionan a los campesinos el abrigo de sus murallas y de su ciudadela. En tiempos de paz no se animan más que en los días de mercado, de asamblea o de fiesta religiosa. Si el santuario principal se encuentra fuera de la ciudad, ésta corre el riesgo de quedar prácticamente olvidada.

Respecto a las grandes, conocemos en particular dos tipos de vida urbana: el de Esparta y el de Atenas.

La vida en Esparta

Esparta, que tanto sorprendía a los antiguos, les escandalizaba también por su pobre apariencia. Ofrecía muy pocos monumentos a la mirada de sus visitantes, muy escasos, pues a partir del siglo VI fue un país poco hospitalario. En realidad no respondía a la idea que los griegos tenían de una ciudad. Sin ciudadela y, hasta una fecha muy tardía, sin murallas, formaba más bien una aglomeración de grandes caseríos.

De los siete a los treinta años cumplidos, sus ciudadanos llevaban la vida del soldado, y de los treinta a los sesenta la del reservista constantemente dispuesto a acudir al llamamiento de movilización, obligados además, salvo en el caso de permiso excepcional, a tomar la comida de la tarde en compañía de los que serían sus compañeros de tienda en caso de guerra. Les estaba prohibido todo trabajo lucrativo y toda clase de ocupación que no fuera el entrenamiento físico y militar. El Estado acuñaba sólo monedas de hierro y el verdadero espartano no debía poseer metales preciosos. Los censos pagados en especies por los ilotas de sus fincas rústicas bastaban, en teoría, para mantenerle en la ociosidad a él y a su familia.

El rigor de esta disciplina militar y social multiplicaba, al lado y por debajo de la categoría de los “iguales”, es decir, de los únicos ciudadanos perfectos, unas categorías inferiores. En el campo, los ilotas. En la periferia del territorio lacedemonio, los “periecos” que, agrupados en pequeñas ciudades, se dedicaban a la agricultura libre, al artesanado y al comercio. En la misma Esparta, los “inferiores”, o sea los ciudadanos degradados, los bastardos, los libertos y otros, cuyo ideal era el ingresar en la clase de los iguales. Pero para esto era necesaria una decisión de las autoridades, y, sobre todo, el disfrute de una propiedad obtenida por herencia o por matrimonio con una heredera rica, puesto que la pobreza condenaba al trabajo y constituía un vicio incompatible con la presencia entre el número de los privilegiados.

Evidentemente, enumerar las consecuencias de un sistema como éste llevaría demasiado lejos. Los aspectos anormales de la vida familiar: el celibato frecuente y el mantenimiento, en el hogar del hermano mayor, de los demás hermanos privados de tierras y de ilotas; la voluntaria restricción de los nacimientos, que con la “oligantropía” (falta de hombres), provoca la decadencia de Esparta; el hecho de que los niños fueran arrebatados a sus padres por el Estado que se encargaba de su educación integral; la autoridad ejercida por la mujer en una familia en la que el varón se ausenta con frecuencia y a la que ella asegura o completa la subsistencia con su trabajo.

Añadamos a todo esto la monotonía de los días. En tiempo normal ofrece esta vida sólo las alegrías, viriles pero limitadas, del gimnasio, del campo de maniobra y del refectorio.

Encerrada en sus tradiciones, que conserva orgullosamente, casi sin relaciones con el mundo externo, al que no está unida más que por malos caminos o por el pequeño puerto de Gythium, abierto en un golfo alejado del Egeo, autorizando sólo excepcionalmente a alguno de sus ciudadanos a viajar por el exterior o a un extranjero a vivir en el país, Esparta no puede aportar nada al impulso de la civilización griega.

En Atenas todo era completamente distinto.

Las ciudades y la vida privada

El Pireo y Atenas

La ciudad más poblada, más grande y más rica es Atenas, completada a 7 kilómetros de distancia por otra ciudad ática, El Pireo. Atenas tiene su recinto amurallado y otro recinto que acaba por rodear toda la península del Acte protege al Pireo. Los “muros largos”, “las piernas”, unen las dos aglomeraciones y Atenas con el mar. Ninguna otra ciudad de esta época consagró tantos cuidados, esfuerzos y recursos a la unión: íntima entre sus centros vitales, así como a su defensa. Atenas consiguió corregir su posición continental y transformarse en una isla, asociando estrechamente su ejército y su flota con el fin de garantizar su propia seguridad: durante todo el período clásico no tendrá que capitular más que una vez, cediendo al bloqueo y al hambre, después de la destrucción de su flota. La amplitud misma de esta concepción defensiva le da lo que les falta a la mayor parte de las ciudades: el espacio en el interior de las murallas, indispensable para la comodidad de la población y en el que en otros casos no se pensaba, por falta de dinero, al construir los recintos. Pero Atenas no supo aprovechar esta ventaja.

En El Pireo no falta sitio. La ciudad es moderna, construida, hacia la mitad del siglo V, siguiendo los principios del urbanismo del momento, según un plano geométrico. Bordea el único puerto comercial del Ática y uno de los tres puertos de guerra con astilleros y arsenales que existen alrededor del Acte. Los depósitos y almacenes, las oficinas de las aduanas y de los cambistas, la Bolsa, están junto a los muelles, en los que los navíos llegados de todos los puertos del Mediterráneo descargan las mercancías más variadas. Detrás se extiende la ciudad propiamente dicha. La mayor parte de la población está compuesta por extranjeros de todas las nacionalidades que hablan todas las lenguas. En ella los marineros buscan y encuentran los placeres que han soñado durante el aislamiento y los peligros de las travesías. Los residentes viven del puerto, de los viajeros y del tráfico de mercancías. Pero la gente distinguida no se queda en El Pireo: la multitud es demasiado cosmopolita; allí la gente habla y se preocupa demasiado del dinero y de los negocios. Compuesta su población por extranjeros y por proletarios, ya sean obreros, y; pequeños comerciantes, El Pireo es un feudo democrático: en él se establecen para reconquistar Atenas con las armas en la mano, los adversarios del régimen de terror oligárquico instituido por la voluntad de Esparta victoriosa.

La vieja Atenas no se extiende como podría parecer hacia El Pireo y hacia el mar, al amparo de las nuevas fortificaciones, donde existían terrenos libres. Sus arrabales crecen sobre todo hacia el norte de la ciudad, como atraídos por la vida rural, a la que tantos ciudadanos están ligados por su ideal, sus parentescos y sus intereses de propietarios rústicos. La ciudad se ahoga en el apretado cinturón de sus murallas construidas de manera apresurada después de las Guerras Médicas, antes del desarrollo de su actividad política, económica e intelectual. Su crecimiento se hace en sentido contrario al que sería normal esperar de la vocación de la ciudad.

Esta Atenas presentaba en general un aspecto muy arcaico y responde poco a la idea que nos hacemos de una gran ciudad, a pesar del esplendor de los monumentos de la Acrópolis y de algunos templos o edificios públicos construidos en la parte baja. Estrechas callejuelas en las que está prohibido construir balcones salientes, sin aceras ni pavimentos, sin alcantarillas y sólo con un canal de desagüe hecho con tejas en medio del arroyo. Existía una única gran fuente, edificada por los tiranos del siglo VI y numerosos pozos cuya agua debía ser bastante sospechosa. La principal entre las pocas plazas públicas era el ágora plantada con plátanos. Alrededor de ella estaba el mercado, o más bien, los mercados, puesto que se trata de calles o de grupos de calles con comercios especializados: barrio de la alimentación, con sus subdivisiones para cada categoría de productos, carne de asno o salazones; barrio de los caballos y de los esclavos; barrios de la cerámica, de los vestidos y del calzado, donde, como en los zocos orientales de nuestros días, el artesano trabaja en su tendezuela bajo la mirada del cliente.

Las viviendas

Jenofonte habla de 10.000 casas a principios del siglo IV, lo cual es mucho para un espacio tan restringido. Los jardines sólo existen en los arrabales, que van engrandeciéndose fuera de las puertas, en medio de las tumbas escalonadas a lo largo de los caminos. Pero la buena sociedad se creía obligada a habitar en la ciudad propiamente dicha. Las casas son en general muy modestas y tienen los muros de tapia, a través de los cuales los ladrones se abren paso con facilidad. Las primeras casas con más de un piso causan sensación en el siglo IV y se construyen con fines especulativos. El piso de las pequeñas habitaciones es de tierra apisonada. No existen las más elementales comodidades; el problema de las letrinas queda resuelto por el solo hecho de que nadie se lo plantea.

La única ventaja de las casas de los ricos es que pueden ser más vastas, con habitaciones algo mayores distribuidas alrededor de un patio bordeado de algunas columnas. El lujo no aparece hasta épocas muy avanzadas, limitándolo a las habitaciones donde se reciben forasteros, en cuyo techo se colocan artesonados y se cuelgan de las paredes tapices y pinturas. Las excavaciones llevadas a cabo en la Calcidia, en el emplazamiento de la ciudad de Olinto, que fue destruida hacia la mitad del siglo IV, han señalado también el empleo de mosaicos decorativos que, hechos con piedras oblongas y no con teselas artificiales sin duda aparecen en ella hacia fines del siglo V. Aparte de este detalle estas excavaciones han confirmado lo que por los textos literarios sabíamos de Atenas. El mobiliario nunca tenía nada de fastuoso.

El ama de la casa

Cuando la vivienda reúne un mínimo de comodidades se establece una separación entre las habitaciones reservadas a la vida estrictamente familiar, dominio de la esposa, y el andrón, parte reservada a los hombres.

La mujer, llevada directamente de la casa de su padre a la del marido, sale poco. “El carácter de este sexo es el obtener entre los hombres el mínimo de celebridad posible, tanto en bien corno en mal.” Los deberes primordiales de la esposa son el dirigir la marcha interna de la casa, ocuparse de la ropa y vigilar a los niños. Los muchachos se separan de la madre a los siete años y las niñas quedan junto a ella hasta su matrimonio. Si no quiere producir escándalo, la mujer no debe ocuparse de relaciones sociales, preocupaciones intelectuales y a fortiori de las cuestiones políticas.

La vida masculina

Toda la vida externa, hasta la compra de los alimentos en el mercado, corresponde al hombre.

Él es el amo de su casa en la medida en que el deseo de tranquilidad doméstica no le hace ceder, como Sócrates, ante una esposa de condición agria o vocinglera. El varón puede repudiar a su mujer, sin tener que invocar motivo o pretexto y con la única condición de restituir la dote. Puede decidir “no criar” a sus hijos, es decir, abandonados, “exponerlos” en la vía pública a los pocos días de su nacimiento: práctica seguida con frecuencia, sobre todo con respecto a las niñas, por razones económicas en un país pobre en el que un fuerte crecimiento demográfico representaba una catástrofe. Sin embargo, la vida en esta casa estrecha, junto a una mujer de espíritu inculto, falto de educación y de contactos sociales, no proporciona al hombre gran distracción. Por ello una buena parte del día lo pasa fuera de casa, en los lugares públicos, donde encuentra a sus conocidos, .conversa, se informa, hace amistades y a veces hasta relaciones más íntimas.

En efecto, no faltan en ninguna ciudad cortesanas de toda clase. Las hay ilustres y muy cultivadas.

Un discurso de Demóstenes nos introduce en un mundo donde la estafa pura y simple se codea con los más repugnantes regateos: este mundo turbio, donde se reclutaban tañedoras de instrumentos musicales y danzarinas era, con seguridad, el más frecuente.

Además de esto, el amor griego es una realidad surgida de la camaradería guerrera, del espectáculo cotidiano de la desnudez del gimnasio, de un deseo -que no es todo impureza- de proteger y de educar al “erasta”, de admirar y de ser iniciado en el “eromeno”. En una sociedad en la que ideal masculino es, a favor de los ocios, el dejar florecer las virtualidades individuales, el desarrollar en un armonioso equilibrio cuerpo y espíritu, el servir a la patria en el consejo y en el campo de batalla; en una sociedad en la que las costumbres, separando los sexos hasta donde las necesidades materiales lo permiten, hacen que los hombres no frecuenten más que a los hombres y les dan el orgullo de los privilegios que se derivan de su virilidad, la moral no puede coincidir con la que han modelado en nosotros una religión y unos principios distintos.

Los más ricos prolongan estas relaciones externas ofreciendo, por la tarde, en su casa, banquetes a sus amigos. En el andrón, donde se guarda el mobiliario más lujoso de la casa, el huésped, que no está acompañado por su esposa, hace servir a sus compañeros de cenáculo político o intelectual, de deporte o de libertinaje, manjares refinados y vinos escogidos. Acomodados sobre lechos, servidos por esclavos, amenizados por intermedios de toda clase y en especial por las tocadoras de flauta, de lira o de cítara a las que la ley fija un salario máximo, los convidados platican hasta altas horas de la noche a gusto de su fantasía. Buena parte de estas reuniones vespertinas degeneran sin duda en bacanales en las que más de uno sale descalabrado. Esto no impide creer, sino en la autenticidad al menos en la verosimilitud eventual de los relatos de Jenofonte y de Platón que colocan en el marco jovial de un “banquete”, elevados debates de política, de filosofía o de ciencia, en los que participa un Sócrates que, por otra parte, es un notorio enemigo de la embriaguez.

Con frecuencia se ha comparado a la sociedad griega del periodo clásico con un “club de hombres”, carácter que se le puede asignar con amplitud. Es en esencia la sociedad de ciudades con instituciones y costumbres que se resienten no sólo de sus remotos orígenes sino también de la guerra casi permanente. La ciudad sólo puede contar con los hombres para defender su seguridad y salvaguardar su independencia, constantemente amenazadas. Al reservarles el monopolio de los derechos políticos, los encamina hacia una vida privada que, guardándoles de toda sensiblería enervante, conserve en ellos los sentimientos que estima serán provechosos para la vida cívica. Por este camino Esparta va hasta el final, con su disciplina de cuartel y sus comidas en común de todas las tardes. Las otras ciudades griegas no llegan tan lejos: el modelo es demasiado sombrío para promover imitaciones integrales. Pero ninguna ciudad puede, ni quiere, orientarse en un sentido opuesto. Todas se limitan a establecer un compromiso entre este ideal y las aspiraciones del individuo.

EL CLASICISCMO ESPIRITUAL Y ESTÉTICO

La desigualdad en el desarrollo cultural

En este país todo es desigual: la riqueza, la población, los hombres ingeniosos, las actividades económicas, la vida del espíritu, las especulaciones intelectuales, etc. Por último, está desigualmente abierto a las influencias provechosas, o al menos excitantes, ejercidas por otros mundos y otras civilizaciones: el campesino que se nutre de los productos de la tierra no se preocupa por la teología de los sacerdotes de Heliópolis o por la ciencia babilónica, como no se interesa por la exportación de la pez macedónica o del bermellón de Ceos.

En los concursos dramáticos de Atenas, los premios no eran otorgados por el voto de los espectadores, sino por los de un jurado sacado a suerte sobre una lista preparada teniendo en cuenta la competencia individual. Vemos así que el más democrático de los regímenes griegos no se dejaba llevar por ilusiones: se adaptaba espontáneamente a una situación de la que tenía plena conciencia y que dejaba subsistir amplias zonas de sombra en lo que el prestigio de las obras maestras pudiera hacernos creer uniformemente bañado de luz deslumbradora. Una gran parte de Grecia y, en los lugares más favorecidos, una gran parte de la población, no participaba en esta fiesta del alma, del espíritu y de los ojos.

La religión

La religión griega no se renueva profundamente durante el período clásico. Continúa siendo lo que era en el período precedente y ninguna de las tendencias que en ella se habían señalado ha desaparecido, Pero su vitalidad es variable, su florecimiento externo muy desigual y su evolución lleva algunas de dichas tendencias fuera del terreno religioso.

Le devoción popular

La devoción popular, la menos conocida porque es la menos espectacular y la más humilde en sus manifestaciones, continúa siendo ardiente, con todo lo que comporta de superstición e incluso de prácticas groseras. Las bajas clases sociales y en particular las rurales satisfacen su necesidad de fe y de protección cumpliendo ciertos ritos, cuyo sentido original les escapa con frecuencia, visitando innumerables santuarios locales con divinidades familiares surgidas de remotas tradiciones, que se conforman con sus modestos exvotos. Todo esto, muy materializado, destinado a procurar un socorro inmediato en las dificultades cotidianas, a preservar el ganado y la próxima cosecha, a hacer menos penosas y dolorosas las etapas de la humana existencia, desde los dolores de parto hasta los terrores de la m muerte. Corresponden estas ideas a espíritus muy simples que continúan sintiendo muy próxima la presencia oscura de fuerzas superiores a las que se puede conjurar o influir con fórmulas que nada tienen que ver con la lógica. Estas recetas las dicta el temor y no la emoción o el sentimiento propiamente religioso. Su arcaísmo, su estilo llano, están hechos para sorprender a cualquiera que no piense que existen zonas de sombra hasta en la más luminosa de las civilizaciones.

En ciertos momentos estas supersticiones conocen un gran éxito que arrastra incluso a las minorías inteligentes a pesar de sus repugnancias.

Los cultos panhelénicos

Los cultos panhelénicos subsisten igualmente, de forma paradójica, en un mundo desgarrado por las guerras intestinas.

Los oráculos, aunque continúan teniendo una numerosa clientela, no están tan acreditados como en otros tiempos. Los Estados los consultan menos o no se dejan impresionar tanto por sus respuestas.

Las ideas morales

Como la religión consistía únicamente en prácticas exteriores y no imponía doctrinas, las ideas morales, en vez de ser enseñadas por los sacerdotes, lo fueron por los poetas y los filósofos. Gracias a ellos se difundió la idea de que el hombre, aunque sometido al Destino, Moira, superior a los dioses mismos, era responsable de sus actos. Cuando los muertos llegaban al reino de Plutón, comparecían delante de tres jueces, llamados Minos, Eaque y Radamanto. Los buenos gozaban de una dicha perfecta en los Campos Elíseos, y los malos, por el contrario, eran castigados con suplicios eternos en el Tártaro, río infernal.

Los grandes juegos

Los cultos panhelénicos, lejos de servir a la pacificación del mundo griego, introducen en él nuevos motivos e discordia: la rivalidad entre los Estados no respeta ya las barreras morales que, aparte de raras y escandalosas excepciones, le constreñían antiguamente.

No obstante, los cultos subsisten. Continúan celebrándose con fasto, y la ardua competencia que suscita la administración de los santuarios prueba, al propio tiempo que la riqueza de sus tesoros, el prestigio que todavía va unido a sus nombres. Las suscripciones afluyen para reconstruir el templo de Delfos, destruido en 373 por un temblor de tierra. La celebración de los grandes juegos se acompaña siempre de treguas sagradas, violadas rara y excepcionalmente. Más que nunca atrae a las multitudes de peregrinos que se saben seguros en los caminos que llevan al santuario. El renombre de los vencedores es mayor, así como los honores que les confieren sus patrias, orgullosas de una gloria que redunda en prestigio para ellas. Los poetas reciben encargos de odas de circunstancias para celebrar estos éxitos.

No obstante, la persistencia del prestigio y el crecimiento del fasto no pueden ocultar la realidad: espectadores y competidores se preocupan cada vez menos del dios cuya fiesta tiene por principal episodio los concursos. Éstos se convierten en un espectáculo y dejan, en la práctica, de ser una ceremonia religiosa. Los retóricos aprovechan la presencia de las multitudes para leer o recitar discursos que han venido puliendo día tras día: ninguna ocasión mejor para darse a conocer y para atraer clientes o discípulos. Los organizadores multiplican las pruebas y las diversifican, con el fin de que su fiesta no quede desmerecida en comparación con las demás y para sostener el interés y aumentar el número de los participantes. Los atletas, para perfeccionar su técnica, se someten a un entrenamiento severo: se convierten en profesionales, seguros de reembolsarse en seguida, y con creces, el esfuerzo que hayan hecho.

De esta forma el espíritu de los grandes juegos se transforma. Como en otros tiempos, los griegos toman en ellos conciencia de su comunidad étnica y lingüística y hasta se podría decir nacional, aunque este matiz fue completamente ineficaz. Pero a medida que fue pasando el tiempo, cada vez más, la fiesta religiosa no fue para ellos más que una ocasión y un pretexto de festejos colectivos. El fervor desaparece; el concurso deja de ser la pura ofrenda de un esfuerzo gratuito dedicado a una divinidad que, dando la victoria al mejor, no designa al más rápido O al más fuerte sino al que ella aprecia más. El Apolo de Delfos dispensaba, con la ayuda de máximas de corto alcance en todos los sentidos, un esbozo de enseñanza moral: “Conócete a ti mismo”, “No te excedas”, etc. El Zeus de Olimpia no se arriesgó nunca a nada parecido y el atletismo que patrocinaba, aunque pudo servir a las cualidades corporales del pueblo griego, se despojó, precisamente en el curso del período clásico, del carácter religioso de que había estado revestido en sus orígenes.

Los misterios de Eleusis

Este carácter religioso se puede percibir todavía en los santuarios donde alteran fieles de naciones distintas, pero solo sólo en aquellos donde se otorga una iniciación a los misterios. Su número es bastante considerable, pero sólo uno acrecienta sus fieles sin cesar: el santuario de Eleusis, en el Ática.

El contarse entre los iniciados no es difícil, pues incluso los esclavos son admitidos; sólo quedan excluidos los homicidas y los bárbaros. Conocemos mal sus ceremonias, lo suficiente, sin embargo, para saber que en ellos se mezclaban, con ritos tomados de los cultos agrarios -tres divinidades de la vegetación, Deméter, su hija Coré y Dionisios, estaban asociados en el culto de Eleusis-, revelaciones sobre el más allá. Ésta fue una de las causas, considerable y duradera, del éxito de estos misterios. Los más excelsos espíritus de la Antigüedad estuvieron acordes en hacer su elogio, lo que obliga a suponer que se daba una interpretación simbólica a ciertas representaciones y exhibiciones. La idea de la muerte, eterno tormento del hombre, encontraba en ellas una explicación. Después, el iniciado esperaba sin miedo la hora fatal. Los iniciados se comprometían a guardar silencio y ningún secreto ha sido mejor conservado que éste, que fue confiado, a lo largo de los siglos, a decenas de millares de seres.

Una de las particularidades del culto de Eleusis era el dirigirse al individuo aislado, aparte de toda condición jurídica, de toda influencia familiar o cívica, sólo como lo estaría en el día de su muerte. Los progresos de estos misterios fueron paralelos a los de la democracia ateniense que había triunfado liberando al ciudadano de la opresión de los grupos familiares. Atenas consiguió con Eleusis un éxito excepcional. De un culto protegido por la ciudad y controlado por sus magistrados, y que se celebraba en un santuario de su propiedad, supo hacer un culto panheléníco. Le fue necesario para ello renunciar a algunas de sus pretensiones: fracasó cuando en el siglo V invitó a todos los griegos a consagrar a las diosas de Eleusis, que habían revelado a los hombres los secretos del cultivo del trigo, las primicias, es decir una parte, de sus cosechas. El éxito internacional no se afirmó hasta que la neutralidad política se hizo indiscutible, cuando se hizo general la convicción de que, aunque culto de la ciudad, el de Eleusie no era, un culto cívico.

Los cultos cívicos

La religión griega clásica está ligada de manera particularmente íntima a la ciudad. Esta relación contribuye a hacer de la polis el centro de la civilización griega, ya que el desarrollo religioso provoca el de otros aspectos, de esta civilización.

La ciudad tiene sus divinidades y sus cultos de todo orden, de todos orígenes, de importancia desigual a sus propios ojos, adoptados en época más o menos reciente y por razones muy variadas. Figuran en lugar principal las divinidades llamadas “poliadas”, es decir aquellas reputadas de proteger especialmente la polis, pues la ciudad se proclama suya, considerando su culto como su institución fundamental, la expresión y la garantía de su pacto social. Así, Atenas es la ciudad de Atenea, que con esta advocación es llamad a Atenea Polias. No sabemos en qué medida conserva esta Atenea sustancialmente su carácter, pues recibe culto asimismo como Atenea Egarn (“obrera”), Prómachs (“que combate en primera fila”), Niké (“Victoria”), Hygieia (“salud”), etc. Por otra parte los cultos políadas se acompañan con el de otras divinidades.

La naturaleza de estas divinidades es de una extrema diversidad. Grandes dioses del Olimpo, especializados o no por un epíteto o advocación, se encuentran al lado de antiguos dioses familiares; héroes asociados a la historia de la ciudad junto a divinidades extranjeras a las que se ha querido despojar de su hostilidad. La lista no se da nunca por cerrada, pues existe el temor de desagradar con ello a alguna potencia sobrenatural, y con suma facilidad es ampliada. Así, no existe un culto, sino unos cultos de la ciudad. Algunos pueden estar relacionados entre sí, de manera más o menos íntima, por el mito o por las circunstancias de su adopción oficial. Pero nada los une a todos en un conjunto orgánico. La decisión de la ciudad los ha yuxtapuesto sin fundirlos; el único rasgo que les es común es la vecindad geográfica en un mismo territorio y los actos -mucho más que las almas- de los hombres.

Incluso estos actos varían muchísimo. Fiestas, sacrificios, ofrendas y plegarias, idénticos en esencia, difieren en sus detalles y se organizan en innumerables combinaciones. Además, las prescripciones relativas a cada culto no están fijadas ne uarietur. Nunca son derogadas formalmente, pero se dejan caer en desuso hasta un renacimiento siempre posible. Al propio tiempo otras se extienden, se diversifican y se enriquecen: para ello es suficiente una decisión dictada por el capricho de la moda o de la popularidad y a veces por la política.

Intolerancia y liberalismo

Esta fluidez en la lista de los cultos cívicos y en su ritual muestra a las claras que las divinidades políadas no muestran un exclusivismo celoso ni son demasiado estrictas en sus exigencias. El politeísmo facilita la tolerancia. No existe un clero constituido en casta que pudiera estar inclinado a velar por los privilegios de sus dioses. Los cargos sacerdotales forman parte de las funciones públicas ejercidas durante un tiempo limitado por ciudadanos a los que no se exige ningún conocimiento especial y que son designados por un procedimiento de elección o sorteo parecido al que sirve para designar a los magistrados. Incluso, con frecuencia, éstos añaden a sus atribuciones administrativas o políticas ciertas funciones religiosas que cumplen siguiendo las indicaciones de empleados versados en el conocimiento de los ritos y de las fórmulas. Tampoco existe un dogma propiamente dicho, pues los mitos que ocupan su lugar presentan innumerables variantes.

La legislación protege la religión cívica; al menos éste es el caso de Atenas, donde está previsto el crimen de “impiedad”, castigado con las más graves penas, Aunque sirva raramente, el arma existe y es terrible. No se duda en usada cuando el Estado parece en peligro o cuando, más o menos sinceramente, se estima que ciertas prácticas afectan, de manera escandalosa, a las buenas costumbres: Demóstenes hizo condenar a muerte a una mujer y con ella a toda su familia, bajo la inculpación de magia y embrujamiento. No se puede,
pues, atribuir, ni a la democracia ateniense, un espíritu de ideal tolerancia.

Pero hay que señalar también que los cultos extranjeros no están excluidos por este hecho, ni siquiera son sospechosos.

Tanto liberalismo, o más bien permeabilidad, puede sorprender. La ciudad, que tan orgullosa estaba de su independencia política y de la pureza étnica de sus ciudadanos, abría, con sus propias manos, brechas profundas en su originalidad religiosa dejándose contaminar por las religiones de los bárbaros. Platón daba prueba de una mayor lógica al pedir que se proscribieran con severidad los cultos extranjeros. En realidad el Estado griego cedía a una corriente irresistible, como más tarde debería ceder el Estado romano. La mayor parte de los ciudadanos, por poco que se hubiesen desprendido de las supersticiones de la devoción popular, no encontraban en el culto de los dioses propiamente griegos ni el calor ni el entusiasmo que hubiesen satisfecho sus necesidades de emoción íntima. Por esta causa las buscaban en otras partes e imponían al Estado los cultos donde las encontraban.

La minoría selecta, la religión cívica y las fiestas

En apariencia, la religión cívica se limitaba a los ritos. En un diálogo de Platón, Sócrates hace decir a su interlocutor: “Saber hacer lo que es agradable a los dioses, rogando y sacrificando, es lo piadoso, lo que asegura la salvación de las familias y de las ciudades.” La masa de los ciudadanos no veía más lejos. Sólo la filosofía permitía introducir en esta religión mecánica un sentimiento más hondo. En una parte de la minoría selecta, sobre todo en el siglo V -Pericles, tal como lo conocemos, es su más preclaro representante-, la interpretación racional proporciona la solución: sublima la religión de la ciudad con una abstracción espiritual y moral que aunque se eleva a gran altura se mantiene fría. En el siglo IV, al contrario, con Platón, los mitos sirven de soporte a un misticismo que intenta crear una comunión entre las aspiraciones internas del alma y ciertos principios inmateriales. Pero estas dos tendencias sobrepasan las posibilidades del ciudadano medio.

Sea cual sea la interpretación que se les aporte, los dirigentes de la polis se esfuerzan en dar esplendor a los ritos de la religión cívica. Tucídides hace decir a Pericles: “Hemos recreado al espíritu con sacrificios y juegos periódicos.” De hecho se tenían en cuenta las diversiones y el descanso necesarios de la población: los griegos desconocían nuestro domingo, que corona la sucesión de los días de labor. En dichas ceremonias intervenían además otras razones. En primer lugar el deseo de asociar, y por tanto de unir, a todos los miembros de la ciudad en un homenaje colectivo a sus dioses protectores, es decir, en realidad, a la misma ciudad: fundida con un interés egoísta, la religión servía de base al patriotismo, A continuación el deseo de atraer a los aficionados a los espectáculos bellos y reafirmar, entre los extranjeros, el renombre de piedad ferviente de la ciudad, con el fin de afirmar su prestigio y con la secreta ambición de elevar la fiesta municipal al rango de fiesta panhelénica.

Todas las ciudades participaban en este afán de superar a las demás. Hasta Esparta, a la que sus adversarios afeaban la vida triste y monótona celebraba numerosas fiestas, con procesiones y cantos de coros alternaos, de los que sus admiradores alababan la pureza arcaica. Pero Atenas, favorecida por su riqueza y por el gusto refinado de sus dirigentes, favorecida también ante la posteridad por la extensión y el valor de la documentación literaria y artística que nos ha dejado, eclipsó en este terreno a todas sus rivales. Pero dejando aparte las fiestas de Eleusis de las que ya se ha señalado el éxito excepcional, hay que indicar que únicamente la existencia del Imperio griego ha podido dar en forma esporádica un carácter en parte panhelénico a las fiestas más célebres de Atenas. Las ofrendas llevadas a su diosa Atenea por las delegaciones de sus aliados no expresaban en realidad más que el reconocimiento de su fuerza material: ir a rendir homenaje a las divinidades de una ciudad extranjera era evidentemente incompatible con la pasión de independencia que animaba a cada ciudad, por débil que fuese.

Las Panateneas

La gran fiesta de Atenea llevaba el nombre de Panateneaa, que recordaba la fundación de la ciudad y la unificación política de todos los atenienses.

Su celebración era anual, pero revestía un carácter más importante cada cuatro años. Su creación remontaba al segundo cuarto del siglo VI, entre Solón y Pisístrato. Los tiranos primero y la democracia a continuación habían puesto orden y diversificado el programa, que duraba nueve días. Se efectuaban concursos de toda clase. Unos, artísticos: de declamación o de “música”, es decir, de canto con acompañamiento instrumental; otros, hípicos o gimnásticos, individuales o por equipos, de fuerza o de agilidad, con pruebas adaptadas a la edad de los concursantes, chiquillos, jóvenes y hombres: carreras a caballo, danza de las armas, lampadedromía o carrera de la antorcha. Los vencedores de las competiciones recibían, como premio, ánforas -las famosas ánforas “panateneas”, fabricadas y adornadas especialmente para los juegos- llenas del aceite que producían los olivares de la diosa.

El principal episodio de la fiesta no tenía lugar hasta el último día. Era una larga procesión, encabezada por los personajes oficiales y en la que figuraban hasta los metecos. Salía del noroeste de la ciudad y conducía a los templos de la Acrópolis las víctimas y las ofrendas. Entre éstas, la pieza más notable era el peplos, destinado a la vieja estatua de Atenea. Había sido tejido y bordado, durante cuatro años, por las hijas de las mejores familias, según unos modelos aprobados por las autoridades, que tenían siempre por tema la lucha de Atenea contra los gigantes. Esta procesión y sus ofrendas constituían el homenaje a la divinidad políada por excelencia, diosa de la ciudad entera y de todos los que en ella viven unidos, participando en un mismo pensamiento de agradecimiento y de esperanza.

Las fiestas de Dionisios y las representaciones teatrales

Si la procesión de las Panateneas, evocada en el friso del Partenón, nos hace sensibles de forma inmediata las relaciones entre la religión y el arte, las fiestas de Dionisios nos conducen al conocimiento del teatro y por él al de la vida literaria.

Durante el invierno y al principio del buen tiempo, cada año, se celebraban varias fiestas dionisíacas. Tenían lugar en el campo, de donde eran originarias, pero también en la ciudad. Fue para una de éstas, las Dionisias urbanas, cuando en el siglo VI se instituyeron las representaciones teatrales que rápidamente se hicieron populares; hasta pequeños barrios a extramuros de la ciudad tuvieron empeño en organizar representaciones de esta clase, lo que indica el gran éxito que tenía este aspecto de la fiesta. Las representaciones consistían en una procesión y, una vez ésta acabada, en la celebración de concursos musicales, trágicos o cómicos. Ciudadanos ricos, los llamados “coregas”, costeaban la enseñanza y vestido de los coros de música y baile puestos a la disposición de los autores cuyas obras habían sido seleccionadas por un magistrado. Estos coros defendían en las competiciones la causa de la tribu del corega y la fama de la victoria, después del fallo del jurado, era tanto para el corega como para el autor. Se comprende así el nacimiento y el esplendor, tan rápido, del teatro ateniense.

Mitología griega

Introducción

Mitología griega, creencias y observancias rituales de los antiguos griegos, cuya civilización se fue configurando hacia el año 2000 a.C. Consiste principalmente en un cuerpo de diversas historias y leyendas sobre una gran variedad de dioses. La mitología griega se desarrolló plenamente alrededor del año 700 a.C. Por esa fecha aparecieron tres colecciones clásicas de mitos: la Teogonía del poeta Hesíodo y la Iliada y la Odisea del poeta Homero.

La mitología griega tiene varios rasgos distintivos. Los dioses griegos se parecen exteriormente a los seres humanos y revelan también sentimientos humanos. A diferencia de otras religiones antiguas como el hinduismo o el judaísmo, la mitología griega no incluye revelaciones especiales o enseñanzas espirituales. Prácticas y creencias también varían ampliamente, sin una estructura formal -como una institución religiosa de gobierno- ni un código escrito, como un libro sagrado.

Principales dioses

Los griegos creían que los dioses habían elegido el monte Olimpo, en una región de Grecia llamada Tesalia, como su residencia. En el Olimpo, los dioses formaban una sociedad organizada en términos de autoridad y poderes, se movían con total libertad y formaban tres grupos que controlaban sendos poderes: el cielo o firmamento, el mar y la tierra. Los doce dioses principales, habitualmente llamados Olímpicos, eran Zeus, Hera, Hefesto, Atenea, Apolo, Ártemis, Ares, Afrodita, Hestia, Hermes, Deméter y Poseidón.

Zeus era el dios supremo, padre espiritual de los dioses y de los hombres. Su mujer, Hera, era la reina de los cielos y la guardiana del matrimonio. Otros dioses asociados con los cielos eran Hefesto, dios del fuego y de los herreros, Atenea, diosa de la sabiduría y de la guerra, y Apolo, dios de la luz, la poesía y la música. Ártemis, diosa de la fauna y de la luna, Ares, dios de la guerra y Afrodita, diosa del amor, eran otros dioses del firmamento. Quienes los reunían eran Hestia, diosa del hogar, y Hermes, mensajero de los dioses y soberano de la ciencia y la invención.

Poseidón era el soberano del mar y, junto con su mujer Anfitrite, guiaba a un grupo de dioses marinos menos importantes, tales como las nereidas y los tritones. Deméter, la diosa de la agricultura, estaba vinculada a la tierra. Hades, un dios importante pero generalmente no considerado un olímpico, regía el mundo subterráneo, donde vivía su mujer, Perséfone. El submundo era un lugar oscuro y lúgubre situado en el centro de la tierra. Lo poblaban las almas de las personas que habían muerto.

Dioniso, dios del vino y del placer, estaba entre los dioses más populares. Los griegos dedicaban muchos festivales a este dios telúrico, y en algunas regiones llegó a ser tan importante como Zeus. A menudo lo acompañaba una hueste de dioses fantásticos que incluía a sátiros, centauros y ninfas. Los sátiros eran criaturas con piernas de cabra y la parte superior del cuerpo era simiesca o humana. Los centauros tenían la cabeza y el torso de hombre y el resto del cuerpo de caballo. Las hermosas y encantadoras ninfas frecuentaban bosques y selvas.

Cultos y creencias

La mitología griega acentuaba el contraste entre la debilidad de los seres humanos y los grandes y aterradores poderes de la naturaleza. Por lo tanto, el pueblo griego reconocía que sus vidas dependían completamente de la voluntad de los dioses. En general, las relaciones entre los seres humanos y los dioses se consideraban amistosas. Pero los dioses aplicaban severos castigos a los mortales que revelaban una conducta inaceptable, tal como la soberbia complaciente, la ambición extrema y hasta la excesiva prosperidad.

La mitología griega estaba ligada a todos los aspectos de la vida humana. Cada ciudad estaba consagrada a un dios particular o grupo de dioses, a quienes los ciudadanos solían construir templos dedicados al culto. Regularmente honraban a los dioses en festivales, supervisados por los altos funcionarios. En los festivales y otras reuniones oficiales, los poetas recitaban o cantaban significativas leyendas e historias. Muchos griegos conocían a los dioses a través de la palabra de los poetas.

Los griegos también relacionaban su vida doméstica con la de los dioses y en ella les rendían el culto debido. Diferentes partes de la casa estaban dedicadas a determinados dioses, y los individuos les elevaban ruegos regularmente. Un altar de Zeus, por ejemplo, podía colocarse en el patio, mientras que a Hestia se la honraba ritualmente en el hogar.

Aunque en Grecia no había una organización religiosa oficial, por lo común se veneraban ciertos lugares sagrados. Delfos, por ejemplo, era un sitio sagrado dedicado a Apolo. El templo construido en Delfos incluía un oráculo, o adivino, a quien valerosos viajeros consultaban sobre su futuro. Un grupo de sacerdotes, que representaban a cada uno de estos lugares sagrados y que podían ser además funcionarios de la comunidad, interpretaban las palabras de los dioses, pero no poseían ningún poder especial. Aparte de sus plegarias, los griegos solían ofrecer sacrificios de animales domésticos a los dioses, por lo común cabras.

Orígenes

Probablemente la mitología griega se desarrolló a partir de las primitivas religiones de los habitantes de Creta, una isla en el mar Egeo donde surgió la primera civilización de la zona alrededor del año 3000 a.C. Creían que todos los objetos naturales tenían espíritus y que ciertos objetos, o fetiches, tenían poderes mágicos especiales. Con el tiempo, estas creencias se desarrollaron a través de una serie de leyendas que abarcaban objetos naturales, animales y dioses con forma humana. Algunas de ellas sobrevivieron como parte de la mitología clásica griega.

Los antiguos griegos ofrecían algunas explicaciones del desarrollo de su mitología. En la Historia sagrada, Euhemero, un mitógrafo que vivió hacia el año 300 a.C., registra la difundida creencia de que los mitos eran distorsiones de la historia y que los dioses eran héroes a los que se había glorificado con el tiempo. En el siglo V a.C., el filósofo Pródico de Ceos enseñaba que los dioses eran personificaciones de fenómenos naturales, tales como el sol, la luna, los vientos y el agua. Herodoto, un historiador griego que también vivió en el siglo V a.C., creía que muchos rituales griegos procedían de Egipto.

Cuando la civilización griega se desarrolló, especialmente durante el periodo helenístico, en torno al 323 a.C., la mitología ya había evolucionado. Nuevas filosofías y la influencia de las civilizaciones vecinas produjeron una gradual modificación en sus creencias. Sin embargo, las características esenciales de los dioses griegos y sus leyendas permanecieron inmutables.

Antiguos dioses

Nombre

Griego

Nombre Romano

Papel en la mitología

Afrodita

Venus

Diosa de la belleza y del deseo sexual (en la mitología romana, diosa de los campos y jardines)

Apolo

Febo

Dios de la profecía, la medicina y la arquería (mitología grecorromana posterior: dios del Sol)

Ares

Marte

Dios de la guerra

Artemisa

Diana

Diosa de la caza (mitología grecorromana posterior: diosa de la Luna)

Asclepio

Esculapio

Dios de la medicina

Atenea

Minerva

Diosa de las artes y oficios, y de la guerra; auxiliadora de los héroes (mitología grecorromana posterior: diosa de la razón)

Cronos

Saturno

Dios del cielo; soberano de los titanes (mitología romana: dios de la agricultura)

Démeter

Ceres

Diosa de los cereales

Dionisio

Baco

Dios del vino y de la vegetación

Eros

Cupido

Dios del amor

Gaya

Tierra

Madre Tierra

Hefesto

Vulcano

Dios del fuego; herrero de los dioses

Hera

Juno

Diosa del matrimonio y de la fertilidad; protectora de las mujeres casadas; reina de los dioses

Hermes

Mercurio

Mensajero de los dioses; protector de los viajeros, ladrones y mercaderes

Hestia

Vesta

Guardiana del hogar

Hipnos

Sueño

Dios del sueño

Hades

Plutón

Dios de los mundos subterráneos; señor de los muertos

Poseidón

Neptuno

Dios de los mares y de los terremotos

Rea

Ops

Esposa de Cronos/Saturno; diosa madre

Urano

Urano

Dios de los cielos; padre de los titanes

Zeus

Júpiter

Soberano de los dioses olímpicos

Genealogía de los dioses

Descendientes de Zeus

El Arte

Este período es el más hermoso del arte griego, cuyas producciones se cargan de su más amplia significación humana. La extensión general y duradera de sus enseñanzas obliga a ver en él, en este momento, al arte clásico por excelencia. La inteligencia, el sentido de la medida y de la armonía que lo dominan, son propios para satisfacer al hombre de otros tiempos y de otros países, por poco que coloque lo racional por encima de lo sensible. Con todo, este arte está ligado a la polis, a su religión, a las condiciones de su vida colectiva,
a su concepción del hombre; le está tan unido que pierde su grandeza generalizadora cuando la polis, habiendo sobrepasado su apogeo, empieza su decadencia. Uno de los más atrayentes y admirables aspectos del “milagro griego” es precisamente este paralelismo entre las tendencias estéticas de un grupo humano en un instante de su historia y las aspiraciones permanentes del hombre. Hay que buscar su secreto en el esfuerzo de interpretación y de organización lógica a que los artistas griegos someten lo real para tras ponerlo más allá de lo contingente, de lo confuso y de lo pintoresco, a un plano a la vez ideal y verdadero, en el que se pueda alcanzar una belleza que no sea pasajera.

La pintura

Los griegos pintaban sus cuadros, como los egipcios, en el revestimiento de las paredes; de lo cual se infiere que sólo conocían la pintura al fresco. Preparaban también la pintura con cera caliente o al encausto; ambos procedimientos pictóricos sirvieron principalmente para decorar los vasos y estatuitas que fabricaban en gran cantidad. Los asuntos mitológicos o familiares que pintaban en las vasijas y otros objetos de alfarería negros, rojos o blancos, nos suministraban preciosos datos acerca de la civilización griega. Por lo demás, la alfarería fue un arte griego por excelencia; la elegancia de forma y la belleza del dibujo dieron grandísimo renombre a esos vasos y estatuitas, e hicieron que esos objetos fueran uno de los principales ramos del comercio ateniense.

La competencia en el esfuerzo arquitectónico

Como ya sabemos, la arquitectura se preocupa poco entonces por la vivienda del hombre y en muy pequeña escala de las necesidades civiles de la ciudad. Los trabajos edilicios ejecutados por los tiranos, sus plazas públicas, sus fuentes y sus acueductos no tienen continuación en los regímenes que les suceden y que, en este aspecto, se limitan a construcciones inmediatamente utilitarias: murallas, arsenales, almacenes públicos, sin ninguna preocupación de carácter ornamental. La ciudad consagra sus recursos a servir y honrar a sus dioses, adornándose con los testimonios de su propia piedad.

Es más, reserva su esfuerzo principal a las mansiones de los dioses, los templos. Las construcciones útiles para la celebración de ceremonias o de fiestas religiosas, sin estar descuidadas por completo, no ocupan más que un segundo plano. El teatro, a pesar de su utilidad para la comodidad de los espectadores, no aparece como edificio permanente antes de principios del siglo IV. En este aspecto, a pesar del éxito de sus Dionisíacas, Atenas se dejó adelantar por muchas otras ciudades.

Es digno de señalarse que los grandes santuarios panhelénicos intentan superar esta actividad de las ciudades y lo consiguen en gran parte. Algunas polis construyen todavía en el interior de los recintos sagrados. La tradición de las edificaciones de los siglos V y VI es continuada por los “tesoros”.

Pero progresivamente esta moda se atenúa, limitándose a ofrendas más modestas, estatuas y exvotos variados. Empero los administradores de los grandes santuarios suplen esta carencia de las ciudades, emprendiendo ellos mismos las construcciones, gracias a las riquezas propias del dios que los donativos
de todas procedencias continúan acrecentando: así, en el hierón de Delfos, el templo de Apolo, destruido en 373, pudo ser reconstruido gracias a las generosidades internacionales, aunque no sin una cierta lentitud -unos cuarenta años-, justificada, no obstante, por los disturbios de la tercera guerra sagrada. Los mismos esfuerzos y los mismos resultados se observan allí donde, a diferencia de Delfos controlado por la anfictonía, la administración del santuario pertenece a una ciudad: el aflujo y las piadosas liberalidades de los peregrinos ofrecen los recursos necesarios.

Producen, sin embargo, mayor impresión las ciudades que, desprovistas de un excepcional prestigio religioso, dan entonces el espectáculo de una competencia monumental, que la limitación de sus recursos absorbidos por tantas otras preocupaciones hace verdaderamente emocionante. Claro que la vanidad no está del todo ausente, pero no es suficiente para explicarlo todo, en particular para las ciudades que, alejadas de las grandes corrientes de circulación humana, eran y se sabían oscuras y destinadas a continuar siéndolo. Hay que conceder un amplio margen a la devoción sincera y al gusto por las cosas bellas. El movimiento había salido, en el período precedente, de regiones casi excéntricas del mundo griego, de Asia Menor y .de Occidente, donde la prosperidad económica era mayor. El empobrecimiento ulterior, consecutivo a la amenaza o a la realidad de la presión bárbara, provoca su decaimiento. Inmediatamente después de las Guerras Médicas, la Grecia europea, en éste como en los otros terrenos, se pone en cabeza y, a partir de la mitad del siglo V; Atenas supera a todas sus rivales por la amplitud y el esplendor de su esfuerzo.

Tradición y perfección arquitectónicas

Por variada que sea su extensión geográfica la actividad arquitectónica, no derivó nunca hacia unas formas regionales esencialmente diferentes.

El templo, en efecto, conserva el aspecto general que le habían dado los siglos anteriores. Su forma no fue abandonada más que en casos muy especiales que, por otra parte, no podemos en la actualidad valorar.

Tampoco cambia el plano de conjunto, que repite siempre, esquemáticamente, una sala rectangular precedida, en sus dos extremidades, por unos pórticos coronados de frontones triangulares. Ni hay solución nueva para el problema del techo que, como en tiempos antiguos, impone la restricción de la anchura entre los muros o el recurso de unas columnas interiores. Estas similitudes esenciales no excluyen las particularidades individuales: presencia o ausencia de una columnata periférica, separación y altura de las columnas, dimensiones y disposición del espacio interno, etc. Algunos templos, por las proporciones de sus columnas, la disposición de su entablamento, la repartición de su decoración escultórica, observan estrictamente los principios de un orden, el dórico o el jónico. Otros, los combinan con éxito creciente, aumentado por la aparición, hacia fines del siglo V, de una nueva columna, la columna “corintia” de exuberante capitel. Pero éstos no son más que simples matices, ninguno de los cuales puede ser considerado como revolucionario.

El verdadero esfuerzo de los arquitectos va hacia la búsqueda de una armonía general y de la perfección en los detalles más sutiles. En este aspecto, si bien hubo otras obras más elegantes en su delicada belleza que el Partenón de Atenas, ninguna como ella es más racionalmente majestuosa en el equilibrio de las proporciones, más suntuosa en la elección de los admirables mármoles extraídos del Pentélico, más magistral en su talla y en su ajuste, más calculada en la corrección de los errores que podrían provocar la perspectiva o la impresionante luminosidad. Todo, hasta las dimensiones del menor bloque, fue concebido con una potencia lógica cuya amplitud y refinamiento desafían la imaginación. Todo está realizado con un minucioso y aturdidor virtuosismo. La más fina hoja de cuchillo no llega a insertarse entre las ranuras de los tambores que, unidos sólo por grapas de metal, constituyen la columna. Las hiladas del basamento de la columnata externa se inflexionan por una y otra parte de los dos ejes, exactamente de 0,059 m. y de 0,067 m. en las fachadas que miden 30,86 m., y de 0,107 y de 0,109 en los lados largos, que miden 69,51 m.: esta ínfima convexidad está hecha menos para facilitar la evacuación de las aguas que para evitar la impresión de curvatura dada en su parte media por una larga línea horizontal; o sea, para que la veamos perfecta en el arquitrabe encima de las columnas. Se podrían citar muchas otras cifras que, como éstas, demuestran la impecable precisión técnica conseguida por los ejecutantes y la maestría excelsa de los que calcularon la obra a realizar tanto en su conjunto como en todos sus detalles.

Diversidad de la escultura

En la escultura hay mucha más variedad. La religión continúa siendo la gran inspiradora de los artistas. Casi siempre, directamente o no, tanto para las estatuas como para los relieves, ella proporciona los temas, y sus monumentos o santuarios, los emplazamientos a los que las obras están destinados. No obstante, la inspiración puede ser a veces laica. Se representan personajes políticos y jefes militares, incluso en vida. El relieve esculpido en la estela funeraria reemplaza al muerto en su vida cotidiana. El antropomorfismo obliga a recoger, para las escenas sagradas, los modelos de lo divino en lo profano y la interpretación religiosa de estos modelos en ocasiones no es otra cosa que un pretexto.

Además, estos temas religiosos por sí mismos presentan una diversidad infinitamente mayor que la de los edificios levantados por los arquitectos. El mito proporciona los episodios tratados con predilección: los trabajos de Hércules, la lucha de los Lápiras y de los Centauros, los combates de las Amazonas, etc., y cien más escogidos entre las numerosas fábulas y divinidades. A ellas hay que añadir además las escenas de la vida religiosa, los sacrificios y sus preparativos, las procesiones y los concursos con toda la variación de sus pruebas y de sus actitudes. Por otra parte, el templo dórico exigía que el escultor decorase sus metopas, el templo jónico su friso y uno y otro los dos frontones. Por poco que la divinidad a que estaba consagrada encontrase alguna audiencia en los individuos o en las colectividades, toda construcción o recinto sagrado podía acoger y acogía exvotos, estatuas y grupos en cuya realización el bronce rivalizaba con el mármol. Se ofrecían de este modo al escultor todo un repertorio de posibilidades materiales que por su amplitud podían envidiar los arquitectos limitados a la construcción de algunos tipos de edificios tradicionales.

De esta facilidad, de la que los artistas hicieron amplio uso, saca provecho a su vez el historiador actual. Su resultado fue obtener una variedad que le permite encontrar con mayor nitidez que en el estudio de las creencias arquitectónicas, las grandes líneas de una evolución concorde con la transformación general de los gustos, de los sentimientos, de las costumbres y de las ideas. Y al menos en ciertos casos privilegiados, gracias a la conservación, extremadamente rara, de las obras originales, o gracias a la identificación probable, sino segura, de copias que no sean demasiado indignas, o también por precisiones de antiguos autores, nos está permitido entrever y a veces captar las tendencias propias y el genio individual de un artista y su aportación personal a la evolución del arte.

El apogeo del clasicismo

Esa transformación consistió, en primer lugar, en el ascenso hacia el apogeo del clasicismo, conseguido en el tercer cuarto del siglo V. En efecto, hacia 450, aún quedaban huellas de arcaísmo: por doquier, la sonrisa convencional que aunque atenuándose no ha desaparecido todavía; sobre todo la rigidez en las actitudes del cuerpo como en los pliegues de los ropajes y la torpeza en organizar los conjuntos. Pero la conquista total del estilo se consigue rápidamente con Mirón, Policleto y Fidias.

El primero consigue hacer sensible, en la inmovilidad de la materia, el movimiento que se acaba y el que va a empezar.

Policleto estudia pacientemente el cuerpo masculino; escribe un libro en el que fija el “canon” del mismo, sus proporciones ideales; aplica sus principios a las estatuas de jóvenes atletas, el Doríforo en marcha con su lanza a la espalda, el Diadoumeno que rodea su cabeza con la cinta del vencedor. El rigor de la arquitectura muscular está atemperado por un ritmo viviente, en el que la técnica más exacta no ha destruido la espontaneidad, y por las repercusiones sutiles del gesto más simple sobre el organismo entero.

El deslumbrante renombre de Fidias no debe hacer olvidar que no conocemos en realidad ninguna obra salida directamente de sus manos. Pero su genio se mide con facilidad por los restas de las esculturas del Partenón, concebidas por él y ejecutadas bajo su dirección. Supo dar a los dioses y diosas una majestad sin igual, a los ropajes una ligereza digna del cuerpo a la vez gracioso y noble que recubrían, r a las caras una gravedad en la que se expresaba él ideal religioso de las minorías selectas. En la Antigüedad se decía que quien había contemplado la monumental estatua de Zeus, colosal ensambladura de placas de oro y de marfil, montada por él sobre un trono de ébano, en el templo de Olimpia, ya nunca podía ser completamente desgraciado. Esta apreciación rendía homenaje a la magnificencia y a la calidad inolvidable de la obra maestra. Pero traducía también la confianza inspirada en las ínfimas criaturas por la serenidad profunda, por la nobleza a la vez todopoderosa y paternal que Fidias había sabido marcar en los rasgos del Olímpico, soberano y dueño de los dioses y de los hombres. Los mármoles del Partenón que representan en los frontones episodios de la leyenda de Atenea, diosa de la ciudad, su milagroso nacimiento, surgiendo completamente armada de la frente de Zeus, el brote del olivo cuando se disputa con Poseidón la posesión del Ática, y que desarrollan, en un friso de 1 metro de altura y 160 de longitud, la procesión de las Panateneas, con más de 400 .personajes y de 200 animales, constituyen sin discusión la más alta expresión plástica de la religión cívica con la que los dirigentes intentaban unificar toda la polis en el culto dado a su divinidad protectora.

Éstos son los tres grandes maestros. Alrededor suyo se pueden poner innumerables nombres; pero también innumerables anónimos, empezando por los miembros del taller del Partenón, que realizaron el trabajo proyectado y dirigido por Fidias; innumerables obras cuya simple enumeración podría llenar páginas y más páginas. Lo admirable, que da a la escultura de entonces su carácter clásico, es, juntamente con su perfección técnica, con su maestría de ejecución, su sentido general hecho de moderación y de lógica. En ella nada es violento ni se impone agresivamente a los ojos del espectador: la posición más reposada le permite dar la sensación del movimiento; un gesto apenas insinuado, una leve expresión de la cara, le son suficientes para sugerir los sentimientos más íntimos. En esa escultura nada es fortuito: por su construcción armoniosa, por su equilibrio, revela que el artista ha conseguido la paradoja de trabajar lúcidamente sin renunciar nunca al estremecimiento de la vida. Nada hay en ella de anecdótico ni de pasajero: representa tipos físicos y morales cuyo alcance ideal no depende del momento ni del medio. Y bien se ve que en todo esto concuerda con las aspiraciones conscientes de los doctrinarios de la polis, así como con las tendencias oscuras a las que el hombre griego había obedecido dando a la ciudad la forma que presenta en el siglo V. Ésta, también, tenía que ser un organismo moderado, lógicamente proporcionado y ordenado, construido según una ley interna, sometido a la razón y ambicionando elevar a sus ciudadanos hacia una humanidad superior. No fue por un simple azar que Fidias fue a la vez contemporáneo, amigo y algo así como ministro de Bellas Artes de Pericles.

La vida intelectual

El epíteto “clásico” es rico en sentidos y difícilmente se puede agotar. Es bien cierto que ninguna gran civilización merece ser así calificada si, al esplendor de las producciones artísticas, no suma el de las obras del espíritu y si, por otra parte, no se reconoce en ella una cierta armonía doctrinal entre las tendencias a las que obedecen, en estos dos terrenos, los creadores. Tal es el caso del mundo griego en los siglos v y IV. En él la vida intelectual no es menos brillante que la vida artística: tanto en una como en otra, el legado de los griegos a las generaciones posteriores ha sido de una importancia capital y muchos de los caminos ahora trillados fueron marcados por ellos. En cuanto a la similitud de los ideales no puede sorprender si se piensa en la inteligencia que los artistas pusieron en su arte: en el apogeo del clasicismo el filósofo Anaxágoras, el poeta Sófocles y el historiador Heródoto conocieron a Fidias en el círculo de amigos de Pericles y, más tarde, Sócrates interrogaba a los artistas acerca de su concepto de la belleza. Las preocupaciones que llenaban sus mentes eran muy semejantes. Su evolución sigue la misma curva: al principio se pretendió conocer lógicamente, es decir, organizar según la razón del hombre y la naturaleza, y el valor general de este ideal dio su eficacia prolongada al esfuerzo griego. Más tarde, por el ahondamiento mismo de este conocimiento, se llegó a la convicción de que la razón no lo explica ni lo rige todo y que también otras fuerzas actúan, tan reales y tan dignas de atención.

La ciencia

Desde los orígenes, la filosofía había sido comprendida por los griegos como la ciencia de las ciencias, destinada a sintetizar los resultados en una explicación de conjunto. Sócrates, que sentía poca inclinación hacia ellas, constituye una excepción. Sin embargo, en este tiempo, el movimiento filosófico fue mucho más lejos que el movimiento científico. Éste sufrió las consecuencias de su unión con especulaciones más o menos dogmáticas cuando no teológicas: no deja de ser paradójico que la metafísica se constituyese antes que la física, incluso dando a esta palabra el sentido muy amplio de estudio de la naturaleza que podía tener en la época, y fuera necesario esperar a Aristóteles para que se concediera al examen preciso de los hechos sensibles toda la importancia que presentan para la ciencia. Ésta se encontraba también frenada por la falta de un amplio interés para sus aplicaciones prácticas, estado de espíritu que se explica, al menos en gran parte, por el prejuicio desfavorable contra ciertas actividades remuneradoras muy extendido entre la buena sociedad. El utillaje técnico faltó a la ciencia porque faltaba a la industria, a la vez auxiliar y estimulante de aquélla. Careciendo de un método experimental que no llegaba a concebir quizá porque no poseía los medios materiales de llevarlo a la práctica, se tuvo que refugiar en la abstracción o limitarse a la observación y las tendencias dominantes de la filosofía le hicieron preferir el primero de los dos caminos que se le ofrecían.

Es natural, pues, que los progresos más notables se realizaran en el orden de las matemáticas y de sus anejos. La escuela pitagórica, siempre con energías, sobre todo en Italia meridional, a pesar de las dificultades que le valía la hostilidad de una buena parte de la opinión, continuaba fiel a las investigaciones aritméticas y geométricas integradas por su fundador en la doctrina de la secta. Los dos grandes nombres fueron, ambos en el siglo IV, los de Arquitas, un pitagórico puro que gobernó Tarento, su patria, y de su discípulo Eudoxo de Cnido, cuyos trabajos produjeron un adelanto real de los conocimientos matemáticos. Por su parte, Platón, que puso a uno de sus diálogos el nombre del geómetra ateniense Teeteto y que estuvo en relaciones con los pitagóricos tanto en Occidente como en Grecia, por donde se habían esparcido, puso un interés ardiente en estos estudios que colocó en un puesto de honor en su Academia. Además, la Astronomía apasionaba a todos estos matemáticos, que se ingeniaban en forjar hipótesis sobre el sistema de los cuerpos celestes.

Entre las demás, la única disciplina que merece atención es la medicino. A través de ella se .perciben por lo pronto los venturosos efectos del racionalismo clásico al que debe precisamente su nacimiento en tanto que ciencia. La medicina se venia practicando desde siempre, pero bajo la doble forma de recetas empíricas, en general tomadas de Egipto que poseía gran cantidad de ellas, y de prescripciones religiosas cuando no mágicas. Numerosos dioses o héroes con poderes curativos tenían sus santuarios, más o menos famosos, un poco repartidos por todas partes: los de Esculapio, en particular el santuario situado en Epidauro (Argólida), eran los más célebres. En ellos se ejercía la medicina por medio de oráculos: los enfermos se hacían interpretar por los sacerdotes los sueños con que el dios les había favorecido durante una noche pasada bajo el pórtico del templo. Estos sacerdotes no eran unos ignorantes y su experiencia les permitía poner muchas veces a los enfermos en vías de curación. Los métodos también se aprovecharon de estas observaciones prácticas. Se constituyeron escuelas y, a partir de fines del siglo VI, los reyes persas no dejaron de mantener en su corte algunos médicos griegos. Sobre esta base se produjo el esfuerzo lógico del siglo V que en este terreno dio resultados especialmente notables.

Uno de los miembros de la escuela de Crotona, en la Magna Grecia, quizá osó practicar la disección y, en todo caso, reconoció en el cerebro el centro de las sensaciones y del pensamiento. Pero lo más importante es que en la escuela de Cos, una isla del Egeo cercana al Asia Menor, apareció Hípócrates. Pertenecía a la familia de los Asclepíades que, jactándose de ser descendientes del dios, servían su santuario local. Sin embargo, este origen sacerdotal no le impidió crear la verdadera ciencia médica, aplicando a la medicina unos principios exclusivamente racionales. Separó de ella las especulaciones filosóficas y las supersticiones piadosas, proclamó que ninguna enfermedad proviene de causa sobrenatural, incluida la epilepsia, de la que criticó como una impostura debida a charlatanes o a ignorantes del nombre corriente de “mal sagrado” con que era conocida, emprendió, y recomendó que se prosiguiese, el estudio del hombre e incluso del medio natural, del que, por una serie de observaciones hechas en el curso de sus viajes, había reconocido la importancia. Consíderarle como padre de la medicina es hacerle una justicia estricta.

No obstante, la firmeza y agudeza que habían animado a este vigoroso espíritu ya no se encuentran en sus sucesores. Además, el racionalismo cesó de ser la tendencia dominante, y la medicina del siglo IV aparece estancada si no en pleno retroceso. Los Asclepíades de Cos se mantuvieron devotamente dentro de la tradición de las enseñanzas magistrales recibidas que eran observadas por ellos como un dogma. Únicamente el empirismo progresó en los santuarios a los que los enfermos acudían cada vez más numerosos en demanda del sueño curativo. Para que la investigación de tipo científico pudiese reanudarse, era necesario un nuevo impulso. Como para todas las ciencias de la naturaleza, éste fue dado, en el período siguiente, por el método aristotélico.

Que el corazón desposeyese al cerebro y el sentimiento a la razón, podría tener un valor de símbolo y definir con éste, dejando de lado muchos matices, el contraste que opone siglo IV al siglo, entregado a la lógica, que le había precedido. Quizá ésta no era una actitud errónea en todos los campos, pero sí lo era, y flagrante, en materia científica.

La poesía: la lírica

La poesía no escapa a la regla común. Se puede seguir en ella, en las sucesivas generaciones, una evolución, menos de la forma que del espíritu, rápida y concordante en sus líneas generales y en más de uno de sus puntos culminantes, con la que anima a otros aspectos de la vida artística e intelectual.

Ya brillante en el curso del período precedente, la poesía lírica culmina en la primera mitad del siglo V con Pindaro. Este tebano conservador, cantor al servicio de reyes, de tiranos y de grandes familias nobles, expresa el ideal de la sociedad aristocrática, penetrado de tradiciones religiosas, encarnado en un tipo de hombre y en un género de vida. En las odas que constituyen lo esencial de su obra, al menos de su obra conocida, celebra a varios vencedores de los concursos hípicos o atléticos; con gran acopio de leyendas, mezcla a sus elogios, los de su familia y de su patria; formula en sentencias inspiradas los principios, a sus ojos verdades eternas que se limita a glosar, de la religión y de la moral de otros tiempos. La magnificencia atrevida de sus imágenes no le impide ser, a principios de un siglo que va a llenarse de novedades de toda clase, un representante del pasado.

Por otra parte es el último gran representante del lirismo griego. Su decadencia, casi podría decirse su desaparición, presenta algo de enigmático. Habría podido sobrevivir, pues con facilidad hubiese encontrado fuentes de inspiración, por ejemplo en la afectividad del individuo poco a poco liberado de los lazos que lo unían al pasado. Sin embargo, no se arriesgó por este camino hasta pasados los tiempos clásicos, quizá porque no encontró hasta entonces, sobre todo en las cortes helenísticas, un nuevo público de aficionados refinados, adecuado para reemplazar el que le había hecho perder la democratización creciente de la ciudad.

El teatro

Por otra parte es imposible no atribuir a esta democratización el éxito, siempre creciente, de la poesía dramática: como que ésta comporta siempre unas partes líricas confiadas al coro, aparece como la heredera y sustituta de la poesía lírica pura que se adaptaba mejor a los gustos de estrechos cenáculos de la alta sociedad. Tampoco puede sorprender que la poesía dramática haya producido sus obras maestras en Atenas, la ciudad ejemplar en su democracia y con la que ninguna otra podía competir en el esplendor de las fiestas religiosas.

Entre estas fiestas, las de Dionisios, que comportaban las representaciones teatrales, se rodeaban de un esplendor especial, que sólo se puede explicar pensando que están enlazadas con la propia concepción de la ciudad democrática. Nada, en efecto, convenía mejor que el teatro, frecuentado por multitudes, incluidos los pobres, pues el Estado reembolsaba a éstos el precio, poco elevado, del derecho de entrada, para reunir a todo un pueblo, agitarlo con los mismos estremecimientos de terror trágico o con las mismas carcajadas, poner ante él, bajo una forma viva y por tanto atrayente, los problemas sobre los cuales podía reflexionar así fuera de la asamblea. En resumen, según el sueño de los hombres de estado democráticos de esta época, “embellecer la vida” elevando los espíritus. Con ello se comprende la amplitud de los sacrificios financieros impuestos por estas fiestas al tesoro público, así como a los ricos ciudadanos encargados de reclutar, vestir y hacer ensayar a los coros. Lo que explica asimismo el éxito y el número creciente de estas representaciones y también la gloria del teatro ateniense que durante mucho tiempo no tuvo rival y que cumplió un papel análogo al de los monumentos de la Acrópolis del siglo v o al de las escuelas de filosofía y retórica del IV, a causa del centro de irradiación de ideas que era la ciudad de Atenas.

El teatro, producción literaria, depende también de una técnica material. Ésta se fue complicando progresivamente. En el siglo V el teatro era todavía un simple andamiaje de madera levantado para algunos días; en el siglo IV empezó a convertirse en todas partes en un edificio permanente de piedra, e incluso de mármol en algunas de sus partes, pudiendo acoger a millares de espectadores (17.000 en Atenas). Con este fin se acondiciona la pendiente de una colina y las representaciones tienen lugar al aire libre, sin demasiadas comodidades, siendo necesaria una verdadera afición para aguantar, sin ninguna clase de abrigo, sentados en incómodas graderías, diez horas diarias durante tres jornadas consecutivas. En la escena se abre camino el empleo decoraciones pintadas, lo que, sumado a una maquinaria ingeniosa aunque rudimentaria, crea la ficción ambiental necesaria. El coro que, recitando estrofas rimadas, evoluciona en la orquesta circular al pie de las graderías, constituye siempre el elemento más numeroso -12 y después 15 para la tragedia y 24 para la comedia- de la compañía. Pero su importancia disminuye, pues el número de actores pasa rápidamente, desde antes de la mitad del siglo v, de uno a tres: con anterioridad simple “respondedor” del coro, el actor se convierte en un personaje frente a los otros; la acción se anima y se hace más directa a causa del choque de las opiniones y la sucesión rápida de las preguntas y las respuestas.

De todas maneras, estos cambios no impiden la persistencia de convenciones ligadas tanto a los orígenes del teatro como a sus condiciones materiales. No sabemos exactamente por qué en el concurso trágico cada autor tenía que presentar tres tragedias, de las que en seguida se dejó de exigir que formaran un todo. Debido a la parte que tenía Dionisios en las representaciones organizadas en ocasión de sus fiestas, el autor tenía que añadir a su trilogía un “drama satírico”, consagrado a un episodio de la leyenda del dios. Otro ejemplo: las máscaras llevadas por los actores. En los pueblos más diferentes y en nuestra época aun entre los pueblos primitivos, la máscara es de empleo corriente en las fiestas religiosas y a veces se la sustituye por la aplicación de diversos maquillajes en la cara. Con ello se despersonaliza al actor, se le arranca de la realidad cotidiana y se le eleva al rango de tipo general. Asimismo facilita la ficción que le permite tener dos papeles distintos en la misma obra, o un papel que no es de hombre, el de un dios, de un héroe o de una mujer, pues las costumbres no autorizan la exhibición pública de una mujer. Por último, la máscara aumenta la voz y la hace más inteligible para un público más amplio. No faltan, pues, razones para justificar este uso, uno entre los muchos que nos causan asombro en nuestros días.

El teatro griego toma todo su sentido bañado en su atmósfera religiosa, moral y hasta política y situado en su cuadro material. Se eleva entonces, sobre todo la tragedia, a un valor universal y eterno.

Origen y nacimiento de la retórica

Tanto como el teatro, la elocuencia fue estimada por los griegos de la época clásica y ha proporcionado admirables obras maestras.

Este gusto por el discurso tenía entre ellos títulos de nobleza: corresponde, sin duda, al genio profundo de la raza. El héroe homérico tiene por ideal el mostrarse tan experto en el bien hablar como en el manejo de las armas. Monárquicos o aristocráticos, todos los regímenes antiguos han hecho deliberar a consejos y asambleas. No obstante, estaba reservado a los regímenes democráticos, que hacían más amplia la participación en estos organismos, el hacer estas deliberaciones más decisivas todavía. En ellos se reservaba la soberanía efectiva a la asamblea de todos los ciudadanos. Hacían decidir todos los procesos importantes, públicos o privados, por jurados populares de efectivos siempre elevados al menos a varios centenares de ciudadanos. Así, en las ciudades que en el siglo v habían tomado a Atenas por modelo, toda la vida política y una buena parte de los intereses individuales dependen de los votos consecutivos a justas oratorias. Con razón -y sin intención peyorativa, pues tiene la vista puesta, en primer lugar, en su patria- Demóstenes habla de Estados en los que “la constitución tiene por base los discursos”. La importancia de la palabra era tal que no pueden sorprender sus constantes progresos que elevan la elocuencia al rango de un verdadero género literario: el perfeccionamiento artístico va aparejado con el técnico, que acaba por convertida en retórica.

Durante largo tiempo no podemos juzgar, pues nos faltan datos. Adivinamos que un Temístocles, para llegar a imponerse, poseyó un talento oratorio poco común; pero no publicó nada, ni nadie tomó nota de sus palabras. En cuanto a Pericles no es posible fiarse de los discursos que Tucídides le atribuye y que son, en realidad, obra del historiador. Los oradores se conformaban entonces con la acción inmediata.

Fue precisamente el deseo de acrecentar la eficacia de esta acción lo que, hacia la mitad del siglo v, en Sir acusa, donde el régimen democrático acababa de sustituir a la tiranía, condujo a algunos a ensayar de descubrir y de transmitir el secreto del triunfo. Al principio, los sofistas, muchos llegados de Occidente empezando por el célebre siciliano Gorgias, fueron profesores de elocuencia y la revolución intelectual de que se hicieron paladines derivó directamente a la enseñanza de la oratoria que ellos se encargaron de llevar de ciudad en ciudad. Su enseñanza no se limitaba a preconizar ciertos perfeccionamientos de estilo o a dar a conocer ciertas fórmulas de composición, sino que pretendía mostrar y mostraba cómo rechazar los argumentos del adversario, cómo presentar una causa bajo el signo más favorable, habituándolos a descubrir el pro y el contra de los razonamientos y de las ideas. El sentido critico, que todo lo ponía en duda, nació así de las necesidades prácticas de la controversia ante las asambleas y los tribunales populares.

Los atenienses acudieron en gran número a las lecciones de los sofistas y no tardaron en convertirse, desde fines del siglo v, en maestros del nuevo arte. Los primeros discursos publicados por sus autores, deseosos de prolongar su acción y sobre todo de hacerse una reputación, se fechan en esta época: en el siglo IV, Atenas fue tanto la capital de las escuelas de filosofía como de las de retórica.

Profesores y logógrafos en Atenas

Por primera vez -y el hecho tiene su importancia en la historia de la sociedad y de las costumbres-, estamos en presencia de una actividad intelectual y de una profesión liberal, capaces de proporcionar amplias ganancias a los que las ejercen. La costumbre de retribuir las lecciones del profesor, introducida por los sofistas y estigmatizada por los adversarios de sus doctrinas morales y filosóficas, se hizo fácilmente corriente para la enseñanza de la retórica que proporcionaba a sus alumnos un bagaje útil para hacer triunfar sus procesos privados. Y todavía más. Si bien los principios judiciales prohibían el empleo de abogados, autorizaban el hacerse ayudar por un “synegoro”, cuyo discurso era a veces más largo que el de la parte interesada y sobre todo autorizaban al pleiteante a hacerse redactar con anterioridad, por un “logógrafo”, que se hacía pagar su trabajo como es natural, el discurso declamado a continuación ante el tribunal. De esta forma los oradores profesionales se enriquecían con facilidad una vez habían adquirido algún renombre. Mucho más que por el oro persa o las malversaciones de que se le acusó, fue por estos medios muy lícitos como Demóstenes reconstituyó la fortuna dilapidada por sus tutores. Pero en la Atenas del siglo IV no fue el único orador que conoció el triunfo material.

Maestros y discípulos concurren desde el extranjero a la ciudad donde la elocuencia ocupa un lugar tan importante. Entre los oradores “áticos” que los alejandrinos conservaron en su “canon”, es decir, en su colección de modelos, no faltan los metecos: Lisias, Íseo y Dinarco proceden de Siracusa, de Calcis
y de Corinto. Los dos primeros, sobre todo, por la simplicidad y por la sencillez elegante de su estilo, por la agudeza a la vez sabia y natural de su argumentación, son modelos de lo que se llama el “aticismo”, en el que una fina observación moral, una gracia espiritual y una flexibilidad desenvuelta consiguen un arte despojado, que siempre seduce y con frecuencia convence. Así, sus obras no sólo son, con los “alegatos civiles” que, auténticos o no, figuran en la antología de los discursos de Demóstenes, testimonios de un interés capital sobre el derecho civil o comercial y sobre las costumbres de la sociedad ateniense. Son también la expresión viviente de un ideal literario que responde, a pesar de la extensión de su clientela, a un gusto muy refinado y seguro.

El fin del clasicismo griego

Lo trágico de su destino contribuye a realzar la grandeza de Demóstenses. Habiendo dirigido la lucha de su patria contra Macedonia, se envenenó para no caer con vida en manos de las tropas de su enemigo. Su muerte se identifica con la ruina de la polis, es decir, de la civilización en que la polis había sido soporte y marco, la animadora y la beneficiaria. Esta civilización había realizado grandes cosas y habla elevado intelectualmente al hombre. Ningún descalabro militar la podía desalojar de los puntos cimeros que había conseguido. ¿Habría podido continuar conservando su fuerza creadora? ¿Habría una Atenas victoriosa continuado enriqueciendo el patrimonio cultural de la humanidad? Atrevido sería el que pretendiera negarlo o afirmado. Hay que limitarse a constatar que el siglo IV es menos fecundo que el v y que Atenas está lejos de desarrollar entonces, en la vida normal del mundo griego, el papel dirigente que había ostentado en tiempos precedentes. Filosofía y elocuencia son los únicos terrenos en los que el genio helénico manifiesta su vitalidad en Atenas por obras de primera clase. Es mucho seguramente y sería vano preguntarse si esto equilibra el Partenón y Fidias, los grandes trágicos y Tucídides. La batalla de Queronea, que libra Atenas y toda Grecia a Macedonia, y. el fracaso de la sublevación que sigue a la muerte de Alejandro, cierran indiscutiblemente un período de la historia de la civilización; entre estos dos acontecimientos, la conquista de Oriente abre uno nuevo.

LA EDUCACIÓN GRIEGA

Periodos de la educación griega

La educación tuvo en Grecia distintos momentos, determinados por las circunstancias históricas. En su evolución podemos distinguir cuatro períodos: 1) el período arcaico, heroico o legendario, que corresponde a los siglos X al VI a. C. y cuyo contenido conocemos a través de los poemas de Homero; 2) los comienzos de la “paideia”, o sea el inicio de los grandes ideales educativos caracterizados en dos pueblos griegos: Esparta y Atenas; 3) el período de las grandes innovaciones pedagógicas, provocadas en el siglo V por los sofistas y Sócrates; y 4) el período helenístico o de expansión de la educación y de los ideales formativos griegos por todo el mundo helenístico.

Período arcaico

La educación heroica

Con los poemas de Homero se abre la historia de la educación en Grecia. En la Ilíada y la Odisea, donde se celebran las hazañas de los héroes de las ciudades griegas que lucharon en el asedio de la ciudad de Troya, encontraremos los mejores testimonios de lo que era la educación arcaica.

El ideal concreto de la educación arcaica es el héroe. El héroe es el hombre que sabe dominar a los demás y dominarse a sí mismo, que es poseedor de una capacidad espiritual y corporal dispuesta siempre a emplearla en lo bueno y para lo bello. La formación del héroe es siempre una lucha para conquistar virtudes, para alcanzar el premio, para dominar la naturaleza, para mantenerse en una situación de preeminencia con respecto a la masa del pueblo.

Mas los poemas de Homero tienen otro valor. En sus ejemplos se inspira toda la cultura griega. De Homero salen las artes, la historia y la gramática. Esta circunstancia, conocida por Platón, le permitió afirmar que Homero es el educador de toda la Grecia.

La Ilíada nos habla de un mundo dominado por una aristocracia de guerreros. En la cumbre encontraremos al rey, rodeado de una verdadera corte integrada, parte por hombres de consejo y experiencia, parte por jóvenes y fieles guerreros que forman la clase noble. Todos viven en la corte y comen en la mesa real, mientras la cortesía acompaña al caballero en todas partes, hasta en la guerra. Por su semejanza con la organización prefeudal de la corte de Carlomagno, se puede hablar de una caballería homérica.

El “prudente centauro Quirón” es la figura típica del educador, maestro de Aquiles y de otros veinte héroes. Le había enseñado a Aquiles los deportes, los ejercicios caballerescos, la caza, la quitación, la cirugía, la farmacopea y las artes cortesanas, como el tañer la lira. El héroe debe saber de todo, pero su verdadero guía, el anciano Fénix, le infunde en su conciencia un alto ideal de conducta humana. En la hora decisiva recuerda el fin para el cual lo ha educado: “Me han ordenado que te instruya como a mi hijo. Debes decir cuanto debe ser dicho y hacer cuanto necesita ser hecho”.”Para ambas cosas te he educado, para pronunciar palabras y para realizar, acciones”, fórmula que condensa el doble ideal del perfecto caballero: ser buen orador y excelente guerrero.

La Odisea pinta las costumbres domésticas y muestra los conocimientos geográficos. Nos habla de Ulises, describe sus viajes, sus aventuras, su vida familiar y hogareña. Aquí aparece la diosa de la sabiduría bajo la figura de Mentor, instruyendo a su hijo Telémaco. El nombre de Mentor ha servido, desde el Telémaco de Fenelón, para designar al viejo amigo, protector, maestro y guía. Al principio, Telémaco es un joven abandonado, sin energía, sensible, doliente; pero la influencia de su maestro lo convierte en un luchador valeroso. Así sorprendemos, desde los orígenes de la civilización griega, un tipo de educación netamente definido: el joven noble recibe los consejos y los ejemplos de una persona mayor, a la que se le confía para su formación.

Período de los comienzos de la Paideia

Después de la caída de Troya, dos ciudades comienzan a destacarse: Esparta y Atenas, Durante más de tres siglos la vida política de Grecia giró alrededor de estos dos pueblos, considerados como los polos del genio griego. Atenas, de origen jónico, de carácter emprendedor, inquieto, revolucionario; Esparta, en cambio, de origen dorio, apegada a sus tradiciones, aristocrática y conservadora, que cultivó más las virtudes militares que las artes y las letras, en las cuales llegó a ser maestra su rival Atenas.

La educación en Atenas

Carácter

La educación ateniense difiere profundamente de la espartana, por su organización y por su espíritu. Constituye el tipo más representativo de la educación griega. En ella vamos a encontrar, en toda su plenitud, el humanismo pedagógico con su culto por la libertad y su preocupación por el desarrollo armónico de la personalidad.

Educación familiar

Tanto en Atenas como en Esparta los niños recibían de sus padres la primera educación. Se les enseñaba poesías y cánticos apropiados para infundirles buenos sentimientos y se aprovechaba su afición a los cuentos y fábulas para inculcar les principios morales. El culto doméstico y la asistencia a las ceremonias públicas fomentaba en ellos la reverencia a las divinidades. El amor patrio se cultivaba en la vida hogareña y en las manifestaciones sociales. La tradición nacional se trasmitía al vincular el joven con el adulto, el niño con el pedagogo, el maestro con el discípulo; estableciéndose una mutua simpatía que proporcionaba un ejemplo directo para la formación del carácter.

La educación no. era realizada por el maestro, sino por el pedagogo, esclavo encargado por los padres de acompañar al niño en todas sus actividades, de llevar sus útiles, de iluminar con su farol el camino, etcétera. El pedagogo, delegado por la familia, es el formador del carácter moral. De ahí la superioridad de sus tareas.

Las instituciones escolares griegas

Las Instituciones escolares griegas fueron de cuatro clases: 1) la escuela de primeras letras; 2) el gimnasio o
las instituciones destinadas a impartir una educación secundaria incipiente; 3) una enseñanza superior impartida en clases de filosofía y retórica, y 4) una formación militar y ciudadana obtenida con las prácticas propias de la efebia.

La enseñanza elemental

A la edad de siete años, el niño era conducido a la escuela acompañado por el pedagogo. El maestro (gramatista) era un simple particular que enseñaba a leer y a escribir. Su oficio era mal retribuido y poco estimado. La enseñanza era el último refugio de las personas de buena familia que habían venido
menos.

Los maestros ignoraban todo método. Eran indiferentes a las dificultades psicológicas o a los métodos progresivos. Como en las antiguas escuelas de Oriente, la didáctica era rudimentaria. Se aprendía a reconocer y a nombras las letras (apelación), luego a pronunciar las sílabas, finalmente las palabras. Inmediatamente seguía el aprendiza de de la lectura a través de algunos textos poéticos. La tarea era trabajosa. Era necesario reconocer las palabras porque en los textos estaban escritas una a continuación de otra sin separación ni puntuación. Se debía captar primero el sentido de las palabras para que la lectura fuera inteligible. El procedimiento era mecánico; el maestro recitaba y el alumno repetía en voz alta. Como los textos eran costosos, cuando el alumno sabía escribir los copiaba, o si no el maestro dictaba fragmentos que luego hacía comparar con sus textos, cotejando los errores. Debemos recordar que Platón consideraba que cuatro años no era mucho tiempo para aprender leer.

La escritura se realizaba por medio de un punzón sobre tabletas o cuadros de madera cubiertos de cera. Uno de los extremos del punzón era aplanado y servía para borrar. Frecuentemente se empleaban cañitas talladas de tal modo que se podía escribir con tinta. Lo escrito se borraba con una esponja. En la escuela se aprendía también a contar con ayuda de los dedos. .Nunca se enseñaron las cuatro operaciones.

La disciplina era severa: a menudo, el maestro recurría a los castigos corporales. La imagen característica que se guardaba como recuerdo de la escuela era la del terrible maestro y del temor que inspiraba. “No se prospera si no se realiza un esfuerzo costoso” era el lema.

Las escuelas elementales (didaskaleion) en los tiempos más antiguos se hallaban establecidas en tiendas; era frecuente también encontrarlas en las plazas públicas y en los recodos de las calles. En la escuela, el maestro se instalaba en un asiento, y los niños se agrupaban a su alrededor; no había bancos ni mesas.

El gimnasio o la incipiente educación secundaria

Cuando ya sabía leer y escribir, el adolescente proseguía su formación en la escuela del gramático, profundizando el estudio de los poetas y de los escritores clásicos.

El primer autor que se estudiaba era Homero, luego Hesíodo, cuyas sentencias ya se aprendían en la escuela elemental, seguía el teatro de Eurípides o los discursos de Demóstenes.

En la escuela del gramátíco, el niño aprendía a conocer bien los autores clásicos. En primer lugar, se confrontaba el texto que habían copiado los alumnos con el que servía de original, ya que podían existir errores en las copias. Esto se llamaba crítica de texto. Seguía la lectura; la explicación y el juicio o crítica literaria. Cuando la teoría gramatical adquirió desarrollo, su estudio ocupó gran parte de esta enseñanza. Adquirida la cultura literaria, se completaba la formación con nociones de matemáticas, geometría, música y astronomía.

Después de concurrir a la escuela del gramático (educación literaria), el joven se dirigía al gimnasio, para adquirir la educación atlética (gimnasia) y artística (música).

La gimnasia consistía en un entrenamiento para las pruebas de destreza, en particular del pentatlon o cinco combates: lucha, carrera, salto, lanzamiento del disco y de la jabalina. Los más hábiles practicaban el boxeo y el pancratio (lucha libre). Las pruebas de destreza no eran abandonadas a la casualidad ni cultivadas por unos pocos para entretenimiento de los demás. El éxito no consistía tanto en el triunfo, cuanto en la demostración de haber adquirido el porte gracioso y digno, el dominio del temperamento, la elegancia en el ejercicio.

En el gimnasio se impartía también la enseñanza música, llamada así porque comprendía todas las disciplinas puestas bajo la advocación de las Musas: la poesía, la música, etcétera. El joven aprendía de memoria los poemas homéricos, los fragmentos de los poetas líricos y didácticos. Si contenían partes que podían perjudicar la educación moral, sus textos eran seleccionados y expurgados. Simultáneamente, algunos muchachos aprendían a cantar poemas acompañados de la lira o de la flauta.

No se puede sostener que la educación música formó parte de la enseñanza fundamental del joven. Jugaba el
papel que hoy tienen los teatros de aficionados en nuestros establecimientos educacionales.

En el gimnasio, los jóvenes atenienses recibían también lecciones de ciencias y artes mediante conversaciones con hombres ilustrados, audiciones de obras musicales, declamación de poesías, discursos y conferencias. El aprendizaje se realizaba así de una manera viva y ocasional. Fue en estos gimnasios donde se inició la
enseñanza de la filosofía y de la sofística. Más tarde, las escuelas de filosofía fueron, por eso, denominadas gimnasios.

El Estado intervenía en este grado de la instrucción más directamente. Se ocupaba del número de alumnos que
debían ser admitidos, de las horas de enseñanza, etcétera.

Los directores o gimnasiarcas eran elegidos por la asamblea popular y tenían a sus órdenes oficiales subalternos. Estos establecimientos de educación popular fueron creciendo en importancia y Atenas llegó a contar con tres gimnasios famosos: la Academia, el Liceo y el Cinosarco. Los dos primeros tuvieron como maestros, respectivamente, a Platón y Aristóteles. Estas instituciones poseyeron jardines, teatro, bibliotecas, estadios para ejercicios físicos, etcétera.

Gimnástica y música, dos caracteres arcaicos de la educación griega, perdieron su influencia en el período helenístico, para dar paso a la educación literaria.

La enseñanza superior

Los estudios literarios no constituyeron en principio todo el programa de la enseñanza media. Otros estudios como los de matemática, geometría, astronomía y retórica, servían para completar la formación del joven; hablaremos de ellos al tratar el período helenístico, donde ocupan un lugar prominente.

La efebía

A los veinte años el joven entraba ya a participar plenamente de los derechos y de las responsabilidades de los ciudadanos. Para ello la admisión a la ciudadanía estaba precedida de un período de preparación, de los 18 a los 20 años. Era una especie de servicio militar de noviciado cívico, de preparación moral y religiosa para el ejercicio pleno de los deberes del ciudadano. La religión desempeñaba un papel principal, ya que los efebos comenzaban con peregrinaciones a los distintos templos de la ciudad.

Mantenidos por el Estado, llevaban como uniforme una clámide o capa negra y un gran sombrero sobre su cabeza rapada. Terminados los ejercicios, prestaban un juramento famoso que terminaba más o menos así: “Me someteré a las leyes y obedeceré a los magistrados; si alguien quiere destruir las leyes, no lo toleraré, sino que combatiré para defenderlas solo o con todos.”

Período de las grandes innovaciones educacionales

Las grandes innovaciones en la educación griega tienen lugar durante el llamado siglo de Pericles. En este período actúan los grandes teóricos de la educación, como ser los sofistas, Sócrates, Platón, Aristóteles, Isócrates, de quienes nos ocuparemos en el párrafo IV.

En cuanto a las instituciones educativas, sólo recordaremos que en este período adquieren un renovado vigor,
al organizarse, definitivamente, los planes de estudio del gimnasio y al constituirse de una manera orgánica las escuelas de filosofía y de retórica.

Periodo de expansión de la cultura griega

La cultura helenística

Con Alejandro, la cultura griega fue llevada hasta las puertas de la India, pero si adquirió una gran expansión, perdió su pureza original. La polis, ciudad-Estado donde esa cultura se había desarrollado, fue malogrando su característica independencia mientras que la paideia iba simultáneamente perdiendo su espontaneidad, su gracia y originalidad que la caracterizaban.

El imperio recién formado determinó nuevas formas de cultura. Nuevas grandes ciudades como Alejandría en Egipto, Pérgamo en Asia Menor, y Antioquía en Siria, eclipsaron a Atenas por sus riquezas y se convirtieron en el centro de atracción de artistas y sabios. Los habitantes del imperio aprendieron el griego vulgar (koiné) hablado por los soldados y mercaderes, y las ciudades se edificaron con perspectivas grandiosas con teatros, bibliotecas y fastuosos templos, mientras que la literatura señaló las cumbres de un mundo en decadencia.

La cultura que se inició tres siglos a. C. y se extendió durante los tres siguientes es denominada por los historiadores helenística, en contraposición a helénica, propia de la Grecia clásica. En este período histórico la educación griega, la paideia, sufre una transformación. Sin abandonar las letras, se orienta hacia el estudio y enseñanza de las ciencias. A esta educación que permite alcanzar un saber universal o enciclopédico se le ha denominado enkyclos paideia. Noción de contornos imprecisos, será para unos un conocimiento general que caracteriza al hombre culto, para otros será la cultura básica e indispensable a todo hombre para edificar sobre ella una cultura superior.

En las escuelas helenísticas no se dio ya tanta importancia a las letras o a la filosofía sino a las ciencias particulares. Podemos afirmar que toda nuestra cultura se halla cimentada en el plan de estudio de este período, organizado del siguiente modo:

a) conocimientos literarios: gramática, retórica y dialéctica;

b) conocimientos científicos: aritmética, geometría, música y astronomía;

c) conocimientos filosóficos y teológicos: metafísica, ética, política.

Al grupo de los conocimientos literarios se denominó trivium, a los conocimientos científicos cuatrivium y a la reunión de ambos grupos de conocimientos en la Edad Media se la ha deoninado artes liberales. Era la formación básica imprescindible para todo intelectual.

Históricamente, este programa tiene su explicación. A fines del período anterior la cultura intelectual fue adquiriendo predominio sobre la educación musical y la gimnástica. Hasta la efebía había dejado de ser una forma de servicio militar obligatorio. Muchos jóvenes desocupados se interesaron por adquirir una iniciación filosófica y literaria que superase la instrucción impartida por el dramático. Esta aspiración fue favorecida por la atmósfera de frivolidad elegante que reinaba en Atenas y por la abundancia de retóricos y filósofos que exponían sus doctrinas, tantas veces contradictorias, en el auditórium de los gimnasios.

Como se brindaba un inmenso programa de conocimientos, dos caminos quedaban a seguir: o la filosofía o la literatura. La primera fue definida y sistematizada por las grandes escuelas filosóficas, en particular por Platón y sus discípulos. La segunda, las letras, fue preconizada por Isócrates, constituido en el gran teorizador de esta enseñanza. Su predominio sobre la educación filosófica señaló una huella profunda en todas las manifestaciones de la vida helénica y más adelante en toda la educación occidental.

Bibliografía

- Zuretti, Juan Carlos. Historia de la educación. Editorial Itinerarium. Buenos Aires, 1961.

- Malet, Alberto. Historia griega. Editorial Agencia General de Librería. Buenos Aires.

- Oriente y Grecia Antigua. Editorial Ediciones Destino. Barcelona, 1963.

Otros recursos

- Microsoft Encarta 2008

Anexos

Nacimiento de los mitos griegos

La mitología griega ha impregnado la cultura occidental. Por eso, acercarse a ella siempre es investigar y descubrir algo de nuestro pasado, de nuestro inconsciente colectivo. En el siguiente fragmento del libro La mitologíaia clásica de Margot Arnaud, se hace una breve exposición de cómo surgieron los mitos en la Grecia antigua.

El nacimiento de los mitos griegos

La religión griega concibió a sus dioses bajo formas antropomórficas y sobre ellos creó unos mitos de una riqueza excepcional. Son tan fascinantes que todas nuestras manifestaciones culturales, especialmente la literatura y el arte, en cualquier época histórica, se han inspirado en ellos.

Hincando sus raíces en el lejano pasado de las gentes que poblaron la Grecia del Neolítico, mucho antes de que se instalara el pueblo griego (hacia 1950 a.C.), la religión tuvo su origen en los cultos y en las creencias ligadas a la vida cotidiana y a la agricultura. Las almas, orientadas hacia la adoración de las fuerzas sobrenaturales que aseguran la fertilidad y la fecundidad, veneraron a ídolos femeninos, diosas de cuerpo tosco que encarnaban las fuerzas infinitamente poderosas de la Tierra.

En el panteón cretense, que también ejerció una profunda influencia en el pueblo griego, se observa asimismo un claro predominio de las diosas sobre los dioses. El modelo de la «Gran Madre» se impone, pero la fuerza generadora de la Tierra aparece repartida entre muchas divinidades. Están ligadas a animales o vegetales; mantienen relaciones de privilegio con las cimas de las montañas o con el mar. Así, aparecieron los dioses simbolizados —como el toro que encarna el principio generador macho— y numerosos demonios que los acompañan para servirlos.

Los cultos a estas divinidades estaban organizados de una manera precisa: había santuarios en medio de los campos y también templos, moradas construidas ex profeso para los dioses. Las ofrendas que se les hacía eran sobre todo vegetales —los sacrificios cruentos eran raros— y las fiestas daban lugar a procesiones, a representaciones de escenificaciones taurinas, danzas y juegos gimnásticos.

Tras la conquista de Grecia por el pueblo griego, de origen indoeuropeo, la religión tiene en cuenta por igual a dioses y diosas. Este pueblo que honraba muy singularmente a las divinidades masculinas descendiente de Urano (del cielo), a las que se les pedía una protección privilegiada, se fundió con los habitantes anteriormente asentados, que veneraban tradicionalmente a las divinidades femeninas ctonianas (de la tierra).

Tablillas, muy anteriores a los poemas homéricos, mencionan los nombres de Zeus, Poseidón, Hermes, Ares, Dioniso, Hera, Atenea, Artemis... El panteón griego estaba organizado como una sociedad familiar. Junto a los dioses y diosas aparecía el «Gestiario», animales de formas tan variadas como: sirenas, esfinges, hidras, quimeras, grifos, gorgonas... que procedían de Creta y Oriente.

La mayor parte de los mitos heroicos de Grecia se remontan a la época micénica (1580-1100 a.C.) y han cristalizado en torno a personajes históricos reales y ligados a lugares importantes: los perseidas y los atridas en Micenas; Helena en Lacedemonia; Néstor en Pilos; Edipo en Tebas; Teseo en Atenas.

Sin duda, estos mitos están ligados a los grandes aventureros cuyas leyendas se formaron en torno a los viajes de exploración característicos de la época: los argonautas, conducidos por Jasón, quieren llegar hasta el fondo del mar Negro, en Cólquide; Heracles destruye a los monstruos del Peloponeso y termina sus trabajos en las tierras desconocidas de Occidente; Perseo va a matar a la Gorgona a los confines de la Tierra...

En los santuarios y en los templos, en los que las ofrendas destinadas a los dioses se acumulaban a los pies de las estatuas el culto lo realizaban numerosos sacerdotes. Algunas de estas ceremonias eran seeretas, reservadas a los iniciados, según la tradición cretense de la preparación en la tierra para una vida de ultratumba. A los muertos siempre se les inhumaba y eran objeto de atenciones especiales.

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