Historia de científicos porfirianos

Historia mexicana. Historia de México. Científicos mexicanos. Pensamiento científico mexicano. Intelectuales mexicanos

  • Enviado por: Isabel Acevedo Tovar
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 16 páginas

publicidad
cursos destacados
Cómo montar un Ordenador
Cómo montar un Ordenador
En este curso te guiamos de una forma muy práctica y gráfica, para que puedas realizar el montaje de tu...
Ver más información

Curso de reparación de teléfonos móviles / celulares
Curso de reparación de teléfonos móviles / celulares
El curso de Reparación de Telefonía Celular o Móvil está orientado a todas aquellas...
Ver más información


ESCUELA NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA

Licenciatura en Historia

Científicos Porfirianos

Trabajo Final

29 de Junio de 2007

Cuauhtémoc, D.F.

ACERCA DEL TEXTO:

La ponencia de Alfonso de María y Campos, titulada “Los científicos: actitudes de un grupo de intelectuales porfirianos frente al positivismo y la religión”, formó parte de una serie de ponencias en la VI Conferencia de Historiadores Mexicanos y Estadounidenses celebrada en el año de 1981, en la Universidad de Chicago, en la que se presentaron investigadores como Alan Knight, Jean Meyer, Enrique Krauze, Enrique Florescano y D. A. Brading (dos de ellos leídos en el curso, como Knight y Brading).

Es de importancia mencionar que todos son especialistas en estudios de temas mexicanos, que pueden ir desde lo Prehispánico, hasta temas relacionados con la Revolución Mexicana. Además de historiadores, hubo un gran número de politólogos y sociólogos, sin dejar de lado que algunos personajes figuran en la política, como es el caso de Alfonso de María y Campos, lo que enriqueció el encuentro en gran medida. En esta celebración, se reunieron intelectuales de diversas corrientes: positivistas, idealistas, marxistas, historicistas, funcionalistas, de izquierda, de derecha, de muchas ideologías, fácticos, interpretativos, originales, repetidores, proclives a las coyunturas, enamorados de las estructuras, de voz llana y de palabra declamatoria.

De las 66 ponencias apegadas al temario de la reunión, hay 39 que se ocupan del llamado pasado inmediato y el presente; cuatro ponencias respectivas a Vicente Lombardo Toledano; dos sobre el marxismo; la relativa a la generación de 1929; la de Soto y Gama; las otras sobre los intelectuales mexicanos de 1910 a 1920; otras referentes al siglo vigente y la aportación mayor sólo mira a los últimos ochenta años.

Alfonso de María y Campos inicia su ponencia con una remembranza de la evolución que el tema del Porfiriato ha experimentado a lo largo de los tiempos en diversos estudios, explica que, por más de medio siglo, desde la caída del régimen porfirista, los historiadores contribuyeron a crear la llamada “leyenda negra” del Porfiriato, es decir, el tema fue tratado por viajeros e historiadores anglosajones como una especie de alabanza a “la paz porfiriana”.

Posteriormente, durante las primeras seis décadas del siglo XX aparecieron una serie de escritos que no eran más que ataques, no muy bien documentados, acerca del tema. Esta última tendencia, ayudó a construir en los gobiernos posrevolucionarios una especie de “mito útil” que, en palabras del autor, poco ha servido para dar explicación a la política e historia del período.

María y Campos, menciona que en los últimos diez años, la Historia moderna de México de Daniel Cosío Villegas, en sus 7 tomos, presenta a los lectores una interpretación mucho más completa y alejada del concepto del Porfiriato como una fuerte dictadura personalista; pero aunque en el tema del Porfiriato se ha logrado un significativo avance, en el estudio del grupo de políticos en el poder, conocido como los científicos, sucede lo contrario. A los científicos se les ha caracterizado como corruptos, intrigantes, monopolizadores, racistas y como una causa que desató la Revolución de 1910. El estudio de Cosío Villegas llega a considerar a los científicos como un misterio, para María y Campos, este tema tiene en sí mismo su “leyenda negra”, que como quiera que se les considere, pertenecen al mundo de los perdedores, son blanco de todo tipo de críticas, y han llegado a monopolizar el papel de villanos en la historiografía del Porfiriato antes, durante y después de la Revolución.

Para Luis Cabrera, abogado del bufete jurídico “Maclaren y Hernández” que representó a la Compañía angloamericana del Tlahualillo contra la política oficial en materia de aguas federales, su articulo “El partido científico” publicado en El Partido Democrático y en Obras Políticas, dice que los científicos eran un grupo de financieros desleales y antidemócratas ligados al capital extranjero, considerados como cobardes, sajonizantes, racistas, eclécticos y hermafroditas, si bien inteligentes e ilustrados. En pocas palabras, el trabajo de Cabrera, es un ataque político.

En el caso de Francisco Bulnes, que fue miembro del grupo de los científicos, en su libro El verdadero Díaz y la Revolución, se encargó de eximir a sus colegas de las infamias de corrupción, pero no de las de favoritismo y soberbia. María y Campos menciona que la caracterización que Bulnes hizo del porfiriato, ayudó a alimentar la “leyenda negra” que el mismo Bulnes señala como calumnia y sirvió de blanco para derrocar a la dictadura porfiriana.

Maqueo Castellanos, en su novela de la Revolución, La ruina de la casona, deja ver su opinión acerca de los científicos: son ricos, viven con lujos, visten ropas importadas y gozan de beneficios por ser parientes o amigos de políticos.

Respecto a Leopoldo Zea en El positivismo en México, Maria y Campos apunta este trabajo como profesional en todo sentido, como un buen estudio a profundidad del positivismo mexicano y sus conclusiones respecto a lo que el autor llama “la expresión política del positivismo mexicano”, resultan estar basadas en el caudal de obras que dieron origen a la “leyenda negra” del Porfiriato. Para María y Campos, Zea se aproxima a los científicos por el lado de las ideas, pero como antes ha entendido el positivismo mexicano, como una ideología adaptada e instrumento para justificar los intereses de la burguesía, de la dictadura porfirista. De este modo, al hacer equivalente al grupo de científicos a una clase social, el autor descarta la posibilidad de conocer a profundidad al grupo.

Al referirse a los estudios que se interesaron más por este grupo están William Raat y Charles Hale. William Raat, en Positivism in Diaz´s Mexico, 1876-1910: An Essay in Intellectual History, tesis doctoral en la Universidad de UTAH, USA de 1967, define al positivismo exclusivamente como la filosofía de Comte. Hace un intento por demostrar si los científicos fueron positivistas, es decir, comtianos y llega a la conclusión de que no lo fueron, porque el positivismo mexicano se vio alimentado tanto de ideas de Comte, como de Darwin, Stuart Mill y Spencer, y que la obra escrita por los científicos, no fue filosófica ni teórica propiamente. Charles Hale, en “Scientific Politics and the Continuity of Liberalism in Mexico, 1867-1910, en Dos revoluciones. México y los Estados Unidos. México, opta, al igual que Zea, por considerar como predominante la participación del positivismo en México durante el Porfiriato. El origen de éste, lo encuentra en los políticos europeos: Taine y Thiers en Francia y Cautelar en España. Para Maria y Campos, esta conclusión es muy importante, porque los científicos se distinguieron más por su participación en la política, la economía, y la administración pública, desde la perspectiva del positivismo, que a su contribución a la teoría del positivismo mexicano. Otra aportación importante de Hale, es la hipótesis que hace sobre la continuidad en la historia de las ideas del México independiente. Es decir, una continuidad entre República Restaurada, Porfiriato y el México posrevolucionario. María y Campos menciona que a diferencia de Zea, Hale encontró conflicto donde Zea sólo vio cohesión ideológica de una clase social y que el trabajo de Hale ofrece una explicación general de la ideología del Porfiriato.

María y Campos menciona que en una perspectiva revisionista, el siguiente recurso es recurrir a la búsqueda de nuevas fuentes que permitan una reinterpretación del grupo de los científicos y probablemente también de algunos aspectos del Porfiriato. Además, menciona que debido a que el trabajo parte de las vidas particulares de los científicos, tuvo que recurrir a memorias, datos autobiográficos, diccionarios biográficos, cartas, correspondencia diplomática, archivos notariales, oraciones fúnebres y discursos, entre otras fuentes. Este material fue utilizado y evita establecer supuestas relaciones causales entre los factores económicos y los procesos sociopolíticos; intentó darle un peso proporcional a la ideología, aspiraciones, prejuicios y costumbres.

En la segunda parte del texto, María y Campos nos habla de la identificación que ciertos personajes tuvieron con el grupo de los científicos, mismo tema, en que no hay dos autores que coincidan, además de que afirma que los criterios empleados en la selección llegan a ser arbitrarios e insuficientes. Explica que para esta investigación, se basó en tres criterios: la regularidad con que los escritores de la época calificaron a tal o cual personaje como científico; desde profesión de fe, personal y directa, que hicieron de su calidad de científicos varios de ellos en su correspondencia íntima y participación indiscutible en tres o cuatro momentos políticos en que el grupo actuó abiertamente; un presupuesto y un condicionante. El presupuesto fue que el número de científicos a estudiar debería ser reducido. Los casos límite resultaron útiles para establecer las fronteras del tema y darle una dimensión mayor. Finalmente, la forma de hacer el estudio quedó constituida por las fuentes mismas. Para la segunda parte, el autor se apoyó, principalmente, en el archivo de José Yves Limantour, porque su enfoque exigía correspondencia, cuestión que era íntima y personal, crucial para seleccionar a los protagonistas del trabajo. El uso de este archivo, permitió documentar la mayoría de los casos, además de que delimitó el enfoque. En la opinión de María y Campos, es en este tema en el que hace falta el desarrollo de un grupo político a partir del enfoque de los propios protagonistas.

Respecto al procedimiento de identificación, se produjo la siguiente lista de amigos íntimos: José Y. Limantour, Joaquín Casasús, Rosendo Pineda, Justo Sierra y Pablo Macedo. Además de que es de importancia mencionar a Enrique Creel, Miguel Macedo y Francisco Bulnes. Es a partir de este grupo cerrado de amigos íntimos, considerado como corazón del grupo, como se amplía de manera desigual a otras personalidades vinculadas a ellos.

En la tercera parte que se refiere a la relación que los científicos tuvieron con la educación en México, específicamente con la Escuela Nacional Preparatoria, María y Campos menciona que lo que interesa es la orientación positivista que la ENP tuvo y cómo afectó esto a los científicos. El impacto que la ENP tuvo en cada uno de ellos no fue el mismo ni en intensidad ni cualitativamente. Sólo Creel fue completamente ajeno a la ENP en sus años de juventud y en su formación. Pineda y Casasús estuvieron en contacto con el positivismo desde jóvenes. Justo Sierra, Bulnes y Pablo Macedo formaron parte de la ENP como profesores. Miguel Macedo y José Yves Limantour fueron los únicos que gozaron de las primicias del esfuerzo positivista de Barreda en la educación. A partir de este punto, las diferencias entre los miembros del grupo científico en su aproximación al positivismo, son de gran importancia. María y Campos menciona que quizá estas diferencias estuvieron marcadas por los que como Justo Sierra, Bulnes y Pablo Macedo lo conocieron por primera vez desde el estado del maestro, y los que como Limantour, Pineda, Casasús y Miguel Macedo lo hicieron desde la posición del estudiante. Pablo Macedo y Justo Sierra fueron positivistas en toda la extensión de la palabra: uso del método en sus escritos, colaboración en la difusión de la enseñanza positivista, participación directa en las conmemoraciones de positivistas mexicanos y extranjeros, estuvieron listos en su momento con apoyo moral y económico para fomentar los trabajos del famoso Ateneo de la Juventud que, hacia finales del Porfiriato, se ostentaría como el verdugo intelectual del positivismo en México. José Yves Limantour y Miguel Macedo, como alumnos de la recién fundada ENP, tuvieron por maestros a lo más granado del positivismo, de ahí que sus primeros ensayos académicos tengan ese corte ideológico. Los dos llegaron a intimar con el propio Gabino Barreda. Miguel Macedo desde joven participó asiduamente en las reuniones de la Sociedad Metodófila Gabino Barreda. Años más tarde, Limantour ya secretario de Hacienda, presentó al Concurso Científico Nacional de 1901 un trabajo de una ortodoxia positivista completa. Bulnes a sus escasos 20 años, llegó a vincularse estrecha y tempranamente con la ENP y su fundador como encargado del curso de matemáticas.

Para María y Campos, independientemente de la importancia que se le asigne finalmente al positivismo durante el Porfiriato, queda claro que la ENP jugó un papel decisivo como centro irradiador y multiplicador de esta filosofía. Para él no cabe la menor duda de que los futuros científicos, entraron en contacto con el positivismo durante sus años de formación y juventud. Algunos como estudiantes, otros como maestros, pero generalmente vinculados a la ENP o a sus émulas en provincia. Respecto de Barreda y los científicos, su relación fue de amistad, pupilaje, admiración, reconocimiento, gratitud pública y privada.

En la cuarta parte, habla de la relación entre el positivismo y la religión; María y Campos menciona un par de hechos relacionados con el liberalismo mexicano. Uno es que, desde sus inicios, en las primeras décadas de vida independiente, el liberalismo mexicano incorporó gradualmente, rasgos importantes de anticlericalismo, más no a una antirreligiosidad. De este modo, Charles Hale en su obra El liberalismo mexicano en la época de Mora, 1821-1853, constata que Ios liberales mexicanos, de esos años, se oponían con firmeza a la influencia de la Iglesia, como una institución que invadía las esferas intelectual, económica y la vida de la política en su totalidad. De la misma forma, Hale señala a la religiosidad privada, íntima, de varios de los pro hombres del Iiberalismo de esa época, agrega que esta situación en nada inhibía u obstaculizaba su decidido anticlericalismo.

EI segundo hecho se refiere aI lIamado "liberalismo triunfante" de la República Restaurada en donde, el positivismo se incorporó como el instrumento educativo que habría de asestar un golpe definitivo a la educación religiosa, al pensamiento metafísico, que creaba un hombre nuevo, carente de atavismos religiosos y capaz de forjarse un destino propio alejado de la Iglesia.

María y Campos, nos explica que no fue extraño, por lo tanto, que el estado liberal auspiciara como ideología educativa al positivismo originado en Comte. Sin embargo, no resulta muy claro por qué recurrieron al positivismo de Comte, en 1867, como base de la reforma educativa, el estado mexicano o sus representantes e ideólogos -Como Barreda, por ejemplo- y pasaron por alto, la propia alternativa comteana de fundar en Mexico la "Religión de la Humanidad". De todo lo anterior, María y Campos deduce algunas de las características distintivas, del positivismo mexicano: su heterodoxia respecto del comtismo, su vinculación orgánica con el liberalismo y re­pubIicanismo anticlericales (no antirreligioso) como una continuación desde Mora hasta Sierra y su firme convicción en la educación como fuerza emancipadora capaz de traer el progreso. Leopoldo Zea mencionó la heterodoxia del positivismo con detalle en su clásica obra y resalta las múltiples influencias en eI positivismo mexicano de otros pensadores distintos de Comte: Darwin, Stuart Mill y Spencer que para muchos positivistas mexicanos, pero sobre todo para los científicos, fue un pensador básico. Para María y Campos, lo importante es analizar más a fondo la continuidad de la ideología liberal republicana y anticlerical pero no antirreligiosa, que se da en el Mexico del siglo XIX. Para explicar el tema del trabajo describe a dos grupos: el de los “liberales jacobinos" y el de los liberales positivistas. Zea explica esta división en términos generacionales: el "libe­ralismo en lucha" y el "Iiberalismo triunfante". Charles Hale, otro especialista en la materia, agregó la observación de que dentro del consenso político e ideológico del Porfiriato también hubo ruptura y falta de consenso.

María y Campos explica que la finalidad de este apartado, es ubicar el sentido de la continuidad de la ideología liberal mexicana en el siglo XIX. Esta continuidad, se da en el Porfiriato a través de un relevo generacio­nal como lo sugiere Zea, pero no sólo por ello. Es generacional al extremo de que ser positivista en el Porfiriato se convirtió en un verdadero criterio de diferenciación entre quienes lucharon con las armas contra la Iglesia, el imperio, el extranjero y los conservadores, y quienes apenas nacían en medio de esas luchas. Los combates ideológicos entre estas dos generaciones de li­berales abarcaron muchos temas y situaciones que en las más de las veces tenían traducción parlamentaria o simplemente política: lucha por el poder. Las polémicas en el Congreso, los frecuentes duelos de honor, los ataques en la prensa se multiplicaron no sólo entre católicos y liberales, como antaño, sino aún entre liberales de una generación ("jacobinos") y los de otra ("positivistas"). María y Campos explica que la división generacional no fue siempre tajante ya que incluso algunos positivistas surgieron al amparo intelectual y político de más de un liberal de la generación en lucha.

La división entre liberales jacobinos y positivistas llegó en ocasiones a ser brutal, al grado de que los jacobinos llamaron en auxilio a sus enemigos tradicionales: los católicos. Esto aconteció sobre todo en las polémicas sobre la educación y tuvo sus momentos estelares con las refor­mas al plan de estudios de la Escuela Nacional Preparatoria y con la retardada fundación de la Universidad Nacional.

María y Campos explica que ha enfatizado en la divergencia para insistir en la continuidad, la que, como afirma, reside en el anticlericalismo no antirreligioso. En el principio de que la Iglesia y las manifestaciones religiosas deben erradicarse de la esfera política, de la vida pública y de la educación, sin que ello conlleve, necesaria o deseablemente, la destrucción de la religiosidad privada, del culto particular, es decir, de las prácticas sociales íntimas.

Asegura que el porfiriato es la era de la "política de conciliación" y que aunque muchos autores han entendido por "política de conciliación" la pacificación del país, la reincorporación de personas y grupos opositores al tuxtepecanismo, la "conciliación" fue también entre la Iglesia y el es­tado. Además de que los científicos, "liberales conservadores" del Porfiriato, fueron anticlericales, pero de convicciones religiosas privadas. María y Campos nos dice que este trabajo, que hurga en las vidas privadas como método y sistema, se propone ilustrar la religiosidad de los científicos.

En la quinta parte de la ponencia, Maria y Campos explica la relación que los científicos tenían con la religión, se refiere al peso de las tradiciones familiares y explica que todos los científicos provenían de largas raigambres católicas. Sierra, la tenía tan cerca que, su abuelo, un sacerdote católico, había procreado cuatro hijos: dos religiosas, otro sacerdote y un político y literato: Justo Sierra O'Reilly. Por el lado de la madre, los Méndez siempre fueron de convicciones religiosas. Justo fue bautizado y confirmado en la Iglesia y educado por varios años en colegios confesionales. De igual manera, la preparatoria y primeros años profesionales los curso Sierra en San Ildefonso, colegio jesuita. La familia de Joaquín D. Casasús, también transmitió una fuerte formación religiosa al futuro científico. Los Creel, oriundos de Chihuahua, bautizaron en la Iglesia católica a todos sus hijos. Los Limantour, familia francesa de Bretaña, provincia católica de Francia, bautizaron a sus hijos con los nombres propios de los santos locales, de los padrinos, de los abuelos y de los bisabuelos, también católicos. Los hermanos Pablo y Miguel Macedo, de padre liberal y madre guatemalteca de origen español, recibieron una educación religiosa completa que transmitieron más tarde a sus respectivos descen­dientes. Los Bulnes conforme a la tradición de sus antepasados españoles, enviaron a Francisco a escuelas confesionales.

Campos explica que lo significativo es ilustrar esa conciliación entre la ideología pública y las prácticas sociales individuales que caracterizaron tanto a la mayoría de los liberales de la Reforma como a los científicos del Porfiriato. Además menciona que la información que alimenta este apartado es fragmentaria en su conjunto, debido a que cuando se habla de la vida privada son difíciles y ambiguos. EI caso más conocido, y el que ha sido mejor analizado antes es el de Justo Sierra. Tanto que menciona que el historiador O'Gorman ve en el creciente y progresivo interés de Sierra por Ia historia, la clave de su pensamiento menos radical, más matizado, con cierta orientación metafísica ha­cia los últimos años de su vida. María y Campos insiste, en que no hubo realmente entre los científicos contradicción entre el liberalismo anticlerical, entre el pensa­miento positivista de expresión intelectual y las cuestiones de fe. Las menciones de Justo Sierra respecto a su religiosidad son amplias, diversas y exentas de contradicción: las cartas de juventud de su ma­dre, las de amor a su novia y futura esposa, las del padre a sus hijos y sus testimonios públicos de encuentro con el fenómeno religioso han quedado bien consignados en sus Obras Completas. María y Campos menciona a José Luis Martínez, editor del volumen (Viajes, t. VI) de las Obras Completas, que sobre el viaje de Sierra a Roma, Sierra no iba a descubrir un mundo espi­ritual, sino a ratificar con la contemplación de aquellas creaciones que emergían intactas de los siglos, la autenticidad de los fantasmas que habitaban en su memoria.

Por lo que se refiere a Bulnes, María y Campos nos dice que Mario, hijo único de Bulnes, afirmó públicamente, a la muerte del padre, que este había rechazado la asistencia religiosa que algunos familiares y amigos Ie hicieron Ilegar enton­ces. Su nieto, Gustavo Struck Bulnes, en cambio, afirmó que Francisco Bulnes murió en el seno de la Iglesia católica. Sin embargo, Bulnes siempre evito hacer alarde de su tradición familiar creyente. Como iconoclasta que fue en todo lo intelectual y político, llegó en ocasiones a ironizar a la religión, pero sobre todo a la Iglesia. En lo privado, en cambio, fue un hombre respetuoso de la religión.

De Casasús, los Macedo, Pineda y Creel; María y Campos dice que no hay nada sobresaliente ni particularmente ilustrativo por agregar. Pero menciona que todos ellos, incluyendo a Sierra, Limantour y Bulnes, sancionaron los principales actos de su vida civil y familiar con las formalidades de la Iglesia católica y todos fueron cristianamente enterrados. Limantour fue un hombre discreto, poco expresivo públicamente, que en palabras del autor jamás hubiera podido escribir y mucho menos publicar una experiencia perso­nal como la de Sierra en su viaje a Roma. Limantour estaba de acuerdo con que se diera enseñanza religiosa, católica en particular, pero no podía aceptar que esta se Ie exigiese a todos los alumnos, mucho menos que se persiguiera a los profesores par no ser católicos en su vida privada y lo que Ie parecía intolerable es que los conocimientos generales se mezclaran con la religión. Para él, las "dos esferas" separadas de la ciencia y la religión son la clave de la posición de los científicos respecto a la religión.

De todo lo anterior, María y Campos concluye que la tradición liberal y anticlerical que acogieron los positivistas mexicanos, y en particular el grupo de los científicos, se desarrolló sin obstáculos que pudieran haber surgido de las convicciones y prácticas religiosas privadas. La contradicción no existió, porque los intelectuales en cuestión distinguían perfectamente, desde una perspectiva laica, lo publico de lo religioso.

En la sexta y última parte del texto, el autor menciona que es necesario analizar el fuerte contenido emotivo, aspecto que también parece contribuir a la caracterización del positivismo mexicano del Porfiriato. Este es un tema no estudiado antes que, en palabras del autor, requiere un esfuerzo de síntesis y análisis que permita establecer con precisión el sentido y la fuerza explicativa de este elemento de caracterización.

Desde un punto de vista teórico, dice María y Campos que son varios los elementos de la filosofía de Comte que llevan a la par una visión optimista del desarrollo humano. El positivismo de Comte, es por definición, una teoría del progreso, del perfeccionamiento humano. La "ley de los tres estados" a que están sujetas las sociedades, según Comte, implica una evolución orgánica que llevaría a esas sociedades, a estadios de desarrollo más altos, más evolucionados. María y Campos asegura que el positivismo mexi­cano adaptó y amalgamó al comtismo original elementos y principios de otras teorías afines que, en mayor o menor medida, contienen también aspectos de superación, evolución y perfeccionamiento progresivos. Estas son: las enseñanzas de Darwin, a partir de a ley de "la supervivencia del más apto"; el llamado darwinismo social de Herbert Spencer; las corrientes utilitaristas, la "Iibertad individual", positi­va, de Stuart Mill; el organicismo social de Wurms, y otras ideas similares se establecieron en el positivismo mexicano en una nueva época de reconstrucción social y política que se alejaba de la revolución. El autor menciona que desde el liberalismo juarista llegaron a Mexico, a través de la prensa periódica, continuas menciones sobre el "progreso material”, categoría ideológica que fue objetivo y meta de los gobiernos mexicanos a partir de la restauración de la República en 1867.

En palabras de María y Campos, el optimismo y la carga emotiva del positivismo mexicano se manifesta­ron desde muy temprano a través de la cuestión teleológica, por lo cual, la adopción del positivismo significaba metas finales de progreso humano, y otra de tipo instrumental, que utilizó los principios, las categorías, el método, y el lenguaje del positivismo, que se traducía en la adquisición de las verdades científicas. El autor dice que el positivismo, que fue la filosofía de las nuevas generaciones, de la juventud, es decir, la filosofía de moda, más que la filosofía del poder, inundó el espacio intelectual del Porfiriato. Ser positivista se convirtió en sinónimo de ser progresista, de poseer la llave de la verdad científica, de estar a la moda, de haber superado el pasado, de ser joven, y de contribuir al verdadero y necesario desarrollo material e intelectual del país.

María y Campos menciona que contrariamente a lo que establece Leopoldo Zea, en el sentido de que el positivismo fue desde los inicios del Porfiriato la ideología, el positivismo significó espontaneidad, rebelión intelectual, orgullo de generación y fe en el porvenir. Además menciona que el positivismo se transformó en la medida en que la generación que lo adoptó, originalmente, tuvo acceso al poder y que el hecho de que el positivismo mexicano estuviera cargado de emotividad, no dejó de tener a la larga efectos distorsionados. Para el autor, lo importante en este momento es reiterar la distinta explicación que debe darse a la forma como se adoptó el positivismo en Mexico y el sentido que se dio a esta corriente del pensamiento entre los intelectuales mexicanos. Explica que el positivismo mexicano, da una referencia de la espontaneidad con que varias generaciones del Porfiriato lo asimilaron con el propósito de lograr desarrollo nacional.

CONCLUSIÓN:

Este trabajo permite ver varios puntos al respecto del tema: el primero, que los científicos fueron un grupo de intelec­tuales que fungió como uno de los sostenes del Estado porfiriano; el segundo, que el positivismo mexicano fue la caracterización de una visión del mundo y las cosas en el Porfiriato que no se tradujo en fractura con el pasado o el futuro inmediato ideológico. Además, la carga emotiva de este positivismo, el respeto a la religiosidad privada, su estirpe liberal y el futuro revolucionario, son elementos de un proceso histórico en donde el Estado y sus soportes intelectuales son claras señales de una madurez y una conciencia adecuadas de una nación sólida interna y externamente hablando.

Esta ponencia, es en palabras del autor, fue el producto de más de diez años del trabajo de recolección de información menuda, biográfica, acerca de la primera generación de mexicanos que surgió de la educación positivista para alcanzar los más altos puestos públicos e intelectuales del porfiriato. En el texto Porfirianos prominentes: orígenes y años de juventud de ocho integrantes del grupo de los científicos, 1846-1876, comenta:

Constreñido siempre por afanes y metas principalmente académicas, busqué establecer con rigor la metodología, una hipótesis y criterios y parámetros precisos que apoyaran conclusiones sólidas y, en lo posible, revisionistas de las tesis más imperantes en un momento dado. Así, revisé el estado del arte desde la perspectiva de la historia intelectual hasta comprender el magnifico trabajo de Leopoldo Zea, la estéril cuanto pormenorizada critica que le hizo James Raat y las pacientes y elaboradas reflexiones que le ha agregado Charles Hale al tema del Positivismo en México.

En el mismo texto, María y Campos menciona que en un estudio previo de 1947 a 1977 que realizó para la Universidad de Cambridge, como parte de un programa de posgrado bajo la dirección de David Brading, adelantó un primer esfuerzo para identificar a los integrantes más notables del grupo político de los “Científicos”. En este estudio, el grupo era de tamaño reducido, integrado por cuatro personas cercanas a José Yves Limantour: Rosendo Pineda, Pablo y Miguel Macedo, y Joaquín Casasús, al que se le agregaron por afinidad otras personalidades de la misma generación positivista: Justo Sierra, Enrique Creel y Francisco Bulnes, entre otros.

En la opinión del autor, esta serie de trabajos y ensayos son una continuación seria a las sólidas bases que Daniel Cosío Villegas heredó a los historiadores porfiristas en su Historia moderna. El capítulo correspondiente a los científicos fue denominado por Cosío Villegas “El misterio científico” y es a partir de éste, que María y Campos trabajó para incrementar el conocimiento previo sobre esta élite política.

BIBLIOGRAFÍA:

MARIA Y CAMPOS, Alfonso de.

1991. “Los científicos: actitudes de un grupo de intelectuales porfirianos frente al positivismo y la religión”, En CAMP, Roderic Ai, Los intelectuales y el poder en México: memorias de la VI Conferencia de Historiadores Mexicanos y Estadounidenses. México, El Colegio de México, pp. 121-138.

MARIA Y CAMPOS, Alfonso de. “Porfirianos prominentes: orígenes y años de la juventud de ocho integrantes del grupo de los científicos, 1846-1876”, en Historia Mexicana, vol. XXXIV, num. 4, Abril-Junio, 1985, COLMEX.

GONZÁLEZ, LUIS. “Hacia un reportaje de la sexta reunión” En CAMP, Roderic Ai, Los intelectuales y el poder en México: memorias de la VI Conferencia de Historiadores Mexicanos y Estadounidenses. México, El Colegio de México, 1991, p. 830.

MARÍA Y CAMPOS, Alfonso de. “Los científicos: actitudes de un grupo de intelectuales porfirianos frente al positivismo y la religión”, en CAMP, Roderic Ai, Op. Cit., p. 126.

MARIA Y CAMPOS, Alfonso de. “Porfirianos prominentes: orígenes y años de la juventud de ocho integrantes del grupo de los científicos, 1846-1876, en Historia Mexicana, vol. XXXIV, num. 4, Abril-Junio, 1985, COLMEX, p. 610.

3

Vídeos relacionados