Historia de Chile

Historia universal contemporánea. Siglo XX. Gobierno. Presidentes de Estado. Golpe militar. Dictadura militar. Salvador Allende. Pinochet

  • Enviado por: Patricia
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 10 páginas
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Chile

del gobierno popular a la dictadura militar

  • Antecedentes

  • La Democracia Cristiana llegó al poder en 1965, prometiendo reformas no muy drásticas y apoyada por la derecha para evitar un posible triunfo de Salvador Allende, a quien muchos temían como a Satanás.

    Las elecciones fueron teñidas desde el comienzo por una campaña de terror en la cual la derecha estaba empeñada desde el comienzo de la década, cuando triunfó la Revolución Cubana desencadenando un torrente de esperanza por toda América Latina.

    Pero esta política de conciliación de los demócrata-cristianos, amparada por los norteamericanos de las compañías del cobre, estaba destinada al fracaso porque no satisfacía a la izquierda ni a la derecha.

    El proyecto agrario, que la gente llamaba reforma de macetero, repartió unos cuantos terrenos abandonados o mal explotados, pero los latifundios siguieron en manos de los de siempre. Cundió el descontento y dos años más tarde buena parte de la población comenzaría a virar hacia la izquierda.

  • Historia de Chile
    La presidencia de Salvador Allende

  • Los múltiples partidos políticos que propiciaban reformas reales (marxistas, socialistas, comunistas, grupos de la clase media desilusionados, cristianos radicales y millares de hombres y mujeres pobres) se juntaron en una coalición agrupados bajo el emblema de Unidad Popular y decididos a embarcarse en un programa de transición al socialismo, pero sin alterar la larga tradición burguesa y democrática del país y, ante la sorpresa del mundo en general y de los Estados Unidos en particular, Salvador Allende se convertiría en primer Presidente marxista de la historia elegido por votación popular, en 1970.

    A pesar de las contradicciones evidentes del proyecto, una oleada de esperanza irracional movilizó a buena parte de la sociedad que esperaba ver emerger de ese proceso al hombre nuevo, motivado por altos ideales, más generoso, compasivo y justo.

    Allende había sido candidato tres veces y triunfo a la cuarta, a pesar de la creencia generalizada de que había quemado suerte en las fracasadas campañas anteriores. Hasta la Unidad Popular dudaba de él y estuvo a punto de escoger como su representante a Pablo Neruda. Pero el poeta no tenia ninguna ambición política, se sentía viejo y fatigado, solo le interesaba su novia, la poesía; sin embargo, como miembro disciplinado del Partido Comunista, se dispuso a acatar ordenes. Cuando finalmente Salvador Allende fue designado candidato oficial, después de muchas discusiones internas entre los partidos, Neruda fue el primero en sonreír aliviado y correr a felicitarlo.

    Durante la campaña se abrió una herida profunda que partió al país en fraccionar irreconciliables a causa de las distintas ideologías políticas.

    El día de la elección los mas sorprendidos fueron los vencedores, porque en el fondo no lo esperaban.

    Detrás de las puertas y ventanas cerradas del barrio alto los derrotados temblaban, seguros que las turbas se alzarían con odio de clases acumulado por siglos. Pero no fue así, solo hubo manifestaciones pacificas de alegría popular. Una muchedumbre cantando que “ el pueblo unido jamas será vencido” invadió las calles agitando banderas y estandartes, nadie tomo el país por asalto, las fronteras permanecieron abiertas, no hubo ejecuciones en un paredón.

    Como no hubo mayoría absoluta, el Congreso pleno debía decidir la elección. Hasta entonces siempre se había respetado la primera mayoría, pero la Unidad Popular despertaba demasiados recelos. De todos modos el peso de la tradición pudo mas que el temor de los parlamentarios y el poder de la Embajada Norteamericana y después de largas deliberaciones el Congreso - dominado por la Democracia Cristiana - redacto un documento exigiendo a Allende respeto por las garantías constitucionales; Este lo firmo y dos meses mas tarde recibió la banda presidencial en un acto solemne. Pablo Neruda partió como embajador a París.

    En los tres años siguientes el Gobierno de la Unidad Popular nacionalizo los recursos naturales del país - cobre, hierro, nitratos, carbón - que desde siempre habían estado en manos extranjeras, expandió dramáticamente la reforma agraria, repartiendo entre los campesinos latifundios de antiguas y poderosas familias, lo cual desato un odio sin precedentes; desarmo los monopolios que por décadas habían impedido la competencia en el mercado, obligándoles a vender a precios asequibles para la mayoría de los chilenos. Los niños recibían leche en la escuela, se organizaban clínicas en las poblaciones marginales y los ingresos de los más pobres subieron a un nivel razonable.

    Estos cambios iban acompañados de alegres demostraciones populares de apoyo al Gobierno, sin embargo, los mismos partidarios de Allende se negaban a admitir que había que pagar las reformas y que la solución no estaba en imprimir más billetes. Pronto empezó el caos económico y la violencia política.

    Afuera se seguía el proceso con curiosidad. Se trataba de un pequeño país latinoamericano que había escogido el camino de una revolución pacífica. En el extranjero Allende tenía la imagen de un líder progresista empeñado en mejorar la situación de los trabajadores y superar las injusticias económicas y sociales, pero dentro de Chile la mitad de la población lo detestaba y el país estaba dividido en fuerzas irreconciliables. Los Estados Unidos, en ascuas ante la posibilidad de que sus ideas tuvieran éxito y el socialismo se extendiera irremisiblemente por el continente, eliminó los créditos y estableció un bloqueo económico.

    El sabotaje de la derecha y los errores de la Unidad Popular produjeron una crisis de proporciones nunca vistas, la inflación alcanzo limites increíbles, sobraban billetes pero había muy poco para comprar. No pudo evitarse el mercado negro.

    Al principio los Jefes de Estado circulaban sin guarda espaldas y el patio de Palacio de La Moneda era una calle pública, pero con Salvador Allende eso termino; el odio se había exacerbado y se temía por su vida. El Presidente socialista se movilizaba con veinte hombres armados.

    Los diarios de la derecha publicaban titulares a seis columnas: ¡Chilenos, junten odio! e incitaban a los militares a tomar el poder y a Allende a renunciar a la Presidencia o cometer suicidio, como había hecho el Presidente Balmaceda el siglo pasado para evitar una guerra civil.

  • El Golpe Militar

  • 3.a Evolución de los acontecimientos

    En el mismo instante en que se anunció el triunfo de Allende, sus adversarios comenzaron el sabotaje y la rueda de la fortuna viró en una dirección trágica. Mientras se celebraba el triunfo de los socialistas, en la embajada de EE.UU. se reunía el personal en una sesión de emergencia; los norteamericanos habían comenzado a conspirar un año antes, financiando a los extremistas de derecha y tratando de seducir a algunos generales de tendencias golpistas.

    A comienzos de 1973 Chile parecía un país en guerra. El odio, gestado en la sobra día a día, se había desatado en huelgas patronales, sabotajes y actos de terrorismo, de los que se acusaban mutuamente los extremistas de izquierda y de derecha. Grupos de la Unidad Popular se apoderaban de terrenos privados, donde establecía poblaciones, ocupaban fábricas para nacionalizarlas y bancos con el fin de intervenirlos. Había tal clima de inseguridad, que a la oposición al Gobierno le resultó fácil sembrar el pánico. Los enemigos de Allende perfeccionaron sus métodos para agravar los problemas hasta alcanzar una precisión casi científica: circulaban rumores que sembraban el pánico, incitando a la gente a sacar su dinero de los bancos, se quemaban cosechas y se mataba al ganado, se hacían desaparecer del mercado artículos básicos, los hospitales se paralizaban por falta de agujas y algodón, las máquinas dejaban de funcionar por falta de repuestos, miles de obreros quedaban en la calle.

    En respuesta a esta situación, los trabajadores se organizaban en Comités, expulsaban a los jefes y tomaban del mando de las fábricas, levantando campamentos en la puerta y vigilando para que los patronos no arruinasen sus propias empresas. Empleados de bancos y funcionarios de la administración montaban guardia para evitar que los opositores destruyeran documentos y archivos o colocasen bombas en los baños. Se perdían horas y horas en interminables reuniones donde era imposible adoptar decisiones colectivas, rara vez se lograba un acuerdo.

    En mayor escala, lo mismo ocurría en el Gobierno. Allende no tenía mayoría en el Congreso, y sus proyectos se estrellaban contra el muro inflexible de la oposición.

    Aumentó el caos, se vivía un clima de precariedad y violencia latente. Por las noches, Santiago tenía el aspecto de una ciudad devastada; las calles permanecía a oscuras y casi vacías porque nadie se atrevía a circular a pie, el transporte colectivo funcionaba a medias a causa de las huelgas, la gasolina estaba racionada. Sin embargo, en el centro ardían las fogatas de compañeros, como se llamaban los partidarios del Gobierno que, durante la noche, custodiaban edificios y calles. Brigadas de jóvenes comunistas pintaban murales panfletarios, mientras grupos de extrema derecha circulaban en automóviles, con cristales negros, disparando contra los partidarios del Gobierno.

    En los campos, donde se había aplicado la Reforma Agraria, los latifundistas planeaban su revancha aprovisionándose de armas que introducían por la frontera de la cordillera andina. Miles de cabezas de ganado fueron trasladadas a Argentina por los pasos del sur; otras fueron sacrificadas para evitar su distribución en los mercados. Los campesinos, que habían vivido durante generaciones obedeciendo órdenes, se reunían en asentamientos, aunque les faltaban iniciativa, conocimientos y créditos, muchos añoraban secretamente el regreso del patrón que, aunque autoritario y odiado, les garantizaba protección en casos de necesidad. Además, les resultaba difícil comprender a los asesores enviados por el Gobierno, que hablaban en un leguaje poco comprensible para ellos. No se guardó grano para la siembra, se comieron los toros reproductores y pasaron el verano discutiendo de política.

    Por último, los camioneros se declararon en huelga, haciendo imposible trasladar carga a lo largo del país. Algunas ciudades se quedaban sin alimentos, mientras en otras se pudrían las hortalizas o productos del mar.

    Salvador Allende se quedó sin voz de tanto denunciar el sabotaje, pero no tuvo el poder suficiente para derrotar a sus enemigos. Acusó a los norteamericanos de financiar la huelga; cada camionero recibía 50$ diarios si no trabajaba y, cuando mandó al ejército para poner orden, faltaban piezas de los motores y no era posible mover las carcasas atascadas en las carreteras. Además, el suelo estaba sembrado de clavos que destrozaron las ruedas de los vehículos militares.

    El abastecimiento se convirtió en una pesadilla, aunque nadie pasaba hambre. Los que podían, adquirían productos en el mercado negro y los pobres se organizaban por barrios para conseguir los productos básicos. El gobierno pedía paciencia; el Ministerio de Agricultura repartía panfletos para enseñar a la población a cultivar hortalizas.

    A pesar de estas graves dificultades, el pueblo seguía celebrando la victoria y, cuando en marzo se llevaron a cabo las elecciones parlamentarias, la Unidad Popular aumentó su porcentaje de votos.

    La derecha comprendió que la presencia de un montón de clavos en las carreteras y la ausencia de pollos en los mercados no serían suficientes para derrotar al gobierno socialista. Decidieron entrar en la última fase de la conspiración. El Jefe de las Fuerzas Armadas, el General Prats, era partidario de respetar la constitución y permitir a Allende terminar su legislatura en paz. Pero una fracción del Ejército se alzó y en junio salieron con los tanques a la calle. Prats logró imponer la disciplina en la tropa, pero ya se había desencadenado la operación.

    El Parlamento declaró ilegal al Gobierno de la Unidad Popular y los Generales exigieron el cese de su Comandante en Jefe. El General Prats se vio obligado a renunciar y Allende nombró en su lugar al General Augusto Pinochet, oscuro “hombre de armas” poco conocido, amigo de Prats, que juró permanecer leal a la democracia.

    El país parecía fuera de control. Salvador Allende anunció un plebiscito para que fuese el pueblo quien decidiera si continuaba gobernando o convocaba nuevas elecciones. La fecha para la votación sería el 11 de septiembre de 1973.

    3.b Asesinato de Allende y golpe militar

    Ese 11 de septiembre, al amanecer, se sublevó la Marina y le siguieron el Ejército, la Aviación y finalmente el Cuerpo de Carabineros (policía chilena). Salvador Allende fue informado de inmediato, se vistió deprisa, se despidió de su familia y partió a su oficina dispuesto a cumplir lo que siempre había dicho “de La Moneda no me sacarán vivo”. Pronto se difundió la mala noticia; Ministros, Secretarios, empleados, médicos y algunos periodistas y amigos acudieron al Palacio Presidencial, una pequeña multitud que daba vueltas sin saber qué hacer, improvisando tácticas de batalla, atrancando puertas con muebles,... Voces apremiantes propusieron llamar al pueblo a una manifestación multitudinaria en defensa del Gobierno, pero Allende pensó que podría haber muchas víctimas. Entretanto, el Presidente intentaba disuadir a los insurrectos por teléfono o por medio de mensajeros, porque ninguno de los Generales sublevados se atrevió a enfrentarse a él cara a cara.

    Los guardias del Palacio recibieron órdenes de retirase cuando los Carabineros se unieron al golpe. El Presidente les permitió marchar, pero después de que entregasen sus armas. El Palacio quedó sin protección y con sus grandes puertas cerradas por dentro. Poco después de las 9 de la mañana Salvador Allende comprendió que su toda habilidad política no lograría desviar el rumbo trágico de los acontecimientos de ese día. Los encerrados en el viejo edificio colonial estaban solos; el pueblo estaba desarmado y sin líderes. La guardia de seguridad del Presidente repartió armas entre los que quedaron, aunque muy pocos sabían utilizarlas.

    El Embajador Chileno en Buenos Aires logró hablar por teléfono con el Presidente, que de despidió de su amigo de tantos años, “no renunciaré, saldré de La Moneda solo cuando termine mi período presidencial, cuando el pueblo me lo exija o muerto”.

    Entretanto, las unidades militares a lo largo y ancho del país, caían en manos de los golpistas o se unían a ellos. En los cuarteles comenzaba la purga de aquellos que habían permanecido leales a la Constitución: los primeros fusilados del golpe vestían uniforme militar.

    El Palacio estaba rodeado de soldados y tanques, sonaban disparos aislados y, después, una `balacera' cerrada que perforó los muros e incendió muebles y cortinas en el primer piso. Allende salió al balcón con un casco y un fusil, disparó un par de ráfagas y enseguida lo convencieron de que esa actitud era una locura y lo obligaron a entrar.

    Allende ordenó que las mujeres salieran de La Moneda y pidió a todos sus colaboradores que se rindieran, pero pocos lo hicieron; la mayoría se atrincheró en los salones del primer piso. Se acordó una breve tregua para que salieran las mujeres del Palacio, pero sus hijas se negaban a abandonarlo; a esa hora ya se había desencadenado el fin, por lo que el Presidente ordenó que sacasen a sus hijas por la fuerza.

    Los Generales, que no esperaban tanta resistencia, no sabían como actuar y no querían convertir a Allende un un héroe. Le ofrecieron un avión para que se fuera con su familia el exilio, pero Allende les respondió “se equivocaron conmigo, traidores”. Le anunciaron que si no se rendía comenzaría el bombardeo aéreo del Palacio Presidencial.

    Quedaba muy poco tiempo. Salvador Allende se dirigió por última vez al pueblo a través de la única emisora de radio que aún no había caído en manos de los golpistas. Su voz era tan pausada y firme, sus palabras tan decididas, que esa despedida no pareció el último aliento de un hombre que va a morir, sino el saludo digno de quien entra para siempre en la historia:

    “Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes, por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno, que fue leal a la lealtad de los trabajadores

    (...)Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La Historia es nuestra, y la hacen los pueblos

    (...) Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas, por donde pase el Hombre Libre para construir una sociedad mejor.

    ¡Viva Chile! ¡Viva el Pueblo! ¡Vivan los Trabajadores!

    Poco después, los bombarderos volaron sobre el Palacio de la Moneda lanzando su carga; en la calle, los tanques disparaban gases lacrimógenos. Simultáneamente, otros aviones y tanques atacaban la residencia presidencial en Barrio Alto.

    El fuego y el humo envolvieron el primer piso del Palacio y empezaban a alcanzar el segundo piso, donde se encontraban atrincherados Salvador Allende y unos cuantos de sus seguidores. Había cuerpos tirados por todas partes,...

    La Tropa de Asalto del Ejército entró por los boquetes abiertos por las bombas, ocupando la planta baja todavía en llamas. Mediante altavoces ordenaron a los ocupantes que bajaran por una escalera exterior. Allende comprendió que toda resistencia acabaría en una masacre, por lo que ordenó a su gente que se rindiera porque sería más útiles a su pueblo vivos que muertos; salieron en fila y con los brazos en alto. Los soldados les recibieron con culatazos y patadas, lanzándoles rodando por la escalera hacia abajo, donde les golpearon y arrastraron a la calle dejándoles tendidos en el pavimento.

    El presidente permaneció en La Moneda con el fusil que Fidel Castro le había regalado junto a una bandera chilena rota y ensangrentada. Los soldados irrumpieron en la sala con sus armas listas. Según la versión oficial, Allende puso el cañón de su arma bajo su barbilla y disparó.

  • El Régimen de Pinochet

  • A partir de ese momento, se estableció una Junta Militar encabezada por el general Augusto Pinochet Ugarte que suspendió inmediatamente la Constitución, disolvió el Congreso, impuso una estricta censura y prohibió todos los partidos políticos. Asimismo, lanzó una fuerte campaña represiva contra los elementos izquierdistas del país: miles de personas fueron arrestadas y centenares de ellas ejecutadas o torturadas; muchos chilenos se exiliaron, mientras que otros pasaron largos años en prisión o se dieron por desaparecidos.

    Durante los años siguientes, la Junta Militar gobernó al país con gran rigor, aunque hacia finales de la década pudo apreciarse una cierta apertura. En 1978 se levantó el estado de sitio (aunque siguió en vigor el estado de emergencia) e ingresaron más civiles en el gabinete. Sin embargo, Chile siguió siendo esencialmente un Estado policial. Una nueva Constitución, la de 1980, sometida a referéndum el día del séptimo aniversario del golpe militar, legalizó el régimen hasta 1989; Pinochet inició en marzo de 1981 un nuevo periodo de gobierno, ahora como presidente, con una duración de ocho años.

    En el ámbito económico, el gobierno de Pinochet aplicó medidas de austeridad que provocaron el recorte de la inflación y una mayor producción entre 1977 y 1981. No obstante, a partir de 1982, la recesión mundial y la caída de los precios del cobre provocaron un retroceso de la economía chilena. En 1983 se produjeron amplias protestas contra el gobierno, seguidas de una serie de atentados en las grandes ciudades. El aumento de la tensión popular y el progresivo deterioro de la economía llevaron a Pinochet a reinstaurar el estado de sitio en noviembre de 1984. A finales de ese mes, se firmó un tratado con Argentina, en el que se ratificaba la soberanía chilena sobre tres islas del canal de Beagle (Picton, Nueva y Lennox). En septiembre de 1986, tras un fallido intento de atentar contra la vida de Pinochet, se desarrolló por parte del gobierno una nueva campaña represiva.

    En la confusión, salieron a la calle, caminaron sin que nadie las detuviese hasta que un automóvil las recogió y las condujo a lugar seguro. Tati, una de sus hijas, nunca logró superar el dolor de la separación y la pérdida de su padre; tres años más tarde, asilada en Cuba, dejó sus hijos a una amiga y se suicidó.

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