Historia contemporánea de Rusia

Revolución rusa. URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Pueblo e Imperio ruso. Zar. Romanov. Lenin. Stalin. Guerra civil. Política

  • Enviado por: Deirdre
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Rusia: De los Zares a la Revolución

Índice

Introducción .................................................................................................................... 3

1. Antecedentes................................................................................................................ 4

1.1. El pueblo ruso

1.2. La familia imperial

1.3. La revolución de 1905.

1.4. Los cuatro errores del zar.

2. Revolución de 1917.....................................................................................................14

2.1. Revolución de Febrero y Gobierno Provisional.

2.2. Revolución de Octubre.

3. Época de Lenin........................................................................................................... 21

3.1. Guerra Civil

3.2. Época de la N.E.P.

3.3. Formación de la U.R.S.S.

4. Biografías.................................................................................................................... 29

5. Formaciones políticas................................................................................................. 30

6. Bibliografía................................................................................................................. 31

Introducción.

Bajo el gobierno de los últimos Romanov, el Imperio ruso entró en un declive irreversible. Los problemas no resueltos por Alejandro II, ni por Alejandro III recayeron sobre Nicolás II, desposeído del carisma de sus antecesores, derrotado en la primera guerra mundial y odiado por la mayoría de su pueblo. El rechazo social creció hasta que la revolución fue imparable.

En los 36 años que transcurren entre la subida al trono de Alejandro III y la obligada abdicación de su hijo Nicolás en 1917, se produjeron en Rusia una serie de hechos militares, políticos y económicos que, en gran parte, tuvieron como protagonista al pueblo ruso.

Todo el proceso no puede entenderse si olvidamos el estado de opresión en que se hallaba las clases populares de aquel país a finales del siglo XIX, y como consecuencia, el fuerte impulso revolucionario surgido en algunos de sus miembros. Este impulso se transmitió después a la gran masa amorfa y pasiva del campesinado y también al proletariado urbano.

La revolución rusa fue un proceso que duró doce años. El año más importante fue 1917, que se dividió en dos fases:

  • La de febrero, cuando fue derrocada la monarquía y se instauró el Gobierno Provisional.

  • La de octubre, en la que se configuró un nuevo modelo de Estado a partir de las organizaciones obreras, los soviets y los campesinos.

En ocho meses, Rusia pasó de ser una monarquía absolutista y anacrónica a la dictadura del proletariado. Y en todo este proceso, la figura más relevante es la de Lenin, que dotó a la revolución del soporte teórico.

El nuevo régimen se consolidó después de una guerra civil de tres años. En un primer momento, se pensó que era la expansión del socialismo, pero sólo se limitó a la U.R.S.S. Además, representó la primera experiencia que significa una revolución de carácter social y se convirtió en el modelo de las revoluciones que acaecieron en China, Cuba y algunos países africanos.

1. Antecedentes

1.1 El pueblo ruso

El campo

En 1861, el zar Alejandro II abolió la servidumbre. A pesar de esto, los antiguos propietarios, pertenecientes a las familias más nobles y rica, seguían siendo dueños absolutos de la tierra. Sólo tenían la obligación de proporcionar una parcela cultivable y una pequeña vivienda a cada una de las familias liberadas, pero debían ser indemnizados por las tierras cedidas y podían cobrar un alquiler por las viviendas.

Puesto que los siervos, antiguos esclavos, siempre pobres, no podían pagar nada de esto, el Estado les ofrecía un préstamo en dinero con la condición de que fuera devuelto antes de 50 años, a base de pequeñas sumas anuales hasta llegar a la cantidad total.

Para controlar estos pagos, así como para obtener una buena organización, disciplina y rendimiento agrícola en las tierras adquiridas por los siervos emancipados, el Estado ruso puso en marcha los "mir", comunidades agrícolas creadas con esta finalidad sometidas casi siempre a la influencia de las autoridades y de los terratenientes. Los siervos, en teoría libres y con trabajo independiente, estarían cada vez más abatidos por las dificultades económicas.

En los últimos años del siglo XIX y primeros del XX se inició en el campo una política liberalizadora que favoreció el progreso de determinados campesinos, en especial , los más astutos, apoyados por las clases superiores debido a su lealtad a los mismos. Eran los llamados "kulaki", conservadores, enemigos de cualquier mejora social, que especulaban con los beneficios agrícolas y se enriquecían a costa de la pobreza y el trabajo de sus antiguos semejantes.

En cifras, el estado del campo ruso era el siguiente:

  • Un 85% de la población vivía en zonas rurales. De 115 millones de campesinos, el 90% eran analfabetos.

  • Un 1% de terratenientes, nobles fundamentalmente, poseía un 33% de las tierras de cultivo. Algunas fincas superaban los 50 km2.

  • Un tercio de los agricultores con tierras no poseía ni siquiera un caballo. Oprimidos por el sistema, no tenían motivación para mejorar los sistemas de cultivo. La falta de abonos provocaba el agotamiento continuo de la tierra.

  • Alrededor de cuatro millones de campesinos carecían de tierras y se empleaban en las de terceros, pero cuando las cosechas eran malas vivían en la indigencia.

  • Rusia se encontraba en plena expansión demográfica: entre 1894 y 1904 el país ganó 21 millones de habitantes y llegó a los 146 millones.

Nuevas clases sociales

Con la subida al trono de Nicolás II en 1894, y sobre todo, con la política de Serguei Witte, unos de sus ministros, se produjo un rápido desarrollo industrial en las grandes ciudades nuevas y surgieron dos clases sociales: una burguesía políticamente liberal, y un proletariado sometido a unas durísimas condiciones de trabajo (trabajo de doce, catorce o más horas diarias, salario insuficiente para mantener una familia, ninguna protección contra las enfermedades y los accidentes, ausencia de unos mínimas vacaciones o de unas reducidas pensiones de vejez, mujeres y niños obligados a trabajar casi en las mismas condiciones que los hombres...)

Estos proletarios rusos, orientados sobre todo por clandestinas publicaciones marxistas que los ayudaban a adquirir una clara conciencia de clase, comenzaron entonces a provocar manifestaciones públicas de protesta, desplantes, huelgas e incluso pequeñas rebeliones armadas. También se esforzaban por crear activos grupos de acción y presión, especialmente los soviets, destinados a tener, bajo la dirección de Trotski y Lenin, un gran papel en la última y decisiva revolución contra el Antiguo Régimen.

Pero en Rusia seguía predominando la gran masa rural. Aún así, empezaba a evolucionar hacia una estructura distinta. De ahora en adelante, las clases sociales serían cuatro.

Con la industrialización había surgido el nuevo grupo de los burgueses que eran los propietarios y gestores de la industria, los dueños del capital. Y frente a ello, los llamados proletarios. Eran dos categorías nuevas, distintas, aunque en muchos casos los capitalistas procedían de la nobleza y los obreros de las fábricas eran hijos o nietos de los antiguos siervos del campo.

Estos proletarios, en general más instruidos y mejor coordinados que sus antepasados iban a constituir el germen de la revolución. Por su parte, pequeños sectores de la burguesía liberal, sobre todo jóvenes estudiantes, profesionales e intelectuales, tal vez lectores de Marx, estarían dispuestos a proporcionar un contenido ideológico, y un cauce propicio a la enérgica protesta de los proletarios e incluso a la de todo el pueblo ruso, cada vez más inclinado a la revolución.

Pero el deseo de un cambio radical, que existía en todo el país, aún era latente y poco explícito en aquellos momentos, sin fuerza ni medios para manifestarse de forma eficaz y rotunda.

La rápida industrialización del país:

  • En 1890, la industria empleaba a 1,1 millones de trabajadores; en 1900, 2,1 millones; en 1913, 3 millones. Se trabajaba unas 12 horas diarias, pudiéndose llegar hasta las 16 o 18.

  • San Petersburgo pasó de 1,256 millones de habitantes en 1900 a 1,907 en 1910. Moscú, de 1,039 millones a 1,481.

  • Un herrero ganaba al día entre 1 y 2,25 rublos. Una docena de huevos costaba 0,30 rublos; un par de zapatos, 12; y un traje, 40. Un alto funcionario podía llegar a ganar 2000 rublos al mes.

  • El endeudamiento exterior alcanzó proporciones astronómicas: en 1890, un tercio del capital en Rusia era extranjero,; en 1900, ascendió a la mitad.

1.2 La familia Imperial

Nicolás II era descendiente de una dinastía iniciada en 1613 en Moscovia por Miguel Romanov y heredero de los dominios de Pedro el Grande y Catalina la Grande, que se extendían desde el mar Báltico hasta China. Pero Nicolás no estaba preparado para esa carga: 300 años de historia, el país más grande del mundo y 130 millones de súbditos.

Nicolás adquirió de su padre su fe en el poder autocrático de los zares. A pesar de esto, sentía mucho más apego por la vida militar que por los asuntos de Estado. Además, daba la impresión de tímido e inseguro (al principio estuvo bajo la influencia de su madre, sus tíos, su tutor y más gente, sus detractores llegaron a decir que carecía de voluntad propia).

Si alguien pudo infundir cierta confianza en su vida, esa persona hubo de ser su esposa, Alexandra. Nieta por vía materna de la reina Victoria de Inglaterra, era hija del gran duque de Hesse-Darmstadt. Su boda (que fue el desenlace de algo muy parecido a un melodrama en el que incluso intervino el káiser Guillermo II) coincidió prácticamente con el ascenso de Nicolás al trono, debido a la repentina muerte de Alejandro III en otoño de 1894.

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Coronación y boda de Nicolás y Alexandra

Ya convertidos en marido y mujer se instalaron primero en el palacio Anitchkov de San Petersburgo. Pero al año siguiente decidieron trasladarse de forma definitiva al palacio de Tsarkoé Seló.

Las obligaciones de Estado abrumaban a Nicolás, mientras que en familia se sentía realizado. Llevaba una vida tranquila con su familia alejados de la nobleza y la vida social. Los bailes de la Corte desaparecieron, provocando la mala imagen de la zarina entre la aristocracia (la llegaron a tachar de espía, ladrona, ambiciosa, acomodaticia, atrevida, intrigante,...).

La familia real también hacía gala de un fervor religioso que se manifestaba en el zar a través de un fatalismo, una especie de superstición que le llevaba aceptar cualquier hecho como inevitable. La zarina, por su parte, pasó de ser una persona religiosa a sentir fascinación por lo fantástico, pasó del interés por los milagros de los santos rusos a frecuentar la compañía de adivinos.

Esta actitud pudo tener su explicación en la enfermedad del zarevich, la hemofilia, dolencia transmitida por su madre y legado de la reina Victoria. Descartados los médicos de la Corte, apareció en la vida de los zares de forma muy oportuna un oscuro personaje de nombre Rasputín.

Curandero con fama de hombre santo, parecía actuar siempre de manera infalible cuando se requerían sus servicios, deteniendo las hemorragias del pequeño Alexis. Fue así como se convirtió en el protegido de Alexandra.

Con el paso de los años, y a medida que crecía la dependencia moral y espiritual de la zarina hacia Rasputín, el poder de este fue en aumento, llegando a inmiscuirse en asuntos de Estado. Si llegaban quejas de ministros o de hombres de la Iglesia ortodoxa, Nicolás las desoía sólo por no contrariar a su esposa.

Ya se ha mencionado la inseguridad y desconfianza del zar, y cómo Alexandra le sirvió de apoyo , aunque no siempre con resultados positivos. El zar desconfiaba tanto, hasta el punto de rechazar la posibilidad de contar con un secretario. Renegado de apoyos y consejos (que cuando los escuchaba, no obstante, le convencían con demasiada facilidad), no sorprende que tomara decisiones tan equivocadas: desde tachar de insensatos, en su primer acto oficial, a los dignatarios que pedían mayor representatividad de los pueblos (uno de los factores que motivó la aparición del Partido Social Revolucionario), hasta la resolución en 1914 de entrar en el conflicto bélico contra Austria-Hungría por el simple hecho de defender a Serbia.

En el trato personal, sin embargo, Nicolás era con frecuencia amable y amante de su familia. Con Alexandra tuvo cuatro hijas y un hijo: las archiduquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia y el zarevich Alexis.

Tras la Revolución de Octubre y la destitución del Zar, toda la familia quedó retenida en Tsarkoé Seló, para después ser trasladada a la mansión del gobernador de Tobosk, en Siberia. A partir de ese momento, Nicolás y su familia tiene que vivir con el mismo racionamiento que los soldados y llevar cuentas de lo que gastan. Su último destino fue Ekaterimburgo.

Esta situación se mantuvo hasta el 17 de julio de 1918, en plena Guerra Civil. La proximidad del Ejército Blanco había puesto en alerta a los guardianes de la familia imperial, que decidieron acabar con sus vidas y las de los sirvientes que les acompañaban.

El secretismo con el que se llevó a cabo esta operación motivó los rumores de que algún miembro de la familia real (Alexis, Anastasia o Tatiana) pudieran haber sobrevivido.

Tras la caída del régimen soviético en 1991, se autorizó la exhumación de los restos. En 1998 se celebraron unos funerales de Estado por los Romanov, para más tarde ser canonizados por la Iglesia ortodoxa.

1.3 La revolución de 1905

Con el giro de la sociedad rusa hacia una estructura capitalista se hizo aún más apremiante la reforma de las relaciones internas. Estaba creciendo una clase media administrativa que pretendía participar en las decisiones relativas a los ingresos estatales y en los asuntos públicos. Esta nueva burguesía había surgido tan solo en una mínima parte de un estamento de artesanos independientes con tradiciones propias de autonomía administrativa. A esto hay que añadir que el artesanado era a menudo de origen extranjero, y por tanto, no estaba totalmente integrado.

En las grandes ciudades y en los órganos con autonomía administrativa, especialmente en las organizaciones profesionales, había surgido una cierta conciencia corporativa en las clases medias burguesas. También se podía hablar de una clase media burguesa en el campo, de empresarios campesinos que por regla general había perseguido sus fines en las administraciones de Volost y en los Zemstva. Estas clases medias no estaban integradas en una conciencia política común, pero los intelectuales les prestaron un decidido apoyo en este sentido. La libertad política no era para la clase económicamente activa una meta moral, sino que significaba la libertad concreta para desarrollarse materialmente, así como un sistema impositivo justo. Tan sólo una vez satisfechas estas revindicaciones podría actuar la clase media como estabilizador de la vida pública.

La corte del zar y los altos funcionarios no comprendieron que a la industrialización, como política estatal, le correspondería una nueva estructura política. También hubiera tenido gran importancia y significación un Consejo de Estado reformado, en el que fueran convocados los representantes de la clase media y que pudiera actuar con responsabilidad.

Mientras que el Consejo Imperial no poseyera unas atribuciones claramente definidas y el gobierno pudiera aceptar o rechazar sus propuestas sin justificación, mientras que los ministros siguieran siendo los hombres de confianza de los zares y no tuvieran ninguna responsabilidad, no podía pensarse en la participación de las clases medias.

Sin embargo, en una parte de la nobleza y especialmente en el campesinado, parecían encontrarse los apoyos más leales a la autocracia deseada por Dios. Aunque algunos ministros lograron algo efectivo, no se podían coordinar los resortes de la política interior. Los gobernadores que dependían únicamente del Ministerio del Interior, intervenían en las distintas ramas de la administración.

La realidad constitucional del Imperio parecía no admitir ninguna forma de adaptación, sobre todo cuando, tras el resurgimiento del terrorismo, el gobierno se vio obligado a situarse a la defensiva. Sin embargo, el príncipe Sviatopolk-Mirskij intentó poco a poco conseguir de la burocracia algunas reformas y poner al gobierno en contacto con las fuerzas leales de la sociedad culta.

Se liberó a los Zemstva de las vejatorias limitaciones a las que estaban sometidos y se intentó llegar a un acuerdo con la dirección, en teoría ilegal, de los Zemstva de toda Rusia.

Con ello se planteaba el problema de las relaciones de la intelectualidad “liberal”, es decir, no socialista, con el gobierno. Mientras que los representantes de los Zemstva defendían en su mayor parte las posiciones de la nobleza de provincias, los hombres pertenecientes a las profesiones libres estaban más influenciados por los ideales de la democracia europea occidental. Aquellas personas más leales que deseaban la reforma en un espíritu de lealtad al soberano se limitaba a esperar que todo viniera de él, mientras que los más radicales se limitaban a esperar, pensaban en una resolución que conseguiría, mediante Asamblea Constituyente, una nueva forma de Estado. Los distintos grupos cuyo programa era la “liberación” se reunieron a lo largo del movimiento en amplias “uniones para la liberación”.

No obstante, de no haber existido la irresponsable guerra contra Japón no se hubiera llegado al levantamiento de la sociedad: la sangrienta lucha sin repercusiones visibles para el Imperio, no encontró apenas resonancia no siquiera entre los rusos más patriotas. Esto demostró la incapacidad del gobierno, que malgastaba hombres y medios.

A finales de 1904 pasó la oposición moderada a ocupar un segundo plano. También entre la nobleza se hizo más ostensible la oposición. La agitación política se llevaba a cabo de forma muy difícil de controlar por la policía. Los Zemstva pedían principalmente el acceso al Consejo Imperial de Representantes Elegidos.

Cuando a finales de año fueron despedidos algunos obreros de la fábrica Putilov todos los obreros se declararon en huelga. La marcha de obreros hacia el Palacio de Invierno no sorprendió al Gobierno: el Ministro del Interior, puesto que el zar no se decidía, declaró que las manifestaciones no permitidas eran ilegales y que, por tanto, debían ser dispersadas. Así, las tropas dispararon sobre los obreros que estaban desarmados. Las consecuencias psicológicas de este “Domingo Sangriento” fueron terribles, aunque no llegaron a romper los lazos entre el zar y sus súbditos.

Tras esto, no sólo se extendieron las huelgas a otras regiones del Imperio, sino que además en la capital todos los estratos de la población declararon su solidaridad en una unánime protesta, que se sucedió de forma pacífica.

Las huelgas continuaron a pesar de los esfuerzos del zar. A lo largo de estos movimientos surgieron los sindicatos.

En el campo comenzaron a fundarse numerosas asociaciones que exigían la creación de una Asamblea Constituyente en la línea de la “Unión para la liberalización” y que después se agruparon en la “Unión de Asociaciones”. Con ello, se reunieron todas las fuerzas no socialistas de la oposición. Frente a estos, los socialistas defendían la teoría de que a la revolución burguesa debía seguirle la revolución social.

Durante la primavera siguió aumentando la ola de huelgas. La destrucción de la flota en mayo y el motín del acorazado Potemkin pusieron al gobierno en una situación aún más difícil.

Fue entonces cuando cobró verdadera importancia la oposición de los campesinos, al organizarse estos en asociaciones políticas. Los campesinos formularon independientemente su concepto tradicional socio-político. La restauración del buen y antiguo derecho, es decir, la socialización de todos las propiedades y terrenos y su distribución para su aprovechamiento entre aquellos que realizaban un trabajo personalmente. También exigieron una Asamblea Constituyente, reforzando así el ala radical de movimiento de liberación. Tampoco en los ciudadanos cedió la agitación.

El restablecimiento de la autoridad dependía únicamente de las fuerzas armadas. La marina se había hundido. Los revolucionarios se esforzaba por introducir la agitación en el ejército. Los reservistas eran los más inquietos. La paz de Portmouth (agosto de 1905) acabó con esta situación de incertidumbre.

Así, el zar tuvo que firmar el “Manifiesto de Octubre” (17 de abril), que no se conoció inmediatamente en todo el Imperio debido a la huelga de impresores: en él se establecía los derechos fundamentales de los ciudadanos, se abolían las limitaciones del sufragio para la Duma que habría de convocarse, y sobre todo, se declaraba que no podía dictarse ninguna ley sin la aquiescencia de la Duma, así como los representantes del pueblo podían controlar definitivamente la legalidad de todas las medidas administrativas.

El vacío de poder existente en las ciudades principales había dado a los comités de huelga la posibilidad de constituirse en soviets de obreros y desempeñar así funciones básicas. La democracia de los soviets surgió de la necesidad inmediata de una dirección de huelga por encima de cada empresa individual y se acercaba más a la forma tradicional de organización. El poder real de los soviets quedó enseguida en manos del Comité Ejecutivo. Junto al abogado Churstalev-Nosar se puso el joven Trotski a la cabeza del soviet de San Petersburgo. Este soviet instauró inmediatamente la libertad de prensa y asociación, pero nunca llegó a dominar al Poder policial.

Los meses de octubre y noviembre de 1905 fueron testigos de una mayor agitación entre los campesinos, así como de nuevos motines entre los marinos y soldados. A mediados de noviembre iniciaron una huelga los ferroviarios y los empleados de correos y telégrafos, quedando paralizado todo el país.

El contragolpe del régimen comenzó a finales de noviembre con la pacificación de las provincias de las tierras negras, zonas de vital importancia en el abastecimiento del Imperio. Los cosacos permanecieron leales, los campesinos divididos. El Ministro del Interior también intervino en las ciudades, primero fueron detenidos los dirigentes de las huelgas y a principios de diciembre casi todo el soviet de San Petersburgo. Éste convocó una huelga general que se siguió de forma impresionante, pero que el Gobierno supo superar.

A principios de diciembre tuvo lugar el levantamiento armado de los obreros de los barrios proletarios de las afueras de Moscú. La lucha resultó inútil desde un principio, y los centros de la oposición fueron arrasados.

Ya con anterioridad, Serguei Witte y Nicolás II habían creado un contrapeso a la representación popular de la oposición: un gabinete ministerial unificado que debía hacerse cargo del poder ejecutivo supremo, bajo la dirección directa del zar. Se otorgó el mismo poder legislativo al Consejo de Estado que a la Duma; por último, el soberano tenía derecho al veto en todas las leyes que habían sido aprobadas por ambas cámaras, así como libre decisión en los casos en que la Duma y el Consejo de Estado tuvieran distintas opiniones. El poder legislativo no podía exigir responsabilidades a los Ministros, sino tan sólo aprovechar sus limitadas posibilidades para la aceptación del presupuesto. El poder ejecutivo podía promulgar leyes durante las vacaciones del Parlamento.

El derecho a voto para la Duma era complicado, tras una serie de modificaciones se consiguió, a pesar de las elecciones indirectas, una representación relativamente amplia de todos los estratos del pueblo. Las elecciones duraron algunas semanas. Los social-demócratas y los social-revolucionarios habían quedado en una situación difícil tras el fracaso del movimiento moscovita y boicotearon las elecciones para no traicionar sus principios.

En el primer parlamento aparecieron muchos diputados sin afiliación a un partido determinado, uniéndose a la agrupación con cuyas especiales instrucciones se sentían más identificados.

Independientemente de los socialistas, ya en octubre, se había constituido también como partido, bajo la dirección de Miliukov, los demócratas constitucionales que reunían a una gran parte de los intelectuales y a los representantes radicales del movimiento Zemstva.

En la primera Duma el partido de los Kadetes logró hacerse con ciertos delegados campesinos, aunque la gran mayoría de los diputados procedían de las ciudades. A la izquierda de los Kadetes se creó un grupo de laboristas, al que se unieron otra parte de los campesinos, así como muchos obreros.

La constitución se había impuesto antes de que la Duma se reuniera. A finales de 1906 se reunió la Duma: tras las primeras refriegas entre la mayoría radical y el Gobierno se discutió la reforma agraria. Era imposible que el gobierno y la Duma llegaran a un acuerdo. Por ello fue imprescindible la disolución, que tuvo lugar en julio. La segunda Duma (febrero-junio de 1907) fue tan radical como la primera: los socialistas participaron en las elecciones, pero en general consiguieron menos escaños que los “trudoriki”; los Kadetes se quedaron casi en la mitad, y los octubristas (la “liga de 17-30 de octubre”) aumentaron sus escaños hasta 32. Pero Stolipin tampoco fue capaz de trabajar con este Parlamento. En noviembre del mismo año, fue elegida una tercera Duma. Stolipin fue asesinado en 1911, y un año después se eligió una cuarta Duma, igual de inoperante que las anteriores. Aún así, se aprobó una legislación social siguiendo el ejemplo alemán. Sin embargo, en 1914 aumentó la ola de huelgas, poco antes de comenzar la guerra, habían vuelto a levantar barricadas en San Petersburgo.

1.4 Los cuatro errores del zar

La Rusia de finales de siglo XIX estaba marcada por la miseria. El zar, empeñado en mantenerse en solitario al frente del país, terminó por empeorar las cosas con dos guerras perdidas y una mala industrialización. Su escasa talla política propició el triunfo del socialismo. Fue el suicidio del Imperio.

Ciego ante un país en ruinas

Nicolás II había sido criado prácticamente en secreto, sin tener contacto cercano con Rusia: un país que se moría de hambre. Su espartano carácter y el casi fanatismo religioso de la zarina, les llevaron a una vida recogida, con lujos, pero sin ostentación, a diferencia de la que llevaban los nobles (1,8 millones de personas).

Sin embargo, el zar carecía por completo del tacto necesario para tratar con un pueblo moribundo: estaba convencido de que le querían y de que era una masa pasiva. El 17 de mayo de 1896, día de su coronación en Moscú, se ofreció comida y bebida a los ciudadanos, como era tradición. La hambruna hizo que se acercaran unas 700.000 personas. La lucha por un bocado derivó en una estampida que provocó la muerte de 2.000 personas. Al día siguiente, el zar no cambió el programa de actos y celebró un gran baile. Los rusos jamás se lo perdonaron.

Obstinado en sus proyectos

A pesar de que sabía que era un emperador mediocre, Nicolás II, creía con más fuerza que gobernar era un deber impuesto por Dios.

Sin haber solventado la nefasta situación del campo, impulsó un rápido e incontrolado crecimiento industrial y dio luz verde a la construcción de grandes empresas ferroviarias proyectadas con anterioridad. Con ello, sólo se consiguió empeorar la situación del país. La creación de las industrias desplazó a millones de personas hasta las ciudades, que no estaban preparadas para tal avalancha.

Las condiciones de trabajo eran espantosas y los sueldos permanentemente bajos, dado que el flujo de mano de obra que llegaba del campo no cesaba.

La situación era de colapso: Nicolás II y su ministro Serguei Witte habían impulsado una gigantesca llegada de capital extranjero, con lo que buena parte de los beneficios iban a parar a Europa o a Estado Unidos, los productos que salían de las fábricas no contaban con una demanda interna adecuada, y para colmo, lo que llegaba del extranjero se encarecía por los aranceles.

Líder marcial de un ejército moribundo

El ejército era la institución que mejor cuadraba con el carácter de Nicolás: un organismo regido por las normas, el honor y la entrega a una causa.

Nacionalista hasta la médula, estaba convencido de la capacidad de Rusia para ser una potencia más en el orden mundial.

Embarcó al país, entre 1904 y 1905, en una guerra contra Japón por la posesión de Corea. Nicolás II se implicó de lleno en la contienda y se desplazó al frente. La derrota fue humillante: nunca un ejército europeo había sido vencido por uno asiático. De 2 millones de soldados movilizados, 125.000 murieron; mientras que de los 400.000 japoneses, cayeron en el frente 85.000.

Por si esto fuera poco, desde 1900 las huelgas de trabajadores habían ido en aumento, y con la guerra y las inversiones en la industria y los ferrocarriles, la situación se había vuelto asfixiante: los impuestos y precios no paraban de aumentar. La inflación era descontrolada, sólo en 1904, el poder adquisitivo cayó un 20%. La anarquía de apoderó de toda Rusia durante 1905, con paros continuos y asaltos a los cuarteles de policía, hasta más de 225.000 manifestaciones se produjeron en toda Rusia. El zar tuvo que ceder, y a regañadientes, firmó el Manifiesto de Octubre que le habían preparado sus ministros: se creaba la Duma y se legalizaban las asociaciones políticas.

La mano dura de un dirigente débil

Nicolás II quería resucitar en él ese tosco poderío que había caracterizado a sus antepasados. Puso todas las cortapisas que pudo al avance democratizador de 1905. La Duma se convirtió en un órgano prácticamente consultivo , y se disolvía una y otra vez para que estuviera compuesta por más conservadores afectos al zarismo.

La libertad política era una farsa: las reuniones de tal cariz debían estar debidamente controladas, con lo que los partidos que pedían soluciones radicales volvían a la clandestinidad.

La larva de la revolución seguía su curso y el zar sólo podía recurrir a la Okhrana, la policía secreta, famosa por sus ejecuciones sin juicio. Suplía con un estado de psicosis (los informantes, con pagas más de tres veces superiores a un sueldo mensual en una fábrica, estaban por todas partes) su absoluta falta de carisma para llevar adelante un proyecto que sacase al país de la miseria.

Nicolás y Alexandra estaban más alejados que nunca de la realidad, y en estas apareció Rasputín. La presencia de “el hombre de Dios” en la Corte dejó por los suelos la reputación del Zar, mientras que la Okhrana iba perdiendo eficacia.

En agosto de 1914, Nicolás embarcaba al país en la Gran Guerra. Los efectos de esta sobre la maltrecha Rusia y un mal preparado ejército fueron de una magnitud astronómica. En 1917, volvían a producirse los levantamientos , y esta vez los soldados ya no quisieron sofocar una rebelión contra un zar que les estaba llamando al desastre en todos los sentidos. En marzo de ese mismo año, Nicolás terminaba por abdicar.

Soldados desertores convertidos en soviets

2. La Revolución de 1917

2.1 La Revolución de Febrero y el Gobierno Provisional.

La situación en la capital que era al mismo tiempo un gran centro industrial y un lugar importantísimo de adiestramiento de reclutas, se mostró en el año 1916 cada vez más peligrosa.

El número de huelgas, generalmente locales, había disminuido casi a cero al empezar la guerra, pero en 1916 entraron de nuevo en huelga más de un millón de obreros, aunque generalmente por poco tiempo.

Tras el cierre de la Duma en 1915 estuvieron paradas durante dos días las fabricas de San Petersburgo por motivos políticos. Sin embargo, en el pueblo apenas se conocían las teorías de Lenin, en realidad los dirigentes socialistas ejercieron una escasa influencia sobre el hombre de la calle, pues al fin él también había empezado a desconfiar de los intelectuales. Kerensky, el prominente orador del grupo Trudovaja grupa y con él, los socialistas legales, calculaba el número de todos los partidos socialistas a principios de 1917: aproximadamente 35000, entre ellos 15000 bolcheviques.

Hacia finales de 1916 y principios de 1917 aumentó el número de la ola de huelgas. Protopopov hizo detener a los representantes de los trabajadores en el Comité Central para la Industria de la Guerra. Las revueltas crecieron. El zar se dirigió al Cuartel General para asumir la dirección de las operaciones.

Los obreros se amotinaron. A ellos se unieron los reservistas, entre ellos también del Regimiento de la Guardia, de forma que en un solo día el Comandante militar de la tropa ya no puedo apoyarse en ninguna tropa digna de confianza. Mientras que los miembros de la Duma, con excepción de la extrema derecha, es decir, el bloque progresista y algunos socialistas, se reunía en el Comité de la Duma (14 de febrero), se deshacía el antiguo gobierno.

Casi al mismo tiempo en el edificio de la Duma, el palacio de Támide, se instalaba el cuartel general del Soviet de los obreros y soldados de San Petersbursgo. Pero ahora ya no estaba representado, como en 1915, sólo los obreros, sino que cada compañía envió a un delegado, de forma que el Soviet controlaba todos los medios de la capital. La Ordenanza 1 destruyó de un solo golpe la disciplina al abolir el saludo obligatorio a los oficiales, al crear comités con competencia decisoria en las distintas unidades militares y subordinar la guarnición al mando del Soviet. La orden pretendía en un principio asegurar solamente el control del Soviet sobre la guarnición de San Petersburgo; sin embargo, se siguió en todo el país y en el frente. De golpe, se había institucionalizado el conflicto de clases en el interior de un ejército en guerra.

El 2 de marzo, tal y como estaba las cosas, el zar terminaba por abdicar y se formaba un Gobierno Provisional que, compuesto mayoritariamente por miembros de los kadetes y en el que Kerensky entró como Ministro de Justicia y mediador con el Soviet, declaró una amnistía y se comprometió a respetar las libertades y a convocar una Asamblea Constituyente producto de la libre elección popular, aunque no se habló de transformaciones sociales inmediatas.

Por añadidura, el nuevo Gobierno reconoció los derechos de Finlandia y Polonia a la independencia, procedió a destituir a los gobernadores zaristas y disolvió la policía (la sustituyó por una milicia autónoma de los Zemstva) y los campos de seguridad del viejo régimen. Además, se establecieron sin ningún límite los derechos civiles fundamentales y se suprimió la administración centralista

La escasa fortaleza del Gobierno Provisional era, de cualquier modo, evidente. Se puso de manifiesto en particular cuando le hizo sombra otra institución, el Soviet, que en los meses siguientes permitió que obreros, soldados e intelectuales radicales ejercieran una poderosa influencia. El proceso revolucionario se extendió rápidamente por todo el país. La forma que adoptaba en todos los lugares era de Soviet o Consejo.

En este marco se hizo notar, una vez más con fuerza, la línea política que defendían con Lenin a la cabeza, los bolcheviques: si por un lado se trataba de denunciar abiertamente todos los apoyos recibidos por el esfuerzo de la guerra, por el otro era necesario situarse en la perspectiva de un tránsito desde la revolución burguesa aun segundo estadio revolucionario, en el que el poder debía caer en manos del proletariado y de los más pobres, lo cual exigía, por lógica, una activa oposición al Gobierno Provisional.

De acuerdo con el punto de vista, inevitablemente ingenuo, común entre los miembros del Gobierno Provisional, la liquidación de la monarquía y la instauración de un régimen democrático sólo dejaba pendiente de resolución un problema: el de la guerra. Las primeras tomas de posición al respecto reivindicaban la prosecución de las operaciones armadas hasta alcanzar la victoria; con el paso del tiempo, sin embargo, se fueron abriendo camino otras ideas, que reclamaban el mantenimiento del esfuerzo bélico, bien que con una renuncia a cualquier propósito anexionista, o, simplemente, con una paz que, de nuevo, no implicase anexiones o sanciones. Lo cierto es que, obligados a depositar toda la atención en la guerra, los sucesivos gobiernos apenas acertaban a mitigar las graves tensiones internas que se hacían notar en la sociedad.

Con el Llamamiento a los pueblos de todo el mundo (14 de marzo) se dio a conocer el nuevo programa de política exterior de los Soviets, que proclamaba una paz sin anexiones y sin indemnizaciones. Se hizo un llamamiento a los trabajadores de todos los países, sobre todo de Alemania, sin tener en cuenta a los dirigentes de los gobiernos. Se trataba de lograr una paz apelando a las personas de buena voluntad de todas las naciones.

El Ministro de Exteriores, Miliukov, se mantuvo firme en una nota enviada a los aliados el 20 de abril, en los fines de la guerra tradicionales, sobre todo, en Constantinopla. Cuando se conoció este hecho, se originaron en la capital huelgas extraordinariamente fuertes; parecía peligrar la existencia del Gobierno Provisional.

Sin embargo, una vez eliminado Miliukov, se logró firmar un gobierno de coalición; se aprobó en el Soviet por aplastante mayoría la participación de los socialistas (laboristas, social-revolucionarios y mencheviques). Inmediatamente, el Gobierno se dispuso a tomar medidas financieras eficaces y abolir los beneficios de la guerra, no sin provocar con ellos, la oposición de los empresarios. Inesperadamente el gobierno de coalición se resquebrajó con el problema de las nacionalidades. Los Ministros kadetes dimitieron cuando una comisión gubernamental llegó a un acuerdo en Kiev con la dirección de los separatistas y nacionalistas ucranianos, con respecto a la autonomía de Ucrania. El Gobierno no podía hacer otra cosa si no quería poner en peligro el aprovisionamiento de trigo y carbón del Imperio.

Si bien en un principio se pretendió dejar a la Asamblea Constituyente todas las transformaciones decisivas, en el sector agrario tuvieron que tomarse soluciones provisionales. El conflicto con el Ministro de Agricultura, Cernov, dirigente de los social revolucionarios, ocasionó la dimisión del príncipe L´vov y la formación del gabinete de Kerensky (3 de julio).

Cernov había promovido administrativamente el paso de suelo de manos de los terratenientes a las de los campesinos; no hubiese podido actuar de otra forma. Los campesinos había entendido de todos modos la revolución como expropiación de la clase de los señores y se consideraban invitados a repartir sus tierras. Esta tan deseada “repartición negra” puso en movimiento a todos los campesinos, incluso los del frente.

Por su parte, los bolcheviques, como los demás partidos políticos, consideraron desde un principio que el Gobierno Provisional era un régimen progresivo al que había que proporcionar un apoyo limitado. Esta postura obedecía a una antigua tradición del partido, que, desde su fundación había pensado que en Rusia tenía que realizarse primero una revolución burguesa para eliminar el zarismo e instaurar una república democrática con una Asamblea Constituyente.

Solamente cuando el capitalismo industrial se hubiera desarrollado completamente sobre esta base podría, en su opinión, el proletariado, numéricamente fortalecido y políticamente maduro, llevar a cabo la revolución socialista.

Partiendo de estas premisas técnicas, los dirigentes bolcheviques de San Petersburgo, sobre todo Kamenev y Stalin, intentaban presentar al Gobierno Provisional una oposición leal. Hasta que Lenin no volvió a Rusia en abril de 1917, no se produjo en el partido un progresivo cambio de orientación. Lenin intentaba mostrar que, desde la revolución de febrero la política gubernamental no se había modificado fundamentalmente.

Argumentaba que la guerra en la que Rusia estaba envuelta no había perdido su carácter de guerra imperialista de agresión. El Gobierno Provisional estaba atado al capital francés e inglés y, por este motivo, no estaba en situación de aportar una paz democrática. Solamente un gobierno de los trabajadores, tal y como aparecía en el Soviet de San Petersburgo, aunque fuese en forma embrionaria, estaba, en su opinión, capacitado para resolver los graves problemas sociales y nacionales del país. Por lo cual, rezaba su conclusión, la revolución tenía que ser continuada en cualquier caso.

En un primer momento la idea de la conquista del poder por los soviets (bolchevizados) y de la inmediata restauración de una dictadura del proletariado en Rusia fue objeto de una enérgica oposición en el seno del partido. Otros dirigente bolcheviques reprochaban a Lenin su abandono del socialismo científico y su retorno a la teoría de una conjura de matiz blanquista. No podían imaginar que la atrasada y semibárbara Rusia pudiera colocarse a la cabeza del progreso social. Tras arduas discusiones consiguió Lenin ir imponiendo paulatinamente sus tesis.

Los bolcheviques exigían la inmediata terminación de la guerra, el reparto de los bienes de la nobleza entre los campesinos, el control de los obreros sobre la producción industrial, así como el derecho de autodeterminación para todas las nacionalidades no rusas.

Como sus sencillas y elocuentes consignas: paz, tierra, pan y libertad, reflejaban con exactitud los intereses de la población, el número de seguidores aumentaba incesantemente. Esto comenzó a manifestarse ya en junio de 1917 cuando el primer congreso panruso de soviets, celebrado en San Petersburgo convocó una gran manifestación. Aunque el congreso estaba completamente dominado por los mencheviques y los social-revolucionarios, la inmensa mayoría de los manifestantes desfiló siguiendo las consignas bolcheviques.

Unas semanas más tarde, cuando fracasó una ofensiva bélica que había sido cuidadosamente preparada por el Gobierno y el ejército ruso, bajo los golpes del contraataque alemán, se convirtió en una inmensa hilera de fugitivos, el descontento y la amargura provocaron manifestaciones espontáneas en la capital en la que tomaron parte cientos de miles de obreros, soldados y marinos. Exigían la dimisión del Gobierno provisional y la asunción por parte de los Soviets de todo el poder político.

Se produjeron violentos choques con las tropas gubernamentales que causaron unos centenares de muertos y heridos.

Las “jornadas de julio” terminaron con la supresión del Partido Bolchevique a quien se hacía responsable de las manifestaciones. Lenin y otros dirigentes bolcheviques fueron perseguidos como presuntos agentes alemanes.

Pero el régimen había revelado su debilidad al tener que solicitar la ayuda de las tropas. Se había hecho evidente que no disponían de base política en el país. La única salida en estas circunstancias era una dictadura militar contrarrevolucionaria o una dictadura que se apoyaba en las masa revolucionarias. La alternativa, como confesó Miliukov, era “Kornilov o Lenin”.

Cuando el general Kornilov, el nuevo comandante en jefe del Ejército, intentó realmente un golpe de Estado en septiembre de 1917 y el Gobierno Provisional se vio obligado a recurrir a los partidos soviéticos, los bolcheviques demostraron que su fuerza y ascendente sobre las masas estaban intactos. Aprovecharon la libertad de acción de que disponían, movilizaron a los obreros y a los soldados y crearon una milicia obrera armada: la “Guardias Roja”.

El poder vital de Lenin.

2.2 La Revolución de Octubre.

Después de que el conato de golpe de Estado de Kornilov fracasara sin lucha y sin derramamiento de sangre, simplemente a través del sabotaje y la agitación, el proceso de radicalización siguió progresando.

El soviet de San Petersburgo mostraba una actitud cada vez más crítica con respecto al Gobierno Provisional; a su cabeza estaba desde septiembre un bolchevique de reciente incorporación, León Trotski. Además, después de que se malograse el golpe de Estado de Kornilov, los bolcheviques obtuvieron la mayoría de los soviets de San Petersburgo y Moscú, que por este motivo, se convirtieron en órganos de un levantamiento potencial.

Lejos de Moscú, San Petersburgo y la región de los Urales, los mencheviques conservaban , sin embargo, la dirección de los consejos de un buen número de ciudades importantes, y contaban con un significativo baluarte en Georgia. Los socialistas por su parte, controlaban el grueso de los consejos campesinos y disfrutaba de un notable apoyo en los frentes de batalla; en su seno había cobrado cuerpo una escisión, los “socialistas revolucionarios de izquierdas”, cuyas posiciones eran muy parecidas a las de los bolcheviques.

Por otra parte, el Gobierno Provisional, que, entretanto y después de una serie de reestructuraciones del Gabinete, estaba fundamentalmente representado por Kerensky, manifestaba ya una clara tendencia a la disolución. En las filas de los mencheviques y los social-revolucionarios imperaba la impotencia y la desorganización.

A mediados de septiembre Lenin había exigido por primera vez desde Finlandia, donde se encontraba escondido desde los disturbios de julio, el levantamiento armado. En su opinión, en aquel momento se daban todos los requisito objetivos y subjetivos para una toma de poder por parte de los bolcheviques.

A raíz de esto, enunció tres principios merced a los cuales el marxismo se diferenciaba radicalmente del blanquismo por lo que hacía el levantamiento:

Para tener éxito, el levantamiento no puede apoyarse en una conjura, en un solo partido, sino que ha de hacerlo en la clase más avanzada. El levantamiento debe apoyarse en un punto de la historia de la revolución en el que la actividad en las primeras filas del pueblo haya alcanzado su grado máximo y en el que las vacilaciones en las filas del enemigo y en las filas de los amigos débiles, parciales e indecisos de la revolución hayan alcanzado un punto culminante.”

A los ojos de Lenin, quien apenas prestaba atención a la perspectiva que se abría en el futuro al amparo de una Asamblea Constituyente, estaban ya maduras las condiciones para una toma de poder por los soviest respectivos.

La decisión de acometer los preparativos fue acogida, sin embargo, con recelo por buena parte de los miembros del Comité Central Bolchevique; así, para Alexandr Zinoviev y Lev Kamenev, partidarios de una aproximación a otras formaciones de izquierda, era preferible aguardar a un triunfo en las elecciones a la citada Asamblea Constituyente, en la confianza de que esta institución y el Soviet de San Petersburgo pudiesen acometer de manera conjunta la toma de Gobierno.

Historia contemporánea de Rusia

Lenin junto a Kamenev y Trotski.

Hubo que esperar al 10 de octubre para que el Comité Central mencionado respaldase la decisión de preparar la insurrección armada. Esto no parecía preocupar en exceso a Kerensky, quien acaso veía en esto una buena oportunidad para desencadenar una dura represión.

La preparación y ejecución del levantamiento fueron confiados a Comité Militar Revolucionario que había sido fundado a principios de octubre en el Soviet de San Petersburgo. Estas actividades tenían un carácter defensivo: Trotsky se dirigía una y otra vez a los obreros y a la guarnición para que protegiesen a la capital de la revolución del enemigo interior y exterior. En este sentido, el Comité Militar Revolucionario, actuaba simultáneamente como órgano defensivo y subversivo, preparando la toma de poder por parte de los bolcheviques en forma legal dentro del marco de la democracia soviética.

El 24 de octubre de 1917 quedaron rotas las relaciones entre las autoridades militares y el Comité Militar Revolucionario que, dependiente del Soviet de San Petersburgo y con una clara mayoría bolchevique, había sido creado para hacer frente a una repetición del llamado “asunto Kornilov”.

El Gobierno de Kerensky declaró el estado de sitio, decidió cerrar dos periódicos bolcheviques, ordenó que el ejército ocupase los puntos neurálgicos de la capital, y exigió, aunque pocas horas diese marcha atrás, que el citado comité fuese disuelto.

En la noche del 24 al 25 y, como respuesta, habían empezado a entrar en acción las tropas afines a los bolcheviques y la Guardia Roja. Incapacitado para desplegar sobre el terreno fuerzas leales, Kerensky no pudo evitar que en unas horas los bolcheviques pasaran a controlar San Petersburgo.

La disputa que los acontecimientos suscitaron en el Soviet de la capital se saldó con una viva protesta de mencheviques y socialistas revolucionarios de derecha, que al cabo decidieron abandonar la institución y, en palabras del periodista menchevique Nikolai Sujánov, dejaron “totalmente libres las manos de los bolcheviques... solos en el ruedo de la revolución”.

A la mañana siguiente el Comité Militar proclamó el final del Gobierno Provisional. Por la tarde el Soviet de San Petersburgo confirmó la toma de poder. El segundo congreso panruso de Soviets, dominado por los bolcheviques, que se reunió a última hora de la tarde del 25 de octubre emitió una serie de llamamientos y proclamas cuyo objetivo era asegurar el traspaso de poder a los Soviets de todo el país.

Aprobó además tres decretos fundamentales: un decreto sobre la paz que contenía una oferta de paz inmediata sin anexiones ni indemnizaciones, el decreto sobre el suelo que desposeía a todos los terratenientes y que ponía la tierra a disposición de los comités locales de campesinos y de los soviets, y un decreto sobre la formación de un Gobierno Provisional de obreros y campesinos, el Consejo de Comisarios, cuya presidencia asumió Lenin.

3. Época de Lenin

3.1 Guerra Civil.

Unos días antes de finalizar la guerra con Alemania con el tratado de Brest-Litovsk, el 3 de marzo de 1918, había nacido el Ejército Rojo, originalmente llamado “Ejército Rojo Obrero y Campesino”. Su nombre pretendía indicar su carácter y propósito internacional y revolucionario.

Trotski fue nombrado Comisario del Pueblo para la Guerra, con la tarea de organizarlo. Era demasiado realista para suponer que podía construir un ejército con simples reclutas sin entrenamiento. Su primera respuesta a la emergencia fue reclutar soldados profesionales, antiguos oficiales zaristas, para entrenar al nuevo ejército.

Esta medida dio excelentes resultados. A comienzos de 1919 se habían enrolado 30.000 de tales oficiales. Así, en pleno apogeo de la Guerra civil, el Ejército Rojo llegaría a los 5 millones de efectivos. Trotski demostró un excepcional talento militar. Pero se vio obligado a acatar unos métodos de disciplina que la revolución había querido destruir.

Rápidamente, el nuevo régimen se vio amenazado por fuerzas militares hostiles de rusos “blancos” que empezaban a formarse en varios puntos del país.

El ejército alemán continuaba ocupando Ucrania. Los gobiernos occidentales ultrajados por la revolución y por la deserción del campo aliado, decidieron actuar. En mayo de 1918, tropas inglesas, seguidas por francesas y estadounidenses, ocuparon el puerto de Murmansk en el Norte, supuestamente para proteger contra una ulterior irrupción alemana los pertrechos allí acumulados.

Mientras tanto, muchos millones de prisioneros checos en Rusia, la mayoría desertores del ejército austriaco, formaron la Legión Checa, y con el consentimiento del gobierno soviético partieron hacia Vladivostok con intención de embarcar allí hacia el Oeste. En Siberia, los bien organizados legionarios chocaron con autoridades soviéticas dispersas e ineficaces y se convirtieron en un aglutinante de las fuerzas antibolcheviques.

En abril de 1918, el gobierno japonés que no quería quedar fuera del asunto, desembarcó tropas en Vladivostok, que fueron seguidas dos meses después por destacamentos ingleses y norteamericanos. En julio ocuparon Arkángel fuerzas inglesas, francesas y norteamericanas.

En el verano y el otoño de 1918, la supervivencia del Gobierno Obrero y Campesino en Moscú parecía deberse no tanto a su propia fortaleza como al hecho de que las naciones estaban envueltas en una lucha a vida o muerte en el frente occidental y prestaba poca atención a lo que sucedía en otros lugares.

El colapso de Alemania, y el armisticio en noviembre de 1918, dieron un nuevo giro a la situación.

La incipiente situación revolucionaria en Berlín durante los dos meses que siguieron el armisticio, el éxito de los golpes revolucionarios en Baviera y Hungría, los disturbios en Gran Bretaña, Francia e Italia, condujeron a los dirigentes bolcheviques a la creencia de que la esperada revolución en Europa estaba empezando a madurar .

Pero estos acontecimientos intensificaron el odio y el temor de los gobiernos occidentales hacia el gobierno revolucionario, y agudizaron su determinación de desarraigarlo.

Se amplió abiertamente el apoyo a los ejércitos rusos empeñados en la cruzada contra los bolcheviques en Arkángel, Siberia y en la Rusia meridional. Las tropas aliadas eran abiertamente reacias a continuar la lucha. En abril de 1919, un motín en los barcos de guerra franceses en Odesa hizo necesaria la evacuación del puerto. En Arkángel y Murmansk hubo también que retirar las tropas. En el otoño de 1919, las únicas fuerzas aliadas eran la japonesa y la norteamericana en Valdivostok.

Este retroceso hizo que los aliados trataran de compensar la retirada de tropas mediante un aumento de pertrechos y apoyos verbales a los diversos “gobiernos” rusos enfrentados a los bolcheviques.

El más prometedor era el formado bajo la dirección del almirante zarista Kolchak, que había establecido cierta autoridad en gran parte de Siberia y comenzaba a avanzar sobre la Rusia europea.

El general zarista Denikin, con un fuerte apoyo aliado, consiguió el control de la Rusia meridional, invadió Ucrania y en el otoño de 1919 se acercó a unos 400 km de Moscú. Yuderich, otro general, reunió un ejército blanco para atacar Petrogrado.

Para entonces, sin embargo, el Ejército Rojo se había convertido en una fuerza de combate efectiva, aunque mal equipada.

Los diversos ejércitos blancos no fueron capaces de coordinar sus esfuerzos ni de ganar el apoyo de la población de los territorios en que operaban. A finales de año se encontrarían en precipitada retirada. En enero de 1920, Kolchak fue capturado y ejecutado por los bolcheviques. Para la primavera de ese año, las fuerzas blancas habían sido dispersadas y destruidas en todas partes, a excepción de unas pocas bolsas aisladas de resistencia.

3.2 Época de la N. E. P. (Nueva Política Económica)

Inmediatamente después de la Revolución de Octubre, el Partido Bolchevique, intentó, en primer lugar, extender al país el proceso revolucionario que le había proporcionado el proceso al poder. Esto significaba principalmente la legalización de la Revolución Agraria, así como la toma de las empresas por parte del obrero. En este sentido fueron concebidas los primeros escritos del poder soviético.

El decreto sobre la tierra, promulgado por el II Congreso Panruso de los Soviets el 26 de octubre de 1917, estaba basado en el modelo de reglamento propuesto por el Congreso que, en sus líneas esenciales, recogía las reivindicaciones tradicionales de los social-revolucionarios. A partir de entonces, la tierra no podía ser comprada, vendida o hipotecada ni se podía disponer de ella de ninguna otra forma.

Además se estableció una utilización equitativa de la tierra de acuerdo con las posibilidades de trabajo y uso y redistribución periódica de la misma. La ley agraria de febrero de 1918 reflejaba los deseos de los campesinos tal y como los formulaba el programa de los social-revolucionarios. El suelo iba a repartirse equitativamente; la aparcería y el trabajo asalariado quedaron prohibidos.

En la primavera de 1918 el reparto de tierras estaba terminado en la mayor parte del Imperio Ruso. Los resultados no satisfacían, sin embargo, en forma alguna los deseos y las esperanzas de los campesinos. A pesar de que se repartieron más de 150 millone de hectáreas, el incremento medio de tierra por agricultor fue mínimo y solamente tuvo alguna importancia para los estratos más pobres.

La explicación de esto radica en que los campesinos ya cultivaban antes de la revolución casi la mitad de las grandes fincas rústicas, en su mayoría como aparceros. La quiebra de la economía rusa y el hambre en las ciudades y en las zonas industriales llevó a millones de gentes al campo, donde, de acuerdo con la ley, les correspondía una parcela de terreno cultivable. Para la mayoría de los campesinos la revolución agraria no supuso una ganancia de tierras, sino su liberación de los elevados cánones de la aparcería, de las deudas contraídas y de la dependencia semifeudal de los terratenientes, circunstancias que en el pasado, habían sido la causa de su miseria.

Mientras los campesinos se dedicaban a esto, los obreros completaban su dominio sobre la industria. En noviembre de 1917, sus aspiraciones quedaron legalizadas a través del decreto sobre el control de las fábricas que disponía que los comités de empresa o los órganos de control podrían suspender las órdenes del propietario y sustituirlas por sus propias directrices. Pero pronto quedó de manifiesto que la resistencia activa y pasiva de los antiguos propietarios hacía imposible la colaboración entre la dirección capitalista de la empresa y el personal.

El pretendido control de los obreros se desviaba en la práctica a una administración de los obreros. La consecuencia de esto fue una ola de expropiaciones espontáneas que se extendió por el país en el invierno de 1917-1918. Este parecer si conseguía quebrar el poder de los empresarios pero no era capaz de organizar de nuevo la producción. Los comités de empresa no estaba en condiciones de crear una estructura económica y administrativa eficaz que abarcase todo el país. Su poder, tal y como se iba desarrollando, amenazaba con socavar la base económica de la revolución.

Estas circunstancias indujeron a los dirigentes soviéticos a introducir una modificación en su política industrial. Fue entonces cuando empezaron a exigirles disciplina, orden y organización. A este respecto, Lenin desarrolló su teoría de la fase económica de transición basada en un “capitalismo de Estado”. Esto significaba un capitalismo sometido al control estatal que tenía la misión de alcanzar en el menor plazo posible el desarrollo industrial de Rusia y promover el nivel de desarrollo de las fuerzas técnicas productivas.

La esencia de la nueva política (N. E. P.), elaborada durante el invierno de 1920-1921, era permitir al campesino, tras la entrega a los órganos del Estado una proporción fija de su producción (un “impuesto en especie”), vender el resto en el mercado. Para hacer esto posible era necesario invitar a la industria, especialmente a la pequeña industria artesanal, a producir bienes que el campesino quisiera comprar, lo que suponía invertir el énfasis puesto bajo el comunismo de guerra en la industria pesada a gran escala. Se debía permitir el renacimiento del comercio privado; en este punto se confiaba mucho en las cooperativas, una de las pocas instituciones anteriores a la revolución que conservaba cierto grado de popularidad y de vitalidad. Por último, todo esto implicaba (aunque no se advirtiera hasta algo más tarde) poner fin a la prolongada caída del rublo y establecer una moneda estable. El conjunto de políticas económicas que formaba la N.E.P. fue aprobado por el Comité Central para su presentación por Lenin al histórico X Congreso del partido, celebrado en 1921.

Cuando Lenin presentó ante el congreso la resolución que incluía las propuestas de la N.E.P., el debate fue somero. El desencanto ante el comunismo de guerra era general, y la crisis era demasiado aguda para permitir dilaciones.

Quienes vacilaban se vieron consolados por la promesa de Lenin de que “las palancas de mando” de la industria permanecerían firmes en manos del Estado, y de que el monopolio del comercio exterior se vería intacto. La resolución fue aceptada, sino con entusiasmo, al menos con buen talante y por una unanimidad formas. La parte más acalorada del debate fue la de los sindicatos, que al final fueron reconocidos como “organizaciones de masas no partidarias”, y sus funciones serían mantener la disciplina laboral y combatir el absentismo, pero a través de “tribunales de camaradas”, no a través de órganos del Estado.

Las ventajas ofrecidas al campesinado por la N.E.P., que de todas formas llegaban demasiado tarde para afectar a la siembra de 1921, se vieron retrasadas por una calamidad natural. Las cosechas quedaron arruinadas por la sequía en una amplia área, especialmente en la Rusia central y en la cuenca del Volga.

La hambruna fue mucho peor que la de 1891, y causó estragos mucho mayores en una población muy debilitada y que había sufrido grandes pruebas. Los horrores del invierno siguiente, en el que millones de personas padecieron hambre se vieron mitigadas por los suministros de las misiones extranjeras de ayuda, especialmente la Administración Americana de Socorro. Para 1922 las siembras de ampliaron. Las cosechas de ese año, y las de 1923 fueron excelentes y parecía anunciar renacimiento de la agricultura soviética; de hecho se exportaron pequeñas cantidades de grano.

Se observó que la N.E.P., al reintroducir los procesos de mercado en el campo, había invertido las medidas igualitarias del comunismo de guerra, potenciando la reaparición del campesinado rico como figura clave de la economía rural. El camsino pobre producía para su propia subsistencia y la de su familia. Consumía lo que producía; si se dirigía al mercado era más como comprador que como vendedor. El kulak producía para el mercado, convirtiéndose en pequeño capitalista; ésta era la esencia de la N.E.P.

El derecho a arrendar la tierra y a emplear trabajo asalariado, teóricamente suprimido desde los primeros días de la revolución, fue concebido con algunas restricciones formales en el nuevo código agrícola de 1922. Pero en la medida en que los campesinos tenían bastante para comer y proporcionaban excedentes suficientes para alimentar a las ciudades, pocos, incluso entre los más devotos miembros del partido, se sintieron urgidos a desafiar aquella derogación de los ideales y principios revolucionarios que arrojaban tan buenos resultados. Si la N.E.P. había hecho poco o nada para ayudar a la industria y los obreros industriales, y menos que nada para promover la causa de una economía planificada, estos problemas podían ser pospuestos sin ningún problema.

Fue entonces cuando las diferencias dentro del partido sobre el carácter del comunismo de guerra comenzaron a reflejarse en diferencias sobre las implicaciones prácticas y las consecuencias de la N.E.P. Cuando en la atmósfera de crisis de 1921, se había aceptado por unanimidad la sustitución por la N.E.P. de las más extremas medidas del comunismo de guerra, como una ayuda bienvenida y necesaria, estas diferencias habían quedado arrinconadas, pero no plenamente resueltas.

En la medida en que no se viera el comunismo de guerra como un avance en el sendero del socialismo, sino como una aberración dictada por las necesidades militares, una respuesta obligada a las urgencias de una guerra civil, la N.E.P. sería una vuelta atrás desde una digresión lamentable, aunque sin duda obligada, y un regreso al sendero más seguro y más cauto que se había conseguido hasta junio de 1918.

3.3 Formación de la U.R.S.S.

La llegada de la N.E.P. potenció las fuerzas centralizadoras que ya estaban en marcha en la formación del Estado soviético. El periodo de la N.E.P. no sólo daría forma a lo que iba a ser la estructura constitucional permanente de la U.R.S.S., sino que también determinaría las líneas que ésta iba a seguir durante muchos años en sus relaciones cono los demás países.

En julio se promulgó una constitución de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR). Se abría con la “Declaración de Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado” que había proclamado seis meses antes le mencionado Congreso Panruso de los Soviets.

El Congreso eligió un Comité Ejecutivo Central Panruso (VTsIK), a su vez, el VTsIK nombró un Consejo de Comisarios del Pueblo. La Constitución también enunciaba principios generales con la separación Iglesia-Estado; la libertad de palabra, de opinión y de reunión para los trabajadores; la obligación para todos los ciudadanos de trabajar; la obligación del servicio militar; y la abolición de toda discriminación por motivos de raza o nacionalidad.

La RSFSR concluyó tratados de alianza con las repúblicas soviéticas de Azerbaiyán y Ucrania, en septiembre y diciembre de 1920, y con la de Bielorrusia, Armenia y Georgia en 1921. El proceso de unificación encontró resistencia en Ucrania, donde un gobierno nacional antisoviético había sido una de las varias autoridades rivales durante la guerra civil, y en Georgia, donde se había instalado un gobierno menchevique. Se utilizó un poder militar para expulsar a los disidentes y establecer impecables gobiernos bolcheviques.

Al avanzar el país en su conjunto hacia la recuperación económica y buscar una reanudación en sus contactos con el mundo exterior, parecía natural y necesario que a este propósito funcionara como una unidad. El primer paso fue persuadir a las tres repúblicas transcaucásicas (Armenia, Azerbaiyán y Georgia) para que se unieran a una República Socialista Federativa Transcaucásica. Después, en diciembre de 1922, se celebraron por separado congresos en las cuatro repúblicas (la RSFSR y las repúblicas de ucrania, Bielorrusia y Transcaucásica) que aprobaron la formación de una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.).

Finalmente, delegados de las cuatro repúblicas se unieron conjuntamente como I Congreso de los Soviets de la U.R.S.S. y eligieron un comité con el encargo d redactar una constitución. La constitución de la U.R.S.S. fue aprobada por el comité en julio de 1923 y ratificada formalmente por el II Congreso de loa Soviets de la U.R.S.S en enero de 1924.

La constitución tomaba como modelo la constitución original de la RSFSR. El soberano Congreso de los Soviets de la Unión se componía de delegados de los Congresos de los soviets de las repúblicas constituyentes, siendo la representación proporcional a la población de cada república. El Congreso elegía un Comité Ejecutivo Central (TsIK) que nombraba un Sovnarkom de la U.R.S.S.

En 1925, las Repúblicas Socialistas Soviéticas de Uzbekistán y Turmekistán se incorporaron a la U.R.S.S. como la quinta y sexta repúblicas.

La estructura de la organización del partido no era en el curso de los acontecimientos un factor menos importante que la estructura de los soviets. La autoridad suprema del partido quedaba conferida entre congresos al comité central. Este estaba formado por 22 miembros. Resultó demasiado inmanejable para acciones rápidas, y las decisiones sobre cuestiones cruciales quedaron en manos de Lenin en consulta con otros altos dirigentes.

El VIII Congreso del partido en marzo de 1919 eligió un comité central de 19 miembros plenos, más ocho suplentes, que podían asistir a las reuniones, pero sin voto. Pero este comité nombró un Politburó de cinco miembros, responsable e las decisiones políticas y un Orgaburó para controlar las cuestiones de organización del partido; y esta supuso la atrofia del comité central como fuente efectiva de autoridad.

El congreso también reorganizó el secretariado, colocándolo bajo la gestión de tres secretarios “permanentes”, miembros del comité central del partido; y en el periodo siguiente el secretariado renovado experimentó una rápida expansión. La estructura del partido tomó la forma que mantendría alo largo de los años veinte, aunque los proceso ya en marcha tardarían varios años en desarrollarse plenamente.

Hasta 1925 se celebraron anualmente congresos del partido; desde esa fecha, se celebraron con menos regularidad; y el comité central se reunía tres o cuatro veces al año. Tan sólo el Politburó, ampliado a siete y luego a nueve miembros, permaneció como fuente de decisiones al más alto nivel a lo largo de los años veinte; y como la autoridad del Partido, en un Estado de partido único, era obligatoria para todas las decisiones y actividades del gobierno soviético, el Politburó se convirtió en el órgano supremo de la toma de decisiones políticas de la U.R.S.S.

Pero desde 1922, todo esto se había ensombrecido por la prolongada enfermedad y posterior muerte de Lenin, en enero de 1924. A partir del ataque de 1923, la cuestión de la sucesión pasó a primer plano. El endurecimiento de la disciplina del partido en su X Congreso, había venido seguido por una purga en el mismo, y fue aún más allá en el XI congreso, celebrado al año siguiente. Esta crisis fortaleció la maquinaria del partido. El 4 de abril de 1922 se anunció que Stalin había sido nombrado secretario junto a Molotov y Kuibishev.

Stalin, Lenin y Trotski

Cuando Lenin volvió a trabajar, se sintió evidentemente alarmado por la forma en que Stalin había levantado pacientemente no sólo el poder y la autoridad de su cargo, sino también su propia posición personal; se había convertido en una figura dirigente dentro del partido. A Lenin no le gustó ninguna de estas cosas, por lo que adquirió una profunda desconfianza ante la figura de Stalin.

Esto le llevó a tachar a Stalin en su testamento de ser alguien “demasiado grosero, que debía ser reemplazado por alguien más tolerante, más leal, más cortés y más atento con los camaradas de un humor menos caprichoso”, etc., y como motivo de esta recomendación citaba el peligro de la escisión y la relación entre Stalin y Trotski.

En el tema de la sucesión, los miembros del partido no se decidían. Trotski sin el apoyo de Lenin era una figura aislada que tenía la aversión de sus colegas. Los otros tres dirigentes más destacados (Zinoviev, Kamenev y Stalin) se unieron para impedir cualquier engrandecimiento de Trotski.

El resultado de todo esto fue el ascenso de Stalin hasta alcanzar el poder dentro del partido en 1924.

4. Biografías.

Alejandro II. 1818-1881. Emperador de Rusia de 1855 a 1881. Ante el fracaso de su país en la guerra de Crimea, impulsó reformas liberales como la emancipación de los campesinos. Sin embargo, las pérdidas humanas y financieras derivadas de la guerra de los Balcanes fortalecieron al oposición.

Alejandro III. 1845-1894. Emperador de Rusia de 1881 a 1894. Incrementó al represión contra la disidencia política e intentó rusificar a las minorías, como finlandeses y polacos. Asimismo, impulsó el proyecto de la construcción del transiberiano, empresa que se llevó a cabo con Nicolás II.

Alexandr Kerensky. 1881-1970. Político y abogado. Primer ministro del gobierno provisional surgido de la revolución de febrero de 1917. Implantó reformas democráticas, pero el fracaso de la ofensiva contra los alemanes sumió el país en un caos Fue derrocado por los bolcheviques y se exilió en 1918.

Lavr Georgievich Kornilov. 1870-1918. General y político. Jefe supremo del ejército en 1917, intentó derrocar al gobierno de Kerensky, pero fue encarcelado. Sin embargo, logró evadirse y ponerse al frente del denominado Ejército Blanco, contrario a las tropas bolcheviques o rojas.

Vladimir Ilich Lenin. 1870-1924. Estadista. Ideólogo de la revolución, se convirtió en presidente del nuevo gobierno soviético en 1917. Transformó el Imperio ruso en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas cinco años más tarde.

Nicolás II. 1868-1918. Nació en Tsarkoé Seló. En 1884 sucedió a su padre Alejandro III, cuya política absolutista prosiguió. Los reveses de la guerra ruso-japonesa obligaron a Nicolás II a convocar en los años siguientes varios parlamentos, sin que con ellos remitiesen sus hábitos autocráticos. La decisión de entrar en la I Guerra Mundial derivó en su derrocamiento en febrero de 1917. La familia real fue ejecutada en Ekaterimburgo en julio de 1918. Sus restos mortales fueron inhumados 80 años después en San Petersburgo.

José Stalin. 1879-1953. Estadista. Sucedió a Lenin al frente del gobierno soviético. Una vez en el poder, se deshizo de sus rivales políticos, como Trotski, e implantó un régimen totalitario. Durante la II Guerra Mundial dirigió la lucha contra Hitler, con el que había pactado con anterioridad.

León Trotski. 1879-1940. Ideólogo y revolucionario. Fue uno de los principales artífices de la revolución rusa de 1917. Fundó el Ejército Rojo y lo condujo a la victoria en la guerra civil. Su enfrentamiento con Stalin se agudizó al morir Lenin. Desterrado, fue asesinado en México por Ramón Mercader, agente estalinista.

5. Formaciones políticas.

Monárquicos. De diversos matices, octubristas, etc. Estas facciones fuertes en otro tiempo, dejaron de existir abiertamente en octubre de 1917: habían pasado ala clandestinidad o sus miembros habían entrado en el partido de los demócratas-constitucionalistas puesto que estos últimos habían adoptado poco a poco su plataforma política.

Kadetes. Llamados así por las iniciales del nombre del partido: demócratas-constitucionalistas. El nombre oficial del partido kadete (después de la revolución) era “Partido de la Libertad del Pueblo”. Bajo el zarismo, el partido kadete , formado por liberales representantes de las clases poseedoras, era el partido más importante de reformas políticas. Cuando en febrero de 1917 estalló la revolución, los kadetes formaron el primer gobierno provisional. En abril del gobierno kadete fue derribado por haber defendido públicamente los objetivos imperialistas del Gobierno zarista. De este partido surgió el “Grupo de líderes sociales”, formado por banqueros, comerciantes e industriales, que se declaró al margen de partidos políticos.

Socialistas populares o trudoviques. Partido numéricamente pequeño, formado por intelectuales, dirigentes de sociedades cooperativas y campesinos de ideas conservadoras. Defendían los intereses de la pequeña burguesía. Partido nacionalista.

Partido Socialdemócrata de Rusia. Inicialmente marxista-socialista. Se dividió en mencheviques y bolcheviques.

  • Mencheviques. Este partido agrupa a socialistas de todos los matices , que consideran que la sociedad debe llegar al socialismo por evolución natural y que la clase obrera debe obtener primero acceso al poder político. Formado por intelectuales apegados a las clases poseedoras. Su ala radical estaba formada por “Mencheviques internacionalistas”.

  • Bolcheviques. Se pronunciaron por la inmediata insurrección proletaria y la toma de poder del Estado con el fin de acelerar el advenimiento del socialismo mediante la socialización forzosa de la industria, de la tierra, de las riquezas naturales y de los establecimientos financieros.

Partido de los Social-revolucionarios. Para abreviar, los llamaban “eseristas”. Propugnaban la abolición de la propiedad privada sólo de la tierra y sostenían que los propietarios debían ser indemnizados. Más tarde un grupo se separó y formó el partido de los socialistas-revolucionarios de izquierda. Eran representantes de los campesinos ricos, de los intelectuales y de las capas políticamente atrasadas de las zonas rurales.

6. Bibliografía.

  • Díez días que estremecieron el mundo. John Reed. Akal Bolsillo.

  • La Unión Soviética. El espacio ruso-soviético en el siglo XX. Carlos Taibo. Síntesis.

  • Historia y vida. Nº 417. Año XXXIV. Dossier: El último zar.

  • Rusia. Historia Universal. Siglo XXI. Cousten Goehrke, Manfred Hellmann, Richard Lorenz, Peter Schreibert. Siglo XXI.

  • Biblioteca Fundamental de Nuestro Tiempo. La Revolución Rusa. Edward H. Carr. Alianza Editorial.

  • Protagonistas del Siglo XX. Nº 6. Revolución en Rusia. El País. S.A. 2000

  • La Revolución Rusa. Biblioteca Básica de Historia. Monografías. Francisco Díez del Corral. Anaya.

  • Clío. El pasado presente. Nº 17. Año 2. Marzo 2003.

  • http://www.ciudadfutura.com/armagedon/rusa/rusa.htm

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