Hispania romana

Historia de España. Conquista de Hispania. Segunda guerra púnica

  • Enviado por: Iker J
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Hispania romana

ÍNDICE

  • CRONOLOGÍA

  • La conquista de Hispania (218-19aC).

  • España bajo Roma.

  • CARTOGRAFÍA

  • La conquista de Hispania por los romanos.

  • Hispania en el Bajo Imperio.

  • LA CONQUISTA DE ESPAÑA EN ROMA.

  • a)Hispania en la segunda Guerra Punica.

    b)El segundo período de la conquista romana de

    Hispania.

    c)Hispania y las Guerras Civiles de fines de la

    República.

    d)Guerra contra cántabros y astures (29-19aC)

  • BIBLIOGRAFIA

  • I. CRONOLOGIA

    a) La conquista de Hispania por los romanos(218-19 aC).

    218aC: La llegada de Gneo Cornelio Escipión a Ampurias (2ª guerra púnica) señala la fecha inicial de la conquista de Hispania por los romanos.

    217aC: Publio y Gneo Cornelio Escipión toman Sagunto.

    215aC: Los romanos cortan el paso al caudillo cartaginés Asdrúbal que con un ejército intenta socorrer a Aníbal en Italia.

    211aC: Publio y Gneo Cornelio Escipión son derrotados y muertos por Asdrúbal Bárcida y Magón.

    210aC: Publio Cornelio Escipión “el africano” desembarca en Ampurias.

    209aC: Escipión conquista Cartago Nova.

    206aC: Escipión vence en Llipa.

    La rendición de Gades es el fin del dominio cartaginés en Hispania.

    Rebelión de Indíbil y Mandonio contra Roma.

    180-179aC: Tiberio Sempronio Graco conquista gran cantidad de poblaciones.

    Las rebeliones lusitana y celtíbera son debidas a la codicia de los gobernadores romanos, que arruinan la economía indígena.

    147aC: Viriato tiene en jaque a los romanos con su guerra de guerrillas. Es asesinado (139aC) por sus propios embajadores Audas, Ditalcon y Minuro, pagados por el cónsul Q. Servilio Cepión.

    Guerras celtibéricas. Mientras, se produce la rebelión de los arévacos. En 152aC, M. Claudio Marcelo consigue ventajosos tratados de paz pero al año siguiente L. Licinio Lúculo ataca a los vacceos, saqueando el país. Mientras, Numancia resiste a los romanos, hasta que Escipión Emiliano la toma en 133aC.

    123-122aC: Q. Metelo conquista Mallorca y Menorca.

    83aC: Q. Sertorio, rival de Sila, llega a Hispania, donde, aliado con M. Perpena Ventón, intenta constituir una nueva nación independiente de tipo romano. El Senado envía contra él a Pompeyo (77aC), junto con Metelo. Asesinado Sertorio por su lugarteniente Perpena (72aC), éste es vencido por Pompeio.

    En su lucha contra C. Julio César, Pompeio manda a la península a sus generales Afranio, Petreyo y Varrón, pero César vence a Afranio en Llerda (Lérida) en el 49aC y a Gneo Pompeio en Munda (¿Montilla?) en el 45aC.

    Cántabros,Astures y Galaicos hostigan a los vecinos vencidos.

    27-25aC: Augusto princeps intenta la pacificación, que se consigue gracias a Agripa en el 19aC.

    b) España bajo Roma.

    Hispania asimiló la lengua (el latín), la civilización y la cultura de Roma (romanización), cuyos factores más importantes fueron las legiones y la fundación de colonias por ex-soldados o inmigrantes itálicos.

    Organización administrativa

    El país fue dividido en provincias encomendadas a los praetores. Durante la República fueron dos: la Ulterior (Sur) y la Citerior (Norte) separadas por el Ebro. Augusto las dividió en tres: Lusitania, Bética y Tarraconense. Circunstancialmente, Otón (69) añadió Mauritania Tingitana (Norte de África). Bajo Julia Domna (madre de Carcalla) se creó (216) la Hispania nova Citerior Antoniana per divisionem (Asturia y Gallaecia). Se cree que la reorganización de Diocleciano consistió en establecer Hispania como Diócesis (capital Hispalis, Sevilla) con seis provincias: Lusitania, Bética, Tarraconense, Gallaecia, Karthaginensis y Mauritania Tingitana. Según esto Baleares será una nueva provincia hacia el 400.

    Ciudades romanas. Coloniae civium romanorum (colonias) pobladas por ciudadanos romanos con la misma organización que la Metrópoli (duumvirus, comicios, curia).

    Ciudades indígenas. Oppida (municipia) civium romanorum (municipios) cuya población no era romana en su origén, aunque tenia los mismos derechos. Oppida latina con independencia administrativa y derecho latino que Vespasiano hizo extensivo a toda la península (74-75). Oppida libera con derecho propio e inmune (no pagaba impuestos); Oppida foederata, federados a Roma mediante pactos, le deben auxilio militar, y Oppida stipendiaria, sometidos al gobernador romano y obligados al pago de fuertes impuestos.

    212. Carcalla concedió con fines tributarios la ciudadanía a todo el Imperio.

    Economia

    Minería. La riqueza mineral fue causa de las luchas entre cartagineses y romanos. Producciones principales: plomo y plata: Carthago Nova; Cástulo y El Centenillo (Jaén) y explotaciones en Sierra Morena. Oro: extraído por diversos procedimientos (Noroeste) y lavado en los ríos Tajo, Duero, Miño y Sil. Cobre: río Tinto,Tarsis (Huelva). Cinabrio: Almadén (Ciudad Real). Hierro: Moncayo, Somorrostro (Bilbao), Toledo. Estaño: lavado de arena en Lusitania y Gallaecia. Sal: Egelasta (Murcia), etc.

    Agricultura. Trigo, vid y olivo sobre todo en la Bética. Cebada en Lusitania. Lino, algodón, espartaco, árboles frutales. Mejoras en los cultivos: barbechos y abonos.

    Industria. Téxtil, metalúrgia (armas y bronces), salazones, cerámica (Terra Sigillata Hispánica),etc.

    Cecas. Se acuñó moneda en diversas cecas desde época ibérica hasta el reinado de Claudis (s.I).

    Vías de comunicación. Terrestre: la más antigua era la vía Augusta (de Roma a Cartagena y Gades); también importantes eran las que unian Tarraco con Asturica (Astorga); Caesaraugusta (Zaragoza) con Emerita Augusta (Mérida); Hispalis (Sevilla) con Asturica (camino de la plata);etc. Fluviales: importantes caminos de penetración: el Betis era navegable hasta Corduba, el Anas (Guadiana) hasta Emerita, el Tajo hasta Morón y el Duero y el Ebro aguas arriba.

    Personajes hispánicos. Hispania dio a Roma hombres de ciencia: Pomponio Mela (hacia 40aC), Columela (4aC). Escritores: los cordobeses Marco Anneo Séneca el Retórico (53aC-37dC), su hijo Lucio Anneo Séneca el Filósofo (4aC-65dC), senador y preceptor de Nerón, y su sobrino Marco Anneo Lucano el Poeta; el aragonés Marco Valerio Marcial (40-102) y los emperadores Galba (69), Trajano (98-111), Adriano (117-138), Máximo (387-388) y Teodosio (379-395).

    Monumentos. Destacan las murallas de Tarraco, el Puente de Alcántara (sobre el Tajo, Cáceres), los acueductos de Segovia, de los Milagros (Mérida) y las Ferreras (Tarragona); los teatros de Mérida, Itálica y Sagunto; los anfiteatros y los circos de Mérida y Tarragona, los arcos de Bará (Tarragona) y Medinaceli (Soria); templos, termas, etc. Grandes villae rústicas Bajo Imperiales como Centcelles (Tarragona), Pedrosa de la Vega (Palencia), etc.

    Religión. Se conocen más de 300 dioses indígenas. El culto imperial fue un elemento unificador entre los pueblos hispánicos. Contemporáneo y rival del florecimiento del culto a Mitra, será el cristianismo, cuyos testimonios más antiguos los tenemos en Tertuliano, Ireneo (s.II) y san Cipriano (s.III) que indican la existencia de comunidades cristianas en Astorga, Emerita Augusta y Caesaraugusta. La predicación de Santiago el Mayor y los 7 varones apostólicos no tiene fundamento histórico, mientras la de san Pablo es probable. Las primeras diócesis (sedes episcopales) debieron ser Acci (Guadix) e Illiberis (Elvira) en la Bética. En el 314 tuvo lugar el primer concilio de la Iglesia hispana en Illiberis. Se conservan numerosos restos paleocristianos en toda la península: basílicas, baptisterios, sarcófagos,etc.

    II: CARTOGRAFÍA

    a) La conquista de Hispania.

    Durante la segunda

    guerra púnica,

    Roma trata de

    aislar a Anibal

    Barca, que ha

    invadido Italia, de

    su base de

    operaciones,

    cortando el camino

    a posibles ayudas

    procedentes de

    Hispania. Por ello,

    en el 218aC,

    desembarca Cneo

    Cornelio Escipión

    en Ampurias, lo que marca la fecha inicial de la conquista de la Península Ibérica por los romanos. Esta conquista se lleva a cabo en razón directa del grado de civilización indígena, pues la Península presenta una distribución etnográfica y cultural muy diversa. Cataluña, Levante y el valle del Guadalquivir, en contacto con el Mediterráneo, poseen una cultura urbana, con economia monetal, minería y comercio de cereales, vid y olivo; mientras, el Centro y Noroeste está habitado por pueblos pastores guerreros y saqueadores que viven en pequeñas aldeas. Cneo, junto a su hermano Publio, tienen al principio grandes éxitos, como la toma de Sagunto (217aC) y la victoria sobre Asdrúbal Barca, quien con refuerzos intenta auxiliar a su hermano en Italia. Pero en el 211aC Publio y Cneo Cornelio Escipión son derrotados y muertos con pocos días de diferencia por Asdrúbal Barca y Magón, lo que permite a los cartagineses recuperar casi todo lo ganado hasta entonces por los romanos. Esta situación cambiará con la llegada del hijo de Publio Cornelio Escipión, del mismo nombre, conocido como el Grande o el Africano, que en 210aC desembarca en Ampurias y en 209aC conquista Carthago Nova. Tras las victorias de Bécula (Bailén) e Llipa (Alcalá del Río), la conquista del valle del Betis (Guadalquivir) es rematada por L. Marcio, que destruye Astapa.

    La toma de Gades (Cádiz) en el 206aC es el fin del dominio cartaginés en Hispania. Los romanos, en contra de lo tratado, no abandonan la Península, sino que con el territorio conquistado constituyen dos provincias, la Citerior (de Ampurias a Cartagena, con el valle del Ebro) y la Ulterior (formada por el valle del Guadalquivir). Hacia el 206aC los caudillos ilergetes Indíbil y Mandonio, que habian sido aliados personales de Escipión, se rebelan, pero son sometidos por L. Léntulo y L. Manlio Acidio, lo que pacifica la Citerior hasta el año 201aC. Una sublevación general en ambas provincias pone en difícil situación la conquista romana, pero en el 195aC M. Porcio Catón sofoca sangrientamente la rebelión de unas regiones donde se advierte la falta de experiencia colonizadora de los romanos, que, herederos del imperio cartaginés, trataban de imponerse en el valle del Ebro a unas tribus libres hasta aquella fecha.

    Geográficamente, el límite de la zona dominada anteriormente por los cartagineses con los territorios bárbaros era muy inestable, debido a la belicosidad de las tribus indoeuropeas del interior, que buscaban ciudades ricas y tierras fértilers que saquear. Los romanos comienzan la conquista de la Meseta que, iniciada por Catón, continúa el pretor Tiberio Sempronio Graco (180-179aC), al que tras duras campañas se someten diversas ciudades del Alto Duero y Tajo hasta el Ebro, que aceptan pagar tributos. Parece que Segobriga entra en alianza con Roma, por lo que puede acuñar moneda de plata, y la tribu de los arévacos (capital Numancia) es considerada como amiga. Todo ello asegura veinte años de tranquilidad, pero la lealtad para con los tratados no es mantenida por los gobernadores siguientes, lo que provoca la rebelión de celtíberos y lusitanos, que consideran que entregar las armas es lo mismo que quedar reducidos a la esclavitud, lo que explicará en parte las continuas rebeliones, debidas también a la codicia de los gibernadores romanos. En los confines de la parte pacificada de Hispania, se encuentra el pueblo lusitano, de rudos pastores, de lengua y cultura centroeuropeas, que asaltan a sus vecinos más ricos de la Bética. En sus correrías derrotan a los romanos y, aunque muere su jefe Púnico, le sucede Caisaros, quien tras diversa fortuna derrota a L. Mumio (el futuro conquistador de Corinto), pero éste pronto tomará desquite. Mientras, Kaukainos, al frente de otro grupo lusitano, llega hasta África y es derrotado por Mumio. Finalmente, M. Atilio Serrano toma la capital lusitana Oxthrakai, mientras Marcelo toma Nertobriga, con lo que se recobra la paz. La lucha contra los celtíberos es larga y continua; se inicia debido a problemas de interpretación de los tratados con Graco entre Roma y la ciudad de Segueda, que se acoge a la protección de los arévacos. Q. Fulvio Nobilior, enviado por Roma, es derrotado por Caro (153aC), y tras algunos fracasos más, es M. Claudio Marcelo quien logra ventajosos tratados de paz, pero el Senado, no satisfecho, envía a Hispania a L. Licinio Lúculo, que ataca a los vacceos arrasando Cauca (Coca) y tomando Intercacia y Palacia (Palencia).

    En 151aC los lusitanos vuelven a invadir el Sur, pero son reprimidos sangrientamente por Servio Sulpicio Galba y por Lúculo tras su campaña contra los vacceos. En 147aC aparece la figura de Viriato, que con su lucha de emboscadas derrota varias veces a los romanos (victoria de Trigola, cerca de Ronda); en el 143aC se alía con titos, belos y arévacos, con lo que la sublevación celtibérica es general.

    Viriato, desde su base en los Montes de Venus (Sierra de San Vicente), amenaza ambas provincias romanas, tornándose la situación caótica. Q. Cecilio Metelo Macedónico, Q. Pompeyo y Q. Fabio Máximo Serviliano, intentan sofocar la sublevación con diversa fortuna. Agotados por ocho años de luchas, los celtíberos son derrotados por Q. Servilio Cepión y M. Pompilio Lenas. Al pedir la paz,Viriato es asesinado por sus propios embajadores, pagados por Cepión.

    En el 138aC el cónsul Décimo Junio Bruto explora los cursos inferiores de los ríos Tajo, Duero y Limio, llegando hasta el Noroeste, rico en oro y pacificando el actual territorio portugués. Pero quedaba Numancia, que reúne a los sublevados contra Roma, y probablemente a los restos del ejército de Viriato. Derrota a Pompeyo Aulo (140aC), a Marco Pompilio Lenas y a C. Hostilio Mancino (137aC) con el que firman los numantinos un tratado que el Senado no ratifica. Tras una serie de derrotas, Publio Escipión Emiliano, el destructor de Cartago, se traslada a la Península con Cayo Mario, Cayo Graco y el africano Yugurta. Tras reorganizar el ejército, sitia al enemigo cortando totalmente sus suministros y rinde por hambre a Numancia (133aC), con lo que queda asegurada la conquista de la Meseta. Las luchas civiles romanas entre Mario y Sila, y entre César y Pompeyo, tienen repercusiones en Hispania, donde los generales romanos buscan partidarios y clientela. Sertorio, rival de Sila, huyendo de su persecución, llega a Hispania en el 83aC, donde gracias a las simpatías de los hispanos, y con la ayuda de M. Perpena Ventón, trata de construir una nación independiente de la Metrópoli y con política exterior propia. Lucha con éxito contra Metelo y Pompeyo, hasta que Perpena lo asesina, siendo este último vencido a su vez por Pompeyo en el 72aC.

    C. Julio César, cuestor en el 68aC y propretor en el 61aC de la Ulterior, y Pompeyo, con clientela en la Ulterior desde las guerras sertorianas, están muy vinculados a Hispania, donde se enfrentan por el poder. Pompeyo envía a la Península a Afranio, Petreyo y Varrón, pero César derrota al pompeyano Afranio en Llerda (49aC) y a Cneo Pompeyo en Munda (45aC).

    Cántabros, astures y galaicos son los últimos pueblos en ser sometidos; su último levantamiento es ahogado por Augusto, que interviene personalmente en la Península (27-25aC) hasta que Agripa consigue la Pacificación en el 19aC.

    HISPANIA EN EL BAJO IMPERIO

    La primera división administrativa romana de la Península se refiere a los territorios dominados tras la derrota de los cartagineses, es decir, la costa levantina, el valle del Ebro hasta Huesca y el valle del Guadalquivir, creando dos provincias (197aC) gobernadas por pretores: Hispania Ulterior e Hispania Citerior, divididas al principio por el Ebro. Más tarde el saltus castulonensis marca el límite que va entre las cuencas del guadalquivir y el Segura, por la Sierra de Alcaraz; más allá se fija en Sierra Morena desde el saltus castulonensis por los iuga oretana hacia el Norte atravesando el Tajo, y por el Alberche y el Tormes hasta su confluencia con el Duero, mientras no son conquistados los territorios del Norte. Las Baleares se unen a la Citerior en 123aC. Una vez sometida la Península, Augusto modifica esta división, y en el 27 ó 25aC separa la Baetica (senatorial) de la Lusitania (imperial), separadas por el río Anas (Guadiana). Las provincias imperiales son las que requieren la presencia de las tropas imperiales, mientras las senatoriales ya pacificadas se ponen bajo la responsabilidad del Senado. El territorio de los astures se une a la Lusitania, y el de los cántabros a la Citerior; más tarde, entre el 7 y el 2aC, el propio Augusto modifica los límites, dando más territorios a la Citerior con fines militares. Durante el Imperio persiste esta división con pequeñas variantes.

    Circunstancialmente Otón añade Mauritania Tingitana (Norte de África). En 216 se separan temporalmente la Gallaecia y la Asturicensis de la Tarraconensis. Diocleciano divide a las provincias en seis: Lusitania, Baetica, Tarraconensis,Gallaecia,Carthaginensis y Mauritania Tingitana, formando una diócesis con capital en Hispalis (Sevilla). Hacia el 400 las Baleares se separan de la Carthaginensis. La división en conventos jurídicos data de Augusto y no sufre grandes modificaciones durante el Imperio; fueron Gades, Corduva, Astigi e Hispalis (Baetica); Emerita, Pax Augusta y Scallabis (Lusitania); Carthago Nova, Tarraco, Caesaraugusta, Clunia, Asturica, Lucus, Bracara (Tarraconensis). La crítica histórica pone en duda que fueran divisiones territoriales.

    III. LA CONQUISTA DE ESPAÑA EN ROMA.

    El estado romano se adueñó de Hispania después de múltiples enfrentamientos armados que tuvieron lugar a lo largo de dos siglos. Sabemos que Hispania no constituia una, sino múltiples formaciones políticas antes de ser sometida por Roma. Igualmente en el territorio hispano, existían diversos modelos de desarrollo económico y social. Ni la anexión de cada parte del territorio hispano se realizó del mismo modo, ni la respuesta indígena fue siempre la misma, ni el Estado romano tuvo en todas las ocasiones iguales móviles para pretender ampliar sus dominios de Hispania. Diferenciamos cuatro grandes períodos en ese largo proceso de la conquista, comenzada en el 218aC y no terminada hasta el 19aC.

    El primer período de la conquista no presenta más que una parte de los muchos episodios que tuvieron lugar durante el enfrentamiento entre el Estado romano y el cartaginés en lo que se conoce como la Segunda Guerra Púnica: al final de la misma, gran parte del sur peninsular y de la granja costera del este pasó a depender de Roma. El segundo período, iniciado por la necesidad de buscar unas fronteras estables a los territorios dominados por Roma ofrece una serie dcasi ininterrumpida de enfrentamientos bélicos durante el siglo IIaC, que terminaron con la anexión de los dominios de celtíberos y de lusitanos. Al terminar dicho siglo sólo quedaba independiente la franja costera separada por la cordillera Cantábrica más algunos pueblos al sur de la misma así como gran parte de la actual Galicia, que ya había sufrido incursiones de las tropas romanas. El tercer período corresponde al de las guerras civiles de fines de la República romana: Hispania fue escenario de estas guerras durante las cuales Roma consolidó y amplió ligeramente sus fronteras de Hispania. Las guerras contra cántabros y astures (29-19aC), ya a comienzos del Imperio inaugurado por Augusto, constituye el cuarto período de la conquista de Hispania.

  • Hispania en la Segunda Guerra Púnica.

  • La Segunda Guerra Púnica fue considerada por los autores antiguos como uno de los mayores acontecimientos de la Antigüedad. Y fue importante porque en ella se rompió el equilibrio político entre Roma y Cartago en el occidente del Mediterráneo, pasando definitivamente el Estado romano a tener una posición hegemónica indiscutible. Hispania participó en esta guerra con sus hombres, sus medios materiales y su propio territorio: el resultado de la misma se decidió en la Península Ibérica y los hispanos contribuyeron decididamente a inclinar la balanza del lado de Roma.

    CARTAGO Y ROMA ANTES DE LA GUERRA

    El fin de la Primera Guerra Púnica (264-241aC) había traído graves consecuencias para el Estado cartaginés. Además de perder sus dominios sobre Sicilia, debía pagar 2200 talentos a Roma en concepto de indemnización de guerra.

    Por otra parte, esta guerra había dejado exshaustas las arcas del Estado cartaginés, al que resultaba imposible pagar las deudas contraídas con los soldados mercenarios de su ejército, o, lo que es lo mismo, con el grueso de su ejército compuesto de libios, iberos, celtas, ligures, etc. Los generales cartagineses, al evacuar Sicilia tuvieron el cuidado de enviar a Cartago a los soldados mercenarios en varias expediciones y en días diferentes: pretendían que, al llegar a África, los magistrados de Cartago les convencieran por separado de la necesidad de renunciar a la soldada de vida. La táctica no dio el resultado esperado y, en breve, se encontró una enorme contingente de mercenarios armados que reclamaban el pago de lo adeudado como condición previa para tomar la licencia. Algunas poblaciones de África dependientes de Cartago creyeron llegado el momento de su liberación y que entraron en tratos con los mercenarios,a quienes incitaban a hacer desaparecer al Estado cartaginés.

    A esta situación del territorio de Cartago se sumó otra rebelión de análogas características en los dominios cartagineses de Cerdeña: aquí también se unieron a los mercenarios algunas poblaciones indígenas. Los rebeldes de África y de Cerdeña, así como el Estado cartaginés, pidieron, por separado, ayuda a Roma: ésta se la negó a los rebeldes y, en cambio permitió que los generales cartagineses reclutaran tropas en Italia.

    Esta decisión romana ha sido objeto de múltiples interpretaciones: o el Estado esclavista romano no podía colaborar con quienes ansiaban salir de la dependencia, o Roma esperaba beneficiarse del impuesto de guerra que pesaba sobre Cartago, o Roma no estaba en condiciones de embarcarse a una guerra cuyas proporciones no eran fácilmente calculables, etc.

    Gracias a la estrecha colaboración de los generales Hannón y Amílcar, representantes de dos tendencias en el Senado cartaginés, los mercenarios terminaron perdiendo la guerra en África.

    Poco después se recrudeció la revuelta de mercenarios e indígenas en Cerdeña, quienes de nuevo pidieron ayuda a Roma: el Senado romano atendió esta petición (238-237aC) y se adueñó de la isla. El intento de Cartago por recuperar Cerdeña sirvió a Roma de Pretexto para imponer una nueva multa de 1200 talentos a Cartago, además de quedar definitivamente privada de la isla. Roma supo aprovechar la debilidad coyuntural del Estado cartaginés.

    Las enormes pérdidas materiales de estas guerras y la obligación de pagar 3400 talentos al Estado romano impulsaron a Cartago a buscar rápidas soluciones. Las dos fórmulas propuestas en el Senado cartaginés contemplaban la guerra de anexión de nuevos territorios como la única salida de la crisis: el botín de guerra y los impuestos sobre las poblaciones sometidas eran considerados medios más rápidos y seguros para incrementar los ingresos que un cambio en las relaciones de producción. El Senado cartaginés se dividió ante dos propuestas: ampliación de los dominios por el norte de África, propuesta defendida por el llamado “sector agrario” o la reconquista y la ampliación de los dominios cartagineses en la Península Ibérica. Esta segunda fórmula, defendida por los partidarios de la familia de los Barca, fue aprovada y consecuentemente se nombró a Amílcar Barca jefe del ejército cartaginés que debía conducir las tropas a Hispania.

    CONQUISTA PÚNICA DE HISPANIA

    Desde el siglo IV aC, la presencia cartaginesa en Hiapania no sólo habia continuado en las costas del sur peninsular, sino que se había dejado sentir en el interior a lo largo del valle del Guadalquivir.

    No se sabe que sucedió durante la Primera Guerra Púnica para que se calificase el proyecto cartaginés de “reconquista”. Gades (Cádiz) al menos permanecía independiente.

    La alianza entre Roma y Massilia (Marsella), ciudad que mantenía una posición hegemónica sobre las colonias griegas de Hispania, había conducido a que, en el primer tratado entre Roma y Cartago a fines del siglo VI aC, se pusiera como límite de la expansión cartaginesa el cabo Farina, al norte de Cartago. En el segundo tratado entre Roma y Cartago, del año 348 aC, se situaba el límite de posible influencia cartaginesa en Mastia de los tartesios (la posterior Carthago Nova, Cartagena). En la segunda mitad del siglo III aC, el repliegue de las colonias griegas en las actividades comerciales al norte de la costa levantina permitía a Roma ser flexible en la interpretación del límite sur marcado en el tratado del 348aC.

    En el 237aC, Amílcar, acompañado de su hijo Aníbal y de su yerno Asdrúbal, llegó a Gades (Cádiz) al frente de las tropas púnicas. El proyecto cartaginés no se limitaba a una tímida reconquista. Con acciones militares y sirviéndose de pactos con los indígenas, Amílcar sometió pronto el valle del Guadalquivir y estuvo en condiciones de fundar cerca de la Albufereta de Alicante una ciudad militar llamada Akra Leuka, desde la cual dirigió el resto de sus campañas. La embajada enviada por Roma para conocer los planes de Amílcar fue informada de que Cartago debía hacer esta guerra con el fin de

    poder pagar a Roma la deuda contraída a raíz de la pérdida de Sicilia y de Cerdeña.

    Muerto Amílcar, entre el 229-228aC, como consecuencia de una estratagema del rey de los oretanos, Oriso, le sucedió su yerno Asdrúbal en la continuación de la guerra de conquista. La habilidad diplomática de éste, quien llegó a contraer matrimonio con la hija de un reyezuelo indígena para fortalecer sus alianzas, dio como resultado la sumisión de los indígenas, por quienes fue elegido su general con plenos poderes. La fundación de una ciudad, Qart Hadashart, conocida después como Carthago Nova (Cartagena), es uno de los hechos más significativos de la política de Asdrúbal: Cartagena pasó a ser no solo el centro político y militar de los cartagineses asentados en Hispania, sino un importante centro económico, potenciado por las buenas condiciones naturales de su puerto. En sus proximidades estaban asentados los más ricos yacimientos mineros de plata; más al interior, hacia el occidente, se encontraba otro gran distrito minero, el de Castulo (término de Linares, Jaen), controlado igualmente por los cartagineses.

    Roma veía alarmada el rápido auge que estaba tomando Cartago gracias a sus posesiones en la Península Ibérica. El año 226aC se firma un pacto entre Roma y Cartago en virtud del cual Cartago adquiriría el compromiso de tomar como límite máximo de sus campañas militares anexionistas el río Ebro.

    Saguntum (Sagunto) está situado al sur del Ebro y la toma de éste

    por Aníbal en el 219aC motivó el comienzo de la Segunda Guerra Púnica.

    LA SEGUNDA GUERRA PUNICA EN HISPANIA.

    La campaña de Aníbal a Italia fue preparada minuciosamente. En una expedición militar que llegó hasta Salamantica (Salamanca) y Arbuloca (probablemente Toro,Zamora) tuvo la oportunidad de informarse sobre las formas de vida y sobre el potencial demográfico de las poblaciones del interior de Hispania,que nunca pretendió anexionar a sus dominios. Allí reclutó varios miles de mercenarios para unirlos a sus tropas. Parte de estos mercenarios fueron destinados a Africa para la defensa de Cartago con objeto de permitir la llegada a Hispania de soldados africanos: rompía así todo posible vínculo entre los soldados y las poblaciones indígenas, peligroso en el caso de una sublevación.

    Una segunda medida consistió en retener en las ciudades militares de Hispania (Sagunto y Cartagena) a un considerable número de rehenes pertenecientes a las más importantes familías indígenas, lo que garantizaba el apoyo incondicional de las misma sa la causa púnica.

    Como tercera medida, Aníbal distribuyó a sus tropas de Hispania de forma que pudieran cumplir una triple función: evitar sublevaciones de indígenas,impedir que el ejercito romano se adueñase de cualquier lugar de la costa hispana y,finalmente,garantizar el envío de refuerzos,dinero y armas al ejército de Aníbal,que debía luchar en Italia. Aunque Aníbal esperaba contar con la colaboración de muchos pueblos itálicos a los que ofrecería la oportunidad de librar del yugo romano,la ayuda de Hispania era considerada insustituible. El general Hannón fue encargado del control del norte del Ebro y Asdrúbal, hermano de Aníbal, era el responsable de los territorios del sur del Ebro.

    Cuando Aníbal llegó con su ejército a Italia, una parte del ejército romano desembarcó en la ciudad griega de Emporion (Ampurias), antigua aliada de Roma. Desde Ampurias comenzó a operar el ejército romano bajo las órdenes de Cneo Escipión (año 218aC).

    Los enfrentamientos militares entre romanos y cartagineses en Hispania pasaron por coyunturas muy diversas. A un comienzo de avance lento del ejército romano, dirigido por Cneo y por su hermano Publio, siguió una rápida penetración hacia el sur. La toma de Sagunto fortaleció su posición al ganarse el apoyo de muchos indígenas, cuyos familiares, rehenes en Sagunto de los cartagineses, fueron liberados po los Escipiones. Pero en el momento de su máximo fortalecimiento, cuando el ejército romano acampaba ya en Urso (Osasuna) y en Castulo (Linares,Jaén), sufrió una gran derrota en la que murieron los dos Escipiones (año 211aC).

    Con la llegada de Publio Cornelio Escipión, el 210aC, se modificó la situación del ejército romano en Hispania. P. Cornelio supo atraerse el apoyo de importantes régulos indígenas que antes habían estado al aldo de los cartagineses:entre ellos,Indíbil y Mandonio, reyes ilergetes de fidelidad dudosa, y Edecón, rey de los edetanos.

    La toma por sorpresa de Cartagena el 209aC inclinó la balanza de la guerra a favor del ejército romano. P. Cornelio sacó el máximo partido de este éxito: además de ser Cartagena un gran almacén de equipamiento militar y la más importante base naval y comercial de los cartagineses, en ella había 300 rehenes con cuya liberación se atrajo Escipión la simpatía y la colaboración de muchas poblaciones indígenas. La toma del Guadalquivir no ofreció serias dificultades. El 206aC, la vieja ciudad fenicia, Gades, se entregaba a los romanos sin entablar resistencia.

    CONSECUENCIAS DE LA SEGUNDA GUERRA PUNICA PARA HISPANIA.

    Además de las cuantiosas pérdidas humanas y materiales, análogas a todo serio enfrentamiento bélico, los hispanos no recuperaron la autonomía política. El comportamiento inicial de los romanos fue ligeramante más benigno para los hispanos que el que habían sufrido los cartagineses. Los romanos no sólo liberaron rehenes indígenas de los cartagineses, sino a los hispanos caídos caídos prisioneros del ejército romano. Pero se trataba de acciones coyunturales con el fin de atraerse y consolidar las alianzas con las poblaciones indígenas.

    El Estado romano, ganador en la contienda, pasaba a ser ahora el único dueño indiscutble de amplios territorios de Hispania: todo el sur de la Península al este del Guadalquivir hasta Cartagena, la franja costera que desde Cartagena llegaba a Sagunto y casi todas las tierras del valle bajo del Ebro. Salvo Gades entregada voluntariamente mediante un pacto, y Ampurias y Sagunto, antiguas aliadas de Roma, el resto no tenía otra consideración jurídica que la de territorio sometido por las armas, territorio de dediticii, hecho que permitía al conquistador disponer libremente de él. Para asentar a los romanos heridos en las últimas batallas, escipión fundó un núcleo urbano, Itálica, que después adquiriría gran importancia.

    Los territorios sometidos de Hispania fueron obligados a pagar un impuesto regular. Parte del territorio, como los distritos mineros, pasó a depender de la explotación directa del Estado romano. Para garantizar el control de sus dominios, Roma mantuvo una fuerza militar que era abastecida por lor recursos de la propia Península Ibérica. Las tropas romanas fueron divididas en dos cuerpos:uno que operaba al norte de Cartagena y otro en el sur; estas dos grandes áreas pasaron a tener en el 197aC categoría de provincias.

    b) El segundo período de la conquista romana de Hispania.

    Los hispanos no tardaron en comprobar que los romanos no eran los libertadores, dispuestos a marcharse tan pronto desapareciera el peligro cartaginés. Los nuevos dueños no sólo habían decidido permanecer en los territorios dominados, sino que estaban dispuestos a ampliar sus dominios. Ante los abusos de los administradores romanos o ante el intento de los nuevos dueños por anexionarse otros territorios, los hispanos respondieron generalmente con las armas:raro fue el año en que no se produjeron enfrentamientos armados. Acorde con la multiplicidad de pequeñas agrupaciones políticas, la respuesta militar de los hispanos estuvo caracterizada por la desorganización, la falta de una estrategia global y de largo alcance, la dificultad para formar alianzas estables e incluso la colaboración con Roma. Sólo durante las guerras contra celtíberos y lusitanos, los indígenas habían conseguido formar amplios bloques organizados militarmente.

    CONSOLIDACIÓN DE LAS FRONTERAS Y AMPLIACIÓN DE LOS DOMINIOS ROMANOS.

    Durante la primera mitad del siglo IIaC, el intervencionismo romano en la Península Balcánica mermaba posibilidades de llevar a cabo simultáneamente una decidida política de anexión de toda la Península Ibérica. La guerra de Hispania resultaba lenta y desgastadora al no poder resolverse en unos pocos y grandes enfrentamientos. La política militar de Roma para Hispania estuvo caracterizada en esta época por dos lineas centrales: reorganización de los territorios conquistados con objeto de obtener una explotación más sistemática de los mismos y búsqueda de unas fronteras más sólidas que las obtenidas a raíz de la expulsión de los cartagineses.

    El Senado romano, máximo representante de los intereses de los grupos oligárquicos y máximo responsable de la política exterior romana, sufrió profundos cambios en estos años. Ante la inexistencia de partidos políticos, las más fuertes alianzas entre las grandes familias imponían la política a seguir. Es significativo a este respecto el llamado “proceso de los Escipiones”, comenzando en la segunda década del siglo: la acusación de corrupción administrativa (de la que sin duda no estaban tampoco libres los acusadores), hábilmente dirigida por Catón, terminó con el prestigio de los Escipiones y con su posición hegemónica en el Senado.

    Al margen de que hubiera algún motivo para el proceso, los acusadores lograron estar en condiciones de controlar el Senado y de imponer una política más brutal sobre los territorios dominados, así como una decidida voluntad expansionista.

    Bajo el pretexto de la mayor complejidad administrativa y de la necesidad de tener que tomar con frecuencia rápidas y complicadas decisiones de política exterior, la consulta constitucional a las asambleas populares fue siendo sustituida por una simple información manipulada.

    Todo ello fue el resultado de la política senatorial durante el siglo IIaC. La oligarquía que controlaba las decisiones del Senado, propietaria de grandes extensiones de tierra en Italia, comenzó así a beneficiarse a la vez de la explotación sistemática de los territorios conquistados, cuyo gobierno y administración se autoatribuía.

    En otro orden de cosas, la respuesta al peligro militar de Aníbal sobre Italia durante la Segunda Guerra Púnica había contribuido a potenciar el sentimiento nacionalista romano. Las capas populares tardaron mucho tiempo en tomar conciencia de que los grandes beneficiarios de la conquista exterior eran los oligarcas romanos. Hasta que esa toma de conciencia popular fue importante, el consenso logrado entre el Senado y las masas populares fue decisivo en esta fase del expansionismo romano. Frente a este Estado fuerte y dotado de un enorme potencial humano y material lucharon las tribus y los pequeños Estados de Hispania en la primera mitad del siglo IIaC.

    El mismo año de la división de Hispania en dos provincias (197aC), se produjo una rebelión en el valle del Guadalquivir, dirigida por dos régulos: Culchas, que dominaba sobre 17 ciudades, y Luxinio, rey de un número indeterminado de ciudades, entre ellas la populosa Carmo (Carmona). A ellos se unieron pronto otras ciudades de la Beturia (entre el valle medio del Guadiana y el Guadalquivir) y de la costa sudoriental, área de antigua presencia fenicia -Malaca (Málaga), Sexi (Almuñecar), etc-. Los pretores romanos tardaron en sofocar esta rebelión. Y rebeliones análogas a ésta llegaron a ser frecuentes. Muchos gobernadores romanos volvieron a Roma al fin de su mandato para celebrar el triunfo o la ovación, dos grados de honores concebidos a los jefes militares que hubieran dirigido campañas victoriosas y volvieran a Roma con grandes sumas de riquezas - oro, plata, objetos artísticos... - para ser depositados en las arcas públicas.

    La confrontación que los indígenas estaban teniendo con las tropas romanas ponía de manifiesto que éstas no eran invencibles. Esto contribuyó a una mayor extensión de la rebelión, que exigió al Estado romano tomar medidas extraordinarias y hacer una demostración de fuerza destinada a hacer olvidar a los hispanos cualquier veleidad autonomista. Cada gobernador ordinario de una provincia, el pretor, disponía de mando sobre una legión: los efectivos de ésta eran de 5-6000 hombres, a los que se añadían las tropas auxiliares y cuerpos especiales hasta conseguir un total de 8-10000 hombres. Los cónsules tenían el mando de dos legiones. El Senado decidió enviar para el año 195aC a los dos pretores ordinarios y además al cónsul M. Porcio Catón, equipado también de una flota. El total de las tropas romanas era superior a 52000 hombres.

    Catón. La política de Catón en Hispania no tuvo más guía que la de imponer por las armas la decisión y voluntad del Senado romano: expolio y represión de los hispanos, así como manifestación del poder militar romano.

    La primera intervención de Catón contra una coalición de tribus del norte del Ebro resultó un gran éxito militar. Ante una rebelión posterior de los bergistanos, la respuesta de Catón fue contundente: muchos de sus núcleos de población fueron destruidos y gran parte de los bergistanos fueron vendidos en los mercados de esclavos.

    La sola presencia de Catón en el valle del Guadalquivir hizo innecesario un gran enfrentamiento. Pacificado el sur, organizó una gran campaña militar que cumplía una doble función: consolidación y ampliación de las fronteras romanas, así como exhibición del potencial militar romano. Se dirigió al Tajo y desde allí a la Celtiberia. El botín que Catón exhibió en Roma al celebrar su triunfo sobre Hispania consistía en 1400 libras de oro, 25000 libras de plata, 123000 denarios (de plata), y 540000 monedas de plata indígena.

    El comportamiento de Catón en Hispania tiene la importancia de ser el modelo político seguido por los gobernadores posteriores: expolio y represión sobre las poblaciones sometidas y búsqueda de fronteras estables. Gran parte de los indígenas caídos prisioneros son, desde ahora, vendidos como esclavos. Los generales romanos que le sucedieron penetraron con mucha lentitud hacia el interior.

    Sempronio Graco. Los gobernadores del 180-179aC, T. Sempronio Graco para la Citerior y L. Postumio Albino para la Ulterior, tuvieron que emplear sus ejércitos en operaciones combinadas para controlar la Andalucía oriental y Castilla la Nueva (luchas contra carpetanos). Al fin del mandato de Sempronio Graco y de Albino, la frontera romana era: por el suroeste, el Guadiana hasta su curso medio y desde aquí, por el occidente de Toledo, hasta englobar el curso alto del Duero; más hacia el norte pasaba por Calagurris (Calahorra) hasta los Pirineos occidentales.

    Sempronio Graco potenció la defensa de la frontera de la Citerior con varias medidas en las que se combinó la energía con la diplomacia. Firmó pactos y alianzas con comunidades indígenas, fundó Gracchurris (actual Alfaro, cerca de Calahorra) y llevó a cabo una política de distribución de tierras entre los indígenas: éstos podían alistarse en las tropas auxiliares de las legiones. Sus ciudades, en cambio, debían de estar desprovistas de murallas. Este conjunto de medidas debieron ser consideradas razonables por los indígenas, quienes tuvieron que recordar varias veces a los romanos la necesidad de cumplir los pactos firmados con Sempronio como condición previa para mantenerse en paz con Roma.

    Esta consolidación de fronteras, realizada por Sempronio Graco y por Albino, abrió una fase de relativa tranquilidad en la Península. Pero la existencia de las mismas significaban un freno a las incursiones endémicas de lusitanos y de celtíberos hacia las regiones más ricas del sur y del este peninsular. Y tales incursiones venían siendo necesarias como medio de conseguir provisiones en forma de botín de guerra para los sectores sociales marginados de esas áreas exteriores.

    GUERRA CELTIBÉRICO-LUSITANA

    La guerra contra celtíberos y lusitanos, que se prolongó durante varios años (154-134aC), fue uno de los conflictos armados más difíciles que tuvo que nfrentar Roma. Estas operaciones militares se desarrollaron en dos frentes distintos, atendidos por los gobernadores de la Citerior y de la Ulterior.

    El pretexto para la guerra contra los lusitanos vino dado por las incursiones que éstos realizaban sobre las ricas tierras del sur peninsular. Entre 155-153aC, las tropas lusitanas, mandadas primero por Púnico y después por Caisaros, causaron unas 15000 bajas en el ejército romano que salió a cortarles el paso; varias ciudades del valle del Guadalquivir y del Guadiana fueron sometidas al pillaje por los lusitanos.

    Ámplios sectores de la población lusitana, marginados en el interior de sus propias comunidades, se veían obligados a emigrar a las tierras más pobres de la montaña para sobrevivir con la ayuda del pastoreo y de las incursiones de bandidaje. La falta de tierras era el problema económico central de estas poblaciones y las incursiones sobre las ricas tierras del sur constituían el modo habitual para apropiarse de lo necesario. Sus vecinos, los vetones, situados en el valle del Tajo al sur de la sierra de Gredos y de la Estrella, colaboraban frecuentemente con ellos en estas incursiones. Pero la política romana no se caracterizaba en este moento por su humanitarismo: el 151aC, Galba masacró a varios miles (8-30000) de lusitanos cuando estaban reunidos sin armas a la espera de la prometida concesión de tierras. Viriato, quien consiguió escapar a esta masacre, creó nuevas tropas y, sirviéndose de estratagemas y de tácticas de guerrilla, trjo en jaque a los romanos hasta ser asesinado a traición el 139aC. Aunque la lucha lusitana fue mantenida algún tiempo más por los sucesores de Viriato, la muerte de éste abrió las puertas de todo el noroeste al ejército romano. Uno de los cónsules del 138aC, Décimo Junio Bruto, fue encargado del ejército romano de la Ulterior; en pocos años consiguió la sumisión total de los lusitanos y estuvo en condiciones de realizar una gran campaña de exploración hasta la orilla derecha del Miño: el conocimiento de las ricas minas de oro del noroeste, explotadas ya por los indígenas, fue el objeto principal de esta lejana expedición.

    El otro bloque indígena enfrentado con Roma tuvo a Numancia como centro político y militar más importante. Las sólidas alianzas entre los celtíberos habían hecho que las primitivas formas de organización gentilicia en las que cada pequeña comunidad constituía un todo autónomo fueron pasando a un segundo plano frente al desarrollo de de formas políticas superiores: es decir, nos encontramos en la Celtiberia con un Estado primitivo en el que tenía gran fuerza el aparato militar. A esto hay que añadir que los celtíberos buscaron alianzas con otros pueblos vecinos quienes colaboraron activamente con ellos en la defensa contra los ejércitos romanos. La guerra contra la Celtiberia se convirtió así en la guerra contra la mayor parte de los territorios que hoy constituyen Castilla la Vieja.

    Los romanos se sirvieron del pretexto de acusar a los celtíberos del incumplimiento de los pactos establecidos con Sempronio Graco al dedicarse a fortificar sus ciudades. Segueda (en Belmonte, cerca de Calatayud), ciudad de los belos, proyectaba ampliar sus murallas para albergar a una parte de la población, hecho que formaba parte de la consolidación de estructuras políticas superiores más estables. A pesar de que los belos entendían que estas fortificaciones no eran contrarias a tales pactos, Roma no aceptó otra interpretación que la propia. La causa real, disfrazada bajo la discusión de los antiguos pactos y de unos metros más o menos de muros, residía en otras instancias: para Roma había llegado el momento de dar otro impulso a la conquista de Hispania y nunca mejor que llevarlo a cabo antes de que, junto a sus propias fronteras, se constituyera un sólido Estado.

    Con el fin de aislar a los celtíberos, y bajo el pretexto no siempre cierto de que algunas ciudades les proporcionaban ayuda, el ejército romano fue tomando las ciudades más importantes de los vaceos: Cauca (Coca, Segovia), Intercatia (Villalpando, Zamora), Pallantia (cerca de Plasencia)..., Numancia, una ciudad de unos 8000

    habitantes, fue la última en caer. La historiografía tradicional española ha querido hacer de Numancia un símbolo de valentía y de las dotes militares del pueblo español, lo que no es más que un error o manipulación del pasado. Los ejércitos romanos encontraron también gran resistencia en otros muchos lugares de dentro y de fuera de la Península.

    En la estrategia militar romana contra Celtiberia, Numancia fue quedando relegada para una acción final. Por otra parte, el comportamiento de Escipión Emiliano, el vencedor de Numancia en el 134aC, nos desvela otro aspecto de la falsedad del mito de Numancia. Cuando Escipión se hizo cargo del ejército, acampado cerca de Numancia, se vio obligado a una reorganización del mismo: el campamento estaba lleno de indígenas (adivinos, buhoneros, prostitutas...) y los soldados romanos llevaban una vida muelle (uso de cómodas, camas, de navajillas y pinzas de depilar...). Después de un duro entrenamiento del ejército, Numancia cayó ese mismo año.

    La larga guerra contra Numancia fue una demostración no de la valentía de los indígenas, sino del grave deterioro económico y moral de amplias capas de la sociedad romana, desinteresadas en acciones militares que no mejoraban sus condiciones de vida. Desde comienzos del siglo II aC, la oligarquía romana había incrementado sus riquezas, tanto a costa de la exportación de las provincias como apropiándose las tierras de múltiples pequeños campesinos de Italia, que se habían visto obligados a emigrar del campo; sus explotaciones no podían competir con explotaciones esclavistas en manos de la oligarquía. Se staba rompiendo el consenso tradicional entre el Senado y el pueblo. La revuelta de esclavos en Sicilia, iniciada antes de la toma de Numancia, fue otra señal de alerta. Cuando desde el 133aC, los hermanos Graco, ligados al círculo de los Escipiones, intentaron llevar a cabo un conjunto de reformas profundas en el sistema romano (reforma agraria, judicial, militar...), que no hacía más que procurar restablecer el consenso roto entre la oligarquía romana y el pueblo.

    Como resultado de la guerra contra lusitanos y celtíberos, las fronteras romanas de Hispania se desplazaron hasta los pueblos situados al sur de la cordillera Cántabra. Galicia, explorada en parte por Décimo Bruto, no quedó definitivamente anexionada, así como tampoco los astures transmontanos y cismontanos y los cántabros. Todo el conjunto de nuevos territorios dominados fue agregado a las provincias existentes: la línea divisoria de las mismas iba desde Cartagena a la provincia de León cortando transversalmente la Península.

    LA CONQUISTA DE BALEARES

    A pesar de la estratégica posición de las islas, Roma no había querido diversificar sus fuerzas para anexionarse estos territorios. Los piratas que se movían en el Mediterráneo occidental tenían en estas islas buenos refugios. Roma, lo mismo que otros Estados del Mediterráneo, no mantenía una actitud de permanente hostilidad frente a los piratas: además de colaborar en el abastecimiento de esclavos, podían ser utilizados por los mismos Estados para acciones especiales.

    En cambio, Roma temía una alianza de los piratas baleáricos con los pueblos indígenas del sudeste de la Galia. El Senado romano encargó al cónsul del 123aC, Q. Cecilio Metelo, la anexión de las islas. La conquista no ofreció grandes dificultades. Metelo permaneció en ellas dos años para reorganizar los territorios conforme a los intereses de Roma: fundó dos núcleos de población, Palma y Pollentia, en los que asentó a 3000 veteranos del ejército de Hispania, a quienes concedió parcelas de tierra; servían de retén militar ante una hipotética revuelta indígena. Las Baleares pasaron a formar parte de la provincia Citerior.

    c)Hispania y las Guerras Civiles de fines de la República.

    La conquista romana de la Celtiberia y de la Lusitania no significó la paralización de los conflictos armados. Desde el 134aC al 82aC, los gobernadores de las provincias hispanas tuvieron que sofocar varias revueltas. Quienes se mostraron más tenaces en el rechazo del dominio romano fueron los lusitanos.

    Este potencial militar indígena fue utilizado por los generales romanos durante los enfrentamientos de finales de la República.

    Las reformas propuestas por los hermanos Graco habían contribuido a la polarización de la sociedad romana en dos tendencias políticas. Muertos los Graco, las dos tendencias se mantuvieron hasta fines de la República, aunque lógicamente el contenido de sus programas fue sufriendo ligeras modificaciones. Los populares defendían inicialmente el programa de los Graco: redistribución de las tierras del ager publicus - tierras del Estado alquiladas a particulares - entre los desposeídos con el fin de aumentar el número de pequeños propietarios, concesión del derecho de ciudadanía a los ítalos, reforma de los tribunales para que el sector de los caballeros tuviera acceso a los mismos, reforma militar y una serie de medidas prácticas (construcción y reparación de vías, etc) destinadas a garantizar la protección alimentaria debida a los ciudadanos pobres o a los desposeídos de Roma. La cerrazón de la oligarquía, los optimates, a aceptar estos y otros cambios análogos sostenidos por los populares, no sin antes frenarlas hasta el máximo, ofrecieron soluciones peculiares a las mismas con el fin de no perder su posición hegemónica en la sociedad romana. Por ejemplo, a fines del siglo II aC, ante la amenaza de invasión de Italia de grandes contingentes de cimbrios y de teutones, se permitió a Mario (partidario de los populares) introducir reformas sustanciales en el ejército. Por otra parte, la política de fundación de colonias fuera de Italia a lo largo del siglo I aC contribuyó a resolver los problemas de la falta de tierra que padecían muchos ciudadanos; en las primeras décadas del siglo I aC, muchos ítalos recibieron el derecho de ciudadanía, etc.

    GUERRA SERTORIANA (82aC-72aC)

    Para frenar el ascenso de los populares, cuyo jefe, Mario, era el más prestigiado general romano, el grupo de los optimates buscó el apoyo de otro gran estratega ligado a la oligarquía, Sila. Ante el descontento de Mario y de sus partidarios, el Senado eligió a Sila como jefe supremo del ejército romano, que debía marchar a Oriente para enfrentarse con el rey Mitrídates del Ponto (87aC). Esta decisión senatorial fue la chispa que encendió los enfrentamientos entre ambos bandos. Los acontecimientos fueron éstos: estando Sila a punto de partir para Oriente, los populares consiguieron modificar la decisión senatorial; Sila con sus tropas se dirigió a Roma, mientras Mario tuvo que huir. Las reglas del juego político se habían cambiado: bastaba tener fuerza militar para controlar al Senado. Durante la campaña contra Mitrídates, los populares tomaron medidas represivas contra algunos optimates.

    Vuelto Sila victorioso de la campaña oriental y dueño absoluto de Roma, inició al punto una sistemática represión contra los populares: elaboró una lista de proscritos, quienes podían ser asesinados en cualquier lugar que se encontrasen; cualquier sospechoso de simpatizar con los populares era privado del ejercicio de las magistraturas.

    Sertorio fue uno de los perseguidos que escaparon de la represión silana en Roma. Sertorio había desempeñado el cargp de cuestor en Hispania. Esperaba ser cónsul el 83aC. Para apartarlo de Roma fue nombrado gobernador de la Hispania Citerior ese mismo año y, antes de entra en funciones, fue destituido para nombrar en su lugar a un optimate. Sertorio respondió a estas medidas con la organización de un pequeño ejército compuesto por amigos, familiares y partidarios políticos con el que se dirigió a la Península Ibérica, dispuesto a organizar la resistencia frente a la dictadura de Sila.

    El decemio sertoriano (82-72aC) está lleno de acontecimientos bélicos que son: fracaso inicial de Sertorio en la Península Ibérica, de donde tiene que huir; permanencia de Sertorio en Mauritania (Marruecos) luchando con los indígenas contra el rey de Tingis (Tánger) y expedición a las Islas de los Afortunados. El 80aC vuelve a la Península para ponerse al frente de los lusitanos revelados contra Roma. Hasta el 75aC, la posición de Sertorio en Hispania fue en constante ascenso; sus éxitos militares contra los ejércitos romanos legales de Pompeyo y de Metelo se vieron solo empeñados por algunos fracasos de sus colaboradores. A partir del 75aC, la propaganda política romana y los imponentes ejércitos de Pompeyo y de Metelo fueron debilitando la fidelidad de los romanos que estaban al lado de Sertorio. Una ley del 73aC, la lex Plautia, permitía a los exiliados recuperar su antigua posición política en Roma. El mismo año, Sertorio fue asesinado por un grupo de sus más estrechos colaboradores romanos; la resistencia de los restantes sertorianos fue pronto aplastada.

    El decenio sertoriano no fue más que un episodio de las guerras civiles (aunque grave), para Hispania tuvo mucha más importancia. El grueso del ejército de Sertorio estaba reclutado entre los indígenas, mayoritariamente celtíberos y lusitanos. Por primera vez, los indígenas encontraron en Sertorio a un romano que se mostraba respetuoso de sus tradiciones y que no buscaba su explotación sistemática: el ejército de Sertorio acampaba ordinariamente fuera de los núcleos urbanos, los indígenas pagaban impuestos más bajos, Sertorio aparentó incluso aceptar algunas creencias y supersticiones indígenas, etc. La diplomacia de Sertorio se materializó también en Osca (Huesca): aquí reunió Sertorio a los hijos de los reyezuelos y jefes indígenas para instruirlos en la lengua y la cultura romanas, educación gratuita a cargo de pedagogos romanos y supervisada por el propio Sertorio.

    Por otra parte, Pompeyo supo aprovechar su éxito militar sobre los sertorianos. No sólo sometió Hispania a Roma, sino que creó las condiciones para que la Península fuera un instrumento reforzador de su poder político y militar. Todas las tribus de la Celtiberia que le habín sido fieles fueron recompensadas con repartos de tierra, con ampliación de sus dominios territoriales, con protección política, etc. Gran parte de la Hispania Citerior pasó a su clientela; el vínculo creado entre Pompeyo como patrono y estas comunidades clientes obligaba al apoya político y militar de los indígenas a la causa de Pompeyo, quien a su vez se comprometía a defender los intereses de las mismas en Roma. La concesión de derechos de ciudadanía romana a indígenas influyentes fue otra medida empleada por Pompeyo, extensiva ocasionalmente a indígenas de la Hispania Ulterior; entre éstos se encontraban los hermanos Balbos de Cádiz, pertenecientes a una acomodada familia.

    GUERRA ENTRE CESARIANOS Y POMPEYANOS EN HISPANIA (49-44aC)

    El modo en que se desarrollaron los acontecimientos políticos durante el enfrentamiento entre Sila y Mario habia definido los cauces de comportamiento político para los años posteriores. El poder constitucional residia en el Senado y en las asambleas populares - éstas venían siendo manipuladas por los miembros de las grandes familias a través de donaciones, regalos, juegos, espectáculos gratuitos, etc - . El ejército, destinado a ser un mero ejecutor de las decisiones senatoriales, pasó a tener capacidad suficiente como para disputar el poder del Senado. El Senado, consciente de la nueva situación, se esforzaba por volver al viejo orden, consistente en que los generales se sometieran a sus decisiones. Por otra parte, los grandes jefes militares buscaban a través de sus partidarios en el Senado o por medio de la amenaza de las armas una sumisión del Senado.

    Sila resolvió el dilema por medio del nombramiento de senadores fieles. Desaparecido Sila, el Senado tuvo que contemplar cómo se incrementaba el poder de Pompeyo como resultado de la lucha contra los populares (Mario, Sertorio...). Pompeyo había alcanzado un gran poder personal y un gran prestigio en Hispania, en Sicilia, en África, en Galia Cisalpina y en la Transalpina. Un poco más tarde se encomendó a Pompeyo la lucha contra los piratas del Mediterráneo y la pacificación del Oriente.

    Muchos de los problemas de los populares quedaban sin resolver: en la ciudad de Roma se apiñaban miles de ciudadanos sin empleo,los soldados veteranos no encontraban medios de vida al ser licenciados del ejército, los populares seguían teniendo cerradas las puertas a las altas instancias de decisión política, etc. César, ligado a los populares, fue el gran jefe militar que disputó a Pompeyo el poder. Para coseguirlo se sirvió de los mismos procedimientos que Pompeyo: creación de amplias clientelas en las provincias y apoyo en los grupos más democráticos de la ciudad de Roma - amplios sectores de la plebe y personajes influyentes que ansiaban una mayor participación en las decisiones políticas.

    La estrategia de César quedó planteada en dos fases: primeramente, conseguir un gran poder militar y un fuerte prestigio en las áreas en las que Pompeyo tenía una posición más débil o a las que no había llegado.

    Este objetivo lo cumplió pronto en Italia y en Hispania: el 69aC estuvo de cuestor en la Hispania Ulterior y el 61aC fue gobernador de la misma provincia. Durante su estancia aprovechó para ganarse las simpatías y el apoyo de los indígenas y de los ítalo-romanos residentes en la provincia, consiguiendo una amplia clientela, similar a la que Pompeyo había hecho en la Hispania Citerior.

    Una expedición contra los lusitanos que terminó en el territorio galaico garantizó la sumisión definitiva de estos pueblos y pudo ofrecer a la Bética, sometida aún a incursiones ocasionales de lusitanos, una mayor estabilidad.

    Aprovechando las tensiones existentes entre el Senado y su general favorito, Pompeyo, César consiguió negociar con el hombre más rico de Roma - Craso - y con Pompeyo el reparto de las áreas de influencia de cada uno de los tres. El Senado se vio obligado a aceptar el acuerdo del impropiamente llamado primer triunvirato en el reparto, César obtenía el consulado para el 59aC y un mando extraordinario que le permitia emprender la conquista de las galias. Cuando hubo sometido las galias, todo el potencial económico y humano de las mismas quedaron a disposición de César.

    El acuerdo del 59aC no suponía la desaparición del Senado, que se negaba a contemplar impasible su pérdida de poder. La propaganda senatorial casi había conseguido el año 56aC romper la alianza de los tres generales. Ante la gravedad de la situación, César convocó rápidamente una reunión en Lucca, la llamada Conferencia de Lucca, durante la cual hubo que disipar malentendidos: ni Craso ni Pompeyo ni César debían mantener situaciones privilegiadas. La alianza salió fortalecida y César tuvo tiempo para completar la sumisión de las Galias. La Conferencia de Lucca abrió un compás de espera para el inevitable enfrentamiento entre Pompeyo y César. Craso nunca representó un serio peligro ni por sus alianzas populares ni por sus dotes militares.

    Durante el enfrentamiento entre cesarianos y pompeyanos (49-44aC), Hispania no sólo fue escenario de múltiples conflictos bélicos, sino que indígenas e hispano-romanos se alinearon en cada uno de los dos bandos. En el 53aC, el Senado consiguió atraerse a Pompeyo, que fue nombrado cónsul único con poderes extraordinarios. La renacida alianza entre Pompeyo y el Senado fue empleada contra César: en el 50aC se aprobaba una ley sobre el desempeño de las magistraturas, en virtud de la cual César quedaba privado de todo poder y pasaba a ser un simple ciudadano tan pronto cesara de su cargo en el 49aC. Las presiones ejercidas por los cesarianos en el Senado y en las asambleas no consiguieron impedir la aprobación de la ley. El 49aC, César, al frente de una parte de su ejército de las galias, cruzó el Po: los senadores huyeron de Roma y Pompeyo se vio pronto obligado a abandonar Italia para dirigirse a Oriente. Desde este momento hasta el 44aC, cesarianos y pompeyanos lucharon por el control de Hispania, trampolín necesario para alcanzar el poder supremo.

    Las dos provincias de Hispania estaban regidas por gobernadores pompeyanos el año 49aC. Antes de enfrentarse con Pompeyo en Oriente, César buscó el control de todo el Occidente, con lo que simultaneamente conseguía mantener el abastecimiento de Italia. El mismo año, César se dirigió a Hispania. El ejército pompeyano de Hispania, puesto bajo las órdenes de tres legados de Pompeyo - Afranio, Petreyo y Varrón -, estaba compuesto por siete legiones; César concentró otras seis legiones en Hispania. Tal concentración de tropas da idea de la importancia que ambos contendientes concedían al control de Hispania. La capacidad militar de César se mostró pronto superior: sin necesidad de grandes combates, durante la batalla de Llerda (Lérida) consiguió que el grueso de las tropas pompeyanas se rindieran; también ese mismo año, en otra rápida operación - en la que contó con la colaboración de muchas ciudades que le eran fieles desde el año que estuvo gobernador de la Ulterior - , obligó a rendirse al tercer legado pompeyano, el gran escritor Varrón. En unos meses, Hispania pasó a la esfera política de César y al frente de las provincias fueron nombrados gobernadores cesarianos: Q. Casio Longino para la Ulterior y M. Lépido para la Citerior. César, después de múltiples manifestaciones de benevolencia - disminución de impuestos aumentados por los pompeyanos, devolución de las riquezas quitadas al templo gaditano de Hércules, concesión de derechos de ciudadania, etc -, dejó Hispania para continuar la guerra contra los pompeyanos en otros frentes.

    Los abusos cometidos por Casio Longino, entre los que sobresalían las distorsiones económicas a los súbditos, despertaron la indignación contra él de muchos hispanos: en el 48aC fue gravemente herido en un atentado y tuvo que enfrentarse a una sublevación. Sólo la intervención del gobernador de la Citerior, Lépido, impidió que los sublevados, partidarios de Pompeyo, terminaran con él.

    La destitución de Casio Longino en el 47aC para ser reemplazado por otro cesariano, C. Trebonio, no impidió que los pompeyanos siguieran organizándose. Cuando el mismo año Cn. Pompeyo, hijo, llega a la Bética es recibido calurosamente por sus partidarios, que habían conseguido ya expulsar al gobernador cesariano. Poco después, su hermano Sexto Pompeyo, derrotado en África, llega también a Hispania al frente de una parte de la armada y de los restos de su ejército. De nuevo Hispania es elegida por los pompeyanos como base de operaciones. A su vez, los generales cesarianos urgen a César para que se apresure a salvar Hispania para su causa.

    Esta segunda fase de la guerra desvela el arrigo de las clientelas pompeyanas de Hispania. Los hijos de Pompeyo consiguieron reunir 11 legiones, gran parte de ellas compuestas por hispano-romanos e indígenas. Aunque la batalla más decisiva tuvo lugar en Munda (cerca de Osasuna), en la que murieron más de 30000 pompeyanos, César tuvo que ir tomando ciudad por ciudad (Ulia, Corduba, Ategua, Bursao, Urso...). Cn. Pompeyo cayó en los enfrentamientos; su hermano Sexto consiguió huir y aún vencido encontró refugio y apoyo en los pueblos que habían sido clientes de su padre. Desde ellos organizó guerrillas que aún se mantenían activas en el 44aC, después de la muerte de César. Sólo la intervención de Lépido, gobernador de la Citerior, frenó sus actividades guerrilleras al conseguir del Senado que se le reintegrara en la vida política y le fueran devueltos los bienes paternos; se le concedió el mando de la flota. Su guardia personal siguió estando compuesta por indígenas de Hispania.

    HISPANIA DEL 44-30aC

    El asesinato de César en el 44aC no modificó las reglas del juego político. El Senado no tenía ningún poder, desligado del apoyo de los grandes jefes militares.

    Desde el 44-30aC, el mundo romano se vio de nuevo sumido en grandes conflictos armados. El triunvirato compuesto por Lépido, Antonio y Octaviano controlaba todas las esferas del poder. La acción diplomática y las grandes batallas de estos años pusieron el poder en manos de un solo jefe, Octaviano, el primer emperador de Roma.

    En esta época, Hispania estuvo sucesivamente bajo el control de los tres triunviros. Los enfrentamientos bélicos entre los triunviros no tuvieron, en cambio, por escenario el territorio de Hispania.

    Pero los indígenas no aceptaban plenamente las condiciones de vida impuestas por Roma, Sierra Morena (en su parte “Saltus Castulonensis”) seguía estando infectada de bandoleros. Y Asinio tuvo que llevar las tropas al interior para sofocar revueltas de lusitanos. Por otra parte, tanto Lépido en el 43aC como Domicio Calvino en el 36aC, gobernadores de la Citerior, celebraron su triunfo en Roma tras haber obtenido éxitos militares contra los indígenas. La propia guerra contra cántabros y astures vino precedida de constantes luchas entre indígenas y tropas romanas.

    d)Guerra contra cántabros y astures (29-19aC).

    Como resultado de esta guerra, Roma acabó anexionándose los territorios aún independientes de la Península Ibérica, dos siglos después de haber comenzado la conquista.

    El fenómeno del bandolerismo era endémico en la Hispania prerromana como consecuencia de la presión demográfica y del desigual reparto de la riqueza entre muchos pueblos indígenas. Por una parte, el deseo del Estado romano de controlar todo el gran distrito minero del noroeste, que abarcaba parte de los territorios no conquistados. En segundo lugar, se ha comparado la conquista del norte de Hispania con otras intervenciones de los ejércitos romanos a partir del momento en que Octaviano Augusto se hizo con el poder en Roma y se advierte: Augusto abandonó la conquista programada de Britania; por otra parte, ante el desastre de Varo frente a los germanos, retrajo la frontera romana hasta el Rin; terminó también de someter a las tribus de los Alpes, etc. La política de Augusta incluía el ahorrar vidas humanas al mundo romano, tan desgastado durante las Guerras Civiles, y situar las fronteras del Imperio buscando límites naturales fácilmente defendibles. La guerra contra cántabros se encuadra en esta política augustea.

    La larga y difícil guerra contra cántabros y astures, habituados a la guerra de guerrillas, exigió la presencia de ingentes fuerzas militares romanas: siete legiones y la armada del Cantábrico cuando Augusto dirigía las operaciones. Las fases de la guerra fueron: hasta el 27aC, los gobernadores de Hispania mantuvieron enfrentamientos ocasionales; en la segunda fase, la más importante, Augusto en persona dirigió las operaciones (26-25aC); durante el 24-20aC se produjeron pequeñas rebeliones de cántabros y astures. Finalmente, el año 19aC fue precisa la intervención de Agripa para sofocar definitivemente el último levantamiento.

    La campaña programada por Augusto y dirigida por él junto con sus legados terminó con la conquista de cántabros y astures. El ejército romano fue dividido en tres columnas: la occidental, asentada en el valle del Orbigo, mandada por Carisio; la central, cuyo campamento estaba en Segisama (Sasamón), dirigida por el propio Augusto, y la oriental. Se trataba de batir, si fuera preciso rastreando el terreno, toda la Cordillera Cántabra, desde Galicia a Castro Urdiales (Santander). Comenzó la guerra con el sometimiento de los astures cismontanos: la toma por los romanos de Lancia (en el término de Villasabariego, León), la del monte Vindius y la de Bergidum (ambos en el Bierzo) rompieron la resistencia del sur de la Cordillera. Para el resto de las operaciones militares al otro lado de la Cordillera, las columnas romanas contaron con el apoyo de la flota de Aquitania, cuyos soldados hostigaban la retaguardia de los indígenas.

    El territorio de los astures cismontanos y el de los pueblos situados al otro lado de la Cordillera Cántabra (galaicos, astures transmontanos y cántabros) pasó a depender de las dos provincias romanas ya existentes. La belicosidad de estos pueblos recien sometidos exigió la presencia de tropas legionarias asentadas en el norte. El sometimiento a Roma no significó la desaparición de las formas de organización características de estos pueblos (gentes, gentilitates, centurias, familias), sobre las que se superpuso el modelo organizativo romano.

    IV. BIBLIOGRAFIA

    • Atlas histórico. Lexis 22. Diccionario enciclopédico VOX.

    • Geografia e historia de España y de los países hispánicos.

    Ed. Santillana.

    • Grandes civilizaciones (Periódico “El Mundo”).

    • Historia de España y América. J. Vicens Vives.

    • www.laenciclopedia.com

    • A traves de www.lycos.es en páginas de historia.

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