Guerras y tratados de paz romanos

Historia de Roma. Latín. Ejército romano. Legión romana. Campamento. Combate. Asedio. Recompensas militares

  • Enviado por: Héctor Fernández
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Guerras y tratados

Roma conquistó y conservó bajo su dominio un gran imperio con un ejercito relativamente reducido, ya que en época de Augusto no pasó de 300.000 hombres. Aunque la guerra fue la base de su poderío, nunca se lanzaron a ella los romanos sin haber hecho antes todo lo posible por evitarla. Sólo el Senado y el pueblo pueden declararla, y antes de emprenderla se han de cumplir determinadas ceremonias religiosas. Cuando Roma se consideraba agraviada, trataba de obtener la debida reparación por medios pacíficos, y sólo declaraba la guerra en el caso de que estos fallaran o la reparación pareciese insuficiente.

El colegio sacerdotal de los fetiales era el encargado de la conservación y cumplimiento de los ritos religiosos que regulaban la declaración de guerra y la conclusión de tratados de paz. Lo componían 22 miembros, reclutados entre los ciudadanos más notables y actuaban normalmente en grupos de dos o cuatro, cuyo jefe era el pater patratus y desempeñaba el papel de padre o representante del pueblo romano: otro era el verbenarius, o portador de las hierbas sagradas (sagmina, verbenae). Debían entrar personal e inmediatamente en relación con el enemigo sobre su territorio. El pater patratus abría las hostilidades lanzando sobre el territorio enemigo una jabalina ensangrentada. Cuando la gran extensión del territorio romano hizo más difícil este desplazamiento, se realizaba esta ceremonia en la misma Roma, cerca del templo de Belona. Declarada la guerra, se abría el templo de Jano, para que este dios pudiera acudir en auxilio del pueblo romano.

En los tratados de paz intervienen también los fetiales. Leído y jurado el tratado (foedus), es consagrado con el sacrificio de un cerdo, que el pater patratus golpea (foedus percutere, ferire) con un cuchillo de sílex, reminiscencia de las épocas primitivas, en que se usaba este material como instrumento cortante.

El ejército

El ejército romano sufrió sucesivas transformaciones. En un principio, los ciudadanos pobres estaban excluidos de él. Al proclamarse la leva, los ciudadanos se agrupaban por gentes, es decir, por familias, y cada uno se armaba y equipaba por su cuenta. Acabada la campaña, todos volvían a sus obligaciones habituales.

Con la reforma social atribuida al rey Servio Tulio, se aumentó el número de soldados y se reglamentó su armamento, pero la última clase del censo continuó excluida del ejército. Los ricos siguieron formando la caballería (equites, caballeros).

Más tarde, en época de Camilo, al no permitir la prolongación de las operaciones el regreso de los soldados a su trabajo, el Estado les asignó un sueldo, y en lugar de ser distribuidos por clases sociales, fueron agrupados según su valor, aptitudes y tiempo de servicio, aunque seguían siendo propietarios-soldados. Mario introdujo una innovación revolucionaria, origen de todos los cambios políticos que condujeron a la creación del régimen imperial: alistó en el ejército a los proletarios, con lo que el ejército se convirtió en profesional, formado por hombres cuyo medio de vida era la milicia. Se unificó el armamento, y la caballería dejó de ser un cuerpo militar exclusivo de los ciudadanos ricos. Así se organizó definitivamente la legión, cuya enseña (signum) era un águila (aquila) de plata, llevada por el soldado mas fuerte y valiente (aquilifer, signifer).

La legión romana

La legión romana era una unidad táctica completa, que comprendía infantería ligera y pesada, caballería y máquinas de guerra. Su gran espíritu cívico, producto del sentimiento nacional, la identifica con la propia Roma y es la clave de sus triunfos. Para formar parte de ella era condición previa ser ciudadano; si se reclutaban esclavos, libertos o bárbaros, se les declaraba al mismo tiempo ciudadanos. Sus miembros prestaban juramento (sacramentum) al general (imperator), lo cual creaba un vínculo entre éste y el ejército. Esto explica la autoridad personal creciente de los generales, que desembocó en el régimen imperial.

Cada legión está formada por 4.200 a 6.000 infantes (pedites) y 300 jinetes (equites). Los pedites se dividen en hastati, principes y triarii. El número de estos últimos no varió; era un título honorífico otorgado a los veteranos más bravos, que sólo actuaban en situaciones muy comprometidas, por lo que, para expresar las grandes dificultades de una empresa, se creó la frase «res ad triarios pervenit». La infantería estaba dividida en 60 centuriae; dos centurias formaban un manipulus; tres manípulos, una cohors; diez cohortes, una legio. Los jinetes estaban a su vez divididos en grupos de diez (decuria); tres decurias formaban un escuadrón (turma); en cada legión había diez turmae.

La infantería ligera (velites) combatía fuera de las filas de la legión.

Después del general en jefe del ejército (consul, dux, imperator), el mando supremo de la legión corresponde a los seis tribuni militum, que ejercían el mando alternativamente. Primitivamente eran nombrados directamente por los cónsules, después por el pueblo: en época imperial, por el emperador. Generalmente eran nobiles adulescentes que habían hecho sus primeras campañas en la caballería (equo merere) o como contubernales o comites imperatoris, es decir, en el séquito de un imperator. Después de Augusto se creó el legatus, con autoridad sobre los tribunos. Oficiales permanentes eran los 60 centuriones, cada uno de los cuales mandaban una centuria. Su distintivo era un sarmiento de vid (vitis) y su categoría dependía del manípulo, cohorte y clase de soldados que mandaban. El manípulo de la derecha era superior; la cohorte inferior era la 10ª, los soldados de más categoría, los triarios.

Los legionarios iban armados con un casco (galea) de bronce, una coraza (lorica) de cuero, guarnecida con placas de hierro, y un escudo cuadrangular largo (scutum) de madera recubierta de cuero y con aplicaciones metálicas, con un saliente abombado en el centro (umbo). Su espada (gladius) era corta, ancha y de doble filo, y llevaban una jabalina (pilum) de casi dos metros de largo, cuyo alcance medio era de unos 25 a 30 m.

Iban vestidos con una túnica de manga corta y un capote militar (sagum) y calzados con las caligae, zapatos de gruesa suela claveteada y cuyas correas llegaban hasta media pierna. Los velites (o levis armatura) llevaban un casco de cuero, escudo pequeño (parma), y una jabalina corta (iaculum). Los equites, un casco pesado (cassis), escudo redondo (clipeus), coraza de bronce, lanza (hasta) y una espada más larga que la de los legionarios. Su estandarte era rojo (vexillum).

El campamento

El ejército romano acampaba siempre de noche, hasta tal punto que sus días de marcha solían contarse por el número de sus campamentos.

Nunca combatía sin establecerlo antes. En las marchas se adelantan un tribuno y varios centuriones para elegir el emplazamiento adecuado y hacer el trazado, asignando el lugar que debe ocupar cada unidad. Al llegar las legiones deben fortificarlo, cavando en torno un foso (fossa) de 12 pies de profundidad y otros 12 de anchura. Con la tierra cavada se levanta un terraplén (agger) y sobre éste se planta una empalizada (vallum). Si se está frente al enemigo, los triarios y la caballería permanecen en orden de batalla, para impedir que los que trabajan sean molestados. El campamento (castra) queda, pues, convertido en una plaza fuerte, dentro de la cual cada uno tiene un lugar determinado de antemano. El atrincheramiento esta separado de las tiendas por un espacio libre de 200 pies de ancho (intervallum) que preserva del fuego y los dardos enemigos.

Determinado el emplazamiento del campamento, se señala con una bandera el lugar que debe ocupar la tienda del general (praetorium). Alrededor se marca un cuadrilátero, de modo que sus lados disten 100 pasos de esta bandera. A ambos lados del praetorium, y en línea con él, se levanta la hilera de tiendas de los tribunos, cuyas puertas están abiertas hacia la parte que ocupan las tropas. Delante del praetorium y de estas tiendas de los tribunos hay una amplia calle (via decumana). A ambos lados acampan los equites romani de las dos legiones, y detrás de éstos, los triarii, principes y hastati. A partir de los hastati se deja una nueva calle y enfrente acampan los equites sociorum y pedites sociorum. Entre la 5ª y 6ª cohorte hay otra calle (via quintana). Detrás de las tiendas de los tribunos a ambos lados del praetorium quedan dos grandes espacios libres, el forum, con el tribunal de las arengas (contio); el quaestorium, con los aprovisionamientos, y el augurale, donde se toman los auspicios. A los lados de estas plazas acampan los equites delecti y algunos pedites delecti, y detrás, los equites y pedites extraordinarii. Tiene cuatro puertas: praetoria (frente al praetorium), decumana (en el lado opuesto), principalis dextra y principalis sinistra. La porta praetoria está orientada hacia el Este o hacia el enemigo, para permitir una rápida y ordenada salida de las tropas.

También hay campamentos estables (castra stativa), de invierno (castra hiberna) y navales (castra navalia).

La marcha. El combate

Los legionarios realizaban sus marchas con asombrosa rapidez (magnis itineribus), cargados con una impedimenta personal pesadísima (sarcina), en la que llevaban herramientas, armas y víveres, a veces para un mes. Naturalmente, para combatir se desembarazaban (expedire) de tal peso, que llegaba hasta los 20 ó 25 kilos. En ocasiones, sin embargo, un ataque repentino del enemigo les obligaba a luchar sub sarcinis, en inferioridad de condiciones.

La columna en marcha (agmen) comprendía la vanguardia (primum agmen), el centro (medium agmen) y la retaguardia (agmen extremum, agmen novissimum o simplemente novissimi). Las legiones constituían normalmente el centro y la caballería y los aliados cubrían los extremos y los flancos. Durante la marcha, la disciplina no permitía salirse de la fila, con objeto de estar siempre en disposición de entablar combate. Cuando la columna era demasiado larga, con lo que corría el riesgo de ser cortada por un ataque enemigo, se adoptaba el agmen quadratum, pilatum o densum, orden a la vez de marcha y de combate, con la impedimenta en el centro.

Primitivamente, el orden de batalla (acies) era compacto. Con Camilo y después con Mario, la táctica fue evolucionando y el manípulo se convirtió en unidad básica de maniobra. En el acies triplex, en la primera línea, se colocan los manípulos de hastati; detrás, los de principes, y en la tercera, los de triarii o pilani. Para dar la orden de batalla suena la trompeta (tuba), mientras el estandarte rojo (vexillum) se enarbola (proponere) ante el praetorium. Dada la señal de combate (dare signum pugnae), los legionarios se lanzan impetuosamente al ataque (facere impetum), lanzando el grito de guerra (clamor). Al llegar a pocos pasos del enemigo, lanzan (conicere) la jabalina (pilum) y después ya no luchan de lejos (eminus), sino cuerpo a cuerpo (comminus) con las espadas (gladiis rem gerere), hasta que hacen retroceder (loco movere) al enemigo, que abandona sus posiciones (loco cedere) y se da a la fuga (fugae se dare, fuga salutem quaerere), mientras la caballería (equitatus) desbarata a los fugitivos (trucidare fugientes) o los hace prisioneros (captivus).

Entonces el ejército lanza el grito de victoria (victoriam conclamare), erige trofeos (trophaeum) y retorna al campamento al dar la señal de retirada (receptui canere). Tras el combate, el vencedor retira a los heridos, entierra a los muertos y despoja (spoliare) a los cadáveres enemigos.

El asedio

Cuando una plaza fuerte (oppidum) era de difícil asalto (oppugnatio), se recurría al asedio (obsidio). Las ciudades antiguas estaban generalmente rodeadas de poderosas fortificaciones (moenia, murus, munitiones) y se intentaba obligarlas a la rendición (deditio) por hambre. Para ello solían trazarse líneas de contravalación, para impedir el socorro a los de la ciudad (oppidani) y el ser atacados por la espalda, y otras líneas de circunvalación para rechazar los contraataques y salidas (eruptio) de los sitiados.

Estas líneas de bloqueo, como podemos deducir de las construidas por César ante Alesia, eran complicadas. Constaban, en esencia, de un gran foso (fossa) y un terraplén (agger) fortificado con un vallum y turres. Ante el foso se cavaban pozos de lodo (lilium), trampas (stimulus) y se construían toda clase de obstáculos. Una vez cercada la ciudad, eran colocadas a distancia conveniente las máquinas de guerra (tormenta, balista, catapulta, onager...), bajo cuya protección se procedía a acercar los arietes, para golpear las murallas y abrir brechas en ellas: los atacantes trabajaban al abrigo de vineae, testudines y plutei y a veces se abrían grandes galerías (cuniculi), para socavar las murallas. En ocasiones, los sitiadores levantaban, con enorme esfuerzo, un ancho terraplén (agger) en rampa, con objeto de igualar la altura de las murallas y permitir así el ataque, ya que por él subían las máquinas de guerra y las turres, movibles y de varios pisos (contabulata), desde las que se dominaba a los sitiados.

De este modo, mientras los arietes golpean las murallas y las ballestas, catapultas y demás tormenta lanzan sobre los sitiados una lluvia de proyectiles de toda clase, los legionarios, formando la tortuga (testudo), colocando los escudos en forma de tejado sobre sus cabezas y subiéndose otros encima, tratan de escalar (ascendere) los muros enemigos.

Los defensores, por su parte, procuran por todos los medios neutralizar y destruir los trabajos del adversario, incendiando el material y obras en sus frecuentes salidas. Cuando golpea el ariete, intentan enlazar su cabeza con una soga y destruirlo. También aminoran el efecto de sus golpes colocando ante él materiales elásticos, acolchados, etc. Cubren las brechas con un segundo muro, y lanzan contra los atacantes toda clase de armas arrojadizas (tela), pez (pix) ardiendo, etc. En el famoso sitio de Siracusa, Arquímedes inventó ingeniosas máquinas defensivas. Una de ellas levantaba en vilo las naves romanas y después las estrellaba, dejándolas caer desde lo alto.

La guerra naval

Durante varios siglos, los romanos carecieron de una poderosa nota permanente de guerra. Sólo en determinadas ocasiones recurrieron a construir escuadras, a veces numerosas, como ocurrió en sus luchas contra los cartagineses. Vencidos éstos y sometida Grecia, Roma se creyó dueña del Mediterráneo y abandonó de nuevo la marina, hasta que la amenaza de los piratas hizo precisa la creación de una fuerte escuadra. Después de las guerras civiles y de la victoria de Actium, Augusto, con sus naves y las capturadas a M. Antonio, formó una nota poderosa, a la que asignó bases navales en Forum Iulii (Frejus), Miseno y Rávena.

Había también, durante el Imperio, numerosas notas auxiliares en Britania, Alejandría, Ponto, Siria y en los grandes ríos fronterizos: Eúfrates, Danubio y Rhin.

Las naves de guerra (navis longa) tenían la quilla de madera de encina, para darles mayor resistencia. La madera se trabajaba antes de que se secase, para poderla curvar; las junturas se calafateaban con estopa, cera, resina y otras materias. Para diferenciar los navíos se ponían figuras en la proa. La popa solía acabar en forma de cola de cisne y constituía un trofeo. A babor y estribor tenían unos agujeros, a modo de ojos, que primitivamente daban al navío la apariencia de un ser vivo, y luego sirvieron para hacer pasar los cables de las anclas. Como medios ofensivos disponían en la proa de un espolón metálico (rostrum), y de otros adicionales, en forma de tridente, para agrandar la brecha producida por aquél en la nave adversaria. También llevaban una torre, desde la que podían lanzarse proyectiles.

Junto a los remeros (remex) y marineros (nauta), iban soldados de marina (classiarii) muy ejercitados y a veces legionarios corrientes. La lucha era parecida a la terrestre. Si no se había hundido (mergere) la nave contraria, mediante la embestida frontal del espolón en su costado, se procedía al abordaje (trascendere in navem), para lo cual los romanos inventaron unos grandes ganchos (manus ferrea) y un puente con garfios en su extremo (corvus). Apresada la nave enemiga, se desarrolla un verdadero combate de infantería.

Antes de comenzar la batalla, el comandante de la flota tomaba los auspicios y, si éstos eran favorables, se enarbolaba en la nave capitana (navis praetoria) el estandarte rojo de combate. A esta señal, las naves avanzaban procurando atacar el costado del navío contrario.

Las naves eran de diversas clases y tamaños. Las mas conocidas son las de tres filas de remos (triremes).

Las recompensas militares. El triunfo

Los romanos concedían condecoraciones y premios al valor: collares (torques), brazaletes (armillae), placas (phalerae), coronas (coronae). Éstas podían ser de varias clases: cívica, obsidional, mural, vallar, naval, etc., según se hubieran concedido por salvar a un ciudadano, librar a una ciudad del asedio o ser el primero en escalar una muralla, asaltar un campamento o pasar a la nave contraria en un abordaje.

Pero el mayor honor que el Senado puede conceder a un general victorioso es el triunfo (triumphus), honra que más tarde se reservaron para sí los emperadores. Desde el campo de Marte entra el cortejo por la Porta Triumphalis en la ciudad en fiesta. Espectáculo incomparable en la vieja Roma. Avanza el desfile victorioso por la Vía Sacra; abren la marcha los trompeteros, ante una larga hilera de carros portadores del botín. Tocadores de flauta (tibicines) preceden a la víctima, un toro blanco adornado con bandas de lana (infulae); detrás, los sacerdotes que han de realizar el sacrificio. Enseñas arrebatadas al enemigo, prisioneros de guerra encadenados, lictores con sus fasces... Por último, el general triunfador, vestido con un manto de púrpura sobre la túnica bordada de palmas de oro, coronado de laurel, con el cetro de marfil en su diestra, avanza orgulloso sobre el carro triunfal, tirado por cuatro caballos blancos. En su carro le acompañan sus hijos más jóvenes y un esclavo, que, mientras extiende sobre su cabeza una corona de oro, le recuerda que es un simple mortal. Detrás, sus hijos mayores, en medio de un séquito formado por legados, tribunos y caballeros. Servidores que llevan pancartas, en las que aparecen escritos los nombres de sus victorias y de los países conquistados, preceden a las legiones, que avanzan cantando himnos de alabanza o canciones de burla.

Entre las aclamaciones del pueblo llega el general triunfador hasta el Capitolio. Allí ofrece un sacrificio a Júpiter y pone ante sus pies la corona triunfal.

Después del triunfo, la ovatio constituye la mayor recompensa militar. Se otorga a los generales que han obtenido importantes victorias, sin poner fin a una guerra, o a los vencedores de enemigos irregulares (piratas, esclavos, pueblos semisalvajes...), o cuando la guerra no ha sido declarada conforme a los ritos tradicionales prescritos. El general galardonado entra en la ciudad a pie o a caballo, al son de flautas, precedido de sus tropas, que llevan ramas de olivo. Va vestido de blanco con bordados de púrpura y coronado de mirto. Senadores, caballeros y destacados ciudadanos le acompañan hasta el Capitolio, en donde se sacrifica una oveja.

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