Guerra Civil española (1936-1939)

Historia de España. Franquismo. Franco. Frente popular

  • Enviado por: Javier Rodriguez Diaz
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Guerra Civil española (1936-1939)

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Nº10

Guerra Civil española (1936-1939).

Conflicto bélico que se inició en julio de 1936 por la sublevación de un sector del Ejército frente al gobierno de la II República Española, y que concluyó con la victoria de los sublevados el 1 de abril de 1939.

Cuestiones terminológicas

Aunque, sobre todo desde 1960, para definir el conflicto se prefiere la denominación 'guerra civil', ésta no fue la única en la historia española, por lo que no define el acontecimiento de forma exacta. También recibió otros nombres: movimiento cívico militar, Cruzada, guerra de tres años, guerra nacional y revolucionaria del pueblo español, entre otros. Son nombres todos ellos que ocultan el "enfrentamiento de dos entusiasmos" al que se refirió el historiador británico Raymond Carr (1919-) y, en suma, de dos concepciones en cierto modo presentes en los resultados de las elecciones celebradas en febrero de 1936 que supusieron el triunfo, por un corto número de votos de la coalición de izquierdas agrupada en el Frente Popular y que se venían gestando desde la proclamación de la II República en abril de 1931.

Ningún acontecimiento como éste impactó tanto en la opinión internacional hasta entonces, convirtiéndose en uno de los episodios que provocó mayor número de publicaciones. La "guerra de tinta", en expresión de Salvador de Madariaga, fue desde el principio una guerra de propaganda con dos tipos de valoraciones propiciadas desde los dos bandos participantes en el enfrentamiento. La muy distinta versión informativa que expresaba un mismo periódico editado en ambas zonas —ABC de Madrid y Sevilla— puede servir como ejemplo de la ruptura o enfrentamiento nacional existente. Otro tanto cabe decir de las revistas culturales —antifascistas y azules— publicadas durante el trienio, sin olvidar las manifestaciones del teatro, cine y cartelismo, símbolos, consignas y mensajes difundidos durante el conflicto y después de su conclusión.

De los tres días de julio a la guerra larga

Desde el primer momento el territorio nacional quedó dividido en dos zonas en función del éxito que obtuvieron los militares sublevados. Prácticamente se reproducía el mapa resultante de las elecciones de febrero de 1936; salvo casos aislados, los militares triunfaron en aquellas provincias donde resultaron más votadas las candidaturas de derechas, mientras que fracasaron en aquellas donde la victoria electoral correspondió al Frente Popular. El comienzo del 'Alzamiento' tuvo efecto el 17 de julio en Melilla. Las unidades militares de Marruecos que no controlaba el gobierno republicano se hicieron pocas horas después con Tetuán y Ceuta. El general Francisco Franco partió desde Canarias en una avioneta privada (Dragón Lapide) a Tetuán el día 18. Ese mismo día se sublevaban los mandos militares de otras divisiones peninsulares; sin embargo, el levantamiento fracasó en las principales ciudades del país. Desde el día 18 ni el gobierno ni los rebeldes controlaban la totalidad del país.

El mapa inicial dejaba en manos de los sublevados parte de Castilla la Vieja, León, Galicia, Cáceres, poblaciones de Andalucía, oeste de Aragón, Navarra, Baleares y Canarias.

El gobierno conservaba: el País Vasco, Cantabria, Asturias, Castilla la Nueva, Cataluña, Levante y el resto de Andalucía. Conforme avanza la contienda, la zona republicana perdía territorio que, desde finales de marzo de 1939, pasó integro a disposición del ejército franquista.

De cualquier forma, el comienzo de la guerra estuvo vinculado al plan establecido previamente por los conspiradores en la primavera de 1936 y en el que participaron mandos militares —la antirrepublicana Unión Militar Española (UME) y la Junta de generales (en la que Emilio Mola era el coordinador)— monárquicos, tradicionalistas y otros sectores de extrema derecha. El asesinato el 13 de julio de José Calvo Sotelo, líder del derechista Bloque Nacional y participante activo en la conspiración contra el gobierno, fue el episodio previo al pronunciamiento militar.

Pronto pudo comprobarse que el plan conspirador había fracasado y que lo que se pensaba que sería un pronunciamiento decimonónico se convertiría en una guerra larga y cruel de tres años. Durante este trienio las operaciones militares permiten establecer un desarrollo cronológico, desde el paso del estrecho de Gibraltar por las tropas del ejército de África con el general Franco al frente (julio-agosto de 1936), con tres fases principales. La primera muestra la importancia que ambos bandos otorgaron a la ocupación de Madrid que, en consecuencia, pronto fue motivo de asedio por las tropas insurrectas. La estrategia de los sublevados que pretendía acceder a la capital desde el norte y desde el sur fracasó. Una acción importante en esta primera fase, que enseguida quedaría en el elenco de 'mitos' de la contienda, fue la liberación del Alcázar de Toledo defendido por el coronel José Moscardón (septiembre 1936). Contando con las fuerzas de África y con la ayuda alemana e italiana, Franco avanzó sobre Andalucía consiguiendo ocupar las plazas de Mérida y Badajoz, enlazando de esta manera con los sublevados del norte a lo largo de la frontera portuguesa. Mola, a su vez, lograba cortar la frontera francesa al ocupar Irun.

La segunda fase no abandonó la marcha sobre Madrid. Pero la batalla de Guadalajara (marzo de 1937) se saldó con el éxito republicano, que tuvo presente el plan de ofensiva general previsto por José Miaja, frente a las tropas enviadas por Italia. Los alzados decidieron entonces centrar sus principales operaciones en el Norte. Con el apoyo decisivo de la aviación integrada en la Legión Cóndor alemana, que ocasionó una salvaje agresión a Guernica (abril de 1937), las tropas rebeldes rompían las defensas (el llamado 'cinturón de hierro') de Bilbao poco después de fallecer el general Mola en accidente de aviación. En agosto, estas mismas tropas entraban en Santander y dos meses después tomaban Gijón, última etapa de la ocupación por los rebeldes de la zona Norte.

A partir de finales de 1937 comenzó la tercera fase. En principio los republicanos, según los planes del general Vicente Rojo, obtenían la gran victoria de Teruel, ciudad que pierden en febrero de 1938.

En julio comenzó la dura y decisiva batalla del Ebro, en la que la derrota del ejército republicano dejó despejada la ruta para el avance de los sublevados hacia Cataluña. En los últimos días de enero del año siguiente estas mismas tropas se instalaron en Barcelona, para en fechas sucesivas avanzar hacia la frontera francesa ocupando los pasos de Puigcerdá a Port Bou (Girona).

La ofensiva final (febrero-marzo) debía quebrantar las posiciones republicanas todavía pendientes, situadas en la zona centro-sur. Fracasó el criterio del jefe de gobierno, Juan Negrín, de mantener la resistencia tras la creación en Madrid del Consejo Nacional de Defensa. Este organismo que encabezaba el jefe del Ejército del Centro, coronel Segismundo Casado, opuesto a la intención de Negrín procuró alcanzar una paz honrosa con el gobierno franquista de Burgos después de hacerse con el control de Madrid tras un cruento enfrentamiento entre las propias tropas republicanas. Sin embargo, no prosperaron sus gestiones por lograr una paz acordada. El 28 de marzo las tropas franquistas entraban en Madrid. Tres días más tarde el gobierno republicano veía caer las últimas plazas todavía fieles. El 1 de abril la guerra había terminado, no así las represalias.

Desarrollo político de la contienda

Si toda guerra reclama prestar atención a los 'hechos de armas', también conviene atender a la trama política que, como en este caso, determinó las actuaciones de cada bando. Mucho más si, situados en el final del conflicto, tenemos en cuenta la agonía de la experiencia republicana y el proceso que se inició de forma inmediata tras el estallido de la guerra y que permitió la implantación de un nuevo Estado dirigido por el general Franco.

Por parte del gobierno republicano, la jefatura pasó sucesivamente de manos de José Giral (19 de julio de 1936) a Francisco Largo Caballero (5 de septiembre de 1936) y de éste a Juan Negrín (desde el 18 de mayo de 1937 hasta el final de la guerra) que bien puede definirse como una pugna entre dos prioridades: desarrollar un proceso revolucionario o apostar por ganar la guerra primero. Tan pronto como Giral asumió las responsabilidades de gobierno, la autoridad del poder central se descompuso y se crearon numerosos poderes locales de carácter popular y espontáneo que generaron divisiones intensas y supusieron la pérdida de la unidad política e incluso militar en el ámbito republicano. El debilitamiento de autoridad, al que aludió el propio Manuel Azaña en su obra teatral La velada de Benicarló (1937), y los avances de las fuerzas rebeldes, explican el cambio de Giral por Francisco Largo Caballero, cuyo prestigio y autoridad sobre los obreros lo ejercía desde la dirección de la Unión General de Trabajadores (UGT). Largo Caballero hizo cuanto pudo por controlar la situación revolucionaria y formó un gobierno de concentración con presencia de socialistas, comunistas, una minoría de republicanos y nacionalistas vascos y catalanes. Dos meses después incorporó a cenetistas (militantes de la central obrera anarcosindicalista CNT, Confederación Nacional del Trabajo), cuya fuerza era destacada en Aragón, Cataluña y Levante.

Con todo, el enfrentamiento entre las dos tendencias arriba aludidas (revolución o guerra) —y ello pese a que durante el gobierno de Largo Caballero mejoró la coordinación en el Ejército— dio al traste con esta experiencia porque fue incapaz de amainar los enfrentamientos entre las tendencias de la coalición gubernamental.

El presidente de la República, Azaña, puso las riendas del gobierno en manos de Negrín, que pronto sería acusado de estar dominado por los comunistas. En el primero de sus gabinetes prescindió de los anarcosindicalistas y orientó su gestión hacia la victoria militar; la revolución debía esperar. Pero la batalla de Teruel desencadenó una nueva crisis gubernamental en abril de 1938. En el nuevo gabinete de Unidad Nacional, Negrín tomó también la cartera de Guerra, que antes desempeñó el socialista Indalecio Prieto.

Los 'trece puntos' (así llamada una propuesta de acuerdo con los franquistas como base de una posible negociación) de Negrín, promulgados el 1 de mayo de ese año, en un afán por restablecer la democracia, no consiguieron recomponer la unidad del Ejército republicano ni sostener el apoyo internacional, debilitado a medida que se retiraban los voluntarios extranjeros que habían formado parte de las Brigadas Internacionales. El éxito de la ofensiva franquista sobre Cataluña, a principios de febrero de 1939, impidió que dieran fruto las garantías que el gobierno republicano pedía de cara a la paz: independencia de España y rechazo de cualquier injerencia exterior; que el pueblo pudiera decidir libremente acerca del futuro del régimen; garantía de evitar persecuciones y represalias después de la guerra. Estas condiciones propuestas por Negrín en las Cortes reunidas el 1 de febrero de 1939 en el castillo de Figueres (Girona), no fueron aceptadas por el gobierno de Burgos, que presumía concluir la guerra en breves días.

En lo que respecta a la zona sublevada ('nacional'), al compás de las acciones bélicas se incorporaron paulatinamente medidas políticas que fueron aplicadas en los territorios ocupados desde el principio y en todos aquellos que incorporaban tras sus éxitos militares. La primera y pronta medida adoptada por los insurrectos fueron la creación de la Junta de Defensa Nacional, el 24 de julio de 1936, que presidió el general Miguel Cabanellas e integraron los generales Emilio Mola, Fidel Dávila, Antonio Saliquet, Miguel Ponte y los coroneles Moreno y Montaner. En agosto se unió a la misma el general Franco. Un paso adelante en la concentración del poder tuvo lugar con la creación de la Junta Técnica (1 de octubre de 1936) que puso en manos de Franco, elegido jefe del Estado, el mando militar y político. Esta medida tuvo su complemento en el Decreto de Unificación (19 de abril de 1937) por el que se creaba la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET de las JONS), único grupo legal del nuevo régimen que ya se denominaba a sí mismo como 'Movimiento Nacional' que fundía los núcleos falangistas y tradicionalistas (carlistas), operación que agudizó las tensiones latentes entre los falangistas desde que fue ajusticiado José Antonio Primo de Rivera, fundador y jefe nacional de Falange Española de las JONS. El nuevo jefe nacional, Manuel Hedilla, se opuso al decreto unificador, por lo que fue arrestado junto con sus seguidores.

En enero de 1938 nacía el Gobierno Nacional al que Franco incorporó militares, falangistas, tradicionalistas y monárquicos. Asimismo, se creaba el Consejo Nacional de FET de las JONS, reunido en el monasterio burgalés de Las Huelgas, y se promulgaba el Fuero del Trabajo (9 de marzo de 1938), que durante el franquismo alcanzaría el rango de ley fundamental.

La internacionalización del conflicto

Si bien es cierto que la guerra comenzó como un conflicto interno "nacido en suelo español y a la manera española" (en palabras de Salvador Madariaga), por sus raíces ideológicas no pudo mantenerse ajeno al entorno internacional. Ambos bandos reclamaron inmediatamente apoyos de otras potencias extranjeras, según el panorama existente en la alineación del mundo en la década de 1930, hasta el extremo de que algunos vieron en el conflicto un prólogo de un nuevo enfrentamiento mundial. Si no lo fue, al menos consiguió implicar a la mayoría de partidos políticos y potencias europeas. Hoy nadie pone en duda que la intervención extranjera contribuyó tanto a prolongar la contienda como al futuro del 'Movimiento Nacional'.

Tras una fase de urgencia (meses de julio-agosto), cuando el gobierno Giral solicitó el auxilio del gobierno del Frente Popular francés y los rebeldes concretaban el inicial apoyo prestado por Italia (gobernada por Mussolini) y Alemania (con Hitler en el poder), enseguida fraguaron los apoyos.

El Frente Popular español contó con el apoyo inicial de Francia y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Sin embargo, el temor francés a crear una situación conflictiva en todo el continente frenó su apoyo inicial y se acogió a la política de no intervención aplicada por la Sociedad de Naciones, cerrando su frontera a la entrada de material bélico a cualquiera de los contendientes, perjudicando notablemente al gobierno republicano. Por su parte la Unión Soviética, tras comprobar la participación activa y directa de italianos y alemanes rechazó la política de no intervención. Fundamental fue su apoyo en blindados, aviones y equipos de asesores militares. Mientras, los rebeldes recibieron aviones, armamento y combatientes de Italia y Alemania (Legión Cóndor) así como voluntarios portugueses, aparte de otras colaboraciones.

Entre los auxilios recibidos por el gobierno republicano merecen recordarse las Brigadas Internacionales. La Komintern creó un comité internacional para organizar a sus miembros, que contó con la participación de Palmiro Togliatti y Josip Broz Tito. Participaron en ellas voluntarios de distintos países movidos por sentimientos antifascistas, cuyo número es difícil de precisar (unos 60.000 según Castells) por los relevos producidos en el transcurso de la guerra. El centro de reclutamiento estuvo en París y entre sus gestores cobró relieve André Marty. Los primeros brigadistas llegaron al puerto español de Alicante en octubre de 1936 para continuar hasta Albacete, en donde se formó la XI Brigada que pronto participó en la batalla de Madrid. El escritor francés André Malraux narró su participación en L'Espoir.

En medio de todo este proceso destacó primordialmente lo que se conoció como la política de no intervención establecida por la Sociedad de Naciones que, en principio, suponía la prohibición de exportar cualquier material de guerra, sin más compromisos por parte de los gobiernos. Para salvar estas lagunas nació en septiembre de 1936 el Comité de Londres, que integraban los embajadores residentes en la capital británica intentando reducir el conflicto al ámbito nacional. Sin embargo, a la vista de las numerosas violaciones del compromiso, el Acuerdo y Comité de No Intervención no resultaron efectivas y, desde luego, no impidieron que las potencias extranjeras apostaran por uno u otro contendiente.

Por lo que se refiere al apoyo soviético, la financiación de los suministros bélicos entregados al gobierno republicano se relacionó con las reservas del Banco de España. Dos terceras partes del oro guardado en el banco nacional salieron hacia Moscú en concepto de depósito primero y como pago después por aquellos suministros. El famoso 'oro de Moscú' sería un asunto controvertido y utilizado como propaganda por el gobierno franquista. Mientras éste recibió a crédito suministros alemanes e italianos, que fueron abonados en parte después de finalizar la guerra, el gobierno republicano agotó las reservas para pagar la ayuda soviética.

Consecuencias bélicas

La principal consecuencia de la Guerra Civil española fue la gran cantidad de pérdidas humanas (tal vez más de medio millón), no todas ellas atribuibles a las acciones propiamente bélicas y sí muchas de ellas relacionadas con la violenta represión ejercida o consentida por ambos bandos, entre las que se pueden incluir también las muertes producidas por los bombardeos sobre poblaciones civiles. En un nivel inmediatamente inferior se puede considerar como consecuencia destacada el elevado número de exiliados producidos por el conflicto, cuyas principales figuras políticas constituyeron durante muchos años el gobierno republicano en el exilio.

En lo que respecta al aspecto económico, las consecuencias principales fueron: pérdida de reservas, disminución de la población activa, destrucción de infraestructuras, fábricas y viviendas, lo que provocó una disminución de la producción y, en fin, hundimiento parcial del nivel de renta. La mayoría de la población española hubo de padecer durante la contienda y, tras terminar ésta, a lo largo de las décadas de 1940 y 1950, los efectos del racionamiento y privación de bienes de consumo.

¿QUÉ ES LA GUERRA CIVIL?

Para distinguirlas de otras formas minores de violencia civil, ya hemos mencionado el factor de relativa igualdad entre las facciones contendientes. Ello implica que cada bando goce de amplio apoyo, lo que a su vez significa que se lleve a cabo una lucha muy intensa a escala nacional, al menos en el sentido de que la mayor parte de los recursos nacionales es dedique a la lucha, aun cuando la batalla no se libre realmente en la totalidad del territorio nacional.

Para diferenciar la guerra civil de la revolución, no deberíamos cargar las tintas sobre los objetivos últimos de cada una. Ambas difieren de las insurrecciones y de otros tipos de violencia civil, porque tienden a conmover gravemente los cimientos mismos del orden social, económico, político o religioso, en vez de introducir en él cambios parciales. El factor decisivo para establecer la distinción es más bien el tío de lucha necesaria para alcanzar tales objetivos y su duración. En tanto no caigamos en el error común de considerar la revolución como propiedad exclusiva de la izquierda, y reconozcamos que lo que suele llamarse contrarrevolución es también una revolución porque provoca un cambio fundamental, podremos parafraser a Clausewitz y decir que la guerra civil es la prolongación de la revolución por otros medios. A los impulsores de la guerra civil les gustaría lograr enseguida sus fines a través de un golpe revolucionario triunfante, ya sea de derechas o de izquierdas, seguido de una breve violencia o mediante la habilidosa manipulación de las vías legales. Si no lo logran, antes o después, van a la guerra civil. En resumen, la revolución tiende a ser deliberada, y la guerra civil, impremeditada.

Por lo que respecta a la distinción clave entre guerra civil y guerra intersocietales o internacionales, ésta considerada en una cuestión de grado y de perspectivas. En las luchas secesionistas, los que tratan de establecer su independencia pueden considerarse o no como parte del mismo cuerpo político, según el punto de vista de cada cual.

En guerras de liberación contra mandatarios indudablemente extranjeros y en caso de intervención extranjera en lo que empezó como enfrentamiento civil, la cuestión de grado es de capital importancia.

¿Se liberan las guerras de liberación tanto o más entre compatriotas que contra gobernantes extranjeros? ¿Llega la intervención al punto en que la lucha se hace entre una potencia extranjera y uno de los bandos contendientes, más que entre compatriotas? Creo que éstas son las fundamentales definiciones taxonómicas de guerra civil frente a otras formas de conflicto humano con las que frecuentemente se confunde y a las que casi siempre se superpone. ¿Qué más características tiene? Algunas van implicadas en lo que se ha dicho hasta ahora, pero también hay otras que merece la pena mencionar para que nos ayuden a entender lo que ocurrió en España entre 1936 y 1939.

Franco Bahamonde, Francisco (1892-1975).

Militar y político español, jefe del Estado (1936-1975) responsable del régimen autoritario que se inició durante la Guerra Civil (1936-1939) y concluyó con la muerte del titular (franquismo).

Carrera militar: hasta la jefatura del Estado

Nació en El Ferrol (La Coruña) el 4 de diciembre de 1892. En 1907 ingresó en la Academia Militar de Toledo. Tres años después recibió el grado de segundo teniente de Infantería. Con 20 años comenzó su carrera militar en el Ejército de África, cosechando méritos y ascensos por acciones de guerra. Tras una breve estancia en la península Ibérica, retornó a Marruecos en 1923, el mismo año que contrajo matrimonio con Carmen Polo, perteneciente a la alta sociedad asturiana, para mandar la primera bandera del Tercio Extranjero. Comenzó entonces su brillante carrera militar; ascendió a general de brigada en 1926, convirtiéndose en el general más joven de Europa.

Durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera dirigió desde 1928 la Academia General Militar de Zaragoza, hasta que en 1931 Manuel Azaña, ministro de la Guerra en el gobierno provisional republicano, decretó el cierre de dicha institución castrense. Intervino en la represión de la insurrección revolucionaria en Asturias (octubre de 1934). En 1935 asumió la jefatura del Estado Mayor.

Tras el triunfo electoral del Frente Popular (febrero 1936) es destinado a la comandancia general de Canarias. Desde este puesto intervino en el levantamiento militar contra el gobierno republicano, iniciado el 17 de julio en Marruecos, llegando a Tetuán el 19 de julio para tomar el mando del Ejército de África. El 20 de julio moría en accidente de aviación el general José Sanjurjo, quien debía dirigir el pronunciamiento militar. Entre otros acuerdos, la Junta de Defensa Nacional constituida el 24 de julio en Burgos por los militares sublevados distribuyó el mando del Ejército rebelde del Norte y del Sur entre los generales Emilio Mola y Francisco Franco. Poco tardó en resolverse la unidad de mando militar y político a favor de Franco. El 29 de septiembre de 1936 fue nombrado generalísimo de las fuerzas militares sublevadas y, el 1 de octubre, jefe del Estado. Con esta medida, Franco dispondría en adelante de plenos poderes, que ejerció hasta su muerte. El fallecimiento en accidente de aviación del general Mola (junio 1937) le liberó de un posible competidor. Otro tanto sucedió al ser asesinado en la cárcel de Alicante (noviembre 1936) el fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera en noviembre de 1936.

En efecto, el 19 de abril de 1937 era promulgado el Decreto de Unificación, que bajo pretexto de superar las divisiones en el seno de las fuerzas políticas colaboradoras en el alzamiento, unía a Falange con los tradicionalistas y ponía bajo la jefatura del caudillo, título preferido por el general, a la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET y de las JONS), único partido autorizado por el régimen, y pronto diluido bajo la expresión Movimiento Nacional.

Sin haber finalizado la contienda, el 30 de enero de 1938, Franco presidió el primer gobierno de su larga dictadura. Desde que terminó la guerra el 1 de abril de 1939 y hasta su muerte (20 de noviembre de 1975), monopolizó un régimen que se confunde con su titular: el franquismo. Hasta junio de 1973, cuando por primera vez cedió la jefatura del gobierno a su 'mano derecha', el almirante Luis Carrero Blanco, Franco fue al mismo tiempo jefe del Estado, del Gobierno y del Ejército.

El Franquismo

Comprende un dilatado proceso que entremezcla continuismo y cambios durante casi cuatro décadas. Desde el Alzamiento (denominación que los sublevados dieron al inicio de su rebelión con la que comenzó la Guerra Civil), nadie dudó de que, en caso de vencer, el régimen previsto sería una ruptura respecto del pasado republicano. Así lo fueron las primeras instituciones gubernamentales creadas para la España nacional (nombre con el que los sublevados reconocían el territorio sobre el que ejercían su control) en plena Guerra Civil: Junta de Defensa Nacional, Junta Técnica del Estado y primer gobierno presidido por Franco, que serían el germen de la dictadura. Los apoyos recibidos desde el principio permitían presumir el futuro político del Nuevo Estado que, por su larga duración, pasó, sucesivamente por las fases de dictadura personal, totalitarismo autoritario de 'pluralismo limitado', tecnocrático o, como gustó repetir su creador, de democracia orgánica. En cualquier caso, se trató de un régimen sin ningún carácter democrático, no sólo por su origen (sedición generadora de una guerra civil) sino por su posterior desarrollo, caracterizado por el mando personal del caudillo, la inexistencia de partidos políticos, de la división de poderes, de las libertades y el fuerte control ejercido desde el poder, cuya naturaleza coincidía con la ideología franquista: antiliberalismo, anticomunismo, antirrepublicanismo, nacionalismo, concepción jerárquico-autoritaria y nacionalcatolicismo. En su última fase, sin abandonar el trauma de la Guerra Civil y la despolitización como recursos, se incorporaron otros factores: ideología desarrollista, nuevo sistema educativo y europeísmo, junto con el evidente cambio de la estructura social que tuvo efecto desde la década de 1960.

Con todo, y hasta el final, el franquismo defendió a ultranza la trama ideológica de los llamados principios del Movimiento: unidad e integridad de la patria, confesionalidad del Estado, la monarquía tradicional como forma de gobierno (aunque no apareció la figura del monarca) y el corporativismo, que definía la representatividad a través del municipio, sindicato vertical (nacionalsindicalismo) y la familia. Este fue, en efecto, el proceso institucionalizador del Nuevo Estado, no consumado hasta 1966 con la promulgación de la Ley Orgánica del Estado que culminaba las denominadas siete Leyes Fundamentales (Fuero del Trabajo, Ley de Cortes (orgánicas), Fuero de los Españoles, Referéndum, Ley de Sucesión, Principios del Movimiento y Ley Orgánica del Estado).

Quedaba como resquicio de cara al futuro la proclamación en 1969, como sucesor a título de rey, del príncipe de España, en una monarquía instaurada, que no restaurada. Franco en 1975, propició la monarquía democrática de Juan Carlos I, poniendo de manifiesto la inviabilidad del 'franquismo sin Franco'.

Todo este proceso de lento y tímido aperturismo demandado por el desarrollo económico de la década de 1960 y que según cabía esperar debía conllevar un desarrollo político, tropezó con las tensiones entre inmovilistas (falangistas ortodoxos) y aperturistas en cuestiones tales como la sucesión, apertura al Este, asociacionismo, atención de las demandas expresadas por la conflictividad, en definitiva: el camino hacia la democracia.

Si, como se ha dicho, un amplio sector del pueblo aceptó el franquismo, al menos en los dos primeros decenios, y siempre como un mal menor tras una cruentísima guerra civil, tampoco faltó la presencia de una oposición. En los primeros años bajo la forma de guerrillas internas y también por parte de la oposición democrática llevada a cabo desde el exilio (republicanos, monárquicos —Don Juan de Borbón, conde de Barcelona—, socialistas y comunistas), cuyo punto álgido fue el Congreso de 1962, que la prensa oficial descalificó como 'contubernio de Munich'. A todo ello deben unirse las huelgas y conflictos laborales (el recién nacido sindicato de Comisiones Obreras consiguió infiltrarse en las instituciones autorizadas, mientras que la Unión General de Trabajadores (UGT) socialista mantuvo la lucha clandestina), estudiantiles (contrarios al oficial, Sindicato Español Universitario o SEU) y, en el último tramo, de grupos ligados a la Iglesia que marcaron distancias con el régimen después del Concilio Vaticano II, sin olvidar la actuación de grupos terroristas como ETA. Sin embargo, este abanico opositor fue a la postre débil y no logró sus propósitos de vencer al régimen.

Otro tanto ocurrió con las relaciones exteriores. El franquismo logró superar el aislamiento internacional a que estuvo sometido el régimen durante la década de 1940 por haber mantenido, bajo capa de neutralidad en la II Guerra Mundial, la amistad con las potencias del Eje. España, en un primer momento, quedó fuera de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Pero la Guerra fría modificó el panorama y obligó a aceptar la situación española. Los pilares de este reconocimiento internacional se plantaron en 1953 con la firma del Concordato con la Santa Sede y los Acuerdos con Estados Unidos (convenio de Amistad y Cooperación). Ambos hicieron saltar el cerco impuesto hasta entonces a Franco. En 1955 España ingresaba en la ONU, antes lo había hecho en otras organizaciones internacionales: OMS, UNESCO, OIT. El presidente estadounidense, Dwight Eisenhower, visitó Madrid en diciembre de 1959. Desde finales de 1969 la diplomacia española iniciaba una apertura hacia los países del entorno soviético, primero con carácter comercial, luego en forma de relaciones diplomáticas plenas.

De cara a América Latina la política cabalgó sobre las conveniencias de cada momento. Los gobiernos latinoamericanos se dividieron al iniciarse la guerra civil y aunque México mantuvo siempre una política de firme defensa de las instituciones republicanas, que se prolongó hasta la muerte de Franco y la celebración de las primeras elecciones democráticas en 1977, los demás países fueron reconociendo al dictador y su régimen, sin excepción. Franco, por otra parte, encontró apoyo y simpatía en los dictadores latinoamericanos de todas las épocas: Perón, Trujillo, Pinochet, etc.

Y las tan traídas y llevadas relaciones con los países árabes (visitas de los jefes de Arabia, Jordania, Irak, Irán, Egipto), no permiten olvidar la independencia de Marruecos (1957), reconocimiento de los derechos de este país sobre Ifni (1969) o la independencia de Guinea (1968). En el ocaso del franquismo (noviembre 1975), el rey marroquí Hasan II organizó la 'Marcha Verde' sobre el territorio del Sahara, lo que supuso abandonar éste en manos de Marruecos y Mauritania.

Sin quebrar el monolitismo del sistema los principales grupos colaboradores en los gobiernos franquistas fueron militares, falangistas, monárquicos, católicos políticos y tecnócratas. Salvo en los dos últimos (Luis Carrero Blanco y Carlos Arias Navarro), todos tuvieron como presidente a Franco, responsable único de los equipos ministeriales, sujetos en la duración y composición a su exclusiva voluntad. Según la coyuntura (cierre o liberalización) se mantuvieron o fueron sustituidos, siempre al compás de la astucia del general que tuvo especial empeño en mezclar las distintas familias del régimen dando la impresión de un falso pluralismo, por cuanto no se reconocía la existencia de partidos políticos.

En otro orden de cosas, la economía y la política económica evolucionó a lo largo de estos cuarenta años. El primer periodo (1939-1951) fue de autarquía, que acusó los efectos de las guerras civil y mundial y España experimentó una auténtica depresión, que contrastaba con la recuperación europea, en parte por el Plan Marshall del que no disfrutó el país. La década de 1950 actuó como bisagra en la que se produjo un crecimiento debido a la liberalización, la mejora de las relaciones exteriores y los ingresos procedentes del turismo y los numerosos emigrantes. Los años sesenta fueron de expansión. Comenzaron con el Plan de Estabilización (1959) y continuaron hasta 1973, respondiendo en cierto modo al esquema de la OCDE: energía barata, precios favorables en alimentos y materias primas, reservas de mano de obra barata procedente del sector primario, aumento de la población activa y expansión del mercado internacional.