Globalización: contextualización histórica

Ciencias sociales. Tecnología de la información. Comunicación. Economía global. Mercados internos. Sociedad. Sujeto

  • Enviado por: Carmen Martínez
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Globalización: contextualización histórica y aproximación al concepto de globalización.

Como punto de partida para este trabajo, me suscribo a la afirmación de Manuel Castells de que al final del siglo XX, vivimos un raro intervalo de la historia caracterizado por la transformación de nuestra “cultura material” por obra de un nuevo paradigma tecnológico organizado en torno a las tecnologías de la información.

La revolución de la tecnología de la información es un acontecimiento histórico al menos tan importante como lo fue la Revolución industrial del siglo XVIII, inductora de discontinuidad en la base material de la economía, la sociedad y la cultura.

Para contextualizar el proceso de globalización que afecta a nuestra sociedad en todos sus ámbitos, empezaré por subrayar que en las dos últimas décadas, ha surgido una nueva economía a escala mundial, informacional y global. Es informacional porque la productividad y competitividad de las unidades o agentes de esta economía dependen fundamentalmente de su capacidad para generar, procesar y aplicar con eficacia la información basada en el conocimiento. Es global porque la producción, el consumo y la circulación, así como sus componentes, están organizados a escala global. Así, la productividad se genera y la competitividad se ejerce por medio de una red global de interacción.

A comienzos de la década de 1970, tomaba forma la Revolución de la tecnología de la información, coincidiendo con el periodo (1973-1993) de disminución de la productividad de la economía industrial.

En este contexto histórico en el que rigen las reglas económicas del capitalismo informacional las empresas y naciones son los agentes reales del crecimiento económico. Las empresas no son motivadas por la productividad, sino por la rentabilidad, para la cual la productividad y la tecnología pueden ser medios importantes, pero no los únicos. La rentabilidad y la competitividad son, pues, los determinantes reales de la innovación tecnológica y el crecimiento de la productividad.

Durante los años ochenta hubo una inversión tecnológica masiva en la infraestructura de las comunicaciones/información que hizo posible los movimientos parejos de desregulación de los mercados y globalización del capital. Las empresas e industrias afectadas por esa espectacular transformación (microelectrónica, microinformática, las telecomunicaciones, las instituciones financieras...) experimentaron un aumento de la productividad y también de la rentabilidad.

Aparece, pues, una economía global, que es una economía con la capacidad de funcionar como una unidad en tiempo real a escala planetaria.. Las nuevas tecnologías permiten que los capitales vayan y vengan entre economías en un tiempo muy corto, de modo que estos y los ahorros junto con la inversión, están interconectados en todo el mundo.

Los mercados de bienes y servicios cada vez se globalizan más. La estrategia que siguen tanto las grandes como las pequeñas firmas en la economía informacional es vender donde pueden a lo largo de todo el mundo, y en buena medida es así gracias a las nuevas tecnologías de comunicación y transporte.

El dinamismo de los mercados internos depende en última instancia de la capacidad de las empresas y redes de empresas nacionales para competir en el ámbito global. La globalización de los mercados sólo ha sido posible a finales del siglo XX debido a los cambios espectaculares de las tecnologías de comunicación y transporte para la información, las personas, los bienes y los servicios. Sin embargo, la mayor transformación que subyace en el surgimiento de la economía global atañe a la gestión de la producción y distribución y al proceso de producción en sí mismo. Los segmentos dominantes de la mayoría de los sectores económicos se organizan a escala mundial en sus procedimientos operativos reales, formando una “ trama global”. Esta estructura industrial de trama se extiende territorialmente por todo el mundo y su geometría cambia continuamente en su conjunto y para cada unidad individual. En esta estructura, el elemento más importante para que la estrategia de gestión tenga éxito es situar una empresa de la trama de tal modo que obtenga una ventaja comparativa en cuanto a su posición relativa. Se requiere una forma de gestión muy flexible, que depende de la flexibilidad de la misma empresa y del acceso a las tecnologías de comunicación y producción apropiadas para ella.

Sin embargo, la economía internacional no ea aún global. Los mercados se encuentran todavía lejos de la integración plena; los flujos de capital están restringidos por los reglamentos monetarios y bancarios.

Existe una diferenciación regional de la economía global. Ésta no es una economía planetaria, pues mientras que sus efectos alcanzan a todo el planeta, su operación y estructura reales atañen sólo a segmentos de las estructuras económicas, los países y las regiones, en proporciones que varían según la posición particular de un país o región en la división internacional del trabajo.

En esta transición del industrialismo al informacionalismo operan una serie de tendencias: la primera es la transición de la producción en serie a la producción flexible, o del “fordismo” al “postfordismo” . Una segunda es la crisis de las grandes empresas y la elasticidad de las firmas pequeñas y medianas como agentes de innovación y fuentes de creación de puestos de trabajo. Una tercera tendencia atañe a los nuevos métodos de gestión, originados en su mayoría en empresas japonesas. Aparece así el “tayotismo” , fórmula adaptada a la economía global y al sistema de producción flexible.

La tecnología de la información en redes dio un salto cuántico a comienzos de los años noventa por la convergencia de tres tendencias: la digitalización de la red de telecomunicaciones, el desarrollo de la transmisión de banda ancha y el aumento espectacular del rendimiento de los ordenadores conectados por la red, rendimiento que a su

vez estuvo determinado por los avances tecnológicos de la microelectrónica y el software.

El sector más crítico con el proceso de globalización la define como un discurso poderoso, una “idea matriz” . Es el arma principal de las luchas contra las adquisiciones del Estado del bienestar. Se ofrecen como modelos a los trabajadores europeos países donde el salario mínimo no existe, y en nombre de semejante modelo se impone la flexibilidad, clave del liberalismo. Este concepto de globalización encierra los viejos sueños patronales, así, el neoliberalismo recupera, arropadas con un mensaje muy elegante y muy moderno, las más rancias ideas de la más rancia patronal.

El mito de la “mundialización”, en boca de autores como Pierre Bourdieu, tiene como función hacer aceptable una restauración, un retorno a un capitalismo salvaje, pero racionalizado y cínico.

En suma, para este sector crítico, la globalización no es una homogeneización, sino la extensión de la influencia de un pequeño número de naciones dominantes sobre el conjunto de los mercados financiero nacionales.

Cómo afecta la globalización sobre la sociedad y el sujeto.

Si bien la reestructuración del capitalismo y la difusión del informacionalismo fueron procesos inseparables, a escala global, las sociedades reaccionaron de forma diferente ante ellos, según la especificidad de su historia, cultura e instituciones. Todas las sociedades están afectadas por el capitalismo y el informacionalismo, y muchas de ellas ya son informacionales, aunque de tipos diferentes en escenarios distintos y con expresiones culturales e institucionales específicas.

Es imprescindible aquí la afirmación de la identidad. Las relaciones sociales se definen frente a las otras en virtud de aquellos atributos culturales que especifican la identidad. Nos encontramos ante un mundo donde disminuye el espacio para los analfabetos informáticos, para los grupos que no consumen y para los territorios infracomunicados. Cuando la Red desconecta al Yo, el Yo, individual o colectivo, construye un significado sin la referencia instrumental global: el proceso de desconexión se vuelve recíproco, tras la negación por parte de los excluidos de la lógica unilateral del dominio estructural y la exclusión social.

En esta sociedad informacionalizada, los usuarios y los creadores pueden convertirse en los mismos: los usuarios pueden tomar el control de la tecnología. Por primera vez en la historia, la mente humana es una fuerza productiva directa, no sólo un elemento decisivo del sistema de producción. Se produce una integración creciente entre mentes y máquinas, en unos contextos culturales e institucionales, en los cuales la acción social intencionada interactúa decisivamente con el nuevo sistema tecnológico.

Existe una estructura de empleo postindustrial que surge en el último cuarto del siglo XX, en la que existe una tendencia común hacia el aumento del peso relativo de la ocupación más claramente informacional (ejecutivos, profesionales y técnicos). Parece ser general la tendencia hacia una mano de obra en la que predomina el trabajador de cuello blanco sesgada hacia el escalón más alto.

Ha habido una polarización de la distribución de la renta en los Estados Unidos y otros países en las dos últimas décadas, si bien la mayor parte de la fuerza de trabajo en las economías avanzadas tiene la condición de asalariada.

En el periodo de 1975-1990 la actividad de crecimiento más rápido fueron los servicios de provisión de personal, vinculados al incremento del trabajo temporal y la contratación por parte de las firmas de estos servicios.

La estructura de empleo proyectada por la nueva sociedad informacional presenta una serie de características generales: los trabajos agrícolas se van eliminando; el empleo industrial continúa descendiendo; los servicios de producción, así como los de salud y educación, encabezan el crecimiento del empleo; los puestos de trabajo en tiendas minoristas y servicios continúan engrosando las filas de las actividades de escasa cualificación de la nueva economía. Destacan también el incremento simultáneo de los niveles más elevados y bajos de la estructura ocupacional, y la mejora relativa de la estructura ocupacional, ya que el crecimiento de la cuota asignada a las ocupaciones que requieren mayor preparación y educación superior es en proporción más elevado que el observado en las categorías del nivel inferior.

Cabe señalar, sin embargo, que mientras que los Estados Unidos parecen estar resaltando su tendencia a distanciarse de los puestos de trabajo industrial y concentrarse en los servicios de producción y sociales, Japón mantiene una estructura más equilibrada, con un potente sector industrial y un amplio colchón de actividades de servicios al por menor.

No podemos hablar de un mercado laboral global y unificado, sin embargo, existe una tendencia histórica hacia la interdependencia cada vez mayor de la mano de obra a escala global mediante tres mecanismos: empleo global en las compañías multinacionales y sus redes asociadas que cruzan las fronteras; los impactos del comercio internacional sobre las condiciones de empleo y trabajo, tanto en el Norte como en el Sur; y los efectos de la competencia global y del nuevo modo de gestión flexible sobre la mano de obra de cada país. En cada caso, la tecnología de la información es el medio indispensable para que haya vínculos entre los diferentes segmentos de la mano de obra a lo largo de las fronteras nacionales.

Surge una idea fundamental: la automatización, que recibe su significación plena sólo con el desarrollo de la tecnología de la información, aumenta de forma espectacular la importancia del aporte del cerebro humano en el proceso de trabajo. Tienden a desaparecer mediante la automatización integral las tareas repetitivas de rutina, que pueden precodificarse y programarse para su ejecución por máquinas. Las tecnologías de la información reemplazan el trabajo que puede codificarse en una secuencia programable y realzan el trabajo que requiere análisis, decisión y capacidad de reprogramación en tiempo real, en un grado que sólo el cerebro humano puede dominar.

Si bien la información detallada proporciona pruebas de que la tecnología está creando puestos de trabajo ya desde 1970, como tendencia general, parece que no existe una relación estructural sistemática entre la difusión de las tecnologías de la información y la evolución de los niveles de empleo en el conjunto de la economía.

La información existente también señala que la tecnología de la información por sí misma no causa desempleo, aunque reduce obviamente el tiempo de trabajo por unidad de producción.

Por último, la flexibilidad de los procesos y mercados laborales inducida por la red, y permitida por las tecnologías de la información, afecta profundamente a las relaciones sociales de producción heredadas del industrialismo, introduciendo un nuevo modelo de trabajo flexible y un nuevo tipo de trabajador: el de tiempo flexible.

Creo que en definitiva, puedo concluir que el modelo prevaleciente de trabajo en la nueva economía basada en la información es el de una “mano de obra nuclear”, formada por profesionales que se basan en la información, y una “mano de obra desechable” que puede ser automatizada o contratada, despedida y externalizada según la demanda del mercado ylos costes laborales.

No se puede olvidar en este punto, que la lógica de este modelo de mercado laboral muy dinámico interactúa con la especificidad de las instituciones laborales de cada país.

El sector más crítico con el proceso de globalización dirige sus achaques en torno a la precariedad laboral que se deriva de este modelo informacional, y la inseguridad creada por las políticas neoliberales de trabajo. En todos los países, la proporción de trabajadores con contrato temporal aumenta en relación al número de trabajadores fijos. La precariedad laboral y la flexibilización provocan la pérdida de las escasas ventajas, y la privatización provoca la pérdida de las conquistas colectivas.

El reinado del “comercio” y lo “comercial” se impone en todos los campos de la cultura, cada vez más directamente sometida a las presiones del beneficio inmediato. La visión económica lo individualiza todo. La violencia estructural que ejercen los mercados financieros, en forma de despidos, precariedad laboral, etcétera, tiene su contrapartida, más pronto o más tarde, en forma de suicidios, delincuencia, crímenes, droga, alcoholismo y pequeñas o grandes violencias cotidianas.

El grupo obrero está condenado a la desmoralización, desvalorización y la desilusión política dentro de este contexto.

Pierre Bourdieu indica los efectos inmediatamente visibles de la puesta en práctica de la gran utopía neoliberal, con el sufrimiento de una parte cada vez mayor de las sociedades más avanzadas económicamente, el incremento extraordinario de las diferencias entre las rentas, la desaparición progresiva de los universos autónomos de producción cultural debido a la intrusión creciente de los criterios comerciales, la destrucción de todas las instituciones colectivas capaces de contrarrestar los efectos de la máquina infernal y, en primer lugar, del Estado, depositario de todos los valores universales asociados a la idea de lo público, y la imposición sobre todo en las altas esferas de la economía y el Estado, o en el seno de las empresas, de esa especie de darwinismo moral que instaura la lucha de todos contra todos y el cinismo como normas de todas las prácticas.

Para estos autores críticos con el proceso de globalización que estamos viviendo, desde un punto de vista histórico, el Estado ha sido una fuerza de racionalización, pero que se ha puesto al servicio de las fuerzas dominantes, y las soluciones pasarían por construir más instituciones capaces de controlar las fuerzas del mercado financiero, y de introducir una prohibición de regresión en materia de conquistas sociales, entre otras.

Bibliografía:


Inmanuel Wallestein, “El futuro de la civilización capitalista”.

Ralf Dahrendorff, “ La cuadratura del círculo”.

V.Beck, “¿Qué es la globalización?”

M. Castells, “La era de lainformación”

R. Sennett, “La corrosión del carácter”