Generación del 98

Literatura española contemporánea. Contexto histórico. Ideología y regeneracionismo. Noventayochismo. Unamuno y la nivola. Antonio Machado

  • Enviado por: Silmabasa
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ORIGENES DEL NOMBRE; PRIMERAS INTERPRETACIONES

La primera referencia a la nueva generación surgida en España después de 1898, parece provenir del historiador y político Gabriel Maura. En un artículo publicado, Maura se refiere a “la generación que ahora llega; generación nacida intelectualmente después del desastre”. Cuatro años más tarde, Andrés González Blanco, en su Historia de la novela de España, sugeriría el nombre de “la Generación del Desastre”. Sin embargo, la popularización del nombre “Generación de 1898” se debe a uno de sus miembros, José Martínez Ruiz, Azorín, quien en 1910 escribe una breve nota, “Dos Generaciones”, en la que contrasta su propia generación con una más joven, e incluye en la generación, además de a sí mismo, a Valle-Inclan, Baroja, Unamuno, Maeztu, Benavente y Darío. Pese a las afirmaciones contrarias, Azorín no parece haber inventado el nombre, sino que simplemente recogería un término ya en uso. Repite su primera lista de miembros, añadiendo al ensayista y dramaturgo Manuel Bueno. Un año más tarde, aporta más detalles, e incluye al novelista y crítico Silverio Lanza.

Aunque los artículos de Azorín tienen una importancia histórica, presentan serias deficiencias. En cuanto a los miembros, olvida a Ganivet y Antonio Machado, mientras que su inclusión de Benavente, Valle-Inclan y sobre todo Darío, líder a su vez de un modernismo, que nació en Latinoamérica, y se extendió a España es muy discutible.

El intento de Azorín de describir las principales preocupaciones literarias de su Generación, abre un amplio campo de discusión. Lo que más llamaba la atención, era su idealismo desinteresado y semirromántico, y su rebelde espíritu de protesta. Sus puntos de vista, dice son: “un profundo amor al arte y un hondo deseo de protesta”. Los jóvenes escritores de la Generación, poseían una visión de la realidad; una interpretación de la tradición artística española; un nuevo interés en el paisaje español; y un nuevo estilo literario. La segunda dirección en la que veía manifestarse el espíritu de la Generación, era la crítica social y política. Una larga sucesión de escritores españoles había denunciado la decadencia del país. El desastre de 1898 produjo un resurgimiento e intensificación de la crítica.

La renovación estética y la regeneración de España, han dominado los estudios críticos de la obra de la Generación. Sin embargo, hay que señalar que no nos llevan a la total comprensión de la misma, ni, a la determinación de su importancia en la literatura europea. Si nos basamos en el deseo de regenerar España, nos será muy difícil diferenciar a la Generación de un grupo algo anterior, que fueron los principales contribuyentes a lo que Azorín llamaba “toda esa bibliografía regeneradora”. Nuevamente, el criterio no soluciona el problema del por qué, los escritos de la Generación no se refiere directamente a problemas políticos o sociales.

Queda la última posibilidad, definiendo a la Generación, como un grupo de jóvenes escritores que, en un momento u otro, se interesaron por la regeneración de un país. Ésta es, la descripción de la Generación más ampliamente aceptada; es lo suficientemente flexible para incluir a todos los que mencionó Azorín, excepto a Darío, y lo bastante limitada para excluir a los escritores lejanos a ella, como Juan Ramón Jiménez, Manuel Machado, Blasco Ibañez, Villaespesa o Marquina. Otros miembros de la Generación, también aportaron sus comentarios. El primero fue Ramiro de Maeztu. Sus dos artículos, añaden muy poco a los de Azorín, aparte de su mención de Ganivet. Sin embargo, plantean dos cuestiones muy importantes. La primera es: si la Generación de 1898 era tan agresivamente crítica frente a la sociedad como decía Azorín, ¿por qué no adoptó una postura revolucionaria activa? Y la segunda: ¿por qué no hay un acuerdo sobre cuál de los problemas nacionales era el más serio?. Miguel de Unamuno publicó “Nuestra egolatría de los del 98”. Aunque no ofrece una lista de miembros cita también a Ganivet, pero duda sobre Valle-Inclan. Además, estima como característica básica de la Generación la protesta política, pero insiste en que lo más positivo fue el descubrimiento de cada uno, de su propia personalidad. En dos conferencias, Pío Baroja niega la existencia de una Generación de 1898 como grupo unificado e identificable. En cambio, postula una “Generación de 1870”, de miembros no especificados. Las conferencias de Baroja, al igual que los artículos de Maeztu y Unamuno, derivan de los pronunciamientos de Azorín. Subrayan el idealismo de la Generación, su preocupación por la justicia social. Añaden referencias a su bohemia, pesimismo, falta de metas comunes, y eventual fracaso.

MODERNISMO Y NOVENTAYOCHISMO

Entre 1897 y 1924, la palabra modernismo, como nombre de un movimiento literario, asumió una importancia comparable a la de “Generación de 1898”, y comenzó a adquirir un significado definido. Se refería al movimiento surgido en Latinoamérica en los años 80, primero en prosa y después en verso, bajo el gran poeta de Nicaragua Rubén Darío (1867-1916). Los escritores del 98, preocupados básicamente por el problema nacional, se dedicaron a un esteticismo consciente, al Arte, a la Belleza como máximo ideal, y a la renovación de la prosa y poesía, como medios para su consecución. Exaltaron la imaginación creativa y la fantasía como opuestas a la observación realista. El modernismo ejerció una notable influencia en las primeras obras de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Valle-Inclán.

Había llegado una nueva aproximación a la definición de Generación de 1898, basada en un intento de diferenciarla del modernismo en España, Ángel Valbuena, en La poesía española contemporánea, establece a Antonio Machado y Unamuno como poetas de la Generación, demostrando la proximidad de Valle-Inclán y otros al modernismo. Sin embargo, sería Pedro Salinas, quien realizaría el avance más importante. Los modernistas, dice Salinas, se limitarán a “la renovación del concepto de lo poético y de su arsenal expresivo”. Por otra parte, la Generación del 98 “no se limita al propósito de reformar el modo de escribir poesía, sino que aspira a conmover la conciencia nacional, llegando a las mismas raíces de la vida espiritual”. Y concluye, “verdades, no belleza, es lo que van buscando”.

Esta distinción, muy atacada por Juan Ramón Jiménez y otros, es la más aceptada actualmente.

Lo que todavía quedaba por hacer, era examinar comparativamente el trabajo de los miembros de la Generación del 98, Investigando la cuestión más importante: su “actitud ante la vida”, que es la clave de su unidad. Desde entonces, han aparecido muchos libros sobre la Generación. Pese a todo, se han realizado estudios sobre muchos aspectos de la posición religiosa o filosófica de escritores individuales, especialmente de Ganivet, Machado y Unamuno.

MIEMBROS

Los miembros de la Generación deben definirse a partir de tres consideraciones: participación en una indagación personal destinada a renovar ideales y creencias; interpretación del problema de España y aceptación que la literatura es un instrumento para el examen de esos problemas. Sobre esta base, ni Benavente, ni Valle-Inclán encajan. Benavente no muestra en sus obras ningún signo de aceptar la interpretación de la Generación del problema español, ni tampoco de compartir sus preocupaciones espirituales. El caso de Valle Inclán- es más complejo. Nunca participó en el proceso de búsqueda espiritual. La formulación inicial de Ganivet, lo convierte, pese a su prematura muerte, en un miembro más de la Generación. El hecho de que muriera un mes antes de la independencia de Cuba, refuerza la teoría de que hubiera existido una Generación de 1898, aun cuando el desastre no hubiera ocurrido. La inclusión de Unamuno, Baroja y Antonio Machado no necesita discusión. La de Azorín y Maeztu también es aceptable, sujeta quizá a los limites del tiempo y de su talento creativo, en el caso del segundo.

UNAMUNO: EL GIGANTE DE LA GENERACIÓN

Ganivet fue “el primero entre los hombres de su generación en adoptar una actitud que caracterizará a los componentes de lo que llamamos Generación del 98”. El año clave de Ganivet fue 1889, año en la que se halla la base de toda su obra. Aparte de algún título menor, Ganivet no rompe su silencio hasta octubre de 1895, cuando comenzó a enviar artículos desde Amberes. No se transformaría en figura nacional hasta 1897. Hacía esta época, Unamuno ya había publicado, entre otras cosas, sus primeras historias cortas. Además, había publicado En torno al catecismo (febrero-junio 1895) y había terminado, en 1896, su primera novela, Paz en la guerra, publicada en 1897. A Unamuno le molestaba el hecho de que Ganivet fuera considerado un precursor de sus ideas. La afirmación de que Unamuno admitía haber tomado ideas de Idearium para En torno al catecismo es exactamente opuesta a lo que Unamuno escribió. La fama de Ganivet como antecedente de la Generación de 1898, se deriva del esfuerzo de algunos amigos para publicar su obra después de 1897.

Miguel de Unamuno nació el 29 de septiembre de 1864 en Bilbao. Allí vivió el asedio de la ciudad, durante la segunda guerra carlista, y allí permaneció hasta 1880, cuando, a la edad de dieciséis años, partió hacía Madrid para licenciarse en Letras. Atrás dejaba no solamente a la mujer con la que se casaría en 1891, Concha Lizárraga, sino también el mundo de su infancia, un mundo que después añoraría desesperadamente, pero que nunca lograría recobrar. Al igual que Ganivet, fue un alumno brillante, graduándose en 1883, y consiguiendo su doctorado al año siguiente, a la edad de veinte años. El resto de la década lo pasaría en Bilbao, enseñando, escribiendo para periódicos locales y publicando artículos. En 1891, después de un viaje por Francia e Italia, Unamuno regresa a Madrid para preparar oposiciones. Uno de sus competidores fue Ganivet, del que se dice representó a Unamuno en su personaje Orellana. En enero de 1891, se casa con Concha, y en junio consiguió la cátedra de griego de la universidad de Salamanca, donde pasaría la mayor parte del resto de su vida.

En 1900, a pesar de su reputación de intelectual de izquierdas, fue nombrado rector de la universidad. A partir de entonces se transforma en una figura pública de creciente importancia, y hacía 1906, se habla de él para un cargo ministerial. Sin embargo, aunque tomó parte en actividades políticas, rechazó el puesto de Senador por la universidad. También rechazó un puesto importante en el Ministerio de Educación. Lo que realmente le consagra como una personalidad pública, es su destitución del rectorado de Salamanca en agosto de 1914. Las razones nunca han sido completamente explicadas, pero Maeztu, declara categóricamente que fue “por una cuestión electoral”.

Su apoyo a los aliados durante la primera guerra mundial generó la polarización de la opinión pública en dos bandos, los pro y los anti Unamuno. Se hizo inevitable otra reacción oficial, y en 1920, Unamuno fue condenado a dieciséis años de cárcel, acusado de haber insultado al rey. La sentencia no se llevo a cabo, pero su prestigio como líder intelectual de la oposición aumento. La hostilidad de Unamuno hacía el papel político de la monarquía persistía, y se hizo más evidente bajo la dictadura de Primo de Rivera. El 20 de febrero de 1924, fue despedido de su cátedra y se le exilió a Fuerteventura. La razón oficial fue “la activa campaña contra el Directorio Militar y contra el Rey”. El 9 de julio, sin saber que había sido perdonado, Unamuno abandonó secretamente Fuerteventura, y Regresó a España, en 1930, después de la caída del dictador, fue un triunfo personal. No perdió ni un minuto en sumar su voz a todas aquellas que pedían la abdicación de Alfonso XIII, y la República. Devuelto a su rectorado, fue elegido y nombrado presidente del Consejo nacional de Educación Pública. Pronto se desilusionaría, y a finales de 1933, volvió a su trabajo en Salamanca. Un año más tarde fue nombrado ciudadano de honor de la nación; Oxford le concedió el doctorado. Después del comienzo de la guerra civil, Unamuno, apoyó a los rebeldes, pero el 12 de octubre de 1936, corona una larga carrera política con el noble rechazo de la mentalidad de aquellos. El 31 de diciembre murió repentinamente en su casa de Salamanca, todavía bajo arresto domiciliario.

EL NOVELISTA UNAMUNO: LA INVENCIÓN DE LA NIVOLA

No existe, una línea divisoria clara entre los libros filosóficos de Unamuno, y sus escritos creativos. Por ello, nos aproximamos a sus novelas y poesía con la doble intención de relacionarlos con sus puntos de vista generales, y examinar su intrínseca calidad literaria.

Una característica de la crítica a la ficción de Unamuno, es la tendencia a exagerar su originalidad. Las características más sobresalientes de la novela del 98, las introdujo, no Unamuno ni Baroja, sino Ganivet. Lo que la ficción de Unamuno marca en la historia de la novela española, es la aparición (especialmente en Niebla), del monólogo interior como una técnica narrativa. Observamos que con Unamuno se inició el uso del “flujo de conciencia” en la literatura española.

Intenta comunicar el conflicto que Unamuno ya había explorado en En torno al catecismo, entre historia e intrahistoria, y el conflicto espiritual del individuo atrapado entre ideas y creencias tradicionales, y el descubrimiento del pensamiento moderno. Unamuno trabaja incorporando trabajos anteriores, renovados, a la fábrica narrativa.

Unamuno quería expresar, que se oponen en la novela, la noción de conflicto fructífero. Revela un Unamuno cuyos puntos de vista ya eran agónicos aunque todavía no trágicos. Esta mezcla de observación realista y comentario interpretativo, puede llegar a producir una extraña impresión en el lector. Si el equilibrio de la narración es mental y satisfactorio, no cabe duda que simplifica la complejidad de la experiencia. La visión de Unamuno parece, hoy en día, ingenua y oracular.

Después Unamuno se aleja de lo que más tarde llamará “el engañoso realismo de lo aparencial” para llegar a lo que considera verdadero realismo. Eso le conduce a un cambio de técnica, descrito por él mismo. Esto produjo la nivola, cuya técnica describe en el capitulo 17 de Niebla. Tiene cuatro características principales. Primero, renuncia a toda preparación: notas, esquemas, etc., para ir escribiendo “a lo que salga”: lo que Unamuno rechazaba era un compromiso con principios formales. Segundos, eliminación de las descripciones y situaciones: donde reaparece un fondo descriptivo, como en San Manuel Bueno, mártir, lo hace de manera simbólica. Tercero, una modificación del énfasis, desde la concepción realista del personaje central, luchando, por ejemplo, con la realidad externa, es decir, luchando contra la sospecha de su propia suerte existencial. Cuarto, la promoción del dialogo a un puesto de máxima importancia en la narración. Unamuno definió las nivolas como “relatos dramáticos acezantes, de realidades íntimas, entrañadas, sin decoración ni realismos en que suele faltar la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad”.

Desde 1886, Unamuno escribe cuentos. En conjunto, escribirá más de sesenta. Una colección de ellos, aparecerá en 1913, con el título El espejo de la muerte. Entre ellos, el más desarrollado es “Una historia de amor” (1911), que revela la característica más anti- romántica de la narrativa de la Generación: su tendencia a evitar la presentación del amor humano como fuente de satisfacción.

Niebla (1914) la novela más popular de Unamuno, trata del despertar de la conciencia; el amor juega un papel importante en el proceso; el tono es “humorístico”: reflejando la agitación espiritual interna del autor. Unamuno define la intención de Niebla como sacudida a la fe de sus lectores en su propia realidad. Para conseguirlo, crea un héroe lo suficientemente consciente como para reconocer el problema, lo mismo que la mayoría de los héroes novelísticos del 98, es un intelectual. A causa de este fracaso inicial de presentar a Augusto como un personaje de “carne y hueso”, al lector le resulta difícil identificarse con él hasta la escena final, y sigue su evolución con una divertida y curiosa atención, pero distanciado.

Los dos puntos cruciales de la narración son: el logro de Augusto de una clara conciencia de la existencia, y la intervención de Unamuno, escribiendo en primera persona. Los hechos esenciales de la atracción que Augusto siente por Eugenia, le lleva a una serie de reflexiones sobre la finalidad última de la vida.

Antes de que Eugenia destruya su esperanza, la decisión de suicidarse no es totalmente paradójica, ni tampoco consecuencia de haber sido rechazado. La paradoja, si es que existe, reside en el hecho de que es la única decisión auténticamente autónoma del libro. Unamuno intenta negarle incluso esa media libertad y autenticidad. Con esta amenaza, el personaje novelístico, el autor y el lector se ven obligados a confrontarse con idéntica situación existencial. La preocupación de Augusto por la finalidad última de la vida aparece convertida en la cuestión de la libre voluntad del hombre. La novela termina con la discusión de Unamuno y Goti sobre el éxito del suicidio de Augusto, es decir, sobre si capacidad de ejercer su propia libertad (y la del hombre).

EL POETA UNAMUNO. EL RECHAZO DEL MODERNISMO

La confusión, que persiste hasta el final en las obras de ficción de Unamuno, tampoco se resuelve en su poesía, aunque algunos críticos señalan que es en esta última donde mejor puede apreciarse su verdadera posición espiritual. El enorme volumen de la producción poética de Unamuno ha acobardado a los críticos, y buena parte de ella permanece prácticamente inexplorada. Pero la popularidad de su poesía ha aumentado consistentemente.

La poesía modernista no exploraba la condición humana, como la poesía de Unamuno o Machado. Para ambos poetas, el arte no era un refugio, sino un instrumento para expresar la realidad interna del espíritu. Tampoco las influencias que actúan sobre Unamuno son las que se acostumbran a asociar con el modernismo.

En contraste con el modernismo, que dijo que era “poesía de pura sensación” y al que acusó de hacer del arte “Una religión y un remedio para el mal metafísico”. Unamuno abogaba por la que llamaba “poesía nouménica”: poesía de desnuda afirmación humana. Su definición del poeta es: “el que desnuda con el lenguaje rítmico su alma”. Al rechazar el tono meditativo de los poetas ingleses. De la misma manera que intentó superar el viejo estilo de la prosa española, exigiendo, “más ligereza y más precisión a la vez”, también insistió en que el oído español para la poesía debía reajustarse. Prefería los metros tradicionales, especialmente sonetos, y en los poemas largos, endecasílabos arrítmicos. En un principio, percibimos una búsqueda de libertad por la utilización de una nueva forma con versos de cinco sílabas además de los de siete y once. También en sus primeros poemas, la rima tiende a ser eliminada. Sin embargo, más tarde Unamuno comprenderá que la rima puede también sugerir ideas. Carecía de sensibilidad musical, y rechazaba la poesía de encantación acústica alegando que esperaba que su poesía despertara al lector, no lo adormeciera. Pero eso no le impidió conseguir efectos de solemnidad en algunas descripciones, especialmente de iglesias, o una agradable melodía en sus poemas y canciones para niños.

Unamuno señaló la diferencia entre la verdadera poesía y la “simple mezcla de la poesía y la filosofía...”.

Poesía de pensamiento, de conciencia meditativa, para Unamuno es inevitablemente poesía del dolor; ya que la conciencia para él era sufrimiento consciente. Por eso, la presencia del dolor y la reacción del poeta, van a ser una característica constante de su obra poética.

EL TEATRO DE UNAMUNO

El teatro de Unamuno es la parte menos conocida de su obra. De sus 11 obras, sólo ocho se estrenaron durante su vida, y, sólo una, El otro, puede llamarse un éxito. Antes de volverse hacia el teatro, Unamuno publicó un curioso ensayo, condenando la insignificancia del teatro español abogando desde su punto de vista, por un retorno a “El espíritu popular”.

El teatro era la rama más provechosa de las artes en la España de entonces. El estreno de una obra suponía para su autor una cantidad de dinero parecida a la que se podía recibir por dos o tres libros de cierto éxito. Esto, aparte de su deseo de llegar a un público más amplio, y de estimular el renacimiento del teatro serio en España, puede haber sido el factor decisivo de sus renovados intentos dramáticos, pese a los constantes fracasos, durante su carrera como escritor. Las obras posteriores pertenecen a tres períodos principales. El primero engloba sus dos farsas en un acto La princesa Doña Lambra y La difunta, junto a El pasado que vuelve y Fedra. El segundo, comprende Soledad, nueva versión de La esfinge y Raquel encadenada. El tercero, durante su exilio en Francia, con Sombras de sueño, El otro y El hermano de Juan. Finalmente, tras su triunfante retorno a España, se estrena su traducción de la Medea de Séneca. Con gran mortificación de Unamuno, un dramaturgo adaptó a la escena, Nada menos que todo un hombre, con tal éxito que fue incluso representada en Italia. Desgraciadamente, ese fue el momento de mayor éxito de Unamuno en el teatro. Como piezas dramáticas, las obras de Unamuno son demasiado estáticas, abstractas y altivas en su tratamiento de la realidad cotidiana.

CONCLUSIÓN

Dentro de la Generación del 98, Unamuno ocupa una posición especial. Su convicción de que el problema español era inseparable de los problemas universales y de los problemas del conocimiento y de la finalidad de la existencia humana, era compartida de una manera u otra por los otros miembros del grupo. En este sentido, sus preocupaciones, más que de origen filosófico, deben apuntarse a la teología. Hasta 1959, el Unamuno estudiado fue el “agónico”, dividido dramáticamente entre el racionalismo y la voluntad de creer en una vida futura. Después, el descubrir el Unamuno “contemplativo”, una figura diferente y menos angustiada. En enigmático contraste, hay también un Unamuno “histórico”, la figura pública, el único miembro de la Generación, exceptuando a Maeztu, que continuo toda su vida la lucha política. Este último Unamuno ha sido el menos estudiado. El tono religioso y político de sus obras, junto a las diferentes facetas de su personalidad y visión, impiden un juicio equilibrado de su obra.

En España, contribuyó a quebrar el consenso de creencias e ideales, religiosos y nacionales, que pesaban sobre el país. Por desgracia, no parece haber reconocido la reciprocidad de aquellos aspectos de la mentalidad española que él detestaba. Por esa razón, su esfuerzo se malgastó en una dirección equivocada.

Como escritor original, sus mayores logros están sin duda en la novela. Las nivolas son un hito en la ficción moderna española, y en cierto sentido, en la europea. No sólo a causa de su mérito artístico y originalidad, sino por la sorprendente manera en que marcan el paso de la realidad. Todo esto podemos reconocerlo como parte importante del cambio que esta teniendo lugar en la novela europea a principios de siglo. La poesía de Unamuno también intentó romper radicalmente con el estilo de los poetas de la generación anterior, aunque no con tanto éxito. Pese a que su poesía amorosa, no tuvo demasiado éxito, el atractivo de sus poemas intimistas sobre la vida familiar puede apreciarse mejor. Si Machado lo sobrepasa en la evocación del paisaje español, también es cierto que su ángulo de visión es mucho menos amplio. La inmensa confianza de Unamuno en su originalidad creadora, sólo le falló en el teatro.

Su posición como pensador en claramente indecisa. El salto de la necesidad de Dios, su existencia, al que obliga su pensamiento, requiere un acto de fe semejante al de las preocupaciones teológicas tradicionales. Para el cristiano convencido, e innecesario, y para el no creyente, gratuito. En el mismo sentido, el intento de transferir el valor de la posesión de la fe a la lucha por su adquisición, de la confianza a la duda y el miedo, y de la serenidad a la intranquilidad espiritual como prueba de vida auténtica, provoca en la mente del lector la lógica resistencia. Por encima de todo, es necesario preguntarse: ¿tiene la ansia de inmortalidad, corporal o en cualquier otro sentido, la importancia existencial que Unamuno le atribuye?

A pesar de todo lo anterior, la importancia de Unamuno es innegable. Tanto si pertenecemos conscientemente a quienes consideran la confusión y la contradicción como parte de la esencia del ser, como si lo negamos indignados, siempre queda un cierto grado de ansiedad existencial. A ella es a la que Unamuno se dirige en la mayoría de su obra. Su propia e intensa conciencia de ello, y su capacidad para expresarla de manera dramática y perturbadora, constituyen su potente originalidad. Sus escritos, cumplen la intención del autor, de inducir al lector a cuestiones y reexaminar sus presupuestos sobre la naturaleza de la vida y la realidad.

MACHADO: EL CAMINO HACIA EL VACÍO

El otro poeta español que logró resistir el impacto del Modernismo, fue Antonio Machado. Nacido en Sevilla el 26 de julio de 1875, a la edad de ocho años se traslada con su familia que incluye a un hermano mayor, Manuel, también poeta. Allí estudio hasta 1888 absorbiendo el culto de la libertad intelectual, el profundo respeto a los valores éticos y el fuerte sentido de responsabilidad frente a la comunidad nacional. Un poco más tarde comenzaron las dificultades económicas de la familia. Sin embargo, Machado hasta la edad de treinta y dos años pudo evitar tener que elegir una carrera y vivir la vida de un joven escritor entre los cafés y tertulias literarias de la capital. Tomó parte en algunas representaciones teatrales y viajó dos veces a París, trabando amistad con Darío. También hizo largos viajes por España. En 1901 se publican los primeros poemas de Machado, y en 1902 publica privadamente su primera colección de versos.

En 1907, Machado va a enseñar francés a la pequeña ciudad castellana de Soria. En 1909 se casa con Leonor, la hija de su patrona y en 1910, con la ayuda de una beca marcha a París, allí asiste a un concurso. Por desgracia, a mediados de 1911, Leonor enferma gravemente y vuelven a Soria donde muere, a la edad de dieciocho años, el 1 de agosto de 1912. Éste es un año decisivo en la vida de Machado, porque en junio o julio se publica su más famosa colección de poemas: Campos de Castilla.

Tras la muerte de Leonor, Machado pide el traslado a Baeza, donde continúa enseñando, escribiendo y viajando a través de toda Andalucía hasta 1919, cuando de nuevo vuelve a Castilla. En 1927 fue elegido miembro de la Real Academia Española, aunque nunca ocupó el sillón oficialmente. En 1928, según se ha demostrado, Machado había conocido y se había enamorado de la poetisa Pilar de Valderrama, En 1932, Machado obtiene su traslado a Madrid. En 1936 se había adherido a la Alianza Republicana. En enero de 1939 se ve obligado a huir a Francia donde morirá el 22 de febrero en Colliure.

El rechazo explícito de los dos elementos fundamentales del modernismo: la renovación de dicción en los versos, determinada por el énfasis en la sensación más que en la emoción, y la carga implícita de que la poesía modernista carecía de una dimensión espiritual, revelan las desigualdades de Machado respecto del movimiento. Sin embargo, hay que admitir que ilustra claramente la dificultad de establecer una distinción muy marcada entre modernismo y noventayochismo en lo que se refiere a la poesía. Aunque los dos movimientos pueden estudiarse por separado, sus orígenes espirituales e intelectuales eran muy similares. Éste es el motivo por el que Azorín en 1913, todavía vería a Darío como un miembro de la generación de 1898 y el por qué Juan Ramón Jiménez consideró siempre el noventayochismo como una rama del modernismo.