Genealogía de la moral; Friederich Nietzsche
Filosofía contemporánea. Vitalismo. Moral de esclavo y de hombre. Intelectualismo

- Genealogía de la moral; Friederich Nietzsche
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NIETZSCHE:
“La genealogía de la moral”
Distingue entre “moral de esclavo” y “moral noble”.
En “La genealogía de la moral” Nietzsche aborda la crítica de la moral vigente a partir del estudio del origen de los prejuicios morales. Para ello utiliza el método genealógico, que consiste en realizar una investigación etimológica e histórica de los conceptos morales y de su evolución. Los resultados de dicha investigación fueron los siguientes: en las lenguas estudiadas “bueno” había significado en un principio “noble y aristocrático”, mientras que “malo” era sinónimo de “vulgar, plebeyo, simple”. En el texto al que nos referimos se dice que “los bien nacidos se sentían a sí mismos cabalmente los felices” y “las palabras que convienen al hombre vulgar (…) eran infeliz, digno de lástima, miedoso, mísero, cobarde, etc.”, todo ello en la Antigua Grecia.
La terminología había sido creada, obviamente, por los nobles. La aristocracia griega ponía por lo tanto ciertos matices peyorativos en todas las palabras que utilizaban para diferenciar de sí al pueblo griego. Pero a medida que transcurre el tiempo es posible apreciar una transmutación en el significado de estos términos: los que eran considerados malos, los plebeyos, se rebelan, llamándose a sí mismos buenos, y relegando el concepto “malo” o “malvado” para los nobles. Esta apreciación tiene reflejo en el texto: cuando Nietzsche habla de “la rebelión de los esclavos en la moral” se refiere a esta transmutación de valores, que según él, fue llevada a cabo primero por los judíos y luego por
los cristianos. Este cambios se debe por lo tanto a la rebelión, a una actitud reactiva que adoptan los que el denomina “esclavos”, y es fruto del resentimiento de los plebeyos contra los nobles. En primer lugar, se observa con claridad a través de sus palabras que el pensamiento nitzscheano es un pensamiento aristocrático. Por otro lado, hay una clara alusión al pensamiento platónico-cristiano en el texto, ya que Nietzsche habla de los esclavos refiriéndose probablemente a los cristianos, o también al pueblo en general, que se había acogido durante sig los al pensamiento arrastrado desde Sócrates. Dice de estos esclavos que “les está vedada la auténtica reacción”, es decir, la vida, ya que están sometidos a unas normas de conducta que provienen de una moral contranatural, y que atenta, por lo tanto, contra la vida; están sujetos a este tipo de moral esperando lo que el llama la “venganza imaginaria”, esto es, el mundo Suprasensible platónico o el cielo cristiano. La moral de los esclavos niega, como negaba el platonismo y también el cristianismo, la vida, supeditándola a una invención, plagándola de leyes y normas, considerándola un castigo, negando al hombre y cambiándolo por lo desconocido. La moral de los esclavos había creado sus propios valores, “un mundo opuesto y externo”, por contraposición a los reales, a la vida. este nuevo mundo intenta ser un mundo perfecto, creado, mejor que el real; pero es irreal e inútil. Se realiza así la transmutación de los valores. Es una reacción contra la vida misma cuyo fin último es imaginario y que lleva a los “esclavos” a despreciar lo real (cuerpo como cárcel en Platón). El mundo ideal es construido en contraposición al mundo real. Hay una alusión clara en la frase: “los nobles no tenían que construir su felicidad artificialmente y a veces persuadirse de ella, mentírsela (…) como suelen hacer todos los hombres de resentimiento”. Es decir, los nobles serán aquellos hombres íntegros, repletos de fuerza, activos y creativos que no tienen necesidad alguna de creer en algo falso que promete ser mejor. Son, en resumen, el nuevo hombre: el superhombre, que puede vivir más allá del bien y del mal, más allá de las mentiras platónicas. “la moral noble nace de un triunfante sí dicho a sí mismo”, y su concepto básico positivo es la pasión, la vida, que sólo ve al lo malo como un contraste que nació creado por el resentimiento. La moral del noble admite, acepta el error como parte de sí y de su propia existencia; considera el error como legítimo al intentar averiguar algo que se sale de su esfera, y “más aún, a cuyo conocimiento se opone con aspereza”.
El hombre noble, el superhombre, goza de una felicidad muy distinta a la del plebeyo: no es una felicidad pasiva sino activa, basada en la creatividad. Vive con confianza y franqueza ante sí mismo, mientras que el hombre de resentimiento, el hombre cristiano, busca caminos falsos y retorcidos que le desvían y le apartan del verdadero camino de la vida. Los esclavos valorarán la inteligencia por encima de cualquier otra facultad humana, ya que le lleva a las “esencias”, los “conceptos” de Platón, a su mundo verdadero. Sin embargo, la cualidad más apreciada en el superhombre por encima de la inteligencia es la intuición, “la perfecta seguridad funcional de los instintos inconscientes reguladores”, los sentimientos en general, la pasión, “el amor, la cólera, el respeto, el agradecimiento”. El superhombre tiene esa “fuerza plástica”, creadora, remodeladora, regeneradora, que le permite al hombre crear, convertirse en un artista, liberarse de muchos problemas. El hombre noble es capaz de olvidar el resentimiento, perdonar a sus enemigos, mientras que el esclavo concibe al enemigo como malvado, ya por definición, al construir su mundo por contraposición a lo que él cree ser: bueno.
El esclavo y el hombre noble han encontrado representación en la obra de Nietzsche en una metáfora como el camello, que es el hombre religioso, cuyos principios se ven frustrados por medio del nihilismo y se convierte en león (ya es libre), y, más tarde, cuando el hombre busca respuestas en sí mismo, deja de lanzar la flecha de su anhelo más allá del hombre, entonces aparece el superhombre, el hombre noble: el niño. Este niño pone en marcha un nuevo comienzo; lo caracterizan la inocencia, el juego, el olvido, y sobre todo la creación de su mundo, su voluntad, y valores nuevos.
¿En qué sentido afirma Nietzsche que el hombre está enfermo?
Estableciendo una serie de analogías entre ciertas razas que se caracterizaron a lo largo de la historia por imponer su dominio fuera de sus propias tierras, Nietzsche agrupa a una serie de razas, que denomina las razas nobles, muy en relación con la pregunta anterior. Las razas noble poseen esa moral característica que les lleva hacia la victoria, que hacen que la fuerza, la pasión, los instintos vitales primen sobre la razón o la inteligencia; este tipo de comportamiento, que acerca a los hombres a los animales, los colocaba, según Nietzsche, en una posición digna: la moral noble se inclinaba hacia esas intuiciones, utilizaba la voluntad de poder, buscaba la potencia y la energía, tanto en lo constructivo como en lo destructivo. La guerra, la lucha, el dominio, es también parte del superhombre. El hombre nuevo tiene afán de poder, fuera de su tierra se desahoga en hazañas tales como asesinatos, violaciones, incendios,… Todas estas razas nobles del pasado (las aristocracias romana, árabe, germánica, japonesa, etc.) coinciden en la necesidad de desahogarse; éstas mismas aristocracias fueron llamadas bárbaras, pero llevaron en ocasiones con orgullo este calificativo. Poniendo el ejemplo de Pericles, que presumía de la audacia de su pueblo en cuanto a las atrocidades que había cometido, y a la vez se enorgullecía de la indiferencia del mismo y el placer invertido en la destrucción, Nietzsche hace una clara reivindicación de la personalidad de Dionisio dominando sobre el Apolo: exceso, desmesura, guerra, destrucción, frente a armonía, paz, lógica, razón. El filósofo alaba de esta forma estos espíritus dionisíacos y nobles. De la añoranza que se destila en algunas de sus frases ha sido sacada en numerosas ocasiones una cierta simpatía de Nietzsche por la “bestia germánica” y todo lo que ella representaba. Pero sin embargo la reivindicaión en el presente texto es una especie de contraposición a lo que Nietzsche encuentra hoy en el panorama Europeo: un hombre enfermo que, lejos de parecerse a este que tenía impulsos vitales, ha sido domesticado y convertido en un gusano que se arrastra, un hombre “envenenado, marchito”. El hombre europeo actual es decadente: la gran mentira que supuso el platonismo y el catolicismo le ha convertido en un hombre resignado y manso, que siendo mediocre se tiene como su propia meta.
El hombre está enfermo porque ha perdido la fuerza interior, la voluntad de poder, ha creído la gran mentira que ha visto hace poco sus cimientos derrumbados. El cristianismo ha convertido a estos hombres de razas nobles y moral aristocrática en animales domésticos, mansos y civilizados. Los conceptos e ideas del platonismo han contaminado estas razas sirviendo de instrumentos de cultura. El nihilismo, que era el final lógico del aparato inventado por la metafísica tradicional, acabó por enfermar al hombre. El hombre siente ahora aversión contra sí mismo, y se encuentra desorientado; en contraposición a la fuerza que predominaba en las razas nobles, ahora Europa está poblada de enfermizos, cansados, agotados. Incluso los alemanes han perdido su fuerza: “entre los antiguos germanos y nosotros los alemanes apenas subsiste ya afinidad conceptual alguna y menos aún parentesco de sangre”. Ahora es el momento en Europa del dominio de los esclavos, los hombres mediocres. Nietzsche mira con nostalgia tiempos pasados, en los que “se
decía sí a la vida”. El hombre se ha ido domesticando cuando el verdadero camino se encontraba en la preparación para el superhombre (el paso del hombre al superhombre) por medio de la gran política. Por esta razón el hombre está enfermo. Por eso debe buscar respuestas dentro de sí mismo para cruzar el puente que le lleve al nuevo hombre, que será, en cierto modo, parecido a los hombres de razas nobles: con voluntad de poder, creatividad, fuerza, energía vital.
Nietzsche dice que “hemos nacido para una existencia subterránea y combativa”. El nuevo hombre debe, por tanto, potenciar tanto la construcción como la destrucción, hasta llegar a experimentar “la hora áurea del triunfo”. El hombre noble y recuperado de la enfermedad es fuerte, inquebrantable y tenso, “dispuesto a conquistar”; esto puede entenderse tanto en el ámbito de la guerra y el dominio de las razas nobles, como en una dimensión simplemente artística (el artista necesita de la voluntad de poder, de la creatividad, para llegar a creaciones y sentimientos cada vez más lejanos y difíciles, siendo la dificultad un aliciente más para continuar, un simple reto). Pero tal prototipo de hombre no existe hoy entre los europeos, que son sólo víctimas de la esclavitud; el nihilismo reina en el continente. No hay fe en nada, ni siquiera en el hombre, ahora que se ha relativizado la realidad y ya no hay posibles puntos de apoyo.
Crítica a Sócrates: rechazo del intelectualismo moral.
La crítica a la metafísica tradicional, y por tanto a Platón y a Sócrates, tiene como motivo la defensa de la vida en sí misma por parte de Nietzsche. Lo que este filósofo reprecha a Platón, como deja ver en las primeras líneas del texto, es la creación de otro mundo que llevó a la desvalorización de éste, y por lo tanto, de la vida. La vida se convierte en un tránsito obligatorio y doloroso, en sufrimiento, y el cuerpo en una cárcel del alma; la vida “no vale nada”. Todo este pensamiento estaba en clara oposición a la vida, y tenía nostalgia por aquella vida que el alma aguardaba para después de la muerte. Los sabios griegos, aquellos que fundamentan la cultura de Occidente habían creado la “verdad” (que ellos creían absoluta e indiscutible) por simple convención. Estos sabios, entre los que se encuentre Sócrates, son los culpables de la decadencia de Occidente; crearon un mundo falso para enfrentarse al devenir de la vida y al problema de la muerte que ha llevado a Europa a la ruina. En este sentido, Platón y Sócrates suponen una gran decepción después de los presocráticos, que como Heráclito, habían aportado una gran riqueza cultural al problema de la vida, con múltiples perspectivas. Nietzsche le llama “instrumentos de la disolución griega, antigriegos, pseudogriegos”. Nietzsche llegó a la conclusión de que tenía que existir una razón para que estos griegos llegaran a una acuerdo, convención o consenso para tener que adoptar una misma actitud negativa frente a la vida. Llega a la conclusión de que no encontraron otra forma de enfrentarse a la realidad de la muerte que crear un concepto de verdad inamovible, cuando todo juicio hecho acerca de la vida no puede ser nunca definitivo.
Después de exponer su principal argumento contra Sócrates (la desvalorización de la vida), Nietzsche hará muestra de su pensamiento aristocrático otra vez, argumentando de forma bastante pobre, que Sócrates era parte de la plebe y feo: “la fealdad es la expresión de una evolución cruzada, estorbada por el cruce”. En estas frases se aprecia tanto el clasismo o aristocraticismo de Nietzsche como, posiblemente, su repugnancia por ciertas razas o “cruces”.
La crítica a Sócrates se centra ahora en su doctrina, el intelectualismo moral, que identifica la virtud con el saber: nadie que conoce el bien obra mal. Nietzsche criticará esta ingenuidad propuesta por Sócrates, diciendo que va además en contra de la dirección que el pensamiento griego estaba llevando hasta el momento. No es posible admitir entonces que ir en contra de la moral propuesta sea un problema de ignorancia.
Para Nietzsche, la filosofía socrática supone un giro dado a favor de la dialéctica. Como ya expuso antes que Sócrates era parte de la plebe, ahora dice que esto supone que la dialéctica se convierta ahora en una de las armas de la plebe. Nietzsche dice que lo que ocurrió fue tan sencillo como que carecía de otro medio distinto de la dialéctica para convencer, y por lo tanto se recurrió a él. En opinión de Nietzsche es muy pobre tener que acudir a estos recursos, argumentar razones: “Es indecoroso mostrar los cinco dedos; en todo buen lugar donde la autoridad sigue formando parte de la buena costumbre el dialéctico es un payaso, se dan órdenes, no razones”. Para Nietzsche Sócrates se aprovechó de la coyuntura griega, comprendiendo que todo el mundo tenía necesidad de él , de su teoría, que perduraría durante siglos como la forma general de enfrentamiento ante la muerte, y al mismo tiempo de redención (el mundo ideal es la única forma de salvación, de autoconservación, que esconde la mentira de la desaparición prometiendo una vida nueva). También hace una fuerte crítica de la moral contranatural que, considerando a los instintos vitales un “tirano”, construyen una serie de normas que atentan contra la naturaleza del hombre y contra la vida. De la misma forma hizo predominar la razón sobre estos instintos, de forma que tanto Sócrates como sus enfermos (la gente contaminada por su filosofía) caen en un
discurso que se considera racional cuando es completamente irracional, ya que crea un mundo falso. Su intelectualismo moral viene significando entonces que debe seguirse el camino que muestra Sócrates, esto es, el camino de la razón. De esta forma dio pie a la represión de los instintos en Occidente que cristalizó en el pecado y la culpabilidad.
El problema del devenir.
Nietzsche señala de nuevo los fallos de la filosofía anterior refiriéndose ahora a un nuevo aspecto. Ni Sócrates ni Platón habían sido capaces de enfrentarse a la noción de devenir y a la concepción de la vida como un eterno caos. Si por algo se caracterizó la filosofía de éstos fue por su estaticismo, su egipticismo. La creación de conceptos o ideas universales, fijas, estables, permanentes, es una clara prueba de ello. Le otorgan cierto rango a las cosas en el momento en el que las deshistorizan, las universalizan, las abstraen. Nietzsche les reprocha esto, ya que para él la vida es multi-perspectiva, cambio, devenir, caos, experiencia personal e intransferible, y desde el momento en el que se universaliza o generaliza algo (es decir, se toma desde la perspectiva de lo eterno), pierde todo su valor personal y carece de sentido. Está claramente en contra de los conceptos que este tipo de filosofía ha venido manejando durante siglos, y sobre los cuales se asienta nuestro lenguaje y la ciencia. La adoración y sobrevalorización de los conceptos culminan en el positivismo de su época, y el aparente triunfo de la ciencia. La muerte, la vejez y el cambio son problemas que se oponen a la metafísica tradicional. En general, el devenir, que es en último término, la realidad en su totalidad, es un problema para el estaticismo de estos filósofos.
El dogmatismo de las afirmaciones ilógicas de Platón y Sócrates se encuentran con el problema de la realidad. Todos los “enfermos” creen en este tipo de filosofía pero sin embargo no pueden alcanzarlo, y por lo tanto son infelices en este mundo, no saben enfrentarse a la realidad de la vida. Mientras la filosofía platónica tacha a lo sensible de ser la causa del engaño, por ser un reflejo o apariencia de lo ideal, sus adeptos tragan la mentira acerca del mundo verdadero. Nietzsche hace una clara defensa de los sentidos, del devenir, y de la Historia. Este era el objetivo de la filosofía especulativa: enterrar el saber de los presocráticos, entre los cuales destaca Heráclito, enterrar los instintos de hombre, sepultando a la vida con ellos. Heráclito creía en los sentidos y en el incesante devenir de las cosas; las mentiras no pueden provenir de los sentidos, sino que aparecen en la interpretación que nosotros hacemos de ellos: “nosotros falseamos el testimonio de los sentidos” con conceptos, con la mentira de la unidad. El único mundo que existe es el mundo aparente; el mundo verdadero es sólo una ficción. En esta línea señala también que la única ciencia válida es aquella que se ha ocupado del estudio del testimonio de los sentidos. El resto (metafísica, psicología, teoría del conocimiento,…) son abstracciones inútiles: en ellas la realidad no aparece siquiera como problema.
El lenguaje como creador de fetiches.
Otro gran error de la metafísica tradicional fue la creación y elaboración de conceptos que, intentando recoger la esencia de las cosas, no hacían más que dividir la realidad, de forma que se hace imposible captarla tal y como es: cambiante, abierta. Los conceptos no son más que nuevas convenciones irreales, generales, carentes de contenido y de significación que de ninguna forma pueden constituir la base de la experiencia humana ya que no tienen relación alguna con ella. El concepto prescinde totalmente de la vivencia personal, está vacío. Y estos conceptos han sido idealizados durante siglos, por considerar que eran superiores o que estaban antes de la experiencia. Sin embargo son “el último humo de una realidad que se evapora”, en palabras de Nietzsche. Estos conceptos son irreales, y han sido creados de lo llamado inferior (en realidad es lo sensible, lo verdaderamente real) por contraposición a él, formando así parte de la gran mentira. De todos los conceptos creados y mantenidos a lo largo del tiempo, el que Nietzsche considera más ridículo e ilógico, por ser el de menos fundamento de todos, es el concepto de Dios, que no sólo fue ampliamente utilizado sino que sostuvo a la civilización occidental durante siglos. Este concepto tan absurdo para Nietzsche es que el cristianismo, por medio de Sto. Tomás de Aquino, consideraba como ser necesario, “causa en sí, ente realísimo”. Aquí hay un nuevo error, que tendrá como consecuencia el nihilismo generalizado que entra en escena en Europa en el S. XIX tras la caída de estos valores.
Debemos, según Nietzsche, poner fin a este engaño. El lenguaje elaborado por medio de conceptos es erróneo; “el fetichismo cree en el yo, cree que el yo es un ser, una sustancia, y proyecta sobre todas las cosas la creencia en la sustancia-yo” La esencia fue introducida en la metafísica tradicional y durante siglos se siguió su pista, creyendo que en algún otro lugar deberíamos haber estado en contacto con estos conceptos, de forma que ahora contactamos con ellos por medio de la razón.
El lenguaje que reivindica Nietzsche se aleja mucho de aquel que se basa en los fetiches, los conceptos, y su carácter estático: es un lenguaje de metáforas, de forma que estas son capaces de expresar la vivencia personal, individualizada e intransferible; no hay uso de la razón en este sentido, sino de la intuición; la metáfora posee la virtud de poder captar la realidad, la vida, tal y como es: en su constante cambio, en el incesante devenir, en su totalidad. No debe existir, por tanto, uso de la razón en el lenguaje. En este sentido, Nietzsche dijo: “Temo que no vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática …”
Las cuatro tesis antimetafísicas.
Nietzsche resumió los puntos esenciales de su pensamiento en contra de la metafísica especulativa en cuatro tesis:
1. “Las razones por las que este mundo ha sido calificado de aparente por el metafísico fundamentan, antes bien, su realidad; otra especie de realidad diferente es absolutamente indemostrable”
La metafísica tradicional había calificado al mundo sensible como aparente, y por lo tanto irreal. Sin embargo, Nietzssche afirma que el devenir y el cambio que caracteriza al mundo sensible es su propia realidad; las razones de las que habla la tesis son los conceptos, y el mundo ideal que es considerado po rla metafísica como real no tiene fundamento alguno, es una mera invención. (Esta crítica guarda cierta relación con la relaizada por Aristóteles -duplicación de la realidad creando jorismo-). Por lo tanto, Nietzsche cree que el discurso de la metafísica no es lógico, sino que los conceptos que crea son una mera necesidad del hombre para enfrentarse al devenir. Sin embargo, considera su propio discurso racional.
“Las categorías del ser verdadero de las cosas son signos del no-ser, de la nada”.
Los conceptos o ideas que caracterizan al mundo ideal no tienen fundamentación alguna, sino que se han elaborado convencionalmente y por oposición a la realidad de los sentidos. Esta contraposición es una ilusión moral: los conceptos se elaboran a partir de la nada, y no tienen contenido alguno. Se limitan a dividir la vida, a captarla como algo estático y por lo tanto irreal, la cosifican.
3. “Inventar otro mundo distinto de éste implica tener recelo contra la vida, una actitud de recelo frente a la vida como devenir”.
Cuando la perspectiva estática acerca del ser se derrumba, aparece el nihilismo. La razón por a cual se había inventado otro mundo era este recelo contra la vida; no tendría sentido crear un mundo nuevo a no ser que fuera mejor que éste. También es una forma de enfrentarse a la realiad como devenir, es decir, a la vida y a la muerte. La moral contranatural es prueba de ello: se rehúye todo aquello que provenga de la vida, se reprimen los instintos naturales.
4. “Dividir el mundo en verdadero y aparente, ya sea al modo kantiano, o bien al modo platónico-cristiano, es una sugestión de la decadencia”.
Tanto Kant como el platonismo o el cristianismo hacían una clara separación entre lo real y lo aparente. Por lo tanto estas dos filosofías son síntomas de la voluntad de poder. Se intenta racionalizar lo imposible de racionalizar: el problema del devenir. Creamos así un mundo nuevo y conceptos que solamente sirven para etiquetar o designar, no para aclarar. Los huamnos creamos, impulsados por la voluntad de poder, las categorías existenciales. Por eso los filósofos se han dedicado hasta ahora a momificar el devenir del ser. Es un síntoma de decadencia en el sentido de que fueron un engaño y tuvieron consecuencias negativas que culminarían con el nihilismo.