Friedrich Nietzsche

Filosofía contemporánea del siglo XIX. Filósofos. Nihilismo. Vitalismo. Religión. Pensamiento. Crítica

  • Enviado por: Sergio Ramos
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 9 páginas
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§ 1.- INTRODUCCIÓN.-

En el presente trabajo se intentará definir qué entiende Nietzsche por nihilismo, considerando, por lo pronto, que el nihilismo “es entonces la consciencia de un largo despilfarro de fuerzas, la tortura del “en vano”, la inseguridad, la falta de oportunidad para rehacerse de alguna manera, de tranquilizarse todavía con cualquier cosa; la vergüenza de sí mismo, como si uno se hubiera mentido a sí mismo demasiado tiempo…”. Así pues, se concretará dicho concepto, bifurcándose en un nihilismo implícito, por un lado, esto es, aquél que no tiene conciencia de sí, para dar paso a un nihilismo explícito, el cual, se dividirá en dos, a saber, el pasivo y el activo. En función del primero, el explícito, sería aquel fatigado, aquel carente de fuerzas como para seguir el trayecto que en su momento se comenzó. Y Precisamente en éste, se apreciará signos de decadencia, quiero decir, se observan posturas como la de Schopenahuer, un ascético que no apuesta por una solución, más que la abolición del deseo; también reflejo de dicho nihilismo sería el escepticismo, por ejemplo el de Hume, que no hace más que “rebajar” al hombre, no hace más que dejarlo desorientado en su búsqueda hacia algo sólido, porque en último término alguna postura la dejaría en el aire como si realmente no fuere algo seguro por lo que apostar, de ahí la décadence. Por lo tanto, este aspecto del nihilismo, cesaría y se pararía en el camino, dando lugar a un nihilismo activo, repleto de fuerza suficiente como para finalizar la empresa que el precedente había comenzado pero no pudo terminar, dándole un sentido a todo ello, cuyo único y mejor garante sea la afirmación de la vida, es más, la propia vida, mas no la tuya o la de aquél, sino la mía propia, la de aquí y ahora, una vida singular y factible, la cual recuerda al tam tam por su palpitar. Suceda como suceda, el tema planteado por Nietzsche en relación al nihilismo, no es sino el “destruir” y dejar atrás una moral de esclavos, no es sino el eliminar toda moral, toda religiosidad, etc. que tortura al hombre, incapacitando de valerse por sí mismo, por este motivo, saldrán a la luz las opciones de Platón puesto que con la distinción entre mundo inteligible y mundo sensible, no hace sino despreciar toda esta vida, así como este preciso instante, adicionalmente se mostrará a Kant porque con su imperativo categórico realmente lo único que desea -según planteamientos nietzscheanos- es convertir en un esclavo a todo hombre, esclavo de esa vocecilla que ordena. Obviamente, todo este entramado, estaría envuelto por esa moral judeo-cristiana, entre otras posturas, que condiciona y obliga al hombre a aspirar otra vida, a reprimirnos mirando a un futuro, etc.

Justamente, esto será en cuanto ha contenido principal del trabajo, no obstante, el mismo, se ha enfocado (en relación al núcleo del trabajo, ya que lo precedente a éste es a modo introductoria) desde el aforismo 22 de La voluntad de poder, en el cual este autor da el sentido de nihilismo, por un lado el pasivo y por otro el activo. Es significativo comentar que se hablará de conceptos claves y básicos para la comprensión del texto, en cualquier caso, sólo serán meras aproximaciones y notas, cuyo fin u objetivo radicarían en no dejar colgado al mismo texto, por este motivo, se ha intentado dar una mínima definición de términos como voluntad de poder, eterno retorno, etc. Aun así, antes de abordar el tema central, se ha intentado constatar el problema precedente al nihilismo, para así realizar una breve explicación del por qué la necesidad imperiosa del nihilismo. Sea como fuere, me he centrado en éste como núcleo, asumiendo que propiamente este tema presupone muchos otros, como que también repercute a tantos más, los cuales se han optado por dejar de banda, para alejarse demasiado en el estudio de dicho concepto.

§ 2.- LA CONSTATACIÓN DE UN HECHO. “EL ENGAÑO”.

Posiblemente el paso previo para darse cuenta del problema, sería algo así como lo que, en su momento, hizo Descartes, a saber, dudar de todo como meramente falso, carente de valor prioritario para el hombre. Pienso que Nietzsche vio qué se escondía detrás del “Velo de Maya”, qué se escondía detrás del telón, reflejando que no era más que una obra de teatro, una farsa o comedia o tragedia, o lo que es lo mismo, la personificación de aquel actor denominado nihil, puesto que todo ello no remite sino a un guión del cual tú no eres dueño, limitándote únicamente a seguirlo independientemente de lo que quieras o desees. A pesar de ello, él remeterá y argumentará que el nihilismo se origina en: 1) la interpretación cristiano-moral; 2) en la caída del cristianismo, dando “fe” de que todo es falso, proponiendo como veracidad a Dios mismo; 3) en el escepticismo moral, argumentando que todo carece de sentido, de un colapso de los valores supremos -verdad, bondad, belleza-; 4) en los sistemas socialistas y positivistas, los cuales todavía respiraban aires cristianos; 5) en las ciencias naturales, porque el hombre ha dejado de ser el centro; 6) en las ideas políticas y económicas; 7) en el historicismo; 8) en el arte y en particular en el romanticismo. Pues bien, como ha señalado R. Ávila, los cinco últimos son el resultado de sus precedentes, por este motivo comentaremos aquéllos únicamente. En efecto, el escepticismo moral cobra aquí todo protagonismo, puesto que se podría llegar a un instante en el que el sujeto piense que todo carece de sentido, que se replanté su existencia y que en consecuencia nada merezca la pena: síntoma claro de decadencia, de debilidad fisiológica. De este modo, categorías como: causalidad, finalidad, unidad, verdad, ser… caen por su propio peso. La creencia en dichas categorías, “es más originaria que la creencia en el Dios cristiano-moral, que no es sino su resultado”. Pero como quiera que surja, lo que estará claro es que se carece por completo de una verdad absoluta, en el plano teórico y en el práctico. Por todo ello, podríamos hablar de una figura característica en el escepticismo: D. Hume, el cual negará tanto la causalidad, como unos valores y hechos fijos, es decir, hablará de una creencia, de una probabilidad, pero no de una seguridad, dejando toda opción a un último, o sea, a una verificación empírica la cual dará la veracidad o no de lo planteado, mas que al final se deberá dar, no sólo suponer y menos aún sólo teorizar, quiero decir, plantear un sistema racional conforme “debería” de suceder X. En cualquier caso, Nietzsche atacará adicionalmente toda la metafísica tradicional en la que se estaba basando la historia, ya que ella ponía como cimientos unos valores que tenían como residencia un-más-allá. He aquí pues cómo toda esta vida y todo lo que ella supone, se desvalorizaría, perdería valor en vísperas de “otro mundo”, puesto que todo el presente y el aquí, pierde consistencia. Se mira y se reflexiona, efectivamente, mas sólo para poder “acceder”, sólo para ser “recompensados” en un futuro, luego todo lo de ahora es reprimido y condicionado. Otro punto a comentar reposaría en el factor que se da por sentado de que todo este mundo es una copia, una imitación de algo que es auténtico y verdadero, como también imperecedero, eterno... De cualquier modo, no sólo criticará la metafísica, sino también la moral, la religión… es significativo arrancar de sus hojas lo que él mismo nos escribe: “yo niego en primer lugar un tipo de hombre considerado hasta ahora como el tipo supremo, los buenos, los benévolos, los benéficos; yo niego por otro lado una especie de moral que ha alcanzado vigencia y dominio de moral en sí, -la moral de la décadence, hablando de manera más tangible, la moral cristiana”. Justamente, el no, dejará paso al sí.

Mas, detengámonos en ello y analicemos paso a paso qué pretende hacer. Por un lado, niega a ese “tipo supremo”, de esta manera los buenos, los benévolos, los benéficos, no son sino un prototipo de hombre que estima un tipo de moral del más allá, que posee como valores supremos un “otro mundo”, dando la sensación de que ellos no son sino un “teléfono del más allá. Ahora bien, este hombre se arrastra, se arrodilla y se inclina ante estos valores dejándose llevar por ello. Más todavía, no sólo se arrastra ante los valores, sino que bien mirado, se inclina ante sí mismo, se arrastra y se des-valora, porque antepone a su propio ser y sus creencias, los mandamientos de la “fe”, con independencia de lo que él piense (a no ser que lo que él piense coincida -paradójicamente- con aquellos). Kant al respecto será atacado, ya que según Nietzsche el imperativo categórico es una “voz” que te dicta qué debes y qué no debes, condicionándote sin duda para que no seas tú el dueño de las acciones. Dicho de otro modo, realmente no hace lo que él piensa que hay que hacer, sino lo que se “debe hacer” -y ese debe está ya pactado, está “escrito” siendo imposible la negación sin un resentimiento de culpa-. Naturalmente, rechaza todos los valores de esta vida -incluido él mismo- depositando la confianza en los valores de la otra-vida. Nuestro autor nos aconseja que miremos dentro de nosotros-mismos y que hallemos la cruda realidad, tanto dentro de nosotros como fuera de nosotros: “la vida vive siempre a expensas de otra vida. Quien no comprende esto, no ha hecho en sí mismo el primer paso hacia la sinceridad”. Por ello, el bueno, los benévolos… no son sino esas personas que se sacrifican por el prójimo, o sea, se sacrifican a sí mismos por la obediencia de una moral, religión… de suerte que éste lo tiene bastante claro a propósito de ellos: “vuestro amor al prójimo es vuestro mal amor a vosotros mismos”, esto no es más que el no quererse a sí mismo, porque el querer más a los otros, es signo de baja autoestima y autovaloración, en suma es signo de debilidad y de clemencia. Sea como fuere, da la sensación de que ellos “quieren”, mas no pueden. Por otro lado, criticará ferozmente a la moral platónico-cristiana, una moral que está representada por los ideales de moderación, ascetismo y renuncia, en global, hallamos una moral antinatural, una moral que ha sido establecida por los débiles para, de ese modo, poner freno a los instintos vitales de los fuertes. Por eso: “¿Qué sentido tienen aquellos conceptos-mentiras, los conceptos auxiliares de la moral, <alma>, <espíritu>, <voluntad libre>, <Dios>, sino el de arruinar fisiológicamente a la humanidad?”. Pero dicha moral tiene su base en un resentimiento hacia todo lo que tiene que ver con la vida, hacia una condenación en todos los aspectos a ella. Frente a ello, nuestro autor plantea una moral vitalista, una exaltación de la vida desde cualquier ámbito de ésta. Hablará, en efecto, de la “moral de esclavos”, de los “débiles” en relación a aquellos que se arrastran y se retuercen ante la moral y la religión. -¡Cuánto se avergonzaría de Abraham!- Al otro lado de la moral, encontraríamos a la “moral de señores”, de los “fuertes”, haciendo mención a los que están dispuesto a asumir la responsabilidad, a asumir que están solos en este proyecto y a que sólo ellos pueden recurrir ante los problemas, guiados en todo momento por los ideales de la vida, buscando el pisar fuerte, buscando el agarrarse a la Tierra y no mirar hacia arriba, sino hacia abajo. Por este motivo, no resulta difícil -ni duro- escuchar qué dice al respecto de ellos: “Los débiles y malogrados deben perecer: artículo primero de nuestro amor a los hombres. Y además se debe ayudarlos a perecer”. Afinando bien la puntería, no se pretende más que hacer un favor a éstos, el rescatarles y traerles a la orilla, para evitar su ahogamiento. Es obvio que estar siempre pidiendo ayuda es síntoma de debilidad, pero también es síntoma de sufrimiento por no poder ser tú el dueño de ti mismo, ya que siempre hay alguien por encimo tuyo el cual te dicta y ordena, por eso acertó Schopenhauer al puntualizar que “el sufrimiento más amargo, que es el descontento con nosotros mismos como consecuencia inevitable del desconocimiento de la propia individualidad, de la falsa presunción y la arrogancia que resulta de ella”. Por tanto, ¿si nos conociéramos totalmente, habría ese descontento? Respuesta: si nos conociéramos totalmente, quizás no habría que determinar qué es significa una moral de esclavos, simplemente porque no la habría.

Haciendo un análisis de ello, vemos cómo todo ha sido una falsa, una creer en algo que “no existe”, por esta razón, el fundamento de la metafísica platónico-cristiana está en poner la auténtica realidad de las cosas en “otro mundo”. De este modo, se establece una dualidad entre el ser real y el ser aparente, entre este mundo y el otro mundo, con el consecuente detrimento y desprestigio para “este mundo” al que se considera una mera e imperfecta copia. Empero, este mundo es precisamente el de aquí, el de la vida (según la mentalidad nietzscheana). E incluso, pienso que no hay más existencia que la que hay en el marco espacio-temporal, en el que el devenir y la vida en sí, es el pan nuestro de cada día. Para Nietzsche la auténtica y única realidad es el ser en continuo cambio de creación y destrucción. Por consiguiente, “en tanto creamos en la moral, condenamos la existencia. Efectivamente, apostar por la moral es, apostar por el otro mundo, por el desprecio del aquí y ahora, para mirar lenta y sigilosamente el allí y luego. De hecho, el pujar por ella supone el despreocuparse por todo lo que hay aquí o por lo menos dejarlo de banda para ceñirnos a mandamientos, reglas o suposiciones de obrar y pensar, podríamos decir un depositar la confianza en la voz de la conciencia, la cual suele ir siempre impregnada con el susurro del “tú no, él sí”. En la moral decadente estás sobre un péndulo de aquí para allá, al antojo de “tu señor”, sin embargo, ¿por qué no coger el reloj y pararlo, adelantarlo y volverlo a parar a tus anchas? Como quiera que suceda, creer en la moral, supone el no-creer en el hombre, en el creer en un Dios o algo por el estilo, de todas maneras en el poder y el valor del propio hombre está claro que no. Por de pronto, esta confianza en esta moral supone el actuar siempre a propósito de otro, o lo que es lo mismo, al condenarnos a pedir consejo y permiso a ese “otro”, sin que nada tenga que decir el “yo”, porque en último término no sabes si verdaderamente obras en vísperas a órdenes exclusivamente tuyas o hay detrás de éstas algo más. Por este motivo, con razón nuestro autor hará tal afirmación: “hasta qué punto los valores morales están dentro de todos los demás altos valores, aunque claro, no es de extrañar que siempre hayan estos valores entre medio, porque dichos valores se nos escapan, se nos cuelan lenta y sigilosamente sin remedio, escuchándose sus rugidos entre todos los demás valores camuflados, motivados por el motivo de que “ya casi en la cuna se nos dota de palabras y de valores pesados: <bueno> y <malvado>, en global, si nos inculcan dichos valores con tan poca edad, es normal que se escondan en aquello que Freud llamó inconsciente, aunque al final no sea más que algún que otro experimento de Watson, Skinner y/o compañía, ya que no es sino un condicionamiento externo, motivado por estímulo, el cual da una respuesta, que es la que el cristianismo (por ejemplo) quiere, a saber, un mandamiento, un rechazo...

Obviamente siempre miramos de refilón a esos valores, de tal suerte, que todo cuanto tengamos como ideal, de todo cuanto tengamos como valor y norma y patrón y confianza y… estará siempre condicionado ulteriormente por esos valores morales. Naturalmente, toda conducta buscará la aprobación de si es justa, si es deseable… Mas, ¿por qué no ceñirnos únicamente a qué es bueno y qué es malo? Si así fuere, nos limitaríamos a un espacio mucho más pequeño, un marco en el que el aquí y ahora sería más palpable, limitando-a-nosotros-mismos dichos significados. Parece pues que nuestro autor lo tiene bastante claro: “Enseño el no contra todo lo que debilita, contra todo lo que agota. Enseño el sí hacia todo lo que fortalece, acumula fuerzas, justifica el sentimiento de la fuerza. Dicho con otra terminología, todo lo que es bueno, es lo que favorece a la vida. Lo malo, lo que atente contra ella. Así todo lo que no sea una terminología enfocada a la vida (independientemente de que sea buena o mola en relación a la vida misma, ya que la vida posee de suyo cosas buenas y malas, así como nacimiento y muerte) se debería de catalogar como desprecio a ésta, como un no querer mirar aquí y mirar allá, un no reconocer que esta vida conlleva o puede conllevar todo ello, dicho de manera global, ser realistas y nombrar términos que se palpan en el día a día. Pero rechazar o evitar estos términos es rechazar todo el “discurso”: “Es ignominioso que todos los socialistas sistemáticos crean que podrán darse circunstancias, combinaciones sociales bajo las cuales el vicio, la enfermedad, el crimen, la prostitución, la miseria, dejen de crecer… Esto significa condenar la vida”. Suceda como suceda, ¡si ello no fuese de esperar en la vida, probablemente no estaríamos mirando cara a cara a este mundo, no miraríamos el “mundo sensible”, sino que miraríamos el “mundo inteligible”, repleto de perfección! Mas ¡ellos miran al mundo con una mirada desconfiada y lenta, incierta y falsa… mas siempre con la cabeza agachada mirando hacia arriba. Nosotros, pese a ello, miramos al mundo con una mirada confiada y firme, inquieta y limpia… mas siempre con la cabeza firme mirando hacia abajo! El problema es que ellos no tienen en mente más que creencias, suposiciones, valores, normas… (las cuales no hacen más que apretarte el gaznate) que no miran más que hacia arriba, olvidándose lo de abajo (esperemos que ellos no tropiecen como aquel antiguo filósofo y caiga por mirar hacia arriba). Aunque todo ello supone el pararse y preguntarse -y a la vez, responderse de manera sincera-: “¿Qué es una creencia? ¿Cómo se origina? Cualquier creencia es un tener-por-verdadero. La forma extrema del nihilismo sería la opinión de que toda creencia, todo tener por verdadero, son necesariamente falsos porque no existe en absoluto un mundo verdadero”. En efecto, toda creencia es un tener-por-verdadero, pero en particular Nietzsche apunta muy bien y está haciendo alusión a toda moral, a todo síntoma de religiosidad, a todo valor o norma que esté encaminado y orientado hacia el mundo inteligible. Así pues, todo ese conjunto de “farsas” no hace sino que darle la espalda a la vida, a este mundo. Aún más, es el actuar y depositar la confianza en algo que no existe, en alguna entidad que, para empezar, no tenemos constancia más que en nuestra mente, a modo de fe, o quizás a modo de vía rápida para la solución de nuestros problemas, problemas que ni siquiera nos atrevemos a resolver nosotros mismos, de lo contrario no pediríamos ayuda a ningún Dios. Huelga decir que si nos detenemos ante la falsedad de ese mundo inteligible, de sus promesas y de su desprecio por esta vida, nos damos cuenta del error que hemos cometido tanto tiempo. Si, por lo pronto, hemos detenido esa mirada en lo engañoso, habremos apreciado esa obra de teatro y esa comedia, así, en consecuencia, si todo es falso y nada más que charlatanería, hemos estado engañados por esas creencias, por esos ideales, apreciando, en suma, cómo toda esa estructura es falsa y mero fraude, ya que actuábamos y no-actuábamos, no a propósito de este mundo y lo que “yo” quiero (refiriéndome en función del mundo sensible y de mi voluntad de poder), sino que lo hacíamos en función de otro mundo y en relación a-lo-que-otro-quiere (quiero decir, en relación al mundo inteligible y de otra voluntad de poder que no es la mía). Sospecho que “aquel” mundo no es la causa de “este” mundo, ni su modelo, ni su ideal… sino que aquél es la condición imprescindible para que éste sea caracterizado como decadente, como falso o como “flojo” de fuerzas, puesto que éste estaría siempre en degradación, en continuo cambio, en continuo perecer, etc. así como que éste es la copia del otro. Mas si “aquel” mundo no es ni cambiante, ni perecedero… ¿no es sino contradecirse con la propia vida? Ciertamente, ya hay una contradicción porque en el término vida, hay implícitamente el término muerte y como se ha dicho, aquel es imperecedero y eterno, ergo no hay muerte ni destrucción.

De todos modos, pienso que hay una necesidad por parte del hombre de “inventar” un más allá para escaparse de esta muerte inevitable, de este continuo nacer. Me estoy refiriendo a lo que podríamos llamar ilusiones, es decir, me refiero al ilusionarte con vísperas de una-otra-vida, en ilusionarte con una recompensa de la otra vida, en ilusionarte, en definitiva, de “ilusión”. Significativamente, podríamos argumentar que Nietzsche sí apostaría por un tipo de ilusión: el de ilusionarte y emocionarte por la vida (la de aquí y ahora, claro). Eso sí, ¿aquél que tiene la necesidad de aferrarse al más allá, no es sino aquél que está “flojo” de fuerzas? Por esta razón, éste reivindicará y exclamará con razón que “dividir el mundo en un mundo <aparente>, ya sea a modo de cristianismo, ya sea a modo de Kant (en última instancia, un cristiano alevoso), es únicamente una sugestión de la décadence, un síntoma de vida descendente”. Ciertamente, los que opten por el mundo de la fe… no son sino parte de esa moral de esclavos, que se arrastran y se arrodillan, claro ejemplo de debilidad y de decadencia, de enfermedad y de cobardía por no afrontar ellos solos el problema. De todas las maneras, la propia decadencia no será algo que se haya de combatir, sino que ésta es obligatoria, “es un proceso natural de desgaste, un proceso necesario. Forma parte de la dinámica de la vida”, antes bien, contra lo que hay que luchar es contra aquello que atente hacia “lo sano” fisiológicamente hablando. Además, a dicho grupo (al de los decadentes) se les debería de unir el asceta, puesto que el no-desear supone el rechazo, del mismo modo, de esta vida, el negarse a todo tipo de placer que pueda llevar de por sí la vida, es en global rehuir la vida, porque ¿qué sentido tiene el no desear? -no me refiero exclusivamente a la doctrina schopenhauriana, sino en general-. Por este motivo, se distanció considerablemente de su “maestro”. No obstante, éste no es sino otra forma de forjar ni más ni menos que la decadencia y la debilidad. Es obvio pues, que si adoptamos la situación inversa, esto es, si decidimos afrontar nosotros mismos el papel y el problema, supone el rechazo por ese mundo y su ideal, supone el derrumbamiento de todo ello, la supresión, la extirpación, la erradicación, aun más, supone la carencia (gracias a su deseada muerte) de Dios, así como la falta de confianza, el recelo, la burla y el desprecio de todo ese mundo -como decíamos- y todo lo que este comparta. Mas, ¿ahora qué?

§ 3.- EL PASO PREVIO A LA SUPERACIÓN DE UN HECHO. EL NIHILISMO.

“El nihilismo tiene doble sentido.

  • El nihilismo como signo del creciente poder del espíritu: nihilismo activo.

  • El nihilismo como decadencia y retroceso del poder del espíritu: nihilismo pasivo.

  • Habría que comentar, antes de puntualizar sobre los aspectos específicos de este término, un significado más general de nihilismo. Hablaríamos de una reacción, un decir no, de este modo se reacciona “contra el mundo suprasensible, se le niega toda validez. Ya no desvalorización de la vida en nombre de valores superiores, sino desvalorización de los propios valores superiores. Desvalorización ya no significa valor de la nada tomado por la vida, sino la nada de los valores, de los valores superiores”, por eso, el nihilista lo negará todo: a Dios, al mundo suprasensible, a los valores, etc. Asimismo vemos cómo bajo el sello del nihilismo, observamos una depreciación en el conjunto de la vida, caracterizándose por una voluntad de la nada, por lo tanto para superar dicho nihilismo, no cabe otra salida más que el volverse contra sí mismo, caracterizándose pues por una voluntad de poder (fuerte, activa…), más aún, el cambiar la depreciación por la apreciación a la vida, la voluntad como voluntad afirmativa. De hecho, como bien señala E. Fink, “el nihilismo es, de esta manera, el tiempo intermedio en que final y comienzo se confunden”, está, pues, entre el final de la metafísica, de la moral cristiana… y la llegada de un nuevo pensamiento revitalizante, un inicio el que la vida sea puesta ante cualquier cosa como primera, como lo más básico y lo inicial a la hora de pedir un deseo, puesto que ella es el tesoro más deseado. En consecuencia, podemos entender que “la llegada del nihilismo es necesaria para poder comprender el verdadero valor de los valores que lo han hecho posible”, por este motivo pienso que es la implantación de un nuevo pensamiento, de un nuevo punto de mira: la vida.

    Ahora sí, señalemos, antes de nada, sólo como apunte, que podríamos catalogar como otro variante de nihilismo, aunque no lo concrete y desarrolle propiamente Nietzsche, aunque se presuponga. En particular, podemos apreciar (como bien señala G. Mayos) un nihilismo implícito, un nihilismo que no tiene conciencia de sí, que no sabe realmente qué está haciendo con su actitud, puesto que probablemente quizás ni lo desea a modo directo. Podríamos decir que dicho “nihilismo implícito es la condición de posibilidad de la afloración del explícito-pasivo”, por eso, este nihilismo implícito es un previo, es un necesitar cruzar el charco para llegar a la otra orilla, suponiendo que queramos llegar a la otra orilla. Así, el nihilismo se podría dividir en nihilismo implícito (el precedentemente comentado) y el nihilismo explícito, dividiéndose (como lo hace nuestro autor) en activo y pasivo. En cualquier caso, analizaremos el activo y el pasivo, que en el fondo es aquello de lo que Nietzsche se encargará y donde realmente el propio nihilismo cobra un sentido, en la obra nietzscheana.

    Puesto que para él “el concepto de Dios representa una renuncia a la vida, una crítica, incluso un desprecio a la vida”, era menester la muerte de Dios, obteniendo, en consecuencia, la supresión de todos los valores que miraban hacia arriba, que es el resultado de la ruptura con la metafísica, además es la supresión de la diferencia entre ser y apariencia, entre esencia y fenómeno, entre sensible e inteligible, etc. Hemos decaído en una “nada”, en una carencia de valores, en un no poder aferrarse a nada, en un no-poder-querer-nada, puesto que no hay valores, normas… De cualquier modo, incluso se puede equiparar a la muerte de Dios, con el nihilismo, como bien nos lo ilustra E. Colomer, a saber: “Nihilismo y <muerte de Dios> son en el fondo el mismo acontecimiento, en efecto, la muerte de Dios conlleva, de suyo, el nihilismo, la carencia, la nada... porque, en esencia, éste es la ontología del sistema, la base por así decirlo, por tanto, si destruimos los cimientos, recaemos en la nada. Ahora bien, el hombre se ha quedado solo consigo mismo, sin rumbo ni camino, mas un hombre sin metas ni aspiraciones, quizás no sea un hombre. En cuyo caso, ¿cómo se ha llegado hasta aquí? la respuesta “fácil y obvia” es la comentada precedentemente: la constatación de la muerte de Dios y consiguientemente la pérdida de sentido que éste conlleva. Con razón aquel “hombre loco” corría y corría buscando (sin fortuna) a Dios y que después de hablar con la gente, él les contestó a la pregunta que a dónde había ido a parar Dios (a modo de confesión sin ningún tipo de pudor): “¿Adónde se ha marchado Dios?, ¡os lo voy a decir! Lo hemos matado, ¡vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos! Pero, ¿cómo lo hemos hecho? (…) Lo más santo y más poderoso que el mundo poseía hasta ahora se ha desangrado bajo nuestros cuchillos, ¿quién nos limpiará de esta sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? (…)” y este hombre después de unos momentos de no creer lo que veía, contestó: “He venido demasiado pronto, no es todavía mi momento. Este acontecimiento enorme está todavía viviendo y de camino, y no ha llegado aún a oídos de los hombres. Verdaderamente, hablaríamos de nihilismo pasivo, en el que “se mata”, mas no se actúa, no se actúa entendido como un no apostar por algo que pueda sustituir a los valores precedentes, un dejar inacabado la labor porque en último término te queda construir algo, algo que no estás realizando. Aunque eso sí, (harto claro es que hacemos mención al mismo nihilismo, pero desde otro punto de vista), puede suceder que el ser humano, decepcionado y desconcertado, desee el no-querer (como vía del querer, puesto que el no-querer, ya es querer algo: la negación del acto de querer) para escapar de la vida, así, por ejemplo Schopenhauer apostó por el ascetismo como modo de escape de la wille, rechazando, esquivando y sorteando todo deseo incondicionado, presuponiendo que el desear fuere malo, ¿mas qué es más malo, el desear o el no-desear? Que el hombre esté motivado y condicionado por el deseo (Voluntad), no supone que se tenga que rechazar todo deseo, puesto que si ello es lo que pretendemos, estamos condenando a la vida, porque la vida es eso precisamente, es ese deseo, probablemente es esa voluntad de poder que quiere manifestarse, esa voluntad de poder que no quiere más que hacerse más fuerte, el luchar y perseguir, luchando y persiguiendo la moral decadente, intentando hallar no más que un triunfo y que específicamente no busca más que el propósito único de arrinconar y clavarle la espada al débil, pero no para matarlo, sino para ayudarle a superar su lastre, todavía más, en términos schopenhaurianos, extraerle el Velo de Maya y mostrar qué crudo es lo que esconde, pero Nietzsche lo tiene bastante claro al respecto, en función del autor de “El mundo como voluntad y representación”: “quiere escapar a una tortura”. Al menos, éste estaría con Schopenhauer al argumentar que eliminando a la Voluntad, nos convertiríamos (si es que se puede decir) en autónomos, descartando toda opción para que algo no-yo actúe o deje de actuar sobre mí.

    Por consiguiente, podemos decir que si eliminamos por completo, si eliminamos todo cuanto nos rodea, estaríamos en nuestro derecho a decir que el budismo (otra cara del ascetismo) elimina adicionalmente al propio “yo”, porque ese estado de nirvana sin nada a desear, hace, por ende, disolver todo momento de existencia (tanto física como psíquicamente), porque estoy con Hume al decir que si eliminamos del “yo” toda percepción, hallamos la nada inconmensurable, la negación de todo cuanto haya, por este motivo, pienso que se podría decir: (con el respeto del Sr. Descartes y probablemente con la aprobación de Schopenhauer) “deseo, luego existo”, de esta suerte, eliminando el deseo, eliminamos la existencia. Con todo, este tipo de nihilismo, un nihilismo pasivo que no apuesta por ningún sistema, más que la renuncia incondicionada a todo, es un nihilismo cobarde y sin fuerzas, sin amor a la vida como es obvio. Significativamente, (y al menos es ya algo) aquí hallamos a un hombre que por lo menos ha querido alguna cosa, el hombre ha preferido pues querer de manera distinta: ha puesto la negación en el hombre, en los sentidos, en la razón, en la apariencia, en el devenir, en la muerte, en el deseo… no obstante, englobaríamos a este grupo de negaciones con el sobrenombre de una voluntad de nada, un apartarse, un negar la vida. Aun así, “si prescindimos del ideal ascético, entonces el hombre, el animal hombre, no ha tenido hasta ahora ningún sentido. Su existencia sobre la tierra no ha albergado ninguna meta”, pero, incluso así, ya había ese anhelo de querer, aunque sea “querer la nada, antes que no querer”. Pero ¿qué sentido tiene anunciar y matar a Dios, si luego no tenemos fuerza suficiente para coger y enterrarlo, mas no sólo eso, sino tener ánimo suficiente para construir alguna empresa en el lugar de residencia de aquél? Justamente, este tipo de nihilismo es corrosivo, puesto que todos “los intentos de escapar al nihilismo sin transmutar los valores aplicados hasta ahora: producen el efecto contrario, agudizan el problema”, es probablemente un volver hacia atrás añadiendo un granito de arena al problema, porque eliminar los valores pero no añadir nada, no resulta sino algo igualmente decadente, algo igualmente débil y sin fuerza para seguir hacia delante, por eso, es en resumidas cuentas, un nihilismo fatigado. Por de pronto, nos deberíamos de preguntar qué sentido tiene haber detectado el problema cuando no se hace nada por superarlo, qué sentido tiene el detenerse y dejarse llevar por lo que fuere, si luego nos quedamos mirando a las musarañas. Por lo menos, ya hay ese pasito previo que ha sido el escepticismo en la moral, el pensar que ninguna opción por el refugiarse en un más allá, tiene sentido. Todavía más, a propósito de la moral y la religión, pienso (y siguiendo a R. Ávila) que “se trata de poner de manifiesto no errores o mentiras, sino falsificaciones implícitas que condicionan nuestra visión del mundo”. Circunstancialmente, mi modo de verlo es que la constatación de esos errores y mentiras, posibilitan y condicionan nuestro modo de apreciar y comprender el mundo e incluso nuestra “salud”, porque el confiar en algo así como en la “nada”, nos puede hacer depositar la confianza en ese más allá, dejando de banda a los nuestros, quienes precisamente sí nos pueden ayudar. Pienso ahora en depositar la confianza en la magia, en creencias, en dioses… rechazando la medicina propiamente (Testigos de Jehová…). En conclusión, pese a ello, en el nihilismo pasivo no veo más que un fraude, un querer mas no atreverse, pero sobre todo aprecio una moral insuperada, una existencia (si se le puede llamar así) de sufrimiento, porque si no eres lo suficientemente valiente como para seguir hacia delante y no mirar más (allá), realmente es porque aún no te has atrevido a dar el salto a la moral de señores, supongo porque es demasiado duro arrastrar el peso de la existencia, el cargártelo a tus espaldas (y no a las espaldas de ellos) sin que nadie te ayude, así Zaratustra tenía razón al decir que “mandar es más difícil que obedecer, porque es más fácil seguir el camino que no hacerlo, sin duda, el propio Zaratustra exclamaría aterrorizado: “nunca me ha gustado preguntar por caminos, ¡esto repugna siempre a mi gusto! Preferiría preguntar y someter a prueba a los mismos caminos”. Sin embargo, (y aquí es donde radica uno de los problemas, digamos lo que digamos) es muy difícil (por no decir imposible) rechazar por completo esa moral, esto es, después de haber superado el cristianismo, aún tenemos e incluso nos arropamos con esas sentencias y esos consejos, aún intentamos conservar el más allá, aún intentamos conservar la igualdad de personas… Claro ejemplo es la Semana Santa, repleta de devotos. Todavía más incluso, aunque se haya conseguido matar a Dios, “seguirá habiendo, quizá durante milenios, cuevas en las que se enseñe su sombra. Y nosotros, ¡nosotros tenemos que vencer aún a su sombra!. Quizás todo ello no sea más que un error, un equivocarse de lugar, un mirar a donde no tienes que mirar: un error “visual”, empero, este visualizar es tanto empírico como metafísico. De esta suerte, lo que mejor podríamos hacer, ni más ni menos, es poner los pies en la Tierra y pisar fuerte, pisar sin miedo a que nada ni nadie se rompa, quiero decir, habría “que ver las cosas exactamente a la inversa. El mundo verdadero a la metafísica es, en realidad, un mundo aparente, y el mundo que la metafísica tenía por aparente es, en realidad, el verdadero”. Concluyentemente, estábamos en un error y hay que hacer ese giro, hay que mirar hacia otro lugar, pero sobre todo hay que luchar por unos objetivos, despojándonos del peso que nos abruma: “lo que hay que combatir es la decadencia, es decir, el cansancio, el descontento, la vida que se vuelve contra la vida, la melancolía, el espíritu de la pesadez, la debilidad, y, en definitiva, la enfermedad”, por este motivo, no hay que detenerse en ese nihilismo, hay que constatarlo, que sería el primer paso, mas no hay que estancarse sino que hay luchar contra él, hay que combatir ese cansancio pero con ánimo, con fuerza y con ilusión por instaurar valores nuevos, unos valores que tengan como primera apuesta la vida, antes bien, al hablar de vida, podemos poner como sinónimo de ésta, voluntad de poder, mas sea como sea, estaríamos en condición y derecho a decir que vida (o voluntad de poder) sería aquello que tiene que superarse a sí mismo, el luchar contra los obstáculos. Me explico, el desplegar la fuerza, el desplegarse continuamente (aunque se tenga que pasar por encima de algo o alguien), de este modo dice Nietzsche: “en todos los lugar donde encontré seres vivos, encontré voluntad de poder. (…) Y este misterio me ha confiado la vida misma. Mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo”. Por este motivo, el superarse, el luchar y seguir vivo, es signo característico de aquel nihilismo activo, aquel que no se contenta con anunciar la muerte de Dios, sino que es el que posee fuerzas suficientes para reírse aún de ello, es el encargado de sustituirlo en el trono, es el señor que se enorgullece cuando le llaman Dionisio, es el apaciguamiento en persona. Por esta razón, la lucha de fuerzas, el haber superado la eliminación de aquella máscara, la supresión y erradicación de aquella voluntad de poder (débil), ha dado lugar a otra voluntad de poder (fuerte), una moral de señores que ya no tiene por qué seguir a nada ni a nadie, más que a la propia vida, pero sobre todo el haber superado esa prueba ha dado lugar a la autonomía. En efecto, al superar el examen de “la soledad” le ha hecho ver que estamos-solos-con-nosotros-mismos, que nada ni nadie nos va a ayudar a superar los problemas y menos alguien “que no conocemos”. Por esta razón, hemos dejado de banda ese nihilismo fatigado, para adentrarnos en un nihilismo activo, alguien que se atreve a hablar, alguien que se atreve a levantarse y pronunciarse (después de haberse caído), me refiero al “ideal del hombre totalmente petulante, totalmente lleno de vida y totalmente afirmador del mundo, hombre que no sólo ha aprendido a resignarse y a soportar todo aquello que ha sido y es, sino que quiere volver a tenerlo tal como ha sido y como es, por toda la eternidad, gritando insaciablemente da capo!, así es, hablaríamos de aquel hombre que después de “negociar” con aquel genio, escribiría y firmaría un contrato el cual no comente más que un volver a querer, un firmar, “decir un santo sí” a un solo instante de la vida y todo lo que ésta ha comportado, afirmando, enorgulleciéndote y sonriéndole a la vida una y tantas veces como ponga en aquel contrato, incluso lo malo y patético que ésta traiga consigo, viviéndola apasionadamente una y mil veces, tantas como en aquella estipulación argumente, . Pienso que para hacer el tránsito de ese nihilismo pasivo a ese nihilismo activo, hay un factor significativamente importante, éste consta en que el nihilismo pasivo, condena contra la acción, se reprime e incluso apostaría que lo ve con ojos pequeños y vacilantes, en lugar de encaminar y dirigir la acción hacia algún punto, hacia algún fin u objetivo, como trata de ejecutar el nihilismo activo. Es, dicho concisamente, la superación del hombre por el hombre, que no busca más que el superhombre, cuyas únicas palabras que se le pueden oír a éste son: “sí a la vida”. Éste tipo de hombre el cual luchará, se arrastrará luchando, luchará arrastrándose para coger el sentido verdadero de la vida, en suma, el que anhela el sentido de la vida aunque tenga que arrastrarse y luchar por “sólo” ella, todavía más, sería “el que trabaja e inventa para construirle la casa al superhombre y prepara para él la tierra, el animal y la planta. Quien justifica a los hombres del futuro y redime a los del pasado. Quien castiga a su dios porque ama su dios. Así es, y concretamente estoy con R. Ávila cuando afirma: “si comprendemos que el nihilismo es la victoria del cinismo o de la melancolía; (…) se entenderá también la importancia del valor, de la decisión (…), pero para movilizarse, para llevar a cabo la acción es absolutamente necesario el entusiasmo, es decir, el ánimo entendido no sólo como coraje, intrepidez o valentía, sino también como voluntad, propósito, intención y, sobre todo, como exaltación, fervor, pasión, frenesí”, dicho concisamente, para combatir ese nihilismo hay que tener “valentía y pasión” por la vida, atreverse a mirarla a los ojos aguantando la mirada sin dudar de ella. De hecho, este “pretendiente”, ese hombre tiene que expresar (en él mismo) la mayor grandeza según Nietzsche: “amor fati [amor al destino]: el no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad, aquí utiliza este término para asignar la actitud del (pretendiente) superhombre ante la vida y el suceder cósmico, no sólo se aceptará el destino como necesario, sino que se amará esta misma necesidad. Pero no nos alejemos de lo que sería el nihilismo activo propiamente. Éste es la superación del pasivo, el no contentarse con la negación, sino el buscar y conseguir una solución al problema, un poner manos a la obra y pasar delante de él, colocando unos valores, colocando un sentido para que no sea “en vano” la lucha, poner como único punto de mira y de aspiración, a la vida, a la mismidad de la vida. Finalmente, el nihilismo “es superado cuando, tras la muerte de los dioses, no consideramos ya el más acá como el mundo desdivinizado, abandonado por los dioses, sino cuando este mundo sin dioses comienza a resplandecer a la luz de la nueva experiencia del ser “. Así pues, hay que entender a la vida y a la voluntad de poder, como el fundamento ontológico del sistema. Por lo tanto, de este cambio de miras, pasaríamos de una moral de esclavos a una moral de señores. Por lo pronto, este último grupo es lo suficientemente fuerte como para cargar a sus espaldas el peso de la existencia, el peso de la propia vida, el peso-de-ellos-mismos y no me refiero al camello, sino aquel león que ha sabido superarse como león , convirtiéndose, consiguientemente, en un niño, eso sí, muy fuerte y muy seguro de sí. Ahora bien, el nihilismo será vencido, sólo y únicamente si es vencido por sí mismo, sólo si el único enemigo es éste mismo, en tanto que el nihilismo (pasivo) niega y el nihilismo (activo) lo niega. Para ello, el nihilismo activo será el reflejo de la transmutación de todos los valores y éstos, en particular, “son, pues, en Nietzsche condiciones de la voluntad de poder. Son proyecciones, juegos que la vida realiza inconscientemente para afirmar y experimentar su poder”.

    Es obvio que si cambiáramos todos los elementos que hasta la fecha residían, todos los que pedían ayuda a éste, todos los que dependían por cualquier motivo de aquél valor, se destruirán. Dicho de otra manera, si ponemos el ejemplo de la erradicación del “mundo inteligible”, todos los valores que tengan como base a éste, pierden consistencia. Naturalmente, este destruir significa: “el punto, el momento de transmutación de la voluntad de la nada. La destrucción se hace activa en el momento en que, al ser rota la alianza entre las fuerzas reactivas y la voluntad de la nada, ésta se convierte y pasa al lado de la afirmación, se refiere a un poder de afirmar que destruye a las fuerzas reactivas. La destrucción se hace activa en la medida en que lo negativo es transmutado”. Dicho de otro modo, el hecho de negar (destruir) es un factor positivo, es un previo, un afirmar la vida en tanto que niega los valores que azotaban la vida, para darle una caricia a ésta. Por esta razón, hay que decir que “la vida es lo último: es la condición de posibilidad de todos los valores, pero ella misma no puede ser valorada: está más allá del bien y del mal, más allá de los valores. Cuando, por parte de un viviente, la vida es despreciada, degradada, extenuada, manifiesta un tipo de vida, pero una vida descendente, degradada, extenuada, de hecho es una ontología del sistema nietzscheano. Mas, concretemos en qué consiste dicha transvaloración, a saber:

    1.- Cambio de cualidad en la voluntad de poder. En global podemos argumentar que la visión que tendríamos de la vida, no sería la de castigarla, amargarla o marginarla, todo lo contrario, sería la de alabarla y adorarla, o sea, afirmarla.

    2.- Paso de la ratio cognoscendi a la ratio essendi de la voluntad de poder. Dicho paso ha expresado una voluntad de la nada, cuya forma y expresión es la negación en toda su extensión, pero esta constituye sólo una expresión, por otro lado, la ratio essendi constituye la afirmación, pero precisamente la afirmación excluye y aparta a la negación, la destruye por así decirlo (aunque sólo sea en esa relación causal específica), de hecho, prevalece finalmente la afirmación.

    3.- Conversión del elemento en la voluntad de poder. Como hemos visto en 2) la negación deja paso a la afirmación, lo que pasa es que entre ambas, hay un proceso, un cambio de miras, es, en definitiva, la propia negación la que se transforma en afirmación, puesto que la negación primero niega a la vida, pero posteriormente la propia negación se niega a sí misma, surgiendo, por ende, la afirmación. Es “el hombre que quiere perecer, el hombre que quiere ser superado; en él la negación se cambia de sentido, se ha convertido en poder de afirmar, condición preliminar al desarrollo de lo afirmativo”.

    4.- Reino de la afirmación en la voluntad de poder. Una vez pasado el punto 3) sólo nos queda la afirmación. La afirmación es la única cara de la voluntad de poder, el cambio de disfraz, por ello la afirmación cobra por completo autonomía respecto a la negación, aunque siempre esté al acecho por si aparecen valores decadentes para actuar.

    5.- Crítica de los valores conocidos. Huelga decir que todos los valores que estén por detrás de la afirmación, pierden valor, pierden consistencia. Para ellos el ¡no! siempre tiene que estar ahí, para convertirse en un ¡sí!

    6.- Inversión de la relación de las fuerzas. He aquí pues cómo todo lo que decaía, todo lo que depreciaba a la vida, se ha tenido que superar, especialmente, se ha tenido que dar la vuelta al no y poner el sí. Todos estos valores han sido cambiados por otros que aprecien y eleven la vida.

    Justamente, hemos visto cómo en la moral de esclavos rezaba un eslogan significativo: “seré lo que tú quieras ser”, por otro lado, en la moral de señores el suyo argumentaba: “seré lo que yo quiera ser”. Pero el paso previo el cual debería de estar entre éstas, sería el nihilismo, primero pasivo y luego activo, para pasar del tú al yo. Pero, “¿Quienes se revelarán como los más fuertes? Los más templados, aquellos que no tienen necesidad de ningún extremo artículo de fe, aquellos que no sólo admiten una buena dosis de azar y sinsentido sino que lo aman, aquellos que pueden pensar al hombre mediante una significativa reducción de su valor, sin por ello convertirse en pequeños o débiles: los más ricos en salud que han podido competir con la mayoría de las desgracias y, a pesar de ello, no las temen. Hombres que están seguros de su poder y que representan con consciente orgullo la fuerza lograda por el hombre”. Ciertamente, se reflejará un hombre cuya esencia es creatividad, por eso cuanto más originariamente poeta, pensador, artista… sea, más se acercará a la autenticidad, de hecho aquí se vería -a su manera- la posición heideggeriana de la vida auténtica, aquella que cobra un sentido particular después de “hablar” con la muerte, y claro está, desde la postura nietzscheana ese hablar no es sino con ese nihilismo. Luego el hombre se adquirirá a sí mismo, dictándose sus propios valores, o lo que es lo mismo, estará en sus propias manos el crear nuevos valores.

    Por este motivo, Nietzsche se sentiría orgulloso de nosotros si lanzásemos al aire la exclamación: “Dios ha muerto”, pero más orgulloso aún se sentiría si gritáramos: “Nietzsche ha muerto”, poniendo en su lugar la afirmación: “yo, [y sólo yo] vivo”.

    La Voluntad de poder, I, § 12 A.

    Convivium, núm. 19, pág. 68.

    Ibíd., pág. 71.

    Ecce homo, “Por qué soy yo un destino”, § 4.

    La Genealogía de la moral, III, § 5, pág. 134.

    Nihilismo: Fragmentos póstumos, § 2 [205].

    Así habló Zaratustra, “Del amor al prójimo”.

    Ecce homo, “Aurora”, § 2.

    El Anticristo, § 2.

    El Arte de ser feliz, Regla nº 3, pág. 37. Ed. Herder (2000).

    La Voluntad de poder, I, § 6.

    Supongo que es uno de los graves problemas de Kant, al no poder discernir con total certeza, si obramos bajo un imperativo categórico totalmente categórico, o sea, si no que si detrás de la acción, no se esconde alguna finalidad más, que no es la acción en sí, en definitiva, en no diferenciar con tal certeza si es un imperativo categórico o si es uno hipotético.

    Ibíd., I, § 11.

    Así habló Zaratustra, “Del espíritu de la pesadez”.

    La Voluntad de poder, I, § 54.

    Ibíd., I, § 40.

    Ibíd., I, § 15.

    Entiendo por voluntad de poder, tanto la esencia del hombre como la esencia de la vida, claro está que dentro de cada uno de estos presupuestos, podrán haber más de un significado en relación a ellos, mas pienso que podría ser una clasificación a modo general. De todos modos, hablaríamos de una voluntad de poder débil o fuerte, a propósito de “su fuerza”, o sea, de si se deja llevar por otros o no, de si se arrastra por algo o no (siempre y cuando que ese algo no sea la propia vida, porque si así es, sin duda, hablaríamos de una voluntad de poder fuerte), pero siempre la voluntad de poder, se tendrá que entender como una fuerza, una fuerza que intenta ejercer poder sobre algo o sobre otra voluntad de poder (una fuerte lo hará a otra débil, una moral de señores a una del rebaño…). Nietzsche, no obstante, hablará de diversos significados, en cualquier caso, una aproximación de lo comentado precedentemente, la hallaríamos en el § 36 de “Más allá del bien y del mal”.

    El Crepúsculo de los ídolos, “La <Razón> en la filosofía”, § 6.

    Convivium, núm. 19, pág. 80.

    La Voluntad de poder, I, § 22.

    Nietzsche y la filosofía, pág. 208.

    La filosofía de Nietzsche, § 4.5, pág. 185.

    Convivium, núm. 19, pág. 67.

    Nihilismo: Fragmentos póstumos (introducción).

    La Voluntad de poder, II, § 141.

    El pensamiento alemán: de Kant a Heidegger, pág. 281.

    La Gaya ciencia, § 125.

    La Genealogía de la moral, III, § 6, pág. 137.

    Ibíd., § 28, pág. 203.

    La Voluntad de poder, I, § 28.

    Identidad y tragedia, pág. 106.

    Claramente me refiero a conflictos de bioética, en el que el médico tiene que responder delante del código deontológico propio de su rama, esto es, el médico debe de luchar por la vida del paciente a toda costa, pero por otro, tiene que hacer patente, tanto el consentimiento informado, como principios de autonomía (por ejemplo) en el que si el paciente es competente, si es calificado (psicológicamente) de autónomo, deberá de respetar su decisión. Aunque de todos modos, al entrar opiniones, creencias… globalmente, al entrar la religión, suele haber más de un quebradero de cabeza para saber quién prevalece sobre quién. Supongo que el ejemplo más claro está al “intentar” realizar una transfusión de sangre.

    Así habló Zaratustra, “De la superación de sí mismo”.

    Ibíd., “Del espíritu de la pesadez”.

    La Voluntad de poder, I § 30.

    La Gaya ciencia, § 108.

    El pensamiento alemán: de Kant a Heidegger, pág. 285.

    Identidad y tragedia, pág. 199.

    Así habló Zaratustra, “De la superación de sí mismo”.

    Más allá del bien y del mal, § 56.

    La gaya ciencia, § 341.

    En esta ocasión, me refiero únicamente a un eterno retorno a propósito de lo ético, dejando de banda el argumento cosmológico, en cualquier caso hacemos alusión a un tipo de moral, una moral de señores. Si bien no, el argumento cosmológico también tendría que ver con ello, mas no implícitamente, más todavía, si este vendría a referirse, más propiamente, a otro tipo de cosmología el cual “haría frente” a la tradición cristiana, en el que había un principio, en dicha posición, al ser cíclica, no remite a ningún principio, o lo que es lo mismo, no remitiría a ningún Dios, a modo de comienzo que dé fe de todo cuanto haya, en tanto que están bajo su patrocinio. De cualquier modo, comentemos -de manera casi anecdótica- que la primera definición de eterno retorno, se hallaría en “Así habló Zaratustra”, en el § “De la visión y enigma”.

    Así habló Zaratustra, Prólogo § 4.

    Identidad y tragedia, pág. 304.

    Digo pretendiente, porque al final, en el superhombre, no veo más que una utopía, un ideal que jamás se hará factible, pero al fin y al cabo, es algo que anhelar y desear.

    Ecce homo, “Por qué soy yo tan inteligente”.

    Recuerda aquí, claramente, al estoicismo al hablar del destino y afrontar de la misma manera a éste, tomando el futuro como pruebas para autoafirmarse, superándolo una y otra vez, adquiriendo más fuerza y confianza.

    La filosofía de la Nietzsche, § 4.3, pág. 183.

    Así lo englobo, puesto que considero, no sé si acertadamente, que aquellos que se estancan en el nihilismo pasivo, todavía están anclados una moral de esclavos, que no ordenan su vida sino es gracias a alguna voz o porque no tienen fuerza suficiente como para poner ellos mismos la voz.

    El pensamiento alemán: de Kant a Heidegger, pág. 314.

    Nietzsche y la filosofía, pág. 245.

    Convivum, núm. 19, pág. 76.

    Nietzsche y la filosofía, págs. 246-247.

    Nihilismo: Fragmentos póstumos, § 5 [71].