Fray Luis de León

Literato salmantino. Teólogo. Hereje. Inquisición. Poeta intimista. Poemas místicos. Búsquedad de Dios

  • Enviado por: Kron
  • Idioma: castellano
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Fray Luis de León

Vida

Nació en Belmonte (Cuenca), en agosto de 1.527, hijo primogénito de una distinguida familia. Tuvo tres hermanos y dos hermanas y su padre, Lope de León disfrutó de una gran influencia en la Corte de Madrid y Valladolid como sabio jurista, llegando más tarde, a oídos de la Cancillería de Granada. Gracias a esta influencia hubiera podido prepararle a su primogénito una brillante carrera, amén de dejarle una renta considerable, pero a todo ello renunció voluntariamente el joven Luis. Antes de cumplir los 17 años profesaba en la Orden de San Agustín, en Salamanca, el 29 de Enero de 1.544. Parece ser que renunció al mundo por propia inclinación, sin que ningún motivo de carácter interno o externo le indujera a ello. Luis de León había vivido y estudiado algún tiempo antes de entrar en el convento de San Pedro de la Orden Agustina con su tío Francisco de León, distinguido profesor de Derecho de la Universidad de Salamanca. Desde el momento en que fue novicio se dedicó con gran celo al estudio de la ciencia que merecía mayor consideración en su época, la Teología, sin abandonar por eso los estudios preliminares de la Faculta de Artes, especialmente el estudio de las lenguas clásicas latina y griega. El hebreo y el arameo había de estudiarlos después como estudiante de Teología. Sus estudios duraron unos diecisiete años. Durante casi todo este tiempo estuvo en Salamanca, con la sola excepción de unas cortas estancias en Alcalá, Soria y Toledo, donde alcanzó el grado de Bachiller. En Salamanca consiguió, en mayo y junio de 1.560, respectivamente, los grados de licenciado y de maestro en Teología. Los dominicos Melchor Cano y Domingo de Soto fueron entre sus maestros los que mayor influencia ejercieron sobre él, ya fuera por su actitud combativa, ya fuera por el carácter filosófico, principalmente patrístico y tomístico, de su teología.

Ya durante sus estudios tuvo ocasión de ejercitarse y distinguirse como maestro, orador y lector dentro de su Orden, tanto en Soria como en Salamanca y otros lugares en que los agustinos celebraron reuniones capitulares, fiestas religiosas, etc. Cuando, a finales de 1.561, aspiró a la entonces vacante cátedra de Teología de la Universidad de Salamanca, no faltaron en sus discursos ataques contras sus competidores, los dominicos. Habiendo obtenido, después de un primer fracaso, el triunfo, se atrajo el rencor de esa Orden que había de perseguirle largo tiempo aún después de su muerte.

Durante los años del Concilio de Trento (1.545-63) se multiplicaron y agudizaron las dudas, disputas y sospechas en cuestiones tocantes a la fe, así como las persecuciones por herejía. Los éxitos docentes y la franqueza y presencia de ánimo del sabio y fogoso joven profesor, que hablaba siempre ante más de 300 oyentes y gozaba no sólo de las simpatías de los estudiantes, sino también de la confianza y la amistad del rector Pedro de Portocarrero, y de sus sucesores Diego Zuñiga y Sotomayor y Juan de Almeida, tuvo necesariamente que producir envidias y rivalidades. Así fue formándose una amenazadora tempestad de acusaciones sobre la cabeza del admirado agustino que tan profundo conocimiento de la Biblia demostraba. En los primeros meses del año de 1.572 descargó el turbión: juntamente con Gaspar de Grajal y Martín Martínez, dos teólogos colegas suyos que representaban sus mismos puntos de vista, fueron detenidos y llevados a la cárcel de la Inquisición de Valladolid. Se le acusaba de que en su comentario a la Biblia daba preferencia al texto original en hebreo sobre el texto latino de la Vulgata, y que la causa oculta de esta preferencia había que buscarla en su actitud favorable al judaísmo, heredada con la sangre de sus antepasados suyos de esa raza y religión. En una palabra, fue considerado por sus adversarios, especialmente por los dominicos León de Castro y Bartolomé de Medina, como “judaizante”, su amigo Grajal no era seguramente “cristiano viejo”. Respecto a su propia prosapia no puede decidirse hoy la cuestión con absoluta seguridad: Luis de León opone, sin embargo, al hecho de que la abuela de su madre hubiera sido condenada por la Inquisición, en Cuenca, el año 1.512, a causa de su cristianismo dudoso, la afirmación de que todos sus antepasados fueron puros en su fe. En medio de la antigua costumbre española de equiparar la pureza de la fe con la pureza de la sangre y del temor que dominaba entonces en lo tocante a las cuestiones de fe aparece envuelta la parte que pudiéramos llamar fisiológica de la cuestión, entre sus suposiciones y sospechas en que los argumentos se oponían los unos a los otros sin base ni motivación alguna. Pero Luis de León aparece ante todo el mundo, con la obra de su vida, como un carácter sincero y limpio de toda falsedad y temor a los hombres, por lo que resulta difícil atreverse a poner en duda o a interpretar mal sus declaraciones. Sus adversarios, especialmente el apasionado Luis de Castro, mezclan continuamente, en el ardor de la discusión, la cuestión de la crítica de textos acerca de la primacía de la traducción latina o del texto hebreo, basándose en puras razones fisiológicas, sin que en ello tuviera arte ni parte la sangre semita, es algo que no quería admitir su implacable enemigo. Aparte de esto se acusó a Fray Luis de haber compuesto una traducción española del Cantar de los Cantares y de haberla difundido, a pesar de la prohibición eclesiástica de hacerlo. En efecto, Luis de León había llevado a cabo esa traducción a petición de la monja Isabel Osorio, prima suya. Sin tener conocimiento de ello se habían hecho algunas copias de esa traducción, llegando algunas hasta Portugal e incluso hasta el Perú.

Si los trámites del proceso se hubiesen llevado a término de una manera imparcial y objetiva, éste hubiera podido concluirse en pocos meses, ya que en él no entraron en juego cuestiones fundamentales del dogma ni temibles herejías. Pero en lugar de esa rápida tramitación posible se tuvo encarcelado a Luis de León durante cinco largos años en la cárcel de la Inquisición de Valladolid, desde marzo de 1.572 hasta finales de 1.576. Culpable de esto fue en primer lugar el formalismo molesto y lleno de triquiñuelas y trampas de los inquisidores, a causa del mal algunos de los detenidos, entre ellos el amigo de Luis de León, Gaspar de Grajal, murieron lentamente en la cárcel. En el terrible verano de 1.575, cuando Grajal moría en su celda, Fray Luis echa en cara a sus jueces su proceder.

Los catorce años que le quedaban de vida se pasaron en medio de un abrumador trabajo cada vez más interrumpido por su estado de postración y sus enfermedades. Se necesitaba cada vez más de su consejo, su colaboración y su presencia para la edición oficial de las obras de San Isidoro y de Sta. Teresa de Ávila, para la reforma del calendario papal, para la defensa de los derechos e interese de la Universidad, para intrincadísimas negociaciones con el arzobispo, con los funcionarios reales y hasta con el mismo rey Felipe II; para la representación de su convento en los capítulos de la orden, etc... Finalmente murió en 1.591.

Obras

Fray Luis de León fue el modelo de la escuela salmantina, que era un grupo de poetas del siglo XVI cultivadores de una lírica en la que el sujeto expresa su intimidad ligada a cuestiones de índole religiosa, moral y filosófica. Entre estos sobresalen Francisco de Sánchez de las Brozas, fray Basilio Ponce de León etc.

A mediados del siglo XVI, la influencia garcilasiana cristaliza en las obras de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz. El amor ya no será humano, sino divino; la poesía religiosa alcanza en la obra de estos autores sus más altas cotas. La poesía de Fray Luis de León, de carácter intimista, está sacudida por el ansia de paz espiritual y por la añoranza de Dios. Este nuevo estilo también tiene su causa en la Reforma protestante que asolaba a España durante la mitad del siglo XVI. Este nuevo estilo se acomodó a la expresión de actitudes espirituales muy alejadas de la poesía pastoril. El primer gran poeta de este género, como mencionábamos antes, es Fray Luis de León, en cuyos versos la devoción cristiana se conjuga con el culto a la belleza, el amor a la naturaleza y la búsqueda de la serenidad clásica característica del renacimiento. Los poemas de Fray Luis de León suelen tener un lenguaje “sencillo”, con unas imágenes y personificaciones mucho más sencillas y menos artificiosas que las de otros poetas, como por ejemplo Lope de Vega. A Fray Luis de León no se le suele incluir dentro de los escritores místicos, aunque algunas de sus obras tratan este tema. La mística designa el proceso a través del cual el alma llega a la unión con Dios. Este camino venturoso comprende tres vías consecutivas: la purgativa (depuración del alma y abandono de lo sensitivo y terrenal), la iluminativa (encuentro de la luz divina) y la unitiva (encuentro del alma con Dios, en total entrega y disfrute amorosos. La diferencia que suele hacer que Fray Luis de León no se incluya entre los místicos, es que sus poemas que tratan sobre la mística suelen terminar en un “anhelo místico”, mientras que los poemas de los considerados verdaderos místicos, suelen acabar con una especia de “comunión mística”.

Como prosista se considera su obra maestra “De los Nombres de Cristo” (1.583), donde estudia los epítetos sagrados, que se aplican al Redentor, en forma de conversación entre tres religiosos. La aridez de la discusión y la argumentación escolástica son atenuadas por la honda emoción poética y las maravillosas descripciones de paisajes; en “La perfecta casada” (1.583), cuyo título es muy expresivo, se muestra profundo moralista, y en la traducción y comentario del “Libro de Job” desenvuelve su filosofía, en la que se funden de un modo feliz el ascetismo cristiano y el estoicismo clásico, pero un estoicismo que se deja llevar fácilmente por el sentimiento. Como poeta lírico, aparte sus traducciones de los clásicos y de los libros santos debe su fama a un pequeño número de composiciones originales en que la pura tradición horaciana y las tendencias a lo divino de la poesía platónica se unen y vivifican con las mejores esencias del misticismo español. Entre estas composiciones insuperables son conocidísimas las siguientes: “A la Ascensión del señor”, las quintillas dedicadas a Salinas, el famoso músico ciego; “Noche serena”, en que muestra su alma ávida de infinito; la popularísima oda a “La vida del campo” y “La Profecía del Tajo”, de tonos patrióticos y enérgicos. Con ser Fray Luis un poeta tan sabio y culto, tan enamorado de la antigüedad y tan lleno de erudición y doctrina, es, en la expresión, lo más sencillo, candoroso e ingenuo, y no por artificioso, sino porque, juntamente con la idea, brotaba de su alma la forma pura y perfecta, plena de casticismo y propiedad, cualidades unidas a una donosura y elegancia incomparables. Es una figura señera de la literatura española y preside el grupo de poetas salmantinos, como antes se comentaba, de pensamiento profundo y forma sobria, al mismo tiempo que se le califica de afectivista como místico.