Francis Fukuyama

Filosofía de la Historia. Democracia Liberal. Fin de guerra ideológica. Forma final de gobierno. Occidente

  • Enviado por: Lagartija
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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INTRODUCCIÓN

Este trabajo, realizado para la asignatura de Filosofía de la Historia, en la Universidad de Barcelona, es una breve reflexión acerca del pensamiento del autor Francis Fukuyama (Chicago, 1952) en comparación con el pensamiento actual acerca de sus temas de debate.

Las tesis de dicho autor están extraídas de dos fuentes: El artículo titulado ¿El fin de la Historia?, que escribió para la revista The National Interest en 1989, y el libro titulado El fin de la Historia y el último hombre, origen del cual se encuentra en el artículo.

Estas dos fuentes existen gracias a la invitación hecha a Fukuyama a dar una conferencia con el título Fin de la Historia durante el año académico de 1988-1989, formulada por los profesores Nathan Tarcov y Allan Bloom, del Centro John M. Olin para la Investigación de la Teoría y la Práctica de la Democracia, de la Universidad de Chicago.

ANÁLISIS CRÍTICO

Fukuyama argumentaba que un notable consenso respecto a la legitimidad de la democracia liberal como sistema de gobierno había surgido en el mundo al ir venciendo a ideologías rivales, como la monarquía hereditaria, el fascismo y el comunismo. Más que esto argüía que la democracia liberal podía constituir “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad”, la “forma final de gobierno”, y que como tal marcaría “el fin de la historia”.

“El triunfo de Occidente, de la idea occidental, queda patente ante todo en el agotamiento total de alternativas sistemáticas viables al liberalismo occidental”.

“Es posible que lo que estamos presenciando no sea simplemente el final de la guerra fría o el ocaso de un determinado período de la posguerra, sino el final de la historia en sí; es decir, el último paso de la evolución ideológica de la humanidad y de la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno humano".

Así, concebía que la democracia liberal de su época estaba libre de cualquier contradicción interna fundamental (si surgía algún problema, éste era debido simplemente a una aplicación incompleta de los principios gemelos de libertad e igualdad más que a una falla de los principios mismos; contradicciones como la religión o el nacionalismo), es decir, que no era posible mejorar el ideal de la democracia liberal.

Esta concepción puede enmarcarse dentro de las concepciones de la historia internacionalistas, surgidas después de las nacionalistas. Actualmente son los discursos nacionales, estatales, unitarios, los que han tomado otra vez el relevo.

La historia puede ser un elemento de cohesión social. Las visitas a la historia son interesadas y para legitimar. La historia sirve, según el pensamiento actual, para crear una identidad colectiva. Todo esto tiene un peligro, puesto que no todos los individuos conseguirán sentirse o identificarse bajo esta identidad, lo que pasa por alto la democracia liberal de Fukuyama.

Las operaciones ideológicas, que seleccionan de todos los datos aquellos que apuntan a la situación presente, quieren presentar lo que era contingente como algo necesario, y lo que puede cambiar como algo eterno; legitimar el poder. Consolidar, eternizar las cosas más allá de lo razonable. Pero el presente es una simple etapa que no se va a perpetuar de forma inexorable. Legitimación que ya fue comentada por el autor:

“La noción de que la ideología es una superestructura impuesta en un sustrato de intereses permanentes de las grandes potencias es una idea altamente cuestionable. En efecto, cada Estado define su interés nacional no de un modo universal, sino en función de algún tipo de base ideológica;...”.

“En nuestro siglo, los Estados han adoptado doctrinas altamente articuladas, tales como el marxismo-leninismo o el nacional-socialismo, con programas explícitos de política exterior que legitimizan el expansionismo”.

Muchos autores contemporáneos de Fukuyama quedaron confundidos por la utilización de la palabra “historia”, entendiendo la historia en el sentido convencional de sucesión de acontecimientos. Pero lo que él sugería que había llegado a su fin no era la sucesión de acontecimientos, sino “la historia” entendida como un proceso único, evolutivo, coherente. Manera de entender la historia estrechamente relacionada con el filósofo alemán G. W. F. Hegel, convertido en premisa fundamental gracias a Karl Marx, que tomó de Hegel esta concepción de la historia.

Tanto Hegel como Marx creían que la evolución de las sociedades humanas no era infinita, sino que acabaría cuando la humanidad hubiese alcanzado una forma de sociedad que satisficiera sus anhelos más profundos y fundamentales. Ambos pensadores postulaban un “fin de la historia”; para Hegel era el estado liberal, mientras que para Marx era una sociedad comunista, lo que significaba que no habría nuevos progresos en el desarrollo de los principios e instituciones subyacentes, porque todos los problemas realmente cruciales habrían sido resueltos. Al igual que ellos, Fukuyama en el libro gira entorno a la misma cuestión: si al final del siglo XX tiene sentido hablar de nuevo de una historia direccional, orientada y coherente, que posiblemente conducirá a la mayor parte de la humanidad hacia la democracia liberal. (Respuesta que para él es afirmativa).

“El Estado que surge al final de la historia es hasta ahora liberal, puesto que reconoce y protege el derecho universal del hombre a la libertad mediante un sistema de leyes, y es democrático en la medida en que sólo existe con el consentimiento de los gobernados”. (Hágase referencia otra vez a lo que implica esta identidad colectiva).

Tanto los que afirman que la historia ya ha acabado como los que dicen que acabará en un tiempo posterior tienen una visión de la historia macroteleológica. Es una visión judeo-cristiana: el mundo caminando en una dirección hacia un fin (Fukuyama).

Actualmente estas macroteleologías han hecho crisis, aunque no por ello han llevado a un sin sentido. Son crisis de las entidades en las que se basaban: para que exista un fin hace falta que exista un sujeto que lo asuma; un sujeto global, macosujeto. Tal vez el supuesto de que los hombres se mueven buscando grandes objetivos es poco eficaz. Los individuos actúan en función de una carencia o necesidad, de algo que les falta, anhelo que según Hegel podía ser satisfecho con una determinada forma de sociedad. Los deseos del futuro representan los anhelos del presente, sus carencias.

Que no exista un fin general en la historia no impide que los individuos vayan proponiéndose objetivos y fines. No se puede asumir la existencia de un sujeto protagonista de la historia sino que hay diversos sujetos que aparecen y desaparecen, tienen un carácter efímero, entidades que emergen, históricas. Hoy en día no existen concepciones macroteleológicas ni macrosujetos. No hay ningún elemento ajeno y superior a los individuos. Es a la escala de los individuos donde brotan o nacen los fines, aunque nada son sino se articulan con sus anhelos.

Fukuyama entiende la historia como un proceso único, lo que en la actualidad no puede ser concebido. Creemos en el azar del presente, pero en cambio, queremos racionalizar todo hecho del pasado. Es decir, que una vez que algo ha pasado intentamos buscar sus causas y revestirlo de razón. No hay que perder la apertura de la realidad, sus grados. La realidad materializada, todo aquello que puede ser pero no es, aquello que está a punto de ser. Cuando el presente deja de serlo no hay que vaciarlo de sus posibilidades.

Lo que fracasa no son las teorías, sino propuestas concretas que se inspiran en las teorías. El fracaso no es del modelo sino de los agentes que lo llevan a cabo. Recuperar los sucesos históricos en su real contingencia, incertidumbre. Reivindicar el derecho a equivocarse, que es válido para individuos, grupos y/o naciones. Somos libres gracias a que podemos equivocarnos. El que constantemente interrumpe lo previsible es el sujeto con su acción (Hannah Arendt. La condición humana).

En nuestra época, no existen modelos preexistentes que queramos aceptar para vivir, como la democracia liberal en el caso de Fukuyama, sino que tenemos que hacer uno a partir de lo que ya tenemos, de nuestra situación de precariedad y carencia (desde el punto de vista que sabemos poco o demasiado en relación con el presente). Tenemos que ser capaces de determinar cómo queremos que sea el futuro, darle una cuota de protagonismo al sujeto, no coartarle sus posibilidades de actuación.

El relato del pasado ilumina cosas del presente, pero tiene limitaciones. Los ciudadanos del presente deben tomar el relevo de los del pasado y plantearse unos nuevos objetivos ya que sino se darán sociedades condenadas a la reiteración. El progreso de una sociedad se mide por la capacidad que tiene de plantearse nuevos proyectos autónomos.

Filosofía de la historia que finalmente deviene Filosofía de la acción.

Nuestra realidad (lo que hay) no agota las posibilidades de lo real. Las cosas podrían ser de otra manera. Lo no realizado se tiene que tomar forzosamente en consideración, porque fue algo que anhelamos y no conseguimos, por tanto nos define tanto como tomar en consideración lo anhelado y conseguido. Referencia a lo que quedó en mera posibilidad.

Este estado homogéneo universal (posibilidad de una historia universal de la humanidad) al que se refiere el autor, está basado en dos razones. Una relacionada con la economía, y otra con la que se llamó la “lucha por el reconocimiento”.

Apuntar, con relación a la acción, que las personas actúan por dos razones: porque están mal y quieren cambiar la situación o porque algo no vivido les mueve a actuar. Pero esto no desvincula todas las paradojas y confusiones con las que los grupos, en el presente y en el pasado, actúan.

Los sujetos o individuos, sea cual sea su tamaño, no se tienen que entender como con posesión de una plena conciencia, como si el pre-requisito para actuar sea una completa lucidez, ya que no siempre, o casi nunca, se obra así, no constituye el grueso de nuestras acciones ni la figura bajo la cual podemos entenderlas. La mayor parte de lo que hacemos no sigue este esquema o modelo. No hay que tomar como patrón de conducta la acción consciente deliberada. Tenemos una cierta conciencia de lo que hacemos sin tener presente constantemente dónde queremos llegar, lo vamos descubriendo poco a poco.

De esta manera los procesos sociales no son acciones deliberadas conscientes a priori, sino que se van enterando de lo que van queriendo con el tiempo. El desear algo implica un cierto conocimiento de lo deseado, una cierta conciencia. Deseamos algo porque previamente lo hemos valorado como positivo. Razón y pasión no son dimensiones separables, como dice Fukuyama al argumentar todo lo referente al reconocimiento. Así pues, el protagonista no es siempre el que mejor sabe el sentido de lo que ocurre. El haber protagonizado la acción no implica su pleno conocimiento (“El interesado siempre es el último en enterarse”). El sujeto, por haber protagonizado la acción, no es el que mejor situado está para entenderla. Quien decide finalmente cual era la intención de la acción es el protagonista, lo que no significa que al actuar tenga consciente esa intención (que sería lo que afirmaría Fukuyama al decir que vamos en dirección a la democracia liberal).

Por último, el autor deja una puerta abierta a la continuación de la historia:

“Quién sabe si esta misma perspectiva de siglos de aburrimiento, al final servirá para que la historia vuelva a empezar”.

Argüir también como último eslabón y reflexión final tras haber reflexionado durante todo este trabajo, la evidencia del cambio continuo del presente, en el cual nos encontramos y se encontraba en su momento el autor. Como el presente es cambiante, nuestra perspectiva del todo de la historia también va cambiando, lo que justifica todas estas tesis hechas en su momento.

Podemos contar con la parcialidad necesaria, inevitable, del historiador (parcialidad que nos concierne y afecta a todos porque hablamos desde un determinado lugar o perspectiva). Conocemos el mundo desde el lugar donde estamos, en una intersección espacio-temporal. Intentamos ser lo menos sectarios posibles, pero estamos ubicados en un lugar y solo uno.

El historiador quiere universalizar todo lo que abarca su mirada, pero solo puede ser una aspiración, una voluntad, no un resultado, ya que nadie puede estar por encima de todos los puntos de vista.

BIBLIOGRAFÍA

El fin de la Historia y el último hombre. Francis Fukuyama. Ed. Planeta. 1992

¿El fin de la Historia?. Francis Fukuyama. Artículo en la revista CLAVES. Documento.