Flor nueva de romances viejos; Ramón Menéndez Pidal

Literatura española. Poesía y épica medieval. Romancero viejo. Lírica tradicional. Vida y obra

  • Enviado por: Montanna
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 17 páginas

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Trabajo de

Flor nueva de romances viejos.

Índice:

Introducción -------------------------------------------- 2

El romancero ------------------------------------------- 3

Tipos de romances ------------------------------------- 3, 4, 5, 6

El héroe medieval -------------------------------------- 6, 7

La épica ------------------------------------------------- 8, 9, 10, 11, 12, 13

Análisis comparativo ---------------------------------- 14, 15

Bibliografía --------------------------------------------- 16

Introducción:

Éste trabajo me ha costado mucho tiempo. Lo he hecho a partir de la base que nos dictó el profesor, y desarrollando sus partes. Primero empecé leyéndome el libro, después busqué la información sobre los temas relacionados, concretamente el romancero y la épica, seguidamente me volví a leer mucho más detenidamente los romances que contenían héroes, y después los he comparado con la información de la que disponía. Lo he encontrado más difícil que los que había hecho hasta ahora, ya que sólo nos han dado un tema y los teníamos que desarrollar mientras que antes nos preguntaban más concretamente.LOS ROMANCEROS:

La poesía de tipo tradicional tiene, además de la canción, otra forma que también es interesante: el romancero. El romancero es un conjunto de romances (deriva del adverbio latino “romanice”, en románico) que nacieron de la evolución de los cantares de gesta al final del siglo XIV y se generalizaron en el siglo XV. En otras lenguas, románicas y no románicas, la palabra romance designa a la novela (en francés roman adquiere ese sentido, con Chrétien de Troyes, desde el siglo XII). En inglés romance equivale a los cuentos heroicos, en verso o en prosa, que se refieren a personajes y temas legendarios, sobrenaturales o amorosos. Suelen organizarse en ciclos (artúrico, por ejemplo).

Aun siendo un fenómeno común en el continente europeo, está relacionado con la vigencia de las baladas en otros países y se aplica por excelencia al romancero español por su gran calidad literaria, por su amplia difusión (España, Hispanoamérica, las islas Canarias y regiones como el norte de África o Turquía, por ejemplo, donde se instalaron los judíos sefardíes después de su expulsión por los Reyes Católicos en 1492); por su permanencia en el tiempo (más de seis siglos); y, con ella, por el influjo de los romances en géneros literarios como el teatro y la poesía contemporánea. Hasta el principio del siglo XVII no aparecerá la primera colección de romances que son para cantar.

Existen dos tipos de romances:

  • Los romances viejos, que evolucionan durante toda la Edad Media y empiezan a imprimirse en pliegos de cordel al siglo XVI, a medianos de dicho siglo se recopilan los grandes romanceros. El rasgo característico de estos romances es haber sido elaborados y difundidos oralmente.

Se pueden hacer muchas clases de clasificaciones temáticas de los romances: históricos, épicos y literarios, novelescos o de aventuras, moriscos y heroicos.

- Los romances históricos, como su nombre indica, se refieren a un hecho contemporáneo, por lo que son los únicos que permiten datar su origen con cierta precisión: el más antiguo narra la rebelión del prior Fernán Rodríguez en 1328. Según Menéndez Pidal, que los llama “noticieros”, existen ya en el siglo XIII. El romance noticiero o fronterizo, que se ha prolongado hasta nuestros días en los romances populares que informan, además de alentar a la lucha, sobre hechos contemporáneos: la guerra de Marruecos, la guerra de Cuba o la Guerra Civil española, que cuenta con ejemplos de los dos bandos. El equivalente mexicano es el corrido.

- Los romances épicos desarrollan temas propios de las canciones de gesta o de otras fuentes literarias y motivos específicos, como el conflicto rey-vasallo, la caída en desgracia de los monarcas, los triunfos del protagonista heroico: El Cid, los infantes de Lara, Fernán González, entre otros.

- Los novelescos o de aventuras se insertan en una tradición más amplia de leyendas y motivos sentimentales comunes a otros países europeos; cabe citar entre ellos el “Romance de la infantina encantada”.

- Los romances moriscos son romances compuestos por los cristianos desde el punto de vista moro. Los romances de mayor antigüedad nacieron para divulgar los encuentros y sucesos ocurridos en la guerra contra el reino moro de Granada.

- El romance heroico se compone de versos endecasílabos, sin límites de extensión, divididos en cuartetas. Fue usado por sor Juana Inés de la Cruz, Leopoldo Lugones (A los ganados y las mieses, Al Plata, A los Andes) y, con variantes, por Rubén Darío, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez, entre otros.

- Existe también el “romancillo”, de extensión libre y dividido normalmente en cuartetas de versos de 4, 6 o 7 sílabas, sueltos los impares y asonantados los pares. Suele llamarse romance endecha o endecha solamente, al romancillo compuesto de heptasílabos. Su origen se remonta al siglo XV.

Cualquiera de ellos obedece a una estructura entre lírica y narrativa, originalmente con versos de dieciséis sílabas de rima continua y después divididos en dos hemistiquios octosilábicos con rima asonante en los pares y, por lo general, con los impares sueltos.

Menéndez Pidal, uno de los grandes investigadores del romancero español señala cuatro caracteres propios del estilo del romancero: esencialidad e intensidad; naturalidad; intuición, liricidad y dramatismo, con ausencia casi total de elementos mágicos y sobrenaturales, según la tradición épica realista; e intemporalidad que es una característica muy peculiar ya que mezcla el tiempo del verbo del presente y el pasado, que da lugar a una sugestiva alternancia de planes: el presente dinámico y el pasado épico. También abunda la utilización del diálogo entre los personajes, pero a la vez aparecen descripciones que son muy breves y de una viveza extraordinaria, con formulas estereotipadas para las situaciones. Otra característica es el desarrollo de un único evento, con variedad de incidentes, más que una sucesión extensa de hechos; la tendencia a actualizar lo que se narra a través de la invocación al lector y al uso del verbo “ver”; la fragmentación; la repetición; el paso progresivo de una narración próxima al tema de la realidad elegido al gusto por lo misterioso, inmotivado y fantástico.

Por lo que hace al estilo, los romances se caracterizan por la sencillez de su forma y estructura, y por la utilización de un lenguaje coloquial, plástico y vigoroso.

  • El interés de los poetas cultos por el romancero favorece la aparición, en la segunda mitad del siglo XV, de romances escritos, que da origen al llamado romancero nuevo. El romance más antiguo recogido por escrito es Gentil dona, gentil dona, del catalán Jaume de Olesa, en 1421. Con la difusión de las técnicas de impresión y después de la imprenta los romances se divulgan a través de pliegos sueltos y, más adelante, en “cancioneros”: el “Cancionero musical” y el “Cancionero General”, en 1511. La elaboración culta y el gusto de los literatos por una mayor brevedad y concisión, además de las mudanzas en la moda musical, hizo que muchos romances aparecieran abreviados y, en gran medida, enriquecidos por una mayor voluntad literaria. Llegó a sustituirse la rima asonante por la consonante, aunque en el Romancero General de 1600 se vuelve a la asonancia del romance tradicional. Por otra parte, fue desde el siglo XV cuando los romances comenzaron a escribirse en líneas de ocho sílabas, pero en el siglo siguiente los músicos Narváez y Salinas recomendaban volver a la disposición original en versos de dieciséis. A finales del siglo XVI coexisten, aunque con desarrollos paralelos, el romance oral y el romance escrito, y así seguirá ocurriendo hasta nuestros días.

Los romances tienen un gran apogeo durante el siglo de oro. Desde principios del siglo XVI, con el Diálogo del Nacimiento de Torres Naharro, el romance se inserta en el teatro como un intermedio cantado. Ligado a la evolución de la comedia, el romance aparece de manera abundante en las obras de Lope de Vega, quien cultiva sobre todo el de carácter épico. Pero deben tenerse en cuenta, además, los de tema amoroso, pastoril, satírico, caballeresco, villanesco, picaresco, religioso, y otros. Góngora, Quevedo y la mayor parte de los autores del siglo de oro cultivan el romance. Cervantes, en el capítulo LVII de la segunda parte del Quijote, introduce un nuevo tipo de romance, el personal, en el que domina lo individual y autobiográfico. Con la Ilustración, el romance cae en desgracia, considerado forma poética de poco valor, pero el romanticismo lo recupera y, en nuestro siglo, los poetas de la generación del 27 (García Lorca y el Romancero gitano, Jorge Guillén y su Cántico, entre otros) postulan y practican una síntesis entre las formas cultas y los géneros líricos o lírico-narrativos populares.

Varios pueblos europeos tuvieron una vieja poesía que cantaba hazañas históricas o legendarias para informar de ellas en el pueblo. Pero, la antigua epopeya española se distingue de las otras por tener un campo de inspiración más moderno que todas; los temas conservados en la épica española van desde el siglo VIII, con el Rey Rodrigo hasta el XI con el Cid. Esto quiere decir que España se manifiesta más tenaz, más tradicionalista en mantener en actualidad un viejo género literario. Y no perduraron en el romancero sólo los héroes nacionales. La epopeya española cantó también a Carlomagno, y como restos del poema español de Roncesvalles, o de otros así. El romance se distingue del canto narrativo tradicional de las demás naciones. Algunas como Italia, no tuvieron epopeya propia, y sus canciones narrativas no pueden provenir de un mundo épico nacional. Pero en Francia existió una poesía heroica más abundante que la española, aunque no se recuerda para nada a Carlomagno ni a los demás personajes de las “Chansons de geste”. Por esto, el inmediato y fuerte entronque con las gestas heroicas medievales es el carácter más profundamente distintivo del Romancero. Y el romancero no sólo es épico-heroico en lo que deriva de las primitivas gestas; él por sí solo cantó asuntos nacionales después que la epopeya había cesado de hallar inspiración en la vida actual; él, lo mismo que la epopeya antigua, trató de informar al pueblo de los sucesos que ocurrían y preocupaban a la nación.

Las características que definen al héroe de un poema épico son más nacionales que individuales y la manifestación de estos rasgos en sus hazañas heroicas se propone satisfacer el orgullo nacional. Durante la Edad Media, el recuerdo y la idea del héroe no se actualizó, sino que permaneció en los confines de su ámbito mitológico que ya poseía en la antigua Grecia. No obstante, el ideal caballeresco fue creando un tipo que en parte adquirió algunas de las características del héroe (por ejemplo “El Cid” o “Rolando”). El héroe siempre aseguraba una protección genérica, es decir, siempre conseguía la victoria en una guerra, la prosperidad en la paz o suerte en distintos aspectos. Gracián, situando estas características en el orden moral, aplicó el nombre de héroe al que reunía todas las virtudes y condiciones que había de tener un buen guerrero.

LA ÉPICA:

La épica es un género literario cuyo nombre viene de la expresión griega épos, con la que se indicaba toda composición, de cualquier contenido y longitud, en hexámetros dactílicos. En el uso posterior, que es el actual y común, por “épico” se entiende toda composición poética que relata sucesos legendarios o históricos de importancia nacional o universal. Se caracteriza por la majestuosidad de su tono y su estilo y por lo general se centra en un individuo, lo que confiere unidad a la composición. A menudo introduce la presencia de fuerzas sobrenaturales que configuran la acción, y son frecuentes en ella las descripciones de batallas y otras modalidades de combate físico. Otras de las principales características del género son la invocación de las musas, la afirmación formal del tema, la participación de un gran número de personajes y la abundancia de parlamentos en un lenguaje elevado. En ocasiones ofrece detalles de la vida cotidiana, pero siempre como telón de fondo de la historia y en el mismo tono elevado del resto del poema.

Los griegos distinguieron entre poesía épica y poesía lírica, dos géneros claramente diferenciados tanto por su naturaleza como por sus modos de difusión. La poesía lírica expresa ante todo emociones personales y estaba hecha para ser cantada, mientras que la poesía épica se recitaba.

Los poemas épicos no son historias más o menos divertidas de héroes reales o legendarios; compendian y expresan el carácter o los ideales de todo un pueblo en un periodo significativo o crucial de su historia. Los más antiguos exponentes del género son la Iliada y la Odisea, derivados de anteriores cantos épico-líricos, del poeta griego Homero que en la cultura occidental señalaron el modelo seguido por gran parte de la epopeya griega y latina posterior, así como también por parte de la épica occidental. El origen de las dos obras se remonta a los siglos VIII o IX, y por lo que se refiera a su autor, al que la tradición considera ciego; sólo sabemos que nació en la costa griega de Asia menor, que fue un poeta culto, educado en el arte de recitación y que componía para oidores más que para lectores.

La Ilíada narra las últimas fases del sitio que partió la ciudad de Troya (Ilion en griego: de aquí viene el título del poema) en manos de las tropas griegas. El hecho histórico corresponde a los siglos XII y XIII, cuando Troya era una rica fortaleza que dominaba el paso de Europa a Asia, y las tropas griegas pretendían establecer nuevos reinos en la Asia Menor. Pero la Ilíada no es solo un poema de combates, aunque estén descritos de manera detallada. La elaboración poética de la descripción de esta guerra está tejida con emociones humanas centradas en la figura del héroe Aquiles: la cólera en su enfrentamiento con Agamemnon, el dolor por la muerte de Patrocle, la ira que le mueve a vengar esta muerte, la piedad enfrente del anciano Príamo. Los personajes que aparecen en el poema son figuras magistrales, trabadas en un conjunto extensísimo de episodios unidos por el hilo conductor de la narración bélica. El lenguaje de la Ilíada es un habla poética, rica en repeticiones, como corresponde a un poema recitado, y en epítetos recurrentes. El estilo natural y a la vez vigoroso permite mantener el nivel adecuado a la dignidad heroica del tema: la exaltación de los valores y de los ideales de la antigua aristocracia guerrera.

Mientras, la Odisea es una historia de aventuras, inspirada en cuentos antiguos y narraciones folklóricas, que relata el viaje del rey Ulises (Odiseo en griego) a Ítaca, después del incendio de Troya provocado por las tropas griegas. La acción de la Odisea transcurre en cuarenta-y-un días, que sintetizan los diez años que duró el retorno de Ulises. La obra consta de tres partes, que corresponden a tres núcleos temáticos y legendarios: la búsqueda de Ulises por parte de su hijo; la navegación del héroe y todas sus aventuras, y la llegada a Ítaca y la venganza de Ulises contra los que, durante su ausencia, pretendían casarse con su mujer Penélope, y arrebatarle el reino. Así como Aquiles era un héroe aristocrático, valiente y altivo, Ulises triunfa por su inteligencia superior, su astucia y su prudencia.

La poesía épica latina tuvo desde el principio caracteres de épica histórica, paralela en cierto modo a la historiografía y con un doble contenido: fabuloso en lo referente a los orígenes de la ciudad, e histórico, en cuanto a la intención de glorificar personajes reales de la historia romana; esquema original que se repite en Nevio a Ennio, y que resurge, respecto a la historicidad del argumento, en Bellum civile o Pharsalia de Lucano. Virgilio aceptó este esquema, modificándolo a la vez al aportar la tradición derivada del gusto helenístico. Pero la épica mitológica latina tuvo su obra cumbre en las Metamorfosis de Ovidio.

Sin embargo, no es la épica grecorromana la única estudiada por la ciencia literaria moderna, que dirige su atención, especialmente en el período romántico, a la épica oriental: épica representada sobre todo en enormes y fantásticos poemas indios, y en El libro de los reyes; tampoco faltan elementos épicos en la Biblia.

De gran riqueza es la épica germánica medieval, que se basó en hechos sucedidos en la época de la emigraciones de los pueblos de Alemania a regiones romanas, y cantó las luchas entre los grandes personajes deseosos de gloria , venganza y amor. En los países de lengua romance la épica se desarrolló principalmente en Francia (desde el siglo XI), con las “chansons de geste”, mientras que en España, en el ambiente feudal castellano, se cantaba la lucha por la expulsión de los moros, que también fue una lucha por la cristiandad (Cantar del mío Cid, siglo XI), narrada con vivo realismo. Italia recogió la epopeya carolingia en composiciones de escaso valor, mezclando los temas con otros de los ciclos bretón y clásico, y creando muy pronto nuevas formas que se llamaron caballerescas más que épicas . Propiamente épicos, en los siglos XII y XIII, son algunos poemas en lengua latina, que versificaban hechos de crónica histórica y tomaban como estilo el modelo virgiliano; el siglo XII ofrece dos interesantes tentativas con África, de Petrarca, en latín, y la Teseida, De Bocaccio, en lengua vulgar y en el nuevo metro de la octava.

La España del siglo XVI siguió también las huellas de Italia en la poesía épica, pero la imitación no fue servil, sino que dio una epopeya nacional, con elementos realistas que con acierto se integraron en las gestas; por lo menos, esta nota de realismo sirvió para la mejor de las epopeyas renacentistas españolas, La Araucana, de Alonso de Ercilla, que su autor pensó como una crónica rimada de Indias y que no fue producto de una improvisación, sino que fue concebida durante veinte años, hasta alcanzar su forma definitiva en 1589. En ella, los grandes caudillos indios están vistos en toda la inmensidad de su grandeza, y Ercilla no escatimó esfuerzos en cantar con fuerza épica el enfrentamiento de dos razas titánicas; la sombra de los renacentistas italianos, de Gracilazo y los ecos clásicos se pierden en el paisaje y en la grandiosidad de las hazañas de los dos pueblos en lucha. Barahoma de Soto dio un nuevo rumbo a la épica con la publicación de Las lagrimas de Angélica (1856), más ingeniosa y técnica que inspirada, y que habría de servir de modelo a las creaciones épicas de Lope, en quien se funden el gusto italiano, al menos en la temática, con el sello tan personal que posee todo lo suyo. La epopeya burlesca produjo dos poemas de desigual fortuna, La Mosquea, de J. de Villaviciosa, y La Gatomaquia, de Lope, delicioso poema burlesco en quintillas. En los primeros años del siglo XVII, dos figuras ligadas a América dejaron las más acertadas epopeyas, por su riqueza verbal, contenido histórico, emoción religiosa y sentido trágico. En la América hispana, el poema épico fue cultivado con entusiasmo, siendo muchos los continuadores de Ercilla. A lo largo de los siglos XVII y XVIII, el poema épico decayó ante le empuje de la lírica gregoriana y la literatura religiosa y científica. Tal es el caso de obras como la Divina Comedia (1307-1321) de Dante, que refleja la fe de la Cristiandad durante la edad media, La Araucana (1589) del poeta español Alonso de Ercilla, que exalta la conquista de América y el heroísmo de los indígenas, o el Paraíso perdido (1667) de John Milton, que encarna los ideales del humanismo cristiano.

En el siglo XVI, en Francia, Ronsard intentó traducir en términos modernos algunos poemas épicos. La Jerusalén, de Tasso, constituyó en Italia el modelo de la épica y en Inglaterra el poema religioso en lengua moderna, que ya fue intentado por Tasso, alcanzó un alto nivel artístico con El Paraíso perdido, de Milton. En el siglo XVIII, los ensayos épicos de Alfonso Varano llegaron hasta Dante y la Biblia; mientras en Francia se insistió en el modelo clásico y en Alemania en el religioso. El poema mitológico puede considerarse como otra especie de la épica.

La épica se divide en épica culta y épica popular. La épica popular se desarrolló a partir de la poesía popular transmitida oralmente por los bardos, juglares u otros autores, y ocasionalmente escrita por poetas anónimos. Entre las principales obras del género destacan la epopeya anglosajona Beowulf o las epopeyas indias Mahabharata (Gran Historia). Los acontecimientos narrados en estos poemas se basan en leyendas o hechos ocurridos mucho tiempo antes de su composición (tradiciones o historias de una nación). Los personajes y episodios que figuran en gran parte de la épica popular están presentes en canciones populares anteriores al poema. Un ejemplo claro son los poemas épicos populares conocidos como cantares de gesta, compuestos entre finales del siglo X y mediados o finales del siglo XI, el más famoso de los cuales es la Canción de Roldán (c. 1100). En la literatura española destaca el Cantar de mío Cid (c. 1140), basado en el heroico personaje de El Cid, protagonista de numerosas baladas y poemas que nunca alcanzaron proporciones épicas.

En algunas culturas los materiales de la épica popular nunca se han reunido en un poema épico. Los celtas produjeron extensos ciclos de poemas épicos, entre los que destacan el Ciclo feniano y el Ciclo ossiánico y el Ciclo artúrico, pero no desarrollaron un gran poema épico con este u otro material similar. El romancero español es otro ejemplo de épica popular, al igual que las muy variadas formas del corrido mexicano.

La épica culta es obra de poetas conocidos que cultivan de manera consciente una forma amplia y antiguamente establecida. La épica nacional latina alcanza su cima con la Eneida de Virgilio en el siglo I a. C. Esta obra figura entre las más grandes epopeyas de la literatura mundial. El poeta persa Firdawsi se basó en fuentes históricas para componer la gran epopeya nacional, Shah-Namah o Libro de reyes (1010). Entre las principales muestras de épica culta europea cabe mencionar Los lusíadas, la epopeya nacional portuguesa escrita por Luís (Vaz) de Camões; las italianas Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, y Jerusalén liberada, de Torquato Tasso; la Mesíada del alemán F. G. Klopstock; o el Kalevala del finlandés de E. Lönnrot; o la hispanoamericana La Araucana de Alonso de Ercilla. Puede añadirse, aunque sea de época mucho más tardía, La Atlántida del catalán Jacint Verdaguer, una obra de honda grandeza.

ANÁLISIS COMPARATIVO:

En el libro aparecen cuatro héroes en distintos romances:

  • En los romances de la destrucción de España, el rey Rodrigo es el héroe. Empieza siendo el rey de todo el país, pero por culpa del amor lo pierde todo, aunque antes, lucha con valentía pero no lo consigue. Finalmente, se va a una ermita y allí da su vida, sin ningún tipo de temor.

Aquí podemos observar que se cumplen algunas de las características de los héroes, cómo que es un personaje conocido (al principio) y que es muy valiente, aunque no le sirve para no perder se reino.

  • El segundo romance es algo diferente al primero aunque el héroe tiene características muy parecidas. Aunque es un hijo no deseado, se convierte en un gran guerrero, valiente y luchador, y siempre gana las batallas, persigue lo que quiere con mucha insistencia, aunque en este caso, finalmente, cuando liberan a su padre éste ya está muerto; también es un héroe que satisface el orgullo nacional.

  • En los romances de venganza se pueden apreciar más de un héroe, empezando por los infantes de Lara, que era siete, Diego, Martín, Suero, Fernán, Ruy, Gustois y Gonzalo y su ayo, que son valientes y luchan hasta el final, aunque no pueden resistir más, y caen derrotados ante la traición de su tío. Todos ellos son muy apreciados, por su entrega y coraje, y son de orgullo nacional. El otro héroe de éste romance es el caballero Mudarra González, hijo de Gonzalo Gustios, que cuando cumple la edad se va para Castilla para vengar a su familia del traidor, al que encuentra y mata. Él también es otro caballero valiente que consigue ganar su guerra.

  • Él último héroe que aparece es el Cid, también llamado el campeador, el de Vivar, Rodrigo Díaz. Es el héroe más importante de este libro y por lo tanto del que más características se le puede sacar. Es un personaje conocido, un caballero que sirve al rey. Siempre gana todas las guerras en las que participa; empieza vengando a su padre, y justo después quieren vengarse de él, aunque no lo consiguen. Más tarde éste es desterrado, y para demostrar que él está libre de toda culpa decide luchar contra los enemigos del rey y darle el territorio ganado; así sigue luchando contra los moros, hasta que consigue Valencia y se la ofrece al rey, éste se da cuenta de su error y le da el perdón (el héroe vuelve a salirse con la suya). Para compensárselo, el rey ofrece marido a sus dos hijas, pero estos se vengan de una prueba que les hizo pasar el Cid y azotan y abandonan a sus esposas. Éste pide justicia al rey y tras demostrar la culpabilidad de los condes de Carrión (maridos) son declarados traidores. Entonces sus hijas consiguen maridos de un alto nivel social. Finalmente el Cid muere en una guerra, pero incluso así es temido por sus contrarios. En éste último trozo podemos observar muchas de las características de los héroes de la época: siempre ganan sus batallas (el Cid antes de morir ganó una infinidad de batallas él solo) y siempre son recordados y temidos, cuando mueren son considerados mitos. También era de gran orgullo nacional y considerado un muy buen guerrero.

Bibliografía:

      • Libro “Flor nueva de romances viejos”

      • NOVA enciclopedia del estudiante

      • Enciclopedia Monitor, de Salvat.