Fernando Vallejo

Biografía. Literatura hispanoamericana. Escritores colombianos. Fernando Vallejo. Vida y Obra. Temas de las obras. Autobiografía. Estilos literarios. Nadaísmo

  • Enviado por: Mari Cruz La Chica Delgado
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 4 páginas
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Tanto odio, tan solo por amor.

Nuestro autor, nace a mediados del s. XX en la ciudad de Medellín, Colombia. Hijo del ex-senador Aníbal Vallejo Álvarez, perteneciente al partido conservador, tuvo la oportunidad de acceder a la cultura y a los libros que, según dice, leyó vorazmente. Estudió piano, y apuntan algunos críticos que fue una figura destacada, sin embargo, según nos cuenta él mismo, no ha alcanzado su sueño de ser un gran compositor y se acabó dedicando al oficio de escribir, que es “para lo único que sirvo”. Pero detengámonos un momento: antes de comenzar su carrera literaria, tuvo tiempo de licenciarse en biología, y de estudiar cine en Italia, de volver a Colombia, y de intentar rodar allí dos películas, y de que le fueran censuradas, y de reclamar a los altos cargos llegando incluso al Consejo de Estado (proceso que seguro duró más que cualquiera de los otros), pero viendo que todo cuanto tenía que decir, corría ya con urgencia por su sangre, se fue a México donde, por cierto, se apoyaron sus proyectos cinematográficos. Y allí vive desde entonces.

Antes de introducirnos plenamente en el mundo de Fernando Vallejo, nos convendría contextualizarlo brevemente. Colombia, su país natal, es uno de los más desafortunados de toda Ibero América: la situación económica del país es indudablemente desigual, la industria nacional se encuentra en una muy difícil situación, la corrupción nace del gobierno, los narcotraficantes controlan parte del país y la totalidad de los paramilitares (que, precisamente, fueron contratados para defender los campos donde se cultiva la cocaína), la presión de la sociedad de consumo actual fuerza para imponer su ritmo incluso en países donde resulta imposible mantenerlo, y sobretodo, la violencia, la violencia que se respira, que es el mismo aire, encarnada en el lenguaje de Vallejo, en los temas de sus libros, en el dolor de sus personajes.

Literariamente se ha relacionado a Vallejo con la corriente de los nadaístas, concretamente de autores como Vargas Vila o Fernando González. Al respecto dice Vallejo: “Vargas Vila era un mal escritor pero un gran personaje, un bellaquito fabulador. El maestro González no se de quién lo fue, tal vez de los nadaístas. Y estos, como su nombre indica, son nada.” Podríamos entrar aquí en un debate filológico pues debemos considerar dos puntos de vista muy opuestos: por una parte, las evidentes semejanzas que tienen algunas de sus obras con otras con las que coinciden en tiempo y lugar, nos llevaría a considerar que se han influido mutuamente; sin embargo, creo que particularmente en la obra de Vallejo, el material con el que trabaja es la propia experiencia del autor, su propia vida, Colombia, la violencia de Colombia y la desesperanza que ésta le provoca; sería una deformación profesional poco verosímil, el considerar causa de algunos de sus rasgos, los autores o las obras que leyó (cuya vinculación él mismo rechaza), antes que explicar dichas coincidencias con la fuente común de todos ellos, que es la vida en un mismo país, y las huellas que de ello les han quedado. Todo esto lo expresa él mismo más brevemente: “¿cómo hablar de Colombia sin violencia?”

Cuando nuestro autor llegó a la edad de cuarenta años, se puso a escribir novelas, autobiografías y dejó de leer literatura. A partir de entonces, solo los libros de ciencia han sido bien recogidos en su biblioteca. Quiso utilizar la literatura como borrador de recuerdos, aunque eso era imposible, pero por lo demás nos dice, que este arte no le interesa, que le gustan Mozart y Chavela Vargas, pero que desconoce los nuevos autores que está dando Colombia, los cuales, a su edad, no cree que tengan nada nuevo que enseñarle. Por su parte, pronto abandonará el oficio de escritor, que se vuelve aburrido y rutinario “como una pieza que has ensayado tantas veces, que dejas de sentir cuando la tocas”. Ya ha dicho todo lo que tiene que decir, le quedan muy poquitas cosas, y si hay algo para lo consagrará sus esfuerzos hasta el final es la lucha por los animales.

Al margen de sus obras literario-autobiográficas, ha cultivado otros géneros como la biografía; aunque de ello diga que “no tiene importancia” de su pluma salió El Mensajero, una biografía novelada, de gran precisión filológica sobre Porfirio Barba Jacob, “un gran poeta del idioma” según nos dice su autor. Aunque de esta obra se ha llegado a decir que es la mejor biografía que conoce Colombia, Vallejo afirma que “a partir de un género menor como es la biografía quiso hacer un género mayor, cercano a la biografía novelada, partiendo de la estricta verdad. Fue un intento que pensé que no había quedado bien. Lo volví a intentar y no quedó bien, ni va a quedar bien nunca porque el género de la biografía es un género menor. La labor del biógrafo termina convirtiéndose como la de un portero, que deja entrar o no deja entrar. Es un trabajo miserable estar abriendo y cerrando comillas [...] son buenas por los datos y por haber incorporado en ellas un enfoque cercano a la novela.” Pese a todo, no se quedó aquí su labor de biógrafo, y gracias a ella podemos encontrar también Almas en pena, chapolas negras, la vida de José Asunción Silva.

Además de esta faceta suya filológica, Vallejo ha cultivado y cultiva el ensayo: ahora publica periódicamente una columna en la revista SOHO, que según él mismo, es una de las pocas revistas libres de Colombia. Pero antes de todo esto, antes incluso de empezar a escribir y para aprender a hacerlo, Vallejo publicó en 1883 Logoi. Una gramática del lenguaje literario: “está basado en un descubrimiento de miles de años que ya había hecho Aristóteles. Se basa en pensar que el lenguaje literario está fundamentado en una lengua extranjera. Es decir, comparando el idioma de los retóricos, de los oradores, que difiere del lenguaje hablado, común y corriente de la vida de entonces, de su tiempo. Yo hice lo mismo comparándolo al lenguaje corriente de Colombia o de México. Este libro tiene lo que a mí me hubiera gustado que me enseñaran cuando entré a la facultad de filosofía y letras. Al idioma literario nadie lo enseña por ignorancia. El idioma literario, difiere en lenguaje y en sintaxis del idioma de la calle[...] a parte de eso, no hay nada más intrascendente que la literatura. Cuantos más escritores, mas editoriales, menos vale la palabra literaria.”

Hombre tan crítico, salva a muy pocos autores de la hoguera: para él los mejores prosistas del idioma, fueron Azorín, Larra y Mejica Laínez, aunque no buenos escritores, lugar que reserva para Miguel de Cervantes Saavedra, por su gran personaje Don Quijote de La Mancha. Así mismo, opina que García Márquez, con quien comparte el premio Rómulo Gallegos, tiene poca originalidad, es pobre por su vocabulario y por su sintaxis, pero sobre todo por utilizar un narrador en tercera persona, técnica de la cual ya se sacó lo poco que se podía sacar en el s.XIX, ya que “el narrador de tercera persona es imposible. ¿No te parecen absurdos esos libros del siglo XIX en tercera persona? ¿O del s.XX? ¿O de toda la historia de la literatura? ¿Cómo va a saber un pobre hijo de vecino qué piensan los otros si no nos aclaramos con este lío que es la mente de uno? La novela burguesa francesa del XIX me parece especialmente horrenda.”

Como vemos, es difícil salvarse de la crítica de Vallejo. Hombre polémico donde los haya, ha levantado con sus críticas grandes pasiones aunque también grandes odios. De su voraz lucidez, tampoco se salvaron ni Darwin, ni Enstein, ni Newton: sus dos obras científicas Manualito de imposturología física y La Tautología Darwinista se encargan de cada uno de ellos. De la teoría de la evolución opina que es una tautología como lo es Dios: un ente ininteligible propuesto para explicar algo ininteligible también, como es el origen y el sentido de la vida, pero que no explica nada; de la física piensa que los fenómenos que estudia no se pueden entender por la mente humana y que los físicos disfrazan este vacío envolviendo sus teorías con fórmulas matemáticas.

Pero si comparamos realmente la crítica que les dedica a estos científicos con la que les hace a los personajes más conocidos de la política colombiana o española, aquella se convierte en un entrante ligero. En numerosísimas ocasiones critica e insulta con rabia aunque con verdad, a los políticos de Colombia, ya sean conservadores o liberales junto con la iglesia católica, y les culpa de la situación actual del país. Piensa que la violencia del pueblo colombiano viene dada por la extrema situación de dificultad en que le han puesto, aunque al pueblo pobre tampoco le da la razón, le molestan los “damnificados” que permiten que el poder les utilice y solo se dedican a parir, que es un acto criminal, porque no hay nada más delictivo que sacar de su feliz nada, a un ser que nunca pidió venir al mundo, aunque de esto no solo tiene la culpa el pueblo, o las madrecitas de Colombia, el Papa es para Vallejo el ser “más dañino que tiene ahora la humanidad” y en un artículo, ofrece las siguientes razones “viajó por el África negra devastada por el sida predicando contra el uso del condón y a América vino a lo mismo, arrogándose por todas partes el título de defensor de los que aún no han nacido como si ellos se lo hubieran dado desde su nada. ¡A dónde no fue! A Bosnia, Suiza, Rusia, Guatemala, México, viajando en jet privado, recibido por la gentuza del poder y la chusma novelera, llevando a todas partes su máscara innoble. A Colombia no podía faltar, el país más católico de la tierra. Aquí estuvo, aquí lo vimos, aquí lo oímos, aquí nos vino el manirroto a repartir sus bendiciones. ¿Cuántos nacieron, a la sombra de su prédica, después de su visita? Millones. Millones destinados al horror que su palabra mentirosa llamó “el banquete de la vida”. ¿A cuántos niños colombianos nacidos de su bendición acogió en el Vaticano? A cuántos salvó de acabar como los sicarios al servicio de los paramilitares, del narcotráfico, la guerrilla? ¿A cuántos? ¿A cuantos? ¿Y a cuántos niños africanos con sida?”.

El otro gran tema que preocupa a Vallejo son los animales. Según dice, ellos son los únicos seres por los que siente compasión: nuestro autor donó el premio Rómulo Gallegos íntegramente a los perros abandonados de Venezuela y hoy en día afirma que pese a temas como la homosexualidad, o la denuncia de la situación social de Colombia, que aparecen en sus libros, la verdadera causa de su vida son los animales. En el discurso de entrega del premio citado, analizó extensamente este aspecto. Considera, poniendo como ejemplo varios fragmentos de los Evangelios, que el origen de que la sociedad occidental haya hecho oídos sordos al dolor de los animales proviene de la cultura cristiana, madre de la idea de que Dios había puesto en la tierra a los animales, al servicio del hombre: “en el siglo XIX Pío Nono prohibió que se abriera en Roma una Sociedad Protectora de Animales arguyendo que los animales no tienen valor intrínseco y que lo que hacemos con ellos no tiene que ser gobernado por consideraciones morales”. Por otra parte alega que entre los animales hay una jerarquía según la cual debemos respetarlos. Esta jerarquía viene dada por la complejidad de su sistema nervioso, y en el punto más alto de ella se encuentran los mamíferos, los perros, los gatos, las ballenas, los simios: “los genomas del gorila y del orangután coinciden en el 98% con el humano, y el del chimpancé en el 99%” pero finalmente dice “ no hay que saber biología molecular ni evolutiva, ni neurociencias para descubrir el parentesco. Solo hay que abrir el alma.”

A la fundamental importancia que tienen estos temas en la obra literaria de Vallejo, hay que añadir el aspecto puramente formal de sus novelas. Sabemos que es un gran escritor y un gran gramático, es reconocida por muchos la fluidez de su discurso, cuyo estilo se acerca a la oralidad, su labor de diccionario explicativo de los regionalismos antioqueños y de las jergas de los grupos marginales y sicarios. Pero si tuviéramos que destacar la característica formal, más innovadora e importante de su obra, sería el uso del narrador en primera persona. Vimos anteriormente, la opinión que tiene nuestro autor sobre el narrador omnisciente y en ella, aludía a un aspecto que tiene que ver con la verdad o por lo menos con la verosimilitud. Efectivamente cuando Vallejo nos dice que nadie puede saber los pensamientos de otros personajes, nos argumenta en base a la realidad, a la vida, no deja hueco a la idea de que en la ficción todo sea posible: y en esta actitud reconocemos a un hombre, que no puede sino decir la verdad de lo que piensa, sin pretensión de objetividad, siempre desde su punto de vista, pero aún así, con toda la fuerza y el peso, que el hecho de decir la verdad, concede a sus escritos. En definitiva, el que Vallejo utilice el narrador en primera persona, después de haber comprendido cómo es él mismo, no es sino fruto de la necesidad. Pensar en que Vallejo hubiera escrito sus obras a través de un narrador omnisciente, sería equivalente a pensar que se puede escribir sobre Colombia sin violencia.

Por último, y para enlazar con el título de este trabajo, añadiré mi punto de vista acerca de lo que para mí es el aspecto más destacado de su obra, que es lo mismo que decir, de su persona: la furia del narrador. Se ha acusado a Vallejo, en muchas ocasiones, de lenguaraz, despotricador, prepotente, despreciativo… Y en verdad es complejo: nos enfrentamos a un autor que analiza una situación social injusta, o bien alguna barbaridad ilógica de los Evangelios, y acto seguido se ensaña contra el pueblo como el peor de los fascistas: “Yo, si les digo la verdad, no soy partidario de darles trabajo a los demás porque después dicen que uno los explota. Y me pongo siempre, por predisposición natural, del lado del patrón y no de los trabajadores. ¡Ay, los trabajadores! ¡Qué trabajadores! Viendo a todas horas fútbol por televisión, sentados en sus traseros estos haraganes. ¡Que les de trabajo el gobierno o sus madres!”. Nos enfrentamos a un Fernando Vallejo, que excepto de los animales, se burla de todo, porque considera que de todo se puede burlar, le falta el respeto a los presidentes, porque afirma que el respeto se lo tienen que ganar, y que el que no se lo haya ganado, debe callarse, nos enfrentamos a un autor que odia a la especie humana, ¿de dónde tanto odio? Podríamos acusarle de todo lo que quisiéramos ya que de inmoralidades contra el hombre está plagado su discurso, podríamos citar partes en que desprecia al hombre de tal forma, con tal dolor y soledad, que solo podemos explicar ese desprecio con el amor, ¿cómo creer a Vallejo cuando nos dice que no le importan los pobres, ni Colombia, ni los maricas, cuando no para de escribir sobre ellos en el conjunto de su obra? si hay algo que podamos afirmar de todo esto es que es un hombre que sufre, y sufre por sus prójimos, los hombre y los animales, un hombre que culpa al ser humano de no defenderse, y de obligarle a presenciar nuestro sufrimiento, es como si se defendiese del daño que le hacemos con nuestro dolor, con nuestra desdicha, como si no pudiera soportar la angustia humana: y no nos lo perdona. En él hay algo demasiado humano, en él la cumbre del amor al hombre, de la empatía con su sufrimiento, es el odio al hombre, el desprecio, la burla… pero, en cada ataque de su espada se lee un gran escritos, un alma buena, que nada tiene que envidiar en incomprendido y en noble al derrotado caballero Don Quijote de La Mancha.