Felices años veinte norteamericanos

Historia universal. EEUU (Estados Unidos). Terror rojo. Aislacionismo. Ley seca. Wilson

  • Enviado por: Lamasguay
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 17 páginas
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ÍNDICE:

-INTRODUCCIÓN

-WILSON Y LAS CONSECUENCIAS DE LA 1ª GUERRA MUNDIAL

-SITUACIÓN POLÍTICO-SOCIAL: AISLACIONISMO, NORMALIDAD, NACIONALISMO Y CONSERVADURISMO.

-POLÍTICA. LOS REPUBLICANOS: HARDING, COOLIDGE Y HOOVER.

-DESARROLLO DE LA POLÍTICA REPUBLICANA

-AVANCES TECNOLÓGICOS Y PROSPERIDAD ECONÓMICA

CRECIMIENTO ECONÓMICO

REVOLUCIÓN AUTOMOVILÍSTICA: HENRY FORD

AEROPLANO

LA RADIO

EL CINE

CRECIMIENTO DE LAS CIUDADES Y LA CONSTRUCCIÓN

-ASPECTOS DE LA SOCIEDAD ESTADOUNIDENSE EN LOS AÑOS 20

-EL FIN DE LA “FELICIDAD”. LA CRISIS BURSÁTIL.

-CONCLUSIÓN

-BIBLIOGRAFÍA (no se adjunta)

INTRODUCCIÓN

Los conocidos como “los locos o los felices años 20” americanos esconden, detrás del atrayente nombre, una época de grandes cambios sociales.

Tras el intento fallido del presidente Wilson de permanecer neutral en la Primera Guerra Mundial, las actuaciones de éste tras la guerra llevan a los EEUU al aislacionismo.

Las elecciones de 1920 dan el poder a Harding y en esta década le sucederán los presidentes Coolidge y Hoover, todos ellos republicanos.

Están marcados estos 10 años por acontecimientos tan importantes como la rebelión de las mujeres; la lucha contra el racismo; la censura; la represión; la corrupción; los avances tecnológicos; y “la prosperidad económica”.

Pero esta época de disfrazado auge termina con la Crisis del 29, con la quiebra de la bolsa de Wall Street, que hizo llegar el pánico a los estadounidenses que creían vivir el momento más próspero.

WILSON Y LAS CONSECUENCIAS DE LA 1ª GUERRA MUNDIAL

Para los Estados Unidos de América la guerra no tuvo las mismas consecuencias que en Europa. El país no se empobreció ni el paisaje era de destrucción. Sus efectos, sin embargo, influyeron su vida social, cultural y política.

Este cambio se manifestó por primera vez en el “Terror Rojo” de 1919. La Revolución bolchevique en Rusia llevó a América al miedo a la amenaza extranjera y se manifestó en un nacionalismo cerrado cada vez más reafirmado. El miedo a la revolución aumentó cuando se enviaron por correo bombas caseras a políticos e industriales prominentes y hubo explosiones simultáneas en ocho ciudades diferentes.

La ola de represión resultante se dirigió contra los radicales. La ley consideró delito el pertenecer a algunas organizaciones sindicales. El fiscal general de Wilson, Palmer, atacó a las organizaciones de izquierdas y se detuvieron sin razón alguna a 9.000 personas. Cuando fue evidente que los temores eran infundados, el terror amainó. Pero la hostilidad hacia los radicales extranjeros no cedió.

Además hubo un aterrador brote de racismo. Los negros se dieron cuenta de que los blancos del Sur no eran peores que los del Norte que creían que sus puestos de trabajo estaban amenazados por los negros.

América se dirigía hacia un conservadurismo político. Wilson sufrió un ataque de apoplejía y su fervor moral desapareció con él.

SITUACIÓN POLÍTICO-SOCIAL: AISLACIONISMO, NORMALIDAD, NACIONALISMO Y CONSERVADURISMO.

La situación de la sociedad durante los años 20 está inmensamente determinada por la situación política que se desarrolló en ese momento. Las principales características de este periodo son el aislacionismo, la normalidad, el nacionalismo y el conservadurismo.

Tras el internacionalismo de Wilson y con la llegada del partido republicano a la presidencia comienza el aislacionismo. Para ello fue decisiva la mayoría que obtuvo el partido en las elecciones de 1920; se consiguió convencer, primero a todos los miembros del partido y después a la sociedad americana, de la necesidad de un distanciamiento con respecto a Europa. Los senadores aislacionistas ocuparon importantes cargos y convencieron al pueblo de que hablaban en nombre de toda la sociedad norteamericana. Y una vez instalados en el poder, los republicanos se apresuraron a darle carácter oficial al aislacionismo. De esta manera hacían oídos sordos al problema europeo tras la guerra y se distanciaban de él, y cambiaron radicalmente su actitud hacia la inmigración, despreciando y dificultando la entrada en EE.UU. de cualquier persona o producto que viniera de fuera, sobre todo si procedían de Europa.

Comienza entonces con Harding lo que él llamó normalidad. Quería romper con lo anterior, preocuparse menos de la expansión, del engrandecimiento (en todos los sentidos) de la nación, y sí preocuparse de mantener un equilibrio que mejorase la calidad de vida de los ciudadanos. Harding entendía por normalidad un retorno a los viejos y buenos tiempos de Mark Hanna y McKinley. Esto no quiere decir que se tratase de un puro laissez faire, sino más bien de una feliz combinación de dos políticas: una de libertad de la empresa privada respecto de la coerción gubernamental, y la otra, de generosos subsidios a la empresa privada.

El conservadurismo que comienza en esta época tiene su mayor representante en la figura de Harding y el mejor ejemplo en el prohibicionismo que comienza con los años 20. este conservadurismo afectó en gran medida a las mujeres que terminaron revelándose.

Llegado este momento el Partido se compromete con un nacionalismo estrecho. Aunque es evidente que el aislamiento total no era posible. Los EE.UU. reaccionaron con violencia ante aquellos rasgos que se consideraban foráneos; tanto contra los “nuevos inmigrantes” como contra los negros, y por supuesto contra todo lo que se asemejara al comunismo.

Dentro de este clima se desarrolla una sociedad y un periodo que se ha conocido como los “felices años 20”.

POLÍTICA

LOS REPUBLICANOS: HARDING, COOLIDGE Y HOOVER.

A pesar de que los tres presidentes republicanos diferían mucho en cuanto a personalidad y capacidad, nada los separaba en cuestiones políticas. Como uno de ellos dijo, «el negocio de América son los negocios». El primero, Warren Harding, era prácticamente desconocido fuera de Ohio cuando accedió al poder en 1920. La mejor baza con que contaba era su aspecto físico, que coincidía con el concepto que Hollywood tenía de un presidente; su mayor defecto, sus amigos y subordinados, incompetentes algunos de ellos pero al fin y al cabo viejos amigos de Marion (Ohio). Resultó que entre ellos los había también corrompidos; en 1923 se supo que de la noche a la mañana el secretario del Interior, Albert Fall, que ganaba 12000 dólares al año, había empezado a vivir fastuosamente en su rancho de Nuevo México, sobre el que durante catorce años no había estado en condiciones de pagar impuestos. Pronto se descubrió que Fall había convencido a la Marina para que entregara el control de sus dos gigantescas reservas de petróleo de Elk Hills (California) y Teapot Dome (Wyoming) a su propio departamento; inmediatamente las reservas fueron arrendadas a dos compañías petrolíferas, a precios bajísimos y sin licitación, y simultáneamente Fall y su familia recibieron créditos y regalos por valor de casi medio millón de dólares. Resultó fácil probar que se trataba de un caso de corrupción; Fall fue encarcelado y los arrendamientos cancelados. El escándalo de Teapot Dome fue sólo el más famoso de una larga serie: la secretaría de veteranos de guerra permitía que sus amigos redactaran los contratos de construcción de hospitales; la dirección de la Oficina de Propiedades Extranjeras admitía el soborno cuando se trataba de acelerar la distribución de las propiedades alemanas confiscadas. Aun cuando estos escándalos estallaron únicamente tras su muerte, no cabe duda de que Harding conocía su existencia. Los culpables eran amigos suyos con quienes, a pesar de la ley seca, bebía y jugaba a las cartas durante noches enteras, y a quienes daba frecuentemente testimonio de gran lealtad. Estos escándalos, sin embargo, no tuvieron gran repercusión pública. En general sólo se censuraba abiertamente la corrupción de los funcionarios públicos; el hecho de que también los admirados hombres de negocios estuvieran corrompidos y acabaran convirtiéndose en delincuentes, era algo que no se les echaba mucho en cara.

Con la muerte de Harding en 1923 llevó a la presidencia al austero y distante Calvin Coolidge. Hijo de un almacenista de Vermont, nacido en una época en que todavía se empleaba el guardapolvos en el campo, Coolidge en Washington era como el «puritano de Babilonia». Pero no era un necio, ni mucho menos; la antigua tradición de esfuerzo individual que encarnaba era del todo compatible con las exigencias de la expansión económica de un período de prosperidad. El lema electoral de 1924, «Keep cool with Coolidge», era sinónimo de pocos cambios y de ningún aumento de los gastos federales, y en particular de que no habría apoyo alguno a los agricultores que, al igual que la industria, tendrían que valerse por sí mismos.

Herbert Hoover (1929-33) fue con mucho el más capaz de los tres presidentes republicanos. También de humilde extracción rural, siendo todavía joven amasó una fortuna y adquirió renombre internacional como ingeniero. Durante la primera guerra mundial dirigió con extraordinario acierto la organización de ayuda a Bélgica y regresó de Versalles donde había asesorado en las cuestiones económicas a la delegación americana rodeado de considerable fama y de gran popularidad. Encarnaba el sueño americano de éxito de los capaces. Pero desaprovechó la oportunidad de ser nombrado candidato republicano al declarar públicamente que los demócratas no podían contar con él, abatiendo así sus triunfos antes de tiempo. De haberse convertido en presidente en 1920 -lo que en cualquier caso habría sido una posibilidad remota- su probado genio burocrático y su internacionalismo le habrían convertido ciertamente en uno de los grandes presidentes de los tiempos de paz. Pero hubo de esperar hasta 1928 lo que, con Wall Street en pleno auge, parecía el momento ideal; sin embargo, al cabo de un año la economía empezó a derrumbarse, y con ella su reputación.

DESARROLLO DE LA POLÍTICA REPUBLICANA

De entre los numerosos hechos que caracterizan la política de la década de los años 20 podríamos destacar varios: los escándalos y la corrupción, la Ley Seca y su posterior abolición, las restricciones a la inmigración, la política de aislacionismo y prohibicionismo que fue desarrollada, y otros hechos característicos tan sólo de esta década.

La principal característica del gobierno de Harding fue su simpatía por las empresas comerciales y financieras. Satisfizo inmediatamente las demandas de la comunidad empresarial acerca de un programa de gasto publico reducido y recortes tributarios generalizados. Revocó el impuesto sobre beneficios extraordinarios y redujo la sobretasa a los ingresos más elevados, aunque no en la medida que otros hubieran deseado. También puso su peso de parte de los patronos en las disputas industriales; cuando se producía alguna huelga, Harding enviaba tropas federales para restablecer el orden. Pero toda esta política que propició el auge empresarial de este periodo se vio empañada por los escándalos que salieron a la luz más tarde. Harding estuvo muy acertado con el nombramiento de ciertos cargos de estado, pero el “amiguismo” que demostró regalando puestos a sus compinches políticos, la Banda de Ohio, que compartía su inclinación por el póker y el whisky, pero no su sentido de la responsabilidad pública. A principios de 1923 comenzó a hacerse de dominio público que los nombramientos inmerecidos de Harding y su negligencia administrativa habían dado pie a una extensa corrupción, extorsión y soborno.

El aislacionismo que EE.UU. mantiene con respecto a Europa, tras el derrumbamiento del internacionalismo llevado a cabo por Wilson, dio nueva fuerza al movimiento de restricción de la inmigración, al igual que el Terror Rojo y la recesión económica de posguerra. En un momento en el que los prejuicios raciales estaban ganando fuerza, políticos, editores y escritores populares conjugaron los espectros relacionados de la degeneración racial y el declive nacional. Advertían que la antigua estirpe “anglosajona” de los Estados Unidos estaba en peligro de ser sumergida por las hordas de los “nuevos” inmigrantes: “los débiles, los decrépitos, los deficientes mentales”, según expresión de un restriccionista. Es así como aparece una Ley sobre Cuotas de Urgencia en 1921 aprobada por el Congreso. Fue la primera medida que imponía restricciones cuantitativas a la inmigración al establecer un límite de 357.000 personas al año y cuotas determinadas para cada grupo nacional que reuniera los requisitos en función del 3 por 100 de su número de residentes que vivían en los Estados Unidos en 1910. Todo esto supuso una reducción drástica de la inmigración que se quedó en 165.000 personas al año, recortó las cuotas al 2 por 100 del número de cada grupo nacional residente en los Estados Unidos en 1890. La ley también establecía una política inmigratoria permanente. Cerca de un 96 por 100 de las cuotas se destinaron a los países del norte y del oeste de Europa. El hemisferio occidental europeo quedó exento de estas restricciones, en gran medida debido a que había poderosos intereses económicos en el Suroeste que dependían de la mano de obra mexicana. Por otro lado, la ley prohibía totalmente la inmigración de los países asiáticos. Las leyes de 1921 y 1924 que restringían la inmigración representaron un rompimiento abrupto con el pasado.

Esto también se vio reflejado en las restricciones a la importación de productos europeos: en 1920, el Congreso (en su mayoría republicana) aprobó a la carrera un decreto de urgencia sobre aranceles para levantar un muro proteccionista que impidiera la entrada a productos extranjeros. Los republicanos elevaron a alturas sin precedentes los impuestos a las importaciones e impidieron efectivamente que las naciones europeas vendieran sus artículos en los Estados Unidos. Primero con el arancel Fordney-McCumber y más tarde con el Smoot-Hawley, el más alto de la historia de los EE.UU., se le cerró el mercado estadounidense a los productos de las granjas y de las fábricas europeas. Esto provocó aranceles en represalia a los productos estadounidenses en Europa.

Otro de los aspectos importantes fue la transformación de Estados Unidos de nación deudora en acreedora. Tras la guerra, el gobierno comenzó con su política aislacionista y se alejó de Europa, limitándose a prestar dinero pera la reconstrucción del viejo continente. Si lo sumamos al que ya había prestado para armas y a que la guerra no se había desarrollado en tierra estadounidense, vemos como los EE.UU. estaban en un momento óptimo de supremacía.

Los años veinte fueron también la “dry decade”. Los impulsos reformistas de la era progresista terminaron momentáneamente con más de medio siglo de discusiones y esfuerzos por controlar los hábitos de una nación, los EEUU, cuya historia demuestra fehacientemente encontrase entre las más adictas al consumo del alcohol. El experimento prohibicionista reflejó una fe utópica en que el problema del alcohol pudiera ser erradicado mediante la legislación. Una serie de causas concatenadas, como el pánico a la escasez de granos tras la fuerte campaña antialcohólica, arraigada especialmente en las zonas rurales y fundamentalistas del Sur y del Midwest, con amplios tentáculos entre las mujeres de clase media de las ciudades, facilitaron el camino a la prohibición del alcohol. Con la poderosa ayuda de la Anti-Saloon League, fundada en 1893, influyente en los dos grandes partidos políticos, los “drys” introdujeron, en 1913, una enmienda en el Congreso que sería aprobada cuatro años después, como la enmienda 18 de la Constitución Americana. Fue la conocida como Ley Seca. La prohibición se hizo efectiva en todo el territorio nacional el 16 de enero de 1920. A partir de esa fecha se consideraba ilegal en los EEUU la fabricación, venta y transporte de “intoxicating liquors” aunque no su posesión y consumo. En octubre de 1919, el Congreso había aprobado la Volstead Act, con el veto del presidente Wilson, que definía como “intoxicating” cualquier bebida con más del 0,5% de alcohol. Se prohibía a toda persona sin la debida autorización, excepto para fines religiosos y sanitarios “manufacture, sell, barter, transport, import, export, deliver, furnish, or possess” ese tipo de bebidas.

La ley produjo la división y el descontento social. Mientras la prohibición pasó desapercibida para los agricultores que continuaron cosechando vino y otras bebidas caseras, y fue ampliamente aceptada por la población del Sur y del Middle West, las ciudades del Norte rehusaron aceptarla. Curiosa y paradójicamente, una ley aprobada con todo el esfuerzo y entusiasmo no consiguió apoyos para ser cumplida. El número de agentes federales que vigilaban el cumplimiento de la ley fue escasísimo, con salarios insuficientes y apenas ayudados por las autoridades locales de las zonas húmedas. No es extraño, pues, que se desencadenasen la corrupción y la inmoralidad. El desprecio a la ley alteró las costumbres -principalmente de las clases altas- de forma extremadamente nociva. Los viejos “Saloons” desaparecieron dando paso a los “speakeasies” o bares ilegales. Contrabandistas sin escrúpulos introdujeron licores en el país desde México, Canadá o las Indias Occidentales para ser distribuidos por otros “bootleggers” a su clientela. Incluso algunos americanos confeccionaron bebidas alcohólicas caseras. La bebida comenzó a tener un nuevo hechizo. Altos ejecutivos y grandes empresarios burlaron olímpicamente la ley en sus mansiones y clubs convirtiendo la bebida en un signo de prestigio social. Siguiendo el ejemplo de la clase alta y hostigados por la rebeldía juvenil, teen-agers, estudiantes universitarios y gente joven, en general, no se quedaron atrás en el consumo de alcohol. Todo parecía indicar que la prohibición dejaba de ser el “noble experiment”, defendido por las gentes de buenas costumbres.

La peor consecuencia de la prohibición fue estimular el crimen organizado. El tráfico de consumos ilegales de alcohol movió, por otra parte, cientos de millones de dólares que fueron a parar al mundo del hampa y de los bajos fondos. Aparecieron los términos “racker” y “racketeer” y el gangsterismo hizo presa en otros negocios, extorsionados y obligados a pagar un impuesto para proteger sus intereses y verse libres de las llamas del fuego. Estamos hablando de crimen organizado, en el que se enfrascaban las bandas criminales rivales para asegurar el gigantesco negocio derivado del alcohol. Solamente en Chicago, se produjeron, en la década de 1920, más de 500 muertes a consecuencia de estas luchas entre bandas de gangster. En esta ciudad, la bella “Windy City”, a las orillas del lago Michigan, comenzó “Scarface” Al Capone, en 1925, su lucha por el control del mundo del crimen. Fue un personaje tan poderoso políticamente como cualquier otro en el gobierno de la ciudad y más duro que ninguno, haciéndose sospechoso, entre otras cosas, del famoso St. Valentine's Day Massacre, de 1929, en el que perdieron la vida siete miembros de una banda rival. Al Capone fue condenado por evasión de impuestos a once años en una prisión federal. El crimen organizado se extendió, por supuesto, a otros terrenos, como la prostitución, el juego y la droga.

El fracaso evidente de la Enmienda Decimoctava produjo una demanda creciente favorable a su revocación. Algunos estados, como New York, hicieron muy poco, desde el principio, por implementar la ley seca. Hacia 1930, habían seguido su ejemplo otros seis estados, pese a que algunos, como es el caso de Michigan, impusieran severas penas a los infractores de la ley. En enero de 1931, la Wickersham Comisión, nombrada por Hoover, emitió un informe desfavorable a la ley, aunque concluía, ilógicamente, que la prohibición debía continuar. En 1933, el Congreso aprobó la 21 enmienda de la Constitución por la que se derogaba la enmienda 18. El control del licor quedaba, así, en manos de los estados. Sólo siete de ellos mantuvieron la prohibición, entre los que se encontraba Mississippi, el último en salir de la “dryness” en el año 1966.

AVANCES TECNOLÓGICOS Y PROSPERIDAD ECONÓMICA

Durante la década de 1920 se produjo un enorme crecimiento económico propiciado por la política del gobierno republicano y apoyado en los avances tecnológicos que tuvieron lugar en esta década. Este aumento económico se apoyaba sobre todo en las empresas privadas que se vieron enormemente favorecidas por la política republicana. El Tribunal Supremo favoreció igualmente el mundo de los negocios, llegando a invalidar leyes que regulaban el trabajo infantil y que establecían un salario mínimo para las mujeres trabajadoras.

La victoria de Coolidge fue el anuncio del incremento de la política empresarial republicana. Durante la mayor parte de su presidencia el producto nacional aumentó de una manera extraordinaria y pasó de 72.400 millones de dólares en 1919 a 104.000 millones en 1929, mientras la renta per cápita anual ascendió de 710 a 857 dólares.

La economía experimentó un desarrollo prácticamente ininterrumpido como consecuencia de unas inversiones masivas que a su vez se basaban en una fuerte demanda de artículos de consumo, “duros”, que duraban muchos años, como automóviles y aparatos eléctricos, y en una expansión acelerada de los sectores de la construcción y servicios. Tras veinte años de prosperidad, especialmente en el sector agrícola, la población estaba en situación de comprar productos más elaborados y complejos, y fue precisamente en la década de 1920 cuando la industria estuvo en condiciones de producir masivamente estos bienes, cuya fabricación implicaba importantes conquistas tecnológicas en diversos campos como la metalurgia y la electrónica. Muchos de esos avances se lograron durante el período bélico y fueron aplicados a la producción en gran escala de bienes de consumo una vez finalizado el conflicto. Los trabajadores podían producir más y consecuentemente ganar más, y reducir los predios al consumidor creando así importantes aumentos en los ingresos reales. El mejor ejemplo de estas mejoras, y también el de mayor trascendencia, fue la cadena de producción, gracias a la cual el producto pasaba frente a una serie de obreros cada uno de los cuales efectuaba en él una sencilla operación básica. Pero todo esto tuvo su lado negativo que estuvo situado en la agricultura, que quedó desprotegida por parte del gobierno y la primera en sufrir las consecuencias de las crisis de final de década.

Lo que más contribuyó al auge empresarial fue la revolución automovilística. Su artífice fue un muchacho rústico de Michigan, Henry Ford. Al adaptar la cadena de montaje y el transportador de correa a la producción automovilística y concentrarse en un modelo único y estandarizado, el famoso modelo T. Ford llevó el automóvil a las masas. En 1925 ya se producía un coche cada diez segundos y el modelo T podía comprarse por sólo 290 dólares. Hubo una competencia formidable por parte de los demás fabricantes de coches baratos, sobre todo de General Motors y Chrysler, que ofrecían modelos con más estilo, pero Ford permaneció siendo la figura dominante de esa industria. En 1920 se registraron en los Estados Unidos unos nueve millones de coches; en 1929 ya había casi 27 millones, es decir, un coche por cada cinco estadounidenses. Con una producción que se acercaba a los cinco millones de unidades al año, la industria automovilística se había convertido en un gran negocio. Empleaba a 447.000 trabajadores, aproximadamente un 7 por 100 del total de los asalariados, y suponía más del 12 por 100 del valor de la manufactura nacional.

Los efectos de la producción automovilística se extendieron por toda la economía. Esta industria absorbía alrededor del 15 por 100 de la producción de acero y era, con gran diferencia, el mayor consumidor de perfiles y laminados, así como de importantes cantidades de cristal, plomo, níquel, cuero y textiles (para los interiores). La industria del caucho creció al compás de la industria del motor y la demanda americana de esta materia prima se hizo sentir sobre las plantaciones de Malasia y las Indias Orientales holandesas. Más importante aún fue el efecto del uso de los vehículos de motor; su consecuencia más evidente fue la construcción a gran escala de carreteras dotadas de firme, financiadas en su mayor parte por los gobiernos estatales. El gobierno federal también participó en esta actividad, presionado por los sectores interesados, como los fabricantes de cemento, por ejemplo. A partir de 1920 los ferrocarriles experimentaron un descenso en el número de pasajeros y, aun cuando sus ingresos por transporte de mercancías no disminuyeron, la carretera absorbió una creciente proporción del transporte de carga en general. También hay que mencionar que la industria del motor fue la que puso la base para otra gran industria como es el petróleo.

Se consiguieron progresos tecnológicos en otras áreas a parte de la del motor. El aeroplano, inventado con anterioridad a la Primera Guerra Mundial, no había atraído la atención de la sociedad americana pese a los esfuerzos del gobierno por alcanzar los niveles europeos en este campo. Pero la década de los 20 abría la “air age”. Ya en 1918, la Oficina de Coreos de los EE.UU. comenzaba la ruta aérea experimental New York y Washington, ampliando el servicio a Chicago y San Francisco seis años más tarde. Mientras tanto, la producción comercial de aparatos era insignificante y los vuelos se limitaban a pasatiempos en los campos de aviación. Unos años más tarde, en 1925, el gobierno estimuló el transporte comercial permitiendo a la Oficina de Correos la concesión de contratos de correo aéreo a empresas privadas. En 1936, el Congreso atribuyó competencias reguladoras absolutas al Departamento de Comercio. El gran acontecimiento de la aviación americana se produjo en mayo de 1927 cuando Charles A.. Lindbergh realizó en el Spirit of St. Louis el primer vuelo trasatlántico, entre New York y París en un tiempo de 33 horas y 39 minutos. El público animado por esta hazaña y por el uso regular de los servicios aéreos en Europa, comenzó a tener confianza con el avión. Entre 1928 y 1930 los pasajeros aumentaron de 1.400 a 32.000 y las millas de rutas aéreas sobrepasaron los 4 millones. Pese a todo, el avión estaba aún a gran distancia, como medio de transporte, tanto del ferrocarril como del automóvil.

Otra importante industria fue la radio. El 2 de noviembre de 1920, la primera emisora de radio de los Estados Unidos, la KDKA en el este de Pittsburg, comenzó su servicio regular con los recuentos de las elecciones presidenciales. A diferencia de Gran Bretaña, que concedió el monopolio de emisoras de radio a una compañía pública, los Estados Unidos permitieron que la empresa privada desarrollara el nuevo medio. Las emisoras privadas se financiaban mediante los anunciantes que patrocinaban programas particulares. Las primeras emisoras fueron establecidas por los fabricantes de equipos de radio, pero poco a poco las compañías comerciales de radiodifusión dominaron el terreno. La National Broadcasting Company (NBC) estableció la primera red nacional de radio en 1926; el Columbia Broadcasting System (CBS) creó otro al año siguiente. En 1927, cuando el número de emisoras había aumentado a 732, el Congreso estableció con retraso una comisión reguladora para concederles licencia y asignar longitud de onda. Apenas algo más que un juguete antes de la guerra, la radio se convirtió pronto en un elemento doméstico casi habitual. Según el censo de 1930, el 40 por 100 de las familias estadounidenses poseían una.

Casi tan importante como el automóvil y los demás adelantos técnicos de esta década en la transformación de las costumbres fue la asistencia masiva a las películas producidas en profusión en Hollywood. Se convirtió en un hábito nacional ir al cine. La aparición en 1927 de la primera película hablada completa, The Jazz Singer, protagonizada por Al Jonson, aumentó su público aún más. Contar con mayor tiempo libre llevó a una variedad de caprichos y furores, como los maratones de baile y las pruebas de resistencia en lo alto del mástil de una bandera, y el auge de los deportes espectáculo.

La construcción de viviendas particulares hasta mediados de la década y de locales comerciales y naves industriales había alcanzado un gran desarrollo en 1928. Los factores que regían el mercado de la vivienda eran distintos de los que dominaban los restantes sectores de la economía. Las viviendas se construían a lo largo de ciclos bastante regulares de 15 a 20 años de duración, que no se ajustaban al ciclo económico; el motivo principal es que las viviendas perduran por lo que su demanda puede ser aplazada. En 1910, por ejemplo, una persona podía optar entre adquirir una nueva casa o reparar la suya (o dejar que se derrumbara poco a poco). Si compraba una nueva en 1920, dispondría entonces de dos edificios. Pero el hecho de que comprara o no un nuevo automóvil en 1910 no afectaba al número de vehículos en circulación en 1920, ya que en esta fecha normalmente aquél estaría inservible. El de la vivienda es, pues, un mercado especulativo; si las perspectivas son buenas, los constructores incrementan su producción hasta que el mercado se satura. La fuerte expansión experimentada por la construcción de viviendas en el período 1918-1925 fue provocada en parte por una elevada tasa de inmigración, con la que siempre estuvo estrechamente relacionada en Estados Unidos la política de la vivienda; por un alto índice de constitución de familias en los núcleos urbanos, efecto secundario a su vez de la elevada tasa de inmigración de jóvenes adultos ocurrida unos veinte años antes, y el debilitamiento del ritmo de construcción durante la guerra. En definitiva, el crecimiento de las ciudades que se produjo en esta década conllevó un auge de la construcción que no sólo se vio en la vivienda familiar sino también en la edificación de edificios comerciales.

ASPECTOS DE LA SOCIEDAD ESTADOUNIDENSE EN LOS AÑOS 20

A comienzos de 1920 el pueblo americano estaba convencido de que el principal “budines” era precisamente eso, el “budines”. Los años 20 combinaron riqueza y prosperidad con pobreza, desilusión e intolerancia.

Pocas décadas evocan sentimientos tan ricos y dispares a la vez. El comienzo de los 20 era prometedor para las jóvenes generaciones que, envalentonadas con el contrabando de licores prohibidos, satisfacían sus fantasías frecuentando los speakeasies, llevando el pelo a lo garçon, vistiendo faldas cortas, en general, relajando sus normas morales.

Pero con la liberación también se vivió una época de miedo a los rojos, el Ku Klux Klan, violencia racial, restricciones en la inmigración y oposición a las enseñanzas sobre la evolución.

Las clases altas de la sociedad burlaron la prohibición del alcohol y disfrutaron abundantemente de los productos de la nueva industria- automóviles, radios- mientras que muchos sectores de la población apenas experimentaron el bienestar debido a la desequilibrada distribución de la riqueza.

Los negros del Sur acosados, linchados y sufridores de una gran miseria económica y cultural, emprendieron el camino hacia el Norte en un clima de creciente intolerancia racial.

La industria del automóvil hizo necesaria una ampliación de la red de carreteras y la nueva geografía con grandes carreteras, puentes y autopistas, acercó el campo a las ciudades.

Sin embargo, las pequeñas ciudades y el campo se opusieron a las ideas de las grandes ciudades, que desafiaban las creencias más tradicionales, la fe en Dios, la moralidad pública, la americanidad y, en general, la moral puritana que defendía unas reglas sexuales estrictas y el control de los placeres del cuerpo. El alcohol, los bailes e incluso el automóvil eran considerados pecaminosos por incitar al libertinaje sexual.

La represión e intolerancia marcaron también los años 20. El Ku Klux Klan, prácticamente extinguido en los años 1870, resurgió en el año 1915, defendiendo a los “native born, white, gentile” contra negros, católicos, judíos y extranjeros. Hacían recorridos nocturnos quemando cruces, torturando y secuestrando personas con el fin de eliminar la inmoralidad. Un escándalo protagonizado por uno de los cabecillas del Klan, hizo que hacia 1928 estuviese casi disuelto.

La represión también se produjo en torno a las creencias y al pensamiento. Los intentos modernistas por reconciliar ciencia y religión enfadaron a los protestantes que creían en la verdad literal de la Biblia y se oponían a la teoría de la evolución de Darwin. Se prohibió la enseñanza de ésta en las escuelas públicas.

Las reformas pretendidas afectaban también al excesivo consumo de alcohol. EEUU era una de las naciones más adictas. Hubo un experimento prohibicionista con el fin de que el alcohol fuese erradicado por medio de leyes(Ley Seca).

El antievolucionismo y el prohibicionismo eran parte de un movimiento más amplio que pretendía que mediante la ley se obligara al cumplimiento de las directrices morales e intelectuales.

El Estado prohibió que se informara sobre el control de la natalidad y la venta de anticonceptivos. La mujer sufrió enormemente la censura: se prohibieron “los trajes de baño indecentes”. En muchos estados se consideraba delito acariciarse y las relaciones sexuales fuera del matrimonio.

Sin embargo el materialismo implacable y la búsqueda despreocupada de placeres, así como la rebelión y la protesta fueron características de la época. Las generaciones más jóvenes fueron muy críticas con el tradicionalismo. Puritanismo y victorianismo se convirtieron en términos peyorativos.

La franqueza y los temas sexuales llegaron al mundo de la literatura. La enajenación y la rebelión se expresaron de forma más aguda en ella. Desilusionada por la guerra y en contra del materialismo y conformismo imperantes, una nueva generación de escritores lanzó una denuncia mordaz de la civilización moderna, en general, y de la americana, en particular. Escritores como Ernest Hemingway o F. Scott Fitzgerald escribieron obras que reflejaban las actitudes de la sociedad de estos años; vidas carentes de significado, personas llenas de cinismo, desencantadas, un vacío espiritual y moral, la ilusión del “sueño americano”.

El jazz obtenía una creciente popularidad. Las personas de mayor edad se alarmaron ante las formas de baile poco decorosas que este nuevo ritmo había producido.

Gran parte de los comentarios sobre la “ardiente sociedad” fueron exagerados.

Una reacción contra las restricciones tradicionalistas fue la rebelión protagonizada por las mujeres (sobre todo jóvenes) de la época. Empezó a vestir faldas más cortas, desechó los corsés, se cortó el pelo y utilizó más cosméticos. A este tipo de mujer se le denominó flapper. Las más atrevidas desafiaron los viejos cánones sociales demandando y a veces afirmando el derecho a beber y a fumar en público. Algunas llegaron a reclamar la misma libertad sexual que los hombres. Con todo esto podríamos pensar que se trata de una etapa de emancipación de la mujer, pero nada más alejado de la realidad. Aunque la Enmienda Decimonovena les había concedido de forma nominal la igualdad política, las mujeres continuaban desempeñando un papel insignificante en la política; estaban menos dispuestas a votar que los hombres e incluso cuando lo hacían tendían a seguir las preferencias de sus parejas masculinas. Las mujeres que ocupaban cargos públicos lo hacían de una manera difuminada, casi siempre por “haberse quedado viudas”; tampoco hicieron un progreso apreciable en la igualdad económica, a pesar de que el número de mujeres empleadas aumentó notablemente. Mal pagadas en general, las mujeres ganaban sustancialmente menos que los hombres, incluso en trabajos comparables, y rara vez obtenían puestos de gerencia o supervisión. Sólo dentro de la esfera doméstica podría decirse que se hicieron más independientes. Los aparatos electrodomésticos y los procesadores de alimentos las liberaron de muchas labores fatigosas. Tenían menos hijos y les resultó más fácil escaparse de matrimonios insatisfactorios. Se seguía separando a hombres y mujeres en cuestiones laborales; a ellas se les reservaban trabajos “serviles”, maestra, enfermera, en definitiva “trabajos femeninos”.

EL FIN DE LA “FELICIDAD”. LA CRISIS BURSÁTIL.

La industria de la construcción fue la primera en notar cierta contracción, lo cual no hizo pensar en la enorme crisis que seguiría más tarde. En septiembre de 1929 la bolsa de New York se estabiliza y para su tendencia a la alza. Esto se debió al descenso de algunos precios. La quiebra de la Bolsa tuvo lugar en octubre. A principios de mes reinaba cierto nerviosismo, pero aún no imaginaban lo que iba a suceder. El 23 de octubre fue vendida la cifra récord de 6 millones y medio de títulos. Al día siguiente el caos y el pánico se apoderaron de la Bolsa neoyorquina; el 24, llamado “jueves negro”, salieron a la venta 13 millones de títulos a bajo precio, y que no encontraron comprador. En una sola mañana llegaban a desaparecer las ganancias de meses. El hundimiento provoca la ruina de millones de inversores. A esta crisis le sigue la Gran Depresión que afecta a todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos; agricultura, tecnología, aeronáutica, automovilismo, etc. Más tarde también afectó a Europa cuando los EE.UU. quisieron recuperar el dinero prestado años atrás. Es el fin de los felices años 20.

CONCLUSIÓN

Los años 20 fueron una época de progreso, de avances tecnológicos y, por supuesto, de crecimiento económico y cambio social. El automóvil revolucionó la forma de vida norteamericana, y el auge económico hizo posible que apareciera el gusto por nuevas actividades que se hicieron habituales como ir al cine, bailar en fiestas, etc. Rasgos de esta época son el racismo, apoyado en el ku kux klan, la rebelión de la mujer, el progreso y el cambio de hábitos sociales. El gobierno republicano tuvo mucho que ver ya que se preocupó de cuidar la actividad que se desarrollaba en las empresas, y dio lugar a lo que se ha llamado laissez faire. La mujer consigue el voto en esta década y lucha contra la represión y el conservadurismo que ante todo les afectaba a ellas. Querían mayor igualdad, y aunque pareció que la conseguían, en la práctica política seguían por debajo del hombre y sin ningún peso sobre cualquier decisión. Aún así consiguieron un enorme adelanto. Se desarrolló a causa de la Ley Seca una ola de gansterismo y crimen, cuyo mejor exponente es Al Capone. Inevitablemente los ricos se hicieron más ricos y los trabajadores fueron explotados, pero de igual manera había un sentimiento generalizado de bienestar y progreso. Con la crisis bursátil de 29 acabó el sueño de la felicidad y la ruina asoló no sólo los EE.UU., sino también el resto del mundo. Pero los enormes progresos conseguidos quedaron para la posteridad como ejemplo, aunque a partir de ahora se siguiera una política más intervencionista.