Explotación agraria familiar. Crisis y perspectivas

Intensificación. Dependencia. Modernidad. Contrato. Producción. Minifundismo. Parcelación. Descapitalización. Industria. Suministros. Cooperativismo

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TEMA 5: LA EXPLOTACIÓN AGRARIA FAMILIAR. CRISIS Y PERSPECTIVAS

(1-03-00). Como su propio nombre indica, se trata de unidades donde la familia constituye el núcleo esencial en la toma de decisiones, de producción y consumo, distribución de los ingresos y aporte de recursos, es decir, el trabajo proporcionado por la propia familia agricultora aparece como el eje del proceso productivo agrícola que realiza, los diversos autores que han estudiado el tema, lógicamente han encontrado diferencias sustanciales en la racionalidad, los recursos, y el comportamiento de estas unidades familiares o campesinas respecto a las empresas capitalistas. Todas estas diferencias están a su vez relacionadas entre sí, pues se refieren a rasgos que se integran coherentemente en el marco de cada uno de estos tipos de unidades productivas, en cuanto a la racionalidad, que no es otra cosa que el criterio básico con el que se toman decisiones. Se puede señalar que mientras las empresas capitalistas persiguen la obtención máxima de ganancias que resulte posible, las explotaciones familiares por el contrario procuran asegurar, ante todo, su subsistencia como tales, lo que es lo mismo que decir la perduración de las condiciones de vida y de trabajo de la familia campesina que esta al frente.

Desde el punto de vista de los recursos, también existen grandes diferencias entre las empresas de capital y las familiares. Estas últimas tienen mucha menos tierra, poseen menor cantidad de instrumentos de trabajo y se caracterizan por un acceso a la financiación plagado de dificultades, cuando no imposible. Al mismo tiempo, mientras las empresas de capital utilizan preferentemente mano de obra asalariada que para ellos representa un costo, las unidades de tipo campesino suelen funcionar con el trabajo de la propia familia. Con estas premisas tan dispares es lógico que uno y otro tipo de explotación muestren comportamientos muy diferentes. Así las empresas capitalistas guiadas por su búsqueda de ganancias se orientan sobre la base de cálculos rigurosamente mercantiles y deciden sus acciones de modo que dichos cálculos conduzcan a los mejores resultados económicos posibles. En cambio, como para la unidad campesina lo más importante es asegurar la subsistencia de las condiciones de trabajo y de vida de la familia, su comportamiento supondrá la adopción de aptitudes que para los criterios capitalistas serían totalmente irracionales como por ejemplo, producir determinados bienes que no resultan económicamente convenientes utilizar métodos de trabajo rudimentarios o anticuados, vender la producción a precios demasiados bajos o aceptar ingresos personales que muchas veces son inferiores a un salario, junto a todo ello y teniendo en cuenta la precariedad de los recursos disponibles, una explotación familiar siempre medirá mucho más los riesgos que una empresa capitalista, lo cual la llevará a adoptar decisiones especialmente cautelosas.

Evidentemente, esta situación provoca un estado permanentemente de crisis para la explotación agraria familiar. Parafraseando las ideas y reflexiones que Milen Etxezarreta incluye en la aportación que hizo en el libro: “La agricultura insuficiente”, la agricultura está en crisis es probablemente la frase más repetida respecto al sector agrario durante las últimas décadas tanto en España como en Europa.

(2-03-00). Esta autora se interroga sobre que significa exactamente que la agricultura este en crisis, ¿qué se produce poco o con costes muy elevados?, ¿qué los ingresos de los agricultores son bajos?, ¿qué algunos agricultores no pueden competir en un mercado libre?, ¿qué las explotaciones se abandonan?. Del mismo modo también se pregunta si la crisis afecta a la totalidad del sector agrario o solo a ciertos elementos del mismo e incluso si la situación es más crítica en unos países que en otros. Lógicamente, con estas premisas es obvio que la frase citada es equívoca, ambigua y en primera instancia difícil de aceptar, sobre todo si se observa la evolución positiva de la producción, la productividad, los rendimientos, las inversiones, la utilización de insumos o el consumo de productos agropecuarios.

Por otro lado, si tenemos en cuenta que la agricultura es una actividad en la que conviven diversas formas de organización productiva, cabe preguntarse de nuevo de que crisis se trata entonces, pues no se debe olvidar que existen tanto explotaciones familiares como formas de producción agraria con una organización de tipo empresarial capitalista. Diversos autores españoles que han estudiado el tema con minuciosidad durante las décadas de los años 70 y 80 como Etxezarrete, Arnalte, Naredo, Sumpsi, Camilleri, Gámiz o Pes, coinciden en afirmar que la crisis de la agricltura se refiere fundamentalmente a la situación en la que se encuentran las explotaciones familiares, es decir, aquellas en las que la base del trabajo aportado procede de los miembros de la unidad familiar, al mismo tiempo, este tipo de agricultura implica un determinado tipo de fuerzas productivas con una gran participación del trabajo y escaso capital, una estructura específica de producción, una débil integración en la división social del trabajo, una acusada falta de especialización y una forma particular de relaciones productivas.

Por lo tanto, la explotación familiar es la unidad básica de la propiedad, producción, consumo y vida social campesina. Se estima, que hoy en día, las explotaciones agrarias familiares representan en España aproximadamente el 90% de las explotaciones totales y aportan el 60% de la producción agropecuaria del país. El desequilibrio respecto a las empresas agrarias capitalistas es manifiesto, aunque lo elevado de ambos porcentajes suscita que las expresiones “Crisis de la agricultura” y “Crisis de la explotación agraria familiar” puedan ser considerados términos sinónimos.

En efecto, los graves problemas por los que atraviesa actualmente el sector agrario repercuten de forma directa en las explotaciones familiares y amenazan su continuidad, pero al mismo tiempo, los problemas por los que atraviesa la explotación familiar en las últimas décadas y su penoso sobrevivir, contribuyen a hacer del sector un sector esencialmente crítico, cuya solución no parece sencilla.

(6-03-00). Para comprender el proceso de crisis que afecta a la agricultura familiar es necesario establecer su revolución creciente y a partir de la estructura y dinámica de los condicionantes socioeconómicos globales distinguiendo al respecto de 4 etapas claramente diferenciadas:

Según Camilleri la primera de éstas etapas puede centrarse entre comienzos de los años 50 del s. XX y mediados de los años 60 y en ella entra en crisis el modelo agrícola tradicional.

Durante la segunda etapa que abarca entre mediados de los años 60 y mediados de los años 70 tiene lugar la progresiva intensificación productiva y creciente dependencia externa del sector agrario que culminará a partir de mediados de los años 70 y hasta comienzos de los 90.

A partir de mediados de los años 70 y hasta comienzos de los 90: una tercera etapa que se ha convenido en denominar crisis de la agricultura moderna que es uno de los rasgos principales del sector agropecuario de las 2 últimas décadas.

Por último, a partir de 1992, con la Reforma Política Agrícola Común se consolida la idea de que el mundo rural ya no es el mundo de la agricultura, pués las actividades agropecuarias cada vez tienen menos importancia en unos espacios muchos más complejos a los que se la han asignado nuevas funciones distintas a las tradicionales. El mayor perjuicio de esta nueva situación en la que el medio rural se convierte en un bien de consumo recae precisamente sobre las explotaciones familiares. Este proceso de crisis se ha producido aunque con distintos matices en muchos países europeos, pero es en España donde el impacto del desarrollo económico global sobre la agricultura familiar ha sido especialmente fuerte, en muy pocos años de este tipo de explotación pasa de una situación de equilibrio estable dentro de unos rasgos de autoconsumo a otra de equilibrio inestable como consecuencia de la dependencia externa.

  • 1. LA CRISIS DE LA EXPLOTACIÓN AGRARIA TRADICIONAL:

La primera de las etapas a la que hacíamos referencia se inicia en España a comienzos de los años 50 y concluye hacia mediados de los años 60. Esta etapa donde se incluye el plan de estabilización de 1959 se caracteriza por el inicio del desarrollo económico español, el cual tuvo lugar en Europa Occidental al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en estos momentos cuando se toman las decisiones fundamentales que aceleran el paso de una economía eminentemente agraria y rural a otra de coste humano industrial y terciario.

(9-03-00). Este proceso transformador crea una demanda muy importante de mano de obra por parte de la industria y los servicios que genera una fuerte emigración rural, sobre todo de asalariados agrícolas. Se debe recordar que este movimiento poblacional masivo no es voluntario, sino que se encuentra dirigido porque la industria ubicada en los centros urbanos requiere un ejercito de reserva de mano de obra para que los salarios presionen a la baja y el capital invertido consiga un rendimiento optimo. Como consecuencia de ello se pasa de una situación de abundancia de mano de obra en el campo a otra decreciente escasez, con el consiguiente encarecimiento a través del alza de los salarios. Por ejemplo: entre 1953 y 1965 el índice general de los salarios agrarios experimentó un crecimiento de casi el 350%.

La escasez de mano de obra en el campo y el alza de los salarios agrícolas, así como el aumento de la demanda de alimentos coincide con la introducción en la agricultura, de nuevas tecnologías que elevan las producciones, la productividad, y los rendimientos.

Esto provoca decisiva modificaciones en las explotaciones donde poco a poco se sustituye el trabajo por capital. Los cambios se introducen en primer lugar en las grandes explotaciones para compensar la falta de mano de obra y su creciente encarecimiento, para paliar de este modo el alza de los salarios. Se puede afirmar entonces que el proceso de tecnificación del campo, aparece como causa y consecuencia del éxodo agro-rural, dichos cambios se extienden posteriormente a la pequeña explotación familiar, pero no por el asunto de escasez de mano de obra y el aumento de salarios, sino fundamentalmente para mejorar las labores y los rendimientos, para poder competir con las grandes explotaciones, para adaptarse a la nueva situación económica y sobre todo para ganar tiempo de trabajo con el fin de desarrollar actividades paralelas que les permitan complementar los ingresos obtenidos en la tierra.

Estas actividades paralelas han sido básicamente la ganadería intensiva y la agricultura a tiempo parcial. Las principales características de esta etapa y las profundas transformaciones que se producen en la agricultura constituyen lo que J. M. Naredo ha denominado crisis de la agricultura tradicional, pues la modernización económica, las innovaciones técnicas, y la entrada al capitalismo en el sector agropecuario rompen con un modelo secular donde la agricultura a la vez que productora era consumidora de sus propias producciones. No dependía del exterior de la agricultura, puesto que aprovechaba los ciclos biológicos y practicaba el reempleo y sobre todo se basaba en la aportación intensiva del trabajo familiar.

La explotación agraria familiar se ve obligada a cambiar paulatinamente los sistemas de producción tradicionales por la presión de distintos fenómenos de gran fuerza: urbanización, evolución tecnológica, aumento del control por parte de la agroindustria, competencia de las empresas capitalistas, necesidad impuesta de producir elementos baratos, aumento del consumo de productos agroalimentarios, internacionalización del sistema económico, ampliación de los circuitos mercantiles, e incluso creciente penetración del capital urbano industrial y financiero en el sector agropecuario.

La mayoría de las explotaciones familiares no pueden participar en este proceso modernizador por falta de recursos económicos, escasas perspectivas de rentabilidad, dificultades de acceso a los mercados o incapacidad de sus componentes por ello se ven agotadas a la marginación socioeconómica y entran en una dinámica que en un plazo más o menos prolongado llevará a muchas de ellas a la desaparición conforme se extienden en el sector agrario los mecanismos propios del mercado.

  • 2. INTENSIFICACIÓN PRODUCTIVA Y CRECIENTE DEPENDENCIA EXTERNA DEL SECTOR AGRARIO: (13-03-00).

A partir de mediados de los 60 y hasta mitad de los 70 se puede situar aproximadamente la segunda etapa de la crisis de la agricultura familiar española que se caracteriza por la intensificación productiva y la creciente dependencia externa del sector agrario. La profundización del sistema capitalista en la agricultura incrementa de forma notable la dependencia de las explotaciones familiares respecto del mercado. En efecto, la explotación familiar debe adaptarse a una producción cada vez más intensiva, aumentando la productividad y vendiendo cantidades crecientes de la producción. La explotación agraria tradicional es instituida por una explotación productora de pequeñas mercancías que se ajusta al esquema M.D.M. (Mercancía-Dinero-Mercancía), es decir, monetariza en el mercado las mercancías producidas y destina este dinero a la compra de otras mercancías que precisa tanto para su consumo familiar como para asegurar su ritmo de producción.

De este modo, la agricultura familiar se ve inmersa en el mercado y sus rentas empiezan a depender cada vez más de la relación de intercambio con los demás sectores económicos. La explotación familiar sometida a tensiones exógenas tiene todas las desventajas de la gran explotación en lo que se refiere a la dependencia de mercado, pero sin participar de ninguna de las ventajas que esta dependencia representa para la agricultura capitalista.

Por otro lado, la capacidad de maniobra frente a adversas situaciones de mercado es muy inferior en la agricultura familiar, es decir, menores producciones, menores dimensiones físicas, menores economías de escala, mayores costes de producción, menores posibilidades de cambios de cultivos e introducción de mejoras técnicas, peor utilización de los medios de producción, escasa capitalización, limitaciones para la inversión, escasa posibilidad de almacenar los productos, etc.

En este punto cabe señalar que las explotaciones agrarias capitalistas se rigen por el esquema de Dinero inicial-Mercancía-Dinero final (Di-M-Df), es decir, se registran importantes inversiones de capital acumulado en actividades urbanas, o por un esfuerzo propio en trabajo y capital conseguido en el campo o con ayuda de créditos para producir mercancías que permiten obtener beneficios, además de amortizar el capital invertido.

Acorde con la lógica del modo de producción capitalista se va realizando gradualmente un proceso de selección donde sobreviven los agricultores más capaces y desaparecen los que no pueden adaptarse a las nuevas exigencias. Muchas explotaciones familiares, pese a haber aumentado su producción y eficacia, no lo han hecho lo suficiente como para mantenerse firmes en este sistema, ya que la dinámica capitalista conduce a que las explotaciones familiares se encuentran permanentemente frente a la necesidad de transformación, adaptación y cambio.

Las que no pueden integrarse en el nuevo sistema de producción mucho más intensivo y capitalizado, están abocadas a la desaparición. La creciente dependencia externa del sector agropecuario alcanza un punto culminante hacia mediados de los 70, cuando la crisis energética y de las materias primas acentúan de modo constante la diferencia negativa entre los precios que el agricultor percibe por sus productos y los que debe pagar en el mercado para adquirir los insumos.

El nivel de consumo del sector agrario, tanto en su aspecto demandante de medios de producción al resto de sectores económicos como de consumidor de bienes finales, aumenta de forma notable y a unos precios cada vez más elevados, mientras que la cotización de sus productos permanece estable o se incrementa ligeramente.

(15-03-00). El incremento de los precios de los productos energéticos y de las materias primas repercuten de forma considerable sobre la estructura de costes del sector agrario ya que los gastos de fuera del sector representan en la producción final agraria alrededor del 50% a este respecto en notable aumento de la productividad en la agricultura y la consiguiente generación de excedentes provoca que los precios establecidos por el mercado se ajusten de acuerdo con la productividad media del sector marginando a los que necesitan más horas de trabajo para llevar a cabo la producción, es decir, los agricultores familiares, los cuales necesitarían precios más altos para que les fueran pagados la totalidad del trabajo invertido.

En las condiciones actuales ni siquiera se cubren las necesidades básicas de la familia agricultora. Si a esto se añade el poder de las industrias agrarias para establecer los precios de los consumos y el de la industria agroalimentaria para fijar el precio de los productos que compra el agricultor tendremos entonces las causas principales que conducen al deterioro de las rentas agrarias y a la crisis de las explotaciones familiares.

Cualquier política agraria que defiendan los intereses de los agricultores debería tener en cuenta que las mayores diferencias de rentas las encontramos dentro del propio sector agrario. Pues hay mucha distancia entre lo que perciben los empresarios sin asalariados y los empresarios con asalariados, tanto por lo que respecta a sus ingresos como a sus gastos de consumo, así lo que se necesita, más que una política de precios altos para todos, son ayudas específicas para la modernización de los colectivos más necesitados del sector, es decir, para las explotaciones familiares que contribuyen con un porcentaje básico a la producción final agraria del país.

  • 3. LA CRISIS DE LA AGRICULTURA MODERNA:

La acentuación de la situación indicada que conlleva un agudo deterioro de las rentas agrarias es la nota característica del sector agrario español desde mediados de los años 70 y constituye lo que J. Maria Sumpsi ha denominado crisis de la agricultura moderna. Este hecho se verá agravado durante esta larga etapa por acontecimientos ya conocidos como el ingreso de España en las Comunidades Europeas, la entrada en vigor del mercado único europeo, la culminación de acuerdos comerciales internacionales como el GAT, la Reforma de la Política Agrícola Común, o la más reciente Agenda 2000.

Lógicamente todo esto sigue poniendo en entre dicho la supervivencia de la explotación agrícola familiar, al mismo tiempo el actual empuje neoliberal dificulta la posibilidad de que los excedentes de mano de obra agrícola pueden ser trasvasados a otros sectores económicos como sucedió en las décadas de los años 50 y 60.

Esta situación crítica, aunque con diversos matices y con mayor o menor diversidad es común a muchos países de la Unión Europea, ya que salvo el Reino Unido y algunas zonas de Francia y Alemania, la explotación familiar es la organización productiva agraria más frecuente y la que a su importancia económica une un notable componente social. Pese a todo ello, según Etxezarreta se debe tener en cuenta que en España esta crisis moderna en la agricultura se da de forma simultánea con una crisis de tipo tradicional, ya que muchos agricultores luchan por su supervivencia modernizando sus explotaciones tradicionales, mientras que otras explotaciones ya modernizadas contemplan el deterioro progresivo de sus rentas y una aguda descapitalización que les impide adaptar su explotación a las nuevas y constantes exigencias.

(16-03-00). La diferencia negativa entre los precios que percibe el agricultor por sus productos y los precios que debe pagar por los insumos, continúa siendo el principal caballo de batalla de la agricultura española y de la explotación familiar. Además, se debe tener en cuenta que la inclinación de cualquier gobierno siempre se encamina a proteger al consumidor y evitar el disparo del I.P.C. De ahí, la utilización de ciertos mecanismos como las importaciones masivas o de choque de carne de pollo que es un producto muy sensible en las oscilaciones del I.P.C. y muy significativo en la cesta de la compra. La relación precios percibidos precios pagados que indica la relación de intercambio entre el sector agrario y la industria suministradora de insumos permite observar el aumento de los costes de la producción agraria no compensado por un aumento paralelo de los precios de los productos.

La relación de los precios percibidos con el coste de la vida en alimentación que refleja la relación con la fase de comercialización se muestra que el aumento de los precios al consumo de los bienes alimenticios son absorbidos en gran medida por los procesos de comercialización. Así mismo, la relación precios percibidos (IPC) general indica que el agricultor ha experimentado como consumidor una considerable pérdida de poder adquisitivo durante las últimas décadas.

Por ejemplo, si observamos en un mercado cualquiera la multiplicación de los precios de los productos agrarios durante la fase de comercialización, entenderíamos mejor el problema que deben afrontar los pequeños productores familiares, en ocasiones el aumento moderado de los precios podría tener justificación en la mejora de la presentación o en la selección de la mercancía por parte de los intermediarios, pero en otros muchos casos se trata de simples productos que pasan del origen al consumo como una multiplicación injustificada de los precios que corresponde únicamente al excesivo beneficio de dichos intermediarios y también a una estructura agraria minifundista cuya oferta se haya atomizada y dispersa.

En numerosas campañas se obtienen grandes cosechas que provocan la reducción a la mitad de los precios en origen, sin que esa caída por exceso de oferta repercuta a la baja en el precio final del producto. Muchos productos hasta sextuplican sus precios desde el origen al destino. El núcleo de la cuestión radica en la escasa transparencia de los canales de comercialización y en el escaso nivel de asociación por parte de los productores. No obstante el sector agropecuario podría percibir mejores precios sin perjudicar al consumidor, ni al IPC, si se fomentase el cooperativismo y se eliminasen los intermediarios que sobran en el proceso de comercialización.

  • 3.1. LA PRODUCCIÓN BAJO CONTRATO: (20-03-00).

Dentro de la situación actual de crisis en la agricultura familiar merecen especial atención los procesos de integración y diversas formas de agricultura contra actual. Este fenómeno afecta fundamentalmente a la explotación familiar y con especial relevancia a producciones como las frutas y las hortalizas, la leche, la carne de cerdo, y la carne de buey. En estas condiciones el pequeño productor se convierte de hecho en un pequeño asalariado de la industria transformadora y debido a las duras exigencias que soporta es objeto de una matizada y sutil forma de proletarización.

Pues el agricultor pierde el control técnico de su proceso productivo y de las características del producto obtenido y por lo tanto también pierde el carácter de empresario independiente y autónomo. La explotación familiar aparece así sometida a los intereses del beneficio y de la acumulación de capital del sistema socioeconómico global. Como ejemplo ilustrativo baste señalar que las explotaciones de pollos de carne en la Comunidad Valenciana están actualmente integrados en su totalidad. Apenas quedan ya explotaciones independientes. Solo algunas de pequeño tamaño y que actúan más como autoconsumo y pequeñas ventas locales que como un verdadero interés comercial a gran escala.

A continuación indicaremos otros aspectos o fenómenos que caracterizan la situación actual de la explotación agraria familiar y que contribuye de forma más o menos acusada a su estado de crisis.

  • 3.2. EL MINIFUNDISMO Y LA PARCELACIÓN:

Un rasgo fundamental que acentúa la crisis de la agricultura familiar es el minifundismo. Cabe advertir que el concepto de minifundismo físico no es adecuado para caracterizar a la explotación familiar, aunque exista cierta relación entre ambos. Mientras el primero hace alusión a explotaciones de reducidas dimensiones superficiales y generalmente muy parceladas. El segundo se refiere a aquellas explotaciones que dan sustento y trabajo a una familia y en las que el criterio físico no las identifica plenamente.

El modelo de agricultura basado en la unidad familiar no solo exhibe la superficie cultivada como criterio diferencial, sino también el grado de capitalización. Por lo tanto, al criterio físico de dimensión se superpone el económico. En cualquier caso, la atomización de las explotaciones y el elevado grado de parcelación no contribuyen en absoluto a la búsqueda de una agricultura rentable y de unas explotaciones familiares viables, según el censo agrario de España de 1989 el 65 % de las explotaciones con tierras.

(23-03-00). Curiosamente, pese al imparable proceso que ha provocado el abandono de miles de agricultores con especial intensidad de 1986, no se ha conseguido aceptar la productividad de las explotaciones agrarias españolas a las europeas, ni siquiera esto ha sido acompañado de un relevo generacional capaz de abrir nuevas perspectivas al campo.

Según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación entre 1983-1945 solo se incorporaron al trabajo agrícola 35000 jóvenes, 16000 de ellos de forma individual y 19000 de forma asociativa. A ello abría que añadir otros 30000 jóvenes que en el mismo periodo modernizaron sus explotaciones. Hasta hace muy pocas décadas la población ocupada en el sector agrario representaba en España más del 40% del total de los activos. Hacia 1982 tras el éxodo rural de los años 60 fundamentalmente el sector agrario español contaba con una población agraria de algo más de 2 millones de personas, lo que suponía casi el 16% de la población ocupada del país.

Actualmente, sigue imparable el proceso de ajuste, y la población activa agraria se cifra en 1 millón de individuos aproximadamente, es decir, alrededor del 8% de la población ocupada. Aunque en realidad se habla de la existencia de tan solo 500000 agricultores profesionales en España.

La evolución reciente de la población agraria es de signo totalmente opuesto a la del conjunto de la población trabajadora. Se observa que tras ligeros altibajos en los primeros años de la década de los 80. El descenso de la población agraria se acelera a partir del ingreso de España en la C.E.E. Tanto el objetivo de la administración como el de las reglas del mercado apuntan hacia la continuación de esa reducción hasta lograr que la población activa agraria española no pase del 8% porcentaje similar al de la media de la Unión Europea.

No obstante, algunos autores como Eladio Arnalte manifiesta que la reducción del porcentaje de población agraria en la población activa total, no es un buen indicador de la modernización de la agricultura, ya que dicho indicador refleja mejor la reducción del conjunto de la economía que las transformaciones que experimenta la agricultura. Dice Arnalte que durante la segunda mitad de los años 70 se observo en la mayoría de los países europeos una nítida pausa de reducción de la población agraria como consecuencia de la crisis económica general. Esto alcanzó a la agricultura española a comienzos de los años 80, cuando la población ocupada en la agricultura quedó prácticamente estabilizada. Para volver a recrudecerse las pérdidas a partir de 1986 y una vez reactivada la economía.

Tampoco de las comparaciones entre países pueden extraerse demasiadas conclusiones, ya que mientras en el Reino Unido de la población activa agraria solo representa el 2% del total de los Países Bajos, este porcentaje se eleva hasta el 5%, sin que ello permita afirmar que la agricultura inglesa está más modernizada que la holandesa, comparaciones similares pueden hacerse en el caso español entre el País Vasco en un 4% y la Rioja con un 13%.

Como conclusión, se pude decir que el retraso en la modernización de la agricultura española se haya más bien en sus índices de productividad del trabajo y de la tierra, situadas significativamente muy por debajo de la media europea.

  • 3.4. LA DESCAPITALIZACIÓN DEL SECTOR AGRARIO:

(27-03-00). Otro obstáculo que impide la modernización de las explotaciones agrarias es la acusada descapitalización del sector. El deterioro de las rentas del campo y el descenso del poder adquisitivo de los agricultores lleva consigo una ausencia del capital suficiente para realizar inversiones que ayuden a modernizar las explotaciones. Todo esto lleva a que las explotaciones familiares se encuentren ante un círculo vicioso de difícil solución.

Ante la imposibilidad de capitalizarse y de practicar el ahorro muchos agricultores recurren a los créditos para realizar cualquier modernización o ampliación de sus explotaciones, lo que los conduce con frecuencia a un endeudamiento asfixiante. Como ejemplo, baste señalar que entre la fecha de ingreso de España, en las Comunidades Europeas y el año 1992, la deuda del sector agrario español aumento en casi 400000 millones de pesetas. Curiosamente, la principal fuente de financiación del sector agrario en España ha sido siempre la banca privada que como es sabido aplica interés bastante más elevados. A continuación en términos generales figuran las Caja de Ahorro y después las Caja Rurales o Cooperativas de Crédito. Por su parte, las instituciones de crédito oficial siempre han tenido un papel muy modesto, como es el caso de los hoy desaparecidos: Banco de Crédito Agrícola (BCA), o el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA).

El peculiar carácter del agricultor y escasa eficacia de la administración en este campo quizá constituyen las razones principales de esta absurda como comparación ilustrativa. Se puede hablar del caso holandés donde el Rabubank, que es una organización cooperativa de bancos en estrecha relación con el Ministerio de Agricultura, Naturaleza y Pesca. Intenta crear un ambiente lo más favorable posible para el agricultor y se encarga de proporcionar a un interés muy bajo el 90% de los créditos que solicita el sector agropecuario e incluso los solicitados por las ramas de los sectores industrial y terciario más relacionados con la agricultura y la ganadería, sobre todo cuando se trata de fomentar las explotaciones.

  • 3.5. LA CRISIS DE LAS INDUSTRIAS SUMINISTRADORAS DE INSUMOS:

Un problema de primera magnitud derivado de esta situación crítica por la que atraviesa la agricultura española es la crisis en la que se ve sumida la industria que proporciona los medios de proporción, ya que la postura general ante el endeudamiento del campo, los escasos o nulos beneficios obtenidos con esta actividad y la incertidumbre ante el futuro inmediato es no realizar inversiones cuya amortización no se vea clara.

Desde hace algún tiempo se está imponiendo el mercado de maquinaria agrícola de segunda mano. Los ganaderos aumentan la cantidad de piensos elaborados en la propia explotación reducen sus compras en las fábricas. Se utilizan semillas de la campaña anterior o se adquiere a bajo precio a otro agricultor, e incluso se reduce la incorporación de abonos a la tierra. La caída de la demanda de insumos ha llevado en los últimos tiempos a muchas empresas como por ejemplo: John Deere, Ebro-Kubota, Elf, Basf,... les ha llevado a regular sus plantillas para reducir la producción y la consiguiente oferta.

Esta situación les resulta paradójica y contradictoria en sí misma, pues la evolución de la economía y las pautas impuestas por el mercado que pusieron a los pequeños y medianos agricultores en una situación crítica cada vez más dependiente de los sectores industrial y terciario a través de unos precios cada vez más elevados, ahora se refleja en estos mismos sectores que tienen su principal cliente en la agricultura y en la ganaderia.

  • 3. 6. LA INSUFICIENCIA DEL COOPERATIVISMO AGRARIO:

(29-03-00). Un elemento fundamental que contribuye a acentuar la situación crítica de la explotación familiar es el acusado individualismo del campesino español y el escaso arraigo que tiene en nuestros campos el trabajo en común. La constante disminución de los precios percibidos por los agricultores se corresponde en gran medida, con el traspaso del valor añadido de la producción hacia otros eslabones de la cadena productiva en los que el agricultor no ha conseguido participar suficientemente, es decir, sobre todo la transformación y la comercialización de los productos. Además, de modernizar las explotaciones es vital que se fomenten las formulas asociativas para que el agricultor abandone el papel de neroproductor que se le ha asignado tradicionalmente y participe en las distintas fases por las que pasan sus productos, ósea desde la explotación agraria hasta que el alimento llega al consumidor final, de esta forma el agricultor no quedaría al margen de la revalorización que experimentan sus productos al pasar de un eslabón a otro de la cadena productiva.

Una formula eficaz sería la del cooperativismo de grandes dimensiones y de grado superior, puesto que ello permitiría a los pequeños y medianos agricultores el empleo de etimología moderna o obviar la dificultad que tiene el abastecimiento individual de materias primas e insumos, aprovechar las ventajas de la concentración de la oferta, participar en el valor añadido que conlleva la transformación y comercialización de los productos, e influir en los mecanismos de generación de los precios, afrontar desde una posición más sólida los riesgos del mercado, y continuar en el sector sin perder el carácter empresarial y disfrutando de unos ingresos dignos, tal y como sucede en algunas cooperativas españolas como por ejemplo Coren, Copaga, la agropecuaria Guissona, o la agropecuaria de Navarra.

Su excelente funcionamiento podría constituir un excelente ejemplo para el resto de España, país donde las cooperativas dominan y tienen un fuerte peso específico en la producción, pero apenas participan en la transformación y comercialización de los productos. La influencia de la mayoría de las cooperativas agrarias en el mercado no es ni mínimamente aproximada a su potencial productivo, sobre todo en sectores como el vitivinícola y oleícola. En contraposición, en los Países Bajos no existen cooperativas de producción, sino de transformación, comercialización, financiación y mercadotecnia para las exportaciones.

(30-03-00). En España, todavía estamos muy lejos del nivel del desarrollo cooperativo alcanzado por varios países de la Unión Europea, por ejemplo las cooperativas danesas vinculadas al sector porcino tienen una cuota de mercado del 90%.

Estos modelos suponen una enorme proyección internacional que les permite especular en los grandes mercados europeos y mundiales. Hoy en día en el cooperativismo agropecuario constituye la mejor formula para suavizar la crisis de la agricultura familiar y como consecuencia de ello, la iniciativa que puede conducir al sector agrario español por nuevos caminos más sólidos y rentables.

Otras soluciones que se han señalado tradicionalmente en la actualidad son inoperantes, están desfasadas y conllevan muchísimos problemas de orden socioeconómico. La emigración que antes era una de las salidas más socorridas cuando la situación agraria era crítica. Hoy en día carece de sentido por la profunda recesión industrial y los condicionantes de una economía capitalista que no aboga por el pleno empleo precisamente.

Por otro lado, la ampliación de las explotaciones hasta alcanzar las dimensiones idóneas para desarrollar una actividad agrícola rentable y la reducción de la dispersión parcelaria es una meta complicada porque en primer lugar, las políticas de concentración parcelaria no han sido ni lo abundantes, ni lo eficaces que se esperaba de ellas, y en segundo lugar, el crecimiento de la agricultura a tiempo parcial que esta impulsado por la insuficiencia de las explotaciones inmoviliza el mercado de la tierra, ya que el agricultor que busca en otros sectores un complemento para las escasas rentas que genera su explotación, normalmente se resiste a vender su propiedad, con lo que los agricultores a tiempo completo ven imposibilitada la ampliación de sus explotaciones.

Además de sus problemas la agricultura a tiempo parcial que en su momento también constituyo una salida para la crisis de la explotación familiar tiene más inconvenientes que ventajas entre un punto de vista estrictamente agrario. A parte de inmovilizar el mercado de la tierra, la agricultura a tiempo parcial ha supuesto un freno importante para las inversiones, modernización y adaptación de las explotaciones a las exigencias del mercado, con lo cual su marginalidad se acentúa cada vez más.

Otra valoración muy distinta puede hacerse en la perspectiva social. Incluso, hoy en día, ante los problemas económicos existentes y la pérdida de poder adquisitivo, ya no se percibe la agricultura a tiempo parcial como una situación transitoria previa al abandono definitivo del sector, sino que se estima sobre manera la seguridad que la propia explotación representa ante la inestabilidad de la segunda ocupación en la industria o los servicios.

Por otro lado, la ganadería intensiva cuya expansión por amplias zonas del país se debió principalmente, a la modalidad de apoyar unas rentas agrícolas insuficientes y por ello la crisis de la explotación ganadera familiar sobre vino algo más tarde. Actualmente participa de los principales problemas endógenos y exógenos que dificultan el desarrollo del conjunto de la agricultura. No obstante, se puede decir que esta actividad ganadera intensiva ha contribuido a consolidar la presencia de muchos campesinos en el sector agrario y en el medio rural.

  • 4. PERSPECTIVAS DE LA EXPLOTACIÓN AGRARIA FAMILIAR:

Las perspectivas que tiene ante sí la explotación agraria familiar en España están influidas por ciertos acontecimientos recientes que indudablemente marcarán su futuro. Se trata del ingreso español en la Comunidad Económica Europea, la entrada en vigor del mercado único europeo en el 93, la Reforma de la PAC en el 92, y las exigencias de acuerdos comerciales internacionales como por ejemplo: el GATT, y posteriormente la OMC, pero sin olvidar la Conferencia de CORK (1996), y la Agenda 2000 (1996).

Tantos años de autarquía económica y de vivir de espaldas a los grandes flujos del comercio internacional autofranquismo ha pasado factura a España al ingreso en la Comunidad Económica Europea, el cual no se convirtió ni de lejos en la panacea que algunos esperaban, puesto que las excelentes condiciones climáticas de muchas zonas del país no han bastado para convertirnos en lo que algunos llamaban la despensa de Europa.

(5-04-00). La sorpresa y la impotencia no tardaron en llegar juntas, ya que en primer lugar las exportaciones de frutas y hortalizas, que son las producciones españolas más competitivas, sufrieron serias limitaciones para acceder libres de trabas aduaneras a los mercados europeos, y en segundo lugar no solo no aumentaron las exportaciones españolas, sino que los flujos tradicionales se invirtieron y muy pronto los productos agrarios comunitarios comenzaron a invadir el mercado español con plenos derechos hasta descompensar por completo nuestra balanza comercial agroalimentaria.

Así mismo carecen de fundamento lógico las ventajas concedidas a Marruecos, Túnez e Israel respecto a sus exportaciones ciertos productos, sobre todo cítricos y hortalizas, a la Unión Europea o el trato desigual que los productos hortofrutícolas españoles han tenido respecto a las producciones comunitarias. Los calendarios de entrada, los precios, y las condiciones de retirada de los productos, han estado únicamente pensados para suma de los intereses de los países del norte de la Unión Europea.

Las razones de estas compras masivas en el exterior radican en las exigencias de las grandes cadenas de distribución ya que los productos agroalimentarios europeos suelen tener un precio más bajo, mejor presentación y unas estructuras comerciales adecuadas para responder a cualquier pedido a tiempo, cosa que no existe en España.

Todo ello repercute fundamentalmente en la explotación agraria familiar, que se ve impotente para adaptarse y sobrevivir a los nuevos planteamientos económicos debido a las pésimas condiciones de partida y deficiencias estructurales del sector agropecuario español. Ni siquiera las grandes ayudas económicas de los distintos programas europeos recibidas durante los últimos años, han conseguido mejorar la situación del campo español y evitar su caída, sobre todo porque la mayor parte de las ayudas van a parar a las industrias agroalimentarias y a fomentar otros usos del medio forestal. Además, según han denunciado los sindicatos agrarios, estas ayudas se reparten de forma inversamente proporcional a quién más la necesita.

Todas estas consideraciones más el seguimiento de la realidad diaria, con las que impiden con totalmente optimista en cuanto al futuro de la agricultura española y de sus explotaciones familiares. Es cierto, que en la mayoría de los países comunitarios los costes de producción son más bajos debido a sus inferiores gastos financieros, energéticos y de transporte. Además, han practicado desde hace muchos años eficaces procesos de concentración empresarial, incluidas las cooperativas, que les permite competir con eficacia gracias al fácil acceso a las tecnologías avanzadas, a la consecución de grandes producciones, al aumento constante de la productividad, a los precios competitivos y a la utilización de las economías de escala.

(10-04-00). Pese a la existencia de estas dificultades encontramos además un matiz fundamental, pues al margen de las dificultades técnicas y mercantiles que con dedicación, constancia e inversiones pueden solucionarse poco a poco, el principal obstáculo estriba en la desigualdad que marca la existencia de países potentes y países modestos.

En efecto, intentan desbancar de un mercado a países como Alemania u Holanda solo con precios competitivos y con calidad en las producciones es una tarea poco menos que imposible por los múltiples intereses existentes, influencia y pesos políticos, poder económico global y supremacía tecnológica.

Es sabido, que quién controla los medios de producción y la distribución de las mercancías es el dueño del mercado. No es infrecuente que en ciertas producciones agropecuarias los Países Bajos actúan como auténticos redistribuidores tras colocar a los productos su marca de calidad, tarea en la que se han especializado por la eficacia y tradición de sus canales comerciales. Entonces es difícil explicar por ejemplo porque las flores cultivadas en explotaciones Andaluzas, son subastadas en Holanda y luego redistribuidas en las floristerías de Madrid y Barcelona.

La respuesta es sencilla si nos preguntamos quién absorbe el valor añadido que genera semejante trasiego. Para concluir, se puede indicar que las relaciones de dominación dependencia entre los distintos sectores económicos y entre países, son inherentes al sistema capitalista y en última instancia sólo podrían ser solucionadas mediante una transformación sustancial del mismo, sin embargo y aún dentro del actual sistema, la política agraria debe propiciar nuevas formas organizativas de la producción en el sector agrario que no dificulten el desarrollo de las fuerzas productivas que posibiliten una mejora de las relaciones intersectoriales y que permitan la continuidad digna de la explotación agraria familiar.

Además, no todo ni en todo momento puede reducirse a criterios de pura racionalidad económica, ya que los aspectos sociales deben tenerse muy en cuenta, pues de seguir el camino iniciado, corremos el riesgo de perder para siempre la cultura rural.

Geografía rural Página 15

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