Expansión cristiana del siglo XII

Historia Universal. Edad Media. Reinos cristianos Castilla. Aragón. Fernando III el Santo

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TEMA XVII. LA GRAN EXPANSIÓN CRISTIANA DEL SIGLO XIII.

  • UNIDAD INTERNA Y EXPANSIÓN DE LOS REINOS CRISTIANOS.

  • Históricamente, el siglo XIII se inicia en la Península con dos hechos de distinto signo y de consecuencias similares. La victoria sobre los almohades en Las Navas de Tolosa (1212) sirvió para agravar la disgregación del imperio norteafricano e hizo posibles los avances de castellanos, leoneses y portugueses hacia el sur. La derrota y muerte de Pedro el Católico de Aragón en Muret (1213) obligó a los catalanes y aragoneses a renunciar a su presencia en Occitania y a buscar la expansión por los dominios islámicos.

    A través de la expansión, los reinos peninsulares acentuaron su incorporación económica a Europa. Castellanos y leoneses , unidos definitivamente en 1230, al llevar sus fronteras hasta el Estrecho facilitaron la navegación cristiana entre el Mediterráneo y el Atlántico, es decir, los intercambios comerciales entre las ciudades italianas y flamencas; de este modo las costas de Portugal y de Castilla se convirtieron en etapas de la navegación europea y acogieron a gran número de mercaderes, que activaron la importación de productos de lujo y la exportación de materias primas. Aragoneses y catalanes, por su parte, ocuparon el reino valenciano y los catalanes llevaron su expansión hasta las Baleares desde las que pudieron intervenir activamente en el comercio del Mediterráneo occidental y competir con las ciudades italianas. Sólo Navarra, aislada y comprimida entre Castilla y Aragón, permaneció ajena a la expansión de los reinos peninsulares

    En la conquista de Andalucía y Murcia participaron unidos castellanos y leoneses y las nuevas tierras no fueron incorporadas ni a Castilla ni a León sino a Castilla-León, del mismo modo que el Algarve se uniría a Portugal. En la Corona de Aragón, el siglo transcurrido desde la unión no sirvió para suprimir sino para acentuar las diferencias económicas, sociales y políticas entre aragoneses y catalanes, que actuaron separados en la conquista y, consecuentemente, en la repoblación. La conquista de Mallorca fue obra de los catalanes y el nuevo reino estaría unido a Cataluña hasta la muerte del Conquistador; el reino valenciano fue ocupado conjuntamente por catalanes y aragoneses y ambos intentarían imponer sus costumbres y leyes, con lo que se haría precisa la intervención del monarca que, para evitar el enfrentamiento, creó un nuevo reino independiente y distinto de Aragón y Cataluña, el reino de Valencia, unido a los dos primeros por la Corona pero tan diferente a cada uno como Aragón y Cataluña entre sí.

    La procedencia y origen de los repobladores será decisiva en la historia de las nuevas tierras: castellanos y portugueses -agricultores y ganaderos- colonizarán el campo andaluz, murciano y del Algarve y trasladarán a él su modo de vida y su idioma; sólo Sevilla se transformará en ciudad comercial gracias a la llegada de mercaderes genoveses, catalanes y francos interesados en el comercio italiano-flamenco; en Murcia, la permanencia de numerosos musulmanes permitirá conservar la agricultura intensiva, de huerta, de época islámica, frente al cultivo extensivo castellano-andaluz. Artesanos y mercaderes catalanes se sentirán atraídos por los núcleos urbanos de Mallorca y del litoral valenciano, en el que permanecen los huertanos musulmanes, mientras el interior de Valencia, conquistado por nobles aragoneses, continuará dedicado a la agricultura y hablará aragonés mientras el valenciano-catalán será la lengua del litoral.

    La expansión de los reinos cristianos es, en última instancia, una manifestación de la superioridad del mundo europeo sobre el africano y el oriental musulmán, dividido en sectas e imperios; frente a lo que podría pensarse, la expansión cristiana no es en muchos casos prueba de fuerza sino de debilidad interna que obliga a buscar en el exterior una salida a los problemas internos: al rechazo de una parte de la nobleza a la unión de castellanos y leoneses en la persona de Fernando III, a los enfrentamientos de los monarcas portugueses con la Iglesia, a la rivalidad existente entre catalanes y aragoneses en el interior de la Corona. Los beneficios de los ataques a los musulmanes pueden compensar a los descontentos o, al menos, posponer los problemas, y la debilidad de los reinos surgidos de la disgregación almohade permite que el cobro de parias dé paso a la ocupación de ciudades y reinos musulmanes con la colaboración de otros musulmanes vasallos de los monarcas cristianos.

  • CASTILLA Y LEON, UNIDOS (FERNANDO III EL SANTO).

  • A fines del siglo XII la división de los antiguos dominios imperiales parecía definitiva. Los problemas fronterizos que enfrentaban a castellanos, leoneses y portugueses servían al mismo tiempo para acentuar la cohesión dentro de cada reino y aumentar las diferencias o los recelos ante los otros. Ciertamente, se dieron algunos intentos de colaboración militar frente a los almohades y se concertaron alianzas matrimoniales; pero éstas, que fueron prohibidas por Roma basándose en el parentesco entre las familias reales, sólo tenían como objetivo reafirmar las alianzas militares o resolver los problemas fronterizos mediante la entrega a uno de los contrayentes y a los futuros hijos del matrimonio de las zonas en litigio; en ningún caso se buscó la unión política de los reinos.

    Y sin embargo, uno de estos matrimonios, el celebrado en 1197 entre Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla, hija de Alfonso VIII, permitió treinta años más tarde reunir de nuevo ambos reinos en la persona de Fernando III. Muerto Alfonso VIII en 1214, el reino de Castilla quedó en manos de Enrique I (1214-1217), sometido a la tutela del noble Alvar Núñez de Lara, quien actuó como verdadero rey apoyándose en la fuerza militar y económica de su familia y de las Ordenes militares, especialmente de la de Santiago, a la que hizo importantes donaciones.

    Tres años después de su subida al trono moría Enrique I y la corona pasaba a Berenguela, quien cedía sus derechos este mismo año al hijo tenido en su matrimonio con Alfonso IX de León, a Fernando III, al que se opusieron Alvar Núñez de Lara y los concejos de la Extremadura castellana y de la Transierra, aliados al monarca leonés que aspiraba a reconquistar las tierras leonesas arrebatadas por Alfonso VIII y a evitar que la expansión leonesa quedara cortada por Castilla y Portugal. La entrega de algunas plazas y una fuerte compensación económica alejó al leonés de Castilla; Alvar Núñez y los concejos, privados del apoyo exterior, fueron fácilmente vencidos.

    La desaparición de los conflictos interiores y la presión pontificia, más fuerte que nunca tras la celebración del concilio de Letrán (1215), permitieron a los monarcas occidentales concentrar sus fuerzas en la lucha contra los almohades, debilitados tras la derrota de Las Navas de Tolosa y amenazados en el norte de Africa por los benimerines y en la Península por los hispanomusulmanes. Siguiendo la política de sus antecesores Alfonso VI y Alfonso VII durante las primeras y segundas taifas, Fernando III se hizo pagar sus servicios con la entrega de plazas fronterizas y de fuertes cantidades de dinero. Las campañas, en las que tuvieron un papel destacado las Ordenes militares hispánicas, creadas hacia 1170 y a las que se debió la conquista y repoblación de la mayor parte de La Mancha y Extremadura, se inician en 1224, cuando Fernando III acude en apoyo del señor de Baza, y ocupa y saquea Quesada; nuevas campañas serían pagadas con cuantioso botín y con la entrega de Martos, Andújar, Salvatierra y Capilla al monarca castellano como pago por su ayuda a Muhammad al-Bayasí para ocupar la ciudad de Córdoba. Los almohades no tardarían en firmar treguas y pagar parias a Fernando III a cambio de ayuda contra los musulmanes sublevados en Murcia y Valencia.

    El peligro de que los avances portugueses cortaran una vez más la salida hacia el sur del reino de León sirvió de acicate a Alfonso IX para intentar sin éxito la conquista de Cáceres, que sólo sería ocupada en 1227 durante la guerra civil que siguió a la muerte del sultán Yusuf II, guerra en la que Fernando III ofreció sus servicios a los jefes militares de Murcia, Córdoba, Granada y Sevilla contra el nuevo califa elegido en Marraqués, al que opusieron a ibn-Hud de Murcia. Este dinero y la propia habilidad de Fernando III y de su madre Berenguela permitirán a Fernando III unir León a Castilla en 1230 al morir Alfonso IX, en cuyo testamento se dejaba León a Sancha y a Dulce, hijas de un matrimonio anterior -también anulado, como el de Berenguela- con Teresa de Portugal. La división en el reino de León entre los partidarios de las infantas -una parte de los magnates leoneses- y los de Fernando -el resto de la nobleza laica, la totalidad de los obispos y la práctica totalidad de las ciudades y villas de León, comenzando por la capital del reino- parecía conducir a la guerra civil. Y ésta posiblemente habría estallado si no se hubiese llegado a un acuerdo elaborado discretamente por las dos exesposas del rey fallecido: Teresa de Portugal y Berenguela de Castilla. El compromiso entre ambas reinas fue ratificado en Benavente por las infantas, por el rey Fernando y por los más importantes magnates eclesiásticos y laicos de Castilla y León. En virtud de este acuerdo las infantas renunciaban a sus derechos al trono leonés, a cambio de una renta vitalicia adecuada a la condición social de las infantas, en favor de Fernando de Castilla, en cuyas manos se unieron definitivamente los reinos separados por Alfonso VII setenta años antes.

    La unificación de las fuerzas castellano-leonesas y el acuerdo logrado poco después con el rey de Portugal permitieron a los reinos occidentales coordinar su actuación contra los musulmanes, cuyos dominios fueron atacados simultáneamente por los aragoneses de Jaime I. Ibn Hud tendrá que hacer frente a estos ataques y a las sublevaciones de Granada, Sevilla y Valencia, que le obligarán a comprar los servicios de Fernando III, lo que no impediría a éste unirse a Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr (cabeza de los nazaríes) de Granada y que tropas castellanas ocuparan la ciudad de Córdoba en 1236. A la muerte de Ibn Hud (1238), el rey de Granada extendió su autoridad por Málaga y Almería. Sevilla solicitó el apoyo de los almohades norteafricanos y reconoció de nuevo al califa. Murcia, amenazada en el sur y en el oeste por Granada y en el norte por los catalano-aragoneses, obtuvo la protección castellana (1238) y aceptó el establecimiento de guarniciones militares en los centros más importantes del reino, en el que sólo los habitantes de Lorca, Mula y Cartagena opusieron alguna resistencia a las tropas castellanas dirigidas por el heredero, Alfonso X el Sabio. Poco después se firmaría el tratado de Almizra (1244), por el que se fijaban definitivamente las fronteras entre Murcia y Valencia o entre Castilla y Aragón y se ponía fin a las vacilaciones de los tratados de Tudillén y Cazola.

    Aseguradas las fronteras en la zona oriental, Fernando III concentró sus fuerzas en la ocupación de Jaén, puerta de Andalucía occidental, donde los ejércitos portugueses obtenían importantes victorias. Sitiada la ciudad por hambre, no pudo ser socorrida por Muhammad de Granada, que se vio obligado a aceptar la rendición de Jaén (1246) y a declararse vasallo de Castilla para salvar el resto de sus dominios. Tras la ocupación de Jaén, las tropas castellanas, con la ayuda de las granadinas, cercaron Sevilla por tierra mientras una flota procedente del Cantábrico y dirigida por Ramón Bonifaz impedía la llegada de refuerzos norteafricanos. La ciudad se rindió en 1248 y con su ocupación prácticamente finalizó el período expansivo del reino castellano-leonés: la acción militar prosiguió hacia el bajo Guadalquivir, la zona de las Marismas y la comarca próxima al estrecho de Gibraltar -Jerez, Arcos, Medina Sidonia, Vejer, etc. Sólo faltaba por ocupar Cádiz y el reino taifa de Niebla, territorios finalmente incorporados a Castilla en 1262, siendo ya rey Alfonso X el Sabio. En menos de 20 años, aprovechando hábilmente la debilidad musulmana, Fernando III había reducido a los musulmanes al reino granadino y limitado la expansión de aragoneses y portugueses hacia el sur, convirtiéndose de este modo en el gobernante del reino de mayor importancia de la Península.

    El cumplimiento fiel de sus obligaciones vasalláticas hacia Fernando III permitió a Muhammad consolidar su dinastía; el éxodo provocado por las campañas cristianas favoreció igualmente a los nazaríes granadinos, en cuyo territorio se refugiaron los más importantes de los musulmanes vencidos. Dada su actuación anterior no difícil pensar que en los planes de Fernando III se incluía la ocupación posterior de Granada una vez que hubiera dominado Sevilla y asentado su autoridad en las zonas controladas militarmente, pero no ocupadas de un modo efectivo; sin embargo, la muerte del monarca (1252), las dificultades del reinado de Alfonso X y de sus sucesores y la insuficiencia demográfica de Castilla permitieron sobrevivir a la dinastía granadina hasta 1492.

  • PROBLEMAS INTERNOS Y EXPANSION ARAGONESA.

  • Ver Tema XVIII.

  • NAVARRA SE APROXIMA A FRANCIA.

  • Desde su separación del reino aragonés los monarcas navarros se mueven en una línea de equilibrio entre sus poderosos vecinos castellanos y catalano-aragoneses e intentaron aprovechar las dificultades internas de ambas monarquías para hallar una salida hacia el sur, hacia los dominios musulmanes. Pero todos sus intentos fracasaron y los reyes tuvieron que limitarse a colaborar con sus vecinos en las campañas de conquista (ayuda militar a Castilla en Las Navas y préstamos concedidos por los monarcas navarros a los aragoneses), lo que no impediría que Alfonso VIII ocupara Alava y se apoderara de Guipúzcoa, con lo que cortaba la posibilidad de expansión marítima del reino.

    Privado de costas en sus dominios y sin posibilidades de extenderse por el sur o por el este, Sancho VII el Fuerte (1194-1234) buscó una prolongación de su reino en el norte, donde consiguió que le rindieran vasallaje los señores de Tartaix, Agramunt y Ostabat y donde buscó una salida marítima mediante acuerdos con los burgueses de Bayona. La unificación de León y Castilla en 1230 hizo que Sancho VII se apoyara en Aragón, con cuyo joven rey Jaime I -tenía entonces 23 años- firmó un pacto de filiación mutua, según el cual el monarca superviviente heredaría los dominios del que primero falleciera (1231). Pero esta unión no interesaba a los nobles, que se negaron a aceptarla y en 1234 eligieron como rey a Teobaldo de Champaña, sobrino de Sancho VII, al que hicieron jurar los fueros de Navarra y comprometerse a reparar los agravios hechos por Sancho a barones y nobles. La negativa a reconocer a Jaime I y la elección de Teobaldo se basaban en razones de política interna aragonesa y navarra. Por un lado, Jaime I se había opuesto pocos años antes a los privilegios de los nobles aragoneses -similares a los navarros- y, por otro, era un rey impuesto, no elegido por los nobles, que podían alegar a favor de Teobaldo su pertenencia a la dinastía y exigir al nuevo rey, que les debía el nombramiento, la confirmación de los derechos tradicionales de la nobleza navarra. Así mismo, el cumplimiento del pacto de prohijamiento hubiera significado la integración del reino navarro en la Corona de Aragón, algo contra los que los navarros habían luchado desde 1134.

    El predominio de los consejeros procedentes de Champaña y el incumplimiento de los fueros provocaron un levantamiento nobiliario contra el rey, que se vio obligado a solicitar el apoyo de Roma. En 1235 Teobaldo se comprometió a intervenir en la cruzada; para facilitar su realización Gregorio IX ordenó que se disolvieran las juntas y hermandades de nobles que impedían al rey cumplir su voto y partir a Jerusalén ya que no era posible abandonar el reino mientras persistiera la rebeldía nobiliaria. La excomunión dictada contra los rebeldes fue insuficiente y Teobaldo tuvo que llegar a un acuerdo, nombrando a una comisión que decidiera cuáles eran las obligaciones del rey para con los súbditos y los de éstos hacia el monarca. Esta comisión, presidida por Teobaldo y por el obispo de Pamplona e integrada por diez ricoshombres, veinte caballeros y diez eclesiásticos, redacto el Fuero Antiguo de Navarra, que regulaba los derechos de los nobles sobre los honores y que, sobre todo, limitaba la autoridad monárquica.

    En el prólogo de este Fuero, los nobles dieron su propia versión de la reconquista y de la creación de la monarquía en los reinos peninsulares: tras la desaparición del último rey godo, los caballeros continuaron combatiendo a los musulmanes, y peleando entre ellos por el reparto del botín; para poner fin a las disputas acordaron elegir como rey a uno de entre ellos que estaría sometido a las normas de conducta previamente fijadas. Con esta declaración los comisionados situaban a la comunidad por encima del monarca: el poder de éste no derivaba de Dios, como en la monarquía francesa con la que se relacionaba Teobaldo, sino de la comunidad, de sus electores. Las obligaciones aceptadas por el elegido antes de ser proclamado rey se concretaban en el mantenimiento del derecho tradicional, en la corrección de las violencias y agravios cometidos por sus antecesores, en el compromiso de repartir los bienes de cada tierra entre los barones, hidalgos, clérigos y hombres de las villas, de no conceder más de cinco cargos en cada bailía a extranjeros y de no declarar la guerra, paz o tregua ni administrar la alta justicia sin el consejo de los ricoshombres, cuyo número tradicional era el de doce. Según LACARRA, la aceptación por la monarquía de estos principios había de tener hondas repercusiones no sólo en la historia política de Navarra, sino también en la historia y en la literatura jurídica de los reinos de la Corona de Aragón.

    Ante la firme actitud de la nobleza, Teobaldo tuvo que transigir parcialmente, y en adelante, durante sus viajes a Champaña -de donde seguía siendo conde- nombró como senescal (máxima autoridad) del reino a un ricohombre navarro. Sin embargo, para determinadas tareas más técnicass, como la de reorganización y gestión de las finanzas, no se pudo prescindir de los correspondientes funcionarios champañeses. Tras aceptar los acuerdos de 1238, Teobaldo pudo participar en la cruzada al frente de un nutrido grupo de nobles franceses y navarros que fracasaron ante Gaza (1239-1240). Vuelto a Europa, el monarca continuó la política de atracción de los señores pirenaicos y logró el vasallaje de los vizcondes de Soule y de Tartaix. En los últimos años de su reinado -murió en 1253- tuvo que hacer frente al obispo de Pamplona, que llegó a dictar el entredicho sobre el reino para recuperar los bienes y las atribuciones de la Iglesia.

    Teobaldo II (1253-1240) tenía sólo 14 años al morir su padre, pero frene a las ambiciones de Alfonso X el Sabio contó, para asegurarse el trono, con el apoyo diplomático de Jaime el Conquistador, que por entonces se hallaba enemistado con su yerno el rey castellano. De esta suerte, gracias nuevamente a que las dos monarquías vecinas se neutralizaban mutuamente, el pequeño reino pirenaico conseguía sobrevivir. Pero la reina madre, Margarita de Borbón, no debió de considerar garantía suficiente la circunstancial amistad aragonesa, pues, rechazando a una hija del Conquistador, logró para su hijo la mano de Isabel, hija de San Luis. De este modo se acentuaba la orientación francesa de la dinastía champañesa, que enlazaba matrimonialmente con la misma casa real capeta, entonces en la cumbre de su poder y de su prestigio internacional. Por otra parte, la reina madre confiaba así en disponer de un poderoso respaldo político frente a la resistencia que la nobleza navarra oponía a la tendencia autoritaria de la monarquía.

    En efecto, al ser coronado, Teobaldo II había tenido que prestar a los estamentos del reino un juramento que era en su conjunto la concesión más amplia y profunda hecha en esta época por ningún soberano de Occidente: ante los ricoshombres, caballeros, infanzones y representantes de la villas, el monarca se comprometió a guardar los fueros generales del reino, los especiales de cada grupo social y los particulares de las villas, a reparar los agravios, a aceptar hasta su mayoría la tutela de una persona elegida por la comunidad y asesorada por doce consejeros y a mantener la moneda estable durante doce años; en virtud del juramento prestado, Teobaldo tuvo que anular numerosas medidas tomadas por sus antecesores desde la época de Sancho VI. Pero, ya casado con la hija de San Luis, regresó a Navarra rodeado de funcionarios y nobles franceses -que introdujeron las prácticas jurídicas del país vecino- y dispuesto a hacer valer sus prerrogativas regias. Con este mismo objeto, obtuvo del Papa para él y sus sucesores el derecho a ser ungido y coronado, probablemente para reafirmar ante sus engreídos y recelosos nobles navarros que la autoridad real poseía un carácter divino y no se basaba en la voluntad de sus súbditos. Paralelamente, y tras llegar a un acuerdo con el obispo de Pamplona -con el que su padre había tenido ásperas diferencias-, sometió a los barones e infanzones, cuyas juntas y hermandades fueron disueltas por una bula de Urbano VI en 1264. Desde luego, el número de franceses con cargos en la administración superó el de cinco que señalaba el Fuero, pero, en contrapartida, tampoco faltaron navarros en puestos de confianza en el condado de Champaña. De este modo pudieron ir penetrando más intensamente en Navarra, especialmente en sus clases altas, las influencias francesas de todo orden.

    Estrechamente vinculado a San Luis de Francia, Teobaldo II participó en la cruzada contra Túnez, de la que el monarca francés fue director y animador. Ambos murieron durante el transcurso de la misma, en 1270. El sucesor designado por los navarros fue Enrique I, hermano de Teobaldo, durante cuyo breve reinado Alfonso X intentó aumentar su influencia en Navarra mediante enlaces matrimoniales que fracasaron por la muerte de Teobaldo, heredero de Navarra; por su parte, Jaime I modificó su actitud: de aliado y protector se convirtió de nuevo en aspirante al trono navarro y exigió el cumplimiento del testamento de Sancho VII, pero una vez más las dificultades internas (sublevación de Fernán Sánchez contra Jaime) salvaron al reino navarro en el que comienzan a organizarse grupos favorables a la unión con Castilla, a la incorporación del reino a la Corona de Aragón y a la alianza con la monarquía francesa.

    Muerto Enrique I en 1274, el reino quedaba en manos de su hija Juana, de sólo año y medio de edad, y sometido a presiones de castellanos, aragoneses y franceses, que multiplicaron las concesiones a los navarros para obtener su apoyo, materializado en la elección del marido de Juana: un nieto de Jaime I o de Alfonso X o un hijo de Felipe III de Francia; en cualquiera de los casos el matrimonio legitimaría los derechos adquiridos diplomáticamente o por medio de la presión militar.

    Concertado en 1275 sin consultar con las Cortes navarras por la reina madre, Blanca de Artois, viuda de Enrique I, el matrimonio de Juana con un hijo del monarca francés, el futuro Felipe IV el Hermoso, los navarros, y no sólo los nobles, tomaron medidas para preservar su independencia: las ciudades se constituyeron en hermandad para exigir el cumplimiento de los fueros y los ricoshombres y caballeros exigieron a los gobernadores puestos por Felipe III un juramento similar al prestado por los reyes: jurar los fueros, reparar los agravios, no quitar sin justa razón las tierras y honores a los nobles...

    Alfonso X no renunció a sus aspiraciones y sus partidarios explotaron hábilmente las diferencias entre los navarros y los francos de Pamplona; al lado de los primeros combatió la mayor parte de la nobleza; junto a los segundos, el senescal enviado por Felipe III, que se vio obligado a mandar un poderoso ejército para someter a los rebeldes y recuperar militarmente el reino. El ejército castellano, que había llegado a la vista de Pamplona con ánimo de ayudar a los sublevados, no se atrevió a enfrentarse a los franceses y se retiró sin combatir. Tras la capital fueron vencidos sin dificultad los demás núcleos de resistencia, mientras los nobles rebeldes huían a Aragón o Castilla y sufrían la confiscación de sus rentas y señoríos. De este modo, mediante un severo régimen de ocupación militar, se aseguró la unión de Navarra a la corona de Francia, unión que habría de perdurar medio siglo (1276-1328). En adelante, Felipe III hizo caso omiso de los fueros y gobernó con entera libertad, a pesar de la oposición de la hermandad de las villas y de la junta de hidalgos.