Evolución económica de España (1960-1973)

Medidas liberalizadoras. Productividad laboral. Innovaciones tecnológicas

  • Enviado por: Julio Kikimogi
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 4 páginas
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EVOLUCIÓN ECONÓMICA DE LAS REGIONES ESPAÑOLAS DURANTE LA ETAPA DE CRECIMIENTO ECONÓNOMICO, 1960-1973

Las Medidas liberalizadoras de 1959 permitieron a la economía española aprovechar una serie de oportunidades favorables que hasta entonces había venido perdiendo sistemáticamente. A partir de esta fecha, el bajo coste mundial de la energía, los precios favorables de nuestras materias primas y alimentos, la disponibilidad de recursos financieros externos suministrados por remesas de emigrantes, turismo y entradas netas de capital, la posibilidad inmediata de acceso a una tecnología exterior que había avanzado extraordinariamente y la que se había dado la espalda durante más de veinte años, y la existencia de una mano de obra agrícola execentaria disponible para cualquier posible proceso de industrialización contribuirían conjuntamente a una rápida expansión económica. Entre 1960 y 1973, la economía española creció, en efecto, a una tasa media anual acumulativa del 7,4 %, realmente excepcional no solo por cuantía, sino también por la duración del periodo de tiempo durante el que se mantuvo.

Esta larga etapa de crecimiento económico produjo profundos cambios en la estructura sectorial del empleo y de la producción. En 1960, el sector primario (agricultura, ganadería y pesca) daba empleo todavía al 41,6 % de la población activa y aportaba el 22,6 % del PIB, el sector secundario (industria y construcción) representaba el 30,3 % de la población activa y el 36,8 % del PIB, y el sector de servicios el 28,1 % de la población activa y el 40,6 % del PIB. En 1973, esta estructura sectorial se había modificado profundamente: El sector primario sólo daba empleo ya al 24,9 % de la población activa y aportaba el 11,6 del PIB, el sector secundario había aumentado hasta el 36,1 % de la población activa y el 39,0 % del PIB y el sector servicios se había incrementado aún más hasta el 39,0 de la población activa y el 49,4 % del PIB. En tan solo trece años se había producido, pues, una importante pérdida de peso del sector primario a favor de la industria y los servicios.

La agricultura introdujo importantes innovaciones tecnológicas que permitieron mejorar su productividad y liberar, al mismo tiempo, abundante mano de obra, que quedo disponible, bien para los restantes sectores de la economía nacional, bien para atender la oferta de trabajo de algunos países europeos que vivían entonces una etapa de gran expansión económica. Se registraron también modificaciones sustanciales en el peso relativo de las distintas ramas productivas del sector industrial, con una fuerte expansión en la industria pesada, naval, automóvil, equipos y química y retrocesos en consideración en los sectores tradicionales.

Se consiguió mejorar sustancialmente la productividad del trabajo, pero ello exigió grandes inversiones de capital que crearon una gran dependencia de la financiación y la tecnología extranjera, lo que, a la larga, produciría no pocos problemas. En cuanto al sector servicios, su espectacular crecimiento se debió fundamentalmente al turismo, que mostró desde el primer momento una marcada preferencia por las regiones meridionales e insulares, aunque solo a lo largo de una estrechísima franja costera.

Como consecuencia de todo ello se produjo un progresivo despoblamiento de las regiones que todavía mantenían un elevado grado de especialización agrícola a favor de los países europeos más desarrollados y de las regiones españolas más industrializadas y con mayores posibilidades turísticas.

Esta creciente concentración de la población española en el cuadrante nororiental de la Península y en las regiones insulares hizo posible, en cambio, importantes reajustes de la población activa en la totalidad de las regiones, de tal forma que sus diferencias en cuanto a estructura sectorial de la población agrícola en aquellas regiones con fuertes saldos migratorios negativos.

También en la distribución regional del PIB se produjeron cambios de cierta importancia, aunque en todo caso menos intensos que los de población.

Todo ello condujo a una mayor concentración espacial de la renta, tal como puede apreciarse utilizando el indicados PIB por km².

Es decir, junto al proceso histórico de concentración de la población y en las regiones de Madrid, Cataluña, País Vasco y desde 1960, Baleares y Canarias, se estaba produciendo simultáneamente otro de concentración del PIB en estas mismas regiones. Uno y otro estaban, naturalmente estrechamente relacionados entre sí, por que si la industrialización previa en un caso, y la llegada de turismo en otro, habían sido las causas iniciales de atracción de la población, que abandonaban una agricultura cada vez más capitalizada, las que pusieron en marcha los efectos expansivos en cadena derivados de la aparición de un potente sector de la construcción y de la creación de una industria ligera destinada a satisfacer sus necesidades de consumo.

Un análisis más detallado de las distintas ramas en cada uno de los sectores productivos, permitiría, sin duda, ofrecer un balance mucho más completo de la especialización regional a la que se llego en 1973 y de los distintos factores que pudieran explicárnosla. Algunas observaciones de carácter muy general;

En primer lugar, hay que señalar que las actividades mineras cayeron en estos trece años alrededor de un 50 por 100, lo que afecto profundamente a Asturias, Castilla y León y Andalucía, que en 1973 se encontraron sin una de las bases históricas de su economía. Por otro lado, las actividades del sector de industrias metálicas- Siderurgia de base, metalurgia, maquinaria y materiales eléctricos, construcción naval- se desarrollaron, sobre todo, en las regiones de Madrid, País Vasco, Navarra y Asturias, que serían precisamente las que sufrirían después con mayor intensidad una crisis que afecto especialmente a estos sectores, al igual que ocurriría en núcleos industriales más reducidos. Y el espectacular incremento de numero de turistas extranjeros, que pasó de 2,9 millones en 1959 a 34,5 millones 1973, fue, según se ha dicho, la causa fundamental del crecimiento que experimentaron las regiones Baleares y Canarias y algunas provincias de las regiones catalana, valenciana y andaluza.

Los movimientos de población hacia las regiones más desarrolladas y el mayor crecimiento relativo del producto de éstas determinaron que, de acuerdo con la hipótesis de Williamson, durante esta larga etapa de desarrollo económico tuviera lugar una aproximación de las disparidades regionales. Este proceso de convergencia no fue, sin embargo, de igual intensidad en todas las regiones, ni puede afirmarse tampoco que los factores explicativos del mismo fueran sólo las variaciones de población y de producción ocurridas cada una de ellas, sino que, por el contrario, los cambios en la productividad jugaron también un papel muy importante.

Los fuertes movimientos migratorios constituyen el factor explicativo más importante de la disminución de las disparidades regionales durante el periodo 1960-1973. La desigual posición de partida de las distintas regiones en cuanto a su potencial productivo, con los consiguientes efectos multiplicadores en una fas de fuerte expansión económica, han determinado también el grado de aproximación de unas y otras a la media nacional. Pero queda todavía un tercer componente explicativo y que tiene que ver directamente con los niveles de empleo y productividad. En relación con este ultimo los estudios disponibles permiten distinguir entre regiones en las que la productividad creció por encima, y el empleo por debajo de las respectivas medias nacionales (crecimiento intensivo) y regiones con un aumento del empleo superior a la media y un bajo incremento de la productividad (crecimiento extensivo). De acuerdo con esto, las regiones con menor nivel de desarrollo habrían conseguido también su convergencia con respecto a la media nacional gracias a una notable mejora relativa de sus estructuras productivas a lo largo de esta etapa de crecimiento productivo.

Resta, para concluir con el análisis de este periodo de tiempo, preguntarnos si el sector publico contribuyo positivamente en este proceso de aproximación entre las distintas regiones o si, por el contrario, se limito a ser un mero espectador del mismo. En relación con ello, hay que señalar, ante todo, que si bien es cierto que durante los primero años del franquismo no había existido una preocupación de carácter general por los problemas regionales, según se dijo más arriba, a partir de primer plan de desarrollo cambio radicalmente el panorama, al comenzar a diseñarse una política regional, que, aun cuando planteada siempre con un carácter subsidiario y subordinada a la política económica general, tuvo desde el primer momento como objetivo explícito el de <<corregir las desigualdades económicas existentes entre las diferentes regiones del país>>, según se decía en la propia ley del primer plan. Los instrumentos y la propia concepción de la política regional irían cambiando a lo largo del tiempo, pero siempre se mantendría explícito el objetivo de reducir las diferencias regionales.

En el primer plan de desarrollo (1964-1967) se definieron cuatro grandes líneas de actuación, consistentes en: Establecer un número determinado de polos de promoción y desarrollo industrial en zonas de baja renta, pero con posibilidades de crecimiento económico; Aplicar una política de estímulos y programas concertados con las corporaciones locales para fomentar las iniciativas locales; Potenciar la política de regadíos y concentración parcelaria; Y favorecer institucionalmente los movimientos migratorios interiores hacia las regiones con mayor potencial de desarrollo. El segundo Plan de desarrollo (1968-1971) continúo utilizando estos mismos instrumentos e incorporo algunos otros de análoga naturaleza que, en definitiva, no significaron nada realmente diferente. El tercer plan (1972-1975), sin embargo, cambiaría de filosofía al concebir el desarrollo regional como un objetivo a largo plazo en el que deberían integrarse acciones conjuntas en espacios económicos más amplios, creando las grandes áreas de expansión industrial y diseñando una política territorial de carácter global.

Si hemos de valorar la política regional de este periodo por los resultados de los polos de desarrollo -el instrumento más característico de la misma -, la conclusión no puede ser sino que los efectos de la misma fueron muy limitados. A 31 de diciembre de 1975, en los doce polos creados en toda España se habían invertido solo 135.000 millones de pesetas, se habían generado 80.000 empleos y se habían construido 1.005 empresas, de las que hasta la sólo 694 estaban aún en funcionamiento.