Europa Occidental

Historia contemporánea. Francia. Comuna de París. Alemania. Bismark. Inglaterra

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TEMA 23. LA EUROPA OCCIDENTAL (1870-1914)

FRANCIA (III REPÚBLICA)

La noticia de la derrota de Sedán el 1 de septiembre de 1870 contra los prusianos provocó en Francia un golpe de estado y la proclamación de la III República el 4 de septiembre de 1870.

Sin embargo, el ejército alemán continuó avanzando y, en enero de 1871, Francia tuvo que rendirse y aceptar las condiciones alemanas: devolución de Alsacia y Lorena y una indemnización de guerra (5.000 millones de francos), permaneciendo las tropas alemanas en Francia hasta que se pagara. La Asamblea Nacional (formada por 400 monárquicos y 200 republicanos), que detentaba el poder desde febrero y que contaba mayoría monárquica, aunque dividida entre legitimistas (que encarnaban a la Francia rural y ultramontana) y orleanistas (herederos de las “dinastías burguesas”), al no llegar a un acuerdo dinástico decidió que la República se encargara del desastroso estado de los asuntos. Elegido Thiers jefe del poder ejecutivo, recibió el título de presidente de la República. Thiers se encargó de reprimir la Comuna de París (1) con alto coste de vidas y bienes. Tres años más tarde quedó liberada la indemnización y salieron de Francia las tropas alemanas.

Hostigado por los monárquicos (→ las tres derechas monárquicas decidieron constituir un frente común en torno al duque de Broglie para pedir una política “decididamente conservadora”), que promovieron un voto de censura, Thiers presentó la dimisión en 1873 (→ Thiers, símbolo de la derecha, es derribado precisamente por la derecha. Se le acusa de permitir el ascenso de un sector exaltado del republicanismo, los radicales. Cuando Thiers apoya la definición definitiva del régimen como república, los monárquicos se sienten traicionados, denuncian el pacto de Burdeos -en el cual Thiers fue nombrado jefe del poder ejecutivo- y provocan su caída). Fue elegido presidente de la República el mariscal MacMahon, con De Broglie como jefe de gobierno. Entonces comenzó el régimen del orden moral, que utilizó a todas las fuerzas conservadoras, y especialmente a la Iglesia católica, para hacer desaparecer hasta el recuerdo de la República y expiar las atrocidades de la Comuna. Los monárquicos, con mayoría en el parlamento, propugnaron la restauración monárquica. El candidato favorito era el nieto de Carlos X, el conde de Chambord. Su negativa a aceptar la bandera tricolor (insistía en que debía restablecerse el pabellón blanco flordelisado) hizo imposible su restauración cuando se daba por seguro el regreso de la monarquía borbónica (→ el candidato orleanista, el conde de París, también se negó a aceptar la bandera tricolor). En estas condiciones, y para asegurar el futuro, la Asamblea amplió a 7 años la duración de la presidencia de MacMahon y aprobó la Constitución de 1875, ciertamente concebida en términos casi monárquicos (la acumulación de atribuciones en el presidente hace pensar en un trono: puede prorrogar las sesiones de las cámaras, disolver la de diputados con la conformidad del Senado, nombrar los ministros, etc. El Senado acumula funciones excesivas, que perfilan un régimen aristocrático), preveía un sistema legislativo bicameral, así como la elección del presidente por las dos cámaras.

La división de los monárquicos, entre legitimistas y orleanistas, permitió el triunfo de los republicanos en las elecciones de 1876. Los republicanos, dirigidos por León Gambetta, se hacen dueños de las dos cámaras. MacMahon tuvo que enfrentarse a una moción de censura y en las elecciones de 1877 se confirma el triunfo republicano. En 1879 (después de renovar el Senado) MacMahon dimite y comienzan a gobernar los auténticos republicanos. Pero no hay duda de que los notables conservaban en los grandes organismos del Estado, en la Iglesia y en el mundo de los negocios una situación predominante.

En 1879 es elegido presidente de la República el republicano Jules Grévy que reforzó la política republicana, decidiendo la Asamblea la prohibición de residir en territorio de la República francesa a los “jefes de las familias reinantes anteriormente en Francia y a sus herederos directos en la línea de primogenitura”. La dirección política pasa de la aristocracia católica y monárquica a la burguesía, que intenta construir un régimen conservador en materia social y liberal en el plano político. Los republicanos del gobierno se escindieron entre Unión Republicana (en la extrema izquierda, que defienden un programa revolucionario: supresión del Senado, separación de la Iglesia y el Estado, reducción de la jornada de trabajo) e Izquierda Republicana, muy pronto llamada `oportunista' (que consideraba que las reformas habían de introducirse de modo progresivo y en un clima diplomático distendido). Es un período de extraordinaria inestabilidad, con alternancia de gabinetes radicales y oportunistas.

La figura más influyente de estos años fue Jules Ferry. Atraído por el positivismo de Comte, el `oportunista' Ferry realizó una obra considerable en el campo escolar, dirigida contra los privilegios de la Iglesia y el credo del orden moral. Creó una enseñanza primaria obligatoria, gratuita y laica, liceos y colegios de la Instrucción Pública, del que se hallaban excluidos los miembros eclesiásticos. La laicización del Estado se completó con la secularización de los hospitales y de los tribunales, así como con el restablecimiento del divorcio. Una serie de leyes organiza las libertades públicas, de reunión, de prensa, sindical. Ferry entiende que el papel de Francia en Europa debe ser el de gran potencia: bajo su inspiración se consolida la doctrina imperialista y la formación territorial del imperio francés (Túnez, Madagascar, Indochina).

La gran crisis económica de 1882, una serie de escándalos (el de las condecoraciones para la Legión de Honor, que recae sobre el presidente Grévy) y el movimiento boulangista (promovido por el general Boulanger, que excitaba al pueblo contra Alemania para el desquite) sucedieron durante el gobierno republicano. (→ Boulanger aprovecha la doble crisis que afecta al gobierno oportunista para presentarse a las elecciones de 1889. Aunque triunfa en París, se niega a efectuar un golpe de estado. El éxito de la izquierda en otros departamentos electorales lo empuja al suicidio. Las elecciones legislativas dieron el triunfo definitivo a los republicanos.

El movimiento boulangista sucedió bajo la presidencia de Sadi Carnot (que había sustituido a Grévy). Fue también bajo su mandato que estalló el escándalo del canal de Panamá (→ la construcción del canal fracasa, por desbordamientos y deslizamientos de tierras, pero con sobornos en el Parlamento se consigue un empréstito especial. Descubiertos los sobornos, la prensa de extrema derecha denuncia el entendimiento entre parlamentarios y hombres de negocios). Este hecho provocó que en las elecciones de 1893, los socialistas fueran ganando terreno aunque las elecciones fueran ganadas otra vez por los oportunistas. Asesinado en 1894 Sadi Carnot, le sucedió Casimir Périer, dimitido a su vez en 1895 y sustituido por Félix Faure, bajo cuyo mandato tuvieron lugar la Entente franco-rusa y el escandaloso asunto Dreyfus (→ Tras la alianza con Rusia, el Estado Mayor francés cambia sus planes de guerra y su material artillero, lo que provoca una intensificación del espionaje alemán. El caso Dreyfus reveló que no sólo la administración, sino también el ejército, estaban corrompidos. Hacía tiempo que, aprovechándose de todos los escándalos de la República, se venía haciendo apasionada campaña de antisemitismo. El fracaso del canal de Panamá, la quiebra de varios bancos, la venta de condecoraciones y cargos se atribuían a manejos inmorales de los judíos. Los altos oficiales del ejército se habían contaminado de esta idea; así es que cuando en 1894 se descubrió que algún miembro del Estado Mayor había vendido documentos importantes a la embajada alemana, inmediatamente se acusó a un judío: el capitán Alfred Dreyfus. Se falsificaron pruebas documentales y, con un proceso de cuatro días a puerta cerrada, se le condenó a degradación y deportación a la isla del Diablo, en la Guayana. Sólo dos años después, el coronel Picquart descubrió las falsificaciones y pudo precisar quiénes habían vendido información a los alemanes. Se pide la revisión del proceso, pero el Estado Mayor, deseoso de salvar el honor del tribunal militar, no desea revisar el caso, enviando al mismo Picquart en misión especial lejos de París, al desierto de Túnez. Fueron los intelectuales no políticos quienes se encargaron de proclamar la verdad y reparar la injusticia (→ primero fue Zola con su “Yo acuso”, donde acusaba no sólo a las autoridades militares que forjaron las pruebas del proceso Dreyfus, sino también a los altos magistrados de la República, de complicidad y protección del atropello. A Zola le siguieron Anatole France y otros intelectuales). Con el concurso de estos intelectuales y de la izquierda (con Clemenceau y los radicales) se consigue la revisión del proceso y la rehabilitación de Dreyfus).

El asunto Dreyfus da el poder a la izquierda y desencadena, no sólo el descrédito del Ejército y de la Magistratura, sino también una vigorosa acción anticlerical, puesto que la mayoría de los católicos se manifestaron antisemitas y se pronunciaron en contra de Dreyfus.

En el período comprendido entre 1899 y 1914 el bloque de las izquierdas gobierna Francia. La postura anticlerical del bloque de izquierdas (radicales y socialistas) llevó a la ruptura con la Santa Sede (1904) y a la separación de la Iglesia y el Estado (1905), pero no resolvió las reivindicaciones obreras (→ los sindicatos se separaron de las izquierdas y los socialistas pasaron a la oposición). No obstante, el gobierno realizó una activa política exterior, dirigida contra Alemania (→ la intervención alemana en Marruecos en 1905 llevó a ambos países al borde de la guerra, evitada por una conferencia internacional celebrada en Algeciras (1906) y en La Haya (1908). Se había firmado un tratado de amistad con Inglaterra (Entente Cordiale, 1904), al que se unió Rusia (Triple Entente, 1907), contra las potencias de la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia).

La elección presidencial, en 1913, de Raymond Poincaré, conocido como enemigo inflexible de Alemania, recrudeció la tensión política. En vísperas de la guerra, Francia presentaba una agricultura e industria prósperas, pero asentadas sobre falsas bases (inestabilidad social, excesivo proteccionismo) y una marcada crisis demográfica.

Desde 1870 la III República ha recorrido una curiosa senda política, que se inicia con su control por monárquicos y aristócratas, pasa por un largo período en el que la alta burguesía lleva los asuntos públicos en medio de crisis y escándalos, y culmina en su conducción por republicanos radicales y socialistas.

(1) LA COMUNA DE PARÍS (1871)

La guerra franco-prusiana, iniciada en 1870, terminó con una humillante derrota francesa, provocando la caída del Imperio de Napoleón III. Aprovechando el vacío de poder creado al abandonar París el gobierno, que se refugió en Versalles, el pueblo de la capital se alzó en armas y ocupó el poder (marzo de 1871), con un programa político revolucionario: supresión del ejército, elegibilidad de los funcionarios públicos, gestión comunal de las fábricas, abolición del trabajo nocturno, separación de la Iglesia y el Estado... Se trató de una revolución típicamente decimonónica, siguiendo los pasos de la de 1789. Por primera vez, sin embargo, se había creado un gobierno de la clase obrera, y los dirigentes de la Internacional participaron en el movimiento. El gobierno francés reaccionó con energía, y en abril atacó París, que sucumbió después de una desesperada resistencia. A los `communards' se les hizo objeto de una feroz represión: centenares de ellos fueron ejecutados. La idea de lo que pudo haber representado el triunfo de la Comuna indujo a las autoridades a frenar la expansión del movimiento obrero no sólo en Francia, sino también en otros países europeos como España, Dinamarca, Austria y Alemania.

La Comuna de París fue un movimiento improvisado, sin una dirección organizada, con una ideología indefinida, en la que las concepciones socialistas se mezclaban con ideales republicanos y sentimientos de oposición a los alemanes. A pesar de todo, su importancia radica en el hecho de ser la primera tentativa de llevar a cabo un programa de gobierno proletario. Por ello, la Comuna alcanzó una dimensión mítica, despertando recelos en la burguesía y esperanzas en el proletariado (→ los sucesos de la Comuna tuvieron un fuerte impacto sobre la opinión pública mundial y en muchos países tuvieron lugar movimientos de apoyo a los `communards').

ALEMANIA (II REICH)

Durante el asedio de París por parte de las fuerzas prusianas y aprovechando el clima de entusiasmo alemán que siguió a la victoria, Guillermo I fue proclamado emperador de Alemania, en Versalles (18 de enero de 1871). Comenzaba así el II Reich, un imperio que abarcaba a todos los estados alemanes, excepto Austria.

Con la unificación de los estados alemanes, el imperio nacerá con la necesidad de solucionar una serie de problemas derivados de las grandes diferencias existentes entre la numerosa población. Así, distinguimos entre problemas étnicos (polacos, daneses, alsacianos...); políticos (los diferentes estados tenían sus Asambleas, legislación, tradiciones...); religiosos (el 60 % de la población era protestante, pero el catolicismo es mayoritario en algunos estados. La doble confesionalidad implica dos mentalidades y dos éticas) y sociales (hay estados en los que subsisten los grandes dominios agrícolas con tradiciones feudales, otros en los que predomina la pequeña explotación familiar, y Berlín, donde el capitalismo industrial ha propiciado la aparición de una sociedad urbana con un fuerte componente obrerista).

El carácter fundamental del Imperio se refleja en la Constitución de 1871, que supone un compromiso entre unificación y federación, y entre el principio monárquico y la soberanía del pueblo. La Constitución de 1871 disponía que el Imperio alemán era en tanto que nación un Estado federal compuesto por 4 reinos, 6 ducados, 4 condados, 8 principados, 3 ciudades y un territorio (Alsacia-Lorena), y todos ellos mantenían sus constituciones, gobiernos e incluso sus propias representaciones diplomáticas no sólo ante los diferentes Estados alemanes, sino también ante los Estados extranjeros, aunque se estipula que delegan en el Reich algunas de sus atribuciones (asuntos exteriores, ejército, ferrocarriles y correo, moneda, legislación de prensa) y mantienen su plena soberanía en instrucción, obras públicas, justicia, al tiempo que el funcionamiento de sus instituciones de gobierno.

El Estado federal estaba regido por un órgano colegiado denominado `Bundesrat', donde residía la soberanía nacional. En él se hallan representados todos los Estados por miembros designados por los soberanos, de forma proporcional a sus dimensiones (→ Prusia ostentaba los 2/3 de los diputados), siendo sus funciones las de tener capacidad para vetar las leyes aprobadas por el Reichstag, así como ejercer poderes especiales en temas de control fiscal y aduanero.

El `Reichstag' era el único órgano representativo de la nación alemana, ya que se elegía por sufragio universal masculino. Detenta la función legislativa sobre todo el territorio, aunque de forma limitada, y no controla al Ejecutivo, ya que no tenía frente a sí gobierno alguno sino solamente al Canciller nacional, el cual, en tanto que canciller nacional, no era responsable ante el Reichstag sino ante el emperador que es quien le nombra, por lo que no podía exigirle responsabilidad porque tampoco le había otorgado su confianza.

La Constitución de 1871 confería la dirección de la nación al emperador y al canciller. Será Bismarck el que, como canciller nacional, detente el gobierno de la nación ya que la Administración nacional quedará fuertemente centralizada en la Cancillería nacional.

Concluyendo, nos encontramos con un Estado teóricamente federal, pero con la prepotencia de uno de los Estados federados, Prusia; teóricamente democrático con el sufragio universal, pero con la preeminencia de los grandes propietarios (las circunscripciones territoriales otorgan ventajas a los terratenientes); con una monarquía constitucional que funciona sin control parlamentario. Por todo ello, el modelo político alemán se caracteriza por un fuerte carácter autoritario y centralizador.

La creación del Reichstag imperial y el sufragio universal propiciaron la organización de 4 partidos políticos fuertes:

  • Los conservadores.- Representantes de la aristocracia terrateniente. Su programa se resume en el apoyo a las prerrogativas del emperador y privilegios nobiliarios, y en la identificación con la Iglesia evangélica.

  • Los liberales.- Representantes de la alta y media burguesía, grupos intelectuales, pequeños funcionarios..., escindidos en derecha (liberales-nacionales) e izquierda (progresistas). Los primeros se inclinan hacia los conservadores y simpatiza con su política de orden público frente a la movilización del proletariado por los socialistas, y los segundos defienden un programa democrático auténtico.

  • Los católicos.- Organizados en el denominado Partido del Centro que surgió como defensa contra la Prusia luterana. Lógicamente se implanta en los Estados de población católica. Denunciaban la intromisión del gobierno en asuntos de educación.

  • Los socialdemócratas.- Se organizan con un programa revolucionario, convirtiéndose en un partido de masas, con creciente influencia sobre la clase obrera (→ ante los acontecimientos de la Comuna de París, se verán hostigados por Bismarck).

Política de Bismarck

Mientras Bismarck permaneció al frente del gobierno, tuvo que mantener alianzas con los diferentes partidos políticos que representaban a su vez las bases sociales que sustentaban el régimen y, aunque él no tenía la menor inclinación por el sistema parlamentario y nunca se vinculó a un partido político concreto, supo, en todo momento, utilizar el Parlamento al servicio de su propia política.

Hasta 1878 gobernó con los nacional-liberales, que representaban a la burguesía rica e ilustrada. Con su ayuda llevó a cabo un buen número de medidas económicas (implantó el librecambismo y en 1873 determinó el establecimiento de una tarifa aduanera aún más baja que la vigente), y legales destinadas a consolidar la unidad del nuevo imperio. Con ellos prosiguió la lucha (= Kulturkampf) contra el catolicismo político, ya que le preocupaban sus reivindicaciones sociales, así como el apoyo que prestaban a las minorías nacionales, siendo lo más sobresaliente sus medidas anticlericales aprobándose leyes que imponían fuertes restricciones a la educación y culto católicos.

A partir de 1879, Bismarck rompe con el partido nacional-liberal y se apoya en el conservador, constituido en su parte más importante por los junkers (grandes propietarios terratenientes), adoptando una política proteccionista ante la competencia del trigo americano y ruso, más barato. Asimismo, la gran industria metalúrgica pedía protección arancelaria. Ante las necesidades financieras del imperio y no pudiendo hacer frente a los déficit continuos más que con un aumento de los derechos de aduanas, estableció en 1879 una tarifa proteccionista que gravaba productos antes libres, como cereales, el hierro y el petróleo. Ello supuso triplicar los ingresos estatales. En resumen, puede decirse que el nacionalismo político representado por Bismarck, la voluntad de poder y el deseo de construir un estado vigoroso e independiente, destruyeron el sueño de la burguesía liberal.

Bismarck obtuvo de los conservadores y del Partido del Centro católico (a partir del ascenso al solio pontificio de León XIII la situación mejoró y las tensiones se suavizaron) la aprobación de una legislación contra los socialdemócratas, ya que temía su creciente influencia sobre la clase obrera. Ante el desarrollo económico que experimenta la nación y el aumento de la clase obrera alemana, se promulgaron en 1878, por una parte, leyes antisocialistas que permitían acosar a los grupos socialistas, secuestrar sus periódicos, prohibir sus reuniones... A pesar de la persecución de los socialistas, éstos mantuvieron su actividad clandestina y aumentaron su clientela electoral. Por otra parte, con el fin de atraerse al movimiento obrero, se ponía en vigor una legislación social (leyes sobre la seguridad y el retiro obrero), que situaba a Alemania a la cabeza en cuanto a legislación social se refiere. Estas últimas medidas no obtuvieron el resultado político deseado por Bismarck. Las condiciones del obrero no mejoraron durante la gestión del canciller. El descontento se plasma en el volumen creciente de los movimientos huelguísticos. Por ello, en los últimos años de su gobierno, Bismarck pensaba en una transformación autoritaria de la Constitución.

En cuanto a las minorías nacionales, Bismarck, viendo en ellos separatistas, intensificó la germanización (en Posnania y Silesia, habitadas por 3 millones de polacos, prohibió la lengua polaca y tomó medidas represivas contra el clero católico polaco).

En 1890, Guillermo II, el nuevo emperador, le retira su confianza cuando Bismarck choca con el Reichstag, que deseaba suavizar una ley antisocialista, forzando la dimisión del canciller.

Conclusión: No hay duda de que Bismarck supo crear un equilibrio entre los poderes del Reich y las tradiciones históricas de los estados alemanes. Pero, además de que contenía unas minorías que no deseaban ser anexionadas (polacos, daneses, loreneses y alsacianos), el II Reich no había resuelto la integración de dos importantes fuerzas: los católicos -que no consideraban definitiva la estructura unitaria del Imperio-, y el mundo obrero, sobre el que el socialismo ejercía una influencia cada vez mayor, y que se sentía apartado de la comunidad nacional.

El desarrollo económico

Alemania se convierte en este período en una gran potencia industrial, aprovechando una serie de factores favorables: la unificación del mercado nacional (que estimula los intercambios comerciales e incrementa la inversión) en un momento de expansión mundial; la indemnización de 5.000 millones de francos que tiene que pagar el gobierno francés y Alsacia y Lorena, que aportan una potente industria algodonera y recursos minerales.

A pesar de la crisis de 1873 (por exceso de especulación), Alemania se convirtió en una gran potencia industrial, lo que se explica por su riqueza minera, por la íntima unión de la ciencia y la industria, y por el extraordinario talento de unos empresarios que, ayudados por los grandes bancos, efectuaban los más notables tipos de concentración horizontal y vertical, de cártel y de konzerns, y racionalizaban una producción a la que se ofrecían grandes mercados. No desaparecen los grandes dominios agrarios gobernados por los junkers; más que por cambios de estructura de la propiedad, la agricultura alemana destaca por sus audaces innovaciones técnicas, por su pronta mecanización y la utilización de abonos químicos, con lo que se convierte en la más moderna de Europa.

Así, su organización científica -laboratorios-, su estructura bancaria -concesión de créditos sin garantía-, la construcción de vías férreas, puertos y canales, y la expansión de las finanzas y el comercio exterior, convierten a Alemania en un coloso.

Esta expansión económica suscita sueños de expansión imperialista y condujo a Alemania -que conoció entonces un prodigioso ascenso demográfico- a una política colonial (= Weltpolitik) con el fin de aumentar la expansión de intereses económicos. De este modo, Alemania se apartará de la prudente política exterior defendida por Bismarck y se internará en una dinámica imperialista, lo que provocará rivalidades internacionales. Pero esta aspiración imperialista correspondía a las clases dirigentes, que veían en ella el medio de apartar a la nación de sus conflictos internos, de unirla en la persecución de una idea de grandeza y de potencia. Sin embargo, era evidente que desde la desaparición de Bismarck (1890), el gobierno era incapaz de arbitrar los antagonismos de los partidos, que representaban intereses económicos y sociales difícilmente conciliables.

Lo que resulta evidente a principios del s. XX era la necesidad de transformar el régimen en un sentido parlamentario. La transformación en un régimen parlamentario (que suponía la derogación de la ley de las tres clases en Prusia) chocaba con una encarnizada resistencia de las clases dirigentes (grandes propietarios territoriales, industriales y altos funcionarios ligados a la diplomacia y al ejército), las cuales preveían incluso medidas de excepción para contrarrestar la acción de quienes, cada vez más numerosos, reclamaban reformas profundas que adaptaran las estructuras políticas al nuevo rostro de la sociedad alemana. La grave crisis que agitaba al Reich induce a pensar que en 1914 el gobierno tal vez deseaba una guerra preventiva que le permitiera recuperar el control de la situación.

INGLATERRA

A partir de la década de 1870, la industrialización de nuevos países (Alemania, EEUU, Francia) obligó a Inglaterra a abandonar el librecambismo y a reservar y ampliar su imperio colonial como mercados exclusivos de sus productos. La actividad obrera se intensificó en el interior del país con la formación de nuevas Trade Unions de obreros. El nuevo sindicalismo que surge en los años 80 agrupará especialmente a los trabajadores no cualificados, hasta entonces fuera de las organizaciones sindicales.

El advenimiento de un nuevo rey, Eduardo VII, a la muerte de la reina Victoria, no modificó sustancialmente la atmósfera de la época victoriana, excepto por el hecho de que las mentalidades evolucionaron rápidamente (creciente importancia de la clase media, democratización del régimen universitario, desarrollo del feminismo, creciente alejamiento de las Iglesias por parte de las capas populares...). Sin embargo, la desigualdad en la distribución de las riquezas seguía provocando el descontento de las clases obreras. Sobre esta base, se constituirá en 1893 el Partido Independiente del Trabajo (I.L.P.) que practicó una política de alianzas con las trade unions, las cuales eran las únicas capaces de aportar al partido el apoyo de las masas. Hacia los años 90, el reaccionarismo patronal y ciertas amenazas legislativas a las actividades obreras determinaron la constitución en 1900 del Comité para la Representación del Trabajo (L.R.C.), integrado por sindicalistas y socialistas, destinado a organizar elecciones favorables a los trabajadores. En las elecciones de 1906 consiguieron 29 diputados que formaron el Partido Laborista, que terminaría por desplazar al Partido Liberal dentro del sistema político inglés.

Antes de las elecciones de 1906, el gobierno conservador había apostado por el proteccionismo económico que, en su opinión, aseguraba la unidad imperial. Pero la opinión inglesa seguía visceralmente aferrada al librecambio. Por ello, las elecciones de 1906 dieron un amplio triunfo a los liberales, decididos a las más atrevidas reformas a favor de las clases populares (→ para superar al Partido Laborista, respondiendo a las aspiraciones de mayor justicia social). De ahí que en los años siguientes se aprobara una importante legislación que creó especialmente un sistema gratuito de primas de jubilación y un régimen obligatorio de seguros contra la enfermedad y el paro. Estas medidas motivaron la oposición de los lores (→ el gasto presupuestario que supusieron estas medidas hizo que el gobierno liberal estableciera impuestos suplementarios sobre las grandes rentas y las plusvalías de las propiedades territoriales). En las elecciones de 1910, el gobierno liberal presentó un proyecto constitucional basado en el predominio de los comunes en materia financiera. En 1911, los lores fueron privados de su derecho a veto permanente. Ello sucedió con el reinado de Jorge V (1910-1936), que había sucedido a Eduardo VII.

En las elecciones de 1910, el Partido Liberal había ganado pero con una reducida mayoría, que le obligó a tener en cuenta el apoyo de los diputados irlandeses y a hacer aprobar la `Home Rule' en 1914 (estatuto de autonomía irlandés), lo que suscitó la frenética oposición del Ulster (las tierras del norte de Irlanda) y puso a Gran Bretaña al borde de la guerra civil. La situación en Irlanda había empeorado en los últimos años y sólo el estallido de la Primera Guerra Mundial evitó la ruptura.