Ética a Nicómaco; Aristóteles

Filosofía griega. Libro IV de la Ética a Nicómaco. Virtudes aristotélicas

  • Enviado por: Jorge Luis Hernández Bujarrabal
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 5 páginas
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Breves reflexiones personales acerca del Libro IV de la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles

Previamente al comentario personal que debe realizarse del texto de Aristóteles debemos expresar una serie de ideas acerca de la persona y la obra del filósofo teniendo en cuenta no sólo su forma de pensamiento, sino también el contexto socio-cultural en la que se desarrollaron sus doctrinas.

Innegable es la posición de Aristóteles como padre fundador del pensamiento occidental, especialmente remarcable en nuestro pragmático y mecanicista siglo XX muy por encima de las teorías pre-cristianas y todavía fantasiosas de su maestro Platón; de esta manera es comprensible el pensamiento del fundador del Liceo en nuestros días, haciendo un listado de ideas y conceptos perfectamente diferenciados, emparejados y ordenados. Aristóteles es conocido como el gran sistematizador, dándose esta forma de trabajo en cada una de sus obras. Este hecho, que pone los cimientos, por ejemplo, a la biología moderna no consideramos que sea completamente satisfactorio al tratar con comportamientos y normas éticas relativas al ser humano. La primera dificultad que encontramos viene debida a la lengua con que el texto ha sido redactado y su posible traducción a otras. Como bien puede comprender cualquier persona hábil y fluida en el empleo de otro idioma los conceptos, especialmente los abstractos, no poseen una traducción literal y deben comprenderse según la forma de concebir de las distintas lenguas. El idioma alemán, por ejemplo, resulta especialmente rico en matizaciones y diferenciaciones abstractas, al igual que el inglés posee un vocabulario mucho más amplio que el castellano para determinados actos, creando diferenciaciones no comprensibles en nuestro idioma. Así, el vocablo germano “ehrgeiz” no puede traducirse meramente por “ambición” o “deseo”, puesto que trae consigo también connotaciones de superación y orgullo. No hace falta tampoco ver la cantidad de palabras anglosajonas que describen distintas facetas del acto de “mirar” : to peep, to glare, to glance, etc. Sin desviarnos demasiado del tema en cuestión, nos apoyamos en lo expuesto para indicar nuestra duda ante conceptos como “magnificencia”, “mansedumbre” o “magnanimidad”, que en boca del filósofo parecen huir moderadamente de las acepciones académicas y resultarnos algo borrosos y poco definidos, aparente contradicción con la doctrina aristotélica, causada, a nuestro juicio, por la imposibilidad de una traducción satisfactoria.

Destacamos también la sistematización realizada en cuanto a virtudes y normas morales que conllevan. Pese a la indudable belleza de lo expuesto y la sabiduría demostrada en cada uno de los casos, creemos que veintitrés siglos después del sabio de Estagira y tras nombres como Nietzsche, Pavlov o Freud una mirada tan simplista al corazón humano resulta, cuando menos, insuficiente. El condicionamiento que la sociedad nos ha impuesto hace que la distinción entre el vicio y la virtud no sea meramente una cuestión de sabiduría, sino una consecuencia de numerosos factores que escapan a la posibilidad de elección humana. Debemos reconocer, no obstante, que esta circunstancia ha sido ya intuida por Aristóteles y al analizar virtudes como la liberalidad nos indica que siempre será más fácil dar a aquel que ha recibido su riqueza por herencia y no ha conocido la pobreza y, por tanto, no la teme, que a aquel que obtuvo sus bienes gracias a su sudor.

Como comentábamos anteriormente, existen una serie de conceptos y valores expuestos que no pueden aplicarse directamente a la sociedad actual, o al menos no sin la debida adaptación. Así, cuando el sabio nos habla de magnanimidad, gloria o ideas próximas al concepto de honor no podemos interpretarlo literalmente, puesto que esas ideas carecen de sentido o nos producen indiferencia por no decir mofa al leer la altanería con que escribe Aristóteles. Así, interpretamos estas ideas como un estado en el que nos encontramos en comunión con nuestras propias ideas de bien y ofrecemos a la sociedad el término medio de nuestras posibilidades, sin pecar por exceso o defecto ya sea en el ámbito material como el espiritual. Consideramos a su vez que esto no es aplicable a todo cuanto expone el filósofo, o al menos no lo es para el pragmático y materialista mundo de hoy, o tal vez para la pragmática y materialista persona que esto escribe. Cojamos una virtud como la magnificencia. Aquí se nos habla de gastar lo justo en ocasiones determinadas como pueda ser una celebración u otro acontecimiento social, sin derrochar y a la vez sin caer en la parquedad. Pero ¿está necesariamente equivocada aquella persona que no participe de las celebraciones y crea que los acontecimientos importantes lo son por sí mismos y no necesitan de ninguna otra exterioridad? Viéndolo de esta manera la celebración en sí misma es ya un vicio por exceso. Como comentábamos escasas líneas antes, esto se debe al momento histórico-social que vivió Aristóteles y a una más que probable mala traducción de determinadas palabras. En cualquier caso, la idea general que nos expresa, el deber de aferrarnos a nuestro término medio y no derrochar en jactancia ni mostrarnos parcos en la avaricia queda perfectamente definida. Otra consideración aparte sería la del aquí denominado “buen gusto”, concepto de suma subjetividad y cambiante según estética personal y temporal.

Un capítulo posterior de este Libro IV nos habla de la templanza (aquí denominada mansedumbre) como la virtud localizada entre la irascibilidad y la indiferencia y sí podemos decir en este caso de tratarse de un tema universal y atemporal. El exceso, la pasión de la ira o incluso el también mentado rencor, no podrá, en ningún caso resultar beneficioso para el bien social al causar siempre daños, siendo, pues, en toda ocasión censurable. La Historia se ha encargado de demostrarnos con el paso de los años el dolor y el sufrimiento que la irascibilidad ha causado a la Humanidad. Pero su opuesto, la indiferencia puede resultar también especialmente dañina. Si no se toman medidas rápidas y eficaces, en muchos casos pasionales, contra determinados acontecimientos que ejercen malestar ya sea en un individuo o una comunidad este comportamiento es tan criticable para el bienestar social como su opuesto. Se puede interpretar esto, si se desea, como una reacción defensiva lógica tanto a nivel particular como colectivo, más una supervivencia social darwiniana que una norma moral correcta. (Pero, ¿acaso no es la moral un mero instrumento para la supervivencia de la sociedad? No nos atrevemos a contestar.)

Otro capítulo, en lógica conexión con el anterior, también hemos considerado de universalidad innegable, aquel que versa sobre el espíritu sociable. De esta forma, y siguiendo la sistematización aristotélica, se nos habla de los vicios que conllevan tanto la excesiva “socialización”, el tomar contacto con excesivas personas de modo irreflexivo y sin querer desagradar a nadie, como el estar en constante enfrentamiento con los demás. Si lo analizamos concienzudamente llegaremos a la conclusión de que ambos vicios poseen la misma causa: el egoísmo. El que resulta excesivamente amistoso toma dicha actitud no por su amor a los demás, sino por el amor a sí mismo. De esta forma busca una mayor aceptación y estima del resto, lo que le situaría en posición aventajada con respecto a los demás. El pendenciero posee el mismo problema, pero lo enfoca de modo distinto; al no aceptar las ideas ajenas y desear sólo las propias está en permanente conflicto con la sociedad. Ambos individuos sólo buscan la satisfacción personal.

Así, desde el punto de vista anterior, la individualidad y egoísmo como verdadera causa de toda mal moral podemos decir que creemos haber llegado a la conclusión que Aristóteles trata de mostrarnos. Ya escribió el filósofo que el hombre es animal social y, por tanto, todo aquello que sacrifique el orden de la sociedad para preponderar los deseos individuales no será bueno ni para el colectivo ni, en última instancia, para sí mismo, puesto que al no ser bestia ni dios forma parte ineludible del grupo y no puede sobrevivir sin él. Consideramos, pues, haber llegado con esta pequeña reflexión al mensaje intrínseco de lo expuesto por Aristóteles, si bien deben sortearse algunas dificultades como la imprecisión en conceptos como la “gloria” o la “magnanimidad” o la autocomplacencia hacia sí y hacia el gremio del saber en el capítulo “del donaire en el decir” pues consideramos que la torpeza en la expresión de uno es una cuestión que no abarca sólo el esfuerzo mental, sino también, y en enorme medida, los dones que nos haya otorgado la Naturaleza.