Estado social

Teorías marxistas. Franquismo. Movimiento obrero. Estado de derecho. Capitalismo. Modelo periférico. Organización política del Estado

  • Enviado por: Muiku
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 14 páginas
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Indice

Introducción......................................................................................................... 2

1.- ORIGEN DEL ESTADO SOCIAL............................................................... 2

1.1.- Teorías no marxistas............................................................................... 2

1.2.- Teorías marxistas.................................................................................... 2

2.- SIGNIFICADO DEL ESTADO SOCIAL.................................................... 3

3.- LA CULTURA BAJO EL FRANQUISMO................................................. 4

4.- EL IMPACTO DE LAS TRANSFORMACIONES OPERADAS

SOBRE EL ESTADO SOCIAL........................................................................ 4

4.1.- Impacto en el ámbito de las instituciones democráticas......................... 4

4.2.- En el ámbito del movimiento obrero...................................................... 5

4.3.- En el ámbito del Estado de Derecho....................................................... 5

4.4.- En el ámbito ideológico.......................................................................... 5

5.- LA RESPUESTA POLÍTICA A LA CRISIS DEL ESTADO SOCIAL... 5

6.- EL ESTADO SOCIAL Y LA PERIFERIA CAPITALISTA...................... 6

6.1.- Características del modelo periférico...................................................... 6

6.2.- El imposible estado social en los estados de la Periferia........................ 6

6.3.- La extensión del modelo periférico de dominación................................ 7

Conclusiones......................................................................................................... 8

Introducción

Una palabra puede resumir el legado del franquismo: atraso. Un atraso no sólo en lo económico, sino también en lo cultural, en lo ideológico y en lo político-social. Un atraso que impregnó todos los ámbitos de la sociedad, pese al extraordinario crecimiento de los años sesenta.

El 14 de julio no fue sólo un levantamiento contra la República, sino también un levantamiento contra el parlamentarismo y contra la democracia. Al frente de esta lucha de oposición, el general Franco, un militar convertido en 1925 en el general más joven de Europa, pero cuyas dotes como hombre de estado no se asemejaban, ni por asomo, a las del campo de batalla. Aquel levantamiento, bendecido por la Iglesia por su carácter de “cruzada contra el comunismo para salvar la religión, la patria y la familia”, no podía ocultar sus tintes tradicionalistas y conservadores contra el convulso progresismo republicano. Un tradicionalismo que llevaba a Franco a abominar no sólo este periodo, sino también aquel que se remontaba tres siglos más atrás. El XIX liberal y destructor de las instituciones del Antiguo Régimen; el XVII por la Enciclopedia y la Ilustración; y el XVIII por aceptar de manera pusilánime el final del Imperio español. Otros ideólogos del Movimiento como Kindelán acusaron al Renacimiento de guiar a la Humanidad por un sendero equivocado, alentando la vuelta al pasado en busca de la “antorcha de la tradición, despreciando los engaños de la democracia”.

No obstante, y pese a la teórica degradación que la República estaba ejerciendo sobre la sociedad española, en las elecciones de febrero del 36 el alegato antiparlamentarista y autoritario de falangistas y tradicionalistas no halló apenas eco en el seno del electorado. Lo que por otra parte, ponía de manifiesto un hecho que más adelante corroborarían los acontecimientos: el triunfo de sus postulados no llegaría por la vía democrática, sino todo lo contrario; militarismo y represión serían las armas para “captar el voto” de la sociedad española.

Y así estalló la Guerra Civil. En ambos bandos se operaron terribles depuraciones, ocupando la represión un lugar destacado a lo largo de la contienda. En ambos bandos fueron muchos “los que dieron la espalda al paredón”. Pero mientras los máximos dirigentes republicanos se esforzaban por condenar públicamente estos bandos, en el bando nacionalista se protegía la práctica represiva como medio más eficaz para paralizar al enemigo.

Sólo hoy somos conscientes del volumen de aquella indiscriminada salvajada; sin embargo, es más duro, aún si cabe, asimilar que su práctica se adscribiera a los aparatos del Nuevo Estado, sustentado en el control, la seguridad y el mantenimiento del orden público por parte de la Policía del régimen, y en segundo término, por los aparatos de orden del Partido.

La siguiente recensión pretende sintetizar en unas pocas páginas, las experiencias de un país bajo la mano inflexible del dictador. Abordaremos para ello, los diferentes ámbitos de la vida de la época:

  • La política: familias del régimen y enemigos del mismo.

  • La economía: de la autarquía a los Planes de Desarrollo de López Rodó.

  • En lo social, el movimiento obrero y estudiantil.

  • La cultura: el sistema educativo franquista y su reinterpretación de la Historia de España.

1.- LA POLÍTICA BAJO EL FRANQUISMO.

1.1.- Las conspiraciones contra Franco y la paradoja de Falange.

La estabilidad de un régimen durante cuarenta años responde a varias razones, entre ellas, la guerra se torna como su principal aliada, la muerte de los antiguos dirigentes republicanos y el exilio de otros tantos dejó vía libre al “proyecto político” del franquismo.

No obstante, la oposición al régimen durante los primeros años llegaría de sus teóricos aliados. En principio, la unidad caracterizaba al Movimiento, todo estaba regulado bajo un único mando político y militar, un único partido y un único objetivo, la destrucción de la democracia. No obstante, no se podría lograr la aquiescencia dentro de un grupo tan heterogéneo formado por carlistas, falangistas, cedistas, alfonsinos y corporativistas católicos.

Las conspiraciones contra Franco estaban a la orden del día. Éste, consciente de las mismas gracias a los aparatos de información de que disponía, les permitió ciertos “escaqueos” en reconocimiento a su aportación a la lucha, pero se apresuró a emitir decretos de unidad y a fusionar a los dos grupos preponderantes -carlistas y falangistas- bajo su manto en FET y de las JONS a través del Decreto de Unificación del 19 de abril de 1937.

El apoyo que estos grupos prestaron al Franquismo no respondía más que a intereses de clase, se trataba de un oportunismo simbiótico, dado que mientras Franco requería de apoyos donde legitimar su poder, estos buscaban en el acercamiento al poder la forma de derrocar al Franco tras la Guerra Civil e imponer sus pretensiones, bien instaurar un régimen totalitario por parte de Falange, o bien restaurar la monarquía por parte de alfonsinos o carlistas. Estos últimos, llegaron a conspirar con el gobierno británico. Incluso dentro del mismo ejército nacional, algunos compañeros de armas de Franco como Yagüe o Aranda, llegaron a coaligar con las ideas monárquicas.

Pero estos grupos no contaron con el robustecimiento que Franco había logrado tras la Guerra. No sólo había conseguido carisma entre el Movimiento, sino que además, sectores de la burguesía dominante apoyaron el proyecto de autarquía franquista, reportándoles sustanciales beneficios. Algunos sectores se inclinaban antes por Franco que por “los rojos”.

Sin embargo, frente a los años de estancamiento y aislamiento (años cuarenta) que fueron pródigos en conspiraciones, los cincuenta, con la apertura al exterior, fruto de los acuerdos con Estados Unidos fueron años de estabilidad dentro del Movimiento. Los grupos que antes conspiraban lograron importantes puestos dentro de la administración franquista, la industria, los organismos autónomos o las empresas públicas que les hicieron desistir de sus planteamientos iniciales.

Falange dejó de lado sus interese de “revolución pendiente” y al mando del Sindicalismo Vertical y de los aparatos de propaganda del régimen reinterpretaron esa “revolución pendiente” convirtiendo su “misión nacional” en una “misión universal” fruto de los acuerdos con EEUU.

Falange asumirá toda la carga moral del régimen, organizando la represión, la censura, las manifestaciones multitudinarias de culto al caudillo. Redactarán los Principios Fundamentales del Movimiento en un intento de liberalizar el régimen ante el exterior, aunque en la práctica perdurasen los planteamientos antidemocráticos.

Desde esa postura mucho más cercana al poder, Falange intentaría consolidar su poder frente a otros ámbitos de la vida española como la Iglesia o el Ejército. Empresa en la que fracasaría y en la que indagaremos a continuación (Chueca la denominaría “la paradójica victoria de un fascismo fracasado”).

El fracaso de Falange en su proyecto de instaurar un régimen totalitario se debió a una actitud abúlica ante el franquismo. Tras la guerra logró una posición acomodada en el régimen y se dedicó a consolidarla en vez de reaccionar con una ideología netamente fascista en términos de estructura, dado que la estructura funcional del partido, embrión del estado totalitario alternativo, no era tal; sus distintas ramas respondían a necesidades del partido y no a necesidades del estado. Falange era un partido fracasado antes de la guerra y el hecho de necesitar una guerra para hacerse con el poder, daba una idea de su ineficacia política y, lo que es más significativo, de su ineludible dependencia del régimen de Franco, quien era el que en definitiva lo había alzado hasta allí, de tal forma que el Partido Único nunca vertebró al estado como sucedió en la Alemania nazi, sino a la inversa.

La incompetencia y la indisciplina estaban a la orden del día dentro del Partido, dado que carecía de militantes forjados en el juego político. La militancia era obligatoria en casos como los de los funcionarios, y puramente especulativa en otros muchos, es decir, respondía a una concepción de “reparto del botín”. A la masiva afiliación que impuso el Decreto de Unificación, hubo que sumar todos aquellos efectivos producto del síndrome de funcionarización que sufrió el partido, de tal forma que los cargos políticos del régimen pasaban automáticamente a desempeñar la misma función dentro de la estructura burocrática del Partido -aunque dicho cargo fuese antifalangista.

El proyecto de Falange fracasó al intentar reforzar sus cuotas de poder a causa de la profunda dependencia que fue adquiriendo del Estado. Enfrente, Iglesia o Ejército fueron adquiriendo un volumen de poder superior al de Falange, y lo que es más importante, una autonomía respecto del estado por aplicar una estrategia más consecuente con sus principios.

Todo lo que rodeó a Falange se tornó en un cúmulo de despropósitos. En los aparatos de prensa y propaganda, tras haber logrado un respetable aparato de prensa vio como éste pasaba a manos estatales; la militancia proveniente de la obligación de un decreto de unidad nunca coaligó con el proyecto falangista; en el apartado de juventudes, el Partido fue incapaz de estructurar a seis millones y medio de jóvenes, optando por aceptar solamente a los hijos de las élites; en educación, frente al postulado falangista de que todo era educación política, la Iglesia terminó monopolizando el aparato educativo, mientras que a Falange se le adjudicó el cometido de controlar a los maestros. En la universidad, el Sindicato Español Universitario (SEU), creado en 1937 para el control político de los universitarios, acabó, paradójicamente, convocando elecciones estudiantiles -algo impensable en un órgano de ideología fascista.

La paradoja a que se refiere Chueca estriba en el hecho de que contando con toda la organización y monopolizándolo todo, Falange nunca poseyó la iniciativa política autónoma suficiente que le hubiese conducido al verdadero estado totalitario y fascista.

1.2.- El sindicalismo franquista.

En todo estado fascista las organizaciones sindicales se integran dentro de los aparatos de dominación del Estado, con un doble interés político y económico. Político porque contribuyen a la erradicación de la lucha de clases mediante el sometimiento de la clase obrera al sindicato y, económico porque contribuyen a sustituir el tradicional funcionamiento del mercado de trabajo por un intervencionismo salvaje del Estado.

Este tipo de sindicalismo vertical, donde obreros y patrones conviven en la misma organización, responde a la premisa totalitaria de impedir el desarrollo del capitalismo; sin embargo, en el caso español el aparato sindical del Partido Único se encargó de poner el poder al servicio de la pequeña-media burguesía había contribuido a la victoria del Movimiento.

La represión a favor de la unificación ideológica, buscó sobre todo la dominación de la clase obrera como núcleo proclive a la agitación y a la desestatalización. El fascismo trató de “cortar de raíz” la lucha de clases mediante la coacción y la sustitución de las asociaciones obreras autónomas por órganos estatales.

El sindicalismo fascista nacerá en España con el Decreto del 13 de septiembre de 1936 de prohibición de los sindicatos obreros y del Frente Popular. Todos los bienes de los antiguos sindicatos marxistas y anarquistas pasarán a la Delegación Nacional de sindicatos de FET y de las JONS. Cooperativas y sindicatos agrícolas del medio rural se convertirán en bastiones del sindicalismo católico. En los Estatutos de FET y de las JONS aprobados el 4 de agosto del 37, los sindicatos pasarán a ser regulados por la necesidad del Partido Único de subordinar el trabajo y la producción a la autarquía, de ahí que la organización sindical careciese de cualquier autonomía, profundamente integrada en el aparato del Partido. El sindicato tendrá como máximo jefe a Franco, estructurándose con una graduación vertical y jerárquica como un ejército.

En lo que se refiere a las funciones atribuidas al sindicato vertical, éste se concebía como un medio de organizar corporativamente la sociedad española, organizándose por ramas de producción y al servicio de integridad económica nacional.

La Ley de Sindicatos obligaba a mantener un orden armónico entre todos los intervinientes en el proceso productivo, orden que si no surgía, sería impuesto coactivamente. Esta ley constituiría una de las mayores hipocresías del régimen, dado que el sindicalismo español nunca favoreció ese orden armónico empresario-obrero, sino que es el empresario el depositario de la autoridad del estado y del Movimiento, ejerciéndola sin ningún obstáculo sobre sus subordinados, de ahí que el beneficiario del sindicalismo vertical desampare al obrero y favorezca íntegramente al propietario.

El Consejo Sindical de Falange trató de reinterpretar, desde una concepción fascista, los conceptos de estado, lucha de clases, empresa, política agraria y el capitalismo en su conjunto, a fin de justificar su labor, labor que más adelante, con el ascenso de los aparatos eclesiásticos a los más altos cargos del régimen, no sólo debió legitimar en el plano puramente económico y político, sino en la afirmación estar realizando los valores clásicos de la religión.

1.3.- La influencia del sector católico (ACNP)

La Asociación Católica Nacional de Propagandistas -ACNP- era el órgano representativo del sector catolicista del régimen. Sus miembros contribuyeron decisivamente a la configuración del nuevo régimen, protagonizando distintas fases de la dictadura, ocupando puestos de relevancia en los aparatos gubernamentales, informativos, educativos, económicos y financieros.

La importancia de la ACNP radica en el papel legitimador que la Iglesia hace del levantamiento catalogándolo de cruzada en defensa de los valores tradicionales de la sociedad española, sin olvidar que Iglesia, religión y catolicismo legitimaron también el aparato represor.

El ascenso de la ACNP hasta las áreas de gestión del Nuevo Estado en materia de educación y economía perseguía el objetivo claro de imponer el proyecto ideológico que los intereses de clase de la ACNP pretendían conseguir. Así contará con una extensa red organizativa para toda España donde figuraban juristas, burguesía y altos cargos de la administración franquista.

Mención aparte requieren los enfrentamientos entre ACNP y Falange en el terreno educativo y propagandístico, enfrentamiento en el que Falange quedó en manifiesta inferioridad ante el extraordinario peso de la Iglesia en la configuración del nuevo estado.

El nacional-catolicismo de la época se caracterizaba por un férreo anticomunismo, por su oposición a los sistemas totalitarios y por su doctrina del orden público:

Anticomunismo: el comunismo era caracterizado como la máxima encarnación del mal. Su parcial derrumbamiento tras la derrota contribuyó al lazo tácito entre Iglesia y Estado contra el mismo. La Iglesia cobrará una especial relevancia en el aparato represivo haciéndose con el control del Tribunal Especial para la represión de la masonería y el comunismo.

Antitotalitarismo: la Iglesia aceptaba el papel de los movimientos totalitarios en contra del comunismo, la democracia y el liberalismo, pero no puede ocultar su temor ante el matiz anticlerical que llevan implícito. No obstante, la debilidad de FET y de las JONS permitió un acercamiento entre las posturas críticas de la ACNP y los totalitarios de Falange. Pese a esta teórica apatía, Iglesia y Movimiento compartirían intereses comunes como la exaltación de la Patrio y del Imperio.

La doctrina católica y el orden público: conocido ya el componente represor del franquismo, fue notable también el control ejercido sobre la cultura por parte de los estamentos eclesiales, los cuales, sistematizaron los textos pontificios por materias convirtiéndolos en verdaderos instrumentos de legitimación del sistema franquista.

1.4.- Los enemigos del régimen.

1.4.1 El comunismo.

La implantación en España del comunismo se caracterizó por su heterogeneidad, predominando en zonas como Cataluña, Madrid, Andalucía, Asturias o Valencia. El régimen contribuyó a forjar su identidad política, cuya fuerza de oposición hacia el mismo se resumió en la obra del PCE-PSUC.

El PCE comenzó forjando una dirección bastante homogénea formada por el núcleo sevillano de Antonio Mije y el vasco-asturiano de Dolores Ibárruri; en Cataluña el PSUC surgía de la fusión del PSOE y de radicales de corte nacionalista.

El comienzo del franquismo se hizo muy difícil para estas fuerzas por la merma de efectivos que supuso el conflicto y el aislamiento político a que fueron sometidas, no sólo por los republicanos, sino también por una población hastiada de política.

Durante el transcurso del régimen PCE y PSUC se vieron obligados a adecuar sus estrategias y organización a la propia evolución de la sociedad.

Los años cuarenta fueron años de revanchismo, encabezados por los guerrilleros, grupos que todavía no se resignaban a dar por perdida la guerra. A estos grupos se unían otros que revitalizaban planteamientos tras derrotar al fascismo en Europa. Sin embargo, la Guerra Fría favorecerá la consolidación del franquismo a nivel internacional.

Los años cincuenta comenzaron con la convicción de reconstruir las vanguardias políticas y sindicales, potenciando nuevos tipos de lucha y de organización del movimiento obrero. Estos objetivos cristalizaron en la huelga general del 51 en Barcelona a la que sucedieron otras muchas. Las huelgas y las protestas estudiantiles pusieron de manifiesto las contradicciones del sistema.

Fue entonces cuando se plantea la vía de la reconciliciación nacional que dará la directiva a Carrillo y a Claudín bajo los preceptos de desestalinización del XX Congreso de PCUS. Pero la jornada de reconciliación del 58 y la huelga pacífica del 59 fracasaron fruto de la heterogeneidad de la sociedad española y del emergente desarrollo económico de aquellos años.

Los años sesenta comienzan con las huelgas de Asturias, las cuales, permiten albergar ciertas esperanzas sobre la definitiva organización de un movimiento de masas capaz de derrocar al franquismo. Carrillo supo desentenderse de la URSS tras la invasión de Checoslovaquia y adecuar el programa de reconciliación nacional a las nuevas condiciones de la España desarrollista.

En estos años surgiría Comisiones Obreras como vanguardia sindical en oposición al sindicalimo vertical. Las posteriores contradicciones del capitalismo desarrollista llevaron al movimiento obrero al pacto para la libertad basado en la huelga pacífica. Pero pronto se evidenciaron sus debilidades, no sólo por ser un movimiento desigual, sino porque en los últimos años el obrero español había comenzado a recibir importantes concesiones salariales sin la intervención del PCE.

Como es perceptible, el comunismo nunca llegó a poner en peligro al franquismo, su estrategia, dirigida a la desestabilización del sistema con huelgas y algaradas no contribuyó más que a enturbiar su talante democrático, de forma que en la Transición sería la fuerza que más tardaría en legalizarse y la que más precariamente se incorporó a la Reforma.

1.4.2.- La “Nueva Izquierda”

La “Nueva Izquierda” se encuadra dentro de ese movimiento casi universal que se ha denominado “la rebelión de los jóvenes” y que en España responde al agotamiento ideológico del régimen -Falange era incapaz de movilizar el movimiento juvenil- y a su hipocresía al pactar con el enemigo yanqui.

Este movimiento de la Nueva Izquierda sigue dos fases:

1ª) En un primer momento la Iglesia parece atraer al joven inconforme con el régimen. Inclinaciones republicanas o nacionalistas comenzaban a gestarse en el seno de la juventud. Una juventud que en sus inicios -socializada en el antimarxismo y en los valores familiares- no se siente atraída por el problema obrero. El PSOE es considerado socialdemócrata e incompetente. La juventud se guiaba por concepciones más revolucionarias, de tal forma que en el seno del PCE convivirán aquellos que lo consideran el único representante de la izquierda y quienes lo rechazan por su renuncia a la revolución.

La creciente radicalización del estudiantado favorece la creación de la Asociación Socialista Universitaria (ASU) y el FLP (Frente de Liberación Popular) como movimientos proclives a la acción a favor del movimiento obrero, iniciándose los primeros contactos con la izquierda hacia postulados más pragmáticos y moralistas.

Las huelgas de la primavera del 61 demostraron que aunque el FLP carecía de dimensiones movilizadoras, había acentuado su politización, favoreciendo el traspaso de la juventud católica al socialismo.

Entre el 68 y el 71 la Nueva Izquierda crecerá enormemente, poniendo de manifiesto la inviabilidad del relevo generacional del régimen.

2ª) Las conclusiones extraídas de acontecimientos como la Revolución Cultural en China, la Guerra del Vietnam o el Mayo del 68, chocan en España con una estructura represiva que a partir del 67 comienza a realizar despidos en masa de enlaces sindicales, prohibe CCOO, etc. En amplios sectores de la juventud se llega a la conclusión de que había llegado el momento para la revolución socialista. La Nueva Izquierda se va radicalizando, guiada por un falso dogmatismo leninista que no es extrapolable al último lustro del franquismo. El desenlace de “la Revolución de las Claveles” en el verano del 75 supone el replanteamiento de estos supuestos revolucionarios en pro de otros más democráticos. Estos replanteamientos supondrán la escisión de la Nueva Izquierda entre los partidarios de una vía pacífica, partidista, electoral e institucional y los partidarios del terror como PC m-1/FRAP o el GRAPO.

La Transición acarreará el desvanecimiento de la Nueva Izquierda, dado que la mayoría de los españoles de inclinarán por una vía más moderada.

1.4.3.- La Masonería.

La persecución de la Masonería durante el franquismo roza los límites de lo irracional. La masonería no llegó ni tan siquiera a maquinar contra el régimen porque Franco, cuya oposición antimasónica llegó a ser enfermiza, se encargó de desmantelar y aniquilar la mosonería en España con métodos de exterminio. Franco los vio siempre acechando contra el régimen, acusándolos de la decadencia histórica y de la degeneración política de España: la pérdida del Imperio, la Guerra de la Independencia, las Guerras Civiles, la caída de la Monarquía Constitucional son acontecimientos provocados por la masonería.

Pronto se dictó una férrea legislación contra las prácticas de masonería. Se les prohibió desempeñar cualquier cargo oficial, fijándose penas de cárcel que iban de veinte a treinta años para los cabecillas y de doce a veinte para sus colaboradores. El Tribunal de Represión de la Masonería dictó miles de sentencias, y centenares de ellos fueron fusilados.

La persecución contra la masonería escapa de cualquier interpretación racional. El velo de misticismo que envuelve a las logias desató en la persona del dictador un temor irracional que intentó mitigar con “puño de hierro”, convirtiendo a las logias en “chivos expiatorios” de sus errores e ineficacia como estadista y gobernante.

1.5.- La conflictividad de los años sesenta.

Los años sesenta, curiosamente los años del despegue de la maltrecha economía franquista, fueron especialmente difíciles para el régimen poniéndose de manifiesto su incapacidad para responder a las necesidades de la sociedad. Fruto de esta conflictividad surgirían nuevas fuerzas como CCOO en el orden laboral, ETA en el regional, FLP en el orden político e ideológico, al tiempo que las “fuerzas históricas” como el PSOE, CNT o PNV perdían protagonismo.

Franco cometió el error de confundir esa conflictividad con un problema de orden público; sin embargo, estas nuevas organizaciones no se amedrentarían ante la represión, ya que sus propósitos estaban por encima del propio Franco y de sus acólitos.

La conflictividad laboral: el nuevo sistema de relaciones laborales introducido a finales de los cincuenta y que sustituía a los sindicatos verticales, instaurándose un sistema de negociación colectiva de los convenios laborales, encendió la mecha y las huelgas comenzaron multiplicarse, surgiendo nuevos sindicatos que concibieron acertadamente la importancia de los obreros en el desmoronamiento del sistema.

La conflictividad estudiantil: las huelgas de estudiantes en Madrid y en Barcelona proliferaron entre el 63 y el 64, en petición de más democracia y libertades, abogando por la creación de sindicatos democráticos de estudiantes y por la desaparición del SEU. La rebelión estudiantil lleva implícita también demandas científicas, culturales y políticas que ponían de manifiesto el fracaso del sistema universitario franquista.

La conflictividad regional, ETA: Franco había considerado erradicado el problema regional; sin embargo “la conciencia nacional seguía latiendo”, lo que conducirá a una feroz reacción contra la falta de libertades. De repente, entre el 68 y el 75, la organización terrorista ETA asesina a 47 personas. El secuestro, el atentado y el atraco se pusieron a la orden del día. Del lado franquista centenares de vascos fueron encarcelados ejerciéndose una represión brutal sobre el País Vasco, lo que convirtió a ETA, un grupúsculo en sus inicios, en un movimiento con muchos apoyos entre la población. La política de excepción para el País Vasco jugó a favor de ETA desde sus inicios, generando claros sentimientos de hostilidad hacia España.

Pero los quebraderos de Franco no acababan ahí, sino que a partir de 1960, su tradicional aliada, la Iglesia comienza un distanciamiento del régimen, los curas comienzan a revindicar más libertades, y a apoyar a organizaciones sindicales o estudiantiles. En 1971, la Conferencia Episcopal pide disculpas por su parcialidad en la guerra. Fruto del aperturismo que vive la Iglesia, se renueva la Conferencia Episcopal y se nombra primado a un liberal partidario de la separación Iglesia-Estado, Monseñor Tarancón, quien tendría sus más y sus menos con el dictador.

De esta forma, los últimos años del régimen Franco se ve obligado a gobernar solo, consciente de que su “obra” fenecería con él.

2.- LA ECONOMÍA.

La política económica del franquismo sigue tres etapas:

1ª Autarquía durante la década de los cuarenta.

2ª Apertura económica hasta 1953.

3ª Planificación durante los 60 hasta el final del régimen.

Autarquía: Los años cuarenta son años de nulo crecimiento económico, puesto que el desarrollo industrial es inviable. El aislamiento internacional y la convicción de Franco de que España era autosuficiente sumieron nuestra economía en el más profundo caos. Franco estaba convencido de sus dotes innatas para la economía justificando sus decisiones mediante esa supuesta infalibilidad divina que se le atribuía por ser el caudillo de España. Éste se limitaba a achacar tosas los males de la economía mundial a las democracias, alabando las medidas del régimen, basadas en justificar la suficiencia de nuestra producción sin necesidad de importación. El oro y las dividas no importaban porque “España tenía capacidad económica sobrada” para lograr el desarrollo que las potencias europeas habían logrado gracias al Plan Marshall. Para ello, era indispensable extender el regadía a las tierras de secano, y así en 1939 se pone en marcha el famoso plan de reconstrucción económica basado en la construcción de un gran número de pantanos. La apuesta por la autarquía llevó a España por la senda del “sostenido estancamiento económico de los años cuarenta”, fruto de ese aislacionismo agravado en la segunda mitad de los cuarenta con la retirada de los embajadores. Los años que van del 35 al 40 no son de estancamiento, sino de profunda depresión perdiendo la estela de los países europeos que en 1950 ya alcanzaban índices de productividad superiores en un 20% a los de 1938.

El dirigismo del primer franquismo supuso un marcado retroceso del consumo privado, dado que no había acumulación y los escasísimos capitales se dirigían a importan productos de primera necesidad.

El intervencionismo de los cuarenta se caracterizó por el estímulo a la producción nacional poniendo todo tipo de barreras burocráticas a la expansión de la iniciativa privada. Se produce una exacerbada sustitución de las importaciones consagrando la ansiada autarquía necesaria para lograr la independencia política del régimen.

Franco cometió el error de concebir este dirigismo como algo permanente y no transitorio, propio de una economía de posguerra, “cuartelera”, basada en el racionamiento y en la intendencia. Todo estaba controlado por el Estado. La burguesía que apoyaba el régimen, participaba en la dirección de la política económica favoreciendo sus propios intereses a favor de un statu quo sectorial que ponía muchas trabas a la creación de nuevas empresas. Las fronteras entre lo público y lo privado se difuminaban, de ahí que los años cuarenta fueran el paradigma del capitalismo corporativo dentro de un régimen autoritario.

La autarquía trajo otro fenómeno, el del mercado negro y la economía sumergida. El estraperlo fue una actividad “consentida” hasta 1953, cuando los acuerdos con EEUU obligasen a implantar un férreo control sobre la economía. El racionamiento, la requisa sistemática a los campesinos favoreció estas prácticas, las cuales alcanzaron un volumen superior al del mercado oficial, tal y como sucedió con el trigo. Fue un hecho claro que los más enriquecidos con el estraperlo pertenecían a los organismos del régimen o eran grandes productores que contaban con la logística necesaria para estraperlar (excedentes, almacenes, vehículos, conocimiento del mercado, etc.) Aquel enriquecimiento contribuyó a un más que notable cambio en la propiedad de la tierra.

Apertura al exterior: a principios de los cincuenta la depresión había agotado el genio económico de Franco. Acuciado por el aislacionismo, por la falta de divisas y de materias primas imprescindibles para la regeneración industrial, finalmente llega a comprender la necesidad de operar una apertura al exterior. El hecho de constituir un régimen “rabiosamente anticomunista” le abrió las puertas de la primera potencia mundial. En 1953 se firman una serie de acuerdos con EEUU que permiten una importante inyección económica a cambio de unas cuantas bases. Esta obra sería completada con la admisión en la ONU en diciembre de 1955, y el ingreso en la OECE en 1958, que le abrió el camino hasta el FMI y el Banco Mundial. Aquello significaba el despegue de la economía española, un despegue que la elevaría hasta convertirse en la undécima potencia mundial a mediados de los sesenta.

La planificación: Entre los años sesenta y principios de los setenta la economía española experimentó un crecimiento sin precedentes. Un crecimiento basado en una figura económica clave: la planificación, algo que no disgustó en demasía a Franco porque de nuevo podía atribuir los méritos del desarrollo al dirigismo.

El verdadero desarrollo comienza a gestarse a partir del Plan de Estabilización de 1959 con el que se inició un proceso de liberalización de la economía española a través del método de la planificación indicativa a imitación del modelo francés que da prioridad a la inversión pública, a la transformación industrial como medio de competir en mejores condiciones en el mercado internacional, produciendo un incremento de la renta per cápita, ya que se exprime al máximo el rendimiento de las inversiones (públicas y privadas).

El artífice de estos planes y cabeza visible de la “reforma tecnocrática” del Opus Dei, López Rodó, elaboró tres planes de desarrollo (64-67; 68-71; 72-75) cuyos objetivos eran maximizar el producto nacional, el pleno empleo, desarrollo dentro de la estabilidad, progresiva integración en la economía mundial, distribución equitativa de la renta, flexibilizar el sistema, para lo cual era prioritario disciplinar la inversión pública y ofrecer amplia información al sector privado.

Durante los diez primeros años de planificación se creció en el orden de un 7% anual, estimulándose la inversión privada, cierto grado de racionalidad en el sector público e impulsó la industrialización y se favoreció la integración el mercado internacional.

Pero con la devaluación del 67, el optimismo de los primeros años se fracturó y el clima de confianza en la planificación se ennubeció hasta el 71/72. La planificación se trunca con la crisis económica del 73; no obstante, su fracaso es achacable a otros errores como fueron la ausencia de atención a las cuestiones sociales. El desarrollo no trajo crecimiento, la inversión pública no sobrepasó el 50% de lo previsto inicialmente, la intención de industrializarse y aumentar el peso del sector servicios, implicó el hundimiento del sector primario, no se tuvo en cuenta una política regional previsora de los movimientos migratorios -reflejos de las transformaciones sociales que conlleva el crecimiento económico- , y no se revisaron los objetivos fijados en los planes en los momentos claves, sin olvidar que toda planificación implica ineludiblemente la revisión periódica de los planes.

Pero, sin lugar a dudas, el elemento clave del malogrado proyecto planificador fue el interés por hacer de la misma un instrumento económico, supeditando sus éxitos a los del sistema. Y es que, pese a la apertura, el régimen de Franco nunca dejó de ser dirigista con todas sus consecuencias. El Estado del Bienestar, que triunfó en los años sesenta en Europa y caracterizado por una moderada intervención estatal, tuvo su reflejo en España en el estado que lo absorbía y lo controlaba todo beneficiando a unos pocos -aliados de Franco- e impidiendo una mejor distribución de la renta.

3.- LA CULTURA BAJO EL FRANQUISMO.

El levantamiento en contra la República fue apoyado desde el principio por sectores civiles que deseaban una contrarrevolución. Pretendían sustituir aquel gobierno legítimo por un nuevo estado, donde la política cultural desarrollada desde el gobierno fuese concebida como un elemento de legitimación del mismo, de su ideología.

Se trataba de controlar los medios de comunicación, las manifestaciones artísticas, la instrucción pública. De ahí que premurosamente la Iglesia reclamara el monopolio educativo y Falange el control de los medios de comunicación.

En educación, pronto el sentido religioso se unió al patriótico, configurándose en torno a estos cimientos toda la obra educativa y cultural del régimen. La derecha tradicional y conservadora abogaba por exaltar en los manuales de Historia la nostalgia por el Imperio perdido, imponiéndola como doctrina de la política educativa y cultural.

El Ministerio de Educación sustituyó al republicano de Instrucción Pública y Bellas Artes. Este ministerio operó como primera medida la depuración del personal docente, llegándose al extremo de abrir expediente a la casi totalidad de los maestros, lo que restó celeridad al proceso de reorganización de la enseñanza tras la Guerra Civil. A esta depuración se sumaron otras en museos y bibliotecas a fin de destruir cualquier obra considerada subversiva por los censores del régimen.

Franco empleó la educación para legitimarse a nivel exterior, no sólo por la vinculación que existía en materia educativa con el modelo italiano, sino por el apoyo que halló la causa nacional en autores como Strawinski en su lucha contra el bolcheviquismo, el anticlericalismo y el revolucionarismo de la República. En España, autores de la talla de Manuel de Falla o Gerardo Diego, también simpatizaron con el ideal de “reserva espiritual de Occidente”.

Pero el Ministerio también tuvo que enfrentarse l problemas como la fuga de intelectuales, o la destrucción, expolio que había supuesto la Guerra Civil para el patrimonio, lo que unido a la citada depuración en bibliotecas y museos, mermó en demasía no sólo el rico legado cultural español, sino también todo su potencial creador a posteriori.

3.1- Ideología franquista y reinterpretación de la Historia de España.

Merece una mención aparte la interpretación que el franquismo dio a la Historia de España en beneficio del régimen. Los manuales se convertirían en vehículos de socialización del alumnado.

La Historia era entendida como una forma de revalorizar lo español, lo patriótico construido a partir del espíritu religioso y católico. La concepción franquista de la Historia era una concepción maniquea que diferenciaba el bien, es decir, lo católico y lo español, frente al mal, esto es, lo extranjero, el liberalismo, el comunismo, todo lo que a la postre simbolizó la pérdida de su Imperio.

La Historia franquista se nutrirá de los escritos de José Antonio, de Monge y Bernal, Maeztu o Jorge Vigón. Autores que dividirían la Historia en tres etapas. La primera recoge la implantación del cristianismo por los romanos, la unidad territorial y religiosa visigoda y el valor de la Reconquista como símbolo del poder cristiano en su cruzada contra lo árabe. La segunda etapa es la etapa del Imperio desde los Reyes Católicos que instauran la unidad territorial tras el fin de la Reconquista y la anexión de Navarra, nacional con la unión de Castilla y Aragón, y religiosa con la expulsión de judíos y musulmanes; esta etapa continua con el valor de Carlos I y Felipe II como valedores del catolicismo frente a la Reforma y concluye con la decadencia del Imperio en el XVII. La tercera etapa transcurre desde el XVIII al XX marcando el tránsito de la desespañolización producto del liberalismo y la Ilustración que contribuyeron a la descristianización de la sociedad y en la pérdida de los verdaderos valores que regresarán con el triunfo nacional en la Guerra Civil.

Frente a los valores de la anti-España se opusieron otros basados en lo tradicional, en lo católico y en la exaltación del Imperio. Este último factor permitió el acercamiento a los países fascistas -ante la debilidad del aparato ideológico- y frenar las pretensiones megalómanas de alfonsinos y tradicionalistas.

*Como se ve, ante la ausencia de una ideología estructurada y legitimadora, el recurso a la Historia propició la consolidación de un régimen cuyas bases ideológicas no auguraban un futuro prometedor.

Conclusiones

Hablar de los años de la dictadura franquista, es hacerlo de los años más oscuros y enigmáticos de nuestro pasado más reciente. Oscuros por la represión y las persecuciones que de forma enfermiza se realizaron sobre comunistas, nacionalistas o masones; y enigmáticos, porque impusieron valores ideológicos basados en la tradición y en la religión, valores que la República, como paradigma del progresismo, ya había dejado atrás; pero que Franco supo manejar para granjearse un “aura” cuasi divina que disimuló sus escasas dotes como hombre de estado.

Franco había conseguido en el campo de batalla ser ascendido a general con tan sólo treinta y tres años, convirtiéndose en 1925 en el militar más joven de Europa aupado a dicho rango. Aquella hazaña, sin duda, le sirvió para darse a conocer en los corrillos de la vida militar nacional e internacional, pero, desde mi punto de vista, también contribuyó a alimentar un ego, que por entonces ya comenzaba a mostrarse ambicioso. Una fulgurante carrera militar y una personalidad testaruda, anclada en unas ideas nada progresistas, podrían considerarse dos de las muchas razones que impulsaron a Franco a emprender tamaña empresa.

Como es de suponer, aquella recia personalidad y su experiencia bélica al mando de la Legión en Marruecos, constituyeron dos importantes puntos a su favor en el devenir de los acontecimientos. Durante la Guerra Civil, supo auparse hasta lo más alto y dirigir a su ejército a la victoria con unas grandes dotes de estratega. Sin embargo, era imposible predecir si aquellas magistrales dotes militares, se manifestarían de igual modo al mando de la Jefatura del Estado. Indudablemente no fue así, y el Régimen comenzó su andadura entre un marasmo de conspiraciones en su contra. Conspiraciones que no procedían precisamente del bando comunista. Todos los amigos que durante la Guerra habían apoyado a Franco en su “cruzada” contra “los rojos”, parecían tornarse de improviso en peligrosos conspiradores contra el inefable caudillo de España. Dada esta inestabilidad, nadie, excepto el propio Franco, hubiese apostado por la consolidación del Régimen, situación que se veía agravada, más si cabe, por el paupérrimo estado de la población española, una población que por entonces -principios de los cuarenta- empezaba a despertar de la peor de sus pesadillas, entre la destrucción, el hambre y la más absoluta miseria.

Desde mi humilde punto de vista, y por lo leído en este libro, Franco se mantuvo en el poder porque convino a una serie de sectores, y sobre todos ellos, a la Iglesia. La Iglesia vio en el Régimen la manera de volver al primer plano de la vida política, después del postergamiento de que fue víctima durante la República; no en vano aquel Régimen instaurado por el general Franco se definía como Tradicional y Católico, constituyendo el último reducto de la religión en el Mundo, “la reserva espiritual de Occidente”.

De todas formas, y pese al apoyo de la Conferencia Episcopal, de nada hubiera servido a Franco su religiosidad, de no ser por los acuerdos económicos con EEUU. No hay que olvidar la pésima situación de la población española. Aquella alianza anticomunista contribuyó a paliar, además, uno de los más graves errores ideológicos del régimen: la autarquía. Empeñarse en sistematizar los postulados fascistas, obsesionarse con llevar a cabo las ideas de una ideología derrotada, daba una idea de las limitaciones de Franco como hombre de estado. Auspiciado por una expansión económica fruto de la buena marcha de la economía internacional, más que de la planificación franquista, y controlando los movimientos de oposición en el interior a base de “garrote”, el régimen fue ganando la batalla a la lógica, aunque para ello se tuviese que renunciar a algunos de los, hasta entonces tan eficaces, métodos autoritarios. De esta forma, apoyado por EEUU en el exterior y, controlando con “mano de hierro” el orden público en el interior, la supervivencia de aquellos valores anacrónicos estaba asegurada.

El orden público puede considerarse como una de las principales piedras angulares de cualquier dictadura; no obstante, para Franco esa obsesión por dejarlo “todo atado y bien atado” le hizo interpretar ciertos conflictos como meros altercados fácilmente controlables por la policía, conflictos que detrás de sus actos violentos encerraban algo más, una ideología, una identidad, una reivindicación que las estrechas mentes franquistas no supieron o, más bien, no quisieron percibir. Me estoy refiriendo al problema de ETA, al movimiento estudiantil, al movimiento obrero, problemas que no podían ser resueltos mediante los aparatos represores del régimen, problemas alimentados por esa represión y por esa abominable forma de abordar los conflictos. El caso vasco fue significativo, la represión y el estado de excepción contribuyeron a robustecer los planteamientos terroristas ante la sociedad vasca. El movimiento estudiantil puso de manifiesto la inviabilidad del recambio generacional del régimen. El problema obrero evidenció las profundas carencias de la planificación económica de los “tecnócratas” del Opus Dei. En definitiva, fueron muchos los problemas, fueron muchas las peticiones de reformas, de libertad, de democracia; pero fueron pocas -por no decir ninguna- las respuestas de un gobierno seguro de ser el verdadero propietario de la única verdad, una verdad que debía ser defendida de amenazas como el regionalismo, la igualdad o la democracia como símbolos de las más bajas aspiraciones humanas.

La inexistencia del menor atisbo de democracia hacía del orden público la principal arma con que contaba Franco para mantener en el redil a todos aquellos españoles que no coaligasen con sus ideas. Unas ideas que el propio sistema educativo se había encargado de inculcar a las sucesivas generaciones que estaban llamadas a recibir el testigo del Caudillo, en su incasable empeño por devolver a España sus glorias perdidas (el Imperio). Con este cometido los acólitos del Movimiento hubieron de reintepretar toda la Historia de España, una Historia cimentada sobre los pilares del catolicismo y el imperialismo. La decadencia del XVII, las crisis económicas fueron achacadas a los más acérrimos enemigos de Franco, los masones. Liberalismo, Republicanismo, Socialismo o Comunismo eran catalogados en los manuales como las principales lacras que condujeron a España hasta el cénit de su podredumbre, la Segunda República. Aquella Historia era la máxima expresión del anacronismo, espoleando las glorias del viejo Imperio y abominando de la obra napoleónica, deificando a Fernado VII y compadeciéndose de la abulia de Amadeo I. La Historia que estudiaron nuestros padres no era la Historia de España tratada con la objetividad e imparcialidad que exige la Historiagrafía, sino que era la Historia de Franco, la Historia que el dictador quiso que fuera y por tanto, más que una exposición teórica ajustada al devenir de los acontecimientos, constituyó un relato fabulado sometido a las fantasías de un soñador.

En definitiva, tratar de sacar conclusiones de cuarenta años presididos por el sometimiento a los designios “yanquies” en el exterior y por la represión y la ausencia de derechos y libertades en el interior, no es difícil, si partimos desde arriba, con un gobierno títere sometido a los designios de un hombre con escasa capacidad para dirigir un país. Fue fácil para el victorioso general atribuirse la regeneración de un país fantasmagórico en 1939; después de todo, cualquier medida, por pequeña que esta fuese siempre resultaría un progreso, dado que a peor era imposible ir en las condiciones que quedó todo tras la Guerra Civil. Nunca sabremos si la obra de la República habría triunfado, pero lo que si es cierto es que sus fracasos quedaron oscurecidos por el flagrante ataque a la soberanía que constituyó el levantamiento del 18 de Julio. Frente a la inestabilidad y los constantes cambios de gobierno que llevaba implícita aquella pueril democracia nacida en 1931, el Movimiento preconizó un sistema fuerte, estable y al servicio de España; sin embargo, cuarenta años de trayectoria dictatorial, revelaron las vergüenzas de un régimen inestable por las conspiraciones, el terrorismo o la crisis económica; débil porque nunca funcionó autónomamente sino apoyado sobre dos pilares básicos, el Ejército y la Iglesia. Los primeros se mantuvieron fieles al su Caudillo, pero los segundos firmaron su “sentencia de muerte” al retirarle su “báculo” a principios de los setenta. Hecho, que nos lleva a evidenciar, en último término, aquel propósito de servir en todo y sobre todo a España, dado que la subsistencia del dictador corrió paralela a la satisfacción de los intereses de la Iglesia

Calvo Sotelo llegó a decir que “hay que preocuparse del aumento de la riqueza y no del reparto de la miseria”

No obstante, el modelo francés consagraba la sistematización de los intervenciones del gobierno para evitar efectos distorsionadores en la economía.

Aunque el componente público en la educación fue subsidiario de la enseñanza privada monopolizada por la Iglesia, sobre la que recayó el deber de formar a las futuras clases dirigentes, a la élite de la sociedad franquista.

Un catolicismo que impregnará todas las capas sociales, como resultado de la debilidad tanto ideólogica como política y social de Falange.

E S P A Ñ A B A J O E L F R A N Q U I S M O

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