Esquilache

Cine español. Cinematografía. Contexto histórico y social. Personajes. Premios de la película

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Esquilache Trabajo sobre la película.

Información Histórica sobre:

Carlos III (1716-1788), rey de las Dos Sicilias (1734-1759) y rey de España (1759-1788), el representante más genuino del despotismo ilustrado español.

Hijo del rey español Felipe V y de Isabel de Farnesio, nació el 20 de enero de 1716 en Madrid. Heredó de su madre en 1731 el ducado italiano de Parma, el cual ejerció hasta 1735, junto al de Plasencia (Piacenza), bajo la tutela de su abuela materna (Dorotea Sofía de Neoburgo). Después de que su padre invadiera en 1734 Nápoles y Sicilia, al año siguiente, y por medio de la firma del Tratado de Viena —que ponía fin a la guerra de Sucesión polaca—, fue reconocido como rey de las Dos Sicilias (título que recogía los dos reinos italianos de Nápoles y de Sicilia, que ya ejercía desde un año antes) con el nombre de Carlos VII. Como tal, adoptó reformas administrativas considerables y llevó a cabo una política de obras públicas que embellecieron la capital napolitana. En 1738, contrajo matrimonio con María Amalia de Sajonia.

En 1759, accedió al trono español, tras producirse el fallecimiento de su hermanastro, Fernando VI. Hombre de carácter sencillo y austero, estuvo bien informado de los asuntos públicos. Fue consciente de su papel político y ejerció como un auténtico jefe de Estado. Su reinado español puede dividirse en dos etapas; el motín contra Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache (1766), es la línea divisoria entre ambas.

Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache (1741-1785), político español de origen italiano, ministro de Carlos III. Nació en Sicilia e inició su afortunada carrera en Nápoles, como contable de la casa comercial de Berretta. En 1746 el rey de Nápoles Carlos VII (más tarde rey español como Carlos III) le encargó la administración general de la Aduana de Nápoles y en 1753 le promovió a secretario de Hacienda. En 1755 se le concedió el título de marqués de Esquilache y acumuló también las secretarías de Guerra, Marina y Comercio. Cuando Carlos pasó a ocupar el trono español en 1759, también le acompañó Esquilache que fue nombrado secretario de Hacienda. En 1763 se encargó también de la Secretaría de Guerra e interinamente de la de Gracia y Justicia. El 24 de marzo de 1766 el rey Carlos III se vio obligado a cesarle ante la presión del motín que había estallado en Madrid el día anterior (y que de hecho se conoce como motín de Esquilache). Unos días después, Esquilache se dirigió al puerto de Cartagena, donde embarcó para Nápoles. Allí residió hasta que fue nombrado embajador en Venecia, donde el 15 de octubre de 1785 murió.

Marqués de la Ensenada. El español Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada desde 1736, comenzó su distinguida carrera política en 1743, durante el final del reinado de Felipe V, año en el que pasó a desempeñar las secretarías de Hacienda, Guerra, Marina e Indias, y Estado. El final de su influencia y de su gobierno tuvo lugar en 1754, cuando quien reinaba era Fernando VI.

Isabel de Farnesio (1692-1766), reina de España, segunda esposa del rey Felipe V. Nació el 25 octubre en la ciudad italiana de Parma. Sobrina y heredera del duque de Parma, en 1714 se casó con el rey de España Felipe V, gracias a las buenas gestiones del abate Julio Alberoni. De fuerte personalidad, y con un alto nivel de instrucción, ejerció una gran influencia sobre el monarca e intervino de forma activa en la orientación de la política italiana, donde consiguió colocar a dos de sus hijos: Carlos será rey de las Dos Sicilias y Felipe duque de Parma, en cambio, Luis Antonio tuvo que conformarse con ser cardenal y arzobispo de Toledo.

A la muerte de Felipe V (1746), la reina viuda se retiró al Real Sitio de La Granja (en la localidad segoviana de San Ildefonso) y allí permaneció, alejada del poder. La vida retirada quebrantó su fuerte naturaleza y se convirtió en una mujer huraña, taciturna y solitaria. Al morir Fernando VI en 1759 sin descendencia, la Corona española pasó a Carlos de Borbón como Carlos III, rey de Nápoles e hijo de Isabel de Farnesio, la cual volvió a Madrid como reina gobernadora. Después de la llegada de la familia real a Madrid, la reina madre, que no se entendía bien con la reina María Amalia de Sajonia (esposa de Carlos III), permaneció un tiempo en la corte y luego se retiró de nuevo al Real Sitio de La Granja de San Ildefonso, donde murió el 10 de julio de 1766.

Carlos IV (1748-1819), rey de España (1788-1808), sus gobiernos hubieron de hacer frente a las consecuencias de la vecina Revolución Francesa. Hijo de Carlos III y de María Amalia de Sajonia, nació el 11 de noviembre de 1748 en Portici (residencia real de su padre, entonces rey de Nápoles, y en la actualidad perteneciente al área suburbana de la ciudad italiana de Nápoles). En 1765, contrajo matrimonio con María Luisa de Parma. Llegó al trono con cuarenta años, tras el fallecimiento paterno, y, aunque no estaba exento de experiencia política, carecía del talento y la energía que las circunstancias en que iba a verse envuelto requerían.El inicio del reinado de Carlos IV, con el gobierno en manos de José Moñino, conde de Floridablanca, marcó un intento de continuidad, cada vez más controlada, del reformismo ilustrado. Se trató de poner trabas a la acumulación de bienes en manos muertas civiles y eclesiásticas, se tomaron medidas para impedir el acaparamiento y la especulación de grano, derivados de las crisis agrícolas, y se fomentó la libertad industrial y comercial. El periodo estuvo definido por la oposición radical a las ideas de la Revolución Francesa, razón por la cual se adoptó la denominada política de `cordón sanitario', destinada a impedir su penetración en España.

Jerónimo Grimaldi, duque de Grimaldi (1720-1786), político español de origen genovés, ministro de Carlos III. Siguió la carrera diplomática y durante el reinado de Fernando VI desempeñó diversas misiones en Suecia y Parma, y fue embajador en las Provincias Unidas. Carlos III le nombró embajador en París, donde elaboró junto con el secretario de Estado francés Choiseul el tercer Pacto de Familia (1761), que provocó la entrada de España en guerra con Gran Bretaña. Él mismo firmó la Paz de París (1763) y, tras la dimisión de Ricardo Wall en septiembre de 1763, le sustituyó en la secretaría de Estado que desempeñó hasta 1776. Reformista convencido, estuvo sometido al marqués de Esquilache hasta la crisis de 1766 y luego tuvo que luchar contra el conde de Aranda, que no podía por menos que ver en él a un funcionario ilustrado extranjero. Muy leal al rey, alentó las reformas, aunque era lento en las determinaciones y muy prudente en los consejos.

Desempeñó el cargo hasta 1776, en que se vio forzado a dimitir por el fracaso de la expedición contra Argel (1775). No obstante, Carlos III le pidió consejo para nombrar al sucesor y Grimaldi propuso al soberano el nombre del conde de Floridablanca. Poco después pasó a ocupar la embajada de España en Roma, donde residió hasta su muerte.

Francesco Sabatini (1722-1797), arquitecto italiano nacido en Palermo, uno de los maestros del barroco clasicista del siglo XVIII en España. Arquitecto de confianza del monarca español Carlos III, se identificó más con la escuela romana de Sangallo, Bernini o Giacomo della Porta, que con las trazas más propiamente neoclásicas de su coetáneo y rival Ventura Rodríguez.

Su primera obra en Madrid es la Puerta de Alcalá (1764-1776), un monumental arco de triunfo conmemorativo de la entrada del rey en la ciudad inspirado en el Fontanone del Janicolo de Della Porta y Fontana. Después construyó otra puerta menor pero notable, la de San Vicente. También son representativas dos obras en Aranjuez. La primera es el convento de San Pascual (1765-1770), templo de planta en cruz latina, cúpula, arcos termales romanos, poderosos pies derechos clásicos apilastrados y una plástica y vigorosa fachada, sin duda una de las mejores del barroco tardío en España. La segunda es la ampliación del palacio real de Aranjuez (1771-1781), para el que proyecta dos grandes alas y una capilla de planta en cruz y cúpula rebajada.En 1772 construyó en El Pardo (Madrid) un monumental palacio según el esquema del de Carlos V en Granada, pero con nuevos perfiles barrocos. En 1776 construyó en Madrid la Real Aduana, edificio en torno a tres patios y monumental escalera, del que merece especial atención la fachada: muros de ladrillo, sin órdenes ni pilastras, perforados por vanos verticales coronados por frontones curvos y triangulares alternados, sobre un basamento pétreo en el que se marca el acceso con tres grandes arcos con balconada sobre el central. El remate superior es una potente cornisa sobre ménsulas dispuestas según el ritmo de huecos de fachada. También destaca su trabajo para el convento de San Francisco el Grande en Madrid, donde, tras los intentos de Ventura Rodríguez y Diego de Villanueva, emprende en 1768 las obras de una fachada imponente con campaniles para un templo que sobresale por su grandiosa cúpula. Finalmente, intervino en el palacio real de Madrid, con la solución definitiva para la escalera y la ampliación de un ala en la plaza de la Armería.

Información Adicional:

Siglo de las Luces o Ilustración, término utilizado para describir las tendencias en el pensamiento y la literatura en Europa y en toda América durante el siglo XVIII previas a la Revolución Francesa. La frase fue empleada con mucha frecuencia por los propios escritores de este periodo, convencidos de que emergían de siglos de oscuridad e ignorancia a una nueva edad iluminada por la razón, la ciencia y el respeto a la humanidad.

Los precursores de la Ilustración pueden remontarse al siglo XVII e incluso antes. Abarcan las aportaciones de grandes racionalistas como René Descartes y Baruch Spinoza, los filósofos políticos Thomas Hobbes y John Locke y algunos pensadores escépticos galos de la categoría de Pierre Bayle o Jean Antoine Condorcet. No obstante, otra base importante fue la confianza engendrada por los nuevos descubrimientos en ciencia, y asimismo el espíritu de relativismo cultural fomentado por la exploración del mundo no conocido.

Sobre las suposiciones y creencias básicas comunes a filósofos pensadores de este periodo, quizá lo más importante fue una fe constante en el poder de la razón humana. La época sufrió el impacto intelectual causado por la exposición de la teoría de la gravitación universal de Isaac Newton. Si la humanidad podía resolver las leyes del Universo, las propias leyes de Dios, el camino estaba abierto para descubrir también las leyes que subyacen al conjunto de la naturaleza y la sociedad. Se llegó a asumir que mediante un uso juicioso de la razón, un progreso ilimitado sería posible —progreso en conocimientos, en logros técnicos y sus consecuencias también en valores morales—. De acuerdo con la filosofía de Locke, los autores del siglo XVIII creían que el conocimiento no es innato, sino que procede sólo de la experiencia y la observación guiadas por la razón. A través de una educación apropiada, la humanidad podía ser modificada, cambiada su naturaleza para mejorar. Se otorgó un gran valor al descubrimiento de la verdad a través de la observación de la naturaleza, más que mediante el estudio de las fuentes autorizadas, como Aristóteles y la Biblia. Aunque veían a la Iglesia —especialmente la Iglesia católica— como la principal fuerza que había esclavizado la inteligencia humana en el pasado, la mayoría de los pensadores de la Ilustración no renunció del todo a la religión. Optaron más por una forma de deísmo, aceptando la existencia de Dios y de la otra vida, pero rechazando las complejidades de la teología cristiana. Creían que las aspiraciones humanas no deberían centrarse en la próxima vida, sino más bien en los medios para mejorar las condiciones de la existencia terrena. La felicidad mundana, por lo tanto, fue antepuesta a la salvación religiosa. Nada se atacó con más intensidad y energía que la doctrina de la Iglesia, con toda su historia, riqueza, poder político y supresión del libre ejercicio de la razón.

Más que un conjunto de ideas fijas, la Ilustración implicaba una actitud, un método de pensamiento. De acuerdo con el filósofo Immanuel Kant, el lema de la época debía ser “atreverse a conocer”. Surgió un deseo de reexaminar y cuestionar las ideas y los valores recibidos, de explorar nuevas ideas en direcciones muy diferentes; de ahí las inconsistencias y contradicciones que a menudo aparecen en los escritos de los pensadores del siglo XVIII. Muchos defensores de la Ilustración no fueron filósofos según la acepción convencional y aceptada de la palabra; fueron vulgarizadores comprometidos en un esfuerzo por ganar adeptos. Les gustaba referirse a sí mismos como el “partido de la humanidad”, y en un intento de orientar la opinión pública a su favor, imprimieron panfletos, folletos anónimos y crearon gran número de periódicos y diarios. En España, `las luces' penetraron a comienzos del siglo XVIII gracias a la obra, prácticamente aislada y solitaria, pero de gran enjundia del fraile benedictino Benito Jerónimo Feijoo, el pensador crítico y divulgador más conocido durante los reinados de los primeros reyes Borbones. Escribió Teatro crítico universal (1739), en nueve tomos y Cartas eruditas (1750), en cinco volúmenes más, en los que trató de recoger todo el conocimiento teórico y práctico de la época.

Francia conoció, más que ningún otro país, un desarrollo sobresaliente de estas ideas y el mayor número de propagandistas de las mismas. Fue allí donde el filósofo, político y jurista Charles-Louis de Montesquieu, uno de los primeros representantes del movimiento, empezó a publicar varias obras satíricas contra las instituciones existentes, así como su monumental estudio de las instituciones políticas, El espíritu de las leyes (1748). Fue en París donde Denis Diderot, autor de numerosos panfletos filosóficos, emprendió la edición de la Enciclopedia (1751-1772). Esta obra, en la que colaboraron numerosos autores, fue concebida como un compendio de todos los conocimientos y a la vez como un arma polémica, al presentar las posiciones de la Ilustración y atacar a sus oponentes. Sin duda, el más influyente y representativo de los escritores franceses fue Voltaire. Inició su carrera como dramaturgo y poeta, pero es más conocido por sus prolíficos panfletos, ensayos, sátiras y novelas cortas, en los que popularizó la ciencia y la filosofía de su época, y por su voluminosa correspondencia con escritores y monarcas de toda Europa. Gozaron de prestigio las obras de Jean Jacques Rousseau, cuyo Contrato social (1762), el Emilio, o la educación (1762) y Confesiones (1782) tendrían una profunda influencia en posteriores teorías políticas y educativas y sirvieron como impulso literario al romanticismo del siglo XIX. La Ilustración fue también un movimiento cosmopolita y antinacionalista con numerosos representantes en otros países. Kant en Alemania, David Hume en Escocia, Cesare Beccaria en Italia y Benjamín Franklin y Thomas Jefferson en las colonias británicas mantuvieron un estrecho contacto con los ilustrados franceses, pero fueron importantes exponentes del movimiento. La Ilustración penetró tanto en España como en los dominios españoles de América.

Durante el reinado de Carlos III, el `rey ilustrado' por excelencia, las obras de los escritores franceses se leían en español, generalmente en traducciones más o menos retocadas, pero también directamente en francés. Fueron muchos los españoles e hispanoamericanos que viajaban a Francia por motivos de estudio e instrucción, en las artes y las ciencias y los dirigentes políticos de la época, conde de Aranda, conde de Campomanes, conde de Floridablanca, duque de Almodóvar, promovieron y frecuentaron el trato con los pensadores y filósofos de las nuevas ideas. Las vías de expresión fueron los periódicos, las universidades y las florecientes Sociedades de Amigos del País.

Entre los españoles `ilustrados', se puede citar a Isidoro de Antillón, geógrafo e historiador; Francisco Cabarrús, crítico y cronista de su tiempo; Juan Meléndez Valdés, que hizo de la Universidad de Salamanca un polo de atracción `ilustrada'; Gaspar Melchor de Jovellanos, político y reformador; Valentín de Foronda, embajador y economista, entre otros.

Durante la primera mitad del siglo XVIII, los líderes de la Ilustración libraron una ardua lucha contra fuerzas considerables. Muchos fueron encarcelados por sus escritos, y la mayoría sufrió persecución y penas por parte de la censura gubernamental, así como descalificaciones y condenas de la Iglesia. En muchos aspectos, sin embargo, las últimas décadas del siglo marcaron un triunfo del movimiento en Europa y en toda América. Hacia 1770, la segunda generación de ilustrados recibió pensiones del gobierno y asumió la dirección de academias intelectuales establecidas. El enorme incremento en la publicación de periódicos y libros aseguró una amplia difusión de sus ideas. Los experimentos científicos y los escritos filosóficos llegaron a estar de moda en amplios círculos de la sociedad, incluidos los miembros de la nobleza y del clero. Algunos monarcas europeos adoptaron también ideas o al menos el vocabulario de la Ilustración. Voltaire y otros ilustrados quienes gustaban del concepto del rey-filósofo, difundiendo sus creencias gracias a sus relaciones con la aristocracia, acogieron complacientes la aparición del llamado despotismo ilustrado, del que Federico II de Prusia, Catalina la Grande de Rusia, José II de Austria y Carlos III de España fueron los ejemplos más célebres. Desde una visión retrospectiva, sin embargo, la mayoría de estos monarcas aparece manipulando el movimiento, en gran parte con propósitos propagandísticos y fueron, con mucho, más despóticos que ilustrados.

A finales del siglo XVIII surgieron algunos cambios en el pensamiento de la Ilustración. Bajo la influencia de Rousseau, el sentimiento y la emoción llegaron a ser tan respetables como la razón. En la década de 1770 los escritores ensancharon su campo de crítica para englobar materias políticas y económicas. De mayor importancia en este aspecto fue la experiencia de la guerra de la Independencia estadounidense (en las colonias británicas). A los ojos de los europeos, la Declaración de Independencia y la guerra revolucionaria anunciaron que, por primera vez, algunas personas iban más allá de la mera discusión de ideas ilustradas y las estaban aplicando. Es probable que la guerra alentara los ataques y críticas contra los regímenes europeos existentes.

Suele decirse que el Siglo de las Luces concluyó con la Revolución Francesa de 1789, pero no son pocos los que contemplan e interpretan la inquietud política y social de este periodo como causa desencadenante de la Revolución. Al incorporar muchas de las ideas de los ilustrados, la Revolución, en sus etapas más difíciles, entre 1792 y 1794, sirvió para desacreditar estas ideas a los ojos de muchos europeos contemporáneos. El enorme impacto que la Revolución Francesa causó en España, tras la muerte de Luis XVI, así como en los dominios españoles de América, provocó una violenta persecución de las personas más representativas de las nuevas ideas. Se estableció una censura total y se cerraron las fronteras, prohibiéndose el paso de todo tipo de libros y folletos, o su embarque hacia América.

Aunque se produjo un repunte de interés modernizado y progresista bajo el gobierno de Manuel Godoy con la ayuda de Jovellanos, el miedo a la contaminación revolucionaria favoreció la represión más absoluta, tanto en la metrópoli como en los dominios de la América española. La existencia de numerosas Sociedades de Amigos del País en los virreinatos favoreció la implantación y extensión de la `ilustración' en América Latina.

De lo que no cabe duda es de que la Ilustración dejó una herencia perdurable en los siglos XIX y XX. Marcó un paso clave en el declinar de la Iglesia y en el crecimiento del secularismo actual. Sirvió como modelo para el liberalismo político y económico y para la reforma humanitaria a través del mundo occidental del siglo XIX. Fue el momento decisivo para la creencia en la posibilidad y la necesidad de progreso que pervivió, de una forma moderada, en el siglo XX.

Sociedades Económicas de Amigos del País, una de las organizaciones arquetípicas del siglo XVIII español. Fueron instituciones orientadas a promover reformas económicas y conjugaron este carácter, esencial en la Ilustración española, con el rasgo más novedoso de la política del despotismo ilustrado: el afán de mejora de la vida a través de la extensión de la cultura, por medio de una educación selectiva, a todos los grupos sociales. La primera de ellas fue la Vascongada (1765). Posteriormente se conformó una red nacional, planificada y estimulada desde el gobierno, a raíz de la publicación del Discurso sobre el fomento de la industria popular, por el fiscal del Consejo de Castilla Pedro Rodríguez de Campomanes, en 1774. El 9 de noviembre de 1775, Carlos III aprobó los estatutos y el establecimiento de la Matritense; en los años siguientes los Amigos del País, una elite procedente de la nobleza, del clero y de las clases medias, se extendieron por todo el reino.

Hechos más importantes a nivel cronológico del reinado de Carlos III:

1716 Nace el 20 de enero, en Madrid, hijo del rey de España Felipe V y de Isabel de Farnesio.

1731 Hereda, por línea materna, los ducados italianos de Parma y Plasencia.

1734 Se convierte en rey de las Dos Sicilias (Nápoles y Sicilia), con el nombre de Carlos VII.

1735 Deja de ejercer los ducados de Parma y Plasencia.

1738 Contrae matrimonio con María Amalia de Sajonia, hija del rey de Polonia Augusto III.

1759 Accede al trono español, tras el fallecimiento de su hermanastro Fernando VI. Su hijo, Fernando I de Borbón, le sustituye como rey de Nápoles.

1766 Febrero: tiene lugar en Madrid el denominado motín de Esquilache, que se extiende a otras localidades.

Junio: legisla la reforma política de los municipios.

1767 Decreta la expulsión de los jesuitas de los territorios bajo su gobierno.

1771 La Real Academia Española publica, con el estímulo regio, la Gramática española.

1778 Establecimiento del libre comercio de la metrópoli con los territorios americanos.

1782 Creación del Banco de San Carlos, la primera entidad bancaria estatal española.

1787 Comienza a funcionar la Junta de Estado, instituida con el consejo del marqués de Floridablanca.

1788 Fallece el 14 de diciembre, en Madrid.

Definir con una palabra cada uno de los personajes:

Antonio Campos, secretario privado Ayudante.

Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache Reformador.

Pastora Paternó, Marquésa de Esquilache Aprovechada.

Carlos III Déspota.

Isabel de Farnesio Protectora (de su hijo).

Orígenes de la Lotería Nacional:

Las loterías se remontan hasta la antigüedad. Los emperadores romanos las utilizaban como entretenimiento, al igual que los señores feudales en Europa. Se cree que la primera lotería estatal surgió en el año 1520, en Francia, convirtiéndose en una importante fuente de ingresos para el Estado. A partir de entonces se crearon numerosas loterías privadas, hasta que se unieron todas en la lotería nacional en 1776. En España, la que hoy es conocida como lotería primitiva fue instaurada por el rey Carlos III. Las loterías perdieron popularidad a lo largo del siglo XIX debido a los numerosos fraudes que cometían las loterías privadas, por lo que fueron prohibidas en muchos países, al igual que las públicas.

Resumen de la película:

La película nos muestra la decadencia española en la época de este reformador siciliano.

Mediante un viaje en carro huyendo Esquilache de su casa y los amotinados non enseñan todas las reformas e ideas del mismo y las consecuencias. E trayecto finaliza con la visita a Carlos III una serie de asesinatos por parte de los amotinados y la milicia y la destitución de Grimaldi.

Información sobre la película:

Título original: Esquilache

Año: 1989

Duración: 105 min.

Nacionalidad: España

Género: Histórica

COLOR

Sinopsis:

El ascenso y declive políticos del marqués de Esquilache, ministro de Carlos III. El motín de Esquilache fue la respuesta del pueblo a su política. Esta película es una adaptación muy libre de la obra teatral de Antonio Buero Vallejo, “Un soñador para un pueblo”.

Reparto:

Fernando Valverde

Ángel de Andrés

Amparo Rivelles

Fernando Fernán Gómez

Adolfo Marsillach

Concha Velasco

Alberto Closas

José Luis López Vázquez

Ángela Molina

Montaje:

Juan Amoros

Dirección:

Josefina Molina

Guión:

Joaquín Oristrell

Josefina Molina

Jose Samano

Música:

Jose Nieto

Premios:

Goya. Mejor interpretación masculina de reparto 1989

Nominaciones:

Goya. Mejor interpretación femenina de reparto 1989

Goya. Mejor interpretación femenina de reparto 1989

Goya. Mejor guión adaptado 1989

Goya. Mejor guión adaptado 1989

Goya. Mejor guión adaptado 1989

Goya. Mejor interpretación masculina protagonista 1989

Goya. Mejor dirección 1989

Goya. Mejor película 1989

Información sobre Buero vallejo:

Antonio Buero Vallejo (1916-2000), dramaturgo español, académico y premio Cervantes.

Nació en Guadalajara en 1916 y estudió en la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Durante la Guerra Civil española combatió del lado republicano y terminada la contienda fue condenado a muerte, aunque se le conmutó la pena por la de cadena perpetua y estuvo en la cárcel casi siete años; allí coincidió con Miguel Hernández.

En 1949 obtuvo el premio Lope de Vega por su obra Historia de una escalera, a la que siguieron En la ardiente oscuridad (1950), cuya versión cinematográfica realizó el director argentino Daniel Tinayre en 1959; El concierto de San Ovidio (1962); El tragaluz (1967); Diálogo secreto (1984); Lázaro en el laberinto (1986); Música cercana (1989), y muchas más.

Entre sus casi treinta obras teatrales tiene algunos dramas históricos centrados en personajes de la historia, el arte y la literatura españoles: Un soñador para un pueblo, de 1958, presenta a Esquilache; Las meninas, de 1960, a Velázquez; El sueño de la razón, de 1970, a Goya; La detonación, de 1977, a Mariano José de Larra. En 1971 fue elegido miembro de la Real Academia Española y en 1986 obtuvo el Premio Cervantes de Literatura.

El teatro de Buero Vallejo es un teatro de texto y de gran calidad literaria; su forma es la de una tragedia, pero en la que subyace la esperanza, pues, como el mismo autor dice: “escribo de las pobres y grandes cosas del hombre; hombre yo también de un tiempo oscuro, sujeto a la más graves pero esperanzadas interrogaciones”.

Junto con Alfonso Sastre y Miguel Mihura renovaron el teatro español tras la Guerra Civil española. No obstante, mantuvo una notoria polémica con Sastre sobre los fines del teatro durante la Dictadura. La postura de Buero defendía el posibilismo, es decir, aprovechar cualquier resquicio que permitiera la censura franquista. Sastre, por el contrario, consideraba esta actitud como una claudicación y optó por un teatro radical que encontró grandes dificultades para llevar a los escenarios.