Escultura neoclásica española

Neoclasicismo. Academia de San Fernando. Pascual de Mena. Salvador Carmona. José Ferreiro. Álvarez Cubero. Poncio Ponzano. Arte. Historia

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LA ESCULTURA NEOCLÁSICA EN ESPAÑA

La introducción del Neoclasicismo en la escultura española se operó lentamente. La arraigada tradición barroca no podía desaparecer de golpe, de modo que, aun cuando se funda en 1.752 la Academia de San Fernando (principal instrumento de difusión del Neoclasicismo) todavía se siguen haciendo obras barrocas durante algún tiempo.

Los franceses que trabajan en la ornamentación de los palacios reales difunden por España el rococó europeo. Los españoles toman de ellos el gusto por las figuras mitológicas y los ropajes flamantes. La Academia de San Fernando facilitaba la instrucción de los escultores en Roma, donde se dejan influir por el espíritu barroco italiano. El Neoclasicismo, pues, empieza en España, por una fase retardada del espíritu rococó. La escultura en mármol empezó a desplazar a la de madera policromada, cuya muerte llegaría casi a producir. La policromía de esta época es muy sobria. Los colores son planos, sin labores decorativas y brillantes.

Durante este tiempo florece el relieve pictórico a la manera helenística, pues la Academia organiza frecuentemente concursos entre los escultores señalando un tema histórico o mitológico.

Muchos escultores colaboran en las tallas de las monumentales estatuas con las que había de coronarse el Palacio de Madrid. Entre estos escultores académicos figura Felipe de Castro (1.711- 1.775), que se distingue por los bustos de Fernando VII y Bárbara de Braganza, de finas calidades, en los que sigue el tipo francés.

La tradición española es bastante sensible en Juan Pascual de Mena (1.707- 1.784), que esculpió gran cantidad de esculturas de madera policromada, de un cierto aire dulzón. En él aún se reconoce el movimiento barroco, pero dominan las formas apacibles y serenas del Neoclasicismo. En la estatuaria religiosa mantiene el contacto con la tradición española, como se puede ver en el Crucifijo, de San Jerónimo del Real. En la Santa María Egipcíaca, del Museo de Valladolid siguió un modelo de Pedro de Mena. También ejercieron sobre él notable influencia las fuentes de los jardines del Palacio de La Granja, que le inspiraron la fuente de Neptuno de Madrid. Esta ciudad cobró aspecto de ciudad moderna. La escultura urbanística de Madrid era proyectada por el arquitecto y escultor Ventura Rodríguez, quien hizo el busto de Carlos III, de la Academia de San Fernando, ejemplo de retrato oficial.

Las dos tendencias ya citadas se aprecian igualmente en Luis Salvador Carmona (1.709- 1.767), nacido en Nava del Rey, en Valladolid. Podemos considerarle como un imaginero de gran fecundidad, que apacigua sus formas y concepciones barrocas con el clima tibio de la nueva época. Su Piedad, de la catedral de Salamanca, es de las obras más bellas de la escultura española. En los paños suele conservar el movimiento y las aristas cortantes del barroco, pero las actitudes de cabezas y manos imponen un ritmo calmado a las figuras. Esto ocurre también en el Cristo, del museo de Valladolid. Hizo numerosas esculturas dispersas por Madrid, Valladolid, Salamanca y otras zonas. En la colegiata de La Granja de San Ildefonso se conserva su “Cristo del Perdón”. Además destacan la “Divina Pastora”, y el “Cristo recogiendo las Vestiduras”, un tema ya frecuente en los escultores andaluces del siglo XVII.

El Neoclasicismo se acentúa en Francisco Gutiérrez (1.727- 1.782), discípulo del anterior, que creó la Fuente de la Cibeles, en Madrid; aunque los leones son obra del francés Roberto Michel. Francisco Gutiérrez esculpió también el mausoleo de Fernando VI, en las Salesas de Madrid, que está inspirado en obras barrocas francesas e italianas. Otro bello grupo neoclásico en Madrid es la Fuente de las Cuatro Estaciones, esculpida por Manuel Álvarez.

Los citados escultores trabajaban en el ambiente cortesano madrileño. Pero a distancia de la Corte, el Neoclasicismo pierde fuerza, al par que domina el barroquismo conservador. En las provincias predominaba el arte de los imagineros, sobre todo con Belenes y Nacimientos. El valenciano José Esteve se distingue por sus esculturas en madera policromada, entre las que destaca la Concepción, de la catedral de Valencia. Inició un Nacimiento para el Príncipe de Asturias, que fue terminado por José Ginés. Pero el más hábil maestro de este arte de los Nacimientos fue el catalán Ramón Amadeu, que realizó gran cantidad de figuras para nacimientos bellamente compuestos, de un arte fácil y muy popular.

En Galicia se distingue José Ferreiro (1.738- 1.830). Se formó al lado de José Gambino, descendiente de familia italiana y propulsor en Galicia de una escuela italianazada de rasgos suaves. Su “San Antonio”, del Pazo de Oca, es uno de los máximos exponentes de nuestra escultura del siglo XVIII. Aunque tardío, Ferreiro tiene influencia de Bernini, pero visto desde una conducta claramente neoclásica. Trabajó fundamentalmente en Santiago de Compostela. Entre sus obras destacan los “Evangelistas” de la iglesia de San Martín Pinario. Realizó numerosos retablos, imitando en madera las calidades del mármol, y la estatuaria de monumentos neoclásicos, tales como el Ayuntamiento y la Universidad de Santiago.

Andalucía había surtido a las Islas Canarias de esculturas durante toda la época barroca. En el siglo XVIII surge un gran escultor canario, José Luján (1.756-1.815), cuya escultura está estrechamente emparentada con la andaluza, y más estrechamente con la de Salzillo. Su arte ofrece una excelente técnica. Abundan los postizos, igual que en la escultura andaluza. Frecuentes son las “Dolorosas”, que salen en procesión en andas, bajo decoradísimos doseles sostenidos por varas de plata labrada. Sus obras tienen una tenue melancolía, muy canaria, evitando estridencias expresivas. Entre sus obras cabe destacar la “Dolorosa”, de la iglesia de la Concepción, en La Laguna, y el Cristo, de la catedral de Las Palmas. Discípulo de José Luján fue Fernando Estévez, a qien pertenece el Cristo, de la catedral de La Laguna.

Durante el siglo XIX el Neoclasicismo reafirmó sus conquistas, sobre todo a raíz del afrancesamiento de la cultura española que siguió a la Guerra de la Independencia. Las obras civiles sustituyeron a la tradicional imaginería religiosa. Todo se esculpe en mármol y bronce. José Álvarez Cubero (1.768- 1.827) técnicamente es una de las más prestigiosas figuras del Neoclasicismo. Estudió en Roma, donde conoció a Canova, que influyó mucho en él. Su obra más importante es el monumento a la Defensa de Zaragoza. Esta obra fue muy elogiada y premiada, ya que hace referencia a un pueblo que había sido agotado por sufrimientos heroicos. Pero como acontece en todos los clasicismos, es realidad y mito a la vez. El acontecimiento verídico de un padre anciano defendido por un hijo joven es representado bajo el ropaje de un episodio clásico. Álvarez Cubero realizó también numerosos retratos, entre los que destaca el de la reina María Isabel de Braganza, de tipo sedente a la romana. En su “Apolino” hace revivir el arte praxitélico.

Juan Adán (1.741-1.816) estudió también en Roma. Llegó a ser escultor de cámara, y como tal hizo buenos retratos de Carlos IV y de la reina María Luisa. Su más bella creación es la “Venus” de la Alameda de Osuna. Para el jardín de la Isla, de Aranjuez, ejecutó su fuente de “Hércules y Anteo”.

En contraste con los anteriores, José Ginés, ya citado anteriormente por su intervención en los Nacimientos del Príncipe de Asturias, se formó y vivió permanentemente en la Península. Destacó por sus estatuas de mármol, como la de “Venus y Cupido”, que se encuentra en el museo de San Telmo de San Sebastián.

También hay que destacar a Valeriano Salvatierra, que estudió en Roma bajo la tutela de Canova y Thorwaldsen. Fue escultor de cámara. Su obra más relevante es el sepulcro del Cardenal don Luis de Borbón, en la sacristía de la catedral de Toledo, que fue esculpido en Roma.

A medida que avanza el siglo XIX se va imponiendo el clasicismo cada vez más. La ambición más grande de todo escultor era marchar a Roma provisto de una pensión, para recibir las enseñanzas de maestros escultores como Canova; y, sobre todo, para contemplar las auténticas obras de la Antigua Grecia y Roma.

Cataluña dio a la escultura neoclásica dos grandes figuras: Damián Campeny y Antonio Solá. El primero de ellos (1.771- 1.855) alcanzó menos fama de la que le corresponde por la calidad de sus obras. Entre ellas destacan la “Diana cazadora” y “Lucrecia”, obra muy finamente esculpida y, a la vez, muy llena de sentimiento.

Antonio Solá también trabajó en Roma, donde labró el “Gladiador moribundo”, que le produjo los primeros honores como escultor. Más tarde, ejecutó otras esculturas de gran valor artístico como la estatua de “Meleagro” y el grupo escultórico de “Daoíz y Velarde”, que aunque es un tema clásico, viste a los protagonistas con ropas de la época moderna, lo que le da un carácter próximo al del Romanticismo.

Los frutos del Neoclasicismo se siguen recogiendo hasta bien entrado el siglo XIX. En gran parte de las obras se mezclan la devoción por las formas bellas con la fuerza dramática del Romanticismo. Poncio Ponzano (1.813-1.877) fue discípulo de Álvarez Cubero. En Roma labró el grupo del Diluvio. En 1.848, tras ganar un concurso, se le asignó la ejecución del relieve timpánico del Congreso de los Diputados, en Madrid. Se trata de una obra con significación política, pues en ella se representa el amor de España por la Constitución.

Sabino Medina (1.812- 1.888) cierra la serie de escultores neoclásicos. Le corresponde la estatua de “Murillo”, en el Museo del Prado. En Roma esculpió “Eurídice mordida por un áspid”, su escultura más importante. Esta escultura se mantiene dentro del más puro Neoclasicismo, como se puede apreciar en la plasticidad del conjunto, la nítida delimitación de perfiles y la serenidad moral.

Un capítulo importante de la escultura española lo constituyen las figuras de porcelana y loza. Desde que se fundara la fábrica de Meissen, todos los países europeos trataron de imitar sus productos. Carlos III inauguró en Nápoles la Fábrica de Capodimonte, y años más tarde, la del Buen Retiro, en Madrid. De ellas salieron infinidad de figuritas, con un repertorio de formas no superado por ningún país europeo. De esta fábrica salieron figuras de estilo plenamente neoclásico, de una porcelana tan blanca como el mármol.

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